Capitán Phillips

Uno siempre se ha preguntado qué haría en una situación límite como la que vive el capitán Phillips en la película que narra su desventura. Uno se imagina secuestrado por un grupo de somalíes belicosos, encerrado en un bote de salvamento camino de la costa pirata, y lo primero que se le viene a la cabeza es una flojera de esfínteres, un desmayo, una escena patética de súplicas y besapiés. Uno, por fortuna, jamás se las ha visto con tipejos armados que le chillan y le amenazan de muerte si no cumple sus deseos. Ni un simple atraco de yonqui ha sufrido uno en la vida, siempre viviendo en provincias, alejado del mundanal ruido. Hay quien dice, sin embargo, que los héroes surgen insospechados, sorpresivos, y que es la circunstancia, y no la predisposición, quien los fabrica en el momento. Pero no lo creo. Ya son muchos los años que uno ha pasado en su propia compañía, y uno se conoce lo suficiente para saber que en el lugar del capitán Phillips se habría comportado como un cobarde, como una auténtica nenaza. Como aquel capitán infausto del Costa Concordia... Todas las cosas que Tom Hanks discurre con inteligencia preclara en la película, con los nervios controlados, y la mente afilada, a uno se le irían por el esfínter de puro canguelo, y no hubiera sobrevivido ni a la mitad de las tesituras que este hombre tuvo que pasar en su cautiverio.  



    Por lo demás, hay quien dice que Paul Greengrass ha perdido una oportunidad de oro para hacer pedagogía política con su película. Que los malos del asunto le han quedado demasiado malos, casi caricaturescos, negros chillones que desorbitan los ojos armados del Kalashnikov, o negros taimados que se atusan los cuatro pelos de la perilla mientras urden maldades de moros en la costa. Sólo al principio de la película, en cuatro pinceladas apresuradas, Greengrass y sus guionistas nos cuentan que estos piratas se lanzan al mar obligados, amenazados por los señores de la guerra que luego se llevan la pasta gansa de los rescates. Pero, luego, en el transcurso de la refriega, quizá por aquello de darle a la película un aire más dramático, los moros resignados a su suerte se convierten en malos de pacotilla que se dejan llevar por la violencia gratuita y gritan consignas muy islamistas contra los yanquis. Que una película esté basada en hechos reales no significa, en principio, que plasme al dedillo los hechos reales. Sólo el capitán Phillips conoce la desviación -si es que la hay- entre la realidad y la ficción.


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Prometheus

Cuando me ponen una nave espacial, un viaje a las estrellas, y unos alienígenas que prometen hostias como panes y misterios como embrujos, entro en un estado mental que podríamos llamar de "racionalidad suspendida". Del mismo modo que los argonautas de la nave Prometheus pasaron varios meses hibernados a la espera de llegar a su destino, mi mente inquisitiva, en las dos horas que dura la película, se queda como dormida, como pasmada, y de pronto es como si me sustituyera el niño que una vez fui, con las piernas colgando en el sofá, y la expresión boquiabierta, incapaz de ponerle un pero a estas aventuras de seres humanos que buscan el origen de nuestra especie en un planeta muy lejano. Como Darwin a bordo del Beagle, hace dos siglos, pero a mucha más velocidad, y con ordenadores sofisticados en lugar de cuadernos de notas. Mientras Prometheus, la aeronave, avanza en el vacío del espacio, y Prometheus, la película, discurre en el silencio de la noche, yo, infantilizado, me dejo llevar por las olas del mar, por el balanceo de la trama, y casi termino chupándome el dedo, y cenando el bocadillo de nocilla, y pidiéndole a mamá que abra un poco la ventana para que entre el fresco del anochecer.



    Termina la película, y ya recompuesto de nuevo en un señor mayor, con barba entrecana, y ojeras por los pesares, vengo a los foros entusiasmado, dispuesto a cantar las loas y las alabanzas de Prometheus. Pero descubro, perplejo, y bastante avergonzado, que soy el único gilí de la galaxia que no ha caído en las incongruencias varias del guión. En los comportamientos inexplicables de los personajes. En las filosofías trascendentales que se quedan huecas, desatadas, como jirones de sabiduría que vuelan al albur del viento, sin propósito ni resolución. Leo -divertido, porque estos tíos tienen su guasa- los comentarios de quienes no se dejaron engañar, de quienes analizaron la película mientras la vieron, y ya no sé qué pensar de mí mismo. ¿Soy aquel espectador medio del que hablaba David Simon en sus diatribas contra las audiencias, un tipo más bien menguado, más bien lento de reflejos, que se traga las historias sin espíritu crítico, abandonado a la molicie mental, al consumo indiscriminado, que se da cuenta de los errores de guión -porque tan gilipollas no soy- y los pasa por alto pensando que los guionistas sabrán, y que qué va uno a opinar? ¿O tengo el mérito, y la fortuna, de disfrutar como un niño donde otros toman apuntes como maestros adustos y perfeccionistas, y las cagadas de los guionistas, y los descuidos del director, no consiguen agriarme la fiesta infantil -revivida una vez más- de las naves espaciales?


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Juego de Tronos 7x07

Al final, como en las misas de los católicos, Juego de Tronos ha dejado las hostias para el final. Para dentro de un año, al menos, cuando habrán de resolverse las guerras internas de los Siete Reinos y las guerras externas de los Caminantes Blancos. Antes de eso, dentro de pocos meses, pasada esta efervescencia de comentar y compartir los siete episodios que nos han llevado al borde de la resolución, todo recuerdo de Juego de Tronos se habrá convertido en polvo y cenizas dentro de mi cabeza. Llegará el invierno, veré nuevas series, el fútbol me dejará gilipollas... Sobre el destino sin decidir de los Siete Reinos caerá la nieve, y los sedimentos, y la confusión. Porque además, aquí dentro, en las neuronas de los desmemoriados, habita un dragón pequeñito, casi nanobiológico pero bastante hijoputa, que se dedica a ir quemando los recuerdos por pura diversión. Y como los dragones, a lo que se ve, jamás repostan gasolina ni sufren ardores en el esófago, su labor crematoria es sorda pero continua. Mi tontuna, y su travesura, me obligarán a revisitar estos episodios como si nunca los hubiera visto. Lamentable y sensacional al mismo tiempo, que diría José Joaquín Brotons en otro ámbito del entretenimiento.



