Route Irish

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En Route Irish -película que toma su nombre de la carretera que une el aeropuerto de Bagdad con la capital- estos radicales británicos que son Ken Loach y Paul Laverty vienen a contarnos que la guerra de Irak fue un pretexto para que los anglosajones se forraran destruyendo infraestructuras y reconstruyéndolas después. La guerra sacrificó a millares de jóvenes soldados para aplacar la ira del dios Dinero, y convencerle de que dejara fluir los negocios con la fuerza de su poder mesopotámico. Una mentira sangrienta y chusca: eso fue la guerra en la que nuestro ex bigotudo ex presidente hizo el papel de bufón mayor de la corte, con su inglés de nivel medio y sus ingles cruzadas sobre la mesa de tomar el café. Ansar, por supuesto, no sale en la película, porque él es un personaje tan despreciativo como despreciado, y por tanto despreciable.

            Route Irish es cine que se agradece, que nunca está de más, pero que no aporta nada nuevo a los espectadores que ya entonces leíamos los periódicos. La película de Loach  transcurre plácidamente por los caminos de la denuncia, sin dejar ninguna intriga, ninguna sorpresa. Pero no por impericia, sino porque es imposible que las haya. Para reconstruir la historia y amoldarla a su gusto ya están los tertulianos de derechas en la TDT. Los malos de Route Irish ya son malos desde el inicio, y los buenos, aunque flipen con las armas, y hagan locuras causadas por el estrés postraumático, son tipos cargados de verdad y de valentía. “¡Se equivoca usted” -exclamarán indignados los lectores que ya han visto la película - “¡Al final hay una sorpresa!”. Y es cierto, pero tal campanada no desdice en nada lo expuesto en el párrafo anterior. Como decía mi abuela, lo mismo peca el que mata que el que tira de la pata.




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El muerto y ser feliz

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Creo que fue Carlos Pumares, en aquel programa suyo de la madrugada, quien contó una vez que en la televisión de Polonia, al menos en la Polonia de los años ochenta, no doblaban las películas extranjeras, ni tenían el buen gusto de subtitularlas. Que era un tipo el que iba contando la trama a los espectadores, una voz en off que iba diciendo: “Y ahora fulano le responde que no, y mengana le dice que de eso ni hablar…” Nunca supe si esto era cierto o si era una exageración más de Carlos Pumares, que a veces se dejaba llevar por el humor del momento y recreaba la realidad a su modo irónico y punzante. Le gustaba mucho, además, reírse de los comunistas cuando cruzaba el Telón de Acero para asistir a los festivales, y a veces los caricaturizaba en exceso, para mi cabreo de adolescente comunista que le escuchaba desde León. De ser cierta su afirmación, uno piensa que quizá el narrador era un comisario político que inventaba los diálogos para que la acción encajara dentro de los valores marxistas-leninistas. O que no había presupuesto para más, en la filmoteca de Polonia, porque el resto se lo gastaba Jaruzelski en cohetes nucleares para el Pacto de Varsovia.


            Traigo la anécdota a colación porque hoy he visto –mejor dicho, he  empezado a ver- una película que está narrada de una manera parecida, pero más idiota todavía. El muerto y ser feliz es una película española, protagonizada por actores y actrices que hablan en perfecto castellano, a los que una voz en off femenina va precediendo -y prediciendo- en el mismo idioma: “Fulano sacó un cigarrillo del bolsillo y le dio las gracias”. Y en efecto, acto seguido, fulano saca un cigarrillo del bolsillo y le da las gracias a la señorita. Una memez insoportable, verborreica, pedante a más no poder. ¿Por qué nos describen literariamente una plaza de Buenos Aires que estamos viendo, si la estamos viendo? ¿Para qué nos anticipan el diálogo que va a producirse dentro de cinco segundos, si lo vamos a oír? ¿Sólo para que el espectador exclame “¡qué película tan original”, o “¡qué guionista tan ingenioso!”? Bah…





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Mud

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Mud es una película tan bien hecha y al mismo tiempo tan estúpida, con unos actores tan espléndidos representando a personajes tan inverosímiles e inefables, que uno, sorprendido en mitad de su propia perplejidad, seducido y distante a partes iguales, no atina a escribir nada fructífero sobre ella. Que sean otros los que iluminen a mis defraudados lectores. Ya dejé advertido que este diario no es un compendio de críticas de cine, sino el hilo conductor de mis propias verborreas, a veces sobre el cine, a veces sobre la vida, y que en ocasiones se seca como los manantiales en el verano. Películas como Mud nunca sabría si recomendarlas o si fingir que no las he visto. Me dejan la lengua paralizada, y el pensamiento atorado.




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Treme. Temporada 3

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A mí, que soy un español de la meseta, que sólo viajo a la playa cercana para mojarme el culo los veranos, no se me ha perdido nada en Nueva Orleans, que está a un océano de distancia, y a otro océano más ancho de tradición. Sin embargo, como si yo fuera un americano más de la Luisiana, sigo las andanzas de estos personajes de Treme con un interés que sigue muy vivo en la tercera temporada. Yo no toco en una banda de jazz ni soy chef en un restaurante. No regento un garito nocturno ni pesco crustáceos con los vietnamitas. No doy conciertos con el violín ni investigo corruptelas policiales. No diseño trajes para el carnaval ni escribo una ópera-jazz sobre las desgracias que provocó el Katrina. No podría identificarme con la peripecia vital de ninguno de estos personajes, pero asisto al desarrollo de sus vidas -o más bien a la reconstrucción de sus vidas- con la extraña sensación de que son vecinos míos de toda la vida. Me resultan más cercanos que la mayoría de mis familiares o mis vecinos. No sé si es la magia de los guiones, que es capaz de hacer universales unas preocupaciones que en principio eran muy particulares, o si soy yo, que me encuentro más cómodo en las relaciones a larga distancia que toreando las más próximas y calientes. 

    Sea como sea, me encuentro bien entre estas gentes que un buen día me presentó David Simon. Durante el día me interesan sus trabajos y sus cuitas, y por la noche, cuando abarrotan los locales, bailo con ellos al son de la música que es el alma de la ciudad, y el alma de la serie. Conozco mejor el espíritu de Nueva Orleans que el espíritu de esta ciudad norteña que ahora me acoge. Sé más del Mardi Grass que de la Noche Templaria, por poner un ejemplo. Me interesa más el jazz que la música vernácula; más el huracán Katrina que el desbordamiento probable del río Sil. Vivo encerrado entre cuatro paredes y sólo me interesa lo que ponen por la tele. Lo que yo mismo me administro por la tele. Si un día me trasladaran a un pueblo de los Monegros, llevaría exactamente la misma que ahora llevo. Sólo cambiaría el paisaje que me rodea cuando salgo a pasear, y el acento de las gentes que saludo. Vería el mismo fútbol, el mismo billar, las mismas películas. Me acogerían cuatro paredes distintas, pero cuatro paredes al fin y al cabo.





