Cine

Acabo de cumplir cuarenta y cinco años. En todo este tiempo han pasado muchas personas por mi vida: seres queridos que se fueron, y amigos del alma que se difuminaron. Una compañera que dijo adiós tras mucho caminar. Un hijo que está a punto de abandonar el nido. Un amor de madurez que lo prometía todo y al final chocó contra los acantilados. Decenas de vecinos, de conocidos, de compañeros de trabajo, con los que una vez conversé, discutí, me descojoné de la risa. Gentes de paso que a veces, todavía, hacen de actores secundarios en mis sueños enrevesados.
    He vivido en varios sitios por motivos de trabajo: en mesetas y montañas, en secanos y humedales. Al final me he quedado aquí, en el valle, a la espera de que llegue la jubilación, o la muerte, la primera que aparezca. No he viajado mucho, esa es la verdad.
    He estado mucho más gordo que ahora, y mucho más flaco también. Una vez soñé con ser escritor; otra con ser crítico de cine. Ahora sueño con no enfermar, y con encontrar el amor de mi otoño destemplado. He vivido épocas sin Copas de Europa y épocas de triunfos gloriosos que me sacaron a la calle a dar gritos como un chimpancé vestido con camiseta. Esto es lo que hay.
    He llevado una vida trivial, de las que hay a millares caminando por las aceras. He reído y he llorado. Me han operado dos veces. He tenido algún orgasmo digno de recordar. A veces me ha embargado la alegría de vivir y me he vuelto loco de contento; otras, como ahora, me pregunto en tono lastimero si esto era todo, y si la biografía puede terminarse mucho antes que la vida.
    Pero remontaré, supongo, como los salmones contra la corriente. Hasta que se acabe el río, o se agoten mis fuerzas. He vivido mil peripecias tontas, y me he cruzado con mil personajes diferentes. Y al final de cada día, desde que tengo memoria, lloviera o escampara, siempre he tenido una película esperándome en el sofá, o en la butaca. El cine es el hilo conductor de mi vida. Jodido o contento, enamorado o abatido, de niño o de mayor, siempre he tenido las películas para esconderme de la tormenta, si venían mal dadas, o para atemperar las ilusiones, cuando la vida sonreía con una insistencia sospechosa. El cine atraviesa todas mi épocas, todas mis gentes, todas mis circunstancias. Cuando todo lo demás se derrumba, o desaparece, o toma otro derrotero, el cine permanece. Cuando la vida ya no sabe a nada, sólo a ceniza y a remordimientos, el cine obra el milagro diario de la resurrección. Es cierto que uno está cada vez menos vivo, pero está. Y eso es gracias al cine. Él es mi asidero, mi escondrijo, mi caja de cartón. Mi tabla de salvación. El cine es, literalmente, mi vida. 


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Un doctor en la campiña

Uno, en sus tiempos de juventud, quiso ser un maestro rural perdido en las montañas, o exiliado en el páramo. Como el doctor de la película en la campiña. Dar clases en un colegio humilde, a chavales sencillos, que luego por la tarde fueran mis vecinos entrañables, o mis tocapelotas insufribles. Vivir en una casa, y no en un piso, con una chimenea para el invierno y una bodega para el verano. Conocer a una bella lugareña que comprendiera mis manías y me ayudara a encontrar los senderos: los reales del lugar, y los metafóricos del alma. Cuidar de un huerto, quizá, o de unos árboles frutales, y pasar los fines de semana paseando por el monte. Con un perro, o con dos, para que se hicieran compañía. Criar a mis hijos un poco como el Captain Fantastic de la película, sin llegar a esos excesos del cuchillo de supervivencia, y de la cabaña hecha con palos. Vivir lo rural, all right, pero sin pasarse de la raya. Instalar una parabólica en el tejado para no perderme los partidos del Real Madrid, ni las películas del Canal +. Pasar algún fin de semana en la gran ciudad para intoxicar un poco los pulmones, y ver alguna película en la pantalla grande de los cines. Renegar de la urbe a las 48 horas exactas de haber llegado, justo para emprender el retorno feliz.



    Me hubiera llevado de puta madre con Jean-Pierre, el doctor de la película, que también vive su vocación lejos de los hospitales rodeados de polución. Un tipo que ha encontrado su lugar cuidando de sus ancianitas, de sus garrulicos con boina que también los hay en la Francia profunda para cultivar la viñas y cuajar los quesos. El doctor y yo hablaríamos de fútbol, y de mujeres, y de cuestiones de salud, por supuesto, allá en la taberna de los convecinos. También de libros, claro, y de películas. Seríamos camaradas de un aislamiento cultural que a veces compartiríamos con el señor cura, cuando tuviéramos humor y ganas de aguantarlo. Algún día, para rebajar el tono pedante, nos invitaríamos a cenar para ver un gran partido de fútbol, en esa camaradería algo simiesca de los hombres. Nuestras mujeres, mientras tanto, se descojonarían de nosotros por detrás, y se confesarían maldades e intimidades de alcoba para ponernos verdes y dejarnos un poco en ridículo. Así deben de ser las cosas. 



    Habría sido una vida feliz, y una amistad legendaria, allá en la campiña. Pero yo nací demasiado tarde. Los médicos rurales como Jean-Pierre siguen levantándose cada mañana para atender a sus pacientes, pero los maestros montaraces hace ya mucho tiempo que se extinguieron. Como dinosaurios innecesarios. Cuando yo llegué a la profesión los niños desaparecieron, o no llegaron ni a nacer, y en esos mundos idílicos sólo se quedaron los muchos ancianos y los cuatro lugareños. El mundo agropecuario ya no necesitaba maestros vocacionales, y yo tuve que buscarme las habichuelas en este otro sitio que no es campo ni ciudad, que no es chicha ni limoná. Que es el consuelo pobre que se me quedó de aquellos sueños de juventud.


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Westworld

Westworld es un parque temático enclavado en el mismísimo Monument Valley donde John Ford rodaba sus películas de vaqueros. Los turistas, muy selectos, pagan una pasta gansa por vivir la experiencia única del Far West: caminar por la calle polvorienta armados de pistolas; entrar en el saloon dando una patada a la puerta batiente; presumir de asesinatos ante el barman calvorota que sirve whisky peleón. Liarse a hostias con el primer desafeitado que cruza la mirada y luego curar las heridas con las prostitutas que esperan solícitas en el primer piso.



    Westworld también ofrece otras actividades lúdicas a sus clientes, como ir a buscar oro con los mineros, o adentrarse en las tierras salvajes de los indios, pero los turistas, en su mayoría, prefieren quedarse en el poblado a descerrajar tiros y luego echar un polvo para aliviar la tensión. Alguno podría pensar que para este viaje no hacían falta tantas alforjas: que total, para disparar un arma, y satisfacer los bajos instintos, existen mil sitios en el mundo real que son más baratos que esta recreación casi almeriense de los poblachos ultramisisipianos. Pero no es lo mismo: la gracia de Westworld es que allí no rige ninguna ley -como casi no regía en el Far West original-, y que el turista, básicamente, puede hacer lo que le dé la gana con sus residentes, que no son actores contratados como en el Tren de la Bruja, o como en la Casa del Terror, sino robots de alta tecnología que se prestan a cualquier abuso porque están programados para la indefensión, y además van armados con revólveres de fogueo.



