Un pez llamado Wanda



    En el documental sobre la vida, obra y milagros de los Monty Python titulado Almost the Truth, todos rajan un poco de todos cuando rememoran los viejos tiempos. Son pequeñas collejas, delicados pellizcos, que quizá no van a más porque aquí todo el mundo -salvo Terry Gilliam- es un caballero británico educado en Oxford o en Cambridge. Lo cierto, sin embargo, es que todos iban bastante a su bola, y que sólo apremiados por los productores se reunían en torno a una mesa para discutir ideas y rebajar egos. Los Python tenían personalidades que a veces chocaban, inquietudes que no siempre coincidían. Sueños más o menos secretos de montárselo de otra manera, o en solitario, para no encasillarse en el papel de payasos eternos. Idle soñaba con hacer musicales; Gilliam con rodar sus propias chifladuras; Palin se consideraba infravalorado como actor; Jones era un pequeño dictador detrás de la cámara; y Chapman, el fallecido, se pasaba las horas entre brumas alcohólicas y resacas pesarosas.



    Pero la voz más discordante es sin duda la de John Cleese. Cleese utiliza ironías muy finas y sonrisas muy amables para atizar el fuego del descontento, pero no puede disimular su incomodo por muchas cosas que rodó a su pesar. Era, probablemente, el miembro más reconocible de los Python, por su estatura, por su currículum paralelo. El más ganso de todos -junto a Palin- cuando había que dar el do de pecho de la astracanada. Quizá se vio minusvalorado, encerrado en una jaula de oro, como el famoso loro del gag inmortal. Y quiso volar.



    Cuando los Python decidieron que ya no más, como en la canción, Cleese fue el actor más prolífico de todos. Hizo comedias, dramas, westerns, pero casi todo fue cayendo en el olvido del cinéfilo desmemoriado. Todo salvo Un pez llamado Wanda, que fue un proyecto muy personal en el que Cleese puso guión, actuación y parte de la dirección. Un pez llamado Wanda es una película ochentera, alocada, de músicas rumbosas metidas con calzador. Tiene momentos memorables y momentos catastróficos. El tiempo empieza a erosionarla. Cleese se lo curra, se lo monta, y nuestra simpatía está con él porque no es fácil sobrevivir a los Python. También anda por allí Michael Palin, de ex Python invitado, haciendo el ganso una vez más. Recuerdo que la publicidad de la época nos vendió Un pez llamado Wanda como "la vuelta de los Monty Python". Hay que tener poca vergüenza, con sólo un tercio del personal. Fuimos a verla como tontos y aun así nos lo pasamos de rechupete, con mucha risa, y mucho ojo dislocado en el escote de Jamie Lee Curtis. Pero aquí, el que cortó el bacalao, el que se llevó las carcajadas, el que ganó un premio Oscar meses después, fue Kevin Kline. Ni Pythons ni hostias en vinagre. Kline se come todas las escenas como se comió los peces del acuario. A Wanda incluido. Si Cleese quería lucirse, se equivocó de partenaire. Le salió un robaescenas como en los tiempos de los Python. Una vez más en segundo plano, y diluido. 


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Veep. Temporada 6

Basta con abrir el periódico cada mañana para darse cuenta de que en política, para llegar a lo más alto del escalafón, no se precisa tener una inteligencia preclara. Hay algunos, y algunas, que presumen de tener sinapsis muy funcionales en las cúspides del poder, pero no constituyen, ni de lejos, la mayoría de los elegidos. Para encabezar las listas electorales se pueden presentar otros argumentos y otros poderes: la ausencia de escrúpulos, la belleza física, la labia seductora... El conocimiento preciso de los engranajes del partido. La inteligencia, si no está presente en el candidato, pueden suplirla sus asesores. Lo más granado de los licenciados en el arte mentir al populacho está puesto al servicio de esos mentecatos que comparecen ante los micrófonos.



     ¿Pero qué sucede cuando los asesores tampoco están a la altura, y sus estupideces se suman a la estupidez del mandamás, y se hace evidente que todo es una tomadura de pelo, un sainete que protagonizan cuatro caraduras con corbata? ¿Una comedia que se representa ante nuestras narices mientras alguien -el compinche- nos roba la cartera y la dignidad? Pues que tenemos, si nos vamos al periódico de hoy mismo, o de cualquier otro día, varias páginas de enredos muy consabidos. Políticos y políticas con dos dedos de frente muy justitos -y eso según los peinados- que llevan meses, y años, regurgitando los mismos argumentos que cada mañana les presentan sus ayudantes. Y que tenemos, si ponemos el televisor para echarnos unas risas, a la ex vicepresidenta de los Estados Unidos, Selina Meyers, en la sexta entrega de sus cómicas desventuras.

    Despojada de la presidencia y curada de su depresión, nuestra veep se afana por limpiar el buen nombre de su mandato fundando bibliotecas, liberando a los tibetanos y prestando atención a los colectivos marginales que jamás entraron en su Despacho Oval. El problema de Selina Meyers -que es tan vivaracha como boba, tan activa como metepatas, tan orgullosa como ineficaz- es que vive rodeada de unos asesores que lejos de salvarla el culo en las situaciones más comprometidas, la meten en nuevos laberintos que ahondan su impostura, y su estupidez. Selina, la veep, es tan parecida a la mayoría de nuestros políticos nacionales -tan corta, tan falsa, tan mezquina- que sigo sin entender por qué hay gente que se pone a ver la serie y se la toma como una comedia, como una exageración. No me río de lo puro esperpéntica que es, llegan a decirme. No sé. No comparto su distancia, su incredulidad. Veep, aunque sea una obra de ficción, es un reality muy crudo sobre los políticos que nos dan por el culo cada día. Porno muy duro.



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La vida de Brian

La primera vez que vi La vida de Brian yo tenía doce o trece años. Fue con los amigos de la infancia, en casa del único que poseía un VHS por entonces. El monolito negro que nos concedió la magia del cine rebobinable como a simios sedientos de películas.