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Saving Mr. Banks

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En esta cinefilia glotona que de todo consume y de todo saca provecho, uno de mis géneros preferidos es el cine que habla del propio cine. El metacine, podríamos decir, si uno se llamara Juan Manuel de Prada y escribiera prestigiosos artículos en periódicos importantes. Cuando veo una película que cuenta cómo se hizo otra película, mi alma de curioso se asoma a la ventana para no perder detalle del proceso creativo que construyó un clásico o una obra maestra. Ya he dicho muchas veces que a uno le fascina contemplar el trabajo de las mentes inteligentes, tan distintas de ésta que malescribe las soserías en el diario.




            Saving Mr. Banks es la historia -edulcorada y muy libre- de cómo Walt Disney convenció a la escritora P. L. Travers para llevar su novela Mary Poppins a la gran pantalla. P. L. Travers, dama seria y estirada, odiaba el alegre universo de Disney y sus dibujos animados. Sus películas le parecían frívolas, comerciales, infantiles. Siento ella tan británica, en general todo lo americano le parecía banal y prescindible. Ella escribía cosas profundas, importantes, como un Juan Manuel de Prada con faldas que viviera en Londres y tomara el té siempre a las cinco. Ella deseaba una adaptación de Mary Poppins muy alejada de lo que luego resultó ser el clásico que todos recordamos. No quería canciones, ni dibujos animados, ni mensajes optimistas. Le horrorizaban los decorados y los diálogos. No quería, bajo ningún concepto, que apareciera el color rojo en la paleta de colores. Ella quería drama, austeridad, tonos oscuros. Saving Mr. Banks es una película bonita y de mucho provecho, pero es algo confusa en estas explicaciones, porque el espectador no acaba de entender que esta mujer llegara a ponerse en manos de Walt Disney si esos eran sus planteamientos irrevocables. No quería, para empezar, a un actor cantarín y saltimbanqui como Dick Van Dyke, y abogaba por la presencia de un Richard Burton o de un Peter O’Toole que le confirieran gravedad a su personaje. Creo que no desvelo nada si digo que a la pobre señora la engañaron como a una tonta, tan lista como se creía.



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JFK

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Leo las primeras páginas del libro JFK, Caso Abierto y el recuerdo imborrable de JFK, la obra maestra de Oliver Stone, regresa una y otra vez. Necesito recobrar las imágenes para que la lectura se vuelva fluida y apasionante. Es la quinta o la sexta vez que veo la película y no me importan sus imperfecciones, ni sus visiones subjetivas. ¿Subjetivas, he dicho? Los cojones... En los ratos imperfectos me recreo en la belleza de Sissy Spacek, y en los ratos divagatorios le concedo a Oliver Stone mucho más que el beneficio de la duda. Y que se jodan, los creyentes en la comisión Warren. JFK es para mí una película fundacional, quizá el primer hito en mi formación como ciudadano interrogante y desconfiado. La descubrí con diecinueve años siendo un tontaina que aún creía en la honestidad de los gobiernos, y salí de ella convencido para siempre de la naturaleza diabólica de los gobernantes. Todo lo que he visto o leído desde entonces no ha sido más que el refrendo o el subrayado de aquellas revelaciones. Tengo cien libros y cien películas que vienen a contar más o menos lo mismo que expone JFK: que no mandan los que parecen; que la democracia es una fachada; que los mecanismos de poder son intocables; que nada ha cambiado desde la antigua Roma; que los Césares son contingentes y no necesarios. Que el poder del pueblo sólo es una bonita ilusión.


El libro que ahora me ocupa es demasiado condescendiente con la versión oficial. El autor siembra dudas en esto y en aquello, pero se nota que lo hace para cumplir el expediente, y para que los lectores avezados no lo tachen de simplón. Se nota que es un tipo políticamente correcto, centrado, centrista, que no se ha metido en este quilombo para destapar asuntos sucios del gobierno, sino para vender libros con el reclamo de una fotografía de Kennedy morituri en la portada. El tipo se nos pierde en los detalles, y se olvida de lo sustancial. Como decía X, el personaje de Donald Sutherland, lo que menos importa es si fueron los cubanos o la mafia, los anticastristas exiliados o los camioneros de Jimmy Hoffa. La identidad de la mano ejecutora sólo es un juego de adivinación. Una distracción para el público. Lo importante es saber quién se benefició con la muerte de Kennedy. Quién pudo perpetrar algo así y luego mantener el secreto. Quiénes se forraron, quiénes medraron, quiénes consiguieron lo que con su presencia viva no podían obtener. No es difícil de averiguar. Basta con ver la película atentamente y leer un par de libros sobre el tema. No éste que ahora leo, precisamente, pero sí otros, que algún día recomendaré en un blog paralelo que verse sobre libros conspiranoicos. Cuando recobre aquellos ojos, y regresen aquellas noches.




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La mejor oferta

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En La mejor oferta, el personaje de Geoffrey Rush posee una colección privada de pinturas cuyo único tema son los retratos de mujeres. Cuando su timidez le priva del contacto carnal con las mujeres reales, él se refugia en la cámara acorazada para admirar los rostros colgados de las paredes. En esa habitación él encuentra su harén y su consuelo. Se derrumba en el sofá situado en medio de la habitación y pasea la mirada entre sus amadas, soñando, quizá, que ellas también le aman. Contemplo estas escenas y no puedo dejar de pensar que yo mismo, en este salón, en este sofá, donde he construido mi refugio personal contra el mundo y contra la neurosis, también he creado un museo de mujeres hermosas e inalcanzables. Pero las mías no están plasmadas en pinturas de altísimo valor, sino en DVDs, y discos duros que cualquiera puede comprar en  kioscos o grandes almacenes. Mi criterio no es coleccionar películas por la belleza de sus actrices, aunque alguna hay que no he tirado por respeto a doña Fulana, o a doña Mengana, que estaban tremendas y fantásticas. Las mujeres hermosas simplemente se cuelan en mis películas predilectas, y se quedan ahí para siempre, en la estantería, en la carpeta de Windows, cubiertas con una carcasa de plástico para que ni el polvo ni la luz deterioren sus rasgos perfectos. Acumulando películas he creado, en cierto modo, un museo de la belleza femenina. Anglosajonas, casi siempre; españolas, si se tercia; pelirrojas, a ser posible.



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Amor y letras

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"Nadie se siente como un adulto. Es el secreto más sucio del mundo". En esta sentencia del personaje de Richard Jenkins se resume la idea central de Amor y letras, la segunda película de Josh Radnor, jovenzuelo de verbo suelto y diálogos chisposos, al que le falta la mala uva de Woody Allen y le sobra el empalago de sus amoríos tontorrones.

En Amor y letras, Jenkins es un profesor de universidad a las puertas del retiro que confiesa tener una edad mental de diecinueve años, y eso le provoca serios conflictos cuando ha de tomar decisiones que se presuponen maduras y responsables. Lo que no sabe es si su reloj mental se detuvo ahí porque la pila de su cerebro se agotó antes de tiempo,  o si ha terminado por mimetizarse con el ambiente estudiantil tras treinta años de docencia ininterrumpida. 