    Westworld, aunque haya alcanzado la pericia biónica de los Nexus 6, y cuide los detalles al máximo para que ningún friki pueda quejarse de inexactitudes históricas, en realidad es un asco de sitio donde todo se reduce, esencialmente, a que un turista borracho lo siembra todo de cadáveres y varios operarios salen por la noche con las mulillas a recoger los destrozos, como si de una corrida de toros se tratase. Plasma y arena. Un divertimento chusco y algo cañí. Y lo peor no es eso: lo peor es que Westworld, la serie, tampoco responde a las expectativas que crearon los articulistas en sus foros, y los amigos de morro fino en sus recomendaciones. Será que estoy viviendo una mala época, o que la serie me ha entrado por un mal sitio del ojete. No lo sé. Llevo tres episodios reprimiendo los bostezos y al final he decidido bajarme del caballo. Me quedaban otros siete episodios por cabalgar, y otros diez de la segunda temporada que ya están anunciando a bombo y platillo. Demasié para mi body, que está hecho de carne molida y huesos muy poco pacientes.
    Supongo que en los próximos fascículos la conciencia se irá abriendo camino entre los robots como la vida se abrió paso en aquel otro negocio desastroso de Parque Jurásico. Supongo que en algún episodio intermedio, dada la rebelión incipiente de los sirvientes, los responsables de Westworld enviarán al teniente Deckard para dar caza a los díscolos que reclaman encontrarse con su creador. Supongo que esta mezcla extraña entre las 800 balas de Alex de la Iglesia y la Ex Machina  de mi amada Alicia Vikander terminará como el rosario de la Aurora, y que quizá, como me siguen asegurando los entusiastas, los últimos episodios merezcan mucho la pena. Pero son muchas millas las que me quedan para llegar hasta allí, y el paisaje, por lo que adivino en el horizonte, va a ser igual de aburrido. Tiros a mansalva, diálogos grandilocuentes, personajes indescifrables... Sólo la belleza de Evan Rachel Wood -que es tan hermosa que te funde los plomos metafóricos- me distraía de la realidad amarga que me oprime el pecho. Quizá no era el momento de ponerse a ver Westworld. A veces no falla uno, ni la serie, sino el contexto. 



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Land of mine

En octubre de 1944, con el ejército alemán batiéndose en retirada, Hitler aprobó un decreto que exigía a todo hombre mayor de dieciséis años, y menor de sesenta, incorporarse a filas y defender las fronteras del Reich. El decreto Volkssturm fue el desesperado intento de ganar una guerra que ya estaba perdida. Cuando ésta terminó, miles de adolescentes que vestían la casaca de la Wehrmacht fueron hechos prisioneros por los ejércitos enemigos. Algunos chavales tuvieron la suerte de ser devueltos a casa con prontitud. A otros, como les sucede a estos pobres desgraciados de Land of mine, les esperaba un futuro casi peor que la propia guerra. Y no, precisamente, en los parajes tan denostados de la Rusia soviética, donde millares de prisioneros desaparecieron en los campos de trabajo. La película transcurre en Dinamarca, en las playas sembradas de minas que los propios alemanes habían colocado para impedir el desembarco continental de los aliados. Contraviniendo todos los tratados y todas las convenciones, los chavales del Volksstrum fueron obligados a limpiar las playas armados de palos, cuerpo a tierra, identificándolas y desactivándolas una por una. Cayeron, por supuesto, como moscas. Más de la mitad fallecieron o fueron desmembrados tras las explosiones.





    Land of mine, en cierto modo, viene a desenterrar una mina explosiva que permanecía escondida en el pasado de los daneses. La película es digna, meritoria, recomendable para las amistades, pero tampoco es la octava maravilla de su cinematografía. Si ustedes leen alabanzas desmedidas, epítetos altisonantes, pónganse en alerta. Puede que al crítico en cuestión le haya gustado sinceramente el espectáculo. O puede que Land of mine le venga de perillas a su periódico para seguir metiéndose un poco más con los escandinavos, y cuestionando el "supuesto milagro" de sus sociedades y economías. Raro es el día que uno, en los últimos tiempos, abre los periódicos digitales y no se encuentra con un "estudio" que "demuestra" que los nórdicos son unos depresivos, unos alcohólicos, unos pijos insufribles que viven entregados a los placeres pequeñoburgueses. Unos salvajes amansados que llevan oculta la genética depredadora de los vikingos.  Los nórdicos -vienen a decirnos los redactores neoliberales- han desarrollado una sociedad igualitaria y paritaria que es el sueño de las clases medias europeas, pero en el fondo, por mucho que disimulen, están podridos por dentro. Y son capaces de cometer cualquier gilipollez. O cualquier barbaridad. La de Land of mine, sin ir más lejos.


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Preacher

Preacher es una serie sobre el silencio de Dios. Una cosa muy seria, y muy profunda, aunque en principio parezca la adaptación gamberra de un cómic ultraviolento, con mucho tiro descerrajado y mucha víscera saliéndose de sus contenedores.
    El predicador es Jesse Custer, un exconvicto que aterriza en un poblacho de Texas para iniciar una nueva vida. El sólo quiere hacer el bien entre los feligreses, explicar la palabra de Dios a su manera y alejarse muchas millas de las tentaciones. Llevar la vida serena del pastor que se levanta por las mañanas reconciliado con la Creación, y se acuesta por las noches satisfecho consigo mismo. Pero Annville, su parroquia, no es un lugar cualquiera. Allí hay una puerta cósmica que comunica la Tierra con el Cielo y con el Infierno. Un agujero de gusano por donde suben y bajan las criaturas celestiales y las bestias del Averno. Y sus hijos contranatura... Annville es también el  lugar donde van a parar los vampiros borrachos que se caen de los aviones; donde rige la ley de un terrateniente loco que sólo cree en el dios de la Carne; donde reaparecerá, para terminar de enredarlo todo, Tulip, la exnovia del predicador, vieja compañera de correrías que todavía no ha soltado las pistolas y tratará de devolverlo a la vida aventurera de la carretera. Como tantos otros urbanitas que se mudan al campo para buscar la tranquilidad y acaban topándose con los cencerros y con los gallos de las cinco de la mañana, Jesse se encontrará atrapado en un lugar donde es imposible hallar el descanso.



    En ese lugar que parece un sindiós, Jesse invocará al mismo Dios ausente para poner orden y concierto. Es más: poseído de una fe ciega que lo vuelve invulnerable, Jesse cree tener a Dios mismo dentro de sus entrañas, y obrar milagros a través de su influencia. Pero Dios, al final, no era tal, sino una criatura caprichosa que sólo contribuye al enredo y a la confusión. Mientras se suceden los crímenes y los pecados, las venganzas y las mutilaciones, el Dios que todos anhelan guarda silencio. Como sucede en cualquier época, y en cualquier lugar. Es por eso que Preacher, en el fondo, despojada de sus excesos, es en realidad otra película de Ingmar Bergman donde sus personajes se ponen la mano en la oreja para escuchar mejor la voz del Señor, que nunca llega. Como radioaficionados sin suerte. Como ancianos sin sonotone. Un silencio que siembra las dudas y que inquieta los corazones. Que sólo deja la esperanza de la fe para los creyentes que no se rinden, o la práctica cotidiana de la indiferencia, para los que ya desistimos hace tiempo.


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Una pistola en cada mano

Yo tenía un amigo que de chaval, cuando veíamos el porno clandestino en los salones sin vigilar, se excitaba tanto con lo que veía, se ponía tan verraco por abajo y tan enrojecido por arriba, que se acariciaba el bulto del pantalón mientras decía, con un tono de chiste y de gran drama personal al mismo tiempo: "¡Dios, quién pudiera tener dos pollas!" Como si la única que le fue otorgada por el Creador no le bastara para dar salida a tanto deseo, superado por el número de mujeres que veía en pantalla, o sobrepasado por la temperatura de una caldera interior que necesitaba dos válvulas para aliviar tanta presión acumulada.