    Mientras tanto, también como en misa, antes de que se precipiten los acontecimientos bélicos, los candidatos al Trono de Hierro (y su cohorte de Manos del Rey -en este caso de Reinas- asesores militares, diplomáticos listísimos, guardaespaldas cetrinos y mercenarios de todo pelaje que se han ido uniendo a la aventura) se dan fraternalmente la paz en el anfiteatro de Pozo Dragón, donde antaño los Targaryen guardaban sus dragones como ahora los ricachones cobijan sus purasangres. Podríamos decir que la reunión de Pozo Dragón es la Conferencia de Yalta de los Siete Reinos, pues del mismo modo que Roosevelt, Stalin y Churchill aplazaron su diferencias para combatir al enemigo común del fascismo, Cersei, Daenerys y el Rey en el Norte deciden enterrar sus hachas de guerra y blandir unas nuevas de vidriagón enriquecido. La paz, al parecer, queda sellada con la sonrisa beatífica de Cersei, la más reacia en principio a despistar sus tropas. Daenerys y Jon Nieve, locos de alegría y de amor, deciden celebrarlo a lo grande en la intimidad de la alcoba, pero mientras tanto, al otro lado del muro de su dulce retozar, se precipitan los acontecimientos: Cersei se quita la máscara, el amor se convierte en incesto de los Targaryen, y más allá del otro Muro, el que se escribe con mayúscula, un dragón resucitado que tampoco reposta ni se fatiga abre la brecha que anuncia el fin del mundo.


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Hombres armados

Cuando Ernesto Guevara, médico de formación, bolchevique de corazón, tuvo conocimiento de la miseria que asolaba a los parias de Latinoamérica, cogió el botiquín, el fusil, dos bocadillos de mortadela, y se tiró a los montes para hacer la revolución que todavía echamos de menos. Lo demás es historia.

    El doctor Fuentes, que es el personaje principal de Hombres armados, ni siquiera tiene muy claro qué es lo que pasa en su país, aunque ya sea un médico veterano que peina canas y ninguna parezca el pelo de un tonto. En un país latinoamericano de cuyo nombre no es necesario acordarse -pues todos vienen a sufrir en esencia los mismos descalabros-  el doctor Fuentes tiene una consulta muy peripuesta en la capital, donde atiende a militarotes de muchas condecoraciones y a sus señoras arregladas para la fiesta que nunca termina. El doctor sabe, o lee, o le cuentan en las consultas mientras ausculta pechos y martillea rótulas, que allá en las montañas, en las selvas impenetrables, "pasan cosas": que las guerrillas de rojos y el ejército nacional se acechan, se persiguen, toman pueblos al asalto y luego vuelven a perderlos, pero todo este ajetreo le suena muy lejano, casi de fogueo, asuntos de indios que nunca se integraron del todo en la cultura de los criollos.



    Tan iluso vive el doctor Fuentes rodeado de comodidades, agasajado por los matarifes de la patria a los que cura y consuela, que no dudará en enviar a sus mejores alumnos de la Facultad a esos pueblos remotos para que practiquen la medicina, y contribuyan al bienestar de los compatriotas todavía por civilizar. El doctor se siente muy orgulloso de estas "misiones médicas" que constituyen su legado, así que un buen día, liberado del trabajo, viudo de la mujer a la que amaba, decide coger el auto y visitar a sus exalumnos en los consultorios de la montaña. Lo que el doctor Fuentes se encuentra al llegar a ese mundo es aterrador, y desolador. El ejército campa a sus anchas, los campesinos yacen muertos en zanjas improvisadas, y de sus muchachos y muchachas nadie tiene noticia. Hasta que alguien, por fin, apiadado de su ignorancia, le cuenta que los médicos están muy mal vistos en el lugar porque si ayudan a los militares, se los cargan los guerrilleros, y si ayudan a los guerrilleros, se los cargan los militares, de tal modo que el juramento hipocrático se vuelve una trampa mortal de la que es imposible salir. Ahí empieza, propiamente, Hombres armados, con el doctor Fuentes remontando los senderos para encontrar a sus alumnos del mismo modo que el capitán Willard remontó el río Nung para buscar al coronel Kurtz . Un viaje hacia el horror. 


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Breaking Bad. Temporada 3

Breaking Bad es el relato de cómo Walter White -profesor de instituto, padre ejemplar y esposo amantísimo, empleado servil en un lavadero de coches para ir cuadrando el presupuesto familiar- llegó a convertirse en Heisenberg el traficante, el capo de la droga más temido en Albuquerque. Su caída en el lado oscuro de la fuerza es tan fascinante como la de Anakin Skywalker en la saga galáctica de George Lucas, y compone la que quizá sea la mejor serie dramática de todos los tiempos, pues en Breaking Bad no hay episodios de relleno, ni tramas que desbarren, ni secundarios absurdos que chupen minutos sin sentido -bueno, la cuñada cleptómana, quizá. Vince Gilligan nunca dejó que otros niños jugaran a otra cosa con su juguete más querido, y le salió un producto irreprochable, repensado, que va del punto A al punto B directo como un cohete, sin dudas ni volantazos.



    Al terminar la serie, Gilligan y Gould decidieron crear un spin-off sobre la vida de Saul Goodman, el abogado más dicharachero y corrupto de los contornos desérticos, un tipo que se había erigido en el típico secundario que robaba las escenas y llegaba, a veces, a eclipsar el interés por los personajes principales. La idea fue cojonuda, y dio lugar a otra serie llamada Better Call Saul que es de lo mejorcito que puede verse hoy por hoy en la televisión. Para cuando termine la transformación definitiva de Jimmy McGill en Saul Goodman, yo, desde este humilde blog ileído, e ilegible, les propongo a Gilligan y sus muchachos que narren la otra aventura vital de Walter White. La que se barrunta desde los inicios de la serie, y de la que sólo conocemos pinceladas y lejanas referencias: cómo un tipo de inteligencia afilada, de carácter granítico, de ego subidísimo y picajoso -porque, a fin de cuentas, Heisenberg no es el resultado de una transformación, sino la salida de armario de una personalidad verdadera, largamente reprimida- pudo achicarse de tal modo ante la vida para ser uno más como nosotros, indistinguible, pusilánime, y gris. Breaking Bland, quizá.


