La verdad

En plena campaña electoral del año 2004, la que enfrentó a George Bush hijo con John Kerry padre, el informativo 60 minutes de la CBS se hizo con unos documentos candentes en los que se demostraba que el hijísimo había eludido la Guerra de Vietnam gracias a los enchufes petroleros de su padre, magnates orondos y generales complacientes que lo destinaron a un cómodo puesto en la Guardia Nacional. Los documentos, para más inri, venían a decir que el futuro compiyogui de Ánsar aplazaba sus obligaciones cuando le apetecía, y que incluso terminó su servicio militar antes de tiempo, sin que nadie le castigara con limpiar las letrinas o marchar desnudo por el monte. Un escándalo de prerrogativas que aquí en España casi nos haría hasta gracia, acostumbrados desde los Austrias a que sólo los pobres se jueguen el pellejo en las batallas, pero que allí, en Estados Unidos, donde estas cosas del favoritismo están muy mal vistas, levantó ampollas entre los televidentes y casi dio un vuelco electoral a las encuestas.



    Y digo casi -y ahí empieza el meollo de La verdad, la película que narra aquellos enredos periodísticos- porque resultó que al final aquellos documentos no eran trigo limpio. La blogosfera conservadora, que cuenta con legiones de voluntarios que luchan contra el rojerío, rápidamente puso en duda la veracidad de ciertas abreviaturas, de ciertas tipografías improbables en la década de los 70. Y aunque el fondo del asunto tenía toda la pinta de ser verosímil, porque los personajes implicados tenían la cara más dura que el cemento armado, los documentos probatorios se quedaron en el limbo de lo cuestionable. Al revés de lo que dijo nuestro entrañable Mariano sobre los papeles de Bárcenas, todo en aquellos expedientes de George Bush parecía ser cierto, salvo alguna cosa. Y con esa "pequeña cosa" empezó el viacrucis de los responsables de 60 minutes, tipos prestigiosos y combativos a los que yo creo a pies juntillas, y que todavía hoy aseguran que a ellos no les condenó la mala praxis, sino el escozor de un dedo puesto en la llaga.

Mary Mapes [ante la comisión investigadora]: Nuestra historia era sobre si Bush completó su servicio militar. Pero nadie quería hablar sobre eso. Eso es lo que hace la gente en estos días si no les gusta una historia. Te señalan, te gritan. Cuestionan tu política, tu objetividad. ¡Demonios!, tu humanidad básica, y esperan que por Dios, la verdad se pierda en el campo. Y cuando todo acaba finalmente, y han paseado y gritado tan alto, ya ni siquiera podemos recordar cuál era el asunto.



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El buen samaritano y El despertar de la Fuerza

Ahora que el viento y la lluvia han limpiado los tararíes horrísonos de la Semana Santa, pasea por las redes un buen samaritano que ofrece gratis un ripeo excelente de El despertar de la fuerza. Su botín está en inglés, y con subtítulos en el mismo y bárbaro idioma, pero son tantas las ganas de volver a ver la película que el retoño y yo -uno que abandona la adolescencia y otro que regresa a ella- no hemos podido resistir la tentación de rapiñarlo. Queda un mes para que el Blu-ray salga a la venta, pero será, por supuesto, a un precio exorbitante, aprovechando que somos muchos y que estamos muy locos, los fanáticos de la saga. Si hubiéramos aprovechado las enseñanzas de los caballeros Jedi, el padre y el hijo ahora seríamos dos monjes budistas que aguardan con paciencia una bajada de precio, y entretienen la espera con otros menesteres. Pero de tanto frecuentar a los Jedi sólo hemos aprendido a hacer el indio con la espada láser, y a mover la mano como si apagáramos una vela para hipnotizar a los guardianes, y nada se nos ha pegado de la enseñanza sustancial que predicara Lucas el evangelista, que es la paz de espíritu que impregna los caminos de la Fuerza.



    Humanos llenos de defectos como somos, el retoño y yo hemos delinquido esta noche con la copia pirata del buen samaritano. Pero el nuestro es un delito transitorio, muy venial, que casi no necesita confesión ni penitencia. Porque nosotros vamos a pagar tarde o temprano por el producto, cuando los mercaderes no nos tomen por tontos. O al menos no por tontos del todo. Y pagaremos dos veces, además, porque somos clientes fidelísimos de la televisión de pago, y dentro de un tiempo eterno, cuando pasen por allí El despertar de la Fuerza, volveremos a juntarnos en el sofá para aplaudir la reaparición de Han y Chewbacca; para flipar con los giros imposibles del Halcón Milenario; para callarnos, como tunantes, que Daisy Ridley nos enciende unas bajas pasiones más propias del Lado Oscuro que de la luz beatífica de la Fuerza, donde los Jedi se conducen prácticamente como eunucos. Y donde pierden, la verdad sea dicha, un poco de su encanto.



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La magdalena y el ratatouille

Si Marcel Proust necesitó una magdalena mojada en té para recordar sus tiempos mozos, y Anton Ego tuvo que probar el ratatouille para regresar a su infancia en el campo, uno ha emprendido su propio retorno gracias a los audios de Polvo de Estrellas, el programa que Carlos Pumares presentaba en Antena 3 radio hace veinticinco años. En las últimas semanas, cada vez que salgo a pasear por el monte, pongo en el ipod alguna de aquellas emisiones, y entre que apenas me cruzo con nadie, y que la naturaleza del monte casi podría ser la misma de antaño, el ipod se vuelve condensador de fluzo y obra el milagro del retroceso en los relojes. Es tal, el efecto que obran en mí los viejos programas de Pumares, que, sugestionado, aprieto el paso por los senderos como hacía de chavalote, sin jadeos ni fastidios, apurando los hectómetros como si ya no existieran las lorzas ni las oxidaciones celulares.



