Vaya par de gemelos

Las personas que me conocen superficialmente piensan que soy un tipo muy culto, muy leído, que se expresa con una corrección lingüística infrecuente, y también algo pedante. A ello me ayuda, y mucho, esta facha que Dios me dio, a medio camino entre el empollón irritante y el jesuita exclaustrado. Un siniestro parecido al vaticanista insoportable de Juan Manuel de Prada, que escribe en los periódicos y diserta en las tertulias criticando la podredumbre moral de occidente. El vigía de ídem, y mi némesis de tal. Yo reniego de ese parecido, y si he bajado kilos en los últimos tiempos no es para cuidarme la salud, ni para pavonearme ante las mujeres, que la salud y las mujeres son dos suertes caprichosas como el rayo o el pedrisco, sino por dejar de encontrarme con Juan Manuel en los espejos, y dejar de pegarme unos sustos de muerte cuando voy medio dormido, o medio inconsciente, y pienso durante un segundo terrorífico que el gachó se ha colado en mi casa para afearme las conductas y los pensamientos. 



    Parezco muy fino, sí, pero ya digo que sólo engaño a las personas que me frecuentan poco y mal. Los que me conocen bien saben que por debajo de estas pintas, y de estas imposturas, sigue hablando el chico criado en el arrabal, uno que fue a colegios de curas muy severos y exigentes, sí, pero que luego pasaba el fin de semana jugando al fútbol con la crème de la créme, con lo mejor de cada casa. Con el paso de los años, y de las cinefilias, y de las largas horas perdidas ante el televisor, he ido incorporando a mi lenguaje decenas de muletillas, de gracietas, de paridas estúpidas que ya forman parte del acervo incultural, y que echan por tierra cualquier pretensión lingüistica de parecer un tipo serio y respetable. Yo soy de los que digo "fistro" cuando hablo de un chapucero, y "pecador de la pradera" cuando me ahorro un insulto más grave, y digo "comooorl", y "jaaarl", y "ten cuidadín", y muchas más chorradas que vinieron del Chiquitistán. Yo soy de los que digo "potito" en lugar de bonito, y "Encanna" cuando conozco una tal, y "digamelón" cuando cojo el teléfono y hay confianza entre las partes. Yo soy de los que digo "efectiviwonder", y "cuñaaaao", y "no, hija, no", y "piticlín, piticlín", y cientos de sandeces más que se han quedado pegadas a mi paladar con cola de carpintero. De la mayoría de ellas recuerdo el origen, el momento infortunado de su aprehensión, pero de algunas no encuentro el rastro hasta que vuelvo a toparlas muchos años después. Hoy por la tarde, mientras sentía vergüenza por estar partiéndome el culo con Vaya par de gemelos, la comedia de Paco Martínez Soria, he recordado que al tal Lucas le debo lo de llamar "tísicos" a los físicos, y de decir "culuculado" en lugar de calculado, y "buenisma" en vez de buenísima, gilipolleces que suelto con toda la conciencia de estar hablando mal porque pienso que los demás comparten la gracia y la génesis, la tontería y el guiño, y que suelen dejarme en un ridículo lamentable, y en un mal lugar difícil de remontar.



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La gran belleza

Hoy he vuelto a ver La gran belleza. Sentía añoranza de esa Roma que nunca he visitado. Esta película maravillosa se ha quedado conmigo para siempre, y ya forma parte de mi educación sentimental, que escribiera Flaubert. Aunque todavía no han caído las hojas, ni han llegado las lluvias, ya siento la presencia del otoño, que se superpone al otro otoño de la edad. Y así, atrapado en las tristezas, y en los suspiros lastimeros, he regresado a las andanzas de Jep Gambardella, que en la película también busca el sentido de la vida, y la gran belleza que lo anime a revivir. Y a regresar a la escritura. Mi villorrio es su Roma; mis senderos sus avenidas; mi casa frente a los huertos, su apartamento frente al Coliseo.



    Presiento que el próximo año por estas fechas, cuando el otoño vuelva a instalarse en los calendarios -que ya no en los cielos, pues el verano se ha adueñado de todas las estaciones, y las somete y las flagela- volveré a ver La gran belleza en otra noche de largas horas por rellenar. De  sombrías dudas por resolver. En la próxima ocasión habrá más canas y menos pelo; más preguntas y menos consuelos. Pero el mismo gozo de la contemplación. Y así, poco a poco, en años sucesivos, iré llegando a la edad dorada del propio Gambardella, que no envejecerá preservado en el Bluray, y ya seremos dos jubilados que pasearán atribulados por las orillas del Tíber, asombrados ante la vida y al mismo tiempo decepcionados por ella.  




    La gran belleza será mi película de cada fin de septiembre, del mismo modo que Atrapado en el tiempo es mi película de cada inicio de febrero. O que Plácido es la película irrenunciable cuando llega la Navidad, para tener bien presente la mezquindad de los seres humanos, y no dejarse engañar por las luces de colores, ni los mensajes de oropel. Así debería de ser la vida de un cinéfilo veterano, curtido en mil espectáculos: 365 películas incuestionables, y una bisiesta. Nada más. 365 fiestas con las que quedarse ya para siempre, y encajarlas exactamente en cada día del año, cada una con su motivo y con su grandeza. Del mismo modo que los jacobinos llamaron a los días con el nombre de un fruto o de un animal, un cinéfilo de pro, que ya viviera en la chaladura y en el destierro definitivo del mundo, tendría que llamarlos por el nombre de su película: el día de La gran belleza tengo que ir al dentista, o el día de Annie Hall me voy de vacaciones, que ésta es otra película, Annie Hall, que cae cada año cuando llega la primavera, para recordar que los hombres somos de Marte, y las mujeres de Venus. 


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The Missing

Hace  años, cuando desapareció de su hotel la niña Madeleine McCann, se desató un tsunami de psicosis colectiva que llegó a inundar, incluso, los parques infantiles de este tranquilo rincón del noroeste. Donde antes había niños jugando alegremente y madres ociosas que charlaban de sus asuntos, o padres aburridos que desarrollaban sus análisis futbolísticos, de pronto se implantó un régimen de campo de concentración en el que los niños se volvieron reos estrictamente vigilados, y los padres y madres, guardias apostados en las torretas que iluminaban con los focos. Sólo faltó rodear los recintos con alambres de espino, y acreditar el libro de familia para poder acceder a ellos. Fueron unos años muy raros, neurotizados, que a mí me pillaron en plena faena del parquear, sin creer del todo lo que pasaba a mi alrededor. Una cosa era la responsabilidad y otra, muy distinta, aquella angustia que alteraba los nervios y las conductas. Niños habían desaparecido toda la vida, desde que el mundo es mundo, pero es como si la pobre Madeleine, que sonreía desde los carteles con cara de muñeca, viniera a recordarnos que nadie estaba a salvo de la desgracia, y que si  tal cosa podía sucederle a una niña rubia de sonrisa angelical, qué no podría pasarle a nuestros retoños ibéricos, mucho más feos y prosaicos.




