La oveja Shaun

"En casa, como en ningún sitio". Dentro de nada, pronunciar esta frase en voz alta, o en las redes sociales, será un acto subversivo, revolucionario, sancionado con multas ejemplares. Decir que en casa se está de puta madre, sin viajar a ningún sitio, con la tele para uno solo, el wifi sin incidencias y la comida más barata que en el restaurante, será un anatema tan gordo como decir que treinta grados es un calor insoportable, o que las playas son una tortura de granos de arena que se te cuelan hasta la uretra. Películas como La oveja Shaun, que disfrazadas de fábulas infantiles predican la felicidad segura de la propia granja, y la aventura incierta de los parajes desconocidos, serán incluidas en el Índice de Películas Prohibidas, y quemadas en la gran pira de DVDs que animará las fiestas patronales de San Pancracio del Mondogal.




    La industria del turismo será dentro de nada La Industria, la única, y acallará cualquier crítica sobre el éxodo veraniego con mano de hierro y porra de goma. Como en una versión retorcida y cañí de 1984, la novela de George Orwell, el Ministerio del Movimiento Vacacional será el único que quedará en pie junto al de Ahostiamiento Callejero, una vez que desaparezcan el de Sanidad, el de Educación, el de Obras Públicas. España será un ejército de camareros que no necesitarán más enseñanza que la de su oficio; más atención médica que la propia de sus accidentes laborales; más vía pública que la que les llevará del hotel a casa, y de casa al hotel, eso si el esclavo, o la esclava, no vive ya en el mismo complejo laboral. El turismo será nuestra única fuente de riqueza, y cualquier afirmación que socave sus cimientos será duramente perseguida. Se prohibirán los felpudos con el lema "Hogar, dulce, hogar", y se impondrán, por Decreto Ley, aquellos que recen "Hotel, añorado hotel". Pasar el verano entre las cuatro paredes habituales ahora es una cosa de pobres, de desgraciados, de neuróticos que no soportan la idea de dormir en una cama extraña, con ruidos ajenos y gentes psicotizadas al otro lado de los tabiques. Pero dentro de poco, lo que ahora es una rareza será un crimen contra el Estado, un robo a la economía nacional, un comportamiento de mal ciudadano y de mala persona. 



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Capote

De niño, sin haberla leído siquiera, me atraía irresistiblemente A sangre fría, la novela de Truman Capote. Estuvo delante de mí durante años, justo encima del televisor en blanco y negro donde yo veía Los Payasos de la Tele y Mazinger Z, el Estudio Estadio de los lunes y el Un dos tres de los viernes. El libro era una edición muy cuidada del Círculo de Lectores, con tapa dura y ribetes dorados en el lomo. Visto así, de canto, A sangre fría sólo era un título más entre los otros muchos de aquel hogar tan humilde y tan leído, aunque había algo perturbador en aquellas palabras, sangre y fría, casi un oxímoron de siniestras contradicciones. Era la portada del libro -con dos ojos que lloraban como lágrimas negras hacia arriba, o como sangre coagulada- lo que me estremecía cada vez que sopesaba el tomo para leerlo, o para discernirlo, y volvía a dejarlo en la estantería. No conocía por entonces a su afamado autor, Truman Capote, que también tenía algo contradictorio en el nombre, como de inglés y de torero al mismo tiempo. Quién sería aquel tipo, me preguntaba yo, del que tantas alabanzas se escribían en la solapa, y qué demonios querrían expresar aquellos dos ojos sanguinolentos del dibujo, como de muerto recién asesinado, o de diosa vengativa.




     Una tarde de verano, o de vacaciones de Navidad, vencí el miedo y empecé a leer A sangre fría. Creo que nunca he leído algo tan gélido y emotivo al mismo tiempo. La prosa exacta, milimétrica, que narra unos acontecimientos tan terribles y violentos.  No sólo el asesinato de la familia Clutter fue perpetrado a sangre fría: la misma novela estaba escrita así, gélida y candente a la vez, como si Capote narrara unos hechos acaecidos hace mucho tiempo, o muy lejanos en el espacio, y él no hubiera estado efectivamente allí, al pie del cañón, en el mismísimo Holcomb, mangoneando voluntades y engrasando maquinarias judiciales. Muchos años después, frente a la pantalla de cine donde ponían Capote, el cinéfilo Álvaro Rodríguez habría de recordar aquella tarde remota en que su padre le puso A sangre fría en las manos y le dijo: te va a encantar. Veinte años tuvieron que pasar para conocer, al fin, los entresijos de aquel libro que de vez en cuando aparecía en mis pesadillas: de niño iletrado, aquellos ojos de tristeza infinita que reclamaban ayuda o venganza; de adolescente leído, el fantasma sin rostro -porque se lo habían volado en el disparo- de Kenyon Clutter, el chaval de quince años asesinado en la granja. Gracias a la descripción de Truman Capote, yo intuí en aquel chaval a un espíritu cercano, un chico más con cara de panoli y gafas de apocamiento. Un semejante en el infortunio adolescente que tuvo la mala pata de vivir en la granja equivocada, en el pueblo equivocado, y que ahora se pasaba de vez en cuando por mi sueño para preguntarme por las cosas de la vida, que él se venía perdiendo desde 1959. Como un día me pregunte por los campeones del béisbol, va dado, el gachó, pensaba yo, y ahí el miedo se me convertía en compasión, y Kenyon y yo entrábamos en animada y amistosa charla que luego, al despertar, yo nunca conseguía recobrar. 


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Matar a un ruiseñor

Atticus Finch, en el imaginario común, ha quedado como el padre que todos desearíamos haber tenido cuando éramos hijos, y el padre que todos aspirábamos a ser, cuando los hijos ya eran los nuestros y ejercíamos el oficio. Su rectitud moral, su severidad razonada, su capacidad de encarar las circunstancias con el gesto de un estoico y la paciencia de un sabio, nos sigue asombrando todavía, ahora que ya hemos colgado las botas y los hijos campan a su aire, con lo poco que hemos sabido transmitirles. Comparados con Atticus Finch, que todo lo explica con verbo certero y flema británica, sin descomponer nunca el rostro ni la voz, nosotros, los padres de mi ecosistema, que hemos nacido en una época más vehemente y atropellada, nos hemos comportado como auténticos verduleros de la pedagogía, como verdaderos exaltados del magisterio, y todo lo hemos enseñado a voces, a gritos, a tacos, con amplios gestos de regocijo o de lamento, como italianos exagerados en una comedia de Alberto Sordi. Las comparaciones son odiosas, sí, y en ésta con el gran Atticus - o con lo que hizo de él el gran Gregory Peck- salimos la mayoría trasquilados.



