Hello Ladies, la película

Como Hello Ladies sólo la vimos cuatro frikis repartidos por el mundo, la HBO decidió cancelarla tras su primera temporada, y le concedió, al bueno de Stephen Merchant, la posibilidad de cerrar las tramas pendientes en una TV movie. Una película tragicómica y divertida, pero un final indigno, en cualquier caso, para una serie memorable.




         En Hello Ladies, la película, Stuart Pritchard sigue siendo el mismo clown que trata de ligar con las supermodelos de Hollywood, y sale trasquilado en cada empeño. Uno se ha reído mucho con sus infortunios románticos, pero a veces, cuando Stuart volvía a casa, y se recalentaba la cena en el microondas, y veía la televisión en el sofá solitario, a uno se le congelaba la sonrisa, porque recordaba, súbitamente, como recién devuelto a la realidad, que uno anda como él desde hace varios meses, solitario y mustio, refugiado del mundo en esta habitación. Uno, además, por esas casualidades de la vida, guarda un cierto parecido físico con Stuart Pritchard, también alto y con gafas, también torpe y con pinta de lelo. Quiero decir que uno se ha identificado con el personaje, y que riéndose de él se ha reído también de sí mismo. De todas las taras que asolan el cuerpo cuando una mujer atractiva se acerca para preguntar la hora o la dirección del centro comercial. Me he reído de mi lengua que se traba, de mi ocurrencia que no sale, de mi gesto que no se acomoda. Del puto plexo solar, que tiembla como un pajarillo, y del corazón, que late desbocado, y del cerebro, que se vuelve loco con las conexiones, como una telefonista inútil de los tiempos antiguos. De la neurosis que a los hombres sin prestancia siempre nos causan las mujeres interesantes. Desde los tiempos del instituto a los tiempos de ahora, sin que ningún aplomo se haya depositado con los años. 




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El año de las luces

No todo va a ser follar, la canción de Javier Krahe, nos hace mucha gracia a los cuarentones, porque hemos aprendido, efectivamente, que en la vida no todo es follar. También hay que comprar calcetines, como decía el maestro, y regar los cuatro tiestos, e intentar cruzar Núñez de Balboa si un día paseas por Madrid. Pero explícale tú, a un chico de quince años, que la vida es algo más que desear a las chicas del instituto y hacerse pajas en el desengaño de cada día. Pondrá esa mirada que provoca la pudrición de la médula espinal y te dirá: “¡Amos, anda!”. El chaval sabe que también hay que hacer los deberes, y que bajar la basura al contenedor, pero el monotema sexual, a su tierna edad, ocupa la primera plana de cada periódico mental, a cuatro columnas, y el resto de la existencia viene relegada en las páginas interiores, con los deportes y las tragedias, los cotilleos y la programación de la tele.



         El año de las luces, la película de Fernando Trueba, transcurre en el año II de la Pax Franquista. Alrededor de Manolo, su protagonista adolescente, España es una ruina de escombros y venganzas. Él mismo, enfermo de tuberculosis, ha de abandonar Madrid para ingresar en un preventorio de las montañas. En las cunetas hay gente detenida y fusilada. El fascismo español celebra cada conquista del Führer como una victoria propia contra los rojos. El paisaje es gris, y el suelo huele a cadáver. Han triunfado los malos, los casposos, los más tontos de cada pueblo. Y los curas, claro, como en cualquier encrucijada de este país, cuervos que se ciernen sobre la alegría de vivir. Pero todo esto, a Manolo, se la trae al pairo. Él vive pendiente de las tetas que abultan los trajes, de las pantorrillas escuetas que dejan ver las falangistas uniformadas. Es muy escaso el estímulo, pero muy grande el deseo. Manolo, pobrecico, vive atrapado en el monotema, que es como una melodía que no puede quitarse de la cabeza. A mí, a su edad, también me importaban muy poco la Perestroika o la reconversión industrial. Yo me apiadaba de los rusos y de los parados, pero apenas me detenía a reflexionar sobre la gravísima realidad. Eran muchas, las muchachas, y muy palpitante, mi eterna frustración.



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Hello Ladies

Hello Ladies es una sitcom que sólo vimos el Tato y yo. El Tato, según rezan las enciclopedias, era un torero del siglo XIX que jamás faltaba a una feria o a una corrida benéfica. De ahí viene aquello de "no vino ni el Tato", cuando nos referimos a un evento vacío de gente. Pero yo, por supuesto, no me refiero a este Tato, el torturador de toros que los dioses tengan en su gloria, sino a otro tipo, contemporáneo mío, que imagino de la misma guisa por las noches, hastiado de la vida, derrumbado en su sofá, viendo las mismas ficciones que yo en una simetría que es al mismo tiempo turbadora y reconfortante.



       Supongo que él fue el otro espectador que vio la comedia de Stephen Merchant cuando la pasaron por Canal +, hace dos años. Alguien en la sala de mandos descubrió la verdad de tan magra audiencia y decidió desterrarla para siempre de la parrilla. Ni multidifusiones ni segundas oportunidades. Ahora que he querido rescatarla para echar unas risas, no la tienen ni en el Yomvi, donde presumen de tenerlo todo. Hello Ladies no está editada en DVD, ni está disponible en los caladeros del pirateo. Es una serie maldita, olvidada, que he tenido que buscar en la lejana web de unos amigos argentinos, gentes de buen gusto que la tenían subtituladita y todo. Una maravilla.



            Hello Ladies cuenta la odisea sexual de Stuart Pritchard, un informático de las Islas Británicas que tiene el valor de hacer lo que yo nunca haré: dejar de amar los hologramas de las actrices guapísimas y plantarse allí, en el ojo del huracán, en el mismísimo Hollywood de las estrellas despampanantes, a intentar conquistarlas con la carne y el hueso de su labia y de su body, y no con escrituras románticas al otro lado del océano. Stuart es un tipo longilíneo, gafudo, de movimientos torpes y lengua traicionera. El tío es decidido, valiente, inasequible al desaliento, pero en los momentos supremos del ligoteo siempre tiene un resbalón, un mal apoyo, un comentario en la boca que debería haberse pensado dos veces. Y las chicas de Hollywood, claro está, no le perdonan ni un sólo error. Ellas buscan la excelencia suprema de los genes, o las cuentas bancarias de seis ceros, como premio de consolación. Hello Ladies parece una comedia, y es verdad que te ríes mucho con las trapisondas de Stuart, pero por debajo de la superficie late un drama de los que hacen mella en el corazón: la distancia insalvable que nos separa a los tipos grises de las mujeres hermosas. Un abismo genético, evolutivo, que como decía el personaje de Neal en Freaks and Geeks, “es La Ley”.




