La doncella

La doncella no es La vida de Adèle, pero casi. No ha pasado ni una semana desde que Emma y Adèle se amaron en mi televisor con el ímpetu de las amantes juveniles, y de pronto, en esta película coreana que yo esperaba de sangres y violencias, pues su director es un tipo muy dado a tales excesos, descubro que ahora los excesos que ocupan a Chan-wook Park son sexuales, sabanísticos, de tórridas escenas entre Lady Hideko -adinerada dama de la aristocracia coreana a la que todos los hombres pretenden sin coscarse de su predilección- y su criada, la dulce e impresionable Sook-Hee, que descubre en la señorita Hideko la hermosura de quien nunca le dio un palo al agua, la finura de quien recibió una educación esmerada desde niña, y. sobre todo, la sorpresa infinita de saberse también deseada a pesar de su condición servil. 



    Pues luego, terminada la jornada, abrazadas y desnudas en la cama, ambas mujeres son indistinguibles en rango y clase social, y ya no es la señorita quien ordena y la criada quien obedece, sino que allí se intercambian los roles, y muchas veces es la subalterna quien lleva el peso de las decisiones, y ordena el cambio de maniobras, y plantea nuevos objetivos militares, mientras la dama de alta cuna sonríe juguetona y se deja llevar, y en la humillación de quien ya no porta la vara de mando se excita todavía más, y gruñe maldades que son mucho de erotizar. En la cama de sábanas de seda Hideko y Sook-Hee son la misma mujer, compenetradas y enamoradas, pero también son la misma mujer en un sentido visual, cognitivo, porque a ojos de un espectador occidental -que ya tiene dificultad en distinguir a dos actrices coreanas que hablan en el desayuno o pasean por la arboleda- cuánto mayor galimatías le resultan las identidades cuando los ojos se achinan aún más en el ardor del deseo, y los cuerpos se enredan en el fragor del espasmo, y los rostros se pegan tanto que uno ya no sabe quién es quién en la lucha sin cuartel sobre el tatami.




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Tres recuerdos de mi juventud

Viendo Tres recuerdos de mi juventud -que es la historia de un amor adolescente con mucho desnudo en la cama y mucha verborrea de amantes que deshojan la margarita- he recordado, quizá por ser una película francesa, aquello que decía Michel Houllebecq en su novela Ampliación del campo de batalla:
    "La adolescencia no es sólo una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. [...] A partir de ese momento ya está todo dicho, y la vida ya no es más que una preparación a la muerte".
    Algo así es lo que piensa Paul, el protagonista de la película, que ya viejuno recuerda su amor por Esther como el romance que al mismo tiempo inauguró y clausuró su vida sexual. Y no porque llegara virgen al encuentro, ni porque luego jurara voto de castidad, sino porque antes de Esther -la chica guapísima de los labios de gominola- sólo hubo tonterías y escarceos, y después de ella ningún amor alcanzó tales alturas de vértigo, y tales valles de lágrimas. Una pasión irrepetible, desbocada, al mismo tiempo fundacional y definitiva. Los sentimientos -que los bardos y los tontainas siguen achacando al espíritu inexistente- sólo son hormonas que se bañan en nuestra sangre, como damiselas que se desnudan y chapotean en una tórrida tarde de verano, y el amor adolescente -y más si culmina en el sexo, y más si se practica en la romántica Francia- es el reino caótico, fueguino, maravilloso, de estos mensajeros químicos que son como el servicio de Correos de un país tercermundista.



      También escribe Michel Houllebecq en Ampliación del campo de batalla:
    "Siempre serás huérfano de esos amores adolescentes que no tuviste. En ti la herida ya es muy dolorosa; pero lo será cada vez más. Una amargura atroz, sin remisión, que terminará inundándote el corazón. Para ti no habrá ni redención ni liberación. Así son las cosas".
    Esto es así. Los amores que no se vivieron en la adolescencia no se recuperan jamás. No existe la redención, la superación, el tiempo recobrado. La asignatura pendiente de José Sacristán quedó suspensa para siempre. Por más polvos que le echaran, y por más entusiasmo que le pusieran. A él y a la Faltoyano se les quedó el boquete y la amargura. No haber sido amado en la adolescencia -no haber conocido el gozo de la carne primeriza, el orgullo de ser deseado por quien uno deseaba con el corazón acelerado- es una herida que jamás se cura. Queda ahí, abierta, fea, supurando, intoxicándolo todo...


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El fin de la comedia


Un siglo después de que Friedrich Nietzsche proclamara la llegada del superhombre, Matt Groening dibujó al infrahombre definitivo, Homer Simpson, crisol de todos los defectos y estupideces, y enterró para siempre el sueño de una humanidad superada. En aquel huevo interestelar que imaginara Arthur C. Clarke no se acercaba el nuevo hombre trascendido, sino un cerdo con poca pelambrera y escasas luces que se rascaba el culo, se emborrachaba con los amigotes y provocaba accidentes nucleares con su tontuna de trabajador sin cualificar. Un retroceso en toda regla. La desevolución que tarde o temprano nos devolverá a los árboles para rascarnos los sobacos. Nadie que haya leído Así habló Zaratustra se reconoce en ese sujeto que Nietzsche profetizó: demasiado listo, demasiado preclaro, demasiado guapo, incluso, si el libro hubiese venido con ilustraciones. En Homer, sin embargo, todos nos vemos reflejados: a veces un poco -en alguna tontería, en algún pecadillo venial- pero casi siempre mucho, y muy gravemente, en escalofríos que recorren la espina dorsal y que disimulamos con una carcajada que asusta a nuestros propios retoños, que sólo estaban allí para descojonarse con las tropelías y los trompazos de este mentecato sin parangón. Homer es todos nosotros, los hombres débiles, volubles, perezosos, desinformados, manipulables, cobardes, insolidarios, calvos incipientes y barrigudos ya consagrados. El reverso oscuro de nuestra tonta presunción, y de nuestro falso orgullo.



