American Beauty

Este blog es un porno soft de mi mundo interior. Una exhibición de anatomías íntimas que aparecen medio tapadas por las sábanas. Con las películas como excusa, mezclo medias verdades y medias mentiras para hablar de mis mandangas, de mis opiniones sobre el mundo. Los cinéfilos de verdad, los que buscan análisis profundos o datos curiosos, hace tiempo que emigraron a otras páginas, donde ven satisfechas sus respetables apetencias. Aquí se han quedado los cuatro parroquianos despistados. Los amigos de verdad -que vienen a curiosear- y los amigos de mentira –que vienen a reírse de mi yo, y de mi circunstancia. Y las incautas, claro, que descubren a un literato de mediana edad y sueñan con leer poesías en colores pastel, y cantos otoñales a la belleza de la vida. Pobrecicas.



      Con algunas películas, sin embargo, no puedo explayarme sin caer en el desnudo total. Hablar, por ejemplo, de American Beauty, me exigiría pasar del porno blando al porno duro. Retratarme en primeros planos, y en HD, con los pelillos y los pliegues al descubierto. Una cosa muy fea, y de muy mal gusto. El personaje de Lester Burnham tenía cuarenta y dos años cuando contaba su historia. Yo tengo ahora uno más, y quizá porque muchos cuarentones seguimos el mismo camino de baldosas amarillas, me hallo en su misma encrucijada. La vida de Lester Burnham, en mi caso, es como el negativo de los pápeles de Bárcenas: todo es cierto, "salvo alguna cosa". Lo más triste es que yo no tenía ni treinta años cuando me presentaron a Lester Burnham, allá por 1999, y entonces ya supe, en un escalofrío del alma, que tarde o temprano me encontraría maldiciendo su misma desgracia. Que el mismo desaliento, la misma frustración, la misma sensación dolorosa del tiempo perdido, me esperaba a la vuelta de una esquina. Que iba a llegar un día, el primero de muchos, en  que después de la ducha matinal todo iba a ser bastante peor.



     Y sin embargo... La vida es tan... hermosa. Está llena de humor, de carcajadas, de benditas estupideces. Hay músicas que me erizan el vello, paisajes que me dejan atónito, sabios que me iluminan las meninges. Partidos de fútbol que me devuelven la alegría tonta de la niñez. Y están las películas, claro, que me dan oxígeno y alimento cada noche. Y está el amor, tal vez, como una vaga pero luminosa posibilidad, aguardando tras otra esquina más benévola, quizá pintada de verde esperanza, o de rosa cursi, o de rojo pasión.

     "A veces hay tantísima... belleza... en el mundo, que siento que no lo aguanto. Y que mi corazón se está... derrumbando"




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Regresión




Minnesota, en los últimos tiempos, desde que los hermanos Coen ambientaran allí Fargo –y eso que Fargo está en Dakota del Norte-, se ha convertido en el chiste recurrente de Norteamérica.  Cada vez que alguien quiere rodar una ficción de paletos con pocas luces, o de rústicos sin ninguna prisa, allá que van con las cámaras y los focos, a las tierras nevadas del norte, como aquí íbamos a los secarrales castellanos en tiempos del cine franquista, a descojonarnos del labrador con boina, y de su mujer con dislalia. Ya incluso en las retransmisiones de la NBA, cuando juegan los Timberwolves y algún jugador de la franquicia anda despistado en ataque, o merluzo en defensa, se escuchan algunas bromitas sobre el asunto: “Este tío parece sacado de Fargo, o nació en el centro mismo de Minnesota…”
      Esta semana, por esos designios de los hados, he visitado Minnesota dos veces. El primer viaje me ha llevado a Luverne, donde los personajes de Fargo 2 siguen haciendo de las suyas, bobos geniales los unos e inteligentes limitados los otros. Nada ha cambiado por esas tierras desde que los hermanos Coen establecieran el estereotipo. Y bien que lo agradecemos, la verdad, porque los espectadores nos seguimos descojonando con ese humor negro que ya es una Denominación de Origen. Ya dijo Cipolla que la estupidez era universal, pero allí, al parecer, en la rectilínea frontera con Dakota, existe un pico estadístico que es un filón para los guionistas.




         El segundo viaje astral a Minnesota lo he hecho con Regresión, la última película de Amenábar. Aquí los lugareños parecen algo más espabilados que en el universo de los Coen, quizá porque hay menos nieve y los andares son más rápidos, o porque hace menos frío y las cabezas parecen menos abotagadas. Los palurdos de Amenábar no cometen crímenes estúpidos que luego hay que ocultar durante diez episodios. A estos lugareños, cuando les pega el siroco, les da por celebrar ritos satánicos en un granero abandonado, sacrificando bebés y entonando salmos al revés. Luego, durante el día, cuando el ojo de Dios les pregunta, dicen no acordarse de nada, o recordarlo vagamente de una pesadilla. Así las cosas, para resolver los crímenes, el pobre Ethan Hawke buscará ayuda en el hipnotizador de la comisaría (sic), un tipo que saca verdades del subconsciente con un metrónomo de cruz invertida (sic también). Y aquí me detengo, para no hacer sangre. Podría poner veinte sics igual de absurdos para subrayar las veinte demencias de este guión tan ridículo. No hay suspense en Regresión: sólo susticos, golpes de efecto, actores que nunca se creen las chorradas que van soltando. Y me sabe mal, por Amenábar, al que otras veces he defendido a capa y espada: ante los mentecatos que no entendieron Abre los ojos; ante los fachas que no aceptaron Mar adentro; ante los desinformados que lo acusaron de plagio en Los Otros. Es ahora, en Regresión, cuando pueden dar rienda suelta a sus ojerizas. Antes no. 




