Star Wars: el imperio de los sueños

Existen dos modos de interpretar El imperio de los sueños -este making off extendido de la primera trilogía- como existen dos maneras, por lo menos, de leer Rayuela, la novela de Cortázar. Si hacemos caso del documental, el empeño de George Lucas fue una cosa de visionario, de quijote norteamericano que se enfrentó a los molinos de viento para defender su aventura de héroes y villanos, de humanos y robots. De bichos peludos de dos metros de altura y enanos verdes que hablaban con la sintaxis extraviada.



    Los malos, en El imperio de los sueños, son los ejecutivos de la 20th Century Fox, que al parecer nunca confiaron en el éxito de la misión. Entre que el rodaje se pasaba de presupuesto, los copiones del rodaje eran lamentables, y que el propio Lucas parecía renegar de los avances –tan alejados de su visión artística-, los ejecutivos enviaron varios ultimátums a los estudios Elstree, en Inglaterra, donde se filmaba el grueso de la trama, y donde al parecer los propios actores se descojonaban a escondidas de los diálogos y los disfraces. Sólo hubo un hombre, además de George Lucas, que confió en la lluvia de dólares que iba a caer sobre ellos: Alan Ladd Jr., el CEO de la compañía, que resistió las presiones airadas de directivos y accionistas. Al final, como todos sabemos, Lucas salió triunfador de sus desafíos, montó un emporio comercial que llega hasta nuestros días y cambio la historia del cine para siempre.



    Pero existe, como digo, otra manera de ver las cosas, una que en el documental, por supuesto, nunca se desliza ni se sugiere. La de que George Lucas tuvo la suerte de cara, por no decir la potra, o la flor en el culo. La suerte, por descontado, es necesaria para emprender cualquier proyecto en la vida, desde construir una trilogía galáctica a no partirte la crisma camino del supermercado, montado en la bicicleta. Pero tengo la sensación, el presentimiento, la pequeña maldad también, de que el resultado final de Star Wars está muy lejos de la idea originaria de Lucas. Uno ve esos bocetos iniciales, esos personajes embrionarios, esas líneas de guión deficitarias, y sospecha que cualquier parecido con lo que se vio en los cines es pura coincidencia. En la segunda lectura de El imperio de los sueños, Lucas tuvo la tremenda suerte –o el tremendo acierto- de contar con profesionales que fueron moldeando lo que iba camino de ser una película para niños: Ralph McQuarrie, en los diseños artísticos; John Dykstra, en los efectos especiales; los propios actores, en contubernio, que le iban añadiendo y quitando cosas a los diálogos para hacerlos más digeribles e incisivos. Sea como sea, entre todos parieron la película que marcó a mi generación. No la mejor, pero sí la que nos quedó grabada a fuego. La que nos sigue llevando a los cines, y a los merchandising, y a los documentales como éste, para saber más cosas, y cotillear en los bares, y en los foros.



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El renacido

El renacido es de esas películas que hay que ver en pantalla grande. No queda otra. Si uno quiere disfrutar de la luz, del paisaje, de la acción atronadora, hay que vencer la neurosis de quien no soporta las conversaciones, los barullos, los enredos con los comestibles. Armarse de valor, rezar a los dioses nórdicos y encontrar la butaca exacta que sea el baricentro del silencio, el ortocentro de la placidez.



    Llego a los multicines de Invernalia con quince minutos de antelación. El movimiento ante la taquilla es muy escaso, pero El renacido es la única película que ponen a esa hora, así que no puedo confiarme. Son todos los que están, pero todavía no están todos los que son. Los potenciales moscardones son parejas de jubilados, cuarentonas solitarias -¿una oportunidad para el amor?-, jóvenes atildados que no tienen pinta de ser peligrosos. Tomo un café en el vestíbulo mientras con un ojo leo el Marca y con el otro controlo la situación. Pasan los minutos y la animación no parece excesiva, así que finalmente me decido. Pago los seis euros con setenta céntimos, saludo a la portera y entro en la platea con los nervios en tensión, afilados. Del primer vistazo descubro tres o cuatro lugares propicios, algo esquinados, pero alejados de mis semejantes. Se ven algunos tanques de palomitas, y se escuchan algunas risas con los tráilers de superhéroes, pero el presentimiento que tengo es bueno, y con la fanfarria inicial me relajo en mi butaca de eremita. Desde los primeros compases de El renacido, que son muy violentos y tremebundos, la gente, silenciosa, va a estar a lo que está. Gracias, Odín.



    Dos horas y media después, salgo del cine con una sensación molesta en el ánimo. Me ha gustado El renacido, pero siento como una ingratitud, como una deuda, hacia Iñárritu y su equipo de cineastas. Estos tipos se han dejado la piel -a veces literalmente- en un rodaje que por sí mismo ya es una odisea, allá en Canadá, y en la Tierra del Fuego. DiCaprio, el pobre, y Hardy, el pobrecico, se han metido trastazos, se han bañado en aguas heladas, se han hecho arañazos por doquier. Iñárritu ha invertido cien talentos y cien millones en crear la aventura definitiva del hombre contra la naturaleza, y de la naturaleza contra el hombre. Y aunque logra, realmente, momentos de suprema belleza, y de auténtico salvajismo, uno, en los momentos más reiterativos, se ha ido de la película y se ha puesto a pensar en sus cosas de la semana, que si las tareas domésticas o que si cuándo ponen al Madrid.  A la película le sobran minutos, y simbologías, y algún preciosismo que otro. El esfuerzo sobrehumano de Iñárritu and company se merecía una obra maestra, un clásico absoluto, y se ha quedado en un entretenimiento grandioso. Que es mucho, pero también es poco, no sé si me explico. 



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El exorcista. Reflexión 3ª

El demonio, por descontado, no estuvo en Washington en el año 73, incordiando a las chavalas. Tuvieron que pasar treinta y un años para que se presentara uno allí realmente, cuando William Friedkin ya sólo hacía películas de compromiso, y William Peter Blatty había abandonado la escritura de cosas tremendas. No era Pazuzu, sino un político español, que lucía bigote, rebrillaba gomina y presumía de abdominales. Uno que mandaba mucho, y que fue nombrado profesor asociado en la Universidad de Georgetown, el mismo campus donde el infortunado Karras impartía sus clases de psiquiatría, y daba consuelo a los jesuitas de poca fe. El diablillo -ustedes ya saben quién es, porque además lo he puesto en la fotografía- hablaba castellano en la televisión, catalán en la intimidad, y luego, en la Universidad, en unos vídeos que siguen dando mucha la risa, un inglés rudimentario con acento de caballero de Olmedo. Un don de lenguas de la hostia, como se ve, todas muy antiguas y de solera, que ya tenía que hacer sospechar al personal de su tenebrosa procedencia. Luego, por si quedaba alguna duda de su sulfúrico tufillo, Ánsar se subía al atril y bendecía la guerra contra el Terror que el otro Terror habría provocado, y se carcajeaba de los pobres, y se descojonaba de la sanidad pública, y sacaba armas de destrucción masiva de sus atléticos cojones, y si uno está muy atento a los vídeos casi pueden verse los dos cuernecillos, rojigualdas y monísimos, saliéndole entre la mata de pelazo.


