El golpe

Las películas como El golpe pueden verse varias veces sin temor a perder la tarde, o a desaprovechar la madrugada. No importa que ya sepamos el desenlace, que anticipemos las sorpresas, que conozcamos el secreto último de cada personaje. Nos da lo mismo. Tantas reposiciones después, El golpe nos sigue divirtiendo como a niños primerizos porque está muy bien hecha, y muy bien escrita, y nos deleitamos en la contemplación del mecanismo interno, que es un reloj de mucha precisión. Ya no nos fascina la película, sino la arquitectura de la película, que es lo que distingue a los grandes clásicos de las cintas olvidables. Como se distinguen también, de sus rivales, las grandes novelas, o los grandes partidos de fútbol, que puedes releer sin la gratificación de la sorpresa, o rescatar de los archivos aunque el marcador se haya quedado inamovible.



    Y luego están los actores de El golpe, claro, milagrosos y precisos como una conjunción astral de tres planetas. La partida de póker de Paul Newman nos sigue divirtiendo como el primer día, con su borrachera fingida, su impertinencia ahostiable, su frotarse las manos de gañán en cada mano ganada, y nos importa un carajo saber de antemano el enredo de las barajas, y el resultado final de los órdagos. Nadie miró jamás a nadie con tanto odio reconcentrado como le dedica el señor Lonnegan en la partida, o Loniman, o como coño se llame, un excelso Robert Shaw que es el malo perfecto de la película, tan entrañable que a veces dan ganas de susurrarle desde el sofá que tenga cuidado, que esos listillos del barrio lo están enredando como a un tontaina fanfarrón. Hasta Robert Redford se nos descuelga con un par de gestos memorables, y me sigue saliendo la carcajada, descojonada, e irreprimible, cuando Paul Newman pifia un juego de cartas y Redford le mira con los ojos desorbitados como queriendo decirle: "¿Y con esas manos de borrachuzo te vas a presentar ante Lonnegan, o Latiman, o como narices se diga, para contrarrestarle las trampas?".


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Bud Spencer

A Bud Spencer -y a su inseparable compañero de peleas Terence Hill-  los conocí en los autobuses que de niño me llevaban a la playa, a Asturias, huyendo del agosto insufrible de la meseta. Eran viajes que organizaban los bares donde mi padre jugaba las partidas y discutía de fútbol con los parroquianos. Excursiones de filete empanado y mantel a cuadros que salían muy pronto por la mañana y regresaban muy tarde por la noche, para que las familias sin coche, sin recursos, sin otra manera de matar la canícula, también pudieran asomarse al mar y quemarse la piel como los que veraneaban.



    Por aquel entonces la autopista aún estaba en construcción, y el viaje entre León y Asturias, por el puerto de Pajares, llevaba más de dos horas si terminabas en Gijón, que era el destino más a mano, y tres horas redondas, si te desviabas a cualquier villa de los alrededores a conocer mundo. Para amenizar el viaje, el señor conductor ponía una película para ir y otra para volver, siempre elegidas entre lo más virtuoso del videoclub: las comedias de Pajares y Esteso, las payasadas de Jaimito, las catetadas de Paco Martínez Soria, y siempre, siempre, una película de Bud Spencer y Terence Hill liándose a mamporros con mafiosos de pacotilla y extorsionadores de tercera. Lo bueno de Bud Spencer es que si tenías la mala suerte de viajar muy alejado de los exiguos televisores, él era tan grande, y ocupaba tanta pantalla, que no te perdías ninguna de aquellas hostiazas que él soltaba con la mano abierta, zas, en un impacto tremebundo que era mitad con la palma y mitad con la muñeca, un arte marcial que ningún chino mandarino soñó con emular jamás.



    Pasaron los veranos. Nosotros dejamos de ir a las excursiones y Bud Spencer y Terence Hill dejaron de hacer películas juntos. De adolescente, con los colegas, le dimos a Stallone, a Spielberg, al porno, a los hermanos Marx, y un día, en un revista de cine, nos enteramos de que Terence Hill se apellidaba Girotti, y era más italiano que los espaguetis, y que Bud Spencer, el gordo entrañable de los mandobles, era otro italiano de carné llamado Carlo Pedersoli. Nos habían engañado, los muy tunantes, y de pronto aquellas hostias históricas ya nos parecían menos míticas por venir de dos tipos mediterráneos, y no de dos cafres nacidos en Iowa, o en Wisconsin, como nos habíamos imaginado. Qué poco sabíamos entonces de casi nada, y de casi nadie, en aquel mundo de enciclopedias que se desfasaban nada más comprarlas, sin Wikipedias y sin foros. Y ni así, porque hoy mismo, que andamos todos de luto por la muerte de Pedersoli, muchos hemos descubierto, boquiabiertos, y un pelín avergonzados, que Bud Spencer fue nadador olímpico, químico de vocación, trotamundos incansable. Mucho más que un actor de segunda que hizo fortuna dando mamporros. Mira que escondía secretos, y milagros, aquella barba tupida que yo veneraba en mi infancia. Mucho más que la que sonreía desde las portadas del catecismo, que multiplicaba panes, y resucitaba muertos, grandes logros sin duda, pero que no tumbaba, ni de lejos, a tres fulanos de un solo sopapo, derribándolos como a bolos sin brazos ni piernas. 


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¡Ave, César!

A los hermanos Coen les apetecía rodar una película de los años 50. Pero como tal vez no se decidían por un género en concreto, optaron por tocarlos todos: las nataciones sincronizadas de Esther Williams, los bailes marineros de Gene Kelly, los aires sofisticados de Vincente Minelli, los westerns inverosímiles de serie B, los péplums evangélicos de centuriones arrodillados ante Cristo… Los hermanos Coen, que son unos genios muy sofisticados, y muy coñones, esta vez no han tenido que esforzarse mucho para idear sus parodias, porque aquel cine, visto ahora, ya tiene algo de cómico, de autoparódico, con aquellos decorados imposibles, aquellos colores lisérgicos, aquellos diálogos imposibles que siempre recitaban gentes cultísimas de verbo certero. Un cine que, salvo honrosas excepciones, se pongan como se pongan los críticos con pipa, se nos ha quedado rancio, difícil de masticar, como una mojama cosechada en el año 52. Era el último esplendor de aquellos últimos años del sistema, antes de que llegara el televisor y el cine tuviera que reinventarse, y los estudios que repensarse.




    Para ¡Ave, César!, los hermanos Coen necesitaban un personaje central que cosiera las parodias. Un tipo hiperactivo que persiguiendo un mcguffin fuera visitando los sets y los rodajes. Y encontraron al hombre perfecto en Eddie Mannix, el ejecutivo que en la MGM fue capataz en los rodajes y apagafuegos en las vidas privadas. Josh Brolin borda a este tipo desbordado, malencarado, pero siempre efectivo, que se gana el sueldo lidiando con los caprichos de sus actrices, con las neurosis de sus directores, con los escándalos sexuales de sus estrellas más casquivanas. Un sinvivir que se agrava el día que Baird Whitlock, el centurión que ha de postrarse ante la Cruz en ¡Ave César! –la película dentro de la película- es secuestrado por un peligroso grupo de disidentes de la industria. Los comunistas. Esos comunistas a los que el senador McCarthy ponía cuernos, y Ronald Reagan rabo, y John Wayne tridente, y que en realidad eran cuatro pelagatos infelices, guionistas mal pagados que vestían pantalones de pana y jerseys con coderas. Intelectuales de un mundo mejor que deslizaban contenidos sociales en las películas y luego se reunían en el contubernio de un pub o de una partida de póker para celebrar el gol simbólico que le habían metido al capitalismo. Tipos que como Dalton Trumbo cobraban cuatro duros, conducían utilitarios y jugaban al béisbol con sus hijos en los patios traseros. Gentes de buen vivir, utópicas y quizá algo tontainas, que tampoco escapan al cachete nostálgico de los Coen.  



