Jóvenes prodigiosos

Cuando el cine posa su mirada sobre el drama de escribir, casi siempre se fija en los escritores bloqueados ante el folio en blanco, que son, con diferencia, los seres más trágicos de su especie. El cursor que parpadea en el desierto de arenas blancas es la pesadilla de cualquiera que haya tenido que juntar dos líneas para desahogar un pensamiento, o explicar sus conclusiones ante un profesor. 



    Sin embargo, sobre los escritores hiperactivos que rellenan folios y folios sin terminar nunca la tarea, el cine ha sido menos pródigo en acercamientos. Jack Torrance escribió cien mil veces "Sin trabajo y sin cerveza Homer pierde la cabeza" allá en el Hotel Overlook, enloquecido por los espíritus, y Michael Douglas, en su desventura de  Jóvenes Prodigiosos, camina por el folio dos mil y pico sin llegar a ninguna conclusión sobre su novela interminable. Lo suyo no es una cuestión de posesión demoníaca, sino la maldición de la segunda novela, que es la que pone a prueba el talento de un escritor. Alguien dijo una vez que cualquiera puede escribir un gran relato. Uno. Todos tenemos una historia insólita que contar, y hasta la vida más gris y aburrida, si se da con el tono apropiado, si se encuentran las herramientas adecuadas, puede desembocar en una obra maestra de la literatura. Nadie llevó una vida más rutinaria que Fernando Pessoa en Lisboa, y de los pensamientos que extraía caminando de casa al trabajo, y del trabajo a casa, escribió el Libro del Desasosiego. Pero, ay, la segunda novela... O ay, el blog interminable de los logorreicos en internet... Ahí el escritor mediocre patina sin remedio, y sin los asideros autobiográficos de los comienzos uno ya no sabe a qué ficción agarrarse, y sobreviene la duda y la autoflagelación. Y la escritura eterna e improductiva.



    Y más si uno, como el personaje de Michael Douglas, conoce a otro escritor, joven y prodigioso, que se saca las ficciones como quien se suena los mocos, o se sacude la caspa, con la facilidad insultante de los genios. Entonces Michael Douglas se abandona a la desesperación, y deja de afeitarse, y se pone las ropas confundidas, y hasta sufre ausencias que son como escapatorias de la mala escritura, y ya sólo el batacazo total podrá sacarle de esa pesadilla donde se hunde entre la palabrería hasta quedar enterrado.



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Black Mirror: El himno nacional

Black Mirror es una serie aterradora sobre el futuro tecnológico que nos aguarda, y sobre el futuro sociológico que nos espera. Aunque cada episodio cuenta una historia diferente, existe un argumento común que los enlaza: que la tecnología avanza a pasos agigantados mientras nosotros, los homo sapiens que la creamos y la consumimos, casi no hemos evolucionado desde los tiempos de las cavernas. La biología camina a paso de tortuga mientras los bytes y los píxeles se multiplican como bacterias. Los humanos somos monos que juegan con cacharros muy sofisticados. Entre el antropoide que lanzaba el hueso al aire en 2001, y el hombre que cuatro millones de años más tarde dormitaba en la nave espacial, sólo hay un 1% de genes que marcan una diferencia exigua y muy poco esclarecedora. Casi todos hemos pensado alguna vez: ¿qué haría un troglodita si aterrizara de sopetón en nuestra época, con las televisiones, los teléfonos móviles, las redes sociales? ¿Qué pensaría, cómo reaccionaría, qué cosas asumiría como verosímiles y cuáles atribuiría al sueño, a la pesadilla, a la brujería de su chamán? Y no caemos en la cuenta de que nosotros también somos trogloditas ofuscados, superados por las implicaciones éticas de lo que vemos y lo que inventamos. Unos cavernícolas que ahora cazan la carne en el supermercado, y que se visten con ropas del Alcampo o de El Corte Inglés según las economías.



    Lo que viene a decir el primer episodio de Black Mirror, El himno nacional, es que la gente, cuando enciende la televisión, consume lo que le echen. Como los cerdos. Como esa cerda que el Primer Ministro británico tendrá que tirarse ante las cámaras si quiere evitar la muerte de la princesa Susannah, que ha sido secuestrada por un bromista conceptual de altos vuelos. Charlie Brooker, que es el guionista e ideólogo de la chanza macabra, quiere recordarnos que el morbo es más poderoso que la ética. La curiosidad más fuerte que la decencia. Que el homo britanicus, como cualquier otro primo de su especie, no va a apartar la mirada cuando el Primer Ministro comparezca sollozando ante la cámara, desnudo de cintura para abajo, con el miembro retraído ante el esfuerzo zoofílico que exigen las circunstancias. "Es historia", dicen algunos; "Todo el mundo hablará de ello", dicen otros; "Que se joda", argumentan los de más allá. Y así, con parecidas razones, todos los monos racionalizan su fascinación mientras gruñen de asco sin parpadear. 



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Alta fidelidad

En los tiempos analógicos -que ya son casi los tiempos de Maricastaña- cuando uno sentía el amor a flor de piel pero la vergüenza de confesarlo era mucha, se puso muy de moda, para los tímidos de la pradera, para los románticos de la causa perdida, presentar las credenciales en forma de cinta de casete. "Te presto esta cinta para que la escuches. Son cuatro tonterías que me gustan. Ya me dirás qué te parece...", y uno, en aquella carcasa de plástico, simulando un acto trivial e inocente, entregaba su corazón abierto en una urna, para que la buena doctora supiera leer los sentimientos que allí sangraban y palpitaban.



  En aquellas casetes que comprábamos TDK o BASF para que el amor no sonara distorsionado, y no se perdieran los matices del arrobamiento, uno, que dejaba las cintas Continente para sus músicas particulares, grababa canciones que venían a expresar lo mismo que uno sentía, pero con palabras mejor escogidas, sin lenguas que se trabaran, con músicas molonas que atrapasen la atención. A fin de cuentas, para eso se inventaron hace siglos los juglares y los poetas. Para explicarnos refinadamente. Uno se tomaba un respiro en la tarde de estudio, se sentaba frente al equipo de música con doble pletina, y pasaba horas escudriñándose a sí mismo en las letras del pop o del rock, buscando una descripción acertada, a ser posible que le dejara a uno en buen lugar, rellenito de virtudes. Uno dudaba, borraba, regrababa, y al final, con las dos caras de treinta minutos apuradas casi hasta el final, el resultado jamás era satisfactorio del todo. Había tanto donde elegir, y eran tan confusos los propios sentimientos...



    Así es como anda, aunque ya treintañero talludito, el personaje de John Cusack en Alta fidelidad, que es una película de este siglo pero muy ochentera en realidad. Repantigado en el sofá, dirigiéndose al espectador que sigue con regocijado interés sus desventuras, Cusack elige cinco canciones para el fracaso amoroso, cinco canciones para el amor correspondido, cinco canciones para confesarse ya del todo ante su amor de madurez, que le ha perdonado los pecadillos de juventud y ha regresado al calor del piso compartido. Siempre hay cinco canciones que nos ahorran el esfuerzo de un desahogo. La redacción farragosa de nuestro alma atribulada. Cinco canciones para describir el estado de ánimo de turno. Tengo que buscar, cuando termine este artículo, cinco canciones que describan esta sensación mortificante de sentirme un completo gilipollas, que me dura ya demasiado tiempo. Un fucking asshole, concretamente, como el bueno de Cusack en la película.



