Andrea Suárez

Hasta hace una semana, mi mundo particular y el mundo de las películas eran dos universos incomunicados. Entre mi habitación y la ficción mediaba una pantalla de cristal tan resistente como el muro de una presa. Una puerta de acceso al más allá que sólo podía traspasarse en un sentido, saltando desde mi triste sofá. Nadie, hasta la fecha, había salido del mundo holográfico para presentarse ante mí y traerme noticias del ultramundo, como hizo el explorador Tom Baxter en La Rosa Púrpura de El Cairo ante la expresión boquiabierta de Mia Farrow.




         Andrea Suárez, la actriz argentina que yo piropeara con motivo de la película Bombón, el perro, no ha cruzado la pantalla para hacerse presente en mi habitación. De lo contrario, yo ahora estaría en el manicomio provincial dando gritos en la celda acolchada, jurando y perjurando que la electricidad estática se hizo carne y milagro. Andrea, con la tecnología disponible en el siglo XXI, ha aprovechado la sección Comentarios de mi blog para agradecerme la mención con cortesía. Antes, pobrecica, habrá tenido que quitarle las telarañas a ese rincón tan poco frecuentando, cosa que le agradezco por añadidura. Al principio pensé que se trataba de algún bromista que usurpaba su identidad para reírse de mí, tan inocente como soy. Lo que escribo, y cómo lo escribo, es un material muy dado a la chanza. Sin embargo, el tono de nuestra conversación parecía muy alejado de las intenciones de cualquier garrulo imitador. Andrea, tan guapa como correcta, se ha limitado a saludar, a contar que le gustaría volver al mundillo de la cámaras, y a decirme, con suma educación, que no le gusta mucho la foto que yo elegí para retratarla: aquella sonrisa imborrable de la mochilera que viajaba por la Patagonia. He querido borrarla para satisfacción de su dueña, pero en el último momento, rendido ante su belleza, el dedo índice se ha negado a ejecutar la acción. Su rostro risueño y juvenil ya es un icono emblemático de estos escritos. Una de las caras más hermosas que lo decoran y lo dignifican. Un pequeño patrimonio de la humanidad que los lectores siempre agradecen. Ellos repudian mi escritura, o se aburren con ella, pero sé que el fotograma de Andrea, cuando lo descubren por casualidad, o cuando lo buscan con curiosidad, los reconforta de sus pesares. Es tan radiante y tan bello… Usted, querida Andrea, me comprenderá, y me perdonará. 




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¡Olvídate de mí!

El eterno resplandor de la mente inmaculada es uno de los sueños inalcanzados del ser humano. The eternal sunshine of the spottless mind, que dijo el poeta en su lengua vernácula. El alivio de la mente sin recuerdos, de la memoria despojada de pesares. Quién tuviera, ay, acceso a su propio trastero, para quemar los rastrojos y convertirlos en humo; no volver a recordar el rostro, la voz, la nota de despedida. La sonrisa que se tornó en desplante. Para estos menesteres del olvido sólo tenemos el alcohol, que arrasa cualquier recuerdo sin distinción, como una mala quimioterapia de la uva. Y el tiempo, claro, el tiempo, que ni siquiera es un invento nuestro, y que en realidad no sabe olvidar, el muy inútil, sólo tapar, maquillar, añadir capas y capas de recuerdos sobre la herida supurante. Un tonto del culo que pone filtros de color sepia a fotografías que no sabe borrar del disco duro.




      En The eternal sunshine of the spotless mind, la película, Jim Carrey acude a la consulta del doctor Mierzwiak para que le sea extirpado, neurológicamente, de una vez para siempre, el recuerdo de Clementine, la extraña mujer con la que compartió la gran felicidad y el gran pesar. Unos electrodos rastrearán la presencia de Clementine en cada rincón de su cerebro para eliminarla imagen a imagen, conversación a conversación, hasta convertirla en una total desconocida. The eternal sunshine of the spotless mind se tradujo en España con un irrespetuoso ¡Olvídate de mí! que nos vendía una comedia loca y no una reflexión única sobre el amor y el desamor, el olvido y la memoria. Sobre el desencuentro entre hombres y mujeres que sin embargo viven abocados a entenderse. Algún imbécil patrio vio a Jim Carrey en el póster promocional y pensó: “otra majadería de chistes malos y mandíbulas desencajadas”. Diez años después todavía me encuentro a gente que me dice: “¡Hostia, sí, la vi! ¡Y lo que me reí!” ¿Reírse? ¿En ¡Olvídate de mí!? O no la han visto, y mienten, o sí la vieron, y son gilipollas perdidos. En cualquier caso, ojalá pudiera borrarlos de mi memoria. A ellos, y a otros muchos. The eternal sunshine of the spotless mind…





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Bernie

Cuando supimos que los hermanos Coen habían ambientado No es país para viejos en Texas, nosotros, sus adoradores, celebramos por anticipado otro Fargo situado más al sur, donde los cactus y los secarrales. Un capítulo especial de Los Simpson con Cletus y su familia ejerciendo de protagonistas. Los Coen, sin embargo, optaron por hacer una película negra, enredosa, muy alejada de las nieves de Minnesota. Ganamos, eso sí, a Javier Bardem encarnando al mal absoluto, en un papel que perdurará en el recuerdo. Pero perdimos la oportunidad de volver a reírnos de la estupidez humana. De las flaquezas y tontunas que nos mueven a la acción, y casi siempre nos conducen al desastre.