    Alguien que buscaba la publicidad facilona ha tenido la mala idea de anunciar The Missing, la miniserie británica, como una especie de versión encubierta del caso Madeleine. Sí, hay un niño desaparecido, y sí, sus padres son dos británicos pudientes que están de vacaciones. Pero ahí terminan las similitudes. La desaparición de Oliver Hughes no da lugar a un circo mediático, ni a una búsqueda internacional. Ni a un melodrama muy propicio para un telefilm de sobremesa. La ausencia de Oliver Hughes es un terremoto muy localizado que altera o destroza la vida de muy pocas personas: de los padres desconsolados, de los policías atribulados, de los sospechosos perseguidos. Nadie volverá a ser el mismo tras el terrible suceso. En The Missing no existen los colores, ni siquiera el blanco y el negro: todo es gris, sórdido, inquietante. Casi siempre llueve, o está nublado, o sale un sol impropio para la circunstancia. Víctimas y verdugos, amigos y observadores, todo el mundo esconde un pasado, una vergüenza,  un acto inconfesable. El paisaje moral es deprimente. Y la serie, que además termina y acaba, para respiro del teleadicto, es cojonuda.



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Hedwig and the Angry Inch

En Hedwig and the Angry Inch, Hedwig es un rockero transexual que está de gira por Estados Unidos, tocando en garitos de mala muerte con su grupo. Aunque no sacan ni para pipas, y son frecuentemente abucheados por los espectadores, que esperaban un recital country y se encuentran un torbellino sexual que canta guarradas y mariconeces, Hedwig y sus muchachos no se rinden, porque ellos tienen cosas que comunicarle al mundo, dudas y esperanzas. Y porque a ellos, además, no les mueve gran cosa el dinero, sino perseguir ciudad por ciudad, para joderle la marrana, al cantante conocido como Tommy Gnosis, que es un antiguo discípulo que les robó las canciones y ahora gana la pasta gansa en macroconciertos y especiales para la MTV.



    Este es, grosso modo, el musical que John Cameron Mitchell compuso para los teatros neoyorquinos, y que poco después adaptó para la gran pantalla. Hedwig and the Angry Inch, que es una película extraña y libérrima, una especie de Cabaret pasado por el turmix de la estética glam, se convirtió en un film de culto entre los transexuales y los transgéneros, porque allí se habla con mucho lirismo de sus inquietudes, y entre los amantes del rock en general, porque la banda sonora es ciertamente pegadiza y sugerente.



    Hedwig, que salió mal parado de su operación, y despojado del pene no encontró la vagina que él esperaba, sino un resto de carne informe, asexual, que es el "angry inch" del título, es un hombre-mujer que no termina de aceptarse. Atrapado en una identidad sexual que no existe en los libros, que parece una maldición de los dioses o una burla del destino, en sus canciones desgarradas le canta al amor que no llega, o que llega pero finalmente se arrepiente, porque él, el pobre Hedwig, llegado el momento crucial, no puede ofrecer más que una sutura mal cerrada. Que Hedwig and the Angry Inch traspasara los ámbitos del cine marginal y llegara a un público más amplio, y finalmente a este blog de provincias, tiene que ver con que todos, de algún modo, sentimos la tristeza de Hedwig como propia. Nadie es completamente funcional. En alguna parte del cuerpo o de la psicología todos estamos mal operados, mal reconstruidos, y salimos al mundo disimulando una tara que nos avergüenza. La alopecia, la tartamudez, el micropene; la neurosis, la impulsividad, ciertos gustos musicales. Del mismo modo que Hedwig sale al escenario con pantalones que no dejan adivinar, todos salimos a la calle con remiendos que no dejan entrever. Hedwig es un hombre imperfecto que lamenta su mal, y que ve muy lejano su remedio, y en eso es un icono universal. Aunque lleve pelucas estrafalarias, y cante con una mala hostia que da gusto.



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La ciudad no es para mí, parte 2

La ciudad no es para mí, en mi casa, era una fiesta cinéfila de guardar. Una celebración anual como los improperios al Rey en su mensaje de Nochebuena, o el viaje a la playa de Gijón a mediados de agosto, a pasar nuestro único día de estipendio veraniego.
    A mis padres les encantaba la película, y siempre que la anunciaban en el TP hacían todo lo posible por verla, porque entonces, aunque ahora nos parezca mentira, no había vídeos en los hogares pobres, ni multidifusiones en los canales de pago inexistentes. Mi padre se descojonaba de risa con las catetadas de Paco Martínez Soria, sobre todo cuando agarraba el porrón de vino, o cuando decía aquello de los "malacatones", que en mi casa, después de aquello, nadie volvió a decir jamás melocotones con corrección, por hacer la gracia perpetua, y todavía hoy, con cuarenta y cuatro años, voy a comprarlos al Mercadona y me sorprendo de verlo escrito con propiedad, porque siempre pienso durante una décima de segundo: "¿Pero no eran malacatones?"



    Mi madre, por su parte, celebraba con mucha carcajada el momento en el que Gracita Morales, la chacha de los señoritos, decía aquello de "Tanto Luchi, tanto Luchi... ¡y se llama Luciana!", en referencia a su ama, que se daba el pisto de madrileña sofisticada y al final resultaba ser una aldeana del Bajo Aragón que había emigrado a la gran ciudad para ganarse las perricas. Nosotros, en León, también teníamos una tía que se llamaba Luciana, y que iba por la vida anunciándose como Luchi, cómo dándose importancia,  y como siempre le tuvimos un poquitín de tirria, y un pelín de envidia, aprovechábamos a la Luchi de la película para descojonarnos de ella en efigie, como inquisidores sin el reo presente.



    Y luego estaba yo, claro, que veía la película en mi rincón del sofá, riéndome con las simpáticas gilipolleces de Paco Martínez Soria, que era como un abuelete ideal que prodigaba lecciones morales y billetes de cien pesetas, que el nuestro ni lo uno ni lo otro. Yo por entonces no entendía el trasfondo moral de la película, que es una cantinela con más caspa que la boina de don Agustín. Con su cara de bobo y sus aires de merluzo, Agustín Valverde era un agente muy listo del Vaticano que había aterrizado en Madrid para imponer la decencia matrimonial entre tanta adúltera rijosa y tanta pendona sin conciencia. Un moralista insoportable que amenazaba con soltarle un bofetón a cualquier pecador que lo contradijera. Un ibérico machista, analfabeto, patriarcal, de derechas como Dios manda, al que quiero coger manía y no lo consigo, por más que lo intento, por más que me concentro, porque mis recuerdos de la infancia pesan más que mis ideas de hombre mayor. 