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El exorcista. Reflexión 2ª

Mi personaje preferido de El exorcista siempre fue el teniente Kinderman, ese inspector de policía que nunca pareció muy interesado en resolver los crímenes de la escalera, ni las profanaciones en las iglesias. Kinderman pasaba por los escenarios, soltaba cuatro preguntas de compromiso y rápidamente se ponía a charlar de cine con el personal. Él sabía, porque no era tonto, que los implicados le estaban engañando como a un chino, incluso los curas, que no deberían mentir en ningún caso. Pero ante la comedia encogía los hombros, soltaba una sonrisilla irónica y cambiaba de tema sacando títulos a relucir. Sospechosos o encubridores, cómplices o culpables, Kinderman sólo buscaba compañía para acudir a los estrenos de la semana, y luego diseccionar la película en animada charla. A punto ya de jubilarse, a Kinderman le interesaba la realidad para ganarse los dineros, y para satisfacer la curiosidad gatuna, que en el caso de los crímenes de Georgetown era mucha, pero ya vivía, como quien esto suscribe, más pendiente de la película del día que de otra cosa, descontando las horas, despojando las agendas, anticipando el ratico de gozo...




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El exorcista. Reflexión 1ª

En el momento de máximo pesar por la transformación de su hija, Chris MacNeil trata de convencer al padre Karras, jesuita, pero incrédulo, de que practique un exorcismo en la gélida habitación.
- Le digo que esa cosa que está ahí arriba no es mi hija.


    Y es ahí, justo en ese momento, en la sexta o séptima vez que veo El exorcista desde aquella tarde aterradora de mi adolescencia, cuando comprendo que la película no va en realidad de la lucha del Bien contra el Mal. Del duelo personal entre el demonio Pazuzu y el padre Merrin, que se retaron como dos machotes en las excavaciones de Nínive, allá en Irak. El exorcista, despojada de vómitos verdes y crucifijos ensangrentados, sólo es una película sobre el tenebroso paso a la adolescencia: el retrato de cómo una niña angelical se transforma en un bicho malhablado y malencarado, que aquí dicen que es por culpa del demonio, para convertirla en película de terror, pero que en realidad es por culpa de las hormonas, que a esta niña, por alguna razón, le sientan mucho peor que a sus compañeras del colegio.



    El lamento de Chris MacNeil lo he pronunciado yo muchas veces en los últimos tiempos, cuando escucho a mi hijo adolescente trasteando en su habitación, también escaleras arriba, como en la película. A veces le oigo los tacos, y le siento las convulsiones, cuando escucha música sobre la cama con los auriculares puestos. El retoño no está poseído por ningún demonio -al menos eso espero- pero no es, desde luego, el mismo niño que era antes de la invasión hormonal. Es él, sin duda, pero es otro. Ni mejor ni peor, pero tan distinto que uno ya no se remite al El exorcista para explicarlo, sino a otro clásico del género de terror, La invasión de los ladrones de cuerpos. Mi hijo, al que quiero mucho, faltaría más, no habla castellano al revés, como hacía la niña Regan, pero sí tararea letras de rap a todas horas, que a mí me suenan a arameo, o a babilonio, alguna lengua muerta cuyo dominio entraría en los justificantes para practicar un exorcismo. A ver si así lo arreglamos un poco, que de tanto negar con la cabeza un día se va a dislocar las vértebras, y se va a quedar con la cabeza del revés, mirando la pared, en vez de la pantalla del móvil.




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Turistas en mi playa XIV

Hacía un mes que los turistas sexuales no visitaban mi playa. El mal tiempo los ha retraído, porque esta playa mía tiene poco de paradisíaca, pero ahora que vuelven los calores, y pican los mosquitos, vuelven a pasearse por aquí, a ver si junan algo de chicha, y pillan algo de cacho. Vienen muy equivocados, los pobrecicos, y yo escribo estos avisos para colgarlos en mi puerta, y para que no llamen preguntando por lo que no hay. Una vez más, y van catorce.



    Los que frecuentan este blog, y más todavía los que lo leen, ya saben que mi amor por Natalie Portman es una cosa muy platónica, y muy oceánica, por la distancia insalvable. Natalie es una sonrisa que yo pongo en la cabecera para apaciguarme el ánimo, e inspirarme las escrituras, y no para hacer turbios manejos con los pantalones bajados. Para eso hubiera elegido otra foto, que las hay, y otros contenidos, que los tengo, más acordes con la intención. Algún lector ocasional, sin embargo, ha confundido la foto de Padmé con una incitación al jolgorio, y ha tecleado en el buscador un "mamada natalie portman" que no viene al caso. Por alegre que sea, y por excitante que resulte, la imagen amatoria ya imborrable. Ego te absolvo, querido visitante, pero no peques más. En este blog, Natalie Portman es tratada como una virgen vestal que guarda el fuego sagrado. Si quieres desnudar al mito, y debatir cuestiones anatómicas, mejor será que nos tomemos tres cervezas en el bar. Allí ya no soy el escritor, sino el hombre, y un hombre muy enamorado, además, de la actriz pequeñaja. En cuerpo y alma.
    Otro lector que pasaba por aquí buscaba a Natalie Portman de un modo más respetuoso, y yo se lo agradezco, aunque no haya dejado imagen en la que recrearse. Gracias a su decoro ya lo tengo por un platónico de los míos, por un miembro de esta congregación monoteísta. Algún día tendrá que explicarme, de todos modos, qué buscaba exactamente con "natalie portman el reino de los cielos". ¿Andaba confundido con la presencia de nuestra amada en la película de Ridley Scott? ¿O es que vive, acaso, tan enamorado de ella, casi tanto como yo, que la presume una habitante de los cielos que ha bajado a la Tierra en misión especial, como hacían las divinidades del Olimpo?



