Sherlock. Temporada 4

O en la cuarta temporada de Sherlock ya han rizado el rizo de lo detectivesco (y esto es como El sueño eterno y la trama resulta tan fascinante como imposible de seguir), o yo me estoy volviendo más tonto cada día y me veo incapaz de seguir el ritmo de las ocurrencias. Lo más seguro es que estén sucediendo ambas cosas a la vez: que los guionistas de Sherlock ya no sepan cómo sorprendernos a los entusiastas, y se inventen estas tramas enrevesadas para que la boca de asombro no termine de cerrarse, y que yo, en paralelo. que ya sufro la decadencia física y mental que anunciara Louis C. K. en Louie -un declive en progresión geométrica, y no aritmética-, tardo horrores en deducir una trama donde el desafío intelectual ya sobrepasa los límites de mi inteligencia menguante, que ni en los tiempos de la juventud fue aguda ni preclara. Precisamente.




    Entre eso, y que en el último episodio han convertido la serie en un remake de Dinastía o de Falcon Crest donde los familiares ya no se pelean por el petróleo de Texas o los viñedos de California, sino por medirse el cociente de inteligencia que caracteriza a todos los Holmes (en fraternal y algo ridículo desafío), uno, que pensaba que los culebrones estaban fuera de la televisión de calidad, de la BBC que nos regala series con enjundia, ha salido chamuscado de esta cuarta entrega de Sherlock. Si es un problema intrínseco de la serie, de su agotamiento de ideas y de su excesivo celo en epatar, estaría bien que le fueran dando matarile ahora que todavía hablamos bien de ella, para que repose gloriosamente en nuestro recuerdo. Si, por contra, el problema es mío, de mi senectud irremediable, estaría bien que fuera yo el que se apartara de la pantalla, el que desistiera del empeño, y centrara mis esfuerzos neuronales en otras tramas menos dificultosas. No digo yo que caer en las redes de Aquí no hay quien viva, que sería una humillación lamentable, pero sí en un término medio, si puede ser.



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Manchester frente al mar

El carácter de un hombre es su destino. Esto lo escribió hace dos milenios y medio Heráclito de Éfeso, el filósofo que entonces apodaron "El Oscuro" porque hablaba en sentencias crípticas, en aforismos que parecían sacados del oráculo de Delfos. En esto del carácter y del destino, sin embargo, Heráclito no pudo ser más claro, y después de ver Manchester frente al mar yo estoy tentado de poner un póster suyo en las paredes, o un busto de escayola sobre la estantería, para homenajearlo cada mañana y ahuyentar de paso a los malos espíritus que niegan la evidencia. Heráclito, por supuesto, no conocía los misterios del código genético, ni las leyes mendelianas de la herencia, pero sí era un tipo inteligente, intuitivo, que allá en Éfeso tenía su prestigio y su magisterio, su barba de anciano venerable, y los domingos por la tarde era invitado a las tertulias del café para ilustrar a los tontos e iluminar a los ciegos.



    El carácter -que es esa insistencia neuronal que sólo se puede aplazar o disimular en ocasiones- nos salva o nos condena, nos guía o nos pierde, nos da una de cal y nos quita una de arena, y no hay educación ni propósito de enmienda que lo revierta. Somos lo que somos, y quien asegure que cambia, que evoluciona, que "madura", sólo se está engañando a sí mismo, o recitando como un loro los manuales de autoayuda. No es cierto que el hombre sea él y su circunstancia, como dijo el filósofo Ortega, y más tarde reafirmara su compañero Gasset, porque es el hombre - con su carácter- el que va creando sus propias circunstancias, y al final todo es él, y todo emana de las mismas bases nitrogenadas que tejen las decisiones e impelen las voluntades.
    Y dicho esto -que creo a pies juntillas- basta una negligencia tonta, un accidente estúpido, una confabulación traidora de "la circunstancia" como ésta que desencadena la tragedia en Manchester frente al mar, para que la vida de uno cambie para siempre, y pueda decirse aquello tan manido de "soy un juguete del destino". Y que luego, para más inri, en otra jugarreta de la circunstancia, se te muera el familiar, y obligado por la ley, e impelido por la voz de la sangre, tengas que salir de la cueva oscura donde el carácter te recluyó para hacerte cargo de ese adolescente que te da mil vueltas en el asunto del saber estar. De tomar las decisiones más lógicas para enfrentar el resto de la vida. A mis cuarenta y tantos años, y humillado por un chaval. La madurez se tiene o no se tiene, definitivamente, como el talento artístico, o la almorrana en el culo. 


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Toni Erdmann

Los cinéfilos como yo, que estamos a medio camino del crítico sesudo y del populacho sin criterio, que lo mismo celebramos un spin-off de Star Wars que la última maldad de Michael Haneke, somos una especie de pegamento que une los dos extremos irreconciliables. Los tipos como yo nacimos en provincias alejadas, desperdiciamos la juventud en tonterías, nos ganamos el jornal en cosas muy alejadas del séptimo arte, y nos hemos quedado a vivir en un barrio cinéfilo que no tiene los chalets de la aristocracia ni los pisos mugrientos de la plebe. Somos la clase media que un día soñó con escribir en revistas, con publicar en periódicos, con hacer crónicas de los grandes festivales y vivir de la gran pasión que anima nuestras vidas, y que nos salva de la desesperación. Y a veces, incluso, de la desaparición. Somos la burguesía ni fu ni fa que se quedó en el intento porque los genes no acompañaron, y las circunstancias tampoco, y ahora vivimos en una especie de limbo, de tierra de frontera, donde a veces nos damos ínfulas de  ilustrados analfabetos. De incultos con pretensiones.