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Los peores años de nuestra vida

Hace dos meses, a finales de agosto y principios de septiembre, encontré una película titulada Finales de agosto, principios de septiembre, y aunque ya presumía de antemano que el bostezo iba a ser largo y memorable, tal intersección entre la realidad y la ficción no podía ser desdeñada, y tuve que sentarme en el sofá por ver si los dioses me deparaban una enseñanza vital, un aprendizaje inaplazable de mi propio existir.
    Hoy, en los peores momentos de la vida -porque como dice Louis C.K. a partir de los cuarenta años la decadencia es exponencial, y porque el desaliento se ha adueñado de este otoño plomizo - me topo con Los peores años de nuestra vida, que suena a tragedia de película francesa y tostona, pero que en realidad es una comedia del género madrileño, una de Emilio Martínez-Lázaro y David Trueba con sus escarceos sexuales y su barrio de Malasaña. Una película de los viejos tiempos, imperfecta y divertida. Descocada y entrañable.



          Yo tenía la misma edad que sus protagonistas cuando la vi por primera vez, hace veinte años, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre sí quiero acordarme: Toledo, la ciudad imperial que me acogió en el exilio laboral. Yo también era un veinteañero soñador y romántico, que elucubraba teorías al hilo de los rechazos amorosos. Yo, como Gabino Diego y Jorge Sanz, también vivía enamorado de Ariadna Gil, de sus ojos de china, de sus labios de gominola, aunque todos sabíamos que ella era la novia insobornable del guionista. Yo, curiosamente, vi Los peores años de nuestra vida en los mejores años de la mía, que tampoco fueron gran cosa, no vayamos a exagerar, pero que aún tenían la promesa del amor volcánico, y de la vida entera por delante. Y que mantenían esta barriga, ahora hijaputa e indestructible, bien desinflada en el interior de las entrañas. Ahora que han llegado los funestos presagios que anunciaba su título, Los peores años de nuestra vida sirve para recordar aquellos tiempos que fueron los mejores, o los menos malos. Gabino Diego y Jorge Sanz se han quedado fosilizados en el celuloide, y yo, atrapado en la realidad, casi me he convertido en su padre. En el pobre Agustín González que criaba gallinas en la terraza de su piso, añorante y medio cuerdo, barrigudo y con tres pelos.



       Dice el personaje de Gabino Diego al principio de la película, como Woody Allen en Manhattan, tumbado en el sofá con la grabadora en el regazo:

       "Me gustaría poder borrar de la historia de mi vida la primera vez que me enamoré. Porque ahí se jodió todo. Si me paro a pensarlo, la infelicidad llegó cuando apareció la primera chica de mi vida. Yo era un niño completamente feliz. Me pasaba el día tan tranquilo, pegando mocos debajo de la mesa, y jugando a los soldaditos..." 




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Sleepy Hollow

En Sleepy Hollow, un asesino sin cabeza regresa de la tumba para sembrar el terror entre los habitantes del pueblo. Viandante que encuentra, viandante que descabeza de un certero espadazo. O eso parece al principio de la película, porque luego, gracias a las pesquisas del inspector Ichabod, sabremos que los crímenes siguen un patrón muy conveniente. El jinete sin cabeza -al que los sleepyhollowenses llaman Jinete sin Cabeza en un alarde de ingenio- sólo mata por encargo, como un mercenario de ultratumba. A él le da igual cargarse a fulano que a mengano, y es un instigador invisible -que lo controla con sortilegios de calaveras- quien se venga de los vecinos malqueridos por un quítame allá esas pajas, o esas lindes, o esas herencias. El ruralismo, en definitiva, que es el mismo en cualquier tiempo y en cualquier lugar.



       Uno ha visto Sleepy Hollow después de que terminara El Intermedio, y asociando ambos espectáculos ha soñado la fantasía de poder manejar un espectro así, indiferente a las balas y a los cuchillos. Un fantasma acojonante - y acojonativo- que se materializase en casa de los saqueadores de este país para darles un susto morrocotudo, y arrancarles, postrados de rodillas, mientras se cagan de miedo en los pantalones y se mean de vergüenza en las braguetas, una confesión firmada de sus tropelías. Un escrache de verdad, como Dios manda, y no estas cursiladas de la pancarta y el megáfono, que sólo asustan a las viejas, y convocan a los maderos. Un acoso silente que atravesara las verjas y los ladrillos sin activar las alarmas de Securitas Direct. No se iban a escuchar ni los gritos, del puro miedo que iban a sentir estos chorizos ante la imagen de mi guerrero. Y que conste, por si me está leyendo algún aplicador de la Ley Mordaza, que no deseo que les sea cercenada la cabeza. Uno, que ya es cuarentón sosegado y democrático, abandonó hace años esos anhelos rabiosos de guillotina. Ahora me bastaría con el escarnio público, y con la cárcel bien sellada. Pero no una cárcel de las de ahora, con su pádel y su biblioteca, su piscina climatizada y su vis a vis cada quince días. Yo quisiera, a poder de ser, una mazmorra de la misma época que retrata Sleepy Hollow. La del conde de Montecristo estaría muy bien, por ejemplo.




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Ed Wood

Somos legión, los que escribimos sabiendo que lo nuestro sólo es un pasatiempo para soportar la soledad, o un fingimiento de la sensibilidad, para presumir ante las mujeres.
           Este blog, por ejemplo, nació como un remedio para hablar conmigo mismo sobre cine, ya que nadie más, salvo dos habas contadas, veía las mismas películas en este rincón perdido de Invernalia, a mil años-luz de cualquier tertulia en un café. Y ya puestos, por qué no, he aprovechado la diletancia para darme pisto ante algunas mujeres hermosas, sin que hasta ahora, ay, mi cinefilia haya calado en sus corazones. Quizá porque escribo sobre las actrices bellísimas que conozco, o sobre los pornógrafos extraviados que me visitan, y no toco los argumentos que las féminas realmente solicitan: los hijos secretos que uno ha ido dejando por ahí, o los encuentros sadomasoquistas que he mantenido en mi precioso loft de Manhattan. No es el alma femenina, precisamente, uno de mis fuertes. Pero tienen que reconocer, para ser justos, que el alma femenina no es el fuerte de casi nadie, tan delicada y enrevesada como una flor de mil pétalos laberínticos.