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Juego de Tronos 6x10

Termina la sexta temporada de Juego de Tronos y hay que reconocer, finalmente, que la espera mereció la pena. Los ocho bostezos primeros, con sus personajes y personajas que daban vueltas sobre sí mismos como tontos de remate, o como vacas sin cencerro, han desembocado en el mar impetuoso de los dos últimos episodios, con mucho muerto, mucha venganza, mucha mirada asesina y algún pestañeo lúbrico de amor. Nos han vuelto a dejar sin desnudos, estos guionistas arrepentidos ante el Septón Supremo que juraron no propagar la indecencia entre los espectadores. Pero nos han dejado, a cambio, para compensar los estremecimientos corporales, unos cliffhangers de malvados sonrientes y buenos acojonados que nos han puesto los dientes muy largos, ya que los sexos muy cortos, y más que babuinos en celo ahora somos morsas de las Tierras Salvajes, y con el desentreno de esta erección invertida casi hemos rasgado nuestros sofás con los colmillos.



    Los seriéfilos somos mucho de exagerar, de hacer literatura en los foros, y de montar bullas con los amigos. El marasmo de nuestras vidas civiles, tan aburridas y sentenciadas, se torna pasión cuando aposentamos el culo y nos convertimos en habitantes de los Siete Reinos, o del continente de Essos, y participamos de los acontecimientos como si nos fuera el destino en ello. Hemos llegado al punto de que nos importa más el Trono de Hierro que nuestra Monarquía Constitucional. Tan ilusorios se han vuelto los Borbones como los Targaryen, los carlistas como los Baratheon, y puestos a ejercer de plebe, preferimos, sin duda, soñar con repúblicas imposibles al otro lado del televisor, que es mucho más entretenido, y más justiciero, y  donde además las reinas suelen ser más jóvenes, y estar más jamonas, y uno casi les perdona sin querer su arrogancia de sangre azul. Es por eso, porque vivimos más allí que aquí, más virtuales que reales, más pendientes de la próxima Mano del Rey que del nuevo presidente del gobierno, que nos habíamos enfadado mucho con la sexta temporada de la serie, tan pasiva, tan dubitativa, tan inconcreta como la vida misma de la que huimos. Pero ha terminado, al fin, el tiempo de luto, el paréntesis de frustración, porque el invierno ha llegado para quedarse, que ya era hora, y entre que hace un frío del copón y que el trono vuelve a ser ilegítimo, los aspirantes, para no quedarse congelados, han vuelto a convocar a sus ejércitos, y a sobornar a sus traidores, y dentro de un año la cosa tiene pinta de estallar en una guerra definitiva, tan agónica y dramática que ya casi no nos importará que Daenerys Targaryen siga saliendo revestida y recatada. Ay. 




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Ausencia de malicia

Pues a mí me pone, Sally Field, en Ausencia de malicia, con sus mofletes sanísimos, su escote pecoso, su aire de monja exclaustrada que trabaja de reportera para el Miami Standard. Me gusta mucho, además, la Sally Field actriz, cuando se hace la lista al ser la primera en oler la noticia, y cuando se hace la tonta, al ser regañada por meterse donde no debía. Me la creo a pies juntillas, y hasta me excita un poquitín, cuando se sonroja, y balbucea, y derrama los cafés sobre la mesa al aparecer Paul Newman en escena llenándolo todo de feromonas, y de ondas gravitacionales. O a lo mejor no fingía, quién sabe, la buena de Sally, la enamorada de Sally, y el tembleque de las piernas, y las palpitaciones del corazón, le salían de natural, no como actriz consumada, sino como mujer patidifusa.



    Digo esto sobre Sally Field -como un caballero medieval que combatiera lanza en ristre por su honor- porque me remonto a las críticas de la época y descubro que todos la tomaron por poca mujer, en lo sexual, cuando se enfrentaba a ese torbellino irresistible que era Paul Newman entrecano, y por poca actriz, en lo profesional, cuando le sostenía el jeto inmarcesible y las miradas insondables, que el gran rubiales clavaba como nadie. Pero yo no estoy de acuerdo, en la apreciación, y soy de los pocos que al parecer me trago esa relación ficticia, esa admiración tortuosa que se prodigan los dos personajes, y transcurro por Ausencia de malicia encantado de la película, y muy entretenido con sus enredos políticos y sus despropósitos periodísticos. Yo tendría que hablar, en verdad, de estas enjundias irresolubles que enzarzan a la prensa con el poder, si me tuviera por un bloguero decente de afilada pluma, y de respetado criterio. Pero no lo soy, ay, ni pretendo fingirlo, y sólo puedo decirles que este periódico para el que trabaja Sally Field no tiene nada que envidiarle al Chafardero Indomable para el que se multiplicaba el genuino repórter Tribulete. Un nido de irresponsabilidad, de incompetencia, que primero publica y luego pregunta, que primero divaga y luego confirma. O se retracta, si tal, en páginas interiores. Como los periódicos serios e independientes que hoy en día empapelan nuestros quioscos nacionales. Ilegibles para el espíritu crítico; indignantes, para el ciudadano concienciado. Sólo en internet, salpicando la devastada geografía, resisten algunas ideas galas.

    Paul Newman a Sally Field:
   "Tú no escribes la verdad. Escribes lo que dice la gente, lo que se rumorea, lo que escuchas. La verdad no se encuentra tan fácil. A lo mejor es... lo que tú crees, lo que tú opinas".



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Los tres días del Cóndor

Y aquí seguimos, cuarenta años después de que el agente Cóndor descubriera el tomate, a vueltas con el petróleo, y con Venezuela, y con el Golfo Pérsico, los temas sempiternos mientras tengamos coches de combustión y calefacciones de gasóleo. En España nos darán la matraca con Venezuela hasta que los rojos vuelvan a quedar cautivos y desarmados, pero de los demás países petrolíferos seguiremos hablando, me temo, durante décadas. En los años 70 los hombres soñaban con un siglo XXI de coches eléctricos recorriendo las carreteras y tal vez surcando los aires, igual que los androides de Philip K. Dick soñaban con un futuro de ovejas eléctricas. Los coches están aquí, en efecto, pero los mandamases todavía los tienen sujetos por la correa, y encerrados en la caseta, hasta que las prospecciones se vengan de vacío, y los negocios busquen otros nidos donde asentarse y procrear.



