Malditos Bastardos

Lo mismo en la vida real que en la ficción de las películas, hay que reconocer que el mal nos fascina, y que las malas personas nos resultan más interesantes que las personas decentes. Que nos lo digan, por ejemplo, a los seguidores de Juego de Tronos, que seguimos con fruición los diálogos de los personajes más retorcidos y psicopáticos, y bostezamos, disimuladamente, cuando un bonachón o una tontaina nos endilga su recuerdo de infancia, su aspiración de casarse por amor en el jardín de las flores. Bah.
       En esta contradicción entre la estética y la moral, entre el sentido de la rectitud y la curiosidad del antropoide, los nazis se llevan la palma de nuestra sugestión. No los nazis de ahora, que parecen orcos rapados si te los encuentras en el fútbol, frígidos comulgantes si rascas en las huestes del partido gobernante. Hablo de los nazis fetén, de los del Tercer Reich, esos que conocemos de pe a pa gracias a los documentales del canal Historia y a las películas que nos acompañan desde que nacimos. La estética de los nazis -empezando por esa bandera que hay que reconocer llamativa y resultona- tiene un poder hipnótico sobre el mismo espectador que los odia y los repudia. Sabemos de su locura, de sus fechorías, de sus crímenes sin parangón, pero mezclada con el asco y con el horror hay una curiosidad malsana, una atracción culpable por esa estética imperial que al final, tras tanto sueño de grandeza, fue su legado más longevo.



          En Malditos Bastardos, Christoph Waltz, tal vez guiado por Tarantino, tal vez sabedor de estos intríngulis, crea un personaje inolvidable que le granjeó los premios más golosos del mundillo. El coronel Hans Landa es un rastreador implacable, un ejecutor eficiente, un hijo de puta sin entrañas. Un hombre sin moral al que la guerra, por circunstancias de nacimiento, colocó en el lado de Adolf Hitler y su pandilla de trastornados. El no odia a los judíos, pero le pagan muy bien por sacarlos de sus escondites. Hans Landa es un personaje despreciable, execrable, pero el espectador de Malditos Bastardos, engañado por la magia del cine, enredado por las artes comediantes, acaba sintiendo por él algo muy parecido a la… simpatía. Y que los dioses nos perdonen. Landa es un hijoputa ocurrente, chisposo, de inteligencia pronta y acerada. Con este personaje, el dúo Tarantino-Waltz es capaz de sacarnos todas las vergüenzas al aire, y de ponernos en un brete moral de no contar a los amigos. Debemos, como seres humanos, como personas instruidas, odiar a Hans Landa, pero nuestras neuronas, más atávicas que nuestra cultura, más simplonas que nuestra educación, quedan embelesadas ante su encanto. Menos mal que sabemos que todo es ilusión, artificio, mangoneo de nuestras emociones, y que cuando termine la película y vayamos a mear, volveremos a saber que los nazis no hacían – ni siguen haciendo- ni puta la gracia.


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Kill Bill. Volumen 2

Me aburre, un poquito, Kill Bill vol. 2. He dicho un poquito, nada más. Que no empiecen a aplaudir los nostálgicos de Qué grande es el cine, ni empiecen a abuchearme los monjes guerreros de Pai Mei. Herido tal vez en su orgullo de guionista, Tarantino se marca una hora final que es toda ella conversación, soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, y no digo que no, pero veníamos de la hostia pura y dura, de la katana presta y afilada, de la marcianada cachonda de las artes marciales y los kung-fús de leyes imposibles. Y de pronto, como niños arrancados de un sueño feliz, nos sientan en un sofá para hablarnos del amor traicionado, de los sueños rotos, de los hijos que pudieron ser y no fueron. Todo muy maduro, muy adulto, de película respetable y casi francesa si no fuera porque nos sabemos el final y la trampa. Sólo el rollo de los superhéroes que se levantan por la mañana siendo tipos normales a excepción de Supermán, que ya se levanta siendo Supermán, tiene su punto divertido y tarantiniano. Y hasta filosófico, diría yo. Lo demás uno lo ve inquieto en el sofá, mirando los minutos de reojo, deseando que acabe la cháchara con los cinco golpes fatídicos en el corazón. Donde los críticos de renombre y los tertulianos de postín se reconciliaban con Tarantino y decían que éste había vuelto a la recta senda del cineasta y bla, bla, bla, nosotros, los espectadores plebeyos y muy poco sofisticados, los que íbamos disfrutando como tontos de las violencias en caricatura, de las tontacas de la venganza, nos sentimos muy culpables de abrir la boca un tantico así, absorbiendo más aire de lo debido. Pero sólo un poquito, repito. 



