Encuentros en la tercera fase




El plexo solar duele, se desgarra. Quema. Alguien se ha dejado ahí dentro un cuchillo al rojo vivo. O un frasco abierto de ácido. O un pequeño monstruo que lanza dentelladas insaciables. Sea como sea, me ha salido una herida, un sumidero, un retrete interior. El agujero negro de mi galaxia tan poco brillante. Dentro de nada voy a cumplir los mismos años que Nanni Moretti en Abril, cuando contempló su edad sobre una cinta métrica y se quedó con cara de tonto. Qué mal aprovechados, los centímetros vividos. Y qué escasos, y qué oscuros, los pocos centímetros por vivir.



             Cuando el plexo solar se pone en este plan sólo queda esperar. El único que sabe tratarlo es el tiempo, que tiene la paciencia infinita de los relojes. Aunque yo no lo note, sé que cada día va a dolerme un poco menos, una milésima menos, hasta que un día, de pronto, todo vuelva a la calma tristona de los sofás. Volveré a ser infeliz como siempre he sido, con la resignación sonriente de los cinéfilos, que sobrevivimos gracias a la película nocturna, irrenunciable y salvífica. Ahora, sin embargo, mientras dure esta tormenta en el pecho, las películas no servirán de alivio. Serán una pantalla vacía donde yo proyectaré mis propias producciones, trágicas historias de desamor, y absurdas comedias de enredo.

          Es una pena que los extraterrestres siempre aterricen en Estados Unidos, o en los platós de Tele 5, porque uno se iría gustosamente con ellos, como Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase. En la Tierra ya cumplí con la obligación de tener un hijo, escribir un libro y plantar varios pinos. Queda muy poco por hacer. Las alegrías del amor correspondido, del trabajo fructífero, del Real Madrid ganando títulos, tienen pinta de no llegar jamás. Yo, desde luego, no apostaría un duro por ello. Y luego está el cambio climático, claro, que va a convertirlo todo en un estercolero, o en un infierno. Por qué no marcharse, pues, con los enanos cabezones, a vivir los últimos años en un planeta diferente, a muchos años-luz de esta decepción interminable. Tal vez allí me espere la plenitud insospechada. Un oficio en el que encajar como un guante. Un planeta libre de estúpidos. Una dulce extraterrestre que me mire con buenos ojos, y que no se parezca mucho a ET, a ser posible. 




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Larry David

La serie Larry David, reducida a su esencia argumental, es una cruzada contra la estupidez. En cada episodio, el bueno de Larry se enfrenta con algún chiquilicuatre que lo saca de quicio, y que me saca de quicio, de paso, en la tranquilidad de mi salón. Uno a veces se ríe por no llorar, por no levantarse indignado y pegarle voces al televisor, como un chalado solitario. Y eso que uno, ciertamente, es un chalado solitario.




          Conozco gente que no soporta esta comedia, mi preferida de todos los tiempos, junto a Seinfeld. Les pueden los nervios, y la desazón. Yo encuentro en la carcajada una válvula de escape, que es el objetivo final de los conflictos, pero mis conocidos, con ese orificio cerrado, revientan por dentro y abandonan el esfuerzo a los pocos episodios. Hay que ser muy cínico, muy misántropo, tener la piel muy dura de tanto tratar con estúpidos, para resistir una serie que los retrata con todo lujo de detalles. Mis conocidos son gente básicamente buena, gentil, que siempre mira el lado positivo de la gente. To er mundo e güeno, es la divisa que preside sus vidas. Uno, en cambio, que nació con la tara de la desconfianza, que vive prevenido contra el lado oscuro de la Fuerza, viene a ser un Larry David de provincias, pobretón y desaliñado. Al igual que él en su vida de millonario angelino, uno se bate en duelo cada mañana, y cada tarde, en este rincón perdido de Invernalia, contra un ejército de imbéciles que ocupa las aceras y los lugares de reunión. Opiniones absurdas, orgullos infantiles, ignorancias contumaces... Y siempre, siempre, la sonrisa de superioridad de quien no es superior en nada. Con un poco de talento artístico y unos cuantos millones de presupuesto, aquí saldría una versión cojonuda de Larry David. Un Álvaro Rodríguez que sería mucho de reír. Patético y descacharrante al mismo tiempo. 




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Mars Attacks!

Hace un cuarto de siglo, en Televisión Española, Albert Boadella gozaba de un microespacio para repartir estopa que se titulaba Orden Especial. Al grito de ¡Purgandus populus!, un ejército de frailes que nos vigilaban desde el convento salían a la calle con porras para hacer justicia. Su objetivo no eran los rojos ni los ateos, porque los dineros de su organización provenían de la televisión socialista. Ellos le daban en el cocoroto a los estúpidos, a los farsantes, a las madres histéricas y a los tontos del haba. Por aquel entonces Boadella era un tipo que molaba. Le escuchabas en las entrevistas y siempre te caía en gracia, con aquellas opiniones tan particulares, y aquella retranca con acento catalán. Luego fue seducido por el lado oscuro de la Fuerza, y le vendió su alma a un lord Sith llamado Esperanza Aguirre. Menos mal que ahora no disfruta de un programa parecido, porque su objetivo purgatorio serían los justos y los buenos. Para eso ya tenemos el Telediario de la 1, en prime time, con esa periodista tan elogiada y centrista, y tan fea, llamada Ana Blanco.



          En Mars Attacks!, Tim Burton montó un purgandus populus a lo bestia. En lugar de usar frailes malvestidos del Alto Ampurdá, él, que disponía de un alto presupuesto, eligió un ejército de marcianos para hacer limpieza entre los majaderos y los avariciosos.  Armados de sus pistolones que parecen de juguete, los hombrecitos verdes convierten en gas a los periodistas carroñeros, a los políticos sin moral, a los militares belicistas, a los especuladores sin entrañas. Los marcianos de Tim Burton aterrizaron en Estados Unidos en el año 1996, pero podrían aterrizar hoy mismo, en la piel de toro, y encontrarse con la misma fauna de impresentables. Mars Attacks! es una película que está pidiendo a gritos una spanish version. Una buena somanta de hostias arreada por un ejército de garrulos desembarcados en Madrid, comandados quizá por Joaquín Reyes, o por el Tío la Vara, heredero directo de aquellos frailes de Boadella. Lo que nos íbamos a reír. Pero que nos pongan a Natalie Portman, eso sí, que en Mars Attacks! su personaje sobrevivía a la invasión. Incluso los malvados marcianos se rindieron a su belleza, y fueron incapaces de disparar.




