El hijo de Saúl

El hijo de Saúl es una película que tiene difícil encaje en este blog. Imposible, e inhumano, colocar aquí un chiste, un juego de palabras, un delirio de amor. Lo único que deseo ahora mismo es pasar el trance de esta escritura para no tener que recordar la película en exceso. Para no meter la pata -de las cuatro que tengo, y bien torpes además- con algún comentario que pueda entenderse como frívolo. Decía Alan Alda en Delitos y faltas que la comedia era igual a tragedia más tiempo, pero el Holocausto, del que ya nos separan más de setenta años, sigue estando muy presente en nuestras conciencias. Supongo que  si los alemanes hubiesen ganado la guerra, descubierta a última hora la bomba de hidrógeno o la bacteria que sólo mataba anglosajones, todos los años tendríamos una película sobre la barbarie de Hiroshima, o sobre las purgas de Stalin en los campos de Siberia. Pero los alemanes perdieron, y la ignominia del exterminio cuenta con mil testimonios que alimentan la industria cinematográfica, y nos mantienen viva la indignación.



    Sucede, además, que este director húngaro, László Nemes,  ha decidido contar su historia del modo más insoportable posible. Hurtando las violencias a nuestros ojos morbosos, sacándolas fuera de foco, poniéndolas de perfil, pasándolas  por detrás del protagonista como si formaran parte del paisaje. Saúl, el sonderkomando judío que se encarga de amontonar cadáveres y llevarlos en carretilla a los hornos incineradores, es como un personaje de las películas de los hermanos Dardenne, al que la cámara, en primerísimo plano, sigue y persigue por los recovecos del campo de concentración. Saúl no busca un empleo, como las mujeres de los Dardenne, porque de empleos, el pobre hombre, en el campo de concentración, ya está hasta la gorra. Saúl busca un rabino que dignifique la muerte de un niño gaseado, uno que se atreva a rezar unos cuantos salmos de tapadillo antes de que el cuerpo sea trasladado al horno. Resumida a los amigos, El hijo de Saúl es una película tan simple como un chupachups. Pero en el rostro del infortunado prisionero, y en el drama que sucede a sus espaldas, cabe toda la complejidad del ser humano. 



0

Juego de Tronos 6x06

Ha llegado la hora de confesar que muchos episodios de Juego de Tronos no los veo completos. Que ciertas tramas carentes de interés, de esas que no conducen a ningún lado, o que dan vueltas en círculo como un perro tonto mordiéndose la cola, las paso clandestinamente con la tecla de avance. Lo hago, eso sí, a una velocidad adecuada, nunca más allá del x4 que recomienda el código de circulación. Si uno pisa el acelerador y atraviesa los páramos narrativos a x8 o a por x16, la siguiente secuencia queda descabezada, pues no hay manera humana de clavar el play en el momento justo, y hay que volver sobre los pasos para escuchar completo el discurso de un Lannister, o la sabiduría política de un Lord Varys, y entre que regresas, y ajustas el tiempo, y te haces un lío con el mando a distancia, a veces el tiempo ganado se convierte en tiempo perdido.




    Cuento esto porque hoy he pasado un tercio de episodio dándole al wind mientras esperaba que el dragón de Daenerys apareciera sobre los cielos para freír a Sam y a Elí, que mira que en esos cuerpos hay combustible para rato, y que harían una bonita fogata para iluminar la noche de los reinos. Pero el dragón, siempre remolón y caprichoso, ha preferido volver a las tierras de los Dothrakis, a ser montado de nuevo por su ama de cabellos blancos -que quién fuera dragón en esos casos- y así, salvados por el momento de la muerte, Sam y Elí han vuelto a regalarnos otro "bonito episodio" de su amor no consumado, pues él tiene votos, y ella traumas, y nunca encuentran un lecho limpio y libre de chinches donde yacer y abandonarse. Y hoy, que por fin lo encuentran, en la mismísima habitación donde Sam pasó su adolescencia soñando con espadas de acero y cuerpos de mujer, resulta que tampoco les dejan, avergonzados sus familiares por haber traído consigo a una inmigrante del norte, que allí, en el mundo al revés de George R. R. Martin, son las escandinavas, y no las africanas, las que avergüenzan a las familias, e inquietan a los gobiernos.



    Quizá soy muy injusto con Sam y con Elí, y su casto romance, que yo devoro a toda hostia por la carretera como cantaban Los Ilegales, sea finalmente la clave de todo el asunto sucesorio. Al final, quién sabe, puede que los dragones de Daenerys pierdan el juicio por completo, achicharren a todas las casas reinantes y a todos los caminantes blancos, y entre las cenizas y las ruinas sólo sobrevivan Sam y Elí para fundar una nueva dinastía que gobernará los Siete Reinos Calcinados durante milenios. Hasta que sus orondos descendientes se lo coman todo, incluidas las raíces y las termitas. Ni Lannisters ni Targaryens, ni Starks ni Tyrells: los Tarlys, finalmente, con un par de huevos, y una barriga kilométrica que unirá por fin los Siete Reinos con los territorios de ultramar.



0

La delgada línea roja

Cuando rugen las ametralladoras, La delgada línea roja no escatima sangres ni intestinos para hacernos entender la brutalidad de la guerra; cuando el silencio se apodera de la isla de Guadalcanal, la cámara pasea por la naturaleza exuberante para lamentar tanta herida abierta y tanto salvajismo humano. Así resumida, La delgada línea roja parece una obra comprometida, antibélica, de claro mensaje pacifista. Pero no lo es. Es una película fascinante en lo formal, pero muy tramposa en su denuncia. El soldado Witt, que es la voz en off que aprovecha los remansos del combate para reflexionar sobre la vida y la muerte, se hace mil preguntas del tipo: "¿qué oscura ceguera se ha apoderado de los hombres?", o "¿cuánta crueldad somos capaces de asimilar?", o "¿en qué momento nos desviamos del recto camino de la fraternidad?," y solemnidades por el estilo que no conducen a nada, sólo a la filosofía barata, y a la ocultación torticera de los hechos.




    Al soldado Witt habría que explicarle que la guerra nunca es producto de una insania, de una locura transitoria. Aunque su desarrollo sea caótico y brutal, y la dirijan verdaderos psicópatas con carnet, la guerra siempre obedece al interés concreto, mensurable, documentado, de fulanos muy orondos y muy avariciosos que jamás luchan en ella. Mercaderes que cuando ven peligrar sus beneficios presionan a los gobiernos para abrir rutas, expandir mercados, acceder a materias primas. Desde las Guerras Púnicas a la invasión de Irak pasando por la II Guerra Mundial. El soldado Witt, y con él Terrence Malick, prefieren hacerse los suecos ante estas evidencias, y se lanzan a la poesía sobre la podredumbre humana, y sobre el Mal que habita en nuestro interior. De nuevo el pecado original, como predican los curas en su falacia. Yo entiendo que La delgada línea roja no aproveche el silencio de los cañones para darnos una lección sobre la geopolítica que enfrentó a EEUU con Japón. Para eso están los documentales, y los libros de historia. Pero que tampoco nos tomen por tontos, con su literatura espiritual, y su antropología de catecismo.



