María, llena eres de gracia

Que no lloren los ateos, ni sonrían los meapilas. Ni me he caído del caballo camino de Damasco, ni el calor del solsticio me ha freído las meninges. María llena eres de gracia no es un biopic sobre la Virgen María, uno que empiece con su angélica concepción de Jesús y termine con su asunción corporal a los cielos. La María de esta película es una mujer del siglo XXI, terrenal y muy guapa, por cierto. Se apellida Álvarez, malvive en Bogotá, y se gana el sustento en una empresa de floristería, dejándose las manos y la sangre en desespinar los tallos de rosa. Permanece horas de pie trabajando junto a sus compañeras mientras aguanta al "emprendedor" de turno que se pasea entre las filas, jaleándolas, riñéndolas, denegándoles los respiros porque son unas improductivas de mierda, y unas comunistas quejicas. Cuando termina de trabajar, la vida tampoco le sonríe gran cosa a María: en casa le esperan varias arpías familiares con las que comparte cocina y dormitorio, y en las calles le aguarda un novio bastante imbécil -y bastante ciego- que prefiere irse de calimocho con los colegas, o de motorismo con los malotes.



    Desesperada de todos, y de todo, María se prestará a hacer de mula para los narcotraficantes que introducen cocaína en Estados Unidos. El premio es un fajo de billetes que le permitirán iniciar una nueva vida muy lejos de su jefe, y de su hermana, y de ese gilipollas con el que se acuesta de vez en cuando. El riesgo es que la pesquen en la aduana de Nueva York, y pasarse los próximos años protagonizando Orange is the new black para alegría de las lesbianas que allí sueñan con la llegada de un bellezón colombiano. Un destino terrible, en efecto, pero altamente improbable, según los traficantes que la reclutan. Porque la cocaína va encapsulada, en su propio estómago, en cuarenta y tantas pepitas que son como uvas de las gordas. Ni los perros las huelen ni los policías las cachean. Sólo hay que mantener el gesto impasible al llegar a la aduana. Y tragarse las pepitas en Bogotá, claro está, que no es asunto baladí, porque no pueden romperse, ni rasgarse, y han de ser engullidas con el cuidado infinito de los tragasables del circo, o de las estrellas del porno. Desde que Paul Newman se  tragara los cincuenta huevos duros en La leyenda del indomable no sentía yo estas arcadas reflejas en la garganta. 



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