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Juego de Tronos. La superpoblación.

Mira que mueren, a puñados, los personajes de Juego de Tronos, pero deberían morir muchos más. A cientos, y no a decenas, como soldados en una gran batalla, como mendigos hambrientos en las calles de Desembarco del Rey. Los secundarios de Juego de Tronos se reproducen al ritmo de una infección bacteriana que amenaza con cargarse el cuerpo muy sano de esta intriga sin igual. Por cada personaje que la palma de un espadazo o de una caída al vacío, surgen tres nuevos que ocupan su lugar para soltar su confesión de marras, su soliloquio sin trascendencia. Su trauma personal que nos despista de los centros neurálgicos de la trama, nudos gordianos que últimamente, para nuestra desdicha dramática, se han reducido a sólo cuatro: las hostias en el Muro, las magias en Rocadragón, los Lannister en la capital y la inconcebible belleza de Daenerys Targaryen liberando esclavos en el otro continente. Lo demás empieza a ser reiterativo, superfluo, minutaje prescindible que uno -lo confieso- ya ha empezado a saltarse con la tecla de avance rápido, sin mayor menoscabo para la comprensión del enredo, o para el sentimiento de culpa, que ya no pincha ni muerde.



            Uno, la verdad, después de haber visto las primeras temporadas, no pensaba que tal cosa fuera a suceder en esta serie que nació tan contenida y redonda. Entre reyes y reinas, amantes y bastardos, consejeros de postín y putas de tronío, Juego de Tronos ya tenía un elenco más que suficiente para rellenar horas y horas de jugosos diálogos y sorpresivas traiciones. Pero algo ocurrió en la sala de los guionistas, o en el despacho de los productores, que dio al traste con esta minimalista intención. Me temo que han encontrado una gallina que pone huevos de oro y que quieren mantenerla viva alimentándola con cualquier cosa, para que dure temporadas y temporadas de soporífero culebrón. Que los dioses, ay, no lo permitan. Que los secundarios figuren, den sus réplicas, le pongan color al paisaje humano. Pero nada más. Que no nos cuenten su triste vida, su trágico origen, sus estúpidos sueños de riqueza. Que cierren la puta boca y se limiten a matar con eficacia, a servir con prontitud, a follar con esmero. Aquí, y sólo aquí, en el mundo ficticio de los Siete Reinos, que dejen tranquila a la aristocracia.


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Kill Bill. Volumen 1




La primera vez que vi Kill Bill fue el 11 de marzo de 2004, el mismo día en que los terroristas islámicos reventaron aquellos trenes infaustos de Madrid. Fue en un cine de Invernalia, en la primera sesión de la tarde; veinte o treinta personas que habíamos decidido ver una de Tarantino para limpiar con violencia de mentira la violencia de verdad que nos había dejado noqueados. Quien diga que la violencia de Kill Bill es nociva para el espíritu e incita a cometer más violencias fuera de los cines, o de los salones de casa, no tiene ni puta idea de lo que dice. No estuvo aquel día, en aquella sala, lavándose con sangre artificial, con coreografía de cómic, con gilipolladas de kung-fu, la sangre real, el baile mortuorio, la dosis de hiperrealidad que nos había saltado a la cara desde los reportajes del telediario. A los encargados de censurar imágenes se les escaparon varios muertos que permanecían inmóviles en sus asientos, apoyadas las cabezas en los respaldos o en los laterales reventados de los vagones. Creo que a ningún españolito se le iban esas víctimas de la cabeza. Eran como cualquiera de nosotros, vestidos con ropa de paseo o de trabajo, viajeros de un tren que todos habíamos tomado alguna vez. Mientras los sociópatas que nos gobernaban utilizaban la masacre para asustarnos con el coco de ETA y arañar trescientos mil votos decisivos, los ciudadanos, que ya escuchábamos en las noticias el lejano tronar del jamalajá, seguíamos a nuestros quehaceres con la imagen de aquel hombre y de aquella mujer reventados por dentro, mansamente desmadejados en su trayecto ya detenido para siempre.