0

Mr. Robot

Desde que los hombres del Neolítico se pusieron a cultivar la tierra y crearon las clases sociales de quienes poseían y quienes no, los ricos y los pobres vivimos enfrascados en una guerra que dura ya diez mil años, y lo que te rondaré, morena. El mismísimo Warren Buffet, el multimillonario inversor, afirmó que la guerra de clases sigue más viva que nunca, y que los ricos, afortunadamente para él, van ganando por goleada. Cautivo y desarmado el ejército rojo de Moscú, el capitalismo lleva un cuarto de siglo campando a sus anchas, sostenido -ay si Marx levantara la cabeza- por el complacido voto de la clase trabajadora, a la que sólo hay que manipular tres telediarios y asustar con tres espantajos para que vote a quien no le conviene.



    El episodio piloto de Mr. Robot es la actualización 4.0 de  la Lucha de Clases. La 1.0 la perdieron los esclavos de Espartaco luchando contra las legiones romanas; la 2.0 empezó con Lenin subido a un tanque y terminó como el rosario de la aurora allá en el muro derrumbado de Berlín; la 3.0, que sólo tuvo lugar en la ficción de los cines, la sostuvo en solitario el demenciado pero lúcido Tyler Durden, que fundaba clubs de la lucha para agitar las conciencias y entrenarse en los mamporros. Al final de El club de la lucha, Tyler Durden acababa con el sistema financiero demoliendo sus edificios de oficinas. Diecisiete años después, en una época en la que está muy mal visto derrumbar rascacielos con explosivos, Mr. Robot decide terminar con los bancos -con la deuda y las hipotecas, las servidumbres y los abusos- destruyendo el monstruo desde dentro, en silencio, a lo troyano, con la fuerza infinita de un ordenador portátil sabiamente manejado. El episodio piloto de Mr. Robot es capaz de alegrarle el día a cualquier bolchevique aficionado a las series de televisión. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. A los dos o tres episodios, en una afán por rellenar tramas que no conducen a ningún sitio, la revolución de Mr. Robot se aplaza sine die y la desazón se adueña del espectador antes alborozado y ahora aburrido.

First we take Manhattan...

... recitaba Leonard Cohen en su poema revolucionario, y al principio de Mr. Robot así lo parecía, pues el susodicho vive allí afincado, y parecía muy seguro del empeño. Pero luego, en un giro dramático de los acontecimientos, la serie termina haciendo un bucle y regresa a los primeros versos de la canción:

Me sentenciaron a veinte años de aburrimiento
por intentar cambiar el sistema desde dentro.




0

Ciudadano Bob Roberts

Antes de que Donald Trump asiente sus reales en el Despacho Oval y se ponga a jugar con las cosas que no tienen repuesto, como cantaba Serrat, no estaría de más programar un ciclo de anticristos que también aspiraron a ser presidentes de los Estados Unidos. Un ciclo que empezaría con la trilogía de La Profecía -pues hay que recordar que el niño Damien, ya crecidito y repeinado, ansiaba jugar con los códigos nucleares que desatarían el Armagedón- y que terminaría, en tiempos más recientes, con Frank Underwood golpeando la mesa del Despacho Oval con sus nudillos insensibles, toc, toc.



    Entre medias, en un tono más verosímil pero no menos terrorífico, uno recomendaría a las amistades que vieran Ciudadano Bob Roberts, el mockumentary que hace veintitrés años escribió, dirigió y hasta musicó Tim Robbins. Bob Roberts es "un payaso criptofascista", a decir de sus odiadores, que aupado por sus muchos millones y protegido por oscuros intereses se abre camino en las elecciones al Senado en Pensilvania. ¿Les suena de algo, el personaje? Bob Roberts, al que interpreta el mismísimo e izquierdoso Tim Robbins, posee, además, el don de la música y del canto, y subido a los escenarios de campaña acomete con su guitarra unas canciones muy pegadizas en las que ridiculiza a los rojos y a las razas inferiores, y ensalza los valores eternos de Dios y de la Riqueza, dejando extasiados a los emprendedores que le jalean en los mítines, y enamoradas, hasta el éxtasis, a las anglosajonas que envidian a su esposa boba por disfrutarlo cada noche.



    Han pasado veintitrés años, digo, pero Ciudadano Bob Roberts sigue estando de rabiosa actualidad. Y no sólo porque el ficticio Bob y el realísimo Donald guarden un parecido inquietante en los discursos y en las intenciones, y uno se estremezca acojonadito en el sofá. Es que las tácticas, las zorrerías, las manipulaciones, siguen siendo las mismas cada vez que un candidato que viene a joder a su pueblo, y a depauperarlo todavía más, se envuelve en los valores rancios para que el populacho manipulado y desinformado vuelva a prestarle la cartera. 


0

Turistas en mi playa XVII

Ahora que por fin ha llegado el éxito, y que los seguidores de Juego de Tronos entran en este blog por decenas para leer mis ocurrencias, es de justicia acordarse de los pornógrafos que durante la sequía mantuvieron vivo el contador de visitas. Ausentes durante cuatro años los cinéfilos de lo clásico y los seriéfilos de lo moderno, los erotómanos que varaban en mi playa se convirtieron, sin ellos pretenderlo, en los receptores de mi escritura. En los acicates de mi esfuerzo. Ellos no navegaban las olas buscando opiniones sobre películas, ni cotilleos sobre mi biografía. Ellos venían al mondongo, al asunto, al intercambio de gónadas y a la variación de orificios, y caían en mi blog por los azares algorítmicos de los buscadores, que confundían mi lenguaje llano, de barriada, a veces soez, por una página web donde las actrices se desnudaban y los actores aprovechaban el desvestimiento para el catapún. Algunos pornógrafos se rehacían rápidamente del equívoco y volvían a la mar sin darme tiempo a saludarles, mitad confundidos y mitad cabreados. Pero otros, que se ofuscaban en el error, o que simplemente sentían curiosidad, se quedaban aquí leyendo los escritos, prendidos de la sonrisa ninfular de Natalie Portman a ver si en un descuido se le escapaba una teta, o se le volvía a ver el culo como en el Hotel Chevalier.