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La ciudad no es para mí, parte 1

La primera vez que pisé Madrid, en una excursión de los hermanos Maristas, un compañero y yo nos descolgamos del grupo nada más bajar del autobús. Nuestra intención era hacer el cateto en el primer semáforo que cruzáramos, en homenaje a Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, que era una película que pasaban mucho por la tele. Don Agustín, al salir de la estación de Atocha, y enfrentado por primera vez al tráfico moderno, se las veía y se las deseaba para cruzar por la glorieta de Carlos V, desesperando al bueno de Manolo Gómez Bur, que era el guardia urbano encargado de enseñarle la diferencia entre el disco verde y el disco "colorao", que rojo no se podía decir en las películas de la época. Mi compañero y yo, cinéfilos con pelusilla en el bigote, y leoneses casi emparentados con los mañicos con boina, queríamos hacer la misma gansada de no entender el semáforo, de entrar y salir de los carriles con aire de despistados, mirando hacia los lados con gesto de no entender nada. Casi lo conseguimos. Nuestro grupo ya estaba en la mediana de una gran avenida, cuando nosotros, veinte metros por detrás, y silbando la musiquilla ye-yé de las películas sesenteras, poníamos el pie en el asfalto con el semáforo en rojo. Dimos dos o tres pasos entre el tráfago, vigilando de reojo los coches que  se nos venían encima, cuando de pronto, a punto ya de retroceder para iniciar el numerito, dos manos poderosas, la izquierda y la derecha de nuestro tutor, nos retrocedieron con fuerza hasta la acera, y al llegar así nos soltaron un par de capones muy certeros, justo en el pescuezo, porque que los hermanos Maristas, en arrear hostias, eran unos karatekas consumados, con eso de que tenían misiones en Japón y en Indochina. No contábamos con que la excursión tenía un "camión escoba" que iba recogiendo a los gamberros, a los descarriados, a los tontos del haba como nosotros, que nos habíamos jugado el pellejo en un tonto homenaje cinéfilo. Nos movía la pasión, y nos arrastraba la inconsciencia. 



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Guía ideológica para pervertidos

Slavoj Zizek, que además de marxista y de psicoanalista, de filósofo y de cinéfilo, es un esloveno que habla un inglés macarrónico que hace mucho de reír, es un tipo que a veces abandona las aulas universitarias, donde imparte sesudos estudios sobre el perifollismo de Lacan, y baja al barro del hombre corriente para explicar qué hay detrás de algunas películas que habíamos digerido sin reflexionar. En la Guía ideológica para pervertidos, Zizek vuelve a contarte Titanic, Tiburón, Taxi Driver, Breve Encuentro, Sonrisas y lágrimas... pero pasadas por su peculiar máquina de rayos X. Vistas así ya no hay amoríos ni terrores, traiciones ni bailoteos, que sólo eran brillos superficiales que entretenían al espectador. Sin piel y sin carne, lo que queda es el esqueleto de la ideología: qué ética se postula, qué valores se defienden. A dónde querían llegar los fulanos que escribieron el guión, que rodaron la película, que pusieron la pasta necesaria. A veces con toda la intención del mundo, y otras -que para eso Zizek es un detective psicoanalista- de un modo inconsciente o subliminal, del que ni ellos mismos se percataban.



    El problema de la Guía ideológica para pervertidos es que la cabra tira al monte, y el bueno de Slavoj, aunque trata de adoptar un lenguaje elemental y comprensible, termina perdiéndose en lacanismos y germanías que te confunden más que te revelan. Él trata de advertirnos contra el consumismo, contra el capitalismo, y aunque se le agradece el esfuerzo, y hasta se comprenden algunas de sus lecciones, estaría bien que para otras enseñanzas bajara un poco más el nivel, a la altura del bar de pueblo, o de la grada de fútbol. Hace diez años, en la juventud, quizá me hubiese tomado la Guía ideológica para pervertidos como un desafío intelectual, como un documento al que dedicar varias horas de reflexión y muchas lecturas complementarias. Pero el esplendor en la hierba se ha ido marchitando al mismo ritmo de la oxidación celular, y en su lugar ha quedado un prado reseco donde ya pasto tranquilamente los entretenimientos, y ya no quiero, ni puedo, entrar en estos abismos del filosofar.



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Steve Jobs: Man in the Machine

Al sentarme a ver Steve Jobs: Man in the Machine, uno tenía la esperanza de no encontrar el retrato habitual del personaje: es decir, el fulano insoportable que maltrataba a sus empleados y mafioseaba a sus rivales y tal y cual, pero que al final, cada cierto tiempo, sorprendía al mundo con un producto maravilloso que había sudado la gota gorda de la creatividad, y el trabajo esclavo de los chinos en sus talleres. Yo mismo poseo un ipod nano con el que recorro los campos del villorrio, alternando los podcasts de la radio con las músicas de la vida, y siempre que lo enciendo creo tener en mis manos el monolito de 2001: un paralelepípedo mágico de diseño futurista del que surgen canciones que me elevan el espíritu, sabidurías que me hacen menos simio cada vez que lo toco.



    Steve Jobs: Man in the Machine recorre durante muchos minutos esos caminos trillados que yo temía, y aunque uno asiste interesado a la función, teme que al final no le quede nada de provecho, ninguna reflexión que llevarse a la cama, con tanta dualidad  resobada entre el prohombre y el mezquino, entre el angelito y el diablillo. Una dualidad que es falsa, además, porque Steve Jobs, como cualquier genio de los que él mismo usó en su campaña Think different, viene en un pack indivisible donde no pueden separarse el carácter de la soberbia, la diligencia de la obsesión. Los genios son tales porque su configuración mental es única, extraordinaria, y su creatividad es como un juego de construcciones donde quitas una pieza, una sola, incluso la más roñosa o despreciable, y el edificio entero se viene abajo. Esto, por supuesto, se lo cuentas a uno de los muchos empleados que padeció a Steve Jobs en sus neurosis, y te dirá que te vayas un poquitín a tomar por el culo. Comprensible.



    Al final, sin embargo, cuando ya todo parecía perdido en el documental, hay un entrevistado que desliza una idea original, y también terrible, sobre el legado que Steve Jobs nos dejó: tantos años hablando de la red global, de la revolución tecnológica, de los gadgets maravillosos que servían para intercomunicar a la gente, y si uno los mira bien, ahora que ya todos somos usuarios avanzados, descubre que los cacharros mágicos de Steve Jobs nos han aislado un poco más. El iPhone, el iPad, el iPod que yo mismo antes glosaba...: todos tienen en común que uno los coge y se queda embobado, tan a gustito en su universo de luces y colores, de imágenes y sonidos. La idea, pavorosa, es que gracias a estos monolitos del futuro nos hemos vuelto menos monos, pero también más autistas. Un poco como él, el fundador.



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Avatar

Avatar, en el fondo, despojada de lirismos y de arborescencias, es la historia de un pobre tullido, excombatiente de alguna guerra patriótica, al que ya no le hacen caso las mujeres de su pueblo, allá en Wisconsin. Nuestro héroe, como un vecino que yo tengo, que se fue a las selvas del Caribe a encontrar el amor de su vida, se embarca en una misión espacial cuyo destino es Pandora, un planeta cuyas frondosidades se parecen mucho a las de Cuba, o a las de la República Dominicana. En Pandora, según cuentan los hombres que han regresado de allí, y según atestiguan los reportajes fotográficos del National Geographic, viven unas jatazas de mucha impresión, altísimas, atléticas, esbeltas, prácticamente desnudas en su hábitat natural. Antropomórficas hasta resultar casi atractivas. E inocentes, en grado sumo, porque ellas no conocen la maldad ni el engaño, y son como aquellas polinesias, melanesias y micronesias que recibían a la tripulación del capitán Cook con los brazos abiertos, y se prestaban al intercambio amoroso a cambio de unas baratijas fabricadas en Southampton.