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La duda

La simpatía y la antipatía son sentimientos que a veces surgen de la nada. Sin tiempo para juzgar a la nueva persona, nos creamos una opinión que solidifica a la velocidad temible del cemento. Son sensaciones que nacen en la trastienda de nuestras emociones, allí donde Sigmund Freud descubrió la veta profundísima del subconsciente, y empezó a extraer un mineral que todavía no hemos agotado. El abuelo de Viena, que para algunas cosas se ha quedado en un viejo verde, o en un plasta ilegible, en otras es todavía un maestro competente. Él nos enseñó que cualquier conocido nuevo nos remite a otros cien que guardamos en el recuerdo, y que a veces, en el procesado rápido de información, sacamos conclusiones que pueden ser precipitadas, pero que necesitamos para ponernos en alerta, o para abandonarnos libremente a la amistad, o al amor...



      La duda, que es la película que hoy me ocupa, es la historia de una antipatía visceral, radical, freudiana hasta la médula. La de la monja Aloysius por el padre Flynn. Muchos, en su día, se quedaron con la trama secundaria del supuesto abuso sexual ¿Se trajinaba el sacerdote al niño negrito, allá en los oficios de monaguillo? ¿O le ofrecía, simplemente, unos cariñitos espirituales? ¿Se derramaba algo más que vino, en la sacristía del internado neoyorquino? Rodada en plena eclosión de las meteduras de mano sacerdotales, y de las meteduras de pata obispales, La duda, en realidad, no tenía nada que ver con el asunto. El contacto sexual sólo era el viejo mcguffin de don Alfredo. El atrezzo de vestuario que llevó a miles de espectadores a las salas. La trama verdadera, el meollo del asunto, es el odio exacerbado, irracional, que siente esa monja alférez. Una antipatía rabiosa que sólo buscaba una excusa para explotar. La duda es un concepto de psicología básica ilustrado con un vídeo de hora y media. El retrato de un prejuicio que nos parece vidrioso y malévolo, pero que sólo es, ojo, la exageración dramática de un pecado que todos hemos cometido alguna vez. 




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The Newsroom. La distopía hispánica

Me topo, en los canales de pago, con un documental que aborda los entresijos periodísticos de The Newsroom. Uno un poco viejuno, de cuando estrenaron la serie en Canal +. En él, varios periodistas españoles expresan su opinión sobre la utopía de Aaron Sorkin. Les parece estupendo y tal, como no podía ser de otro modo. Ellos también sueñan con una información objetiva y guerrillera, libre de cortapisas e intereses partidistas. No nos explican, por supuesto, la razón de que ellos sólo puedan soñar ese periodismo, y no practicarlo. No nos dicen qué patrones les coartan, qué redactores les vigilan, qué anunciantes les acojonan. Qué partido político les envía cada mañana un argumentario para seguir sembrando la desinformación y la falacia. Entre su triste realidad de paniaguados y la alegre rebeldía de los personajes de Sorkin, media un abismo de explicaciones que nadie, por supuesto, va a ofrecernos ante la cámara.




    Es una gran farsa, este documental del Canal +. Pero resulta, al mismo tiempo, muy educativo. Uno de los personajes entrevistados es Antonio Caño, que por aquel entonces era corresponsal de El País en Washington. Le sacan a la palestra por su condición de hombre de PRISA, y por su amplio conocimiento de la escena política americana. Caño, como todos los demás, es un rendido admirador de la serie. Caño, como todos los demás, no explica por qué su empresa no tiene un informativo como el de ACN. Dos años después, este fulano será llamado a filas por Juan Luis Cebrián para dirigir El País desde Madrid. Y dirigirlo, en este caso, es redirigirlo. Un eufemismo de hacer limpia, de poner orden, de rendir pleitesía. De acabar con cualquier atisbo de rojerío, de socialismo, de librepensamiento sedicioso. De traicionar a los viejos lectores, que desertamos en manada y todavía no hemos regresado. De volver indistinguible este diario de todos los demás. Incluido el de Mahruenderrr. Ver ahora, con tres años de retraso, a Antonio Caño hablando maravillas del periodismo que se practica en The Newsroom, es una ironía del destino. Una broma macabra de los calendarios. 




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La gran apuesta

Hoy, mientras veía en el cine La gran apuesta, y escuchaba las masticaciones de dos desaprensivos sentados tras de mí –a los que deseo una crisis económica que los deje sin pelas para siempre- he ido recordando los conceptos olvidados. Yo fui de los que hace cinco años vio Inside Job sin comprender nada y juró comprarse el libro al día siguiente. Un tocho de letras apretujadas y germanías sacadas de las páginas color salmón. Leí el libro, lo subrayé, volví una y otra vez sobre los párrafos más abstrusos. Cuando por fin lo terminé, tras un fatigoso esfuerzo de días, me vi capaz de explicarles a los amigos qué era una hipoteca subprime, un bono basura, un jodido CDO. Fueron unos días de alegría exultante, de orgullo recobrado. Volví a ser el alumno empollón que en el instituto no cejaba en el empeño de comprender. Sin embargo, en esos días de bombilla encendida, ningún amigo me demandó tales informaciones. Ninguna mujer se acercó para quedar prendada de mi económica sabiduría. Y así, por culpa del desuso, fui perdiendo tales conocimientos hasta volver a ser el antropoide cotidiano, más preocupado de la Liga de fútbol que de la Reserva Federal, más pendiente de los números de LeBron James que de los vaivenes del Ibex 35.