    He recordado a este sujeto entrañable mientras veía Una pistola en cada mano, que es el retrato de varios cuarentones barceloneses que viven un poco así, con dos pollas remetidas en la bragueta. Una, la real, con la que cometen sus infidelidades o santifican el lecho conyugal, según como vengan los aires del Mediterráneo. Con la que a veces cumplen como campeones y otras, por las cosas de la edad, se quedan a media escalada como un abuelete precoz que sufriera la contaminación y el estrés de la gran ciudad. Y luego la otra, la polla virtual, con la que siempre fantasean una peripecia que no es la que les mantiene ocupados en el momento: si están con la amante, porque echan de menos a su mujer, y si están con su mujer, porque echan de menos a su adulterio. O si la polla titular languidece, o no tiene consorte, para imaginar otros mundos de grandes éxitos en la cama.
    Mi amigo de la adolescencia no sabía que, en cierto modo, los hombres sí hemos venido al mundo con dos pollas. Y también con dos inteligencias, y con dos de casi todo, como decía Javier Bardem en Huevos de oro. Una inteligencia es la del sobrevivir, la que nos ubica en el mapa y nos permite hacer cálculos aritméticos. La otra es la emocional, una que ni siquiera sabíamos que existía hasta que un buen día la descubrimos leyendo los suplementos dominicales. Por eso somos tan torpes con ella, y las mujeres nos dan mil vueltas en su manejo. Ellas, las muy lagartas, que sabían de su existencia desde los tiempos de Maricastaña y no nos dijeron nada del asunto... Es por eso que en el mundo real, como en el mundo de la película, los hombres siempre quedamos un poco ridículos cuando hablamos de sentimientos. Balbuceamos, dudamos, nos contradecimos. Se nos ve poco sueltos, poco cómodos, como si hiciéramos pinitos en un idioma desconocido. Pero últimamente lo estamos intentando, y nos esforzamos, y hay mujeres que eso lo valoran mucho. Toca perseverar.




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¿Qué he hecho yo para merecer esto?

¿Qué he hecho yo para merecer esto? es el lamento universal de las personas infelices. Lo gritamos aún a sabiendas de que sólo es un desahogo, porque no todo va a ser culpa de los demás, por supuesto, o del destino. Somos nosotros los que al final erramos el camino, y elegimos las compañías. Algo hemos hecho para merecer esto que ahora nos trae por la calle de la amargura. Esto que se atraviesa en la garganta como un hueso, que se clava en las entrañas como un puñal, y que nos despierta a las seis de la mañana para no dejarnos dormir ya más, en la oscuridad inconsolable de nuestros remordimientos. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, nos preguntamos como si fuéramos inocentes del todo, víctimas de un contubernio internacional, de una conjura de los dioses, aunque sabemos, en nuestro fuero interno, que en los momentos decisivos podríamos haber optado por esto, o por lo otro, y tal vez haber escapado de nuestra maldita fatalidad.
    O quizá no, como dicen los filósofos deterministas, y todo está escrito ya bajo las estrellas, y en realidad no hay nada que hacer ni que elegir, sólo dejarse llevar por el destino, y sentarse a contemplar el tragicómico espectáculo de nuestra propia vida, de la que somos actores pero no guionistas.



    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, se lamenta también Gloria, el ama de casa de la película de Almodóvar. ¿Qué ha hecho ella, en efecto, para merecer esa vida de carencias y desafectos, en la barriada cutre y desangelada de Madrid? Nada, seguramente, diría el filósofo determinista, y en este caso creo que con mucha razón. La desgracia de Gloria es la misma de tantas mujeres de su época: haber nacido mujer, y además pobre. Porque no había otra cosa, para las mujeres de su tiempo, aleccionadas en la familia, sofocadas por la religión, más que acertar en el buen casarse. Nada más allá del marido, al que se encadenaban como esclavas en un único destino compartido. Hasta que la muerte se llevara al primero de los dos. Mujeres que no tenían estudios, porque para qué, o que los habían abandonado para ponerse a fregar los platos, porque qué falta iban a hacer ahora. Mujeres que jamás pensaron en trabajar, porque no estaba bien visto, o que si trabajaban tuvieron que dejarlo para atender a la prole y a la suegra, al cartero y al lechero. Amas de casa que se enfrentaban a la labor maldita de Sísifo cada mañana.
    Así vivía Gloria en la película de Almodóvar hasta que un buen día descendió el monolito de Kubrick sobre el barrio de La Concepción, y lo que era un simple hueso jamonero se convirtió en una metáfora de la liberación femenina. Como aquel fémur en el osario de 2001: Una odisea del espacio. Corría el año del Señor de 1984, y las mujeres del barrio ya estaban preparando su revolución.



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Eva al desnudo


De niño -y de no tan niño- yo estaba enamorado de una vecina que se llamaba Eva. Ella era dos años mayor que yo, preciosa e inalcanzable. Un ángel del Señor perdido en un barrio terrenal y muy feo de las afueras de León. Yo, a veces, en mis ensoñamientos de platónico aspirante, la imaginaba desnuda en sus quehaceres, pero sólo un poco, lo justito, como a una Venus de Botticelli recién salida de la ostra, para luego no tener que azorarme en su presencia cuando me la cruzaba por las escaleras. Mi amor por Eva era el de un caballero muy respetuoso, casi de los de antes, aunque yo vistiera pantalones cortos y llevara casi siempre manchada la boca de Nocilla.



    Es por eso que años después, cuando en mis primeras cinefilias descubrí que había una película titulada Eva al desnudo, durante un segundo de estúpido cortocircuito, de alborotada confusión, pensé que por fin iba a conocer los secretos de mi amada vecina, esos que yo tanto des-imaginado para no sucumbir al delirio de los deseos imposibles. Fue un segundo muy loco, muy absurdo, tan largo como una vida y tan corto como un suspiro, hasta que el rabillo del ojo, en la ilustración que acompañaba el descubrimiento, me mostró que Eva al desnudo era una película viejuna, en blanco y negro, con el rostro picassiano de Bette Davis ocupando casi la carátula completa. Ella, la divina Bette, la de Bette Davis Eyes que cantaba Kim Carnes, que al final ni siquiera era la Eva del título, ni por supuesto mi vecina de León, la Eva de Botticelli, de la que por entonces ya me separaban muchos kilómetros y muchas vicisitudes.



    Eva al desnudo cuenta la determinación de Eva Harrington por alcanzar la fama sobre las tablas del escenario sin que sus escrúpulos se activen cuando tiene que mentir, traicionar o apuñalar por la espalda. El fin por encima de cualquier medio. El despliegue de una sociópata que nunca conocerá el amor o la amistad porque en realidad tampoco necesita tales sentimientos: sólo como instrumentos para manipular a los demás y seguir progresando en su carrera. Pero hay mucho más, en Eva al desnudo, como en todas las grandes películas que sobreviven al paso del tiempo. El ascenso hacia el estrellato de Eva Harrington sólo es el argumento, el artificio con el que nos entretiene Joseph L. Mankiewicz entre diálogos y sobreentendidos. El gran tema de la película, que ruge por debajo de la trama como el magma que nos sostiene, o como el agua que riega los campos, es el paso del tiempo. El miedo a hacerse mayor.
    Quien haya visto la película sabe que el personaje principal no es Eva Harrington -ni Eva mi vecina, ay- sino Margo Channing, la reina destronada de los teatros neoyorquinos. La mujer que acaba de cumplir cuarenta años y se descubre los primeros desperfectos irreparables en el cuerpo y en el alma. La mujer indomable que de pronto pierde el hambre por seguir siendo la número uno. Porque en esa carrera infatigable, en esa presión perpetua de los aplausos y las críticas, se está dejando jirones de su vida: el amor y los amigos, el buen dormir y la paz en el espíritu. Y ya no está dispuesta a tanto. Que triunfe la pérfida Eva, tan solitaria allá en su cumbre.


