Juego de Tronos 7x07

Al final, como en las misas de los católicos, Juego de Tronos ha dejado las hostias para el final. Para dentro de un año, al menos, cuando habrán de resolverse las guerras internas de los Siete Reinos y las guerras externas de los Caminantes Blancos. Antes de eso, dentro de pocos meses, pasada esta efervescencia de comentar y compartir los siete episodios que nos han llevado al borde de la resolución, todo recuerdo de Juego de Tronos se habrá convertido en polvo y cenizas dentro de mi cabeza. Llegará el invierno, veré nuevas series, el fútbol me dejará gilipollas... Sobre el destino sin decidir de los Siete Reinos caerá la nieve, y los sedimentos, y la confusión. Porque además, aquí dentro, en las neuronas de los desmemoriados, habita un dragón pequeñito, casi nanobiológico pero bastante hijoputa, que se dedica a ir quemando los recuerdos por pura diversión. Y como los dragones, a lo que se ve, jamás repostan gasolina ni sufren ardores en el esófago, su labor crematoria es sorda pero continua. Mi tontuna, y su travesura, me obligarán a revisitar estos episodios como si nunca los hubiera visto. Lamentable y sensacional al mismo tiempo, que diría José Joaquín Brotons en otro ámbito del entretenimiento.



    Mientras tanto, también como en misa, antes de que se precipiten los acontecimientos bélicos, los candidatos al Trono de Hierro (y su cohorte de Manos del Rey -en este caso de Reinas- asesores militares, diplomáticos listísimos, guardaespaldas cetrinos y mercenarios de todo pelaje que se han ido uniendo a la aventura) se dan fraternalmente la paz en el anfiteatro de Pozo Dragón, donde antaño los Targaryen guardaban sus dragones como ahora los ricachones cobijan sus purasangres. Podríamos decir que la reunión de Pozo Dragón es la Conferencia de Yalta de los Siete Reinos, pues del mismo modo que Roosevelt, Stalin y Churchill aplazaron su diferencias para combatir al enemigo común del fascismo, Cersei, Daenerys y el Rey en el Norte deciden enterrar sus hachas de guerra y blandir unas nuevas de vidriagón enriquecido. La paz, al parecer, queda sellada con la sonrisa beatífica de Cersei, la más reacia en principio a despistar sus tropas. Daenerys y Jon Nieve, locos de alegría y de amor, deciden celebrarlo a lo grande en la intimidad de la alcoba, pero mientras tanto, al otro lado del muro de su dulce retozar, se precipitan los acontecimientos: Cersei se quita la máscara, el amor se convierte en incesto de los Targaryen, y más allá del otro Muro, el que se escribe con mayúscula, un dragón resucitado que tampoco reposta ni se fatiga abre la brecha que anuncia el fin del mundo.


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