    Las pandoreñas tienen muchos pros sexuales, pero también algunas contras evidentes. Está, en primer lugar, que tienen rabo, ostensible, aunque éste, afortunadamente, les cuelgue por detrás y no por delante, lo que corta de raíz confusiones muy problemáticas, y chistes muy propicios del cuñado. El rabo, además, es un apéndice muy sensible de las pandoreñas, prácticamente una terminal nerviosa que ellas utilizan para comunicarse con la naturaleza, y si se le pone un poco de imaginación humana al asunto, puede resultar un juguete sexual de primera categoría, en varios usos y circunstancias que Avatar, por ser una película para todos los públicos, prefiere obviar y mantener en secreto.



    Sucede, también, que el sol de Pandora, cuando cae sobre las pieles de sus criaturas, no las tiñe del color bronceado que resulta tan sexy para el homo sapiens, sino de un color azul-pitufo que a muchos hombres les da como repelús, como asco de sustancia química. Nuestro hombre, por fortuna, no padece de estos remilgos coloristas, que además le parecen colindantes con el racismo, y es consciente, además, de que en las noches de Pandora, como en las noches de la Tierra, todas las gatas son pardas cuando llega la pasión. Lo que le tiene más mosca es el asunto del idioma, porque él, en la highschool de su pueblo, estudió varios cursos de español para irse algún día de farra a México, a vivir la vida loca, pero ahora estas sabidurías no le sirven de nada, porque las pandoreñas no dicen "mi amol", ni "mi amorsote", sólo palabras guturales que por supuesto no proceden del tronco indoeuropeo, sino de alguna civilización extraterrestre que llegó a Pandora mucho antes que los humanos. Pero el lenguaje tampoco va a detener a nuestro romántico héroe, porque Sigourney Weaver, antes de lanzarlo a la selva, ya le ha enseñado el vocabulario básico del cortejo, y con eso es suficiente para que Neytiri, en una primera impresión, quede fascinada por el nuevo na'vi aparecido en la selva. Uno muy tímido, muy torpe, aunque encantador en grado sumo, que se comporta como si su cuerpo estuviera en un sitio y su mente en otro muy distinto...



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O. J.: Made in America

O.J.: Made in America es el documental de cinco episodios que narra el auge y caída de O. J. Simpson, el que fuera consecutivamente estrella del fútbol americano, actor de registro simpático, sospechoso muy sospechoso de doble asesinato, personaje ridículo que hizo caricatura de sí mismo y, finalmente, para rematar tan curioso periplo, convicto en una cárcel de Nevada por delito de secuestro a mano armada. Allí es donde ahora mora el personaje, a la espera de la libertad condicional que escriba un nuevo capítulo de sus andanzas.



    Recuerdo que aquí en España, en 1994, sólo los muy aficionados al fútbol americano sabían quién era realmente O. J. Simpson. Habas contadas. El resto de los mortales le conocíamos de las películas, de fingir que viajaba a Marte en Capricornio Uno, o de hacer el indio en Agárralo como puedas, pero desconocíamos que ese actor negro afroamericano había sido un bicharraco que agarraba el balón ovalado y ya no había dios que lo parase hasta el touchdown definitivo, que ni eso, touchdown, sabíamos escribir los futboleros del soccer. Pero nos pusimos al día muy rápidamente con O.J., después de  ver los telediarios que nos contaron la persecución policial del Ford Bronco. Los que andamos muy despistados por la vida, o solemos dormirnos a esas horas de la sobremesa, llegamos a pensar que aquel pifostio -con decenas de coches patrullas, autopistas despejadas y helicópteros sobrevolando la escena- era una película que anunciaban dentro del propio telediario, a modo de patrocinador de las mentiras gubernamentales, una peli de hostias y tiroteos en la que O. J. interpretaba el papel muy serio y muy dramático de un hombre acusado de haber asesinado a su ex-esposa y al amante de ésta. Pero luego, por la noche, repitieron la noticia que había conmovido a los americanos de todos los colores, y supimos que la realidad, una vez más, -y más si es una realidad norteamericana-, supera cualquier ficción que imagine un guionista calenturiento.




    Veinte años después de todo aquello, los protagonistas del juicio del siglo, ya canosos y arrugados, prestan su rostro y sus reflexiones a  O.J.: Made in America, para componer no sólo un retrato del propio O. J., del que unos predican la santidad y otros advierten contra el diablo, sino de la propia sociedad que les ha tocado vivir, enfangada en un conflicto racial que no tiene visos de terminar. Ha sido estrenarse el documental en las televisiones, y regresar a primera plana los sucesos de conductores negros afroamericanos tiroteados por la policía blanca, algunos por un quítame allá esas pajas. O. J., en su día, iba a toda hostia por la carretera -como el chulo al que cantaban Los Ilegales- armado con una pistola, farfullando un discurso inconexo con los negociadores, y a nadie se le ocurrió sacar el arma reglamentaria. Gracias al peso de la fama, y al respeto secular por la gente con dinero -porque no nos olvidemos, el racismo sólo es un disfraz muy conveniente del clasismo- tenemos ahora este documental cojonudo que dura más de siete horas. Impagables. 



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La última seducción

La más maciza de su clase, según cantaba Joaquín Sabina en El blues de lo que pasa en mi escalera, había rebasado ya los cuarenta años, pero seguía siendo una arpía de mucho cuidado, tan caliente por fuera como fría por dentro. Un animal depredador que se alimentaba de hombres incautos con la cuenta bancaria bien saneada.

... la seductora bruja que escondía bajo la falda una calculadora...



    Esta canción sonaba en nuestras radios en 1994, mientras que al mismo tiempo, por esas casualidades de la vida, Linda Fiorentino arrasaba en las pantallas -y ardía en nuestros calzoncillos- dando vida a otra mujer que escondía una hoja Excel en las intimidades. Aunque luego ya no hizo gran cosa, porque Linda era una mujer talludita, y sólo la requerían para hacer de florero sexual o de lagartona, en La última seducción se ganó un lugar permanente en el Olimpo de nuestros deseos. Los críticos viejunos siempre hablaban de Bárbara Stanwyck en Perdición, o de Rita Hayworth en Gilda, como ejemplos de mujeres fatales que volvieron locos a sus maromos. Pero nosotros, los cinéfilos incipientes, para los que aquellas mujeres sólo eran abuelas de los tiempos pretéritos, dudábamos, como don Hilarión, entre escoger a la morena Linda Fiorentino o la rubia Kathleen Turner, que en Fuego en el cuerpo ya había ejercido de bruja diplomada que asnsiaba vivir libre y millonaria, a ser posible en un país exótico. Estas dos mujeres, tan hermosas como psicopáticas, poseían el santo grial del conocimiento: que los hombres, por debajo de su prepotencia y de su acicalamiento, sólo son unos simios disfrazados, unos macacos apenas evolucionados que llevan la cuenta continua de lo que follan y de lo que no. En La última seducción, Bridget Gregory usa a los hombres como si fueran cajeros automáticos. Le basta con introducir la clave para acceder al menú de opciones: un polvo para apagar los ardores; un billete para pagar la cuenta; un siervo para ejecutar el trabajo sucio. 