    Y eso que Atticus Finch, para los estándares modernos, contaminados ya para siempre del caso Madeleine, es un padre bastante dejado, incluso irresponsable según algunos talibanes. Es cierto que los chavales de Atticus, cuando él ha de trabajar en el juzgado, quedan a cargo de la criada Calpurnia. Pero Calpurnia, aunque tiene nombre de patricia romana, es una mucama negra que se pasa el día haciendo comidas sin olla exprés, y poniendo coladas sin lavadora automática, y no tiene tiempo para patrullar a la vivaracha Scout y a su hermano Jem, que libres del Gran Hermano ocupan los días enteros en la calle, yendo de acá para allá con sus fantasías. Eran otros tiempos, por supuesto, los años treinta, pero no muy distintos de los que yo mismo viví. Nosotros, en el arrabal de León, también nos criamos libres en las calles y en los parques. Nosotros también teníamos nuestras casas malditas, nuestros tontos del barrio, nuestros hombres del saco. Nuestros lugares secretos y nuestros atávicos temores. Quinquis y gitanos incluso, de los que huíamos de lunes a jueves y con los que jugábamos las pachangas de viernes a domingo.  La infancia de Harper Lee no fue muy distinta de la nuestra, y quizá por eso entendemos y justificamos la pachorra sólo teórica de Atticus Finch. Nuestros padres, para nada irresponsables, eran un poco como él, y nada nos sorprende ni nos escandaliza. 



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Julieta

A mí me gustaba mucho el Almodóvar de las primeras películas, con aquellos personajes libérrimos que hablaban con la espontaneidad de las barriadas, con el vocabulario de los suburbios, y aunque sus desventuras, casi siempre sexuales u homosexuales, eran una exageración de folletín o de carnaval, te los creías como a un vecino de toda la vida, como a un colegui del instituto que se hubiera metido en parecidos berenjenales. En los últimos tiempos, sin embargo, con la única excepción de Volver, las películas de Almodóvar son una sucesión de altas damas de nuestro teatro, o de nuestro cine, que se ponen muy intensas para recitar textos literarios que nadie en su sano juicio utilizaría para expresarse. Todas ellas tienen un algo de Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses. Tal vez los relatos de Alice Munro sean cojonudos, conmovedores, pero su efecto literario en boca de las chicas Almodóvar suele ser ridículo, lamentable, como de mal culebrón de la sobremesa, y la película en cuestión se convierte en motivo de burla para los enemigos ancestrales de don Pedro. Otras veces, como en Julieta, esta incongruencia teatral no molesta especialmente, quizá porque las actrices se curran el esperpento, y salen airosas del compromiso, pero el efecto dramático se pierde por completo, y el drama que tenía que conmovernos y arrancarnos la lágrima se queda en la piel sin traspasarla, como si los personajes nos lanzaran miguitas de pan, y no flechas puntiagudas, ni lanzas oxidadas. Sólo la canción final de Chavela Vargas suena auténtica y sincera, y redime, en parte, la decepción repetida de los noventa minutos anteriores.



    Y eso que uno venía receptivo a la función, y predispuesto a la empatía, porque Julieta, en su sinopsis, es el drama inconsolable de una mujer que ha perdido a su hija adolescente, no físicamente, ni moralmente, pero sí diplomáticamente, porque la tal Antía, con diecisiete años, y a punto de entrar en la universidad, ha decidido elegir su propio camino en la vida y abandonar la autopista que su madre amorosa le había construido. No son casos comparables, los de la Antía ficticia y el retoño verdadero, porque Antía Feijóo -que ya tiene un nombre imposible- es otro personaje excesivo de Pedro Almodóvar que se mete en sectas y se esconde en Suiza y guarda silencios indecentes de doce años seguidos. Pero a los efectos, a los diecisiete años, lo mismo en los relatos de la Munro que en la vida de provincias, todos los vástagos rumian ya la distancia y el desapego. Es el ciclo de la vida, que aprendimos en El Rey León, fuente de altísimas sabidurías, y ante los hechos consumados sólo nos queda la resignación, y el sentido del humor, que Almodóvar parece haber perdido por completo en aras de la trascendencia. Una pena, porque de cachondo sexual, y de cachondo humorístico, no tenía precio.



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Todo es mentira

Todo es mentira, en efecto. Las relaciones entre hombres y mujeres son una gran mentira. Necesaria, porque hay que reproducirse, y porque en invierno, además, hace mucho frío. Y porque la soledad, para qué vamos a engañarnos, es una cosa muy jodida, que sólo aguantan los espíritus fuertes y desapegados. El superhombre que anunciara Nietzsche, y cuatro supertíos más. Los demás, carne mortal, enfermos románticos, necesitamos del otro sexo -o del mismo, pero ésa no es ahora la cuestión- para sentirnos completos, satisfechos, reconciliados con la vida.



    Pero insisto: todo es mentira. No sé si mi tocayo Fernández Armero, cuando le puso título a su ópera prima, tenía la intención de denunciar este equívoco biológico, este enredo genético que divinizaron los bardos, el amor, o si sus intenciones eran otras: más modestas, si denunciaba que la madurez prometida a los jóvenes era un estado muy zen y muy jodido de alcanzar; o mucho más ambiciosas, si Todo es mentira se refería a la vida en general, paréntesis absurdo entre el nacimiento y la muerte, o peor aún, un sueño de Dios, una modorra del ser celestial que bosteza y se despereza. En Todo es mentira, desde luego, el tema central que trae de cabeza a sus personajes es el amor, o más bien la imposibilidad de mantenerlo, más allá del flechazo primero que altera las hormonas como un big bang de la bioquímica, y del ardor guerrero de los orgasmos, que como un conjuro mágico hace los sueños factibles y cercanos. La pareja de jovenzuelos que conforman Coque Malla y Penélope Cruz es en eso arquetípica: jamás sentirán un amor más sincero que el primero, cuando cruzan la mirada por primera vez y se reconocen interesados y cómplices. A partir de ahí, con las primeras palabras de saludo, con los primeros chistes de coqueteo, empezará el disimulo de las intenciones, la ocultación de los pasados, la reserva de los asuntos clasificados. La cuesta abajo del culo y sin frenos. Porque todo es mentira entre los amantes, impostura, desencuentro. Más allá de los gametos, todo es literatura y cinematógrafo.



    Pero también es cierto que gracias a los poetas, y a los cineastas, que nos han engatusado toda la vida y han creado en nosotros el acto reflejo de la fe, perseveramos en la mentira, en la impostura, en el desencuentro, y en la vida real, como en la película de Armero, podemos alcanzar esta alta sabiduría para convivir con ella y superarla. No voy a decir que alegremente, pero casi. 



