Fausto 5.0

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Fausto 5.0 es la historia ininteligible de un cirujano medio vivo -o medio muerto, como el gatgo de Schrödinger- que va encontrándose en la Barcelona fantasmal con los medio muertos  -o medio vivos- que una vez fueron sus pacientes. Uno de ellos, el Mefistófeles de la función, es un superviviente de cáncer al que da vida este actor del que uno es rendido admirador, y creador de un club de fans acá en La Pedanía, Eduard Fernández. 

Fausto 5.0, que pretende ser una película de mucho terror y escalofrío, ya no asusta por sus escenarios de pesadilla, ni por su aura de fantasmas errantes, a medio camino entre el limbo y la tortura infernal. Uno ve esos hospitales abandonados en la periferia de la Barcelona, o visita ese hospital grimoso donde el protagonista practica sus escarnios, y no deja de pensar que lo apocalíptico ya está aquí, a la vuelta de la esquina. Los proletarios de América, que viven desde hace tiempo en la distopía de Fausto 5.0, no verían mayor pesadilla en esta película: un simple reflejo de la realidad sanitaria que ya impera en el Imperio. Aquí, en cambio, que hasta hace dos días éramos europeos y bienestantes, civilizados y distintos, que éramos atendidos en hospitales atestados pero limpios, esta realidad de la Clínica Delicatessen se nos viene encima como un asteroide implacable y catastrófico. Como un castigo de los dioses monetarios que nos envían al destierro medieval,  o al exilio africano. Una pesadilla aterradora que, como el Lord Voldemort de Harry Potter, va tomando cuerpo poco a poco, célula a célula, decreto a decreto. Y voto a voto, hasta formar una masa crítica de electores que nos joden la vida a los demás.  





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Tyrannosaur

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Venía muy aclamada esta película, Redención, que en el título original consta como Tyrannosaur, y que ha sido traducida de manera muy absurda para que piquen las almas sensibleras, o los clérigos confundidos con el vocablo teológico. Una estupidez de título; un spoiler en toda regla.

No es película desdeñable, Tyrannosaur. Pero nace, en mi caso, muerta del todo, como un parto de fatal desenlace. Ninguna simpatía, ninguna compasión, ninguna redención puede suscitarme un borrachuzo que en la primera escena, iracundo con los otros alcohólicos de la taberna, propina varias patadas a su propio perro hasta matarlo. La muerte de ese chucho, servicial y bonachón, se me clava en el alma como una daga, y aunque su amo se lamenta del arranque de ira, y llora la pérdida, desconsolado,  yo me cago en su puta madre, y en su puto padre, cada vez que asoma el jeto en las escenas, que son casi todas. 

Ni siquiera el trabajo ímprobo de Peter Mullan, que es un actorazo que lleva las cicatrices del espíritu marcadas en la cara, es capaz de convencerme del arrepentimiento de este cafre pateacanes. Me la sudan sus lloringueos y sus miradas profundas. Sus esfuerzos supremos por redimirse y mudar de personalidad. Me la pelan, sus sudores. Podría irse a Calcuta, con las monjitas, o al Brasil, con los teólogos de la liberación, a restañar el mal, ayudando a los pobres del mundo, y alcanzar así el equilibrio de su karma ennegrecido. Es igual: nada de lo que haga este matarife, a ojos de este espectador que ama a los perretes por encima de todas las cosas, podrá redimirlo del mayor pecado señalado por los dioses: el ensañamiento con el animal inocente. 




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Atún y chocolate

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La sonrisa y el tedio van alternándose en cabeza del pelotón para llevarme a la línea de meta de Atún y chocolate, situada en Barbate, capital del viejo reino de Chiquitistán. Cuando el empalago de lo previsible me tienta con el abandono, aparece un actor simpático de gracejo gaditano para animarme a pedalear un kilómetro más, a resistir otros diez minutos de esfuerzo televidente.