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Grupo 7

Las grandes obras que nos legaron los antiguos se hicieron gracias al trabajo de sus esclavos, que trabajaban de sol a sol a cambio de un mendrugo de pan y de un cazuelo de agua. Con el paso de los siglos, los muy humanitarios emprendedores los sustituyeron por trabajadores mal pagados, que ahora recibían amenazas en lugar de latigazos, y un cacho de carne en las fiestas de guardar. Con esta mano de obra se construyeron las catedrales, la Gran Muralla China, las vías férreas, el canal de Panamá, y en nuestro país, como quien dice ayer por la mañana, el Valle de los Caídos. Ahora mismo, en los emiratos del Golfo, un ejército de hormigas asiáticas construye los grandes rascacielos del desierto, y los futuros campos del Mundial de fútbol, en condiciones laborales que harían enfurecer otra vez al abuelo Marx, si éste se levantara de su tumba londinense.



    Grupo 7 cuenta la historia de unos esclavos que contribuyeron con su curro a la pompa modernizadora de España. Mientras los obreros se jugaban el tipo en los andamios de la Expo de Sevilla, construida a mayor gloria de nuestra monarquía, ellos, los integrantes de este cuerpo policial que pateaba las peores calles y los peores tugurios, limpiaban de drogadictos los futuros barrios que iban a transitar los turistas. El Grupo 7 no existió como tal, aunque está inspirado en brigadas que se dedicaron a parecidos tejemanejes. Pasados de la raya o intachablemente constitucionales, estos tipos, por lo que se ve en la película -los apartamentos exiguos donde viven, o los bares cutres donde alternan- no parecían recibir un gran sueldo por arriesgar el pellejo cada mañana, persiguiendo a tíos por las azoteas o entrando a saco en apartamentos de mala muerte. Me imagino que las doce pagas, la extra de Navidad y el plus de peligrosidad. Con lo que falta -que el abuelo Marx, siempre tan técnico, llamaba plusvalía- otros se hicieron de oro a cuenta de la gloria nacional. Finalizada la Expo de Sevilla, los drogatas regresaron a sus ecosistemas naturales, como las aves migratorias, y los pabellones y recintos se fueron oxidando y derrumbando. Tanto trabajo para tan exigua fiesta. 




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Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón

Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón no es realmente una película. Concebida en principio como un mediometraje, Almodóvar, que atareado en la Telefónica sacaba ratos de donde podía, y dineros de donde le dejaban, fue llamando a sus amigos punkis, a sus colegas travestis, a sus follamigos de la movida, para ir rellenando minutos y convertirla en una gamberrada que abriría nuevos caminos. En las ciudades de provincias nadie entendió su película, porque las tribus urbanas eran gentes tan desconocidas como los extraterrestres o como los aborígenes australianos, y entre la lluvia dorada, el moco gastronómico y el concurso de pollas que el mismísimo Almodóvar presentaba al grito de "¡Erecciones Generales!", la película no duró en cartelera ni para cubrir los gastos de la distribuidora. En las ciudades civilizadas, en cambio, donde había apertura de mentes y también apertura de piernas, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón encontró un público entusiasta, comprensivo, al que le importaba muy poco que la trama fuera simplona o que los medios técnicos fueran de cuarta categoría. Aquello era un espectáculo que indignaba a los curas y soliviantaba a los meapilas, y sólo con ir a verla uno ya obtenía el diploma de tipo moderno, o de mujer enrollada.



     Sólo cinco años después de que Franco se muriera dejando las pantallas como una patena, ahora salía en ellas una punky de quince años que se meaba en la cara de una urofílica murciana. Y una vecina de Madrid que cultivaba macetas de marihuana en su terraza. Y una caterva de travestidos que te ofrecían su cuerpo serrano si estaban de buenas o te arreaban con el bolso si les pillabas mal follados. Tan avanzada era para su tiempo, la provocación de Almodóvar, que incluso se pasó de frenada en algunas cosas, y ahora que estamos viviendo el retroceso del péndulo, y el cuestionamiento de las licencias, ya no se podría rodar una violación con el toque sandunguero y desenfadado que le dieron Félix Rotaeta y Carmen Maura a la suya. Entre eso, y que las parafilias sexuales ya no nos sorprenden, y que en los restaurantes hemos comido cosas peores que unos mocos, Pepi, Luci y Bom... hoy sería una película con mucho menos bombo y recorrido. El caca-culo-pedo-pis de un adolescente descarado y ocurrente. Es la maldición de las películas pioneras, que desbrozan la selva a machetazo limpio para que otros fluyan tranquilamente por el sendero.  



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Cabaret

Hace dos semanas, en las fiestas de la Virgen, para compensar tanta pureza y tanta mojigatería del populacho, llegó a esta ciudad de provincias un cabaret de Madrid que se anunciaba en los carteles con señoritas de muy buen ver. Unos porque van más calientes que el palo de un churrero, y otros porque nos habíamos quedado sin fútbol el fin de semana, el caso es que la carpa se llenó de gentes ávidas de cachondeo. Sin embargo, lo que allí nos vendieron nos dejó más bien fríos. Demasiado dinero para contemplar una polla fugaz, dos tetas con pezoneras y un culo de espectador fofo que sacaron al escenario para montar un numerito. Los chistes, supuestamente picantes, ya no eran graciosos en mis últimos años de EGB. Dobles sentidos sobre "esta noche voy a comerme un pepino", o "mañana voy a desayunar una zanahoria" que sólo celebraban alborozados los espectadores del IMSERSO, que perdían las dentaduras y las gafas entre las risotadas, mientras sus señoras, con pinta de no haberse comido una polla en su vida, se reían como comadrejas escandalizadas. Los demás nos reíamos por lo bajini, para justificar el precio de la entrada, mientras nos preguntábamos qué hacíamos allí, en pleno siglo XXI, ahora que gracias a internet puedes ver desnudos integrales a cualquier hora, y acceder a chistes brillantes de mentes muy perversas. El cabaret, o al menos el cabaret que nosotros vimos aquel día, es una reliquia cultural que ya no tiene cabida en la modernidad.



    Eso sí: en el cabaret moderno, como en el Cabaret de Bob Fosse, siguen lanzándoles chinitas a los políticos y a los potentados, y eso siempre es muy de agradecer. No es un mitin de los comunistas precisamente, pero se compensa con el despechugue generoso de las artistas. Te descojonabas viendo algunas caras entre los espectadores, desencajadas ante tamaña ignominia. Allí había mucho votante de derechas que había hecho pellas de la iglesia, o que había decidido ir luego para confesar los pecados cometidos bajo la carpa.
    Ochenta años después del Berlín prefascista, la cosa de las clases sociales no ha cambiado gran cosa. Lo que pasa es que ahora las masas son serviles, y medio idiotas, y los empresarios ya no necesitan que un partido nazi, o falangista, o camisa negra, venga a poner a orden a mamporro limpio. Los comunistas ya somos una reliquia que atrae mucho al turista norteamericano, y los sindicalistas hace mucho que se vendieron al capital por un bocadillo de jamón y una noche de hotel. El muchacho ario que en Cabaret canta Tomorrow belongs to me en la cervecería de Berlín, ahora es un pijo de Nuevas Generaciones que en el bar de Malasaña tararea el himno del PP.