      Como unas veces te obliga a pensar y otras te obliga a reír, me lo he pasado en grande con La gran apuesta. En la platea, sin embargo, mientras los personajes de la película preveían el derrumbe de la economía mundial, he oído juramentos por lo bajini, y bufidos de fastidio. El público se impacientaba, se comía el resguardo de la entrada. Es verdad que La gran apuesta, cuando se pone áspera, parece una tertulia bursátil del canal Bloomberg. Pero creo que lo hace adrede, consciente de su mala intención. Qué más da, vienen a decirnos sus responsables. La verborrea sólo es el mcguffin de la trama. Usted sólo tiene que fijarse en quiénes nos robaron, y en quiénes lo consintieron. No se preocupe por no entender. O por entender y luego olvidar (como va a sucederme a mí dentro de dos días). Le va a dar lo mismo. No está en sus manos evitar un nuevo advenimiento del latrocinio. Ni la comprensión ni la indignación van a librarle de una nueva crisis devastadora. Estos cabrones hicieron –y van a seguir haciendo- lo que les dé la gana, porque no forman parte del sistema, sino que son el sistema. Ya lo advierte el desconsolado personaje de Steve Carell al final de la película:

       ”La gente normal es la que va a pagar por todo esto. Porque siempre, siempre lo hacen”.





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Black Mass

Al final de Black Mass, en los títulos de crédito, aparecen las fotos reales de los mafiosos que durante años colaboraron con el FBI, allá en los arrabales de Boston. Unos matones de baja estofa que mientras largaban de la mafia mayor, la italiana, gozaron de total impunidad para manejar sus asuntos delictivos. Que si unas extorsiones por aquí o unos asesinatos por allá. Poca cosa, al parecer.
     Como suele suceder, los jetos auténticos son insulsos, decepcionantes, de una normalidad pedestre que está más cerca de la estulticia que de la brillantez. Tipos que uno se encontraría en cualquier bar del pueblo, jugando a la baraja, o disputándose la posesión del Marca. La psicopatía, en el mundo real, viene enmascarada en rostros neutros, insustanciales, como bien advierten los manuales de psiquiatría. Lo del psicópata de sonrisa cínica y mirada perturbadora es una cosa que ponen en las películas para que los espectadores más lerdos no se pierdan en la trama. Lo del mafioso con glamour también fue una estupidez aventada por el cine, una tontería que El Padrino elevó a la categoría de arte, hasta que un buen día nos topamos con la jeta de James Gandolfini, y con sus camisetas imperio manchadas de salsa napolitana.



        En Black Mass no hay nada que objetar sobre la caracterización de los matones secundarios, que podrían ser perfectos clientes del Bada Bing!, una pandilla de garrulos que celebran su amistad trajinando whiskies y junando putas. Pero el Jimmy Bulger que le han plantado en la cara a Johnny Depp parece una broma. Uno ve las fotos reales del hampón y tiene un aire parecido al tío Paulie de Los Soprano, sólo un poco más delgado y estiloso. Nada que ver con esta criatura infernal de lentillas azules y dentadura retorcida que parece sacada del Drácula de Coppola. Se han pasado tres pueblos con el maquillaje, y con la plastilina. Tres pueblos, concretamente, de la provincia de Albacete, pues uno mira y remira el emplaste y no deja de pensar en Joaquín Reyes imitando a Jimmy Bulger con acento de La Mancha:

        "Que soy el recopetín de la mafia bostoniana, copón, ¿no os doy repeluco?"




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The Newsroom: la ciencia-ficción

La ciencia-ficción que consumo estos días no es sólo la galaxia muy lejana de Star Wars. Y no estoy muy seguro, además, de que Star Wars sea realmente una ficción. Del mismo modo que otros creen en la multiplicación de los panes, o en la intervención de la Virgen en los partidos de fútbol, yo estoy en mi derecho de tomarme muy en serio a Luke Skywalker, como el poderoso Jedi que trajo el equilibrio a la galaxia. Yo creo en la Fuerza como otros creen en el rayo divino, o en la infalibilidad del Papa, asuntos todos relacionados con la fe, con el capricho de las entrañas, y a ver quién es el guapo que me quita la ilusión.




         No creo, sin embargo -porque estos sí que son personajes inverosímiles, porno duro de la ficción dramática- en los periodistas que pululan por The Newsroom, ahora que estoy repasando la serie. En estos tiempos de telediarios manipulados, de tertulias vocingleras, de periódicos censurados por los magnates -y los mangantes-, uno acude al informativo de  ACN a sabiendas de que el mismo Sorkin ha planteado una utopía de periodistas íntegros. Un sueño reconfortante pero imposible. En el mundo real, los chicos de MacKenzie son una especie en extinción que asoma las cabezas en ciertos reductos de internet, donde libran la guerra armados de tirachinas. También hay periodistas honrados dentro de la prensa dirigida, pero están solos, y atemorizados. Les da vergüenza lo que hacen, lo que obedecen, lo que se ven obligados a escribir o a investigar, pero el paro es muy jodido, y suele haber hijos que alimentar. La ficción mayúscula que imaginó Aaron Sorkin es que estos héroes vivan todos bajo el mismo techo, en el prime time de las noticias, y que un capítulo tras otro se las arreglen para desafiar al share, a la mentira, a los propios dueños de la emisora, que quieren cargárselos y no encuentran el resquicio. Se necesita mucha fe para dejarse llevar por esta serie ejemplar.




