La invitación

La pérdida de un hijo debe de ser un dolor insoportable. Inimaginable. Como una daga clavada en las entrañas que no puede extraerse ni aliviarse. Un padecimiento que está más allá de nuestra comprensión de padres afortunados, o de humanos no reproductores. Incluso en los tiempos anteriores a la penicilina, cuando se perdían la mitad de las camadas en enfermedades ahora remediables, el sufrimiento de los padres distaba mucho del estoicismo que a veces adjudicamos a los hombres antiguos, como si la omnipresencia de la muerte les vacunara en cada tragedia, y en cada despedida.  



    Para amortiguar el dolor la única solución es olvidar. Alejarse, alienarse. Enterrarse bajo varias capas de experiencias y negaciones, como los niños se entierran bajo varias mantas para ahuyentar a los monstruos. Los padres sufridores de esta película titulada La invitación encuentran su consuelo en la religión, en la creencia de un más allá de nubes algodonosas donde les espera el hijo perdido con los brazos abiertos. Antes de la tragedia no creían, no profesaban, pero ahora han caído en las garras de los buitres que sobrevuelan la desgracia ajena para alimentarse. Sectas, gurús, sacerdotes, curanderos del espíritu... Toda esa fauna. Eden y David han invitado a sus amigos para compartir cena, y cuchipanda, y estupendas noticias espirituales, allá en la casa apartada de las montañas que rodean Los Ángeles. No se nos especifica la situación concreta del retiro, pero el paisaje no parece muy distinto al de Cielo Drive, o al de Mulholland Drive, y con eso ya estoy dando demasiadas pistas sobre las desventuras sangrientas que se avecinan. Y es que no se puede abordar una película de terror, con sus misterios y sus giros imprevistos, sin meter la gamba, ni enfadar al personal. También es verdad que La invitación no se molesta mucho en tapar sus intenciones, y hasta sus intríngulis, desde el cartel que la promociona a los actores que le dan vida. No se puede contratar a Zodiac o al holandés de la mirada frenética para construir un juego de falsas bondades o de intenciones ambiguas. Y hasta aquí puedo denunciar...



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Happythankyoumoreplease

Happythankyoumoreplease es una película simpática, buenrrollista, de diálogos ingeniosos que a veces me provocan la sonrisa. Pero es una película que en realidad no me interesa gran cosa. Treintañeros muy talentosos y treintañeras muy guapas toman decisiones trascendentes mientras se revuelcan en las sábanas, dan largos paseos por las aceras y toman cervezas en los pubs acogedores de Manhattan. Como en una película de Woody Allen, en efecto, porque Josh Radnor, guionista y director del invento, se ve que es un admirador del maestro, y ha querido refrescar sus cuitas para el regocijo de  las nuevas generaciones. Y es muy estimable, su esfuerzo, y muy valorable, su película, pero su mensaje me llega muy tarde, y desde muy lejos. Qué tiene uno que ver con Nueva York, en la otra punta de la geografía, y con los jóvenes seductores, en la otra orilla de la edad, y de la apostura. Qué tiene uno en común con las anglosajonas, tan hermosas y tan rubias -o tan pelirrojas-, mujeres de quitar el hipo que sólo atisbo en las playas del Mediterráneo, las más descocadas, o en el Camino de Santiago, las más pías. En Happythankyoumoreplease reconozco el paisaje urbano de Nueva York, y el paisanaje humano de sus habitantes, porque uno, en cuarenta años de cinefilia, ha paseado virtualmente por sus calles cientos de veces, como el muñequito amarillo del Street View. Pero el universo vital de la película me resbala por la piel, patina por mis meninges, y siento que nada de lo que se cuenta me alude, ni me pertenece, en una ósmosis clausurada de mi empatía.




    He vuelto a ver esta película del título insólito sólo porque me tocaba mucho los cojones no recordar nada de su historia, cuando no hace ni cuatro años que la vi en los canales de pago. Llegué a dedicarle una entrada en los comienzos primerizos de este blog, una que luego borré por vergüenza, y por decoro, porque en ella sólo hablaba de lo guapa que era Fulana de Tal, o Mengana de Cual, como en el diario pajillero de un adolescente. He regresado a Happythankyoumoreplease para conocer el alcance exacto de mi desmemoria, como en un test psiquiátrico que yo mismo me aplico. Y los resultados han sido preocupantes. La película de Josh Radnor se me había evaporado del recuerdo como si nunca hubiera existido, y sólo la sonrisa de Kate Mara, y la cara de Zoe Kazan, porque soy un romántico incorregible, permanecían indemnes en el despropósito. Los únicos soldados en pie, entre los restos de la matanza.



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Yakuza

La amistad es un sentimiento más noble que el amor. Más elevado y duradero. Y sin embargo, en la literatura universal, y en la cinematografía mundial, por cada película dedicada a la amistad hay otras cien que versan sobre el amor y sus mandangas. El amor, despojado de baladas y trucos comerciales, sólo es el runrún de los genes, el chirrido de su engranaje. Un impulso polinizador que se agota a los pocos meses, o a los pocos años. O a veces ni eso. El amor es el engañabobos de la naturaleza.
    Alguno dirá: la amistad también es un valor ficticio. Un impulso cooperativo que viene dictado por el interés más calculado de nuestros genes. Y tienen razón, los inteligentes antropólogos. Pero la amistad, estarán conmigo, resiste mejor los análisis, y los embates del tiempo. Comparada con el amor, que se fragmenta al menor golpe, que se enturbia con la menor agitación, la amistad, la verdadera amistad, es una roca que sólo la traición o la muerte pueden disgregar.




    En Yakuza, la película de Sidney Pollack, las katanas y los mafiosos sólo son el marco violento que envuelve una gran historia de amistad. La que mantienen Robert Mitchum -que ha llegado a Japón para negociar un rescate y repartir de paso unas cuantas hostias- y Tanaka Ken, ex-ninja de gesto hierático al que Mitchum conoció en los tiempos de la ocupación, cuando los americanos, después de soltar las bombas atómicas, se paseaban por las calles de Tokio imponiendo la ley y el orden. Casi tres décadas después, el sentido del honor vuelve a unirles en su lucha contra Tono, jefe de un clan yakuza que no se parece ni en las pestañas a Tony Soprano. En Yakuza también hay una historia de amor, claro está, porque si no no sería una película de Pollack. En su regreso a Japón, Mitchum volverá a encontrarse con Eiko, la bella flor de la primavera con la que retozó siendo jovenzuelo, él vestido de militar uniformado y ella de geisha complaciente. Pero esta historia, que al principio parece el motor de la película, rápidamente palidece, y se apaga, y el personaje de Eiko pasa a ser un elemento marginal cuando empiezan los katanazos de verdad, y Mitchum agarra la escopeta y el revólver, y Tanaka Ken se despoja de las vestiduras para mostrar sus tatuajes de samurái, y Yakuza se transforma en un viejo western en el que las mujeres sólo estaban ahí por exigencias del guión, para entretener la espera de los verdaderos asuntos, que son el honor, el deber, la gratitud debida al amigo del alma. 