    El último pornógrafo de esta racha no buscaba las excitaciones ni los amores de Natalie Portman. Él, o ella, dio con el blog tecleando "raquel salgado tetas", y yo, la verdad, por más que he buscado en Google, y en IMDB, y en mis propios escritos, no encuentro ninguna actriz, ni siquiera del porno, que responda a tal nombre y a tal apellido en conjunción. Raquel sí que hay alguna, y Salgado un fotógrafo, pero nada más. Este lector ha sido muy mal encaminado por los buscadores, que a veces, en el ciberespacio, tienen las señales torcidas, indicando direcciones ambiguas. Las tetas de Raquel Salgado -que presumo muy bonitas para justificar la búsqueda- andan pegando botes en otros dominios. Lo único que tengo por aquí son hojas de reclamación, por si le sirven al frustrado -o frustrada- voyerista.



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La habitación

Ya he confesado varias veces en este blog que en la intimidad de mi habitación, a resguardo de la gente, soy un llorón de mucho cuidado cuando la película me pilla por los lagrimales. Al principio, cuando siento el palpitar, un ejército de castores amaestrados construye un dique para contener las lágrimas, con troncos y ramitas, hasta que al final, impepinablemente, todo se desborda y me pongo perdidas las mejillas, y los cristales de las gafas, que da mucha grima verlas, y ver a través de ellas. Qué tendrán las lágrimas que al secarse dejan en el vidrio esos churretones de espanto.



     Las mujeres, porque son una especie muy rara, y todavía están sin explicar por los científicos, a veces se sientan en el sofá con la intención de poner una película "para llorar", y se acomodan con los kleenex a mano, y las piernas recogidas en un abrazo. Ellas son así: sufridoras de vocación. Los hombres, en cambio, siempre lloramos por sorpresa, en películas que al principio podemos intuir tristes, o difíciles de encarar, pero que confiamos en superar con nuestra masculinidad velluda y musculosa. Quizá por eso nos ponemos así de perdidos, porque nunca tomamos medidas preventivas, y luego nos restregamos las lágrimas, y el moco, y la vergüenza de haber llorado, mientras que ellas, solventada la suciedad, se ponen tan guapas con los gimoteos, tan tiernas y sonrosadas.



    La habitación, que es la película que hoy me ocupa, es una película hecha con la mala intención de hacernos llorar, a hombres y mujeres por igual. La historia de esta madre y su hijo secuestrados durante años en el cobertizo de un chalado, no debería dejar un ojo seco en butacas y sofás. Y sin embargo, yo he resistido. Y no por vergüenza, sino porque me molesta, sobremanera, que quieran hacerme llorar. Yo sólo lloro desprevenido, con la guardia baja, en debilidades muy particulares. La habitación, vaya por delante, es una bonita película, emotiva, primorosa, con una actriz de tronío, Brie Larson, que en este blog ya quedó como santa de obligada devoción tras su papel en Las vidas de Grace. Pero La habitación tiene músicas tramposas, y trucos sucios, y a veces, perdónenme la indecencia, uno siente la mano del director metiéndose por mi culo, queriendo manejar mis reacciones como un ventrílocuo con su muñeco. Una colonoscopia que me incomoda, y que me predispone a la rebeldía de no llorar. Y aún así, al final, porque La habitación es mucha película, una lagrimita furtiva se me escapa de la voluntad, y resbala suave por la mejilla, sin tocar cristal de gafa, eso sí. Menos mal.



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Steve Jobs

Lo que haría cualquier guionista corriente y moliente enfrentado a la biografía de Steve Jobs es seguir el camino trillado de los biopics: el personaje nace, crece, se reproduce, crea varios productos tecnológicos de vanguardia y luego muere, como las cucarachas en el anuncio de Cucal. Pero Aaron Sorkin, que es un dios muy adorado en este blog, es cualquier cosa menos un guionista corriente. Poseído por el espíritu shakesperiano de Steve Jobs, que pedía a gritos un tratamiento diferente, Sorkin articula la película sobre tres momentos esenciales de su biografía: la presentación del Macintosh, la presentación del NeXTcube y la presentación del iMac. Entre bambalinas, justo antes de salir al escenario, al bueno de Steve se le presentan, puestos en fila, como si se hubieran puesto de acuerdo para incordiarle, los personajes centrales de su vida. Ellos vienen a aguarle la fiesta con sus impertinencias; a recordarle, minutos antes de alcanzar la gloria, que en realidad es un hombre imperfecto, un autista irascible que necesita recomponer sus relaciones con el prójimo. Son como los esclavos que sostenían la corona de laurel en los desfiles del César, y que de vez en cuando le susurraban al oído “recuerda que eres mortal”, para rebajarle la vanagloria.



    El guión de Sorkin es pura tensión, pura electricidad. Es Steve Jobs a punto de ser desgarrado por dentro, en el conflicto doloroso entre el creador y el hombre, entre el visionario y el cegarato. Lástima que Danny Boyle, el director, que no ha dejado las pastillas psicotrópicas desde Trainspotting, convierta ciertas escenas en un perifollo de montaje lisérgico y músicas estridentes. Como ya ha dicho por ahí algún crítico de postín: ay, si esta película la hubiese pillado el señor David Fincher. 

    Wozniak: Tus productos son mejores que tú, hermano.
    Jobs: Esa es la idea, hermano.
    Wozniak: ¡No es binario! Puedes ser decente y talentoso al mismo tiempo.




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The Yes Men are revolting

En The Yes Men are revolting, nuestros queridos gamberros andan de capa caída. Cuarentones y canosos, empiezan a cuestionarse su vida de activismo tocapelotas. Se les ve perezosos, nostálgicos, distanciados de la batalla. Llevan veinte años de lucha molestando a las grandes empresas y corporaciones, pero sus picaduras, aunque graciosas, y esforzadas, apenas han traspasado la piel de los elefantes. El sistema económico, tras la crisis, se ha rehecho en poco tiempo, rejuntando los ladrones como el T-1000 de Terminator rejuntaba las moléculas. Los espectadores de sus películas hemos celebrado sus gamberradas, y hemos aplaudido sus osadías, pero al final nos hemos quedado en el sofá, tan ricamente, con el único compromiso de votar a las izquierdas. Han sido muy pocos los reclutados para la lucha. Los valientes que se han alistado en esta guerra para jugarse el tipo, la denuncia, la cárcel incluso.