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El puente de los espías

El puente de los espías es una película irreprochable. De un clasicismo inmaculado que ya sólo utilizan los viejos maestros de Hollywood, como Steven Spielberg, al que en este blog se le tiene por un dios de alta alcurnia, y se le protege especialmente de los maledicentes. Da gusto, también, ver trabajar a Tom Hanks, un tipo con una facilidad insólita para pasar del humor a la tragedia, del chiste a la filosofía. Un actor descomunal al que se le ha quedado una cara extraña, como de lerdo inteligente, como de genio despistado. Y luego está la Guerra Fría, claro, que siempre queda muy bien en pantalla, con los espías y los checkpoints, los sombreros de ala y los hálitos de vapor.




   El fondo de la película, sin embargo, ya es harina de otro costal. Que ahora se rueden maniqueísmos sobre la guerra contra los desharrapados muyahidines, o contra los desnutridos norcoreanos, está dentro de las directrices militares. Pero de una película sobre la guerra fría, ya tan lejana, tan vergonzosa para ambos bandos, uno esperaba mayor objetividad y distanciamiento. Las películas con yanquis que defendían la paz en el mundo y comunistas que deseaban la esclavización del planeta parecían un asunto viejuno de las filmotecas. Pero se ve que no, que la maquinaria ideológica nunca descansa. El abogado al que da vida Tom Hanks no asalta Berlín repartiendo hostias como Rambo, ni patadas voladoras como Chuck Norris, pero sí es más inteligente que cualquier ruso borracho de vodka, que cualquier alemán del Este cegado por la corrupción. Hanks es un tipo listo, despierto, que proviene de un país donde al parecer siempre brilla el sol, y las mariposas revolotean sobre los niños felices. En Berlín Este, en cambio, por culpa del comunismo, el cielo siempre está encapotado, y los piojos se comen a los niños andrajosos. La España misma que se nos viene encima si algún día gobernaran los de Podemos, si uno hiciera caso a ciertos informativos de la tele, y a ciertas tertulias de la radio.




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La visita

Las películas de terror se construyen sobre los miedos de nuestra infancia, que duermen en el trastero hasta que alguien sube a jugar con las cajas. Allí esperan su oportunidad los monstruos del armario, y los habitantes del pasillo oscuro. La fauna terrible que se cría en los hogares al calor de los chavales, y que luego, cuando estos ya no están, hiberna en nuestra conciencia hasta que una película como La visita vuelve a sacarla del letargo.



          M. Night Shyamalan, que es el viejo amigo recuperado, el hombre que nos acojonó vivos en El sexto sentido o en El bosque y luego se fue por los cerros de Úbeda, a experimentar con las gaseosas, ha vuelto por sus fueros con una película de terrores como dios manda. De sustos muy clásicos que sin embargo funcionan, y mira que uno es receloso con el tema, que hasta bostezo en las casas encantadas donde otros se cagan por la pata abajo. La visita, para aplacar las apetencias de los incondicionales, sigue el manual establecido de la aparición por sorpresa y los ruidos de la noche. Pero en el fondo se trata de una película sobre recelos familiares. Y ahí el miedo se vuelve muy real, muy orgánico. Porque estos abuelos trastornados de la película no son ectoplasmas de la noche, sino carne de la carne, y sangre de la sangre, y los dos nietos que andan de visita sienten el miedo añadido de parecerse a ellos algún día. El mismo pavor, aunque tratado con humor, que sintió Lisa Simpson cuando conoció a la familia completa de su padre, y se sumió en la más profunda depresión. El mismo miedo que atenazaba al niño Leolo cuando un allegado caía en la locura irremediable, en aquella obra maestra del fallecido Jean-Claude Lauzon. El mismo resquemor que sentiríamos todos al reconocernos en un familiar que ha perdido la chaveta. Una persona con la que se comparte una ceja, una mirada, un gesto en las manos, un parecido heredado, aunque nimio, que tal vez sólo sea la punta del iceberg… 




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Anacleto

Apagué las luces para ver Anacleto con una mosca detrás de la oreja. Una muy zumbona que no paraba de advertirme del peligro. Hace meses que vi los avances y publicidades de su estreno en cines, y aquello parecía un cómic para desfogue de adolescentes. Un homenaje a Tarantino con exceso de metralletas y abuso de explosiones. Una pérdida de tiempo para el cuarentón que leía los tebeos de Anacleto en la infancia, que ni cómics se llamaban todavía. Anacleto, tal como yo lo recordaba, no tenía adaptación posible al cine. No al menos como película de acción, en plan Misión Imposible y tal. Quizá, sí, como comedia disparatada, casi subversiva, porque Vázquez, el dibujante, era un coñón que usaba sus personajes para hacer mofa y befa de la España retrasada y carpetovetónica. Una España que, groso modo, sigue más o menos igual, aunque ahora todos usemos teléfono móvil y entendamos los títulos en inglés de las películas.