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Juego de Tronos 6x01

Mientras en el hemisferio norte vuelve a caernos encima la primavera, con su calor insufrible y sus insectos despiadados, en los Siete Reinos sigue amenazando el invierno que llega del Muro, con sus ventiscas de cagarse y sus muertos que reviven.
    Ha regresado, sí, Juego de Tronos, tras un año de dimes y una eternidad de diretes.  Y uno, por primera vez en cinco años, se presenta en este blog con los deberes hechos, y con los episodios puestos al día. Por fin voy a ser uno con la comunidad de frikis, con la legión de curiosos. Esta vez no pienso esperar a que salgan los Blu-rays para soltar mis opiniones desfasadas y carentes de interés. Voy a ser un televidente como los demás, ansioso, impaciente, apegado a la rabiosa actualidad de las intrigas palaciegas, y de las notas necrológicas publicadas en el King's Landing Post. Juego de Tronos, en esencia, es un gran culebrón sin venezolanos, y yo voy a ser una de sus marujas más fieles y enteradas. Me carcome la curiosidad, como a todo hijo de vecino, y además quiero leer la prensa con tranquilidad, por las mañanas, al encender el ordenador, y hoy en día eso es imposible si uno no está al corriente de la actualidad seriéfila, y también de la deportiva. Debajo de cada nuevo latrocinio del PP siempre ponen la última hazaña de Stephen Curry, y el último muerto de Juego de Tronos, sucesos que tienen lugar en la madrugada que yo he grabado en mis aparatos, a la espera de un respiro laboral, de una siesta satisfecha.



    Ha regresado Juego de Tronos, sí, y se nos ha quedado un poco cara de tontos, la verdad. No sé si los guionistas han insultado nuestra inteligencia o si han tenido la deferencia de ponernos al día. Porque nos hemos quedado donde estábamos, más o menos, estudiando la misma posición en el tablero de ajedrez (metáfora que me apropio tras haberla leído en todos los artículos de la prensa seria). Faltaban dos minutos para el cierre del episodio y apenas se habían movido dos peones intrascendentes en los extremos, avanzando por casillas aburridas y poco decisivas. Y entonces, cuando ya languidecíamos en los sofás, y hasta consultábamos el teléfono móvil de reojo, llegó el desnudo. El maravilloso desnudo del que ya habla todo el mundo, de una belleza singular, como corresponde a tan alta dama y a tan bella actriz. Un desnudo que estos hijos de puta de pronto nos roban, y nos trocan, y nos arrebatan del gozo, como un cambiazo de aquellos de Mortadelo, para dejarnos con la boca abierta, y la cosa destrempada, casi cercenada, en una sanguinolencia que sería muy propia de la serie.


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Yo, él y Raquel

"Las chicas hermosas destruyen tu vida. Es un hecho".
    Con esta sentencia del corazón partido comienzan las andanzas de Greg en Yo, él y Raquel. Greg es un chavalote que apura su último trimestre en el instituto americano. Es un personaje arquetípico que hemos visto cien veces en nuestras pantallas colonizadas por el Imperio: un adolescente tímido, desgarbado, que vive rodeado de amigos frikis y sueña con el amor de la chica guapa del instituto. Ella es Madison, una morenaza de sonrisa sempiterna y cuerpo de vértigo que cada vez que rompe las distancias lo descoloca, y lo aflige, porque sabe que jamás podrá optar a sus favores. Madison, además, tiene la desquiciante costumbre de tocarle el brazo mientras le habla, en un gesto de cercanía que en realidad es un gesto de desprecio, porque a los chicos atractivos ella jamás les tocaría así, y sólo se toma esas confianzas con los feos inofensivos que se harán pajas clandestinas tras el perfume.



    Greg sufre por su chica guapa porque es lo que toca a esas edades. Las chicas guapas nos rompen el alma en la adolescencia, cuando comprendemos que no son nuestras, que jamás serán nuestras, y a partir de ahí cada uno lleva su resignación como puede. Pero no es cierto, como afirma Greg, que las mujeres hermosas destrocen nuestra vida. Ellas son el recuerdo diario de que uno no ha nacido para grandes hazañas, ni para grandes conquistas. Pero nada más. Son como una china en el zapato, como un cilicio en el bajo vientre. Las mujeres que traen la verdadera tragedia son las otras, las que la suerte, la necesidad, la jeta propia, seleccionan para enamorarnos. Son ellas, las feúchas simpáticas, las guapillas agradables, las que van a rompernos el corazón cuando nos dejen, o cuando no tengamos más remedio que dejarlas.  Las chicas como Raquel, la Raquel de la película, la moribunda Raquel de los ojazos que comprenden y sonríen y enfrentan la vida con lucidez. Esas chicas en las que uno nunca se fijaba al pasar, porque sus rostros no brillaban, ni sus pechos rebotaban, ni sus piernas escandalizaban, pero que un buen día, o un mal día, por el azar de una convivencia o de una maldita enfermedad como la de Raquel, se cruzan en nuestra vida para tentarnos con el amor y dejarnos convertidos en guiñapos.



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Tamaño natural

El machismo y la misoginia son dos actitudes que la gente suele confundir con mucha frecuencia. Y no entiendo la razón, porque son dos términos casi antagónicos. El machista es un chulo incorregible, un despreciador de mujeres, un altanero de la testosterona. El misógino, por contra, es un tipo apocado, empequeñecido, que contempla el universo femenino con una mezcla de asombro y miedo, como quien se asomara a la fauna abisal, o a los aliens del Universo. El machista se considera por encima de la mujeres, mientras que el misógino se sabe inferior a ellas, seguro de pertenecer a una subespecie homínida que evolucionó algo más tarde, y no del todo: más fea, más velluda, menos inteligente.



    Dijo una vez Luis García Berlanga a propósito de su misoginia:
    "La mía es compleja, enrevesada, y no va nunca por el lado machista de pensar que la mujer es un ser inferior que está mejor fregando en casa. Todo lo contrario: ojalá fuese así."

    Y otro día dijo Rafael Azcona, su compañero de películas:
    "A mí lo que me pasa es que no entiendo a las mujeres y ya está. Yo no entiendo el chino: ¿se va a colegir de eso que yo creo que los chinos son inferiores o que los odio?