    Voy por el monte, sí, pero en realidad vuelvo a estar tumbado en la cama a las dos o tres de la madrugada, haciendo como que repaso el temario para un examen, o dejando que transcurra lánguidamente la madrugada. Es una verdadera sinestesia, ésta que me lleva del archivo sonoro a la sensación táctil de estar tumbado a oscuras en la habitación, soñando con una vida futura más divertida y excitante, que ya ves tú qué mierda, de mejoría. Que aquí seguimos, enganchados a la vida con dos exiguas chinchetas, la del cine, y la otra... Mis paseos transcurren en el año 2016, pero en el ipod salen oyentes que le preguntan a Pumares si es mejor el sistema VHS o el Beta; qué narices es eso del DVD plateado que viene de América; si merece la pena comprar un televisor panorámico o seguir apostando por uno cuadrado tradicional; si alguien rodará algún día la segunda parte de El Señor de los Anillos en dibujos animados; si algún día existirá un banco de datos donde puedan hacerse consultas sin confiarlo todo a la memoria prodigiosa del señor Pumares... Y yo, teletransportado, pero con un pie puesto en el presente para no despeñarme, no sé si maravillarme por tanto disparate anacrónico y echarme a reír, o si hacer la cuenta exacta de los años y dejarme llevar por la melancolía, allá en el monte solitario, acompañado tan sólo por el perrete, que persigue a los conejos y a los topillos entre las viñas de las laderas.



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Jarhead

Siempre que veo una película de soldados haciendo la instrucción me acuerdo, irremediablemente, del sargento Arensivia de Historias de la Puta Mili, aquellas aventuras que Ivá dibujaba en El Jueves para reírse del secuestro que los mandamases llamaban deber patriótico, y preparación para una inminente invasión de los norcoreanos.
    Hoy por la tarde, mientras veía las desventuras del soldado Swofford en Jarheadtambién he recordado  aquella frase de Woody Allen en la que siempre me he reconocido:
    "No me aceptaron en el Ejército, fui declarado inutilísimo. En caso de guerra, sólo valdría como prisionero".



    A mí el ejército no me declaró inutilísimo, a pesar de mis dioptrías, de mi cara de bobo, de mi torpeza mítica con las manos, que era conocida en todo León menos en los cuarteles. Así que fui yo, para escapar de él, quien tuvo que declarar inutilísimo al ejército, y buscar refugio en la objeción de conciencia, que duraba más tiempo de reclusión, pero que al menos te alejaba de las novatadas, de los esfuerzos físicos, de las voces psicotizadas de los sargentos chusqueros. Luego, para mi bien, antes de presentarme en mi puesto de bibliotecario en la Universidad, llego Ánsar -manda huevos- y por algún oscuro cálculo económico, o porque le salió de los mismísimos cojones un día que estaba haciendo flexiones, dijo que la mili y sus sucedáneos se habían terminado, y que todos a casa, señores, a votar al Partido Popular en agradecimiento, que algunos hasta lo hicieron y todo, y siguen haciéndolo, en conmemoración suya.



    Como me sucede en muchas y preocupantes ocasiones, yo comparecía ante el ordenador para hablar de Jarhead y al final me he ido por los cerros de mi propia vida, recordando episodios tontos, y aprovechando la circunstancia para meterme un poco con don Botello. Pero es que las películas como Jarhead, la verdad, y no lo digo por vagancia, ni por ir terminando esta entrada, hablan por sí solas. Si convenimos en que la guerra es una mezcla de horror y de estupidez, y que el horror ya tiene su obra maestra en  Apocalypse Now, Jarhead, con esos soldados de la I Guerra del Golfo que jamás llegan a ver al enemigo, y que entretienen sus días jugando al fútbol americano con máscaras antigás, es una descripción bastante verosímil de la idiotez supina que supuso aquel despliegue, aquella mascarada, aquella obra de teatro que sólo sirvió, como casi siempre, para que los negociantes de lo bélico se forraran a costa del erario público. Para robar, con grandes y bonitas palabras, a los mismos panolis que luego reciben a los soldados agitando la banderita, y sosteniendo al retoño sobre los hombros. 



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La juventud

Decir que uno, a los cuarenta y cuatro años, se considera inmerso en la decadencia, es una licencia poética que sólo escribo en los días más tristes. Un gimoteo que utilizo para desahogarme, y para llamar la atención de las damas sensibles, a ver si alguna me adopta. Mi lamento, por supuesto, tiene mucho de exageración, pero también posee una almendra de verdad. Es evidente que a mi edad, razonablemente sano, pasablemente lúcido, no voy por ahí derrengado, achacoso, más pendiente de las obras municipales que de las piernas de las mujeres. Pero hace tiempo, desde luego, que coroné el puerto de la plenitud, y ahora, con más o menos garbo, voy sorteando las enrevesadas curvas del descenso. Allí en la cima tuve un hijo, escribí un libro y planté varios pinos descomunales, fibrosos, y muy bonitos algunos. Ahora que ya no fabrico nada, salvo estas líneas tontas de cada día, me dejo llevar por la pendiente hasta que un día me pegue la gran hostia en una revuelta, o alcance, si tengo suerte, la línea de meta, que espero que esté muy lejos, a tomar por el culo si es posible, ahora que ya no hay que hacer esfuerzos para pedalear, sólo dejarse llevar, y contemplar el paisaje.




    Así las cosas, pre-decadente y pre-viejo, he encontrado en las películas de Paolo Sorrentino un motivo para la reflexión, y también, de paso, para el disfrute visual, porque son obras de una belleza hipnótica, seductora, ocurrencias muy personales en las que yo extrañamente me reconozco, sin comprenderlas del todo, como  quien vive un sueño propio rodado por otro fulano. Los personajes de Sorrentino son ancianos de verdad, no poéticos ni fingidos, pero encuentro en ellos una rara afinidad que empieza a preocuparme. El Jep Gambardella de La gran belleza, o este par de amigos que conviven en el balneario de La juventud, son tipos a los que ya les puede el cinismo, la melancolía, la pasión inútil por las cosas perdidas. Y uno, que vive a varias décadas de distancia, siente, sin embargo, que estos desgarros del ánimo ya le afectan en demasiadas ocasiones, a veces varias veces al día. Como si la vida se hubiera terminado de sopetón, y sólo quedara el paso de los días, y la simple curiosidad por los acontecimientos. Seguramente exagero mucho, y me dejo llevar por la literatura barata, y por la lluvia en el cristal. Pero estos males del espíritu, aunque todavía estén en estado embrionario, son fetos terroríficos que ya viven en mi barriga como aliens del espacio, y de vez en cuando sueltan una pataditas que me dejan el estómago hecho unos zorros, poblado de mariposas negras que revolotean. Como murciélagos en la cueva oscura.



