Paterson

En la ciudad de Paterson, New Jersey, muy cerca de donde Tony Soprano gestionaba su negocio de residuos urbanos, vive Paterson, el conductor de autobús que cada mañana se despierta al lado de Laura, musa de sus poemas, inspiración de su bolígrafo. Paterson, en los descansos del trabajo, en los parques donde come los cupcakes que Laura prepara, escribe poesía en un libro de páginas en blanco. Poemas urbanos que hablan del amor que vive en las casas humildes, bajo los postes de la luz, muy cerca de las autopistas. Amores de asfalto y ladrillo, de polución y pub nocturno, tan lejos de los palacios de Verona, y de las mariposas en primavera. Son malos tiempos para la lírica, como cantaba Germán Coppini, y además Paterson, la ciudad, no parece precisamente la ciudad del amor, la París trasplantada a este lado del océano. Sin embargo, Paterson, el poeta, es capaz de extraer su belleza oculta cuando suelta el volante y abre su libro de poemas por escribir. Su oficio le obliga a ir con la mirada atenta, con el oído estirado, una mañana tras otra por las calles de la ciudad, y quizá por eso está capacitado para ver más allá del paisaje, y de las apariencias.



    Y luego está Laura, la mujer que lo espera todas las tardes en casa, como un seguro de vida, como un remanso de agua que nunca se seca. Como una certeza que sostiene los días sombríos, y los humores sin equilibrio. Laura es la mujer que otros hombres no soportarían ni dos días seguidos, tan infantil, tan diletante en sus locos proyectos, pero a la que Paterson, sin embargo, profesa una admiración infinita, y una fe incondicional. El poeta vive felizmente resignado a su suerte. La del amor, la del trabajo, la de sus amigos cada noche en el pub, que con una cerveza por delante le ponen al día de esa otra ciudad que no recorre su autobús, ni su imaginación. Paterson es un poeta que escribe reconciliado con la vida, en paz con sus semejantes. Risueño con su destino. Hay otra literatura que surge de la inconformidad, de la tristeza, de la rebeldía. Del desamor. Una que sabe a pólvora, a gritos, a cañonazos. A rebeldía. Éste no es el caso.



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El ciudadano ilustre

El ciudadano ilustre de la película es Daniel Mantovani, argentino de cuna y premio Nobel de Literatura. Un escritor que lleva años sin producir nada valioso, y que un buen día, llevado por la nostalgia, y tal vez por el afán de inspiración, acepta una invitación de las autoridades para regresar a Salas, su pueblo natal, a muchas leguas al sur de Buenos Aires.

    Mantovani vive afincado en Barcelona, y hace décadas que no pisa el terruño donde pasó su infancia y juventud. Como cualquier persona con inquietudes que nace en un pueblo perdido de los páramos, o de las serranías, Mantovani hizo un día la maleta y buscó la gloria literaria en otros ámbitos más propicios, en otras compañías más ilustradas. Sin embargo, nunca ha abandonado mentalmente sus orígenes. Su literatura entera vive de los recuerdos de ese pueblo agropecuario, polvoriento, como un Macondo sin selva que viviera expuesto a los cuatro vientos. Al aceptar la invitación quizá piensa que le debe una visita a sus recuerdos,  y a sus ancestros enterrados, antes de entregarse a la  lánguida vejez muy lejos de allí.



    Aunque algunos de sus paisanos no saben leer, y la mayoría de los otros no ha leído ninguno de sus libros, Mantovani es recibido como un prócer de la cultura, como un héroe de las letras bonaerenses. Le invitan a dar charlas, a impartir magisterios, a ejercer incluso de jurado en concursos locales. Le pasean por las calles en un coche de bomberos como a un futbolista que hubiera ganado la Copa de Europa, o la Copa Libertadores. Le invitan a comer asado argentino por aquí y por allá. Hasta una jovenzuela de muy buen ver se le cuela en el hotel dispuesta para el amor, arrobada por su literatura, seducida por sus canas de intelectual. Mantovani, por supuesto, se siente halagado con tanta lisonja a su arte, y con tanta caricia a su cuerpo, pero a los pocos días de estancia, el hombre ilustre, el hombre homenajeado, empieza a comprender que ha cometido un terrible error. Dice el refrán que uno es de donde pace, y no de donde nace, y Daniel Mantovani, que lleva años paciendo en otros prados, ha nacido para poner su nombre en el libro de firmas. Y no es que se crea superior a nadie, ni especial en nada. Sucede, simplemente, que no se reconoce en el paisanaje. Que se pierde en los rostros, que se abisma en las conversaciones, que se siente extranjero en su propio hogar. A los dos días la gente le empieza a caer gorda, y el sentimiento se vuelve poco a poco recíproco. Mantovani nació en Salas, pero no pertenece a Salas. Sufrió, como tantos otros, el desvío postal de una cigüeña que volaba borracha o despistada.


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Y tu mamá también

Para los muchachos que sólo piensan en follar, el mundo es un ruido de fondo. Un manchurrón de colores. Un telón de fondo para el teatro pornográfico que protagonizan en su cabeza. Un decorado tan intrascendente como aquellos que ponían Hannah-Barbera en las locas persecuciones de sus dibujos animados. Salir de la adolescencia masculina -que no es una tarea fácil, ni un logro universal- significa tomar conciencia de ese mundo exterior que tiene sus problemas económicos, sus políticos corruptos, sus naturalezas arruinadas. Sus gentes, a veces muy cercanas, con enfermedades serias y problemas morrocotudos. Hacerse adulto es casi como volver a nacer: abrir los ojos, y destaponar los oídos. Quitarse las gafas de rayos X que sólo desnudaban los cuerpos y buscaban la oportunidad; bajar el volumen del martillo neumático que taladraba la cabeza con el estruendo monótono del deseo.