    El asunto principal que ahora preocupa a los Yes Men es su vida personal. Los hijos, el amor, la estabilidad laboral. Ellos no son hombres de piedra, ni superhéroes de acero. Tienen su vida propia, sus sueños legítimos. A la lucha universal suman ahora su lucha doméstica, y no hay tiempo para todo, ni fuerzas que abarquen tanto. Pero no se rinden, por supuesto. Tener familia les ha hecho pensar, más que nunca, en el legado que habremos de dejar a la próxima generación. Y es ahí, en la confluencia de su egoísmo genético y de su altruismo belicoso, donde han encontrado el ánimo para perpetrar nuevas fechorías. En The Yes Men are revolting, el cambio climático se convierte en su renovada cruzada contra el Mal. Andy y Mike, con sus caras de panolis y sus trajes de ejecutivos, volverán a colarse en la Cámara de Comercio, en la compañía Shell, en la Cumbre del Clima de Copenhague. Para seguir riéndose en la puta cara de los ávidos de dinero, de los tipos sin escrúpulos. Para seguir despertando conciencias y arrancando las carcajadas. 




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The Yes Men fix the world

Seis años después de su debut en las pantallas, Andy Bichlbaum y Mike Bonanno, los Yes Men, vuelven a la carga contra las corporaciones que saquean el planeta. Contra los bancos que financian el tinglado. Contra las instituciones democráticas que esconden la suciedad bajo las alfombras parlamentarias. Mientras los demás arreglábamos el mundo en las tertulias del bar, o en el sofá de nuestras casas, insultando a los próceres del traje y la corbata, ellos, los Yes Men, cuando el mundo financiero se derrumbaba, y con él nuestro bienestar, salieron a las calles para realizar sus "performances" en el corazón mismo del enemigo. The Yes Men fix the world. O, al menos, de no poder arreglarlo, dada la magnitud inalcanzable de la tarea, poner el dedo en las llagas, con mucha risa, y mucha mala hostia, y mucha reflexión inquietante también.



    Es impagable, ver a Andy Bichlbaum, travestido de ejecutivo de Dow Chemical, anunciando en un informativo de la BBC que Union Carbide va a pagar millones de dólares a los afectados de Bhopal. Verle, más tarde, infiltrado en las filas de Exxon, anunciando el petróleo del siglo XXI, un compuesto refinado a partir de los restos crematorios de cadáveres humanos. Es una descojonación ver a Mike Bonanno, quintacolumnista en Halliburton, presentando el kit de salvamento Sobrevivola, una burbuja de supervivencia para que los ricos salgan indemnes de cualquier catástrofe natural. No sé si The Yes Men fix the world es un buen o un mal documental. Y me da lo mismo, además. Este blog jamás entró, ni entrará, en cuestiones técnicas. Sólo diré que los Yes Men son dos genios, dos héroes, dos santos de incorporación inmediata a los laicos altares. No es que sigan la estela protestona de Michael Moore, mi entrañable gordito: es que le adelantan a toda hostia por la izquierda, añadiendo a la denuncia la parodia de los tiburones capitalistas. Aterroriza -no se me ocurre otra expresión- ver cómo los Yes Men sueltan auténticas salvajadas en estos foros de postín, y cómo los asistentes se descojonan de la risa, y toman notas, y hacen preguntas sobre riesgos y rendimientos sin tomar en consideración la idea disparatada, y deshumanizada, que se les propone.
    No te puedes perder The Yes Men fix the world si aún conservas un mínimo de decencia y de sentido del humor. Saldrás indignado, pero muy refrescado con la experiencia.




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The Yes Men

Los Yes Men, Andy Bichlbaum y Mike Bonanno, son dos gamberros maravillosos que en su tiempo libre, cuando no trabajan en sus cosas, y no están cumpliendo con sus obligaciones familiares, se dedican a protestar contra las multinacionales que empobrecen el Tercer Mundo, y contra los organismos oficiales que consienten la rapiña.



    Los Yes Men, estadounidenses ambos, de profesión diseñadores gráficos, llevan desde 1999 dando por el culo a los poderosos. No han impedido sus latrocinios, pero sí les han provocado algún que otro forúnculo. Su primera fechoría fue crear una web falsa que reproducía, casi exactamente, aquella en la que George W. Bush se daba a conocer al pueblo americano. Ellos introdujeron "sutiles" diferencias políticas y "novedosas" revelaciones biográficas, que crearon gran controversia en su momento. El mismo Bush, en una entrevista para la televisión, les llamó "basureros de la información", y aprovechó la circunstancia para lanzar una proclama, muy democrática, a favor de  limitar la libertad de prensa. Las cosas de Georgie, como luego supimos...



    Los Yes Men, gracias a la cuchipanda, encontraron la inspiración que habría de guiar su camino. Acto seguido calcaron la web de la Organización Mundial del Comercio, creándose perfiles de expertos economistas. Algunos visitantes se daban cuenta del engaño, pero otros, que no se fijaban demasiado en los contenidos, empezaron a invitarles para dar charlas en nombre de la OMC. Ahí nació el personaje de Hank Hardy Unruh, un ejecutivo que se cuela en las conferencias de los poderosos, de los ávidos de ganancias, para soltar auténticas barbaridades que lejos de estremecer a los presentes, y de mover al abucheo o a la denuncia, arrancan encendidos aplausos, y grotescas risotadas de satisfacción, retratando a cada cual.



    En The Yes Men, el documental, Hank aprovechará unas jornadas comerciales en Salzburgo para proponer un sistema de compra de votos que garantice una democracia mejor dirigida; en Finlandia, en un congreso de empresas textiles, argumentará, con datos y estadísticas, un regreso al sistema de trabajo esclavista, y presentará, como novedad mundial, un sistema de control remoto de los trabajadores, con chips bajo la piel que avisan de sus progresos y de sus descansos no permitidos; en Nueva York, en el marco de unas charlas sobre alimentación, lanzará el revolucionario proyecto "Reburger", un compromiso de McDonald's para vender hamburguesas baratas a los países pobres, con carne directamente reconstruida a partir de heces y materias fecales...
    Si además de conciencia social tienes sentido del humor, del negro, o del marrón, los Yes Men son tus hombres para pasar un buen rato: indignándote, y partiéndote el culo, al mismo tiempo.