Uno, desde su sofá ya recalentado por la primavera, entiende de sobra al personaje de Richard Jenkins, porque padece su misma tara mental, su misma incapacidad de madurar. Yo, en concreto, me quedé en los veintidós años, y miro el mundo a través de esas gafas deformadas y falaces. Me veo en el espejo y no reconozco al cuarentón de mirada hosca y gesto resignado.  "Hay un tipo dentro del espejo, que me mira con cara de conejo", cantaban Los Ilegales. Si aparto la mirada y me olvido del tipo,  vuelvo a ser el chico de veintipocos años que a veces acertaba de cojones y a veces -la mayoría- metía la pata hasta el corvejón. Aún hoy voto lo mismo, pienso lo mismo, odio lo mismo... Ninguna madurez ha venido a cambiar mis esquemas mentales. Quizá la madurez consista precisamente en no cambiarlos... Hay opiniones. El resto de mi facha es disimulo y apariencia. Apenas me recubre una fina capa de colores oxidados. Si rascas con el dedo, descubrirás que dentro sigue viviendo un chaval de mirada corta y pasiones irreductibles. En Amor y letras aseguran que todos los adultos somos así: un disimulo permanente de madurez. Una pelea de pollitos disfrazados de gallos. 




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Senna

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Hay algo que no funciona en el documental Senna, hagiografía, más que biografía, del campeón brasileño que murió en el circuito de Imola hace ahora veinte años. El director de la función nos recalca una y otra vez que Ayrton Senna era un hombre modélico, cristiano, portentoso piloto que no ganó más carreras porque una conspiración ideada por los franceses, y ejecutada por su agente secreto Alain Prost, se lo impidió en los circuitos y en los despachos. Uno llega a los últimos minutos cansado de tanta santidad... Cuando no son los franceses que chanchullan en la FIA, son los ingenieros de Williams que inventan coches que se conducen solos. Y cuando no, son los directores de carrera, o las condiciones ambientales, o la impericia de los ayudantes.  Sólo falta un rayo de luz posado sobre el McLaren para que comprendamos que Senna era el favorito de las dioses. Eso, y unos cuernos disimulados entre la pelambrera rizosa de Alain Prost, que aquí ejerce de malo maloso de la película, como un Pierre Nodoyuna de carne y hueso con algo más de habilidad y de suerte.

            Pero llegan los últimos minutos del documental y a uno se le encoge el alma, y se le aprieta el estómago. Las imágenes de archivo nos muestran a Ayrton Senna en la parrilla de salida del Gran Premio de San Marino, minutos antes de estrellarse contra el muro y partirse la crisma sin remedio. Senna, ya montado en el monoplaza, habla con los ingenieros. Corrigen esto y aquello para que todo salga bien en la carrera. Se le ve concentrado y algo triste. Luego vemos su bólido desde la cámara subjetiva, ya lanzado en la carrera: curvas y rectas tomadas justo por la trazada, a toda velocidad. Y de pronto un chasquido, y la nada. Lo siguiente son las imágenes de la confusión captadas desde el helicóptero: asistentes y médicos apretujados alrededor del cuerpo inerte. Ya no importa que Senna nos estuviera cayendo mejor o peor. Que el director del documental sea un incompetente al que los tiros le iban saliendo por la culata. Todos nos sobrecogemos en la muerte inesperada. Senna llevaba más papeletas que nadie, pero en este sorteo todos llevamos lotería. Un bien día vas en el coche y… O vas caminando tranquilamente por la calle y... O conversas con los amigos en la terraza. O ves tu película favorita en el sofá. Está la vida y a continuación el fundido en negro, sin apenas transición, sin tiempo para la despedida, porque después de ese fundido ya no viene ninguna escena.





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Tierra prometida

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La versión española de Tierra prometida tiene lugar en un secarral donde los ingenieros de Repsol encuentran, en el subsuelo, una reserva de gas natural de la hostia. A Villaliebres de la Sierra llegaría un Matt Damon moreno, repeinado de gomina, un gilipollas de Nuevas Generaciones que realiza sus primeros trabajos de ejecutivo agresivo en la España neoliberal. ¿Su misión?: convencer a cuatro paletos de vender sus garbanzales  a cambio de un buen fajo de millones, para que las perforadoras de la empresa hagan  fracking y encuentren las reservas energéticas que nos librarán de la servidumbre de los moros. 

Esta película que yo imagino duraría poco más de diez minutos, justo lo que tardarían los parroquianos del bar en sellar el acuerdo con el ejecutivo, él con sus manos callosas de jugar al pádel y ellos con las zarpas brutales de sostener el azadón. Tal vez Nemesio o Belarmino pusieran algún reparo a la transacción, allá en la mesa donde dormitan la siesta, pero el pueblo unido les haría callar rápidamente. ¿Quién no iba a cambiar el páramo, el tractor, la casa de adobe, por los millones muy frescos que ofrece el chico sonriente de las gafas de sol ? ¿A quién coño le iba a importar un riesgo medioambiental en Villaliebres de la Sierra, si en cincuenta kilómetros a la redonda apenas queda gente? Y apenas liebres, además. No habría caso, ni película como tal. Ningún espectador iba a sentir pena cuando un escape de gas arruinara un paisaje ya arruinado de por sí.


Tierra prometida, en cambio, la película de Gus van Sant, dura dos horas y pico porque los paletos a los que Matt Damon y su compañera tratan de convencer viven en un idílico pueblo de las montañas de Pensilvania. Un rincón encantador donde todo es verde y la gente es joven y animosa. En mi hipotética Villaliebres ya no hay colegio, ni campo de fútbol, ni consulta de atención primaria. Los mismos correligionarios del ejecutivo agresivo se encargaron de arruinarlos con los recortes. Vivían por encima de sus posibilidades, les aseguraron en la última campaña electoral. En el pueblo de Pensilvania, en cambio, tienen un centro comercial, un pabellón deportivo, un colegio recién pintado.  En la película americana, aunque sea aburrida de narices, uno toma partido por los que no quieren vender sus posesiones, y la tensión dramática te va llevando hasta el final aunque bosteces. Hay un edén en juego. En el remake hispánico, cuando lo hagan, nos va a importar un pimiento el desenlace. Pero a lo mejor nos reímos más, quién sabe.




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Hannah Arendt

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En 1961, la escritora y filósofa Hannah Arendt viajó a Jerusalén para seguir el juicio contra Adolf Eichmann. Hannah, judía de nacimiento, sionista militante, ex-cautiva ella misma de un campo de prisioneros, escribe sus crónicas para la revista New Yorker, en las que describe a un Adolf Eichmann que no lleva cuernos, ni rabo, ni tridente. Donde el resto de periodistas ve la encarnación misma del Mal, ella sólo atisba un funcionario miserable, mediocre, incapaz de decidir por sí mismo. Un tipo que se limitaba a obedecer órdenes de sus superiores, y a encomendarse al juramento de fidelidad. Eichmann no es exactamente un asesino, ni un psicokiller de folletín. Es uno de los altos responsables del Holocausto, eso es indiscutible, pero su labor burocrática era un engranaje más en la gran maquinaria del exterminio: una pieza sustituible, recambiable, sujeta a juicio sumarísimo en caso de rebeldía. En el juicio, Eichmann no se arrepiente de sus crímenes porque asegura no haber cometido ninguno. En su defensa alega que su trabajo sólo consistía en enviar trenes a los destinos que le ordenaban, y que los asesinos, lo mismo en Berlín que en las cámaras de gas, eran otros tipos de colmillo más retorcido.