    Ay, del agente Cóndor, si en vez de sacar a la luz una difusa red de intereses, hubiera dado con los planos del coche eléctrico allá por 1975. Nos habríamos quedado sin película, sin huida, sin el polvo gratuito con Faye Dunaway, que está metido con calzador por aquello del romántico recreo, y de la política taquillera de los viejos estudios. A Cóndor no le hubieran perseguido estos cuatro chapuceros de la T.I.A. comandados por Max von Sydow, sino la CIA verdadera, que no suele dejar cabos sueltos, ni supervivientes que se escabullan. Los tres días del Cóndor se hubieran convertido en diez minutos escasos, y a Robert Redford no le habría dado tiempo a enamorar a las damiselas, ni a nosotros, cuarenta años después, a conocer las Torres Gemelas por dentro, que es uno de los alicientes inesperados de la película. En otras películas han borrado digitalmente las Torres cuando éstas aparecen en los paisajes urbanos de Nueva York. Pero aquí, en Los tres días del Cóndor, no se han atrevido a cercenar el infausto recuerdo, porque la película quedaría coja, y absurda, y han decidido que es mejor resignarse a los viejos tiempos. Quién iba a sospechar que esas torres majestuosas donde la fingida CIA tiene su tapadera, y ordena la muerte de los sabelotodos como Cóndor, iban a ser derrumbadas por los hijos airados de las Guerras Petrolíferas, esas mismas que Sydney Pollack y sus guionistas denuncian y lamentan.




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María, llena eres de gracia

Que no lloren los ateos, ni sonrían los meapilas. Ni me he caído del caballo camino de Damasco, ni el calor del solsticio me ha freído las meninges. María llena eres de gracia no es un biopic sobre la Virgen María, uno que empiece con su angélica concepción de Jesús y termine con su asunción corporal a los cielos. La María de esta película es una mujer del siglo XXI, terrenal y muy guapa, por cierto. Se apellida Álvarez, malvive en Bogotá, y se gana el sustento en una empresa de floristería, dejándose las manos y la sangre en desespinar los tallos de rosa. Permanece horas de pie trabajando junto a sus compañeras mientras aguanta al "emprendedor" de turno que se pasea entre las filas, jaleándolas, riñéndolas, denegándoles los respiros porque son unas improductivas de mierda, y unas comunistas quejicas. Cuando termina de trabajar, la vida tampoco le sonríe gran cosa a María: en casa le esperan varias arpías familiares con las que comparte cocina y dormitorio, y en las calles le aguarda un novio bastante imbécil -y bastante ciego- que prefiere irse de calimocho con los colegas, o de motorismo con los malotes.



    Desesperada de todos, y de todo, María se prestará a hacer de mula para los narcotraficantes que introducen cocaína en Estados Unidos. El premio es un fajo de billetes que le permitirán iniciar una nueva vida muy lejos de su jefe, y de su hermana, y de ese gilipollas con el que se acuesta de vez en cuando. El riesgo es que la pesquen en la aduana de Nueva York, y pasarse los próximos años protagonizando Orange is the new black para alegría de las lesbianas que allí sueñan con la llegada de un bellezón colombiano. Un destino terrible, en efecto, pero altamente improbable, según los traficantes que la reclutan. Porque la cocaína va encapsulada, en su propio estómago, en cuarenta y tantas pepitas que son como uvas de las gordas. Ni los perros las huelen ni los policías las cachean. Sólo hay que mantener el gesto impasible al llegar a la aduana. Y tragarse las pepitas en Bogotá, claro está, que no es asunto baladí, porque no pueden romperse, ni rasgarse, y han de ser engullidas con el cuidado infinito de los tragasables del circo, o de las estrellas del porno. Desde que Paul Newman se  tragara los cincuenta huevos duros en La leyenda del indomable no sentía yo estas arcadas reflejas en la garganta. 



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En la cuerda floja

Nunca tuve la intención primera de ver En la cuerda floja cuando la estrenaron en el viejo Canal +. Ni su director, James Mangold, había firmado jamás una película estimable, ni la historia que contaba, la caída y auge de Johnny Cash, era un asunto por el que yo sintiera excesiva preocupación. En este valle del norte ibérico vivo muy lejos del country, del gospel, del rockabilly. Los respeto, por supuesto, pero no forman parte de mi educación sentimental. Ni de los ritmos de mi cuerpo. Y más lejos, todavía, vivo de los biopics que los americanos tratan de endilgarnos dos o tres veces al año, esas biografías del "self-made man" que vienen a decirnos, como predica doña Esperanza, que los pobres y los fracasados lo somos porque queremos. Por no haberlo intentado, ni haber puesto el par de huevos necesarios. Cuánta inmundicia ideológica. Cuánta justificación del abuso.



    Sin embargo, en aquella extraña tarde de verano, tan parecida a esta otra achicharrada de hoy mismo, me quedé enganchado a la película porque descubrí a Joaquin Phoenix haciendo de Johnny Cash. Y el señor Joaquin, en esta cinefilia mía, siempre es una fiesta de guardar. Phoenix es un tipo de registros oscuros, inquietantes, capaz de dar miedo o de inspirar ternura según cómo arquee la ceja, o cómo extravíe la mirada. Un fulano portentoso. Sólo por él aguanté los primeros minutos de En la cuerda floja, tentado a partes a iguales de perseverar o de dimitir. Hasta que apareció ella, Reese Witherspoon, la mujer con el mentón de los Habsburgo, y con la cara de los ángeles. La anglosajona del color imposible en el cabello, y de  la tonalidad inconcebible en los ojos. Y entonces ya no tuve dudas de continuar, y mi fe en la película se vio altamente recompensada por los dioses de la cinefilia, porque Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon destilan química, entendimiento, compenetración, y la última escena de la película, ésa en la que Johnny Cash le pide matrimonio a June Carter en plena actuación, todavía es capaz de conmoverme y de arrancarme un par de lagrimitas vergonzosas. Porque estos actores lo hacen muy bien, qué hijos de puta, y porque uno, cuarentón tontorrón y romántico, todavía tiene su corazoncito muy sensible.



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Juego de Tronos 6x09

Llevábamos, los sufridos espectadores de Juego de Tronos, ocho semanas recibiendo lecciones básicas de ajedrez. Nosotros, que en el tablero de los Siete Reinos ya éramos maestros consumados, y jugábamos incluso simultáneas con los no iniciados. Llevábamos, digo, ocho aburridas lecciones de "este hombre es un peón y se mueve así" y "esta mujer es un alfil y se mueve asá". Y mientras bostezábamos, y nos quejábamos, los personajes, archisabidos, permanecían quietecitos en sus casillas, esperando la orden de moverse. En la inacción se ponían a charlar con los vecinos de escaque, criticando a la reina, repeinando al caballo, gritando amenazas a los ejércitos rivales que bostezaban seis filas más allá. Y mientras tanto, en esa geografía imposible del Norte, que a veces parece la provincia de Álava y a veces la Siberia completa y congelada, el ejército de los Caminantes Blancos, que en principio es la amenaza principal que se cierne sobre toda la trama, sigue dando vueltas en círculo, preguntando a los aldeanos por el camino del sur. Y estos, con la boina calada, y con la faja apretada, se descojonan por lo bajini mientras les indican el camino incorrecto con la vara de avellano. Seis temporadas llevamos así, con el "The winter is coming", pero el winter nunca llega, gracias a la secular costumbre aldeana de confundir a los visitantes.



