Todos al suelo

Todos al suelo -que siendo del año 82 no es una parodia del golpe de Tejero, sino una versión muy libre de Tarde de perros- es una película de Pajares y Esteso, y eso, dicho así, predispone a la risa y al cachondeo. El problema es que Pajares y Esteso están diluidos, enredados en un reparto con demasiadas vedettes que reclaman su chiste y su minuto de gloria. Antonio Ozores, por ejemplo, ha pasado de secundario magistral en Los Bingueros o en Yo hice a Roque III a prima donna que siempre cuenta la misma gracia y además tiene un asunto romántico con una prostituta de buen corazón. Lamentable. O Juanito Navarro, que hace de abuelo salvafamilias al estilo de Paco Martínez Soria, y tiene un nietecico que sufre depresión porque sus padres van a divorciarse gracias a la ley implantada por los comunistas. O Paloma Hurtado, que grita, y pone caras tontas, y siempre fue una comediante insoportable que jodía incluso el Un, dos, tres cuando salía junto a las hermanas. Los mismos Pajares y Esteso están como idos, como espesos, perdidos en una trama tardofranquista que les impide desarrollar su humor imbatible de trazo grueso. Sin señoritas desnudas y sin sarasas que los persigan, ellos se ciñen al guión como actores profesionales, pero ya sin chispa ni salero. Dicen cabrón, y culo, y coño, y hacen chistes sobre el divorcio y el adulterio, cosas así, para que se note que estamos en el año 82 y que los socialistas ya están asomando la patita electoral. Pero Todos al suelo, aunque quiera disimularlo, tiene un tufillo, un aire, una cosa como de Cine de Barrio que le encantaría a nuestro actual ministro de la derechona. En Todos al suelo trabajan Andrés Pajares y Fernando Esteso, pero no es una película de Pajares y Esteso. Ustedes me entienden.


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Yo hice a Roque III

Dos años antes de que Sylvester Stallone ordeñara por tercera vez la vaca de Rocky, aquí, en los madriles, Mariano Ozores rodó una versión cañí del asunto pugilístico, con Andrés Pajares haciendo de Roque III y Fernando Esteso interpretando al amigo que lo liaba para meterse en el ring. Una obra maestra no sé si del cine, pero sí de la nostalgia, del humor tontuno y chabacano que me hizo llorar de risa en las simplicidades de la juventud, y que todavía me arranca carcajadas en las rendiciones de la madurez.



      Recuerdo una noche de mis veintitantos años, en Madrid, haciendo el ganso con los colegas. Íbamos de bares por la zona del Puente de Segovia y uno de ellos, conocedor de la geografía urbana, se paró de pronto en un recodo y nos señaló a los provincianos de Invernalia la mítica escalinata:

        - Por aquí subían Pajares y Esteso vestidos con el chándal en Yo hice a Roque III.




       Y todos dijimos aaah, asombrados por la revelación, como si hubiéramos descubierto el puente de Brooklyn de Manhattan o la ciudad de Petra en Indiana Jones y la Última Cruzada. Porque Yo hice a Roque III también fue una película mítica de nuestra mocedad, de cuando la veíamos en los autobuses que iban a la playa, o la alquilábamos en los videoclubs junto a la película porno de rigor y la película seria que salvaba nuestra decencia. La trilogía fílmica de cada sábado sin padres. Allí, al pie de la Cuesta de los Ciegos, recordamos lo mucho que nos habíamos reído en los ALSA, o en los sofás de nuestras casas, con las tonterías de Pajares y Esteso,  y del inefable Antonio Ozores, y ya no sé si fue el alcohol o el homenaje, o la tontería que llevábamos encima, nos pusimos a hacer el gilipollas como si boxeáramos, y subimos los primeros escalones tarareando la fanfarria de Rocky, y tratamos de recordar el nombre del bigotudo que peleaba contra Roque, hasta que alguien se acordó del apodo, Kid Botija, y nos salió una risotada paleta que partió en dos la noche de Madrid, Kid Botija, como en los tebeos de Mortadelo y Filemón, que si Ibáñez los pusiera pelo y los rodeara de tías en bolas serían iguales que estos dos tipos, Pajares y Esteso,  que a lo mejor no eran del agrado de Lee Strasberg, pero que a mí me hacían la vida más feliz y entretenida. Igual que ahora.




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Los Bingueros

Cualquier cinéfilo que se precie tiene, en su blog de internet, una sección dedicada a las malas películas que le gustan, y otra a las obras maestras que por un azar de la neurología no consigue digerir. El autor de estos escritos, que no es un cinéfilo de pro, sino un diletante de los sofás, pensó en abrir dos pestañas similares para que los lectores se descojonaran o se escandalizaran con las opiniones allí vertidas. Pero luego me pudo la desidia, el barulleo, la ausencia de un plan rector que guiara estas ocurrencias amontonadas en algún servidor de las Chimbambas. Las películas cutres que uno guarda en su corazoncito andan por ahí, sin orden ni concierto, asomando el título en esta lava informe vomitada por mis dedos.



        La última de ellas es Los Bingueros, la odisea de Andrés Pajares y Fernando Esteso en los bingos de Madrid, dejándose la salud y los duros en el empeño de hacerse millonarios. En la España del año 1979, y mucho más en las películas de Mariano Ozores, no podían faltar los chistes de doble sentido, las señoritas despelotadas, los maricas tratando de pillar cacho… Los Bingueros es una película rancia, viejuna, de un humor que ya sólo ríen los abueletes del Inserso cuando se las ponen en los autocares, camino de Marbella, a frotar la cebolla mustia contra las paisanas. Lo sé porque uno, las películas de Pajares y Esteso, las conoció de chaval en los viajes a la playa, rodeado de abueletes que perdían la dentadura en las carcajadas y la visión en las domingas, y estas cosas, aunque llevemos cuarenta años de democracia, nunca cambian. A uno le faltan todavía dos décadas para ser oficialmente un viejo verde, pero una cosa es la edad del calendario y otra la edad de espíritu, que en mis entretelas siempre fue muy avanzada, como en una progeria que sólo afectara a los gustos y manías.



            Yo, qué quieren que les diga, me río mucho con Los Bingueros. A lo mejor es que me vuelven las nostalgias de la niñez, o que nunca he abandonado el humor simplón que otros padres ya ni recuerdan, pero a mi Andrés Pajares me parece un comediante excelente, Fernando Esteso un clown que da buena réplica, y la primera escena de este par de gilipollas en el bingo, con sus nervios y sus cagadas de principiantes, un descojone total al amparo de Antonio Ozores y su dedo incorrupto de San Nepomuceno, que lleva muy escondido en sus ropajes, el avaricioso sacerdote, como si la financiación de la Iglesia, entonces como ahora, nunca les pareciera suficiente a estos depredadores. 


