Prometheus

Cuando me ponen una nave espacial, un viaje a las estrellas, y unos alienígenas que prometen hostias como panes y misterios como embrujos, entro en un estado mental que podríamos llamar de "racionalidad suspendida". Del mismo modo que los argonautas de la nave Prometheus pasaron varios meses hibernados a la espera de llegar a su destino, mi mente inquisitiva, en las dos horas que dura la película, se queda como dormida, como pasmada, y de pronto es como si me sustituyera el niño que una vez fui, con las piernas colgando en el sofá, y la expresión boquiabierta, incapaz de ponerle un pero a estas aventuras de seres humanos que buscan el origen de nuestra especie en un planeta muy lejano. Como Darwin a bordo del Beagle, hace dos siglos, pero a mucha más velocidad, y con ordenadores sofisticados en lugar de cuadernos de notas. Mientras Prometheus, la aeronave, avanza en el vacío del espacio, y Prometheus, la película, discurre en el silencio de la noche, yo, infantilizado, me dejo llevar por las olas del mar, por el balanceo de la trama, y casi termino chupándome el dedo, y cenando el bocadillo de nocilla, y pidiéndole a mamá que abra un poco la ventana para que entre el fresco del anochecer.



    Termina la película, y ya recompuesto de nuevo en un señor mayor, con barba entrecana, y ojeras por los pesares, vengo a los foros entusiasmado, dispuesto a cantar las loas y las alabanzas de Prometheus. Pero descubro, perplejo, y bastante avergonzado, que soy el único gilí de la galaxia que no ha caído en las incongruencias varias del guión. En los comportamientos inexplicables de los personajes. En las filosofías trascendentales que se quedan huecas, desatadas, como jirones de sabiduría que vuelan al albur del viento, sin propósito ni resolución. Leo -divertido, porque estos tíos tienen su guasa- los comentarios de quienes no se dejaron engañar, de quienes analizaron la película mientras la vieron, y ya no sé qué pensar de mí mismo. ¿Soy aquel espectador medio del que hablaba David Simon en sus diatribas contra las audiencias, un tipo más bien menguado, más bien lento de reflejos, que se traga las historias sin espíritu crítico, abandonado a la molicie mental, al consumo indiscriminado, que se da cuenta de los errores de guión -porque tan gilipollas no soy- y los pasa por alto pensando que los guionistas sabrán, y que qué va uno a opinar? ¿O tengo el mérito, y la fortuna, de disfrutar como un niño donde otros toman apuntes como maestros adustos y perfeccionistas, y las cagadas de los guionistas, y los descuidos del director, no consiguen agriarme la fiesta infantil -revivida una vez más- de las naves espaciales?


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