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Moon

La clonación tampoco le va a poner remedio a nuestra maldita mortalidad. No de momento. Que se lo digan a este pobre minero solitario de Moon, que una mala tarde de trabajo, en el almacén secreto de la base lunar, descubre que hay otros cientos de Sam Bells esperando turno para cuando la palme en un accidente laboral, o en un fallo orgánico causado por la baja gravedad. Lejos de sentir el gozo de la inmortalidad, al verse centuplicado y hasta miltiplicado, nuestro amigo Sam se siente más sólo que nunca, porque sabe que con su muerte se irá EL, y quien vivirá será EL OTRO, aunque éste le usurpe el aspecto, la voz, los recuerdos implantados por la empresa.



    La clonación todavía es un arte en pañales, que tardará siglos, o milenios, en solucionarnos la papeleta. De qué nos va a servir fotocopiarnos el cuerpo, duplicarnos el ADN, si nuestra personalidad y nuestros recuerdos se van a perder en la primera muerte como las lágrimas en la lluvia del Nexus 6. Hasta que no se invente la manera de guardar todo esto en un disco duro, y de verterlo en el nuevo cerebro como si aquí no hubiera pasado nada -una extraña resaca, o un sueño confuso- vamos a tener que seguir muriéndonos y extinguiéndonos como todo hijo de vecino, desde que el mundo es mundo. El polvo al polvo, y las memorias a la nada.



    Mientras las ciencias no adelanten que esto sea una barbaridad, como cantaban en La Verbena de la Paloma, la única esperanza de volver a la vida que nos queda a los materialistas recalcitrantes es el Big Crunch que pronostican algunos astrónomos. Dentro de unos cuantos eones, si la materia oscura alcanza una masa crítica, el universo detendrá su expansión y empezará poco a poco a contraerse, impelido por la gravedad. Las galaxias muy lejanas se aproximarán, y el tiempo transcurrirá en sentido contrario. Las consecuencias precederán a las causas, y la mierda nos entrará por el culo. Cuando el calendario alcance el día de nuestra muerte, nos levantaremos de la tumba, o nos reharemos de nuestras cenizas, y resucitaremos como estaba prometido en las Escrituras, pero de un modo peculiar que ningún profeta supo vislumbrar. Transitaremos, como Benjamin Button, de la vejez hacia la infancia, y moriremos, sonrosaditos y amamantados, en el vientre de nuestra madre. Así será nuestra segunda vida, nuestra resurrección de la carne, antes de que el Big Crunch termine en otra nueva singularidad del espacio-tiempo, y todo vuelva a comenzar. Un ciclo sin fin en el que también veré Moon infinitas veces, del derecho y del revés, para gozo de mi cinefilia.


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Michael Moore in TrumpLand

TrumpLand es Wilmington, Ohio, un villorrio de diez mil habitantes donde Donald Trump, en las elecciones primarias a la Casa Blanca, cuadruplicó el número de votos que obtuvo Hillary Clinton. Wilmington es territorio comanche para Michael Moore, el azote de los conservadores, el paladín del socialismo en Estados Unidos. Pero nuestro gordo tiene un par de cojones, y una gorra de béisbol que le concede un valor temerario, y para su nuevo discurso se ha traído los bártulos al teatro principal de la ciudad, donde se enfrenta cara a cara con los votantes del empresario extemporáneo. Como si el Gran Wyoming se presentara en el centro cívico de La Moraleja para mantener un cara a cara con los peperos que lo tienen por un terrorista bolivariano. Afortunadamente para Michael Moore, ningún gordito socialista fue herido por arma de fuego en el rodaje de este documental. Que no era descartable, en semejante ecosistema.


   
    La misión de Michael Moore, por supuesto, a pocas semanas de las elecciones presidenciales, es convencer a los votantes de Donald Trump de que se lo piensen dos veces, antes de liarla. Moore entiende su frustración de clase media venida a menos. Su enfado contra el sistema económico que se ha llevado las fábricas y los empleos a otro lugar. Él mismo procede de Flint, Michigan, antiguo paraíso de los obreros del automóvil que ahora es una distopía de industrias vacías y casas destartaladas. Michael Moore les grita que de acuerdo, que muy bien, que den rienda suelta a su indignación, pero que de ahí, a votar a un botarate como Trump, media un abismo de responsabilidad. Porque además, Hillary Clinton, lejos de ser la mujer guatemala frente al hombre guatepeor, todavía puede darnos una sorpresa agradable. Quién sabe.



    Moore, muy cómodo en el ala izquierda de Bernie Sanders, confiesa no haber votado a Hillary Clinton en las elecciones primarias. Pero aún guarda un buen recuerdo de ella. Hillary, en su juventud, antes de que la Casa Blanca le amordazara las intenciones, era una mujer valiente y decidida. Fue ella la que hace veinte años quiso implantar un sistema de seguridad social en Estados Unidos, al estilo europeo. Y fueron muy pocos los que la secundaron. Y fueron muchos, en cambio, los que se pitorrearon, y la insultaron, y le llamaron comunista de mierda y cosas todavía peores. Un millón de muertes se podrían haber evitado desde entonces con un sistema de asistencia gratuita y universal. Un millón. Desde entonces, Hillary ya no es la misma. Ya no se mete en berenjenales. Ya no alza la voz. Sonríe a sus antiguos enemigos y les estrecha la mano como una política más del establishment. Pero quién sabe, grita Michael Moore a su público de Wilmington, Ohio, que no sabía lo del millón de muertos y ahora le escucha con mucha atención. Quizá la Hillary Clinton activista, combativa, comprometida con las causas sociales, sigue ahí, escondida, disimulando las intenciones, esperando su oportunidad. No sería la primera vez que alguien toca poder y el primer día se desnuda ante la audiencia. In Hillary we trust. No queda, además, otro remedio. Ni para los americanos, ni para los ciudadanos del mundo.



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The Girlfriend Experience (serie TV)

Para quien no lo conozca todavía, Max, mi antropoide, es un simpático mono que vive realquilado en mis entrañas. Él nunca ha conocido la vida en libertad, y todo lo que sabe del mundo lo ha visto a través de mis ojos. Durante el día se entretiene con su neumático, con su caja de plátanos, allá en las cavernas de mis digestiones, pero luego, por la noche, sube a mi azotea para ver juntos la película del día. Max suele aburrirse con mis ficciones, que están un peldaño por encima de su escalón evolutivo, y protesta por lo bajini, y bosteza con su bocaza de mico. A él le gusta el trazo grueso, la simpleza adolescente. El desnudo de una bella señorita, si hay un poco de suerte con el guión. Es por eso que a veces, conmovido por su soledad, yo le concedo pequeños caprichos para tenerlo feliz, y ponemos en el vídeo Supersalidos, o una película de los hermanos Farrelly, o un sainete de Pajares y Esteso con destapes ochenteros de mucho reírse, que nos reconcilian para una larga temporada.