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Bienvenidos a la casa de muñecas

No sé si fue un filósofo del bachillerato o un cómico del stand-up el que dijo que la gran tragedia del mundo es que los feos también quieren follar. Porque la libido, atrapada bajo muchas capas de tejido cerebral, es un resorte que no sabe nada del cuerpo que lo alberga. Un impulso autónomo, preprogramado, que se despierta con las hormonas y desea y anhela con la misma intensidad que la top-model o el macho alfa.



             Para que ambas subespecies se mezclen lo menos posible, la naturaleza ha creado esa etapa de ensayo y error que es la adolescencia. La muchachada, alegre, inexperta, engañada por la publicidad, prueba suerte con sus objetos de deseo, y coleccionando síes y noes va ubicándose en el escalafón de la belleza. Los elegidos aprenden pronto que han nacido para triunfar; los relegados, en cambio, necesitarán varias hostias para asumir que ellos habrán de renunciar y conformarse. Sólo los muy inteligentes y las muy listas aprenden su papel con rapidez, y ya no pierden el tiempo en sueños inútiles ni en flirteos con lo imposible. Queda un dolor sordo y triste, en cualquier caso. La adolescencia, para los menos afortunados, es un trance doloroso y poco fructífero, que a veces deja heridas tan profundas que nunca se curan. Heridas que vuelven a escocer cuando en las películas salen personajes que se parecían mucho a nosotros, tontorrones, incautos, desubicados en las tablas de los percentiles. Las desgracias afectivas de Dawn Wiener en Bienvenidos a la casa de muñecas nos devuelven a hojas ya descompuestas del calendario, y por culpa de este hijo puta llamado Todd Solondz, que es un cineasta de intenciones ladinas y diagnósticos certeros, volvemos a sentir esa olvidada opresión del corazón, esa melancolía del sueño cercenado. 


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El lobo de Wall Street

Algunos cinéfilos acusan a Martin Scorsese de practicar la doble moral con El lobo de Wall Street. Afirman que lo que parecía una denuncia contra las prácticas de los yuppies casi termina siendo una apología de la profesión. Una justificación de aquello que siempre decía mi abuela, que si encontrabas a un tonto tenías que engañarlo pronto, porque si no, lo iba a engañar otro.  Y es cierto que, en algún diálogo cínico, en algún plano revelador, don Martin nos desliza esta idea para que juguemos con ella, como gatitos con un ovillo bien liado, a ver cómo perdemos la posición cómoda que habíamos tomado en el sofá.



        Belford y sus secuaces comienzan su carrera estafando a ciudadanos decentes, gentes que confían en su labia mercantil para invertir los ahorros de toda una vida. Sólo por eso, Belford y su cuadrilla ya merecerían pudrirse en la cárcel durante años, y cosas peores, que mi bolchevique interior prefiere ahorrarse por culpa de la Ley Mordaza, dado que los políticos que la promulgaron son muy amigos de los banqueros que nos robaron. Pero sucede, y aquí empiezan los dilemas morales, que otros tipos estafados por Belford, siendo también de clase baja, tienen el alma muy avariciosa, working class con afanes de grandeza que venderían su confianza al mismísimo diablo con tal de llenar el garaje de cochazos y la muñeca de Rolex de oro. Estos panolis no nos inspiran mucha pena, la verdad, y casi agradecemos que acaben endeudados hasta la cejas, y rompiendo los teléfonos de la frustración. A partir de ahí, hay que reconocerlo, cuando Stratton Oakmont se convierte en un depredador bursátil que ya sólo estafa a las grandes fortunas, nuestras simpatías están con DiCaprio y su compañía de desalmados, que si bien actúan fuera de la ley, no están pisando un terreno ético que nos repela especialmente.




         Además, ¡qué coño! Una parte de nosotros –incluidos los comunistas más recalcitrantes- envidia el éxito, el desenfreno, el desparpajo, de estos hijos de puta sin medida. Mientras los espectadores de la película nos pudrimos en nuestras vidas de hipotecados y asalariados, ellos, los muy cabrones, que no irán al cielo aburrido que padeceremos nosotros, se lo pasan cañón con la fiesta diaria de la carne exaltada y las sinapsis electrizadas. Nos cuesta varios minutos, al terminar de película, recuperar la vieja fortaleza de los valores morales, la templanza, y la honradez, unas virtudes que como decía Friedrich Nietzsche, el muy jodido filósofo de Sils-Maria, sólo son la máscara de nuestra debilidad, la justificación que le damos a nuestra pobreza de espíritu. 


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Timbuktú

De los desiertos namibios de Mad Max he pasado, en veinticuatro horas, como en un sueño africano que no termina, a los desiertos más norteños de Mauritania. Ahora que las arenas me habían devuelto la alegría de ver cine, he recordado, advertido por mi yo cinéfilo más pedante, que en los discos duros me aguardaba una película aclamada por la crítica, Timbuktú, una “obra maestra” de nacionalidad mauritana, con actores no profesionales y muchos premios en los festivales más recónditos del planeta. Sin embargo, mi otra cinefilia, la de tres al cuarto, la que se lo pasó teta con las travesuras de Mad Max e Imperator Furiosa, tiraba de mi dedo índice hacia atrás, para no ver esta película que anunciaba bostezos y somnolencias a la hora de la siesta. Ahí comenzó una lucha titánica entre mis dos cinefilias, manteniendo el suspense mientras yo me adormilaba con los ciclistas de la Vuelta a España. Al final, como siempre, venció mi cinefilia más responsable, que siempre opta por arriesgarse con productos extraños para que no me echen a patadas del selecto club de los finolis.





        Timbuktú cuenta los nueve meses de ocupación que sufrió la ciudad de Tombuctú a manos de los rebeldes yihadistas. Una pesadilla de lunáticos armados con kalashnikovs que prohibieron el fútbol, la música, la tertulia en las calles. Que forraron a las mujeres de tela para no propagar la lascivia por las callejuelas. Que decretaron el imperio de la sharia como burócratas absurdos de una novela de Kafka. Timbuktú tiene el valor del documento, de la denuncia, de la defensa de un islamismo moderno alejado de estas visiones medievales. Una película de gran valentía, de altos valores, de compromiso humano…,  pero en realidad un truño de considerables dimensiones. Aburrida, cutre, digresiva, con un sentido del ritmo que vamos a llamar peculiar. Un ejercicio de alta paciencia por mi parte, de concentración cívica, de estiramiento de mis párpados. Timbuktú es otra vergüenza que habré de anotar en mi largo currículum de falsa cinefilia, que sólo es arrogancia ante los hombres, y postureo ante las mujeres. “Ayer vi una película mauritana, subtitulada, que aborda el dramático asunto del islam más intolerante…”, y quedas como dios, en según qué círculos de cernícalos. Ellos no sospechan de mis sufrimientos, de mis reniegos, de mis luchas interiores. Menos mal que nadie lee este blog redactado en un sistema exterior de la galaxia, en el planeta Tatooine sin ir más lejos, con mucho desierto también, y con dos soles como dos soles que alumbran mis negros secretos. 


