Mi pie izquierdo

En 1990, los cinéfilos de provincias todavía no conocíamos a Daniel Day-Lewis. O si le conocíamos, no lo recordábamos. En Mi hermosa lavandería sólo le habían visto los culturetas de Madrid, y en Una habitación con vistas su presencia testimonial no había dejado poso ni recuerdo. Es por eso que cuando lo descubrimos hecho un ovillo en Mi pie izquierdo, muchos pensamos que aquel hombre era realmente un tullido, tal vez el mismísimo Christy Brown de la vida real, que se interpretaba a sí mismo en el papel de pintor genial, y de hombre titánico.



         Los cinéfilos de verdad, esos que a veces viajaban a la V.O. de la capital, o chapaban las revistas de cine como si fueran libros de texto, se rieron a mandíbula batiente de nosotros, los pobres incultos que confundíamos a Daniel con su personaje, y a la velocidad con el tocino. Y lo teníamos bien merecido, la verdad, primero por nuestra tontuna, y segundo porque justo un año antes, en el estreno de Rain Man, fuimos nosotros, los aficionados de tercera división, quienes nos descojonamos de los paletos que no conocían a Dustin Hoffman y lo tomaron por un autista real en Rain Man (aunque hay quien asegura que Dustin Hoffman era realmente un autista, y que sólo en la película le conocimos con propiedad, siendo el resto de su vida, y de sus películas, la actuación verdadera).



              Cuando comprendimos que aquel irlandés de Mi pie izquierdo no era un paralítico de verdad, sino un actor de tomo y lomo, Daniel Day-Lewis pasó a formar parte de nuestro laico santoral, en el caso de los hombres, y de los sueños lúbricos, en el caso de las mujeres, que cuando lo conocieron vestido de smoking en la gala de los Oscar, y lo vieron tan guapo con aquel cabello indomable, lo convirtieron en el hombre ideal de sus fantasías. Casi nadie se acuerda, sin embargo, de que Daniel tarda media hora en hacer su apariicón en Mi pie izquierdo, y que la adolescencia de su personaje la interpreta un chavaluco que se retuerce y balbucea y coge la tiza con el mismo mérito artístico. Un actor irlandés de nombre Hugh O'Conor al que aquí hago un pequeño homenaje, para que nadie lo olvide en la Tumba de los Actores Desconocidos. 


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Ópera prima



Son tantas, las películas, y tan extenso, el mundo sin ellas, que a veces se producen solapamientos: realidades que continúan en la ficción, o ficciones que se prorrogan en lo personal, de tal modo que uno a veces ya no sabe si vive en este lado o en el otro. Hoy me despido de El Gran Wyoming en El Intermedio para ver la película del día, y a mitad de metraje, como si la programación generalista volviera a tomar el televisor, me lo encuentro haciendo de macarra que le suelta un par de hostias a Óscar Ladoire. En un viaje temporal de 35 años, el tío Wyo vuelve a ser el actor secundario, a veces terciario, de las comedias madrileñas de la época, de cuando aún no gobernaba el PP y este clown imprescindible se ganaba la vida en otros menesteres.



             La película, como los buenos cinéfilos ya habrán adivinado, es Ópera prima, la ópera prima -precisamente- de Fernando Trueba, un éxito inesperado que le abrió las puertas de la profesión. Tras ella, Trueba hizo comedias sofisticadas, ganó un Oscar de Hollywood, dirigió coproducciones internacionales, se adentró en géneros inexplorados del musical o del cine animado, pero nunca, nunca, volvió a realizar una película tan redonda como ésta. Ópera Prima es fresca y deslenguada, libérrima y divertidísima. Seguramente tiene déficits técnicos que los legos no detectamos, y lagunas de guión que Oscar Ladoire solventa en el papel de su vida, con esa verborrea a medio camino de la gilipollez y la filosofía que nos arranca las sonrisas y a veces nos da que pensar. Ópera Prima, lejos de cualquier barroquismo posmoderno, de cualquier perifollo autoral, es tan simple como la vida misma, como el sexo mismo: chico busca chica para follar, y lo que surja.


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El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas

Matilda Hunsdorfer, la niña más inteligente de su curso, explica ante sus compañeros los resultados de sus experimentos con las margaritas:
"Las semillas que recibieron menos rayos gamma se convirtieron en plantas en apariencia normales. Las que recibieron una radiación moderada dieron lugar a plantas con mutaciones. Las semillas que recibieron una radiación mayor murieron o dieron lugar a plantas enanas".