    Digo todo esto porque hoy he vuelto a ver El fin de la comedia, que es una sitcom que nada tiene que envidiar a las series americanas de las que bebe, y he descubierto que el personaje de Ignatius Farray es en realidad un Homer Simpson en carne y hueso, impreso en 3D, como aquel Homer que un día se escondió en el armario para huir de sus cuñadas y apareció en nuestro mundo de manos con cinco dedos. El alter ego de Ignatius es un tipo que también produce escalofríos cuando uno lo ve penar por la vida, con su humorismo sin gracia, su exmujer que lo maltrata, sus vecinos que lo miran mal, sus ligoteos sin happy end, sus meteduras de pata en cualquier lugar y circunstancia. Un tipo gordo, poco agraciado, con mirada de pánfilo o de chiflado según salga la luna, al que no le sirve de excusa tener un gran corazón y buscar siempre la mejor de las intenciones. Ignatius II es un fulano como cualquiera de nosotros, los espectadores decadentes, que lo vemos y lo simpatizamos y nos descojonamos con sus desventuras. Un bípedo implume que al igual que los patos, cada vez que se para a tomar una decisión, deja una cagada en el suelo. 


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La vida de Adèle

El amor es un sentimiento que viene sin llamar y se va cuando le apetece. Un ave de paso que a veces se queda durante años reconstruyendo el nido, y otras, las más, sólo se queda unos días, o unas horas, porque venía con prisa y sólo reposaba del largo viaje hacia un amor más grande. El amor es un niño caprichoso que va a su puta bola, a su puto albedrío, y entra y sale de los cuerpos como Pedro por su casa, causando orgasmos y dolores de cabeza, llantos de mucho sufrir y risas de mucho regocijarse. Estremecimientos sísmicos de la piel y cagaleras de pasar largo tiempo en el retrete. Y de todos los amores no hay uno más imprevisible, más perturbador, más tarambana, que el primero. Porque es eso, el primero, el desconocido, el que hay que torear sin saber manejar el estoque y el capote. Sin saber si el toro nos viene de frente o de lado, manso o hijoputesco, afeitado o con los cuernos como puñales. Y si por desgracia -o por suerte- el primer amor no conoce el contacto carnal, el ayuntamiento de los cuerpos, éste se queda en un simple revoloteo de mariposas en el estómago, y cuando lo recuerdas de mayor da un poco la risa, y un poco la añoranza inocente, pero si viene con sexo húmedo y voluptuoso como las nubes cargadas de lluvia, se vuelve tormentoso cuando descarga su furia, y los vientos se vuelven imprevisibles y destructivos.



    El primer amor es también el primer huracán que habrá de asolar nuestras vidas, cada uno con su nombre propio de mujer, o de hombre, y no empieza necesariamente por la letra A como en el mundo de la meteorología. En La vida de Adèle, sin ir más lejos, Adèle no es el primer amor de Emma, la chica del pelo azul. Ni muchísimo menos. Emma ya le ha sacado todo el jugo a su vida de universitaria, la estudiantil y la otra, y su primer amor se pierde en la bruma de los recuerdos. Para Adèle, sin embargo, que sólo ha conocido los romances tontos de la adolescencia, y el primer polvo con un tarugo sin arte ni conversación, Emma será el primer ciclón que pondrá su vida patas arriba. Y piernas arriba, también, en la cama de su habitación que nunca conoció mujer, y piernas a un lado, y piernas al otro, porque el amor primero de Adèle y el amor enésimo de Emma se acoplan como si estuvieran predestinados, y son como una estrella binaria en la que una parte se come a la otra en un baile de fuego, hasta devorarla y hacerle perder el sentido.



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Las ovejas no pierden el tren

Treintañeros que luchan por salvar su matrimonio. Cuarentañeros que ya lo han perdido tras la refriega. Otoñales que aún no han apagado la última llama. Emparejados que no quieren desemparejarse, y desemparejados que buscan al emparejador que los vuelva a emparejar. Un trabalenguas de personajes que se buscan para el amor y no siempre se encuentran: que a veces sólo se rozan, o chocan con tanta energía que se abrasan. O simplemente no se entienden. Amantes -y aspirantes a amantes- que se engañan y son engañados con la mejor de las intenciones. Y niños por el medio. Y ancianos a los que cuidar. Y las apreturas económicas. Y los hombres, que son de Marte, y las mujeres, que proceden de Venus. La jungla de la jodienda, que no tiene enmienda, como dice el proverbio castizo. La soledad de la cama, que es más llevadera en verano, pero muy jodida de soportar en invierno. El miedo a que pasen los años y llegue la enfermedad, la demencia, la incapacidad, y el amor exultante se vuelva del todo imposible. El sueño extinto de una plenitud perdida. La búsqueda de la última oportunidad, o de la penúltima, si hay un poco de suerte. Madrid y sus madrileños enamoradizos.



    Esto es, grosso modo, Las ovejas no pierden el tren, una película que así presentada parece contener grandes honduras y grandes filosofares, pero que en realidad es una tragicomedia que hemos visto cien veces en el cine nacional. Amores tópicos y desamores típicos que solventan un grupo de actores -y de actrices, stop al machismo lingüístico- que tienen el jeto preciso, el carisma contrastado, la presencia magnética. Y poco más. Te quiero, ya no te quiero, no puedo quererte, ojalá te quisiera. Margaritas que se deshojan. Margarita se llama mi amor, y también mi desamor. Rodríguez Garcés. Un matrimonio que encuentra su oportunidad lejos de la ciudad, en un villorrio de la sierra con sus olores a mierda y sus gallos tocando la alarma a las seis de la mañana. Un divorciado con canas al que le toca el premio gordo de una veinteañera adorable y se aturulla con tantos millones por gastar. Una desnortada que parece sacada de una comedia absurda de Hollywood, que sólo piensa en casarse y no parece importarle mucho con quién. Ovejas que salen y entran de los rebaños, y que temen perder el último tren. Asustadas.


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Review. Temporada 2

Forrest McNeil es un hombre gris, bajito, con gafas, que ha pasado sus primeros cuarenta años huyendo de la vida. La vida de verdad, la que se apura sin miedos ni remilgos. Forrest ha cumplido con el trámite de los juegos infantiles, de los estudios obligatorios, del trabajo honrado que le permite vivir sin apreturas. Vive casado con una anglosajona canónica en una casa típica de los americanos, con su única planta, su verde césped, su periódico que llega puntual cada mañana. Forrest, que a veces se levanta feliz de estar vivito y coleando, que a veces piensa que el esfuerzo de nacer ha merecido la pena, ha decidido prolongarse genéticamente en un chaval con pinta de no ser demasiado espabilado. Forrest ha transitado por la vida,  sorteando los obstáculos, buscándose un ecosistema, pero en realidad no ha vivido. Se ha dejado llevar. Ha huido de los riesgos, de las aventuras, de las experiencias desafiantes. Es un superviviente más, pero no un "viviente".