    En Y tu mamá también, Tenoch y Julio son dos adolescentes atrapados todavía en esa esclavitud. Dos intrépidos hormonados que aprovechan sus vacaciones para recorrer México en un cascajo de automóvil. Buscan playas paradisíacas donde lucir el body y beber tequila hasta el amanecer. Y de paso, si encuentran chavalas predispuestas, sumarlas a la fiesta loca de su juventud. Pero en su camino se cruza Luisa, y el dúo se convierte en triángulo, y la camaradería, en rivalidad. Luisa es una mujer adulta, bellísima, a la que conocen por estar casada con un primo de Tenoch. Les separa la edad, la madurez, la vida entera. Pero Luisa, contra todo pronóstico, sin desvelar sus intenciones, se suma a la fiesta de su viaje por México, y ellos, por supuesto, obnubilados por el deseo, le hacen un hueco en su tartana. Ahí empieza una road movie donde ninguno de los protagonistas ve más allá de su narices. Julio y Tenoch conducen cegados por esa mujer voluptuosa que además les incita, y se muestra generosa en las noches de los moteles. Y ella, Luisa, cuando ellos no están presentes, aprovecha para llorar su desgracia y su dolor, y las lágrimas le nublan la visión de cuanto sucede a su alrededor. Ahí afuera, en las carreteras, en los poblados, México se desangra de pobreza. Ellos no escuchan la voz en off que nosotros, los espectadores, sí escuchamos. Gracias a ella conocemos las desgracias de esos personajes que el trío se va cruzando sin atender, sin escuchar, cada uno sumido en sus graves asuntos. El sexo, y la muerte. 



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Revolutionary Road

No es casualidad que Richard Yates ambientara su novela en una calle llamada Revolutionary Road. Dos siglos después de que los patriotas expulsaran a los recaudadores de impuestos que enviaba Jorge III desde Inglaterra, en la novela de Yates, y en la película de Sam Mendes, tiene lugar otra revolución.en esa avenida salpicada de casas preciosas y jardines arbolados  Una lucha solitaria, personal, ejemplo de las muchas que estaban por llegar en los hogares. La revolución de Revolutionary Road es la que protagoniza la señora April Wheeler en los cuarteles de su propia cocina.




    Cuando su marido, el señor Wheeler, sale todas las mañanas a trabajar como un zombi con su sombrero y su maletín, ella, April, mientras limpia los cacharros del desayuno y prepara la comida del mediodía, piensa en un futuro muy diferente del que les aguarda en su barrio residencial. La vida acomodada, rutinaria... y vacía. April Wheeler sueña con una vida en Europa, en París, que es la ciudad del amor, ahora que el suyo se les va marchitando poco a poco. Y eso que todavía son jóvenes, y guapos, y despiertan la envidia en el vecindario de las otras parejas. Algunos, incluso, los desean sexualmente en secreto... El señor Wheeler, de hecho, se está tirando a una secretaria hechizada por su gran parecido con el actor Leonardo DiCaprio, y April, aunque no lo sabe, y quizá no lo sospecha, es una mujer intuitiva que detecta el olor a podrido en el aire. París es la solución. La revolución francesa. Empezar de nuevo, soñar. Fingir que se conocen de nuevo en una tierra extraña, en un continente alejado, para que el amor brote como recién plantado, verde y fresco. Un autoengaño gozoso.



    Pero el señor Wheeler, ay, es un hombre de los de antes -y de los de ahora, también, en algunos ecosistemas- y su orgullo masculino no le deja ver más allá de sus narices. Si él está a gusto, viene a decir, todos estamos a gusto. Para qué cambiar. Los demás son planetas que giran a su alrededor, como un sol que irradiara la autoridad y la decisión última. Dónde vivir, cómo vivir, de cuántos hijos rodearse... El señor Wheeler no entiende que hay estrellas binarias que danzan una alrededor de la otra. El es como el Rey Sol, solitario en su trono. Le abruma, quizá, la responsabilidad, pero su orgullo se acuesta satisfecho y orondo cada noche. Y April, a su lado, con los ojos abiertos, incapaz de dormir, rumia una revolución no armada de fusil, ni de bayoneta. Ni de hueso jamonero, como Carmen Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Una goma. Una valentía. Una verdadera sedición. El planeta que toma conciencia, y se desvía de su órbita.


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Amelie

A estas alturas del siglo XXI está muy mal visto, y trae muy mal fario, que uno se declare enamorado de Amelie, la película, y de Amelie, la bella parisina.

    En la web de contactos donde uno busca al amor de su vida, muchas mujeres, en los tests que utilizan para descartar candidatos como si esto fuera el carnet de conducir, o el psicotécnico para una oposición, incluyen un ítem traicionero que pregunta si a uno le ha gustado la película. Yo siempre respondo que sí, que por supuesto, que menuda obra maestra, convencido de que tal predilección es un punto a mi favor, uno quizá decisivo, determinante, que marcará la diferencia con mis otros contrincantes, menos cinéfilos quizá, o menos sensibles al romanticismo. O más avergonzados, tal vez, en reconocer su lado infantil y soñador. Yo no tengo ningún problema en declarar que me emociono con la labor samaritana de la señorita Poulain, y que lloro, incluso, (también un poco despechado, ésa es la verdad), cuando Amelie consuma el amor con ese tontaina despeinado que recogía identidades rotas en los fotomatones. Pero ellas, mis pretendidas, tan ladinas y tan contradictorias, siempre marcan mi respuesta en rojo, como maestras del colegio armadas con un rotulador. Ellas, en realidad, sólo preguntan por la película para cazar al hombre que trata de engañarlas, dando por seguro que una respuesta afirmativa desenmascara al hombre poco sincero, deshonesto, proclive seguramente a otros engaños mucho más devastadores...



    Uno podría, por supuesto, cambiar de táctica, y empezar a responder que no, que Amelie me repele, y me enñoñece, y me parece ridícula en su formato, y en sus pretensiones. Uno podría presumir de cínico, de misántropo, de hombre curtido en mil batallas contra la realidad que no se deja seducir por estos cuentos de colorines donde reina la bonhomía -¿o debería decir la bonhembría- y la esperanza, el buen rollo y el happy end. Uno podría mentir como un bellaco, negar tres veces a Amelie Poulain antes de que cante el gallo de madrugada. En el amor, como en la guerra, vale cualquier cosa. Pero me temo, ay, que si yo respondiera con un no al ítem de marras, ellas, las mujeres que me juzgan al otro lado del biombo, también marcarían en rojo mi respuesta negativa, porque pensarían que menudo hombre éste, que quiere acceder a mi sofá, a mi mantita, a mi lecho del amor, y sin embargo se pondría a bostezar mientras yo lloro como una mocosa viendo Amelie en la televisión. 