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Incendies

Antes de regalarnos Prisioneros, y Sicario, que son dos obras maestras del mal rollo contemporáneo, Denis Villeneuve ya había experimentado sus atmósferas malsanas en varias películas facturadas en Canadá. En este blog he contado más de una vez que yo llegué a Denis Villeneuve persiguiendo la desnudez de Marie-Josée Croze, porque soy un cerdo incorregible, y porque esta actriz siempre me pareció de una belleza excepcional. Marie-Josée mostraba sus encantos en Maelström, que era una película por lo demás muy poco erótico-festiva, más bien turbia, desangelada, el primer aviso de que Villeneuve hacía pocas concesiones al optimismo, y a la alegría de vivir. Del bonito cuerpo de Maria Josée quedaron tres retazos que luego se perdieron en la memoria, porque yo en el fondo soy muy pudoroso, y muy caballero, y destruyo estas memorias indecentes nada más contemplarlas, pero el cine de Villeneuve llegó para quedarse mucho tiempo en mis preferencias. Como dice el refrán, fueron dos tetas las que trajeron esta carreta que transportaba cine del bueno. Del muy bueno.



    En Incendies, una pareja de hermanos canadienses buscan en Oriente Próximo el misterio de su concepción. Ellos llegaron a Canadá siendo niños, y su madre, antes de morir, nunca les aclaró las circunstancias excepcionales que tejieron su ADN. Ella había huido de la guerra, de las violaciones y los bombardeos, de los tiroteos y las religiones, y ni siquiera en el lecho de muerte tuvo el valor de resucitar aquellos recuerdos. Prefirió, como en las películas de misterio, dejar varios sobres en el despacho del notario para que fueran sus propios hijos, ya mayorcitos, los que resolvieran el caso. Toda una putada, la verdad, porque los chavales, acostumbrados al fresquito del Canadá, han de vagar por varios desiertos calcinados y varios olivares resecos hasta dar con las personas que conocieron a su madre, y comprender, por fin, con la boca desencajada, el motivo de que ella, la muy tunanta, guardara un silencio tan empecinado. Hay pasados que es mejor no menearlos.  



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El pregón

Andreu Buenafuente y Berto Romero se ganan la vida entre Madrid y Barcelona, recorriendo un puente que ya es más ferroviario que aéreo, mientras que yo, atado por las circunstancias, nunca salgo de este cuadrante noroeste por donde suelen llegar las borrascas. Nunca hemos sido presentados, y nunca hemos coincidido en los contextos. Sin embargo, yo les considero dos amistades consolidadas, ya veteranas, que llevan años entrando en mi casa con su late night pletórico de gilipolleces, y ahora también con su programa de radio, donde improvisan sus filosofías y desgranan sus vivécdotas, o sus anencias, según tengan el día. Cuando les veo, o cuando les escucho, siento que encajo estupendamente en su mundo de filias y fobias, de referencias y recochineos. Por debajo de sus tonterías, fluye un cinismo simpático, un vitriolo azucarado, que siento muy próximo a mis propias descojonaciones, y daría un huevo y la yema del otro -ahora que ya me he reproducido, y que ninguna damisela quiere escalfarlos de nuevo-, por formar un trío cómico con ellos, y recorrer los platós y los estudios en una juerga de risas perpetuas y trabajo concienzudo.



    Sólo por ellos he desoído las muchas advertencias que desaconsejaban ver El pregón, algunas de ellas muy respetables. Aunque la película fuera una mierda -que no sería para tanto- yo quería verles actuar juntos, a ver qué tal se les daba el empeño. A Berto ya le conocía de Anacleto, y de Ocho apellidos catalanes, donde se curraba los personajes con mucho desparpajo, pero a Buenafuente sólo le había visto de cameísta en algunos Torrentes, que es poca cosa, y mala plaza. En El pregón, ellos son los hermanos Osorio, dos viejas glorias del techno-pop que ahora las pasan canutas para llegar a fin de mes, y que se prestan, por cuatro duros, a dar el pregón en las fiestas de  Proverzo, un pueblo de costumbres ancestrales donde se celebran romerías de la Virgen y se lanzan cabras desde el campanario. El típico desencuentro entre urbanitas y paletos que tantos réditos le proporcionó a la cinematografía nacional, pero que ahora, en pleno siglo XXI, es un recurso que ya queda muy rancio y algo ridículo. El pregón lleva a Berto y a Andreu por los caminos trillados de la comedia, por los chistes facilones del gran público, y estos dos tipos, encorsetados, no dan ni la mitad de sí mismos. Ni la cuarta parte. Ellos necesitan su mundillo, su improvisación, su buen rollete ajeno a las normas. El pregón es el intento fallido de domesticarlos, de someterlos a una historia que además, para más inri, no tiene ni un ápice de gracia. Sólo cuando Jorge Sanz -que para hacer de chulo y de facha no tiene competidor- se entromete en sus escenas para comérselos vivos. Las cosas del oficio.



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La Profecía

Entre nosotros habitan los creyentes (la mayoría), los ateos (la minoría) y los satánicos (lo mejor de cada casa). Pero esta división no abarca todas las opciones doctrinales. También hay personas que sostienen extraños híbridos en materia de fe, como una tía que yo tenía, que creía en la Virgen María sin creer en Dios, cosa que en la Edad Media hubiera movilizado un concilio completo de obispos y teólogos. También tengo un primo, no muy centrado el pobre, que se caga en Dios y en los curas durante todo el año, clamando porque algún valiente vuelva a quemarles las iglesias, y luego, cuando llega la Semana Santa, se viste de papón para desfilar orgulloso por las calles de la capital, porque dice que los ropajes le sientan muy bien, y que él está con el folklore y con las fiestas populares.



    Y luego estábamos nosotros, los adolescentes rebeldes del colegio, que hartos de tanta monserga inconcebible, de tanta fábula de milagos, dejamos de creer en Dios mucho antes de desengañarnos del Diablo, lo que nos dejó durante años en una tierra filosófica harto confusa. Y terrorífica. No es que fuéramos satánicos, ni nada por el estilo: nosotros no íbamos a los cementerios de León a sacrificar gallos, ni volteábamos los crucifijos de la capilla cuando ningún profesor nos vigilaba. Más bien nos cagábamos de miedo con estas cosas cuando las veíamos en las películas, y nos cagábamos, además, más que nadie, porque al no creer en el reverso luminoso de la Fuerza, no teníamos un antídoto espiritual que oponer a tanta maldad.