    Éramos una chavalada vital, contradictoria, medio Jedis y medio Siths. En el videoclub alquilábamos comedias de los Python, sarracinas de Chuck Norris, clásicos de Hitchcock, locuras de los Marx... Y siempre, de extranjis, con la connivencia del dueño, una película porno para desfogar los instintos, y aclarar las ideas, y las cinefilias. Llevábamos muchos años en la enseñanza privada, pero los curas no nos habían doblegado. En el recto camino hacia el Señor nosotros preferíamos perdernos por los vericuetos. Nunca íbamos a misas, a convivencias cristianas, a retiros espirituales. No alabábamos a Jesús tocando la guitarra. Aquello era de pelotas, y de maripilis. De fariseos que sólo iban a esos rollos porque también iban las alumnas de las monjas. Nosotros no seguíamos a Juan Pablo II en sus viajes veraniegos por Europa, que si Roma o Czestochowa. Nos la soplaba, Jotapedos. Nosotros, en las aulas, decíamos a todo que sí, que amén, que viva Cristo y arriba España. Y sacábamos unas notas de impresión. Pero luego, extramuros, renegábamos de todo aquello, y nos proclamábamos ateos, beligerantes, combatientes contra el clero.



    Así que un buen día, bien aconsejados por alguien, o tal vez inspirados por el Espíritu Santo en nuestro recorrido por los estantes, alquilamos en el videoclub del barrio bajo La vida de Brian, que prometía ser una parodia de la vida de Jesús. Y nosotros, a Jesús, aunque fuera un buen hombre, y probablemente un gran santo, le teníamos un poco de manía. De un modo indirecto y remoto, él era el causante de nuestra desgracia estudiantil. El fundador involuntario de aquella orden marista que nos torturaba en las prisiones del conocimiento. Le teníamos un poco de ganas, al profeta de las bienaventuranzas, que además no hacía milagros para que el Real Madrid cutre de la época ganara títulos, y la película de los Monty Python -a los que entonces no conocíamos de nada- prometía darle un poco de caña, y tirarle un poquitín de las orejas, justo como nos hacían sus sacerdotes cuando errábamos una ecuación en la pizarra. Justo como hizo el centurión romano con Brian cuando éste cometió un error gramatical en su pintada. Romani eunt ite domusm.



     Luego resultó que el Brian de la película no era Jesús, sino un pobre hombre que había tenido la desgracia de nacer en el pesebre de al lado, y que de algún modo quedó marcado por el mismo y trágico destino. Un chaval que también sobrevivió a las purgas de Herodes para llegar a la edad de Cristo y ser crucificado en el Gólgota por un malentendido rocambolesco. Nos reímos, mucho, con La vida de Brian, que era un gran escupitajo de inteligencia puesto en el aspersor. Todo lo sagrado se llevaba su gota de saliva: la tontuna del dogma, la escisión comunista, la dignidad imperial, el feminismo gramatical... Pero Brian, el hombre, la víctima, nos daba mucha pena al final. Aunque en el último momento se soltara los pies en la cruz para seguir la musiquilla de Always look on the bright side of life. A Brian, como a nosotros, Jesús le había jodido la vida sin querer. Un efecto colateral de su bonhomía, de su pacífica predicación. Brian murió en la cruz confundido con el profeta, y nosotros, dos mil años después, penábamos nuestros temarios bajo el símbolo de la cruz, que nos presidía desde allí arriba, omnisciente, y algo macabro, sobre el encerado. 



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Monty Python: Almost the Truth



     De todos los personajes históricos que nunca fueron pero podían haber sido, como el quinto Beatle, o el decimotercer apóstol, o el sexto integrante de la Quinta del Buitre, a mí me hubiera gustado ser el séptimo miembro de los Monty Python.
    Haber nacido británico -o americano de Minnesota-; estudiar en Oxford o en Cambridge una carrera de alta consideración; tener el talento de escribir chorradas ingeniosas que escandalizaran a las viejas, asustaran a los biempensantes, y regocijaran a las gentes de bien que recelan de lo establecido. Haber tenido la potra de coincidir con ellos: con Eric, con John, con Michael... De gustarles, de encajar, de ser aceptado. Sentarme junto a ellos alrededor de un escritorio redondo -o de una mesa cuadrada, lo mismo da- y lanzarnos a idear sketches, paridas, provocaciones. Reírnos de nuestras propias ocurrencias a mandíbula batiente, que es una expresión que siempre me gustó mucho, a mandíbula batiente, como un esqueleto descarnado, de humor puro, sin gota de grasa. Como una animación loca de esas que perpetraba Terry Gilliam en las películas.

    Haber viajado con ellos a las Bahamas cuando llegaba la crisis creativa. Discutir con muy malas pulgas aspectos del guión o del vestuario. Amasar unos cuantos millones con los contratos y los royalties.  Contar maldades sobre mis compañeros en las entrevistas del DVD cuando me hiciera viejecito. Regresar, sin embargo, abrazado y sonriente, como si aquí no hubiera pasado nada, a los escenarios de medio mundo, para representar los viejos chistes y los nuevos sarcasmos, recibiendo el aplauso de los viejais como nosotros, y de los millenials que recogen el testigo. No sé. Tengo la megalómana intuición, la aznariana ensoñación, de que yo hubiera encajado muy bien con estos tipos. De que a su lado, inspirado por el trabajo colectivo, por el aire electrificado, me hubieran salido del pecho, del alma, de las meninges recalentadas, unos cuantos chistes que hubiesen pasado a la historia de la comedia, y de la provocación: un gag sobre la tontuna religiosa en La vida de Brian; una gracia medieval en Los caballeros de la mesa cuadrada; un apunte descojonatorio pero profundo en El sentido de la vida...



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Better Call Saul. Temporada 3

Creía haber leído en algún lugar que Better Call Saul terminaría con la conversión definitiva de Jimmy McGill -el abogado de las ancianitas desvalidas- en Saul Goodman -el asesor de los narcotraficantes con metralleta. Saul Goodman va inscrito en los genes de Jimmy McGill como una maldición de su destino. Y aunque Jimmy es un buen tipo que en el fondo sólo quiere hacer un poco de justicia, y ganarse unos cuantos dólares en el proceso, el fantasma de Saul poco a poco va deslizándose bajo su piel, usurpando su personalidad. Y no es que el contexto, precisamente, poblado de caraduras y arribistas, de listos y listillos, ayude mucho a impedir esta fagocitación.