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La conversación

Hay oficios, como el mío, allá en el colegio de educación especial, que viven de la desgracia ajena. En el mundo del futuro, cuando las ciencias hayan adelantado que es una barbaridad, ya no existirán niños con deficiencias a los que atender, y mi trabajo, como otros parecidos, se perderán en el tiempo como recuerdos de un tiempo prehistórico. Echo la vista a mi alrededor, en esta pedanía perdida del noroeste, y son muchos, yo diría que legión, los que también llenan el frigorífico aprovechando que el mundo es imperfecto o doloroso. Al otro lado del cristal, en el hospital comarcal, cientos de personas cobran sus sueldos gracias a que la gente enferma, tiene accidentes, ronda la muerte. Un vecino mío vive de arreglar coches todos los días, que es una desgracia menor, comparada con las otras, pero muy molesta y demasiado frecuente. Allá vive un cantinero que hace su negocio a costa del hígado de sus parroquianos, que cuanto más beben más lo enriquecen. Incluso mi vecino el pintor se aprovecha de que las casas están mal hechas, o desfallecen con la edad, y en ellas se descascarilla la pintura, o enmohecen las paredes. Y qué decir del empleado de la funeraria, del agente de seguros, del humorista de la clase política.



    Luego, como en una raza aparte, están los detectives privados como éste que protagoniza La conversación, la película perdida de Coppola entre los dos Padrinos, tan rara como hipnótica, tan sugestiva como gélida. Los trabajadores antes citados no creamos la desgracia de la que vivimos, como hacían Charlot y Jackie Coogan destrozando los cristales que luego reponían, y hasta firmaríamos un manifiesto para que fueran erradicadas y pudiéramos vivir de algo más noble y elevado. Pero Harry Caul, en La conversación, cuando descubre a los amantes dándose el lote, o a los empleados robando el material de oficina, no sólo no restaña el mal del mundo, que en su caso suele ser un pecadillo sin importancia, sino que los amplifica, y los magnifica, pues el cliente que ha pagado por sus servicios luego descarga la furia vengativa sobre los pillados in fraganti, a veces incluso con criminales consecuencias. Y Harry Caul, el pobre, que vive atrapado en su oficio como la mayoría de nosotros, incapaz ya a sus años de dedicarse a otra cosa, siente remordimientos que lo atormentan y lo convierten en un hombre amargado y triste. Sólo en el saxofón, que es un instrumento muy propio de las gentes solitarias, encuentra Harry el consuelo a la paradoja maldita de su trabajo.



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Las altas presiones

En Las altas presiones, Miguel es un treintañero largo que regresa a su Pontevedra natal buscando exteriores para una película que él no dirije, aunque si la pontevedresa es guapa, e impresionable, y se siente atraída por el tipo que "hizo carrera en Madrid", mantiene el dato en una nebulosa confusa para no malograr la conquista. Porque Miguel ha venido a Pontevedra a trabajar, sí, pero también a recordar los viejos tiempos, y a cobrarse alguna pieza en la semana de safari que le paga la productora.



    En Pontevedra, por lo que se ve, los treintañeros que apuran su edad dorada se conservan estupendamente, lo mismo ellas que ellos, supongo que por los aires benéficos del Atlántico, o por las bajas presiones que curiosamente, contradiciendo el título de la película, suelen rondar amablemente sus cabezas. Habrá que irse a vivir allí, de balnearios, o de turismos rurales. Si no fuera por las canas que se entrevén en las barbas de ellos, y por las arruguillas -por otro lado muy atractivas- que se adivinan en los ojos de ellas, uno casi pensaría que Las altas presiones va de unos veinteañeros que juegan a tener añoranzas de adultos, y no de unos pre-maduritos que juegan al flirteo de los más jóvenes. El paisaje industrial, en cambio, que es el motivo artístico que Miguel persigue con su tomavistas, está mucho peor conservado. Las fábricas derruidas y los negocios abandonados delatan una Galicia que se corrompe a un ritmo mayor que el de sus habitantes. Allí, como en todos los sitios, ya sólo queda el sector primario, el batallón de funcionarios y el ejército interminable de camareros que sirven los mariscos y los vinos de la tierra. Y los políticos que lo jodieron todo, claro.




    Así las cosas, Miguel vive una semana de sentimientos encontrados: por un lado la tristeza desoladora, a veces rabiosa, de encontrar arrumbados los sueños de progreso y riqueza. Por otro lado, para compensar esta degradación, esta oxidación, la alegría provisional -o quién sabe si definitiva- de respirar el mar, de reencontrar amigos, de sentirse deseado por estas pontevedresas que parecen haber encontrado la fuente de la edad en algún monte muy verde y muy recóndito. Muy hermoso el elenco, sí señor. Y los paisajes,


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Cien años de perdón

Me siento a ver Cien años de perdón convencido de que los ladrones que son robados por los otros ladrones son los mafiosos que durante dos décadas esquilmaron las arcas públicas de Valencia, y que lo hicieron, además, con el beneplácito de los votantes, de los telediarios, del mismísimo papa Benedicto, que con esa manía que tienen los papas de bendecir al aire, al tuntún, sin ningún objetivo en concreto, lo mismo santifican a las palomas que a las gentes honradas que a los chorizos que los reciben al pie del avión. Que el ficticio banco atracado por Luis Tosar y su pandilla de uruargentinos se llame Banco Mediterráneo me había llevado, seguramente, a la confusión. Pero no. El terrible secreto que se esconde en las cajas de seguridad no son los fajos de binladens, ni podían serlo, además, gilipollas que es uno, porque los billetes de 500, salvo algún despiste del concejal más imbécil de los contubernios, que los guarda bajo el colchón o bajo el parquet, están todos en Suiza, o allende los mares, porque estos esquilmadores son unos auténticos profesionales, gente fina y preparada que no se iba a dejar los billetes en un banco, como los pobretones de la plebe, a la intemperie de un atraco cualquiera, para que años y años de esforzada dedicación, de sólido compromiso con los votantes más merluzos, terminen con Butch Cassidy y Sundance Kid lanzando los billetes al aire entre risotadas y compadreos.




    No. Lo que se esconde en la caja 314 es un disco duro con documentos que comprometen a La Jefa, supuesta Presidenta del Gobierno que en sus tiempos mozos del ascenso político se sirvió de un voto tránsfuga, al parecer muy bien pagado, para ejercer el poder que se le escurría entre los dedos. Sólo los adictos a ciertos telediarios y a ciertas tertulias niegan con la cabeza los que los demás asumimos como cierto: que Calparsoro y su guionista están hablando, con muchos años de retraso, de cierto golpe de estado que tuvo lugar en cierta comunidad autónoma carente de mar. En Cien años de perdón hay atracadores, rehenes, picoletos, expertos del CNI, y entre todos ellos, paseándose como un fantasma, o como un holograma de los que vende Tom Hanks en Arabia Saudí, una señora muy rubia y muy pija que es la mar de resalada y de campechana. Se agradece, la intención de los cineastas, que además tienen que hilar muy fino para no caer en la injuria, porque de aquellos polvos no quedaron ni los lodos ni los rastros. Menudos son, los perpetradores, cuando se ponen. Se agradece, digo, el guiño, y el recochineo, pero a buenas horas, los mangas verdes, que eran unos policías de los Reyes Católicos que tenían fama de llegar siempre tarde a los puntos calientes: a los atracos, y a las fechorías, en general.



