Juego de Tronos 7x06

1. El asunto de las distancias geográficas en los Siete Reinos -y del tiempo que se tarda en recorrerlas- ya es un lugar común, casi siempre jocoso, en el mundillo de los aficionados a la serie. Los kilómetros, por lo que se ve, pertenecen a una geometría no euclidiana que los estira y los contrae como quien juega con la cuerda de sacar a su perrete. Hemos visto a personajes que tardan meses en llegar a sus destinos, derrotados, casi arrastrados, y otros que cumplen el mismo periplo con la ligereza de quien ha salido de excursión por la mañana. Muertos que tardan años -porque años llevamos ya en esta aventura- viajando hacia el Muro, rebotando en él, y volviéndose a perder en los vericuetos del Norte, y expedicionarios humanos que salen de la fortaleza y se los topan al cabo de sólo dos noches pasadas al raso.



    Uno ha visto cuervos -el sistema de telecomunicación más avanzado del momento- que se demoran días en transportar noticias inaplazables, y cuervos -como éste de hoy que viajó desde el Muro a Rocadragón para pedir ayuda a Daenerys -que más parecía Supermán que el pájaro del chiste. Y un dragón superpesado -el cazabombardero de la época, pilotado además sin casco, a pelo sobre escarpias- que tardó tres nanosegundos menos en hacer el viaje de socorro. Unas milagrerías de la física a las que Jon Snow y su pandilla deben esta vez el pellejo, amén de su valentía, y de su destreza con la espada, claro está. Una estructura espacio-temporal tan curiosa, tan inexplicada todavía, que lo mismo deforma distancias que resucita muertos para instalarlos en el limbo de los no relojes, donde las palabras "vida" y "muerte" ya carecen de sentido, y se confunden, y se entrelazan para producir muertos que caminan con ojos de Paul Newman.



2. Esta vez Jon Snow no ha resucitado de su muerte en la batalla. Simplemente se salvó por los pelos, como casi siempre, porque el Ángel de la Guarda de este guerrero trabaja a destajo desde que el chaval abandonó los muros de Invernalia, y antes se morirá él de cansancio que su cliente de las heridas. Pero a buen seguro que cuando Jon abrió los ojos en el barco que lo devolvía a Rocadragón, y vio a Daenerys Targaryen sentada a su lado, velando su dolor, sonriéndole con ojos de inequívoca admiradora -a sólo un suspiro ya del amor- pensó que estaba por fin en el cielo de los norteños, muchas millas por encima de los asuntos humanos, acompañado de un ángel de pelo blanco y mejillas sonrosadas que le daba la bienvenida. 



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