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Mad Max: Furia en la carretera

Con la edad, uno se ha convertido en una rata huidiza de los blockbusters. Cualquier película destinada a la chavalería queda automáticamente borrada de mis agendas, como una prevención visual para mi mareo, como una terapia auditiva para mis tímpanos. De vez en cuando, sin embargo, uno se deja caer en la trampa, y mordisquea el veneno de los canales de pago a ver si regresan las sensaciones de los tiempos mozos, de cuando las explosiones y los mamporros eran motivo de exaltación y gozo, y no esas torturas que ahora me levantan la cefalea. No soy de los puristas que reniegan de las modernidades porque el guión sea flojo, o porque los personajes se pasen la rectitud ética por el forro. A mí, provinciano por naturaleza, amoral por convicción, estas sutilezas me importan poco si el artificio me deja hipnotizado como un mono. Yo me quejo de la cacofonía, del montaje disparatado, de los efectos generados por ordenador que rebasan con mucho la memoria RAM de este pobre cerebro, un cacharro ya obsoleto que ni los médicos se atreven a reparar, no sea que toquen un cable y acaben por joderlo del todo.




            Llámenlo intuición, o potra, o rabillo del ojo que leyó una crítica positiva por casualidad, pero en su último viaje, el barco pirata me dejó en el ordenador una copia cojonuda de Mad Max: Furia en la carretera, un archivo con muchos gigas que pedía a gritos estrenar el USB incorporado de mi nuevo televisor. No les mentiré si les digo que la presencia de Charlize Theron pintada para la batalla también me seducía lo suyo. Y es que tiran más dos tetas –aunque sean como las suyas, tan bonitas pero livianas- que cien carretas futuristas surcando los desiertos australianos. Apagué las luces, aposenté el culo y le di al play. Dos horas después estaba de regreso en Invernalia, pero es como si hubieran transcurrido dos días, o dos años, porque las películas que te cogen por los huevos desde el primer fotograma no pasan en un suspiro, sino que te llevan a otra realidad muy densa y vívida, y al descubrirte de nuevo en el sofá es como si volvieras de un largo viaje, y sintieras cierta extrañeza y pesadez.




               Mad Max: Furia en la carretera es la hostia. No se me ocurre más alta literatura que ésa. La hostia. Dos horas de locura absoluta en el futuro arenoso de la humanidad. Un guión mínimo para un espectáculo grandioso, de ponerte unas palomitas a la vera y quedarte con la primera a medio camino de la boca, así todo el metraje, congelado en la misma foto del tontaina. Cuando no es un topetazo de los bólidos es la belleza felina de Charlize Theron; cuando no es un trastornado que se inmola sobre el camión es la hermosura divina de esas top models (sic) que huyen de la Ciudadela. El que caso es que no hay tiempo para comerse la palomita, ni para pensar en otra cosa que no sea la persecución y la huida, y uno, primitivo como el que más, atrapado en esa suspensión del estado reflexivo, en esa idiotez que provocan el ritmo frenético y el paisaje de pesadilla, ha reencontrado el viejo nirvana de la adolescencia. Al fin.




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Bad Boys

Mucho se está hablando sobre la edad de oro de la televisión, con los grandes folletines sucediéndose en una espiral creativa que parece no tener fin. Una ristra de “series que no te puedes perder” que nos está dejando exhaustos a los aborregados del televisor. No sé si la próxima generación vivirá peor que sus padres, pero sí es cierto que desde hace unos cuantos años, desde que se estrenaron Los Soprano y A dos metros bajo tierra, cierto tipo de progenitores tenemos a los críos un poco abandonados, como faltos de afecto y consejo, cocinando al microondas y diciéndoles que sí a todo lo que piden con tal de no perder un minuto, todo el día apoltronados en los sofás, programando vídeos, consultando guías, opinando en los foros. Una catástrofe social que todavía no ha sido abordada como se merece en las revistas de verano, antes de que empiecen los asuntos serios de la política y la liga de fútbol.



          Por el contrario, se está hablando muy poco de la otra gran edad de oro, la de los documentales. En las películas, por muy buenas que sean, los “creadores” siempre acaban desbarrando un poquito, saliéndose del tema principal para alumbrar tramas que nos traían un poco sin cuidado. Al fin y al cabo, todo el mundo se pone detrás de la cámara o delante del folio en blanco para hablar de su libro, y su libro rara vez nos interesa de un modo absoluto. Los buenos documentales, en cambio, y hablo de esos que ahora duran tanto como una película, con su hora y media de entrevistas e imágenes de archivo, son una maravilla de ingeniería narrativa que no pierden un segundo en tonterías accesorias. Carecen, obviamente, de la poesía de la ficción, pero a cambio te aclaran las ideas, o te refrescan el recuerdo, o te enseñan algo novedoso e insospechado.



         Bad Boys, que es una obra maestra del género -sobre todo si te interesa el mundo del baloncesto, porque si no vas jodido- nos cuenta el auge y caída de los Detroit Pistons, el equipo marrullero y poco estiloso que ganó el título de la NBA en los años 89 y 90. Una pandilla de buenos jugadores, ninguno excepcional si exceptuamos a Isiah Thomas, que allí encontraron una hermandad más que un equipo. Tipos duros, chulescos, resabiados, que desperdigados por otras franquicias jamás habrían pasado a la historia, pero que combatiendo en la misma legión alcanzaron el rendimiento máximo, y la gloria de los títulos. Un documental mejor estructurado que muchas películas laureadas de la actualidad. Bad Boys resume en hora y media lo más sustancial de casi diez años de convivencia, de victorias y derrotas, de amistades y enfrentamientos. Una labor de síntesis que muchos cineastas ya quisieran para sí. Y todo ello sin abrumar, sin abrasar a datos, apoyados siempre en las viejas imágenes y en las entrevistas sin pelos en la lengua. Qué hijos de puta, eran los Bad Boys, pero cuánto llegan a emocionarte, ahora que van para viejunos y rememoran sus batallitas. 


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Justi&Cia

Uno, que lleva dentro a un Che Guevara que jamás encontró el valor ni la oportunidad de tirarse al monte, agradece la mala hostia vengativa que van dejando Justi y su compinche Cia por la geografía española, como unos modernos Don Quijote y Sancho Panza a lomos de la Carboneta. Y además son de León, coño, o al menos trabajaban en las minas de León, antes de que la política energética y el latrocinio empresarial cerrara los negocios. Y uno, que es del terruño, y que simpatiza con su causa, lo pone todo de su parte desde el primer fotograma, que es una panorámica de la ciudad con la Pulchra Leonina recortada sobre el cielo. Que uno será ateo, coño, pero la Catedral es muy bonica, y de algo hay que presumir cuando se conversa con otros provincianos de la península.