       Cuatro años después, Richard Linklater se trajo las cámaras a Texas para rodar Bernie, una tragicomedia que bien podrían haber firmado los Coen. El asesinato es una cosa muy seria, y más si se trata de un crimen real, perpetrado en la década de los noventa. Pero hay formas de abordarlo que siendo respetuosas te arrancan la sonrisa malvada, y hacen que su relato no sea un telefilm plano de Antena 3, con sus buenazos de mazapán y sus malosos de pacotilla. Con su intriga de músicas chirriantes y su verborrea judicial de abogados y fiscales. Linklater encomienda su suerte al formato mockumentary, tan de moda en estos tiempos, mezclando lo real con lo ficticio en una sopa indistinguible de comedia negra y realidad macabra. Los verdaderos protagonistas de Bernie no son sus actores principales, que lo bordan, sino las gentes del pueblo que aportan sus testimonios. Una especie de Texas Directo en el que nunca sabes si tratas con un actor o con una persona real. Gentes llanas, por decirlo respetuosamente, que opinan del crimen a su aire, sin prejuicios, pasándose las leyes por el forro del pantalón tejano. Un patio de verduleras donde se opina con las tripas, según la simpatía o la antipatía del personal. Casi un trocito de nuestra reseca España, como si no hubiésemos dejado el taxi con la Cope y el bar con la baraja. La maruja con la bolsa de la compra y el jubilado con el palillo entre los dientes. España y Texas, tan cerca y tan lejos. 




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E. T.

Ahora que todo el mundo está pendiente de la galaxia muy lejana, donde el reverso oscuro de la Fuerza vuelve a hacer de las suyas,  he aprovechado el fin de semana para visitar a E.T. en su galaxia menos frecuentada, que además está mucho más cerca. Hasta que no pasen las primeras semanas de locura con Star Wars, voy a quedarme en el sofá de casa tan ricamente, viendo las viejas películas, sin que nadie mastique a mi lado las patatas fritas ni susurre sandeces a sus convecinos. Lo que los católicos no toleran en su misa sagrada, no lo voy a soportar yo en mi galáctica eucaristía.



       Hace treinta y tres años que E.T. fue recogido por sus compinches en el claro del bosque, dejando al pobre Elliott con los lagrimones, y al bueno de Peter Coyote más pendiente de su madre que de los extraterrestres, que yo le entiendo, porque mira que era guapa, Dee Wallace, la actriz en la que nadie se fijó mientras E.T. decía “mi casa” y el chaval volaba con su bicicleta. Yo sí que me he fijado –faltaría más- pero no estoy aquí para contarles otro amorío con las rubias anglosajonas. Hoy venía a contarles que E.T. ya es todo un mozo, y que finalizó con nota sus estudios de botánica. Ahora trabaja en el ayuntamiento de su pueblo, repoblando los secarrales y cuidando las macetas de la casa consistorial.  Majete y con un buen sueldo, se casó con una chica de cuello largo y corazón luminoso que le hace locuras en la cama, aunque la verdad sea dicha, en la película no pudimos adivinarle la existencia de unos genitales. Porque allí, en el planeta Chimbambas, el sexo sólo es para retozar, y los alienígenas se reproducen telepáticamente, en comunión espiritual de las voluntades. E.T. me contó, sotto voce, que allí, los seres humanos, que todavía necesitamos la cópula y el jadeo para juntar los gametos, somos considerados unos simios lamentables y risibles, apenas evolucionados.




           Hoy quiero confesar, como cantaba Isabel Pantoja, la Dedoslargos, que mientras Elliott lloraba a moco tendido el adiós de su amigo, yo, en mi sofá, por cuarta o quinta vez en lo que llevamos de vida, también dejaba escurrir unos gruesos lagrimones por el ojo izquierdo, que el derecho lo tengo cerrado por reformas. Me puede, la ñoñería de Steven Spielberg, qué le vamos a hacer. Al principio lo consultaba con los médicos, avergonzado como si tuviera una incontinencia de orina o un objeto pepiniforme introducido en el ano. Pero ahora, visto que no hay solución, me he quedado con mi defecto, y lo he adoptado como a un hijo algo tonto que de vez en cuando se escapa y hace bobadas de las suyas. 




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Turistas en mi playa XI

Han regresado al blog los pornógrafos que teclean "pichaloca" en su casillero de los deseos. Hacía meses que no pasaban por aquí, equivocados de rumbo. En su día ya les advertí que la fiesta gay era en el otro piso, y hasta colgué un cartel en mi puerta, señalándoles el camino. El artículo que en su día titulé El pichaloca encuentra el amor, al hilo de la película argentina El estudiante, ya no lleva tal encabezamiento, pero se ve que han quedado rastros por internet, caminos olvidados hacia pichaloca.com que terminan en mi heterosexual puerta, donde yo sólo hablo de mujeres hermosas. No me molestan en absoluto, estos juerguistas, que yo soy muy tolerante con sus asuntos y ellos muy educados cuando preguntan por el 3ºB, pero no quiero darles falsas esperanzas. El tiempo que pierden en mi blog buscando pollones y torsos desnudos es tiempo que pierden en su recreo, y yo estoy a favor de la fiesta de los cuerpos, y del jolgorio de los espíritus. Que lo disfruten en salud.



         Otro navegante del sexo ha atracado en mi playa buscando "tetas deformes", y se ha ido de vacío con el primer viento de levante, sin darme tiempo ni a saludarle. Siento de veras no haberle servido de ayuda, porque los pechos, en este blog, son asunto sacrosanto del que siempre se habla para bien, y casi nunca en imágenes explícitas, además, sino en prosas encendidas que pretenden hacer alabanza y loa, como un juglar de los amores medievales. Sí -lo confieso- he escrito alguna vez sobre desnudos que me defraudaron, naturalezas despejadas que prometían semiesferas de volverse loco y terminaron en lorzas apenas distinguibles de las mías. Pero "tetas deformes", lo que se dice deformes, nunca se han denunciado en estos escritos. Y no se denunciarían tampoco, en caso de tal, por no ofender a las damas: a las poseedoras, primero, y a las lectoras, después, que bastantes se me han escapado ya con este párrafo indecente.