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Bright Lights

Dos años antes de que fallecieran con un solo día de diferencia -primero la hija, derrotada por la vida, y luego la madre, rebosado el vaso con la última gota- Carrie Fisher y Debbie Reynolds abrieron sus casas de par en par para dar testimonio de su relación en este documental que lleva por título Bright Lights. Carrie, casi sexagenaria, y Debbie, mediada la ochentena, más parecen hermanas que madre e hija, de lo mucho que se descuidó la princesa Leia con las drogas, y de lo mucho que padeció con su trastorno bipolar, y de lo bien que se cuidó, por contra, la chica de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, que aún estaba en el mundo de la farándula cuando murió de llantos y de pena, haciendo papelitos en la tele, y cantando viejas canciones ante los abueletes de Las Vegas.



    Madre e hija vivían en Beverly Hills, en casas muy próximas, y se pasan gran parte del documental visitándose la una a la otra mientras evocan recuerdos de su vida. Los gozosos, claro, de cuando compartían micrófono y canturreos subidas al escenario, o de cuando pasaban los veranos en la mansión familiar con el césped verdísimo y la piscina recién limpiada. Y también los recuerdos sombríos, por supuesto, que protagoniza mayormente Eddie Fisher, esposo y padre, seductor y cabronazo, ese truhán cantarían que las abandonó siendo Carrie pequeña para vivir otras aventuras sexuales junto a Elizabeth Taylor.



    Pero todo esto ya lo sabíamos, los marujos y marujas que habíamos caído en Bright Lights como quien cae sobre una revista de cotilleos en la peluquería. Veníamos, curiosos, morbosos, a saber algo más de esta relación materno-filial que tantos sinsabores compartió, y que incluso en la hora de la muerte tuvo su complicidad y su adhesión. Pero madre e hija, que se muestran muy parlanchinas, se cuidan mucho de desnudar su alma en el documental, y sólo cuentan lo que todo el mundo ya sabe. Se llevan bien, se soportan las manías, y salen a pasear de vez en cuando por los alrededores de su barrio, o comparten mesa y mental en alguna gala que les presta homenaje y reconocimiento. Un aburrimiento, finalmente, que sólo de vez en cuando rompe Carrie Fisher con alguna reflexión enjundiosa sobre su vida y su mal, su lucha y su trastorno.

- ¿Sabes qué sería genial? Llegar al fondo de mi personalidad.... y descansar bajo el sol.


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Aliens: el regreso

Y de pronto, en 1986, cuando el F-14 de Maverick seguía recargando municiones para enfrentarse a los Mig destartalados, los americanos se quedaron sin un enemigo digno al que abatir en las películas. Un año antes, en 1985, mientras Iván Drago mordía el polvo en la lona, Mijail Gorbachov subía al poder en la Unión Soviética y anunciaba que hasta aquí habíamos llegado: que el orgullo patrio estaba muy bien, pero que había que comer todos los días, y que la producción de acero iba a destinarse a fabricar más ollas y menos tanques. Cuatro años después, el sistema comunista se vino abajo. En el ínterin, una ola de simpatía por Gorbachov recorrió el mundo entero, y hasta el mismo Ronald Reagan, de viaje en Moscú, tuvo que reconocer que aquello no parecía precisamente el Imperio del Mal.



    En Hollywood hubo perplejidad, contraórdenes, y los soviéticos, ahora hermanos de la paz y del desarme, dejaron de ser los malos cetrinos -y cretinos- de cada película guerrera. La gran cuestión era: ¿qué hacemos ahora con los marines? Los muyahidines de Osama Bin Laden eran por entonces amigos del alma, y los coreanos del norte llevaban muchos años tranquilos al otro lado del paralelo 38. Los socialistas de Centroamérica se defendían armados de libros y guadañas, y en Irak, mientras tanto, no estaba claro cuántas bolsas de petróleo podían pincharse en el subsuelo. Estaba el espantajo de Gadafi, sí, como tentación para hacer una película con muchas hostias en el desierto, pero mientras tanto, para matar la gusa, a alguien se le ocurrió que rodar Aliens vs. Marines -pues eso es, en esencia, Aliens: el regreso- sería una buena excusa para seguir cantando las excelencias de estos aguerridos muchachos, y de estas bravas amazonas, que ya no eran solamente el mejor cuerpo de élite de este lado de la galaxia, sino que puestos a tenérselas tiesas con los aliens terroríficos, también eran capaces de aguantarles el pulso y el descaro.

    Hay que decir, de todos modos -y si nadie lo ha dicho todavía, lo digo yo- que los aliens son más perros ladradores que mordedores. En las distancias cortas,  desde luego, a tiro de chorro ácido, de mandíbulas retráctiles, son prácticamente imbatibles, pero a diez metros, sin armamento portátil, sin coraza, lentos como osos, no serían enemigos ni para un cowboy habilidoso del Far West. Uno con puntería y que desenfundara rápido. Si le vinieran de uno en uno, claro, y no en tropel, como en la película, que a fin de cuentas es su baza ganadora.


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Prevenge

Original, impactante, subversiva. Desquiciada. Molona. Alice Lowe, la chica de Sightseers, vuelve a la carga con una película de terror que te pintará una sonrisa macabra. Y esta vez Alice no sólo actúa, y escribe, sino que además dirige la función, y con su buen hacer ha puesto una pica en Flandes para que las cineastas como ella también rueden la cuchillada que cercena cuellos, y la sangre que salpica paredes.

    Cosas así había leído uno sobre Prevenge en las revistas de cine, estimulando mi curiosidad, pero eso fue antes del verano, de la canícula insufrible, cuando uno estaba atento a las novedades y a las cinefilias. Pero luego, durante dos meses, he tenido un huevo frito por cerebro, y un helado fundido por esqueleto, y la voluntad ha estado de vacaciones en otros asuntos. Hasta que ayer, en un barrido casual por los canales, me encontré con la cara desquiciada de Alice Lowe pintarrajeada para la fiesta de disfraces, y para la matanza de maromos, y de pronto recordé que el curso ya estaba ahí, a la vuelta de la esquina, y que con él regresaban las obligaciones laborales, y las horarias, y las películas aplazadas.




