Lo que queda del día

En el estreno de Reservoir Dogs en el festival de Sundance, allá por 1992, un periodista le preguntó a Quentin Tarantino:
- ¿Cómo justificas toda la violencia que contiene esta película?
El director respondió:
- No sé a usted, pero a mí me encantan las películas violentas. Lo que me resulta ofensivo es esa mierda de Ivory y Merchant.


     Y lo cierto es que el bueno de Quentin, siempre exagerado y pasional, no andaba muy desencaminado. No diré yo que era precisamente mierda lo que producía el dúo Ivory-Merchant por esas fechas -que en realidad era un trío, si sumamos a la guionista Ruth Prawer- pero sí que rodaban películas afectadas, amaneradas, con tramas parsimoniosas de caballeros y damiselas que hablaban como salidos de un novelón decimonónico. Una habitación con vistas tenía su punto, y en Regreso a Howard’s End no llegabas a dormirte del todo, pero lo demás era, ciertamente, muy aburrido y tostonero.




        Pero justo un año después de que nuestro amigo Quentin abriera la bocaza, el trío de marras parió una peliculón titulado Lo que queda del día. Ellos no iban a hacer una película de mafiosos pegándose tiros, ni de psicópatas analizando el mensaje oculto de Like a Virgin, pero a su modo estiloso y británico también iban a dejar a la audiencia con el corazón en un puño, con esta historia de amor imposible entre el mayordomo cuadriculado y el ama de llaves retraída. Una obra maestra de los romances insatisfechos que no ha perdido ni un ápice de dolor, de desgarramiento, de llanto vertido en los dormitorios solitarios de la gran mansión de Darlington Hall. Habría que ser un Tarantino muy pétreo y muy recalcitrante para no sentir el drama incomunicativo de estos dos personajes condenados a la soledad. No cabía mejor estreno para este nuevo televisor HD la hostia y no sé cuántas cosas más que he instalado en mi salón. El mejor amigo del hombre, después del perro.. Y no es que Lo que queda del día parezca mejor vista así, en alta definición, pero sí es cierto que uno adivina lágrimas antes ocultas, arrugas antes ensombrecidas, y que delatados por el ejército infinito de los píxeles, Anthony Hopkins y Emma Thompson todavía parecen más grandes de lo que ya eran. 




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