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Requisitos para ser una persona normal

Según Leticia Dolera, los requisitos para ser una persona normal son: tener un trabajo (que por ahí vamos bien),  una casa (si valen las de alquiler), una pareja (correré el tupido velo), una vida social (un amigo en el bar del pueblo), aficiones (de esas voy sobrado, confesables e inconfesables) y una vida familiar (la convivens interruptus con un adolescente en la fase aguda de su enfermedad hormonal). Leticia Dolera propone una quiniela de seis resultados en la que llevo dos unos, tres equis y un dos. Un aprobado raspado con un premio de calderilla. Luego, en el pleno al siete, la actriz y directora cierra su recetario con un "ser feliz"  poco definido, que no queda claro si es el colofón necesario de todo lo anterior, o una sensación inefable, subcutánea, muy particular de cada uno, que podría ser independiente de los otros requisitos.




    Ser feliz...  Ni las circunstancias actuales acompañan, ni los cuarenta y tantos años son edades para andar por ahí dando brincos de alegría. A Leticia Dolera, que es joven y guapa, vitalista y entusiasta, que es una mujeraza que en la vida real jamás se acercaría a ese gordo oligofrénico que huele sus propios pedos y asalta pisos de ancianas, se le ha olvidado poner un octavo partido en la quiniela, que es la salud contra la enfermedad. Y en ése, a lo sumo, a estas alturas de la oxidación celular, uno sostiene una equis precaria que se tambalea en el marcador. Un partido muy jodido, defendido a cara de perro, contra un equipo que cuenta con delanteros malignos y talentosos. Un Barça demoledor con Glucossi y Ureano, Colesterovich y Trigliceriño. Ya llegará, la bellísima Leticia, la simpática Dolera, a nuestra provecta edad, y descubrirá que la normalidad es salir del médico con los análisis aprobados, y la desgracia aplazada, y enfrentar lo cotidiano con un alivio en el ánimo, y una cerveza de importación en la compra, para celebrar la salud viendo el fútbol en la tele. Parece poco, si uno se deja engatusar por la película. Pero es la hostia, se lo aseguro. 



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Spotlight: todos los sacerdotes del arzobispo

Consideraciones sobre Spotlight:
1 Spotlight no es una película sobre abusos sexuales cometidos en el católico Boston, que es la reserva espiritual de Estados Unidos. Spotlight es una película que huye del morbo, de las víctimas incluso, que aparecen en la trama con cuentagotas, sólo para aportar pistas, o para encarrilar investigaciones. En eso, como en todo lo demás, la película de Thomas McCarthy es de un gusto exquisito. Aquí lo que interesa es la labor periodística, el trabajo concienzudo, el espectáculo edificante de ver a seres humanos trabajando con inteligencia. A uno, que de niño también quiso ser periodista por culpa de Lou Grant y sus reporteros del Los Ángeles Tribune, estas películas de tribuletes que acosan al poder son un regalo para el espíritu guerrero, que ahí sigue, pidiendo caña, aunque adormecido por la buena vida. Spotlight - y no exagero en la alabanza- es un Todos los hombres del presidente que bien podría haberse titulado Todos los sacerdotes del arzobispo.




2 Al final de la película, en los títulos de crédito, aparece una "lista de la vergüenza" con los abusos sexuales que fueron destapados gracias a la labor del Boston Globe. Los hay a cientos, por el ancho mundo, pero uno, especialmente, me llamó la atención: Fargo, en Dakota del Norte. No podía ser de otro modo. Es el habitante -en este caso real- que faltaba en la mítica ciudad de los hermanos Coen. La guinda del pastel. Un curilla bonachón que entre nevada y nevada -de las unas, y de las otras- va dando consejos espirituales a los atribulados vecinos, con tanto mafioso y tanto estúpido que corre por ahí. Este personaje aún no ha salido en las entregas de la serie, ni en la película original, así que confío en que haga su rutilante aparición en la tercera temporada que ya se anuncia. Y si no es así, no sé a qué están esperando Noah Hawley y sus muchachos, con el juego que puede darles, el siervo del Señor.



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Spotlight


Un recuerdo personal.
En Invernalia, en el patio del colegio, cuando te raspabas las rodillas o el codo, el encargado del recreo te enviaba al dispensario, un garito con cuatro tiritas y un bote de alcohol que gestionaba, vamos a llamarle así, el hermano Jesús. El hermano Jesús era un docente retirado al que colocaban allí para darle una distracción matinal. Aquel hombre vivía en el colegio, en comunidad, seguramente desempeñando mil tareas productivas, pero nosotros, los alumnos externos, sólo le conocíamos en aquel dispensario por el que pasábamos dos o tres veces al año, cuando nos dábamos un tortazo en el baloncesto o en el futbito.
    Al hermano Jesús le daba igual la superficie lastimada que le presentases. Su primera instrucción, invariable, era que te bajaras los pantalones.
    - "Pero, hermano..., ¡que me he raspado el antebrazo!"
    - Ya lo sé, hijo, tú bájate los pantalones.
    Como éramos timoratos, y merluzos, y desconocíamos los intrincados caminos de la anatomía, que tal vez requería mercromina en las rodillas para curar los rasguños del codo, nos bajábamos dubitativos los pantalones, sólo un poquitín, hasta la altura del medio muslo. El hermano Jesús echaba un vistazo furtivo a los asuntos esenciales, siempre cubiertos por el calzoncillo o por el faldón de la camisa, y rápidamente te ordenaba que restablecieras el vestido decoroso. Al instante, como liberado del trance, te limpiaba la herida diligentemente, sin un roce de más.
    - Tened más cuidado para la próxima vez, perillanes.



    Aquella situación, más que vergüenza, nos producía mucha risa cuando regresábamos al patio. Los amigos se partían la caja con la anécdota de siempre, pero renovada. Incluso montábamos un teatrillo, imitando la escena, si el encargado del recreo andaba despistado. En realidad nadie le daba la menor importancia al asunto. Comparado con estos curas de Boston que la película Spotlight nos devuelve a la memoria, abusadores gruesos y delictivos, el hermano Jesús era una hermanita de la caridad. ¿Qué buscaba, que nunca apeteció, con aquella instrucción suya de los pantalones? ¿Y si después de todo, llevado por el celo profesional, y no por el otro celo, sólo buscaba lesiones que quedaban ocultas a la vista, y las descartaba con ese protocolo que nosotros interpretábamos lascivo? ¿Y si su supuesta flaqueza sólo fue el constructo de nuestra imaginación? ¿De nuestra beligerancia anticlerical, que ya por entonces buscaba campos de batalla? ¿De nuestras ganas de sacarle punta a cualquier asunto genital, para echarnos unas risas nerviosas?
    Hacía más treinta años que no me acordaba de él.