    Max se las prometía muy felices con The Girlfriend Experience, que es una serie de alto voltaje sexual inspirada en la película que dirigiera Steven Soderbergh, y que protagonizara, casi todo el rato vestida, porque buscaba un cambio de registro, y un reconocimiento profesional, Sasha Grey, la porno star más famosa de nuestros ordenadores. En la serie ya no es Sasha la que proporciona este servicio de alto standing que incluye conversación intelectual, cena con champán y polvos apolíneos en apartamentos muy modernos con vistas al skyline. Ahora la protagonista es Riley Keough, la nieta del mismísimo Elvis Presley, que es una chica guapísima que en los reclamos publicitarios aparecía más desnuda que vestida, de tal modo que Max ya estaba que se subía por las paredes gastrointestinales, y daba pequeños gritos de pre-excitado horas antes del estreno.



    En The Girlfriend Experience hay mucho sexo, sí, pero no es del que caldea las habitaciones, ni deforma los pantalones, para desilusión mayúscula de Max. Lo que acontece en esas camas de altos ejecutivos es una transacción económica muy educada y muy gélida. Los hombres se afanan, sudan, tratan de amortizar los mil dólares que han pagado por cada hora de compañía, pero la señorita Christine, que es una profesional como la copa de un pino, mientras presta su cuerpo y jalea las intentonas, aprovecha para hacer cálculos sobre su próximo compromiso, o repasa las lecciones de su carrera de Derecho, que ahora tiene algo abandonadas. The Girlfriend Experience es una serie de diálogo escaso, de ambientes desangelados, de planos abiertos donde los personajes van y vienen como criaturas en un zoo de cristal. El trato es exquisito entre ellos, porque aquí todo el mundo es universitario como poco, y hay mucha tolerancia y mucha sofisticación en los ambientes. Pero aquí cada uno va a lo suyo. Soledades que se cruzan y se descruzan. Una serie de poso amargo que yo he disfrutado como ser humano algo misántropo, mientras que Max, aburrido como un ser simiesco algo defraudado, se quedaba dormidito en mi regazo. 



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Vértigo

El otro día, en la radio, para conmemorar una efeméride cinéfila, preguntaban a los oyentes por su película preferida de Alfred Hitchcock. Las mujeres tenían opiniones diversas, y unas decían que tal, y otras que cual, en alegre y fructífero disentir. Pero los hombres, como puestos de acuerdo antes de comparecer, como un ejército disciplinado que desfilara coordinado ante el micrófono, respondían invariablemente que Vértigo. El locutor, sorprendido ante la opinión unánime, inquiría a los oyentes por sus razones concretas, pero nadie acertaba a explicarse del todo: "Simplemente me gusta", o "Es enigmática", o "No sabría decirlo". El programa terminó sin respuestas, pero había dejado claro que la película menos hitchcockniana de don Alfredo prevalece sobre todas las demás a este lado masculino del Misisipi.



    Después de tanto crimen, de tanto suspense, de tanta muerte en los talones y tanto pajarraco apostado en las alturas, el legado que don Alfredo dejó a las generaciones futuras, que ya vivimos curadas de espantos y de truculencias, es el arquetipo universal del hombre enamorado de una mujer rubia. El personaje de James Stewart, que persigue a su amada por las calles de San Francisco como el propio Hitchcock perseguía a sus actrices con el dolor presentido del rechazo, es el trasunto de todos nosotros, los espectadores que nos ponemos en su piel y entendemos perfectamente su pasmo, su idiotez, su cara de gilipollas en la contemplación arrobada de Kim Novak. Desde que el primer troglodita cayera fulminado ante la visión de una cromañón rubia que recogía agua allá en la fuente, o despellejaba el conejo recién cazado en el bosque, los hombres de cualquier época y cultura hemos sufrido parecidos vértigos de enamoramiento y obsesión. Y mucho más aquí, en las proximidades del Mediterráneo, donde hasta hace poco aparecía una sueca despistada, o una americana aventurera, y se declaraban tres días de fiesta oficial en el pueblo, y tañían las campanas, y reventaban los cohetes en el cielo. James Stewart, en Vértigo, sólo es la versión estilizada, anglosajona, de metro noventa y pico y ojos azules, de aquel Alfredo Landa que se llevaba sofocones de deseo en nuestras playas del desarrollismo.



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Mejor... imposible

Los ladrillos que han construido mi cinefilia están hechos de dos creencias fundamentales: que las personas somos egoístas y mezquinas, y que además cambiamos muy poco con el paso del tiempo. Que nacemos desarreglados, y además tenemos mal arreglo en los talleres de la educación, y de la vida. Repaso los títulos amontonados en las estanterías de la habitación, y descubro una mayoría de personajes que responden a esta percepción tan misantrópica y deprimente. O viven en dramas que revelan nuestra naturaleza simiesca y mal evolucionada, o habitan comedias sarcásticas donde la estupidez sale a relucir en cada compromiso o en cada decisión.



    Pero aún queda un resquicio para la esperanza. Digamos que a veces padezco una crisis de fe, o sufro una locura transitoria, y en esos estados tan poco frecuentes de optimismo, de reencuentro jovial con los hermanos del mundo, se cuela una película donde los buenos sentimientos no admiten réplicas ni segundas intenciones, y yo, seducido por la narración, me emociono como un tonto, y siento que la vida puede ser en verdad maravillosa como gritaba el añorado Andrés Montes. En mis estanterías también hay un hueco para películas como Mejor... imposible, que es una comedia imposible que yo debería de ver con mayor escepticismo, y con mayor distancia, pero que siempre me arranca la sonrisa, la bonhomía, y hasta una pequeña lagrimita en esa escena final del amor consumado, y llego a pensar si no estaré profundamente equivocado, y si las excepciones de mi cinefilia no tendrían que ser a partir de ahora las reglas inviolables.  Después de ver Mejor... imposible voy a la cama mitad perplejo y mitad culpable. Me siento desafiado, criticado, estremecido hasta los cimientos. Pero a la mañana siguiente, tras el sueño reparador, todo vuelve a la normalidad del misántropo incorregible. Basta con encender la radio y echar un vistazo a las noticias para que un aire muy pesimista, pero muy limpio, vuelva a llenar mis pulmones. No me siento feliz, ni satisfecho, pero sí reencontrado. Mejor... imposible vuelve a ser un cuento maravilloso, pero ya no, ay, una verdad revelada. Quizá la próxima vez.



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Celda 211

Si no fuera por los inquilinos que allí moran, que lo mismo te enculan que te meten en la droga o te enredan en trapicheos, no se estaría tan mal viviendo en la cárcel, a resguardo del mundo y sus vicisitudes. Pero te toca un Malamadre como el de Celda 211 y se jodió lo que se daba: que si desnúdate, que si cárgate a tal fulano, que si vamos a iniciar una revuelta y a darnos de hostias con los Geos... Un sin vivir que sólo puede terminar en la vejación o en el porrazo en la cabeza.