    Así sucede en realidad con todos nosotros. El yo que somos y el yo que seremos caminan separados durante muchos años, uno en acto y otro en potencia. A veces, en las fotografías que nos hacen de jovenzuelos, se puede ver un extraño resplandor que nos acompaña en el gesto, en el escorzo. Algunos lo confunden con un fantasma,  o con un reflejo del sol, pero en realidad es nuestro yo futuro, el definitivo, que está esperando el paso de los años para tomar posesión de su plaza. Hasta que él no llega todos somos interinos, provisionales, soñadores... La juventud sólo es un tiempo de verano antes de que se presente el señor otoñal para sustituirnos. Un buen día nos dormimos y a la mañana siguiente ya no estamos, desplazados por el Saul Goodman que esperaba su momento bajo la cama, como los extraterrestres envainados de La invasión de los ladrones de cuerpos.

    Saul Goodman ya ha asomado la patita en la serie, pero no ha llegado del todo. Se transparenta en alguna mirada perdida, en alguna conducta deshonesta. Su nombre aparece en los anuncios estrambóticos que Jimmy McGill rueda para la televisión. Pero nada más. Better Call Saul no debería haber terminado todavía, pero busco su cuarta temporada en la red y descubro, primero perplejo, y luego entristecido, que nadie garantiza su renovación. La serie, al parecer, está dando unos índices de audiencia muy bajos, y su productora se lo está pensando dos veces, y hasta tres. "Que se joda el espectador medio", gritó una vez David Simon cuando le preguntaron por la complejidad de The Wire. Si finalmente nos quitan a Saul Goodman, será el espectador medio el que nos joda a nosotros.

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Trainspotting 2

Veinte años después de haberles desplumado 16.000 libras, Renton regresa a Edimburgo para visitar a sus viejos amigos. A sus cuarenta y seis años le ha dado un ataque de nostalgia muy propio de la edad, y ese impulso, sensiblero pero vigoroso, es más poderoso que el miedo a recibir un par de hostias de sus ex-colegas de trapicheos, que tal vez, sólo tal vez, no le hayan perdonado su traición.




    Sick Boy sigue sobreviviendo en el lado oscuro de la ley, Spud va y viene con sus chutes de heroína y sus deschutes de metadona, y Begbie, que ahora se hace llamar Franco, se sigue liando a hostias con cualquiera que le mira de soslayo, aunque ahora lo haga dentro de los muros del talego. Si alguien pensaba que Trainspotting 2 iba a contradecir la primera ley de la termopsicología, que afirma que las personas no cambian jamás, y que todos estamos condenados a repetirnos con mayor o menor disimulo, se va a llevar un buen chasco con el argumento. Los gamberretes que en Trainspotting rezumaban juventud loca, ahora transitan la muy jodida década de la cuarentena, que no por casualidad tiene nombre de peligro por enfermedad. Los desperfectos en la fachada ya no hay cuadrilla que pueda revocarlos, y por dentro, en la fontanería de las vísceras, empieza a escucharse un runrún sospechoso, un siseo persistente, que tarde o temprano desembocará en la enfermedad que habrá de llevarnos por delante.

    El cuerpo es carne sujeta a corrupción, pero el carácter, ay, es un pedrusco de granito que apenas se erosiona con el tiempo. La esencia del ser, su núcleo duro y persistente, es un nudo muy concreto de conexiones cerebrales que nos hacen como somos. Un nudo gordiano hecho de titanio inoxidable. Nuestros muchachos de Trainspotting peinan canas y están algo arrugados. Se les ve más torpes, más hieráticos, menos ocurrentes. Corren y se cansan; pelean y se caen; filosofan y se extravían. Ya ni siquiera se drogan con asiduidad, y sólo de vez en cuando se dan el homenaje de un "trainspotting" por los viejos tiempos. Pero no han cambiado en absoluto. Siguen cayendo en los mismos hoyos, en las mismos errores, como autómatas programados para seguir un único camino por la vida. Son como nosotros, y nos com-padecemos de ellos. Aunque la película sea un experimento innecesario. Un sacacuartos -es un decir, si te la has bajado por el morro- para los nostálgicos. 



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Trainspotting

En los períodos de sequía creativa -como éste que ahora me arrasa las neuronas- cuando no sé qué escribir sobre una película y sufro la tentación de volver a los temas archisabidos, que si el antropoide interior o la vigencia marchita de los clásicos, me doy un garbeo por los extras del DVD para inspirarme en las entrevistas que concedieron el director o los actores principales, a ver si ellos me dan el germen de una idea, la clave de una interpretación. El hilo conductor que me permita enhebrar cuatro filosofías baratas y cuatro chascarrillos de barrio bajo para solventar la entrada del día, y seguir manteniendo vivo este engendro sin pies ni cabeza, sin orden ni estructura. Como el bebé monstruoso que Jack Nance alimentaba sin esperanza en Cabeza borradora. El producto informe y errático de mi nulo talento para escribir cosas originales y chulas. ("Chulas", por cierto, menudo adjetivo de los cojones...)



    Dos décadas después de su estreno -y mira que el tiempo pasa a toda hostia- Trainspotting puede presumir de mantener su ritmo alocado, su sentido del humor. Su espíritu gamberro. Trainspotting es una película sobre veinteañeros que se drogan, que se desdrogan, que en cada viaje hacia las nubes o en cada regreso del paraíso cometen una estupidez o se lían en un trapicheo. Chavales que se dejan la vida, literal, y figuradamente, en el retrete. Venía uno, pues, con la intención de disertar un poco sobre las drogas, sobre la vida en los suburbios, sobre la sociedad injusta que alimenta la desesperanza en la juventud, pero de pronto las palabras me han parecido altisonantes, impropias de un blog sin altura ni pretensiones. Es por eso que he perdido una hora buscando otra idea alimenticia en el DVD, como quien busca un salvavidas o un clavo al que agarrarse. Trainspotting, en efecto, como allí afirman sus propios creadores, desde Irvine Welsh -el escritor- a Danny Boyle -el cineasta-, no es una película sobre pandilleros heroinómanos en Edimburgo, aunque pudiera parecerlo. Su tema central es la amistad que decae, que se derrumba, aunque se hayan pasado los años mozos en cuchipanda y en correrías, jurando un compromiso eterno que el tiempo finalmente se llevó. El gran drama de Renton no es la heroína, de la que sale y entra sin mucha dificultad al parecer, sino la certeza de vivir desplazado, en una tierra que no ama, en  un grupo de amigos que lo llevan por senderos que no quiere transitar. Renton no se drogaba para hacer piña, sino para olvidar que estaba en ella. Ese es el viaje personal de Trainspotting. Una cosa muy profunda en realidad, enmascarada tras músicas molonas y planos desquiciados. Y picos en vena.
    Creo que por hoy he salvado el culo.