    A veces le damos la razón a los gurús de la cinefilia -esos suertudos del carajo que nos quitaron el puesto y la vocación- y nos sentimos partícipes de su gusto exquisito, de su formación contrastada, y celebramos con ellos el último éxito del cine iraní, o la última rareza del cine islandés, mientras el proletariado brama contra esos ejercicios de la pedantería, o vive tan feliz sin saber que tales películas existen, todo el día hozando entre la mierda del mainstream. Disfrutando esas películas nosotros nos venimos arriba, los de la middle class, y nos sentimos partícipes de un círculo muy exclusivo. Pero luego, ay, llegan películas como Toni Erdmann que nos ponen en nuestro sitio. Que nos recuerdan que somos unos advenedizos de la cultura, unos farsantes de la intelectualidad.  Películas como Toni Erdmann que los críticos aplauden al unísono, sin excepción alguna: que ponen por las nubes, que califican de obra maestra, de clásico instantáneo. Tonto el que no lo vea, imbécil el que no la comprenda. Insensible, el que no se regocije.
    Y uno, que venía muy subidito de éxitos anteriores, muy cultureta con sus gafas de concha y su blog de cinefilias y cinefobias, se pone a ver Toni Erdmann y a los veinte minutos piensa: "No me río una mierda, como me anunciaban, pero ya arrancará..." Y a los cuarenta minutos piensa: "Sigo sin reírme. Sin pillarle la gracia. Pero es que estoy muy cansado, muy pensativo de otras cosas..." Y a la hora clavada se descubre dormido, con la babilla resbalando por el mentón, y decide trasladar la cita con Toni Erdmann al día siguiente, a ver si hay más suerte, y más tiempo disponible, porque además la peli se las trae, con casi tres horas de metraje. Y al día siguiente uno se toma dos cafés, y cancela las citas, y crea la atmósfera propicia, y vuelve a seguir al señor Toni Erdmann en sus locas aventuras por Bucarest, con los dientes postizos, y sus aires de jamado, y sus ocultas intenciones, y al cuarto de hora uno se rinde, ya cautivo y desarmado, y comprende que esta vez no va a estar a la altura de los grandes críticos que sí supieron ver el arte, el misterio, el salero y la gracia de estos alemanes hieráticos. Esta vez uno no tiene más remedio que aliarse con la plebe, y descojonarse de esta película que pretendía descojonarnos a nosotros. Un producto de qualité que no se hizo para la boca del asno. Quizá. O tal vez un despropósito, una tomadura de pelo. Así opinan todos en la taberna del pueblo, los de la boina y los del palillo en la boca, y yo, esta vez, estoy medio borracho con ellos. 



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Mozart in the Jungle. Temporada 3

Se le está yendo la magia, a Mozart in the Jungle. En esta tercera temporada ha habido mucho relleno, mucha tontería, personajes principales que dimitieron de sus funciones y chiquilicuatres sin sustancia que se hicieron con el timón. Lo de casi siempre. El virus inevitable que termina por infectar cualquier serie longeva. La revolución de las masas, que ya anticipara Ortega y Gasset mucho antes de que se inventara la televisión.
    Los últimos diez episodios se han hecho muy largos, muy prescindibles. y aunque el último ha retomado las viejas esencias de la serie, y han regresado las músicas mezcladas con los amoríos, y los fracasos mezclados con los sueños, tal esfuerzo no ha servido para redimir tanta decepción y tanto bostezo. Tanta gilipollez, en ocasiones. Hemos roto demasiadas veces nuestro juramento de fidelidad, nuestro voto de atención, y se nos ha ido la mente a la lista de la compra, a la cita con el médico, al teléfono móvil que ofrecía jueguecitos para entretener la espera de escenas mejores, de episodios mejores. Hemos pecado gravemente contra Mozart in the Jungle, y aunque sentimos un poco de vergüenza, y un poco de dolor en los pecados, no tenemos ningún propósito de enmienda si la cosa continúa por estos derroteros. Y ya anuncian una cuarta temporada para finales de año...



    Ha habido, por supuesto -porque la serie viene de tocar los cielos- diálogos sustanciosos, momentos bonitos, mujeres de belleza legendaria. Monica Bellucci y su pacto con el diablo. Pequeñas compensaciones que salpimentaron la ensalada casi siempre desfallecida. Y de vez en cuando -porque cada vez se prodiga menos, y es como si anduviera en otros compromisos, o lo guardaran en la recámara para resucitar nuestro entusiasmo- Gael García Bernal, que es el alma de la serie, el Mozart cada vez más perdido en Nueva York. Pequeños alicientes para preservar nuestro interés en decadencia.  Nunca me tendría que haber gustado esta serie, pero me gustó. Porque su humor es benevolente, buenrollista, y a este cínico recalcitrante, a este nihilista del género humano, lo que le va es el humor vitriólico, hijoputesco, donde la maldad y la estupidez rezuman en cada acto ponzoñoso, en cada palabra malévola. En Mozart in the Jungle no hay personajes malos ni estúpidos: sólo soñadores y románticos. Una utopía sentimental tan mágica como esa música que tocan a todas horas. Me enamoré de Mozart in the Jungle a contracorriente, contra todo pronóstico. Un amor imposible que duró dos temporadas completas. Pero ahora, ay, comienzan las dudas. Y yo no querría.



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La llegada: el futuro

¿Si pudieras ver toda tu vida, de principio a fin, cambiarías algo?
    Esta es la pregunta fundamental -y sólo tontorrona en apariencia- que plantea La llegada. La respuesta instintiva es obvia: nos ha jodido. Si supiéramos que mañana íbamos a morir en una carretera secundaria de Albacete, estampados contra un árbol que lleva décadas esperando nuestro impacto,  haríamos todo lo posible por no acercarnos a esa bella provincia de La Mancha. La cosa parece evidente. Pero tiene trampa. Igual que el protagonista de Cita en Samarra -ese cuento ancestral que popularizara Jorge Luis Borges- muere tratando de evitar su encuentro con la Parca, nosotros, pobrecicos, también moriríamos en esa carretera de Albacete aunque nos encadenáramos a nuestra cama por la noche, o saliéramos de madrugada en el primer vuelo hacia Vladivostok. Los hados se conjurarían para lograrlo. Conocer el futuro como lo conocen los heptápodos de La llegada, como aprende a conocerlo la filóloga Banks que desentraña sus secretos circulares, sólo es eso: conocerlo. Por mucho que diga la mecánica cuántica, el futuro está escrito con tinta que ya no se borra. Una cosa es que el electrón X salga de paseo por donde le apetece, y sea imprevisible, y hasta tenga el don de la ubicuidad y pueda aparecer en dos sitios al mismo tiempo, y otra, muy distinta, es que la pelota de fútbol que estaba predestinada a golpearnos en la nariz no lo haga con toda su virulencia, allá en el parque infantil, rompiéndonos las gafas que estaban condenadas a la rotura desde el mismo estallido del Big Bang. En el mundo macroscópico de las pelotas de tenis y de los seres humanos, la fatalidad  trágica o gozosa nos espera a la vuelta de cada esquina. Y si alguien, como la filóloga Banks, por puro instinto o por enseñanza de los alienígenas, es capaz de vislumbrar los acontecimientos venideros, sólo le queda la resignación y la calma zen para afrontarlos. Las desgracias inevitables son, además, en cierto modo, menos desgracias.