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Solos en la madrugada

Un año después de triunfar con el fenómeno sociológico, y pechológico, de Asignatura pendiente, José Luis Garci decidió repetir  fórmula con Solos en la madrugada: José Sacristán, vestido, llama al deber ciudadano de los demócratas, y José Sacristán, desnudo, comparte sábanas con alguna señorita mientras le habla del amor en los tiempos del cólera. Su personaje es un locutor de radio que hace fortuna maldiciendo los tiempos perdidos, y las oportunidades robadas. Anunciando, a cambio, los nuevos horizontes que están por venir, y por disfrutar. Nuevos aires de libertad que a los cuarentones de su generación, ay, les van a coger un poquitín tarde, atados a los hijos, a la mujer, a la suegra,  al trabajo aburrido pero insoslayable que les da a todos de comer.



    Fueron ellos, la generación castrada del franquismo, los que convirtieron Solos en la madrugada en una película de culto para los progres, porque se veían reflejados en las cuitas, y en los sueños rotos, y sobre todo, no vayamos a engañarnos, porque Fiorella Faltoyano y Emma Cohen, como las actrices francesas de Perpignan, comparecían largos minutos con el pecho descubierto. A solos en la madrugada sólo le faltó el desnudo de María Casanova -el otro lado de este cuadrilátero amoroso- para convertirse en un concurso de Miss Tetas 78, en el que la señorita Emma Cohen, a mi modesto entender, hubiera merecido el máximo galardón.



    El final de los setenta fue un tiempo de despelote, sí, y de socialismo promisorio. Si alzabas la nariz al viento casi podías respirar la libertad sexual, que venía de Francia, y la sociedad del bienestar, que venía de Suecia, como las suecas, que con los bikinis ya habían puesto su pica en las playas de Benidorm. En las películas de José Sacristán y sus egregias encamadas parecía inaugurarse un tiempo próspero y venturoso. Y hubo una pequeña fiebre de euforia, en efecto, cuando Felipe y Arfonzo se asomaron al balcón, pero las aguas del nuncafollismo y del capitalismo volvieron rápidamente a su cauce. El mismo José Luis, que iba de erotómano y de progresista, terminó años después riéndole las gracias al megalómano del bigote, al que imagino con los pies reposados sobre un puff mientras lo recibía en la Moncloa, y lo remiraba de arriba abajo mientras pensaba: ¿éste no era el que hacía películas donde se votaba al partido de Tierno Galván, aquel viejo y marxista profesor?



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Carol

Quienes me conocen ya saben que dentro de mí vive Max, un antropoide que durante el día juega con su columpio de neumático, y luego, por la noche, se asoma por el periscopio de mi esófago a ver si hay chicha en la película que estoy viendo, para echarse unas risas de macaco, y quién sabe si unas pajillas de salido, aprovechando que yo nunca lo veo en la oscuridad.
    La primera hora y cuarto de Carol la he visto con Max dando paseos nerviosos por el estómago. Yo, cinéfilo circunspecto, intentaba disfrutar del lirismo, del preciosismo, del cursilismo incluso, de esta película que siempre está al borde del ridículo y sin embargo siempre sale airosa, y hasta sobresaliente, en cada plano y en cada escena, como un coche de carreras descendiendo las curvas peligrosas de la montaña. Era un espectáculo gozoso, Carol, y un espectáculo más gozoso todavía, Therese, el personaje al que da vida la adorable Rooney Mara. Pero mi satisfacción no era completa. Cuando cesaba la música, o callaban los personajes, yo sentía el tap-tap de los pasos de Max, que se subía literalmente por las paredes. A Max, el eterno adolescente, se la pelan bastante los encuadres y los estilismos. Los gestos exactos de las actrices, y las delicadas composiciones de la luz. Max, cuando atisba que hay dos mujeres calentando su bollo en el horno, se vuelve un manojo de nervios, esperando el beso, y el despelote. Y lo demás, para él, sólo es tensa espera, y contexto prescindible. Las únicas obras maestras que él concibe son las películas porno, porque en ellas los personajes van al grano, y prescinden de los vestidos, y todo es más parecido al fornicio de la selva, que es lo que él conoce y valora.



    Max, mi pobrecico, lo estaba pasando muy mal con Carol. Era evidente que estas dos mujeres buscaban algo más que compañía, algo más que amistad para sortear los tiempos aciagos. Pero faltaba la bata entreabierta, el beso inequívoco, la cama por fin compartida, para terminar de romper la tensión sexual entre los personajes. Y ya, de paso, la tensión sexual de Max, que por fin quedó satisfecho en su cubículo, y me dejó seguir tranquilo el resto de la película, entregado a la contemplación de esta extraña película, y de esta guapísima actriz, doña Rooney, que es la encarnación exacta del sueño que tuve una vez.

Carol: Eres una chica extraña.
Therese: ¿Por qué?
Carol: Venida del espacio...




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Los odiosos ocho

Leyendo las reseñas de Los odiosos ocho he topado con un neologismo que está haciendo fortuna entre los críticos de postín: tarantinear, que es ese estilo personal e intransferible -como diría Supergarcía- que tiene nuestro amigo para escribir sus diálogos. Del mismo modo que Cantinflas cantinfleaba en aquellas verborreas que a nada conducían, los personajes de Tarantino llevan más de veinte años tarantineando esos rollos que en la vida real no le soportaríamos al amigo, ni a la mujer, pero que en el cine soportamos con la risa colgada, y con la tensión disparada, pues ya sabemos que después de cada parrafada viene una explosión de violencia, una mancha de sangre que cortará el discurso por lo sano.



    Los odiosos ocho es realmente una obra de teatro. Una tragedia de escenario único -si exceptuamos la diligencia del principio- con actores soberbios que recitan casi tres horas de texto para ir hilvanando los tiros y las sanguinolencias. Entre disputas de machos, racismos sureños y venganzas de la Guerra Civil, los personajes tienen argumentos de sobra para afilar las lenguas, y herir los oídos. Podría durar horas, la película, de tantas cuentas pendientes como hay, y de tan perfectas como son las réplicas, y las contrarréplicas, y nosotros no nos cansaríamos de atender. Podríamos dejarla puesta en la tele y regresar a su argumento mientras cenamos, o mientras nos cepillamos los dientes, a ver cómo andan las cosas en la posada. Porque Los odiosos ocho se parece mucho a un reality show de nuestras televisiones, con tipos encerrados en una casa comunal que hablan y hablan para pasar el rato, y cortejar de paso, a la tía más guapa del plantel. Con la única diferencia de que en la película de Tarantino nadie está por la labor de acostarse con Daisy Domergue, tan deslenguada y tan desdentada, una verdadera víbora de intenciones aviesas. En este Gran Hermano de las Montañas Rocosas el objetivo es salir con vida de la cabaña, y a ser posible dejar algún cadáver a la espalda, de algún tipejo que se lo tenga bien merecido.