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El mundo según Barney

En El mundo según Barney, y también en el mundo según yo, la decisión más importante de la vida es elegir la pareja que habrá de combinar sus genes con los nuestros. O fingir que se mezclan, si la decisión no fuera tal. La reproducción -revestida de amor y poesía- es el mandato fundamental de la biología, el impulso ciego que nos guía dentro del laberinto. Todo lo demás, salvo la muerte o la enfermedad, es accesorio o aplazable. 




          El problema del amor, con toda su trascendencia, es que no corresponde a una decisión racional ni voluntaria. El amor es un imbécil asilvestrado que salta donde menos te lo esperas, casi siempre jodiendo la marrana. Si uno pudiera enamorarse haciendo estudios de mercado, nos ahorraríamos estos desengaños que parten el corazón en dos, y luego en cuatro, y así sucesivamente, hasta convertirlo en una pulpa que duele en cada latido. Uno, desprovisto de GPS, casi siempre se enamora de quien no debe, porque el impulso es imprevisible, y tan ciego que va dándose topetazos con los deseos. Por cada amor correspondido hay otros noventa y nueve que mueren en el intento, abortados antes de nacer. Amores que nacen de un malentendido, de una ilusión, de una mirada casual que nosotros, en el delirio romántico, en la urgencia de querernos correspondidos, interpretamos como una aquiescencia. De ahí, al hostiazo supremo, al beber para olvidar, sólo hay una petición de teléfono. El amor, ya lo dijo el poeta, es una inmensa putada. Una desagradable obligación. La tiranía de unos genes que no conocen lo que se cuece ahí fuera, lejos de sus núcleos celulares, donde viven tan ricamente su utopía de merluzos. Como decía el gran sabio Marcial Ruiz Escribano, "el gorrino y la mujer, acertar y no escoger". El amor, al final, hay que jugárselo a los chinos. Y que salgan los genes por Antequera. Tan importante y sin embargo tan aleatorio. El amor es una mierda. Salvo el de  Miriam y Barney, claro, al otro lado del televisor…




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Cría cuervos. Por qué te vas



Por qué te vas, la canción de Jeanette que aparece en las melancolías de Cría cuervos, es una de las más tristes que he escuchado jamás. Envuelta en una musiquilla infantil y pegadiza, la letra, desenredada en el castellano macarrónico de la cantante, habla del desgarro que causan los amores perdidos. Por qué te vas, en la película, cobra sentido ante la desolación de la niña Ana, que echa de menos a su madre fallecida, en cada despertar. Pero uno, que se la apropia como quiere, y que suele escucharla fuera de contexto, en el ipod de las caminatas o en el ordenador de las escrituras, echa la lagrimilla al recordar los amores que nunca fructificaron. Fantasmas muy carnales que siguen por ahí, vivitos y coleando, alegrando la vida de los hombres que recibieron la fortuna de un sí. Yo canto Por qué te vas a las mujeres que amé con vuelcos en el corazón y espasmos en el alma, y que, sin embargo, me respondieron con la indiferencia glacial, con la sonrisa divertida, con la incomprensión de mi deseo. Mujeres que, propiamente, se fueron antes de venir.


  

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Cría cuervos

Los fantasmas existen. Los he negado durante treinta años, riéndome de los crédulos, pero con el tiempo he tenido que asumirlos como ciertos. En la infancia, educado por los curas, y no desmentido por los padres, uno creía a pies juntillas en el mundo sobrenatural, aunque no exactamente en la fauna ectoplásmica que describía el catecismo. El Triángulo que nos vigilaba o el ángel que nos custodiaba eran paparruchas que cantaban como un mal efecto especial. Pero había otras cosas indudables que estaban ahí, en el ultramundo, al otro lado de una membrana que no siempre era transparente e impermeable. Energías, presencias, seres informes que a veces decidían manifestarse con secretos motivos. Uno vivió así hasta la adolescencia, buscando psicofonías, jugando con las tablas Ouija, en un realismo mágico como de novela de García Márquez, hasta que llegaron las lecturas serias y las rebeldías contra todo lo aprendido, incluido el Más Allá.




            Cría cuervos es un cuento de terror disfrazado de película infantil. Sus fantasmas son los seres queridos que se fueron, los espíritus inaprensibles que la niña Ana sólo puede convocar en el recuerdo, o en la imaginación. Como aprendimos en Bitelchús, los muertos no se van a ningún sitio. Se quedan en casita, con nosotros, aunque atrapados en otra dimensión que a veces se solapa. Yo doy fe de que he visto estos fantasmas, y de que he tratado con ellos, y aunque en los primeros encuentros uno tenía miedo de estar loco, o de volverse católico, o de confundir a un muerto con un vivo en la tiniebla de las dioptrías, con el tiempo les he ido cogiendo confianza, y al igual que Ana en la película les hago preguntas, y me tomo el vaso de leche en su compañía. Treinta años después de mi apostasía, más cerca ya de la nada futura que de la nada primera, les he ido aceptando como habitantes extraños de mi vida. No dan miedo ni repelús. Si acaso un poquito de pena, y un algo de frío. 




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El currante

En El currante, que es una caspósica película de Mariano Ozores, Andrés Pajares es un pluriempleado que trabaja veinticuatro horas al día. Lo mismo pone ladrillos en la obra que arregla retretes en las casas; que repara coches en el taller que empalma cables en las oficinas. En 1983 aún era posible encontrar tipos así, que se ganaban la vida haciendo de todo un poco, y la película, en ese sentido, se ha convertido en un documento histórico. Mi padre, sin ir más lejos, era un currante que por las mañanas tallaba muebles y por las tardes trabajaba en un cine. Los que por entonces hablaban del drama del paro no podían imaginar que sus hijos, treinta años después, las iban a pasar canutas para conseguir uno sólo de aquellos quehaceres.