          Escribo esta confesión porque acabo de ver Ed Wood, la obra maestra de Tim Burton. Y Edwar D. Wood Jr., para los artistas fracasados, es un referente que siempre está en nuestro recuerdo. Y retratado en póster, para no olvidarlo. El pobre, que no parecía darse cuenta de su tontuna, y cabalgaba sonriente hacia la burla y el desastre, fue elegido tras su muerte el peor director de la historia, aunque nadie haya explicado quién coño lo eligió, y qué baremos utilizaron para la votación. No creo que las películas de Ed Wood sean peores que algunas tropelías que he reseñado en este mismo blog. Y no voy a mencionar otra vez  los nombres daneses, ni los apellidos iraníes. Sea como sea, ningún chiquilicuatre está libre de ser señalado con el dedo. Y eso, aunque uno mismo se declare amateur y provinciano, siempre duele en el alma. Todas las mañanas, al encender el ordenador, temo que aparezca en mi escritorio un mensaje anunciando que mi blog ha sido elegido el peor de los que ensucia la Red en castellano. Vacío de experiencias, torpe en la redacción, rijoso en sus intenciones. De un mal gusto lamentable, en las ilustraciones. Monotemático, en su adoración por las rubias anglosajonas de pechos ninfulares. Un blog prescindible, en definitiva. El plan 9 del espacio exterior, en el universo blogger. Chatarra ciberespacial que confunde a los navegantes de foros más circunspectos, donde la cinefilia es una virtud que se escribe con altas palabras, y circunloquios de postín. 


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Turistas en mi playa IX

Los pornógrafos vienen y van de mi playa como el oleaje de las mareas. A veces llegan como la galerna, tecleando sexualidades tempestuosas que luego, decepcionados con mi templada escritura, no encuentran en este blog, que sólo habla de cine cuando uso la prosa, y de tetas bonitas -eso es verdad- cuando me da por la poesía.



           Otras veces, como sucede en este remanso otoñal, los sexófilos llegan buscando guarrerías que apenas mojan los tobillos, casi inocentes en su atrevimiento. El lector que tecleó "cara tetas mira" es sin duda un hombre atemperado, que sólo es lascivo cuando tocan a rebato en el dormitorio. Podía haber escrito "maromo empalmado juna cachumbas", que son las cosas que aparecen en el buscador cuando asoman los pornógrafos fetén. Pero este tipo, al que imagino tal vez adolescente modoso, o madurito respetable, ha pecado contra el sexto mandamiento sólo en su forma venial. Estoy seguro de que ha sido la foto de Woody Allen abismado en el pechamen de Scarlett Johansson -publicada en el blog hace unas semanas- la que ha servido de anzuelo para que este lector inflara con un clic mis maltrechas audiencias. Gracias sean dadas.



          Otro pornógrafo ha dado con estos escritos gracias a que compartimos interés por las peripecias vitales de Ignatius Farray, el admirado cómico del grito sordo y las anécdotas salvajes. Este lector tecleó en el casillero "ignatius farray adicto al porno", que es una cosa que el mismo Farray confiesa sin tapujos en sus entrevistas, y en sus monólogos descacharrados. Lo que otros, interpelados a cara descubierta, siempre tratamos de esconder, porque de pequeños nos inocularon con el virus de la culpa, a Ignatius, que vive libre de esas ataduras, lo usa como materia prima para forjarse una carrera de provocador profesional, y arrancarnos la carcajada a los que gustamos de su humor kafkiano y despelotado. Un saludo a ambos, al lector ocasional, y a Ignatius el hermano.




       El último sexófilo de esta entrega es un tipo que se ha liado con el teclado. ¿Qué quería decir, este turista de mi playa, cuando escribió "hombres con chors t el pene salido"? Deduzco que este amigo trataba de escribir "chorra" en vez de "chors", y que "t"  es la abreviatura de "tienen" en el lenguaje de los teléfonos móviles. Si voy por el buen camino, este visitante buscaba "hombres con chorra tienen el pene salido", que es una afirmación que vuelve a dejarnos en la encrucijada del doble sentido. ¿Quiere decir que los hombres con suerte no tienen problemas en empalmarse? ¿O que los hombres con chorra -en el sentido orgánico de la chorra- siempre tienen el pene salido? Dos obviedades, en cualquier caso, que no aportan nada al acervo popular. Pero que suman, eso sí, un clic más en el archivo de visitas, que anda muy famélico en estos malos tiempos para la lírica.



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Gosford Park

Gosford Park es una película que pone a prueba la inteligencia de los espectadores vulgares. Y yo, que soy uno de ellos, confieso que he naufragado en este mar proceloso de los cien personajes que se reúnen en la mansión a tomar el té y cazar la perdiz. Tan ocupado estaba en resolver este puzle de parentescos putativos y relaciones extramatrionales, que no he podido admirar los movimientos maestros de la cámara, ni las composiciones pictóricas del plano, que decían los críticos de la época. Donde otros fueron capaces de apreciar la percepción áurea de la toma y la segunda intención de los diálogos, yo, menguadico de entendederas, bastante tengo con recordar los nombres de los personajes, y trazar las líneas imaginarias que los unen con sus maridos y mujeres, amantes y sirvientes. Un lío morrocotudo que Robert Altman tampoco hace mucho por desenredar, la verdad, quizá porque prefiere quedarse con un puñado de espectadores exigentes, y no con una tropa de cinéfilos de tres al cuarto que no valoran sus osadías.




        Las películas como Gosford Park me causan una pequeña depresión, porque uno, aunque se sabe limitado, siente una punzada en el orgullo cuando tal limitación es puesta a prueba, y sobrepasada por las circunstancias. No es lo mismo saberse tonto que ser llamado tonto a la cara. Esta vez, sin embargo, he contado con el consuelo de mi señora madre, que anda de visita por estos pagos, y que alentada por la magnificencia de la campiña británica se ha apuntado a la sesión nocturna del sofá. Cada vez que me perdía en los laberintos, yo, de reojo, escrutaba su rostro para descubrir un atisbo de inteligencia, pero sus ojos, fijos en la pantalla, brillaban con el mismo deslucimiento que los míos. Era obvio que andaba tan perdida como yo, y que seguramente, cuando yo no la miraba, me buscaba con la misma tribulación del espíritu. Me queda, pues, el consuelo de la genética. Yo no soy tonto, como decía Homer Simpson de su gordura: es el metabolismo. Un gen de más o de menos que me niega la proteína adecuada para comprender estos fárragos y otros parecidos. O eso, o que nosotros, mi madre y yo, como en el cuento de Andersen, hemos señalado al emperador desnudo.