    Dos tipos así tenían que parir tarde o temprano una película como Tamaño natural, que es la quintaesencia del misógino que ha renunciado a las mujeres y ha decidido compartir su amor, y su tiempo, y su pene todavía inquieto, con una muñeca de látex importada de Japón. Ni que decir tiene que sobre Tamaño natural cayeron y siguen cayendo críticas demoledoras, e insultos exacerbados. Pensar que la película trata de un hombre que considera a las mujeres como objetos, y que para no perder más tiempo decide comprarse un objeto en forma de mujer, es no haber entendido nada. Y no haber entendido nunca a dos tipos como Berlanga y Azcona. El personaje de Michel Piccoli ama tanto a las mujeres que no soporta no entenderlas, no aguantarlas, no estar a la altura de sus exigencias, y prefiere abandonarse al amor loco por su muñeca, donde ya no existen los complejos ni las contradicciones. Tamaño natural es la fantasía de un hombre atormentado, no de un espíritu vacío de sentimientos. Una película que se les fue de las manos a mis queridos amigos, aburrida y redundante, casi más fetichista que sentimental. Un resbalón en su filmografía que sólo tengo en mi videoteca porque en su tiempo levantó ampollas entre los meapilas y las exaltadas, y eso ya me complace, y me sirve de acicate para revisitarla de vez en cuando.



Michel [a su muñeca]: ¡Pues claro que te quiero! Te quiero, cariño, aunque estés hecha de poliuretano. Además, ¿qué diferencia hay entre el poliuretano y el tejido celular? Sí, hay una: el tejido celular siempre quiere un yate.

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¡Vivan los novios!

¡Vivan los novios! es la película más incomprendida del dúo Azcona-Berlanga. A finales de los años 60, cuando las películas de españoles persiguiendo extranjeras se convirtieron en un subgénero patrio -uno que llenaba los cines porque el personal contemplaba chicha de calidad y se veía reconocido en las excitaciones-, Azcona y Berlanga, hartos de hacer películas que triunfaban en los festivales pero no en las taquillas, decidieron apuntarse a la moda y rodaron la desventura sexual de Leo Pozas, un empleado de banca que justo en la víspera de su matrimonio con una española como Dios manda -feúcha, católica y marimandona- descubre el universo carnal de las guiris en bikini y comprende que ya es demasiado tarde para él. Que se ha equivocado de edad, de religión, de país de nacimiento. Que ha tenido que llegar al borde del barranco para comprender que su matrimonio, efectivamente, es un abismo por el que caerá nada más poner el primer pie. Que tras el primer polvo nupcial, y los muy escasos que esa tirana reseca le permitirá celebrar en la luna de miel, le espera una vida de hombre enjaulado, de pajillero clandestino, de soñador entristecido de mujeres verdaderas.



    ¡Vivan los novios!, como no podía ser de otro modo, fue un fracaso en taquilla. Aunque había tintes de comedia, y apuntes de astracanada, y salían unas suecas de silueta muy estimable, a Azcona y a Berlanga, incapaces de traicionarse a sí mismos, les salió una película negra, dolorida, patética en el dolor desgarrado del pobre Pozas. Los que iban a reírse se quedaron con la sonrisa congelada, porque José Luis López Vázquez, en efecto, con su calvicie y con su corta estatura, caminaba con los ojos desorbitados, y casi dislocados, por la playa de Sitges, persiguiendo escotes y nalgas con la mirada, pero su infortunio sexual movía más a la pena que a la carcajada, más a la piedad que al aplauso. Los espectadores querían reírse de sí mismos, pero no contemplarse a sí mismos, que es una cosa diferente, y en el desgraciado Pozas encontraron alguien que les recordaba sus propias frustraciones, sus propias claudicaciones, y decidieron condenarlo en la taquilla, y sumirlo en el olvido, como si nunca hubieran visto su película, hasta tal punto que ni siquiera hoy en día está disponible ¡Vivan los novios! en DVD.



    Posdata. En ¡Vivan los novios! aparece una de las actrices más hermosas que uno ha visto jamás. Su nombre es Jane Fellner, e interpreta a la pintora irlandesa de la que se enamora sin remedio nuestro amigo Pozas. La he buscado en internet, con libidinosa curiosidad, para saber qué fue de ella, y a qué hombres afortunados hizo felices, pero sólo consta como actriz en esta película. El resto es silencio. En Youtube, en un corte de cuatro minutos, otro hombre enamorado de ella le ha rendido un sentido homenaje: Sexy and attractive Jane Fellner. El tal Josep, el amigo Pozas, y el que esto suscribe, hemos caído bajo el mismo embrujo de su belleza, y de su misterio.




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Cine y aspirina

En el libro Memorias de sobremesa, Rafael Azcona contaba cuál era su remedio contra los males del cuerpo, y del alma:
    "Cuando noto que me ronda el resfriado, me tomo una aspirina y me meto en la cama. Cuando me ronda una depresión veo Una noche en la ópera. Excelentes resultados de ambos remedios".
    Es exactamente lo mismo que yo hago, cambiando la aspirina por el paracetamol efervescente, que obra en mí maravillas, y cambiando Una noche en la ópera por las obras maestras que bendicen mi estantería, y que son los santos laicos y las vírgenes desvirgadas que yo expongo allí para rezar mis oraciones, y aplacar mis sufrimientos. A veces, por supuesto, también encomiendo mi espíritu a Una noche en la ópera, pero algún día habrá que confesar que las películas de los Marx siempre se ven con el mando a distancia en la mano, buscando los momentos divertidos entre los números musicales de los hermanos y las canciones chorras de los enamorados.



    Al leer los remedios de Rafael Azcona, uno ha recordado inmediatamente a su querido Woody Allen, que en Hannah y sus hermanas, desesperado de la vida, entraba en un cine de Manhattan y encontraba el consuelo y la sonrisa viendo Sopa de ganso, justo cuando los hermanos Marx hacían diabluras en la conferencia de paz entre Freedonia y Sylvania. Mickey, el atribulado alter ego de Woody Allen que sufría una pérdida auditiva y temía estar condenado por un tumor cerebral, encontraba en la película un motivo para la esperanza, o al menos, para la serena resignación.
    Azcona, Allen, este humilde escritor que rinde cuentas a diario en un blog que nadie lee... No nos une, por desgracia, el genio creador, y con Rafael Azcona, el pobre, ya ni la vida, pero los tres, cada uno en su dimensión de la existencia, compartimos la misma pasión por el cine, que es el bálsamo de nuestros dolores y la salvación de nuestras penurias. Sin él la vida sería un asunto insípido, tortuoso, difícil de digerir.



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La familia Savages

Cuando pasaron por los cines el tráiler de La familia Savages, los responsables de la empresa distribuidora -no sé si de motu propio o si azuzados por los americanos- quisieron convencernos de que esto era una comedia en la que dos hermanos estúpidos se hacían cargo de su anciano padre y corrían mil tribulaciones por las residencias y los asilos. Dos hermanos y un viejais en lugar de Tres hombres y un bebé. A uno, la verdad, le extrañaba que Philip Seymour Hoffman participara en semejante proyecto, pero también es verdad que los actores, por lo general, tienen vicios muy caros que pagar, y despensas que llenar con alimentos, como todo hijo de vecino. Es por eso que un año después, cuando pasaron La familia Savages por los canales de pago, uno la descartó como quien espanta una mosca, o ahuyenta un cuñado, porque la vida es breve, y las películas muchas.