     Por último, no sé si pornógrafo o disléxico, si kazajo o austrohúngaro, si terrícola o extraterrestre, ha aparecido un lector que buscaba en mis escritos "kaifiat.nazie.rorsat.el hamil.fi.al irae". Como no dispongo de un robot C3PO que me traduzca los lenguajes, expongo tres teorías plausibles para el equívoco. La primera, una bella alienígena que se interesa por mí y me envía su mensaje de amor sin saber que yo no hablo galáctico (improbable). La segunda, un adolescente pajillero que en la premura de su deseo ha montado un lío ininteligible con el teclado (no sería la primera vez). Y la última, la más plausible, un yihadista belicoso que me acusa de embellecer el blog con la fotografía de una mujer sin velo, más hermosa que cualquiera de las huríes que le han prometido en su cruzada. Si quieren, para entretener el día, puedo abrirles un casillero de votaciones...



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Star Wars: cómo cambié de galaxia

Ahora que estamos a punto de regresar a los caminos de la Fuerza, y que las conversaciones entre cinéfilos sólo versan sobre galactofilias y galactofobias, veo, en los canales de pago, el documental titulado Star Wars: cómo cambié de galaxia. En él aparecen tres habitantes del planeta España que confiesan su admiración por el invento de George Lucas. Más aún: tres personas cuyo rumbo en la vida se decidió en el momento mismo en que la nave consular apareció sobre Tattoine, perseguida por el destructor imperial. Uno de los terrícolas hispanos, ingeniero de telecomunicaciones, emprendió tal vocación con el objetivo de construirse un R2D2 para sí mismo. Otro, dibujante y diseñador, encontró su primera inspiración en la imaginería de las naves espaciales y los trajes del Imperio. Carolina, la tercera hispana abducida por los ovnis, dedica su tiempo libre a visitar hospitales y centros benéficos disfrazada de stormtrooper, para regocijo de la chavalería.



           Ellos, que de niños se quedaron boquiabiertos como me quedé yo en la sala de cine, han hecho algo provechoso con su inocente colgadura. Han creado redes, dibujos, alegrías... Uno, en cambio, se traicionó a sí mismo y nada fructífero sacó de la chifladura, más allá de estas tonterías que a nadie interesan. A medias seducido por el universo de Star Wars y por la serie Cosmos de Carl Sagan, en la infancia de León soñé con ser astrónomo para buscar naves espaciales en las estrellas. Yo quería vivir en un observatorio, muy lejos de los hombres, y muy por encima de ellos, como el filósofo Nietzsche en Sils Maria. Vivir una historia de amor con otra astrónoma soñadora y solitaria, una de esas mujeres que durante el día lleva gafas de secretaria y por la noche se transforma en una fogosa loba de luna llena. Pero me perdí, o lo olvidé, o desistí, ya no me acuerdo. Muchos años después, ante el expositor de DVDs, encontré una reedición de Cosmos y casi me pongo a llorar allí mismo. La vida se me había escurrido ente los dedos. Ya era demasiado tarde para reemprender el camino de las matemáticas tortuosas, y de las físicas endiabladas. Nunca sería astrónomo. El sueño que a otros les inspiró la vida, a mí se me disipó en un confuso despertar, en una mala mañana de resaca, y de cobardía.




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Tootsie

Ahora que los días son tan cortos, uno sale a caminar por las veredas y la oscuridad se echa encima sin dar tiempo a quemar la lorza, que sonríe satisfecha, la muy hija de puta. Cae la neblina en los caminos de Invernalia y uno, casi sin darse cuenta, se aventura por los rincones más sentimentales del ipod, donde se canta al desamor o a la imposibilidad del romance. De pronto, al inicio de una lista de reproducción,  me descubro tarareando It might be you, la canción de Stephen Bishop que sonaba en los títulos finales de Tootsie.

Something's telling me it might be you.
It's telling me it might be you...

      "Algo me dice que podrías ser tú...", sonaba en la cabeza de Dustin Hoffman cuando miraba a Jessica Lange y no podía creerse tanta hermosura. Una belleza anglosajónica que yo tampoco podía creerme allá en el cine de León, con once añitos boquiabiertos y confundidos. Jessica Lange -o más bien la enfermera Julie- fue mi primer gran amor. En una sala de cine, y en la vida misma. Las películas siempre han ido por delante, en esto como en todo. La vida, mi vida, sólo ha sido la impaciente espera entre una ficción y otra.



         Lo que yo sentí aquella noche por Jessica Lange -un revoltijo desconocido en los intestinos, una fijación obsesiva de la mirada, una extraña electricidad en los genitales- nunca lo había sentido por una vecina del barrio, todas tan mayores, ni por una profesora del cole, todas tan feas, ni por una compañera de clase, que no existían en el apartheid masculino de los curas. Igual que tengo a Natalie Portman en el retablo de mis oraciones, podría tener una foto de Jessica Lange con su cofia de enfermera, pues ella fue el origen lejano de este blog, donde cuento al detalle mis sueños con las actrices hermosas, y dejo entrevelados, por si acaso, mis desamores con las mujeres reales, que son desengaños de vodevil a medio camino de la tristeza y el esperpento. Tootsie no es sólo una comedia clásica por la que no pasa el tiempo: es un homenaje que ya le debía a Jessica Lange, la amada fundadora.



       Algo me dice que podrías ser tú... 


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Pasolini

Cuando los demás hombres presumen de conducir a toda hostia o de echar dos polvos sin sacarla, uno, que está muy lejos de tales heroicidades del organismo, ha de sostener su masculinidad presumiendo de una amplia cultura forjada en los libros, y en las películas. Es el único mérito que me adorna ante las mujeres borrachas que no hacen muchos distingos. Pero es un valor hueco, falso, que va perdiendo cada día más materia, como un bloque de hielo en Groenlandia. Tampoco mis amigos conducen tan rápido como dicen, ni eyaculan dos veces seguidas sin tomarse un Kit Kat entre medias. Pero con ellos hay que llegar muy lejos para darse cuenta de la engañifa. Conmigo, si la damisela es un poco perspicaz, basta un café a media tarde para descubrir al farsante que se esconde tras el mago de Oz.