          Manolo, que así se llama el personaje de Pajares, no necesita sus cuatro empleos para vivir, sino para pagar el colegio de su hija, un internado exclusivo de las afueras de Madrid donde se aprende a jugar al golf y a lanzar desprecios sobre el populacho. La chavala, que no parece muy espabilada, cree que su padre es un alto gerifalte de las finanzas, un tipo influyente que desayuna con los ministros y se toma unos vinos en La Zarzuela. Y Manolo, para no desengañarla, para no confesarle que en realidad es un obrero que vive con lo puesto en una pensión, todos los jueves, que es el día de visita en el internado, monta un paripé de cochazo y mayordomo, de restaurantes franceses y amigotes con influencias.



               Esta es, grosso modo, la trama de El currante, una película de Pajares y Esteso sin Fernando Esteso. Una gansada de Mariano Ozores que si la coges por el lado torcido sería de mucho criticar y mucho ponerse irónico, pero que uno, amable con estas cuchipandas celtibéricas, se toma de buen grado y hasta celebra con dos o tres carcajadas. La película no hay por donde cogerla, ciertamente, pero uno se ríe mucho con Andrés Pajares, que es un comediante con gracia y desparpajo. También sale, cómo no, Antonio Ozores, que es un tipo alto con gafas y cara de lelo que me recuerda mucho al autor de estos escritos. Y tampoco faltan, salpicando la trama, los tetámenes habituales en la filmografía de don Mariano, que en eso, hay que reconocerlo, tenía un gusto exquisito. Nada de volúmenes excesivos ni de desparramamientos laterales. Todo en su justa medida, muy bonico y centrado. Un diez, en ese apartado.





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I am your father

El hombre que caminaba bajo los ropajes de Darth Vader era un actor llamado David Prowse. Un tallo de dos metros que en sus tiempos mozos había sido campeón de halterofilia, y culturista de prestigio. Allá en los estudios Elstree de Londres, donde se rodaba La Guerra de las Galaxias, George Lucas le dio a elegir entre dos papeles sin rostro: o Chewbacca, el amigo peludo de Han Solo, o Darth Vader, el malo de la función. Ahora la elección parece muy fácil, pero en 1976 La Guerra de las Galaxias era un proyecto condenado al fracaso, y casi daba lo mismo hacer el ridículo con un abrigo de felpa que con una coraza de neopreno. Prowse, sin pensárselo mucho, eligió el papel del malvado, pues sabía que los villanos siempre quedan en el recuerdo, y que el asunto, de llegar a buen puerto, le reportaría mucho reconocimiento. Aunque no facial, precisamente.



        El asunto, como todos sabemos, llegó a buen puerto, pero al pobre David, en el viaje, lo putearon a conciencia. Primero le negaron la voz, que fue doblada por James Earl Jones. ¿Razón oficial?: un acento británico imposible de mascar. Más tarde, en El Retorno del Jedi, en la escena culminante del des-cascamiento, le negaron también el rostro, que fue suplantado por el actor Sebastian Shaw. ¿Razón oficial?: Prowse era demasiado joven para el papel. Gracias a este documental que hoy han pasado por los canales de pago, I am your father, y que dirige un mallorquín muy friki y entusiasta, hemos sabido que ambas excusas son válidas y razonables, pero que en realidad al gigantesco actor le tenían ojeriza. Al parecer, Prowse largaba demasiadas cosas en las entrevistas, detalles del guión o de la producción que debían permanecer en secreto. Y lo castigaron negándole la personalidad, ya que no podían sustituirle la presencia, imperial, en el sentido majestuoso de la palabra.



            El caso es que Prowse, ahora anciano venerable, lleva años sin ser invitado a las convenciones oficiales de Star Wars, donde los demás figurantes se pasean en loor de multitudes. A Prowse, en el documental, se le ve dolido con el ostracismo, aunque distante. Darth Vader significó mucho en su vida, pero no lo fue todo. Su medalla de la Orden del Imperio Británico -no Galáctico, ojo- la ganó por su contribución a la seguridad vial. En los años setenta y ochenta, en anuncios de televisión pagados por el gobierno, Prowse encarnó al superhéroe Green Cross Man, un hombretón que ayudaba a los niños a cruzar las calles del modo correcto. Un personaje que ha quedado en el recuerdo de generaciones enteras de chavales. Y con la jeta entera al descubierto, además. Y con su propia voz soltando los consejos. Y en el lado luminoso de la Fuerza.




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Bitelchús

Si hacemos caso de lo que cuenta Tim Burton en Bitelchús, morirse significa quedarse en casita para siempre, tan ricamente. Que es lo mismo, por cierto, que contaba Alejandro Amenábar en Los Otros. De ser así, a veces pienso que ya estoy muerto, porque pasan los días del invierno y apenas piso la calle, sólo para ganar el sueldo, y comprar pan en la tienda. Hay otras salidas, por supuesto, pero creo que las sueño, o que las protagoniza un tipo que se me parece mucho. El hombre que sale a caminar por los montes o asoma por los campos del fútbol no soy yo, sino mi cuerpo astral, que es un ácrata de mucho cuidado que hace lo que quiere. Mientras él se aventura entre la flora y fauna de la comarca, yo quedo des-fallecido en el sofá, o fallecido del todo, que ya no sé. Tal vez no regresé de aquella hostia con la bicicleta, o de aquella operación a tripa abierta, y lo que tomé por apagones de la consciencia fueron verdaderos tránsitos hacia el más allá, indoloros e incoloros. Sin luces al final del túnel ni zarandajas por el estilo. Un irse sin más, como presumían los matarifes de Tony Soprano cuando hablaban de sus propias muertes.