    Pero llegó la tarde del gran aburrimiento, de la lluvia en la ventana, y en un acto suicida le concedí una oportunidad a la película. Y ahí, para mi asombro, y para mi solaz, descubrí que la tontería que el tráiler sugería no era tal. En La familia Savages había humor sí, pero eran cuatro gotas muy dispersas, y muy caras, como de Chanel nº5, puestas ahí para darle respiro a esta historia tristísima, desoladora, del anciano moribundo al que los dos hermanos tienen que internar en el asilo, azuzados por la culpabilidad, y espantados ante el espejo de la propia muerte. Del mismo modo que en el colegio aprendimos que el reino de las cosas se dividía en animal, vegetal y mineral, en La familia Savages se postula que el reino de las compañías se divide en plantas, animales y seres queridos. Y que cuanto más bajamos en el escalafón de los afectos, menos nos duelen las pérdidas, y viceversa. No es casual que Wendy Savage tenga que cuidar al mismo tiempo de su ficus, de su gato y de su padre, para entender la diferencia. 



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Las aventuras de Jeremiah Johnson

Mientras veíamos El renacido en la sala de cine, y nos dejábamos seducir por la belleza de los paisajes, y por la épica de las venganzas, los cinéfilos teníamos la molesta sensación de estar viviendo un déjà vu. La película de Iñárritu es notable, y muy digna, asombrosa en un sentido fotográfico, pero ha nacido con el pecado original de las películas que ya estaban hechas, y muy bien hechas además. El mismo año en que nací, hace ya la friolera de cuarenta y cuatro años, Sidney Pollack estrenaba por el mundo alante Las aventuras de Jeremiah Johnson, que es la historia de otro hombre rubio -en este caso Robert Redford- que abandona los pesares de la civilización para adentrarse en las Montañas Rocosas y encontrarse a sí mismo lejos del mundanal ruido. Si en El renacido todo es épico, intenso, trascendental hasta el desgarro, en Las aventuras de Jeremiah Johnson se respira la poesía, el cinismo, el sentido del humor incluso, aunque su guión cuente desgracias parecidas y sus protagonistas se lleven hostiazos similares. Iñárritu quiso hacer una película tan real y tan cruda que la volvió inverosímil, y algo antipática en el recuerdo, mientras que Sidney Pollack, más ligero, y menos intenso, consiguió una obra maestra que resiste el paso del tiempo como una roca.



    Tendrán que pasar otros cuarenta y cuatro años para saber qué poso nos dejará El renacido, pero creo que entonces, cuando yo viva rodeado de jovencitas exuberantes que perdonarán mi rijosidad a cambio de mi riqueza, seguiremos echando la lágrima, y la simpatía, por el personaje de  Jeremiah Johnson, y no por los desgarros interiores y exteriores del explorador Hugh. Hugh es un tipo colérico, obsesivo, un fulano que domina las artes del sobrevivir con una suficiencia que nos acompleja a los urbanitas que alguna vez, en nuestras locas fantasías, hemos soñado con mandarlo todo a tomar por el culo e ir a vivir a la naturaleza agreste, con las cabras, y con los champiñones, cerca de un algún pueblo donde exista una farmacia con tiritas y un bar donde nos pongan el partido del Madrid por la parabólica. Jeremiah Johnson, a diferencia de Huhg, es un tipo más cercano, un autodidacta de la subsistencia, un morituri en potencia que va aprendiendo los oficios gracias a las enseñanzas de otros tramperos. Como harían con nosotros, en caso de tal, los pastores de los montes, y los hippies de los pueblos recolonizados, que es lo más parecido a Jeremiah Johnson que nos queda en los montes de Invernalia. Los soñadores de aventuras, lanzados al monte, siempre tendríamos al buen Jeremiah en nuestras oraciones, y un póster de su película, decorando la cabaña. 




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El verdugo

El verdugo, la obra maestra de Rafael Azcona y García Berlanga, fue aplaudida por el antifranquismo como una comedia negra que protestaba contra la pena de muerte. Los críticos del régimen tomaron la historia de Nino Manfredi como una excusa muy hábil para darle caña al franquismo, y retratar la inmoralidad de las leyes, y la podredumbre del sistema. Azcona y Berlanga fueron considerados dos santos laicos que habían liado a los censores con los fuegos artificiales de los asuntos sexuales y los exilios a Alemania -prohibidísimos por entonces en los guiones- mientras cebaban con pólvora los otros cañones de la pena capital.



    Es indudable que Azcona y Berlanga se posicionan contra la pena de muerte, y que dejan caer su crítica en un par de gestos que tienen un humor más macabro que negro. Pero tengo la impresión de que sobrevuelan la polémica como queriendo pasar rápidamente a lo sustancial, que es otra cosa. Y aunque puede argumentarse que se vieron obligados a ello por la censura, creo que a estos dos tunantes -más antropólogos que políticos, más biólogos que filósofos- lo que les interesaba de verdad era hablar de la maldición del trabajo, del hombre atrapado en el matrimonio. De la perra suerte que le espera al homínido que se deja llevar por los instintos genitales y luego se ve atrapado en las responsabilidades derivadas. Que Franco era un militar carnicero o  que la pena de muerte era una práctica del Medievo son dos evidencias que no necesitaban mayor explicación. Azcona y Berlanga, más inteligentes que todo eso, dan el asunto por archisabido y lo utilizan como telón de fondo para su intención verdadera. Aquí lo que importa es que hay un piso precioso en Madrid, amplio, luminoso, con vistas a la sierra de Guadarrama, y que si José Luis no hereda el oficio de su suegro todos tendrán que regresar al piso de mala muerte, a malvivir de su parco sueldo en la funeraria, mientras otro hombre, quizá más valiente, quizá más práctico, aprieta el garrote vil de los condenados para que sea su familia la que disfrute de las vistas, y de los aires benéficos. Un asunto socioeconómico, en un último término, si es que en la vida no es todo socioeconomía, como predicaba el abuelo Karl. 



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El pisito

A finales de los años 50, en Madrid, cuando todavía no habían llegado las suecas ni los Beatles a ponerle maquillaje al nacionalcatolicismo, se cruzaron los periplos vitales de Rafael Azcona, exiliado de Logroño, y Marco Ferreri, representante de una marca italiana de objetivos fotográficos. Azcona y Ferreri se conocieron en los cafés literarios, en los mundillos de la cultura, y rápidamente se descubrieron como personalidades afines, proclives al humor negro y al retrato vitriólico. Entre que Azcona buscaba nuevas formas de expresarse y que Ferreri siempre tuvo interés en hacer cine,  los dos amigos -uno que jamás había escrito un guión y otro que jamás había dirigido una película- eligieron un relato que Azcona había escrito para La Codorniz y lo convirtieron en El pisito, que es una película que parece del neorrealismo italiano pero que está filmada en Madrid, y que contiene una carga de humor ácido, y de mala leche ibérica, que hubiera espantado a los mismísimos Rossellini o De Sica.