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La llegada: filólogos

Todos conocimos a un compañero del bachillerato que soñaba con ser médico, abogado, constructor de ingenios mecánicos, pero que un buen día, plantado ante la decisión universitaria que marcaría su vida para siempre, decidió hacerse filólogo, o filóloga, del inglés o del ucraniano, y para sorpresa de todos se zambulló en los misterios de una lengua sabiendo que básicamente iba a perder el tiempo, y a adquirir unos conocimientos inútiles para la subsistencia. Ellos, los filólogos, con su valentía o con su tontuna, se han convertido en carne de cañón para los monologuistas del stand-up. Para los contadores de chistes que son el pan twitter de cada día.

—Esta mujer se ha derrumbado, rápido, ¿hay algún filólogo en la sala?
—Yo.
—¿Es "le" está o "la" está dando un infarto?
—Le
—Es usted un héroe.

 Y cosas así.



    Para ellos, nuestros queridos amigos y amigas, ya licenciados en sus saberes o todavía empeñados en el asunto, La llegada es una llamada a la esperanza. Un sueño que cumplir cuando terminen la carrera y se apunten al paro mientras esperan acontecimientos de trascendencia universal. El día que lleguen los extraterrestres y nos quedemos acojonados, los gobiernos llamarán a muchos especialistas para resolver el enigma de su visita. Y los primeros, seguramente, como bien exponen en la película, serán los filólogos, que tendrán que enfrentarse al desafío supremo de traducir una lengua que no viene del tronco indoeuropeo ni de la familia micromelanesia, sino de mucho más lejos, de allende los soles, donde los calamares de siete patas emiten gruñidos metálicos por los orificios y dibujan círculos misteriosos con su tinta sin bolígrafo. Todo esto, por supuesto, si un genio loco no se les anticipa e inventa un traductor simultáneo alienígena-terrícola como aquel que conducía al desastre en Mars Attacks! Ya sería el colmo para nuestro ejército de desocupados filologales.



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Beasts of No Nation

Los había visto muchas veces en los telediarios, en los documentales aterradores de La 2: niños que abultan menos que sus propios kalashnikovs y que vagan por las selvas africanas combatiendo en la facción desharrapada de cualquier guerra civil. Hoy los he vuelto a ver en Beasts of No Nation, que es una película sin aliños, sin cocciones, cruda hasta espantar a los espectadores más escrupulosos. Niños como Agu, el protagonista a su pesar, que un día se levantan para ir al colegio y en el visto y no visto de un tiroteo se quedan sin maestros, sin padres, sin aldea en la que refugiarse, y son reclutados por una guerrilla que pasaba por allí a cambio de un cobijo y de un mendrugo de mandril. Les ponen un kalashnikov en bandolera, les sirven cocaína en polvo para el postre, les gritan que los tipos de la otra selva son unos antipatriotas y unos chorizos, unos violadores y unos asesinos, y los envían a la guerra para servir a un señor muy distinguido que vive muy lejos, en la gran ciudad, más antipatriota y chorizo que nadie. Y entre tiro y tiro, para hacerlos hombres de provecho y combatientes con corazón de pedernal, los obligan a violar mujeres y a ejecutar prisioneros en los descansos educativos de las refriegas.




    Y por debajo de ellos, en el subsuelo, moviendo los hilos y las codicias, el oro y el diamante, que son como la kriptonita que convierte a los seres humanos en bestias. O mejor dicho: que los devuelve a su estado natural de bestias. Sólo hay que rascar un poco la superficie para que Mad Max cabalgue de nuevo por los desiertos, o por las sabanas tropicales. Los occidentales civilizados hemos tenido la inmensa suerte de nacer sobre un subsuelo que nunca produjo gran cosa de valor: carbón, en las montañas lejanas, y petróleo, en los páramos tejanos o siberianos. Y poco más. Siempre que nosotros, o nuestros antepasados, necesitaron el metal precioso, el mineral indispensable, el petróleo energético, fuimos a robarlo a tierras muy lejanas donde además suele hacer mucho calor, y todo es como la pesadilla selvática de Apocalypse Now, o como las alucinaciones arenosas de Lawrence en Arabia. Habría que vernos a nosotros, los hombres del bienestar, viviendo sobre una montaña de riqueza que otra nación más poderosa quisiera arrebatarnos. Habría que ver cómo un preboste se vende a los chinos, otro a los británicos, otro a los gringos con gafas de sol, y qué pronto empiezan a llover las balas y a prepararse las sarracinas. Qué poco tardarían nuestros hijos desamparados en cambiar las espadas láser de juguete por los fusiles superchulos de verdad. Es la riqueza, y no otra cosa, la que nos disimula civilizados.



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La tormenta de hielo

Cuando el matrimonio de Ben y Elena Hood termina por congelarse en La tormenta de hielo -porque la chispa de la pasión ya no se enciende, y las manías del otro se han vuelto insoportables-, lo primero que piensan ambos esposos, como americanos vanguardistas de los años setenta, es acudir a un asesor matrimonial para que les diagnostique el origen del mal, y le ponga remedio con unos cuantos consejos de Perogrullo, de puro sentido común, que ya recitaban las abuelas de los malcasados en los tiempos medievales. La cosa, por supuesto, no funciona, porque nadie conoce mejor los intríngulis -¿o son intringulises?- de la pareja  que la pareja misma, que se ha visto desnuda en la cama, cagando en el váter, vomitando intimidades en las fiestas regadas con alcohol. ¿Qué va a saber de ellos un terapeuta que sólo los conoce de visita, que sólo dispone de recetarios de aplicación general? Que tal vez sea él mismo un hombre separado, o una mujer divorciada, y tenga una versión muy particular o muy sesgada del asunto.