        El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas no es, como se ve, un documental de La 2 que ponen cuando termina Saber y Ganar. Es el extraño título de esta película dirigida por Paul Newman, que además de ser un tío guapo y un gran actor, dirigió en su madurez varias películas de mucha sustancia, aquella Rachel, Rachel de la maestra mojigata, o esta misma de las margaritas irradiadas con cobalto 60. Las margaritas, obviamente, no son las protagonistas de la película. No se ve crecer la hierba, como dijera Gene Hackman de las películas de Rohmer. Las margaritas pochas son la metáfora de estas dos niñas condenadas al fracaso, las hermanas Hunsdorfer, hijas de una alcohólica majareta que interpreta sin histrionismos la inmensa Joanne Woodward, esposa bellísima del director.
          Ruth y Matilda son dos niñas inteligentes y despiertas que llevan dentro la semilla de la locura y la inadaptación. Abandonadas por su padre y reducidas a la economía de subsistencia, los años escolares, con todos su problemas, tienen pinta de ser los mejores para estas dos flores irradiadas por el infortunio. Los defensores de la influencia ambiental dirán que es el entorno empobrecido lo que influye fatalmente en su destino. Como si el trastorno de la madre o la ausencia del padre lloviera sobre sus cabezas, y las impregnara de un líquido negro y espeso. Los que hemos leído los libros prohibidos sabemos que los seres humanos somos el resultado de los genes, y poco más. Que no hay más cera que la que arde, vamos, y que el destino viene escrito en el lenguaje del ADN. La felicidad o la desgracia, el talento o la ineptitud, la inteligencia o la tontuna, no son cosas que se puedan comprar o vender en el supermercado de la vida. Vienen de serie en nuestro organismo, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. El cobalto 60 que irradiaba las margaritas de Matilda es, en nuestro caso, el azar de las mutaciones nucleótidas, que nos hace como somos.




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Pena de muerte

Ahora que tengo un televisor cojonudo en HD Full, y una aplicación de acceso ilimitado al repertorio de pago, aprovecho para recuperar los great hits de mi poco alocada juventud, de cuando los demás salían a las discotecas a pillar cacho y uno, sabedor de lo ridículos e infructuosos que eran aquellos afanes, se quedaba en casa con su Canal + de la llavecica blanca, a ver en versión original lo que el cine del villorrio sólo ofrecía en atroces doblajes, y en la compañía insufrible de los masticadores de palomitas.



               Pena de muerte, en mi recuerdo, era una película tremebunda, proteínica, siempre vista en la precariedad de la sala de cine, de la tele pequeña, de la indefinición gráfica del VHS, que me costó 1.999 pelas de las de entonces, el precio de cuatro cubatas del ligoteo nocturno. Yo recordaba una Susan Sarandon mayestática, un Sean Penn atormentado, un guión que se postulaba claramente en contra de la pena de muerte, pero que al mismo tiempo, para no perder clientes entre los partidarios del matarile, no ahorraba detalles del crimen horrendo, no sea que llegáramos a cogerle cariño a esa bestia parda de Matthew Poncelet.
        Hoy, sin embargo, con todas las condiciones a favor de la película -la curiosidad del reencuentro, la soledad del salón, la majestuosidad de la tele- Pena de muerte me ha sonado a los telefilms que pone Antena 3 en la sobremesa, esos que sobresaltan a las marujas y asustan a las viejas. Susan Sarandon me ha parecido sobreactuada, Sean Penn un malote de pacotilla, y la cosa moral, aunque correcta en el fondo, una homilía empalagosa servida por la voz meliflua de la monja Helen. A lo mejor ha sido precisamente el HD, y la versión subtitulada, que a veces se vuelven contraproducentes y desenmascaran las vergüenzas originales. O a lo mejor soy yo, que en veinte años no he cambiado como persona -porque nadie cambia jamás- pero sí como espectador, acostumbrado ya a otras películas más retorcidas y más cínicas.  Será eso. 


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La niña de tus ojos

En el idioma inglés no existe la sutil distinción entre ser y estar, porque ellos utilizan para todo el verbo to be, y no diferencian, hablando de actrices, entre estar bella, que es una cualidad transitoria, y ser bella, que es un atributo permanente que resiste cualquier ataque de los aditamentos. Los anglosajones dicen she is pretty y se quedan tan anchos. Nosotros, los hispanos, sabemos que hay actrices de belleza ramplona que a veces, por un azar de los astros, están luminosas en pantalla, como días soleados que dejan ver los perfiles sin brumas ni sombras. Ellas son la mayoría, seres humanos que se encienden y se apagan al ritmo de la salud y la enfermedad, de la pena y la alegría. Semidiosas que sean guapas aunque caigan chuzos de punta hay muy pocas, la verdad: Charlize Theron, si exceptuamos su transfiguración en Monster; o Natalie Portman, que nació sin pecado original; o Jessica Chastain, que la pintes como la pintes, de pelirroja o de morena, de madraza o de Ángel del Infierno, posee unos rasgos perfectos que trascienden cualquier trampa de los  sentidos.



       Penélope Cruz, nuestro producto nacional, también pertenece a este selecto club de la perennidad. La pilles como la pilles, macilenta o desastrada, maquillada o deshuesada, lleva el morbo pintado en cada mirada, y en cada gesto. Y nunca más guapa que en La niña de tus ojos, que es una película entretenida, irregular, a ratos luminosa y a ratos rutinaria, pero en la que sale ella, Penélope, en el cénit de su belleza y de su chispa, de su salero y de su olé. Está tan preciosa y arrebatadora que por una vez en la vida, sin que sirva de precedente, sentimos pena por el doctor Goebbels, que tras tanto devaneo al final no pudo trajinársela. 