             Los lectores judíos del New Yorker le piden a Hannah Arendt que dé caña. Su sed de venganza demanda carnaza, sensacionalismo, adjetivos encendidos. Pero Eichmann, enclaustrado en su jaula de vidrio, es un tipo que da muy poco juego para escribir crónicas coléricas, a no ser que uno se las invente. Con su calva, con sus gafas de concha, con su expresión alelada y deprimida, ni siquiera parece un nazi de verdad. No es rubio ni apuesto. No exhibe una sonrisa desafiante de medio lado. No denuncia la conspiración judía internacional. Sólo es un burócrata eficiente, oscuro, un ser amoral que dice conocer el destino final de los trenes, pero no el de la carga humana que transportaban. Hannah, a su pesar, queda fascinada por el personaje enigmático de Eichmann. Mientras otros periodistas se limitan a insultarlo y a pedir con vehemencia su ejecución, ella trata de entender las razones del funcionario. No de disculparlo, por supuesto, pero sí de adentrarse en sus razones. Como buena filósofa, le puede tanto la curiosidad como el afán de revancha.


            Pero los lectores de New Yorker no saben apreciar el esfuerzo analítico de Hannah Arendt. Decepcionados con su aparente síndrome de Estocolmo, reaccionarán furibundamente contra la escritora. La insultarán, la escupirán, la amenazarán con la expulsión inmediata de los Estados Unidos. Hannah perderá amigos de toda la vida en su empeño por comprender lo que ella llamó "la banalidad del mal". Pero no dará un paso atrás en sus afirmaciones. El tiempo, finalmente, le dará la razón. Sólo dos años después, en la universidad de Yale, un psicólogo llamado Stanley Milgram, también fascinado por la figura patética de Adolf Eichmann, expondrá al mundo las conclusiones de un experimento científico titulado "Estudio del comportamiento de la obediencia"...



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Il divo

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Hay países no africanos que están peor que el nuestro.  O al menos ésa es la conclusión que uno saca de los telediarios, y de las películas extranjeras que se van sucediendo en el televisor.  La gentuza parece ser la misma en todos los sitios, ladrón arriba ladrón abajo, pero en Italia, que es adonde yo quería llegar, todo parece más desorganizado y chapucero. Más histriónico y vociferante, quizá por el carácter mismo de los italianos, que siempre nos han parecido como españoles multiplicados por dos, lo mismo para lo bueno que para lo malo. El caso es que uno, en las películas italianas, adivina un país casi sudamericano de los de antes, como bananero, o de García Márquez, donde siempre hay mayorías insuficientes, líderes corruptos, histéricos televisivos y un obispo con mitra bendiciendo la función de principio a fin.

    Il divo, que es una película de Paolo Sorrentino que me apetecía mucho ver tras la La gran belleza, cuenta, en clave de humor negro, con una estética medio barroca y medio impresionista, las andanzas últimas de Giulio Andreotti, el sempiterno líder de la Democracia Cristiana que entre unos cargos y otros se mantuvo en el poder durante medio siglo. No es un biopic al uso, ni un documental dramatizado. Se nota que el personaje le cae a Sorrentino como una patada en el culo. El director admira su inteligencia, su laboriosidad, su instinto de supervivencia en el laberinto italiano, pero luego, cuando saca la cachiporra, se deja muy pocos calificativos en el guión.

    En un momento determinado de la película, Andreotti hace memoria de su vida de gobernante, e improvisa esta carta dictada a su mujer Livia, que viene a ser como un resumen de su filosofía humana y política. Casi la confesión de cualquier político occidental y moderno. Se non è vero, è ben trovato.

            “Livia, tus ojos vivaces me deslumbraron, una tarde en el cementerio de Verano. Elegí ese extraño lugar para pedirte matrimonio. ¿Recuerdas? Sí, ya sé, lo recuerdas… Tus inocentes, vivaces y encantadores ojos no sabían, no saben, ni sabrán… No tienen idea de los hechos que el poder debe cometer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país. Por demasiado tiempo ese poder fui yo. La monstruosa e impronunciable contradicción: perpetrar el mal para garantizar el bien. La monstruosa contradicción que me convirtió en un hombre cínico que ni tú misma podrías descifrar".

 



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La desolación de Smaug

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La ilusión de las vacaciones. La insolación de este sol despiadado que te recuece los huesos dentro de la carne. La desolación de saberse uno, ya fuera de toda duda,  irreparablemente torpe y decadente. Y por la noche, como en un retruécano de palabras, La desolación de Smaug, el nuevo videojuego de plataformas imaginado por Peter Jackson, en el que uno ni siquiera tiene que manejar el mando: sólo repantigarse y dejarse llevar por la aventura. Y por la alegría contagiosa de A., que lo flipa cada vez más con sus ojos abiertos y con sus piernas en tensión. 

Enanos persiguiendo dragones, dragones persiguiendo humanos, orcos persiguiendo enanos, elfos persiguiendo arañas… La Tierra Media de Tolkien es una escaramuza continua de  todos contra todos que se parece mucho a los partidos de fútbol que jugábamos en el recreo, 4ºB contra 4ºA y al mismo tiempo contra 4ºC, en sólo dos porterías, persiguiéndonos como tontainas con el balón en los pies, sin saber muy bien hacia dónde tirar. En la Tierra Media andan todos como locos buscando anillos y espadas, armaduras y riquezas. Nosotros -los esclavos de los Maristas, tan lejos de Nueva Zelanda, en aquel siglo XX de la Tierra Esteparia, sobre aquel pavimento de cemento que te arrancaba la piel y las postillas con sólo rozarlo -buscábamos la gloria de un gol, en la portería que fuese, para soñar con camisetas de profesionales y besos de damiselas mientras el profesor de matemáticas nos explicaba las fracciones. Que entonces eran quebrados.





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Un amigo para Frank

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Robot & Frank es la primera película del año que veo en camiseta y pantalón corto, desmadejado en el sofá, con un humor de perros por culpa de este calor que ha llegado dando bofetones, y que amenaza con perpetuarse durante meses, como un matón de barrio que tomara posesión de sus dominios. Se me pegaba la camiseta a la espalda, y el calzoncillo -recién estrenado- se remetía entre las ingles arando las primeras rozaduras. El sudor de la frente, mezclado con la grasilla del cuero cabelludo, caía como una catarata de agua sucia por las sienes. No he parado de rascarme la decena larga de picaduras que los mosquitos ya han dejado en mis piernas. Es la primavera de los cojones, que a las gentes de bien alegra el espíritu, pero que a uno, animal de invierno por excelencia, coloca al borde de la desesperación. Ni los escotes de las mujeres compensan esta desdicha de los sofocones, de los insectos, de las vueltas y revueltas en la cama.