    Desengañados de la terapia -y con muchos menos dólares en el bolsillo- el matrimonio Hood probará con el método más tradicional de lamerse las heridas, que es acostarse con una persona de confianza para descongelar los hielos perpetuos de los bajos -que ya amenazan con necrosar los tejidos -  y ya de paso, después del coito, o de lo que sea, aprovechar para aligerarse el espíritu con varios desahogos: que si mi marido no me comprende, que si mi mujer es una arpía, que si tengo que rehacer mi vida con otra persona y tal y cual.
    El señor Hood no tarda mucho en encontrar otra cama donde volver a sentirse un ser humano sexualizado, pero lo que allí encuentra es más hielo todavía. Sexo del bueno, sí, pero nada más, porque la señora Carver, una vez satisfecha, no tiene humor para aguantar sus rollos postcoitales de macho proclive a la anécdota autolaudatoria. La señora Hood, por su parte, necesitará tomarse varios vasos de ponche para jugar al intercambio de parejas en la fiesta de los vecinos sofisticados, y terminar -irónicamente- en los asientos abatibles del coche de Mr. Carver, que no tarda ni tres segundos en confirmar que aquello es una cana al aire bastante lamentable. Si esto era la prometida infidelidad, el cacareado adulterio, mejor me quedo como estaba, piensa la señora Hood mientras regresa a su casa cabizbaja. Allí se encontrará con el también derrotado señor Hood, tan bien follado como ninguneado por su amante, y entonces, mirándose a los ojos desengañados, ambos comprenderán que aún existe una tercera solución para los matrimonios mal avenidos: el ajo y el agua.



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La La Land

Entré en el cine muy predispuesto a que me gustara La La Land, la película que todo el mundo ha visto ya en la gran pantalla, o en los screeners lamentables que circulan por internet. Venía uno entregado a la causa, rendido de antemano, con la crítica laudatoria ya casi escrita en la cabeza: que si vaya obra maestra, que si vaya carrusel de emociones, que si menudos son los números musicales y tal y cual.
    Todo en los prolegómenos de La La Land parecía promisorio y venturoso. Hace mucho tiempo que vivo enamorado de Emma Stone, la chica de los ojos como platos y la voz como estropajo. Esa mujer de extraña belleza y talento descomunal que cada vez que aparece en pantalla me recuerda que yo nací para vivir entre anglosajonas de piel blanca y cabello rojizo. Hace mucho tiempo, también, que decidí parecerme a Ryan Gosling cuando me haga mayor, y plagiarle el estilo, y los andares, y clavarle esa mirada suya indescifrable, y esa sonrisilla suya de picarón, cuando yo alcance una cierta madurez, y una cierta prestancia, y se me vayan las lorzas al garete, y se me repueble el cabello, y se me reordenen las facciones en un milagro inédito de la ciencia. Y luego estaba el señor Chazelle, dirigiendo la función, que es un tipo al que idolatro desde su Whiplash memorable. Y el hecho, también, de que La La Land sea una película musical. y yo sea un converso a este género que antes odiaba con toda mi saña, porque me parecía risible, ridículo, que hombres y mujeres se lanzaran a cantar en mitad de las calles, como trastornados o como gilipollas, pero que ahora me creo a pies juntillas, los arrebatos y los bailoteos, porque he comprendido que la vida es en sí misma una aventura musical, cómica o dramática según las circunstancias, y que lo cierto es que siempre suena una canción en nuestros adentros, una melodía, una fanfarria, una balada de amoríos, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos tarareando y moviendo los pies como Gene Kelly en sus películas, trastornados y gilipollas al mismo tiempo.



    Pero empieza La La Land y noto que mi predisposición va muy por delante de mi juicio. Emma Stone sale radiante, y Ryan Gosling reluce irresistible, y el señor Chazelle se marca unos virtuosismos muy chulos y originales con la cámara. Hay amor, risas y bailes. Sueños y decepciones en la ciudad del La, La, La  que no es el Madrid de Massiel, sino la ciudad de Los Ángeles donde nunca se pone el sol, y cuando se pone, las raras veces, todo el mundo busca una vista maravillosa para darse unos picos y meterse un poco de mano. Pasan los minutos y La La Land se me escurre entre los dedos. Quiero amarla, disfrutarla, sentirla en las vísceras como el peliculón que yo presumía en los prolegómenos, pero no puedo. Y poco a poco me voy decepcionando, y me voy escurriendo en la butaca. Todo es irreprochable en la película, pertinente y muy bonito, pero hay una intención tontorrona que lo tiñe todo de cursilismo. O eso me pareció. Le falta mucha mala follá, a La La Land. Su historia es un cuento para adultos, pero un cuento al fin y al cabo. En el fondo es amable, predecible, muy poco profunda.
    Y además, para más inri, dos vejestorios que se aburrían en casa y decidieron ir al cine a dar por el culo, empezaron a aburrirse justo delante de nosotros. Y cuando dos vejestorios se aburren delante de ti, ya puedes ir despidiéndote de la función. El fulano no paraba de moverse en su butaca (¿las cervicales, la próstata, el baile de San Vito?), y la paisana, con un peinado ridículo de ricachona, no paraba de comentar todas las incidencias de la película, diálogo por diálogo: Jum, ay, pobrecita, qué cabrón, ya lo decía yo, ejem, pues vaya, mmmm, jajajá, uy por Dios... Un dar por el culo permanente, ya les decía. Y ya no digo nada cuando llegaban los números musicales, que son muchos y variados, y entre que los dos gilís no parecían entender el inglés, y que los subtítulos se quedaban muy lejos de su presbicia consustancial, estos dos porculadores ya pasaban directamente al diálogo abierto, conyugal, a voz tendida, como si aquello fuera el salón de su casa y no un lugar público donde los demás ya nos cagábamos en su molesta presencia. La La Land. Y Ga Ga Land también.


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Krámpack


Para rematar sus actuaciones sobre el escenario, Ignatius Farray, el cómico que ha convertido sus propias taras en material de comedia, busca "chicos confusos" entre los espectadores para chuparles los pezones. Es una ocurrencia surrealista, estúpida, que nada tiene que ver con el discurso anterior (donde nada tiene que ver con nada, en realidad, porque Ignatius improvisa, desbarra, desnuda su alma, y lo mismo le sale una cacofonía de sandeces que un repertorio legendario de hallazgos).
    Al principio hay mucha perplejidad entre los asistentes, que venían preparados para descojonarse con un cómico peculiar y raruno, pero no tanto. Hay risas sofocadas, gestos de extrañeza, caras sonrojadas de "por favor, que a mí no me saque". Un incómodo compás de espera. Pero al final, para salvar la función, siempre hay un tipo que venía con los colegas y que se tira al ruedo porque ha bebido demasiado alcohol, o porque se ha apostado una pasta gansa en el asunto. O porque es, verdaderamente, un chico confuso que busca probar una nueva experiencia. El caso es que Ignatius siempre se sale con la suya, y tras el lameteo pectoral, y su grito sordo de celebración, todo termina entre grandes carcajadas que alimentan su leyenda de comediante sin criterio.