      Hoy, por ejemplo, antes de ver la película Pasolini, me he preguntado a mí mismo: ¿qué sabe uno, realmente, de Pasolini? ¿Qué supuestos conocimientos, de alta prosapia intelectual, me han conducido a esta película? De Pasolini, para empezar, uno ya no estaba seguro ni del nombre, que he consultado en la Wikipedia para no poner la ese doble, o la ele doble, en esa ortografía italiana tan enredosa. Luego, en un momento de sudores fríos, casi he confundido a Pasolini con Rossellini, el otro director italiano, éste sí con dobles grafías en el apellido. Pasolini, no jodamos, era el intelectual de las gafas de pasta, el homosexual militante, el cineasta provocador, el marxista que tendió la mano al catolicismo para construir una Italia sobre valores compartidos. Pasolini era el hombre al que homenajeaba Nanni Moretti en Caro Diario, el poeta que fue asesinado a golpes en un descampado de la playa de Ostia en un crimen todavía no esclarecido. Hasta aquí no veníamos mal, con el autoexamen de Pasolini. Un aprobado justito. Pero luego, al comenzar la película, he querido recordar el título de alguna de sus películas, yo que voy de cinéfilo por la vida, y no he sabido citarme ni una sola. Estaba aquella de la vida de Jesús en blanco y negro, y aquella otra de Totó paseando con el paraguas, y una muy rara de fascistas en la República de Saló dándose por el culo. Retazos, imágenes, detritus de antiguas cinefilias que se quedaron en nada, en los tiempos de la juventud. Cuánto he olvidado, y cuán bajo he caído.



         He visto Pasolini con las orejas de burro, avergonzado por mi ignorancia, pero al mismo tiempo deseoso de recuperar la asignatura. El problema es que la película sólo habla para los enterados. Buscando un curso de iniciación me vi abrumado por uno muy difícil de posgrado. Pasolini, además, es una película insoportable, petulante, mitad realidad y mitad simbolismo. Una película para intelectuales de verdad, de los que fuman en pipa y hacen juegos de palabras entre "mitificación" y "mistificación", mientras yo me rasco la cabeza y me ajusto pensativo las gafas de pasta. Lo único auténtico que hay en mi pose. 




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Love & Mercy

Cuando supe, hace meses, que circulaba por ahí un biopic sobre Brian Wilson, fundador y líder de los Beach Boys, me dije: tate. Qué te importan a ti las playas de California, tú que rehúyes el sol como los vampiros; los automóviles descapotables, tú que no tienes ni carnet de conducir; los abdominales de los surferos, tú que los proteges bajo una capa de grasa. Qué te importan a ti, en definitiva, los Beach Boys, a los que escuchabas en los revivals de las radiofórmulas, cuando el pavo y la tontuna, y no dejaron más que alguna tonadilla que languidece a los pocos segundos. Qué lejos vivía uno, y sigue viviendo, de las playas californianas, de las anglosajonas en bikini, de las olas espumosas que rompen en Malibú… La única California que uno visita habitualmente es la que recorre Larry David en su cruzada contra la estupidez, y en ella no hay jóvenes retozando en la playa, mientras suenan los Beach Boys en un loro sobre la toalla.



       El otro día, sin embargo, hojeando las revistas, vi el jeto de John Cusack ilustrando un fotograma promocional, y volví a susurrarme: tate. Pero esta vez no con la intención de pararme y dar media vuelta. John Cusack es uno de los actores predilectos, de los rostros incuestionables, y cualquier cosa en la que participe merece el beneficio de la duda. Fue entonces, al releer las críticas, cuando supe que Love & Mercy no era un biopic al uso. No el auge y caída, archiconocidos, de las estrellas del pop, con sus drogas y sus borracheras, sus peleas con la banda y sus retiros en solitario. En Love & Mercy también suceden estas cosas, porque parecen irremediables en el mundillo de los artistas, pero las explican deprisa y corriendo para que entendamos el asunto vital que se dirime. Que es, ni más ni menos, una historia de amor. Y uno, en estos tiempos de soledad atribulada, escucha “historia de amor” –y más si sucede entre tiernos maduritos- y todo se le hacen ojos y orejas. Y más, mucho más, cuando descubre que Elizabeth Banks es la actriz principal, y no voy a decir que se me caiga la baba, que quedaría muy vulgar, pero sí que se multiplican las ilusiones, y las expectativas, y ya no albergo ninguna duda de que Love & Mercy será la película del domingo. La fiel compañía de esta tarde invernal y triste, “sólo y asustado”, como le confesaba a la hermosa dama el bueno de Brian Wilson, en su primera cita.




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Plácido

Tengo por costumbre, desde hace muchos años, poner Plácido en el reproductor antes de que lleguen estas fechas tan entrañables. Plácido, además de ser una obra maestra, es un antídoto contra el veneno de la Navidad. Por mucho que abjuremos de ella los ateos y los resentidos, nunca está de más inmunizarse contra su insidioso influjo. Porque ahora llegan las vacaciones, y el tiempo libre, y uno, casi sin quererlo, se siente feliz, despojado de los deberes que lo abruman. Y aunque es difícil confundir la alegría del asueto con el júbilo del Jesús recién nacido –que ya ves tú, otra vez-, siempre hay un momento de debilidad, una convalecencia de la infancia, y uno, avergonzado de sí mismo, ha de refrenar el impulso de lanzarse a las calles como un tonto feliz. Una cosa es responder con educación a quien te felicita, y otra, muy distinta, ir repartiendo buenos deseos por ahí, al tuntún del humor, como un hipócrita más de esta fraternidad universal que todos los años se refunda el 24 de diciembre y se disuelve la noche del 6 de enero, como si tal cosa hubiese sucedido. Los buenos deseos –los de verdad- son un producto tan raro como las trufas, o como las angulas, y hay que administrarlos con mucho cuidado. Todo lo demás es pirita y oropel. Photoshop del alma.