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El navegante

Por una serie de casualidades que ahora no vienen al caso, Rollo -el pretendiente- y Betsy -la chica que le ha dado calabazas- navegan a la deriva a bordo del Navigator, un barco de recreo que se ha convertido en una prueba de supervivencia. Rollo y Betsy están solos a bordo, sin tripulación, sin fogoneros, sin cocineros que les preparen la comida. Ellos son gente de buena familia que no sabe ni freír ni un huevo ni preparar un café, así que aprovechan las conservas de la despensa para sobrevivir al primer día en el océano. Las latas se resisten, los gags se suceden, y con los estómagos medio vacíos y el orgullo algo tocado, Rollo y Betsy se preparan para pasar su primera noche en los camarotes.



    Si esto fuera una película porno, diríamos que El navegante ha tardado mucho tiempo en arrancar. Llevamos veinte minutos de metraje y aún no hemos visto ni un beso casual en las mejillas. Y eso que la situación -solitarios en alta mar, con decenas de camarotes a su disposición, y el bamboleo sensual del oleaje- es más que propicia para dar rienda suelta al instinto de la carne. Si hoy fuera viernes, y esto fuera el Canal + de mi juventud, Rollo y Betsy, a pesar de que son dos amantes desencontrados, terminarían por encontrarse al sentir el primer escalofrío de la brisa nocturna. Que si tú no sé qué, que si tú no sé cuál, y en el siguiente plano ya los tendríamos el uno junto al otro como Dios los trajo al mundo, cumpliendo paso a paso los protocolos establecidos en el cine porno, que empieza por aquí y termina por allá con una rigidez ritual muy parecida a la liturgia de los domingos, con sus ofrendas de pie, y sus plegarias de rodillas, y la larguísima carta a los Tesalonicenses escrita con saliva.



    Pero esto, no lo olvidemos, es una película de Buster Keaton, con sus trompazos y sus ocurrencias. Y con un piquito, al final, de los amantes reconciliados, que después de pasar las mil y una sobreviven a la casta travesía por los siete mares. Y eso que, en el momento más peliagudo de su aventura, tienen que vérselas con una tribu de indígenas que se quedan prendados de Betsy, y que hacen todo lo posible para subirse al Navigator con escalas de junco y troncos de palmera. El guión dice, para quitarle hierro al asunto, que son una panda de caníbales que no conocen la civilización. Nosotros, sin embargo, sospechamos que aquí había un gang bang escondido en el guión. Interracial, además.


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Siete ocasiones

Jimmy es un hombre feúcho, delgado, sin media hostia, que además está a punto de perder su negocio de agente bursátil. Todas la mujeres le ignoran, salvo Mary, que siente por él un amor callado y nunca declarado. Uno que es correspondido por Jimmy de la misma manera. Una dilación amorosa que les terminará condenando a la soledad... Tímido, sin un duro, sin atractivo para otras mujeres más decididas, Jimmy está a punto de tocar fondo.

    Pero Jimmy, después de todo, es un tipo con suerte. Una mañana recibe la noticia de que su abuelo moribundo -que no debe de ser un tipo muy honrado- le ha legado siete millones de dólares. De los de 1925. Pero el abuelo, que es un tipo desconfiado y conservador, ha impuesto una condición para que el nieto no derroche la herencia en mujeres y parrandas: deberá casarse antes de las siete de la tarde del día en que cumpla veintisiete años, y emplear ese dinero en crear un hogar, y en criar una prole. En perpetuar el apellido, en definitiva. No parece un asunto tan grave, lo de casarse, pero ese día señalado en el testamento es, justamente, el mismo en que Jimmy recibe la noticia...




    A partir de ahí se desarrolla la trama loca de Siete ocasiones, que es una obra maestra de Buster Keaton que no conoce el óxido ni la mugre. Por culpa de un malentendido, Mary, que era la candidata número uno al matrimonio, es la primera en abandonar la carrera. Así que Jimmy, apremiado por el reloj, se lanzará a las calles en busca de cualquier mujer dispuesta a aceptarle. Él sabe que está obrando mal, que está dispuesto a casarse sin amor con tal de cobrar los millones, y salvar su negocio. Así que, para redimir su pecado, decide no hacer alardes de su herencia, y se ofrece a las damas tal como es, tan parecido a Buster Keaton, a ver si suena la flauta por casualidad. Ellas, por supuesto, las desconocidas, le toman por un pirado salido del manicomio, y lo van rechazando una por una en cómicas situaciones.

    Hasta que Jimmy, desesperado, decide hacer pública su condición, y explicar su caso en el periódico local. Media hora después de que los chavales repartan la edición vespertina, hordas de mujeres vestidas de novia lo perseguirán por las calles disputándose su atención, sus ropas, sus besos, como si fuera una estrella del rock and roll. Jimmy no ha cambiado en absoluto, pero las mujeres ya lo ven de otra manera. La moraleja es evidente, y un tanto misógina, quizá. No sé si alguien se atrevería, hoy en día, a rodar un película donde mil mujeres alocadas persiguen al rico heredero por avenidas y barrancos. O una, contrapuesta, donde mil hombres persiguieran a la diosa del porno que les ha prometido locuras en la cama a cambio de contraer matrimonio, que vendría a ser el contrapunto masculino, el reverso de la trama. La cara B de nuestra superficialidad en asuntos sexuales. Es un debate abierto en el que no voy a entrar. Aún tengo ampollas de la otra escaldadura.

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Operación Cicerón

Este blog tiene muy poco color en blanco y negro porque me da miedo revisar el cine clásico. Es como despertar por la mañana y taparse los ojos para no ver al ligue de la noche anterior, por temor a descubrir, horrorizado, que fueron las luces de la discoteca, y las sombras de la madrugada, las que obraron el milagro de la pasión.
    A veces, en los canales de pago, descubro una película canónica que vi en la juventud con devoción de primerizo, y a los quince minutos me siento incómodo, como pillado en una impostura. Los clásicos tienen mucho de aforamiento, de respeto debido a los mayores. Muchos han sufrido la erosión evidente del tiempo: tienen grietas, muescas, fallos estructurales incluso. Son como ancianos que caminan muy bien vestidos, y conservan un aire aristocrático y distinguido, pero en cuanto se ponen a gesticular, a bailar, a contar un chascarrillo, se descubren fuera de época, y fuera de tono. Para un cinéfilo que se precie, el cine clásico es una asignatura obligatoria, pero no una obligación de entusiasmo. Muchas películas están en los cielos por lo que significaron en su momento, pero no porque sigan manteniendo la vigencia o la frescura.