           Cómo será de buena, de entretenida, de bien hecha, Kill Bill, que yo juraría que no sólo yo, sino todos los demás refugiados en la sala llegamos a olvidar, durante dos horas, aquella movida madrileña tan poco fiestera y enrollada. Pero la ilusión duro poco: al salir del cine rápidamente volvimos a los telediarios, a las radios, a las webs cochambrosas que por entonces no adelantaban demasiado los contenidos. Kill Bill, volumen 1, con su creatividad desbordante, su estética absorbente y su Uma Thurman despampanante, tuvo que esperar nuevas oportunidades para ser valorada en su justa medida. Y que se vayan al carajo, los que dicen que es una película vacía, de personajes mal dibujados y trama más bien esquemática. Porque fue esa simpleza, esa tontuna, esa aparente nadería, la que aquella tarde nos concedió el respiro del alma y la sensación rediviva de normalidad. Han pasado once años desde entonces –¡oh, dioses, once años!-, y cuando hoy, en esta habitación, ha vuelto a sonar el Battle without honor or humanity mientras O-Ren Ishii y sus locos muchachos entraban en el local de moda, me ha venido como un entusiasmo adolescente, como una alegría inexplicada, y he vuelto a pensar, por tercera o cuarta vez en lo que llevamos de semana, que el loco frontudo de Tennessee es un regalo inmerecido de los dioses. Para días como aquel, y para días como hoy. 


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La historia de Marie Heurtin

Después de una semana entera dedicada a las travesuras de Quentin Tarantino y Juanma Bajo Ulloa, con sus asesinos y sus drogatas, sus prostitutas y sus chuloputas, La historia de Marie Heurtin es como un retiro espiritual allá en el convento, donde no llegan los disparos de las submachines ni las discusiones de los gángsters. Gracias al cine, que es la única máquina del tiempo conocida por los hombres, esta habitación que me cobija ha abandonado los barrios bajos de Los Ángeles y los puticlubs baratos de Euskal Herria para viajar -como aquella nave que llevaba a Carl Sagan en su periplo de Cosmos- a las cercanías de Poitiers, Francia, a finales del siglo XIX, donde unas monjas casadas con el monsieur Jesús cuidan de su huerto, rezan antes de dormir y tratan de enseñar el lenguaje de signos a las niñas sordas que los padres desesperados les confían.



            Al principio de la película todo es paz y alegría en el convento, pero una mala tarde de las que tiene cualquiera, aparece Marie Heurtin acompañada de sus padres, dos granjeros demacrados que ya no saben qué hacer con la chavala. Marie es sorda, y ciega; va desgreñada, viste una túnica llena de mierda y su única relación con los humanos es la patada y el gruñido. O el mordisco, o el escupitajo, o el arañazo en la cara, porque Marie es una niña salvaje que parece poseída por el demonio. La madre superiora, acojonada por la presencia del diablo, rechazará la petición de asilo político, pero sor Marguerite, que es la monja más abnegada o más descerebrada del convento –además de la más bella- aceptará el reto de convertir a la señorita Heurtin en una comunicativa mujer de provecho.



             Así empieza, propiamente, la película, que es un toma y daca muy parecido al que mantenían, rodando por los suelos, batallando en los comedores, chapoteando en las bañeras, la profesora Ana Sullivan y la niña Helen Keller, que también era ciega y sorda, primitiva y puñetera, y también, aunque no lo parezca, perteneciente al reino true story de las personas reales. El milagro de Ana Sullivan era una película más dura, menos poética, casi un documental de cómo domar a una niña de tan extremas complejidades. La historia de Marie Heurtin, por el contrario, aunque no le ahorra al espectador algunas maniobras de lucha libre en el refectorio, opta por los silencios espirituales, por la comunión de las almas, por las musiquillas de las altas esferas donde Jesús y la Virgen María agradecen complacidos los esfuerzos ímprobos de sor Marguerite. La película es bonica, y tal, pero uno, que no tiene por costumbre echarse bromuro en su propia comida, asiste al espectáculo educativo de sor Marguerite más pendiente de su hermosura que de sus progresos con Marie. De piel blanquísima, ojos verdes y cabellos fueguinos, esta sierva del Señor guarda bajo el hábito una sensualidad malsana que me trae a maltraer toda la película. Que conste que no soy yo, sino mi diablillo interior, el que no para de susurrar toda la película: “Es admirable lo que haces, sor Marguerite, ¿pero podrías enseñar un poco más de cacho?”.