      En Plácido, Azcona y Berlanga, que eran dos cínicos de cuidado, dos resabiados de la falsa moral, retrataron como nadie esta hipocresía que siempre llega a finales de año como la gripe: el paripé de la caridad cristiana. La Navidad, tal como la conocemos, la  inventaron los burgueses con remordimientos. Los temerosos de Dios que no estaban muy seguros de alcanzar el cielo si no predicaban el amor al menos durante unos días, para compartirlo con los miserables. La maldita metáfora del camello y el ojo de la aguja… Los mismos ladrones que durante el año roban sin límite, luego, cuando llega el aniversario del niño Dios, pretenden limpiarse los pecados donando dineros o sentando a un pobre en la mesa, como hacen estas brujas aburridas de la película. La caridad, como ya dijo el viejo Friedrich, es una cataplasma moral, una farsa de la bondad. Queremos justicia, y redistribución, no cálculos interesados de la salvación eterna. Azcona y Berlanga -esos dos genios irrepetibles- le colaron un golazo a los censores de la época, que sólo estaban pendientes de los besos en la boca y de los largos en las faldas. Nadie se explica todavía cómo pudieron permitir que Plácido se cerrara con este villancico desolador:

“Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío,
ande dile que entre y así se calentará,
porque en esta tierra ya no hay caridad,
ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”.




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Lo que hacemos en las sombras

Vladislav, Viago y Deacon son tres vampiros centenarios que comparten caserón en las afueras de Wellington, allá en Nueva Zelanda. Más abajo, en el sótano oscuro, vegeta otro compañero llamado Petyr, un nosferatu casi milenario que vive retirado del mundo, y al que nuestros protagonistas alimentan y cuidan como a un ancianito desvalido. Famosos en el mundillo de la noche, un equipo de reporteros del noticiario local -con la seguridad personal garantizada, por supuesto- se presentará en su hogar para rodar un documental sobre sus vidas fascinantes y atribuladas. Este es el punto de partida de Lo que hacemos en las sombras, la sanguinolenta comedia que venía muy recomendada en los foros. Y pardiez que me reído como no me había reído en semanas, dadas las circunstancias. Gracias mil, a estos benditos tarados de la Tierra Media.




      Muy lejos de la tontería crepuscular -en las antípodas, haciendo el chiste fácil-, Lo que hacemos en las sombras es un mockumentary descacharrado y bestial sobre las andanzas de estos asesinos. Durante el día, por razones obvias, viven refugiados en sus respectivos ataúdes, pero al caer la noche se despiertan con muchas ganas de vivir. Como cualquier hijo de vecino que lleve doce horas durmiendo, nuestro simpático trío se levanta con un hambre canina. Y ahí empiezan sus contratiempos de seres inmortales. Su primer problema es que la sangre humana no es un producto disponible en los supermercados. Ni siquiera en Nueva Zelanda. El segundo problema es que ellos, tres vagos desidiosos de piso de estudiantes, tampoco guardan las sobras del día anterior en el frigorífico. Así que todas las noches, en un ritual cansino y agotador, han de salir a la calle a buscarse el sustento. Como son de morro fino, nuestros protagonistas, que en el mundo de los vivos eran aristócratas prominentes, buscan víctimas selectas en los pubs de moda y en las discotecas de relumbrón. Una odisea para ellos, que no pueden entrar en ningún local sin ser invitados, tan despiadados como corteses. Nuestros vampiros -nos ha jodido- buscan carne joven y fresca, a poder ser virgen, lo que en el mundo actual es cada vez más difícil, con tanta depravación y tanto pecado que corre por ahí... Y hasta aquí puedo leer. Son veinte euros, por la publicidad positiva.




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Broken flowers

En Broken flowers, Bill Murray es un macho alfa de edad otoñal que da sus últimos coletazos con las mujeres. Forrado de dólares gracias a sus negocios, vive un ocio permanente de música y televisión, paseos por el barrio y conversaciones con los vecinos. Aunque le descubrimos abandonado por su última conquista -una Julie Delpy tan guapa y resalada como siempre- Bill no parece muy afectado por la soledad. A los machos alfa les basta con chascar los dedos para materializar otra mujer al instante, más guapa si cabe aún que la anterior. Antes de que la sustituta de Julie ocupe su lugar, Bill pone cara de mustio, coge postura fetal en el sofá y se dispone a sufrir dos o tres días de melancolía, como quien pasa una gripe, o una molesta migraña.



        Pero esta vez su tristeza va a ser más profunda. En una carta anónima enviada por una examante, Bill recibe la noticia de que es padre de un muchacho de veinte años, fruto de la antigua pasión. Y de que el retoño, emancipado y resoluto, piensa presentarse en casa para conocerle. A Bill, de repente, le caen los años como losas. Encanece en una mañana lo que no encaneció en dos décadas de fogosas aventuras. Había algo de autoengaño, en esa paternidad nunca estrenada, como si  la juventud se preservara por sí sola a fuerza de no germinar en otras mujeres  En fin, las cosas de Bill. Las cosas de los machos triunfantes. Los que hemos vivido aventuras sexuales más bien lamentables, o no hemos vivido ninguna en absoluto, no vivimos preocupados por los hijos desconocidos que turbarán nuestra paz monacal. Nos descojonaríamos de la risa, si una despistada, o una picapleitos, apareciera en nuestra vida para acusarnos de una preñez, en una fiesta loca del trabajo, o en una madrugada confusa de los amigotes. Al contrario que Bill en Broken flowers, nosotros, los desheredados del folleteo, recordamos cada polvo y cada no-polvo con una memoria fidedigna. Por escasos, y por históricos. Vivimos muy tranquilos, en ese aspecto. Alguna ventaja habría que sacar de este celibato no consentido.




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Del revés

Lo han vuelto a hacer, esos mamones de Pixar. Arrancarme el lagrimón. Derrotarme en el sofá. Desenterrar recuerdos que uno guardaba bajo siete llaves. Son unos genios tramposos, unos hijos de puta excepcionales. Les amo y les odio con la misma vehemencia, en lucha sin cuartel.
         Uno, en su ridícula hombría, se había propuesto no caer en la trampa otra vez. Y menos hoy, con las melancolías a flor de piel, que con sólo rozarlas escuecen. No, me dije todo chulo: no voy a dejarme llevar por la tontería de los dibujos animados para disimular los churretes si alguien ronda las cercanías. Veré Del revés atento pero firme. Entregado pero circunspecto. Soy un cinéfilo maduro, veterano, que no llora con sentimientos bobos diseñados para niños. Guardemos las lágrimas para los perretes muertos y los enfermos moribundos. Y he aguantado un buen rato, la verdad, cambiando de postura, desviando la mirada, sustituyendo los respingos por estornudos. Pero al final me he derrumbado como un tontorrón. Ha sido un momento de debilidad insuperable, allá en el foso del olvido, donde los recuerdos de Riley se convertían en polvo y humo. Demasiada tristeza. Demasiada verdad inconsolable. Demasié para mi body.