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Loving


En la Alemania de Hitler, antes de que los ideólogos y los gerifaltes decidieran asesinarlos en los campos de concentración, los judíos eran "tolerados" en la vida social y económica bajo unas leyes muy restrictivas que tomaron el nombre de la ciudad de Núremberg, que era el enclave histórico donde los nazis montaban su parafernalia anual de banderolas y desfiles marciales. Ésa que la cineasta Leni Riefenstahl retrató en El triunfo de la voluntad, un documental tan hermoso como perverso. Tan hipnótico como deleznable.
    Entre otras cosas muy variopintas, las leyes de Núremberg impedían el matrimonio mixto entre arios y judíos, y para que no quedaran muchas dudas al respecto, detallaba, en unos esquemas muy mendelianos, casi como de clase de ciencias naturales, qué era exactamente un judío genético, y dónde empezaba el peligro de contaminación sanguínea y el riesgo de dar con tus huesos en la cárcel si te cruzabas y luego te entrecruzabas con quien no debías.



    Pocos años después, los nazis se embarcaron en una guerra que finalmente no pudieron abarcar, y los altos cargos que en 1945 todavía quedaban de pie fueron juzgados, simbólicamente, para cerrar el círculo de sus crímenes, en la misma ciudad de Núremberg donde celebraban sus pompas y circunstancias. Entre los vencedores que los juzgaban, había magistrados que vinieron de Estados Unidos para dar un ejemplo al mundo de rectitud moral, y de compromiso con el bien y con la libertad. Lo más curioso es que allí, en su país, en los estados del Sur que perdieron la Guerra de Secesión pero seguían legislando lo que les salía de sus blancos cojones, seguían vigentes las leyes Jim Crow, que en cuestiones de pureza racial, de apartheid genético de la población negra, poco se diferenciaban de las que habían regido la vida sexual de los judíos europeos. Unas leyes que fueron abolidas en una fecha tan tardía como 1964, casi treinta años después de que los nazis aprobaran las suyas tan parecidas. Unas leyes denigrantes que impidieron al matrimonio Loving vivir en su estado natal de Virginia durante diez años, so pena de cárcel, pues ella era negra, y él blanco, y sus tres hijos mulatos eran considerados tres bastardos jurídicos que ofendían la mirada de las gentes de bien, inmaculados del Mayflower o de su puta madre que presumían de genes tan blancos como la nieve. Unas leyes, las Jim Crow, que uno, que presume de lecturas y de cultura, tuvo que consultar de reojo mientras veía la película que nos ocupa, pues dudaba de que tales cosas hubieran existido en un momento tan avanzado de nuestra modernidad. Uno sabía de los asientos del autobús, de los retretes distanciados, de las mesas separadas en los restaurantes... Pero no de la prohibición expresa del matrimonio interracial. Y boquiabierto, se quedó. Qué bien han sabido tapar los americanos sus miserias y sus vergüenzas, en la cinematografía patria que los vendió al mundo como un modelo a imitar. 



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Yo, Daniel Blake

El proletariado británico lleva años sufriendo una campaña de difamación en los medios de comunicación. Concretamente desde que Margaret Thatcher decidió que la fiesta se había terminado, y que ya estaba bien de que los trabajadores cobraran sueldos decentes y luego se echaran a la bartola los fines de semana. Panda de vagos, y de vividores. Lo explica muy bien el periodista Owen Jones en su libro La demonización de la clase obrera. Cada pillastre que cobra irregularmente un subsidio de desempleo, o una pensión por incapacidad laboral, es aireado en la prensa amarilla, o en los telediarios paniaguados, como la enésima confirmación de que todo trabajador esconde en su interior a un pícaro español del Siglo de Oro. Y claro, el votante medio se solivianta, y los ancianos conservadores refunfuñan, y los imbéciles toman la excepción por la regla, y cada vez que llegan las elecciones gana un partido político que propone más recortes sociales y darle más estopa al precariado. Que se jodan los parados, como gritó Andrea Fabra en un parlamento que no era precisamente el británico, aunque ella, tan sofisticada y tan burguesa, gaste un cabello rubio muy propio del norte de Europa, algo oxigenado y mechado quizá.



    Es por eso que cuando el pobre Daniel Blake, el carpintero sexagenario, se presenta en las oficinas de empleo a buscar un trabajo, o se planta en los negociados de la seguridad social a que le reconozcan su incapacidad, los funcionarios le vuelven loco y le ponen mil trabas burocráticas. O le obligan a cumplir los trámites por internet para no verle más la jeta y no tener que pasar por el mal trago de denegárselo todo "in person". (Ordenadores, al bueno de Daniel, que sólo los conoce de verlos en sus oficinas, y siempre por el culo).
    El sistema no es caótico, ni kafkiano, como pudiera pensarse en una primera lectura. Daniel Blake no es un Josef K. perdido en los vericuetos británicos del siglo XXI. El sistema está perfectamente diseñado para disuadir al solicitante: para aburrirlo, marearlo, desesperarlo en su empeño. Conseguir que el Estado se ahorre unos buenos dineros que luego gastará en cualquier otra gilipollez. En cualquier cosa, menos en ayudar a estos jetas que se aprovechan del contribuyente. Pero estos jetas, como bien explica Owen Jones en su libro, sólo se llevan el chocolate del loro. Las migajas del presupuesto. Pero qué bien les vienen, a los gobernantes, para demonizar a todos los demás currantes sin recursos. A los obreros honrados como Daniel Blake, o a las madres solteras como su vecina Katie. Que se jodan todos, seguro que también piensa algún político muy bien trajeado del Parlamento Británico. Uno que seguramente no vive en Castellón, pero que tal vez veranea por allí. 



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Lolita

En la película Captain Fantastic, el personaje de Viggo Mortensen descubre que su hija adolescente está leyendo Lolita, la novela de Nabokov.

Ben: ¿Qué lees? ¿Lolita? Yo no asigné ese libro.
Hija: Estoy adelantándome.
Ben: ¿Y?
Hija: Es interesante.
Ben: "Interesante" no es una palabra. Sabes que debes intentar evitarla. Sé específica.
Hija: Es perturbador.
Ben: Sé más específica.
Hija: Hay un hombre mayor que ama a una chica...
Ben:  ... y ella sólo tiene 12 años.
Hija: Ese es el argumento. Como está escrita desde su perspectiva, uno lo comprende y hasta simpatiza con él. Lo cual es increíble... porque es esencialmente un pedófilo. Pero su amor por ella es hermoso. Pero a la vez es un truco, porque está mal. Él es viejo, básicamente la viola. Así que me hace sentir... Lo odio. Y a la vez, siento pena por él.




    Así era, más o menos, el diálogo que yo mantenía conmigo mismo mientras veía Lolita, la película de Stanley Kubrick. Una obra tan... interesante. La Lolita que impuso la MGM tenía catorce años, y estaba interpretada por una actriz muy crecidita de dieciséis, Sue Lyon, lo que marcaba distancias con la Lolita original de la novela, una nínfula de doce años prácticamente asexuada que enternecía y trastornaba al profesor Humbert Humbert. Pero el acto deleznable es básicamente el mismo: un hombre adulto secuestra a su hijastra menor de edad y la lleva sin rumbo por los moteles de carretera, no exactamente violándola, pero sí abusando de su autoridad, de su posición dominante. Es cierto, también, que la Lolita de Kubrick resulta ser más larga que ancha, y que al final ella también manipulaba al hombre maduro cegado por el deseo. Pero eso no disculpa al profesor Humbert Humbert. No lo limpia de culpa. Que sienta una punzada de deseo cuando la descubre por primera vez en el jardín es una cosa comprensible, porque el deseo es un resorte automático, bioquímico, que se escapa a nuestro control de homínidos siempre al acecho. Pero todo lo que viene después, un segundo después, es el extravío de un hombre dominado por sus bajas pasiones. Y las bajas pasiones de un hombre, cuando se  desatan y pierden el freno, pueden ser tan bajas que llegan incluso a tocar el suelo, y obligan a su dueño a arrastrarse como un gusano. 