    Hoy, por fin, en el episodio noveno, han dado comienzo las partidas de ajedrez. En la Conferencia Este, la señorita Targaryen ha sustituido sus dos caballos por tres dragones -ya de hacer trampas, hacerlas completas- que no entienden eso del movimiento en L. Las criaturas de Daenerys baten las alas, escupen fuego y arremeten contra peones y torres sin esperar turno siquiera. Es el free chess que tanto predicamento tiene en las tierras sin civilizar, y que deja boquiabierto al bueno de Tyrion Lannister, él que iba de consejero, de estratega, de analista de movimientos en profundidad. El ajedrez al que juega Daenerys es el de la fuerza bruta, el del palo y tentetieso,  muy parecido al que jugaban R2D2 y Chewbacca en el Halcón Milenario con los hologramas, mientras Han Solo arreglaba por enésima vez el delco de saltar al hiperespacio.



    En la Conferencia Oeste, la partida entre los dos bastardos ha resultado ser muy reñida. El ejército de los Stark, en un descuido lamentable, ha dejado que el rey avanzara sin protección hacia el centro del tablero, a riesgo de recibir un jaque mate a las primeras de cambio. Otro ajedrecista mejor preparado hubiera aprovechado la fanfarronada para resolver la partida en tres movimientos, pero Ramsay Bolton, el personaje insufrible, es de esos jugadores que prefieren mover a pensar, y ha lanzado el grueso de su ejército a combatir a lo burro, pieza por pieza, en una refriega de vísceras y sangre que ha resultado muy entretenida para el espectador, aunque no tanto para los expertos más refinados. Al final, cuando todo parecía perdido para los Stark, porque el rey seguía acorralado con gran peligro en los escaques centrales, la señorita Sansa, que es un peón silencioso además de muy bello, ha aprovechado las distracciones para plantarse en la última fila de los Bolton e intercambiarse no por una reina, sino por el ejército completo de los Arryn, que ha irrumpido con muchos más caballos de los reglamentarios, arrasando con todo. Jaque mate por aplastamiento.
    En el próximo episodio, supongo, la gran final.





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Diario de Smoking Room

Encuentro, en la feria del libro usado y manoseado, "Todo por un largo. Diario de Smoking Room", que es el relato de Roger Gual sobre la concepción, rodaje y posterior aventura promocional de esta película que ya es un obra de culto. Al menos en mi templo. Roger Gual y Julio Wallovits eran dos publicistas muy reconocidos en lo suyo que decidieron rodar su primer largometraje contra el viento y marea de los escasos apoyos, y de las exiguas subvenciones. Smoking Room era la trágica historia de unos ejecutivos en plena crisis de los cuarenta que tienen que aguantar, además, la crisis económica de su propia empresa, y la humillación, diaria, de tener que fumarse el cigarrillo en plena la calle, al capricho de los fríos y de los vientos. Smoking Room es una obra maestra del diálogo ácido, de la mirada asesina, del egoísmo atávico que atenaza a los seres humanos cuando su puesto de trabajo corre peligro y se olvidan del buen rollo acumulado durante años al lado de la cafetera.



    En el "Diario de Smoking Room", Roger Gual no se muerde la lengua, y lanza sus dardos siempre que lo estima conveniente. Es como si su prestigio en el campo de la publicidad, al que puede retornar en cualquier momento para ganarse la vida, le dejara libre las alas y el verbo. Cuando un actor no les apoya, un hacendado no les financia o un crítico no les entiende el planteamiento, Gual no duda en expresar su opinión crítica y malévola. Es un libro muy divertido, su diario, y muy instructivo para los que apenas sabemos nada de las bambalinas, de la trastienda de las películas. Si uno fuera un crítico profesional, bien pagado y bien viajado por los festivales, se preocuparía mucho más de estas entretelas. Pero condenado ya, a mi edad, a ser un mero espectador de los productos, prefiero dejarme engañar como un niño ante el truco de magia, y no saber nada de los secretos escondidos en la manga.



    Escribe Roger Gual planteamientos tan interesantes como éste:

    "Nuestro proceso de ensayos está siendo el dejar a los actores crear el personaje como ellos piensen que sea mejor, y la única manera de hacerlo es dejando que sean el personaje y que se muevan como él: que improvisen y que hablen como él, aunque no esté en el guión.  [...] A ver si podemos acabar de una vez con esta idea de ficción que está establecida en el cine español y que yo nunca me he creído, el problema es que me aparta de la historia porque no me creo que los actores sean los personajes, sino que veo constantemente a un actor verbalizando un texto que se sabe de memoria".

    Humoradas tan caústicas como éstas:

    "Gracias Fernández-Santos [crítico de El País], de verdad pensaba que no te iba a gustar la película. Ahora sólo nos falta conocerlo. Y que de paso nos diga personalmente qué significa todo lo que ha escrito".

    "A mí me habían dicho que estaría Ruiz Gallardón esperando en la puerta para recibirnos [en los Premios Goya]... Pues no está. Estará quitando chapapote en las playas de Galicia... Vaya. Y yo que había ido a mear y no me había lavado las manos adrede para dársela a tan ilustre personaje".

    Y también, por qué no decirlo, alguna tontería impropia de un hombre con tan buen gusto. Como este "desprecio" a la belleza de Leonor Watling, a la que por hacer un cumplido quiere bajar a la tierra cuando ella realmente no mora entre nosotros, sino que desciende, de vez en cuando.

    "Por la noche en el preestreno he conocido a Jorge Sanz, a Leonor Watling y a gente de la profesión. Son todos como tú y como yo, el Sanz mide un metro y medio y es un tío que no para de hablar y reírse, muy abierto. Y la otra es una chica normal que podría salir de cualquier aula universitaria con una carpeta entre los brazos y ni la mirarías cuando te pasase por al lado". 



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Todos a la cárcel

"Váyase, señor González" fue el sonsonete más famoso del año 1993, por encima de las gracias televisivas de Martes y Trece. Lo repetía a todas horas, en los mítines y en los debates, un señor bajito con cara de mala hostia que tenía voz nasal y labio superior inmóvil. En su loca juventud había sido falangista, pero ahora se presentaba ante el electorado como un ultracentrista decente. Este tipo decía vivir en el punto exacto donde se cruza el meridiano que separa izquierda y derecha con el ecuador que resguarda a los ricos de los pobres. Muchos supimos al instante que este señor mentía; otros tuvieron que concederle dos elecciones consecutivas y una hazaña bélica en Oriente para comprender que el centro le quedaba muy lejos a este fulano. Como de Valladolid a Bagdad, más o menos.