     No pensaba ver Anacleto, la verdad, pero la crítica española, sospechosamente unánime, prietas las filas con el producto nacional, había proclamado su entusiasmo con la cuchipanda del agente secreto. Y te hacen dudar, estos mamones, porque a veces aciertan en el contubernio, y te llevan por el buen camino de una película desconocida, pero a veces te engañan como a un bobo, para que apoquines la entrada o el DVD y engroses la cuenta del director o el actor de turno, que suele ser un amiguete, o un compañero de copas. Entre que sí y entre que no, finalmente me decidí, más que nada por descubrir a Berto Romero en un papel para el cine, porque Berto es un tipo que me hace reír mucho en la radio y en la tele, un comediante ocurrente y chisposo, un mitómano gafudo y cuarentón como yo que ha bebido en las mismas fuentes y en los mismos humores.



       Casi desisto del anaclético empeño a los diez minutos, cuando descubro al padre de los Alcántara descerrajando tiros en un desierto, pero tengo que reconocer que luego me he reído como un tontorrón, en un buen puñado de ocurrencias. Las persecuciones y los tiros me aburren soberanamente, pero algunos diálogos, algunos excesos verbales, las coñas marineras tan propias de Vázquez, merecen el esfuerzo. Anacleto es una película excesiva, desparramada, demasiado moderna para este anciano escribiente. Pero conserva algo del viejo tebeo, un espíritu, una chapuza, una españolidad disparatada. Y con eso me vale, para entretener otra noche de invierno, en el sofá, con la mantica, con los mandos sobre el regazo. Esperando a Phil, la marmota.




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El despertar de la Fuerza

David Hume fue un filósofo mentecato que nunca creyó en el innatismo, ni en el determinismo, los dos pilares básicos de cualquier sabiduría consecuente. A este inglés orondo nunca le tuve gran aprecio en el bachillerato, pero sí tengo que agradecerle, porque la recuerdo cada dos por tres, aquella teoría suya de que el yo no existe como sustancia, como sujeto permanente. Que nuestra identidad es la sucesión de muchos yoes sucesivos, cada uno con su experiencia. Sostengo, además, que esos individuos no se van, no se mueren. Que no se desvanecen en el olvido como Bing Bong en Del revés. Que nuestra identidad no es un chalet solitario que va reformándose con los años, sino una hilera de adosados que acoge a los viejos inquilinos de nuestra personalidad, relevados de sus funciones.



    No se vayan todavía. No me he vuelto loco. Yo venía aquí para hablar de El despertar de la Fuerza, pero antes tenía que explicarles que yo no soy yo, como decía David Hume, sino la convivencia ruidosa de muchos yoes que habitan dentro de mí. Los Álvaros anteriores no se han ido de casa. No se han transformado en el Álvaro actual que pierde pelo y gana barriga. Mis entrañas son una corrala donde se cruzan el padre responsable, el adolescente despistado, el bebé que todavía se conmueve ante la visión de un pecho femenino... El Álvaro adulto sólo es una personalidad más, el presidente de la comunidad que intenta poner orden en la escalera para no ir haciendo el ridículo, ni desmintiendo la edad del DNI.





      Yo quería hablarles de El despertar de la Fuerza, sí: exponer mis opiniones, mis entusiasmos, mis pequeñas decepciones también. Dedicarle una sentida prosa a Han Solo, el viejo amigo, y a Luke Skywalker, el héroe de mi infancia. Al entrañable Chewbacca, con el que siento una afinidad peluda y gruñona. A la saltarina Rey, por supuesto, que me ha vuelto a sacar las vergüenzas del viejo verde. Quería contar, alabar, maldecir. Abrir un debate galáctico con los cuatro gatos de este callejón. Pero tengo que confesar que no he visto la película. Yo he comprado la entrada, he saludado a la portera, he vigilado de reojo a los espectadores molestos. Pero nada más leer el cartel del hace mucho tiempo en la galaxia muy lejana, me he quedado dormido como un tronco, roncando los trajines laborales y las desventuras con las mujeres. En la fanfarria inicial de John Williams yo ya no era yo, sino el niño, que aprovechaba el tiempo de recreo. Es él quien ha visto la película, con la misma expresión boquiabierta de las veces anteriores, con los mismos nervios en el estómago, con la misma piel electrizada. El mismo niño que todavía no llega al suelo con los pies, arrellanado en su butaca. Y a este niño, por descontado, se la sudan bastante las incoherencias, los derrapes, las reiteraciones. Este niño no razona, no analiza, no se presta a los debates. Para él, El despertar de la Fuerza es una obra maestra. La mejor película del año. Sin peros, sin fisuras, sin hostias en vinagre. No traten de discutir con él. Eso es en otros foros. Aquí, si quieren, pueden dejar a sus hijos, para que la chavalería se monte su rollo, y se ponga a jugar con los muñequitos. 



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45 años

El libro que me puso en la senda de la sabiduría -de mi sabiduría, al menos- fue El mono desnudo, de Desmond Morris. Buscando las respuestas que los curas siempre postergaban, o que animaban a buscar en la Biblia, como si las inquietudes de un adolescente pudieran resolverse en el Deuteronomio, o en las profecías de Malaquías, en El mono desnudo encontré la explicación detallada de aquello que Charles Darwin dejó susurrado: que somos unos antropoides muy evolucionados, fascinantes y complejos, pero poco más. Morris, entre otras cosas, resolvía el debate entre monogamia y poligamia afirmando que el hombre era, de natural, un monógamo sucesivo. Un comportamiento único entre los primates que sin embargo explicaba muchos entuertos del romanticismo. El nudo gordiano de las poesías y las películas. Morris hizo sus cálculos antropológicos y dictaminó que el tiempo natural de una pareja era de cuatro o cinco años, si la camada sobrevivía sana y viable. Cumplido este plazo, los progenitores abandonaban el nido -o trataban de abandonarlo, claro, que eso es otro cantar- buscando nuevos amores en los que reproducirse, sin maldad ni rencores, sólo por el bien del entrecruzamiento genético.