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Negociador

La comedia es tragedia más tiempo. Lo dijo el personaje de Alan Alda en Delitos y faltas, y es una sabiduría que siempre retorna en las películas que abordan temas espinosos.
       Negociador, la tragicomedia de Borja Cobeaga, hace un viaje en el tiempo de sólo nueve años, los que han transcurrido desde la fallida negociación de Jesús Eguiguren con los representantes del Movimiento de Vasco de Liberación, que dijera José María Ánsar. Sin embargo, todos tenemos la sensación de que han transcurrido décadas, como si aquellos contactos fueran vetustos tejemanejes de la Transición, y los hubiera narrado Victoria Prego en un documental de imágenes descoloridas y voces de gramófono. Aunque las negociaciones finalmente fracasaron, ETA dejó las armas a los pocos años, los guardaespaldas se quedaron sin trabajo, y los batasunos ocuparon los ayuntamientos para gestionar la traída de aguas y el servicio de basuras. A los chavalucos de dieciséis años les hablas ahora de ETA y es como si les contaras una aventura de bandoleros en Sierra Morena, en los tiempos de Curro Jiménez. A Euskadi, como dijo el otro, ya no la conoce ni la padre que la parió.




         Cobeaga, que parece un tipo muy listo, ha comprendido que era el momento de empezar a reírse de aquellos tiempos negrísimos. No a carcajadas, ni a trazo grueso, como en su día hizo Ivá, el dibujante de El Jueves, que puso en boca del Moromierda aquello de que el Guadisiví era el río más largo de España porque nacía en Andalucía y moría en el País Vasco. Cobeaga sabe que aún faltan siglos para que un chiste así pueda ser contado sin ofender, y que además, cuando llegue el momento, ya nadie podrá pillarle la gracia. Negociador hace una versión muy libre de lo que sucedía en la trastienda, cuando los interlocutores se levantaban de la mesa y lidiaban con el vacío de las horas. Al fin y al cabo, ellos eran seres humanos con sus necesidades alimenticias y sexuales, sus teléfonos móviles sin cobertura y sus dineros contados para gastos. Si hacemos caso de Negociador, Eguiguren y Josu Ternera -y más tarde la locaza de Thierry- compartieron hotel y desayunos, y aunque el de enfrente les cayera más bien gordo, el encierro les animaba a charlar sobre las cosas tontas de la vida: que si vaya día que hace, que si viste la película de ayer, que si cómo quedó el Athletic de Bilbao... Y son estas banalidades, no lo olvidemos, las que terminan uniendo a la gente. Quizá no lleguen a forzar amistades o simpatías, pero sí, desde luego, quitan las ganas de matar. O de odiar. Y eso ya es mucho. 





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Les Revenants

Hablando de la imposibilidad material de seguir todas las series de interés, una amistad de gusto exquisito me recomienda Les Revenants, una producción francesa que hace dos años pasaron por el Canal + sin que yo me coscara de su brillantez. Uno vive abducido por las series del Imperio Anglosajón, que forman parte de mi educación sentimental, y le puede la pereza cuando le alaban una de Eslovenia que es cojonuda, o una de Macedonia que es imprescindible. A los culebrones europeos siempre llego con un retraso de varios años, cuando las personas inteligentes y sin prejuicios ya han escrito los adjetivos calificativos que por fin estimulan mi curiosidad. Así fue, por ejemplo, como me enamoré de Borgen, la serie danesa que nos recordó que España es un país tercermundista en lo social y cuartimundista en lo gubernativo. Una serie que el día de su estreno no supe ni que existía, y que tuve que rescatar en los mercadillos de segunda mano cuando en los foros informados ya se hablaba de otras novedades. En fin.




       Les Revenants es un cuento de terror gótico, sin sustos ni sanguinolencias. Una serie muy estilosa, muy francesa, que cuenta cómo los niños fallecidos en un accidente de autocar regresan años después a su pueblecito de los Alpes, redivivos en carne y hueso, como si nada hubiese sucedido. Como en las paradojas temporales que predice la ley de la relatividad, para los muertos sólo ha transcurrido un día de sus vidas, confuso y extraño, pero para los vivos ha pasado una dolorosa eternidad, con vidas desechas y lloros amortizados. Los retornados no son seres angélicos que anuncian la resurrección de la carne, ni zombis descerebrados que buscan entrañas para el aperitivo. Ellos se reincorporan a su vida cotidiana como si tal cosa, mientras los familiares, incrédulos los ateos y alborozados los cristianos, los reciben con unas caras de pasmo que los no-muertos achacan al desconcierto global de la jornada, por no pensar que todos se han vuelto majaras en el villorrio. Les Revenants, como puede deducirse, es una serie original y sugestiva. Se le pueden poner varios peros, pero los productos arriesgados es lo que tienen, que a veces, en su loca búsqueda de nuestro asombro, se van dejando explicaciones en el tintero. Peccata minuta, que decían los latinos. Peccadille, me chiva el traductor de Google, que se dice en el francés vernáculo.



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Guerra Mundial Z

Lo más terrorífico de Guerra Mundial Z no es la parte de ficción, sino el documento de realidad, que ocupa los primeros minutos del metraje. No dan miedo los zombis hiperactivos, que al fin y al cabo son actores que descoyuntan la mandíbula y hacen el grito sordo de Ignatius Farray, sino las imágenes –reales y tristísimas- que acompañan los títulos de crédito. En ellas vemos al ser humano ensuciando las aguas, arrasando las vegetaciones, exterminando las especies. Un ejército de cucarachas bípedas que lo devora todo a su paso, que crece y se multiplica siguiendo a pies juntillas el mandato de la Biblia. En mala hora pronunció Yahvé semejante orden taxativa. Podría haber dicho “reproducíos con criterio, con responsabilidad, según el lugar y el momento”, pero prefirió dejar el versículo mondo y lirondo, sin complementos circunstanciales ni atenuantes de ningún tipo, convirtiendo en pecado mortal cualquier desviación del chorromoco, que diría el gran Pepe Colubi.