            Del revés es una película perfecta. Pero le falta una vuelta de tuerca. Una secuela no apta para todos los públicos. La misma historia pero ambientada en el doble cerebro de un hombre. Cinco emociones dirigiendo el cotarro en la azotea y otras cinco, paralelas, dirigiendo los asuntos genitales. Nuestro cerebro y nuestras gónadas son dos centros ejecutivos que no siempre están de acuerdo, y que muchas veces se contradicen  en las legislaciones. El interior de los hombres es una burocracia fatigosa que administran dos gerentes mal avenidos. No es raro, por ejemplo, que uno sienta al  mismo tiempo asco allá arriba y alegría allí abajo. De hecho, es el estado binario más habitual de la vigilia. Tampoco es infrecuente sentir ira cuando lo de abajo se entristece, ni sentir miedo cuando la alegría se pone muy juguetona. Las posibilidades son muchas y descojonantes. Un sindiós que daría para mucha risa y muchos equívocos. La vida misma de cualquier hombre, ay.




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La venganza de los Sith: el triángulo amoroso

Anakin y yo, aunque vivamos en galaxias distantes, y en tiempos muy alejados, amamos a la misma mujer. Él la llama Padmé y la conoció en los desiertos de Tattoine; yo, en cambio, la llamo Natalie y la conocí en los cines de León, que es un planeta muy frío del sistema mesetario. Anakin, el muy jodido, que de vez en cuando pasea su holograma espiritual por mi habitación, se jacta de haberla amado antes que yo. Pero lo suyo es una interpretación torticera del “hace mucho tiempo y tal…”, que es una licencia literaria de George Lucas. Ya sabemos como es Anakin: un tío majo al que le pierde la chulería. Tratándose de mujeres hermosas, siempre tiene que ser el primero en todo, en conocerlas y conquistarlas, en amarlas y abandonarlas. Un macho alfa en toda regla. No le basta con habérmela robado en cuerpo y alma, él, que la disfrutó como un enano y luego le pegó un empujón en el planeta Mustafar, el muy desconsiderado. Anakin, en su prepotencia, tiene que robarme hasta las fechas. Y está muy equivocado, el Sith pecador de la pradera.



         Con el calendario gregoriano que rige en el Sistema Solar, yo conocí a Natalie Portman en 1996, aquella bendita tarde que ella salió a jugar con la nieve y se encontró a Timothy Hutton herido de amor, para dejarlo más alelado todavía. Natalie tenía por entonces quince años, y era fruto prohibido del deseo. Pero nos dejó una huella, un halo, una fragancia que no se disipó en los tres años siguientes, hasta que la reencontramos precisamente en la saga de Star Wars ya con todos los papeles en regla, y la hermosura fructificada en un sueño. Fue entonces, y no antes, cuando Anakin, siendo un niño, se quedó mudo de la impresión al ver que un ángel descendía sobre el desierto abrasador, como en los relatos de la Biblia. Yo conocí a Natalie Portman tres años antes que él, se ponga como se ponga. Mi amor estaba antes que el suyo, aunque luego no se hiciera carne y se me disipara en platonismos y cartas de amor. Al césar lo que es del césar. Aunque mi imperio se reduzca a esta solitaria habitación.




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La venganza de los Sith

Yo, qué quieren que les diga, comprendo muy bien a Anakin Skywalker. Las fechorías que lo condujeron a convertirse en Darth Vader también las hubiese perpetrado yo, si la vida de Natalie Portman, enamorada de mí, hubiese corrido peligro. No me habría cargado a los chavalines de la escuela Jedi, eso no, pero habría aprovechado el desconcierto para darles un cachete en el culo con mi espada láser, por sabihondos y repipis. En todo lo demás, me hubiera puesto a disposición plena del lord Sith, para lo que gustase mandar. Qué más da, la jornada laboral, si por la noche te espera la bella Padmé con la cena hecha y el sofá caliente para ver la película. Qué más da si ahí fuera rige un Imperio o una República, una dictadura de los Sith o una democracia de los Jedi. Al cuerno con la galaxia. Anakin, como buen funcionario al servicio del gobierno, sabe que las horas hay que echarlas igual, repartiendo espadazos a cualquiera que monte la algarabía. En el momento cumbre de La venganza de los Sith, cuando duda entre salvar al senador Palpatine o al maestro Windu, el futuro Darth Vader tiene un momento de lucidez y piensa: para lo que me van a pagar, lo mismo me da Maroto que el de la moto, con el añadido de que Maroto tiene el secreto de la inmortalidad, lo que no es moco de pavo, y más cuando uno vive acojonado por la muerte presentida de la mujer amada. Nos ha jodido. Así planteado, no sé dónde está el mal, ni la caída en el lado oscuro. Lo de Anakin es puro romanticismo, puro fervor del corazón traspasado. Yo, desde luego, tratándose de Natalie Portman, me hubiera vestido de negro sin pensarlo. Ande yo caliente, ríase la gente.