    Fue por aquella época de sinsentido teológico cuando descubrimos, en el videoclub de la esquina, La Profecía. No sé cuántas veces llegamos a alquilarla, fascinados y morbosos, porque allí, en las andanzas paternales de Gregory Peck, se afirmaban los dogmas de nuestra extraña religión: que el diablo campaba a sus anchas por los laberintos del mundo, invulnerable y puñetero, y que tarde o temprano aparecería sobre un monte para declarar el fin de los tiempos, y el inicio de su Reich.  De haber visto La profecía en una pantalla de cine no sé cómo la hubiéramos superado, pero como la alquilábamos los cuatro amigos, y la veíamos en el salón de casa despatarrados por los sofás, nos echábamos unas risas que eran muy liberadoras. Luego poníamos la porno que alquilábamos sin tener la edad legal, y pensábamos que si los curas prohibían todo aquello, y ellos luchaban en el ejército de la Luz, tal vez un reinado de las Tinieblas no estaría tan mal después de todo. Si el Anticristo iba a permitir, y hasta fomentar, la participación de los muchachos en aquellas orgías tan excitantes, bienvenido fuera. Las sonrisa diabólica de Damien, al final de la película, también encerraba hermosas promesas.



(Y sí: he consultado la fecha de nacimiento de Donald Trump. 14 de Junio de 1946. Dos seises. Nos falta uno. No consta la hora de nacimiento).


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¿Qué invadimos ahora?

Michael Moore, en un extraño proceso biológico que quizá tiene que ver con su dieta, o con que los agentes de la CIA lo andan envenenando, ha terminado por convertirse en su abuela. Se le ha puesto una pinta rara, con andares bamboleantes, y mucha piel sobrante por la cara, y eso hace que en ¿Qué invadimos ahora? sus advertencias suenen a reprimenda de grandmother americana, que mira qué bien viven los italianos y nosotros con tanto trabajo, o hay que joderse con las escuelas que tienen en Finlandia y nuestros nietos aquí, en el cuchitril, con profesoras que cobran tres dólares y hamburguesas grasientas todos los días en el  menú.



    Los críticos de Michael Moore -que son, para mi indignación, mayoría entre la prensa acreditada- lo tienen muy fácil para zaherirle en esta ocasión: "Moore, el abuelo Cebolleta", y cosas así. Yo entiendo que hay que comer, que la cosa está muy jodida, y que incluso en la prensa progresista nadie habla bien de él por no llevarse una reprimenda del redactor jefe, al que le pagan por predicar las bienaventuranzas del capitalismo. Con Michael Moore, los paniaguados ya ni se molestan en escribir nada nuevo: simplemente cambian el título del documento anterior y firman la crítica como si fuera de ayer mismo. Da grima tener que releerles cada cinco o seis años: que si Moore es un maniqueo, un manipulador, un observador parcial de la realidad... Nos ha jodido. Pues claro. El gordo entrañable tiene una visión ideológica del mundo, y a predicarla dedica su profesión de cineasta, como ellos mismos, al escribir, también defienden su ideología conservadora, o fingen defenderla para no terminar en el paro. Aquí cada uno va a lo suyo.



    En ¿Qué invadimos ahora?, Michael Moore se rinde a los encantos del bienestar europeo. O a lo poco que nos queda de él. Ahora que nos parecemos cada vez más a su odiado y amado Estados Unidos, porque nuestros dirigentes estudian allí el manual sagrado del neocon, el gordito, como un don Quijote con gorrita de béisbol, recorre bandera en ristre los campos de Europa para asombrarse de nuestra calidad de vida, de nuestro espíritu cívico, y en cada nueva aventura vota a bríos que él habrá de llevar tamañas maravillas al otro lado del mar. Moore, por supuesto, no ha puesto el pie en nuestro país, porque de aquí no hay gran cosa que llevarse, la verdad, y hasta tiene el atrevimiento de dar una gran zancada desde Francia para posarse en Portugal, a estudiar la política nacional contra las drogas, y ningunearnos con sus santos cojones que nos tapan el sol. El sol, el sagrado sol, que es nuestra única gran aportación a la humanidad. El regalo que nosotros le hacemos a las gentes del mundo para que vengan a disfrutarlo y a llenar nuestras playas y a furrular nuestra economía. Pero el sol, por supuesto, no es mérito nuestro, sino de la física elemental de las partículas, aunque algún ministro del PP tenga de vez en cuando la tentación de atribuírselo. 



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Mustang

Para un turco cejijunto de las serranías de Anatolia, no hay mayor desgracia que hacer un pleno de cinco hijas en cinco disparos seminales, y que las cinco, además, por esos designios insondables de Alá, sean de una belleza excepcional, o estén en la promesa de serlo.
    Mientras eran niñas, y en sus cuerpos no habían crecido las tentaciones del demonio, las cinco hermanas jugaban alegremente en las playas, en los campos, en la finca familiar, y lo hacían, incluso, con los otros niños del lugar, como si la Turquía profunda formara parte jovial de la Unión Europea. Pero una mala mañana de verano, ay, para celebrar el inicio de las vacaciones, las cinco hermanas se dan un chapuzón en la playa junto a sus compañeros de instituto, y aunque lo hacen vestidas con el uniforme escolar, y eluden cualquier contacto equívoco de las pieles o de los sexos, no pueden impedir que el agua traidora pegue sus camisas a los cuerpos, transparentándolos. Ni que una vecina ociosa, un carcamal de esos que aparecen en cualquier sitio para denunciar los usos de la juventud, lo mismo en Anatolia que en Palencia, le vaya al padre con el cuento de la ignominia. A partir de ahí, Mustang se transformará en un cuento de terror medieval, con damiselas encerradas en la torre que son ofrecidas en matrimonio al mejor postor de los contornos. Una trata de blancas en toda regla. O aún peor, de ganado.



    Uno pensaba, en su ignorancia antropológica, que esta práctica de los matrimonios forzosos ya sólo tenía lugar en la India, en el Asia profunda, en las islas perdidas del Pacífico, no aquí al lado, en el vecindario, al otro lado del Bósforo, donde juegan afamados futbolistas y se pasean turistas occidentales con cámaras al cuello, buscando las ruinas griegas, o las cimitarras de Solimán. Pero se ve que no, que en las montañas poco frecuentadas las mujeres siguen valiendo lo mismo que las cabras o que las vacas, y que aún les queda mucho camino por recorrer, y por reivindicar. Mustang, que como arte tiene un pase entretenido, y como documento un valor incalculable, continúa la larga tradición de películas que te quitan las ganas de viajar a Turquía. A Lawrence de Arabia le daban por el culo en la prisión; al estudiante americano de El expreso de medianoche lo torturaban; a los personajes de Nuri Bilge Ceylan les pueden las melancolías y los fracasos. A Ana Belén, en La pasión turca, también la daban por el culo, y por otros sitios, con tanta fuerza que terminaron desgarrándole el alma. Es ver una película ambientada en Turquía y prepararse uno para lo peor...