                  Ya cantaba Javier Krahe…
Que el pecado
se ha colado
aprovechando un resquicio.
Mucho cuidado,
ya está el vicio en el hospicio.


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Airbag

Airbag es el corte de mangas que Juanma Bajo Ulloa y sus compinches le dedicaron al cine español de la época, el de la Guerra Civil y las chatinas, los muermos de Garci y las comedias tontonas del happy end. Una gamberrada que yo celebré en su tiempo con grandes carcajadas, pero que que casi había olvidado por completo, salvo las apariciones estelares de Manuel Manquiña, of course, que entre el “muy profesional” y “las hondonadas de hostias” y la “sub machine gun” se hizo un hueco para siempre en nuestro lenguaje populachero. Las veces que no habré dicho yo lo de las hondonadas, o lo del muy profesional, poniendo acento gallego incluso. Airbag, a su modo ibérico y jamonil, viene a ser una tarantinada ambientada en los desiertos prostibulares de Euskadi. Aunque aparenta ser un despelote –y es, de hecho, un despelote- la película lanza sus dardos contra la Iglesia, contra la burguesía, contra la política, contra el nacionalismo rancio, y eso, al viejo jacobino que rasguña estos escritos, siempre le estremece un poquito el corazón.



         Me estaba gustando Airbag, sí, a pesar de que las críticas contemporáneas hablaban de un esperpento, de una aberración para el cinéfilo de pro. Uno repasa los periódicos de la época y es para echarse a temblar. Y yo, la verdad, mientras trataba de conciliar el sueño a los 30 grados centígrados de esta puta habitación, no entendía la razón de tanto ensañamiento. La primera hora de Airbag es espídica, divertida, intrépida, y además sale mucho María de Medeiros, que es una portuguesiña que siempre me encendió el amor hispano-luso que llevo dentro. Pero claro: luego llega la segunda mitad, y la película ya no es un despelote, sino un desparrame. Los chistes de derriten, las tramas se difuminan, los actores se dedican a hacer el indio de acá para allá. Airbag 2, si pudiéramos llamarla así, tal vez se merece los anatemas y las excomuniones. Pero sin pasarse, coño, sin pasarse, que el primer rato era muy de agradecer, y nos ha dejado imágenes y concetos muy arraigados en nuestra memoria. 

Pazos: Interesante no, Carmiña, estresante




Candidato Paiño: La culpa es de sus padres, que las visten como putas. 


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Jackie Brown

Y nos defraudó, un poquito, hay que reconocerlo, la tercera película de Quentin Tarantino. Veníamos de la exégesis del Like a Virgin y del cabreo monumental del señor Rosa, del reloj guardado durante cinco años en un culo y de los caballeros ensangrentados que todavía no podían chuparse las pollas, y esperábamos, impacientes, en el Año del Señor de 1997, un desbarre parecido de nuestro frontudo semidiós, otro guión que alimentara tres años más de cuchipanda recordando las sobradas en las reuniones de amiguetes, hostia tú, qué risa, cuando fulano de tal decía aquello de…



      Pero nos encontramos, ay, con Jackie Brown, que era un Tarantino reposado, taciturno, enfrentado a sus críticos, que venía con ganas de demostrar muchas cosas: que era capaz de escribir un guión sin tanta violencia explícita; que podía desarrollar un jugoso papel para una actriz protagonista; que su target comercial no sólo eran los adolescentes descerebrados y los adultos sin cerebro. Que ya era, en definitiva, un director maduro, un escritor de raza, un creador de mundos respetables. Demasiadas cosas, quizá. Por eso Jackie Brown le quedó un poquitín larga, y un puntín farragosa, para el gusto de quien esto escribe. Le sobran muchos minutos, y muchas explicaciones, y muchos primeros planos de Pam Grier, que en la cultura del videoclub norteamericano seguro que era la reina del Chantecler, pero que aquí, en la ibérica península, era una completa desconocida, y que nos era presentada, además, en el declive muy otoñal de su antigua belleza. Mientras Quentin –entregado, devoto, zalamero- le hacía el amor con la cámara, nosotros, en las salas de cine, echábamos de menos las escenas de Bridget Fonda en bikini, tan rubia, tan sensual, tan puta y tan hija de puta…