    Es por eso que un buen día, harto ya de producir telebasura y comedia barata en su trabajo, decide coger el toro por los cuernos y desarrollar un nuevo programa de televisión: Review. En Review, los espectadores le proponen diversas experiencias que él, muchas veces en menoscabo de su propia integridad física, de su propia reputación de hombre civilizado, se lanza a probar para luego puntuarlas de una a cinco estrellas. Forrest McNeil se compromete a criticar la propia vida: a llegar al límite de lo gozoso o de lo intolerable. De lo éticamente reprobable incluso. Da igual. Forrest ha decidido contener la respiración y zambullirse hasta las profundidades. Todo forma parte de la vida al fin y al cabo, y él ha decidido traspasar los límites y las vergüenzas.  En esta segunda temporada será desafiado a ser enterrado vivo, a fundar una secta de chalados, a decidir su destino vital con una bola mágica de juguete. A lanzarle una flecha a su propio hijo como hiciera Guillermo Tell o probar las delicias de un "glory hole" practicado en los baños públicos. Forrest será tiroteado, apaleado, insultado, humillado por su exmujer. Repudiado por sus amigos y vecinos. Ninguneado por su propio padre. Su vida se ha ido al traste en bien del programa, pero Forrest está extrañamente feliz. Se siente vivo por primera vez, aunque para eso haya tenido que pasarse al lado oscuro de la Fuerza. Tal vez sea eso -ese vértigo, ese poderío, esa malicia sin culpa -lo que sienten por dentro los Jedis traidores.



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La vida privada de Sherlock Holmes

Ni siquiera Sherlock Holmes es inmune a los encantos de una mujer. Eso es, básicamente, lo que hemos aprendido en La vida privada de Sherlock Holmes. El detective de la inteligencia preclara, del espíritu impertérrito, el vulcaniano que se afincara en la Tierra mucho antes de que la nave Enterprise contactara con otros mundos, se cortocircuita como un robot averiado cuando la extraña dama aparece en Baker Street, con el vestido mojado que transparenta las formas.
    Holmes, en una escena anterior, le ha dicho a su amigo Watson que ninguna mujer es digna de confianza. Que su dilatada práctica profesional, y su dolorosa experiencia personal, le han convencido de esta verdad incuestionable que guía sus pasos por la vida. Todos pensamos que Holmes es un misógino irredento que ve en las mujeres la encarnación del diablo, de la tentación, de la inferioridad intelectual incluso, pues no hay que olvidar que nos hallamos en el siglo XIX y que estos pensamientos eran muy comunes por la época. Pero luego, con el paso de los minutos, vamos comprendiendo que nuestro amigo Sherlock no es realmente un misógino, sino un sherlóckgino, si así pudiéramos decirlo. Es él mismo quien no se tiene demasiada confianza. Él mismo quien se duda y quien se teme ante la presencia turbadora de una mujer. Lo descubrimos en su rostro preocupado, y en sus gestos envarados, la primera noche que Gabrielle Valladon hace posada en el 221B. Holmes sucumbe ante ese rostro hermosérrimo que solloza y pide ayuda. Ante ese cuerpo sonrosado y joven que a veces se destapa en el revoltijo de las sábanas prestadas. Quizá no es amor todavía, pero sí su embrión, su semilla, y Holmes ya casi siente que la planta florida trepa por su garganta, ahogándole de gozo pero también de dudas. Y lo que es peor: nublando su inteligencia, que hasta entonces no tenía rival en el otro centro neurálgico, allá en el escroto, donde el cerebro irracional, animaloide, dormía el sueño sin mujeres. La vida privada de Sherlock Holmes es también la lucha privada de Sherlock Holmes: la que habrán de sostener la frialdad profesional y la calentura que ya le entibia los pantalones. El hombre supra-evolucionado frente al antropoide que nunca se había ido del todo.


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Turistas en mi playa XIX

Han pasado cuatro meses desde la última vez que saludé a los pornógrafos que suelen visitarme. Si no fuera por ellos -y por el amigo mallorquín, y por el extraño lector que a veces devora entradas desde Rusia- este blog ya se habría rendido a la molicie y al descuido. Al polvo y a la telaraña. Para qué tomarse la molestia de escribir, si uno ya tiene claro lo que piensa y lo que opina. Uno escribe para que los demás encuentren un divertimento, una guía, un ejercicio de ironía o de alabanza sobre las mil películas y series que nos ocupan. Y por qué no decirlo, también para que a uno le alaben el ego, y le dejen un "me gusta", y un comentario, y estadísticas bien rellenitas para presumir ante las amistades. E insultos, incluso, y críticas aceradas, que también son bienvenidas para estimular las neuronas de la esgrima verbal. Lo más triste -y lo más habitual- es encontrar este silencio de la blogosfera; esta calma chicha que los pornógrafos casuales vienen a romper de vez en cuando con su cerderío que empuja las velas, y anima mis dedos.



    Un pornógrafo como éste, por ejemplo, que buscaba en mis escritos las tetas de "jamie fraiche", que yo al principio me asusté porque leí "jaime" en lugar de "jamie", y ya estaba pensando en un tipo al que se le descolgaban las lorzas de los pezones, y que salía en alguna película que yo ni recordaba ni quería recordar. Pero no: era Jamie Fraiche, en femenino, la depositaria de tan lúbrico y tetúrico deseo. Una "Instagram Star" de 25 años que al parecer lo peta en las redes sociales, pero que en el mundo del cine, hasta la fecha, no ha dejado testimonio alguno de sus encantos. Jodido va, presumo, este fan -o fana- de la señorita Fraiche, que después de naufragar en mi blog naufragará inevitablemente en la propia red social de las fotografías, pues creo que allí no están permitidos los desnudos, ni un tantico así, ni la puntita nada más. Quisiera comprobarlo yo mismo -ya movido por la curiosidad irrefrenable- pero tales pesquisas me obligarían a darme de alta, crear un perfil, mantenerlo vivo, darme de baja en un plazo corto de tiempo..., y todo eso, para un cuarentón de vocación más bien eremítica, es un coñazo de padre y muy señor mío (un pollazo, si lo prefieren, las vigilantes del patriarcado lingüístico).