       Justi&Cia es una película necesaria porque alguien tenía que poner en celuloide, o en digital, esta fantasía delictiva que otros sólo soñamos en lo más crudo de los telediarios, o en lo más encarnizado de las tertulias, cuando hablamos de hacer justicia verdadera, y no paripé carcelario, con los corruptos que se escapan de rositas. Justi y Cia, con sus mordazas, sus cintas aislantes, sus pollas de goma, se encargan de sublimar nuestra agresividad durante un ratico después de comer, y eso sirve de terapia para nuestra buena salud de ciudadanos. Pero Justi&Cia, con ser necesaria, no es suficiente. Como divertimento revolucionario te hace levantar el puño casi sin querer, como el doctor Strangelove, pero como película deja de interesar a la media hora. Demasiadas arritmias, demasiadas lagunas, demasiadas preguntas en el aire. Con otra película uno hubiera desistido del empeño, y se hubiera puesto a zapear por los canales deportivos, o a juguetear con el teléfono móvil, pero Justi y Cia, los Batman y Robin de León, se merecían el apoyo moral de nuestra mirada. Y Álex Angulo, el homenaje.




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True Detective II

En mi nuevo televisor Full HD de 43 pulgadas, el rostro angelical de Rachel McAdams, otrora armonioso y delicado, se ha descubierto, para mi horror, lleno de lunares. No esas pecas graciosas y traviesas que a veces lucen las anglosajonas, sino excrecencias carnosas, verruguiles, que colonizan como cagaditas de oveja su cuello y sus mejillas. Hay un lunar, en concreto, en el párpado de su ojo derecho, que me ha traído a mal traer durante los ocho capítulos de True Detective. No sé si en las otras películas de Rachel McAdams el lunar ya estaba ahí, maquillado por las profesionales o disimulado por la pobre resolución de mi anterior aparato, pero en esta serie ha sido una mosca cojonera que se posaba en el televisor pero por dentro, inalcanzable a los manotazos o las golpes de zapatilla. Tal vez sea un lunar de atrezzo, colocado ahí con la artística pero poco honorable intención de afear a Rachel, para que nos la creamos mejor en su papel de mujer policía perseguida por su pasado. Un lunar que tendría el poder mágico de volverla humana, terrenal, como una señora más que pega sus cuatro tiros en el trabajo y luego baja a comprar yogures al supermercado.



       Esta mancilla nos la habría traído muy floja si True Detective II hubiera sido tan entretenida como su antecesora. Es verdad que en la primera entrega disfrutamos los pechos ingrávidos de Alexandra Daddario, y la nariz respingona de Michelle Monaghan, pero estas bellezas carnosas eran como guindas de un pastel ya sabrosísimo, como propinas sexuales que el guionista regalaba a los homínidos más simplones de los sofás. True Detective no necesitó de un gancho sexual para dejarnos los ojos como platos, y los oídos como aberturas de un gramófono. Pero ay: en este esqueje putativo uno se aburre con mucha frecuencia, mareado en diálogos de una trascendencia shakesperiana, confuso en una trama de raíces inaprensibles, desnortado en un enredo de detectives que antes eran dos y peculiares, y ahora son ciento y sacados del molde de los arquetipos. True Detective II ha sido una decepción policial que demandaba el solaz de una belleza femenina donde reposar la mirada, donde repostar la imaginación, donde hacernos los suecos con los diálogos imposibles y volvernos latinos con los requiebros del amor. Pero Rachel, con su cagada de mosca estampada en pleno párpado, no estaba para estos menesteres. Menos mal que de vez en cuando, aunque su personaje fuera bastante plomizo y previsible, estaba ahí Kelly Reilly para lucir su cabello pelirrojo, su rostro de pantera, su escote profundísimo de abismos inconfesables, decorado, esta vez sí, por miles de pecas que hacían las veces de asideros donde sujetarnos a la realidad, y no caer como dementes al abismo de la turgencia. 


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Citizenfour





Fahrenheit 9/11sólo fue la primera película, la cinta inaugural de este ciclo terrorífico que va para diez años y no tiene pinta de terminar. Desde que mi hermano Michael Moore, el más gordito de la saga, nos dejara la imagen más espeluznante que hemos visto en lo que va de siglo (el presidente Bush haciendo como que leía La Cabra Mascota), cada año, en los canales de pago, y no en las cadenas generalistas, nos encontramos con un nuevo documental que viene a recordarnos la triste verdad de nuestro tiempo. Que la democracia, que dicen que es el menor de los males, no es más que una farsa. El sedante que nos ponen en el vaso de leche antes de ir a dormir, para que soñemos con que nuestra civilización es la mejor del mundo, y que el hecho de que unos cuantos privilegiados roben a mansalva o actúen fuera de la ley no empaña los grandes logros de nuestro sistema ganado al fascismo y al comunismo y bla, bla, bla.



Fahrenheit 9/11, y antes que ella JFK, nos dieron un puñetazo en la cara para despertarnos de nuestro Matrix contemporáneo. Para entender que por encima de los parlamentos y los senados, los presidentes y los monarcas, existe un poder inalcanzable y omnímodo que dicta la marcha del mundo. La económica, por supuesto, y luego la militar, siempre a su servicio. Los representantes democráticamente elegidossólo son monigotes que se pliegan a los dictados del verdadero mandamás. Tipos con mucha jeta, o con mucho carisma, que conocen el doble juego de la realidad pero no se inmutan cuando mienten en los mítines, o en las entrevistas de la televisión. Caraduras que saben de su papel mínimo, secundario, prácticamente irrelevante. Marionetas que siempre llevan una mano metida por el culo y hablan con la voz  muy poco disimulada de su amo.



La película de terror de este año se titula Citizenfour, que es el seudónimo que usaba Edward Snowden en sus primeros contactos con la prensa. Aquí no voy a contarles la historia de nuevo. Presupongo que mis lectores, que son cuatro gatos muy escogidos de los callejones, son gente informada y leída, y que este blog sólo es el entretenimiento que separa sus lecturas sesudas de sus reflexiones enjundiosas. Citizenfour es un documental en marcha, y ustedes pueden seguirlo casi cada día en nuestra prensa libre. Sólo diré que no se dejen engañar por los entusiasmos de la crítica. Lo que cuenta Citizenfour, faltaría más, es una trama del máximo interés, pero el cómo se cuenta es harina de otro costal. La cosa pinta bien al principio, con Snowden en su hotel de Hong Kong y los periodistas asistiendo a sus revelaciones con la mandíbula inferior tocando el suelo. Pero luego Snowden se pone en plan informático, que si Linux, que si MSDOS, que si placa base, y la directora de la función, en lugar de cortar estas turras en la sala de montaje, deja que el tío desbarre hasta que uno se queda frito. Muchos minutos después, al despertar, Citizenfour seguía allí, más o menos en la misma onda, y uno, que sigue el documento por deber de ciudadano concienciado, empieza a sentir aguijones de antipatía por este héroe de nuestro tiempo. Es que no calla, el jodío, y la seño, en vez de poner orden en la clase de informática, no hace más que pintarse las uñas y enviar mensajes a su novio por el móvil.


