Juego de tronos 7x03

El otro día, en la tienda de segunda mano, no fui capaz de comprar los DVDs de la quinta y sexta temporada de Juego de Tronos. Y eso que tenían un precio más que razonable. De baratillo, casi, lo que habla muy mal de su desprestigiado contenido. Hice el ademán de estirar la mano hacia las carátulas movido por un acto reflejo, pero a medio camino el brazo se me convirtió en piedra al estilo de sir Jorah Mormont, y me quedé así, paralizado por dos fuerzas idénticas que pugnaban en mi voluntad. ¡Se trataba de Juego de Tronos, por los dioses!, y mi colección, allá en la estantería del salón, reclamaba la presencia de sus hermanas perdidas como hijas de los Stark que no encontrasen el rumbo a casa. Pero lo cierto es que eran dos temporadas decepcionantes, tontonas, plagadas de tipejos sin chicha, de personajillas sin nada que aportar. Indignas de una estantería selecta, de postín, que sin embargo cuenta con un presupuesto limitado para sus sucesivas ampliaciones.



    La séptima temporada, por contra, está cumpliendo con las expectativas. O incumpliéndolas, mejor dicho, para nuestro gozo de espectadores. Para nuestra vergüenza de apóstatas maledicentes. No era tan difícil. Sólo había que sacar más a Tyrion Lannister y a su hermana Cersei, que estaban casi perdidos entre la multitud de fruteros y verduleras que hablaban por los codos y se daban empujones por asomarse a la pantalla. En este tercer episodio, los hermanos Lannister, con Jaime incluido, han vuelto a cobrar el protagonismo de antaño -Tyrion con su sabiduría, y Cersei con su hijaputez, y Jaime con su apostura marcial lo mismo en la batalla que en el incesto- y ha sido como regresar a los viejos tiempos de la serie, cuando los Lannister eran asunto central de la trama, y casi todo era brillante, y malévolo, y sexualmente turbio, y era como estar viendo una obra de Shakespeare sobre algún reino perdido de la Edad Media, con el poder y la gloria, el sexo y la traición, la trascendencia y los apellidos.

    Estamos a tiempo. Los Lannister cabalgan de nuevo, el Hielo y el Fuego se han conocido por fin, y los Caminantes Blancos, que daban vueltas en círculos sin mucha prisa -porque a los muertos el concepto del tiempo se la trae al pairo- , por fin se dejan ver en el Muro fronterizo. Juego de Tronos, en una labor de poda muy estimable y muy necesaria, se está desprendiendo de lo accesorio, de lo secundario, y lo hace, además, con mucha imaginación. Y mucha mala hostia. Las ninjas de Dorne eran bastante insoportables, pero sus últimas guerreras no se merecían un final tan cruel. El guionista que le escribe las maldades a Cersei Lannister debe de ser un tipo bastante inquietante.  


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