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El ataque de los clones

El ataque de los clones es una película infumable. Sí, queridos amigos galácticos: hay que reconocerlo. Y conste que yo soy uno de los vuestros, infantilizado como el que más. Un veterano de las fanfarrias imperiales. Yo conocí al maestro Yoda cuando ninguno de los dos era aún un viejo verde. No os digo más. A friki no hay quien me gane. A cuarentón inmaduro no tengo rival en muchos pársecs a la redonda. Pero es que el Episodio II, dejémonos de vainas, no hay por dónde cogerlo. Un despropósito que tiene estética de videojuego en las peleas y cursilería de culebrón en los amoríos. Los momentos más ridículos de la sexalogía se han reunido en esta tontería mayúscula, para cargar de razones a los odiadores. No seré yo quien detalle tales absurdos, y mucho menos en este blog. Que sean otros, los enemigos de la República, los que no creen en la Fuerza de los midiclorianos, quienes saquen los trapos a la luz. Que hagan ellos el trabajo sucio de avergonzarnos.



Pero que no me toquen, ay, a Natalie Portman. Que no se atrevan a rozarla ni un pelo. Por ahí sí que no paso. Que despellejen la película entera si quieren, pero que dejen en paz a Natalie. Qué va a hacer ella, la pobre, entre tanto despropósito. Le dicen que dispare su rayo láser o que aguante las poesías de Anakin Skywalker, y ella, como gran profesional que es, obedece las consignas sin rechistar, riéndose por dentro de tanta astracanada. En alguna escena especialmente lamentable se nota que Natalie se distancia, que se ausenta. Lo que algunos toman por interpretación de la languidez, yo, que la conozco muy bien, sé que es una ausencia que viaja muy lejos, soñando con el drama serio que habrá de otorgarle un Oscar. Absteneos, pues, servidores del Sith, de mancillar su presencia, o su  trabajo, o su hermosura. Su resalada pequeñez es el único nutriente en esta sopa de disparos y persecuciones, de esgrimas y sandeces. Y que los dioses antiguos me pillen confesado.




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Inconscientes

Si hacemos caso de lo que cuenta la película Inconscientes, Sigmund Freud, cuando visitó España allá por el reinado de Alfonso XIII, puso nuestra sexualidad celtibérica patas arriba. Proletarios y campesinos siguieron procreando como si tal cosa, a la buena de Dios, dejando que el azar seleccionara las eyaculaciones fructíferas. Y a otra cosa, mariposa: a las patatas, o a las herramientas, sin darle más vueltas al asunto. En las clases ilustradas, sin embargo, las enseñanzas de Freud crearon un revuelo mayúsculo. Los muy católicos pensadores pusieron el grito en el cielo, y recomendaron al señor cura que advirtiera del fuego eterno en la próxima homilía. Pero otros, los más agnósticos, los más abiertos a las influencias europeas, se tomaron muy en serio los significados ocultos de la sexualidad. Sólo un católico cerril –si es que tal cosa no es un pleonasmo- podía negar que detrás de los genitales había un mundo de simbolismos, de significados, que don Sigmund fue el primero en descubrir y categorizar.



      En ese clima de sexualidad desbordada, el psiquiatra al que da vida Àlex Brendemühl en Inconscientes se vuelve loco con las lecturas del psicoanálisis, recién traducido y publicado. Él, que vivía tan feliz con sus polvetes de burgués, con su personalidad sin ellos ni superyós, se descubre de pronto un hombre complejo y atormentado. Como dice el Eclesiastés, “en la mucha sabiduría hay mucha molestia”. Leyendo libros sobre neuróticos, el psiquiatra se convirtió en uno de ellos. Como Alonso Quijano se transformó en don Quijote, leyendo libros de caballerías. Como quien esto escribe, mismamente, que también leyó a don Sigmund Freud en la juventud y comenzó un auto-psicoanálisis que todavía dura, sin grandes resultados, convirtiéndose en un paciente de sí mismo. Un Woody Allen de la vida de provincias. Mil libros más tarde, he descubierto muchas piezas de mi puzzle, pero están mezcladas, y no casan bien, y el retrato que va saliendo es más bien tristón y lamentable. Hubiera sido mejor no empezar, no saber, vivir en la ignorancia de los defectos y las limitaciones. De las turbulencias del espíritu. Vivir como un idiota feliz. 




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Turistas en mi playa X

Los pornógrafos andan muy despistados con el nuevo look de la página. Después de teclear sus curiosidades genitales, caen en este blog insospechado y se encuentran, encabezando las sandeces, una foto virginal de Natalie Portman. Alguno se lanza sobre los escritos buscando su chicha desvestida, tal vez su culo de melocotón en el Hotel Chevalier, o su grácil anatomía de gogó en Closer. Pero aquí no hay tales indecencias. Tal vez alguna fotografía de sus posados para Dior, mordiendo flores o luciendo simpáticas pajaritas en el cabello. Y poco más. Natalie, en estos escritos, es una diosa de la pureza, y yo la pongo en mi fachada como a una Virgen en las iglesias, para anunciar que este blog sólo es un diario de mis cinefilias, y de mis desamores sin sexo.



      Alguno hay, sin embargo, que insiste en la impudicia, y pincha por aquí y por allá buscando el oro inexistente bajo las piedras. Son estos los pornógrafos que me enseña el registro, los que nunca se rinden en su afán, los que jamás se detienen ante los avisos de virtud. El primer pornógrafo de esta tanda llegó a mi playa escribiendo "el culo de salma hayek". Así, sin rodeos, como otros millones de suspirantes que la buscan desde que bailara con la serpiente. Este idólatra de la mexicana podía haber teclado "salma hayek guapa", o "hermosa salma jallek", pero prefirió despojarse de lirismos y venir a lo concreto, a lo glutéico, para recibir el gran chasco de mi desinformación. Pobre hombre, o pobre chaval, que no sé. Que tire la primera piedra quien no haya deseado a Salma Hayek en la intimidad lujuriosa de su habitación. Su anatomía ya es un icono pop, un lugar común en las conversaciones. Lo extraño es que los pornógrafos no la busquen con más ahínco en esta playa, a grito pelado, despertándome de las siestas.