    Y sin embargo, como le sucedía a la hija del Capitán Fantástico, uno llega a sentir pena por ese hombre de la vida destrozada, del corazón desangrado. Porque si despejamos las edades de la ecuación -y ya sé que eso es mucho despejar- Humbert Humbert sólo es un hombre desgarrado que ha perdido el amor de su vida, y todos los espectadores hemos pasado por un trance semejante. Y todos nos reconocemos en su pena inconsolable. La empatía humana sigue caminos caprichosos, y a veces, para nuestra incomodidad, difícilmente justificables. Kubrick y Nabokov fueron dos cabronazos que nos pusieron en el brete. 




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El fin de la comedia. Temporada 2

Dos años después de sus primeras andanzas en El fin de la comedia, el ingenioso cómico don Ignatius de las Canarias sigue paseando sus miserias por los barrios antiguos de Madrid. Mientras que este espectador que lo sigue devotamente sigue más o menos como estaba, y lleva la misma vida triste e insustancial de las provincias, él, Juan Ignacio Delgado, vive una edad de oro profesional con los programas de la radio y las colaboraciones en la tele. Los garitos nocturnos, además, al calorcillo de su fama, se llenan de mujeres curiosas y de jovencitos confusos que esperan expectantes su último exabrupto, su última ocurrencia destroyer que habrá de ofender a los tirios y escandalizar a los troyanos. Y entre medias un ¡all right!, y un grito sordo, y un ¡UPyD, UPyD! coreado a voz en grito, que son las marcas registradas de la loca comedia de Ignatius Farray. O de su poscomedia, como él dice.





    En la vida personal, sin embargo, el Ignatius Farray que aparece en El fin de la comedia -que es una mezcla ignota de verdades y ficciones- es un pobre hombre que no levanta cabeza. Su personaje parece esa maldición bíblica, o gitana, o malaya, vaya usted a saber, que muchos otros también sufrimos: la de tener un aspecto físico que no se corresponde con nuestro verdadero yo. A uno, por ejemplo, se le ha quedado con los años una pinta de sacerdote cebón que nada tiene que ver con el espíritu libertino y revolucionario que vive preso en el interior. La gente ve mis gafas, mi papada, mi gesto a medio camino entre la seriedad y la mansedumbre, y cree que en cualquier momento voy a sacar la Biblia de un bolsillo para consultar un versículo arcano y predicar la palabra de Dios. Y los hombres no me llaman, claro, y las mujeres me rehúyen, y uno, desbaratado por el equívoco, sigue apoltronado en el sofá mientras los deportes transcurren lánguidamente en el televisor.

    El Ignatius Farray de la ficción parece un tipo sacado de un sanatorio mental, de una institución de gente poco normal que a veces se deja las puertas abiertas. Y los conciudadanos, claro, se inquietan con su contacto, y él se turba con la timidez, y al final, en un despropósito de consecuencias funestas, El fin de la comedia resulta ser una sucesión de absurdos que serían de mucho reír si uno no se compadeciera casi maternalmente por el personaje. El Ignatius Farray de la televisión sólo es un osito de peluche con apariencia de grizzly que no termina de encontrar su lugar en el mundo. Un incomprendido de la vida que sólo quiere vivir sin molestar: ganar dinericos, conquistar mujeres, hacer favores a los vecinos. No contaminar demasiado. Pasar muchas horas con su hija pequeña. Un poco como la buena gente que sigue la serie y se reconoce en él, y se descojona con sus andanzas.


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Eyes Wide Shut

El protagonista de Ampliación del campo de batalla -la novela de Michel Houellebecq- sostenía que el matrimonio se instituyó para que las personas insustanciales, sin atractivos que atraigan las miradas ni estremezcan los deseos, nos ahorremos la humillación de buscar una pareja sexual cada vez que aprieta el deseo. Que no hay nada más ridículo que un hombre feo o una mujer fea suplicando un poco de sexo en la barra del pub. En la discoteca de moda. En la red social donde se exponen los gustos y las aficiones. Y las jetas de soslayo, para que no canten mucho las imperfecciones. El matrimonio es la institución benéfica que va recogiendo todos estos corazones rotos, y los aloja en habitaciones compartidas. El seguro de hogar de una cama caliente. La rendición de quien ya perdió para siempre las ganas de probar suerte. La paz del espíritu que se conforma con su destino y se aviene con lo que hay.



    Así decía, más o menos, el personaje torturado de Michel Houellebecq, que dejaba en el aire una pregunta sin responder: ¿por qué se casan, entonces, los hombres apuestos y las mujeres hermosas? A ellos no les cuesta nada satisfacer sus anhelos de compañía. Sólo tienen que acicalarse, salir a la calle, dejarse caer por los lugares frecuentados y fijar la mirada en un objeto de deseo. Acercarse, charlar, insinuarse interesados. Probar suerte dos o tres veces antes de que una pieza disponible caiga abatida. No necesitan contratar un seguro sexual que les cobije en el fracaso. Porque ellos nunca fracasan. Cuando el amor que se traen entre manos se esfuma o se va al garete, apenas necesitan chascar los dedos para disfrutar de una nueva oportunidad. Son verdaderos depredadores que no necesitan guardar un cónyuge en la despensa para las épocas de hambruna.



    ¿Por qué, entonces, terminan casándose -entre ellos, eso sí- como todos los demás? Eso es lo que también se pregunta el madurito que baila con Nicole Kidman al principio de Eyes Wide Shut. ¿Por qué querría estar casada una mujer tan bella como usted, que puede conseguir a cualquier hombre en esta fiesta o en cualquier otra? Y Nicole, que se presta y no se presta al juego de la seducción, sonríe con malignidad de gata. La pregunta del galán ha calado en su conciencia. Vuelve a recordar que es una mujer con anillo en el dedo, sí, pero sumamente deseable para otros hombres. Al otro lado del inmenso hall, su marido, que también es un hombre guapo que concita miradas de deseo, tontea con dos jovencitas que se lo quieren llevar al huerto del fornicio. Al final del arco iris, dicen ellas, tan resaladas... Su esposa le ha descubierto entre el gentío, y al llegar a casa, aunque ambos sólo han pecado de pensamiento y no de obra, se desata la guerra de celos, y la amenaza velada. Su matrimonio se tambalea. Son demasiado atractivos, demasiado interesantes, para no soñar con otras oportunidades, con otras vidas. Con nuevas parejas sexuales que aviven las llamas. Sólo tienen que chascar los dedos. Se quieren y se desean. Se respetan. Y se siguen guardando fidelidad. Pero sólo tienen que chascar los dedos...



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El luchador

Nadie cambia. Las profecías vienen escritas en los genes como si fueran la palabra de Dios, y al final siempre se llevan a cumplimiento. Está la educación, sí, la experiencia, la influencia ambiental, pero todo eso, que llena libros gordísimos y sostiene cátedras muy complejas, sólo sirve para retocar cuatro versículos de los menos importantes. Una menudencia estilística que no cambia el drama de fondo. La tragicomedia que venimos a representar en este mundo con los disfraces ya comprados, y las entradas ya agotadas en taquilla. El contexto de nuestra vida sólo es su decorado. Da lo mismo nacer en Teruel que en las Chimbambas Occidentales. Sólo cambian los vestidos y los climas. El carácter está escrito en piedra, y no hay viento ni lluvia que sea capaz de erosionarlo en setenta míseros años de vida. El alma profunda de cada hombre es un asunto geológico, granítico, y los que dicen ser capaces de esculpirla, de destrozarla incluso con un martillo neumático, sólo son niños inocuos que pintan dibujitos sobre la superficie  Nadie cambia, y el que diga que ha cambiado miente. O se engaña a sí mismo. Y el que viva de vender esta idea sólo es un traficante de crecepelos. Un charlatán que allá en el parque de los locos, subido a su silla, grita sandeces junto a los que proclaman el nuevo Advenimiento de Cristo, o advierten contra el complot judeomasónico de los aviones que nos fumigan.