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Sabrina

El tiempo no ha hecho mella en Sabrina. No del todo, al menos. En alguna esquina del guión -los gags de Larrabee padre son, por ejemplo, de vergüenza ajena- hay indicios de herrumbre, de resto arqueológico. Pero la estructura de la película permanece incólume, clásica, desafiando a las décadas y a los vientos. Como esa torre Eiffel que da testimonio de que la pobre Sabrina está estudiando la alta cocina de París, alejada de Long Island, de su padre, y sobre todo de David Larrabee, el playboy de los ricachones, el renglón torcido de las finanzas, el follador compulsivo de las burguesas neoyorquinas. El guapo, y atolondrado, y encantador David Larrabee, por el que Sabrina Fairchild, la hija del chófer, la cenicienta de los motores, siente un amor tan irresistible como imposible. Sabrina y David viven a escasos metros de distancia, pero entre la mansión de los acaudalados y la vivienda sobre el garaje hay un muro tan insalvable -pero tan transparente, ay- como el que separa los Siete Reinos de las Tierras Salvajes. Un muro que sólo los muertos pueden escalar sin miedo a descalabrarse. De ahí que Sabrina, ofuscada, desengañada, decida quitarse la vida con el humo de los coches, y que Linus Larrabee, el hermano gris y feo, inteligente y cuadriculado, entre en escena para rescatarla de la muerte...



    Sabrina es un clásico muy estimable, sí, pero su personaje central, la propia Sabrina, aunque tenga el encanto irresistible y la belleza principesca de Audrey Hepburn, es un personaje más bien sospechoso y antipático. Encandilada desde niña con las fiestas de alto copete que contempla desde su árbol, ha decidido que su único objetivo en la vida es casarse con un millonario -como en el título de aquella otra película- y lo mismo le da un hermano Larrabee que otro con tal de llevar la vida soñada de piscinas y cruceros, sirvientes y pistas de tenis. Para el espectador con un mínimo de sensibilidad, los hermanos Larrabee son dos fulanos muy poco recomendables, tiburón de las finanzas el primero y chulo de mierda el segundo. Uno que explota a sus trabajadores para pagarse el tren de vida y otro que explota a su familia explotadora para pegarse la gran vidorra del hijo descarriado. Dos hijos de puta, en realidad, cada uno en su estilo. Que Sabrina tenga una fijación enfermiza por estos dos impresentables dice muy poco de ella.


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This is Spinal Tap

Rodolfo Chikilicuatre empezó siendo un personaje más de la pandilla nocturna de Andreu Buenafuente. Un cantante de tupé imposible y guitarra infantil que cantaba el Chiki Chiki rodeado de tías jamonas venidas a menos. Su número de humor, estrafalario y tontuno, terminó participando en el festival de Eurovisión para asombro y carcajada de los espectadores que aquel día, por primera vez en muchos años, nos asomamos a las pantallas cantarinas del continente. Algún telespectador en los confines de la vieja Europa, quién sabe si en Malta, o en Letonia, se tomó muy en serio el baile ridículo de Rodolfo, y éste, mejorando actuaciones precedentes, y varias que vinieron después, recibió cincuenta y cinco puntos que refrendaron el triunfo del humor sobre la realidad. De la broma cachonda sobre la seriedad de la propuesta.




   Veinticinco años antes, al otro lado del charco, un grupo de comediantes televisivos que además componían canciones y rasgueaban las guitarras, decidieron gastar una broma titulada This is Spinal Tap, el falso documental que cubría la gira por Estados Unidos de los Spinal Tap, un grupo de rock británico que trataba de reverdecer las viejas glorias de su repertorio. El mockumentary de Rob Reiner era la parodia hilarante de todas las tonterías musicales y extramusicales que rodeaban a los grupos melenudos de entonces: las riñas internas, las crisis conceptuales, las extravagancias en los hoteles, la "Yoko-Ono" de turno que al final terminaba por joderlo todo... Los componentes de Spinal Tap eran medio bobos, medio yonquis, unos majaderos sin dos dedos de frente que iban metiendo la pata en cualquier escenario que pisaban. Pero muchos espectadores salieron de los cines convencidos de su existencia real, y se preguntaron, extrañados, cómo es que nunca habían oído hablar de aquel grupo de fama mundial. La broma de estos comediantes americanos se hizo bola de nieve, y fenómeno universal, y años después, para seguir con el cachondeo, y satisfacer las inquietudes de los fans, decidieron formar el grupo verdadero de los Spinal Tap, una mezcla imposible entre el rock de The Queen y las letras de La Polla Records que tocó sus descojonaciones en los escenarios más selectos del circuito mundial. Tuvieron, incluso, una aparición estelar en Los Simpson, que hoy por hoy es la aspiración máxima de cualquier artista que se precie. El reconocimiento último tras el que ya puedes retirarte y morir tranquilo. 


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El ladrón de orquídeas (Adaptation)

"Hay demasiadas ideas, y cosas, y gente... Demasiadas direcciones que tomar. Empiezo a pensar que la razón por la que es bueno que algo te interese apasionadamente, es que reduce el mundo a un tamaño más manejable".

