Negociador

La comedia es tragedia más tiempo. Lo dijo el personaje de Alan Alda en Delitos y faltas, y es una sabiduría que siempre retorna en las películas que abordan temas espinosos.
       Negociador, la tragicomedia de Borja Cobeaga, hace un viaje en el tiempo de sólo nueve años, los que han transcurrido desde la fallida negociación de Jesús Eguiguren con los representantes del Movimiento de Vasco de Liberación, que dijera José María Ánsar. Sin embargo, todos tenemos la sensación de que han transcurrido décadas, como si aquellos contactos fueran vetustos tejemanejes de la Transición, y los hubiera narrado Victoria Prego en un documental de imágenes descoloridas y voces de gramófono. Aunque las negociaciones finalmente fracasaron, ETA dejó las armas a los pocos años, los guardaespaldas se quedaron sin trabajo, y los batasunos ocuparon los ayuntamientos para gestionar la traída de aguas y el servicio de basuras. A los chavalucos de dieciséis años les hablas ahora de ETA y es como si les contaras una aventura de bandoleros en Sierra Morena, en los tiempos de Curro Jiménez. A Euskadi, como dijo el otro, ya no la conoce ni la padre que la parió.




         Cobeaga, que parece un tipo muy listo, ha comprendido que era el momento de empezar a reírse de aquellos tiempos negrísimos. No a carcajadas, ni a trazo grueso, como en su día hizo Ivá, el dibujante de El Jueves, que puso en boca del Moromierda aquello de que el Guadisiví era el río más largo de España porque nacía en Andalucía y moría en el País Vasco. Cobeaga sabe que aún faltan siglos para que un chiste así pueda ser contado sin ofender, y que además, cuando llegue el momento, ya nadie podrá pillarle la gracia. Negociador hace una versión muy libre de lo que sucedía en la trastienda, cuando los interlocutores se levantaban de la mesa y lidiaban con el vacío de las horas. Al fin y al cabo, ellos eran seres humanos con sus necesidades alimenticias y sexuales, sus teléfonos móviles sin cobertura y sus dineros contados para gastos. Si hacemos caso de Negociador, Eguiguren y Josu Ternera -y más tarde la locaza de Thierry- compartieron hotel y desayunos, y aunque el de enfrente les cayera más bien gordo, el encierro les animaba a charlar sobre las cosas tontas de la vida: que si vaya día que hace, que si viste la película de ayer, que si cómo quedó el Athletic de Bilbao... Y son estas banalidades, no lo olvidemos, las que terminan uniendo a la gente. Quizá no lleguen a forzar amistades o simpatías, pero sí, desde luego, quitan las ganas de matar. O de odiar. Y eso ya es mucho. 





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