    Y no cuento todo esto porque se me haya ido la pinza -que también-,  sino porque siempre que llega ese momento me acuerdo de Dani y de Nico, los dos amiguetes que en Krámpack también se chupan los pezones para echarse unas risas, y a veces, incluso, las pollas, en un juego homoerótico que no se sabe muy bien a qué les conduce. Dani y Nico pasan juntos el verano en un pueblo de la costa catalana, y allí, como son chavales simpáticos y bien parecidos, flirtean exitosamente con la muchachada femenina. Con las chicas salen en bicicleta, pasean por la playa, buscan rincones entre las rocas donde achucharse y conocerse las pieles poco a poco. Pero al final de la jornada, cuando regresan al chalet, la frustración se dibuja en sus rostros. Dani se queda con ganas de más sexo, cansado ya de los magreos sin continuación, y Nico, a quien en realidad las chavalas le importan un comino, se queda con más ganas de Dani, que es su amor verdadero. Así que ambos se acuestan en la misma cama y desnudos desfogan sus desencantos. Mientras se hacen cosas por lo bajo, el krámpack, y lo otro, Nico se imagina que Dani es la chavala que no pudo tirarse durante el día, y Dani, por su parte, imagina que Nico está pensando en él cuando le complace. Tan íntimos y tan amigos, y en el fondo tan descomunicados. Tan ajenos. Los jovencitos confusos, y sus pezones.


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Animales nocturnos

Los escritores tienen fama de ser animales nocturnos. Pero son las musas, en realidad, quienes poseen el mal hábito de la madrugada. Ellas las que aparecen a horas intempestivas para revolotear sobre las cabezas de los escritores menos dotados, y susurrarles al oído la idea que llevaba todo el día escondida como una niña traviesa. Es por eso, porque hay que esperar la visita de las trasnochadoras, y sin su ayuda estarían perdidos, y tendrían que dedicarse al sillón-ball o a la quema de rastrojos, que los escritores mediocres, esforzados, que lo deben casi todo a la paciencia y casi nada al genio natural, han perdido ya el recto camino del ciclo circadiano. Como le sucede a Edward Sheffield en Animales nocturnos, que es un escritor frustrado que no le gusta ni a su propia mujer. Que ni siquiera es capaz de arrancarle una mentira piadosa cuando ella lee sus esbozos y sus manuscritos. Tan inseguro y tan decepcionado que terminará por rendirse, por claudicar ante la tarea, hasta que las musas, esta vez disfrazadas de trompazo de la vida, de trauma que dejará en él una huella indeleble, le devuelvan las ganas de gritar, y hasta de vengarse un poquitín de quienes antes le menospreciaron.



    Los escritores de raza, en cambio, los que se ponen delante del folio o de la pantalla y trabajan concienzudamente sus ideas prístinas, son animales diurnos que llevan horarios estables y costumbres asentadas. Tipos muy aburridos, muy cuadriculados, de los que malamente se podría sacar una película con algo de chicha. Los escritores de verdad se acuestan a una hora prudente, roncan el sueño de la satisfacción, y a la mañana siguiente, con la fresca, se levantan dispuestos a trabajar con el cuerpo descansado y el espíritu tonificado. Salen de paseo por el campo -porque muchos viven en el campo gracias a sus éxitos literarios-, hacen ejercicio, respiran el aire puro y regresan a casa con una bolsa de churros o de cruasanes en el zurrón. Se ponen el café, encienden el ordenador, mojan los manjares en el líquido sagrado y a partir de ahí ya todo es productividad y plenitud. Hacen la mañana frente a su novela o frente su poesía y luego, por la tarde, con la satisfacción del deber cumplido, le dedican su tiempo libre a la familia, al cine, a la lectura de otros autores quizá menos afortunados: los animales nocturnos de la frustración, que estos sí que dan para películas inquietantes, tenebrosas, de personajes atormentados que no paran de buscarse, y apenas se encuentran.


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Hasta el último hombre

Hasta el último hombre no es una película antibelicista. No hagan caso de la publicidad. El soldado Desmond Doss, que se presentó desarmado en la batalla de Okinawa, no es moralmente superior a sus compañeros en opinión de Mel Gibson. Gibson le regala una hora entera de metraje para que entendamos su posición moral, su cabezonería de feligrés seducido por el quinto mandamiento. Asistimos con curiosidad a su infancia traumática, a sus amores gazmoños, a sus juramentos sagrados sobre la Biblia. A su vida ejemplar de la América Profunda. Gibson siente simpatía por su protagonista, y hasta entiende su posicionamiento pacifista, pero pasada la primera hora de cortesía, cuando empiezan a caer los pepinazos sobre la isla de Okinawa, su objeción de conciencia valdrá tanto como la psicopatía de sus compañeros que se creen Rambo y siegan soldados japoneses como quien trabaja en la era armado de guadaña. Todos los soldados son necesarios para ganar la guerra, es el mensaje final de la película, y poco importa que antes de abandonar la trinchera le recen al dios Marte bañados en sangre, o al dios del Advenimiento bañados en santidad.




    A Gibson, además, lo que realmente le motiva es la víscera desparramada, el brazo cortado, la cabeza abierta, la pierna gangrenada. La rata que se come el cadáver agusanado. La truculencia y el asco. La sangre que salta y empapa los uniformes. Y a veces, incluso, en exceso narrativo, la propia cámara que filma las carnicerías. Los debates éticos sólo le sirven de excusa narrativa para armar la película. Hasta el último hombre es un remake encubierto de La Pasión de Cristo, solo que ahora los mártires son más terrenales y más americanos, y ya no tienen por enemigos a los judíos sibilinos del siglo I, sino a los japoneses malvados del siglo XX, que en manos de Gibson vuelven a ser unas caricaturas lamentables que sólo saben matar y poner ojos de trastornados. De nada nos sirvieron las cartas desde Iwo Jima ni las delgadas líneas rojas.  A Gibson le viene de perlas el soldado Desmond para dar rienda suelta a sus fijaciones sanguinolentas, porque este objetor de conciencia se paseaba por las batallas armado únicamente con sus paquetes de vendas y con sus inyecciones de morfina, y sólo iba atento al muslo desgarrado que se independizaba de su pierna, al boquete tremendo que dejaba ver el fistro diodenal. A la arteria seccionada que irrigaba profusamente los baldíos arrasados. La casquería, y no otra cosa, es el tema principal de Hasta el último hombre