       Hace dos siglos que vivimos con la espada de Damocles suspendida sobre nuestras cabezas, desde que Thomas Malthus hiciera sus cálculos y concluyera que nuestra expansión geométrica se zamparía los recursos del planeta. La ciencia nos ha echado una mano para combatir esta vorágine de seres humanos que follan como Dios manda, fabricando condones, expandiendo cultivos, alejando a los hombres rectos de las iglesias, pero la catástrofe maltusiana es una profecía que tarde o temprano se verá cumplida. Es quizá por eso que Guerra Mundial Z, como todas las películas de catástrofes donde la espicha medio planeta, tienen algo de catarsis, de sensación de limpieza, como un documental de National Geographic sobre la fumigación de las cucarachas. O un viejo anuncio de Raid, que las mataba bien muertas, creo recordar.  El bienestar dura hasta que uno se mira las piernas estiradas sobre el puff, y recuerda que no es Gregorio Samsa convertido en bicho, sino un bicho convertido en Álvaro Rodríguez. Y que los zombis, cuando llegue el holocausto caníbal, no van a preguntarnos si practicábamos el método Ogino o el coitus interruptus. Les importan un bledo tales costumbres, mientras haya chicha que masticar. Es entonces cuando uno se remueve de miedo un tantico así en el sofá, como dos o tres milímetros hacia la izquierda, tampoco vayamos a exagerar.


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Quiz Show

Las películas me han enseñado casi todo lo que sé de la vida. La vida, contemplada desde dentro, es un engaño de las personas, un espejismo del paisaje, un enredo inextricable que acaba por fatigarme. Sólo desde la distancia que da el cine puedo observarla con tranquilidad y tratar de comprenderla, tranquilito en mi sofá. Incluso los misterios de la anatomía femenina -esa disposición recóndita y oblicua de las cavidades- tuve que aprenderla de chaval en una pantalla de televisión, vedado el acceso a la realidad palpable por culpa de los curas castrados, y de las chicas holográficas.



    Gracias a las películas uno aprendió sexo y geografía, historia y costumbres. La psicología retorcida y malvada de los seres humanos, también. El cine ha sido mi universidad de la vida. Y no los libros, como le pasaba al bueno de Pepe Carvalho. Puedo seguir a los pensadores y a los divulgadores mientras los leo, pero a la semana siguiente de cerrar los libros, su sabiduría es puro humo que se va por las ventanas. Veo, en cambio, las películas de los grandes cineastas, y sus enseñanzas perduran como grabadas a fuego, indestructibles con los años. Por la misma época en que se estrenó Quiz Show, la película de Robert Redford, yo leía a los grandes pensadores de la sospecha, a Freud, a Nietzsche, a La Rochefoucauld, tipos que nos advirtieron que los seres humanos mentían, engañaban, falseaban la realidad en su provecho. Que de buenas a primeras no podías fiarte de lo que te mostraban. Yo decía que sí, claro, porque ellos eran diáfanos en sus explicaciones, pero luego salía a la calle, o veía los concursos en la tele, y me lo creía todo como el pardillo que era, sin malicia y sin bagaje. Otros más inteligentes que yo vieron Quiz Show y escribieron: "El señor Redford nos ha contado una obviedad", pero yo, gilipollas perdido, me pegué una hostia del copón al caerme del caballo, camino de Damasco. ¡La tele era una gran mentira!  El patrocinador manda y la plebe traga. Quiz Show fue una revelación que me dejó con la boca abierta.  Yo tenía veintidós años, y era un tonto de remate. 




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Atlantic City

Las películas de hombres sexualmente frustrados que espían a sus vecinas desde la ventana son un género de larga tradición. Y el autor de este blog, que a su modo también es un voyeur de las mujeres hermosas, aunque su ventana indiscreta sea la televisión, y no el cristal que da a los campos de patatas, de vez en cuando invita a estos picaruelos para que confiesen sus pecados contra el sexto mandamiento. Hace algunas semanas era Monsieur Hire quien apartaba la cortinilla para ver a Sandrine Bonnaire pasándoselo  dabuten con su novio. Hoy, en Atlantic City, es Burt Lancaster quien no se pierde ripia de Susan Sarandon, una chica de ojos saltones y anatomía excitante que todas las noches, al regresar de su puesto en la marisquería, se coloca ante la ventana de la cocina y se frota el torso desnudo con limones para quitar el mal olor.          



        Lo de los limones contorneando los melones es una imagen demasiado poderosa para el bueno de Burt, que en el último esfuerzo de su pitopausia decide arriesgarlo todo, los dineros y la vida, por yacer junto a ese cuerpo perfumado con vitamina C y ácido cítrico. El hilo argumental de Atlantic City es el leit motiv de la vida misma: chico busca chica, solo que aquí el chico es un gángster retirado, la chica una pueblerina soñadora, y el paraíso del amor la decadencia moral de Atlantic City, con sus casinos y sus ludópatas. Todas las películas del mundo, lo mismo antiguas que modernas, lo mismo americanas que austrohúngaras, son el enredo amoroso que conduce a la coyunda o al bofetón. Esta película de Louis Malle no sería un gran romance si no fuera porque Burt Lancaster llena la pantalla con su presencia imponente, y porque Susan Sarandon posee un extraño atractivo que nos hace dudar de ella hasta la última escena, incapaces de decidir si lo suyo es una belleza peculiar o una fealdad resultona. Y sigue sin quedarnos claro, la verdad.




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Vania en la calle 42

Mi yo de hace diez años era un impostor de la cinefilia. Un tipo que soñaba con escribir en alguna gaceta local para luego dar el salto a publicaciones de postín, y viajar con los gastos pagados a los festivales, a conocer mujeres hermosas en las alfombras rojas. Y tarde o temprano, en algún marco incomparable de la geografía europea, cruzar mi mirada con la de Natalie Portman para que ella comprendiera, tras tanto devaneo con los hombres superficiales, que yo era el príncipe azul que la esperaba durante años.



    Mientras tanto, mi yo verdadero vivía prisionero en los calabozos de mi cerebro. Él era un disidente cinéfilo que osaba aburrirse con muchas obras maestras del canon oficial. Un terrorista artístico que confesaba no entender los simbolismos de Godard, ni las melopeas de Buñuel, ni los cristianismos de Dreyer. Un terrible secreto que yo disimulaba imitando la escritura empalagada de los críticos profesionales. Releo, por ejemplo, la crítica que entonces le dediqué a Vania en la calle 42, y me entra una vergüenza de mí mismo que me pone la cara colorada. En ese bodrio de escritura no hay más que paparruchas, como diría el abuelo Simpson. Ahora que mi yo verdadero vuelve a gobernar el castillo, puedo decir que Vania en la calle 42 es una película insufrible. Libre ya del aplauso obligatorio, no he sido capaz de aguantar esta cháchara existencialista sobre el amor y la muerte. Teatro filmado que aburre a las ovejas rusas del siglo XIX, y a los borregos españoles del siglo XXI. Y que salgan corriendo, los amantes de Chejov, porque no los quiero en este blog, que es un club exclusivo para gentes de gusto simplón e inteligencia moderada. Yo escribo para el plebeyo que se lo pasa pipa con un buen par de tetas y un buen par de hostias, siempre que el desnudo venga en las exigencias del guión, y las hostias tengan su sentido y su justicia poética.