         Pero estoy siendo muy injusto con Jackie Brown.  Está Samuel L. Jackson –que es la viva encarnación del chuloputas-, y Robert de Niro –que es la vida encarnación de la estupidez-, y uno vuelve a reírse sin querer con esos crímenes brutales, inesperados, como el de Bridget Fonda en el aparcamiento, que te pillan completamente descolocado y te sacan una reacción espontánea y muy culpable, como de mala persona, como de espectador primario recién salido de Atapuerca. Hay mucha miga en Jackie Brown, pan crujiente con aromas a Tarantino, y el tiempo, justiciero benefactor, la ha ido colocando poco a poco en su sitio. En mi estantería catedralicia, la tercera reliquia de san Quentin reposa en una pequeña y coqueta hornacina al lado del altar mayor, donde refulgen, doradas y benditas, las obras maestras.

Ordell: "¿Qué coño te ha pasado, tío? Antes eras de puta madre",


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Pulp Fiction




Los que guardamos fidelidad al Real Madrid a pesar de los despropósitos deportivos de su presidente –te queremos, Iker-, llevamos una década sufriendo la misma perplejidad que volvió loco al Antonio Salieri de la película Amadeus. Nosotros, los príncipes destronados, los merengones atribulados, contemplamos con asombro y hartazgo las proezas de ese enano atómico llamado Leo Messi, un tipo que cuando corre, o dribla, o asiste a sus compañeros para que metan un gol a puerta vacía, parece un ser extracorpóreo, inhumano, venido de un más allá evolutivo o galáctico, pero que sin embargo, cuando se detiene a lanzar una falta, a protestarle al árbitro, a anunciar un pan de molde en la televisión, tiene pinta de ser un tipo más bien corto, autístico, como si le faltaran dos sorbos de mate o tres asados argentinos para estar completo del todo. Salieri, en Amadeus, no podía soportar que un tipo frívolo e infantil, mujeriego y diletante, hubiera sido elegido por Dios para transcribir la música de los cielos. Nosotros, cada domingo de la liga, cada miércoles de la Champions, no podemos soportar que los dioses hayan elegido a esta extraña criatura para conculcar la supremacía blanca en los reinos futboleros de Europa.



                 Con el buen humor campando fugazmente en esta habitación recocida al sol veraniego, veo los extras que acompañan al DVD de Pulp Fiction, y no deja de sorprenderme, al hilo de lo que razonaba en el párrafo anterior, que un tipo como Quentin Tarantino, que ya de joven tenía la frente despejada, la quijada de burro y la mirada de loco, sea el genio que andaba detrás de esta película tan redonda como mítica. De esta obra maestra que habré visto cinco o seis veces de cabo a rabo y otras cien revisitando escenas sueltas cuando me la encuentro en los canales de pago o en las búsquedas del Youtube. Quentin es un tipo que no fue a la escuela de cine, que se crió viendo bazofia de videoclub, que leyó poco, viajó casi nada y se quedó con cuatro ideas sueltas de los grandes maestros. Un pajillero de la violencia que una buena mañana de su juventud, mientras se rascaba la barriga y tomaba su café bien cargado, recibió la visita de un ángel para anunciarle que él era el Elegido, y no los chavales que allá en la Universidad destripaban las películas de Truffaut o de John Ford, y que debía pasar, inmediatamente, por imperativo divino, de la postración del espectador a la acción desenfrenada del cineasta. Es bien sabido que los caminos del Señor son inescrutables, pero es que este designio digital de Quentin Tarantino -bienaventurado por otra parte- es una de sus voluntades más oscuras, más caprichosas, materia teosófica para los mejores exégetas del mundillo.




Butch: ¿Estás bien?
Marsellus Wallace: No estoy bien. Estoy a mil jodidas millas de estar bien.



Pumpkin: ¿Cuál es tu cartera?
Jules: Es la que pone “hijo de puta peligroso”.


