Terciopelo azul

Lo que viene a contar David Lynch en Terciopelo Azul es que nuestra civilización es una manzana lustrosa que lleva gusano. El vestigio sin patas de nuestro pasado evolutivo. En las primeras etapas de nuestro desarrollo embrionario, los seres humanos no somos muy distintos del pez, del reptil, del mamífero inferior, y sólo a partir de algunas semanas nos vamos redimiendo del pecado original. Los genes van  añadiendo tejidos que disimulan la vergüenza de nuestros ancestros, y son como manos de pintura que revocan las paredes poco lucidas. Pero debajo siempre hay algo que palpita, que transpira, que a veces traspasa nuestra obra de albañilería para perpetrar un crimen o un acto animalesco. En las entrañas intestinales todos olemos a mierda, a pedo retenido, y en las entrañas neuronales ocurre tres cuartos de lo mismo. Aunque el libro del Génesis, en una licencia poética, afirme que somos la cúspide de la Creación, despojados de vestimentas y artilugios sólo somos criaturicas del Señor. Los descendientes de aquella pareja ancestral que pilotaba el arca de Noé porque contaba con pulgares oponibles, y podía transmitir instrucciones complejas a través del lenguaje. Nada más. Minucias que no justifican tanto orgullo y tanto engreimiento.



    Con estos mimbres tan poco fiables, los seres humanos, hace unos cuantos milenios, se juntaron para convivir en pueblos, en ciudades, en estados. Las gentes de bien, que son las que llevan el bicho vestigial amordazado, construyeron la concordia, los derechos humanos, las leyes fundamentales. Ellos sonreían al vecino, colaboraban en lo público, pagaban sus impuestos. Mataban moscas sólo en caso de extrema necesidad. Pero entre ellos, más o menos disimulados, aprovechándose de los incautos y los permisivos, medraron los asociales, los sociópatas, los tarados de variado pelaje. Como el Frank Booth de Terciopelo azul, que es un tipo extremo, devorado por su propio bicho, de tal modo que el tipo ya sólo es gusano o cucaracha, como un Gregorio Samsa sin remordimientos. La pareja de pipiolos que protagoniza la película no termina de creerse al personaje. Ellos pensaban que el "mal" vivía lejos, en otros barrios, en otros villorrios más allá del Mississippi. En los bajos fondos de las ciudades, o en las películas. Ellos no sospechaban que el  instinto violador, asesino, pudiera habitar la casa de al lado, la cola de la panadería, el asiento del autobús. Y más aún; que ellos mismos, que se creían impolutos, roussonianos, casi querubines si no fuera por algunos defectillos, y por algunas pajillas en el dormitorio, llevaran la larva agazapada en su interior.


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