         En Vania en la calle 42 no hay nada de esto. Sólo la belleza perturbadora de Julianne Moore, que incendia la pantalla con ese cabello fueguino y esos labios de cereza, y esta sentencia muy enjundiosa del doctor Astrov, el único personaje que dice cosas con sentido porque jamás suelta la botella de vodka.

           "Para que una mujer y un hombre sean amigos tienen que pasar tres etapas: primero conocidos, después amantes, y luego ya son amigos". 







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Transsiberian

En estos inicios de octubre vivo muy enamorado de Emily Mortimer. Cada dos o tres días, ella pasa por mi televisor para dirigir el noticiario de la ACN en The Newsroom, y eso ha creado entre nosotros un conocimiento más cercano. Ahora que casi hemos intimado, me doy cuenta de que su rostro, atractivo y pizpireto, se compone de fragmentos sorprendentemente imperfectos: el mentón sobresaliente, el párpado caído, la simetría descolocada... Su belleza es un enigma fisonómico, un imposible magnético. Emily despierta en mi corazón un amor sosegado, un sentimiento otoñal que vive muy alejado de las florecillas primaverales que antes embriagaban mi deseo.



            Hoy he conocido a Emily fuera del trabajo, en la película  Transsiberian, Ella se ha tomado unas vacaciones para recorrer el Asia profunda y olvidar sus peleas continuas con Will McAvoy. Pero el asueto le ha durado media hora escasa, a la pobre desdichada. Es lo que tiene dejarse llevar por los latin lovers con pinta de traicioneros, Te echan el polvo del siglo y a continuación, mientras te duchas el sudor y el sofocón, y quieres ponerte guapa para cenar en el vagón restaurante, te ponen una droga en la maleta para que te comas el marrón ante la policía ex-soviética, en la aduana erizada de púas y  perros. Son los peligros de enamorarse de un tipo con el jeto de Eduardo Noriega. De caer bajo el influjo de su sonrisa irresistible y cínica, que nada bueno presagia. Son apuestas muy arriesgadas, estos romances con los machos más atractivos de nuestra especie. Y mira que se lo tengo advertido, a la buena de Emily. Que los feos seguimos siendo la apuesta más segura. Pero ni caso, oye.


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The Newsroom (o subtitulando las ametralladoras)

Veo el segundo episodio de The Newsroom y confieso que no me he enterado de gran cosa. Mi nivel medio de inglés me llega para saber, comparando la densidad de los diálogos con la brevedad del subtítulo, que me estoy dejando jirones de Aaron Sorkin en el empeño. Creo que en la tercera entrega pecaré gravemente contra el undécimo mandamiento, y me dejaré seducir por el lado tenebroso del doblaje. El subtítulo, aunque venga muy bendecido en el catecismo de la cinefilia, a veces es un lastre que impide sobrevolar las ficciones. No deja de ser un invento antinatural, alejado de nuestra relación intuitiva con las personas. Cuando es útil, te permite apreciar el trabajo vocal de los actores, que el doblaje al vernáculo siempre desprecia y esconde. Pero en este fastidio de The Newsroom, el subtítulo sólo es el resumen atropellado de las puyas y las respuestas, de los ingenios y las andanadas, y yo quiero zamparme esta serie de cabo a rabo, aunque Jeff Daniels y Emily Mortimer, nacido en lo más profundo de la Anglosajonia, hablen un castellano perfecto de la meseta superior. 


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1992

Hace unos años, cuando la economía española iba viento en popa, y la clase media guardaba sus coches deportivos en garajes forrados de oro, pensábamos que la corrupción de nuestros políticos era un juego de niños, un pasatiempo de aficionados si la comparábamos, por ejemplo, con el derrumbe del sistema italiano en los años 90. En aquella época, en los telediarios socialistos, veíamos al juez Di Pietro de la operación Manos Limpias y pensábamos que aquel héroe de la decencia no podía dar abasto. Que le iba a dar un infarto de tanto perseguir a los infinitos chorizos y a las innumerables longanizas. Ningún partido del viejo régimen quedó libre de encarcelados, de señalados, de dimitidos abochornados. Fue el cataclismo total de la República que condujo a la Liga Norte, a Silvio Berlusconi, a la Izquierda Desunida de toda la vida. Nosotros, los vecinos del Mediterráneo, nos reíamos por lo bajini de los espaguetis. No entendíamos cómo podían haber votado a esa gentuza durante años sin coscarse de nada. Nuestros políticos también robaban, por supuesto, pero sólo lo justo para ir tirando con sus chalets de lujo y sus campos de golf. Nada que reprocharles mientras la fiesta continuara para todos.



            Ahora, en el año del Señor de 2015, los italianos han creado una serie de televisión que cuenta aquellos acontecimientos de su política nacional. Se titula 1992, que fue el año de su catástrofe y de su vergüenza, mientras nosotros presumíamos de la Expo de Sevilla y de un príncipe muy guapo que llevaba la bandera en los Juegos Olímpicos. Los protagonistas de 1992 son un cabestro que se afilia a la Liga Norte, un publicista que maquilla los tejemanejes de Berlusconi, un policía malencarado que ayuda al juez Di Pietro en sus desvelos y una chica monísima que chupa pollas a diestro y siniestro (sic) para convertirse en estrella de la televisión y poner remedio, con su belleza y su salero, a las penas y rabias de los votantes. La serie tiene una factura impecable, y su chicha es interesante y nutritiva, pero a los españoles nos llega un poco tarde. Hace unos años nos hubiéramos quedado con la boca abierta, de tanto latrocinio y tanta comisión ilegal, pero ahora vivimos muy trallados, muy escarmentados. Si ves los episodios de 1992 justo después de El Intermedio casi no te das cuenta de la transición. Caes en la cuenta cuando te descubres arrobado por esta actriz bellísima llamada Miriam Leone, y ya no por la exuberancia familiar de Sandra Sabatés. 1992 es un gran documento, pero a los españolitos de a pie ya no puede sorprendernos ni indignarnos. Con el tiempo hemos descubierto que nuestros políticos robaban tanto o más que los italianos, pero que supieron hacerlo con más disimulo, o pagar más a los jueces que miraban para otro lado. Hemos tardado veinte años en saber que 1992 también fue el año inaugural de nuestra ignominia, y de nuestra pobreza.