    La cárcel, sin estas malas gentes que suelen habitarla, sería un retiro espiritual sin monjes ni crucifijos. Un ora et labora laico con horarios estrictos y costumbres disciplinadas. En la cárcel puedes aprender un oficio, estudiar una carrera, perseverar en el hábito de la lectura. Moldear tus músculos en el gimnasio, si ése es tu rollo con las mujeres. Puedes comer las verduras y las hortalizas que llevabas años evitando como un irresponsable de la dietética. Regresar al billar, al futbolín, a los dardos, que eran los juegos añorados de tu juventud. Conocer gente distinta, peculiar, con aventuras y anécdotas que jamás habías escuchado ni imaginado. Y si el miedo es no follar, que llegue el vis a vis y no haya nadie con quien recostarse en el camastro, los cuarentones de carnes fofas y cabellos retraídos ya estamos curados de tales espantos, y de tanto aplazar y posponer nos hemos convertido en auténticos tuaregs del desierto sexual. A nosotros, con las sequías...



    El problema es que para entrar en la cárcel hay que delinquir, y uno no tiene estómago ni vocación. Uno, por desgracia, porque salió así y sus padres lo educaron con esmero, es un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos, no trafica con drogas y no hace negocios lucrativos con el Partido Popular. La cárcel está vetada para las buenas personas, y eso es un poco injusto. Tendría que haber celdas reservadas a gentes que no son peligrosas para la sociedad, pero que se han vuelto peligrosas para sí mismas. Que ya no encuentran la rutina, el sosiego, la jornada estructurada. Que empiezan el día, horas después lo terminan, y entre medias sólo encuentran tiempo derrochado y vicios adquiridos. Que andan por su vida como vacas sin cencerro, y necesitan un retiro pensado para el ganado: alambre de espino para no escapar, verde pasto para alimentarse con verdura, y algún paseico por los montes para meditar sobre el ser y la nada.



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El olivo

Las mujeres que entran en este blog -la mayoría de ellas por casualidad, o por curiosidad malsana- no dejan ningún comentario porque son muy educadas, o porque la indignación enreda sus dedos, pero yo sé que salen decepcionadas al ver que aquí se habla mucho de directores y muy poco de directoras. Y tienen razón, mis visitantas. El cine dirigido por mujeres, que ya es escaso en las pantallas, es todavía más escaso en estos escritos míos, que encuentran mayor complacencia en las películas donde un hombre se pone tras la cámara. Yo, lo confieso, me siento más cómodo con la visión masculina de la realidad, quizá porque soy hombre y padezco las mismas miopías oculares y las mismas estrecheces mentales. No soy yo, que diría Homer Simpson, sino el metabolismo de mi testosterona.



    En ese cuadro de honor donde yo expongo a mis directores predilectos, sólo dos mujeres han realizado milagros acreditados para ocupar peanas en el santoral. Poca cosa, y muy injusta, lo reconozco, para tanta cinefilia derrochada. Una de ellas es Sofía Coppola, la hija de don Francisco, que tiene una extraña habilidad para mezclar el clasicismo de su padre con el rollo acelerado de la modernidad. La otra, que es producto nacional, autora de grandes películas en el pasado, es Icíar Bollaín, una mujer tan inteligente y chisposa que da gusto escucharla o leerla cuando le hacen una entrevista. Cuando habla sobre cine, o cuando diserta sobre la vida, uno siente que esta mujer tiene las cosas muy claras, y muy correctas, y experimenta una envidia malsana por Paul Laverty, su compañero sentimental, que es un rojo peligroso que se ganaba la vida escribiendo guiones para Ken Loach y que ahora también los escribe para la madre de sus retoños. Laverty -como no podía ser de otro modo, porque sino doña Icíar lo hubiera mandado a freír espárragos hace tiempo- también es un tipo inteligente que ha comprendido que la guerra está perdida, que la izquierda ha sido derrotada y barrida de las decisiones importantes, y que a los bolcheviques ya sólo nos queda la satisfacción de ganar alguna batallita simbólica, alguna reyerta sin importancia, como ésta que nos cuentan en El olivo, que casi no es victoria ni es ná. Un consuelo para tres pobres desgraciados, como mucho. Lo que no acabo de entender es que este matrimonio tan preclaro y combativo, que debería firmar obras maestras del cine protestante, se haya conformado con una película tan bienintencionada como blandengue. El olivo es ñoña, obvia, de una poesía muy cursi y desgastada. Un simbolismo ecologista de tercer curso de Primaria. Muy poca cosa, viniendo de quien venía.



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Cegados por el sol

Marianne y Paul son dos artistas norteamericanos que pasan sus vacaciones en la isla Pantelaria, a medio camino entre Sicilia y el continente africano. Mientras a su alrededor se desarrolla el drama de las pateras que naufragan o llegan con subsaharianos ateridos, ellos, aislados del mundanal ruido, disfrutan del ocio en su casa solariega con vistas al volcán. Alrededor de la piscina que es el epicentro de su retozar, Marianne y Paul fornican al aire libre, toman el sol del Mediterráneo y reponen fuerzas con la saludable gastronomía del lugar, bajo la sombra de una parra. Marianne, además, que es estrella del rock and roll, ha sufrido una operación en la garganta que le impide hablar, lo que hace que las discusiones, cuando llegan sin avisar, terminen rápidamente con cuatro gestos y un abrazo apresurado de reconciliación. La mudez es el remedio ideal para detener en seco tales desavenencias.



     Si los protagonistas de Cegados por el sol fueran una pareja de veraneantes españoles, rápidamente aparecería un cuñado en escena para joderles tanta felicidad, pero como son anglosajones y muy liberales, viejos guerreros de las costumbres relajadas, el que aterriza en Pantelaria es el ex amante de Marianne, un cincuentón desatado, medio loco, antiguo productor de los Rolling Stones, al que da vida un desaforado e impagable Ralph Fiennes. Harry llega a la isla ávido de fiestas y cachondeos, pero trae, escondidas en la maleta, aviesas intenciones de reconquista. Él nunca ha olvidado a Marianne, que al parecer es una dama intachable fuera de la cama, y una tigresa insaciable dentro de ella, y para distraer la atención de su actual maromo se ha traído a su propia hija como cebo, una lolita algo crecida que elevará la temperatura del lugar varios grados centígrados, desatando instintos y hostilidades. Por si fuera poco, con Harry&Daughter llega también el siroco del Sáhara, un viento seco que desata tormentas dentro y fuera de los cuerpos, nublando las mentes y alterando los raciocinios. En la isla volcánica de Pantelaria estallará de pronto el volcán de las pasiones, y uno, que andaba medio dormido en el sofá, desinteresado de estas cuitas románticas entre burgueses, retomará el hilo de esta película tan curiosa como intrigante, tan lánguida como extraña.


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Palombella Rossa

Nunca he vuelto a encontrar al Nanni Moretti de Caro Diario, o de Abril, que son dos películas maravillosas que guardo como tesoros en mi estantería. El cineasta que vino después se perdió en el humor bufo y tontorrón, o se volvió un dramaturgo trascendente como hay otros cuarenta mil rondando por los festivales. El Nanni Moretti que vino antes, como éste de Palombella Rossa, es un tipo simpático que sin embargo cuenta historias muy apegadas a su biografía personal, con simbolismos, onirismos, pelusillas indescifrables de su ombligo, o argumentos muy relacionados con la política italiana del momento, que para un españolito de nivel medio es el asunto esquemático de un Partido Comunista que siempre perdía y una Democracia Cristiana que siempre ganaba bendecida por el Papa.