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Frío en julio

Decía Carlos Pumares, en aquel programa suyo de las madrugadas, que de vez en cuando había que ver una mala película para luego saborear mejor las buenas. Decía, con sabiduría, que si uno, en su cinefilia desbocada, iba continuamente de peliculón en peliculón, al final caía en la insatisfacción rutinaria de quien come caviar y bebe champán todos los días. Lo que Pumares no explicaba era si él elegía malas películas a conciencia, como una especie de purga o de penitencia, o si le bastaba con las que encontraba en los festivales del ancho mundo, o en sus obligaciones profesionales de programador.



    Uno, la verdad sea dicha, jamás ha visto una mala película a sabiendas. Mi intención de cada noche es limpiarme la mierda del día con una película de risas o lágrimas, de sustos o emociones, y con los años he ido desarrollando un sexto sentido que falla muy pocas veces. Frío en julio, por ejemplo, es una película que no pensaba ver ni en pintura, ni en pixelación. De venganzas a tiros entre tejanos hormonados ya está uno muy informado, y muy resabiado. Vacía de premios, con actores de poco calado –salvo Sam Sephard- y criticada con adjetivos muy apagados, Frío en julio estaba borrada de mis agendas hasta que el otro día, en el pasillo laboral, una amiga de gusto exquisito me la puso por las nubes. En esos momentos uno casi siente, físicamente, la disonancia cognitiva que provoca un terremoto en las neuronas. Por un lado la compañera, disfrazada de abogada, que te canta loas y alabanzas, y por otro lado, sulfúrico y enrojecido, el instinto que te ruega no escucharla. Son segundos decisivos, inquietantes, en los que pones en juego la amistad si tuerces el morro con desagrado, o dices que no con sequedad. A uno, por supuesto, también le gusta que los demás le agradezcan sus recomendaciones, así que al final cedo, y me voy preparando para lo peor, cuando toque el momento.
    Frío en julio, efectivamente, es una película que no encajaba en mi perfil, por decirlo de manera suave. Pero no voy a pedirle daños y perjuicios a mi compañera, naturalmente. Ella, otras veces, me ha enseñado joyas que yo no conocía, maravillas que me habían pasado desapercibidas. Las películas que entran por las que salen. Además, gracias a estos bostezos, como bien enseñaba el maestro Pumares, mi próxima película me sabrá a teta de monja. Ya me estoy relamiendo.







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Fargo. 2ª temporada

Termino de ver la segunda temporada de Fargo, y la sonrisa tontorrona persiste durante muchos minutos, mientras trasteo por los canales de deportes. Es una hora tardía, inconfesable, y aunque oigo los cantos de sirena que llegan desde mi cama, no quiero levantarme del sofá. Me siento despejado, y a gusto con la posición. Noto que un bienestar recorre mi espina dorsal, que un buen humor fluye por mi sangre, y no quiero moverme por no romper el hechizo. No voy a hacer más esfuerzo que pulsar el mando a distancia, y recorrer la multipantalla buscando el deporte más apetecible, o el más absurdo, por echar unas risas de más. Sólo cuando llegue el primer bostezo, y el primer pensamiento negro, haré el esfuerzo supremo de apagarlo todo, y me levantaré del sofá entre toses invernales.




      Hasta que llegue ese momento, regreso con el pensamiento a los escenarios de Fargo, para atar los cabos sueltos que mi intelecto todavía no anudó. El universo que los hermanos Coen imaginaron hace veinte años en su tierra natal de Minnesota, ha dado para otra temporada perfecta de risas y cafradas, de gentes bondadosas y matones demoníacos. ¿Existen personas tan estúpidas como las de Fargo y alrededores? Por supuesto. ¿Existen sociópatas tan peligrosos? Sólo hay que poner un telediario al mediodía. ¿Existen, también, los vecinos cabales, los hombres valientes, las mujeres íntegras, bienhechores que viven camuflados entre la masa mediocre y maliciosa? Claro que sí. Todos podríamos señalar a un justo Lot en nuestras Sodomas y Gomorras particulares. La gran idea de los hermanos Coen, ésa que ha recogido con magistral tino Noah Hawley para la serie de televisión, es juntar a toda esta gente posible -pero improbable- en la geografía reducida y agorafóbica de los paisajes nevados, y agitar la coctelera para ver el despropósito que salía de ahí.  Una obra maestra del humor negro. De la violencia desbocada, y de la estupidez siempre presente.  




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The Martian

Los hombres de este pueblo donde vivo nunca van a ver The Martian, la última película de Ridley Scott. Ellos no van al cine, ni tienen televisión de pago, ni entienden bien cómo funciona un DVD. Dentro de unos años, si acaso, cuando pasen la película en La 1, después del No-Do y de la información del tiempo, mis convecinos le echarán un vistazo distraído mientras apuran el vaso de vino y cortan el queso con la de Albacete. Sé que les va a interesar mucho el tema de las patatas hidropónicas, porque aquí, en este villorrio, como en cualquier villorrio que se precie, que las patatas crezcan o no es el asunto sustancial de cada día. Lo que viene antes del cultivo, y sobre todo lo que viene después, les va a aburrir soberanamente, y van a verlo con el volumen bajado, o con la atención puesta en otro sitio. Levantarán la ceja cuando Damon se ponga a cacharrear con los vehículos espaciales, porque ellos, hombres prácticos donde los haya, saben mucho de arreglar cualquier cosa, y de trastear mucho con sus tractores, aunque ellos siempre tengan la patata en mente, y no entiendan muy bien qué hace un tío con un casco en mitad del desierto, buscando artilugios sepultados bajo el polvo.



    Escribía Andrés Trapiello en sus diarios, de cuando iba a su finca extremeña y se topaba con la dura realidad del agro:
    “Yo no sé de dónde se habrán sacado eso de la sabiduría de los hombres de campo. Por uno sabio, se topa uno con cien brutos y desalmados. Sólo hay que observar la saña con que un hombre de campo mira crecer unas dalias, una rosa, todo lo que no dé patatas”.