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La red social

En un momento dado de La red social, cuando Facebook todavía se llamaba The Facebook y el invento aún no había traspasado los ámbitos universitarios, Dustin Moskovitz, informático y accionista de la empresa, le pregunta a su amigo Zuckerberg por el estado sentimental de una compañera a la que quiere conquistar con el camino despejado, sin que un novio musculado se interponga en el camino para romperle la jeta.
    -No lo sé -le responde Zuckerberg-. No la conozco lo suficiente. Las chicas no van por ahí con un cartel de "Disponible" o "No disponible"...
    Y en ese mismo instante, sin llegar a terminar la frase, traspasado por el mismo rayo de lucidez que electrocutó a Arquímedes en su bañera, Zuckerberg comprende realmente qué es Facebook, su querida criatura: una herramienta para ligar. Un propósito simple, diáfano, casi estúpido en su obviedad, pero de una trascendencia brutal. En una transustanciación inmediata, Facebook dejará de ser un divertimento estudiantil para convertirse en el siervo tecnológico del dios Sexo, que todo lo decide y todo lo impele desde su atalaya. Zuckerberg se sabe de repente millonario, y casi demiurgo de nuestras voluntades.



    La evolución sustituyó nuestras pelambreras de chimpancés por vestidos que ocultan nuestros deseos, y los gritos de macacos por gestos muy educados que disimulan nuestras intenciones. La sexualidad humana es un sudoku indescifrable de quiero pero no puedo, puedo pero no quiero, tal vez te acepte si lo intentas otra vez o como des un paso más te pego un bofetón que rebotas contra la pared. Los ojos de la gente siempre mienten, cantaban Golpes Bajos. Y más todavía sus palabras, que se inventaron precisamente para eso, para confundir, y no para comunicar. Hay que ser muy inteligente, o muy ducho en la materia, para saber quién está de verdad interesado o quién está cruzando simplemente una mirada de simpatía o de respeto. Es ésta una sabiduría muy arcana, muy filosofal, reservada en exclusiva a a los grandes sacerdotes del ligoteo, que son los dueños de la noche y de la madrugada. Como los monjes medievales fueron en su tiempo los reyes del mambo porque sólo ellos sabían leer y escribir. Los demás, en las cuestiones del cortejo, caminamos a tientas, medio imbéciles y medio ciegos, y eso fue lo que Zuckerberg comprendió en su segundo definitivo de inspiración. Facebook terminaría con los equívocos de quienes se buscan por internet o por la vida real sin encontrarse.
    Luego, con el tiempo, hemos terminado usando el juguete para jugar al Apalabrados, para compartir gustos, para contar nuestras miserias. Para ver fotos de nuestros sobrinos o reenviar vídeos de gatos que se caen de los pianos... Pero todo esto ya son usos secundarios, desnaturalizados: el reflejo de la inquietud humana -tan simiesca y tan boba-  que cuando se aburre ya no para de enredar. 



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Sing Street

Al comienzo de La red social, el personaje de Mark Zuckerberg, rechazado por esa chica tan lista y tan guapa que le adivina las intenciones, se encierra en su habitación estudiantil preso de la decepción, y suponemos que tras masturbarse en el cuarto de baño, y tras recomponer su figura ante el espejo, se lanza sobre su ordenador para crear el embrión de lo que más tarde se convertiría en Facebook. Un hito del progreso, del ingenio humano, la herramienta icónica de los inicios de este siglo -e incluso de este milenio si me apuran- pero que en esencia, despojada de su poesía y de su trascendencia, sólo es el juguete que creó un universitario despechado para llamar la atención de su chavala. Otros con menos CI en la cocorota o menos ímpetu en las entrañas se hubieran puesto a improvisar versos lamentables, o a componer tristes melodías de desamor. O a pergeñar el guión de una película romántica donde siempre llueve en los corazones. O hubiera llamado a los amigotes para tocar canciones con letras muy melancólicas sobre la soledad.



    Esto último, formar una banda de música para darse el pisto, y convocar las miradas de su amor imposible, es lo que hace el muchacho Connor en Sing Street, la película que hoy nos ocupa. Connor, el quinceañero de barriada, no va a la Universidad de Harvard como Zuckerberg, ni tiene un CI contrastado de la hostia, ni dispone de ordenadores -ni siquiera un mísero Spectrum de la época- allá en su barrio marginal de Dublín. Connor vive en los años ochenta, en la católica y apostólica Irlanda, y para olvidar la estricta educación de los Hermanos Cristianos, se pasa el día viendo la MTV que llega desde la pérfida Albión. Así transcurre su triste y monótona vida hasta que se enamora de Raphina, la chavala que sólo pisa el instituto por casualidad, que ya pasa de esas chorradas para inmaduros y sólo alterna con  tíos de pelo en pecho que conducen coches descapotables. Raphina es bellísima, inteligente, un año mayor que Connor. Inalcanzable. Pero Connor, nuestro héroe, no se arredra ante las dificultades, y entre que es amiguete de un chaval que conoce  a otro que dispone de una batería y tal y cual, terminará montando un pifostio musical para mayor vanagloria suya. Y la cosa, contra todo pronóstico, funciona con la hermosa pero algo inocente Raphina. Gracias a la música, y al orgullo desmedido del chaval, nacerán los brotes verdes del amor... 


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United 93

En el chiste de Gila, un pasajero con miedo a volar razonaba que era imposible que los aviones se estrellaran como aseguraban en los telediarios, y que todos sus ocupantes muriesen al mismo tiempo en la tragedia, porque ya sería mucha casualidad que todos tuvieran señalado el mismo día para morirse, y que eso era un sindiós matemático, y una probabilidad ínfima que no podía considerarse. Salvo que fuera el día señalado para el piloto -respondía su compañero de asiento, muy poco tranquilizado en sus terrores- en cuyo caso ya poco importaban los destinos individuales, y los designios de las matemáticas.