       El segundo pornógrafo tampoco se anduvo por las ramas en su búsqueda, y eso que su deseo se remonta a los albores primarios de la humanidad. Tras "zay nuba sex" había, obviamente, un deseo de fotografías, de relatos picantes, tal vez de videos que mostraran lúbricos tejemanejes. Zay Nuba era la mujer que volvía loco a José Coronado en la La vida mancha. Una actriz bellísima que sin embargo cuenta con una filmografía de poco resaltar. Zay Nuba figura en mis escritos, sí, pero en un único artículo donde la describo con florida y concisa poesía. Otro pornógrafo que se va de vacío, maldiciendo mi escaso atrevimiento.



     Para cerrar esta nueva trilogía,  aún no sé qué pensar de quien escribió "charlie sheen pene" y aterrizó en aquel artículo que una vez titulé "El caprichoso pene de Charlie Sheen". Yo, por supuesto, no hablaba estrictamente de sus genitales, sino del lascivo deseo que animaba su personaje en Dos hombres y medio. El título de esa entrada, que escribí muy mala intención, me ha granjeado muchos visitantes gratuitos, seducidos por mi fálico anzuelo. Una pequeña maldad en este desolado páramo sin lectores. Este último pez quizá buscaba una descripción explícita de sus genitales. O tal vez, más seguramente, el origen orgánico de esta terrible enfermedad que ahora don Charlie ha confesado padecer. Pero este blog, ay, no dispone de gráficos explicativos, ni de fotos detalladas. Y vive, además, muy alejado de la actualidad. Y del morbo. Sólo la película de cada día, que es un capricho antojadizo, e imprevisible.



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Mandarinas

El título más adecuado para estos tiempos del desamor hubiera sido Calabazas. O Naranjas de la China. Pero estas frutas no existen en el supermercado de la cinefilia. Lo más parecido que encontré fue Mandarinas, una película estonia que venía muy recomendada por la crítica, y que tal vez guardaba fructíferas enseñanzas sobre las mujeres. Al fin y al cabo, las mandarinas, como las calabazas, o las naranjas de la china, comparten un cierto color, y una cierta forma. Y muchas aes, también.




     Mandarinas, sin embargo, no tiene nada que ver con los corazones rotos, y sí, mucho, con los corazones baleados, en las guerras del Cáucaso. En hora y media de metraje no aparece ni una sola mujer, ni un solo amante defraudado. Ni rastro de las penas de amor que uno buscaba, con un cuaderno sobre las rodillas y un bolígrafo entre los dedos, para tomar notas que me sirvieran en el futuro. Porque lo mismo se aprende de los errores propios que de los errores ajenos, aunque los primeros, por descontado, escuezan mucho más, y te quiten el hambre y las ganas de sonreír.  Las mandarinas del título sólo son eso, mandarinas, humildes frutos sin significado peyorativo.

       El protagonista de la película es Ivo, un carpintero que allá en el Cáucaso fabrica cajas de madera para recoger el fruto. Tan simple y tan banal. Ivo es un venerable anciano que oye silbar las balas mientras trajina con sus herramientas, ajeno al conflicto. Él es estonio, un hombre civilizado del norte, y contempla con escepticismo el rifirrafe secular de esas tierras montañosas. Un embrollo étnico de muy mala solución. Mandarinas es una película de mensaje pacifista, humanista, tan bienintencionada como aburrida. Nada que ver con las guerras del amor, que son universales, y que también matan lo suyo, aunque lo hacen en silencio, muy poco a poco, desecándonos por dentro, gota a gota, hasta convertirnos en guiñapos.




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El mundo sigue

El destino es un hijo de puta muy cruel. Un bromista muy pesado, en el mejor de los casos. Pero esta vez no ha sido culpa suya. He sido yo quien no debería haber elegido una película titulada El mundo sigue. Porque lo último que deseo es que el mundo siga, tal como lo conozco. El exterior, ahora que andamos de politiqueo, y el interior, ahora que todo son ruinas y el arquitecto no aparece por ningún sitio.



    Pero me ardía, la curiosidad. Uno había leído tantas alabanzas sobre la película perdida de Fernando Fernán Gómez, que mi cinefilia ya se comía las uñas de los nervios. Qué pasa, pesado, que nunca la pones, gritaba cada vez más impaciente. Y luego estaba el título, claro, tan sugestivo: El mundo sigue. Porque el mundo de los pobres, como demuestra la película, sigue calcadito. Ahora que los sociópatas encorbatados cacarean la recuperación económica, no estaba de más regresar a los tiempos del "milagro español", que fue otra estafa revestida de oropel. Entonces fue el seiscientos, como ahora es la tecnología, el engañabobos de los desheredados. Por debajo del consumismo idiota sigue el estado lamentable de los servicios públicos, cincuenta años después. España es una estafa, una parodia, un teatrillo que han montado cuatro liantes para distraernos, mientras sus compinches nos roban la cartera. No olvidemos que ahora gobiernan los nietos de quienes nos mangoneaban entonces, con el crucifijo en una mano y la metralleta en la otra. La misma sangre avarienta y desdeñosa.



     Más allá de esta soflama de tiempos electorales, la película ha sido una pequeña decepción. Tanta expectación ha terminado en una tortícolis de mis músculos oculares, que andaban entre la pantalla, el teléfono móvil y el reloj que nunca avanzaba. El mundo sigue es la adaptación de una obra teatral que nadie se tomó la molestia de pulir. De nuevo esa manía de confundir el cine con las tablas, tan propia de creadores como Fernán Gómez, que se ganaban la vida en ambos negocios. El cine, o es verosímil, o no es nada. En el teatro, por su propia naturaleza, uno asume que los personajes puedan hablar con verbo florido y frases rimbombantes. Así fue durante siglos y no hay nada que objetar. Pero en el cine, por un mecanismo mental, por una convención que viene desde el principio del invento, los diálogos tienen que ser llanos y accesibles. Creíbles, o te sales de la película. Estos desgraciados de El mundo sigue no pueden recitar a Shakespeare en cada tribulación, a Calderón de la Barca en cada desengaño, porque entonces ya no son personajes con los que uno pueda empatizar, sino actores que declaman fuera de un escenario, en el salón de su propia casa, o en el bar con los amigotes. Muy ridículo todo. Y ya pueden lloverme las piedras...


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