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Esperando al rey

La tecnología de la galaxia muy lejana ha llegado por fin a la Tierra. Aquel holograma de la princesa Leia pidiendo ayuda a Obi-Wan Kenobi ya no es ciencia-ficción en Esperando al rey, la película con la que se inaugura este gozoso tiempo de la no-canícula, aunque eso sólo sea cierto en la Wikipedia, y en el calendario zaragozano, porque el sol de estas comarcas sigue impasible en lo alto, sociópata perdido, acuchillando con sus rayos a cualquiera que pise la calle o se asome a la ventana.




    De desiertos arenosos ha ido precisamente el día, porque si el holograma de la princesa Leia veía la luz en Tattooine, que era un planeta de dunas infinitas y oasis muy distantes, Tom Hanks, en Esperando al rey, ha de vender su tecnología  al mismísimo rey de Arabia Saudí, en las arenas insondables donde los petrodólares construyen una ciudad futurista salida de la nada. El personaje de Tom Hanks ha despertado en mí una simpatía inmediata, una identificación contra todo pronóstico, porque él es un alto ejecutivo que negocia contratos millonarios, mientras que uno recibe sueldos menguados enseñando a hacer oes con los canutos. Pero Alan, como en un espejo que de pronto ha sustituido la pantalla del televisor, también está madurito, fondón, decaído. También tiene pesadillas que le alteran el sueño y le hacen ir todo el día como alucinado, como gilipollas perdido. También le persiguen los recuerdos de las malas decisiones, de los caminos torcidos, de las vergüenzas sin solución. Si el destino laboral le ha llevado a un país extraño que no acaba de entender, con costumbres medievales y gentes inescrutables, a mí el  periplo pedagógico me trajo a una comarca que sigue pareciéndome ajena y provisional, con su clima tropical, sus asuntos agropecuarios, su gozoso aislamiento del mundo moderno, del que las gentes sólo han tomado los todoterrenos y las motos de alta cilindrada. Alan, que anda tan lost in traslation como el pobre Bill Murray en Tokio, presiente que está en una encrucijada vital y definitiva: a un lado la decadencia, el sinsabor, la enfermedad. El apagamiento.  Al otro lado, una segunda oportunidad para tomar oxígeno y revivir. Quizá un empujón laboral que lo redima de los viejos fracasos, si la venta de los hologramas llegara a buen término. Quizá el amor, quién sabe, del que también anda tan escarmentado y tan necesitado, porque el amor, que es una semilla tan inaprensible como caprichosa,  germina donde uno menos se lo espera. Incluso entre las dunas del desierto. 



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Charly

Iba a decir que Charly Gordon, en la película Charly, es un retrasado mental que vive feliz en su buhardilla con los cuatro chavos que le pagan en la panadería. Pero de pronto he recordado que ya no estamos en los años sesenta, y que a los hombres y mujeres así desfavorecidos ya no se les puede llamar así. Ahora hay que usar terminologías más suaves, más respetuosas, que recorren caminos verbales a veces fatigosos y poco claros. De hecho, ahora mismo, enfrentado a la descripción de Charly Gordon, no soy capaz de articular una definición, académica incluso, que no deje resquicios para la queja, para la corrección, para la indignación, incluso, de algún lector muy sensibilizado. Dejémoslo, pues, estar.




    El caso es que a Charly Gordon, amadrinado por la profesora que le enseña las letras, un grupo de científicos muy sesenteros que llevan bata blanca y manejan grandes superordenadores le ofrecen la posibilidad de aumentar su inteligencia con una operación en el cerebro. Él sería el primer humano en probar tal terapia, tras los éxitos alcanzados con ratones. Charly no es infeliz con su vida de simplón, pero barrunta que sus prójimos disfrutan de placeres y experiencias que él tiene vedadas por naturaleza. Así que no duda en someterse a la operación, y aunque los frutos intelectuales -por eso de la tensión dramática y del juego con el espectador- tardan en llegar, cuando llegan son espectaculares, ubérrimos, imprevistos en los cálculos preliminares de los sabios. De tal modo que Charly, ahora el señor Gordon, ya no es un humano más con el CI estándar, sino un hombre superdotado que de todo aprende y de todo hace una reflexión única y provechosa. Pero ay: Charly se ha vuelto más inteligente, pero no más feliz. La clarividencia que da la sabiduría le ha hecho comprender el mal del mundo, el destino aciago de los hombres. Y además, para más inri, gracias a sus nuevos "superpoderes", Charly ha descubierto la jodienda del amor: el dolor de la incertidumbre, la agonía del rechazo, el acero punzante de los celos, cuando él antes vivía tan feliz con sus instintos del kit básico, como cualquier animalico del Señor. Saber que el mundo está condenado al holocausto nuclear, al efecto invernadero, a la superpoblación sin coto es un asunto doloroso; tener que lidiar con el corazón dodecafónico de las mujeres -comprenderlo, rondarlo, agasajarlo, conquistarlo, conservarlo, recuperarlo- es una tarea hercúlea que pide a gritos un poco menos de inteligencia, y de discernimiento, si es posible, señor doctor. 



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La ley del mercado

Le tengo mucha estima, y mucha cariño, al tatarabuelo Karl, que allá en su exilio de Londres alumbró la llama que todavía guía al proletariado. O a lo poco que queda de él. Es cierto que ahora las cosas pintan bastos, y que son los ricos los que levantan barricadas para no repartir ni las migajas, pero sin las enseñanzas del tatarabuelo, que durante siglo y medio removieron algunas conciencias, y metieron el miedo en algunos cuerpos, viviríamos una distopía laboral aterradora, no muy diferente de aquella que puso en marcha los primeros humos de la Revolución Industrial.



    Sin embargo, el entrañable tatarabuelo se pasó de soñador, o de entusiasta, en algunas cuestiones, y aunque a uno le joda admitirlo ante las amistades, y mucho más ante los desconocidos, no hay más remedio que rebatirle. El trabajo, por ejemplo, no dignifica al hombre, como él afirmó con toda la buena intención del mundo, para que los obreros se ufanaran y tomaran conciencia de su poder. El trabajo, si no es creativo, si no es fructífero, si no ilumina cada despertar con un estímulo que recorra la espina dorsal, es más bien todo lo contrario: una carga, una obligación, una jodienda cotidiana que poco a poco te va robando el ánimo y la energía. Los años de salud, y los sueños de juventud. El trabajo tiene algo de cárcel, de internado, de campo de prisioneros. Una maldición bíblica que el mismo libro del Génesis explica y advierte.