            Las películas del invierno, que uno ve con la sudadera gruesa y la sopa caliente, tienen algo de refugio en la montaña, de cabaña encontrada en el bosque. El cine parece un asunto muy importante mientras fuera caen los chuzos de punta, y se congelan los charcos de la lluvia. Las películas del verano, en cambio, que uno ve medio despelotado y con una ensalada entre las manos, tienen algo de pasatiempo, de trivialidad, como si uno desperdiciara el tiempo que habría que dedicar a la piscina, al ejercicio, al compadreo social en las terrazas. El cine se queda sin excusas, y uno se reconoce de nuevo ermitaño, y no hogareño; misántropo, y no distante; escondido, y no cobijado.


            Robot & Frank tampoco ha hecho gran cosa por hacerme olvidar estas comezones físicas y mentales. Su hora y media de metraje me ha pesado como tres horas de aburrimiento en la playa de la canícula. La historia de este anciano con alzhéimer al que sus hijos regalan un robot para que le haga las labores domésticas y le vigile la salud y los desvaríos, prometía enjundiosas reflexiones acerca de la soledad y la vejez. Sobre la relación problemática que nuestros bisnietos habrán de mantener con la inteligencia artificial. Pero a mitad de aventura, no sé porqué, los responsables deciden convertir la película en una trama de policías y ladrones, con el anciano saqueando mansiones y el robot haciendo de R2D2 que abre cerraduras y averigua combinaciones. Una cosa simpática, intrascendente, decepcionante en último término, en la que he descubierto, además -para completar la desolación de esta primavera- que Liv Tyler, mi amada Liv, la elfa bellísima de mis sueños, a la que siempre escuché con la voz doblada al castellano, posee una voz de pito que me produce nuevos picores irresistibles, esta vez en el corazón, donde no llego con las uñas. 




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The act of killing

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Hace cincuenta años, en Indonesia, tuvo lugar una matanza que se comenta muy poco en los libros de historia. Unos dicen que fueron quinientos mil, y otros que un millón, los miembros y simpatizantes del Partido Comunista que fueron asesinados en una limpieza patrocinada por los americanos, y ejecutada a partes iguales entre el ejército y las facciones paramilitares de la Falange Indonesia. De paso, para aprovechar mejor los cuchillos y las balas, los indonesios se cepillaron a buena parte de la comunidad china, que allí son como los judíos en la Alemania de Hitler, presuntos culpables de la crisis económica, del patriotismo tibio, de la ruina moral y genética de la raza. Y ya puestos a matar, y a limpiar Indonesia de indeseables, los golpistas aprovecharon para ajustar cuentas personales con el vecino, con el tendero, con el campesino que no quería vender el huerto para que allí pusieran unos chalets y un centro comercial. Otro comunista que no deseaba el progreso económico de la nación...


            Medio siglo después, el documental danés The act of killing viaja a Indonesia no para hablar con los exiliados, con los supervivientes, con los hijos de los asesinados. Eso ya se ha hecho en otros documentales que llegaron muy tarde a la denuncia. Aquí la originalidad reside en que los entrevistados son los mismos asesinos de entonces, ya ancianos y orondos.  Ahora militan en la alta política, dirigen las bandas paramilitares, aparecen  en  platós de televisión narrando la viejas carnicerías entre las carcajadas del público.  Son verdaderos héroes de la patria que no esconden sus actos, ni moderan sus verborreas. Los gobernantes les apoyan, los militares les respaldan y los plebeyos les votan convencidos de que sin ellos volverán los comunistas que violaban niñas y sodomizaban  ancianos. 

             Oppenheimer y Cynn, que son los responsables de esta peculiar idea, se las arreglan para que esta gentuza hable ante la cámara sin tapujos, quizá ignorantes de que no están hablando para la audiencia nacional, sino para un documental que será visto en el mundo entero, y que hará vomitar de asco a los que no participan alegremente de su anecdotario sangriento. O son así de chulos, quién sabe, y piensan que aquí también les vamos a reír la gracia, y a honrarles como salvaguardas de los valores eternos. Qué asco, por los dioses...




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La gran belleza

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Antes de que nazca la primera imagen de La gran belleza, leemos una sentencia de Céline que habla de la vida como un viaje, como una ilusión, como una novela en marcha que es igual de ficticia que la propia literatura. El significado no se entiende muy bien, la verdad, sobre todo si se posee una inteligencia tan poco sensible como la mía, sorda y ciega a la poesía, a la metáfora, a todo lo que no sea pura carne y duro metal. Mi cerebro es científico y frío, un amasijo de neuronas que analizan la realidad pero nunca logran trascenderla. Las películas que empiezan con estas adivinanzas de literatos suelen ponerme a la defensiva. Pero aquí, en La gran belleza, no sé por qué, siento desde el inicio que me están contando algo muy bello, y también muy personal. Porque la película a veces parece real y a veces parece un sueño, y mi vida, últimamente, es una experiencia lisérgica en la que no sé muy bien si estoy dormido o despierto, pues todo se enreda y se mezcla, y en los sueños se me aparecen personajes de la vigilia, y en la vigilia personajes del sueño, y todos me hablan del mismo tema obsesivo que tiene que ver con la decadencia y el rumbo perdido.




    La decadencia es esa enfermedad incurable, y a la larga mortal, que en La gran belleza hace de Roma una ciudad tan triste como enigmática. Es la misma decadencia que paraliza la vocación literaria de Jep Gambardella, periodista de la crónica social, sesentón y bon vivant, rey de la noche romana más desenfadada, dueño de un apartamento de lujo con vistas al Coliseo donde se reune la segunda fila de la jet set a montar sus parrandas. Allí, entre bailoteos y martinis, en las sobremesas y en las sobrecenas, esta fauna nocturna filosofa sobre la vida. Todos se saben navegando en el último barco, y ya nunca hablan de los sueños por cumplir, sino de los sueños que una vez pretendieron y la vida caprichosa les regaló, o les denegó. Qué mejor marco que Roma para hablar de lo que una vez fue y ya nunca será. Para dejarse llevar por la nostalgia que el alcohol inocula como un veneno. Para hablar de los viejos escritos, de los viejos amores, de los viejos amigos, ahora que todo se ha consumado y que ya sólo queda esperar, y reírse un poco de uno mismo.


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La parte de los ángeles

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La parte de los ángeles es una de las películas más inspiradas de este dúo dinámico de la canción protesta que son Ken Loach y Paul Laverty. En otras películas, cuando prescindían de los toques de comedia y se lanzaban directamente a la yugular del capitalismo, Loach y Laverty se revelaban como dos plastas de mucho cuidado, a los que uno aplaudía en público porque son camaradas del partido, pero a los que luego, puertas adentro, cuando la prensa de derechas se iba a ver los toros, uno echaba en cara su habilidad para dormir incluso a las ovejas. Los José Luis Garci de izquierdas, les llamábamos cariñosamente en las reuniones del politburó. 

La denuncia del capitalismo servida en crudo, sin aliñar, es una cosa muy sosa, muy didáctica, más propia de los documentales que de las películas que uno ve a las diez de la noche con la intención de no dormirse y seguir vivo. Hay que meterle humor a la propaganda, ironía, guasa, tías en pelotas si puede ser. Lo social no quita lo valiente. La parte de los ángeles es mitad denuncia del sistema y mitad aventura de este poligonero escocés que aprende en dos días a distinguir un whisky escocés de otro irlandés. Una cosa como de realismo mágico de García Márquez que asumimos sin mayor problema porque nos lo cuentan con gracia y bonhomía. La parte de los ángeles es una película de mucha enjundia que todos los rojos del mundo -¡unidos!-  ya guardamos en nuestra videoteca revolucionaria como un tesoro del cine social. 