              Si estar muerto es esto, tengo que confesar que no se está mal del todo. Con la muerte no han desaparecido las películas, ni los libros, ni la antena parabólica del Movistar +. Ni este ordenador portátil donde escribo las tonterías. Sí he notado, claro está, que los hombres ya no me escuchan, y que las mujeres ya no me ven, pero esto también sucedía cuando estaba vivo, y estoy muy acostumbrado a la transparencia. De momento no me aburro, pero cuando llegue el marasmo de los siglos tal vez diga tres veces seguidas "Bitelchús" para que comparezca el divertidísimo fantasma. Juntos nos reiremos  de las viejas y los panolis, los estúpidos y los fachas. Bitelchús, la película, es un descojone, pero sólo durante un rato. Según IMDB, su protagonista apenas sale 17 minutos, y eso sabe a poco, a poquísimo. Y es incomprensible, además. Cuando Michael Keaton se deja llevar por la locura, la película se vuelve traviesa y gamberra. Casi moderna. En cambio, cuando él no está, todo es más bien soso y ñoño, desfasado en 27 años que parecen 27 siglos. ¿O es que tal vez han pasado 27 siglos de verdad?




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El precio del poder

Para quien esto escribe no ha habido actor más grande que Al Pacino, ni actriz más bella que Michelle Pfeiffer. Y dirán las feministas: ya está el machista de siempre, alabando a los hombres por sus habilidades, y a las mujeres por su aspecto físico. Sí señoras: es lo que hay. Me domina el instinto, la impulsividad del homínido. Podría disimular, como hacen otros, y tirarme el rollo de que Michelle Pfeiffer es una gran profesional y tal y cual. Que además es cierto, porque Michelle, en sus años de tronío, fue un actriz inmensa y versátil. Pero se notaría el postureo, la corrección política, y me daría vergüenza leerme a mí mismo, tan falso y protocolario. Ya dijo una vez Fernando Trueba que al cine, entre otras cosas, uno iba a enamorarse, y si veo una película de Michelle Pfeiffer tengo la necesidad imperiosa de contar las flechas que me atraviesan el corazón, en sangriento y gozoso desgarro. Sucede, además, que en las cinefilias escritas por mujeres se alaba mucho la belleza de los actores, y la carrera artística de las mujeres, en reflejo negativo de mis vulgares escritos, y nadie pone el grito en el cielo. Un poquito de igualdad, por favor.



            El viejo Al y la dulce Michelle son los protagonistas de El precio del poder, la orgía cocaínica y metrallética de Brian de Palma. La película tiene el mérito incuestionable de haber resistido el paso del tiempo, y hoy, más de treinta años después, todavía se puede pasar una tarde cojonuda con ella, en compañía de Tony Montana y sus bigotudos secuaces. Mientras ahí fuera la niebla se apodera de Invernalia, y las lechugas se amustian en los huertos, en el Miami de los cubanos siempre luce el sol, y todo resulta más excitante y entretenido. Para empezar las mujeres, claro, que allí siempre van en bikini y sonríen con picardía. Igualico que aquí, vamos.  





        El precio del poder es excesiva, violenta, grandilocuente, como escrita por Oliver Stone con tres rayas de coca en cada fosa nasal. Que es justo lo que sucedió. A los seguidores de Al Pacino nos chifla su Tony Montana, tan chuloputas y egocéntrico, quizá porque es el reverso oscuro -¿o luminoso?- de nuestra propia debilidad. Dejando aparte la menudencia de que es un psicópata de manual, algo en nuestro interior, muy sucio y primario, admira su hombría de macho alfa. Su par de cojones tricolores, uno cubano y el otro americano. Y luego está Michelle, claro. Con esos vestidos mínimos y esos maquillajes certeros es una mujer de quitar el hipo y no recuperarlo en años. Sin embargo, despojada de abalorios y pinturas, presentada al respetable en la escena de sus dudas, ya no te quita el hipo, sino el aire, y hasta las ganas de comer. La fruta desgrasada que uno tenía en el regazo se ha quedado ahí, durante largos minutos, preguntándose qué hacía uno con la boca abierta, que no comía.




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La Amenaza Fantasma

En 1999, el estreno de La Amenaza Fantasma me pilló en un sistema exterior de la galaxia, y también de la vida. Dieciséis años después de la muerte de Darth Vader, uno estaba casado, a punto de ser padre, con los viejos amigos de la secta ya exiliados o perdidos.  No maduro, por supuesto, porque la madurez es una cualidad que viene de serie, y sólo la demuestra quien ya la tiene desde niño, Pero sí diré que la película  me cogió mayor, ocupado en los asuntos propios de ganar el pan y no dejar que te lo arrebaten.



            Cuando supimos que George Lucas iba a relanzar su lucrativo negocio, hubo una explosión de júbilo interplanetaria, pero la alegría duró el corto tiempo de los fuegos artificiales. Nada más disiparse el humo, recordamos que Lucas venía a juntar muchos millones, no a dejar obras maestras para la posteridad. Nosotros, los que habíamos visto de chavales la primera trilogía, éramos su público cautivo. Llevados de la curiosidad o de la nostalgia íbamos a llenarle los patios de butacas. Pero con eso sólo podíamos convertirlo en multimillonario. Para forrarse enterico de oro, los grifos del baño y los pelos del pubis, Lucas necesitaba engatusar a la nueva chavalada, aquella que sólo conocía Star Wars por boca de su padres. ¿Y cuál es el camino más fácil para que los niños abarroten las salas y luego las jugueterías del centro comercial? ¡Bingo!: hacer una película para niños en la que salgan muchos bichos plastificables. De nuevo El Retorno del Jedi, para nuestro desconsuelo. De nuevo la frustración de quien esperaba la oscuridad y la mala uva de El Imperio Contraataca. La audacia, quizá, de La Guerra de las Galaxias, que ahora parece muy vista, pero que en 1977 nos dejó a todos con la boca abierta. 




            La Amenaza Fantasma es filfa de merchandising, y apostolado de la virginidad. Aunque aquí ya no es la paloma del Espíritu Santo, sino la ubicuidad de los midiclorianos, quien obra el milagro de la concepción inmaculada. La Amenaza Fantasma es capitalismo y catolicismo, consumismo y castidad. Lo justo para quien este escribe, tan rojo y pecador, aunque todo sea de pensamiento: la utopía y el folleteo. Menos mal que por ahí anda Natalie Portman en la flor hermosérrima de sus dieciocho años, a veces vestida de Padmé y a veces emperifollada de Amidala. Cada vez que sonríe en sus escenas, se enciende una nueva estrella en la galaxia muy lejana. Y es que la poesía del amor es igual de cursi en cualquier rincón del universo.