    Petrita y Rodolfo, a punto de cumplir los cuarenta años, son novios desde tiempos inmemoriales, pero jamás han tenido el dinero ni la decisión para comprarse un piso. La censura de la época nos impide conocer su vida sexual, que suponemos escasa y atribulada, practicada de estraperlo en picaderos aparcados o en pisos ajenos que quizá les presta un amigo del trabajo, como hacía Jack Lemmon en El apartamento. Así las cosas, desesperados ya del magreo clandestino, y de la vergüenza social de los solteros, deciden que Rodolfo se case con doña Martina, la inquilina del piso donde éste malvive de realquilado. De este modo, cuando Martina muera - y la pobre ya es una anciana con un pie y medio en la tumba-  Rodolfo heredará su contrato de inquilinato, y Petrita verá cumplido su sueño de convertirse en ama de casa. Pero ay, de los pobres. que siempre fracasan en sus planes enrevesados y algo malévolos, porque doña Martina, rejuvenecida por el matrimonio, se resiste a abandonar este cochino mundo, y ese decadente piso, y Petrita y Rodolfo, resignados a su perra suerte, tendrán que seguir contando los días en el calendario mientras se vuelven más viejos, y más gordos, y más feos, y el antiguo amor empieza a evaporarse siguiendo las rigurosas leyes de la edad.



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El cochecito

Hace un mes que adopté a mi perrito Eddie, y estas mañanas de nueva rutina, cuando lo saco a hacer sus abluciones, me encuentro con una vecina que lleva a su hijo al instituto. En coche. Sólo quinientos metros separan su domicilio del centro escolar, y el chaval, ya crecidito, no padece ninguna minusvalía física que se sepa, ni ningún sentido trágico de la desorientación. El primer día que los vi pensé: "Será que está buena mujer va a trabajar a la misma hora, y que el instituto le pilla de camino". Pero quince minutos más tarde, cuando yo regresaba del paseo, ella estacionaba de nuevo frente al portal. Llevamos un mes en este plan, coincidiendo en silencio, y no hay que ser Sherlock Holmes para deducir que esa familia es un poco disfuncional. Siempre que los veo subirse gravemente al coche, como si fueran a emprender un viaje de quinientos kilómetros, me acuerdo de aquella frase que escribió Bukowski en sus diarios cuando conoció las escaleras mecánicas en unos grandes almacenes:

    "Dentro de 4000 años no tendremos piernas, nos menearemos hacia delante usando el culo..."




    Esta noche, viendo El cochecito, me he acordado de mis vecinos motorizados, a los que mañana volveré a encontrar cuando Eddie levante la patita. En El cochecito, que es la segunda película que firmaron juntos esos dos guasones del humor negro llamados Azcona y Ferreri, don Anselmo es un jubilado que teme quedarse sin amigos porque su íntimo compadre, ahora impedido, se mueve por Madrid con un cochecito de minusválido, y se ha juntado con otros "ángeles del infierno" para ir de correrías por el centro, y por la Casa de Campo. Don Anselmo, al que da vida el impagable Pepe Isbert, está más sano que una manzana, y sus familiares, con buen criterio, no ven la necesidad de gastarse un pastón en el capricho. Le advierten que si deja de caminar se le van a anquilosar las piernas, pero el vendedor de los cochecitos, un ortopedista que se está forrando con el invento, le convence de que ahora lo moderno es ir a todos los sitios sin caminar, y que en el año 2000 ya nadie va a necesitar las piernas para nada. Azcona y Bukowski, tan lúcidos, anunciaron al hombre nuevo en sus escritos. Uno que está muy lejos de aquel superhombre que vislumbró Nietzsche antes de volverse loco, en el otro cambio de siglo. El hijo de mi vecina es el infrahombre que fue predicho por el ortopedista, y por el borracho literato. 


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Hablar

España, en agosto, como dice el personaje de Juan Diego Botto en Hablar, echa el cierre. Se paralizan los negocios, las administraciones públicas, y también, durante el día, las bocas parlantes, porque a esas horas hasta las lenguas permanecen quietas, a la sombra del paladar, no sea que el esfuerzo provoque ríos de sudor. Qué va a decir uno, además, cuando el calor sofríe las seseras, y sólo se pueden musitar jaculatorias para que llegue la noche, y ese cabrón amarillo se esconda en el horizonte para decepción de los guiris, y alegría de nosotros, los norteños de Invernalia.



    Hablar, la película de Joaquín Oristrell, está construida en un sólo plano secuencia que persigue a varios personajes en la noche agosteña de Madrid. En el marco incomparable de la plaza de Lavapiés las gentes se buscan, y se rehúyen, y todas buscan una terraza fresquita para tomarse una caña, y en tales afanes hablan por doquier, por los codos, y se dicen todo lo que no hablaron durante el día, con la lengua ya cabalgando a rienda suelta. Oristrell ha querido construir un mosaico social, un zoológico hispano, y las historias entrecruzadas aprovechan la circunstancia para criticar el estado actual de las cosas, y llamar a la concienciación, y a la rebeldía de los votantes. Pero esto es agosto, no lo olvidemos, y en agosto las gentes, aunque protesten, están en realidad a otra cosa, porque la cerveza es barata, y las tapas generosas, y las mujeres van muy guapas con sus vestidos livianos, y los extranjeros se deshacen en elogios por nuestro país, que viva el sol y la sangría, y a los españolitos, entre que se dejan seducir por los piropos y que tienen el cerebro recocido por el sol,  la vida ya no les parece tan injusta, ni tan arrastrada. Por eso, en Hablar, también hay historias de amor, y de desamor, y hasta un bailaor que le dedica una seguidilla, o una soleá -que no tengo ni idea- al cobro de un cheque bancario. Porque no todo va a ser follar, como cantaba el maestro Krahe, pero tampoco va a ser todo protestar, que también hay que vivir, y que ver una película de vez en cuando. 



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Memorias de sobremesa

Uno de los libros más queridos que guardo en mi biblioteca es Memorias de sobremesa, un libro de conversaciones que compila las muchas tertulias comensales que hace muchos años, en un restaurante muy lejano de Madrid, sostuvieron Ángel S. Harguindey, Rafael Azcona y Manuel Vicent.



    Unos ya calvos y otros ya canosos, los tres amigos se dedican a recordar el Madrid de la posguerra, del desarrollismo, de la transición, contando mil y una anécdotas personales y mil y una ocurrencias al borde de la filosofía. Estos mosqueteros de la lengua afilada hablan del amor, de las mujeres, del cutrerío nacional, y son la pura descojonación cuando toca reír, y la pura sabiduría, cuando toca reflexionar. A veces también hablan de cine, y Rafael Azcona aprovecha para contar sus pinitos como guionista, sus aventuras italianas con Marco Ferreri, sus colaboraciones fructíferas con García Berlanga. De vez en cuando, para explicar sus puntos de vista, que siempre fueron muy personales y muy descreídos, Azcona echa mano de su chistera inagotable de anécdotas. Esta que transcribo viene a decir que el cine parece un asunto muy serio que da de comer a sus realizadores, y entretiene mucho a sus espectadores, pero que en realidad sólo es un subproducto de la obsesión humana por procrear. Un instrumento cultural al servicio del fornicio.
    "En cuanto al cine en particular podrá ser todo lo séptimo arte que se quiera, pero no me olvidaré nunca de un artículo que publicamos en La Codorniz. Se titulaba algo así como "La invención del cinematógrafo", y sostenía que cuando los hermanos Lumière inventaron el cine lo inventaron mal, pues las películas se proyectaban sin apagar la luz de la sala y al cine no iba nadie; el éxito del cine, según el autor de aquel artículo, empezó el día en que, atendiendo al clamor de los novios que pedían que se apagara la luz, los hermanos Lumière se decidieron a apagarla".