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Truman

Hace dos semanas entró en casa un perrito al que he bautizado Eddie. Le he llamado así en honor de aquel congénere suyo que sacaba de quicio a Frasier Crane, y con el que guarda un cierto parecido de perro canijo y cabroncete. Mi Eddie, antes de conocerlo, caminaba abandonado por los parques de Ponferrada, y un par de amigos canófilos lo recogieron y me dieron la brasa durante dos días para adoptarlo: tú que vives solo, con el hijo a media jornada, que caminas tanto por el monte y tienes tantas vacaciones de maestro...



    Eddie y yo llevamos quince días conociéndonos. Mirándonos de reojo cuando el otro anda despistado en sus quehaceres. Yo quiero saber cuándo come, cuándo duerme, cuándo se rasca el cogote o se lame las partes. Quiero hacerme una idea del sujeto que he metido de okupa. Le miro cuando no sé qué escribir, cuando me aburre la película, cuando la cafetera calienta el líquido y me quedo de pie en la cocina sin creerme del todo que ese perrete ya forme parte sustancial de mi vida. Un ser vivo, consciente, doliente, al que durante años tendré que pasear, alimentar, administrar las medicinas... Él, a su vez, me observa a todas horas, pendiente de cada gesto, de cada carraspeo, de cada viaje por el pasillo. Incluso dormido deja una oreja más tiesa que la otra, para no perderse ni un movimiento, ni un hilo suelto de jamón york. Eddie no me deja ni a sol ni a sombra, el pobrecico. Supongo que serán los traumas de su vida pasada, que los veterinarios, por la dentadura, han calculado en un año de malandanzas.



    A mí tanta responsabilidad me abruma un poquito. O un bastante. Antes de Eddie he tenido otros dos perros, y nunca como ahora he sentido este peso. Hace casi veinte años que tomé aquellas responsabilidades, y yo entonces era fuerte, y joven, y no pensaba siquiera en la posibilidad de no estar. Pero ahora no estoy tan seguro. Cabe la posibilidad de que cuando Eddie muera de viejete, dentro de 13 ó 14 años, yo ya no esté aquí. No es, desde luego, lo más probable, pero torres más jóvenes han caído, y no muy lejos de aquí precisamente. Si la Fuerza me acompaña, cuando Eddie falte estaré más cerca de los sesenta años que de los cincuenta. Viviré en una edad en la que todos los males ya afilan sus guadañas y se ponen en fila para asestar sus cuchilladas. Sólo hace dos semanas que nos conocemos, pero ya me aterra pensar en la muerte de Eddie. Porque entonces él ya será mi amigo del alma, y porque su muerte, en cierto modo, también será un poco la mía. Él va a hacerme compañía en los mejores años que me quedan.



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Macbeth

Sólo era cuestión de tiempo que alguien versionara a William Shakespeare con la estética arrolladora de Juego de Tronos. Porque qué es, en el fondo, Juego de Tronos, sino un enredo muy shakesperiano de reyes y espadas, familias y honores, en una tierra brumosa de los Siete Reinos que se parece sospechosamente al mapa de Gran Bretaña.



    Los textos de William Shakespeare -o de quien los firmara con su nombre- siguen de rabiosa actualidad porque describen pasiones eternas, y personajes arquetípicos, y en cuatro siglos nada ha cambiado en la evolución de los homínidos, que seguiremos con los mismos defectos y las mismas virtudes hasta que las ranas críen pelo, en otra evolución paralela y lentísima. Todos los días, en el periódico, viene algún señor Macbeth cometiendo tropelías porque la señora Macbeth, allá en el dormitorio, le ha prometido noches de blanco satén si traicionaba al amigo o se pasaba la ética por el forro. Detrás de un gran hombre suele haber una gran mujer, dicen, y detrás de cada chorizo o de cada mentiroso suele haber, también, una pájara de mucho cuidado que sueña con un chalet en la playa o con una universidad americana para el hijo tonto. El matrimonio Macbeth está muy presente en la alta política, y en las altas finanzas, y hasta dicen que el mismísimo Caudillo vivía malmetido por doña Carmen, la lady Macbeth de  El Pardo, porque él, Paquito, dejado a su libre albedrío, se hubiera quedado tan feliz en la cabila, compadreando con los legionarios y disparando a los moros de vez en cuando, por matar el gusanillo patriótico y echar unas risas en el cuartel.



    Qué decir, entonces, de esta nueva versión de Macbeth, que es a lo que yo venía. Pues que hay hostias como panes, y muertos a gogó, y extrañas imágenes que son muy hermosas de ver, lo mismo en el remanso de la paz que en la salvajada de la guerra. Y que sale Marion Cotillard haciendo de lady Macbeth, y que yo, por una mujer así, como el bueno de Fassbender, también cometería fechorías sin nombre. De las que luego, claro está, habría que arrepentirse con un mínimo de decencia, pero con el cuerpo ya muy bailado.



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Trumbo

Cuando veo una película de rojos perseguidos por el poder, me sale la vena bolchevique que tantos disgustos me ha dado, y que tantos lectores -porque aquí seguimos los cuatro gatos de siempre- me sigue costando. Para mí, cuando insultan a un buen izquierdista en la pantalla, es como si apalearan a un perrete, o robaran el bolso de una anciana, y mi cuerpo astral -no el otro, ya muy baqueteado, que se queda de brazos cruzados en el sofá- salta como un energúmeno para defender al pobre hombre, o a la pobre mujer, que sólo quería una sociedad mejor repartida, o que le pagaran un sueldo digno por su trabajo.



    Después de ver Trumbo, que es la caída y auge de Dalton Trumbo en el apartheid de la Caza de Brujas, yo venía aquí para soltar un discurso muy encendido en defensa del izquierdismo norteamericano, en plan Howard Zinn o Noam Chomsky. Denunciar el silencio, la marginación, la persecución incluso de quienes se atrevieron a cuestionar el sueño americano, que ha sido prodigioso en sus avances tecnológicos, y aberrante, en sus repartos de la riqueza. Yo venía aquí para cagarme en la Caza de Brujas, en sus oscuros promotores, y en sus execrables chivatos. Y quedarme insatisfecho, pero relajado. Pero todo esto ya está muy contado, e insultado. Los escasos lectores que me siguen son personas cultivadas que ya conocen de sobra tales desmanes, y sólo venían aquí por la curiosidad de saber algo más sobre Trumbo, y por verme armado de florete, lanzado estocadas a mi diestra, para defender el honor de las causas perdidas.
    Y para causa perdida, ahora que ya pasaron los grandes premios, la actuación de Bryan Cranston. Soberbia. De Oscar, si este año, para enmendar errores anteriores, no hubieran agasajado a Leonardo DiCaprio. Por salvar a un justo, jodieron a otro.  