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El Retorno del Jedi

El Retorno del Jedi es un cagarro. Sí, queridos amigos: esto es una confesión. Un grito desesperado entre la borregada. Mientras los fanáticos siguen pastando alegremente en la luna de Endor, yo me he venido a la vera del camino, a balar mi sedición a los transeúntes. A ofrecerme como diana para los insultos y las vejaciones. A ser propuesto, tal vez, para la expulsión de la cofradía galáctica, en la que llevo casi cuarenta años de vida, procesionando en salas de cine y reproductores caseros. Me he dejado sueldos enteros en el bolsillo sin fondo de George Lucas. Y sin embargo, por culpa de un ataque de sinceridad, cuatro décadas de apostolado pueden terminar hoy mismo, de un modo fulminante, si el Alto Consejo Jedi así lo decidiera. Que la Fuerza les acompañe, y les ayude a discernir entre la apostasía y la crítica constructiva, que es lo que yo pretendo. Señalar los defectos de El Retorno del Jedi para no volver a repetirlos, y subrayar, por contraste, los méritos incuestionables de las otras aventuras.



          Nadie hace películas para perder dinero, eso es obvio, pero El Retorno del Jedi apesta a codicia, a afán recaudatorio. Está hecha desde el lado oscuro de la Fuerza, donde mana el dinero pero se seca la virtud. Con doce añitos no te das cuenta de esa avaricia sin escrúpulos, y lo flipas cantidubi con Jabba el Hut y su corte de trastornados, los ositos Ewoks y sus armas de destrucción masiva. Recuerdo que un amigo de posibles pidió a los Reyes Magos la panoplia entera de los juguetes: las motos aéreas, los Ewoks de plástico, los acorazados bípedos del Imperio..., y allí nos pasábamos las tardes enteras, en casa del chaval, merendando de gorra y jugando a restablecer el equilibrio de la Fuerza. El Retorno del Jedi sólo había sido un gran anuncio de juguetes, dos horas de publicidad que nos habían disimulado con el conflicto familiar de los Skywalker. Nos habían tratado como a consumidores, no como a niños que soñaban, y eso, treinta años después, conviene denunciarlo. Nadie va a quitar a George Lucas de su hornacina, que se la tiene bien ganada, pero los más críticos con su hagiografía, cuando vamos a rezarle, le colocamos un becerro de oro a los pies, para recordar la fechoría, y advertir a los fieles.




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El Imperio Contraataca

El Imperio Contraataca es la mejor película de la saga galáctica. Sobre esto existe un amplio consenso entre los habitantes de la Vía Láctea. Sólo los más infantilizados de los seguidores -que ya es decir- prefieren El Retorno del Jedi sobre las demás, porque de niños se quedaron prendados de los Ewoks, esos osetes tan pelmazos, y se han quedado colgados de sus mismas lianas. Nosotros, los siervos de George Lucas, nos llevamos muy bien entre nosotros, y cuando nos reconocemos en las tertulias nos sonreíamos con franqueza, y huimos del resto del mundo para hablar de nuestras obsesiones. Sin embargo, a estos mentecatos que dicen preferir El Retorno del Jedi les tenemos un poco marginados, y cuando desbarran sobre el bosque de Endor les sonreímos con los músculos justos de la cara, y les damos la razón como a los tontos, con palmaditas en la espalda. Son de los nuestros, los pobrecicos, pero de una categoría inferior. Los más niños entre la muchachada. Que la Fuerza les guíe, y les acompañe.




           El Imperio Contraataca fue el primer gran culebrón de mi vida. De 1977 a 1980 transcurrieron tres años de rumores, de cuchicheos que se intercambiaban en los recreos y en los parques infantiles. Había niños que aseguraban que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker, que lo habían leído en alguna revista de sus padres, o se lo habían escuchado al hermano mayor bien informado, y nosotros, incrédulos y al mismo tiempo aterrorizados, les respondíamos que nanay del Paraguay, y que naranjas de la China. ¿Cómo iba el Bien a proceder del Mal? Era un imposible metafísico. A nuestra tierna edad nos cagábamos de miedo con sólo recordar las fechorías de Darth Vader, su voz cavernosa que acojonaba incluso a los generales subalternos, y tal personaje, la reencarnación metálica del Diablo, no podía ser el padre de nuestro héroe galáctico, tan rubio y angelical, casi un Jesucristo de los catecismos que estudiábamos con los curas, aunque Luke hubiera aterrizado hace mucho tiempo, y en una galaxia muy lejana, con una misión algo más guerrera y espadachina.




               Por eso nos quedamos de piedra en la escena de marras, allá en la ciudad flotante de Bespin, cuando Darth Vader tendió la mano en gesto generoso y confirmó aquella paternidad imposible y obscena. Muchos tuvimos que confesarnos a la vuelta de las vacaciones, en la primera visita obligatoria a la capilla, por haber soltado un “¡hostia!” en mitad de la platea. O simplemente por haberlo pensado, ya no me acuerdo, que lo mismo daba la palabra que el pensamiento a efectos del pecado. La genealogía de los Skywalker fue el primer gran desengaño de nuestra generación. La primera sospecha de que algo no funcionaba bien el mundo. Aprendimos que los niños buenos no provenían necesariamente de padres buenos. Ni los niños malos de padres malos. De repente todo era un batiburrillo y una lotería. Cualquiera podía ser un Sith acariciando la traición, y nadie podía distinguirlo, ni deducirlo de su linaje. Las relaciones unívocas quedaron abolidas. Todos quedamos automáticamente bajo sospecha. Y así seguimos.