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Belle Époque

Cuando Jorge Sanz, en Belle Époque, decide que ya es hora de marcharse a Madrid, y abandonar la hospitalidad de Fernando Fernán Gómez, se encuentra en la estación con las cuatro hijas del susodicho, que bajan del mismo tren que él iba a coger. Enamorado al instante del póker de bellezas, finge un contratiempo y regresa a casa de Fernando, a toparse con ellas. Éste, al descubrirlo de nuevo en el hogar, dirá aquella frase imborrable de "es el seminarista, que ha venido aquí siguiendo el olor del coño de mis hijas”.



         Este regreso de Jorge Sanz simboliza mi propio regreso a Belle Époque cada cierto tiempo. Belle Époque es una comedia estimable, ocurrente, con actores y actrices en estado de gracia. Fernán Gómez y Agustín González legaron dos personajes inolvidables de los que recordamos cada diálogo y cada entonación, aquello de conculcar el matrimonio, o de ¡coño, cocido! Rafael Azcona tejió un guión tragicómico que es marca de la casa, y que aguanta como un campeón el paso del tiempo. No como ese truño impostado del otro día, El paciente inglés... Pero no nos pongamos en plan cinéfilo y doctoral. Belle Époque, con todos sus méritos, con su Oscar reluciente dedicado al dios Billy Wilder, no sería la misma película, ni nosotros la revisitaríamos con tanta fruición, si no fuera porque las cuatro señoritas salen tan frescas y lozanas. La mayoría de mis conocidos echan la baba por Maribel Verdú, que además de ser hermosa siempre folla en los fotogramas con un verismo excitante y perturbador. Otros amigos, engatusados por cualquier rubia que aparezca en pantalla, reservan sus piropos para Miriam Díaz Aroca, que yo siempre vi algo ajada para el papel. Algunos, seducidos por la inocencia de las nínfulas, dicen preferir a Penélope Cruz, que todavía no había desarrollado las carnalidades que luego desarrolló, pero que ya era la flor promisoria de un fruto muy nutritivo.



                Yo, por supuesto, estoy con ellos, y soy partícipe de sus fogosos entusiasmos, pero mi amor verdadero, el que nadie escoge en primer lugar, es Ariadna Gil, la cuñada del director. Hay algo de lapona en sus pómulos, de golosina en sus labios, de pantera en su mirada. Algo a medio camino de lo chino y de lo salvaje que no podría explicarles muy bien, la verdad. Instintos muy míos que encienden fuegos muy poco artificiales. Ariadna, además, en el colmo de los morbazos, hace aquí de lesbiana irreductible, lo que paradójicamente dispara las fantasías y acrecienta los deseos. Ni punto de comparación con sus tres hermanas.



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El paciente inglés

Se han vuelto recurrentes, los chistes sobre la paciencia que hay que tener para aguantar El paciente inglés. Pero hay algo de verdad, en esta broma resobada. El paciente inglés, que está a punto de cumplir los veinte años, tiene, sin embargo, la cadencia y los andares de una anciana setentona. Un clásico instantáneo, proclamaron algunos críticos el día de su estreno, sin caer en la cuenta de que el clasicismo es un atributo que sólo el tiempo concede. Hay algo progérico, en esta película que nació tan bonita y resalada, con su paisaje epatante, su triángulo amoroso, su francesa chic que aquí ponen de canadiense para encajar en la trama bélica. La primera vez que vimos El paciente inglés nos dejamos seducir por el desierto africano, por el romance fogoso, por la belleza complementaria de sus dos bellas damiselas, tan rubia y estilosa la una, tan morena y guapísima la otra, que incluso son hermosas en sus nombres de postín, Kristin y Juliette, que imagínate tú si se llamaran Ramona y Clotilde, el bajonazo sexual.



             Años después, cuando volvimos a encontrar la película en los salones de casa, la descubrimos despojada de sorpresas, y nos pareció un coñazo algo insufrible, de despistarse uno mucho y ponerse a pensar en otras cosas. Le vimos las fracturas de guión, las tramas prescindibles, las tontunas románticas de Hana la enfermera, un papel que Juliette Binoche saca adelante sólo porque nos importa muy poco lo que dice, embobados como estamos en su belleza desbordante, inaprensible, que volvió loco al mismísimo François Miterrand en sus últimas alegrías. De Juliette decía don François que era la mujer ideal porque había cumplido los treinta años, no se maquillaba ni llevaba joyas y además era morena. Un canon de belleza como otro cualquiera que yo, en este caso, y en alguno más de la vida real, suscribo plenamente. Sólo por Juliette Binoche, sin ir más lejos, he vuelto a ver hoy este coñazo de El paciente inglés.