    Que se lo digan a Randy Robinson, "The Ram", la vieja gloria de la lucha libre que se va dejando el aliento, literalmente, en cada nuevo combate. Un perdedor de la vida -pero un campeón de los rings- que con cada nueva hostia verdadera o fingida se va quedando un poco más sordo y un poco más lerdo. Y lo que es peor: un poco más cerca del infarto definitivo, ahora que ya pelea con el costurón del bypass adornándole el pecho, y con el corazón arrítmico pegando botes de mucho preocuparse. Pero qué va a hacer, el pobre Randy, si no nació para otra cosa, si lo único que le hace estar a gusto consigo mismo y con su destino es la tensión previa de la lucha, el olor del linimento, el palpitar en la sienes, el plexo solar que se revuelve inquieto y animal. El aplauso del público cuando la hostia dada o recibida queda perfectamente coreografiada. La complicidad con los colegas, la ducha reparadora, la satisfacción de quien sólo sabe hacer una cosa en la vida, pero la ejecuta con la maestría de un veterano.
    Qué va hacer, el bueno de Randy, más que luchar y dejarse el cuerpo en las galas, en los apaños, en los revivals de lo viejuno, si su carácter puñetero le ha alejado de la hija que tanto amaba, y ahora ya está solo para siempre, muerto de asco en su caravana de mala muerte, tan bien intencionado como preso de sus defectos. Qué otra cosa le queda ahora que ha sido rechazado por la mujer que podría haberle sacado del abismo, la gogó del local nocturno que nunca se acostará con un cliente, y mucho menos con un cliente como él. Para qué seguir luchando fuera del ring. Para qué fingir ser un hombre que en realidad no se es. No hemos sido enviados a la vida para luchar contra los elementos. Sólo para llevar a término nuestro destino. Y ésa, por sí sola, ya es una tarea hercúlea. Muy jodida. Y muy poco gratificante. 


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Neruda

Llega la noche, a duras penas, casi arrastrándose, porque las horas pasan con lentitud funeraria en los días del no soportarse. La película de hoy es Neruda, y siento un gran alivio, un respiro de hombre que se ahogaba, cuando aparecen los títulos de crédito. Su director es Pablo Larraín, un curandero chileno con el que no suelo equivocarme en estos remedios. No lo hice en No, ni en El club, ni en Jackie, así que no tengo motivos para desconfiar de su sabiduría. Con la película en marcha ya no será mi vida -devastada, estúpida, otra vez sin norte y sin sur- la que ocupe el pensamiento como una tinta negra que se derrama por el cerebro. Que cala hacia abajo como una gotera de mierda y anega la garganta, y revuelve el estómago, y descompone las entrañas. Me sentía sucio y enfermo, antes de que la película empezara. Y me sentiré igual, cuando termine. Pero ahora, afortunadamente, gracias a la magia del cine, dejaré de ser yo durante un rato, el rey Antimidas de Frigia del Sur, y me encarnaré en Pablo Neruda, el poeta, el político, el bon vivant comunista, porque el cine tiene estos milagros, y uno se transfigura en el personaje que aparece en pantalla para olvidarse, El cine es la terapia cotidiana donde yo me escondo y me rehúyo. El esclavo que me recuerda que soy mortal cuando llegan los días contados de la felicidad, y necesito bajar al suelo para recordar que esa sensación será fugaz y traidora.



    Empieza la película y sigo con interés las primeras andanzas de Pablo Neruda. Lo encontramos en 1948, cuando era diputado del Partido Comunista y tenía que vérselas con un gobierno que quería ilegalizarlos, exiliarlos, meterlos en la cárcel para que dejaran de joder la marrana con la igualdad y la justicia. Neruda se enfrenta a los senadores, se reúne con el presidente, se entrevistas con las fuerzas vivas de su partido. Participa en francachelas con bailes de disfraces y lecturas de poemas. La película es rara, difusa, algo cansina, con un personaje, el policía que encarna Gael García Bernal, que no termino de entender si es real o inventado. No sé si conversa con los demás o si estamos escuchando su pensamiento. La voz en off me confunde. Neruda no me atrapa, no me cobija, y en un momento determinado vuelvo a emerger a la superficie dando bocanadas de miedo, y vuelvo a ser un pez acojonado que se ahoga y se repudia. Miro el reloj: es muy pronto, demasiado. No son ni las doce, y en realidad me había quedado dormido en el sofá. Mientras Neruda se exiliaba a través de los desiertos y las montañas, yo había renunciado a seguirle, y estaba otra vez con lo mío, con mis cuitas, tan prosaicas y dolorosas, que duelen como puñales pero nunca figurarán en los libros de historia.



    Y de pronto, en la desesperación de quien se aburre con la película y se teme a sí mismo como a un enemigo sin piedad, apareció el jinete del sueño para rescatarme. Ha llegado antes de la hora habitual, y bendita sea su perspicacia, su telepatía, porque lo necesitaba como al agua de mayo, y como al solecito de marzo. Nos vamos entendiendo con los años, él y yo. He subido a su caballo para emprender el vuelo hacia el olvido, y me he dormido casi al instante. Yo, como Neruda, también me exiliaba forzosamente. Pero ha sido muy corto, mi destierro. Hoy vuelve a salir el sol y la tinta negra sigue calándome hasta los huesos. 

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Que Dios nos perdone

Que Dios nos perdone, sí. A todos. Porque todos somos, en último término, irascibles. Sapiens violentos. Monos que vamos por ahí armados con el fémur cachiporril de 2001. A unos se les nota mucho porque lo llevan en la cartuchera, o sobre el hombro, o la blanden contra los manifestantes. Otros lo llevan en el gesto, en el insulto, en la actitud macarra de quien va meando cada esquina y cada papelera. Incluso nosotros, usted y yo, los autodenominados civilizados, que somos gente de paz y de bien, llevamos un garrote metido en el culo, en un por si acaso, y del mismo modo que al salir de casa nunca olvidamos las llaves ni la cartera -y ahora, en los últimos tiempos, ni el teléfono móvil- tampoco olvidamos la cachiporra que tenemos metida en el paragüero, y siempre caminamos envarados, dándonos un aire serio y respetable que en realidad sólo es el troncho que nos endereza la columna, porque nunca se sabe qué charca habrá que reconquistar, ni qué monolito descenderá sobre el camino.



    Esto es, más o menos, lo que viene a decir Que Dios nos perdone, la película de Rodrigo Sorogoyen: que la ira viene de serie, implantada en nuestro motor, y que es un vómito oscuro, desagradable, que a veces nos desborda las entrañas en un eructo involuntario. La mayoría de las veces, por fortuna, se nos queda dentro, y sólo es un regusto amargo, un reflujo digestivo, y la mierda no llega al río. Así somos los monos más afortunados, los que nunca nos metemos en líos. Los que sublimamos el instinto viendo deportes en la tele o matando marcianitos en el ordenador. La gente buena. Pero otros congéneres no tienen tanta suerte. Algunos nacen tarados del culo y la ira les conduce al macarreo, al maltrato, al crimen. Al lado bueno de la ley incluso, como los dos policías de la película, pero con la vida destrozada de tanta mala hostia almacenada. Unos dicen que por culpa del ADN, y otros que por culpa de una infancia devastada. Da igual: no queremos verlos ni en pintura. Renegamos de estos personajes. No tienen justificación. Pero no están tan lejos de nosotros. Somos de la misma especie, de la misma carne. Que los dioses, que nos hicieron así, nos perdonen.