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La Guerra de las Galaxias

No estoy capacitado para juzgar objetivamente La guerra de las galaxias. Es la película de mi vida, de mi recuerdo, de mi ilusión más infantil y boquiabierta. Cualquier acercamiento crítico quedaría derretido ante el calor de las espadas láser. Todavía hoy, con cuarenta y tres tacos, sigo soñando con poseer ese arma letal, de luz roja a ser posible, y hacer justicia con ella en este sistema exterior de la galaxia, a mandoble limpio entre los injustos y los impíos. O pilotar el Halcón Milenario, con un amiguete peludo a mi lado, y viajar a la velocidad de la luz por esos mundos de Dios, los fines de semana, para conocer otras ligas y otros deportes. O convencer a la gente de mis deseos con un simple gesto de la mano, como hacen Obi-Wan Kenobi y los caballeros Jedi: bésame más, o cóbrame menos, o vota a mi partido, y que la Fuerza te acompañe.



         Gran parte de mí vive en la Vía Láctea, que es la galaxia donde como y duermo, donde veo películas y follo más bien nada. Pero el niño de cinco años que vio La guerra de las galaxias por primera vez, en la Nochebuena del año 77, con los ojos tan abiertos que todavía me duelen, se quedó allí para siempre, en la galaxia muy lejana. Cada cierto tiempo voy a visitarlo, a ver qué tal le va en su tiempo congelado, y siempre me lo encuentro con una sonrisa, y jugando con un palo que hace de espada láser, acompañado de los otros niños que también se quedaron allí, indiferentes al adulto que tuvo que estudiar y ganarse el pan. Ese mismo adulto que ahora, con motivo de la séptima aventura galáctica, ha encontrado la excusa perfecta para regresar a un infantilismo que los no iniciados consideran ridículo y monotemático. Qué sabrán ellos, los del reverso oscuro.



             Yo vi La guerra de las galaxias en León, en el cine donde trabajaba mi padre, en una pantalla enorme que contemplaban 1000 butacas atónitas. Recuerdo mi estupefacción, mi mudez, mi conversión inmediata a la religión de los Jedi, cuando escuché la fanfarria de la 20th Century Fox, y leí el cartelito de "hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana", y se deslizaron las explicaciones sobre la rebelión y el Imperio, y apareció la nave consular sobre los cielos de Tattoine perseguida por el crucero imperial... Aquel día lo llevo grabado a fuego. Casi cuarenta años después, mi cinéfilo interior, tan racional y puntilloso, puja por expresar su opinión, que es mucho menos complaciente. Pero me niego a que hable, a que se insinúe siquiera. Que sean otras personas quienes saquen a la luz los defectos y las incoherencias. Yo no puedo, ni quiero.





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Quemar después de leer

Quemar después de leer es una película ignorada de los hermanos Coen. Sobre sus obras maestras existe un consenso general, una fraternidad universal entre los cinéfilos, pero hay películas como ésta, o Un tipo serio, o El gran salto, que a veces amenazan con provocar un cisma en nuestra sagrada religión, en la que Joel Coen y Ethan Coen son dioses de cuatro ojos que habitan en el altar de nuestras estanterías.
           Yo soy de los que defienden Quemar después de leer en cualquier tertulia, en cualquier foro, y aunque tal postura suele costarme el abucheo general, y el repudio de los culturetas, cada cierto tiempo vuelvo a verla para reafirmarme en la opinión. Los Coen rodaron esta cuchipanda un año después de No es país para viejos, y la gente tal vez esperaba otra película sombría y sesuda, con diálogos crípticos y personajes trascendentes.  Pero los Coen son así, imprevisibles y caprichosos, y ruedan lo que más les apetece en cada momento. De los desiertos abrasadores de Texas, donde se recocían las meninges y la gente se desnortaba con facilidad, nos trasladaron a los entresijos gubernamentales de Washington, donde la locura ya casi viene de serie entre sus habitantes, en forma de paranoia o de  engreimiento personal.



       Donde otros, en Quemar después de leer, ven personajes excéntricos, exagerados, caricaturas casi propias de un cómic, yo, salvadas las distancias entre Georgetown y este villorrio de Invernalia, veo una legión de gente estúpida y superficial muy parecida a la que me cruzo cada día, en el trabajo o en la vida civil, y voy reconociendo en las tramas a fulano de tal, y a mengana de cual, y me echo unas risas mefistofélicas yo solito en el sofá. La raza humana viene a ser igual en todos los sitios, y si prescindimos del idioma o de los hábitos del desayuno, los imbéciles que los hermanos Coen sacan de paseo son intercambiables por los que uno sortea en las aceras, o en la barra del bar. Donde otros ven misantropía y mala uva, yo sólo veo el pan nuestro de cada día. 




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Big Fish

Hay un puñado de películas que siempre me hacen llorar cuando las veo. Y no importa si es la segunda vez o la quinta. Ellas tienen el poder, al mismo tiempo maravilloso y deleznable, de arrancarme dos lagrimones que proceden del plexo solar, donde los sentimientos se vuelven incontrolables para la voluntad, y ya no hay manera de impedir que se licúen.
      Uno, en su tonta masculinidad, tiene el acto reflejo de hacerse fuerte cuando llegan las emociones. De impedir por todos los medios que las lágrimas le hagan a uno de menos, y lo acerquen al universo espiritual de las marujas, que tan ridículo me pareció siempre. Por no parecerse a ellas, ni siquiera un momento, ni siquiera en una debilidad, el cuerpo hace verdaderos esfuerzos físicos por no llorar: cambia de postura, parpadea frenéticamente, aprieta la musculatura que rodea el tórax... Un ejercicio estúpido que a nada conduce, porque estas películas que yo digo, cuando llegan a la escena de marras, son como cirujanos que me atan al sofá y me abren en canal, dejándome al descubierto. Un tipo sensible, finalmente, ahora que nadie me observa en esta habitación que siempre permanece a oscuras, con las persianas bajadas, lejos de los ojos burlones...



        Para explicar por qué uno llora con Big Fish, en esa escena final de la muerte gozosa que anunció el ojo de la bruja, habría que hablar, obviamente, de la relación que uno mantuvo con su propio padre. Una amistad tortuosa y problemática que aquí, por supuesto, no voy a relatar, ni en su cruda realidad ni adornada de fábulas, como hacía el bueno de Ed Bloom. Porque este blog nació para desnudarse ante los lectores, sí, pero sólo hasta los calzoncillos, y la camiseta interior. Los entresijos y las vergüenzas son cosas que me guardo para mí mismo. Para ver gente desnuda hasta la pilosidad y la cicatriz, hay otros diarios, y varios platós de televisión. Mi lloro, esta vez, quedará sin explicar. Ustedes me perdonarán.