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Calabria, mafia del sur

Calabria es una película italiana que trata sobre los mafiosos de verdad. No los de Chicago con los borsalinos, ni los de Atlantic City con el whisky, ni los de Nueva Jersey con las basuras. Que también son mafiosos, no lo niego, tan psicópatas y tan irascibles como cualquier matón que se precie, pero que ya tienen una pátina de americanos bien lavados y afeitados, con buenos trajes y colonia cara que les regala su operadísima mujer de grandes tetas. La mafia que protagoniza Calabria es muy parecida a la que tuvo que abandonar Vito Andolini en las alforjas de un burro, allá en su pueblo siciliano de Corleone. Ha pasado más de un siglo entre una ficción y la otra, pero la mafia fetén sigue funcionando con gentes parecidas, aunque ahora se muevan en todoterrenos y se comuniquen con teléfonos móviles. Siguen siendo los mismos tipos cejijuntos y cetrinos, malencarados y vengativos, que viven colgados de los montes donde triscan las cabras y se despeñan los tomates, y que siguen disparándose con las luparas por asuntos de lindes o de burlas al honor. Son los mismos Giuseppes con boina que viven casados con las mismas Francescas de luto, mujeres ajadas, gritonas, de tetas caídas y mil medallas de la Virgen enredadas al cuello.




           Estos mafiosos que se quedaron en Calabria a cuidar del terruño no tienen nada que ver con sus primos americanos, ni con sus hermanos de Milán, que se dedican al trapicheo de drogas o a la doma de prostitutas, y que cuando regresan al pueblo por vacaciones lo hacen en cochazos impolutos. Los calabreses sedentarios, al lado de la despensa donde guardan el vino peleón y el queso de cabra, guardan los tarros de las esencias, que abren con disimulo para perfumar el ambiente cuando llegan las visitas, para recordarles que podrán vivir muy lejos, en Nueva York, o en Carajistán, pero que jamás dejarán de ser unos calabreses que se toman la justicia por su mano, hacen favores con altos intereses a los compinches, y luego se lo cuentan todo al cura en sagrada confesión, para seguir matando con el alma ya limpia de remordimientos. 


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Lo que queda del día

En el estreno de Reservoir Dogs en el festival de Sundance, allá por 1992, un periodista le preguntó a Quentin Tarantino:
- ¿Cómo justificas toda la violencia que contiene esta película?
El director respondió:
- No sé a usted, pero a mí me encantan las películas violentas. Lo que me resulta ofensivo es esa mierda de Ivory y Merchant.


     Y lo cierto es que el bueno de Quentin, siempre exagerado y pasional, no andaba muy desencaminado. No diré yo que era precisamente mierda lo que producía el dúo Ivory-Merchant por esas fechas -que en realidad era un trío, si sumamos a la guionista Ruth Prawer- pero sí que rodaban películas afectadas, amaneradas, con tramas parsimoniosas de caballeros y damiselas que hablaban como salidos de un novelón decimonónico. Una habitación con vistas tenía su punto, y en Regreso a Howard’s End no llegabas a dormirte del todo, pero lo demás era, ciertamente, muy aburrido y tostonero.




        Pero justo un año después de que nuestro amigo Quentin abriera la bocaza, el trío de marras parió una peliculón titulado Lo que queda del día. Ellos no iban a hacer una película de mafiosos pegándose tiros, ni de psicópatas analizando el mensaje oculto de Like a Virgin, pero a su modo estiloso y británico también iban a dejar a la audiencia con el corazón en un puño, con esta historia de amor imposible entre el mayordomo cuadriculado y el ama de llaves retraída. Una obra maestra de los romances insatisfechos que no ha perdido ni un ápice de dolor, de desgarramiento, de llanto vertido en los dormitorios solitarios de la gran mansión de Darlington Hall. Habría que ser un Tarantino muy pétreo y muy recalcitrante para no sentir el drama incomunicativo de estos dos personajes condenados a la soledad. No cabía mejor estreno para este nuevo televisor HD la hostia y no sé cuántas cosas más que he instalado en mi salón. El mejor amigo del hombre, después del perro.. Y no es que Lo que queda del día parezca mejor vista así, en alta definición, pero sí es cierto que uno adivina lágrimas antes ocultas, arrugas antes ensombrecidas, y que delatados por el ejército infinito de los píxeles, Anthony Hopkins y Emma Thompson todavía parecen más grandes de lo que ya eran. 




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El marido de la peluquera

La vida matrimonial, a partir de los cuarenta años, en los amores deslucidos de la gente corriente, es un largo desierto con oasis sexuales muy distantes entre sí. Los hombres más impacientes curan su sed en los espejismos de los prostíbulos, o de los affaires del aquí te pillo, episodios que sólo elevan la temperatura ambiental e incrementan la sensación de sed. Los maridos menos hormonados -que son, de rebote, y no por conciencia, los más fieles y pusilánimes- aguantan como pueden el reseco chaparrón, y se refugian en los sueños eróticos de la gran pantalla, o en el voyerismo de la vecina del cuarto, inalcanzable y guapísima en su espléndida madurez. Y quedan, también, como gotas de agua que a veces escapan de las nubes, como perlas de rocío que en las madrugadas perseveran sobre la arena, las peluqueras. A veces pasan las semanas, y los meses, y ellas, desde el recato más aséptico y profesional, son el único contacto sensual que ameniza la larga hambruna de las alcobas. Las únicas mujeres que por exigencias del guión acarician el cabello, rozan la nuca, colocan su pecho muy cerca de la piel requemada.





            Ignoro si la vida sexual de Patrice Leconte, que por entonces ya había pasado la barrera de los cuarenta años, sufría estas travesías del desierto cuando rodó El marido de la peluquera, su obra maestra incontestable. Si no fue él, desde luego, fue un buen amigo quien le puso sobre la pista de esta sensualidad atrapada en las peluquerías de caballeros, regentadas por mujeres que sin pretenderlo son en sí mismas un bálsamo, un perfume, una invitación a cerrar los ojos y dejarse llevar. El marido de la peluquera es un sueño erótico hecho realidad: el que tuvo Antoine a los doce años, sabedor visionario de que sólo casado con una peluquera encontraría la paz de la vida sencilla, y de la armonía sexual. Por qué vagar por el mundo incierto de las mujeres y no acudir, directamente, al refugio de tanto rechazo y tanto quebranto.  Por qué volar de flor en flor, de espina en espina, y no pedirle matrimonio a Mathilde, para que nos deje vivir allí, en el propio establecimiento, sin más mundo que su visión, sin más experiencia que sus manos, sin más amistades que los clientes que llegan y rápidamente se van.



            Uno, por azares de la residencia, también confía sus cabellos a las peluqueras del pueblo, y siempre se acuerda de esta película en tales tesituras, y sólo la vergüenza le impide a uno levantarse del sillón para bailar música árabe como un demente. Mis peluqueras no son como Mathilde, ni hablan francés, ni tienen su mirada melancólica ni sus afanes de suicidio, pero son agradables y eficientes, y la experiencia, sin llegar a ser sensual, es grata y placentera. A uno, como Antoine, también le gusta el trato con las peluqueras, pero puestos a escoger, como cantaba Joan Manuel Serrat, prefiero las fisioterapeutas. El marido de la fisioterapeuta, sería la película de mi vida, mi sueño erótico hecho realidad. Vivir con ella, en la consulta, sin más universo que su trabajo, sin más contacto que sus masajes, sin más seres humanos que los clientes que ella tocaría sin amor.