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Si la cosa funciona

Tengo un amigo cinéfilo que de vez en cuando, cada dos o tres meses, me saca a colación los chistes de Si la cosa funciona, la película de Woody Allen en la que Larry David, para hacer más creíble el romance con la jovencita, interpreta el sempiterno papel de judío neurótico. Para mi amigo, Si la cosa funciona es una obra maestra de la comedia, un referente continuo de sus filosofías humorísticas. Cómo no te pudo gustar, me repite a todas horas, tú que eres tan amigo de Woody Allen, tan fanático de Larry David. Y yo, perplejo de mí mismo, nunca sé que responderle. Será que la vi en una mala tarde, me digo, como las de Chiquito de la Calzada, o en una mala noche, asediado por los fantasmas de la vida real, y que los provechos pasaron por mi cerebro sin sembrar nada en los surcos.



               Hoy, asediado por la incredulidad de mi amigo, acuciado por la incomprensión de mi propio espíritu, he decidido conceder una segunda oportunidad. Y la cosa comienza bien, la verdad, con Larry David soltando diatribas contra el género humano que son muy de mi agrado. Casi rompo a aplaudir en una o dos andanadas muy bien tiradas. Luego, como una Venus de Botticelli que hubiera cruzado los mares del tiempo, emerge de los fotogramas Evan Rachel Wood, que es una anglosajónica de belleza infartante. Con mi álter ego de protagonista y mi mujer soñada de partenaire, Si la cosa funciona, efectivamente, funciona. Me doy cuenta, además, que nuestra primera cita fue en una versión doblada al castellano, no sé por qué razones, ni en qué trágicas circunstancias, y ahora, gracias a las voces originales, los personajes se hacen más interesantes y verosímiles.



                Vivo feliz durante tres cuartos de hora, reconciliado con mi hermano Woody, con mi primo Larry, hasta que la trama se enreda con personajes que ya no vienen al caso, ni hacen gracia, que sólo están ahí para robar minutos a las sabidurías misántropas y a las hermosuras de Rachel. Minutos de relleno que no molestan especialmente, pero que desinflan un poco los globos festivos del reencuentro. Si la cosa funciona no ha funcionado del todo finalmente, pero ha funcionado mejor. Le debo una, a la insistencia de mi amigo. Y largas explicaciones, a los inquisidores de mi cinefilia, que todavía no entienden lo sucedido.


Helena: Usted debe tener una visión muy negativa de la raza humana.
Boris: La raza humana... Han tenido que instalar retretes automáticos en los lavabos públicos porque no puedes confiar en que la gente tire de la cadena. ¡No son capaces de tirar de la cadena!



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Los Simpson I

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Entrevistador: ¿Le gustan los niños?
Homer: ¿Qué quiere decir? ¿Todo el tiempo? ¿Aunque estén chiflados?



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Mi confesión, por Bart Simpson. Soy un niño tonto normal…”



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Homer: Primero hay que bendecir la mesa…
Bart: De acuerdo. ¡Rascataplán, gracias por el pan!



Homer: Tú estás en todas partes, Señor. Eres omnívoro.



Homer: Lo siento, Marge, pero a veces pienso que somos la peor familia de toda la ciudad.
Marge: Si quieres nos mudamos a un pueblo más grande. 




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Better Call Saul

Los spin off suelen ser subproductos prescindibles, inventos de los productores para seguir estrujando la teta de una trama ya mortecina. Mientras la audiencia, enamorada de la serie raíz, va tragando el anzuelo de los guiones forzados, de los secundarios sin chicha, ellos, los fulanos que encabezan los títulos de crédito, se llenan los bolsillos con los dólares que nunca devolverán, cuando llegue el chasco de la vacuidad.


            Uno, sin embargo, si hace un esfuerzo de memoria seriéfila, descubre que tres de sus comedias preferidas son producto de esta práctica mercantil. Los Roper, que originalmente fueron los caseros de Un hombre en casa; Frasier, que desarrolló el personaje más loco y enjundioso de Cheers; y Veep, que es la adaptación americana de The thick of it, la comedia británica que ridiculizó a los políticos isleños. Tres spin offs que igualaron o superaron los méritos de su serie matriz. Y ahora, con Better Call Saul, ya van cuatro. Cuando hace un año se anunció la secuela de Breaking Bad protagonizada por el abogado –o lo que fuera- Saul Goodman, uno supo al instante, con la presciencia de un veterano televidente, que Better Call Saul iba a ser otra serie a la que habría que construir hornacina en el templo. Saul Goodman tenía muchas cosas que contarnos del viejo Albuquerque, de cuando la droga azul del señor Heisenberg todavía no se vendía por las esquinas, y los malotes mexicanos campaban a sus anchas en los bajos fondos. Nos mataba la curiosidad de conocer mejor a un personaje tan entrañable y odioso, tan adorable y mezquino. Y Vince Gilligan, que es un tipo de instinto comercial que nos lee el alma como si nos hubiera parido, nos concedió la satisfacción de la sabiduría.