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Mr. Holmes

Desde que rodara Dioses y monstruos, aquella hermosa película que abordaba la decadencia de James Whale, Bill Condon andaba muy perdido en los sótanos de Hollywood, rodando películas de tres al cuarto, y sagas crepusculares, que ni a dos cuartos llegaron. Harto, quizá, de que lo tratáramos por un director de chichinabo, de esos que filman cualquier cosa con tal de llegar a fin de mes, para seguir pagando la hipoteca de su mansión en Beverly Hills o de su loft en Manhattan, Bill Condon ha vuelto a confiar en Ian McKellen para hacer una película seria, una que por fin hemos apuntado en nuestras agendas de cinéfilos voraces.



            En Mr. Holmes, Ian McKellen, que es ese actor soberbio a quien los palomiteros sólo conocen disfrazado de Gandalf,  interpreta a un Sherlock Holmes ya muy entrado en años, viudo de Mr. Watson, retirado de sus pesquisas londinenses en un pueblecito apartado de la costa. Ahora se dedica a la apicultura, al paseo por los acantilados, y sobre todo, a la lucha contra su propia memoria, que hace aguas como una presa de mil agujeros. Enfermo de alzhéimer y de melancolía, el señor Holmes no quiere irse de este mundo sin dejar escrita su última aventura, el caso fallido que veinte años atrás lo sumió en la depresión, y lo empujó a dedicarse a la vida contemplativa. Pero sus historias, no lo olvidemos, las escribía Mr. Watson, y entre la torpeza de la pluma y la viscosidad del recuerdo, el viejo Sherlock enreda nombres y rostros, sucesos y fantasías.  Desesperado, viajará a la Hiroshima postnuclear para buscar el fresno espinoso, un árbol rarísimo del que dicen que obra milagros en las memorias, destilado en jalea. Alimentado con la jalea del fresno y con la jalea de sus abejas, el anciano Sherlock se enfrentará cada noche a la angustia del folio en blanco, y de la memoria en negro, como le viene sucediendo a este blog en los últimos tiempos, que cada vez necesita más esfuerzo y rezuma menos inspiración. Una tortura, más que un regocijo, que sólo sirve para matar las horas, y ocupar la mente en otros asuntos.  Escribir para uno mismo, se diga lo que se diga, siempre es desolador. 




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Misión Imposible III

Misión imposible III, con sus amores ñoños y sus hostias como panes, ha sido la única ficción del fin de semana. La película es, para decirlo suavemente, tan entretenida como cuestionable, pero gracias a Tom Cruise el retoño ha vuelto a comparecer en el sofá, y eso vale por cien películas vistas en solitario. Juntos nos hemos descojonado con las peripecias de Ethan Hunt, y hemos amado en silencio, cada cual a su modo, la belleza desarmante de Michelle Monaghan.



       Y nada más, en este páramo provisional de las películas. El cine, para quien esto escribe, siempre ha sido una celebración de la alegría, o al menos de la paz de espíritu. Perseguido por las sombras o rodeado de fantasmas, soy incapaz de prestar atención a lo que veo, y desperdicio las horas sin disfrutar las ficciones, y sin arreglar las realidades. Otros, más afortunados, enchufan el televisor y al instante se desenchufan de sí mismos, para evadirse a otros mundos donde ya no son ellos, sino el cowboy que dispara, o el astronauta que explora mundos. Uno, por desgracia, viaja siempre consigo mismo, a cualquier lugar donde pretenda fugarse, y en cualquier ficción, por disparatada que sea, vive esposado a su yo sempiterno y paliza, que le impide volar, y transustanciarse en un personaje que lo difumine.




       Es por eso que este fin de semana, con el ánimo ensombrecido, y los espectros rondando las esquinas, he preferido refugiarme en la cabaña de los deportes, que es la prescripción médica para estos malestares del alma. Viendo el fútbol o el baloncesto uno se repantiga en el sofá y al poco tiempo, gracias al devenir errático de la pelota, y al mareo constante de los marcadores, queda uno hipnotizado y ausente de sí mismo. El deporte es bello, entretenido, admirable en los lances más meritorios, pero al mismo tiempo es banal, idiota, de una trascendencia nula sobre la vida real. En las películas siempre están las neuronas espejo dando por el culo, identificándose con los personajes, amando y odiando lo mismo que ellos aman y odian, y así es imposible el nirvana del olvido. El deporte, en cambio, permite sublimar las pasiones en un gas que es inocuo y festivo, y uno se entrega alegremente a la bartola del tiempo perdido, y de la vida desperdiciada, con tal de no pensar en sus propios asuntos. Bendito sea, el Movistar +, antes conocido como Canal +. Mi más mejor amigo, como decía Forrest Gump.




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Catastrophe

He dado con Catastrophe gracias a un consejo del bendito Pepe Colubi, a quien sigo puntualmente en sus cerdadas, porque me descojono de la risa, y en sus recomendaciones, porque coincido plenamente. Colubi, que en los momentos cómicos interpreta el papel de un macho bonobo, en los asuntos seriéfilos tiene el morro muy fino, y el gusto muy educado. Que los dioses le guarden muchos años.

            Había, sin embargo, una pequeña sombra en su consejo. Los protagonistas de Catastrophe son un ejecutivo americano, él, y una maestra británica, ella, que en principio sólo habían quedado para follar, y para charlar de banalidades en los remansos del amor, pero que se ven sorprendidos por la "catástrofe" en forma de embarazo. Es este contratiempo, tan manido y estereotipado, el que enciende la mecha de una comedia que me daba pereza abordar. Porque en este subgénero de los padres primerizos, los hombres siempre quedamos ridiculizados, como medio bobos, o medio autistas, y las feministas se lo pasan pipa desovariándose en sus sofás, dándose la razón a sí mismas, o por teléfono, a sus combatientes del alma. Y tienen razón, las muy brujas, porque los hombres no hemos nacido para tener hijos, sino para procrearlos, y en esas situaciones se nos ven las costuras, y las imposturas, y uno desea que se lo trague la tierra para volver a emerger a los seis o siete años, cuando el chaval ya esté en edad de razonar, y sepa patear los balones de reglamento.