    No diré yo tanto de mis vecinos, Dios me libre. Como yo no tengo tierras, ni casa propia, nos saludamos amablemente sin que nuestras vidas tengan un punto de intersección, ni de conflicto. Trapiello, en el exabrupto, se desahogaba de un problema de lindes, o de unas obras en casa, ya no recuerdo bien, y aprovechaba la escritura para quedarse tan a gusto. Mi desencanto con los hombres de campo es más liviano que el suyo, pero más sostenido en el tiempo. Más decepcionante en realidad. Aquí no hay nadie para comentar una película como The Martian. Nadie con quien descojonarse de la risa porque el personaje de Sean Bean no muera al alcanzar los títulos de crédito. Nadie con quien compartir el amor volcánico que Jessica Chastain sigue despertando en mis entrañas. Nadie, por supuesto, con quien recordar el sueño viajero de Carl Sagan, ni hacer memoria de las otras aventuras espaciales de Ridley Scott. Nadie a quien comentarle que The Martian, en esencia, tiene el mismo argumento, y el mismo brete moral, y el mismo actor rescatable, que Salvar al soldado Ryan. Aquí, en el villorrio, las únicas películas que se ven son las de vaqueros, y sólo si sale John Wayne en ellas. Vivo rodeado de gente, ahíto de comida, en un rincón ubérrimo del Noroeste. Pero vivo solo, muy solo. Me siento, en espíritu, como Matt Damon atrapado en Marte.





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Mozart in the Jungle

Se cuenta en IMDB, respecto a Mozart in the jungle, que un estudio de la universidad de Harvard, allá por los años noventa, encontró que la satisfacción laboral de un músico de orquesta era más baja que la de un guardián de prisiones. El dato, tan extraño como revelador, viene a explicar muchas de las cosas que suceden en esta ficticia Filarmónica de Nueva York que dirige Rodrigo, el chiflado director al que da vida Gael García Bernal.



       Mozart in the jungle está basada en las memorias del mismo título de la oboísta Blair Tindell. Ella subtituló su biografía con un “sexo, drogas y música clásica” que es mucho más que un chiste malo sobre el famoso “sexo, drogas y rock and roll”. De las vidas de los grandes compositores hemos visto documentales, y hemos leído biografías, y sabemos que la mayoría eran unos rijosos que dedicaban su música a las amantes perdidas o conquistadas. Incluso cuando aseguraban que componían sus sinfonías inspirados por Dios, no hacían más que sublimar los instintos de quien chorreaba libido por sus dedos. Sin embargo, de los intérpretes de esa música, uno, al menos, siempre ha tenido una visión equívoca y mojigata. Los veo en el canal Mezzo, siempre tan atildados y tan virtuosos, y pienso en ellos como en seres angélicos, asexuados, que una vez terminada la función se retiran a sus aposentos a beber agua mineral y a seguir practicando con sus instrumentos. De qué otro modo, si no, iban a alcanzar ese dominio magistral, ese arte inalcanzable. Es una impresión falsa, por supuesto, que no resiste ni cinco segundos de análisis racional. Mozart in the jungle nos recuerda que estos músicos de élite, cuando guardan el violonchelo en la funda o el oboe en el cajetín, son como cualquiera de nosotros, con sus orgullos y sus amores, sus vidas arruinadas o sus vidas en recomposición.




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Mis almuerzos con Orson Welles

Entre 1983 y 1985, allá en los restaurantes de postín, Orson Welles y el director de cine Henry Jaglom mantuvieron jugosas conversaciones sobre el mundillo de Hollywood, y sobre las tribulaciones artísticas del propio Orson. Welles, que confiaba en la discreción de su amigo, no puso impedimento para que estas conversaciones fueran grabadas en un magnetófono. Un documento que ahora, gracias a la labor editora de Peter Biskind, nos llega en forma de libro imprescindible: Mis almuerzos con Orson Welles.
   La mitad del texto se nos va en los proyectos inacabados de Orson Welles. En esos tres años previos a su muerte, incombustible y obsesivo, el ciudadano Kane todavía soñaba con dineros llovidos del cielo, y confianzas renovadas de los productores. Algunos proyectos los tenía con el guión inacabado; otros con el rodaje a medio empezar; otros con los actores sin dar el OK definitivo. Un sindiós de películas y documentales que mantenían a Welles ocupado de la noche a la mañana, cuando no estaba comiendo en los restaurantes, claro, o cuando no estaba en España de parranda, impregnándose de tauromaquias y flamenqueos.




       Para un cinéfilo como yo, de los de andar por casa, la parte más enjundiosa del libro es aquella en la que el gordinflón no opina, sino que pontifica, sobre sus gustos y manías. Una verdulera que opina a calzón quitado, y a cinturón desabrochado, sobre películas y cineastas, actores y damiselas. Uno esperaba, la verdad, razonamientos sesudos, análisis cinematográficos. Fulano es muy bueno porque tal y fulana es un horror porque cual. Pero no: Orson se viste de cinéfilo de café para soltar sus inquinas y prejuicios. No le gusta Spencer Tracy porque es irlandés; odia a Woody Allen porque es feo y bajito; trata a John Huston como un borracho incompetente. Detesta Vértigo porque sí, Chinatown porque le da la gana, All that jazz porque le parece una memez. A otro interlocutor no le hubiera consentido yo tamañas herejías: que me toquen a Woody Allen es como que tocaran a mi hermano; que se metan con All that jazz es como si se mearan en el copón de mis hostias sagradas. Pero a Welles, por aquello del respeto, y porque en un párrafo confiesa ser lector admirado de Montaigne, le voy siguiendo hasta la última página, asombrado a veces de su inteligencia, indignado, a veces, con su pedestre humanidad. Un tipo orgulloso, pagado de sí mismo, que sin embargo, en ocasiones, se declara perdido y confuso.



- Soy mucho más inseguro de lo que piensas, Henry.
- No me lo creo. Eres arrogante y estás muy seguro de ti mismo.
- Sí, es verdad, estoy muy seguro de mí mismo. Pero de nadie más.




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Mientras seamos jóvenes

No puedo engañarme a mí mismo. Sé que por debajo de mi cinefilia maniobra un individuo caprichoso que vive en el inconsciente. Un tipo enmascarado que me persuade, con voz meliflua, de ver películas que sólo le interesan a él. Como ésta de hoy, Mientras seamos jóvenes, un truño que aburre a los quince minutos y ya no se detiene hasta el final en sus gracias que no dan risa, en sus filosofías que no dan qué pensar.
      Noah Baumbach es un fulano de películas extrañas que nunca me dejaron poso. De su filmografía previa, tan cacareada, no soy capaz de recordar ni siquiera los argumentos. Y sin embargo, seducido por mi Batman interior, enamorado hasta las cachas de Naomi Watts, mal aconsejado también por algún crítico de postín, he vuelto a caer en las redes de estos neoyorquinos con ínfulas que quieren ser personajes de Woody Allen y se quedan en panolis de TV movie.