        Si nuestro comportamiento sexual fuera la poligamia absoluta, o la monogamia estricta, los celos serían un sentimiento desconocido. Con eso soñaban los hippies, y siguen soñando los talibanes. Pero somos, ay, como nos describió el zoólogo Morris, amantes posesivos y transitorios. Ya lo decían los habitantes de Amanece que no es poco, que todos somos contingentes menos el señor alcalde, que era el único necesario. Los celos suelen mirar hacia el futuro, temiendo el abandono y la soledad, pero a veces, como ocurre en esta gélida película que es 45 años, se proyectan hacia el pasado. En este carrusel de monogamias sucesivas, somos, simplemente, la pareja actual, la que ha elegido la suerte, o la conveniencia, o la comodidad de las costumbres. Pero nadie nos asegura que nuestro amor sea el más luminoso, el más bello, el que dejará la cicatriz más profunda en nuestro compañero de viaje. La mayoría de los homínidos prefieren no saber estas verdades, y se autoconvencen de su romántica trascendencia. Otros, como el personaje de Charlotte Rampling en 45 años, tienen la mala suerte de toparse con el pasado cuando ya nada presagiaba su llegada. Como en una tormenta de los sentimientos llega el orgullo herido, y la arrasadora sensación del tiempo perdido, que es el dolor más profundo que pueda concebirse. Los ojos de Charlotte, esos ojazos de mujer vivida y de actriz consumada, pasarán en un santiamén del amor al rencor, de la admiración al reproche, de la felicidad a la angustia inconsolable...




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Catastrophe 2

Mientras llega el amor -y el invierno tiene pinta de ir para largo, como en Juego de Tronos- voy ejercitando las dialécticas románticas con las series de televisión. El aprendizaje vicario -que es un término que da mucho la risa, como de escuela de tenis, o de estudios seminaristas- es la academia última de los amantes olvidados. De los hombres ninguneados. Uno ve a las parejas catódicas en sus trifulcas y arrumacos, y casi sin querer va tomando nota de las estrategias, de las componendas, del sutil arte de entenderse con las mujeres, esos alienígenas tan extraños como necesarios, tan distintos como adorables. Uno, por supuesto, conoce el peligro de confundir el cine con la realidad, como cantaba Luis Eduardo Aute, y sabe que estos amores son asunto de guionistas con mucha imaginación, y de productores con mucha avaricia. Que relajen el dedo, pues, los que ya iban a escribirme para advertirme del absurdo.



     En la segunda temporada de Catastrophe ya no se dirimen los asuntos del acercamiento impulsivo, del conocimiento trastabillado que estalla en el amor gozoso y algo alocado. Ahora Sharon y Rob ya tienen dos hijos, y conviven bajo el mismo techo. Sus asuntos se han vuelto domésticos y matrimoniales, y aunque uno se sigue divirtiendo con sus peripecias de pareja asimétrica, porque los diálogos derrochan ingenio, y los actores exudan química por los poros, esta segunda parte, en el aspecto pedagógico, en el sentido estrictamente académico del amor, se ha vuelto muy previsible. Uno ya ha pasado por estas Domestic Wars de las indirectas en la cocina y de las alambradas en la cama. Asignatura aprobada, que diría José Luis Garci. La asignatura pendiente, que llevo suspensa desde tiempos remotos, sigue siendo el acercamiento primero. El primer trance de la publicidad. Cómo convencer a las incautas de que en este body y en este brain todavía se guardan algunas alegrías, y algunas pequeñas satisfacciones. Mientras estudio las lecciones, el invierno se apodera de los interiores y los exteriores. A ver qué pronostica la marmota Phil en Punxsutawney, el próximo 2 de febrero...




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Eres lo peor

Las sitcom que uno guarda en sus estanterías son aquellas que protagonizan hombres malvados o estúpidos. Mujeres retorcidas o insoportables. La vida misma, en definitiva, trasladada al universo ficticio de las risas enlatadas. Modern Family, por ejemplo, que es una serie modélica de guiones milimétricos, jamás dormirá en mi habitación porque en el fondo todos sus personajes son buenas personas, seres imperfectos con el alma inmaculada. Y eso, como bien saben los filósofos, y los sacerdotes, es una imposibilidad estadística que le resta cualquier credibilidad al asunto. Quien esto escribe, tal vez maltratado por los genes o apaleado por las circunstancias, se siente más cercano a los inmaduros de Seinfeld, a los estúpidos de Larry David, a los mentecatos de Veep, a los incapaces de The Office, a los cuarentones decadentes y barrigudos como Louie... Ese es el fango del ser humano en el que yo me reconozco, y me echo las carcajadas sinceras, y me dejo los dineros comprando los DVDs.