    Palombella Rossa es el relato felliniano, buñuelesco, de un partido de waterpolo que enfrenta a la izquierda con la derecha política. Moretti, que es el delantero boya que recibe las hostias más cruentas de los democristianos, marca unos bonitos goles de vaselina (palombella) que son la delicia del público, y la alegría de sus compañeros, unos goles muy rossos que luego, como en la vida real, no sirven para nada, porque la derecha -siempre favorecida por el árbitro, y siempre unida ante la adversidad- se las acaba arreglando para ganar las competiciones de largo aliento. En Palombella Rossa, Nanni Moretti hace examen de conciencia de su activismo juvenil, y se coloca en una postura incómoda de izquierdismo crítico y solitario. Allá en la piscina del waterpolo, lo mismo en el banquillo que dentro del agua, Moretti monologa, dialoga, hace cruces de sus errores o planea propósitos de enmienda. Es una pura verborrea, un puro dolor de cabeza, que él mismo rompe en un par de ocasiones harto ya de no llegar a ninguna parte. Es entonces cuando la película se vuelve poética, hermosa, y nos recuerda, como dijo Truffaut, que siempre es preferible el reflejo de la vida a la vida misma. Qué nos importan ya las políticas, las reyertas, las discusiones bizantinas, cuando el doctor Zhivago, en la tele del bar, cae fulminado por un infarto persiguiendo a Lara por las calles de Moscú. La realidad queda suspendida, ante tamaño drama, y se vuelve pedestre e insignificante. Qué nos importa ya el circo, la cháchara, el festival de los gobiernos y los medios de comunicación, si en la megafonía del estadio suena la canción más hermosa de todos los tiempos, el  I'm on fire de Bruce Springsteen, y desprendidos de todo, y de todos, ya sólo somos ese hombre muerto de deseo que le canta maldades a su chica. 



   Posdata: ¿Qué hacía Rita Barberá, nuestra insigne senadora, nuestra prócer de la patria, diseñando el vestuario de Palombella Rossa allá por el año 1998, cuando ya era intachable -e incorrupta- alcaldesa de Valencia?



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Café Society

Las películas de Woody Allen son fiestas de guardar para sus devotos feligreses. Aunque hace muchos años que no celebramos una obra maestra con cánticos y alabanzas, nosotros, que tenemos mucho que agradecerle a nuestro santo, acudimos fieles a la cita con su película anual. Ya no esperamos que Woody Allen nos regale una película distinta, deslumbrante, porque nuestro amigo, la verdad, se nos ha vuelto un poco cebolleta, y camina ensimismado por su laberinto de recuerdos y batallitas. Otros ancianos como Billy Wilder o como Alfred Hitchcock, que siguieron rodando películas con la muerte rondando sus talones, se dejaron llevar por el humor vitriólico, por la visión negra, y nos regalaron películas crepusculares que rezumaban cinismo y mala hostia. Pero Woody Allen, que jamás fue dado a tales excesos, se ha convertido en un señor muy amable, nostálgico, que se ríe de la estupidez humana sólo a cuentagotas, para que el público no olvide que él también, en sus tiempos, era un esgrimista de temer cuando sacaba el sable y lanzaba la estocada.



    Yo, la verdad, en estos últimos ramalazos de su carrera, hubiese preferido a un Woody Allen más cascarrabias, más malhumorado. Un misántropo al que reír las maldades y aplaudir las filosofías. Café Society es una película bonita, bien rodada, amable con sus personajes, que habla sobre la imposibilidad del amor en los tiempos del Gran Gatsby. Hay mucho lujo en la producción, mucho color pastel en la fotografía. Diálogos muy bien escritos que recitan actores solventes con los jetos adecuados. Hay, además, una actriz hermosérrima que a mí me vuelve loco de remate, sobre todo si tengo la suerte de escucharla con su voz original, porque Kristen Stewart, cuando aparece en pantalla, pero sobre todo cuando habla, aprieta un resorte muy recóndito de mis deseos que no puede detallarse en este blog autorizado para todos los públicos. Café Society tiene todos los ingredientes para gustarme, para seducirme incluso, pero algo falla en última instancia. Un déjà vu, un hastío, una cansinidad. Demasiada bonhomía para mi agrado. Yo, que soy de los que nunca negó tres veces a Woody Allen antes de que cantara el gallo, quiero entusiasmarme con su película y no puedo. Quiero aplaudir y me quedo a medio gesto. Quiero escribir una crónica amable y me sale esta queja que espero no se malentienda. Porque Woody Allen -como ya he dicho varias veces en estos escritos, que también son archisabidos y repetitivos, el paseo improductivo por mis propios laberintos- es, más que un cineasta al que adoré, y un humorista al que celebré, un maestro del que he aprendido valiosas lecciones que me dejaron igual que estaba, pero un poco más sabio y más lúcido, si se me permite la inmodestia.  



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A propósito de Llewyn Davis

Ahora que le han otorgado el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan -que digo yo que el año que viene se lo tendrán que dar a Joan Manuel Serrat, o a Javier Krahe in memoriam- había que volver a ver A propósito de Llewyn Davis, para hacerle un homenaje a los poetas fracasados.
    Mientras Bob Dylan canta en el Gaslight Cafe y se va haciendo una fama en el mundillo del folk, el pobre Llewyn Davis, el antihéroe de los hermanos Cohen, que le ha dejado la silla caliente y el público contento, rumia sus desventuras en la barra del café. No sospecha que ese tipo llegado de Minnesota, con el pelo rizado y la voz nasal, al que ni siquiera escucha perdido en sus abismos de enamorado sin correspondencia, de cantante sin recorrido, será el genio musical al que todos los don nadies del local auparan hacia el éxito con su fracaso. El éxito es el pico de una pirámide muy triste que conforman los infortunados y los menos talentosos. Por cada Bob Dylan que vende discos y gana millones y alterna con las mujeres más guapas del cotarro, hay mil Llewyn Davis como el de la película, mil tipos que se quedaron en la estacada, que probaron y no llegaron, que intentaron y tropezaron. Que tal vez valían, pero no tuvieron suerte. Que no dieron con el mentor adecuado, que fallaron el día de la prueba, que tocaron un lunes por la noche y el promotor apareció un martes por la mañana. Que encontraron una mujer o un amigo o una ocupación que los desvió por otros derroteros de la vida. Que se lesionaron la mano, la falange, la cuerda vocal. Que tuvieron que trabajar para sobrevivir y dejaron de lado la práctica de su arte. Tipos a los que les faltó una decisión, una perseverancia, un soplo favorable de los dioses. Todos ellos conforman una masa de cadáveres que se va acumulando con el paso del tiempo, hasta que alguien favorecido por el destino se encarama sobre ellos y alcanza la cumbre destinada a la gloria. 