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Reservoir Dogs

Si un chaval de dieciséis años, como mi hijo, por accidente o por despiste, se dejara caer ahora por Reservoir Dogs, se sorprendería al saber que Quentin Tarantino, hace cinco lustros, provocó escándalos mayúsculos con sus tiroteos sangrientos, sus fucking y motherfucker compulsivos, sus torturas cartilaginosas con navaja barbera a ritmo de rock and roll. Los adolescentes de hoy en día, que han sido educados más en la recomendación que en la prohibición, más en la chapa paterna que en la bofetada del revés, ya tienen la piel más curtida que los lagartos recalentados al sol del cambio climático. Nosotros, a su edad, que en la tele sufríamos la censura de los rombos y en los cines el abuso de los mayores de 18 años, nos refugiábamos en los videoclubs del barrio para encontrar -con la complacencia interesada del dueño- las violencias que nuestra testosterona muy alta en calorías demandaba. Y mira que rebuscamos, que tanteamos títulos, que leímos sinopsis, pero jamás  dimos con una película tan señalada como Reservoir Dogs, que fuera buena y al mismo tiempo sucia y provocativa. Que al mismo tiempo nos saciara los instintos y nos invistiese con la toga y el bonete de los cinéfilos del barrio. La única oreja de arte y ensayo que nosotros vimos cortada fue la del marido de Dorothy Vallens, allá en el césped bien segado de Terciopelo azul, pero ya libre de excrecencias gracias al trabajo de las hormigas.



               No diré, como los psicopedagogos en la radio, o como las madres en las peluquerías, que los jóvenes de ahora son más insensibles y agresivos que los de antes y bla, bla, bla... Líbrenme los dioses de tales discursos. Quienes así ponen el grito en el cielo nunca recuerdan, o nunca quieren recordar, que  allá en el pueblo, en la escuela, en el barrio periférico de la gran ciudad, tuvieron como amiguetes a chavales que se dedicaban a matar gatos, a apalear perros, a lanzar piedras al primer forastero que se cruzara por el camino. Los neandertales de hace tres o cuatro décadas eran unos homínidos de armas tomar, apenas evolucionados. Yo conozco a tipos de mi generación que participaron en aquellos aquelarres simiescos y que sin embargo, cuando descubren a sus hijos, mucho más civilizados y pacíficos que ellos, matando alienígenas o miembros de la mafia en su PlayStation de mentirijillas, se marcan un discurso sobre el apocalipsis violento de los tiempos modernos y del dónde vamos a parar. Tipos que cuando se enteran de que uno, que en su vida sólo ha matado moscas y proferido amenazas vacías, ha pasado la tarde abrasada viendo Reservoir Dogs en su televisor, comentan, incrédulos, riéndose como Clint Eastwood a punto de sacar el pistolón: "¿Tú, Reservoir Dogs, esa salvajada...?"




Joe Cabot: A excepción de Eddie y de mí, a quien ya conocéis, utilizaremos alias en este trabajo. […] Estos son los nombres (señalando alternativamente a los gángsters): señor Marrón, señor Blanco, señor Rubio, señor Azul, señor Naranja, señor Rosa.
Señor Rosa:¿Por qué yo señor Rosa?
Joe Cabot: Por maricón, ¿vale?
Señor Rosa: ¿Por qué no podemos elegir el color?
Joe Cabot: Ni hablar. Ya se probó y no funciona. Habría cuatro tíos peleándose por ser el señor Negro. Y como no os conocéis, ninguno daría el brazo a torcer. No señor. Elijo yo, y tú eres el señor Rosa. Y da gracias por librarte del amarillo.
Señor Marrón: Sí, sí, pero señor Marrón es parecido a señor Mierda.
Señor Rosa: Señor Rosa suena a señor Mariposa. ¿Qué le parece señor… Púrpura? A mí me gusta más. Puedo ser el señor Púrpura.
Joe Cabot: No serás el señor Púrpura. Ya tengo para otro trabajo a un señor Púrpura.





Señor Marrón: Voy a deciros de qué va Like a Virgin. Trata sobre una putita que es una máquina de follar. Por la mañana, por la tarde, por la noche, polla, polla, polla, polla…. ¡Polla!
Señor Azul: ¿Cuántas pollas son?
Señor Blanco: Un montón…
Señor Marrón: Entonces un día la tía se encuentra con un hijoputa que tiene un pollón y ¡zas!… El tío es como Charles Bronson en La Gran Escapada: cava túneles. La tía ha encontrado la gran polla de su vida, y siente algo que no había sentido nunca: dolor. ¡Dolor! Le duele, le duele, y no debería, porque el paso ya debería estar bien abierto, pero cuando ese pájaro se la folla le duele, le duele… Igualito que la primera vez. El dolor le recuerda lo que sintió cuando era virgen; de ahí, Like a Virgin