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The Bling Ring

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The Bling Ring, la última película de Sofía Coppola, cuenta las andanzas de una pandilla de niñatas de Los Ángeles que se dedicaban a entrar en las mansiones de los famosos para curiosear entre sus pertenencias, y llevarse objetos de lujo con los que luego presumir ante las amistades. Entre pitos y flautas -porque esto es a true story- llegaron a robar artículos por valor de tres millones de dólares, sumando bolsos y relojes, zapatos y vestidos, braguitas y sostenes. Ellas no eran unas verdaderas ladronas que luego revendiesen lo robado a los traficantes. Para estas pijas californianas, el verdadero placer, y el verdadero triunfo, radicaba en estar allí, curioseando en los vestidores, en las alcobas, en los cuartos de baño, imaginándose también ricas y perseguidas por la prensa. Eran tan inocentes y tan bobas, que luego, cuando llegaban a casa, se retrataban con los objetos robados, y colgaban las fotografías en el Facebook para que se muriesen de envidia las amistades. No hizo falta contratar a ningún detective para resolver el caso.


           Al terminar de ver The Bling Ring, uno lee que el vestidor de la mansión de Paris Hilton no es uno que se hayan imaginado los productores, sino el entero y vero de la heredera de los hoteles, que dio su permiso para rodar allí las escenas centrales de la película.  Una náusea de zapatos de tacón, de bolsos de lujo, de ropa interior de diseño... Uno se queda maravillado, y asqueado, ante tamaño desvarío. El bolchevique que llevo dentro se pone hecho una furia, y echa las cuentas interminables del dineral que esta megapija tiene allí almacenado. El crimen de las niñatas ya parece menos crimen, robando a quien legalmente no ha robado, pero sí acaparado, malgastado, defraudado. Hay tantos sinónimos de robar que están dentro de la ley... La misma Sofía Coppola parece quedarse estupefacta detrás de la cámara, ella que también es, aunque se gane la vida noblemente, una insigne pija de la Costa Oeste. Cuando por fin hagamos la revolución, primero tomaremos Manhattan, como cantaba Leonard Cohen, y luego nos iremos a Los Ángeles, a darle un cachete a Sofía, por no aprovechar The Bling Ring para denunciar el estado lamentable de las cosas. 




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El Hobbit

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Me han pillado con treinta años de retraso, las aventuras de Bilbo Bolsón en El Hobbit. De chaval me hubieran fascinado los mundos antropomórficos de Tolkien o de Peter Jackson, que ya no sabe uno lo que pertenece a la literatura y lo que se van inventando para rellenar las películas. Los enanos, los elfos, los orcos, los trasgos... La imaginación es desbordante, desde luego, y la producción millonaria, y los paisajes neozelandeses producen escalofríos de belleza. Pero hay algo infantil en El Hobbit que me aleja de la trama y me impide seguir a mi hijo en su entusiasmo. Él flipa con las peleas, con las fisonomías, con los idiomas inventados que parecen de hadas o de demonios. La imaginería de Tolkien le tiene hipnotizado como un feligrés de la Edad Media entrando en una catedral gótica. Yo también era así, a su edad, impresionable y apasionado. 

    Hace unos pocos meses, la trilogía de El Señor de los Anillos nos convirtió a los dos en La Pequeña Comunidad del Sofá, alegre y risueña, porque A. disfrutaba del lo lindo, y yo, que había leído los libros en la juventud, iba recordando tramas y personajes. Salían, además, hombres y mujeres, de Gondor y de Rohan, y uno al menos comprendía sus intenciones, y se recreaba en algunos bellezones femeninos que el tunante de Peter Jackson puso ahí para atraer a los papás. Pero aquí, en El Hobbit, los humanos no aparecen ni por asomo, y son el resto de homínidos de la Tierra Media los que se pelean por un puñado de oro. Hay mucho griterío, mucha persecución, mucha magia que a veces mueve montañas y a veces no es capaz de matar a una mosca. Hay muchas preguntas sin respuesta. Mucho lío.



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Rush

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Cuando yo era pequeño, nuestras madres lloraban a mares con aquella canción que Roberto Carlos -el cantautor, no el futbolista- le dedicó a su madre: Lady Laura, abrázame fuerte, Lady Laura... Nosotros, los chavales, que veíamos la Fórmula 1 en la tele y flipábamos con el rugido de los motores, nos burlábamos de ellas cantando Niki Lauda, abrázame fuerte, Niki Lauda... Así canturreábamos mientras jugábamos a las carreras con las chapas de Mirinda; en las aceras del barrio, trazábamos con tiza unos circuitos de mucho mareo y luego le dábamos suavemente al bólido para que no derrapara en las curvas, y un hostiazo descomunal, cuando llegábamos a la recta, con la uña del dedo. 

Yo era muy de Niki Lauda, y en mi escudería de la naranjada o de la limonada él corría siempre con su cara recortada. Me hacía mucha gracia, su nombre, y además me daba pena su rostro desfigurado, y su gesto siempre hosco. Pensábamos, además, en nuestra ignorancia supina, que Niki no se comía una rosca entre las bellezas de tronío, las del champán y el ramo de flores en la entrega de premios, que seguramente lo miraban un instante porque estaba en el contrato y luego salían espantadas. Qué poco sabíamos del poder afrodisíaco del dinero, y de la fama, los tontainas  del suburbio, que aún discutíamos sobre la virginidad de María en clase de religión. El mismo personaje de James Hunt, en Rush, que es la película que ha desatado esta ristra de recuerdos, decía al principio de la película:

            "Tengo una teoría de porqué a las mujeres les gustan los pilotos. No es porque respeten lo que hacemos, correr dando vueltas y vueltas... La mayoría creen que es ridículo, y quizá tengan razón. Es la proximidad con la muerte. Cuanto más cerca estás de la muerte más vivo te sientes, más vivo estás, y ellas lo notan, lo sienten en ti".

            Es una manera muy poética de decir que las mujeres se vuelven locas con la testosterona, y que en esta predilección  llevan su cara y su cruz, su gozo y su condena, pues el mismo macho que las vuelve tarumba luego les pone los cuernos con otra mujer, o se pega una hostia mortal haciendo el imbécil con los amigos. Porque la testosterona es lo que tiene, que es eruptiva e ingobernable, y cuando fluye a chorros  te convierte en un semidiós irresponsable, que lo mismo te empuja a escalar montañas y caerte por el precipicio que a subirte a un Fórmula 1 y estrellarte contra el muro. 