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El desafío: Frost contra Nixon

¿Se imaginan a Carlos Sobera, en horario de máxima audiencia, encorbatado y serio, preguntándole a José María Aznar por qué mintió sobre las armas de destrucción masiva, o sobre la autoría de ETA en los atentados del 11-M? Algo así, aunque parezca ciencia-ficción, fue lo que sucedió en 1977 cuando el periodista David Frost, previo pago de una cantidad indecente, logro que Richard Nixon accediera a ser entrevistado en su retiro de California. Frost era un showman que presentaba programas de variedades en la televisión británica, o en la australiana, según donde surgiera el contrato, y cuando le entró el afán de entrevistar a Richard Nixon nadie se lo tomó en serio. Tuvo que rascarse hasta la pelusilla de su propio bolsillo para que el dimitido presidente, que al parecer vivía obnubilado por el dinero, accediera a ser interrogado por los asuntos espinosos del Watergate o de la guerra del Vietnam. "A este tolai nos lo comemos crudo", debieron de pensar sus asesores, que sopesaron el mucho dinero que iban a ganar y el bajo riesgo que iban a correr y accedieron al acuerdo.




    Lo que luego sucedió en "La Casa Pacífica" ya es asunto de dominio público, y si no lo es, es un spoiler como una casa, así que no voy contar nada de los mamporros dialécticos que allí se lanzaron. Frost contra Nixon es una gran película, de actores soberbios y diálogos acerados, y además sale Rebecca Hall en un papel que no aporta nada a la trama, pero que nos deja muy contentos y resalados con su belleza. Sin embargo, uno termina de ver la película con una sensación molesta, porque se nota, se siente, que Ron Howard simpatiza con el expresidente, y no me sorprende leer en alguna entrevista que él mismo reconoce haber votado a Tricky Dicky. Y qué quieren que les diga: simpatizar con un sociópata que ordenó bombardeos masivos sobre la población de Camboya, o alargó una guerra innecesaria por motivos puramente electorales, es una cosa que tiene poca excusa, y muy poco perdón, por mucho que Frank Langella, en portentosa exhibición, acaricie a los perretes o ponga caras de contrición.



    Pero hay que reconocer que es muy hábil, el padre de Bryce Dallas, porque yo mismo, en el último diálogo de la película, también me dejo llevar por el tonto humanismo, y siento un asomo de piedad por el personaje cuando éste le confiesa a David Frost su error mayúsculo en la vida. Que no fue espiar a los demócratas, ni asesinar a los "charlies", porque para eso siempre encontró una justificación en su autoridad presidencial, o en el respaldo del designio divino.
    - No tiene ni idea, señor Frost, de lo afortunado que es usted por gustarle la gente. Por gustarle usted a ellos, por tener esa facilidad, esa luminosidad, ese encanto. Yo no los tengo, nunca los he tenido. Me pregunto por qué elegí una vida que dependía de gustar a los demás. Quizá usted debió ser el político, y yo el entrevistador riguroso.




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Turistas en mi playa XVI

La últimos pornógrafos descarriados que han caído en mi blog son gente muy variopinta, con intereses sexuales muy concretos, casi fetichistas.
    El primero de ellos me preguntó por unos "fisioterapeutas que llevan a cabo final...", confundiendo, creo yo, el noble oficio del fisioterapeuta -que pone en orden los músculos y las articulaciones- con el noble arte del masajista, que es el oficio que seguramente mi lector buscaba, y que tiene connotaciones más estimulantes y recreativas. Y mucho más si ofrecen ese final con puntos suspensivos que él anhelaba. Si este querido amigo ha confundido mi blog con una página de anuncios, yo, educadamente, le indicaré el camino hacia sus anhelos, pero si su curiosidad era puramente cinematográfica, tengo que decirle que sí, que he visto varios finales felices en mi cinefilia, en la confesable, y en la inconfesable también, pero que si no especifica más, y no me ofrece al menos el nombre de un actor, o de una actriz, o la descripción de un contexto, voy a servirle de muy poca ayuda.



    El segundo turista buscaba, supongo que ávido, porque estás cosas siempre se buscan en el arrebato de una excitación, "ingrid coronado tetas", y yo, en una primera asociación, pensé que se trataba de una hija de José Coronado, el actor español, que en sus primeros pinitos había regalado la visión de sus pechos para ir haciéndose un nombre y un currículum. Pero resulta que no, que la hija de José Coronado, según la Wikipedia, se llama Candela, y que por edad, y por vocación, no está en el menester de estos oficios. La Ingrid Coronado que buscaba mi amigo es una todoterreno mexicana que lo mismo canta que baila que presenta programas de televisión. Una mujeraza ya madurita, de edad variable en las biografías, que cuenta, efectivamente, con un par de razones que aún vestidas son de mucho gozo, y de mucha estima, por lo que yo mismo me he sumado a la búsqueda de sus esplendores, a ver si me sonríe la suerte.



    El último turista de este consultorio sexo-sentimental arribó a mi playa buscando "porno de lapona", interés que me causa mucha curiosidad, y mucha extrañeza, pues dudo que allá en Laponia exista una industria cinematográfica dedicada a la coyunda en los iglús. Porque a ver quién es el majo que se despelota allí ante la cámara, o a ver cuál es el pito que a esas temperaturas extremas se anima a salir de su cueva, que ni la más diestra feladora del Polo Norte lo iba a convencer de la aventura. El porno lapón, de haberlo, sería con tanta piel de oso puesta sobre los amantes que no iba a adivinarse gran cosa. Lo más parecido al "porno de lapona" que yo he visto -quitando alguna mujer de ojos achinados en la cinefilia inconfesable- es a Renée Zellweger estimulando los tocamientos de Jim Carrey en Yo, yo mismo e Irene, pues Renée, antes de operarse el jeto y convertirse en Renénstein, era una mujer bellísima de rostro tan nórdico, tan septentrional, que uno no se extraña al leer en la Wikipedia que ella desciende del pueblo saami de los confines de Noruega, donde sus antepasados seguramente procreaban con la tranquilidad de no existir una cámara de cine en mil kilómetros a la redonda.  



