El Imperio Contraataca

El Imperio Contraataca es la mejor película de la saga galáctica. Sobre esto existe un amplio consenso entre los habitantes de la Vía Láctea. Sólo los más infantilizados de los seguidores -que ya es decir- prefieren El Retorno del Jedi sobre las demás, porque de niños se quedaron prendados de los Ewoks, esos osetes tan pelmazos, y se han quedado colgados de sus mismas lianas. Nosotros, los siervos de George Lucas, nos llevamos muy bien entre nosotros, y cuando nos reconocemos en las tertulias nos sonreíamos con franqueza, y huimos del resto del mundo para hablar de nuestras obsesiones. Sin embargo, a estos mentecatos que dicen preferir El Retorno del Jedi les tenemos un poco marginados, y cuando desbarran sobre el bosque de Endor les sonreímos con los músculos justos de la cara, y les damos la razón como a los tontos, con palmaditas en la espalda. Son de los nuestros, los pobrecicos, pero de una categoría inferior. Los más niños entre la muchachada. Que la Fuerza les guíe, y les acompañe.




           El Imperio Contraataca fue el primer gran culebrón de mi vida. De 1977 a 1980 transcurrieron tres años de rumores, de cuchicheos que se intercambiaban en los recreos y en los parques infantiles. Había niños que aseguraban que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker, que lo habían leído en alguna revista de sus padres, o se lo habían escuchado al hermano mayor bien informado, y nosotros, incrédulos y al mismo tiempo aterrorizados, les respondíamos que nanay del Paraguay, y que naranjas de la China. ¿Cómo iba el Bien a proceder del Mal? Era un imposible metafísico. A nuestra tierna edad nos cagábamos de miedo con sólo recordar las fechorías de Darth Vader, su voz cavernosa que acojonaba incluso a los generales subalternos, y tal personaje, la reencarnación metálica del Diablo, no podía ser el padre de nuestro héroe galáctico, tan rubio y angelical, casi un Jesucristo de los catecismos que estudiábamos con los curas, aunque Luke hubiera aterrizado hace mucho tiempo, y en una galaxia muy lejana, con una misión algo más guerrera y espadachina.




               Por eso nos quedamos de piedra en la escena de marras, allá en la ciudad flotante de Bespin, cuando Darth Vader tendió la mano en gesto generoso y confirmó aquella paternidad imposible y obscena. Muchos tuvimos que confesarnos a la vuelta de las vacaciones, en la primera visita obligatoria a la capilla, por haber soltado un “¡hostia!” en mitad de la platea. O simplemente por haberlo pensado, ya no me acuerdo, que lo mismo daba la palabra que el pensamiento a efectos del pecado. La genealogía de los Skywalker fue el primer gran desengaño de nuestra generación. La primera sospecha de que algo no funcionaba bien el mundo. Aprendimos que los niños buenos no provenían necesariamente de padres buenos. Ni los niños malos de padres malos. De repente todo era un batiburrillo y una lotería. Cualquiera podía ser un Sith acariciando la traición, y nadie podía distinguirlo, ni deducirlo de su linaje. Las relaciones unívocas quedaron abolidas. Todos quedamos automáticamente bajo sospecha. Y así seguimos.




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