          Pero siempre hay, por supuesto, excepciones. Frasier fue una serie de personajes bonachones y decentes que tengo guardada como un tesoro. No se han vuelto a escribir unos guiones como aquellos, con tanta sutileza, con tanta gracia, con tanta sabiduría sobre el homo sapiens moderno. Eres lo peor, en cambio, que es la serie que me ocupa estos días, es una comedia irreverente, desvergonzada, de personajes impresentables que deberían enamorarme casi al instante. Su protagonistas son dos treintañeros traviesos con la edad mental de dos adolescentes de instituto. Jimmy y Gretchen pasan el tiempo libre follando, desfollando, discutiendo, chinchándose, poniéndose los cuernos... Probando drogas, catando licores, contrastando excesos. Ellos viven la vida loca que cantara Ricky Martin. Son dos individuos modernos, desprejuiciados, altamente egoístas e inmaduros. Deberían caerme de puta madre. Y sin embargo, con todo a favor, no termino de reírme con sus cuitas. Sobrevuelo sus enfados y sus reconciliaciones con la sonrisa preparada, lista para la acción, pero casi nunca solicitada en realidad. Hago esfuerzos para conectarme a esas vidas tan distintas a la mía, tan cercanas en el pecado de pensamiento y tan lejanas en el pecado de obra, pero me veo muy mayor para el ejercicio. A veces, en el portátil, en un mal ángulo de visión, veo reflejado mi rostro sobre la pantalla, superpuesto al de estos dos amantes alocados, y me descubro ridículo, y algo voyerista, tratando de entender una juventud que ya no me toca vivir. El esplendor en la hierba de los cojones, que cantara el poeta. 




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Homeland 5.0

Homeland se ha convertido en un viejo amigo que nos visita de vez en cuando. Uno al que estamos en la obligación, y en el placer, de invitar a casa para abordar las naderías actuales, y recordar los tiempos trascendentes. Aunque hayamos perdido el contacto cotidiano y la conversación fluida, aunque esta vez temamos no encontrar el hilo y la complicidad de antaño, suspendemos planes y modificamos fechas por miedo a no volverlo a ver, tan imprevisible como es la vida, tan mayores como nos vamos haciendo.



          Uno, que ya es un viejo amigo de Carrie Mathison, examante platónico de su cabello rubio y de su rostro complejísimo, acude a la cita siempre que ella se anuncia por televisión. Sin embargo, noto con pesar que nos vamos distanciando en cada reencuentro. Que aunque sigo sus desventuras con los ojos como platos y los oídos como ensaimadas, sus azarosas desgracias cada vez me importan menos. Es todo tan enrevesado, tan forzado, tan improbable en su vida ya de por sí inverosímil, que empiezo a pensar que Carrie se inventa sus anécdotas. Que por no confesar que ahora es un ama de casa retirada con dos bebés en la cuna, es capaz de imaginar guiones y de simular accidentes para que no dejemos de admirar su estilo intrépido, su valor suicida, su inteligencia acerada. A fin de cuentas, qué amigo lejano no aprovecha la distancia y el desconocimiento para tirarse faroles, para presumir de ascensos en el trabajo o de hijos superdotados en el colegio. De mujer activa sexualmente o de amante preciosa guardada en la recámara. Quién no aprovecha estos reencuentros para inventarse una biografía basada en hechos reales, pero distorsionada hasta el límite de lo creíble. Ahora que Carrie dice estar perseguida por esos tipos tan malencarados de la SVR -la agencia rusa que al parecer sólo contrata matones estúpidos con picaduras de viruela- prefiero, por el bien de nuestra vieja amistad, hacer como que me lo creo todo, y disfrutar con el espectáculo pirotécnico de los espionajes y los tiros. Que además, hay que reconocerlo, Carrie cuenta de puta madre con su gracejo yanqui de Nueva York.




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Turistas en mi playa XIII

Los homosexuales que llamaban a mi puerta preguntando por la fiesta de pichaloca.com hace ya varias semanas que no rondan por aquí. Parece que al fin se ha terminado esta confusión de direcciones, este lío de rótulos intercambiados. Esta errata de las guías turísticas que los encaminaban hacia al sector más mojigato de la playa, donde vivimos los ermitaños soñadores de mujeres. Se han ido mis amigos homosexuales, sí, a disfrutar de lo suyo, y que los dioses los bendigan, pero han vuelto los turistas heterosexuales que viajan con el otro turoperador, uno que organiza citas en los hoteles y que por algún malentendido los envía a mi bungalow, que no tiene rótulos, ni luces, ni músicas románticas para iniciar los preámbulos.



    Uno de estos turistas llamó a mi puerta preguntando por "le chupa una teta en público", y tengo que confesar, por una vez, que el hombre no andaba muy desencaminado. Jamás he escrito yo tal indecencia, ni soy proclive a esos comportamientos, pero sí es cierto que un día, en un arranque de impudicia, para ilustrar mis comentarios sobre la película Yo, yo mismo e Irene, seleccioné un fotograma de adulto lactante que ha dado pie a esta lúbrica consulta. A veces utilizo estos recursos para alejar a las mojigatas de mi blog, e ir quedándome sólo con las mujeres muy pecadoras e interesadas. A cambio, como castigo divino, me voy creando esta fama de escritor maldito y guarrindongo, uno que atrae a los cerdícolas del ancho mundo en su largo hozar por los subsuelos.