               It’s all good, man…


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Hacia rutas salvajes

Uno, como el protagonista de Hacia rutas salvajes, también quisiera vivir into the wild, lejos de los seres humanos, reflexionando sobre sí mismo sin la contaminación perpetua de sus intromisiones. El cielo limpio, y la conciencia despejada. Vivir en un bonito paisaje de Alaska, o de la Patagonia, y comparecer en la civilización sólo una vez al mes, a echar la quiniela en el estanco. Ya de niño, en una premonición de mi misantropía, soñaba con ser farero en el Cantábrico, y dormir al arrullo de la galerna. O astrónomo, como mi héroe Carl Sagan de Cosmos, y vivir en lo alto de una montaña observando las estrellas, más cerca de ellas que de los hombres, como decía el filósofo Nietzsche en su retiro de los Alpes.



       Son sueños que alimento varias veces al día, pajarillos que viven enjaulados dentro de mí. Sueños que se desperezan, que aletean, que hacen un bonito pío-pío que alegra la mañana o el atardecer, pero que rápidamente vuelven al letargo de lo inverosímil. Porque yo no tengo el valor del chico McCandless, que al igual que Hernán Cortés quemó todas sus naves, sus billetes y sus tarjetas de crédito, para no regresar. Yo podría vivir apartado de los hombres, pero no muy lejos. Esta locura Alexander Supertramp, irse de acampada a donde Jesús perdió el mechero y sobrevivir con las plantas silvestres y la caza del alce, sólo por demostrarse cosas a sí mismo, sería un imposible biológico para mí. Yo necesito una radio al despertar, una cafetera bien cargada, una conexión a internet, una televisión grande donde ver las películas. No podría vivir sin la electricidad, sin el supermercado, sin la asistencia de quienes saben arreglar las cosas. Y sin la antena parabólica, claro, para ver el fútbol los sábados y los domingos. No sé pescar, ni cazar, ni coserme un botón de la camisa. Jamás he montado una tienda de campaña o encendido una fogata. No sabría ni como prender una barbacoa para convidar a los vecinos.



           Al igual que aquel personaje de Michel Houellebecq en Las partículas elementales:

     "Estoy fuera del complejo económico-industrial, y ni siquiera podría asegurar mi propia supervivencia: no sabría alimentarme, vestirme o protegerme de la intemperie; mis competencias técnicas son ligeramente inferiores a las del hombre de Neardenthal".

           Y proseguía:

        "Todo lo que sé hacer es producir dudosos comentarios sobre objetos culturales".

        Como uno mismo, que sólo sabe tumbarse a la bartola a ver películas, y luego, acompañado de un crujir de huesos y tendones, pasar a la silla, a escribir estas tonterías sobre ellas.


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El mercader de Venecia

Llueve. Llueve por primera vez en meses, como si las nubes buscaran el tiempo perdido de Marcel Proust. Como si hubiesen aguantado con las vejigas llenas y ahora descargasen con toda la furia y todo el alivio. Llueve, y yo no puedo salir de esta habitación repleta de películas. Siento que las calorías del desayuno, del tentempié, de la comida, se repliegan hacia zonas interiores de mi organismo, donde se convertirán en grasa perjudicial, en adipocitos que se instalarán en esta cintura ya abarrotada, como veraneantes en las playas de Benidorm. Durante el verano, las calorías no se aventuraban más allá del músculo, porque yo estaba en plena guerra contra la gordura, y con la bici y las caminatas no les dejaba tomar posiciones y atrincherarse. Tan pronto me invadían, yo las quemaba con el lanzallamas de mi actividad. Pero ahora llueve, y estoy cansado, y tengo dolores psicosomáticos del trabajo, y yazco en esta cama entregado a la molicie de la tarde entera.



                 Rebusco en la alineación de películas y encuentro la cara malhumorada de Al Pacino en El mercader de Venecia. El judío Shylock, en la carátula, exige venganza por las injurias sufridas. Le han insultado, escupido, secuestrado a la bella hija. Y todo por prestar con dinero con interés, en un mundo de cristianos hipócritas. Qué habría qué hacer, entonces, con los usureros del siglo XXI, que ahora son respetables banqueros y trajeados economistas. Y muy cristianos además. Shylock apela al Dux de Venecia, y tiene enfilado con su cuchillo a Antonio el mercader. Su aciaga suerte ha encontrado un objeto donde descargar la frustración. Pero a quién habré de apelar yo en esta tarde sombría de mi encierro. A quién echar la culpa de esta obesidad que ya siento aposentarse en silencio, como un manto de nieve pringosa. ¿Habré de quejarme a los dioses de la lluvia? ¿A los duendes del metabolismo? Mis enemigos no son los venecianos del siglo XVI, sino los fantasmas de la vida moderna.