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Viaje a Sils Maria

En Sils-Maria, en los Alpes Suizos, curaba el filósofo Friedrich Nietzsche sus dolores de cabeza y sus ataques de melancolía. “A dos mil metros por encima del mar, y de los seres humanos”, se sentía el asesino de Dios, el heraldo del Superhombre, muy cerca de la otra montaña donde Heidi y Pedro correteaban por las laderas. Más de cien años después, en el mundo ficticio de las películas, llega a Sils-Maria una actriz de renombre que atraviesa la crisis de los cincuenta años, y de las cincuenta arrugas. Le han ofrecido un papel de señora mayor en una importante obra teatral, y ella, Maria Enders, a la que encarna la musa inspiradora de estos escritos, Juliette Binoche, duda en aceptar. Estaría bien, sí, por el prestigio, y por las pelas, y porque la obra está escrita por quien fuera su mentor en la juventud, ya fallecido. Pero su compañera de reparto –que en la obra es su ayudante, su secretaria, su amante en la cama- será una chica veinte o treinta años menor, y eso dejará a la Enders en evidencia para siempre. La “gran dama” del teatro, la “veterana” de las tablas, la mujer viejuna que en el cine, cuando lleguen las ofertas de Hollywood, ya sólo hará de madre bondadosa o de suegra brujeril.






           Incapaz de conducir un coche o de hacer una llamada telefónica, Maria se refugiará en las montañas con su ayudante personal, una chiquina eficiente y solícita a la que da vida –qué digo vida, luz- Kristen Stewart, esta actriz a la que amé mucho antes de que la abdujeran los vampiros, y que ahora vuelvo a reencontrar por las esquinas de mi cinefilia, señal de que las cosas le van muy bien,  y de que su belleza –turbadora para quien esto escribe, con la boca más sensual que figurara en los bocetos de Dios- no es incompatible con su talento. Valentine, el personaje de Kristen, además de las labores propias de su contrato, servirá de sparring a la Binoche en la lectura del texto, creándose así una situación muy parecida a la del propio escrito, un juego de espejos muy intelectual y muy simbólico que terminará siendo una película francesa a las finas hierbas, para cinéfilos muy exigentes y paladares muy trillados. Uno, desde su cinefilia provinciana, al ver que la enjundia dramática se le va escurriendo entre los dedos como la niebla de los valles, se dedicará a contemplar el paisaje de Sils-Maria, que es de una belleza sobrecogedora –como la que embargaba a Luis Bárcenas en la cercana estación de esquí- y también, claro está, a contemplar la belleza de estas dos actrices que tantos sonetos inacabados me siguen inspirando. Demasiado mayor para mí, la señora Juliette; demasiado joven, ay, la señorita Kristen. Mi deseo por ellas ya nace ficticio y juguetón, inofensivo y nada eréctil, y se dedica, como Maria Enders, a reflexionar sobre los estragos de la edad, a recordar con melancolía los vigores y rasgos de la juventud perdida, que la verdad sea dicha, en el caso de este escribano, tampoco merecen un gran rapto de nostalgia.




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Madre e hijo

Para los ricos, lo mismo en Rumanía que en España, los policías son unos Vigilantes del Muro que los defienden de los pobres, de los desharrapados, de los perroflautas que aún sueñan con el comunismo que expropiará las piscinas y los chalets, los yates y los coches deportivos, y los repartirá por piezas entre la plebe sublevada. La policía, básicamente, está para repartir hostias a los manifestantes, proteger al señor cura en la Semana Santa y meter en chirona a los que venden marihuana en los garitos. El problema es que a veces, por afán de notoriedad, por dar de comer al periodismo amarillo – o porque los rojos han conseguido infiltrar a un hijo de quienes perdieron la Guerra Civil-, la policía la toma con los ricos por un quítame allá esas pajas. En vez de perseguir al mal verdadero que acecha en cada balcón que exhibe la bandera republicana, la pasma muerde la mano que le da de comer y se pone a investigar cuentas millonarias en Suiza, o calca multas por matar a ciervos de Podemos fuera de temporada, o detiene a ancianas venerables por aparcar indebidamente en un carril bus del centro de Madrid. O enchirona, por ejemplo, como sucede en esta película rumana Madre e hijo, a un pijo de Bucarest que yendo a toda hostia por la carretera -como iban Los Ilegales- atropella al hijo de una familia medio gitana y pobretona que vive en los arrabales.





                La madre del encausado se llama Cornelia, y eso ya anuncia una tragedia romana de mucho dramatismo y mucho clasicismo, con el viejo argumento de la madre castradora, el hijo apijotado y la nuera que trata de malmeterlo contra la suegra. Dos mil años nos contemplan, y lo que te rondaré morena. Cornelia pertenece a la burguesía más selecta de Bucarest, ésa que cambió el comunismo por el esclavismo empresarial en un abrir y cerrar de ojos, y no va a consentir que dos policías de mierda se equivoquen tan gravemente de víctima. Aquí el delincuente no es su hijo por haber matado al chaval lanzándolo treinta metros más allá del lugar del impacto, sino el chaval mismo, quien cruzando por donde no debía destrozó la carrocería del buga que es fruto del trabajo y de la honradez y del espíritu emprendedor. Sempiterna en su abrigo de pieles y en su joyería de oro, que al parecer no se quita ni para dormir, la señora Cornelia llamará uno por uno a los altos gerifaltes de la administración para que hagan justicia en este caso, y la policía vuelva al orden, y la familia del muerto al respeto, y Rumanía regrese al neofeudalismo que a ella la ha hecho inmensamente rica y a los demás -por vagos, por ineptos, por piojosos- muy pobres.


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Mallrats

Shannen Doherty me pareció durante años la mujer más bella del mundo. Y eso que yo no la veía, sino que más bien la acechaba, en Sensación de vivir, una serie proscrita por mi religión de la que jamás llegué a ver cinco minutos seguidos, no fuera a convertirme en estatua de sal, o en antorcha de fuego. Aquella serie les gustaba mucho a las chicas, y a los idiotas del culo, y con estos antecedentes uno la rehuía como quien se encontrara al mismísimo diablo. Pero a veces, porque la vida doméstica de los pobres es estrecha y comunitaria, uno pasaba por el salón a buscar un libro, o a curiosear el panorama, y justo en ese momento aparecía Brenda, la hermana de Brandon, diciendo no sé qué paridas de los ricos en California, que si el golf o que si el yate, y yo me quedaba gilipollas perdido, admirando ese contraste divino entre su cabello y su piel, la noche y el día, la tiniebla y la luz. Y sus labios repintados de rojo, y su cabello a la moda de los noventa, y sus ojos, claro, que chisporroteaban sexualidad, o eso me imaginaba yo, porque la actriz era más bien limitada e inexpresiva. Las cosas del amor, que no sólo es ciego, sino que además imagina cosas. Yo me quedaba allí, alelado, enamorado de Brenda que era Shannen, hasta que mi madre o mi hermana empezaban a mirarme sorprendidas, qué hará aquí este gilipollas, curioseando, disimulando, y yo, a punto de azorarme como un tomate, a punto de ser partido en dos por un rayo de mi dios, me iba de allí con la intención de volver la semana siguiente, a ver si Shannen que era Brenda salía un poco más destapada, o besuqueándose con un maromo al que yo pudiera poner mi cara y mi deseo.