    Supongo que son las ironías del destino, los hados juguetones del ciberespacio, pero el siguiente pornógrafo de la lista es uno que tecleó en mi buscador "john goodman desnudo", un actor mayúsculo de los que seguramente lucen lorza generosa en los pezones. En alguien así pensaba yo cuando la confusión de "jamie" con "jaime". Que alguien busque a este gran actor desnudico es un misterio que no estoy en condiciones de solucionar. Digamos que hay gente pa'tó, como dicen nuestros compatriotas del sur.



    Por último, para cerrar esta lista de agradecimientos, me gustaría saludar al fulano o mengana que aterrizó aquí buscando "jijaswookbaebel", que es un trabalenguas muy jodido que ni siquiera Google ha sido capaz de descifrar. Debe de ser una porquería muy inclasificable, muy de circuitos exclusivos o marginales. Cosas que sólo se practican en los palacios o en los puticlubs de baja estofa. A mí de entrada me suena a holandés, o a germano de Baviera, pero poco más puedo añadir. Si algún día, en una película, en una serie interminable, encuentro a una pareja heterosexual u homosexual practicando un "jijaswookbaebel", juró que dejaré constancia del acto para que este pornógrafo vea satisfecha su curiosidad. Y quien dice pareja dice trío, o multitud, o práctica solitaria, porque ni puta idea de lo que esconde este palabro, oye. Hasta un "fistro diodenar" podría ser y todo.


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Avanti!

La idea original de Avanti! era que el señor Wendell Armbruster padre estuviera liado con el botones del hotel Excelsior, y que el escándalo mayúsculo de dos amantes adúlteros fuera todavía mayor. Pero corría el año 1972 y los ejecutivos del estudio disuadieron a Billy Wilder de rodar tal atrevimiento. El amor truncado que luego habrían de enterrar la señorita Piggott y el heredero Armbruster fue, finalmente, un romance de exquisita heterosexualidad, con cenas a la luz de las velas, rondalla de músicos italianos y playas accidentadas donde siempre hay un roquedo oculto en el que desnudarse.
    Curiosamente, los desnudos de Jack Lemmon y Juliet Mills -dos culos y dos pechos blanquecinos tostándose al sol, no vayan ustedes a imaginar- sí pasaron el filtro puritano de los mandamases en Hollywood, que tal vez lo consideraron un mal menor frente a la idea primera de colocar dos pollas contemplando las aguas del mar Tirreno, como dos periscopios en el ardor de la pasión, o dos polluelos de gaviota en el remanso de la satisfacción. La censura española -of course- no se dejó engañar por esta celebración del amor estival y retozón, por muy heterosexual que fuera, y porque, además, suponía el adulterio flagrante del heredero Armbruster, y el adulterio, aunque el fulano no fuera católico sino un impío protestante, es un pecado muy gordo en cualquier orilla de los océanos.



    Donde no sé si existió otra censura mayor, radical, casi patriótica, de Avanti!, fue en la católica y soleada Italia, lugar idílico donde los nativos de la película se desviven para que los americanos con posibles dejen los dineros y las sonrisas. La imagen que se da de los italianos -y más concretamente de los italianos del sur- es un sainete casi tercermundista, con mafiosos desdentados, lugareños extravagantes, camareros chantajistas, burócratas ineficaces y mujeres tan cejijuntas y bigotudas que obligan a sus maridos a emigrar a Estados Unidos en busca del sueño de la Rubia Anglosajona. Y pasarse así, por lo legal, o de polizones, a otra película muy famosa del año 1972, que ya no iba de americanos enterrando familiares en Italia, sino de italianos enterrando fiambres en los Estados Unidos. Nada personal, por supuesto. Sólo negocios. 




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Bésame, tonto

En 1964, Bésame, tonto era una película protagonizada por un marido celoso, una esposa amantísima, una prostituta de carretera y un ligón irresistible que hacía fortuna cantando en Las Vegas. Medio siglo después, Bésame, tonto, sin que nadie le haya quitado ni añadido nada -sólo una escena que en su día cortó la censura española- se ha transmutado en una película protagonizada por un marido maltratador, una esposa subyugada, una esclava del machismo y un acosador insufrible que no sabe refrenar sus instintos. Cuánto hemos cambiado. Hoy nadie se atrevería a rodar una película como ésta. Ni siquiera en clave de comedia. El horno de los tiempos modernos no está para bollos, y miles de plumas afiladas -y quien dice plumas afiladas dice teclas como martillos- esperan el desliz para lanzarse a la yugular masculina del responsable. Muchas veces con razón, y otras, para mantener prietas las filas y las llamas en combustión, rizando los rizos inexistentes. Se ha declarado la guerra, y todos los hombres son sospechosos de patriarcado hasta que se demuestre lo contrario.



    En una línea de guión de Bésame, tonto, cuando la pobre Polly the Pistol sucumbe a la melancolía de estar casada y enamorada de su galán, se llega a decir que la mujer, sin un hombre que la lleve por la vida, es como un remolque sin vehículo. Un proyecto varado, sin motor propio. En fin. Una barbaridad que en los tiempos modernos ya casi mueve más a la risa que a la indignación, como dicha por un borracho en plena melopea, o por un viajero en el tiempo que desconoce el siglo donde cayó. Wilder y Diamond eran dos tipos muy inteligentes, incisivos y puñeteros, pero también eran dos hijos de su época, y a veces se dejaban llevar por estos clichés de la mujer en la cocina y del hombre en la cacería. De la mujer que se realiza en el marido y del marido que se realiza en el trabajo. Luego llegó el feminismo, la mujer también quiso realizarse en el trabajo, y los empresarios, siempre tan avispados, dividieron los empleos que había en dos turnos y los sueldos en cuatro migajas. Cuánto hemos cambiado también en eso.  Esta vez para peor.