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Finales de agosto, principios de septiembre

De vez en cuando, en este viaje a ciegas que es la cinefilia, uno se topa con películas que intuye aburridas de antemano, pero que vienen envueltas en un título de resonancias muy personales, y ya no puede refrenar el impulso de asomarse. Finales de agosto, principios de septiembre, era, más que un título, una señal. Justo cuando uno transitaba las mismas fechas del calendario, aparece esta película de Olivier Assayas en las pesquisas por internet, como si los dioses juguetones o los duendes traviesos la hubieran dejado ahí para tentarme, y hacer experimentos conmigo.



        Los finales de agosto y los principios de septiembre son los tiempos de iniciar el curso, de volver al fútbol, de colocar la primera manta en la cama. De reencontrarse con las personas que uno aprecia y también con las que uno odia. Tiempos de cambio, de reacomodo, a veces también de crisis, si la cosa viene muy jodida. Yo quería ver, en la película, gentes atrapadas en ese mismo enredo postvacacional, a ver cómo se las apañaban, y extraer, si fuera posible, alguna enseñanza del aprendizaje vicario. Maestros como uno mismo, tal vez, que regresaran a su trabajo con el mismo aire compungido. Pero no iban por ahí, los tiros. Los protagonistas de Finales de agosto, principios de septiembre son dos urbanitas franceses que se pasan la película entera follando y desfollando, lo mismo en agosto que en septiembre, en enero que en febrero. Dos treintañeros irresolutos que cuando se cansan de una mujer la cambian por otra todavía más guapa, o más joven, o más chic. Nada que ver con la vida de uno, ay, ni en lo geográfico ni en lo sexual, ni en lo laboral ni en lo coetáneo.




            Pero no todo va a ser follar, como cantaba Javier Krahe. Entre polvo y polvo, nuestros amigos han de vender pisos, alquilar apartamentos, tomar café en las terrazas. Enfrentarse a los primeros achaques del cuerpo. La vida misma, vamos, solo que hablada en francés, y muy aburrida y desesperante, como me temía en un principio. No sé a cuento de qué venía lo de agosto y septiembre. Si la hubieran llamado Finales de marzo, principios de abril, habría sido exactamente la misma película, y yo, desinteresado por el título, me hubiese ahorrado el tiempo invertido.


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Rompenieves

Rompenieves es el nombre del tren donde viajan los últimos seres humanos. Un arca de Noé rodante que describe círculos alrededor de Eurasia mientras espera que llegue el deshielo. Algún político iluminado -seguramente un eurodiputado español que vivía su retiro dorado en  Bruselas- decidió combatir el cambio climático echando no sé qué mierda en el aire, y consiguió, como en los cómics de Mortadelo y Filemón, cuando el profesor Bacterio le ponía remedio a las desgracias, congelar el planeta hasta casi extinguir la humanidad.



       El Rompenieves, como no podía ser de otro modo, está estrictamente jerarquizado. En los vagones delanteros, que parecen de un Orient Express futurista, viajan los millonarios que se abrieron camino en la vida; en los traseros, que parecen transportes fletados por Adolf Eichmann, viajan los desgraciados que no supieron emprender en los negocios. En el medio, armada hasta los dientes, una legión de seguratas impide la revuelta de los perroflautas, a tiro limpio si fuera menester. Como se ve, el Rompenieves es toda una metáfora del sueño ultraliberal. Libres ya del Estado tocapelotas, los ricos campan a sus anchas en sus vagones de primerísima clase, mientras los pobres comen mierda en pastillas y beben agua oxidada. “Es el orden natural de las cosas”, afirma Mr. Wilford, el dueño del tren, y tal felonía, que en la ficción de la película nos parece una cosa de ser muy hijo de puta, es lo mismo que repiten a todas horas nuestros prohombres de derechas, cuando salen en las tertulias o en los artículos de opinión negando la existencia de la lucha de clases. Los mismos tipos que luego, tras ofenderse mucho por haberles mencionado la estructura piramidal de la sociedad, se suben al tren, o al avión, o al autobús “Supra”, y se compran un billete de primera clase para no coincidir con parásitos como tú, quejica de la taberna, comunista anticuado. Lo que no harían, y no dirían, estos golfillos, subidos en el Rompenieves.




           Pero no empieces a salivar tan pronto, oh querido bolchevique que me lees. A este coreano que dirige la función, el tal Joon-ho Bong, le importa una mierda la lucha de clases. Rompenieves, aunque pudiera parecerlo por mi torpe resumen, no es ni de lejos el Octubre de Serguei M. Eisenstein. Las diferencias de status sólo crean la tensión necesaria para que el personal se líe a hostias por la posesión del tren, y a partir del minuto treinta uno se ve enredado en otro blockbuster oriental de peleas a cuchillo y patadas voladoras. Ni un pelo de la barba de Marx sale volando en los fotogramas. Se ve que sus enseñanzas se quedaron congeladas en las bibliotecas del mundo, bajo muchos metros cúbicos de nieve. 