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Cosmos

Yo de niño quería ser astrónomo. Vivir en lo alto de una montaña, dos mil metros por encima del mundo y de los hombres, como Nietzsche soñaba vivir en Sils Maria. Estar en este mundo sin estar en él, como los monjes en el monasterio, o los fareros en el faro. Vivir más pendiente de las estrellas que de las personas, que de niño ya intuía desconcertantes y poco propicias. Yo quería ser astrónomo para vivir en el observatorio, encaramado al telescopio, entregado a la persecución de las trayectorias y los mundos. Yo, que antes había querido ser soldado inmortal, y futbolista de poca brega, cuando conocía a Carl Sagan decidí que ése tipo era mi futuro, mi vocación, mi escapatoria feliz de la vida. Yo quería saber las mismas cosas que él, y explicarlas con el mismo entusiasmo pedagógico. Con él tuve la certeza, ya nunca desarraigada, de que los secretos del Universo son los únicos que importan, porque todos somos, en el fondo, Universo, átomos de estrellas que se recombinaron en nuestros cuerpos y que dentro de varios eones, cuando el sol se apague y la tierra se convierta en cenizas, regresarán al vacío interestelar para formar parte de algo nuevo. He aquí la verdadera reencarnación, y la verdadera promesa de un más allá.




    En los tiempos de Cosmos nuestro televisor era en blanco y negro, y el espacio se veía gris y aburrido, y las galaxias blancas y monótonas. Pero me daba igual. En las enciclopedias del colegio recuperaba los colores que la tecnología catódica nos hurtaba, y así, pintado, el universo era un mundo fascinante en el que deseaba perderme para encontrarme. Yo no quería salir a la naturaleza como Félix Rodríguez de la Fuente, con tanto bicho peligroso que andaba suelto, ni viajar a bordo del Calypso de Jacques Cousteau, que sólo de pensarlo ya casi me mareaba, yo que potaba en todos los coches y autocares. No. Yo con diez años quise ser astrónomo, y con esa convicción respondía a los adultos que se interesaban en mi porvenir. Pero hubo un día maldito en el que olvidé por completo mi cometido, y en la adolescencia estúpida perdí de vista el sueño de la astronomía, y erré el camino de la felicidad. Seguí un sendero tortuoso, improductivo, básicamente vacío, que me ha conducido hasta aquí, hasta este ordenador que es mi confesionario y mi pañuelo de lágrimas. Cada vez que vuelvo a ver Cosmos me contemplo reflejado en el televisor, y ya no veo a Carl Sagan didáctico y vehemente, sino el reflejo de un tipo fondón y triste que ya no tiene perdón ni remedio. 



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Tigres de papel

Allá por 1977, en los albores de la Restauración Borbónica, los españolitos que pegaban carteles de rojos en las primeras elecciones generales se lanzaron a probar las costumbres tanto tiempo prohibidas por la ley, y por la Iglesia. Algunos lo hicieron porque sentían el impulso o la necesidad, pero a otros, como los protagonistas de Tigres de papel, les movía simplemente la curiosidad, o el afán de experimentar. O el placer de tocar los cojones a los guardianes de la moral, que todavía blandían un arma en la mano y un hisopo en la otra. Estos simpáticos personajes de Fernando Colomo, si tienen que fumarse un porro, se lo fuman; si tienen que apuntarse a una orgía, se apuntan; y si tienen que separarse del pariente, o de la parienta -que no divorciarse, ojo, porque hasta 1981 no se tramitó la ley que lo permitía-, se separan.
    A Carmen Maura y su trupé de moscones les bastan dos broncas y una desavenencia para tomar la decisión de largarse de casa y experimentar esa sensación excitante de saberse libres, tras tantos años de estricta vigilancia legal y vecinal. Como son tipos majos y enrollados, las rupturas no son nada traumáticas ni virulentas, y de vez en cuando, cuando aprieta la soledad, las parejas firman un armisticio para aliviar las penas y sofocar los instintos. El buen rollo preside estas des-uniones a-legales que tienen más de protesta que de convicción. Porque en el fondo estos personajes se quieren, y se estiman, y si viven en casas separadas es porque se lo pueden permitir. Tigres de papel, en algunas cosas, se ha quedado muy obsoleta y aburrida, porque cuarenta años de reyes y legislaturas nos contemplan ya. Pero en el asunto de las separaciones conyugales es una película muy moderna, muy envidiable. Hoy en día, con el mercado inmobiliario paralizado, no hay nadie que coloque un piso en venta, y casi nadie que pueda permitirse una hipoteca y un alquiler al mismo tiempo. Así que las des-parejas modernas se ven obligadas a vivir  bajo el mismo techo, por falta de jayeres, y han de ver las películas en el mismo sofá compartido, con más o menos distancia entre los cuerpos, según el humor, y el aguante.



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Heat

Uno tenía el recuerdo de que Heat era una película plena de acción, trepidante y violenta. Pero sólo lo es a ratos. Policías y ladrones salen temprano a trabajar, se intercambian varios tiroteos muy profesionales -que diría el entrañable Pazos en Airbag- y cuando regresan a casa se encuentran una parienta enfurecida que les afea el mucho tiempo que pasan fuera del hogar, y el poco rato que les dedican a la vera del sofá. Las mujeres de Heat parecen muy sofisticadas porque son norteamericanas que siempre van vestidas de fiesta en su propia casa, y además son hermosas de caerse para atrás y no levantarse del suelo. Pero en realidad, si les pusieras una bata de boatiné y un rodillo de amasar en las manos, no serían muy distintas de aquellas ibéricas que en los cómics de Bruguera, o en las películas tardofranquistas, esperaban al marido con el gesto torcido y la bronca preparada.



    Los maridos de Heat, que llegan a casa deshechos del tute que se pegan, a veces con la ropa ensangrentada y el susto todavía en el cuerpo, les explican con suma paciencia que su trabajo no conoce horarios ni días festivos. "Perdona, cariño, pero se nos enredó el atraco en el banco", o "Tuve que perseguir a esos cabrones hasta la frontera de Nevada", y cosas así. Lo normal sería celebrar que el tipo vuelve vivo, sin heridas, con la alegría de haber esquivado la muerte varias veces en el día. Un polvazo de estremecida pasión sería el cierre lógico a tan bonito reencuentro. Pero en Heat, tal vez porque Michael Mann tiene un ramalazo misógino que carga las tintas y deforma los raciocinios, las mujeres se ponen muy farrucas, muy desafiantes, cuando el marido llega a las tantas con pocas ganas de explicar su jornada laboral, y en escenas cargadas de tensión y de odio que ríete tú del famoso tiroteo a la puerta del banco, les sueltan unas barbaridades que los dejan clavados en el sitio, incomprendidos y deshechos.
    En la famosa escena en la que Al Pacino y Robert de Niro se ven las caras en la cafetería, ellos, detective y ladrón, perseguidor y perseguido, no pierden el tiempo hablando de sus oficios contrapuestos, que mayormente ya conocen. La chicha de la conversación se les va en hablar de mujeres: de cuánto las quieren, de cuánto les exigen, de qué poco les comprenden. La triste confesión de dos tipos condenados a matarse que, durante diez minutos de tregua, se reconocen cofrades de la misma fatalidad.