    Hay dos películas de Joseph L. Mankiewicz que no han sufrido esta maldición de la decadencia. Que podrían rodarse otra vez mañana mismo, plano por plano, diálogo por diálogo. Mecanismos asombrosos que han sido preservados sin herrumbre ni humedad allá en los yacimientos arqueológicos de las filmotecas, o de las secciones marginales del DVD. Una es Eva al desnudo, tan recordada; la otra, Operación Cicerón, tan olvidada. En la neutral Turquía, en la primavera de 1944, los espías del Eje reciben la inesperada visita de un Santa Claus veraniego apodado Cicerón: un tipo que les trae jugosos secretos custodiados -es un decir- en la embajada británica de Ankara. Cicerón sabe que los nazis están desesperados por desentrañar la Operación Overlord, y les cobra sumas considerables por ir desvelándoles poco a poco los misterios. A Cicerón le importa una mierda quien gane la II Guerra Mundial, porque él es albanés, y eso es como ser de Mozambique en los tiempos de las Guerras Púnicas. Y le importa una mierda, además, el dinero, porque él, en realidad, todo lo hace por el amor de una mujer. Una muy guapa, aristócrata, inalcanzable para su estirpe de plebeyo. Operación Cicerón (y esto es un spoiler, querido amigo, o amiga) inspiró los celebérrimos versos de la canción:


Por el amor de una mujer
jugué con fuego sin saber
que era yo quien me quemaba.


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El hombre perfecto

Seducido por su título, me senté a ver El hombre perfecto con un cuaderno de apuntes sobre las rodillas, a ver en qué podía mejorar yo este cuerpo tan poco serrano, y esta imaginación tan poco resolutiva. Ahora que estoy de nuevo en el escaparate del amor, y que la competencia con los otros maniquíes se torna durísima y despiadada, me asomé a la película llevado por ese reclamo como de libro de autoayuda, como de artículo de la revista Muy Interesante, a ver si se me pegaba algo de ese tipo tan apuesto que aparecía en el cartel: un hombre joven, con gafas de sol, de barbilla dominante, vestido con un polo de sport como de ejecutivo que viniera de jugar al tenis, o al pádel, mientras su chica espectacular espera al borde de la piscina, tumbada en la hamaca. Un triunfador de la vida que seguramente podría ofrecerme unos consejillos apresurados para cultivar el cuerpo, estructurar la mente, y poner en práctica tres o cuatro tácticas infalibles para conquistar a las mujeres.


 
    Pero este tipo, Mathieu, el escritor frustrado que se apropia de la novela de un moribundo y alcanza las mieles fraudulentas del éxito literario -de ahí venía su pose tan chula en el cartel- es un hombre bastante imperfecto, para mi mal. Un auténtico hijo de puta, más bien. A los diez minutos de película ya tenía yo el cuaderno cerrado, y el bolígrafo encapuchado, los dos sin trabajo a mi vera en el sofá. Lo del hombre perfecto era una ironía, una cuchipanda, pero como no venía entrecomillada, ni escrita en cursiva, ni acompañada de un emoticono sonriente como en los mensajes del Whatsapp, uno se la creyó a pies juntillas, y cuando se dio cuenta de que allí no había aprendizajes ni recetarios, ya era demasiado tarde para abandonar la película. Porque, luego, la verdad, la trama de El hombre perfecto tiene su gracia y su miga, y de vez en cuando asoma por allí el espíritu orondo del maestro Hitchcock para darle suspense al asunto de la suplantación, cuando Mathieu es descubierto en su impostura, y se lanza a la carrera loca del mentir, y del asesinar...


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El fundador

Siempre que escucho la palabra "emprendedor" me entra un escalofrío por la espalda. Y ahora los sufro continuamente, porque estos tipos están muy de moda, y vienen jaleados por los tecnócratas, y hasta los políticos quieren convertirlos en una asignatura obligatoria para la ESO, Nosequé del Espíritu Emprendedor y Empresarial, en las autonomías donde los poderes públicos han dimitido de sus funciones y el grito de guerra es "sálvese quien pueda". Abres los periódicos, lees las noticias, escuchas las tertulias, y todo es un aplauso al emprendedor armado de corbata y maletín. El ejemplo a seguir, el macho a imitar, la hembra a reivindicar. El homo economicus del futuro. Lo que no dicen estos apologetas es que sólo triunfa un aventurado de cada cien, y que ése, el que se enseñorea sobre la pila de cadáveres y se golpea los pectorales como un mono ganador, suele ser un tipo de escrúpulos más bien escasos. Un fulano -o fulana- que funda una empresa, paga una mierda a sus empleados, evade impuestos por la puerta de atrás y luego, con los réditos acumulados, se compra un yate, un jet privado y dos o tres bellezones del último catálogo de lencería exclusivísima.




    El fundador cuenta las andanzas empresariales, emprendedoras, maletinescas, de Ray Kroc, el vendedor fracasado que un día conoció el McDonald's nº 1 en San Bernardino, se quedó con la boca abierta, tuvo una revelación casi religiosa al contemplar los aros dorados sobre el restaurante -como arcoiris celestiales. o aureolas de santidad- y con la fe ciega de un San Pablo de las hamburguesas convenció a los hermanos McDonald's de predicar la buena nueva de su negocio por todo el país. Las hamburguesas son muy importantes en la película, y además son muy nutritivas, y muy sabrosas, para desgracia de nuestra obesidad. Pero aquí, en la aventura de Ray Kroc, en la desventura de los hermanos McDonald's, la carne picada sólo es un mcguffin que hace avanzar la película. La historia de los restaurantes es interesante, curiosa, culturilla general para los usuarios que a veces pasamos por allí, o para los renegados que cruzan de acera con gesto de asco. Pero no es el meollo de El fundador. Lo que se cocina en la película, a los grados exactos de fritura, a las vueltas estipuladas en la parrilla, es el propio retrato de Ray Kroc: sus esfuerzos, sus traiciones, sus sueños, sus desengaños. Sus contradicciones. El retrato nada almibarado de un emprendedor que triunfó a pesar de todo, y de todos, imponiendo su inteligencia y su santa voluntad. Sus santos cojones, y su visión mesiánica. Y por el camino, los desplumados, los engañados, los descartados. Los traicionados. Los cimientos humanos de cualquier gesta empresarial. 