    Sí, queridos amigos y amigas: la poca sustancia o la poca risa que podáis llevaros de aquí se la debéis a los pornógrafos, que naufragio a naufragio mantuvieron este kiosco abierto durante los tiempos de crisis. Y en especial, a los homosexuales que buscando pichaloca.com caían cada dos por tres en la trampa de los buscadores. Y todo porque un día, en un artículo sobre la película El estudiante, me dio por usar ese palabro que yo creía un leonesismo de mi tierra, y que luego resultó ser una indecencia de uso común, tan universal que da nombre a una web de desnudos intermasculinos muy famosa y frecuentada. Todavía hoy, desapercibidos entre la masa de juegotronianos, siguen llegando juerguistas que se confunden de playa y me preguntan por la fiesta de las pichas locas. "Hombres gordos en ropa interior", buscaba uno ayer mismo; "gordo gay hermoso", buscaba otro; "pollas de negros", así, a lo mondo y lirondo, anhelaba el tercer turista desnortado. "Negro vs. chino pichaloca", deseaba el desnortado lector que hoy mismo, esta mañana, ha sumado una visita más a este blog que ahora se ha quedado tan pequeño, como un apartamento desbordado por la fiesta multitudinaria. 




0

Deuda de honor

En Deuda de honor, Mary Bee Cudy, que tiene nombre de personaje de La casa de la pradera, es una mujer solitaria que sobrevive en los territorios de Nebraska cuando los americanos colonizaban el Medio Oeste.  En la tierra yerma de las Grandes Llanuras, donde el sol y el frío se alternan para que sólo crezcan los hierbajos y los maizales famélicos, Mary Bee, tan hacendosa como hacendada, ha levantado con sus propias manos una granja que es la envidia de todos los vecinos, cuatro desharrapados y sus mujeres que llegaron pensando en la tierra de leche y miel que se les prometió a los errantes.



    Por razones que nos son hurtadas a los espectadores, Mary Bee vive soltera y sin compromiso. Tal vez quedó viuda en algún accidente, o fue abandona por un intrépido colono que al llegar a los páramos dio media vuelta a galope tendido. Mary Bee, que todavía es joven y goza de buena salud, busca matrimonio entre los escasos solteros del villorrio. No son precisamente el amor, ni el deseo sexual, los motores de su motivación conyugal. Primero porque Mary Bee vive bajo el estricto temor de Dios predicado por el pastor, y segundo porque esos hombres no son precisamente adonis caídos del cielo. Mary Bee busca un brazo que la ayude, una escopeta que la defienda, una compañía en las noches oscuras que amenizan los coyotes. Mary Bee es lo que nuestras abuelas llamarían un buen partido, pero los tontainas de Nebraska, al ser requebrados y requeridos, hacen un mohín de disgusto y responden que gracias, pero que no. Que prefieren irse al Este con el carromato a buscar esposa entre mujeres más sofisticadas y más guapas. En cada rechazo, Mary Bee, desconsolada, llora a lágrima viva en la soledad de su cabaña, y el espectador, que contempla el rostro de Hilary Swank dándole vida al personaje, empieza a sospechar que aquí hay un terrible error de casting. Hilary Swank no es precisamente la flor de la canela, si de belleza hablamos, pero no es, desde luego, una mujer desdeñable en esos aspectos. Conozco a un tipo en este villorrio mío, sin ir más lejos, que bebe los vientos por su hermosura algo hombruna, aunque de labios irrenunciables. Si Tommy Lee Jones, el director de la función, buscaba a una gran actriz para dar vida a la desgraciada Mary Bee, pardiez que la encontró. Pero el físico de Hilary no encaja, no se ajusta, y a partir de ahí, lastrada por el error, Deuda de honor se convierte en una bonita película, de paisajes majestuosos y poesía crepuscular, pero coja como un carromato de tres ruedas.



0

Juego de Tronos 6x05. Kinvara.

Estas semanas de atrás, en el mismo canal donde ponen Juego de Tronos, Iñaki Gabilondo ha entrevistado a los científicos más brillantes del planeta. Cuando ya no esté -que es un programa de título algo fúnebre- intenta averiguar cómo será el mundo dentro de veinticinco años. Gabilondo, cogiendo el testigo dejado por Eduardo Punset en Redes, ha hablado con genetistas, ingenieros, informáticos, y ha llegado a la conclusión de que en algunas cosas vamos a seguir como estábamos, muriéndonos de viejos y lidiando con las coberturas del Wifi, pero en otros asuntos, revolucionarios de no creerse, al mundo no lo va a conocer ni la madre que lo parió. Los coches se conducirán solos, nos calentaremos órganos de repuesto al microondas, y Leo Messi, regenerado muscularmente cada año con una terapia genética, seguirá jodiéndoles el siglo a los pocos madridistas que todavía queden, conversas ya las masas a la religión mayoritaria del dios Blaugrana.



    Ninguno de estos sabios, para nuestro pasmo, y para nuestro dolor, ha dicho ni media palabra sobre ese collar luciferino que llevan las sacerdotisas del Señor de Luz. Yo, en mi desconocimiento, pensaba que sólo Melisandre lucía este adorno de hexágonos engarzados, un adorno que hace cuatro semanas supimos que no era tal, sino un confundidor de mentes para ocultar la vejez y la decrepitud. Pero se ve que no, que lo llevan todas las sacerdotisas por igual, incluida esta tal Kinvara de mi vida, y de mis entretelas, que se ha presentado en Meereen para soltar unas cuantas profecías sobre el destino de los reinos. Si los antiguos valirios, con su tecnología medieval, fueron capaces de inventar un collar con tales prestaciones, no sé por qué razón, en el futuro próximo que exploraba Gabilondo, ninguna empresa tecnológica va a ser capaz de desarrollar algo parecido. No sé a qué esperan los ingenieros de Apple, o los de Samsung. O los de Nokia, que hace tanto que no se comen una rosca. Un conversor holográfico de mujeres feas en guapas (y de hombres feos en guapos), con una batería que durara al menos veinticuatro horas, y pudiera recargarse por la noche cuando todos los gatos son pardos, sería, sin duda, después de los noodles instantáneos, y del iPlus donde grabo mis cinefilias, el invento mayúsculo de este siglo. Y de los siglos venideros también. 



8

Juego de Tronos 6x05. Hodor.

Nunca he visto un episodio de Juego de Tronos doblado al castellano. Bueno, sí, una vez, durante quince minutos, hasta que el chirrido de las voces, el artificio de la suplantación, me obligó a regresar al idioma vernáculo de los Siete Reinos. Sé que suena a snob, y a pedante, esto de preferir los subtítulos a las voces, pero no lo digo por presumir ante los hombres, ni por hacerme el interesante ante las mujeres. Más bien todo lo contrario: estas preferencias culturales me cuestan amistades, e intereses presexuales, en este valle recóndito donde yo vivo, tan parecido a Invernalia en el frío, a Dorne, en el calor, al medievo en general, en su desdén por las lenguas bárbaras.
    No sé, por tanto, en la versión castellana, qué respondía el bueno de Hodor cada vez que le preguntaban por algo, o le pedían un sacrificio. Supongo que en vez de ¡Hodor, Hodor, diría ¡Joder, Joder!, que se le parece en la fonética, y que en muchos casos, además, sería la respuesta más lógica a tanto abuso y a tanta gilipollez.

- ¡Corre, Hodor, corre!
- Joder, joder...