Aunque es una película de temática españolísima, con el paro y la trapisonda, la economía sumergida y la supervivencia cotidiana,  uno asiste a las andanzas de estos pescadores con la extrañeza de estar viendo un paisanaje extranjero, muy poco afín. Para un español de Invernalia, los españoles de la Tierra Austral son gentes muy alejadas y distintas. Atún y chocolate es el National Geographic de otra cultura europea sin abandonar las fronteras estatales. Uno se ve, pero no se reconoce. 

A los septentrionales y a los meridionales nos unen un puñado contado de eslabones: el idioma, por supuesto, aunque los acentos, cuando se cierran, nos vuelven letones o malayos para el entendimiento. Nos une el latrocinio desalmado de nuestros gobernantes, el mismo en todas las latitudes comprendidas entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Nos une, quizá, vagamente, una gastronomía de sustentos básicos compartidos: el aceite, el ajo, la cebolla, la ensalada de tomate, pero no más de lo que nos une a los italianos, o a los griegos, o a los libaneses, usufructuarios todos del mismo sol. Nos une la misma mala educación, la misma algarabía de los bares, la misma entraña desalmada con los animales.  Nos une, por encima de todo, como ya dijo en su día Vázquez Montalbán, la liga de fútbol nacional. Ella es el verdadero pegamento de la patria. La cola fortísima que mantiene unidos los fascículos sueltos en el tomo común, en esta charanga balompédica que copa el tiempo de los noticiarios, y el espacio sagrado de los periódicos.  




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The Yellow Sea

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Noto que me estoy haciendo un espectador viejo y anquilosado. Que vivo desconectado -a veces queriendo, a veces sin querer- de las nueva tendencias de los jóvenes. Mucho de lo que descubren es tiempo que uno lleva bien ahorrado, y bien empleado en repasar los clásicos de siempre. Pero hay que reconocer que a veces encuentran una veta  que produce mineral valioso y exportable. Fueron ellos quienes me pusieron en la pista, hace unas semanas, de Nicolas Winding Refn y su ópera prima Pusher. Y an sido ellos, también, los que han dirigido mis achacosos pasos hacia la ignota Corea del Sur, tierra de comedores de perros y de estudiantes ejemplares, para descubrir esta locura de mafiosos armados con hachas y cuchillos que es The Yellow Sea. Viene a ser como una película de Martin Scorsese, lisérgica y trepidante, solo que aquí, en Corea, por razones culturales o legales que uno desconoce, nadie va armado con una pistola, y la sangre no chorrea de los orificios abiertos por las balas, sino que mana de los tajazos bestiales que se arrean con las armas blancas.

Se llama Na Hong-jin, el director de la función. Sé que su nombre, tan propio de un lateral izquierdo de la selección surcoreana, jamás arraigará en mi memoria. Tendré que apuntarlo en las agendas, y echarle uno ojo de vez en cuando, para no perderlo en la maraña de otros directores surcoreanos también muy recomendados, Bong Joon-ho, el lateral derecho, o Park Chan-wook, el media punta habilidoso. Prometen emociones fuertes, estos muchachos del nombre trifásico e intercambiable. Si The Yellow Sea es la medida canónica de su cine, dentro de unos días, cuando se calmen las aguas, y vuelva a rastrear las aguas con mi velero pirata, llenaré mis bodegas con este tesoro de los mares orientales. Vienen muy recomendadas, estas especias medicinales, para pasar el mal trago de las noches cerradas y lastimeras, donde uno sólo pide, y se conforma, con un par de peleas bien trajinadas, y cuatro trompazos bien fingidos, como antañe, en la infancia, entretenía sus amarguras con las hostiazas que arreaba Bud Spencer, el ídolo grasiento y bonachón. 





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Valhalla Rising

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Mi reciente interés en Nicolas Winding Refn me lleva a buscar y a descargar en cuestión de  horas Valhalla Rising, una película de estética vikinga y mandobles sangrientos que en el documental NWR pintaba como película inquietante y distinta. Y pardiez, que es una película inquietante y distinta. Habla de unos vikingos silenciosos y salvajes que hartos de matarse en la Jutlandia deciden ir a matar musulmanes a las Cruzadas y acaban, por el designio de Odín, que alborota los mares y revuelve los vientos, descubriendo la costa americana y luchando contra los nativos pintarrajeados. Todo ello con música de rock, silencios terribles y planos coloristas de los mundos oníricos o esquizoides.