    Eso fue lo que sucedió a bordo del United Flight 93 que acabó estrellándose en un campo de Pensilvania en la aciaga jornada del 11-S. Sus pasajeros seguramente tenían marcado otro día fatídico en el calendario, cada uno en su destino futuro, en su vida independiente lejos del avión. Pero el 11 de septiembre del 2001 fue, para su desgracia, el día del piloto, y el de sus compinches en la fe, y contra eso no pudieron hacer nada las cábalas probabilísticas. Ni sus intentos desesperados por defenderse. Y mira que lo intentaron, según la versión oficial que recoge la película de Paul Greengrass. Mira que juntaron valor, y que le echaron huevos, los pasajeros del trágico vuelo, y a fe que hubieran logrado salvar sus vidas si ese mamón que controlaba los mandos no hubiera sido un fanático redomado, un ansioso de las mil vírgenes que le esperaban en el paraíso. Pero esto, ya digo, lo cuenta la versión oficial, que al parecer ha reconstruido los hechos gracias a las llamadas telefónicas que se produjeron desde el avión. Los terroristas perpetran el secuestro, los secuestrados se resisten, y a consecuencia de la lucha que se produce en la cabina el United 93 se precipita contra el suelo. Punto final. Un asunto muy simple, y muy verosímil, que en la película te pone los pelos de punta y te quita las ganas de viajar en avión para una larga temporada. Al menos hasta que llegue el verano y la canícula meseteña se vuelva más insoportable que el canguelo de volar. Pero hay otras teorías, ya digo, que circulan por ahí desde el mismo día de los hechos.
    Teorías que darían para rodar casi exactamente la misma película, pero con un final alternativo, y mucho menos edificante para el gran sueño americano, y para la gran patria que nos gobierna. 


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Los idus de marzo

Para triunfar en el mundo de la alta política es aconsejable no ser buena persona. Cualquiera, dadas las circunstancias, podría ser el alcalde de su pueblo, o el representante local de un partido marginal, si hubiera que echar una mano a la comunidad o a los amiguetes que te reclaman. Sólo hay que leerse los papeles, firmar los documentos, y manejar la suma y resta con llevadas para administrar los presupuestos. Y tener un poco de sentido común. Pero la política de verdad, la que consiste en ascender peldaños para alcanzar las esferas del poder, necesita tíos y tías con virtudes muy poco recomendables. No se puede llegar a presidente de nada, ni a subsecretario de cualquier cosa, si no se dispone de cierta habilidad para mentir, de cierta indiferencia para liquidar rivales, de tragaderas como bocas de metro para pactar con los enemigos si la situación así lo requiere. Hay que manejar un cinismo de griego clásico para decir una cosa y luego la contraria sin que a uno se le quite el sueño por la noche, ni el autorrespeto durante el día. Y sin que luego, delante de la cámara o del micrófono, la disonancia cognitiva altere tu gesto o tu mirada. O te haga temblar la voz. Hay que tener mucha jeta, mucho orgullo, mucho disimulo. Un autocontrol gélido que mete miedo en los votantes. Y luego hablan de la abstención...



    Pero hay gente todavía más sospechosa que los políticos: los asesores de los políticos. Lo aprendimos en Veep, o en The Thick of It, que son dos comedias canónicas donde los adláteres que rodean a la vicepresidenta o al ministro de turno son todavía más mezquinos y más intrigantes que sus jefes. Verdadera gentuza que vive directamente de la mentira, de la intoxicación, de la traición al compañero. Y lo aprendimos, también, en películas dramáticas como Los idus de marzo, donde los políticos que entrechocan las cornamentas sólo son actores secundarios en manos de sus asesores, que los traen y los llevan, los recomiendan y los advierten, los jalean o los reprenden. Tipos que conocen a la perfección los resortes del sistema, las estupideces de los votantes, las artimañas de los rivales. Una jungla de gorilas trajeados, chimpancés lúbricos, orangutanes con estudios y panteras rubias con ojos verdes que te nublan los sentidos. Es ahí, en ese ecosistema tan salvaje, done se juega el prestigio y los cuartos el bueno de Ryan Gosling. 


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Confesiones de una mente peligrosa

Al principio de Confesiones de una mente peligrosa, Chuck Barris, arrepentido de su mala vida y de sus malas decisiones, confiesa que su único objetivo en la vida era que las mujeres le amaran, y, a ser posible, que le chuparan la polla. Esto último como guinda del pastel, si no era mucho pedir.
    Si hacemos caso de su caracterización, el pobre Chuck lo llevó bastante crudo en su juventud, porque era un muchacho sin atractivos físicos, y sin habilidades de galán, un fracasado sexual en el paraíso donde otros triunfaban y retozaban. Así que tuvo que esperar varios años para comprender que su creatividad -su mente peligrosa- sería el arma de combate que finalmente conquistaría a las mujeres. Mientras intentaba meterse en el mundo de la televisión como creador y productor, legó al mundo varias canciones que en su momento fueron éxitos tan fulgurantes como pasajeros. Chuck empezó a ligar, a tomarse cumplida venganza de los despechos juveniles, y hasta es posible que alguna novieta le pusiera por fin la guinda a su pastel. Pero Chuck, ya subido en la ola, aspiraba a algo más: a mujeres guapas de verdad, con las que poder pasearse por Nueva York despertando envidias y levantando admiraciones. Así que se puso pesado, hizo carrera en el mundo de la tele, y allí, gracias a su mente inquieta, creó productos que lo catapultaron a la fama y a la cama de las gachíes más cotizadas. A él le debemos el formato primero de Contacto con tacto, o de El Semáforo, que tanto hicieron por nuestra educación y por nuestra formación cívica allá en la desperdiciada juventud.




    Pero a Chuck Barris le faltaba algo. Una inquietud muy personal que satisfacer. Un afán tan primario como el sexo, tan vetusto como los primates, tan salvaje e inconfesable  que ni siquiera hoy queda claro si el tipo lo inventó todo para darle más morbo a sus memorias, y vender muchos ejemplares en las librerías de postín, o si realmente trabajó de matarife para la CIA en los años más crudos de la Guerra Fría, tomándose un respiro y un desahogo de sus muchos quehaceres de productor y de gran follador. Kaufman, el guionista del invento, es un tipo muy hábil a la hora de sortear estas contradicciones, y crea mundos y personajes que podrían ser tan verídicos como fantásticos, tan apegados a la realidad como delirantes que te cagas.  Ése es su mérito incuestionable. La CIA, por supuesto, lo niega todo. Según ellos, la doble vida de Chuck Barris sólo es un invento publicitario, y un filón para la película. Nada más. Faltaría más. 



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Todos queremos algo

Los machos de nuestra especie sólo conocen dos actividades básicas: rondar a las mujeres y medirse las pollas. O lo que es lo mismo: buscar compañeras sexuales con las que asegurarse la descendencia, y pelear con otros machos por la posesión de las hembras más preciadas. No hay nada más. El resto sólo es nutrirse, dormir, reposar el cuerpo para esta doble batalla de la vida.
    Cualquier cosa que hacemos los hombres está encaminada a impresionar a una mujer, o a elevarse por encima de otro hombre. Tengo más fuerza en el bíceps, más dinero en el banco, más caballos en el coche, más hondura en la escritura poética. Entre nosotros todo es una competición soterrada, solapada, que no suele terminar en agresión porque vivimos en una sociedad civilizada y hay unos señores vestidos de policías y de jueces que se enfadan mucho si uno va por ahí abriendo cráneos o rajando abdómenes. Cuando alguien con más méritos o con más suerte nos birla a la señorita que añorábamos, nos queda la envidia, la frustración, y hay quien convierte esto en una neurosis incapacitante o en una obra maestra de la literatura universal, según el talento de cada cual.