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Ariane

Me ha sucedido una cosa extraña con Ariane. La recordaba como una película bonita, bien hecha, menor en la filmografía de Billy Wilder. Audrey Hepburn sonreía encantadora y Gary Cooper ensayaba aposturas de galán en decadencia. Y se amaban sin esperanzas... Y de fondo París, la ciudad del Amor, y de la Luz, ahora que yo me he quedado sin ella.



    He visto Ariane casi por casualidad, porque la he encontrado de bruces en la estantería, sin recordar siquiera que la poseía. La he colocado en el DVD con cierta desgana, sólo para transitar las primeras horas de la tarde, que es cuando los recuerdos salen a dar su paseo por los bulevares de mi cerebro, y me clavan sus bastones de viejecitos que buscan el sol como reptiles. Y me distraen de lo que veo. En las películas de estos tiempos paso minutos enteros sin saber lo que me cuentan. Vivo en la Babia de mis penas, que no es la Babia real de las praderías, sino un campo de cenizas por donde pasó Atila con sus hunos, y con sus muchos. Enfrentado al televisor proyecto en él mis propias peripecias, que son muy de llorar, por dramáticas, y muy de reír, por ridículas, como de payaso metepatas y tristón. No tenía muchas esperanzas, con Ariane, de evadirme, de suplantarme, pero de algún modo se ha obrado el milagro de la anestesia, de la postura cómoda en el camastro. No, por supuesto, del olvido, porque la cicatriz es un costurón, y viene de lado a lado, y cuando no duele palpita. Y cuando no grita escuece.
   Viendo Ariane quizá he sentido, y comprendido, ciertas cosas que hace veinte años, cuando la vi por primera vez, no supe apreciar. Puede que en cuestiones de amor -y mucho más de amores imposibles, como el que siente Ariane por el señor Flannagan-, yo me haya hecho doctor, o catedrático, o al menos alumno aventajado, para seguir sus intrincados derroteros. O tal vez sólo filosofo, y desbarro, confundido por esta bruma, y en realidad todo es tan sencillo como que he vuelto a caer enamorado de Audrey Hepburn, y que la sigo como un corderito por cualquier película en la que sonríe. 


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Catastrophe, temporada 3

La catástrofe del título fue el embarazo no deseado de Sharon, la pelirroja irlandesa que una noche de marcha conoció a Rob, el grandullón americano que pasaba por Londres en viaje de negocios y depositó la semillita en lo que ambos pensaban que era un huerto baldío. Luego la catástrofe no fue tal: el embarazo fue aceptado, Rob cruzó el charco para mudarse, y el desliz del pene deslizándose se convirtió en el momento inaugural de un amor inquebrantable.

    La catástrofe de los gametos fue el punto de partida de una serie fresca, ocurrente, con diálogos de pareja enamorada pero conflictiva que hacía tiempo que no escuchábamos. Todos los que hemos lanzado y recibido puyas en el lecho precoital, o postcoital, nos reconocimos en esos lances de florete que van construyendo el nido de amor con ramas bien firmes y algunas más dubitativas. Rob y Sharon se odiaban, se amaban, se reían el uno del otro y al mismo tiempo se admiraban con una sonrisa. Unos días Rob tiraba del carro y otros Sharon tomaba las riendas: en el sexo, en el entusiasmo, en las naderías del día a día. En las decisiones importantes. Distintos, pero complementarios; jodidos, pero jodedores; muy suyos, pero muy entregados. Diáfanos, pero contradictorios. Peleados y reconciliados en un lapso de diez segundos, o de diez días, pero siempre de regreso. Soñadores en secreto de una vida distinta, de príncipe azul y princesa de rosa, pero siempre fieles y regocijados. Siempre abrazados al final de cada jornada. El amor...



    Ahora vamos ya por la tercera temporada, y cada vez nos reímos menos, los espectadores. Rob y Sharon se nos están haciendo mayores, tanto como nosotros, los cuarentones que les acompañamos en el declinar. En Catastrophe sigue habiendo sexo, y risas, y diálogos coñones que son para apuntar en el cuadernillo de las ocurrencias, pero la comedia está dejando paso al drama de los cielos grises. A la catástrofe verdadera, irremediable, que se nos llevará a todos por delante: el paso del tiempo. A Rob y a Sharon les están saliendo las primeras canas en el cuerpo, y las primeras arrugas en el espíritu. Se mueren los seres queridos, resurgen los viejos defectos, regresan las dudas extinguidas... Se les escapa la vida entre los dedos. Se deprimen. Se entristecen. Se buscan para curar las heridas pero no siempre se encuentran. Vuelven a soñar con otra vida posible. Caen en la tentación, en el pecado de orgullo. De aquel polvo vinieron estos lodos, piensan. Ahora viven arremangados, y enfangados hasta las rodillas, y tratan de arreglar los desperfectos. Continuará.


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Bone Tomahawk

El género del western, desde que hace veinte años le internaran en urgencias y le diagnosticaran una muerte inmediata, se ha vuelto un abuelete sanísimo que hace cien flexiones todas las mañanas, compra bolsas de naranjas en el supermercado y estampa las fichas de dominó con una fortaleza que a mí me rompería los veintisiete huesos de la mano. El western está hecho un chaval, y no tiene pinta de ir a morirse a corto plazo, para lamento de sus herederos. Cuando Clint Eastwood, en un último intento por salvarlo, rodó Sin Perdón y le salió una obra maestra como la copa de un pino, le insufló nueva vida en los pulmones, y en el hospital ya no hubo que echar mano de la máquina que hace ping, ni de la que hace pong, como aquella que trasteaban los enfermeros locos en El sentido de la vida.



    Visto que el abuelete estaba sanísimo, reverdecido, y que incluso trempaba cuando se le ponía delante una madurita de buen ver, los productores de Hollywood le han ido buscando novias con las que entrecruzarse, a ver si de ahí salía un vástago que diera frutos en taquilla. Al western le han emparentado con alienígenas, con viajes en el tiempo, con reflexiones futuristas como la que proponían en Westworld. A veces con fortuna y a veces sin ella. En Bone Tomahawk, un iluminado que responde al nombre de S. Craig Zahler ha decidido que al Far West le sentaba bien una tribu de indios antropófagos, unos muy salvajes, antediluvianos, que secuestran al hombre blanco para cortarlo en pedacitos y cocinar con él unos platos muy bastos que no ganarían jamás un premio en Masterchef. Dicho así, podría pensarse que Bone Tomahawk es una película pensada para los chavales, para que ellas entrecierren los ojos y ellos, muy chulitos, se rían a mandíbula batiente y las tomen cálidamente por los hombros. Pero a este cineasta inesperado le ha salido un western muy tradicional, muy mesurado, con el espíritu ecuménico de los hermanos Coen sobrevolando todo el metraje. Salvo cuando llega la hora de enfrentarse a los cocineros, claro, y aquello se convierte en el Holocausto caníbal revisitado.