- Carga al niño durante veinte kilómetros, Hodor
- Joder, joder...

- Hay que ver cómo está el patio de los Siete Reinos, ¿eh, Hodor?
- Joder, joder...

- ¡Sujeta la puerta, Hodor, sujeta la puerta, que tengo que arrastrar a Bran (que pesa más que yo, y encima hace peso muerto) para que esos zombis que antes han recorrido cien kilómetros no nos alcancen!. Ya sé que son miles, Hodor, empujando al unísono, pero tú, que eres un chicarrón del Norte, puedes conseguirlo...
- Joder, joder...






0

Abajo el telón

Franklin Delano Roosevelt -al que nosotros, en el colegio, llamábamos Franklin Delculo en un alarde de imaginación- fue un presidente de Estados Unidos que se vendió al capital como todos los que han sido desde que George Washington empuñara su fusil. Pero Delano, a diferencia de los demás, tuvo su momento de debilidad, su corazoncito de ser humano. A él le correspondió lidiar con el paisaje desolador de la Gran Depresión, y asesorado por economistas que hoy saldrían en la portada de El País o del ABC con rabos y cuernos, impulsó un vasto programa de inversiones públicas para que los desempleados, al menos, tuvieran una ocupación al levantarse cada mañana, y abandonaran el desánimo, y las cantinas, y los cenáculos del comunismo donde ya se cocía la revolución social de la América cabreada. Las agencias del gobierno reclutaron trabajadores para construir carreteras, desbrozar caminos, reconstruir escuelas...  Y también, en las oficinas culturales, actores que llevaran el teatro a los cuatro puntos cardinales del país, para entretener a las gentes, y enseñarles algo distinto a las monsergas de los religiosos. Algo muy parecido a lo que hizo nuestra II República con las Misiones Pedagógicas, y más concretamente, con la compañía de teatro La Barraca, que quiso desasnar con sus representaciones a los españoles de las mesetas y las montañas.




    A Delano Roosevelt, como a los republicanos españoles, se la tenían jurada las fuerzas conservadoras. Las gentes de mal vivir que diría el añorado Ivá. Ellos tenían a los rojos americanos por gente despreciable, y muy peligrosa, pero al menos los tenían confinados en las grandes ciudades, y dentro de ellas, en barrios culturales muy localizados y fáciles de vigilar. Pero soltarlos así, a los cuatro vientos de la geografía, como una plaga de langostas que predicaran la cultura y la concienciación política, era un antojo que no le iban a consentir al bueno de Delano. Es por eso que años antes de cazar las brujas en Hollywood, los garantes del orden lanzaron otra cacería muy olvidada contra las gentes del teatro federal. Una persecución que nos recuerda Tim Robbins en Abajo el telón, título improcedente que esconde el original Cradle Will Rock, que era la obra de teatro que Orson Welles, metido de jovenzuelo en estas movidas, iba a estrenar en Nueva York antes de que se desatara la reacción y se jodiera el invento. Muy estimable la película, y más estimable todavía, su valor didáctico.


0

Instinto básico

La primera vez que Catherine Tramell descruzó las piernas para dejar el potorro al aire todo sucedió demasiado rápido, y sin avisar. Los espectadores nos quedamos con una duda que habría de resolverse muchos meses después, ante el pelotón de los amigos, cuando el VHS de Instinto básico estuviera disponible en el videoclub, y pudiéramos practicarle la disección esclarecedora. Porque al salir de los cines unos decían que sí, que lo habían visto, el parrús, y otros decían que no, como en La Parrala, y que la sombra malhadada del muslo, y la proyección demasiado oscura de la película, sólo dejaba intuir lo que otros perjuraban haber admirado: el chumino de Sharon Stone. Que junto al coño de la Bernarda y al pubis de Marta Chávarri -muy famoso por aquel entonces- se convirtió en el conejo más comentado de España, por anhelado y fantasmal.



    Cuando llegó el VHS a los videoclubs, los cerdícolas y los cinéfilos -y los que éramos ambas cosas a la vez- nos abalanzamos sobre las estanterías sacando codos para que nadie pudiera cogernos la posición, como pívots de la NBA protegiendo el rebote. Pero al llegar a casa, y analizar la escena de marras con el pause y el step, las opiniones volvieron a dividirse: unos decían que sí, que lo habían capturado y congelado, el pitote de la Tramell, y otros, los frustrados, volvieron a decir que no, que el reino de aquel intramuslo seguía siendo un paisaje difuso, mal iluminado, envuelto en neblinas de deseo. Y tenían razón, estos últimos, porque la cinta de VHS, cuando la avanzabas fotograma a fotograma, sufría como una temblequera, y le salían rayajos horizontales, y la definición de imagen, que era una inmundicia que entonces nos parecía el paraíso porque no conocíamos otra cosa, no bastaba para discernir si aquella fruta afloraba o se escondía en los adentros.



    El asunto del asunto quedó en la indefinición perpetua, en la disputa sin vencedores. Con el tiempo llegaron muchos más chirris a las pantallas, a las decentes y a las indecentes, y el tomate de Sharon Stone se quedó en una discusión bizantina para treintañeros nostálgicos, y para cuarentones oxidados. Hasta que el otro día, en mi particular caso, me topé con Instinto básico en los canales de pago, y allí arriba, en la esquinita superior derecha, apareció un rótulo que decía HD. ¡High Definition, al fin! Veinticuatro años después de su estreno, los píxeles de la tecnología moderna iban a dictar sentencia definitiva. Sólo tuve que pulsar el rec y esperar... Y tengo que decir que sí: que está. Fugaz y rasurado, apresurado y juguetón. Pero está. Sin duda. El Santo Grial de la cinefilia. Y que tenían razón, por tanto, los entusiastas y los optimistas. Los que -se pongan como se pongan- no pudieron verlo con aquella tecnología antediluviana, pero tuvieron fe en su contemplación, y la sostuvieron durante años, y la defendieron contra viento y marea, hasta que los dioses de la alta definición descendieron sobre nosotros y les dieron la razón última. Caso cerrado. Y amén.


0

La vaquilla

Termino de ver La vaquilla y me asomo a la ventana para escudriñar los cielos. El sol ha caído varios grados en el horizonte, y el perrete no para de enredar entre mis piernas, así que cojo mi mochila, y su correa, y salimos a recorrer los senderos. En el ipod voy escuchando la propaganda comunista que Juan Carlos Monedero soltó el otro día en un akelarre de rojos muy peligrosos. Mientras remonto la primera cuesta exigente de la tarde, Monedero habla del complejo de la izquierda española, que nunca se atrevió a presumir de sus viejos logros, ni de sus viejos héroes. Entre los varios ejemplos que se le van ocurriendo, el profesor dice de pronto, como si hubiera conocido de antemano mi agenda cinéfila:

    "Los italianos hicieron Novecento, y nosotros nos tenemos que conformar con La vaquilla".