    El trabajo no otorga la dignidad, pero el desempleo, desde luego, la pone a prueba. Hay parados dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de pagar las deudas y llenar el frigorífico, y parados que se lo piensan dos veces, y anteponen los principios a la necesidad, y en su desamparo, y en su cara de circunstancias, nos dan lecciones de vida que nos sacan los colores. Uno de estos tipos es Thierry, el protagonista de La ley del mercado, que es una película francesa de mucho provecho y mucha reflexión. Mira que lleva hostias, y reveses, y desengaños, el bueno de Thierry, cincuentón bigotudo que busca un empleo bajo las piedras del sistema, y que al final, para su bien económico, y para su mal filosófico, encuentra un trabajo de segurata en un centro comercial, la Babilonia del consumismo, la Meca del pecador, la Tierra Prometida del empresario avaricioso. Este actor llamado Vincent Lindon borda su papel de ejemplo moral, pero también le ayuda mucho ese parecido inquietante que guarda con el Vicente del Bosque de hace unos años, de cuando el marqués entrenaba al Real Madrid y era uno de los pocos hombres justos que vivían en esa Sodoma de empresarios sin escrúpulos, directivos sin criterio, directores generales del sí señor y lo que usted diga y a mandar que para eso estamos. 


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Polytechnique

En diciembre de 1989, en la Escuela Politécnica de Montreal, un trastornado de veinticinco años llamado Marc Lépine irrumpió armado con un fusil semi-automático en aulas y comedores y asesinó, selectivamente, con una sangre fría que pone los pelos de punta si hemos de creer los testimonios, a catorce mujeres que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino. En su nota de suicidio -pues Lépine tenía decidido, y en efecto cumplió, pegarse un tiro al terminar la matanza- dejó escrito que lo suyo era un acto de protesta contra el feminismo, pues las feministas no sólo le habían amargado la vida en lo personal, sino que amenazaban, a escala universal, con reducir al hombre a un pelele subalterno. Una justificación como otra cualquiera para vestir de fiesta su impulso psicótico, su ramalazo de alimaña.



    Estos son, grosso modo, los hechos que cuenta Denis Villeneuve en Polytechnique, una película pequeña, modesta, casi un mediometraje, de cuando el canadiense era poco conocido fuera de su país. Igual que en sus películas más conocidas, Sicario, o Prisionero, que aquí han sido muy alabadas y muy recomendadas a los amigos, el bueno de Denis, el cabronazo de Denis, no espera a que el espectador acomode el culo, se termine el yogur, apague las últimas luces, departa las últimas tonterías con la parienta o con el teléfono. Denis exige un compromiso absoluto desde el primer fotograma, como si estuviéramos en misa, o fornicando, porque su cine es muy serio, y muy exigente, y en Polytechnique, sin preparativos ni transiciones, empieza a saco con la masacre para que el espectador sepa que no va a encontrar concesiones, ni respiros. Uno sólo: el blanco y negro que evita la evidencia chillona de la sangre, el rojo llamativo que provoca el asco y troca el drama por el gore. Quizá, también, para rebajar la crueldad de un crimen que fue verdadero y traumático. Que fue confeccionado a partir de los testimonios que dejaron los supervivientes, y que fue expuesto a los familiares de las víctimas antes de su estreno, para que ejercieran su derecho de veto. Qué preestreno -silencioso, mortuorio, demoledor, de lágrimas contenidas y derramadas- tuvo que ser aquél. 



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Mistress America

En los primeros tiempos del cristianismo, la lista de pecados capitales incluía también la tristeza, que se consideraba un desdén por el mundo, una abdicación de los regalos del Señor, hasta que un papa gregoriano decidió que la tristeza sólo era una forma más de pereza, un desánimo que incapacitaba para la acción, y dejó la lista cerrada en siete. Desde entonces, mucho se ha hablado de incluir un octavo pecado capital que estuviera a la altura, y lo mismo los sabios en sus doctos mamotretos, que los legos en sus tontas tertulias, quien más quien menos ha postulado un gran vicio que mereciera codearse con los siete ya consagrados.



    Uno, en particular, siempre ha pensado que el candidato ideal es el prejuicio. El juicio superficial que hacemos sobre la persona que acabamos de conocer, y que por esos misterios de la bioquímica neuronal se nos queda grabado a fuego. No es maldad, ni mezquindad: sucede, simplemente, que las conexiones neuronales, una vez prefijadas, son muy costosas de desmontar, y son como carreteras fallidas que necesitan un gran presupuesto para ser repensadas. El prejuicio es un asunto económico, más que malicioso. Y muy poco consistente, además, porque a veces, porque las casualidades existen, o porque fulano deja pocos resquicios para el equívoco, el prejuicio coincide con la realidad, y nos vanagloriamos de nuestra perspicacia, de nuestro mundo recorrido, pero por una vez que acertamos - o nos aciertan- erramos -o nos yerran- otras diez.



    De eso va, supongo, del prejuicio personal, del mal conocerse las personas en Nueva York, o en cualquier otro sitio, la última charada de Noah Baumbach, que es un cineasta al que había prometido no volver a frecuentar hasta que descubrí que en Mistress America trabajaba Lola Kirke, y la lujuria, que es un pecado capital con muchos siglos de prosapia, reconocida por papas y plebeyos, por monjas y rockeros, me empujó a pecar de nuevo. La película, hay que reconocerlo, es sumamente entretenida, y aunque su leitmotiv es confuso y disperso -o yo no tengo altura intelectual para diseccionarlo-, he pasado la tarde entre la belleza de Lola Kirke (que es mucha e inaprensible) y la enjundia de algunas reflexiones que se dicen en el guion, y que Noah Baumbach pone en boca de tipos que parecen estúpidos, o de tipas que parecen medio bobas, no sé si para jugar justamente a los prejuicios, o si para reírse de sus sentencias, o si para descojonarse directamente de nosotros, los espectadores, que tratamos de analizar en vano la situación.



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Born to be blue

Born to be blue -que es un biopic muy inteligente que prefiere ahorrarnos los tediosos años de infancia y formación - recoge a Chet Baker en el punto más bajo de su carrera: drogadicto en rehabilitación, presidiario en libertad condicional, desmadejado en camas solitarias porque las mujeres ya no le soportan. Y desdentado, además, porque un maleante al que debe mucho dinero le ha partido la piñata en una paliza callejera. Sin los incisivos, Baker no puede soplar la trompeta, y sin la trompeta, Baker ya no es nadie, sólo un músico en paro, un don nadie más de la costa Oeste. El jazzman blanco que un día soñó con destronar a Miles Davis y a Dizzy Gillespie, y que ahora tiene que ganarse las habichuelas, y cumplir las horas marcadas por el juez, tocando en locales de tercera división.