    Leo en IMDB que Alice Lowe escribió su guión en tres días y medio, y que lo puso en imágenes en apenas once, y no necesito leerlo dos veces para convencerme plenamente de ello. Porque lo que se ve en pantalla es una historia muy simple, apenas una anécdota: una mujer embarazada que está como una puta cabra y que cree oír voces de su bebé que la animan a asesinar a todo el que la mira mal, o la trata con desprecio, o no la contrata para trabajar donde ella quiere. Primero vemos un crimen, y luego otro, y más allá el tercero, y aquí no existe un hilo conductor como el que llevaba a Uma Thurman a vengarse de Bill, o a Arya Stark ha cepillarse a los asesinos de su padre. Los crímenes de Alice son aleatorios, grotescos, y uno asiste a ellos intrigado -y asqueado- pero sin entender una mierda de la cuestión. Alice podría haber sido una vengadora de machistas asquerosos, o de petardas insufribles, y Prevenge hubiera tenido, en tal caso, su gracia y su moraleja. Su mensaje social. Sólo a partir del quinto o sexto asesinato sus instintos homicidas se encaminan a vengar la muerte de su marido, que murió en una cordada de alpinistas sobre el acantilado. Pobrecitos, sus infortunados compañeros de excursión. Alice será tan implacable con ellos como el carnicero con sus corderitos. Lástima que uno, a esas alturas de la película, ya esté más pendiente de la cama que de la resolución. Con un pie y medio en los territorios sin sangre de Morfeo.



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Vete de mí

A las amistades las escogemos dentro del contexto que nos toca vivir: el patio del colegio, el lugar de trabajo, el bar de la esquina. Son, en cierto modo -porque también nos guía nuestra afinidad, y nuestro carácter- personas casuales, sustituibles si vienen mal dadas, o si una mudanza nos separa. La familia, en cambio, nos viene dada para siempre. Es obligatoria, y eterna, hasta que la muerte nos separe. La familia no viene escrita a lapicero, sino cincelada en piedra como un mandamiento caído en el desierto, aunque uno viva en Melbourne y el otro en Ripollet. La lejanía, o el rencor, o la indiferencia, no te salvan de saber que en el mundo hay familiares que se parecen a ti. Que son tú, en un porcentaje variable de sangre común. Los amigos, después de todo, son hijos de su padre y de su madre, y allá cada cual con lo suyo, pero un familiar es un portador de nuestras reliquias más o menos presentables: un rasgo, un gesto, una manía, algo que nos recuerda que por esas venas también navega un barco con nuestro nombre.



    Si el padre mira al hijo, o el hijo mira al padre, y se produce la aceptación resignada de esa similitud que no depende de nuestros deseos, sino de la genética inexorable, la relación pude llegar a buen puerto. Pero si sucede, como en Vete de mí, que padre e hijo se miran y no se aceptan, y el primero ve en su hijo al fracasado que no despega en la vida, y el segundo ve en su padre al carca que no se atiende a razones -y en el fuero interno ambos saben que comparten los mismos defectos del espíritu- las puyas saldrán de las bocas como puñales que se clavan en lo más íntimo, envenenadas en el alcohol de la noche madrileña, de los bares y los prostíbulos. Juan Diego y Juan Diego Jr. no soportan mirarse en el espejo porque se reconocen a sí mismos imperfectos, y desgraciados, y prefieren echarse culpas que en realidad ninguno tiene. Hasta que llega la madrugada, y la resaca, y el cansancio de la brega dialéctica, y como la Dama y el Vagabundo firmarán la paz y la reconciliación compartiendo unos espaguetis sacados del frigorífico. Dos tipos lamentables que se abalanzan en silencio sobre el mismo plato, reconociendo en silencio que lo que Dios ha unido jamás lo separará el hombre.


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Juego de Tronos 7x06

1. El asunto de las distancias geográficas en los Siete Reinos -y del tiempo que se tarda en recorrerlas- ya es un lugar común, casi siempre jocoso, en el mundillo de los aficionados a la serie. Los kilómetros, por lo que se ve, pertenecen a una geometría no euclidiana que los estira y los contrae como quien juega con la cuerda de sacar a su perrete. Hemos visto a personajes que tardan meses en llegar a sus destinos, derrotados, casi arrastrados, y otros que cumplen el mismo periplo con la ligereza de quien ha salido de excursión por la mañana. Muertos que tardan años -porque años llevamos ya en esta aventura- viajando hacia el Muro, rebotando en él, y volviéndose a perder en los vericuetos del Norte, y expedicionarios humanos que salen de la fortaleza y se los topan al cabo de sólo dos noches pasadas al raso.



    Uno ha visto cuervos -el sistema de telecomunicación más avanzado del momento- que se demoran días en transportar noticias inaplazables, y cuervos -como éste de hoy que viajó desde el Muro a Rocadragón para pedir ayuda a Daenerys -que más parecía Supermán que el pájaro del chiste. Y un dragón superpesado -el cazabombardero de la época, pilotado además sin casco, a pelo sobre escarpias- que tardó tres nanosegundos menos en hacer el viaje de socorro. Unas milagrerías de la física a las que Jon Snow y su pandilla deben esta vez el pellejo, amén de su valentía, y de su destreza con la espada, claro está. Una estructura espacio-temporal tan curiosa, tan inexplicada todavía, que lo mismo deforma distancias que resucita muertos para instalarlos en el limbo de los no relojes, donde las palabras "vida" y "muerte" ya carecen de sentido, y se confunden, y se entrelazan para producir muertos que caminan con ojos de Paul Newman.



2. Esta vez Jon Snow no ha resucitado de su muerte en la batalla. Simplemente se salvó por los pelos, como casi siempre, porque el Ángel de la Guarda de este guerrero trabaja a destajo desde que el chaval abandonó los muros de Invernalia, y antes se morirá él de cansancio que su cliente de las heridas. Pero a buen seguro que cuando Jon abrió los ojos en el barco que lo devolvía a Rocadragón, y vio a Daenerys Targaryen sentada a su lado, velando su dolor, sonriéndole con ojos de inequívoca admiradora -a sólo un suspiro ya del amor- pensó que estaba por fin en el cielo de los norteños, muchas millas por encima de los asuntos humanos, acompañado de un ángel de pelo blanco y mejillas sonrosadas que le daba la bienvenida. 



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Alien, el octavo pasajero

Alien es una película que sigue el esquema clásico de las películas de terror: un bicho que empieza cargándose a los seres humanos desprevenidos, y luego, ya en luchas épicas, a aquellos que salen bien armados en su búsqueda. La fórmula es veterana, universal, y en el fondo poco importa que el monstruo sea Drácula, el Anticristo de La Profecía o el tiburón blanco de Steven Spielberg. O el alien de Ridley Scott.