    Y ahí, de pronto, tras media hora de asentir a todo lo que Monedero predica y denuncia, me entra como un enfurruñe, como un disgusto, porque el profesor, aunque sea un hombre inteligente y culto, a veces se deja llevar por los prejuicios, y uno de ellos, archirrepetido en los últimos treinta años, es que La vaquilla fue una ocasión perdida para hacer la gran película española sobre la Guerra Civil. Que Azcona y Berlanga, en lugar de hacer escarnio de los vencedores y reivindicación de los vencidos, se pusieron como dos irresponsables a rodar una chanza, una broma sin ácido sobre cinco soldados republicanos que se infiltran entre las líneas franquistas para joderles la fiesta del domingo. Y qué esperaban, digo yo, Monedero y los otros rojos seculares. Azcona y Berlanga siempre fueron a su bola, a su género, y no iban a convertir La vaquilla en un documental sobre la batalla del Ebro, ni en un Novecento de cinco horas de duración que durmiera incluso a las ovejas más concienciadas. Además, qué quieren que les diga: a mí La vaquilla siempre me pareció una película radicalmente combativa, radicalmente política, aunque no usara la tragedia sangrienta ni la música grandilocuente para lanzar sus dardos, y sí el humor afilado y recoñón, que eran las especialidades de la casa. El retrato que Azcona y Berlanga hacen de los prebostes franquistas, y de los curas que les bendecían, no puede ser más hiriente, más ridículo, más deshumanizador. A veces la comedia resulta más guerrera que la tragedia en crudo. Ahí está el El gran dictador de Chaplin, el Ser o no ser de Lubitsch. ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, que a falta de otros referentes más enjundiosos, ha quedado como la gran película sobre la Guerra Fría, la que mejor retrató la locura, la insania, la psicopatía de sus responsables.


0

El bosque

Les tengo un poco de resquemor a las películas de M. Night Shyamalan, porque siempre me hacen quedar como un idiota ante las amistades, y ante los cuñados, mucho más perspicaces a la hora de adivinar esos desenlaces que a mí me dejan boquiabierto, como un niño engañado por un mago, pero que ellos, simplemente, recogen como confirmación de sus inteligentes deducciones. No es lo mismo saberse uno tonto en la intimidad del salón, a solas con la propia incapacidad para anticipar los acontecimientos, que verse humillado en la barra del bar, o en la mesa de la terraza, sometido al engreimiento de algunos fulanos despreciables, y a la sonrisa compasiva de las damas que te descartan sin dudar.



    Ahora que todos conocemos los finales de Shyamalan, el tiempo ha igualado a los listos con los tontos, a los genios con los mendrugos, y las películas del hinduamericano ya se ven con otra intención, y con otra perspectiva. Yo, por mi parte, he vuelto a pasearme por El bosque porque la otra tarde, en los canales de pago, me encontré con Bryce Dallas Howard jugando a la gallinita ciega en aquel poblado apartado del mundo, y el amor, como un impulso incontenible, me hizo pulsar el botón rec para ver la película completa otro día, y solazarme con su belleza pelirroja desde el comienzo. Sí, queridos lectores, y alarmadas lectoras: ha sido el sexo, una vez más, quien revestido de romanticismo ha vuelto a guiar mis pasos, y dictar mi agenda. Si esto fuera un blog serio, de ínfulas intelectuales y cosecha de sabidurías, lo suyo sería aprovechar El bosque para hablar de los miedos ancestrales del ser humano y tal y cual. Redactar un pequeño ensayo de antropología, y no describir -¡ otra vez!-  esta pelusilla con forma de corazón que ha vuelto a nacer en mi ombligo.



    Si les diré, por si me sirve de redención, que doce años después de El bosque ha llegado la hora de hacer un remake a la española: reconquistadas Madrid y Barcelona por las hordas comunistas de Ada y Manuela, quemados los conventos y ultrajados los Reyes Magos, un grupo de peperos irreductibles huyen de las ciudades para refugiarse en los montes de El Pardo, a esperar que escampe, cerca del palacio que antes vigilaba los destinos de Occidente. Elevados los setos y disimuladas las carreteras, allí construirán una utopía derechista de emprendedores exitosos y trabajadores esclavizados en la que estará prohibida, so pena de expulsión flamígera, el color rojo que trajo la desgracia a la civilización. El Bosque de la Esperanza (Aguirre), podría titularse. 



0

Los últimos días del Edén

Los últimos días del Edén habría sido un bonito título para estos escritos, porque ellos son, realmente, aunque parezcan una crónica de cinefilias y cinefobias, el relato de mis últimos días en el edén del vigor físico, de la lucidez intelectual, del escaso atractivo sexual que todavía engaña a las mujeres más bobas e incautas del ecosistema. Este blog, en esencia, es la adaptación muy estirada y muy verborreica de aquel famoso poema de William Wordsworth, en el que el poeta lamentaba no revivir el esplendor en la hierba, ni la gloria en las flores, pero  decía, al menos, contar con el recuerdo de las cosas bellas, que en mi caso son las películas de cada día, y las series que veo en las fiestas de guardar.




    Los últimos días del Edén cuenta las andanzas del doctor Robert Campbell en la selva amazónica, un Sean Connery de pelo canoso y guayabera sudada que cree haber descubierto el remedio contra el cáncer en una flor exótica que crece en las alturas. Para controlarle el gasto y aplacarle las locuras aterrizará a su lado Lorraine Bracco, una científica que enamorada al instante del caballero soportará estoicamente las incomodidades con tal de permanecer a su lado, y trincar, de paso, si la cura contra el cáncer fuera veraz, un pedacito de honor en los libros de historia, y un montoncito de millones en el negocio farmacéutico subsecuente. Los últimos días del Edén se estrenó en 1992, y recuerdo que por aquel entonces, aprovechando la coyuntura, entrevistaron a varios oncólogos para preguntarles cuándo estaría listo un remedio contra el cáncer. "Uy -resoplaron, como hablando de un futuro lejanísimo-. Veinte años por lo menos." Y así seguimos, veinticuatro años después, con la misma respuesta colgada en el cartel, como aquel "vuelva usted mañana" de las ibéricas ventanillas. Uno echaba cuentas en 1992 y pensaba reconfortado: entre que descubren la molécula, la prueban en ratones y ponen en marcha su desarrollo industrial, aún llego a tiempo para morirme sólo de un ataque al corazón, o de un trastazo con la bicicleta. Pero se ve que no, que el asunto de los tumores es aún más complicado. Y no te digo nada, si como cuentan en Los últimos días del Edén, el remedio definitivo crece en una selva remota amenazada por la deforestación, y por la sequía. Cuando muera el último árbol, y no queda mucho al paso que vamos los civilizados, apaga y vámonos. 