          Pero me lancé, a la piscina de Catastrophe, sólo porque Pepe Colubi ejercía de salvavidas, y ha sido en verdad un chapuzón reconfortante. Sharon Horgan y Rob Delaney son, además de los actores principales, los guionistas del invento, y han alcanzado una entente cordiale en la que alternan los chistes gruesos con las ñoñerías románticas. A veces, en el juego de roles, es él quien se pone romántico y cursilón, y ella quien se enfanga la lengua y suelta las obscenidades. Todo muy cool, muy del siglo XXI, con hombres que ya no rezuman testosterona ni mujeres que se sonrojan por decir polla. La anticomedia romántica, que dicen ahora los entendidos. La serie perfecta para ver en pareja, acurrucaditos en el sofá, sin que nadie suelte el bostezo ni señale a nadie con el dedo. O para ver en soledad, como es mi caso, sólo por el placer de echar unas sonrisas.  




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Les Revenants: auge y caída.

Pintaba muy bien, Les Revenants, con esos muertos que regresaban de la tumba para seguir con su vida normal, que si los deberes del colegio o si las copas con los amigos. Los primeros episodios fueron inquietantes y promisorios, y uno, llevado por el entusiasmo de haber encontrado una serie original, vino a estos escritos a presumir de seriéfilo minoritario, siempre atento a las recomendaciones de cosas extrañas y estilosas. Qué tonta es la gente, pensaba uno, enfermo de orgullo. A quién no le podía gustar Les Revenants, con sus muertos redivivos, sus vivos boquiabiertos, sus misterios anegados por las aguas del embalse...



        Pero llegaron, ay, los meandros del guión, y las preguntas sin respuesta, y uno, en el tercer episodio, ya se descubrió tonteando con el móvil en algunas escenas incomprensibles. Los vivos no salían corriendo del pueblo acojonados por los muertos que regresaban. Los católicos no subían al campanario para anunciar gozosos la resurrección de las carnes. Nadie llamaba a las televisiones para contarle al mundo que mil Lázaros franceses habían salido de sus sepulcros. Lejos de eso, los habitantes del pueblo admitían a sus muertos como si tal cosa -hosti tú, qué tal te ha ido en el más allá-, y eso creaba escenas que a uno, en su racionalismo científico, le costaba digerir. Será que todavía andan turulatos, concedía uno, y que tardarán varios episodios en tomar decisiones congruentes. A saber qué haría uno en tales circunstancias: cagarse por la pata abajo lo primero, eso seguro.



              Pero los episodios pasaban, y los vivos seguían hablando con sus muertos como si volvieran de unas vacaciones, o de un viaje al extranjero. Algunos, incluso, se acostaban con ellos para recuperar el tiempo perdido, y tras la excitación de la carne, en el remanso del abrazo y del besuqueo, no se acurrucaban junto al corazón resurrecto para ver si aquello latía de verdad.  Nada de eso. En los últimos episodios ya ni los guionistas sabían qué hacer con sus propios zombis, y a veces los volvían a matar, para resucitarlos al poco, o los lanzaban a vagar por los bosques, sin que el espectador atribulado, ya más pendiente del móvil que de las tramas, supiera muy bien el origen de tales vaivenes. Al final, en el colmo de la fantasía ultraterrena, sale un hada madrina que guía a los muertos en su deambular, una pelirroja guapísima que hace de embajadora en el país de los vivos para negociar los acuerdos de reinserción social. Un disparate. Me imagino a los guionistas de Les Revenants encarando los últimos desenlaces alrededor de la mesa creativa, preguntándose el uno al otro con cara de desconcierto: "¿Y ahora qué hacemos, tú?". Sé que hay una segunda temporada recién estrenada. Que les vaya bonito. Que caiga la nieve, lánguidamente, sobre los vivos, y sobre los muertos, como recitaban al final de Dublineses.



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Misión Imposible

Hoy lo de menos era la película. Que Misión imposible sea más o menos farragosa o que esté más o menos desfasada es un asunto menor. Las discusiones sobre si Tom Cruise es un actor respetable o si Emmanuelle Béart es una diosa encarnada pueden aplazarse para otro día. Hoy lo importante es que el retoño ha compartido el sofá, y eso, porque tal convivencia no se producía desde hace meses, ha encendido una alegría muy íntima, como de los viejos tiempos, de cuando veíamos tres películas por semana y uno estaba orgulloso del chaval que permanecía atento a todo, con los ojos como platos, un iniciado más en esta secta de los peliculeros.




           El retoño, sin embargo, cuando tuvo edad para decidir, prefirió la píldora roja que le sacó de la fantasía, y le devolvió a la realidad del barrio y los amigos. La cinefilia le mojó, pero no le caló. Y es bueno que así sea. Él  disfruta de amigos de verdad, de un barrio acogedor, de una práctica deportiva que le exige disciplina. Uno, por contra, vivió en un barrio sin alicientes, con amigos que sólo eran de compromiso, sin practicar ningún deporte que no fuera el sillón-ball, y el bocadilling de chorizo. No diré que fui un niño desdichado, pero sí uno muy aburrido, muy poco motivado para salir al espacio exterior, y en la vieja televisión en blanco y negro encontré la gran amiga de mi infancia. El retoño no necesita el mundo virtual para sentirse vivo y despierto. Incluso los videojuegos, que le ocupan el tiempo de enclaustramiento, no son más que prolongaciones de su vida social. O son online, y compartidos, o no le sirven para nada. Bendita sea la tecnología, después de todo. Y bendito sea, también, Tom Cruise, que aún tiene el poder mágico de convocar a mi retoño. Gracias a él, y a sus brincos de agente secreto, y a sus ironías de chico listillo, hemos regresado a los tiempos de la paternidad responsable, y de la filiación amistosa. No es tarde todavía.




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