Niki: Papá, ¿Eres comunista?
Dalton Trumbo: Sí
Niki: ¿Está prohibido eso?
Dalton Trumbo: No
Niki: La señora del sombrero grande dijo que eras un extremista peligroso. ¿Es verdad?
Dalton Trumbo: ¿Un extremista? Puede ser... Yo amo nuestro país. Y el gobierno es bueno. Pero todo lo bueno puede ser mejor, ¿no te parece?
Niki:¿ Mamá es comunista?
Dalton Trumbo: No
Niki: ¿Y yo?
Dalton Trumbo: Hagamos la prueba oficial, ¿quieres? Mamá te prepara tu almuerzo preferido...
Niki: Sandwich de jamón y queso...
Dalton Trumbo: Y en la escuela, ves a alguien que no tiene almuerzo. ¿Qué haces?
Niki: Lo comparto
Dalton Trumbo: ¿Lo compartes? ¿No le gritas que vaya a trabajar?
Niki: No
Dalton Trumbo: ¿O le ofreces un préstamo al 6%? Eso sería inteligente.
Niki: Papá...
Dalton Trumbo: O ignoras a esa persona y ya...
Niki:¡No!
Dalton Trumbo: Bueno, bueno... Eres una pequeña comunista.




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Asignatura pendiente

Si hacemos caso de lo que cuentan las portadas de los periódicos, y las tertulias de la radio, parecería que la gente está muy pendiente de la actualidad política, y de los vaivenes de la bolsa. Pero no es cierto. Estas cosas sólo interesan a los que viven del momio, o a los que invierten en valores. Al común de los mortales, aunque sigan los acontecimientos con curiosidad, porque de algo hay que hablar con los amigos y con los cuñados, lo que les preocupa cada mañana, al despertar, es saber si van a follar o no. Saber si la novia aceptará, si la mujer transigirá, si aparecerá, por fin, una mujer en el horizonte. Todo lo demás sólo es contexto y divertimento.



    En Asignatura pendiente, mientras el caudillo se muere en la cama y los demócratas afilan las leyes y los nostálgicos los cuchillos, José y Elena recuperan el tiempo perdido follando como macacos a espaldas de sus cónyuges. Al otro lado de la ventana se escuchan amenazas de muerte y gritos de libertad,  pero ellos, ensordecidos por la pasión, sólo escuchan el frufrús de las sábanas, y el respirar agitado de la pareja, que les sirve de guía para ascender las cordilleras. Tampoco después, mientras saborean el cigarrillo postcoital, se acordarán del momento histórico que están des-viviendo. Desnudos de cintura para arriba -lo que hizo de Asignatura pendiente un fenómeno pechológico allá en 1977-  José y Elena conversan sobre su romance de juventud, allá en los veranos de la sierra, cuando él le cogía la mano en los senderos y le palpaba los pechos en las penumbras, siempre por encima de la rebequita, claro está, que no estaba el franquismo para bollos.
    Así vivirán José y Elena las primeras semanas cruciales de la Transición, despachando con celeridad los asuntos de la oficina, o las meriendas de los niños, para arrejuntarse en la cama y olvidar el mundanal ruido de sables y altavoces.  Pero ay de la rutina, que lo mismo carcome los matrimonios que los adulterios, porque es un insecto que no hace distingos con las maderas, y hasta los polvos, si vienen muy seguiditos, se convierten en obligaciones que hay que despachar con fastidio. Sólo entonces, en la calma de los instintos, volverán nuestros tórtolos a ser conscientes de la realidad, llamados al deber de comportarse como ciudadanos, y como fieles esposos, cada uno en su redil.



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Turistas en mi playa XV

Del último ferry que ha atracado en mi playa se han bajado, esta vez, turistas sexuales muy variopintos. Otras veces eran los gays de pichaloca.com los que subían el contador de visitas, buscando el solaz de hombres retozones. En esta reata de pornógrafos, sin embargo, sólo uno ha preguntado por la página tecleando pichaloca pacientes, que no sé si refiere a que pichaloca.com tarda mucho en cargar sus vídeos, y tiene bastante fritos a sus aficionados, o si mi querido lector es un sexoadicto que anda curándose los excesos de masturbación y los gastos suntuarios de tarjeta, que andan muy caras las webcams, y las full lenght movies en HD.



    En este ferry viajaba mucho obsesionado con los pechos femeninos, que no sé si existe una palabra en castellano para designar esta apetencia tan universal. Habría que contactar con Luis Piedrahita para que inventara el neologismo, en caso de tal. Uno de mis visitantes buscaba senas eroticas de marine vacth, donde supongo que senas serán senos, y eroticas, eróticos. Marine Vacth -que ella sí estaba bien escrita- es la actriz francesa que mostraba, efectivamente, sus pechos bellísimos en Joven y bonita, extraña película en la que hacía de modosa estudiante por el día y de prostituta lujosa por la noche. En la entrada correspondiente ya gasté todos los adjetivos que se pueden dedicar a Marine, esa parisina de los rasgos perfectos, de la hermosura indecible. Le alabo al gusto, al turista que preguntó por ella.



    Con el otro turista, sin embargo, el que ha preguntado por las tetas de la montiel, no puedo solidarizarme en su apetencia. Con todo el respeto hacia Saritísima, que en paz descanse, he buscado sus senos desnudos en internet y tengo que decir, para pesar mío, que el afloramiento gozoso de sus escotes era bastante engañoso. No me van, esas arquitecturas globosas que ceden a la fuerza gravitacional. Todo lo que no quepa en la palma de una mano está condenado al desmoronamiento, como una obra de Calatrava. Al viejete verde que añora los senos manchegos de la violetera no puedo acompañarle en el sentimiento, pero sí agradecerle, desde luego, que confiara en mi blog para encontrarlos, y alabarlos.