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Dos buenos tipos

En las buddy movies tradicionales, que son esas películas donde una pareja dispareja de detectives resuelve sus casos a tiroteos y a cacharrazos, uno de los policías hace de atildado, de eficiente, de respetuoso con el marco legal, mientras el otro va a su puta bola, se caga en las normas de régimen interno y saca la pipa sin pensárselo dos veces. El primero suele ir vestido de manera sobria, con traje y corbata y lustrosos zapatos; el segundo lleva cualquier camiseta barata y luce barba de varios días de resaca. El detective ejemplar está casado, tiene hijos, vive en una casa que es la envidia del vecindario; el detective conflictivo, para equilibrar el ying con el yang, es un caradura que folla a diestro y siniestro pero malvive en un apartamento de mala muerte, a veces en el mismo barrio donde compran el pan y trafican la marihuana los malotes que habrá de perseguir a continuación.



    Casi treinta años después de Arma letal, Shane Black vuelve a retomar el género de la buddy movie con Dos buenos tipos, pero esta vez, agotada ya la fórmula del contraste, ha decidido que los dos detectives sean igual de tolilis y de desastrados. Las risas que perdemos en el juego de las diferencias las ganamos en el descojone absoluto, en la chapuza laboral, en la ineficacia casi ibérica de las pesquisas. El inconcebible Gosling y el autoparódico Crowe se ven envueltos en un caso de espionaje industrial que está mucho más allá de sus menguadas capacidades, y se pasan la película metiendo la pata y poniendo cara de merluzos ante la adversidad. De hecho, se parecen mucho más a Mortadelo y Filemón que a Mel Gibson y a Danny Glover. Crowe, que es el cerebro menos disfuncional de la pareja, ejerce de Filemón adusto y mandón, mientras que Gosling, que va todo el día fumado o apijotado, es el Mortadelo que repite a todas horas "sí, jefe" y lo va embrollando todo cada vez más. Dos buenos tipos es un cómic muy loco de Ibáñez en el que actúa, de estrella invitada, Sophie, la hija listísima del inspector Gadget, para hacer el trabajo profesional que su padre y el otro colega no son capaces de sobrellevar.



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American Crime. Temporada 1

Aquí, en la tranquila pedanía del noroeste, no existen los problemas raciales que describe American Crime al otro lado del océano, y de la civilización. Aquí están los bobos del campo de fútbol, eso sí, que hacen uh, uh cuando un jugador de raza negra se apropia del balón, y los chinos del bazar, que te miran con recelo cuando sales de su tienda sin haber comprado nada. Y los nativos con ocho apellidos oriundos, claro, que si has nacido al otro lado del puerto, en las tierras llanas de la estepa, suelen recordarte con recochineo que las condiciones climatológicas del secano nos han privado de algún oligoelemento esencial, de alguna proteína insustituible. Son asuntos feos, innobles, de una cierta mezquindad intelectual, pero que no se resuelven en asaltos a mano armada, ni en manifestaciones reprimidas por la policía. Ni mucho menos en estos pifostios existenciales, prácticamente hamletianos, que traen a mal traer a todos los personajes de American Crime.




    La violencia racial que describe la serie, y que enzarza a caucásicos con negros, a chicanos legales con espaldas mojadas, es una realidad muy alejada de nuestra experiencia cotidiana. Y sin embargo, las tramas nos interesan, y los personajes nos conmueven, porque hemos crecido con estas mandangas desde que tenemos uso razón, e incluso antes, cuando éramos espectadores inconscientes de lo que veíamos. Y cuando aterrizamos en un municipio tan exótico como Modesto en California, nos sentimos partícipes de la situación, y hasta miramos por la ventana de nuestro salón de vez en cuando, no sea que un negro fumado de crack, o un chicano malote de la pandilla, venga a perturbar nuestra paz de trabajadores honrados. Años y años de ficción norteamericana taladrando nuestros televisores nos han convertido, en cierto modo, en yanquis honoríficos con gorra de béisbol. El himno de nuestro inconsciente, por muy rojos y muy antiimperialistas que nos pongamos, es el Star-Spangled Banner. Uno se sienta a ver Cuéntame y a los diez minutos piensa: "Sí: es mi gente, es mi historia, es mi contexto cercano, pero todos estos tipos me importan un comino". Uno, en cambio, se sienta a ver American Crime y piensa: "No es mi gente, no es mi historia, no es un contexto que yo haya vivido, ni que seguramente vaya a vivir, pero no puedo despegarme de la pantalla". Es la fuerza, simplemente, de las cosas bien hechas: de las facturas impecables, de los actores convincentes, de las actrices certeras, de los diálogos bien escritos. Atrapados por la estética, los cinéfilos de este país hemos renunciado al consumo del producto nacional, como sería menester en cualquier patriota bien nacido. 


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Vientos de agua

Hoy quiero confesar, como cantaba la tonadillera, que he abandonado Vientos de agua en su episodio número seis, como un pecador cualquier de la pradera. Me impele a ello la vergüenza, la baja autoestima del telespectador que quiere ser refinado y termina naufragando en estos productos tan serios y respetables.



    Vientos de agua es una serie que Tele 5 primero financió, luego maltrató, y finalmente suspendió de su programación, hará cosa de diez años. Hubo muchas protestas, muchas cartas airadas que no conmovieron a los directivos de la cadena. La serie, con el tiempo, tuvo gran éxito en las catacumbas de internet, y en el mercado legal del DVD, y se convirtió en un lugar de culto donde sus feligreses se refocilaban y se vengaban complacidos. Vientos de agua, obviamente, no era una serie para el prime time de la telebasura. Campanella y sus acólitos ofrecían una serie densa, currada, de cinema qualité, que tenía incluso subtítulos en los primeros episodios, cuando los mineros asturianos bableaban entre ellos para picar sus carbones y planear sus revoluciones, y la audiencia media de la cadena, entre que la mitad no saben leer y la otra mitad leen con bastante dificultad, se perdía sin remedio en los renglones y a los tres minutos ya estaba en Antena 3 hocicando en otros contenedores de desperdicios.



    Yo vine a Vientos de agua engañado por un mal razonamiento. Que el espectador medio de Tele 5 rechazara la serie, y que yo, al mismo tiempo, rechazara al espectador medio de Tele 5, no implicaba en absoluto que Vientos de agua y yo fuéramos a congeniar. La historia que vamos a llamar A, la del argentino que deja Buenos Aires para encontrar trabajo en nuestro país, después del corralito, todavía tiene un pase, y un entretenimiento, porque este actor, Eduardo Blanco, con su cara de perrete apaleado por las circunstancias, hace creíble cualquier aventura loca de las que le suceden en Madrid, y mira que son locas, y hasta absurdas algunas. Pero la historia que vamos a llamar B, la de su padre emigrando a Buenos Aires en los tiempos de la Revolución de Asturias, se me hace chicle en la atención, y yo la masco, y la masco, tratando de digerirla, y nunca termino de deglutirla. No sé si es el color sepia de la fotografía, si la pedantería impostada de los diálogos, si el aire permanente de una versión argentina de Amar en tiempos revueltos..., pero al llegar a esa parte de la historia se me desvía la atención, y casa episodio se convierte en una cuesta interminable y fatigosa como las del Tour de Francia. Al sexto repecho, avergonzado de mí mismo, hermanado sin querer con la audiencia estándar de Tele 5, he decidido abandonar y que me recoja el camión escoba para que haga conmigo lo que quiera. Yo lo entenderé.



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