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Black Mirror: Odio nacional

Y nos quedaba, para rematar esta colección de pesadillas tecnológicas -pues todo en Black Mirror es pesadillesco salvo el paraíso californiano de San Junipero- el asunto espinoso del control gubernamental. Lo otro, que son los crímenes que se investigan en Odio nacional, sólo son el mcguffin muy entretenido que distrae al espectador. Un recurso que hubiera firmado el mismísimo Alfred Hitchcock en sus buenos tiempos, pues él también usaba los suspenses para hablar siempre de otra cosa más interesante, que en su caso solía ser el deseo sexual insatisfecho, o la simpleza estructural de los hombres frente a la complejidad desarmante de las mujeres. De hecho, como velado homenaje al orondo maestro, es imposible no acordarse de Los pájaros -y de su silenciosa animosidad- cuando en Odio nacional vemos esos enjambres de abeja-drones apostados en las azoteas de Londres, esperando la instrucción que los active...




    Lo que le interesa a Charlie Brooker no es si el asesino es fulano de tal o si le mueven tales o cuales motivaciones, asuntos que al final se solventan con cuatro brochazos algo descuidados. El verdadero thriller se desarrolla en las cloacas que no vemos, en los despachos gubernamentales que sólo se insinúan. Allí donde cuatro hijos de puta con corbata han decidido que las cámaras de seguridad que nos vigilan en cualquier rincón de la ciudad, y en cualquier esquina del centro comercial, ya no son suficientes para tenernos bien amordazados. No sea que le miremos mal a un policía, o que le hagamos una higa al retrato del rey, o que nos sonemos los mocos con un pañuelo bordado en los colores republicanos. Estos tipejos que sueñan con el control absoluto del populacho seguirán, al parecer, ganando las elecciones en el futuro tecnológico donde viven los personajes de Black Mirror, y dispondrán de recursos más eficaces y sofisticados. De drones, por ejemplo, que ahora se ven a un kilómetro de distancia y se pueden derriban con la escopeta si te pillan en el campo, o con la escoba, si andas visitando a tu yerno en la ciudad. Pero que dentro de unos años, igual que se miniaturizaron los gramófonos o los transistores, se convertirán en pequeñas abejitas que podrán colarse por doquier y retratarnos en lo más secreto de nuestras tristes vidas.



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Uno, dos, tres

La primera vez que vi Uno, dos, tres -wilderiano primerizo que escuchaba las cátedras nocturnas de Carlos Pumares- quise reírme como un cinéfilo de verdad pero no pude. Wilder y Diamond se descojonaban de un chico comunista que vestía como un desheredado de la fortuna, coreaba consignas contra los yanquis imperialistas y creía a pies juntillas en la superioridad moral del otro lado del Telón. Y a mí esas burlas me dolían en el alma, y me las tomé casi como un insulto personal, porque yo también era un joven bolchevique que vestía el pret-a-porter de los proletarios y denostaba la influencia cultural de los americanos. (Para saber cómo llegué a hacerme comunista sin familia que me respaldara, amigos que me siguieran o lecturas que me influyeran, habría que leer ese blog inexistente donde cuento mis biográficas contradicciones sin pelos en la lengua). En Uno, dos, tres, Wilder y Diamond también usaban su mala follá para reírse del capitalismo, pero sólo de sus excesos más ridículos, no de su esencia maligna y muy poco edificante. Se les veía el plumero de refugiados en Estados Unidos que rodaban una película sobre la Guerra Fría y no querían pillarse los dedos ni con las censuras ni con las taquillas. Y yo, además, era demasiado imbécil, demasiado corto de miras, para tomarme la película como lo que realmente siempre fue: un gran chascarrillo sobre la tontuna de los dogmatismos y las debilidades de los dogmáticos.



    Con el tiempo se me fueron cayeron los mitos, los credos, los pósters revolucionarios que adornaban mi habitación -de los que sólo sobrevive un retrato del Che Guevara que me echa en cara mi vida perezosa. De aquellas hoces y aquellos martillos -y aquellas camisetas de la CCCP que usaba para jugar al fútbol con los amigos- sólo queda el hábito consolidado de votar a la izquierda irrelevante cada cierto tiempo y de renovar mi pobre vestuario aprovechando las rebajas textiles del Carrefour. Y queda, también, el DVD de Uno, dos, tres en un lugar sacrosanto de la estantería, para regocijarme cada cierto tiempo con la comedia perfecta y recordar al tonto cegarato y estrecho de risas que una vez fui. 



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Kramer contra Kramer

Una de las cosas que el Generalísimo creyó dejar atada y bien atada fue que aquí, en la España católica y apostólica, no se iba a divorciar ni Cristo por mucha apertura que los sucesores negociaran con el populacho. Dios es lo primero, y el Concordato lo segundo, y para asegurarse de tal preeminencia dejó un rey a cargo que había jurado los principios fundamentales, y un embajador del Espíritu Santo que velaría por los españoles subido al Cerro de los Ángeles. Seis años duró el sueño franquista de los matrimonios indisolubles, que para unos fueron un suspiro de la historia y para otros, los mal avenidos, seis siglos de tardanza. Un año antes de que se aprobara la Ley del Divorcio y los curas salieran a la calle para advertirnos del pecado, llegó a nuestras grandes pantallas -que todavía no eran minicines miserables- Kramer contra Kramer.




    Los divorciados eran personajes habituales en las películas americanas porque allí, al parecer, no había curas legislando en las recámaras del Congreso, y aunque también protestaban lo suyo y amenazaban con los fuegos eternos, la cosa se quedaba en las homilías parroquiales y en las telebasuras de la madrugada. Los americanos parecían casarse y descasarse como quien se compra un pantalón y luego lo devuelve porque le viene demasiado ancho, o demasiado estrecho, y eso despertaba las envidias entre las mujeres que pedían una segunda oportunidad, o entre los hombres que ya no soportaban los bigotes de la parienta. Había, incluso, un pueblo llamado Reno en el estado de Nevada que parecía vivir exclusivamente de este negocio tan poco romántico. Una auténtica ciudad del pecado que además ofrecía un sinfín de casinos para celebrar la alegría de la libertad recobrada. Aquello sí que parecía la Nueva Sodoma, o la Nueva Gomorra, que predicaban nuestros curas infatigables.
    Y así, entre la envidia y la perplejidad, vimos a los americanos divorciarse durante años en nuestras pantallas, alegremente, casi sin traumas, como quien juega de adolescente al "verdad o consecuencia", hasta que llegó Kramer contra Kramer y de pronto comprendimos que aquello no era la Jauja que nos habían vendido, y que en las separaciones matrimoniales ellos también sufrían y penaban. Como cuando aprendimos que los ricos también lloran, en aquel culebrón insufrible de los mexicanos.