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Ficción

Álex es un guionista en crisis que decide tomarse unos días de respiro en el Pirineo catalán, a ver si allí resulta más reconocible para las musas de la escritura, que, al parecer, con tanto tráfico, y tanta polución, y tanto artista creativo como pulula por Barcelona, no acaban de encontrarlo y de descender sobre su cabeza. En el Pirineo vive su amigo Santi, un veterinario de vacas y ovejas que se ha construido una choza por la que muchos mataríamos, y robaríamos, y nos dejaríamos hacer ciertas cosas, allá en los límites de la civilización donde sólo llegaba el Mistubishi Montero que un día, en el otro lado del mapa, encontró al abuelo de Majaelrayo.
    Pero Álex no es sólo un guionista sin ideas, un Barton Fink enfrentado al folio en blanco. También es un marido en crisis. Un cuarentón que pierde pelo, que descubre canas, que sonríe con desgana. Alex acaba de tener un hijo para remendar una red que encajaba goles con demasiada frecuencia. Quizá también huye de Barcelona para no caer en la tentación de la infidelidad, con tanta mujer guapa nacida en el terruño catalán, y tanta extranjera rubia que desembarca de los cruceros para remontar Las Ramblas. En Barcelona, que es una gran ciudad donde habita el vicio, puede que lanzarse a las calles para conculcar el matrimonio te lleve a una aventura parecida a la de Tom Cruise en Eyes Wide Shut, y hay que andarse con mucho ojito. Allí, en casadiós, en el hogar de su amigo Santi, no hay peligro alguno de fornicio. La única amiga disponible es Judith, que vive en el pueblo, y además gusta de acostarse con mujeres. Así que Álex lo tiene todo para concentrarse en su escritura: la paz del pene, el remanso del espíritu, y el silencio de los corderos.



    Pero los dioses son caprichosos, y juguetones, y cuando se aburren de sus propios asuntos, ponen su mirada en algún mortal atribulado. En Ficción, para reírse un poco del pobre Álex, le hacen coincidir en su monacato provisional con Mónica, que es una mujer preciosa -y una violinista precisa- que ha sido invitada a pasar unos días en casa de Judith. A los dos les basta una mirada para enamorarse, y una sola conversación para saber que su amor será imposible. Mónica está casada, es monógama, y permanece fiel bajo cualquier circunstancia. Hace unos años se hubiera llevado a Alex al huerto ecológico de la parte de atrás, pero ahora es una mujer madura y responsable. Y Álex, que a veces nota la duda en su mirada, que podría insistir para forzar un poco la situación, recuerda en cada beso guardado, en cada mirada huidiza, en cada mano encogida, que tiene un hijo de meses que ha nacido allá abajo, en Barcelona, para redimirlo de sus faltas. 



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La ley del deseo

Hay algo muy visceral que me une a Pedro Almodóvar cuando habla de amores y desamores. De deseos satisfechos o contrariados. Y no importa que sus películas las protagonicen, por lo general, homosexuales atribulados que buscan su lugar y su oportunidad. La ley del deseo es la misma para todos. De otros directores veo sus películas y no termino de conectar con sus amantes acuciados por los celos, o perseguidos por las dudas. Les entiendo, pero no les siento. No se me eriza el vello, ni se me descompone el gesto. Ninguna lagrimilla furtiva se asoma a mis ojos. Y eso que a veces la circunstancia es muy cercana, muy personal. O que la chica es una belleza por la que uno también sentiría esas palpitaciones locas de su requebrador. Pero esa no es la cuestión. Los amantes que retrata Pedro Almodóvar son cárnicos, tridimensionales. Veraces. Se les enciende la cara de deseo o se les apaga la sonrisa de amor como uno lo ha visto cien veces en la vida real. Almodóvar sabe de lo que habla, y sabe como exponerlo. Lo mismo cuando lloran de felicidad que cuando lloran de desconsuelo, noto que sintonizo con sus criaturas, y que algo se me revuelve en las tripas cuando en las suyas revolotean las mariposas, o se presienten las tragedias.



    Veo esas escenas de amor entre dos hombres que a otros todavía escandalizan, o sacan la sonrisilla tonta, y a veces, como hoy mientras veía La ley del deseo, me olvido de que los amantes están buscándose las entrañas a su modo muy particular y respetable. Los amantes que se lían y se deslían en La ley del deseo huelen a sudor, rezuman fuego, sonríen complacidos, se reprochan con carácter. Tienen miradas de anhelo, y miradas de odio. Me los creo. Y me emociono. Y aunque a mí no me va esta vaina, y la película se cae a veces por el terraplén del culebrón, me sorprendo a mí mismo dándole vueltas a mis propios amores. A mi desamor, más bien, que últimamente me trae por la calle de la amargura. 



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Con faldas y a lo loco

Las películas como Con faldas y a lo loco siempre las veo con un diablillo sentado sobre mi hombro. Un miniyo mal afeitado, y de gesto sombrío, que compra entrada y palomitas cuando la película es un clásico venerado. Cuando suenan las fanfarrias de los viejos estudios, el diablillo trepa por mis entrañas, se sienta al lado de mi oreja, y empieza a tocarme, figuradamente, las pelotas.  Él sólo viene a reírse, a sacar defectos, a soltar maldades. Viendo Con faldas y a lo loco me ha repetido diez veces que algunos gags se han quedado desfasados, y que los señores travestidos ya no arrancan las carcajadas del respetable. Que es intolerable, además, en los tiempos que corren, hacer comedia con unos personajes que se pasan el día pellizcando el culo de las señoras, y que luego soportan sus desplantes, o sus bofetones, con la sonrisa bobalicona de quien cree encontrar una gata salvaje y respondona. A veces, mi diablillo, tiene un ramalazo muy feminista; y yo, a veces, por supuesto, tengo que darle la razón.