¿Es Valhalla Rising una metáfora de la propia biografía de Nicolas Winding Refn, que nacido en tierras danesas se crió en la América ya conquistada por los anglosajones? ¿Es el guerrero tuerto de las nulas palabras, protagonista hercúleo de la película, un álter ego de Refn trasplantado a la Edad Media? Quién sabe. Son cosas que habría que preguntarle dentro de unos años, cuando su reluciente estrellato demande más curiosidades y certezas.  De todos modos, son asuntos que poco interesan aquí. Lo que sí sabemos, y además nos dice mucho del Personaje Danés de la Semana, es que sus intereses vitales se ciñen al cine, y sólo al cine. Lo comentaba en NWR su actor fetiche Mads Mikkelsen, al que le preguntaban por su relación personal con el director y respondía que casi ninguna fuera de los rodajes:

"El único tema de conversación de Nicolas es el cine; el único mío, los deportes. Nuestras conversaciones, cuando logran avanzar, salen muy extrañas..."





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NWR

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Veo en los canales de pago el documental NWR, que versa sobre la figura de Nicolas Winding Refn, el recién descubierto -y admirado- director de Pusher. El primer entrevistado –que luego averiguaré que es Alejandro Jodorowsky- sale denigrando el cine norteamericano y llamando “degenerado” a Steven Spielberg. Con el primer argumento sobre la mesa podríamos tomarnos un largo café, Jodorowsky y yo, en una plácida terraza parisina de las que él seguro frecuenta, barajando películas e intercambiando recuerdos. Con su segundo comentario, en cambio, dejo de ser un ciudadano respetuoso para convertirme en un caballero ofendido que lanza el guante retador de su desprecio, y de su cabreo: mañana al amanecer, en el descampado, con el arma que don Alejandro elija... 

Es una infamia eso que dice Jodorowsky del señor Spielberg, aunque su opinión esté muy bien vista en los círculos de la alta cultura, donde tanto se ríen de nosotros, los espectadores confundidos entre la chusma, incapaces de distinguir una perla verdadera de una película falsa de bisutería. Los seguidores de Spielberg -hacedor de nuestros sueños infantiles y pubertarios- guardamos con él una deuda de gratitud infinita, impagable en cien vidas que viviéramos, y nos tomamos estos desplantes como insultos al propio apellido, y al propio honor.

A punto estoy de levantarme del sofá, herido en el insulto intolerable, cuando aparece en pantalla el susodicho Nicolas Winding Refn para empezar a contarnos su historia marciana de cineasta outsider. Descubro, intrigado, a un tipo que guarda un extraño parecido físico conmigo: alto, barrigudo, de papada notable, con unas gafas de concha que compartimos todos los que -con aptitudes o sin ellas- aspiramos al amor de las mujeres por el camino del intelecto. Ese parecido físico, que es sospechoso y muy notable, me hace olvidar la injuria inaugural y me obliga a sentarme de nuevo en el sofá. No ha sido, desde luego, un tiempo perdido. Mi amado Jodorowsky no vuelve a ser invitado a la función, y Nicolas W. R., generoso y dicharachero, se explaya largamente en sus neuras y obsesiones, en sus virtudes y defectos. Es un personaje extraño, medio danés y medio norteamericano, que reniega de su país en unos términos que a mí, amante de todo lo que procede de la utópica Dinamarca, me hiere y me descoloca. Y me hace seguir sus puyas con una creciente atención.