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El porvenir

Cuando Pepe Carvalho, en las novelas de Montalbán, es invitado a cenar por su vecino Fuster en el chalet de Vallvidrera, el detective aprovecha la ocasión para quemar un libro en la chimenea de su salón. Antes de salir de casa repasa los lomos, selecciona una obra por la que siente especial irritación, y la lleva consigo para arrojarla a las llamas del fuego. En la chimenea de su vecino y contertulio, Pepe Carvalho encuentra una oportunidad inquisitorial para deshacerse de los lastres escritos, de los volúmenes inútiles.  No aprendí nada de los libros, repite en cada ocasión.
    Yo leía estas novelas en la juventud y no terminaba de creerme que alguien fuera capaz de alcanzar semejante hartazgo, semejante desengaño lector. Pero al cumplir los cuarenta años yo mismo me vi en el trance, y me descubrí rodeado de una pequeña biblioteca que me había hablado durante años sin que nada me impregnara o me calara. Aprendí hechos, geografías, curiosidades científicas, pero nada más. Una cultura, que se dice, pero no una estrategia ante la vida, una enseñanza ante la adversidad. Una reflexión profunda que instaurara la paz duradera en el espíritu. Jamás, por descontado, un conocimiento profundo y sincero de mí mismo. Los libros no me enseñaron a lidiar el toro de cien cuernos, ni la serpiente de cien lenguas.





    En El porvenir, Isabelle Huppert es una profesora de filosofía que imparte clases en un instituto de París. Vive rodeada de libros en su piso ideal de la ciudad y en su casa idílica de la Bretaña, donde pasa las vacaciones con su marido también filósofo. Su personaje lleva años sin conocer la contrariedad, ni el dolor del alma, más allá del rumor que a todos nos acompaña de fondo, como un recordatorio de que la fatalidad es impredecible y está a la vuelta de cualquier esquina. Y un mal día, en efecto, el rumor se hace hecho, y todo se desmorona en su vida: la familia se desintegra, la madre fallece, la editorial donde publicaba deja de confiar en ella, y de repente, a sus sesenta años, nuestra protagonista se ve sola y sin responsabilidades. Con todo el tiempo del mundo para entregarse a los libros. Pero en los libros, ay, ya no parece encontrar las respuestas que ahora necesita. La vida le duele por dentro, y las profundas filosofías de los grandes pensadores apenas sirven para sanar los rasguños, o bajar las hinchazones. El miedo ante el porvenir no lo curan los circunloquios sobre la naturaleza de las cosas, ni las disquisiciones sobre la naturaleza del yo. Filfa, al fin y al cabo. Juegos florales para ejercitar la mente. La profesora de filosofía tendrá que enfrentarse al porvenir sin la ayuda de la filosofía, ella sola, con su propio manual de pensamiento.  Que en realidad es común a todos, y sólo tiene una línea de texto: dejar que pase el tiempo y que el calendario vaya resolviendo las dudas y los entuertos. Y mientras esperamos, podemos seguir leyendo.

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Entre tinieblas

Siempre nos quedará el convento -el de frailes, o el de monjas- cuando las cosas ya no tengan solución. Tres comidas al día; horarios regulados; habitación individual. Un oficio en la huerta, o en la cocina, para luego venderles dulces a los turistas de lo benedictino. Tiempo para leer, para reflexionar, para dar largos paseos entre claustros y jardines. Entregarse al ora et labora mientras uno repasa su vida plagada de errores: los amores perdidos, el tiempo desperdiciado, las flaquezas propias y las incomprensiones ajenas. Pare recorrer otra vez el camino erróneo que al final terminaba en ninguna parte. Y en medio de esa nada, ya perdidos para siempre, sin estrella polar ni puntos cardinales, el convento.





    Y ya puestos a elegir, traspasando el velo de la realidad, uno como el que regentan las Redentoras Humilladas de Pedro Almodóvar, que tanto saben sobre las debilidades de la carne, y sobre las penurias del espíritu. Allí, entre las tinieblas de su convento, en el corazón mismo de la Movida Madrileña que fue la inspiración de tantos tropiezos, ellas acogen por igual a la pelandusca y a la drogadicta, a la perseguida por la justicia y a la atormentada por los fantasmas. Ellas, las Redentoras Humilladas, también le dan a la droga y al desamor, al pecado y a la fustigación, y comprenden de sobra las flaquezas de cualquiera. Ellas nunca lanzarán la primera piedra. Y no exigen, además, ningún acto de fe. Ningún fervor del espíritu. Ellas mismas dudan de Dios y de lo divino, ahora que La Llamada queda tan lejana, y ya la confunden con un sueño, o con una alucinación, o con un engaño de sus mayores, ellas que eran tan jovencitas y tan crédulas. En el convento de Madrid se han construido una vida, una rutina para pasar los días en este valle de lágrimas. Esta el sexo, sí, ese prurito que es como el diablo en el hombro, como el aldabonazo en la puerta. La llamada de la selva exterior. Sólo el sexo podría echarlo todo abajo: la paz del espíritu, y el recogimiento del alma. Y contra él combaten cada día las monjas de Almodóvar, en la eterna lucha de la sublimación: horneando tartas, cuidando tigres, bailando boleros. Escribiendo novelas de amor.


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Ladykillers

Que dos mentes privilegiadas para escribir guiones cayeran en el pecado mortal de hacer un remake, nos hizo comprender que los hermanos Coen, cuando emprendieron la adaptación de Ladykillers, se habían tumbado a la bartola, o se habían quedado sin ideas. O vieron una comicidad particular que podían trasladar al profundo sur americano, donde el río Mississippi riega los campos y a veces siembra las tontunas. Y les salió una película divertida, de las suyas menores, con mucho personaje estúpido que lleva pintado en la cara su destino funesto. Ladykillers no es una mala película, pero tampoco es buena, y te deja varias veces a media sonrisa, y echa mano de escatologías impropias para el currículum, y uno, tantos años después, que encontró la película por casualidad en los canales de pago tras la resaca futbolera, todavía se pregunta qué necesidad había de volver a rodar El quinteto de la muerte, que ya era una obra modélica, un clásico venerado. Quién iba a superar la malevolencia de Alec Guinness o la cara de tonto que tenía Peter Sellers haciendo sus pinitos. Los remakes son para los cineastas sin recursos, para las productoras sin argumentos. Pero no para ellos, los hermanísimos, que tanto habían demostrado, y tanto demostraron después.



    Sucede, además, que los Coen olvidaron una de las leyes fundamentales sobre la estupidez que enunciara Carlo Cipolla: que los estúpidos, amén de ser muy abundantes, muy pocas veces aparentan su condición. Viven camuflados en cualquier actividad humana, en cualquier clase social, en cualquier rincón de nuestra vida cotidiana. Puede ser el camarero que nos sirve el café o el jefe que nos espía por las esquinas; el contertulio con el que hablamos de fútbol o el doctor en Filosofía que diserta en la radio sobre la modernidad. O nosotros mismos, incluso, que vagamos en la ignorancia de nuestro yo más profundo. Pero no todos somos estúpidos, porque si no, la definición no tendría sentido. Es en ese conflicto soterrado que mantenemos con ellos, o que los cuerdos mantienen con nosotros, donde los Coen construyeron sus películas inmortales. Estúpidos que triunfan a pesar de todo, o que terminan pegándosela después de ponerlo todo patas arriba. Nicholas Cage en Arizona Baby; Tim Robbins en El gran salto; Willian H. Macy en Fargo. Pero en Ladykillers todos los personajes son imbéciles, y se comportan como tal, y además ponen caras de gilipollas todo el rato, y es como si uno estuviera viendo un sainete, una broma entre cuatro amigos que parecen algo tarados, y no la lucha secular entre los estúpidos y los inteligentes que lo mismo sirve para construir las grandes tragedias que las grandes comedias. Y Ladykillers, ay, no lo es.