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Agítese antes de usarla

Agítese antes de usarla, al contrario que las ya míticas Los Bingueros o Yo hice a Roque III, carece de cualquier pretensión argumental. Y eso que estas últimas no eran precisamente un trabajo de Joseph L. Mankiewicz. Apenas un hilo muy fino sirve para ensartar las paridas sexuales de Pajares y Esteso y su cuadrilla de habituales. Que son paridas, sí, pero que consiguen arrancarme la sonrisa más de treinta años después, tal vez porque ellos son unos cómicos infravalorados, o yo un cinéfilo de cuarta categoría.





        A falta de ideas, Mariano Ozores, que es director y guionista de la función, rellena los huecos con tetas. De pacientes, de enfermeras, de novias tomando el sol en la playa. El catálogo de mujeres despelotadas es seguramente innecesario y zafio, pero Max, mi antropoide interior, al que hace mucho que no sacaba en este diario, se lo ha pasado bomba –por no decir teta otra vez- con el espectáculo continuo de las pechugas. Aunque Max es un simio de la familia de los cerdícolas, no le gustan mucho los pechos de sus congéneres, peludos y mustios, y prefiere, quizá para alardear de homínido evolucionado, los pechos tersos y semiesféricos de nuestras mujeres cromagnonas. Quien los tenga, claro.




       En el año 1983, año de producción de la película, la privatización de la sanidad no era un tema candente del debate político. Hasta los más nostálgicos franquistas, por aquello de que la Seguridad Social la construyó Franco con sus propias manos y bla, bla, bla, defendían la existencia de una sanidad gratuita y universal, aunque ellos se operaran las vesículas y los apéndices en los hospitales privados que no pisaban los piojosos ni los comunistas. La Operadora, que es la clínica ficticia de la película, es un desmadre organizativo llevado hasta la caricatura, cosa que no puede extrañar si el cirujano jefe es un tipo como Antonio Ozores que pasea por los pasillos con bisturíes en los bolsillos. Pero tiene, ay, un poso de terrorífica realidad. A nuestros gobernantes del ultracentro liberal, que gustan tanto del Cine de Barrio y de la España casposa, les debe de encantar esta película. Los pacientes se mueren, sí, pero el negocio de la clínica va viento en popa. Y de eso trata la vida, según ellos: no de sobrevivir, sino de ganar la pasta gansa con el sudor de la frente propia, y la sangre de los cuerpos ajenos.


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Monsieur Hire

Desde la ventana de mi habitación veo el patio de la casa vecina, con sus plantas y sus bancos de madera. Más allá, la planicie agrícola de las lechugas y las patatas; al fondo, altas pero redondeadas, las montañas que separan Invernalia de Galicia. El paisaje es bonito: en verano invita a levantarse de la cama y echar a caminar; en invierno, con la lluvia, induce a pensar cosas melancólicas detrás de los cristales. Que apenas se vea gente también contribuye a la belleza del panorama. Los paisajes, con humanos dentro, siempre tienen algo de inquietante y amenazador.




            El señor Hire, en Monsieur Hire, cuando se asoma por la ventana a contemplar el mundo no ve paisajes bucólicos del agro productivo. Él vive en París, encerrado entre edificios, pero lejos de maldecir su mala suerte de urbanita, goza de la visión perpetua de una vecinita que se desviste en el edificio de enfrente sin percatarse de que sus ojos lascivos se vuelven turulatos. Monsieur Hire es un calvorota de mediana edad que se parece mucho a Pepe Viyuela, y está lejos, muy lejos, en el mercado del amor, de llegar a tratos provechosos con tan bella damisela. Le queda, como consuelo, el amor platónico, que es una puta mierda ensalzada por los juglares, o el sueño de una quiniela, que lo convierta en multimillonario y lo monte en un Ferrari que lo haga visible y deseable, como en el cuento de Ceniciento.





         Patrice Leconte, en su afán por epatar al espectador, tira por una tercera vía que bordea peligrosamente el ridículo. Nuestra chica, cuando descubre el pastel humeante del señor Hire, en lugar de gritar y llamar a los gendarmes de Louis de Funes, se deja admirar mientras el novio le hace el amor sobre la cama. Como invitándole a participar, como soñando un ménage à trois que en París se ve que es costumbre y hasta regalo de bienvenida a los vecinos. Como las tartas de manzana de los americanos, o los ruidos a las tres de la mañana de los españoles. Así da comienzo, propiamente, Monsieur Hire, con la credibilidad del espectador ya dislocada sin remedio. El marido de la peluquera también era una historia de amor disparatada, pero allí, no sé cómo, el romance se volvía candente y emotivo. Aquí, en Monsieur Hire, uno pasea la mirada por este amor como quien contempla la fanfarronada sexual de nuestro amigo madurito y calvorota. Con interés, pero sin creernos nada de lo que cuenta.




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Larry David. Los penes

Richard: Somos hombres, y los hombres necesitamos más…
Larry: No, no se trata de eso. [A las mujeres] les ofenden tanto nuestros genitales que tienen que enamorarse para hacerlo. Por eso mantenemos relaciones con cualquiera y ellas no.
Richard: ¿Porque un pene no resultan tan atractivo…?
Larry: Sí, y ellas no pueden hacerlo con cualquiera. Tienen que estar enamoradas para manejar un pene grotesco. 