    Por esa misma época de Heat, en Seinfeld, Cosmo Kramer le advertía a su vecino Jerry del yugo que supone el matrimonio cuando llega la hora de cenar:





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El abrazo de la serpiente

Uno de los libros que conforman los siete pilares de mi escasa sabiduría se titula Armas, gérmenes y acero. Lo escribió hace veinte años un hombre del Renacimiento llamado Jared Diamond, una americano que lo mismo escribe sobre idiomas en Nueva Guinea que sobre biología evolutiva en los primates. En las páginas del libro, que son muchas y jugosas como un loncheado de jamón york, Diamond trata de responder a una pregunta tan tonta como intrigante: ¿por qué fueron los pueblos europeos los que llegaron a América y la conquistaron, y no los indios americanos los que surcaron el océano Atlántico en sentido inverso para someternos a la voluntad de sus dioses? En 500 páginas de alto valor nutritivo se habla de agricultura, de ganadería, de metalurgia, de enfermedades víricas y de caprichos climáticos, y al final, sumándolo todo, tenemos a Cristóbal Colón desembarcando en Guanahaní como resultado final de la complejísima ecuación.



    Aquel encuentro brutal entre civilizaciones "avanzadas" y pueblos "atrasados" creó una onda sísmica que varios siglos después todavía retumba en los parajes. A comienzos del siglo XX, los europeos seguían adentrándose en zonas desconocidas del Amazonas buscando intereses espurios si trabajaban para una empresa depredadora, o elevados, si los empujaba el afán de conocer nuevos pueblos y culturas. O incluso demenciales, si algún tarado se refugiaba en la selva creyéndose el Mesías redivivo, y fundaba una comunidad de colgados muy parecida a la que el coronel Kurtz creó en la ficción de Apocalypse Now. También navegaban por allí biólogos y farmacéuticos, que buscaban remedios naturales y venenos beneficiosos, y que, aprovechando el viaje, preguntaban a los chamanes por alguna droga dura como la mítica yakruna para experimentar otro viaje más profundo y revelador. Todos estos tipos, más un chamán sin tribu llamado Karamakate que guarda la memoria de su pueblo, y el secreto de las plantas, son los protagonistas entrelazados -y enzarzados- de El abrazo de la serpiente, una película colombiana que primero te fascina con su propuesta y luego te adormece como envenenado por curare. Porque la selva, sino es intrépida, sino es azarosa, sino está plagada de peligros, es un paisaje monótono y relajante que te induce al sueño mientras navegas por los meandros.



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Laberinto de pasiones

Hace cuatro millones de años, nuestros antepasados vivieron el paraíso perdido de la promiscuidad entre los árboles. Los primates interesados intercambiaban dos o tres gruñidos de protocolo y se entregaban sin culpa a los placeres de la selva. Las palabras follar y follaje comparten una etimología que se remonta a esos tiempos que todavía no conocían la posición erguida, ni el destierro en la sabana. Los milenios arborícolas fueron muy locos, muy descocados, una época de absoluto desenfreno que los libros sagrados quisieron borrar de nuestra memoria, asegurándonos que no descendíamos de aquellas bestias lujuriosas, sino que habíamos sido creados de un barro nuevo e inmaculado, insuflado de alma y de altos valores etéreos. Hubo que esperar mucho tiempo para que el abuelo Darwin desmontara tales patrañas, y nos volviera a colocar en la rama correcta del gran árbol de la vida. Sólo un puñado de genes sin demasiada trascendencia nos separa de esos suertudos bonobos que todavía fornican a lo grande encaramados a los árboles. Unos primos carnales que todavía siguen de fiesta tantas madrugadas después, mientras que nosotros, "dignificados" por el trabajo, nos seguimos levantando muy temprano para derribar y reconstruir civilizaciones.



    Pero no todo ha sido sufrimiento y castidad para el homo sapiens. En cualquier época y cultura siempre ha habido guerrilleros que trataron de revivir el sexo sin trascendencias, el placer sin remordimientos. Unos subversivos que han sido quemados, ahorcados, desterrados, maldecidos, sin que su llama fogosa llegara a extinguirse. Uno de estos risorgimentos del amor libre y locuelo lo vivimos no hace mucho en la Movida Madrileña, donde nativos y manchegos, mediterráneos y cantábricos, se juntaban en ciertos barrios y locales para celebrar la juventud y la alegría de vivir. Antes de que los dioses vengativos les enviaran el virus terrible de la muerte, y la fiesta tuviera que aplazarse sine die entre nostalgias y tragedias, Madrid se convirtió en un verdadero laberinto de pasiones que Pedro Almodóvar, protagonista y cronista de aquellos excesos, dejó retratados en esta película inclasificable de príncipes moros y golfas enamoradas. Una cosa que no tiene ni pies ni cabeza, ni orden ni concierto, pero que se ve con una sonrisa en la boca, y con una envidia en la mirada: la de quien no pudo vivir aquellos tiempos por edad, y por lejanía. Y porque uno, en el fondo, es un monógamo muy tradicional.


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The Big One

Diez años antes de que estallara la crisis económica que todavía padecemos (algunos), cuando en España todavía era fiesta y comprábamos alegremente el piso y la segunda residencia y la moto de gran cilindrada para el chaval, Michael Moore, en Estados Unidos, recorría las ciudades deprimidas donde la clase media ya las estaba pasando putas. Pero que muy putas. Y corría el año del Señor de 1997... Nadie en este lado del Atlántico supo interpretar los augurios, porque nadie vio The Big One ni otros documentos parecidos, y aunque los hubiéramos visto, nosotros éramos un país único que guiados por el Gran Bigote iba a comerse los mercados y a competir con los alemanes de tú a tú y bla, bla, bla...



    En la gira promocional de su libro Todos a la calle, nuestro entrañable gordito, como un Borbón campechano que se saltara el protocolo, aprovecha las firmas de libros para conocer a trabajadores que acaban de ser despedidos de sus fábricas, o que han visto recortados sus sueldos hasta límites de subsistencia. Y no porque el negocio vaya mal, sino justamente por lo contrario: porque va viento en popa gracias a su trabajo, y a sus sacrificios, y los dueños, y los accionistas, ávidos de más dinero, han decidido trasladar los bártulos a otro lugar donde pagar todavía menos a sus esclavos. Y ya forrarse el escroto de oro, y las nalgas de platino. En el último tramo de The Big One, Michael Moore se entrevistará con el mismísimo CEO de Nike, Phil Knight, para afearle que la marca produzca sus zapatillas en Indonesia, pagando cuatro chavos a adolescentes descalzos que zurcen y pegan telas en hangares de mala muerte. El gachó, impasible, se agarrará a los principios básicos del neoliberalismo para justificar todas las tropelías de su empresa, desde el sueldo indigno hasta la deslocalización de las fábricas, pero con una sonrisa en la boca, eso sí, y con un compadreo muy amable, que para eso acude a la entrevista en zapatillas deportivas -suponemos que Nike- y vestido de casual para la ocasión.



En The Big One, Michael Moore es entrevistado en un programa de radio.

ENTREVISTADOR: Usted al comienzo de su libro ha puesto dos fotos con la leyenda: "¿Qué es terrorismo?" Se trata de dos fotos casi idénticas. Edificios destruidos. Uno en Oklahoma City, en 1995, tras la explosión de la bomba. Y abajo, Flint, en Michigan, en 1996 [una fábrica derruida]. Resulta difícil distinguirlas. Dos muestras de destrucción. De ahí la pregunta: "¿Qué es terrorismo?"