    Alien podría haberse quedado en una película de corte clásico, bien hecha, con sus sustos morrocotudos y su heroína victoriosa que fue un hito feminista del momento. Y sus ordenadores de antigualla, claro, que siempre son de mucho reír en las películas de hace años, incapaces de anticipar la era de internet y del desarrollo digital. Pero Alien, de algún modo, trascendió. Se convirtió en una franquicia, en una referencia. En un meme que recorre la cultura popular y las barras de los bares.

    Al éxito de la película contribuyó, sin duda, el diseño anatómico del bicho, desde su fase larvaria -pegado al casco de John Hurt- hasta convertirse en el primo de Zumosol con más mala hostia de los contornos estelares (y por el medio, claro, su "nacimiento a la vida" atravesando la barriga del pobre infortunado a falta de otros conductos más apropiados). Pero hay algo más en Alien que el diseño o el guión. Es su... atmósfera. Malsana, irrespirable. La presencia del Mal, y eso que uno descree de tales doctrinas maniqueístas. Pero en la oscuridad de los cines, o de los salones, uno se abandona a cualquier filosofía que quieran proponerle, y se finge crédulo, y abierto a nuevas visiones, y en algunos momentos de Alien llego a sentir ese escalofrío teológico, ese aliento apestoso en el cogote. El Mal. Algo que sólo he sentido en contadas ocasiones: en El exorcista, en La semilla del diablo, en El resplandor. Aunque aquí, en Alien, el Mal no sea un ente fantasmagórico, ni etéreo, sino salgo puramente biológico, tangible, y quizá por eso más terrorífico. Una máquina perfecta de caza y supervivencia que estaba esperando su oportunidad en aquel planeta perdido...



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Después de nosotros


Quién puso más, los dos se echan en cara,
quién puso más, que incline la balanza,
quién puso más calor, ternura, comprensión,
quién puso más, quién puso más amor.

    Así reza el estribillo de Quién puso más, la canción de Víctor Manuel sobre la pareja que se desangra entre reproches de amor. Después de nosotros, la película, prescinde de este duelo porque su pareja terminal se nos presenta ya desangrada, como las reses en la carnicería, y en ese aspecto todo parece claro entre los dos (aunque él, Boris, en las apreturas del deseo, todavía sueñe una reconciliación que en verdad ya no tiene ninguna posibilidad).

    El verdadero conflicto entre Boris y Marie es puramente económico, material -o materialista-  y el título original de la película, L'économie du couple, es bastante preciso al respecto. Boris, que es un contratista en paro con deudas que saldar, no tiene más remedio que guarecerse bajo el techo de su futura ex-mujer, que al parecer es una profesional de éxito que siempre ha sido el sostén de la familia. Mientras Boris no gane el dinero necesario para emanciparse, ambos han llegado al acuerdo de seguir compartiendo la vivienda. Pero el roce, la tensión, el desencuentro, son, a la larga, inevitables. ­­­­­­­­­­Con tintes, incluso, de pequeña lucha de clases entre el argelino-francés que no termina de prosperar y la rica oriunda que da continuidad a una estirpe de kulaks.



    El hogar que antaño fue nido de amor se ha convertido en una celda para dos recursos que no se soportan. Dos presidiarios bajo el mismo techo que además han de entenderse en el día a día de sus dos hijas en común: tú tienes razón los lunes, los miércoles y los viernes; yo el resto de los días; y los domingos, discutimos a grito pelado.

    Cindy Lauper, que nació tan lejos de la Asturias de Víctor Manuel, también cantaba aquello de que...

It's all in the past now,
money changes everything


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La versión Browning

Yo tuve un profesor muy parecido al Crooker-Harris de La versión Browning. No enseñaba griego, ni literatura clásica, sino matemáticas del bachillerato. Todo aquel galimatías alfanumérico que la mayoría hemos olvidado por completo, pero que tal vez nos ayudó a estructurar el pensamiento, a asfaltar carreteras de lógica en el cerebro. Los alumnos de Crooker-Harris ya saben de antemano que la gramática griega o la venganza de Clitemnestra también van a evaporarse de su recuerdo, así que asisten a las clases con la desidia improductiva de quien sólo está allí por obligación, para ir cumpliendo el expediente académico.



    Crooker-Harris, en algún momento de su vocación vigorosa, tal vez fue un profesor entusiasta que se creía capaz de transmitir su pasión por los clásicos. Pero tal propósito, y tal actitud, si alguna vez existieron, hace ya tiempo que se fueron por la cloaca de la rutina. En su lugar ha quedado una actitud hosca, casi hostil, de profesor hueso que señala los errores con saña y deja pasar los aciertos sin apenas desgastar los adjetivos. Los alumnos le temen, pero en el fondo le desprecian, y a él, por su parte, hace ya mucho tiempo que sus alumnos se la refanfinflan. Hasta que aparece este chaval, Taplow, que de algún modo inexplicable lo admira, y ve en él lo que los demás ya ni buscan, y un buen día le regala la versión Browning del Agamenón de Esquilo, y el profesor hijoputa, el Hitler de las aulas, el apodado vasija por aquello de los griegos, se deshace en lágrimas como un chiquillo, y se le cae la máscara al suelo, y en su lugar queda el profesor desolado, arrepentido de su proceder, amargado de su carrera ya sin solución.




    Nuestro Crooker-Harris del colegio Marista también era un tipo hiriente, a veces ofensivo, parco en alabanzas y generoso en ofensas. Estricto, exigente, implacable. Un tipo esculpido en metal, robótico, con cables en lugar de venas y un microprocesador de mala hostia en el sitio del corazón. Nos daba miedo de verdad. Pero un día, al final del curso, con la asignatura ya cumplimentada y las calificaciones ya decididas, sin que nadie le regalara la versión Browning de algún tratado matemático, a nuestro Crooker-Harris también se le cayó la máscara al suelo, y en un gesto inesperado, tanto que parecía que lo estuviéramos soñando, o flipando, nos llevó a la sala de audiovisuales para enseñarnos cuál era su pasión verdadera: no el álgebra, ni la aritmética, sino el rock americano de los años 50 y 60. Elvis, y B.B. King, y Jerry Lee Lewis. Nos puso varios discos, nos animó a seguir la música, nos dio nociones básicas sobre el nacimiento del rock and roll. Y sonrió. Era su modo -indirecto, timorato- de pedir perdón por un curso entero de puteo sistemático. Tal vez la confesión de una carencia, de un carácter incorregible. Una manera de reconocer su mala pedagogía.