      Mi inconsciente ha vuelto a engatusarme con otra película de cuarentones desnortados, de los que empiezan a sufrir hernias y artritis, de los que no saben si aceptarse, si volverse ya viejunos del todo, o si darle una nueva oportunidad al joven interior. Mi inconsciente anda muy preocupado con la velocidad supersónica del calendario, y como sabe que yo vivo infeliz pero despreocupado, aprovecha las películas para meterme el miedo en el cuerpo. Pero, yo, la verdad, poco puedo aprender de estos cuarentones imaginarios. Ellos, como el Ben Stiller de Mientras seamos jóvenes, son mucho más guapos que yo, y viven en Nueva York, y tienen talentos artísticos, y lloran en hombros de mujeres bellísimas y comprensivas. Así cualquiera. Mi crisis otoñal es muy típica, muy de andar por casa. De la meseta superior cuando hace frío, con el sillón-ball y la mantica, la sopa de ajo y la morcilla con cebolla. De paseos por el bosque y tertulias melancólicas con los amiguetes. De la tecla F5 del ordenador siempre cerca, para actualizar las páginas de amores a ver si alguna cuarentona busca un hombre como yo, con hombro donde refugiarse, cinéfila y no fea a ser posible. 




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Dheepan

Uno, de vez en cuando, acuciado por la vagancia de no preparar cena, se deja caer por los restaurantes que regentan orientales de piel oscura. Hay un tugurio, en concreto, en esta capital de Invernalia, donde preparan un kebab que es una obra de arte de la glotonería. Me río yo, del masterchef o del chefmaster, de sus perejiles y de sus vinagres reducidos, mientras sostengo uno de esos prodigios entre las manos, conteniendo a duras penas el relleno que se escurre entre los panes, como en una cornucopia rebosante. Tras el atracón viene el sentimiento de culpa, y el juramento de no volver a repetir, vigilado como estoy por un médico que lo sabe todo sobre mi colesterol. Pero al cabo de un mes me puede el nervio, y la gula, y regreso a la escena del crimen con la cabeza gacha y la cara medio escondida, para que ningún conocido me reconozca. Como quien entra en un puticlub, o en una agrupación del Partido Popular.



   Mientras espero la confección de mi suicidio, observo con detenimiento antropológico a estos restauradores anónimos. Mi incultura, tan poco viajada, me impide saber de dónde proceden. Alrededor del golfo de Bengala se me enredan los países y las teces. Me pregunto qué pintan aquí, en esta ciudad que casi no llega ni a pueblo, tan lejos de sus terruños, siempre pegados a unos fogones verticales que son de volverse loco de calor. Qué piensan de sus clientes, tan orondos; de los españoles, tan gritones; de la cultura occidental, en general, que en las antenas parabólicas siempre salía de colorines y con pibones semidesnudos.
    Hoy, cenando sopita de fideos y fruta multicolor, he vuelto a pensar en mis viejos amigos. Y no por el hambre canina –que también- sino porque estaba viendo Dheepan, la última película de Jacques Audiard. Dheepan es un exiliado tamil que huye de la guerra en Sri Lanka, y que encuentra asilo político, y trabajo precario, en un arrabal conflictivo de París. Huyendo de las balas de su tierra, se encontró con las balas francesas del narcotráfico pandillero, que se disputa los edificios como en un episodio de The Wire. Dheepan, el personaje, es un tipo duro, concienzudo, que no se deja pisar por nadie. Podría escurrir el bulto, y hacerse pasar por un anónimo trabajador que sólo quiere el permiso de residencia. Pero a Dheepan le bullen las entrañas cuando contempla la violencia y la injusticia. Es un justiciero de barriada, un Charles Bronson bengalí. Se parece mucho al hombre que aquí en Invernalia rellena mis kebabs de la muerte. Ése al que siempre le digo que ponga un poco de picante, y que añada un poco más de cebolla. La próxima vez que le vea casi estoy romper el hielo, y por entablar conversación. A ver qué me cuenta. 




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Camino a la perdición

El personaje trágico de Camino a la perdición es el mafioso John Rooney, al que da vida, y altura, un inmenso Paul Newman. Un protagonista de tragedia griega, si no estuviéramos entre irlandeses con metralleta y borsalino.
    A punto ya de jubilarse por edad, o temeroso de que lo jubilen a tiros las bandas rivales, el anciano sopesa a quién legar los negocios ilícitos que lo han hecho un hombre respetable. El hijo genético, la carne de su carne, es un psicópata de gatillo fácil que no sabe mantener la boca cerrada, ni el arma en la cintura . El personaje de Daniel Craig es, además, un tipo apocado y rencoroso, que no tiene el don de la paciencia ni la virtud de la mansedumbre. Un perfecto inútil que dilapidará en poco tiempo la herencia recibida. Tantos asesinatos, tantas piernas rotas, tantas cabezas descalabradas en el Medio Oeste americano, para que llegue el chaval y lo arruine todo con tres locuras y cuatro tonterías. Una inversión de alto riesgo, como poco.



    El otro hijo de Paul Newman es Michael Sullivan, el personaje de Tom Hanks. Un matarife profesional, como aquellos que añoraba el gallego Pazos en Airbag. Sullivan es un sicario que sabe cuándo hablar y cuándo disparar. Cuándo conceder la prórroga y cuándo empezar la balacera sin dejar un sólo testigo en pie. Un tipo responsable y cabal que sin embargo, ay, no lleva en su venas la sangre de los Rooney. Él es un hijo adoptado, como el Tom Hagen de la familia Corleone, y aunque sería el candidato ideal para suceder al anciano, los imperativos genéticos, en la cabeza del viejo, pueden más que los raciocinios de la conveniencia. Cuando la película se enrede, y John Rooney tenga que mojarse en su elección, se desatará la tragedia anunciada en el título. El camino hacia Perdición, y hacia la perdición, que tanto monta y monta tanto.



    Mientras veía la obra maestra de Sam Mendes, y contemplaba las dudas desgarradoras de John Rooney, he recordado aquel discurso que Tywin Lannister le soltaba a su hijo Jaime en la tienda de campaña. Para ilustrar a quienes vieron Camino a la perdición y se echaron las manos a la cabeza:

    "En poco tiempo yo habré muerto. Y tú, y tu hermano, y tu hermana, y todos su hijos. Todos moriremos. Todos nos pudriremos en la tierra. El apellido de la familia es lo que pervive. Todo cuanto pervive. Ni la gloria personal, ni el honor. La familia". 




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