    Susan Orlean, la escritora del New Yorker, acababa de conocer a John Laroche, el ladrón de orquídeas, un tipo estrafalario que arranca flores protegidas en los pantanos de Florida fascinado por sus formas y sus mecanismos adaptativos. Laroche es un fulano inquieto, neurótico, poco aseado en el vestir y en el ducharse, pero habla con tanta pasión sobre el universo de las orquídeas, y de su vínculo íntimo con el resto de la creación, que la escritora, que en principio estaba allí para escribir un reportaje, cae fascinada ante el discurso de Laroche y decide escribir una novela inspirada en su obsesión. Porque la obsesión, comprende Susan, no es la tontuna de los locos, ni el empeño de los maníacos, sino un modo muy sabio de poner orden en el caos. De encontrar el sendero en la espesura. De no perderse en el viaje errático y ramificado de la vida.



    Años después, Charlie Kaufman, el marciano que un día decidió ganarse la vida escribiendo guiones, recibió el encargo de adaptar El ladrón de orquídeas a la gran pantalla. Pero la novela es un relato de acomodo imposible, pues está llena de reflexiones, de apuntes, de filosofías particulares, intraducibles en imágenes. Así que Kaufman, bloqueado ante la máquina de escribir como Barton Fink con sus pescadores, decide bajar al terreno personal -que puede ser real o ficticio o una tomadura de pelo monumental-, y se coloca a sí mismo como el protagonista principal de la película. El ladrón de orquídeas resulta ser finalmente la historia de tres obsesiones: la de Laroche por las orquídeas, la de Susan Orlean por Laroche, y la de Charlie Kaufman, por sacar adelante una adaptación que resuma tanta fascinación sin horizonte. Otra película de Charlie Kaufman imposible de contar, de resumir. Una ida de olla maravillosa. Personajes reales que hacen de ficticios y personajes ficticios que hacen de reales. Un guión que habla sobre la escritura de un guión. El metaguión. La puta locura. 


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Cómo ser John Malkovich



    Cómo ser John Malkovich empieza con una marioneta igualita que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, bailando la danza de una depresión. El parecido es asombroso: la misma barba, la misma coleta, los mismos ojos entrecerrados al estilo tártaro de Lenin. La marioneta se mira al espejo, no se gusta, lo rompe. Destroza los objetos de la habitación y se revuelca en el suelo dominado por la rabia. Es una performance como de político derrotado en unas elecciones. Poco antes, en los telediarios, uno ha visto al Pablo Iglesias de verdad sostener un florido debate contra las fuerzas del Mal en el Parlamento. Y ahora, en lo que iba a ser una ficción de media tarde, una película escrita por Charlie Kaufman -el raro- para Spike Jonze -el extravagante-, uno vuelve a encontrarlo convertido en un muñeco manejado por un hábil titiritero, como si esto fuese un vídeo para 13 TV que insinuara subordinaciones del "Coletas" al chavismo venezolano o al régimen iraní. Uno, que conoce de sobra el argumento de la película, y sabe que lo del títere sólo es una coincidencia de fisonomías, acaba, sin embargo, de abandonar los vapores alucinógenos de la siesta, y teme por un segundo no haber despertado todavía, y estar soñando una pesadilla imposible donde John Cusack mueve los hilos de la izquierda española y John Malkovich, aunque afeitado de barba y de cabeza, hace el papel de un político gallego que aparece en todas partes soltando obviedades sin pudor y trabalenguas sin sentido. Malkovich, Malkovich, Malkovich...



    Pero los vapores del sueño sólo duran unos minutos, y al despejarse la niebla uno ya está metido en la trama absurda pero absorbente de la película: el piso siete y medio, la portezuela escondida tras el archivador, el acceso imposible a la mente de John Malkovich durante un cuarto de hora de sensaciones subrogadas... La película, así contada, parece la ocurrencia de un loco, o la resaca de un borrachuzo, pero puesta en imágenes es un relato que da para mucha reflexión sobre los límites del yo, los caminos del éxito y los amores imposibles. Cómo ser John Malkovich es una película venida de Marte, imaginada en un manicomio. Irresistible, e hipnótica, como Catherine Keener.


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Fargo 1ª temporada

El personaje central de la primera temporada de Fargo es Lester Nygaard, el hombre de la casa modesta, el matrimonio arruinado, el trabajo aburrido. La gran vidorra pasó de largo camino de paraísos más australes que Minnesota, y a Lester, atrapado en esa vida corriente que parece el Día de la Marmota, con la nieve perpetua y los personajes archisabidos, sólo le queda esperar un golpe de suerte antes de que la enfermedad y la muerte llamen a su puerta.




    Y la fortuna, inesperada, burlona, aburrida de tanto prodigarse con otros hombres, le pone en contacto con un genio que concede deseos inconfesables. Lorne Malvo no es un genio que haya salido de la lámpara maravillosa, ni de los cuentos de Las Mil y Una Noches. Es más bien un matarife a sueldo, un psicópata con perilla. Un ángel caído que lo mismo tira de espada flamígera que de gatillo fácil para cumplir con sus objetivos. A veces cobra por ellos, y a veces, como en el caso que nos ocupa, sólo mata para pasar un buen rato. Nygaard, en la sala de espera del hospital, con la nariz rota y el espíritu humillado, le hablará de un tal Sam Hess que es el chulo del pueblo, el exmatón del instituto, el tiparraco deleznable que a sus cuarenta años todavía sigue partiéndole la jeta en plena calle. Nygaard no sospecha que el tipo a quien le está contando su frustración, y su afán vengativo, es un asesino sin escrúpulos que no le teme al rayo divino ni al roer de la conciencia. Horas después, en el puticlub del pueblo, Sam Hess será asesinado con una puñalada en el cuello mientras disfrutaba de su adulterio habitual. Con su muerte se abrirá la caja de los truenos, y dará comienzo, propiamente, la trama criminal de la serie. Los nueve episodios restantes sólo son la consecuencia disparatada, desbordada, sanguinolenta, de ese encuentro que una mala tarde de invierno puso en contacto al hombre gris con el demonio negro. 