0

Juego de Tronos 6x04

Ya no sé si lo leí, si me lo contaron, si lo soñé en alguna terrible pesadilla, pero yo tenía la certeza de que Daenerys Targaryen jamás volvería a enseñarnos su cuerpo de alabastro, que dirían los poetas. Que la actriz que da vida y luz a su personaje, Emilia Clarke, había jurado en una entrevista que no volvería a posar desnuda por exigencias del guión. Que tampoco fueron tantas, la verdad, pero sí muy sonadas, y muy hermosas, y se habló de ellas largo y tendido en los foros más deslenguados de los televidentes, entrando al detalle, y sopesando los contornos, pero no por lascivia ni por rijosidad, sino para hacernos una idea cabal -y carnal- de la que sigue siendo candidata a ocupar el Trono de Hierro. Un asunto de cultura general, y de atención a los detalles, nada más. Pero se ve que estoy tonto, o que me informaron mal, o que mi pesadilla fue de las de aúpa, porque hoy, en circunstancias argumentales que no pueden desvelarse, Emilia Clarke, nuestra Daenerys, ha vuelto a despojarse de sus ropas para comparecer resplandeciente ante nosotros, Madre de Dragones, sí, pero al fin y al cabo Hija de la Naturaleza, y musa de Botticelli, si el florentino siguiera vivo para pintar sus damas desnudas que florecen.




    El que jamás se desnuda, ni delante de los espectadores ni en la intimidad de su alcoba, es el Gorrión Supremo, que lleva puesto ese saco de patatas como decían que Isabel la Católica llevaba puesta la ropa interior, pegado a la piel como una promesa, y lleno de manchas, y de mierda, y con un hedor que en Desembarco del Rey ya es motivo de chanza entre los juglares. El Gorrión es un fanático peligroso, sí, y un iluminado de la moral, pero cada vez que sale en pantalla para soltar el sermón, un pajarillo se despereza en mi pecho y se pone a piar alegremente. Ver a los Lannister y a los Tyrell postrados a los pies del Septón, pidiendo perdón por sus excesos, acojonados ante ese ejército de chalados que se alimentan de pan duro y compran sus túnicas en el Alcampo del extrarradio, es una pequeña satisfacción que alegra los días de este viejo republicano. 



0

La bruja

Cuando el Mayflower arribó a las costas de Nueva Inglaterra, y los puritanos repelieron a los primeros indios para desembarcar sus bártulos y cultivar los huertos, empezó la tragedia de los aborígenes de Norteamérica. Los europeos primero los sedujeron, luego los arrinconaron, y más tarde, con la llegada masiva de bocas que alimentar, los expulsaron más allá del Mississippi, hasta confinarlos en los Territorios Indios. Les despojaron de la caza, y de los pastos, y cuando osaron rechistar, los despojaron de la vida. De este genocidio sabemos muchas cosas porque lo vimos de chavales en las series de televisión, y en las películas del Oeste, y porque luego, de mayores, vimos documentales que desmitificaban a John Wayne y al Séptimo de Caballería, tan aparentes en sus monturas, y tan despiadados en sus motivaciones.



    Sin embargo, del genocidio que sufrieron los dioses autóctonos nunca se rodó una película, ni se hizo una serie de postín. Cuando en la tierra se produce un abuso cultural, en los cielos se produce un atropello paralelo, y los perdedores también son desterrados a las nubes menos apetitosas del amanecer.  En las alturas también hay un Territorio Indio donde Manitú se lame las heridas, y los dioses de la naturaleza se sientan alrededor de las fogatas a recordar los viejos tiempos. Los europeos trajeron a un dios crucificado que llevaba diecisiete siglos ganando batallas, y tras él, en procesión, llegó su corte de demonios, de dementes, de pecadores de la pradera que luego alimentaron los chistes de Chiquito de la Calzada. Donde llega el Bien llega el Mal a un solo paso de distancia, porque ambos son conceptos relativos que no pueden vivir sin su pareja. Como sucede en los matrimonios, o en las ligas de fútbol muy reñidas. Junto a Jesús, los puritanos de La bruja trajeron unos miedos muy negros en sus almas, y al desembarcar los soltaron por ahí, para que se infiltraran, y se reprodujeran, y al mismo tiempo que crecían el maíz y la patata crecían las brujas y los impíos, que tuvieron que refugiarse en los bosques donde antes reinaban las divinidades de los indios. Allí empezaron a montar sus akelarres, y a seducir a los perdidos, y todavía hoy, cuatro siglos después, siguen conspirando contra la América decente que vota al Partido Republicano, como Dios manda.  




0

Irrational Man

En Manhattan no hay tascas donde los jubilados juegan al tute o al dominó gritando "arrastro" o "seis doble" como salvajes que han perdido el oído. Lo que sí hay son grandes obras en la calle, rascacielos en construcción, o reparaciones en el metro, pero allí los jubilados no tienen por costumbre arremolinarse en su contemplación, debatiendo la calidad de los áridos, o la destreza de los peones. En la patria chica de Woody Allen los jubilados hacen ejercicio en Central Park, juegan al ajedrez en las mesas bajo los árboles y toman cócteles en esos locales del subsuelo que en España siempre hemos dedicado a las carbonerías, y en Valencia, cuando gobernaba el PP, a los colegios públicos. En ese magma de jubilados proactivos, Woody Allen ha encontrado el acicate para no dejarse llevar por la molicie, y cada año, tan puntual como las campanadas, o como el despido de un entrenador en el Real Madrid, vuelve a entregarnos una película que le ha llevado varios meses escribir, y varias semanas rodar y promocionar, para sobrellevar con dignidad la edad provecta.



    Es por eso que también, cada año, en este blog que tiene a Woody Allen en los altares, toca hablar de su nueva película. Y no siempre para bien, ay, porque Woody a veces se repite, y algunos de sus personajes empiezan a sonar a recursos manidos. A este profesor universitario de Irrational Man lo hemos visto muchas veces en su filmografía, encandilando con sabidurías y nihilismos a la chica más guapa del campus. Joaquin Phoenix se curra el jeto, y Emma Stone resplandece de belleza, pero el juego moral, y el jugueteo sexual, nunca termina de funcionar. O no hay química entre ambos, que puede ser, o yo estoy muy descreído de estas andanzas románticas. Yo, como el personaje de Joaquin Phoenix, también soy madurito, y tengo barriga, y suelto unos nihilismos muy bien trabajados sobre la futilidad de los empeños y el azar de los destinos, pero nunca veo, como en las películas de Woody Allen, que las jóvenes hermosas se acerquen a mí, a no ser para preguntarme la hora, con mucho respeto, o para preguntarme si van bien por el Camino de Santiago, porque éste pasa al lado de mi casa, y a veces, cuando salgo a pasear, alguna anglosajona bellísima se dirige hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja, y un pajarillo se agita en mi corazón, y se prepara para ser preguntado sobre el ser y la nada que escribiera Jean Paul Sartre,  cosa que en diecisiete años de interrogatorios jamás ha sucedido. "¿Camino okey, señor?"



