Michael Clayton

George Clooney lleva tatuada la vieja maldición de los actores guapos, en una tinta invisible que un día le inyectaron en el entrecejo mientras dormía, y a estas alturas del oficio ya nunca podrá despojarse de ella. Como cualquier obrero de los platós, Clooney ha hecho mucha basurilla, mucha película prescindible, trabajos alimenticios para pagarse la hipoteca de la mansión y tener contentas a las bellas damiselas que se trajina. Pero también ha prestado su jeto, y su expresión pensativa, a grandes películas que ahora sería muy largo recordar. Si ustedes no las saben, no deberían estar leyendo este blog, sino buscando las últimas temporadas de Gandía Shore en DVD. Sólo a los primerizos con acné -esos que han caído aquí confundiéndome con un pornógrafo, con un salidorro de edad mental parecida a la suya- podría perdonarles tamaño desconocimiento de la figura de George, el Clooney, al que mi madre, que nunca estudió inglés, y que nunca fue a un colegio de pago, llama "Clus Cluni" cuando le preguntan por un actor guapo de los tiempos modernos.




          Ni siquiera Paul Newman, al que tuvieron que conceder un Oscar ya casi por vergüenza, porque se les hacía mayor y tenían miedo de que un día se estrellara conduciendo uno de sus bólidos, vivió libre del sambenito de su belleza, de sus ojos azules, de su expresión medio triste y medio rebelde, dicho esto desde mi más estricta e indudable heterosexualidad. Son las malas gentes, los tipos gordos y calvos, imperfectos y feos, los que van propalando por ahí que los actores como Clooney no son tales, sino simples acaparadores de miradas, tíos guapos que chascan la ceja y ya tienen tu atención cautivada, enamorada si eres mujer, envidiosa si eres hombre. Que lo demás viene rodado y que cualquiera con sus genes triunfaría en Hollywood y acudiría con rubias despampanantes a las fiestas locas del show business. Y pardiez que tienen razón en muchos casos -que también sería prolijo detallar- pero no en el caso de Clooney, que en películas como Michael Clayton no necesita ser guapo para que vivamos pendientes de su actuación, pues el guión de Tony Gilroy, punzante y milimétrico, ya se encarga de abrir nuestros párpados más que los de Álex en La naranja mecánica. Un actor apuesto pero sin talento hubiera convertido Michael Clayton en una película estimable y nada más. Pero George -y lo sigo diciendo desde mi más inequívoca y militante heterosexualidad- consigue que la película vuele, cale, se haya convertido en un clásico moderno. Curioseas la lista de películas que compitieron con ella en los grandes certámenes y te da un poco la risa, ahora que la perspectiva ha difuminado los fuegos artificiales, y que el calendario ha puesto a cada uno en su sitio. A ver qué actor, guapo o feo, aguanta el tipo como George Clooney en esos títulos de crédito finales, con Michael Clayton haciendo repaso silencioso de la vida y la muerte, de los amigos y los enemigos, de las traiciones y las amistades, de lo perdido y lo que resta por ganar... 


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