Nicolas habla de su país como hablo yo del mío, renegando del carácter de sus gentes, y del clima insoportable. Pero él habla de la seriedad y del frío, y yo hablo de la jarana y del calorazo. Si Nicolas dice encontrar su paraíso vital en Nueva York, donde creció y formó sus gustos cinéfilos, yo buscaré el mío, cuando aprenda inglés, o se enamore de mí una recia vikinga, en el mismo Copenhague donde él dice aburrirse de lo lindo. 





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Boss. Temporada 1

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Termino de ver la primera temporada de Boss y la serie no termina de convencerme. Ni la belleza de Hannah Ware, tan deslumbrante, ni la turbiedad de los trapicheos municipales, tan apropiada en estos tiempos, son argumentos que me ayuden a mantener la atención sostenida. En Boss hay malos de relumbrón, arpías de campeonato, cabronazos trajeados que jamás elevan el tono de voz. Hay mangoneos electorales, latrocinios sibilinos, manipulaciones exquisitas de la democracia. Salen mujeres preciosas y actores carismáticos. Los niños pesadísimos e innecesarios de otras series brillan por su ausencia, en acertada decisión. Boss tiene los ingredientes necesarios para convertirse en una serie de culto, pero alguien los está mezclando muy mal, o a mí me han pillado en una época inapetente y dispersa.

No sé. Pienso en su segunda temporada y la pereza infinita me atenaza la voluntad. Para qué lanzarse a la grabación legítima, o a la descarga ilegal. Ni los desnudos de Hannah Ware, con esos pechos ligeros del óvalo canónico, me animan a seguir. En el torbellino constante de las series uno a veces se marea, y se desorienta, y pierde el buen juicio del espectador avezado y veterano. La saturación anula el buen juicio. Ya llevo entre pecho y espalda demasiadas corruptelas políticas, demasiado pesimismo ciudadano: The Wire, The Newsroom, Margin CallBoss. Todas vienen a contar lo mismo: la miseria del sistema, el fracaso los sueños, la impunidad secular de los poderosos. Sólo otros poderosos igualmente corruptos vendrán a bajarlos de sus pedestales. Demasiada consternación, demasiada desazón. Es el espectáculo asqueroso del alma humana puesta al descubierto. La primera vez que una ficción de calidad empuña el bisturí y te enseña las tripas, lo flipas; la segunda, sacas tus conclusiones; la tercera ya lo das por consabido, y te aburres.



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El Tigre de Chamberí. Los tramposos.

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En El Tigre de Chamberí, un patán conquista el amor de la muchacha más guapa a fuerza de ser íntegro y buen tío. En Los tramposos, un par de timadores dejan la mala vida y reciben como premio a dos chicas bellísimas de tetas kilométricas. Son  películas de la España católica y moralista, que narraban vidas descarriadas que terminaban siendo ejemplares. 

En aquellos tiempos, ser alguien decente y con estudios te aseguraba una buena opción en el draft de las mujeres. Ellas mismas te preferían antes que liarse con el cantamañanas que iba de discotecas, de guateques, que las manoseaba a destiempo en los asientos del 600. Sólo las pelanduscas preferían subirse a la Vespino de estos tipejos engominados. Los años cincuenta y sesenta fueron muy duros en la política y en la economía, pero en el terreno sexual fueron el paraíso de los mediocres, de los tipos grises pero formales. Yo hubiese sido la hostia, en aquella España sin monarquía constitucional, con mis costumbres espartanas, con mis gafas de concha, con mi adusta seriedad. Se me hubieran rifado, las mozas del lugar: las vecinitas del quinto, o las señoras del supermercado. 

Sin embargo, cuando yo nací, estos méritos ya eran filfa y baratija de los rastrillos. Las chicas ochentosas y noventeras estaban en otro rollo, en otra onda. Fueron los años dorados de los ligones, de los chuloputas, de los graciosillos del chiste estúpido. De los pretendientes motorizados. Del chico más canalla o del quinqui más gilipollas. Del que más bebía, del que más fardaba, del que más grande aseguraba tenerla. 

    La bendita democracia fue una desgracia para nosotros, los aburridos. Somos, en lo nuestro, unos nostálgicos del No-Do.





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