    El tercer y último pechófilo se paseaba por mi playa preguntando por tetas más bonitos, de lo que deduzco, por lo que he oído a los futbolistas extranjeros cuando les entrevistan, que se trata de un turista holandés, o croata, tipos que aprenden el español con suma facilidad pero nunca terminan de aclararse con la concordancia de nombres y adjetivos. Me alegra, por supuesto, saber que mi blog está alcanzando una repercusión internacional, y que varios lectores del ancho mundo, aunque caigan engañados por los buscadores, visiten esta playa donde yo escribo mucho sobre cine. Y sí, lo reconozco, alguna vez, también sobre pechos. Aunque sólo de los que veo en pantalla, ojo, que nunca me salgo del tema. Más que nada porque de los otros, en vivo y en directo, no suelo contemplar muchos, la verdad. 



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Predestination

La arteriosclerosis es un mal del que me advierten mucho en la consulta del médico. Sobre todo si llevo una barriga prominente, y una mancha de chorizo en la pechera. De la neurosclerosis, sin embargo, que ya es una disfunción en acto, y no en potencia, nadie parece preocuparse. Y yo la sufro mucho, en silencio, con creciente preocupación. No es que sea alzhéimer ni nada parecido. No es el despiste idiota de quien siempre está pensando en otra cosa, eterna disociación de mi cuerpo y de mi mente, como los místicos. Mi neurosclerosis es como una rigidez del pensamiento, como una lentitud de las deducciones. Un ruido chirriante de neuronas que trabajan mal engrasadas, y que ya no conducen la electricidad con la velocidad adecuada. Cosas que presumo de la edad, o de las deficiencias genéticas, que son muchas, y variadas, y que ya empiezan a asomar sus negras pezuñas.



    En las exigencias de lo cotidiano, tan parco en desafíos, uno se conduce con el piloto automático y apenas pone a prueba sus reflejos. Pero ay de mí, cuando llega la hora de la película, y decido poner una de argumentos enrevesados que se van haciendo ovillo en el pensamiento, y bola en el masticar. Me noto pesado, lento, como un árbitro de los antiguos, aquellos del trote cochinero que nunca llegaban a tiempo para ver la jugada y pitaban casi a voleo. Así es como voy sacando yo los hilos de la trama, sofocado neuronalmente, un poco al tuntún, a ver si por casualidad voy recorriendo el recto camino de la comprensión.
    Y ya no te digo nada cuando me pongo chulo, y desafiante, y me conjuro a mí mismo para ver una película de paradojas temporales como ésta de hoy, Predestination, que venía tan recomendada en los foros del frikismo. Los popes de la crítica, quizá afectados por mi mismo mal, pasaron de puntillas por este enredo de fulanos que viajan en el tiempo para acostarse consigo mismos (sic), y prevenir, de paso, una ola de atentados en Nueva York. Y si usted, querido lector, está pensando que estas cosas sólo se les pueden ocurrir a los americanos, sepa que la película es australiana, y que sus responsables, en el sentido ético y fabril de la palabra, son los gemelos Spierig, nacidos en Alemania. Los últimos minutos de Predestination, que son un acelerón de cuerdas argumentales que se atan y se desatan, me dejaron boquiabierto una vez más, y confuso, y desesperado. Qué lejos estoy de aquellas locuras mías de la juventud. De cuando comprendía películas tan inefables como Predestination y otras todavía peores. Qué lejos, ay, me quedan estas ciencia-ficciones que requieren de un Fórmula 1 para ser recorridas a todo trapo, y no este Seiscientos que me vendieron los Alcántara, y que se atranca en las primeras rampas de cada puerto. 



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Las verdes praderas

La crisis de los cuarenta es una neurosis que pertenece al mundo moderno y desarrollado. Antes de que Alexander Fleming se topara con el Penicillium notatum en su laboratorio, la gente, por lo común, se moría antes de llegar a los cuarenta, y los pocos que trascendían tenían cosas más importantes en qué pensar. Si los antepasados pudieran ver nuestras depresiones por un agujero espacio-temporal, nos tomarían por unos maricones indignos de llevar los mismos genes, y los mismos apellidos. Sólo cuando uno tiene la barriga llena y la salud controlada se pone a lamentar las calvicies y las pitopausias. El tiempo perdido, y los sueños rotos. El desinterés sexual de la parienta, que ya ni se molesta en oponer un dolor de cabeza, o un enfado ridículo, como sí hacía cuando reinaba el amor y florecían aislados los orgasmos.



    Inmerso en mi propia cuarentanidad, voy topando por doquier con este subgénero cinematográfico de los hombres en caída libre. A veces lo hago a sabiendas, porque conozco al personaje, o lo intuyo, y sé que voy a extraer una sabiduría de sus andanzas. Otras veces, sin embargo, es el subconsciente quien me susurra un título sin advertirme que allí mora otro cuarentón en crisis, otro ejemplo de superación, o de hundimiento, que de todo hay en la viña del Señor. Esta noche, por ejemplo, ha aparecido en los canales de pago una película de José Luis Garci que yo nunca había visto, Las verdes praderas. Y como ahora ando reconciliado con él, y la película pertenece a su época pre-ridícula y pre-pepera, me he arrellanado en el sofá para consumir la última atención del día. Yo esperaba la típica película de españolitos en la Transición, con la movida política, la apertura de las costumbres, el despechamen de los escotes. Pero si hacemos caso omiso del Seat 131 Supermirafiori que conduce Alfredo Landa, y de algunas efemérides madridistas como la retirada de Pirri o los cabezazos de Santillana, Las verdes praderas podía ser una película rodada hoy en día, con su cuarentón deprimido, su trabajo aburrido, sus hijos mediocres, su esposa nuncafollista. Porque la crisis de los cuarenta -esa depresión maldita que le debemos a la puta penicilina- es un mal que no distingue década ni lugar. Una bomba de relojería que se pone en marcha cuando se acortan los telómeros, y se van recortando al mismo tiempo las energías, y las alegrías.



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Harold y Maude

Nueve de cada diez cinéfilos consultados recomiendan ver Harold y Maude, la comedia que Hal Ashby rodó en los tiempos del amor libre, y de la relajación de las costumbres. Allá en América, claro, porque aquí, por un simple beso prematrimonial, o por una mirada bajo las faldas, todavía te corrían a porrazos por los callejones, y a hostiazos por las sacristías.
    Harold es un primo lejano de la familia Addams que se entretiene fingiendo suicidios ante su madre, una fría millonaria que ya no le hace caso, y que busca, desesperadamente, una nuera que se lo lleve. Aficionado a comparecer en entierros que ni le van ni le vienen, Harold, en uno de los sepelios, conocerá a Maude, una mujer octogenaria que también vive fascinada por la muerte. Maude ha decidido disfrutar sus últimos años a cien por hora, hasta que el cuerpo aguante, y medio loca o medio lúcida encuentra la adrenalina robando coches, visitando desguaces o posando sus arrugas denudas ante los artistas conceptuales.