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Tarde para la ira

Si la venganza, como dicen los cocineros más afamados, es un plato que ha de servirse frío para conquistar los paladares, el ajuste de cuentas que prepara Antonio de la Torre en Tarde para la ira es un producto que dejará satisfechos a los gourmets más exigentes. Un mazacote ultracongelado hecho de bilis, rencor y mala hostia que lleva ocho años esperando su oportunidad junto a los guisantes y las croquetas que son el pan nuestro de cada día. Mientras llega el día del despiporre y de la última descojonación, Antonio de la Torre mata los días jugando a las cartas, tonteando en internet, cuidando a su padre postrado en el hospital. Y, sobre todo, como un sereno diurno de los antiguos, rondando el bar donde algún día habrá de toparse con el objeto hijoputesco de su rencor, y dar rienda suelta a los bajos instintos de su lupara, que también lleva ocho años conteniéndose las ganas y los tiros.
    Con la vida resuelta, la novia que no llega, y los hijos en el limbo, nuestro ángel justiciero no tiene más que cabras que ordeñar que sentarse en la terracita del bar -o en el taburete de la barra si hace mucho frío- y  esperar a que el Ministerio de Justicia, o el Ministerio del Interior, o el de su puta madre que lo parió, mueva ficha y rompa la calma chicha de esta venganza que nunca termina de concretarse. Antonio de la Torre vive la no-vida de quien en realidad está invernando como un oso en su madriguera, y aunque parece un hombre normal que tiene los ojos abiertos y los oídos atentos, su mente está en dos sitios muy alejados del presente, y en los dos al mismo tiempo, como una partícula subatómica sometida a las leyes de la mecánica cuántica. En un extremo del tiempo, nuestro protagonista rememora continuamente el momento traumático, luctuoso, que acabó con su vida de tipo normal y corriente; en el otro extremo, anticipa con regocijo ese día en el que habrá de disfrazarse de San Pedro de Puerto Urraco para dictar la única sentencia válida y razonable. Lo demás es un tránsito, una sala de espera, un espacio vacío. Y una película cojonuda. 



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Habitación 237

Alguien de cuyo nombre no quiero acordarme me recomendó, con encendidas alabanzas, y adjetivos muy sonoros, Habitación 237, que al parecer es el documental definitivo sobre las simbologías y ocultas intenciones que Kubrick puso en El resplandor. Uno pensaba, en su cortedad de miras, que El resplandor era la adaptación de una novela de Stephen King: la historia de un escritor frustrado que se enfrenta a la pesadilla del folio en blanco y se desquicia allá en el hotel lejano. Un cuento de terror sobre la ausencia de talento y el abandono de las musas. Pero esta interpretación, después de haber visto las sesudas lecturas que se exponen en Habitación 237, se queda corta, banal, muy propia de este blog perdido en la blogosfera donde sólo se escriben obviedades para morros poco selectos. Por el documental pasan espectadores de perspicacia singular que dicen haber descubierto en tal detalle o en tal "error" la prueba fehaciente, incuestionable, de que Stanley Kubrick hablaba realmente sobre el genocidio de los indios americanos, o sobre el Holocausto de los judíos, o sobre el Minotauro cretense resucitado en las Montañas Rocosas. O -lo más jugoso de todo- sobre la falsa llegada del hombre a la Luna que el mismo Kubrick rodara en 1969 para que los rusos se murieran de envidia y los occidentales reconociéramos el poderío supremo de nuestros amos. El mismo título del documental ya es, según estos exégetas de El resplandor, una pista irrefutable de que Kubrick estaba confesando su impostura selenita, pues la habitación original de la novela -donde Jack Torrance bailaba con el fantasma salido de la bañera- llevaba el número 217 estampado en la puerta, mientras que la habitación de la película, en unas explicaciones muy confusas sobre negocios y maldiciones que a nadie convencen, lleva el 237. Y 237.000 millas es, milla arriba milla abajo, la distancia media entre la Tierra y la Luna... El que tenga ojos, que vea. 



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El resplandor

Ese sexto sentido que en la película llaman "el resplandor" no es en verdad un prodigio tan infrecuente. No hay que tener midiclorianos en la sangre ni poseer el sentido arácnido de Peter Parker para presentir la desgracia en cada recodo de la vida. Simplemente hay que hacerse mayor, pegarse varias hostias de campeonato, e ir aprendiendo poco a poco a distinguir los entornos hostiles y los personajes chalados. El cocinero del hotel Overlook, que se tira el rollo de poseer "el resplandor" y haberlo heredado de su abuela querida, en realidad sólo es un hombre veterano que ha visto pasar por el negocio a tipos de todo pelaje, lo mismo clientes que empleados. Y cuando conoce al próximo guardián de la época invernal -un desgreñado con cara de loco, aliento de alcohólico y sonrisa de psicótico inminente-, y descubre además la mirada asustada en la mujer, y la taradura extraña de un chaval que habla con su propio dedo, los pelos que no tiene en la cabeza se le erizan de miedo, y el presentimiento de que esa familia va a terminar siendo el ejercicio de un aizkolari ya no le deja disfrutar de sus merecidas vacaciones. Así que el pobre hombre, maldiciendo su suerte, su puto resplandor, decide internarse en las carreteras nevadas de Colorado para ir a rescatar a esos desgraciados que ya se defienden cuchillo en mano, allá en el cuarto de baño.





    Y qué decir de ese pobre chaval, que lleva años conviviendo con un padre que se parece mucho a Jack Nicholson, el actor que una vez hizo de loco en una película de manicomios y le dieron un Oscar por clavar la chifladura. Papá, el querido Jack, que para más inri se llama igual que el actor, es un tipo que también sonríe con todos los dientes, hace gestos raros con las manos y emite sonidos guturales cuando habla. Allá en Denver, cuando papá soltaba las maldiciones o sacaba la mano a pasear, había vecinos, policías, familiares incluso, y uno se sentía lejanamente protegido. Sólo había que abrir la ventana y gritar, o coger el teléfono y llamar. Pero aquí, en el hotel Overlook, en las montañas donde Cristo perdió el mechero y todavía no lo ha encontrado, no hay nadie que responda a la llamada. La emisora de radio no funciona, las líneas telefónicas se cortan con las nevadas, y el invento de internet es todavía un cuento de hadas en 1980. Él y su madre están indefensos contra este Homer Simpson sin puta gracia que sin tele y sin cerveza ha perdido la cabeza. Este chaval no tiene ningún "resplandor": sólo está acojonado. Y tiene pesadillas sangrientas.