           


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Hitchcock

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De este biopic titulado Hitchcock, a uno le interesaba, por encima de todo, el proceso creativo que llevó don Alfredo a parir una película como Psicosis, que ahora nos da un poco la risa, sí, porque medio siglo de asesinatos en la pantalla nos contemplan, pero que por entonces, en el año 60, fue un acontecimiento de mucho horror y mucho patatús. Yo mismo, de pequeño, en un pase de Psicosis que programó Ibáñez Serrador en Mis terrores favoritos, tuve que cerrar los ojos varias veces, aterrorizado por las ocurrencias siniestras de Norman Bates. Después de aquello pasé varios meses acojonado en la ducha. Me negaba a cerrar los ojos cuando el champú  se derramaba por la cara, y pillaba unas irritaciones que me dejaban los ojos tan  rojos como los de Darth Maul. Pero prefería el picor antes que la oscuridad que precedía a la aparición de la silueta, tras la cortina, cuchillo en ristre, moño satánico, bata de andar por casa... Cuántas veces imaginé que mi sangre se iba por el desagüe de la ducha, haciendo remolinos de color rosa...


            Al principio de Hitchcock uno se las promete muy felices con la función, pues todo arranca con los crímenes horrendos de Ed Gain, y el interés de don Alfredo por su personalidad descompuesta. En los primeros minutos vemos a don Alfredo y a su esposa Alma trabajando en la contratación de los guionistas y los actores. Mientras toman el té o podan los setos del jardín, ellos, codo con codo, van puliendo el guión, orientando la historia, buscando financiación privada... Uno asiste al espectáculo maravilloso de las mentes creadoras puestas en marcha, atando cabos, soltando lastres, dando forma a lo que en principio sólo es una idea y luego, en un puñado de meses, devendrá una película de suave y flexible celuloide. 

      Pero a la media hora de metraje, los responsables de Hitchcock deciden romper el encanto, y se van de excursión por otros cerros más trillados. Se olvidan de Psicosis y de sus jugosos intringulís para hablar de la extraña relación del matrimonio Hitchcock: una relación que es pura especulación, y puro melodrama innecesario, pues ni siquiera los contemporáneos, ni los más allegados a la pareja, supieron nunca qué pegamento les unía. Ellos eran británicos, pudorosos, alérgicos a los focos. Se sospecha que dormían en camas separadas, que no follaban nunca, que Alma vivía resignada a los escarceos más platónicos que aristotélicos de su marido. Pero todo esto es melodrama, marujeo, desinterés del cinéfilo. Lo que era un making-off interesantísimo de Psicosis, acaba derivando en un culebrón para la sobremesa, con affaires extramatrimoniales, discusiones en la cocina, ya no me quieres como antes y tal y tal... Bah.


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Las ventajas de ser un marginado

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Tendría que haber desconfiado de una película que lleva por título Las ventajas de ser un marginado. Porque ser un marginado, obviamente, no acarrea ninguna ventaja. Lo que pasa es que me habían hablado muy bien de esta película, y me enredaron, y me dejé llevar... Otro retrato generacional de los que fuimos adolescentes en los años ochenta y grabábamos canciones en casetes que eran testimonios musicales de nuestra personalidad. Todos los chavales juntábamos churras con merinas en las cintas TDK y luego nos intercambiábamos los experimentos para que los amigos, o las chavalas, pudieran atisbar el fondo de nuestras almas, que en el trato personal siempre quedaban ocultas tras el acné y la timidez. A mí, indeciso en lo musical como en todo lo demás -salvo en mi amor por las mujeres pelirrojas y por el Real Madrid de Butragueño-, me salían unas cintas que en realidad no me definían, porque yo allí ponía de todo, desde rock duro hasta reggae, desde Mecano hasta Bruce Springsteen, y los conocidos, cuando descubrían el cacao musical que se agitaba en mi cabeza, no lograban ubicarme en ningún grupo, ni en ninguna tribu, y no me marginaban, pero se partían de la risa a mi costa. 


          Los deslenguados me vendieron muy bien la película del marginado, con el rollo ése de que el protagonista es un chaval de dieciséis años que quiere ser escritor y busca novia desesperadamente en el instituto. Y quién de entre nosotros, ay, no quería ser escritor a esa edad, y no buscaba desesperado su primer beso, con la cara de tontaina y el trauma en la cabeza. El problema de Las ventajas de ser un marginado es que este chico, aunque vaya de sufridor por la vida, acaba calzándose a dos chavalas de mucho tronío, y eso no tiene cabida en una película que supuestamente hablaba de la soledad y la congoja. Uno buscaba la identificación con el protagonista y recibió la bofetada del macho triunfante. Al final resultó ser un título irónico, lo del marginado, pues el gachó pasa de ser oruga a mariposa y sobrevuela como un fucker orgulloso los guateques del viernes por la noche. A él si que le funcionó lo de ir de mosquita muerta, con la mirada caída, y la espalda encorvada.... Marginación fue lo nuestro, no te jode, en el instituto de los curas, que nos pasábamos la vida estudiando y escribiendo poesías de mala calidad, soñando con chavalas que siempre vivieron por encima de nuestras posibilidades.



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Freaks and Geeks

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Estos freaks and geeks de 1980 se parecen mucho al adolescente que yo mismo fui pocos años más tarde. Guardamos, incluso, un cierto parecido físico, porque los chavales de antes madurábamos más tarde, y la cara de lelos y las mandíbulas lampiñas nos duraban mucho más tiempo que ahora. Parecíamos, y éramos, unos gilipollas integrales. La cara jamás nos desmintió el alma. Ahora, en cambio, los adolescentes crecen más rápido, y mucho mejor, gracias al yogur desnatado y a la carne hormonada de los supermercados. Se hacen mayores mucho antes, y los rasgos sexuales les acompañan en la velocidad de crucero. De la niñez a la adolescencia ahora sólo hay un suspiro, un viaje en AVE, y no la carretera tortuosa de antes, que era un mareo insufrible. Ahora, los freaks, y los geeks, queman etapas en un santiamén, y pasan de ser niños a pequeños hombres en apenas unos meses, sabihondos y desenvueltos, resabiados y chuletas. 

        En Freaks and Geeks, Sam Weir y sus amigos hablan de los mismos temas que nos obsesionaban a nosotros: de Star Wars, de combates entre superhéroes, de dudas sexuales que provocarían la carcajada entre los  adolescentes del siglo XXI. Yo mismo pensaba, en los albores de mi sexualidad, que la vagina era un conducto de entrada frontal, situada algo por debajo del ombligo, y que el amor, por tanto, siempre era un enfrentamiento frontal, no diagonal y angulado, como luego descubrí. Toda una metáfora... 

     En Freaks and Geeks, al igual que en mi adolescencia, la tecnología más avanzada es el televisor en color, y el portero automático del portal, que nunca chutaba del todo. No existe internet, ni twitter, ni PlayStation.  La vida transcurría en las calles, topando con las chicas que uno soñaba, o recorriendo los parques en bicicleta. Las películas las veíamos en la tele cochambrosa, o en el cine abarrotado, y tuvimos que esperar varios años a que los aparatos VHS bajaran de precio para poder comprarnos uno, y hacernos socios del videoclub de la esquina, para rescatar los grandes clásicos, pescar las novedades que nunca estaban, deslizar alguna guarrería en el sandwich cinéfilo de las películas decentes... Son cosas que no le cuento a mi hijo porque se partiría el culo de risa, y perdería el poco respeto que todavía me guarda. Le he animado a que vea Freaks and Geeks conmigo, para que comprenda de dónde vengo, y a dónde voy, y cuánto ha cambiado el mundo desde entonces. Pero la serie, aquí en España, sólo está disponible con subtítulos, y los subtítulos son lectura para mi hijo, esfuerzo escolar, materia evaluable. Él desciende de la LOGSE y de sus hijas putativas. Yo me críe en la EGB, que en comparación con  lo de ahora fue como hacer una mili. Aunque éramos medio imbéciles, sobrevivimos a la tempestad. No teníamos nada: sólo tiempo, y un balón de reglamento.