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Paseando a Miss Daisy

Tenía miedo de volver a ver Paseando a Miss Daisy, porque hay películas que es mejor dejarlas donde están, en un rincón muy grato de la memoria, y no menearlas demasiado no vaya a ser que se resfríen. Las películas son también su contexto, y a veces lo que recordamos no es la historia en sí, sino el humor que nos guiaba, la persona que nos acompañaba, el cine donde uno se sentía como en casa, y los recuerdos se vuelven traicioneros y poco fidedignos, y la película que muchos años después ya vemos monda y lironda no es como uno la imaginaba.



    Sucede, además, que yo vi Paseando a Miss Daisy cuando las tribulaciones no se filtraban en la cinefilia. El sentido común brillaba por su ausencia -entonces como ahora-, pero los otros cinco, cuando se ponían a la labor, eran indesmayables, y en cualquier historia, por floja que fuera, encontraban un motivo para el gozo. Ahora, sin embargo, en la edad pre-provecta, cuando por fin aposento el culo tras los deberes, los sentidos sufren la inercia de la realidad, y aunque mi cuerpo echa el freno y se detiene en seco, la mente sigue su trayecto, como un viajero que va de pie en el autobús y se trastabilla. Y trastabillado encaro el inicio de las ficciones, y tardo varios minutos en dejarme engatusar, y muy buena tiene que ser la película para que se obre el milagro de  olvidarme de mí mismo.
    Pero eran infundados, mis temores. Por alguna extraña razón, porque la película bordea varias veces el cursilismo y la ñoñería, Paseando a Miss Daisy, con ese ritmo moroso de los americanos del sur que ya son más tropicales que anglosajones, te va llevando al huerto de sus historia, y los diálogos irreprochables, y los actores prodigiosos, consiguen la preservación exacta del recuerdo, que era muy grato, y también inconfesable, porque en algunos círculos, cuando dices conmoverte con la historia de la anciana judía y su chófer negro, la gente te mira mal, y dejan de dirigirte la palabra durante un rato, o a veces para siempre, según el humor con que les pilles. 



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B

"Sé fuerte, Luis", escribió don Mariano el día que supimos que un pastel de dinero se amasaba en Suiza. Y Luis, soldado disciplinado, trabajador incansable en la lucha contra los rojos, lo fue. Dos años después, ante el pelotón de periodistas que lo esperaban a la salida de la cárcel, dio testimonio de su obediencia: “Luis ha sido fuerte de verdad”. Y entonces se escuchó el gran suspiro, y un alivio surgido de mil gargantas recorrió la España como Dios manda pintada de azul. Corrió el champán en los locales nobles, y en las tascas de a pie los simpatizantes invitaron a vinos y cañas a todos los parroquianos, incluidos los izquierdistas más recalcitrantes, porque gracias a la intercesión de la Virgen no había sucedido nada grave, sólo una corruptela más de las muchas aisladas, y el Partido Popular, vigía de Occidente, salvaguarda de la patria, ejército desarmado de la gente decente, había vuelto a salir indemne de las falsas acusaciones. Bárcenas había sido fuerte, sí, pero es que además no tenía nada que confesar, salvo sus propias travesuras.




    Trece meses antes, sin embargo, estas gentes andaban sin uñas, comidas, y sin aliento, contenido. Después de pasar una temporadita en la cárcel, recibiendo visitas y sopesando consejos, Luis se presentó ante el juez Ruz dispuesto a largar. En setenta y cinco minutos del más puro minimalismo judicial, la película B cuenta lo que sucedió en aquella comparecencia, que pudo ser histórica y definitiva, pero que al final se quedó en nada.  En B, que es una adaptación de la obra de teatro homónima, no hay golpes de efecto, ni dramatismos americanos: Ruz pregunta, Bárcenas responde, y los abogados intervienen de vez en cuando para aclarar los puntos oscuros. El actor que encarna a Luis Bárcenas, Pedro Casablanc, no guarda parecido alguno con su personaje, pero es como si el pelo a doble color y el traje azul inmaculado le hubieran investido del autocontrol, y de la chulería innata, y ante nuestros ojos se obra el milagro de estar allí, mirando la realidad por una mirilla mientras Bárcenas pone en marcha el ventilador, y empieza a salpicar la mierda por doquier. Sí, los papeles son ciertos, y sí, las donaciones son ilegales, y sí, yo repartía dinerito rico en sobres...
    Nunca estuvo el PP más cerca del derrumbe, de la mancha indeleble. Siete millones de fieles votantes, de acérrimos guerreros, de insobornables legionarios, iban a conocer por fin la podredumbre de su causa. Pero Luis, de pronto, se hizo fuerte, y se paró. En cuestión de segundos, cuando el interrogatorio ya se volvía peligroso, Bárcenas pasó de la memoria de elefante al encogimiento de hombros, y el lanzallamas que amenazaba con quemarlo todo se quedó sin gasofa, bien adiestrado y aconsejado. O bien amenazado, que nunca sabremos.



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The Veep is coming

Anda todo el mundo esperando el 24 de abril como agua de mayo, porque ese día vuelven las espadas y las brujerías de Juego de Tronos, y por fin sabremos, las enamoradas, y los intrigados, si Jon Nieve sobrevivió a los idus de marzo. Yo seré el primero en sentarme ante el televisor -al menos en este uso horario- para satisfacer los bajos instintos de los desnudos y las violencias, y comparecer luego aquí, en el diario, y luego allá, en el bar, para tener algo que opinar ante las amistades. Porque las amistades, si uno se presentara in albis a tomar el café o las cañas, me mirarían mal, y me afearían la dejadez, y buscarían la menor oportunidad para dejarte tirado y dar rienda suelta a la sinhueso, que fíjate tú qué hijo de puta el Fulano o que zorra sibilina la Mengana, cosas que ante tu ignorancia no podrían comentar, o tendrían que comunicar con jeroglíficos verbales que les dejarían exhaustos y a medio entendimiento.



    Hay tanta expectación con la nueva entrega de Juego de Tronos, que nadie ha recordado que ese mismo día, también procedente del paraíso de la HBO, se estrena la quinta temporada de Veep. Y Veep, no me canso de repetirlo, es la mejor sitcom de los últimos tiempos. El día a día de la vicepresidenta Selina y su séquito de incompetentes es una sátira vitriólica, venenosa, que deja a los políticos a la altura del betún, o de la mierda, si lo prefieren. Veep tiene la apariencia de ser una bufonada, una patochada de políticos indignos y asesores muy cínicos, pero cualquier persona informada sabe que la realidad no anda muy lejos de estos disparates. Y que en algunas ocasiones, como suele suceder, supera incluso a la ficción. Aquí mismo, en nuestra política nacional, llevamos cuatro meses poniendo la tele para informarnos de los pactos de gobierno y nos sale un Spanish Veep a todas horas, con políticos que mienten, negociadores que tergiversan, portavoces que se ríen en nuestra cara de votantes. aunque nuestra verdadera veep, doña Soraya, ahora trabaje escondida bajo una seta. Los malévolos guiones de Armando Ianucci y sus compinches apenas se distinguen de lo que trasciende en las ruedas de prensa, y de lo que imaginamos que se urde entre bambalinas.