    Pero caló, el váyase señor González, porque el tal González, ex socialista y ex obrero como cantaba Javier Krahe, comandaba una legión de chorizos que habían aprovechado los fastos olímpicos y los gastos expouniversales para comprarse un chalecito, y un yatecito, y un piso para la querida, y un máster en EEUU para el hijo más tonto de la camada. González, sin embargo, que aún tenía tirón entre los nostálgicos y entre las amas de casa,  aguantó los ataques de quienes luego nos robarían con las dos manos y con los dos pies y ganó por los pelos, por dos canas de sus sienes plateadas, las elecciones de aquel verano. Mientras tanto, en la calle, agotada ya la gracia del váyase señor González, hacía furor un slogan que bien podrían haber utilizado los antisistema de entonces, si se hubieran organizado como Dios manda: "Todos a la cárcel". Y Berlanga, que de películas sabía mucho, y de sociología hispana todavía más, se apropió del grito para ponerlo en el título de su nueva película. Un sainete de corruptos y aprovechados que se dan cita en la cárcel de Valencia para recordar los viejos tiempos del antifranquismo, y celebrar, de paso, los nuevos tiempos del latrocinio bendecido por la democracia. Porque ellos no habían luchado contra Franco para defender los ideales, ni para traernos la libertad, sino para coger sitio en la cola de los que trapicheaban, porque en aquel régimen cerrado siempre robaban los mismos, y no le cedían el turno a nadie que no tuviera credenciales.




    Todos a la cárcel es una película de Berlanga sin Azcona. Es un entretenimiento solvente, pero le falta acidez, y le sobran pedos. Podría haber sido el pitón tauromáquico que ensartara en sangre toda una época,  pero se quedó en una comedia afeitada de risas y sonrisas. Pero tiene paridas, y golpes, y ocurrencias, y uno, que es español por la gracia de Dios, y por la desgracia del nacimiento, se reconoce en este choriceo, en esta chapuza, en este tráfico de influencias permanente, porque es lo nuestro, lo patrio, lo imperecedero, y uno también forma parte de este sainete lamentable. Aunque sólo sea como espectador. 



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Arsénico por compasión

Los cinéfilos de morro fino, cuando caen por azar en estos escritos que no constan en los mapas de carreteras, huyen despavoridos al descubrir que el cine en blanco y negro brilla por su ausencia. Deben de pensar que mi cinefilia es coja, manca, impostada. Y no van desencaminados, la verdad. Yo me crié en la galaxia muy lejana, en la selva de Indiana Jones, en la fanfarria de Supermán, y cuando tengo que viajar al pasado en el Delorean de Michael J. Fox siento una pereza muy vergonzosa, y muy inconfesable. Pero tengo que decir, en mi descargo, que el cine qualité no aparece en este diario porque desde que empecé a escribirlo, por unos azares o por otros, mis apetencias y mis neurosis han ido por otros derroteros. Que regresen, a partir de ahora, los clásicos viejunos.



    Pero tate, querido lector, que aunque yo sea un cinéfilo de Tercera División, aún guardo sitio para películas como Arsénico por compasión, la comedia loca de Frank Capra. Su humor es blanco, pueril, pasado de moda, como un sainete de Juanito Navarro y Arévalo sin gangosos ni pechugonas. Un Aquí no hay quien viva con un chalet de Brooklyn como único escenario. Sin embargo, por esos azares de lo bien hecho, del ritmo endemoniado, del absurdo cómico del planteamiento, Arsénico por compasión ha superado con creces la prueba de los años, y todavía puede verse en alguna noche perdida del calorazo. Cary Grant hace muecas, se contorsiona, se comporta como un payaso emporrado hasta las cejas. Los críticos viejunos se deshacen en elogios por el "gran actor de comedia", y por el "amplísimo catálogo de sus registros". Son los mismos tipos que luego ven a Jim Carrey haciendo las mismas gansadas en películas a todo color y llaman a la cruzada contra el cine moderno, y gritan ¡vade retro!, y ¡a mí la legión! Mi alejamiento -injustificable- del cine clásico tiene mucho que ver con estos fulanos. Si ellos son la aristocracia de la cinefilia, yo prefiero quedarme en el barrio, a jugar pachanguitas, y a comentar las películas cutres con los amigotes.


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Purple Rain

Prince, que iba veinte años por delante con su música, se nos ha muerto veinte años por detrás. Se pasó con las ingestas, como tantos otros, y nos dejó con el gesto de tristeza, y con la nostalgia de la adolescencia. Qué manía tienen estos genios de morirse antes de tiempo. Los improductivos caminamos con más cuidado hacia la muerte, más o menos rectilíneos por las carreteras, pero los genios siguen trayectorias perpendiculares, cruzadas, más bien locas, y sin respetar tránsitos ni señales van dando tumbos contra los arcenes, y contra los guardarraíles. Y algunos, como Prince, se quedan en el camino. O como el artista anteriormente conocido como Prince, que ya no sé muy bien por dónde andábamos, la verdad.



    Tocaba hacerle un homenaje al genio de Minneapolis, en este blog que ya adora a dos santos de la misma ciudad, los hermanos Coen. Y qué mejor excusa que Purple Rain, la película de la canción. Aunque Purple Rain, la verdad sea dicha, ni siquiera es una película. Es un vehículo de promoción, un videoclip alargado, un autobombo que la Warner Bros. le sufragó a Prince para luego vender discos como churros.  O cintas de casete, como la que yo tenía.  El guión de Purple Rain es de vergüenza ajena. Prince no es un actor, y los que pululan a su alrededor, salvo la guapísima Apollonia Kotero, dicen en el making off que tampoco. Purple Rain es un despropósito general y lamentable. Risible, en algunos momentos. Sólo cuando Prince ataca "The beautiful ones" siento que me embarga la emoción, porque esa canción la siento muy mía cuando a veces me enamoro y la chavala responde que tiene mejores candidatos. Pero es poco, muy poco, "The beautiful ones", para soportar tanta tontería. Tanta complacencia en el propio y minúsculo ombligo de Prince, que aquí se agiganta hasta ocupar el volumen del sistema solar. Dan ganas de abandonar, de renegar del homenaje, de poner el Ucrania - Irlanda del Norte de la Eurocopa, fíjense lo que les digo. Pero al fin, allá por la hora y veinte de metraje, llega "Purple Rain", la canción, y todos los pecados del Prince actor - o lo que sea- quedan perdonados. Ego te absolvo, hijo mío, porque "Purple Rain", cuando suenan sus primeros acordes, se convierte en un remanso del espíritu, en un regocijo de los sentidos. En una balada desgarradora que habla de ese limbo indefinible entre el amor y el desamor, entre el vete y el ven, entre quiero acostarme contigo y ojalá no te hubiera conocido. Nadie ha sabido explicar todavía si la lluvia púrpura era un reflejo de los neones o una guarrada de la mente calenturienta. 


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Suspiros de España (y Portugal)

Fray Clemente y fray Liborio son dos monjes que han perdido la vocación, y que además se han quedado solos en el monasterio, una vez muerto el abad. Sin ninguna razón que los ate ya a la vida consagrada, se lanzarán a vivir la vida de civiles, la moderna de España, allá en extramuros. Fray Liborio -Juan Luis Galiardo- es un tipo leído y de amplios saberes, mientras que Fray Clemente -Juan Echanove- es un tontalán gordinflón con las meninges algo lentas. Tan parecidos a don Quijote y a Sancho Panza, ambos saldrán en busca de una ínsula Barataria que poder gobernar, en este caso una dehesa extremeña sobre la que fray Clemente posee legítimos derechos de herencia.