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El gran carnaval

El Albuquerque Sun-Bulletin es un periódico de provincias que recoge los vaivenes del clima, las anécdotas del gobernador, las cacerías de serpientes cascabel. Chuck Tatum, su periodista estrella, se aburre como una ostra en su mesa de trabajo. Él ha escrito para los periódicos más importantes del país persiguiendo corrupciones políticas, estafas bursátiles, héroes caídos en desgracia. Si no fuera por su adicción al alcohol, y a las mujeres de los directores, no estaría en medio de la nada cubriendo noticias más dignas de un chupatintas que de un reportero fetén. Tatum ha tenido la mala suerte de aterrizar en Albuquerque con sesenta años de adelanto. Los Pollos Hermanos todavía no han cruzado la frontera con sus camiones cargados de producto. Héctor Salamanca es un recién nacido que está aprendiendo a descabezar muñecos en su cuna, y Walter White, todavía nonato, no ha sufrido el cáncer de pulmón que terminará transformándolo en el temido Heisenberg.



    En el Albuquerque del siglo XXI, con la DEA por aquí, los crímenes por allá, Saul Goodman lavando el dinero de tirios y troyanos, Chuck Tatum no hubiera dado abasto con tanto sobresalto noticiable. Pero en el Albuquerque de los años cincuenta sólo hay calma chicha y algún accidente de vez en cuando. Como el de Leo Minosa, buscador de reliquias indias en las montañas, que yace semivivo, medio muerto, en una cueva de espíritus malditos. Tatum decide que finalmente ha llegado su noticia. Un moribundo atrapado bajo los escombros significa una familia en vilo, un pueblo pendiente, un estado movilizado. Quién sabe si una nación al completo interesada. Sólo hay que aliñar bien la ensalada y vender el producto. Y tapar la boca a los que aseguran que Minosa podría ser rescatado en pocas horas con una simple labor de entibación. Les pones un billete en el bolsillo, una prebenda en la imaginación, y ya aseguran que es mejor horadar la montaña desde arriba. Un camino más lento, pero más seguro, para tener seis días de drama garantizados, y seis días de crónicas firmadas por Chuck Tatum desde el desierto de Nuevo México. Tatum está harto de esperar a la realidad, y decide crear la suya propia, aun a riesgo de la vida de un hombre. Comienza el gran carnaval. Pocas veces Billy Wilder destiló  tan mala baba.

  
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Terciopelo azul

Lo que viene a contar David Lynch en Terciopelo Azul es que nuestra civilización es una manzana lustrosa que lleva gusano. El vestigio sin patas de nuestro pasado evolutivo. En las primeras etapas de nuestro desarrollo embrionario, los seres humanos no somos muy distintos del pez, del reptil, del mamífero inferior, y sólo a partir de algunas semanas nos vamos redimiendo del pecado original. Los genes van  añadiendo tejidos que disimulan la vergüenza de nuestros ancestros, y son como manos de pintura que revocan las paredes poco lucidas. Pero debajo siempre hay algo que palpita, que transpira, que a veces traspasa nuestra obra de albañilería para perpetrar un crimen o un acto animalesco. En las entrañas intestinales todos olemos a mierda, a pedo retenido, y en las entrañas neuronales ocurre tres cuartos de lo mismo. Aunque el libro del Génesis, en una licencia poética, afirme que somos la cúspide de la Creación, despojados de vestimentas y artilugios sólo somos criaturicas del Señor. Los descendientes de aquella pareja ancestral que pilotaba el arca de Noé porque contaba con pulgares oponibles, y podía transmitir instrucciones complejas a través del lenguaje. Nada más. Minucias que no justifican tanto orgullo y tanto engreimiento.



    Con estos mimbres tan poco fiables, los seres humanos, hace unos cuantos milenios, se juntaron para convivir en pueblos, en ciudades, en estados. Las gentes de bien, que son las que llevan el bicho vestigial amordazado, construyeron la concordia, los derechos humanos, las leyes fundamentales. Ellos sonreían al vecino, colaboraban en lo público, pagaban sus impuestos. Mataban moscas sólo en caso de extrema necesidad. Pero entre ellos, más o menos disimulados, aprovechándose de los incautos y los permisivos, medraron los asociales, los sociópatas, los tarados de variado pelaje. Como el Frank Booth de Terciopelo azul, que es un tipo extremo, devorado por su propio bicho, de tal modo que el tipo ya sólo es gusano o cucaracha, como un Gregorio Samsa sin remordimientos. La pareja de pipiolos que protagoniza la película no termina de creerse al personaje. Ellos pensaban que el "mal" vivía lejos, en otros barrios, en otros villorrios más allá del Mississippi. En los bajos fondos de las ciudades, o en las películas. Ellos no sospechaban que el  instinto violador, asesino, pudiera habitar la casa de al lado, la cola de la panadería, el asiento del autobús. Y más aún; que ellos mismos, que se creían impolutos, roussonianos, casi querubines si no fuera por algunos defectillos, y por algunas pajillas en el dormitorio, llevaran la larva agazapada en su interior.


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La huella

Si alguien dijo una vez que todas las películas podían reducirse al esquema "chico busca chica"-y si terminaban follando era una comedia, y si no, una tragedia-, lo mismo podría decirse de la lucha de clases. La lucha por los recursos es un afán tan omnipresente como la lucha por la jodienda, y forma parte de cualquier película analizada hasta su tuétano. Si la película termina con un cabronazo que acapara los medios de producción, tenemos drama; si el subalterno, el explotado, consigue un reparto más justo del pastel, tenemos una alegre ficción de sonrisas proletarias.

    Esta lucha peliculera puede ser económica, estrictamente marxista, de bolcheviques contra el zar, de estibadores contra patrones, de esclavos alzados contra Roma. Pero puede ser, también, la rebelión de los marineros a bordo, la venganza del chaval que nunca follaba, la "promoción interna" de los matones dentro de la Mafia. O, incluso, como en La huella, el juego macabro que mantienen sus protagonistas tan ociosos como ocurrentes. El argumento es sobradamente conocido para los cinéfilos: Andrew Wyke, el escritor que vive retirado en su mansión de la campiña, cita al amante de su esposa para proponerle un sustancioso negocio de robos y estafas. Pero esto sólo es un anzuelo. Lo que Andrew Wyke quiere, en realidad, es hacer entender a su rival que jamás va a estar a su altura. Que un plebeyo nunca podrá satisfacer a su mujer como él la satisfizo en el pasado. Que entre ricos y pobres no sólo hay una brecha económica, sino otra más profunda, más decisiva, de pelaje, de sangres de distinto color. Una auténtico foso insalvable, como de castillo muy antiguo y muy británico. Andrew, el patrón, golpeará primero en su ofensa, y Milo, el peluquero, el obrero de la función, tratará de vengarse disparando los cañones de su ingenio, desde el acorazado Potemkin que navega en los mares de la rabia. 