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Juego de Tronos 7x05

1. Ya nos parecía extraño que Jaime Lannister se hundiera y se hundiera en las aguas del río cuando poco antes, en plena batalla contra los dragones, los caballos de su ejército lo cruzaban sin que el agua les llegara a las rodillas. Los viejos trucos de los guionistas, que ahora los millennials llaman cliffhangers. Salvado está, de cualquier modo, este personaje principal que ningún espectador quiere ver desaparecido.



2. No sé si las relaciones sexuales entre tía y sobrino pueden considerarse, técnicamente, un incesto. Pero son, como poco, incestuosas. Lo que sí tengo claro es que en el caso de Daenerys Targaryen y Jon Snow, la ignorancia exime del delito, si lo hubiese. Ellos son jóvenes, guapos, supervivientes de las mil y una aventuras. Ambos regresaron de la muerte en su momento, ella salvada por su piel incombustible y él resucitado por la bruja Melisandre que luego ejerció de celestina. Cómo van ellos a figurarse que la misma sangre corre por sus venas. Sólo Bran Stark está al tanto de semejante vínculo, un breaking news que cambiaría el entramado de alianzas de los Siete Reinos. Pero Bran está a otras cosas, obnubilado, misterioso, y no parece tener mucha prisa en desvelarlo.



3. El otro incesto, el indudable, sigue al parecer tan productivo como siempre. Los Lannister (se) cabalgan de nuevo.


4. Hemos tardado siete temporadas en saber que la Hermandad sin Estandartes que peregrina sin descanso por el mapa de los Siete Reinos -encabezada por ese actor tan parecido a William Hurt que yo pensaba que era él, aunque sin ser mencionado en los títulos de crédito- iba, en realidad, a combatir a los Caminantes Blancos que siguen su lento avance entre las nieves. Acabáramos, pues.



5. No sé si Lord Baelish es el personaje más hijoputesco que aparece en Juego de Tronos, porque aquí, en ese apartado, en la competencia es tremenda y veterana. Pero su cara de malvado se lleva la palma de nuestro reconocimiento. Su sonrisa ya es historia de la televisión.


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Comanchería

El título original de la película es Hell or high water, que es una frase hecha que viene a decir: "Haz lo que tengas que hacer, no importan las circunstancias". Y eso es, justamente, lo que hacen los hermanos Howard en la película: cumplir con su deber, que en su caso es atracar bancos de medio pelo en los villorrios polvorientos de Texas. No para enriquecerse, ni para buscar el placer del puro delinquir. Simplemente para saldar las deudas que mantienen con su propio banco -curiosa ironía- y romper el círculo eterno de los infortunados de la tierra. Del mismo modo, los rangers de Texas que los persiguen también cumplen puntillosamente con su deber, y en este esquema tan simple de policías y ladrones se desarrolla esta película que no necesita viajar al siglo XIX para ser un western en toda regla, uno muy entretenido, y muy crepuscular.



    Como la expresión del título no se iba a entender por estas tierras, los distribuidores han rebautizado la película como Comanchería, porque la acción transcurre en el territorio comanche que se extendía entre las llanuras de Texas y Oklahoma. Y porque ellos mismos, los hermanos Howard, aunque son anglosajones de ojos azules, y descienden del hombre blanco que usurpara aquellas praderas, se consideran herederos de la rebeldía cimarrona de los oriundos. Los Howard también son hombres acorralados que luchan por su tribu, por su hacienda, solo que en vez de montar a caballo y disparar el rifle Winchester a horcajadas, han decidido proclamar su comanchería cabalgando autos robados y disparando armas de fuego sofisticadas. Si los indios fueron arrinconados por sus antepasados, ahora son ellos -quizá en justo y demorado castigo- los que son exterminados por el sistema financiero. Un enemigo terrible, pero incruento, que ya no necesita al Séptimo de Caballería para imponer su ley y su presencia. Simplemente instalan una oficina, esperan con paciencia la ruina o la desesperación de las gentes, y se apropian de los terrenos sin más armas que un préstamo abusivo y un bolígrafo para firmarlo.   



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Breaking Bad. Temporada 2

La deriva hacia el mal de Walter White -que acarrea la destrucción de su matrimonio, la desdicha de Jesse Pinkman, y la locura homicida que se lleva por delante a varios personajes- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, nos hubiéramos quedado sin esta serie modélica, y sin Better Call Saul, además, que vino antes, o después, según se mire. En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, no habrá tantos adelantos de la vida moderna, pero al menos, allí, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas, de hipotecas, de apreturas.




    El primer delito de Walter White obedece a la necesidad de dejar un dinero a su familia para cuando él ya no esté. Varios fajos de dólares que paguen la manutención de los hijos y sus futuros estudios universitarios. Y que cubra, además, las necesidades de su esposa Skyler hasta que pueda valerse por sí misma con un empleo, o conozca a otro hombre que llene el vacío de su vida. En un momento dado de la segunda temporada, Walter decide dar por concluida su carrera delictiva. Ya tiene el dinero que necesitaba para pagar la radioterapia y la quimioterapia, y los peligros de distribuir la metanfetamina en la ciudad casi acaban con su vida. La serie se habría terminado ahí de no ser porque su cáncer remite contra todo pronóstico, y permite ser extirpado junto a un buen trozo de pulmón. Pero la operación, ay, cuesta muchos miles de dólares, centenas de miles, y el seguro médico de un simple profesor de bachillerato no puede cubrirlo en absoluto. Así que Walter volverá a la cocina impoluta de sus matraces y sus alambiques, y emprenderá un camino criminal que ya no tendrá vuelta atrás. Para su desgracia, sí, pero también para nuestro regocijo de espectadores.