    Dos pirados como Harold y Maude estaban, cómo no, destinados a entenderse, y a compenetrarse. Y a penetrarse, incluso, en un amor loco que hace cuarenta años debió de provocar ascos y soponcios, pero que hoy en día, curados de espanto gracias a los programas del corazón, y a las categories de las páginas porno, ya casi vemos como una travesura, como una filia sexual de las muchas que pueblan el deseo. A uno le han caído en gracia estos personajes enfrentados al qué dirán de las gentes, y al qué pondrán de las leyes. Pero la simpatía por Harold y Maude no es suficiente para que la película consiga levantarme el ánimo, ni distraerme los quebraderos. Quizá fue el fin de semana, que vino atravesado, o quizá fue la propuesta experimental, que me cogió a contrapié. Sea como sea, me siento desautorizado para juzgar críticamente, moralmente y diplomáticamente, como diría el gran Chiquito de la Calzada. Uno de cada diez cinéfilos consultados no recomienda ver Harold y Maude, pero yo, la verdad, no quisiera decir tanto. 



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Sherlock. La novia abominable

Ahora que voy a releer las aventuras completas de Sherlock Holmes, ya no imaginaré a sus protagonistas como si estuviera en La vida privada de Sherlock Holmes, la gran película de Billy Wilder. Voy a echar de menos a Robert Stephens y a Colin Blakely, que me acompañaron en la primera lectura de juventud. Tipos sólidos, perfectamente británicos, que daban el pego y la medida. Pero desde que Mark Gatiss y Steven Moffat parieran la genial serie de la BBC, Benedict Cumberbatch y Martin Freeman se han ganado el primer puesto en el imaginario. Ellos serán a partir de ahora los rostros, los andares, los gestos de reflexión o de recochineo, aunque sus personajes vivan a un siglo de distancia de las andanzas originales.



    Enredando por internet, leo con pesar que Sherlock no tendrá una cuarta entrega hasta el año 2017. Debe de ser que estos dos actores tienen problemas de agenda, o que los guiones, tan enrevesados, necesitan varios meses de urdimbre. Ante nuestro desconsuelo, Gatiss y Moffat, que tienen nombre de dúo cómico, nos han hecho el regalo de La novia abominable, un caso de ultratumbas en el Londres victoriano de los orígenes literarios. La novia abominable se podía haber quedado en un simple divertimento, en un hueso de goma para entretener nuestro hambre canina. Pero Gatiss y Moffat son dos tipos generosos que nunca defraudan. Que saben, además, que nos hemos vuelto muy sibaritas, y muy pijos, y que no les íbamos a perdonar que La novia abominable fuera un episodio de relleno, un aperitivo para glotones, una tontería para salir del paso. Y pardiez que no lo ha sido. Entre los crímenes, las deducciones y los chistes socarrones, han vuelto a conseguir que me quedara clavado en el sofá. Que la realidad del día no se colara por ningún resquicio en la ficción. He vuelto a sentir esa gozosa compresión de las meninges cuando trato de no perderme, de no quedarme atrás. De anticiparme a un desenlace que al final siempre me sorprende y me supera. Y bendita sea, mi cortedad, que me depara tales alegrías. 



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Carlos Pumares. Polvo de Estrellas

La muerte de Gaspar Rosety ha revuelto los recuerdos de mi desván. Buscando su voz cuando cantaba los goles del Madrid en las remontadas, o de la Selección Española en los Mundiales, he ido a topar con un archivo sonoro de Antena 3 Radio, aquel nido de alianzapopuleros que se decían independientes y montaraces. Nostálgicos de una derecha que pusiera en vereda al rojerío, aprovechaban cualquier programa, político o no, para atizar al PSOE y clamar de paso contra el poder del Estado, que maniataba a los emprendedores, subía los impuestos y construía trenes innecesarios de alta velocidad.


    Carlos Pumares -que a eso venía- era uno de los locutores más vocingleros. Su programa de cine -que luego era de cualquier cosa- venía después de Supergarcía, y los adolescentes que ya trasnochábamos por los estudios, y por las ganas infinitas de vivir, nos quedábamos hasta las tantas de la madrugada oyendo sus monsergas de rancio conservador. Pero nos daba igual, su facherío. Nosotros estábamos a lo del cine, o la que surgiera, que podía ser una receta culinaria o la última crónica de una multa en carretera. Pumares, en aquel magacín encubierto, en aquel showtime de la madrugada, era mi pequeño dios de las ondas, un fulano tan cínico como divertido, tan faltón como seductor.



    Y eso que Pumares, cinéfilo de otra generación, odiaba a muchos cineastas que yo adoraba. Y no sólo los odiaba: se mofaba de ellos, los ponía a caldo, los ridiculizaba en antena si algún oyente se ponía pesado defendiéndolos. Pero yo me meaba de la risa, y me daba lo mismo no coincidir. Pumares era un fulano directo, vitriólico, que tenía muy pocos filtros en el paladar. Y una gracia de la hostia. Aunque sufría chifladuras de crítico arqueológico, Pumares me trasladó su pasión por el cine. Una pasión que yo traía de serie a su programa, pero que él mantuvo viva en los años idiotas de la adolescencia, cuando todo pudo haber sucedido. Pumares fue, aunque suene manido y resobado, mi maestro.
    Casi tres lustros después escucho de nuevo sus programas, en el ipod, mientras camino por los montes, y me sigo descojonando yo solo con sus paridas, con sus desplantes, con sus arranques de genialidad. Un personaje único.

Oyente: Pumares, es que mis amigos dicen que la película X es muy mala.
Pumares: Pues cambia de amigos



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Sesión continua

A Luis José Garci le he dado mucha caña en este blog. Y más que le seguiré dando como siga por estos derroteros, morreando el bigote del Aznar, o la barba de Rajoy, que parece un fetichista de los vellos peperiles. A quien yo tenía en mucha estima era a su hermano gemelo, José Luis, el director que en sus años mozos rodó varias películas que todavía aguantan el tirón -las mejores- o que son un documento de la época -las menos afortunadas. Luego, por desgracia, a José Luis le dio un ictus, o se fue de misionero al Amazonas, porque sus películas, aunque venían firmadas con su nombre, ya eran otra cosa: cursis, relamidas, aburridas a más no poder. Ahora sabemos que fue su hermano Luis José el que perpetró tales desmanes, un cineasta ramplón, almibarado, que también ocupó su lugar en las tertulias de la radio y en las fiestorras de la Moncloa, bailando chotis con la Botella.