MICHAEL MOORE: Evidentemente, si un camión cargado de explosivos hace saltar por los aires un edificio matando a 168 personas, eso es terrorismo. No cabe ninguna duda. Pero, ¿cómo le llamamos entonces si evacúan el edificio antes de hacerlo saltar por los aires? Los años siguientes, los que trabajaban allí, al haberles quitado su medio de ganarse la vida algunos de ellos murieron... Murieron por suicidio. O por malos tratos. O por drogas. O por alcoholismo. Todos los problemas que rodean a los que pierden su empleo. Aquella gente murió como la gente de Oklahoma. Pero a eso no lo llamamos un acto "terrorista", ni a la empresa "asesina". Yo considero que se da un acto de terrorismo económico cuando las empresas, no satisfechas con los beneficios realizados, echan a la gente para poder ganar tan sólo un poquito más.




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El juez

La fascinación del hombre convaleciente por la enfermera que lo cuida es un sentimiento universal que trasciende épocas y culturas. Yo he leído teorías para todos los gustos, sobre este impulso irrefrenable. Que son sus uniformes, tan livianos cuando son blancos, y tan amables cuando vienen en tonos pastel, los que entre las luces extrañas de los hospitales, y el aturdimiento inevitable de la enfermedad, hacen que uno, en el ensueño, llegue a pensar que ellas son ángeles del cielo pululando alrededor de la cama, pero ángeles con sexo, no bíblicos, de carne tibia y atributos inequívocos. O que allí expuestos, en el lecho, semidesnudicos y frágiles, sufrimos una regresión infantil que nos hace tomar a las enfermeras por nuestra madre solícita, y que no es, en puridad, un deseo sexual lo que sentimos, sino un complejo de Edipo que regresa tardío y baqueteado por la vida. Quién sabe. Siguiendo estas trochas que abriera el abuelo Sigmund a machetazo limpio, es posible que allí, en la cama del hospital, más cerca de la muerte que cuando caminábamos por la calle, luchen a brazo partido el Tánatos y el Eros: el impulso de abandonarse, de volver a ser inorgánico y estable, enfrentado al deseo de seguir viviendo, a veces más por curiosidad que por otra cosa. Y que en esa refriega de trascendentales consecuencias, ellas, las enfermeras, son como el brazo que se ofrece a sacarnos del agua; como la voz que nos llama para que no avancemos por el túnel. La encarnación del ansia renovada por vivir, que en los hombres, para nuestro ridículo, para nuestra vergüenza de simios sin pelo, siempre se celebra con una erección.



    En El juez, Michel Racine es un ídem de gesto adusto y rituales mecánicos que dicta sentencias muy severas a sus condenados. A Michel, como a uno muy cercano que yo conozco, se le está pasando el arroz de la edad, el sueño del gran amor, y vaga por los tribunales con la esperanza decreciente de recibir un último regalo. No es sólo el pito, que le reclama, ni el orgullo, que lo zahiere. Es que, además, él imparte justicia en crímenes muy horrendos, que dicen muy poco del ser humano, y que lo arrastran a una misantropía que lo tiñe todo en tonos grises. Y para pintar el mundo de colores, como en la canción de la acuarela, necesita una mujer luminosa que lo haga sonreír y confiar.
    Cuando quizá ya desesperaba, y aceptaba resignado su aciago destino, el juez Racine reencontrará, entre los miembros del jurado recién nombrado, a la señorita Ditte Lorensen, una cuarentona de muy buen ver con los ojos tan azules como los mares de Dinamarca. Ditte, en un pasado algo lejano, fue su doctora de guardia en una complicada operación, y aunque ella apenas lo recuerda, porque las enfermeras y doctoras reparten sus gracias entre centenares de pacientes, él, Racine, lleva su imagen en el corazón, grabada a fuego. A partir de ahí, la película dejará de ser un thriller judicial, y un documental encubierto sobre los tribunales franceses, para convertirse en la universal historia del hombre al que ya le importa todo un comino, y sólo piensa en su amada, a la que llama, solicita, requiebra, como un adolescente enamorado. Cosa que no es para menos, con esta actriz llamada Sidse Babett Knudsen, la que un día fuera presidenta de Dinamarca, y luego amante de Tom Hanks en el desierto, y que hace de lesbiana feroz en una película que todavía no he visto, pero que ya ardo en deseos de tal. 



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Verano del 42




1. Ha llovido mucho, desde el verano del 42. Los tres muchachotes de la película, veteranos ya de la paja y del anhelo de mujeres, descubren los secretos del sexo en un libro polvoriento de medicina. Muchos años después, en los veranos de los ochenta, mis amigos y yo accedíamos a estas revelaciones en revistas pornográficas que algunos padres no escondían demasiado bien, encima de armarios, o en cajones de fácil acceso. El progreso era evidente: nos iniciábamos antes, y a todo color, y sin remilgos de germanías. Pero desde entonces han llovido los tiempos y las tecnologías, y nosotros, comparados con los chavales de ahora, que campan por internet como exploradores intrépidos y de rápido aprendizaje, ya parecemos unos mequetrefes, unos tontainas, casi unos candidatos a la beatificación. Qué te voy a contar, entonces, de los muchachuelos de Verano del 42, que contemplados desde esta atalaya de los tiempos modernos ya nos parecen unos auténticos retardados, y casi mueven más a la compasión que a la risa.



2. Nada -con excepción de los discos de Frank Sinatra- ha hecho más por el amor en Estados Unidos que las bolsas de compra sin asas. En Verano del 42, Hermie y Dorothy se conocen gracias a que ella sale del supermercado con varias bolsas de más, abrazadas torpemente al cuerpo, y una de ellas cede a la prensión y cae al suelo. Ahí está Hermie, atento a la jugada, aprovechando la oportunidad pintiparada para darse a conocer. Allí, en Estados Unidos, si te gusta una chica, o una mujer, basta con seguirla en su itinerario comercial y esperar pacientemente el estropicio. Aquí, en cambio, que somos tan listos, hemos otorgado a nuestras amadas la escapatoria perfecta de la bolsa con asas, que pueden llevarse hasta diez en cada viaje, una en cada dedo, sin que el hombre dispuesto a ayudar tenga excusas para presentarse y darse a valer.



3. La belleza de Jennifer O'Neill en la flor de su edad no admite literaturas. Ni un congreso de mil poetas enamorados acertaría con los adjetivos precisos y necesarios. En ella todo está tan bonito, y tan bien puesto... Si luego, encima, cada vez que aparece en pantalla, nos ponen esa música maravillosa e inolvidable, el efecto de su hermosura se multiplica hasta límites casi intolerables. Contemplándola con la boca abierta, y con los instintos encendidos,  he recordado aquello que decía Karl Pilkington sentado en la cueva frente a las ruinas de Petra:

    “Es mejor vivir en el agujero, viendo el palacio, que vivir en el palacio viendo el agujero, ¿no? [...] Pero no hablaba sólo de edificios. De la vida, en general. Incluso entre una persona guapa y otra fea. De alguna manera, es mejor ser la persona fea que aprecia las cosas bonitas”.

    Es el consuelo que nos queda.



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