    En Todos queremos algo, Richard Linklater responde al enigma que quedó sin resolver al final de Boyhood: ¿qué fue de Mason, aquel niño entrañable, aquel muchacho pensativo, cuando llegó a la universidad y se vio rodeado de una caterva de compañeros que sólo pensaban en follar? Todos queremos algo transcurre en los días anteriores al inicio de curso. Los compañeros que habrán de compartir casa y vestuario aprovechan este tiempo para conocer los andurriales, repartirse los dormitorios, y sobre todo, medirse las pollas. Y cuando uno dice medirse las pollas el abanico de actividades se hace casi infinito. Los hombres han ideado múltiples formas de desafiarse a lo largo de los siglos, y esta pandilla de hormonados acaba probando casi todas en dos horas de metraje. Desde las más elevadas, como la práctica del béisbol o la erudición musical, hasta las más bajas, como la ingesta alcohólica o la emulación de Tarzán en los bosques del contorno. Todos queremos algo es un episodio de National Geographic sobre cómo los universitarios se golpeaban el pecho y gruñían su celo allá por la era geológica de los años 80.



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El hombre de las mil caras


Algo falla en El hombre de las mil caras cuando en un momento de la película empezamos a sentir pena por Luis Roldán, ese hombre. Le vemos tan enamorado de su señora -y quién no estaría enamorado de una señora como Marta Etura-, le conocemos tan asustado por su futuro, tan arrinconado en ese piso-zulo de París donde Paesa y sus adláteres lo engañan como a un chino -o como a un laosiano-, que la simpatía empieza a ganarle terreno a nuestra repulsa, y casi dan ganas de levantarse del sofá para besarle la calvorota a este ladronzuelo tan entrañable, que entre la alopecia, la barriga incipiente y la cara de tonto que se le va poniendo bien podría ser cualquiera de nosotros, los infortunados de la vida. Pero uno se rehace rápidamente de esta compasión innoble, de este humanismo inadecuado, y vuelve a cagarse en las muelas de este funcionario que arrambló con los dineros públicos, y se llevó la pasta gansa, y lejos de devolver lo robado contrató al hombre de las mil caras para que se lo pusiera a buen recaudo en Singapur.



    Roldán es un chorizo, un delincuente, un chiquilicuatre de la corrupción noventera -nos esforzamos por recordar- y en ese esfuerzo que no debería ser tal nos sentimos incómodos, y algo engañados, porque nosotros veníamos a ver una película de malos muy malos urdiendo sus trapicheos, sus puñaladas por la espalda; el espectáculo siempre fascinante de ver cómo trabajan los fontaneros del Estado y los especuladores del sistema, que son tipos que suponemos de hierro, de sangre de horchata, verdaderos "nasíos pa' robá" que tienen su aplomo y su prestancia. Y cuando nos encontramos al hombre que duda, que llora, que casi se arrepiente de haber metido la mano en la caja -que es tan débil y tan poca cosa como cualquiera de nosotros- nos sentimos un poco contrariados. Nosotros veníamos a ver hombres muy hombres, decididos, el reverso tenebroso de nuestra triste figura, y nos encontramos con un Luis Roldán abrazado a su maletín de no-secretos como un niño se agarra a su cartera escolar. Y a Francisco Paesa, el verdadero protagonista de la película, viviendo de prestado en un chalet de Las Rozas como si la dueña le hubiera puesto un piso de mantenido, y no al revés. Está visto que incluso los ladrones, y los liantes de altos vuelos, tienen poco glamur en nuestro país.



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Buenas noches, y buena suerte

"Somos ricos, gordos, comodones y complacientes. Tenemos alergia a la información desagradable o inquietante. Nuestros medios reflejan esto. Si no nos levantamos de nuestros gordos traseros y reconocemos que la televisión se utiliza para despistar, engañar, divertir y aislarnos, entonces la televisión y los que la financian, los que la miran y los que trabajan en ella, puede que no se den cuenta hasta que sea demasiado tarde".
    Esto lo dijo Ed Murrow en 1958, ante sus compañeros de profesión, en un arranque de sinceridad que convirtió su fiesta y su homenaje en un desfile de rostros cariacontecidos. Cuarenta y nueve años después, para sofoco del alma en pena de Ed Murrow, nadie ha levantado todavía su gordo trasero de donde lo dejó. Ni el espectador que lo aprieta contra el sofá ni el programador que lo menea en su silla de oficina. La televisión sigue siendo el instrumento inútil que Murrow ya barruntaba, incapaz de formar a la gente, de presentarle las noticias con objetividad, de ayudarle a tomar postura con las versiones contrastadas. No en vano, The Newsroom, que era el informativo quimérico que Aaron Sorkin ideó para los tiempos modernos, empezaba con Ed Murrow dignificando sus títulos de crédito, y avalando sus intenciones pedagógicas. 



    Por mucho que nos digan y nos mientan en nuestras televisiones posmodernas de los plasmas y los 4K, no existe la pluralidad real, el debate sano, la confrontación de ideas. Los informativos de los canales privados le bailan el agua a sus inversores, y a sus patrocinadores, como es lógico y normal, porque hay que dar de comer a los retoños y entre la dignidad y el frigorífico lleno de potitos esto último es sin duda lo más importante. Y luego está nuestra televisión pública, ja, que sólo con el apellido ya te da la risa, porque no es tal, sino el chiringuito de cuatro inquisidores trajeados que han estudiado en prestigiosas universidades. Tipejos que cuando imponen su criterio y su opinión han de sujetarse el brazo fascistilla como hacía el Dr. Strangelove en la Sala de Guerra de Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú. A los efectos que nos ocupan, la televisión pública (ja) sólo es un desfile orquestado de ministros, ministras, portavoces y miembros guapísimos de la realeza que repiten como loros el mismo mensaje machacón: todo va de puta madre y la pobreza y la necesidad sólo son espantajos que agitan cuatro rojos muy vengativos y muy peligrosos. Incluso en esto no hemos cambiado nada desde los tiempos de Ed Murrow. 


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