    Mi diablillo es un nihilista de las películas antiguas, un iconoclasta del cine clásico, y quiere que yo exponga aquí sus argumentos para que me fustiguen los ortodoxos, y me bostecen los heterodoxos. Es tan malintencionado, y tan cabroncete, que me ha llegado a susurrar que los pechos de Marilyn Monroe no son simétricos del todo. Que aun sabiendo que, en puridad, nunca existen dos iguales en la naturaleza, uno de los de Marilyn apuntaba más o menos hacia delante, y el otro, ya no sé si el izquierdo o el derecho, erraba el tiro en un ángulo evidente y mensurable. El diablillo me ha tirado de la oreja cuando ella se vestía para cazar millonarios, o cuando cantaba I wanna be loved by you con esa transparencia de vértigo en el hotel Ritz. He tenido que decirle por dos veces que sí, que tenía que razón, pero que no eran sus pechos, sino los vestidos, que se los ponían tan ceñidos que de puro oprimirlos los dislocaban. Y el diablillo, viendo que yo no estaba muy receptivo a sus apostasías, y que tratándose de Billy Wilder casi siempre hago oídos sordos a su quejas, se ha quedado callado el resto de la película, tomando notas misteriosas en su cuadernillo. Sólo al final, en las persecuciones tontorronas del hotel, ha vuelto a suspirar irónicamente. Había ahí mucho slapstick, mucho resbalón, mucho encontronazo tonto para regocijo de las mentes simples. Y yo le he sonreído de soslayo. 


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Silencio

El cristianismo de la antigüedad se expandió como un virus del espíritu porque su mensaje era esperanzador, y su práctica un chollo para los creyentes. El Paraíso a cambio de la fe en Jesucristo. Y poco más. Ir a misa los domingos, cumplir la fiestas de guardar, y no morirse justo después de haber cometido un pecado mortal. Un poco de esfuerzo y un poco de suerte. Una enseñanza simple para las gentes sencillas. Las demás religiones del momento eran farragosas, o confusas, o solo para iniciados. Hablaban de un Más Allá poco detallado, o no hablaban de él en absoluto, y los fieles recelaban de sus sacerdotes. Los dioses únicos solían ser unos tipos vengativos, y los dioses plurales unos libertinos que vivían a su puta bola en la trastienda de las nubes. El cristianismo caló entre los pobres porque aseguraba que la miseria sólo era un inconveniente pasajero, y caló entre los ricos, precisamente, porque no cuestionaba la explotación del miserable, y toda justicia y resarcimiento los fiaba al más allá del Reino de los Cielos.



    El cristianismo apuntalaba el orden social y prometía una vida eterna, y con estos dos cañones indestructibles tomó el mundo por asalto. Sólo fracasó en las arenas del desierto, donde una horda de monoteístas prometía sexo celestial para los hombres. Y, varios siglos después, volvió a fracasar en la cultura impermeable del Japón. A su llegada, los jesuitas del general Francisco ganaron terreno en las playas, y en los primeros pueblos de interior, como marines desembarcados en barcazas bendecidas. Pero Japón era un terreno donde el cristianismo, a la larga, no podía arraigar. Los japoneses para empezar, no creían en ningún dios: sólo en la Naturaleza, el sol y las rocas, los árboles y el agua. La idea de un señor barbudo que administraba premios y castigos les parecía tan extraña como la presencia de los propios occidentales. Las gentes sencillas se bautizaban porque eran miserables, y los jesuitas les prometían ríos de leche y miel en el Paraíso. Los shogunes se alarmaron. A ellos no les molestaba la doctrina católica, sino los católicos que la predicaban. Con los curas venían los comerciantes, y con los comerciantes los guerreros, y celosos de su independencia frente a occidente, se emplearon a fondo para erradicar el cristianismo de sus playas.

    En Silencio hay mártires, torturas, dudas existenciales. Jesuitas que predican hasta el final y jesuitas que abjuran de su fe asustados ante el dolor. Y sobre todo, hay mucha perplejidad ante el silencio de Dios, que reinaba sobre todas las cabezas, las sostenidas y las cortadas. Los japoneses, budistas o sintoístas, nunca esperaron escucharle. 



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El gran Lebowski

Dos mil años después de que Jesús predicara en el lago Tiberíades, nació, en la otra punta del mundo, otro profeta que también predicaba la paz fraterna, y el amor universal. La concordia entre los pueblos. El hombre se llamaba Jeff Lebowski, y el apodaban el Nota, y en sus tiempos de juventud, allá en la Universidad, mientras otros se aislaban en sus estudios y se preocupaban por el futuro, él salía de manifestación con una pancarta en la mano y con un porrete en la otra, para protestar contra la guerra de Vietnam. El Nota dio su ejemplo, tuvo sus discípulos, predicó entre las gentes, pero su mensaje se diluyó entre tantos profetas similares. California, en los años setenta, como la Judea del siglo I, era una tierra propicia para el sermón y para la revuelta. Es por eso que el Nota, incomprendido, se refugió varios años en el desierto.



    Al regresar vino con otro mensaje, y con otras pintas. Inspirado en el Jesús de los evangelios, que también retornó transfigurado de sus tentaciones, el Nota se dejó el pelo largo, y la perillita, y se vistió con ropas holgadas a modo de túnica. Y se puso unas chanclas de piscina como sandalias de la antigüedad, que solo se quitaba para enfundarse los zapatos de la bolera. El Nota predicaba una paz diferente, interior. La paz del espíritu. Una cosa como budista, como oriental, aunque los vodkas fueran de Rusia, y los petas de Jamaica. Con solo dos discípulos llamados Walter y Donny, un excombatiente y un exinteligente que lo siguieron en su peregrinar, el Nota fundó una religión que ha llegado hasta nuestros días, el dudeísmo, tan válida como cualquier otra que sermonea nuestros males. El dudeísmo, que está en plena expansión de feligreses, predica el no predicar, y el practicar lo menos posible. Simplificar la vida, llevarlo tranqui, pensárselo dos veces. Y a la primera inquietud, un porrete, y unas pajillas, y un ruso blanco de postre, para serenar el ánimo alterado. Vive y deja vivir, tío. Hakuna matata. Serénate. Respira hondo. Deja que fluya. Porque al final todo se reduce a eso: a estar a gusto con uno mismo. A que llegue la hora de dormir y los perros del estómago no se pongan a ladrar. Llegar a la almohada sin remordimientos ni malos pensamientos. Cerrar los ojos y dejarse ir con una sonrisa de niño, bobalicona. La felicidad no es más que eso, tan sencilla como un pirulí, tan inalcanzable como las estrellas. Por eso todos seguimos al Nota, y escuchamos sus enseñanzas. Y por eso, una vez al año, como en una fiesta de guardar, nos ponemos el DVD, o el streaming, o la televisión de pago, para celebrar una eucaristía y una partidita de bolos en conmemoración suya. Donde quiera que esté, el Nota, a sus sesenta y tantos años: encorvado en el bowling, o fumado en la bañera, o tumbado en su alfombra mientras escucha a los Creedence Clearwater en su walkman de mil pilas gastadas.