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Largo domingo de noviazgo

Cuando la opinión general sobre una película es que la fotografía es muy bonita, y que la banda sonora es una delicia, hay algo que no funciona bien en el artilugio. Y Largo domingo de noviazgo, a mi pesar, es una película de ésas: tan fascinante como fallida; tan conmovedora como decepcionante. Dos años después de haber rodado Amelie, Jean-Pierre Jeunet adaptó esta novela de amor y guerra ambientada en los tiempos de la I Guerra Mundial. El soldado Manech muere -o tal vez no- en las trincheras del frente occidental, y Mathilde, su desconsolada novia, con la jugaba a perseguirse en lo alto del faro, o del campanario, o últimamente, también, en los pajares de su pueblo en la Bretaña, emprende una investigación para dar con sus huesos vivos o muertos. Mathilde se niega a aceptar con el corazón lo que muchos aseguran haber visto con sus ojos: que a Manech lo hirió de muerte un avión alemán mientras vagaba por la tierra de nadie, y que yace enterrado en ese cementerio interminable donde comparten eternidad los soldados franceses enviados a la degollina.



    Largo domingo de noviazgo nació para ser una película imborrable, llena de ocurrencias, de planos tan estudiados que parecen los cuadros primorosos de un artista. Pero está mal escrita, mal contada, como si de tanto cuidar las formas se hubieran olvidado de aclarar el contenido. O quizá soy yo, definitivamente, que ya no estoy para estos trotes. Sea como sea, he vuelto a perderme -y ya van tres visionados que yo recuerde- en este embrollo de soldados fortachones y bigotudos que se llaman todos parecido: Benoit, o Bastoche, o Bastogne, o Baptiste. Es como una tomadura de pelo. Como una película de chinos franceses indistinguibles unos de otros. Unos mueren, otros resucitan, otros remueren; algunos se cambian el nombre, otros se afeitan el mostacho, otros se intercambian las vestimentas o las botas de combate. O las chapas de identificación, incluso, en el colmo de los colmos. Lo mejor es dejarse llevar, y no pensar demasiado en la trama detectivesca. Pasear por la película como quien avanza por los pasillos de un museo, sin comprender del todo algunos cuadros, algunas esculturas, pero admirado igualmente por su belleza.



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Bloody Sunday



Yo tuve un conocido en la adolescencia que de mayor quería ingresar en la Guardia Civil solo para "matar rojos". Soñaba con enfrentarse a ellos en alguna manifestación, en alguna marcha de sindicalistas del 1º de Mayo -que era la fantasía castrense que más le ponía- y recibir una pedrada en la cabeza que le diera la excusa para desenfundar el arma reglamentaria y vengar la década y media que por entonces llevábamos de democracia. Mi conocido, como se ve, se creía un falangista de los tiempos de la II República, un pistolero del Far West que podía disparar contra pieles rojas sin que nadie le pidiera explicaciones. Sus familiares -que no estaban mucho mejor de la chaveta- eran unos nostálgicos del franquismo que aún no habían dado la Guerra Civil por concluida. En aquel tiempo gobernaban los socialistas de Felipe González que permitían que los putones y los maricones cantaran alegremente en televisión, y esa gente se sentía muy ofendida cada vez que sintonizaban la Primera o el UHF. Mi conocido escuchaba sus relatos, digería su frustración, y se vio a sí mismo como un ángel justiciero de la decadencia de Occidente.

    Con los años, guiado por el entusiasmo y por los buenos estudios, consiguió entrar en el cuerpo menetérico, que dijo una vez Chiquito de la Calzada. El exceso de ardor guerrero, o la fatalidad del destino, terminó dando con sus huesos en el País Vasco. Sé por otras amistades que allí lo pasó muy mal, arrodillado todas las mañanas ante su coche particular para revisarle los bajos. Años después, tuvo la fortuna de regresar sano y salvo a la Meseta para llevar la misma vida de misa dominical, voto al PP e indignación colérica contra los rojos que poblaban la tele. Supongo que a veces, en el sofá, para amenizar la tertulia, todavía acaricia el arma reglamentaria entre las piernas soñando con grandes hazañas bélicas que ya nunca llegarán.




    Hoy por la noche he visto Bloody Sunday, el relato modélico que hizo Paul Greengrass de la histórica matanza de Derry. Trece muertos, y uno posterior, que inspiraron la celebérrima canción de U2. Que dieron alas a esos simpáticos muchachos del IRA para relanzar una guerra soterrada contra el gobierno británico que cuarenta y cinco años después todavía no ha terminado. En alguno de esos paracaidistas británicos que dispararon contra la multitud desobedeciendo las órdenes, he creído reconocer el gesto vengativo, el aire falangista, la pose marcial y fanática, de aquel conocido mío que también soñó con disparar algo más que pelotas de goma y gases lacrimógenos contra los chavales del pelo largo. 


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The Brink

En su opúsculo Allegro ma non troppo, Carlo Cipolla propuso cinco leyes fundamentales sobre la estupidez humana que habría que cincelar sobre una piedra del monte Sinaí, o del monte que estuviera más a mano:
1. Que subestimamos el número de estúpidos que andan sueltos.
2. Que los estúpidos crecen en cualquier ecosistema humano sin diferenciar nobles ni plebeyos, géneros ni razas.
3. Que subestimamos el poder destructivo de los estúpidos.
4. Que los estúpidos, más que los malvados, son las personas más nocivas del tejido social.
5. Que una persona es estúpida si causa daño a otras personas y al mismo tiempo no obtiene ganancia personal alguna.