    Es aquí donde Born to be blue se convierte en una versión jazzística de ¡Qué bello es vivir!, pues si a James Stewart, en el momento máximo de su desesperación, se le aparecía el ángel Clarence para elevarle la autoestima, y hacerle ver que el mundo sería peor sin él, a Chet Baker, con más potra todavía, se le aparece un ángel mucho más hermoso y seductor, un arcángel quizá de los cuerpos de élite celestiales. Ella es Jane, admiradora del hombre y del artista, una mulata cuyo cuerpo quita el sentío y cuya bondad reconforta el espíritu. Jane, que además tiene más paciencia que el santo Job, acogerá a Chet Baker en su seno durante el día, y en sus senos, durante la noche, y beso a beso, y confianza a confianza, irá haciendo de él un hombre de provecho en las horas más oscuras. Baker -al que da vida un inquietante Ethan Hawke que de chaval no tenía ni media hostia y que ahora saca un músculo interpretativo de asustar- se agencia unos piños postizos, cambia la embocadura de la trompeta, se agarra como un náufrago a las dosis de metadona... Con la ayuda de su arcángel particular, y de las recomendaciones de sus viejos amigos, Baker volverá a coger la forma y a presentarse en los clubs más selectos de Nueva York. Pero ay: Chet sólo es Chet Baker, el trompetista genial, el aspirante al trono, si la heroína recorre sus venas para agitar los dedos, e improvisar las notas. Con la metadona, Baker sólo es un músico del montón con una novia de no merecer. ¿Tirará más la trompeta que el par de tetas? El drama está servido.



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The Assassin

Los lectores más veteranos ya conocen mi problema con las películas chinas. Lo mío no es un prejuicio cultural, ni una manía estúpida. Sucede, simplemente, que no me quedo con las caras, que sufro una prosopagnosia de los rostros orientales, y con este agujero cognitivo me pierdo sin remedio en los argumentos. Yo perseveré mucho con el cine chino en la juventud, por prescripción médica, a ver si me curaba de este mal tan peculiar. Y porque, además, el cine chino venía muy avalado por los críticos, y por los culturetas, y te daba muchos puntos en el carnet de cinéfilo provinciano. Pero yo me aburría, bostezaba, me mareaba en los espejos de los actores repetidos, como Orson Welles al final de La dama de Shanghai.




    Tal vez las películas como The Assassin -que siguen llegando tan jaleadas por la crítica- sean cojonudas, artísticas, sutiles, de un preciosismo reservado sólo para cinéfilos de amplias perspectivas, y de paladar más refinado. Pero si encima, para terminar de afear mi incompetencia, a los quince minutos de metraje ya no sé quién es quién, y todos los tipos con túnicas y coletas me parecen el mismo, no puedo sacarle el gusto a estas obras tan apreciadas. El emperador, el gobernador, el consejero, el pariente de la ninja...., a todos los barajo, los enredo, los traspapelo en un desorden argumental que termina por rendirme. Si unos se llamaran López y otros Buenafuente, que son nombres reconocibles y diferentes, podría asociar los rostros con los patronímicos, y así, con esa muleta de minusválido, ir dando pequeños pasos hacia la comprensión de la trama. Pero los chinos de las antiguas dinastías se llamaban todos  Jian-Jan, y Jan-Jin, y Jin-Jian, y ahí la mente ya se me nubla definitivamente, y el ánimo se me rinde por completo. Porque The Assassin, además, se pongan como se pongan los estupendos, más allá de mi indudable prosopagnosia y de mi probable imbecilidad, es una castaña insufrible que responde a un argumento vacío y tonto, a un formalismo pretencioso y narcótico. 


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El hombre de tu vida

Si el castellano se inventó para insultar, el francés para seducir, y el inglés para ponerle nombre a los progresos científicos, el argentino fue creado, además de para ligar en las playas del Mediterráneo, para que los actores sudamericanos conquistaran el mercado español, y nos animaran a ver series y películas que de otro modo ignoraríamos. Las ficciones argentinas tienen el talento creador, el oficio dramático, pero no serían lo mismo si sus personajes no hablaran de esa manera, como sicilianos de Badajoz, o jienenses de Lombardía, que es un sonsonete que a los ibéricos nos encandila, o nos seduce, según el sexo de quien habla y de quien escucha. Y aunque los personajes estén soltando una pelotudez sin gracia, o una boludez sin trascendencia, en el idioma argentino siempre parece que dicen algo provechoso, lustroso, literario incluso, como si el castellano de aquí se nos hubiera quedado corto, y cateto, y escucháramos una evolución fascinante de nuestro propio idioma.



    El hombre de tu vida -que es una serie simpaticona cuando se viste de comedia y cursilona cuando se disfraza de romanticismo- es el último desembarco de lo argentino en España. Y como casi siempre, por ahí anda Juan José Campanella enredando, en este caso ejerciendo de creador, y de supervisor general, que es un cargo que yo jamás había visto en unos títulos de crédito. El puto jefe, vamos, que diríamos aquí. El hombre de tu vida, con sus grandes virtudes y sus veniales pecados, ha caído en gracia entre el personal. Tanto, que hasta un remake hemos querido hacerle para el prime time de La 1. Pero claro, en el remake ibérico los tipos hablan en castellano-manchego, y las mujeres en castellano-leonés, y aunque son dos hablas dignas de elogio, y de respeto, con mil años históricos que las sustentan y las respaldan, la serie ya no es la misma que vino de "achá", del otro lado del charco. Sin la melodía del habla, sin la retranca del acento, sin el acento rioplatense que exagera o recalca, que ensalza o desprecia, los diálogos se quedan crudos y sin salsa.



    Hay series que nacen enraizadas en lo suyo, en lo autóctono, en la idiosincrasia de sus personajes, y no pueden ser exportadas así como así. Curro Jiménez se perdería en las serranías de los Andes, Jerry Seinfeld no haría gracia en un local de Benavente, y Walter White no podría cocinar su cristal en los páramos de la Patagonia. Del mismo modo, la agencia matrimonial de Gloria Pinotti jamás podría estafar así como así a las desenamoradas españolas, porque las españolas están muy resabiadas, muy exigentes, muy subiditas a la parra, y si el reclamo para que apoquinen es un tipo como Hugo Bermúdez -que por muy simpático y majete que se presente no deja de ser un tipo cincuentón, en paro, con un hijo a cargo-  la serie no iba a durar ni medio capítulo. De hecho, el remake ibérico se lo cargaron al cuarto episodio. 