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La naranja mecánica

La naranja mecánica habla sobre la violencia, y sobre el libre albedrio, y en ambos casos se ha quedado tan vieja como muchas filosofías del pasado. Si sus postulados ya han perdido interés y validez, dentro de cien años, cuando las películas de Kubrick sean rarezas arqueológicas como ahora lo son las fantasías de Méliès, no te digo nada. Será como leer aquello que decía Descartes sobre el alma humana, que según él residía en la glándula pineal, pero sólo en los tiempos del estío, mientras dura la vida.



    Los debates que propone La naranja mecánica huelen a rancio, a pis reseco. Hace mucho tiempo que el conductismo se retiró de su cátedra para vivir un plácido retiro en el campo, cultivando hortensias y recorriendo los senderos con un cazamariposas. Sus terapias nunca cambiaron a nadie de verdad. Sus monsergas sobre el condicionamiento jamás superaron al perro de Pavlov. En lo que a seres humanos se refiere, sólo sirvieron para que la gente aprendiera a comportarse en un contexto determinado. A esquivar ciertos castigos, y a obtener ciertas recompensas. Y nada más. Cálculo y disimulo. Cien bofetones, o cien golosinas, jamás sirvieron para que un hijo o un alumno dejara de ser como es. Los sistemas basados en correctivos o en gratificaciones sólo enseñan a encubrir, a no meter la pata. Fuera de los focos, de la vigilancia, cada uno vuelve a ser como dios le trajo al mundo, libre como un animalillo. El experimento Ludovico que en La naranja mecánica pretende haber borrado los impulsos violentos de Álex, sólo es una mandanga psicológica que estuvo muy de moda por aquellos tiempos.



    Y luego está lo del libre albedrío... El libre albedrío, el pobrecico, ya no está entre nosotros. Él también se retiró de su cátedra -que en su caso era doble, filosófica y teologal- para dedicarse a recoger caracoles en el campo, y a contemplar la obra magnífica de Dios. Pero duró muy poco en su pacífica jubilación. Freud ya lo había herido de muerte en un duelo que mantuvieron en los tiempos locos de la  juventud. La existencia del subconsciente fue un descubrimiento tan humillante para el ser humano -y para el libre albedrío- como la teoría de la evolución, o como la cosmología renovada de Copérnico. Pero tuvieron que pasar muchas décadas antes de que la ciencia moderna -que te pone unos electrodos en el cráneo y te saca todas las vergüenzas a la luz- demostrara que, en efecto, antes de ser conscientes de haber tomado una decisión, esa decisión ya está tomada en nuestros fogones. Nosotros sólo quitamos la campana para ver qué nos han servido esos cocineros silenciosos que urden nuestras decisiones. Si la gran cuestión de La naranja mecánica es si Álex puede optar entre el bien y el mal, entre la mesura y el pasote, entre la civilización y la barbarie, el bostezo filosófico se adueña rápidamente de nuestras mandíbulas, y ya sólo reparamos en la estética un tanto kitsch y barroca de la película, que también tiene, por cierto, algo de demodé, y de sobrepasado.
    La naranja mecánica tuvo su momento de gloria porque salían violencias nunca vistas, y pechos inusitados, y palabros provocativos que eran de mucho escandalizar. Y hasta un ménage à trois rodado sin filtros ni ángulos ciegos, aunque eso sí, pasado a la velocidad espídica de la decencia. Pero ahora, cuarenta y tantos años después, los espectadores modernos ya estamos curados de tales espantos, y ni siquiera eso nos queda de la película. Qué le vamos a hacer. 



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En la ciudad

Los personajes de En la ciudad son unos pijos que viven en los áticos carísimos de Barcelona, y también en los áticos muy frívolos del amor. Aquí, en las provincias, en los pisos bajos, la pareja es un asunto muy serio que se trabaja hasta las últimas consecuencias. Cuesta sudor y lágrimas encontrar alguien que soporte tus manías y tus defectos. Tus virtudes tan grises. El amor es un bien muy apreciado en estos sistemas exteriores de la galaxia, aunque sea igual de complicado, de contradictorio, de enrevesado, que en la película. Pero nos partimos la cara por él hasta el último instante. Ellos, los tipos y tipas de la película, no. Los personajes de En la ciudad son treintañeros, son guapos, tienen posibles. Cuando sus matrimonios o sus noviazgos caen enfermos con las primeras fiebres, ellos y ellas se lanzan a las calles a buscar un amor de sustitución. Como Tom Cruise en Eyes Wide Shut, más o menos. Fidelio. Sólo tienen que dejarse caer por los garitos, tan bien vestidos, y tan bien peinados como están. Tan esbeltas, ellas, y tan hermosas. El amor les interesa, sí, pero sólo si funciona. Si va sobre ruedas. Si da la lata, si toca los cojones, si corta las alas en demasía, prefieren comprarse otro. Como cuando compran otra tele, u otro coche, o se cambian de apartamento. Los pijos de En la ciudad a veces se desengañan, a veces perseveran, a veces se van. A veces se quedan, a su pesar. En las provincias esto no funciona así. Nosotros cuidamos nuestras relaciones hasta el último instante. Las remendamos, las repintamos, las remozamos. Las internamos en el hospital, en la UVI. Las reanimamos cardiopulmonarmente. Hasta que ya no se puede más. Cuando las damos por terminadas, y las tapamos con una sábana, sabemos a lo que nos exponemos. Afuera hace mucho frío, y hay mucha indiferencia. Mucha herida. Mucha desconfianza también. Son barrios bajos los que habitamos, poco iluminados y acogedores. Aunque caliente el sol por las mañanas, en las provincias, a la intemperie, siempre es invierno.

    La película, por cierto, es cojonuda.


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