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Tres monos

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Los cinéfilos interesados en Nuri Bilge Ceylan ya cuentan con otros blogs mejor escritos, mejor diseñados, donde el encargado escribe con mucha enjundia sobre el cine del mar Negro y le saca zumo a cada plano y a cada giro de la cámara. En esas páginas los blogueros hablan de cine muy seriamente, porque allí se congregan los cineastas de verdad, y los estudiosos del séptimo arte,  y yo aquí, aunque a veces lo parezca, no hablo de cine, sino de la vida misma, y de mí mismo mientras veo las películas. Y a quién le iban a interesar estas introspecciones en mi ombligo, de donde sólo saco pelusillas, y alguna migaja que se coló del bocadillo.
  
            Si estas páginas fueran realmente lo que prometen -un club virtual para que se congreguen  los cinéfilos de pro, muertos o vivos- uno tendría que hablar de Tres monos como lo haría un crítico renombrado en un festival de cine europeo, alabando la fotografía, desmenuzando los ritmos, estableciendo relaciones con el contexto socio-económico de la Turquía actual. Y a uno, sinceramente, estas cosas no le salen. De Tres monos me interesa la desventura de sus personajes, y por eso se la recomiendo aquí las amistades,  porque esta familia de proletarios jodida la vida es un tema de rabiosa actualidad, aquí y en Turquía. Una historia muy socialista en el fondo. Y aunque pego varias cabezadas en el sofá, y veo la película dividida en tres actos, porque Bilge Ceylan se pone muy plasta con los planos sostenidos y las composiciones pictóricas, llego hasta el final intrigado por el destino que les aguarda a estos turcos atrapados en su destino. Son turcos como usted y como yo, currantes que viviían al borde del abismo y un mal día tropezaron con algo o con alguien para hacerlos casi caer. Cuecen habas en ambos extremos del Mediterráneo. En Turquía los hombres llevan mostacho, y las mujeres rubias parecen prohibidas por la autoridad. Hay mezquitas en lugar de iglesias, y los equipos de fútbol son más ruidosos y de peor calidad. El resto es todo lo mismo. "En las antípodas todo es idéntico/idéntico a lo autóctono", cantaba Javier Krahe.




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Stuck in love

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Stuck in love es una película sobre escritores que se enamoran de gente muy bella y luego lanzan filosofías muy personales sobre la existencia. Así resumidas, las vidas de estos personajes podrían parecerse a la mía, aunque yo esté tan lejos del mar. Yo también escribo en este blog, y aventuro reflexiones vitales, y me enamoro todos los días de una mujer muy hermosa... Fue esa similitud inicial la que me empujó a ver la película, pero luego, minuto a minuto,  fui descubriendo que ni mi yo ni mi circunstancia tenían nada que ver con estos fulanos. El escritor padre -Greg Kinnear- y sus hijos modélicos -la preciosa Samantha y el romántico Rusty- son escritores que escriben de verdad, novelas y cuentos, que publican en las más prestigiosas editoriales de Estados Unidos. Hasta coleguean un poco con el mismísimo Stephen King, que se declara admirador del estilo familiar en un cameo telefónico. La genética les ha hecho guapos, talentosos, decididos. Lo tienen todo para triunfar. Chascan los dedos de la mano derecha y consiguen que la pareja perfecta se derrita por sus huesos. Chascan los dedos de la mano izquierda y el relato perfecto surge en sus Macs impolutos de última generación. Manejan con soltura el género de terror, la novela romántica, la literatura rebelde de la juventud... Tú les sueltas cualquier idea y ellos se ponen a crear como locos. Juntan las palabras con una soltura que a mí me parece arte de magia, enchufe directo con las musas. Siendo habitantes de esta misma galaxia, estos escritores de Stuck in love poseen el poder de los caballeros Jedi, que hacían así con la mano y abrían puertas y doblegaban voluntades. 

    Viven, además, estos suertudos, para romper ya del todo los paralelismos, en una casa chulísima al borde de la playa. La película está rodada en invierno, y los paisajes costeros son grises y relajantes. En consonancia con la estación, los personajes viven una pequeña crisis de sus corazones y sus talentos, antes de que la realidad primaveral los bendiga de nuevo con sus flores. Uno sería inmensamente feliz en una casa así, con vistas al mar, alejada varios metros de los vecinos, con el rumor de las olas arrullando a las musas. Quizá esté ahí el quid de la cuestión, y no en los genes pluscuamperfectos de la familia Borgens. Porque el murmullo permanente del mar tranquiliza los nervios, y organiza las ideas, y las hace fluir a través de los dedos con el orden exacto y la cadencia precisa. Era el agua, finalmente, y no el cromosoma.


           
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Dallas Buyers Club

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No veo a Dios, por ninguna parte, sujetando a Matthew McConaughey en sus escenas de Dallas Buyers Club, que parece que se lo va a llevar una brisa de lo delgado que se quedó. Tampoco veo al Altísimo moldeando sus expresiones faciales, ni le veo manipulando sus cuerdas vocales para producir esa voz a medio camino del poeta y del borracho. No veo el aura, el brillo, el triángulo entrometido, en ningún fotograma de la película. Sólo veo a un actor de talento descomunal sacando a flote un drama  reiterativo y aburrido. Sólo veo al hombre, y no al feligrés. Intuyo que Dios, como mucho, le protegió de los accidentes, de los resfriados, de los imprevistos del rodaje, aunque de esas tareas suelen ocuparse los ángeles de la guarda, que son como los vigilantes de seguridad en la Gran Empresa del Cielo. 

    Pero Matthew McConaughey, cuando recibió su Oscar y dio las gracias al Altísimo, no se refería a eso. Él hablaba de una relación estrecha con el Creador, de una amistad personal, de unas gratificaciones que se le debían por el esfuerzo profesional o algo parecido. Quizá su Amigo no estuvo en el rodaje, indicándole el camino correcto, pero sí en las mentes de los académicos cuando depositaron el voto, obnubilándoles por segundos, susurrándoles una sugerencia divina que arraigó en sus voluntades. No sé qué pensarán de todo esto sus rivales en el premio, a los que también protegieron los ángeles de la guarda, porque llegaron sanos y salvos a la ceremonia de entrega, pero que no encontraron la ayuda del susurro definitivo, del beneplácito decisivo de quien prefería al actor que encarnaba al enfermo y luchador Ron Woodroof. A poco racionalistas que sean, los perdedores de la gala pensarán lo mismo que pensamos nosotros: que si eres buen actor, interpretas a un enfermo de sida y te dejas treinta kilos de grasa en el empeño, tienes todas las opciones de ganar. Y que lo divino no pinta nada en todo esto.




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