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Vivir de noche

Vivir de noche ha pasado en mal momento por mi cinefilia. Así que todo lo que escriba sobre ella será injusto, o parcial, o contaminado por las circunstancias. Mientras Ben Affleck le dedicaba un homenaje al cine gangsteril de la Ley Seca, uno, la verdad, estaba a otras cosas, ocupado en cien pensamientos espinosos, en cien cábalas que no terminan de resolverse. Mis ojos veían, y mi cerebro procesaba, pero el plexo solar estaba ardiendo, incandescente, y de él brotaban olas de calor y náusea que lo volvían todo como irreal: la película, y mi salón, y yo mismo, sentado en el sofá, viendo la enésima película de mi vida mientras la realidad -que es esa cosa disonante e inaprensible que transcurre a mis espaldas -se va por la cloaca haciendo un ruido como de mierda que borbotea,



    De todos modos, entre las brumas de mi pesar, intuyo que Vivir de noche es una película demasiado larga, demasiado pretenciosa. Aburrida, en una palabra. Porque después de ella, incapaz de conciliar el sueño, con el plexo solar a punto de volverse úlcera sangrante, he puesto dos episodios de Breaking Bad y he notado ese alivio sedante que procuran las ficciones bien hechas. El dolor no desaparece con ellas, pero se queda como un ruido de fondo, como el runrún del frigorífico, o del tráfico ensordecido. Y uno, en el despiste del dolor, puede aprovechar para coger la postura y echarse un rato a dormir.




    Ben Affleck es un actor que participa en muchas basuras para ganarse el jornal de las grandes estrellas, pero luego, cuando se pone tras la cámara, deja ver que es un tipo enamorado del cine, del cine clásico además, aunque quiera remedarlo y no pueda. A su personaje de Vivir de noche, Joe Coughlin, que es un pistolero tan duro como hierático, le pasan muchas cosas propias de los gángsters -la mujer fatal, el tráfico de alcohol, la regencia del casino, la pérdida de un colega, la traición de un amigo, el polvo del siglo, el tiro del que sobrevivir, el duelo a muerte con las metralletas Thompson- pero todo está como puesto en pegotes, sin progresión dramática. Cada escena por sí sola tiene su enjundia, y su buena factura, y hasta su punto de maestría, pero la película viene de ningún sitio y se encamina entre amoríos y disparos hacia ningún lugar.
    Los personajes, además, hablan del mismo modo sentencioso y rimbombate que emplean en la novela de la que proceden, y eso, en una película, es un chirrido dialogado que te saca del embrujo. Es una convención estúpida, lo sé, pero funciona así. Al menos en mis caprichosos y delicados oídos. 


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El secreto de vivir


En la última escena de Las sandalias del pescador, Anthony Quinn I anunciaba, desde el balcón engalanado del Vaticano, que la Iglesia empeñaría todos sus bienes para ayudar a los millones de chinos que sufrían una hambruna sin igual, e impedir, así, una escalada de tensión internacional que desembocara en la III Guerra Mundial. La película acababa con el papa sollozando, las masas vitoreando su iniciativa, y los líderes comunistas del mundo -que seguían el anuncio por televisión- esbozando una sonrisa de gratitud como si en verdad acabaran de conocer a Jesucristo que regresaba a la Tierra tras su triunfal gira interestelar.

    No tengo constancia de que Morris West escribiera las nuevas andanzas de tan hidalgo pontífice, así que nos quedamos sin una novela -y sin una película- que por fuerza tenía que ser altamente interesante: ¿cómo se las arreglarían los cardenales, la CIA y el Fondo Monetario Internacional para cargarse a este fulano? ¿Utilizarían a la consabida monjita que sirve el café envenenado con una sonrisa? ¿Contratarían a un asesino para que se lo cargara de un disparo certero desde la azotea? ¿O simplemente lanzarían una campaña de difamación que lo tildara machaconamente de comunista, de bolivariano, de filo-terrorista etarra, para que su mandato divino fuera terrenalmente revocado?



    En El secreto de vivir, Gary Cooper es un pueblerino lejanamente emparentado con un ricachón de Nueva York que acaba de morir. La suma que heredará será de veinte millones de dólares, que si ahora es dinero, lo era mucho más en el año 1936, y en plena Gran Depresión además. Cooper es un simplón que vivía tan feliz en Mandrake Falls tocando la tuba, regando hortensias, haciendo el bien entre los demás, y no necesita tanto dinero para vivir. Al revés, la lluvia de millones lo atosiga, lo llena de responsabilidades, y varias veces en la película siente la tentación de renunciar a su fortuna y regresar a la aldeana frugalidad. Pero en su corazón ha brotado el amor, y el amor por Jean Arthur, además, nos ha jodido, así que permanecerá en Nueva York y aprovechará sus muchos caudales para cortejar a tan bella y seductora dama.





    Alejado de su aldea, Cooper conocerá la realidad hambrienta, desesperada, de gran parte del proletariado americano, y en un arranque de generosidad sin igual, decidirá gastar su fortuna en comprar tierras, dividirlas en parcelas y entregárselas a los trabajadores más necesitados. Su anuncio, como el del papa en la otra película, provocará un estallido de júbilo entre las masas, pero las fuerzas vivas del capital rápidamente maniobrarán para amordazarlo. Como esto, después de todo, es una película de Frank Capra, y los malos siempre son un poco de opereta, y un poco merluzos, en vez de cargárselo con un atropello, o con el disparo de un gángster, decidirán, simplemente, denunciar ante los tribunales que Cooper está loco, loco de remate, por ser tan desprendido y tan poco responsable con el dinero. Una estratagema bastante tontaina que sin embargo pondrá al millonario contra las cuerdas, y nos regalará ese juicio del final que no tiene ni pies ni cabeza, inverosímil, infantil, pero que sin embargo logra arrancarnos la sonrisa tonta, la lágrima bonachona.


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Juego de Tronos 7x04

"No se vale", decíamos de niños cuando jugábamos al fútbol en la calle y el equipo contrario, que iba perdiendo por goleada, ponía de revulsivo al primo que venía de visita, o al amigote que pasaba por allí, tíos descomunales que entraban en la cancha y desequilibraban el juego con dos empujones y tres zambombazos que nos dejaban boquiabiertos. Hombretones que tal vez jugaban al deporte federado y sabían meter el codo y el culo en los contactos, o medio quinquis del otro lado del barrio a los que nadie se atrevía ni a soplar en el cogote, por si sacaban la sirla y nos quedábamos sin balón. "No se vale", rumiábamos en cada gol encajado, pero no había reglamento al que acudir, ni árbitro al que protestar, así que nos jodíamos, y seguíamos jugando, por el bien de la convivencia en la barriada. A esos tramposos de mierda los necesitaríamos otra vez cuando no hubiera otro rival en la próxima, eterna y aburridísima tarde de verano.