    Los ahora llamados Pepe y Juan recorrerán las mesetas desfaciendo entuertos, salvando damiselas y sorteando contratiempos con picarescas que ellos mismos se perdonan con santiguos y latinajos. Lo más divertido -y también lo más hiriente- de Suspiros de España (y Portugal) es comprobar que la España de Cervantes y la España de Europa no se diferencian gran cosa. Si cambiamos a Rocinante y al rucio por la furgoneta de pescado, y los caminos polvorientos por las carreteras asfaltadas del MOPU, todo sigue más o menos como estaba. Los curas, los militares y los jueces caprichosos siguen gobernando este país como si fuera su cortijo particular, y sólo nos lo hubieran dejado en régimen de alquiler. Hasta un rey con belfo seguimos teniendo, aunque ya no pertenezca a los Habsburgo de Austria, sino a los Borbones de Francia.
    Rafael Azcona y José Luis García Sánchez, en plena fiebre post-europea y post-olímpica, no se dejaron engatusar por los cánticos de la modernidad y rodaron esta película para recordarnos que España sigue siendo un país medieval y esperpéntico, y que las academias de inglés, las becas Erasmus y los triunfos deportivos sólo son el barniz de un mueble muy viejo y desgastado. Que llevamos siglos de retraso respecto a los países civilizados, desde los tiempos de la Contrarreforma, y que seguramente necesitaremos otros tantos para recuperar el tiempo perdido. Mientras tanto, para entretener la espera, bien está que nos saquen a Neus Asensi en la flor de su edad y de su hermosura.



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Moros y cristianos

Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se confabulan los hados, o los estúpidos, para poner la zancadilla y agarrar de la camiseta. La vida misma. Algunos, como Plácido con su motocarro, o Canivell con sus porteros automáticos, alcanzarán su objetivo a costa de volverse casi locos, y dejarse sudores en el empeño. Otros, como el pobre verdugo que no deseaba ejercer, o el malhadado José Luis Vázquez que no quería casarse, fracasarán en su lucha y vivirán existencias muy tristes más allá del rótulo final. Los turroneros de Moros y Cristianos se quedan un limbo difícil de definir, porque al final logran promocionar sus productos en la villa y corte de Madrid, pero por el camino se dejan un muerto, y la dignidad de los apellidos, Planchadell y Calabuig, que son sustituidos en los cartelones por una familia anglosajona muy alejada de Jijona.



    Victoriosos o fracasados, humillados o dignísimos, alrededor de los personajes azconaberlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás aportan nada y siempre están molestando con su martingalas. Son los amigos, los familiares, los extraños, que jamás escuchan a nadie y sólo esperan turno para colocar su rollo, su obsesión, su aspiración más o menos legítima. Las películas de Azcona y Berlanga son básicamente un estudio sobre la incomunicación humana. Cuando me sumerjo en sus tramas no noto la fractura entre la realidad y la ficción. Cambia el contexto, y la  época, pero la fauna es exactamente la misma que me encuentro a diario en el trabajo o en el ocio. Un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas, de pendencieros, de tarados. Gentes que parecen puestas por el ayuntamiento sólo para joderte la vida y sulfurarte la sangre. Qué poca gente razonable, solícita, funcional, resolutiva, se encuentra uno por la vida. Dijo una vez el crítico de cine que para juzgar una película sólo existía un criterio: creértela o no. Y yo me creo Moros y cristianos a pies juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus mendrugos y sus aprovechados. La gente piensa que Azcona y Berlanga hacían sátira y comedia exagerada, cuando ellos, en realidad, siempre confesaron ser dos documentalistas que ponían en imágenes las cosas que ellos mismos veían por la vida, o que les contaban sus conocidos, al calor del bar o del restaurante. 



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Juego de Tronos 6x08

Los que siguen estos escritos ya conocen sobradamente a Max, mi antropoide interior. Max vive en un pequeño jardín selvático que tengo en mis entrañas, donde se entretiene con un columpio de neumático y unas cajas vacías de bananas. El pobre ya nació en cautividad, enjaulado en mis tejidos, y con el tiempo se ha ido acostumbrando a seguir mi ritmo de vida. Durante el día se entretiene con sus cosas, o duerme plácidamente. Sus trasteos y sus ronquidos son el rumor sordo que acompaña toda mi jornada. Pero por la noche, desperezado y alerta, sube un periscopio para asomarse a mis ojos y ver juntos la película. Es ahí, en el sofá de todas las noches, donde hemos cimentado una amistad que va camino de ser vitalicia. Y eso que muchas veces no coincidimos en el gusto, porque yo intento refinar mis apetencias, humanizarme los instintos, mientras que Max, tan primario, sólo espera con impaciencia que llegue el momento de los despelotes, o de las violencias desatadas.




    Es por eso que Max y yo, en Juego de Tronos, hemos encontrado la conjunción perfecta de nuestros apetitos. Cuando las conversaciones derivan hacia la política de Maquiavelo o hacia la trascendencia de los apellidos, yo pongo en alerta los oídos mientras Max refunfuña y me toca los cojones por lo bajini. "A ver cuándo acaba esto". Pero tarde o temprano llega el desnudo lascivo, o la muerte sangrienta, y Max, con regocijo de macaco, regresa a la vida selvática que el pobre nunca vivió, donde todo consiste en chingar con la vecina y darse de hostias con el extraño que se acerca.




    Ya digo que nuestra amistad tiene pinta de ser eterna, pero la sexta temporada de Juego de Tronos la está poniendo a prueba como ninguna otra. Ni yo he vuelto a encontrar la sabiduría en este Tyrion Lannister que siempre sale borracho, ni Max, el pobre, se ha topado con un mal desnudo en el que recrearse. El puritanismo de los septones ha caído como un manto de pudor negro sobre los Siete Reinos. Son malos tiempos para la lírica, y para el sexo, y para mi paciencia de espectador, que lleva ocho semanas soportando los malos humores de Max, que se pasea impaciente por allí abajo y me distrae la atención de los regios asuntos. Menos mal que hoy, en el octavo episodio de la temporada que ya parece el octavo siglo del bostezo, a falta de las batallas venideras y de los desnudos censurados,  El Perro ha desenterrado el hacha de guerra para hacer de las suyas con los malandrines. Y La Montaña, con esas manos osunas, ha vuelto a despedazar a un majadero como sólo él sabe, de cuajo, como soñaba Bud Spencer con sus malosos y nunca le dejaron hacer en sus comedias. Gracias a estas sanguinolencias salvajes que a mí ni me van ni me vienen, Max ha vuelto a encontrar el regocijo en Juego de Tronos, y se ha quedado quietecito atisbando por el periscopio. Gracias a su satisfacción, y a su silencio, casi me he quedado dormido mientras Arya Stark seguía rebotando por las calles de Braavos como un gato con siete vidas. Creo que al final se escapa, o la vuelven a herir, ya no sé. 