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La vida en tiempos de guerra

Alguien dijo una vez que Bernardo Bertolucci sólo rodaba películas para exhibir pollas sin pudor, de un modo artístico y honorable. La malicia es, por supuesto, exagerada e injusta, porque Bertolucci es mucho más que un pornógrafo enmascarado, y sus pollas, que han sido realmente muchas y variadas, a veces quedaban bien encajadas en las exigencias del guión. A veces, sin embargo, en sus películas más crípticas y truñescas, uno, en el fastidio absoluto, en el bostezo total, se preguntaba si aquel hater de don Bernardo no tendría parte de razón, porque cuando el sentido del drama brillaba por su ausencia, la polla de turno seguía allí, casi siempre flácida y post-coital, tal vez un simbolismo de la decadencia de Occidente, o de la inoperancia del homínido macho, o vaya usted a saber.



          Me temo que con Todd Solondz está ocurriendo una cosa parecida. En este mismo diario se han escrito loas y alabanzas a su cinismo afilado, a su misantropía poco disimulada, pero de un tiempo a esta parte sus películas, como esta cosa insufrible de La vida en tiempos de guerra, sólo parecen una excusa para hablar de pedófilos y niños traumatizados. Hay más personajes, claro, mujeres de mediana edad que buscan el amor sin comprender que los hombres sólo quieren follar y poquito más. Mujeres ridículas que parecen recién salidas del parvulario de la vida, y que sin embargo hablan con un estilo literario que suena a tesis doctoral o a teatro de altos vuelos. Un sinsentido. Y el pederasta, claro, que mariposea por la función como un ángel que anunciase desgracias o plagas de Egipto. O no, no sé, porque a los cuarenta y cinco minutos desistí de todo empeño, harto ya de la truculencia impostada y del pesimismo sin ironía. Hay mucho más cinismo en cualquier episodio de Larry David, pero ahí, por lo menos, te ríes un buen rato. 


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Show me a hero

El héroe al que hace referencia Show me a hero es el alcalde de Yonkers en los años ochenta, Nick Wasicsko. Siendo el regidor más joven de los Estados Unidos, tuvo que acatar el mandato federal de construir viviendas sociales para negros en barrios residenciales de gente blanca. Amenazado por las multas millonarias que llevaban al ayuntamiento a la bancarrota, Wasicsko perdió el apoyo y el respeto de sus propios vecinos, que lo insultaban y lo escupían y lo zarandeaban en el coche cuando salía de los plenos. Masas vociferantes de white people que temían la depreciación de sus viviendas, que se imaginaban un infierno vecinal de drogadictos en las aceras, robos en las madrugadas y loros con el chunda-chunda puesto a toda potencia.



           Mientras otros concejales de Yonkers -unos por miedo y otros por populismo- se declaraban en rebeldía contra el gobierno federal, Wasicsko tuvo que apechugar con su juramento constitucional, y con sus propias convicciones de demócrata ilustrado, él mismo descendiente de emigrantes de clase baja. Aunque el apellido es de origen polaco, el actor que lo encarna es Oscar Isaac, un tipo muy solvente que sin embargo nació en Guatemala, y que tiene un aspecto guatemalteco que no desmiente su documento de identidad. Yo pensaba, mientras veía los seis episodios de la serie, que el error de casting era morrocotudo, impropio de David Simon y de su equipo de linces, pero luego, en el capítulo final, que se cierra con imágenes reales de archivo, uno descubre que en realidad se han quedado cortos con la caracterización, pues el Wasicsko verdadero parece un jinete del ejército de Pancho Villa, con su bigotón y su pelazo moreno.



          Aun así, el look de Oscar Isaac es sin duda lo más discutible de Show me a hero. Uno no puede empatizar con Nick Wasicsko si éste se parece tanto a José María Aznar, nuestro insigne ex-presidente. Nadie más lejano a mi concepto de héroe político, de hombre bueno y honrado. Cada vez que el personaje aparece en pantalla, uno no puede reprimir una punzada en el estómago, como de miedo o de asco, como si volvieran los tiempos de la conquista de Perejil y de la manipulación del telediario. Wasicsko habla con los jueces, con los concejales, con los vecinos indignados, pero uno, en su alucinación auditiva, cree escuchar "váyase señor González", y "España va bien", y "estamos trabajando en ellooooo". Sólo son unas décimas de segundo, hasta que uno se reencuentra con la ficción, pero Wasicsko sale tantas veces que al final los nervios quedan deshechos, y la taquicardia amenazando. Espero que alguien advierta a David Simon de este error fatal, él, además, que es un izquierdista beligerante, y que en la edición española de los DVDs Oscar Isaac salga al menos sin bigote, o teñido de rubio, para beneficio de nuestra salud. 


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