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Adiós, muchachos

Adiós, muchachos, es una película amarga que se queda prendida en la garganta. Otras películas se quedan en las piernas, si han sido de bailes, o en los labios, si han sido de amor. Pero las películas tristes, cuando terminan, se quedan ahí, como espinas atravesadas en el gaznate. La sensación física es muy parecida, y uno, en un acto reflejo, mientras le da vueltas al final desolador, se levanta del sofá para beber un vaso de agua y tragar una miga de pan, a ver si los remedios caseros pueden con la pena.



               Basada en un recuerdo autobiográfico de su director, Louis Malle, Adiós, muchachos es otra película de judíos perseguidos por el nazismo. En el año 1944, en un internado católico de las afueras de París, tres niños son escondidos por los curas entre la masa del alumnado. Los curas, en efecto, aquí hacen el papel de buenas personas, y esto es una rareza de agradecer en mi belicosa filmografía. Uno de ellos, incluso, en una misa celebrada bajo la amenaza de los nazis, se atreve a recordar a los papás presentes, franceses de la alta burguesía que viven muy cómodos con la ocupación, que antes entrará el camello por el ojo de la aguja que un rico en el Reino de los Cielos. Una verdad revelada en la Biblia que los tertulianos de la COPE, más afines a las enseñanzas del Antiguo Testamento, donde el pobre se aguanta y se jode por mandato de Yahvé, siempre pasan por alto en sus valoraciones.



          Uno de los chicos escondidos es Bonnet, un chaval callado, sensible, sobresaliente en las tareas académicas. Su llegada alterará el ecosistema habitual del aula, donde Julien, el trasunto de Louis Malle, es el macho alfa indiscutido de las buenas calificaciones. Al principio, como es de rigor, Julien sentirá odio por su nuevo compañero, tan ejemplar y don perfecto. El odio, con el tiempo, dará paso a la envidia, y la envidia a la amistad, porque Julien, que no tiene un pelo de tonto, rápidamente comprenderá que Bonnet no se está jugando el aplauso de sus profesores, ni el expediente académico sin tacha, sino la vida misma, si la Gestapo diera con él en el batiburrillo de los chavales que juegan en el recreo, o se apiñan en los dormitorios a rezar oraciones fingidas. 




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The Newsroom. El estreno

Nos quedará, para los restos, como un momento seriéfilo al que regresar una y otra vez, el discurso de Jeff Daniels sobre “Por qué América ya no es el mejor país del mundo”. La denuncia de Aaaron Sorkin contra el naufragio de los ideales no tiene desperdicio. No se había escuchado una diatriba así contra los yanquis desde aquéllas que soltaban los puertorriqueños de West Side Story. Después de ver el episodio completo, he superado mi vagancia homersimpsoniana y en esfuerzo supremo, impropio ya de mis años y de mis grasas, me he levantado del sofá para proveerme de bolígrafo anotar, palabra a palabra, las verdades que como dardos allí se sueltan. Son tres minutos de alta política que hubiese firmado el mismísimo Cicerón ante el senado de Roma. Hay que estar muy lúcido, y muy ágil, y vivir con un metrónomo metido en la cabeza, para estructurar estas parrafadas que escribe Aaron Sorkin. El envidiado, Aaron Sorkin. Para acertar no sólo en el fondo, sino en la forma, maravillosa, inalcanzable para los escribanos sin talento.




Sin embargo, esto no ha sido lo mejor en el estreno de The Newsroom. Hay diez minutos fulgurantes, hacia el final del episodio, en los que uno asiste boquiabierto al entramado oculto de un informativo emitido en directo, con una noticia bomba que hay que ir confirmando y desgranando a toda prisa para no ser pisados por la competencia. Hay periodistas que recaban, responsables que deciden, redactores que resumen, diseñadores que dibujan, técnicos que reajustan. Un presentador que va recibiendo por el pinganillo nueva información que anota en las breves pausas. Todos frenéticos, histéricos, atropellados, y sin embargo, certeros.  Unos profesionales del medio. The Newsroom, para mi gozo, es una nueva entrega de National Geographic sobre cómo el homo sapiens trabaja en lo suyo. Ver a esta gente me reconcilia con la especie humana. Mi misantropía encuentra en las personas inteligentes o talentosas el bálsamo momentáneo de una tregua. Son gentes muy difíciles de encontrar en este lado de la pantalla, en este mundo real de la carne y el hueso donde la estupidez es la medida habitual del pensamiento... 





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Jurassic World

Jurassic World es una película tan bien hecha y tan vacía como una rubia tontaina de las discotecas. Es entretenido mirarla, cortejarla, fingir que existe un futuro amoroso más allá de la proyección, pero en el fondo nadie está interesado en el asunto. Los productores de Jurassic World no quieren a tipos como yo, que luego vienen aquí, a los foros, a denunciar los trucos baratos y las explosiones gratuitas, ni yo quiero perder el tiempo con estas superproducciones construidas con el manual. Pero uno, como el demonio que anidaba en la niña Regan, no es uno solo, sino legión, y dentro de mí, como en una pequeña multisala, viven muchos espectadores que se pelean por ver las películas. Quien llamo “yo” sólo es el diablo alfa de toda esta pandilla, el tipo que habitualmente triunfa en las disputas y va construyendo con infinita paciencia la videoteca de casa y la programación semanal del Canal +.





         Pero “yo”, para que todos vivan contentos en el convento, a veces tiene que hacer concesiones, y tragarse películas como Jurassic World que no molestan especialmente, que tienen su cosa y su mérito, y su Dallas Bryce Howard de bellísima pelirrojez, pero que en una dictadura perfecta jamás verían la luz en el televisor. Los lectores más veteranos ya conocen a Max, mi antropoide, el mono de la primera fila que aplaude como un macaco las películas de Pajares y Esteso, o los truños en los que Leonor Watling enseña sus bonitos pechos. Hoy les presento a Alvaruelo, el niño tímido y algo corto que se ha venido conmigo desde los tiempos infantiles. Inasequible a la madurez o al raciocinio, él sigue celebrando con los ojos abiertos y el labio de los Habsburgo estas películas como Jurassic World, en las que se reparten hostias, ganan los buenos y el espectáculo pirotécnico va disimulando las tonterías. Yo quiero mucho a Alvaruelo, que es un niño que no da un ruido y siempre se queja con la voz bajita, pero que se pone muy triste cuando le endilgo un simbolismo de Kiarostami o un mundo poético de Julio Medem. De vez en cuando le doy estas alegrías, sobre todo si es sábado por la noche como hoy, para que el lunes, cuando vaya a la escuela con los otros diablillos, lo flipe por todo lo alto y tenga algo que contar. 