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High-Rise

Los ricos fetén jamás han convivido con un pobre más allá del tiempo necesario para cruzar un semáforo, o hacer cola donde el DNI. O, en el caso de un político del PP, para pedir el voto con la sonrisa ensayada y luego ir corriendo a lavarse las manos, contaminadas de tanto estrechar. El contacto de esta gente con las clases inferiores es inusual, esporádico, y aunque son situaciones que les causan mucho asco y mucho estrés, pronto regresan al refugio seguro de sus viviendas, o de sus lugares de esparcimiento. Los ricos de antes preferían poner tierra de por miedo refugiándose en urbanizaciones del extrarradio, a ras de tierra, protegidas por muros y setos, seguratas y perros.  Ahora, sin embargo, por esas cosas de la moda inmobiliaria, y de los augurios de los arquitectos, que prevén un futuro de rascacielos atravesando las nubes, más que de chalets arrasando los vergeles, los nuevos pijos prefieren huir de los pobres ascendiendo a los cielos, para estar más cerca de su dios benefactor, y asomarse de vez en cuando al balcón para tomar la perspectiva real de las cosas, como halcones oteando a sus ratoncillos.



    En High-Rise -que es una película infumable, incomprensible, tarada y epiléptica- unos burgueses que supongo británicos de los años 70  se van a vivir al High-Rise, que es un rascacielos de última generación construido en medio de la nada, como esos megaedificios que construyen los jeques en sus emiratos. Si no fuera porque de vez en cuando tienen que salir a supervisar sus granjas de obreros, los ricos del High-Rise podrían hacer allí toda su vida, desde comprar en  el economato a darse un chapuzón en la piscina climatizada, pasando por el burdel de bellas señoritas o por la planta habilitada para pistas de pádel, que es un deporte muy de su clase social. Los inquilinos de High-Rise, sin embargo, no están nada contentos con su vivienda, porque los promotores, el día de firmar las escrituras, les aseguraron que los pobres que vivían en los pisos inferiores -un capricho social y ecuménico del dueño y diseñador- no iban a dar mucho la barrila. Pero los pobres huelen, molestan, hacen ruido, invaden los espacios comunes, y al final son ubicuos como las hormigas, o como las cucarachas. La ley, por culpa de la democracia, no permite usar insecticidas ni venenos en estos casos, así que la tensión se eleva, las amenazas se recrudecen, y al final el rascacielos estallará en una guerra vecinicida que hubiera dado mucho juego social, y hasta mucho análisis marxista, de haber sido una película razonada y coherente, y no este chute mental que, lo confieso, he seguido al final más pendiente ya de los Juegos Olímpicos que de otra cosa. 



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Mia madre

Los moribundos en una cama de hospital no suelen quedar bien en las películas. Por una vez que el espectador se conmueve y llora a moco tendido, hay otras cien en las que siente vergüenza ajena por el sentimentalismo del director, que pone músicas de violines, y últimas palabras enjundiosas, y nietos a porrillo alrededor del abuelito o de la abuelita, cuando todos sabemos que las muertes son más bien solitarias y tristes, y que en estos trances los nietos suelen estar a sus cosas, y los violinistas a sus orquestas, y que los muertos, pobrecicos, suelen despedirse sin comprender nada de lo que sucede, dormiditos, o enajenados, y rara vez tienen la conciencia prístina, y el verbo afilado, para dejarnos la última frase redonda de un guionista inspirado. La muerte es un trámite silencioso, burocrático, y gris.



    Yo, lo reconozco, tengo un problema con este subgénero cinematográfico. Cuando el premuerto se pone a enredar con los sueros, con los cardiogramas, con las respiraciones profundas y mecánicas, y miro y no miro, entro y salgo, me comprometo y me descomprometo. Cuando el ajetreo de familiares alrededor de la cama no me parece cursi, me parece fingido, o tontaina, o directamente irreal. Comparo lo que he vivido con lo que veo y nunca me veo aludido, o representado. Es como si en las películas la gente se muriera de otra manera, y uno no terminara de creerse la función. Es por eso, quizá, que en cuestiones hospitalarias, sólo reconozco haber llorado grandes lagrimones en la muerte de Albert Finney en Big Fish, porque aquella muerte era fabulada, circense, casi una alegría del desvivir, y Tim Burton sorteaba el óbito muy sabiamente, y me hizo llorar lo que no lloré en cien películas anteriores, con el recurso de marras.



    Nanni Moretti, que es un tío muy listo por el que siento un gran afecto -aunque sus últimas películas tiendan al discurso plasta, y al chiste sin gracia- es consciente de que el trance mortuorio siempre queda mal, afectado, y decide, al final de Mia madre, hurtar el momento fatal al espectador. A él, de  todos modos, lo que le interesaba no era la muerta en sí, sino la hija que se iba quedando sola en el mundo, enfrentada a la certeza de que en el "Espere su turno" frente a la ventanilla ella ya es la primera en la cola. La hija, aunque no lo parezca, representa el papel del propio Nanni Moretti, que cuenta en Mia madre un episodio de tintes autobiográficos, pero que ha decidido, desde hace tiempo, no llevar el peso dramático de sus propias películas. En algunas cosas de este transgénero salimos ganando, porque la actriz que le interpreta es mucho más hermosa que él, y lleva los sentimientos de pérdida y de desconsuelo a flor de piel, pero a mí, qué quieren que les diga, me gustaba ver a Moretti tontoneando en sus películas, ponerse romántico, dicharachero, profundo, directamente idiota, parloteando ese italiano entre chulesco y lastimero que siempre me hizo tanta gracia, y le echo mucho de menos cuando no sale. 




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Stranger Things (y 2)

De pronto, como si todos los articulistas culturales se hubieran puesto de acuerdo -tal vez porque en agosto todos ellos son becarios que están en el ajo y en el rollo- Stranger Things se ha convertido en la serie del verano, ahora que el desembarco de Daenerys Targaryen se ha pospuesto para la próxima canícula, y que somos cuatro desgraciados los que seguimos viendo series en la televisión, mientras la España normalizada vegeta en las playas, abreva en los chiringuitos y empalma las siestas con las cenas. Haces revista de prensa antes de ponerte escribir -para robar tres o cuatro ideas que sirvan de guión a este compromiso diario- y descubres que hasta en los diarios de provincias, algunas muy alejadas de Madrid, se habla y se conjetura sobre Stranger Things, que no sé qué pensarán de ella los paisanos de la boina y del palillo, mientras se toman el chato y rechupan la aceituna. A estos les hablas de Alien, o de E.T., y sin conocerlos de nada sólo piensan en darles un estacazo si algún día aterrizaran sobre los sembrados.



    Insufrible, el culebrón de la política, y descafeinada, la inminente cita olímpica, con Stranger Things, uno, si sabe dar con la gente adecuada -cosa que en mi caso no es tan fácil, en este Garrulostown que sólo sabe de lechugas y de McLarens- puede rellenar horas y horas de nostálgica conversación con otros cuarentones entregados a la causa, que si fíjate en este guiño o si mira cómo se ha puesto de chupada y de histriónica Winona Ryder, que la niña al principio parecía más jamona y más mosquita muerta. Sólo con el tema del mundo paralelo y sombrío ya podríamos debatir hasta las tantas, medio bolingas ya de cervezas y de aperitivos, hablando del reverso tenebroso de nuestra propia realidad, que son las pesadillas que nos acucian ya casi cada noche, en las que también hablamos con los seres queridos que ya se fueron, o con los que siguen estando, aunque allí atrapados, como en Stranger Things, les oigamos como lejanos, como apagados, y tampoco podamos tocarlos.