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Langosta

En el mundo distópico de Langosta, los solteros y los divorciados son unos apestados sociales perseguidos por la ley. Si las fuerzas del orden te descubren caminando sólo por las calles, o deambulando sin compañía por los centros comerciales, rápidamente caen sobre ti para pedirte el certificado de arrejuntamiento. Si no lo tienes, o no lo llevas encima, te conducen a un hotel de cinco estrellas enclavado en la campiña, lejos de la ciudad y de las miradas curiosas. Los reclusos, en este disimulado campo de concentración, son tratados con exquisita educación, a cuerpo de rey, pero también son advertidos de que si en el plazo de unas pocas semanas no encuentran pareja entre los otros huéspedes, se verán sometidos a una operación de cambio de especie, de la que saldrán convertidos en un animal de su elección. El tunante del protagonista, que parece algo gilí, pero que en el fondo es un fulano bastante despierto, dejará escrito en el impreso de admisión que él, en caso de tal, desea ser transmutado en langosta, porque esos bichos tienen sangre azul como los aristócratas, viven más cien años y nunca pierden el impulso sexual. "Y además me gusta mucho el mar", remata.



    La situación no parece muy desesperada, la verdad. Sólo hay que deambular unos cuantos días por las zonas de esparcimiento para encontrar una pareja aceptable, resignada, con la que pactar un amor de compromiso y librarse así del estigma social, y de la operación de los huevos. Pero cómo estará el percal, y cómo será la fauna, que pasan las semanas y los presos y las presas sólo se acechan en la distancia, recelosos, como alumnos adolescentes en la fiesta del instituto. El miedo de caer en la mesa de operaciones no es tan poderoso como el terror a volver a equivocarse de pareja. A volver a fracasar en los asuntos del amor, que dejan cicatrices interiores que no se ven, pero que son igual de horrendas que los costurones de la piel.



    Este hotel de Langosta, en realidad, es muy parecido al mundo virtual de Meetic en el que llevo varios meses penando. Muchos cuarentones hemos llegado aquí con la esperanza de encontrar un amor de segunda mano en el que por fin confiarnos y descansar. De lo contrario, estamos condenados a la tristeza, y a la soledad. El tiempo vuela, tic-tac, tic-tac, y los mercaderes de Meetic, además, exigen pagos cada seis meses para seguir alimentando los sueños. Los miembros del Lonely Hearts Club vivimos tan apremiados como esos pobres desgraciados de la película, pero son muy pocas, hasta el momento, en este valle de Invernalia, las mujeres que parecen haberse dado cuenta de tal circunstancia. La mayoría juega, tontea, pasa el rato; la minoría, por su lado, pone exigencias de Leticia Ortiz Rocasolano para arriba, y uno ya no sabe si partirse de la risa o si llorar de la pena. Dentro de unos años, las mujeres juguetonas van camino de convertirse en hienas de sonrisa congelada, y las aristócratas, en pingüinas envaradas y ridículas. Yo, por mi parte, cuando me abandone la última esperanza, ya he expresado mi deseo de ser transformado en gorrión. Vivir en el árbol, sobrevolar a los humanos, y esperar con alegría la llegada del invierno. 




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Gran Torino

En este pueblo recóndito del Noroeste tengo un vecino que se gasta un aire al Walt Kowalski de Gran Torino. Si en la película de Clint Eastwood son las familias chinas las que invaden el arrabal de Detroit y dejan a los americanos fetén en minoría, aquí, en la pedanía de Ponferrada, son las familias jóvenes las que poco a poco han ido comprando las propiedades y arrinconando a los cuatro viejos de toda la vida, que todavía aguantan el tirón con sus boinas y sus partidas de dominó.
    Mi vecino, cuyos antepasados llegaron a estas tierras en un carro de bueyes tan grande como el Mayflower, también se sienta a la puerta de casa para ver pasar a los extraños con gesto hosco y mirada torcida. A diferencia de Walt Kowalski, mi vecino Anselmo -vamos a llamarlo así- no trasiega latas de cerveza, sino vasos de vino casero que él mismo produce de sus viñas. Tampoco tiene un perro a su lado que ladre a los vecinos al unísono, porque él siempre ha pensado que los perros tienen que estar en el patio, atados con una cadena, y comiendo mendrugos de pan. Es por eso que los que tenemos perrete, o perrazo, y desfilamos por delante de su casa paseándolos con una correa, somos para Anselmo como un anatema, gentes extrañas que vinieron de la ciudad a traer costumbres de maricones.



    Mi vecino, por supuesto, no tiene un Gran Torino guardado en el garaje. Lo suyo es un tractor John Deere color verde que hace las delicias de los niños. Se quedan alelados, ante ese monstruo mecánico que es el primo de Zumosol de sus juguetes. Sé de alguno que aprovechando un despiste ha terminado subiéndose al bicharraco para jugar al granjero con posesiones, y ha sido cazado in fraganti por Anselmo que regresaba de la ausencia. Si Walt Kowalski amenaza con su fusil a todo el que pisotea su jardín, Anselmo tiene una vara de avellano que es el terror atávico de cualquier chaval. Si la realidad fuera igual de caprichosa que en Gran Torino, algún año de estos, Anselmo, en su testamento, legaría el tractor a uno de estos críos que tantas trastadas le hacen, hijos de los pijos capitalinos que vinieron a cambiar el pueblo y a convertirlo en un barrio periférico, que es un concepto decadente, de segunda división. 



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Convicto

La cárcel, como hostal de dos estrellas pagado por el Estado, no es en principio un mal lugar para vivir. Hay gente que a este lado del muro lo pasa mucho peor. En la cárcel tienes horarios regulares, calor en invierno, refresco en verano. Dispones de biblioteca, de cancha deportiva, de sala de juego. Te dan de comer, te enseñan un oficio y te disciplinan los hábitos. Y si encima tu pareja no te ha abandonado, el reglamento te concede un vis a vis con ella cada quince días, que es mucho más de lo que follan la mayoría de los ciudadanos. El problema no es la cárcel en sí -llegados a esa trágica tesitura- sino los carcelarios que viven en ella. La gente que allí se reúne para hacerte la vida imposible si les entras por el ojo izquierdo. Los presos, por lo común, no son peores personas que las que se quedan aquí fuera. Por cada delincuente que traspasa la reja hay otros diez que se descojonan de risa mientras juegan al golf o navegan en el yate. Lo jodido de estar en la cárcel es que no tienes escapatoria si las relaciones se tuercen. Si un psicópata te coge ojeriza, o si un empalmado te acorrala en la ducha. Si estos tipos te calan como un panoli a las primeras de cambio y el abuso se convierte en un rutina matinal como el desayuno o las flexiones.



    Ése es, al menos, el folklore que siempre nos han contado en las películas, y sobre todo en las anglosajonas, que siempre son tan cañeras y exageradas. Y esta película de hoy, Convicto, no iba a ser una excepción. En ella, Eric Love es mozalbete de armas tomar que lo mismo aporrea a los vigilantes que les muerde los huevos o les clava punzones en el cuello. Un salvaje sin parangón que se convierte en la vedette del centro penitenciario. A un tipo así, si los reclusos fueran juiciosos, habría que dejarlo en paz desde el primer día. Nada de tanteos, de provocaciones, de caricias en los baños. Pero los presos de Convicto, que son de una calaña muy retorcida, se sienten desafiados por el chaval. Les va el rollo del macho dominante, y no van a parar hasta poner en su sitio a la estrellita. Y como ellos, menos juiciosos todavía, los terapeutas y los psicólogos de la prisión, que embebidos de teorías ambientalistas se toman el caso como una cuestión de prestigio profesional. Si somos capaces de encauzar a semejante bestia parda, ya tenemos el cielo ganado. Con estos mimbres de tontería y presunción, los rifirrafes de  Convicto terminarán, como no podía ser de otro modo, como el rosario de la aurora. 