0

Win Win

"Ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar", dijo Luis Aragonés en aquella rueda de prensa de la Eurocopa. Lo dijo cuatro veces, y con mucho énfasis, porque él era un entrenador prestigioso, y llevaba en volandas a un grupo de futbolistas excepcionales. En Win Win,  la película de Thomas McCarthy, Paul Giamatti es un entrenador de lucha libre que dirige a los alumnos más jijas de New Jersey, y por eso, cuando compite con los institutos del vecindario, en sus arengas sólo se atreve a repetir dos veces lo de ganar, win win, y con la voz muy bajita, porque ni él mismo se cree tamaña ensoñación.





    Estar casado con Amy Ryan debería ser motivo suficiente para encarar cada día con alegría, pero el bueno de Giamatti, en Win Win, vive asediado por las deudas, que no le dejan dormir, y por el peso insoportable de la pitopausia, que a veces le corta la respiración. Sus mañanas son un pequeño infierno que transita trabajando, y haciendo números con la calculadora, pero luego, por las tardes, encuentra el alivio enseñando rudimentos a esa panda de luchadores famélicos. Su equipo pierde un sábado sí y otro también, pero en la rutina del gimnasio, de la competición, de la charla con los chavales, Giamatti olvida los problemas pecuniarios, y la caducidad del organismo. Pero perder cansa, vaya que si cansa, y cuando Giamatti empieza a notar que esa pequeña ilusión también se le marchita, aparece en su vida Kyle, un adolescente problemático que destroza a los rivales sobre el tapiz sin apensas esforzarse. De la mano de Kyle llegarán las victorias, pero también innumerables problemas en la vida real,  y Giamatti, que le ha cogido el gustillo a eso de triunfar, tendrá que hacer malabarismos chinos entre su aprecio por Kyle y su vieja armonía sociofamiliar. Giamatti se verá envuelto en varios dilemas morales que son la enjundia de Win Win, esta película simpática, correcta sin más, que nada hacía presagiar que cuatro años después Thomas McCarthy nos regalara esa obra maestra de la investigación periodística que es Spotlight.



0

La gran comilona

Me senté muy animado a ver La gran comilona, porque de Ferreri y Azcona trabajando juntos yo tenía la grata experiencia de El pisito, y de El cochecito, tan celebradas en este mismo blog. El argumento de La gran comilona, además, es un anzuelo jugoso para los glotones que aún no hemos sufrido la pitopausia: cuatro hombres maduros, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, se reúnen en una vieja mansión a comer hasta reventar, o a follar hasta desaguarse, lo primero que llegue.
    Si el cielo de los hombres -que ha de ser, por fuerza, muy distinto al de las mujeres- es un banquete perpetuo con gachíes complacientes que se prestan a los tejemanejes, estos cuatro amigos han decidido que no hay mejor modo de suicidarse que anticipando el cielo en la tierra. Para qué seguir penando en este valle de lágrimas y de bostezos,  si uno cree a pies juntillas en el paraíso de los laicos, que es un complejo turístico en las nubes de Bespin con bufé libre, mujeres en pelotas y fútbol ininterrumpido. Un paraíso dirigido por el crápula de Lando Calrissian que dista muchos pársecs del prometido a los católicos, y a los meapilas, que pasarán la eternidad contemplando a Dios y escuchando recitales de María Ostiz. Y viendo partidos de pádel en Teledeporte, que es el único deporte homologado por la derecha cristiana.




    Si Comer, beber, amar era una película china de "sentimientos y emociones", La gran comilona -que bien podría haberse titulado Tragar, pimplar, joder- es una película francesa de homínidos que mastican con la boca abierta y se tiran pedos en cualquier rincón de la cueva. Una película escatológica, excesiva, que se va sobrellevando por las curiosidades del menú, y por las tetas que salpican la fiesta, sin que llegue en ningún momento la moraleja ni la sabiduría. Los personajes pasan dos horas en un hastío existencial que es paralelo al hastío de los espectadores. La gran comilona - de la que he pasado los últimos tres cuartos de hora con la tecla wind- es un experimento, una provocación, una gansada. Una gamberrada, quizá, a la que tratamos de sacar enjundia metafísica mientras Azcona y Ferreri, junto al bueno de Lando, se descojonan de nosotros en la Ciudad de las Nubes. 




0

United

A falta de mujeres, de millones, con el hijo criado y los amigos dispersos, he vuelto a invertir gran parte de la felicidad en mi equipo de fútbol, que cambia de rostros, y de suertes, y de mercenarios más o menos habilidosos, pero que siempre está ahí, cada fin de semana, y cada miércoles europeo, desde los tiempos de la infancia, como una eucaristía que promete la salvación del tedio y la resurrección de las pasiones, hasta que llega el lunes laboral y vuelves a morirte de asco.



    A todos los así infantilizados nos recorre un sudor frío cuando recordamos la tragedia del Torino en 1949, o la del Manchester United en 1958, y rezamos laicas oraciones para que el avión que lleva nuestras glorias deportivas no se estrelle en un aeropuerto de la Copa de Europa, o se desplome sobre un secarral de la Liga Española. Algunas noches, en la radio deportiva, mi equipo del alma despega hacia Madrid justo cuando me estoy quedando dormido, y en ese momento en el que apago la radio y me abandono al sueño pienso a veces, ya envuelto en neblinas: tal vez mañana, cuando me despierte y ponga la radio otra vez, estos tíos ya no existirán, desparramados en cualquier monte, o sumergidos en cualquier mar. Y a la presentida pena del ser humano que siente y se conduele, se une, con una vocecilla egoísta, la queja del aficionado impaciente, que echa cuentas sobre las semanas o meses que habrán de pasar hasta que el equipo se reconstruya, y vuelva a salir en la tele para ser ensalzado o insultado, según como vaya el resultado.




    United es la TV movie que cuenta la caída y auge del Manchester United tras su accidente aéreo en Munich. De cómo Matt Busby, el entrenador, y Bobby Charlton, la estrella emergente, ambos supervivientes de la catástrofe, hicieron de tripas corazón para devolver al United a la élite del fútbol británico y continental. Una película con mucha lágrima, mucha frase teatral y mucha música insidiosa. La triste constatación, una vez más -con la honrosísima excepción de The Damned United- de que el fútbol y el cine no mezclan bien. Son como dos placeres incompatibles, como dos amantes que no puedes llevarte a la cama al mismo tiempo. Ver fútbol en el cine es como intentar follar mientras comes una hamburguesa. La teoría es cojonuda, pero la práctica es disfuncional. Está visto que los dioses, tan cicateros, nos regalaron los placeres para disfrutarlos de uno en uno, y con anchos paréntesis de por medio. 