    Roberto y Kim Benabib son dos hermanos muy lúcidos y sarcásticos que han tomado buena nota de Cipolla para crear The Brink. Ellos -como Armando Ianucci en Veep- han intuido que la realidad cotidiana de nuestros gobernantes está más cercana al despropósito que a la eficacia, a la comedia absurda que al drama con pretensiones. Que los estúpidos -que son legión- están infiltrados en los despachos, en los comités, en los parlamentos, en las altas esferas, y que, como asegura don Carlo, son elementos muy inquietos y destructivos. House of cards o El ala oeste de la Casa Blanca nos muestran una realidad política donde todo es aplomo, cálculo, eficacia, lo mismo para hacer el bien que para perpetrar el mal. Y uno, que asiste al espectáculo modélico e irreprochable de su factura, en realidad nunca se las ha tomado demasiado en serio, porque sospecha que por cada funcionario diligente hay otros cinco que no ven más allá de sus narices, corruptos o tontainas, irresolutos o metepatas. Sólo hay que abrir el periódico del día para comprobar que el número de estúpidos es el mismo en cualquier sección elegida al azar, lo mismo en nacional que en deportes, lo mismo en las críticas de cine que en las últimas novedades de la agricultura provincial.




    The Brink se encarga, concretamente, de recordarnos que en los asuntos internacionales abundan los mandatarios ineficaces, psicópatas, impulsivos, corruptos, imbéciles, irracionales. Estúpidos que han sido elegidos en una democracia o que han tomado el poder armados con un kalashnikov. Igual que en la Sodoma condenada al fuego divino, en The Brink sólo hay un justo gracias al cual el mundo todavía no se ha ido al garete en un holocausto nuclear. Él es Walter Larson, el Secretario de Estado estadounidense, la única persona con dos luces y media en ese rebaño de gilipollas cegaratos. El problema es que Walter Larson vive obnubilado por las mujeres, y siempre hay una falda que se interpone en su labor; un escote que aplaza temporalmente la emisión de su juicio. Y el planeta, mientras tanto, pendiente de un hilo...



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El viajante

En los albores de este humilde blog, el cine iraní era un plato que venía incluido frecuentemente en el menú. Uno quiso entrar en la blogosfera con credenciales de cinéfilo, con caché de cultureta, a ver si las mujeres reconocían en mí un alma sensitiva, ecuménica, que se interesaba por cinematografías distintas a los americanos dándose de hostias, y a los españoles dándose voces. Mientras las mujeres iban desertando de mi escritura, aburridas y perplejas, por aquí pasaron las películas de Kiarostami, de Panahi, de un señor llamado Asghar Farhadi que tenía dos haches intercaladas que eran la pesadilla de mi ortografía.

    Con el ya fallecido Kiarostami me pasé siete pueblos riéndome de su cansinidad, de su afición por las cabras que mascaban hierbajos y los pastores que las contemplaban como si el tiempo lo regalaran con los yogures. De Panahi, que era un director más ágil y más urbano, me quedé con algunas películas muy estimables que denunciaban el estado actual de su país: la subordinación de las mujeres, la teocracia de los ayatolás, el tráfico insoportable de Teherán... Otras películas suyas, en cambio, cayeron instantáneamente en el olvido. Y luego vino este señor de las haches intercaladas, Farhadi, del que estuve a punto de desistir en las primeras citas, con algún bostezo de más y algún entusiasmo de menos,  hasta que un buen día llegó Nader y Simin: una separación, y con esa obra maestra, con ese peliculón que subió a los altares sin pasar por la beatificación, el hombre de la perilla se convirtió en un guest star habitual de mi repertorio.



    Su última película se titula El viajante, y viene avalada una vez más por la crítica, y por otro Oscar de Hollywood, que esta vez vino rodeado de una ardiente polémica sobre si Donald Trump merecía más bien un desplante o un escupitajo. En El viajante, la verdad, nadie viaja hacia ningún lugar. No físicamente, al menos. De un piso a otro de Teherán como muy lejos, que son los escenarios de la desgracia y la posterior venganza del matrimonio Etesami. Ellos no son Nader y Simin, pero se les parecen mucho: jóvenes y cultos, urbanitas y modernos. Y también, para su desgracia, reos de un dilema moral de los que paralizan el raciocinio, y anima el debate entre los espectadores.


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Cabeza borradora

Entre 1965 y 1970, antes de que la vocación del cine llamara a su puerta, David Lynch estudió en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia. Allí soñó con ser el enfant terrible de las artes plásticas, el pintor provocativo del reverso tenebroso. Allí se casó por primera vez, tuvo una hija, desarrolló su talento natural para retratar lo macabro y lo repulsivo. En las ruinas postindustriales de una ciudad enfermiza, Lynch encontró la inspiración para dibujar hombres deformados y bichos inexplicables. Hubo, sin embargo, demonios que saltaron de sus propias composiciones para robarle el sueño: fantasmas sobre la paternidad y la edad adulta que el propio Lynch dejó señalados en el documental The art of life.



   Años después, ya en Los Ángeles, David Lynch volcó sus experiencias filadélficas en su primer largometraje, Cabeza borradora, que tardó siete años en parir entre penurias económicas y desánimos creativos. Cualquier otro cineasta hubiera contado una historia lineal, autobiográfica, de jovenzuelo que llega a Filadelfia cargado de ilusiones y vive experiencias de azúcar y sal, de risas y llantos. Pero David Lynch es un tipo oscuro, retorcido, y en Cabeza borradora prefirió esconderse tras la máscara de una pesadilla: la que vive Jack Nance atrapado en ese matrimonio desolador, en esa paternidad lacerante del monstruo que no para de llorar. Aunque la película es barroca y expresionista, lúgubre y desquiciada, es fácil seguir la pista del director en ese apartamento de cochambre, en ese matrimonio contraído sin ilusión. Es por eso, quizá, que Lynch va introduciendo más pesadillas dentro de la pesadilla, para guardar su intimidad bajo siete llaves y dos candados. Y es entonces cuando el espectador empieza a perderse en sus mundos oníricos, en sus obsesiones particulares. El teatrillo con cortinas que estrena función cada noche, entre los radiadores que no calientan...


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