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El americano impasible

Uno nunca estudió la guerra del Vietnam en el colegio. Como los americanos eran el bando perdedor, los curas, que editaban sus propios libros de texto, y también luchaban a su modo contra el comunismo, pasaban por alto esa vergüenza de los garantes de Occidente. Todo lo que uno aprendió sobre el conflicto salió de las películas americanas, que, curiosamente, siempre terminaban en una matanza de charlies a manos de un yanqui armado de ametralladora, lo mismo Rambo que Chuck Norris, el coronel Kilgore que John Wayne tocado con boina verde. La enciclopedia Carroggio que teníamos en casa aseguraba -probablemente financiada por el oro de Moscú- que los americanos habían perdido la guerra, y que un gobierno comunista dictaba las leyes en Hanoi. Alguien mentía en aquella contradicción entre las películas y los historiadores. Sólo tras ver Platoon, la película de Oliver Stone, uno supo que la enciclopedia era la fuente acertada, y que los yanquis que mataban veinte vietcongs con un sólo escupitajo eran reclamos de taquilla para nuestra testosterona alborotada.




             Una película como El americano impasible nos hubiera venido de perlas en aquella época del desconocimiento. Aquí se explica, por ejemplo, lo que Francis Ford Coppola cercenó en su montaje de Apocalypse Now: que la guerra de los americanos sólo fue la continuación de la guerra de los franceses, y que la hostia colonial de los unos iba a ser la hostia imperialista de los otros.  Lo paradójico del caso es que nosotros, de chavales, nunca hubiéramos visto una película como ésta, que sólo tiene una escena de explosiones y ningún ejército en combate. El americano impasible, en sustancia, es un triángulo amoroso, una pelea de machos que se disputan los favores de una vietnamita guapísima que hace de todo en la cama. Una lucha que en principio nace desequilibrada, porque en una esquina del cuadrilátero, viejuno y con poco peso, está Michael Caine, y en la otra, joven y tan grande como un armario, calienta sus guantes Brendan Fraser. Pero Caine es un perro viejo, y un actor inconmensurable, y aunque sus opciones de coito se pagan 30 a 1 en las apuestas, el muy puñetero saca su repertorio para que el combate se vuelva igualado y muy entretenido...


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Turistas en mi playa VIII

Han regresado, los pornógrafos, a rebuscar trufas como cerdos en el monte. En los últimos meses había descendido el número de lectores -sí, aún más- y uno ya sospechaba que eran ellos los ausentes. Que quizá, tras tanto tropezar en la misma piedra, ya habían comprendido que aquí el sexo siempre se aborda con circunloquios, y siempre con las sábanas ocultando las anatomías. Pero me equivocaba. Los pornógrafos sólo estaban de vacaciones, entretenidos en vigilar el top-less de las playas, y ahora que regresa el mal tiempo, y que las mujeres ya se tapan las vergüenzas, vuelven a los viejos caladeros para pescar la imagen de una buena teta, o el relato de una buena corrida. Animalicos... Y alguno, reincidente en la equivocación, o novato en el estreno, se ha enganchado en mi anzuelo pensando que esto era una orgía de cuerpos entrelazados, y no el humilde blog de un cinéfilo que sólo utiliza la guarrería o el lenguaje soez para ahuyentar a las mojigatas, y a las maestras de escuela.



                Un cerdícola de oscuros deseos ha dado conmigo tecleando en el buscador "negro se folla a muchacho sexo gay", sin dejar muy claro qué es lo que le excita de verdad, si los negros, los muchachos o los gays en general. Y sin que yo tenga muy claro, tampoco, qué contenidos cinematográficos de este blog, limpio de polvo y paja, y mucho más de esos polvos y de esas pajas, han podido conducirlo hasta mi redil. Uno, ya lo dije en otra ocasión, debería ponerse en contacto con las autoridades para denunciar estas búsquedas sospechosas, pero la palabra "muchacho" es equívoca, indefinida en el marco temporal, y cabe, además, la posibilidad de que sea un muchacho mismo quien busque el deseo en un coetáneo, y eso, que yo sepa, todavía no es ilegal aunque nos gobierne el PP y nos amenacen los sacerdotes.



         Otro lector -porque ellos son lectores, y no lectoras, de eso estoy seguro- ha tecleado "pendiente de la teta", y yo creo que además de confundirse de blog se ha confundido de preposición, porque su asunto, más probablemente, era "pendiente en la teta", cosa que a uno, muy conservador para estos gustos, siempre le ha producido bastante dentera, como esos anillos en los clítoris que dicen mis amigos que se ven en las películas porno. Ahora bien, si este lector estaba ciertamente "pendiente de la teta", tengo que decirle que pendientes de las tetas estamos todos por igual, a todas horas, unos con más descaro y otros con más disimulo, y que esos ardores ya no hace falta ni escribirlos. La vida misma, en la vigilia y en los sueños, en la realidad y en la ficción, en este blog y en la cafetería de la esquina, es estar pendiente de la teta.



        El último ejemplo de pornógrafo desnortado es aquel que llegó a mi playa buscando "puta parrista se folla a un chico sin...", dejando en el aire el atributo ausente, que podría ser cualquier cosa, desde pelo en el pecho hasta pollas en vinagre, pasando por diversos órganos y adjetivos. He buscado el significado de "parrista" en el diccionario, pero no viene. Y tampoco consta tal errata en mis entradas publicadas. Google me cuenta que los parristas eran los seguidores de Hugo Parra Pérez, presidente de Venezuela allá por los años treinta, mucho antes de que Podemos les enseñara a violar monjas y a fusilar disidentes en las chekas. Existe, en Instagram, un grupo de ParristasUnidasDeCorazón, que me da mucha pereza ponerme a investigar, y una web infantil que ofrece el dibujo de un "chico parrista" para colorear, pero que no hay modo de visualizar ni de descargar. Muy inconcreto todo, y muy alejado, como se ve, de esa puta parrista que se follaba al chico sin algo. Nada que ver, tampoco, con este blog clandestino al que llegan los riachuelos inexplicables de la pornografía, manchando con sus guarreces la pureza literaria de mis intenciones. Ay. 





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