0

Nacional III

Esta misma mañana, en la radio bendecida por Dios, un locutor de mucho gracejo se lamentaba de que las hordas rojas se hubieran coaligado para las próximas elecciones generales, como si Atila y Gengis Kan hubieran juntado sus ejércitos en los Pirineos. Este señor, a pesar de su dilatada trayectoria, y de sus informadas amistades, aún no ha comprendido que la izquierda nunca podrá ganar en este país, y que si ganara, por el mero hecho de hacerlo, se diluiría automáticamente en una versión muy light y descafeinada, traicionada desde dentro, y amenazada desde fuera. Aún así, por si acaso, el locutor arengaba a sus oyentes para que evangelizaran a amigos y parientes, que siempre hay un memo en cada tertulia, y en cada familia. Luego -pero esto ya lo decía con la boca pequeña, y usando lenguajes figurados- animaba a las gentes con dinero a desinvertir en el país, en caso de tal, y justificaba que buscaran refugio en  países donde hay otra laxitud fiscal, y los buenos gobernantes son más comprensivos con el emprendedor.




    Horas después, en mi televisor, como si hubieran escuchado los consejos del locutor a través del espacio-tiempo, los marqueses de Leguineche, al fracasar el golpe de estado de  Tejero, decidían que había llegado su hora de abandonar España. Con los socialistas de Alfonso Guerra a punto de tocar el poder, y con el venerado rey borbón haciendo caso omiso de las advertencias, los Leguineche venden su palacio de Madrid, trincan la herencia de la nuera jamonera y urden cómo sacar un maletín lleno de billetes y joyas por la frontera francesa. Por aquel entonces no existían los billetes de 500 euros, ni las transferencias bancarias encriptadas, y la evasión de capitales era un delito que hacía mucho bulto, y levantaba muchas sospechas. Azcona y Berlanga, una vez más, creían estar haciendo comedia y esperpento cuando en realidad sólo estaban rodando una tragicomedia basada en hechos reales. Y anticipándose a los tiempos. No mucho después de que Luis Escobar y José Luis Vázquez se subieran al tren de Lourdes, familias de rancio abolengo empezaron a cruzar la frontera de Andorra con una frecuencia sospechosa, cargadas de billetes en fajos disimulados, en un sainete de idas y venidas que no se diferencia gran cosa de Nacional III, que es un descojono absoluto de rabiosa actualidad.


0

Juego de Tronos 6x03

Ya sé que es una perogrullada, indigna de un blog que pretende ser ocurrente y acerado, pero en Juego de Tronos hay demasiados personajes. Y en ese demasiados empiezo a colocar, ay, una carga peyorativa.  Da igual que el body count de cada episodio alcance cifras astronómicas. Éramos tantos, al principio, y tantas las abuelas que han parido desde entonces, que aún queda mucho tejido humano por cortar. Entre los Siete Reinos, los territorios de Ultramar y las pedanías que gobiernan los adláteres y los vasallos, hay vivos de sobra para seguir alimentando la máquina chacinera. Para más inri, los muertos de más allá del Muro ni siquiera se mueren. Además, como sucede ahora mismo en la historia de Bran Stark, puedes conocer a un anciano que viaje en el tiempo -como hizo Marty McFly con el doctor Emmett Brown- y regresar al pasado para visitar al pariente muerto, o conocer a los héroes que aparecían en las leyendas. Y por si fuera poco, ahí sigue la bruja Melisandre, contribuyendo a la resta cuando envía herejes a la hoguera, pero también a la suma, cuando se aviene a protagonizar el remake de Milagro en Betania, susurrando hechizos por la boca, y lanzando conjuros por los dedos, como si no fuera ya suficiente hechizo su escote lechoso, que a lo mejor he elegido mal el adjetivo, por no decir blanquecino, que sonaba a encalar paredes, o "de marfil", tan manido por los poetastros.



    Son muchos los personajes, sí, pero somos muchos más los espectadores. Juego de Tronos, para su mal narrativo, y para su bien económico, gusta a demasiada gente. Unos prefieren a Fulano, otros a Mengano, otros a Zutana. Algunos están aquí por la sangre, otros por las luchas espadachinas, otros por las titis rutilantes. Algunos, los menos, por las afiladas lenguas que hablan del poder y de la gloria. Los hay, también, que sólo ven Juego de Tronos para no quedarse fuera de las conversaciones en el cafelito del mediodía, o en la caña del aperitivo, del mismo modo que en la vida real otros permanecemos atentos a la Casa Borbónica para no quedarnos sin conversación cuando nos visita la mamá. Quiero decir, en definitiva, que somos muchos a contentar, y así es imposible que los personajes queridos tengan los minutos apetecidos. Yo, por mi parte, que soy el que suscribe esta queja, tengo que lamentar que lord Varys y Tyrion Lannister hayan devenido dos bufones de la corte, dos tiempos muertos de la refriega, dos segundones que nada más empezar su plática ven cómo Mamen Mendizábal les retira el micrófono por haber consumido los 59 segundos reglamentarios. "Y ahora damos paso a la niña ciega, que la van a moler a hostias otra vez, y luego será el turno del majadero de Ramsay, para que nos ponga sus ridículas caras de psicópata".


0

Sicario

A la filmografía del director Denis Villeneuve llegué, tengo que confesarlo, persiguiendo la imagen desnuda de Marie-Josée Croze, que era, y sigue siendo, una actriz bellísima que yo perseguía por las películas enamorado de sus talentos. La película canadiense que prometía su carnalidad completa se titulaba Maelström, y hace ya tres años que conté en este blog las peripecias de su búsqueda, y las glorias de sus contemplaciones. Luego resultó que la película era muy buena, oscura y retorcida, y apunté el nombre de su director para futuros encuentros que ya habrían de ser más cinéfilos que depravados. Desde entonces, y con la salvedad de aquella ida de olla titulada Enemy, el bueno de Denis nos ha ido entregando películas cada vez mejores, más turbias y complejas, y siempre le estaré eternamente agradecido a la belleza de Marie-Josée Croze por habernos presentado.



    Sicario cuenta las andanzas, muy violentas e ilegales, de un grupo de matones protegidos por EEUU que le hacen la guera sucia al narcotráfico mexicano. Estos tipos, desaseados y barbudos, pero certeros e implacables, pertenecen a la CIA, a la DEA, a los Navy Seals, qué se yo, porque todo es ultrasecretísimo, incluso para el espectador que sigue las operaciones con la atención secuestrada, porque Sicario, con su ritmo, con sus violencias, con sus paisajes hipnóticos, es una película que no te deja pensar en otra cosa, y mira que hay cosas para pensar en una tarde lluviosa de domingo, tan propicia a la melancolía, y al replanteamiento de la vida. El testigo que no recogió la segunda temporada de True Detective, lo ha recogido esta obra maestra de la ambigüedad moral, del bien y del mal enredados en un ovillo inextricable. Sicario ha cambiado los manglares del Mississippi por las fronteras del desierto, pero exhala los mismos aires malsanos, y la misma intención perturbadora. Que Benicio del Toro esté imponente en su doblez, y que Emily Blunt -esa mujer de los rasgos perfectos- esté imponenta en su honradez, ayuda lo suyo a que Sicario ya forme parte del Nuevo Testamento de la cinefilia.



0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com