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El clan

"La gente que se queda en su casa entretenida en sus cosas rara vez hace daño a nadie: lo trágico de la vida es que en casa la mayoría de la gente se aburre. Y como se aburren, proclaman que quedarse tranquilamente en casa es cosa de cobardes, de egoístas y de malos patriotas".



    Esta sabiduría la escribió hace algunos años Fernando Savater en su Diccionario Filosófico. Y aunque me jode darle la razón a este tonto útil de la derecha, tengo que reconocer que me acuerdo mucho de su aporte. Hoy mismo, sin ir más lejos, mientras veía la película argentina El clan. Cuando Arquímedes Puccio comprendió que la dictadura argentina había terminado, también debió de pensar: ¿y ahora qué hago yo, aburrido en casa, sin comunistas a los que poder torturar o hacer desaparecer? Él, que había sido agente de inteligencia al servicio de los militares, de pronto se vio viejo y prescindible. Le quedaban sus hijos, sí, y sus negocios, y la partidita de baraja o de dominó con los compadres. Poca cosa en comparación con la adrenalina del matarile, de la acción paramilitar que había construido una Argentina mejor para las clases pudientes. Si ahora los rojos eran intocables, quedaban, al menos los empresarios con dinero: los tipos que para Arquímedes Puccio habían traicionado al país acojonándose ante la democracia, o apropiándose los dineros necesarios. Y así, sin leer a Fernando Savater, pero igualmente convencido de que quedarse en casa "es cosa  de cobardes, de egoístas y de malos patriotas", don Arquímedes formó una banda criminal con sus viejos camaradas, y con sus propios hijos, que cegados por el dinero o acojonados por su figura, no supieron negarse a este negocio de secuestros y extorsiones que en la Argentina fue todo un acontecimiento social, a principios de los años ochenta.  



    Es una película escalofriante, El clan. Lo peor del ser humano expuesto en una carnicería del alma: casquería de psicópatas, magro de megalómanos, filetes de avariciosos... Y la sangre, claro, la voz de la sangre, que todo lo justifica y todo lo perdona, hecha morcillas. 




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The visitor

Son tantas, las películas, y tantas, las noticias, que a veces la realidad se cruza con la ficción, y ambas se anudan, y se prosiguen, y uno, que siempre anda con sueño o despistado, ya no sabe si está viendo la película que escogió o el telediario que aún no ha terminado.



    La noche pasada, por ejemplo, yo estaba viendo The visitor para continuar este ciclo dedicado a Thomas McCarthy. Y también porque al ver la película en la estantería he sentido una vergüenza sonrojante de mí mismo, por no recordar nada de un argumento que en su día tuvo que interesarme o conmoverme. En caso contrario, el DVD no estaría criando ácaros en mi habitación. Por las catacumbas de mi memoria vagaba el fantasma de Richard Jenkins tocando el djembé en un parque de Nueva York, y luego en el metro, sacándose unas pelas innecesarias porque él era un importante profesor de universidad, o algo así. De hecho, en mi tontuna, en mi desgracia neuronal, yo pensaba que The visitor era la historia de un hombre maduro que quería adentrarse en el misterio de la música para sentirse vivo de nuevo, como Nanni Moretti en Caro Diario, que quería aprender a bailar porque intuía que en esa alegría, en esa liberación del cuerpo, residía un remedio para liberar también el espíritu.




    Pero The visitor, finalmente, no iba de eso. Por un azar del destino, el personaje de Richard Jenkins conoce a una pareja que vive sin papeles en Estados Unidos. Ella, senegalesa, vende baratijas en el rastrillo, y él, sirio, toca el djembé en los garitos nocturnos. La desgracia de Tarek es que además de ser sirio tiene cara de sirio, y eso, en Estados Unidos, después del 11-S, es un terrible problema que te puede costar caro si no llevas los papeles en regla, y a ser posible entre los dientes, para cuando te los exija el sheriff armado de turno. Son cosas de los americanos -piensa uno al acostarse- tan insensibles y paranoicos. Pero pocas horas después, al despertar, uno desayuna con la noticia de que están empezando las deportaciones pactadas por la UE. Los están barriendo, literalmente, a los refugiados sirios, como quien barre bichos de la cocina, hacia las fronteras de Turquía. Nuestros electos gobernantes piensan que son muchos, los moros, y que están muy juntos, además, y eso, desde los tiempos de Solimán el Magnífico, causa mucho pavor en las cancillerías occidentales. Era una vergüenza, lo que ocurría en The visitor, y es una vergüenza, lo que está ocurriendo esta misma mañana, nueve años después de la película, al otro lado del mar, sin que el papel de malos lo desempeñen unos americanos de expresión hosca y gatillo fácil. 



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Vías cruzadas

Ocho años antes de que Tyrion Lannister sufriera por su pellejo en las disputas de Juego de Tronos, llevaba una vida secreta vendiendo trenes de juguete junto al anciano Henry, en la vieja tienda del barrio. Una mala tarde de las que anunciaba Chiquito de la Calzada, Henry fallece de un infarto, y Tyrion Lannister, nuestro querido Peter Dinklage, se ve obligado a cambiar de aires y de menesteres. El viejo Henry, que no le olvidó en sus últimas voluntades, le ha legado un cuchitril que hace las veces de apeadero en medio de la nada, al lado de una vía férrea que atraviesa el estado de New Jersey. Con una mano delante y otra detrás, Peter Dinklage tendrá, al menos, el consuelo de ver pasar los trenes. Igual que otros matamos el aburrimiento viendo películas o aficionándonos a cualquier deporte que pasen por los canales de pago, nuestro personaje salva los días estudiando los mil pormenores de los ferrocarriles norteamericanos, como un idiot savant que en este caso no tiene nada de incapacitado. Sólo la mala suerte, y el hándicap insuperable de su acondroplasia, lo mantienen al margen de una vida más adaptada y fructífera.




    Cuando todo hace presagiar un futuro de anacoreta obsesivo, aparecen en el apeadero dos personajes que también caminan sin brújula por la existencia, y que van a fraguar una bonita amistad con sabor final a ménage à trois: un vendedor de truck food que se ha buscado la peor ubicación comercial del planeta, y una mujer en fase depresiva que siempre pasa por allí camino de sus quehaceres, atropellando a los viandantes con sus antológicos despistes al volante. Es por eso que aquí en España, sin desviarse mucho de la sustancia, alguien tuvo la feliz ocurrencia de titular la película Vías cruzadas, porque lo que sucede en el apeadero es que tres trenes que vagaban sin horario, y sin rumbo, colisionan amigablemente para fundirse en un abrazo, y reposar el amasijo de hierros lamiéndose las heridas, y escuchándose las penas. Una bonita y tontorrona historia de amistad con la que empezó a hacer fortuna Thomas McCarthy, el tipo que nos regaló la mejor película del año, Spotlight, de la que todavía se habla largo y tendido en los conciliábulos cinéfilos y anticlericales. Le tenemos muy presente en nuestras oraciones, a don Thomas.



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