    Daría para mucho, Stranger Things, sentados en una buena terraza de verano. Incluso para buscarle los tres pies al gato, con tanto argumento de ciencia-ficción y tanta paradoja del campo electromagnético. Aunque aquí, ojo, hay que ir con mucho cuidado, porque el gato de Stranger Things iba ser como el gato de Schrödinger, que mientras no abrías la caja estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Y si a las tantas de la madrugada tiramos por ahí, por los derroteros inextricables de la mecánica cuántica, y de la dualidad onda-partícula de los fotones, ya podemos despedirnos del sueño reparador. 



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Stranger Things (1)

Uno de los sueños incumplidos de mi biografía es sentirme un hombre objeto. Que las mujeres guapas se olviden de mi yo interior -que además vale tan poco, y me ha proporcionado tan pocos réditos- y se peleen por mis carnes en un plano absolutamente sexual, superficial, sin fingir que se interesan por las boludeces que uno escribe, o por las cinefilias que uno ejerce cada día. Pero claro: para ser un hombre objeto uno tendría que haber nacido con otro color de pelo, con ojos menos miopes, con dientes mejor alineados. Metabolizar las grasas con más rapidez. Rescatar los cabellos que se fueron por el desagüe y reimplantarlos con cuatro manotazos y un poco de agua. Nacer otra vez, quizá, o dejarse un pastón en la clínica cosmética, con inciertos resultados.



    Es por eso que, inalcanzable ya la condición de hombre objeto, me conformo con la categoría de hombre objetivo, no en el sentido de prudente, de preclaro, que de eso sólo pueden presumir algunos elegidos, sino en el de target comercial, que dicen ahora los expertos en marketing. Sentarme a ver una película o una serie de televisión, y sentir que ese producto lo han diseñado expresamente para mí, basándose en mi edad, en mi trayectoria, en mis hábitos de veterana cinefilia. Es un prurito de orgullo, y hasta de honda satisfacción, el que siento al pensar que unos guionistas, o unos showrunners, en este caso los hermanos Duffer, han parido una serie como Stranger Things pensando en mí, y en otros miles de cuarentones como yo, de cinco continentes distintos pero de una sola cultura verdadera, que pasamos de la niñez a la adolescencia viendo E.T., Los Goonies, Alien, Poltergeist... Estos tipos, los Duffer, hasta hoy mismo unos desconocidos, han metido todo esto en la coctelera y han creado un mejunje de alto valor nutritivo, porque la serie es muy entretenida, y de elevado contenido nostálgico, porque saben muy bien a quién dirigen sus cañones, los muy cabrones, y ya no sé si sentir vanidad por saberme un hombre objetivo, y en cierto modo homenajeado, o si mosquearme por esta manipulación artera de mis recordatorios, porque Stranger Things en ningún momento esconde sus intenciones, y me ha tenido ocho horas muy retro jugando a los homenajes, y a las memorias. A la vida que ya pasó.



P.D.: Gracias mil al amigo Polonyi, el hondero balear, que me dio la primicia de Stranger Things mucho antes de que el fenómeno estallara en las secciones culturales.


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The Americans

Estuve muchos meses remoloneando con The Americans, deshojando margaritas siberianas con la hoz afilada y el martillo pilón. Mi disco duro es como la sala de urgencias de un hospital, que va tramitando los casos no por orden de llegada, sino por la gravedad de la lesión, y antes de llamar por megafonía a los espías soviéticos había muchas series inaplazables: porque las quitaban del pago, porque los amigos demandaban una opinión, porque la apetencia, sin más, imprevisible y caprichosa, iba concediendo la oportunidad a otros seriales. Hasta que un buen día, mi cuñado balear, que es de un gusto mujeriego exquisito, aunque algo tendente a los pechos excesivos, me habló en términos muy laudatorios de la actriz principal, y fue entonces cuando supe que la espía afincada en Washington era una mujeraza de muy buen ver, aunque curiosamente, viniendo recomendada por mi cuñado, de pecho tan escaso que según los ropajes está abierto a adivinaciones, más que a evidencias.



     La muchacha se llama Keri Russell, en la vida real; Elizabeth Jennings, en el registro ficticio de los americanos; y Nadezhda, a secas, que es un nombre precioso que sabe a estepa en verano y a nieves en invierno, cuando deja de fingir lo que no es y regresa a sus recuerdos de la Madre Rusia, a la que sirve fielmente en territorio enemigo mientras compra en el hipermercado, ve la tele en colorines y maneja los modernos electrodomésticos. Y finge, por las noches, con marxista resignación, un matrimonio ideal con un pazguato que también es espía ruso, y también se sacrifica por sus compatriotas mientras come perritos calientes, bebe Budweisers refrigeradas  y anima con la gorra vuelta a los Yankees de Nueva York. Eso sí, para ganarse el sueldo, y quién sabe si una futura medalla de la Orden de Lenin, nuestra Nadezhda las pasa canutas en cada episodio, y cuando no tiene que hacer de francotiradora, o de luchadora de kárate, o de experta en explosivos, ha de manejarse con el cuchillo o conducir a toda hostia por las calles o liarse a patadas voladoras con las huestes torponas del FBI, que no sé por qué, siempre acuden a las refriegas con gruesos abrigos que entorpecen sus movimientos, mientras que ella, nuestra guapérrima comunista, tiene un fondo de armario con mucho ropaje de ninja y mucho perifostio de camuflaje.



    La serie, como se ve, es un poco pasote, y en los trece primeros episodios nuestra Nadezhda y nuestro Mischa -como el osito- ya han salvado el pellejo las mismas veces, y han impedido la escalada nuclear entre ambas superpotencias otras tantas. Peccata minuta, en todo caso, porque The Americans es sumamente entretenida, y porque Nadezhda, efectivamente, es una mujer bellísima que bien vale las trece misas de guardar. Yo estaba dispuesto a perseverar, en la trama, y a reincidir, en su belleza, con la segunda temporada ya agenciada, pero hoy mismo he sabido que The Americans ya ronda la quinta entrega, y que ya tiene apalabrada una sexta, y he sentido un escalofrío de desánimo al pensar que de seguir así, con el éxito imparable, vamos a pasar de la Guerra Fría a Boris Yeltsin subido borracho en un tanque para desembocar, finalmente, en los tiempos modernos, aunque muy medievales, de Vladimir Putin. Y así, para nuestro desconsuelo, allá por la novena o décima temporada, cuando las líneas temporales de la realidad y la ficción estén a punto de converger, The Americans se habrá convertido en el lamentable Cuéntame de los Estados Unidos, mecagüen la milk, tovarich.



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