           La primera vez que tuve a Shannen Doherty toda para mí fue en Mallrats, la comedia de Kevin Smith que hoy me tocaba revisitar, porque estoy melancólico de la juventud perdida, y atontado por los calores que no cesan, y me pongo a elegir películas para probarme a mí mismo, a ver si me sigo riendo con los chistes, o me sigo excitando con las chavalas de entonces. Y he decir que sí, que sigo tal cual, para lo bueno y para lo malo. La madurez vino un día que yo estaba en el trabajo, o en el fútbol, y ya nunca volvió a llamar a mi puerta. Hace veinte años, en aquella sala de cine que recuerdo veraniega y vacía, tuvimos Shannen y yo nuestras primeras palabras, nuestros primeros acercamientos ya sin testigos y sin vergüenzas. Shannen era basura de la televisión, pero en la gran pantalla se le perdonaban todos los pecados, y era ungida como actriz digna de una pasión torrencial. Y Mallrats empezaba cojonudamente, con la Doherty en la cama, en discusión postcoital, y uno la amó más que nunca durante esos minutos de bronca con su novio, que era un gilipollas de tomo y lomo que no se la merecía, hasta que la película se fue en busca de otros personajes y apareció Claire Forlani, también discutiendo con su novio, otro imbécil de tres al cuarto que se merecía un par de hostias y tres pescozones, y todo mi amor por Shannen Doherty se evaporó como si nunca hubiese existido, porque era ella, Claire, con aquellos rasgos de gata y aquella boca de gominola, la mujer de mi vida, tan guapa que parecía de mentira. Tan hermosa que ya todo en mí era sensación de vivir, y Sensación de vivir ya no era nada en mis adentros, o algo parecido, que dijo Santa Teresa de Jesús.


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Persiguiendo a Amy

Alyssa es una anglosajona canónica de cabellos rubios, nariz respingona y labios carnosos. En sus ojos azules, algo achinados, brillan los destellos del mar del Norte donde sus antepasados botaron los barcos que condujeron hasta ella. Alyssa es una chica liberal y moderna que se gana la vida dibujando cómics. Es simpática, habladora, aguda en sus opiniones. La mujer perfecta para cualquier hombre sin pitopausia, y perfecta, por tanto, para Holden McNeil, otro dibujante de cómics que buscando el amor de su vida la encontró a ella. Alyssa, además, en el colmo de las bendiciones femeninas, es una lesbiana de vida sexual muy activa y guerrillera, y eso, lejos de poner freno al deseo de Holden, lo acelera de cero a cien en muy pocos segundos, como un burro de carreras espoleado en los ijares.



            Este es el punto de partida de Persiguiendo a Amy, una de las comedias románticas que Kevin Smith rodó en sus tiempos de juventud, de cuando hacía películas cachondas con los amiguetes y se reía de los puritanos y los católicos, y no como ahora, que rueda películas de madurez y le salen unas cosas entretenidas pero muy raras que luego hay que desentrañar en los foros de internet. Kevin Smith, cuando se ponía el traje de Bob el silencioso y salía con su amigo Jay a vender marihuana por los videoclubs y los centros comerciales, era el tipo que nos regalaba comedias deslenguadas como ésta, deslenguadas por lo verbal, y por lo genital, de diálogos marranos que casi veinte años después todavía nos hacen de reír a los cuarentones. Los que nos descojonamos con las paridas de Pepe Colubi en Ilustres Ignorantes somos el target comercial de estas películas ya casi antiguas, ya casi clásicas, que de vez en cuando apetece rescatar para corroborar, una vez más, que seguimos siendo los mismos chavales de siempre, inmaduros que no hemos salido del caca, culo, pedo y pis. Y lo que nos reímos, eso sí. 


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Juego de Tronos. Reflexiones en la línea de meta 3

¿Por qué se afanan las casas en obtener el Trono de Hierro si donde están las riquezas, los lujos, las grandes ciudades, es en el continente de Essos, al otro lado del mar? Los occidentales son sucios, toscos, atrasados en los tecnológico; los orientales, por contra, como ocurría en nuestra Edad Media, parecen más civilizados, más limpios, más avanzados en cualquier orden del progreso. Hasta los ejércitos parecen más numerosos y solventes, más disciplinados y mortíferos. Si una legión de Inmaculados o una horda de Dothrakis desembarcara en King's Landing, la serie se terminaría en capítulo y medio. Será por eso que los guionistas no paran de enredar con el tema cansino de la esclavitud y las ciudades libres, las tradiciones y los reñideros. Como se hagan a la mar, la jodimos, tía Paca. Hasta la propia Daenerys, que ya se ha encontrado en el espejo alguna cana pintada de negro, cansada de la inoperancia y la inacción, se ha pirado con el dragón -uy, perdón- a respirar el aire puro de los paisajes sin civilización.  



    El mismo Tywin Lannister confesaba que la economía occidental colapsaría sin el apoyo financiero de la ciudad de Braavos, como sucedería en nuestro mundo, sin ir más lejos, si los chinos cerraran la banca y volvieran a los arrozales y a la caligrafía. ¿Por qué no, pues, cruzar el mar Angosto y llevar al otro lado las luchas dinásticas? Lannisters y Baratheons, Boltons y Starks, Tullys y Tyrelles, en feliz crucero por los fiordos de Essos, hermanados en la fiesta y en el folleteo antes de volver a empuñar las espadas y los venenos. Y que el occidente entero se lo quede Ramsay Bolton, ese personaje insufrible, ese actor desesperante, a desollar conejos y a pasear con correa a su siervo Theon Greyjoy, el Hediondo, otro personaje irritante, otra gilipollez supina que no nació del cerebro de George R. R. Martin, sino directamente de su boina grasienta, una tarde de siesta después de la sangría.