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Los fabulosos Baker Boys

La película se titula Los fabulosos Baker Boys, que son dos hermanos que se ganan la vida interpretando rancias canciones de amor. Pero fabuloso, lo que se dice fabuloso, aquí sólo hay un hermano. El otro, el mayor, es un tipo bajito, gordinflón, de calvicie prematura. Un hombre derrotado por la vida que traiciona su música, su arte, su dignidad incluso, por ganar un puñado de dólares en garitos de viejos con sonotone, o de idiotas sin devoción. Frank Baker sólo quiere dar de comer a su familia, y pagar la hipoteca de su casa, y todo lo demás es secundario y negociable. Frank Baker es un tipo vulgar, corriente, sin chicha ni limoná. Un tipo majete e irrelevante como cualquiera de nosotros.




    El otro hermano, sin embargo, al que los dioses miraron de otra manera, es un tipo molón. Los designios genéticos le han hecho más alto, más guapo, más estiloso. Y también más inconformista. Cuando tiene que ganarse las perras junto a su hermano, toca el piano con sonrisa cínica y ademanes distantes. Cumple como un profesional mientras piensa en otra vida más fructífera y edificante. A él le dan por el culo los ancianos, los matrimonios, los asistentes a la boda. El público sin pedigrí. Terminada la función y cobrados los jayeres, Jack Baker busca refugio en los bares de la música incorrupta, donde el muy jodido, transmutado, despojado del frac, toca el piano como un verdadero jazzman, con aire melancólico y pensativo. Es allí donde expone su alma verdadera y dolorida. Se le transfigura la cara, y se le transparentan las entrañas, cuando acaricia las teclas como si fueran los pechos de una mujer, lo que dice mucho de su rica vida interior, y de su exitosa vida sexual. Luego se acomoda en la barra, pide un whisky, fuma con ínfulas de bohemio, y las mujeres van haciendo cola para concertar una cita en su cama. Ni la mismísima Michelle Pfeiffer -el animal más bello de su era geológica- pudo resistirse a tantos encantos reconcentrados. Ella también le sonrió, le insinuó, le acechó en la distancia, pero sin éxito ninguno. Hasta que un día se vistió de rojo ceñido, se subió al piano en un escorzo, y retozó sobre la madera barnizada como una gata en celo. O como una pantera hambrienta.  Y el macho presuntuoso abrió las puertas de su castillo. Nos ha jodido.



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Black Mirror: La ciencia de matar

(Contiene un spoiler como una casa)
Por mucho que Joseph Goebbels vociferara en la radio que los judíos eran hijos del demonio que escupían fuego por la boca, los soldados alemanes, cuando se veían obligados a ejecutarlos en los campos de concentración, sólo veían seres humanos que en nada se diferenciaban de sus verdugos. Los soldados disparaban porque desobedecer una orden costaba la propia vida, pero el trauma quedaba, el ardor guerrero languidecía, y la pesadumbre moral se propagaba entre la tropa. Fue por eso que los dirigentes nazis tomaron la determinación de construir las cámaras de gas, para que ya nadie tuviera que abatir a un prisionero desarmado. En las duchas de Zyklon B los judíos se morían ellos solitos, y los cadáveres eran retirados por sus propios compañeros de cautiverio. El soldado quedaba liberado para combatir fogosamente contra el comunismo del Este y la decadencia del Oeste.



    Lo que yo no sabía hasta hoy -y he conocido en Black Mirror: La ciencia de matar- es que esos mismos soldados, librados de los crímenes a sangre fría, llegaban al frente de combate y en su mayoría tampoco disparaban sobre los enemigos armados. Ni eran disparados por ellos. La cifra es sorprendente: sólo un 20 o 30 % de los combatientes usaban realmente sus armas en la II Guerra Mundial. Los demás quedaban paralizados por el miedo, o se veían incapaces de matar a seres humanos que correteaban al otro lado del río o de la explanada. El prurito moral que nos viene de serie les incapacitaba para el combate, incluso a riesgo de perder su propia vida en el tiroteo. El "no matarás" era a veces más poderoso que el instinto de supervivencia.

    Esta realidad fue bien conocida por los altos mandos militares. Y se tomaron medidas para atajarla. En las guerras posteriores, el odio reconcentrado hacia el enemigo se convirtió en el objetivo prioritario de los instructores. Ahí nacieron el sargento Hartman de La chaqueta metálica y el "salgento" Arensivia de Historias de la Puta Mili. Los porcentajes de soldados aguerridos subieron y subieron en cada conflicto, hasta alcanzar una eficacia casi total en las guerras recientes contra el terrorismo (?). El último paso para llegar a la perfección letal lo propone Charlie Brooker en La ciencia matar. Hay que ver el juego que las lentes Z-eyes le están dando al serial de Black Mirror.



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Rogue One

Compro la entrada, saludo a los empleados, me acomodo en la butaca. Mientras la luces permanecen encendidas, miro a mi alrededor buscando al masticador de palomitas, al pesado del teléfono, al hombre enamorado que no para de hablar con su chica. Los intrusos que podrían joderme la película si se acercaran demasiado. Esos Lord Sith de los cojones que interrumpen la sosegada paz del cinéfilo Jedi.
   
    Apago el teléfono móvil. Carraspeo. Rezo para que nadie se siente a mi lado con una bolsa de patatas fritas. Y mientras en la pantalla se suceden avances de películas que nunca veré, me pregunto qué hago allí de nuevo, a punto de ver otra película de Star Wars, cuarenta años después de la primera, como si no hubiese pasado el tiempo ni la vida. Ni el amor ni los hijos. Ni la salud ni la enfermedad. Siento una pequeña punzada de vergüenza. Un segundo de duda. Un músculo de mi culo se tensa, se rebela, inicia el movimiento subrepticio de levantarse. Pero sólo se queda en un intento. En un espasmo. La voluntad de quedarme sentado ha prevalecido, y el músculo insensato será castigado por su motín. Cuando acabe la película. La Alianza Rebelde será aplastada.