    Y que allí seguía, usurpando la identidad, acaparando los elogios o los improperios según se diera la tarde, hasta que hace unas semanas, cuando todo el mundo rellenaba su quiniela para los Oscar, regresó José Luis del exilio, o de la enfermedad, y proclamó que Mad Max: Fury Road era su película favorita. José Luis, el cineasta con criterio, había vuelto de las sombras. Y yo, para darle la bienvenida, he decidido poner en el reproductor Sesión continua, una película suya de los viejos tiempos. Una rareza que con sus imperfecciones, y con sus tontunas, sigue siendo un canto de amor por el cine. Adolfo Marsillach y Jesús Puente hablan de sus vidas, de su amistad, de su fracaso como padres y de su nulidad como maridos. De sus sueños casi amortizados. Me deprimo despacio, que es la película dentro de la película, sólo es el mcguffin que utilizan para dar rienda suelta a sus cinefilias. La vida misma es para ellos un mcguffin, una excusa cojonuda para hablar de cine hasta la madrugada. José Manuel Varela y Federico Alcántara son dos alineados que me resultan muy familiares. Dos desertores de la realidad que encontraron la vida lejos de sí, en las pantallas.



Marsillach [borracho, pero lúcido]: ¿Tú sabes por qué nos hemos hecho mayores sin darnos cuenta?
Puente [más borracho aún]: No me acuerdo
Marsillach: Pues por una cosa muy sencilla. Porque nosotros no hemos vivido.
Puente: ¿Ah, no?
Marsillach: No. Nos han vivido. Siempre hemos vivido vidas que no eran nuestras vidas, porque en nuestras vidas sólo hay historias...
Puente: ¿Tú estás seguro... tú estás seguro de eso?
Marsillach: Completamente, Federico. Somos irreales. Vivimos en estado de película.


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El club

Será la actualidad, que toma esos derroteros, o seré yo, que me dejo llevar por el diablo, pero últimamente no paro de encontrar curas pederastas en las películas. O más bien historias que hablan sobre ellos, porque en Spotlight se los veía muy fugazmente, al hilo de la investigación, y en Calvary, Brendan Gleeson era el sacerdote justo que pagaba por los pecadores.
    Ha sido en El club, la turbadora película de Pablo Larraín, donde por fin he topado con uno de estos sujetos. Un hombre atormentado, sin cuernos en la cabeza ni rabo en el culo, al que los jerarcas envían a una casa de penitencia junto al mar, en el quinto pino de la costa chilena. Allí tendrá que convivir con otros cuatro curas de mal vivir, ovejas negras que la Iglesia prefiere tener ocultas para que se consuman en sus propios remordimientos, antes que entregarlas a las autoridades. Uno, el más rescatable, escribía cartas al papa para reclamar la homosexualidad como un camino recto hacia Dios; otro arrebataba bebés a las golfas izquierdistas para regalárselos a familias pudientes; otro, cura castrense, sabía, pero callaba, los asesinatos que cometía el ejército de Pinochet. Del último cura, gagá perdido, nunca llegamos a saber el motivo de su reclusión, pero a éste, por seguir el rosario de pecados, ya sólo le queda salir borracho a dar la homilía, o poner un expendedor de condones junto a la pila bautismal.



    Con cuatro solteros recluidos, la casa debería rezumar polvo y basura, pero reluce limpia porque a su cuidado, el obispo, o el arzobispo, ha puesto a una monja de pasado también turbulento, un ama de llaves que vela por el estricto cumplimiento de los horarios, y de las higienes, y de las penitencias. Gracias a sus desvelos, los cuatro curas viven como curas. Llevan un infierno de culpa en las entrañas, pero por lo demás su vida es plácida y envidiable: buenos alimentos, playa para pasear y series de televisión en la sobremesa. Hasta que llega el cura pederasta, precisamente, a joder la marrana con su depresión. Y entonces la película ya no va de curas, ni de pecados, sino de homínidos mondos y lirondos que van a luchar a cara de perro por defender su cueva, y su exigua libertad. De nuevo la charca de 2001, pero sin esgrimir huesos, sin dar voces, sin aporrearse el pecho. Los curas siempre han sido más sibilinos que todo eso. 



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Los sueños de Akira Kurosawa

A otras personas el sueño se les va en un suspiro, en un fundido negro que enlaza con el día. A mí, en cambio, los sueños me cunden como vigilias. Me canso, literalmente, de soñar. Me duermo y me lanzo a los caminos hasta que suena el despertador. Hace años que no tengo un sueño reparador. Todas las mañanas me levanto exhausto porque en los sueños no paro de caminar. Mi cansancio es físico, no mental, porque en los sueños no sufro gozos ni pesadillas. Las mías son aventuras tontas, baladíes, como de comedia de enredos. Lo que me fatiga es el ejercicio de perseguirme por los escenarios, que son muchos, y distantes. Un ejercicio literal, y no metafórico. Lo primero que me duele al despertar son las piernas, endurecidas y cargadas. Envejezco muy deprisa porque en el soñar no encuentro la paz de espíritu. No reparo una sola célula, ni ordeno un solo pensamiento. No descanso. Ni me olvido.



    Los sueños de Akira Kurosawa es una película que veo con mucha frecuencia porque es bellísima, y porque me reconozco en las imágenes. Me aburro con otros cineastas que exponen sus onirismos, porque sueñan de un modo diferente, y sólo sus semejantes pueden comprenderlos. Kurosawa, en cambio, soñaba como yo: en largas caminatas que lo llevaban de aquí para allá. El personaje de Los sueños es un caminante de gorra y mochila que lo mismo aparece en el Fujiyama, hablando con un demonio, que en Auvers-sur-Oise, departiendo con Van Gogh. Un turista que sube montañas, desciende valles, recorre campos de trigo... Sólo en el último sueño, en La Aldea de los Molinos de Agua, encontrará el descanso junto al arroyo. Quién no querría vivir en un pueblo así, con esas gentes sencillas que encaran la vida con humildad, y la muerte con alegría, si uno ha vivido bien, y lo suficiente. Quién pudiera quedarse allí para siempre, para no soñar más. Para no vivir más, en la realidad que aguarda al despertar. 



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