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Juego de Tronos. Reflexiones en la línea de meta 2

Menos mal que después de la primera temporada de Juego de Tronos, llevado por el entusiasmo de haber encontrado una familia donde ser adoptado como legítimo bastardo, no fui, finalmente, al Registro Civil, a cambiarme estos dos apellidos sin lustre y sin futuro, Rodríguez y Martínez, por el mucho más lustroso y promisorio de Stark, como hizo Homer Simpson cuando renegó de sus ancestros para rebautizarse como Max Power y entrar así, aunque fuera un paso efímero, en el mundo de la aclamación artística y del acercamiento de las gachíes. Stark tiene la fonética impetuosa de lo anglosajón, la brevedad eficiente de los bárbaros, la grandiosidad honorable de los Guardianes del Norte, ese Norte de la ficción que tanto se parece al Norte ya reseco de mi infancia, donde antes del cambio climático siempre hacía frío, y nevaba, y uno paseaba protegido por un manto amoroso de nubes. Aunque el primo de Rajoy grazne como un cuervo de un solo ojo.




           Hace un mes escaso que quise ser un Stark, sí, Álvaro Stark, que suena cojonudamente si me lo permiten, como Watling, Leonor Watling, que además de ser una mujer bellísima también suena como una mujer sin par, medio de Madrid y medio de Inglaterra, como yo iba a ser medio de León y medio de Invernalia. Pero me pudo la pereza del sofá, el ridículo presentido ante el funcionario, y fui aplazando mi apostasía hasta que la Boda Roja me puso sobre alerta. Quizá no era tan buena idea, después de todo, apellidarse Stark, una genealogía que de pronto parecía maldita, marchita, barrida por los gélidos vientos del Invierno que llegaba. Tal vez me atropellara un coche al salir del Registro Civil, o un loco me acuchillara en mitad de la acera. Siendo un Rodríguez Martínez sin abolengo y sin alcurnia iba a vivir mucho peor, pero mucho más tranquilo y seguro, eso fijo.


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Juego de Tronos. Reflexiones en la línea de meta 1

Un mes y medio he tardado en ver las cinco temporadas completas de Juego de Tronos. Cuatro en compras legales y carísimas; la quinta, la última, que todavía no está disponible en los Grandes Almacenes, en una razzia bucanera que mi loca impaciencia lanzó a la mar. Me cansé, finalmente, de que las amistades se cansaran de mí, por no poder hablar abiertamente de los muertos y los vivos, de las teorías y los chismes. Mientras yo permanecía en la barra del bar o en la mesa de la terraza, ellos, los amigos, mordiéndose la lengua, cagándose en mi presencia, callaban los altos secretos de George R. R. Martin y los guionistas, y se conjuraban con señas para citarse después, en un local clandestino, donde los cretinos que iban retrasados con los capítulos y siempre chistaban al oír un amago de spoiler no pudieran encontrarlos. Ahora, gracias a la delincuencia de los piratas, ya vivo en paz con mis semejantes, y me siento depositario de los arcanos, y opinante con criterio de la situación convulsa en los Siete Reinos.



                 Ahora que los políticos patrios andan de vacaciones, y que en las tertulias de la tele sólo se desgañitan los becarios y los meritorios -qué buenas están, por cierto, todas las Lannisters del PP- el tema candente de la actualidad política es sin duda el Trono de Hierro, con su inestabilidad dinástica, su dependencia financiera, su concordato firmado con el Gorrión Supremo. Los Siete Reinos están viviendo su propia Transición, y Victoria Pregus, de los Pregus de toda la vida, casa pobretona pero señorial en las cercanías de Altojardín, ya va por el quinto volumen polvoriento escrito a pluma. Ella es muy de los Borbons, gran familia nobiliaria que aún no han salido en la serie, pero que promete grandes tragedias y grandes risas en la próxima temporada. Tienen como enseña un mentón protuberante, y como lema "la campechanía en la agonía".


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Jimmy's Hall

Irlanda, años 30. James Gralton es un comunista peligroso que acaba de regresar de su exilio en Nueva York. Allí ha participado en varias movidas sindicalistas, en varias protestas de trabajadores explotados, pero los años, y el cansancio, y la derrota continua del izquierdismo militante, han ido minando sus energías. Ahora, de vuelta en la verde Erín, sólo quiere dedicarse a su granja, a sus amigos, a disfrutar de las pequeñas cosas. Tal vez, como Sean Thornton en El hombre tranquilo, casarse con una pelirroja de fuegos uterinos y vivir felices en una cabaña algo alejada de la aldea, donde no lleguen los gritos nocturnos de pasión.



            El problema de James Gralton, Jimmy para los amigos, es que su amada es más rubia que otra cosa, no tiene ni punto de comparación con Maureen O’Hara y además, porque la espera se le hizo larga y tediosa, ya vive casada con un mostrenco del terruño. Sin casa de putas donde desfogar su libido, porque la aldea vive bajo la puntillosa vigilancia de su señor cura y de su señor fascista –que disfrutan de incógnito las prostitutas de Belfast-, Jimmy, cumpliendo la sublimación de los instintos que enseñara Sigmund Freud, volverá a las andadas del comunismo. Por las mañanas, antes de desayunar, recibirá al demonio en sus aposentos; más tarde, con el primer picor de huevos, violará a dos monjas que pasaban por allí; después de comer quemará una iglesia y un convento para no perder la práctica revolucionaria; y al final del día, después de haber cumplido con su agenda laboral y satánica, regentará el Jimmy’s Hall que sirve de título a esta película, una especie de Institución Libre de Enseñanza donde las buenas gentes del pueblo, cansadas ya de leer las cartas de San Pablo a los Tesalonicenses y las encíclicas del Papa contra las secreciones vaginales, se juntarán a leer poesía, a discutir de filosofía, a practicar la bricomanía y el arte del bordado. Y lo más importante de todo, a bailar el jazz, esa música de “lúbricos cimbreos” que Jimmy, el muy cerdo, el muy rojo, se ha traído de Nueva York importada en una gramola.



          Esto es, grosso modo, sin desvelar spoilers que además son hechos muy reales y muy dolientes, Jimmy’s Hall, la última película de Ken Loach. Su enésima denuncia del poder de los caciques, de la represión de la Iglesia. Sus películas –hay que confesarlo- se han vuelto tediosas y previsibles, pero uno las sigue viendo porque son de sagrado cumplimiento en la agenda de cualquier ateo bolchevique. Ya sólo nosotros, y los críticos de la prensa derechista, coincidimos en las salas de cine, o en los sofás de los salones, para ver las películas del viejo guerrillero. Ellos van allí a tomar buena nota de sus rojeríos para luego ponerlo a caldo en las críticas. Luego, en la oficina de prensa del PP, les pasan un argumentario para que los artículos salgan coordinados y consecuentes, y con eso, y con las cuatro notas que tomaron en el cuaderno, ya tienen látigo verbal para volver a fustigarlo. En esta ocasión –porque ni siquiera se molestan en variar los adjetivos- todos los paniaguados llaman a Loach  “maniqueo” y “esquemático”. Como siempre, vamos. Como si creyesen que con eso le insultan, o le disminuyen. Que con eso nos ridiculizan, por simplones, o por estúpidos, a sus devotos seguidores. Qué bobos son. Aún no han comprendido que la lucha de clases es una realidad tan viva como maniquea, tan palpitante como esquemática. Como dijo Warren Buffet, el millonario especulador: “Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando”.




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