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Corazón silencioso

Todavía recuerdo al presidente Zapatero acudiendo al estreno de Mar Adentro en plena efervescencia del "no nos falles", y del "dales caña", diciendo a los reporteros que él estaba allí para apoyar al cine español, pero sonriendo con picardía a los fotógrafos para confesar al mismo tiempo su mentirijilla, porque todos sabíamos que el tipo simpatizaba con la causa, y que la película de Amenábar estaba llamada a remover conciencias, y a replantear legislaciones.
    En los días posteriores se habló mucho de la eutanasia, y por momentos parecía que íbamos a igualarnos a los holandeses, y a los belgas, que iban muy adelantados en esas sociologías. Los curas -a los que todos vigilábamos por el rabillo del ojo, y por el lóbulo del oído- callaban, esperaban, olisqueaban el momento propicio para salir de la madriguera, como la marmota Phil de Punxsutawney. Y por fin, a los pocos días, salieron en rueda de prensa para decir que anatema, y que naranjas de la china, y que fogatas del infierno. Y el presidente dejó de sonreír, y llamó a consultas a los analistas políticos para escuchar que el centro católico estaba perdido si daba un paso adelante. Y que mejor disimular, y ponerse a silbar, y decir que Mar adentro era una maja película y nada más.



    Recuerdo todo esto porque yo pensaba, antes de ver la película de hoy, Corazón silencioso, que en la Dinamarca tantas veces alabada estaban más avanzados en estos trances del morirse antes de tiempo. Pero se ve que no, que en esto aún vamos de la mano como europeos de segunda, porque esta familia que apoya a la abuela en su decisión de morir camina clandestina por la casa de campo, urdiendo coartadas para la ambulancia que descubra el cadáver, y para la policía que haga las pesquisas. La abuela Esther está a un solo paso de la parálisis, de la respiración asistida, del dolor insoportable, y antes de convertirse en un guiñapo ha decidido que sus hijas y sus yernos, su marido y su amiga del alma, la acompañen en las últimas horas. Algunos se arrepienten del apoyo prometido, otros se mantienen firmes en la decisión, y aprovechando que hay bronca y discusión todos sacan a relucir los reproches que suelen almacenar las familias. Lo habitual, vamos, cuando la misma sangre ha de compartir habitaciones durante varias horas. Por muy daneses que sean. 



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Juego de Tronos 6x07

Las mujeres de los Siete Reinos -igual que las mujeres de nuestra Monarquía Constitucional- son mucho más inteligentes que los hombres, y tienen el cerebro lingüístico mucho más desarrollado. Es por eso que cuando quieren hacer daño a través de la puya, o de la maledicencia, consiguen auténticas antologías del insulto. Verdaderas lindezas que nosotros, los hombres, sólo podemos imitar tras un esfuerzo titánico del pensamiento, porque la testosterona nos lleva al automatismo del taco, de la amenaza, del exabrupto del macho peludo y cabreado.
    En el episodio de hoy, Cersei Lannister, que camina por los pasillos de palacio como una pantera enjaulada, le pide ayuda a la abuelita Tyrell para salir de la situación, pero ésta, que no se deja engañar por tal zorra vestida de gallina, le suelta una andanada de odio y rencor que no puedo dejar de transcribir
    "No sé si eres la peor persona que conozco. A estas edades cuesta recordar"



    Los hombres de Juego de Tronos, en cambio, son mastuerzos medievales que todo lo arreglan sacando la minga en las hospederías, a ver quién la tiene más grande, o la espada en los campos de batalla, a ver quién la tiene más afilada. Y cuando uno de ellos, finalmente, demuestra un cierto domino del lenguaje, y uno se parte de la risa con su ingenio o se estremece de miedo con sus indirectas,  los guionistas, que tal vez sienten envidia de sus propias criaturas, se los cargan mientras están cagando, como le sucedió al bueno de Tywin Lannister, que murió del mismo modo innoble que Vincent Vega, o los apartan de la serie para convertirlos en secundarios lejanos, como mi querido Lord Varys, y mi bienamado Tyrion, reducidos ahora a dos bufones en la corte de Meereen. En esta temporada de Juego de Tronos- frustrante, dubitativa, culebrónica en sus reapariciones estelares- sólo nos queda, como estandarte de la verbalidad masculina, ese Gorrión Supremo que sería capaz de convencerte de cortarte tus propios huevos para donárselos a los Siete Dioses, en penitencia por tanta lujuria y tanta lascivia vista en los episodios. En los de otras temporadas, claro, porque en ésta, tan pacata, tan para todos los públicos, ni siquiera eso.



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La extraña pareja

Cuando los hombres divorciados se enfrentan a la suciedad progresiva de su hogar -ésa que antes sólo limpiaban por encima los fines de semana para que la mujer no protestara-, tienen dos caminos a seguir: o abandonarse a la molicie y dejar que la mierda campe a sus anchas hasta que asome un prurito de vergüenza, o instalarse en la neurosis de quien no soporta ver el churretón sobre el azulejo o el pelo en la bañera. O la suciedad, o la locura: no hay término medio para el hombre enfrentado a la mugre. Una mugre que además, sin que ninguna teoría científica sea capaz de explicarla, crece exponencialmente cuando un hombre vive solo, como si la mujer y los hijos que antes pululaban por allí fueran seres que absorbieran polvo y grasa en lugar de producirlos.



    En La extraña pareja, Oscar Madison es un divorciado de larga trayectoria que ha optado por vivir con el fregadero lleno de cacharros y la alfombra sembrada de colillas. Los fines de semana monta una timba de póker con los amigotes que lo deja todo perdido, pero ni a él ni a sus colegas les importa mucho la insalubridad del ecosistema. Felices y gorrinos, viven felices con sus partidas hasta que Félix se muda al piso de Oscar. Félix es un amigo común que acaba de divorciarse y que pasará unas semanas durmiendo en el cuarto de invitados. Lo que parece el inicio de la concordia y la francachela se convertirá, al poco tiempo, en una dura prueba para la amistad, porque Félix es un tipo muy diferente a Óscar, uno que ha optado por el segundo camino del hombre divorciado. Armado de bayeta y desinfectante convertirá la cueva de su amigo en un piso que será la envidia de las vecinitas más exigentes cuando éstas bajan a tontear. Los intercambios sexuales de Oscar aumentan, pero sus amigos del póker, asfixiados en ese nuevo ambiente de limpieza, obligados por Félix a colocar sus cervezas sobre el posavasos y las colillas sobre el cenicero, decidirán trasladar sus barajas a una cueva donde haya menos etiquetas y reproches. Y Oscar, por supuesto, colocado en la tesitura de elegir entre los polvos de ocasión y las partidas de póker, tendrá que rogarle al bueno de su amigo que deje de limpiar tanto. Por el bien de su sagrada amistad, que ahora se tambalea.



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