    Pero las inquietudes no se disipan. Que en la sala haya otros cuarentones parecidos a mí -gafosos, intelectualoides, con aspecto de poco espabilados- no me hace sentir mucho mejor. Hace años que he dejado de frecuentar los cines -dos, tres películas al año- y hoy vengo a ver una película diseñada para la chavalada, con sus tiros, sus explosiones, sus efectos especiales que producen mareo en las personas de cierta edad. Hay películas más sesudas en la cartelera, más adultas, que tratan del espíritu y de la muerte, de la paternidad y del amor. Pero yo estoy aquí, escondido del cine solemne, dimitido de la cinefilia respetable, a punto de reencontrarme con la Estrella de la Muerte y los destructores del Imperio.




    De pronto se apagan las luces, el cine queda en silencio, y en la pantalla negra aparece la vieja letanía del tiempo pretérito y de la galaxia lejana. Y entonces vuelve a obrarse el milagro de la sustitución. El adulto desaparece, se desvanece, sin dejar humo ni olor, y en el hueco que ha dejado mi ancho culo vuelve a sentarse el niño que yo fui, con sólo cinco años de inocencia y de tontuna, boquiabierto ante el espacio interestelar surcado de naves espaciales. El niño que se estremece, que se maravilla, que busca héroes a los que aplaudir y villanos a los que vilipendiar. Que se caga de miedo cuando Darth Vader aparece resollando sus maldades. El niño al que le importa una mierda que Rogue One no sea una película perfecta. Ni falta que hace. Porque ese niño no es cinéfilo, ni crítico, ni está infectado por el virus del análisis. Todo lo que pasa en Rogue One es mágico, fantástico, y no admite disecciones estúpidas. Rogue One, mientras dure la función, mientras no vuelvan a encenderse las luces y reaparezca el señor mayor con sus argumentos, es la puta hostia. La pera limonera. La máquina de Zoltan que me devolvió a la infancia inmaculada, y me hizo feliz durante dos horas robadas al dolor.


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Primera plana

Todas las mañanas, cuando abro el periódico y me enfado con algún periodista que redacta las noticias con los dedos del culo, me acuerdo de Walter Matthau gritándole a Jack Lemmon en Primera Plana: "¡Nadie lee el segundo párrafo!". Matthau se quejaba de que el nombre de su periódico, el Examiner, no aparecía en las primeras líneas del artículo proclamando ser el único que había dado con la gran  noticia del año y bla bla bla. Yo, por mi parte, me quejo de esos redactores locales que se guardan las cuestiones cruciales para el segundo o el tercer párrafo - el qué, el cómo, el dónde de la noticia- y utilizan el primero para dar rienda suelta a sus ambiciones literarias: "Érase una vez, en la fría mañana del Páramo Leonés, en esa hora tenebrosa del amanecer todavía no consumado...." Paparruchas. Estos tipos, a los que presumo jóvenes, ambiciosos, con ganas de epatar a los lectores, seguramente no vieron en su día Lou Grant, que fue una serie de mucha enjundia sobre el mundo del periodismo. Una verdadera escuela para todos los chavales que entonces vivíamos amorrados a la tele, y que en algún momento entusiástico quisimos ser periodistas gracias al ejemplo de aquellos tipos del Los Angeles Tribune. Unos fulanos y fulanas que se recordaban a sí mismos, a todas horas: "Lo importante va siempre en el primer párrafo".



    En fin. Gilipolleces mías. Asociaciones mentales que me vienen a la cabeza mientras veo Primera Plana y me voy riendo casi en cada diálogo y en cada réplica, en cada ocurrencia y en cada giro argumental.  Porque el guión es de oro, los actores son de leyenda, y Billy Wilder es un tipo vitriólico que no deja títere con cabeza, ni ser humano digno de lástima. Ni periodista del Examiner -o de cualquier otro periódico- con un mínimo de ética o de dignidad. Primera Plana es una película viejuna de rabiosa actualidad. Ahora todo es digital, instantáneo, de mejor calidad, pero las noticias que publicaba el Examiner no se diferencian mucho de las que ahora amanecen en nuestros kioscos. En la prensa sigue habiendo más mentiras que verdades, más exageraciones que exactitudes, más ocultaciones que revelaciones. Y redactores-jefe como el personaje de Walter Matthau que todo lo urden en las sombras, y que también sonríen con esa misma jeta de cínicos recalcitrantes. 



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Muerte en León

Acostumbrado a ver series criminales basadas en "true storys" que suceden al otro lado del charco, o al otro lado de los montes meseteños, uno ve Muerte en León con la rara sensación de conocer bien el lugar del crimen. De haber pasado cien veces por allí camino de la estación de autobuses, o paseando al perro, o dando largas caminatas por la orilla del río. Ahora ya no, que vivo muy lejos, en el Otro País de los Leoneses, pero sí hace unos años, donde uno pacía en el mismo paraje donde nació, y la carne y el espíritu moraban más o menos por el mismo vecindario.



    Uno pensaba que el asesinato de Isabel Carrasco era una trama estrictamente provinciana, con sus urdimbres locales y sus desdichas de aldeanos. Un crimen que tuvo sus quince minutos de gloria -o de miseria- en los telediarios nacionales y que rápidamente dejó de ser noticia para los habitantes de Móstoles, o para las paisanas de Jaén. Por eso, cuando supe que la tele de pago estrenaba una serie de cuatro episodios inspirada en el asunto, sentí, en la entraña más imbécil del orgullo, que ya no era un leonés con boina alejado de las cosas importantes, sino que había emparentado con esos hombres de mundo de Madrid o de Nueva York para los que un tiroteo en la calle es casi el pan nuestro de cada día. Aunque hay que decir, para orgullo todavía más idiota, que una presidenta de Diputación no es asesinada todos los días ni siquiera en Madrid, ni en Nueva York tampoco, aunque allí las llamen de otra manera y lleven Colts del 45 en las cartucheras. De todos modos, cuando uno lee a Justin Webster en las entrevistas de la prensa local, el responsable de Muerte en León parece un poco sorprendido por la aldeanidad del asunto. Como si se arrepintiera de haber diseccionado un crimen que al final no tenía morbo ni pedigrí ni moraleja ni nada de nada. Un odio muy particular y muy visceral que terminó como tantos odios de nuestra vasta geografía: con un tiro a traición y "un no me arrepiento de nada". Una villanía sin glamour. Un ajuste de cuentas vecinal. Un crimen de provincias muy lejanas donde -casi- nunca pasa nada. 


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