    "No se vale", debieron de pensar también las huestes de los Lannister cuando vieron al puto dragón sobrevolando sus cabezas en la batalla -más bien la barbacoa- que cierra este episodio. Y mira que las huestes de los Lannister combaten disciplinadas, prietas las filas, como legionarios de Roma, que parecen el único ejército de Poniente digno de llamarse así. Los Lannister serán unos hijos de puta en la intimidad de sus dormitorios, o en la lobreguez de sus mazmorras, pero siempre pagan su deudas de honor o de dinero, y llevan sus asuntos administrativos con la eficacia que se presupone en un apellido tan honorable. Pero su ejército, modélico, aguerrido, curtido en mil escaramuzas, no puede enfrentarse a un dragón de escamas blindadas con el atraso tecnológico de sus armas medievales, del mismo modo que Napoleón, con todo su genio estratégico, ni en los mejores días de la Grande Armée, hubiera podido pelear contra un F-16 que se abatiera sobre sus filas.

    Los dragones de Daenerys son un arma imbatible, definitiva, a todas luces injusta si aquí hubiera un código de honor que regulase los combates. Si esto fuera La vida privada de Sherlock Holmes, y Daenerys Targaryen la Reina Victoria que mandó desmantelar el submarino tan poco caballeroso que su alto mando probaba en el lago Ness, los dragones se hubieran quedado en casa para custodiar la fortaleza, acojonar al personal y dar unos paseos muy bucólicos las tardes de los domingos. Sería todo un homenaje al fair play, al juego limpio, pero nos habríamos quedado, ay, sin este ratico de acción que ya echábamos de menos entre tanto reencuentro familiar, tanta filosofía sobre la naturaleza del poder y tanta oscurantismo verborreico del artista antes conocido como Bran Stark.



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La vida de Calabacín

Tengo un perrito adoptado que se llama Eddie. En sus últimos tiempos de vagabundeo, se presentaba frente a la casa de unos amigos para jugar con el perro que sacaban puntualmente a pasear. Como un niño con reloj que esperase a que su amigo bajara al parque, o a la cancha de futbito. Mis amigos terminaron apiadándose de él, siempre solo, sucio, hambriento, tan juguetón que daba gusto verlo, y una noche decidieron abrirle la puerta y dejarle un hueco en el sofá. Una semana después, tras varios intentos frustrados de colocarlo, Eddie durmió su primera noche en mi casa. Yo llevaba meses con la intención de volver a tener un perro, pero la sola idea de presentarme en la protectora de animales y tener que elegir una mirada entre tantas que ansiaban irse de allí -escapar del hacinamiento, del abandono, de la muerte- me producía una congoja intolerable. El bien que iba a hacerle a un perro concreto no podía compensar la desolación de ver a esos perros otra vez desdeñados, defraudados, quizá ya resignados a su destino perruno y puñetero.





    En La vida de Calabacín, Calabacín es el niño huérfano que termina recogido en un hospicio de los valles suizos. Allí, como en las perreras, Calabacín y sus compañeros de infortunio esperan al visitante que un día se presente buscando una mirada particular, una sonrisa cautivadora, y los saque de la institución donde transcurren los días entre juegos y gamberradas, clases de matemáticas y ensoñaciones en el patio. El hospicio de Calabacín no es precisamente el infierno de humillaciones y mierda que alojó a Oliver Twist, sino algo más parecido al orfanato que regentaba Michael Caine en Las normas de la casa de la sidra. Los niños-muñecos de la película no son príncipes de Maine, ni reyes de Nueva Inglaterra, pero están bien tratados, comen caliente, y cuentan con el cariño administrativo de los encargados del lugar. Pero no son, obviamente, felices. Se amoldan, como cualquier niño, porque los niños son verdaderas máquinas de adaptación, y son lo más parecido que hay en la naturaleza a esas bacterias que arraigan en los ecosistemas más inesperados, en las charcas intoxicadas con metales, o en las profundidades volcánicas de los océanos. Pero necesitan algo más. Un hogar en el que sentirse especiales y mimados. Recuperar la autoestima de quien ha sido elegido para recuperar la felicidad, y proporcionar, de paso, la felicidad a las personas que lo escogieron. Mientras veía La vida de Calabacín me he acordado mucho de aquel perro que nunca rescaté de la protectora de animales. Eddie, el superviviente callejero, el canelo de patas blancas más listo que el hambre, duerme en su lugar. 


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El tren

Horas antes de que los aliados tomaran París y se hicieran con el control de las vías férreas, un tren cargado con las obras maestras de la pintura francesa salió de la estación de Vaires, en la periferia de la capital, camino de Alemania. Era el despecho final del Tercer Reich en su retirada hacia la frontera: robar las grandes obras de Gaughin, de Manet, de Renoir, y depositarlas en algún museo oculto de Alemania para ejercer la última humillación sobre la orgullosa nación que ahora los expulsaba.

    En la película El tren -que es la adaptación muy libre de un hecho histórico- es el coronel Waldheim quien perpetra el expolio, y el jefe de estación Labiche quien tratará de impedirlo con mil astucias de ferroviario veterano. En la vida real, el tren salió de Vaires y empezó a dar vueltas en círculo por los alrededores de París sin que los alemanes -por una vez más tontos en la realidad bélica que en la ficción- se coscaran de que la Resistencia iba cambiando los rótulos en las estaciones. La película retoma al principio estos ardides tan ingeniosos, pero luego los trasciende para hacerse más trepidante, más belicosa, y el tren de los cuadros sufre tantas peripecias como La General de Buster Keaton, siempre a punto de chocar, de descarrilar, de ser bombardeado por la aviación aliada.



    La gran pregunta que plantea El tren es si merece la pena morir por rescatar una obra de arte. Arriesgar la vida por unos cuadros que en realidad nadie tenía la intención de destruir, sino simplemente trasladar de lugar, aunque fuera más allá de la frontera de Mordor. Y aunque fueran a destruirlos, ¿pesa más una vida humana que un cuadro desgarrado o arrojado al fuego? Los miembros de la Resistencia Francesa no dudaron ni un instante. Lo más juicioso, seguramente, hubiera sido esperar al fin de la guerra y recobrar las piezas expoliadas sin pegar un solo tiro de más. Pero la grandeur y el honneur parecen palabras que a los franceses les vuelven muy locos, muy inflamados.


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