    Y ya puestos a confesar, como decía la canción, es posible que quien tecleó "chica veinte años liada cuarentón" tampoco haya caído en este blog por error. Porque es cierto que uno es cuarentón, y que está disponible en el mercado del amor, y que sueña, cómo no, aunque sea una entelequia de la edad, una cosa más propia de las películas, con una jovencita que vea en mí la figura de un padre, de un tutor, de un mentor. Un guión de Woody Allen, para entendernos. Una veinteañera con complejo de Electra que se deje engañar por mis canas, por mi mansedumbre, por mi falacia entera de hombre adulto y vivido. Por esta fachada avejentada del eterno adolescente. Por este filtro sepia de un alma que aún vive sus sueños en colorines.



      Para terminar, no acabo de entender las intenciones últimas del lector que buscó "polvazo en fiesta esposos despistados", ni cómo pudo terminar aquí, en este blog que nada ha comentado al respecto en cuatro años y pico de verborrea. ¿Qué hacían dos esposos despistados en una fiesta de polvazos? ¿O que hacía un polvazo festivo entre dos esposos despistados? Es muy extraña, la búsqueda, y muy críptico su significado. Cerraré, pues, con una duda. Y ya van muchas, en este extraño mundo de los turistas en mi playa.







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Robot Chicken: Star Wars III

Seth Green y sus secuaces cerraron su particular trilogía en 2010, con el poco original título de Robot Chicken: Star Wars III. Se guardaron su imaginación -desbordante, traviesa, decididamente friki- para los sketches hilarantes. Si alguien dudaba de que en la tercera entrega iban a flaquear las imaginaciones, los muchachos de Robot Chicken dan el do de pecho y se marcan un especial de tres cuartos de hora, para tapar las bocas de los agoreros, y abrir las nuestras, que  confiaban, en sucesión de carcajadas. La galaxia muy lejana, pasada por el turmix de su gamberrismo, vuelve a convertirse en un culebrón de hijos secretos, de amores no confesados, de secundarios maltratados por la historia. Y entre todos ellos, revoloteando como una mosca cojonera, el impagable personaje de Boba Fett, el chulo más engreído de toda la galaxia.
      Espero el final de la trilogía de J. J. Abrams sólo para que Seth Green y su pandilla regresen con la cuarta entrega de su parodia. Aunque finalmente las películas de Abrams sean un churro lamentable -los dioses no lo quieran-, servirán de material inspirador para otros Robot Chicken: Star Wars. Sólo por eso ya habrán merecido la pena.



1. ¿Quién baja por las pizzas en las reuniones del Alto Consejo Jedi?



2. El cuarto para hablar de asuntos no sexuales de la reina Amidala.



3. Anakin estrena piernas y traje  un sábado por la noche...



4. C3PO, que domina 6 millones de formas de comunicación, recibiendo sus clases de español...



5. ¿Qué ocurrió realmente en la granja del tío Owen?



6. Chewbacca presenta su familia a Han Solo, tras tantos años de amor inconfesado...



7. Incómodo reencuentro en la gasolinera espacial...



8. La nueva desventura del stormtrooper Gary, esta vez en la luna de Endor, con el ewok atropellado.



9. La larga -muy larga- y filosófica -muy filosófica- muerte del Emperador Palpatine.



10. Boba Fett y su amigo, entreteniendo los mil años de lenta digestión dentro del Sarlacc.



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Robot Chicken: Star Wars II

Robot Chicken: Star Wars episodio II es la continuación de las gamberradas que Seth Green y sus secuaces perpetraron un año después de su primer delito. En contra de lo que sostiene el manido refrán, segundas partes vuelven a ser buenas, y esta travesura en stop-motion es tan divertida y audaz como la primera. El universo de Star Wars, y la imaginación malvada de los guionistas, dan para hacer infinidad de homenajes descacharrantes. Sin olvidarse de los protagonistas principales, las ocurrencias de Robot Chicken recuperan a los personajes secundarios que tuvieron la mala suerte de cruzarse en el camino de los Jedi, y de los Sith. Víctimas colaterales de una guerra que ni les iba ni les venía. Gracias a esta serie animada podemos conocer el antes y el después de sus vidas: qué tristes circunstancias les empujaron a su destino, y qué fue de ellos, tras su peripecia personal en las guerras galácticas.  Un verdadero ¿Qué fue de...? que a los frikis de la saga nos satisface las curiosidades, y las risotadas, y que a los ignorantes del mundillo les va a traer muy sin cuidado. Aviso.



Selección personal de sketches:

1. Boba Fett regresando de la muerte para cargarse a los Ewoks, esos osos tan modosos y apestosos.



2. La fatigosa aventura de Gary, el stormtrooper que lleva a su hija al trabajo justo cuando toca abordar la nave consular de la princesa Leia.



3. El spin-off del Dr. Ball, la bola negra que portaba la inyección torturadora de la princesa.



4. Anakin asesinando a los aprendices de la Escuela Jedi mientras imagina que parte girasoles con su espada láser, allá en los campos de Naboo, donde se enamoró de Amidala.



5. La carrera suicida de los AT-AT, en homenaje a American Graffiti, la película que  George Lucas filmó con coches y no con naves espaciales.



6. La triste historia de Krayt Dragon, el dinosaurio aventurero.



7. Comida "entre amigos", en la Ciudad de las Nubes de Bespin.



8. Bob Goldstein, el abogado de Naboo que representa a los damnificados por los caballeros Jedi. Un Saul Goodman de la galaxia muy lejana...



9. Vader y Luke recuperando el tiempo perdido, as father and son.



10. El Emperador esperando su maleta perdida, en el aeropuerto de la Estrella de la Muerte.



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