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Moonlight

Nacer negro, pobre y gay en Estados Unidos es el colmo de los colmos. Como en aquel chiste que nos sabíamos de pequeños, el de un desgraciado cuyo colmo era haber nacido en Estocolmo ya no recuerdo bien por qué, que ya ves tú, qué gilipollez, ganas de meterse con los suecos ahora que sabemos cómo son de abiertos y de diligentes, los jodidos rubios, porque si naces negro, pobre y gay en Escandinavia es como si nacieras blanco, rico y heterosexual, o casi, que allí a los negros sólo les miran mal cuatro tarados, y el Estado se encarga de que la pobreza sólo dure hasta que llega el primer chequebebé, y la supuesta vergüenza de ser homosexual ya es una cosa que da mucho la risa y sólo asusta a las viejas que nunca salen en las novelas de Stieg Larsson.



    Pero si naces con la triple condición que tiene el muchacho Chiron en Moonlight, allá en los suburbios de Miami, y además tienes una madre adicta al crack, y un padre que anda perdido por el mundo, y unos compañeros de colegio que son unos cabrones, y encima viene Donald Trump a vestirse de Caballero Justiciero enviado por Yahvé para acabar con las razas inferiores y los desviados de la sexualidad, entonces, digo, en ese contexto trágico de los norteamericanos, sólo te quedan dos opciones en la vida: o hundirte en la miseria hasta que el cuerpo aguante, y la mente se quiebre, y sólo las drogas puedan ayudarte a sobrellevar la humillación de cada día, o una mala tarde de las que tiene cualquiera, tras recibir la primera paliza que te desfigura el rostro, metes la cabeza en el agua helada, transfiguras las facciones en un gesto muy fiero de rabia, y juras, como juró Scarlett O'Hara recortada contra el crepúsculo, que jamás volverás a pasar hambre, hambre de orgullo, y que vas a convertirte en el macarra más temido de los contornos para que nadie vuelva a tocarte ni un solo pelo.
    Sólo los pelos del amor, los más íntimos, cuando el pasado llame a tu puerta y el gesto hosco de traficante diurno y proxeneta nocturno se transmute en el  trance sentimental de quien sólo buscaba un poco de cariño.



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¿Qué fue de Jorge Sanz? Episodio 8

¿Qué fue de Jorge Sanz? es el Boyhood de las series de televisión. Un serial en marcha, casi en directo, sobre las venturas y desventuras de ese actor llamado Jorge Sanz que a veces parece él y a veces su caricatura. Dos personajes en uno que sólo los amigos muy íntimos, o las enamoradas muy informadas, sabrían separar y distinguir. Uno de ellos es el Jorge Sanz real que va cumpliendo años y acumulando canas. El actor de cine que rueda películas sin pena ni gloria pero que va ganándose un prestigio sobre las tablas del teatro. El otro personaje es el Jorge Sanz ficticio -¿o no?- que se enreda con varias novias a la vez, que ejerce de padrazo ocasional, que sobrelleva la torpeza de un representante artístico que sabe más de quesos que de directores españoles: un gañán entrañable que no sabe distinguir a Fernando Colomo de Fernando Trueba pero sí un queso de Asturias de otro de Cantabria, cosa que es de mucho admirar, desde luego, pero que no sirve de gran ayuda a la carrera de su representado.




    El Jorge Sanz que suponemos inventado, exagerado o caricaturizado es un tipo inmaduro, metepatas, que va por la vida como una vaca sin cencerro. Un liante que ahora, en el octavo episodio de la serie, aprovechando que el Jorge Sanz real se gana unas pelas en el rodaje de La reina de España, y que él mismo, el Jorge Sanz ficticio, se está forrando con los anuncios del café Sanchidrián como George Clooney se forró con los anuncios de Nespresso, se ve en la necesidad de evadir impuestos como todo rico de vecino, y confía sus ahorros a un exfuncionario de Hacienda con conexiones poco claras en Andorra. Si usted, querido lector, o lectora, no termina de entender muy bien este lío de los dos Jorge Sanz -y uno más, el tercero, hecho de cera en el museo-, no se considere lerdo, ni se sienta culpable. ¿Qué fue de Jorge Sanz? es una serie difícil de explicar, pero imprescindible de ver. Una rareza, una extravagancia, un experimento único. Una serie autorreferencial. Un juego de espejos. Una gracia singular que David Trueba y los varios Jorge Sanz entremezclados nos regalan cada año. Una satisfacción para este espectador atribulado que cada vez se ríe menos, y de menos cosas. Una simpática broma que ojalá dure lo que duren las vidas de sus bromeados. Hasta que todos nos hagamos viejecitos y vayamos llorando las pérdidas como si de unos amiguetes se tratase. 



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En bandeja de plata

El título original de En bandeja de plata es The fortune cookie: la galleta de la suerte. Supongo que en 1967 ningún españolito conocía este invento culinario a no ser que fuera alguien muy viajado al extranjero, porque tal galleta es una broma de restaurantes chinos que por entonces no existían en nuestra geografía, así que los distribuidores decidieron usar la bandeja de plata para hacer metáfora de esa estafa que perpetraban Walter Matthau y Jack Lemmon como dos pícaros de nuestro Siglo de Oro que hubieran navegado los siglos y el océano. La bandeja de plata también era el contexto histórico -y quién sabe si la broma oculta, la disidencia política encriptada en el título- de las perdices que a Franco le ponían a huevo en las cacerías, y los atunes que le arrimaban al Azor para que picaran el anzuelo.  




    En la fortune cookie que el destino tenía preparada para Jack Lemmon puede leerse la sentencia atribuida a Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todos algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo." Y la frase, aunque venía escrita en un papelito ridículo, estalla como una granada en la conciencia de este dubitativo estafador, que siente remordimientos por prestarse a los tejemanejes de su cuñado, esa fuerza de la naturaleza transmutada en picapleitos que no para de urdir estrategias. Inolvidable, Walter Matthau.
    Lemmon quiere abandonar la comedia del inválido con dolores: levantarse, dar brincos, coger objetos con las dos manos, pero en el último momento, cuando el plan parece condenado al fracaso, el cuñado le susurra al oído la palabra mágica: sexo. Si sigues fingiendo -le dice- ganarás miles de dólares con la demanda, y tu ex esposa, que huyó de la vida rutinaria y pobretona que antes le dabas, podrá regresar al calorcito del bienestar recobrado. Y Lemmon, que no deja de ser un hombre con su orgullo, con su testosterona que le nubla el pensamiento, se engaña a sí mismo, y vuelve a verse como un galán merecedor de los favores de su ex mujer, que en realidad es una lagarta bastante guapa y bastante independiente que lo tiene por un mequetrefe y por un tontaina. En el restaurante chino había otra galleta de la suerte que encerraba la siguiente sentencia: "Puedes engañarte por entero, mucho rato, si vas por ahí presumiendo de hombre irresistible, pero al final la vida te va a poner en tu sitio". A Lemmon no le tocó tal galleta en el menú, y tuvo que llevarse un desengaño como una hostia para comprender la estupidez de sus pretensiones.


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