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El hijo

La fórmula de los hermanos Dardenne es siempre la misma: cogen a un personaje en situación desesperada -físicamente, moralmente, diplomáticamente desesperada- y le persiguen, cámara en mano, doquiera que corre para resolver sus tribulaciones, con el objetivo pegado al rostro, o a las manos, o muchas veces al cogote, según el efecto dramático que anden buscando. Así acosaron a Rosetta, en su búsqueda desengañada de empleo; a Lorna, en su lucha por obtener la nacionalidad belga; al niño de la bicicleta, que no paraba de dar por el culo; a Marion Cotillard, en su humillante súplica para no ser despedida... A veces les salen películas plomizas, reiterativas, y te quedas adormilado con un hilo de babilla si te entrampaste a la hora de la siesta, o con pegamento Imedio sujetando fuertemente los párpados, si caíste en la emboscada a la hora bruja de la medianoche. Otras veces, sin embargo, los hermanos Dardenne aciertan con la tecla, y su neurótica persecución de paparazzis nos regala historias realmente desoladoras, inquietantes, de las de ponerse uno en la piel del protagonista y pasarlas canutas resolviendo dilemas y tomando decisiones inciertas...



            El hijo, por fortuna, pertenece a las películas afortunadas de los Dardenne, y uno, en esta tarde abrasada de julio, ha encontrado en ella el divertimento que no le dieron los ciclistas del Tour de Francia, estancados en sus posiciones del pelotón aunque suban los puertos más escarpados de los Pirineos. Y digo divertimento en su acepción de distracción momentánea, de huida temporal de la realidad, y no, obviamente, de rato pasado entre risas y francachelas, porque los Dardenne, el sentido del humor, lo tienen reservado para su vida privada, y nunca asoma la patita por sus películas agobiantes y tortuosas. A ver quién coño se iba a reír con el drama de este pobre carpintero llamado Olivier, maestro de taller en un centro de rehabilitación para adolescentes que una buena mañana, de esas tan chulas de Bélgica, con el sol hijoputa encerrado a buen recaudo entre las nubes, se encuentra con que su próximo alumno será el mismísimo asesino de su hijo, un chavaluco que acaba de salir del reformatorio y que anda buscando una salida laboral a sus malandanzas. ¿Cómo reaccionará Olivier, el padre despadrado, sin sospechar que dos cineastas palizas lo persiguen con una cámara invisible? ¿Renunciará, perdonará, asesinará...? ¿Se tornará neurótico, psicótico, comprensivo...? Y hasta aquí, queridos gatos del callejón, puedo leer. 


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El lobo detrás de la puerta

Bernardo es un cuarentón casado que conduce autobuses urbanos en Río de Janeiro. Aunque gana un sueldo de mierda y vive en un cuchitril de los arrabales, conduce un deportivo descapotable, lleva impolutas sus vestimentas de civil y se repeina todas las mañanas como un gigoló antes de salir de casa. Un día, en la parada del cercanías, conoce a Rosa, una monada que debe de ser la única pelirroja natural entre los cariocas. Ella tiene veinticinco años, voz de novicia y cuerpo de infarto. Y una cara para anunciar jabones faciales de muchos reales la onza. Ya digo que Bernardo, para sus cuarenta y tantos años, se mantiene en un estado juvenil que muchos de sus coetáneos, grasientos y canosos, envidiamos desde el sofá. Pero el tipo, por mucha seda que se ponga, y mucho aire chulesco que se gaste, huele de lejos a macho simplón, tiene dientes caballunos y sonríe como si le faltaran varios percentiles en las escalas. Es por eso que el guión de  El lobo detrás de la puerta se torna audaz, fantasioso, quimérico más bien, cuando entre la desequilibrada pareja surge el amor salvaje, irrefrenable, de arrancarse el corazón mutuamente en cada polvo. Un acontecimiento sexual con jovencita de rompe y rasga que los cuarentones ya sólo soñamos en las horas más plomizas de la madrugada, y que convierte la película, desde sus primeras y fogosas escenas,  en un asunto más bien de la ciencia-ficción, y ya no del trágico dramón que se avecina con grandes nubarrones en el horizonte...



          Y es una pena, esta bola de hierro que lastra la película como la pierna de un presidiario, porque una vez que aceptas a Bernardo como animal de compañía, El lobo detrás de la puerta es un thriller sugerente, bien rodado, aunque algo estirado como un chicle recocido al sol de los brasileños. La película ha hecho furor entre la crítica especializada, y se ha llevado muchos premios en los festivales del ancho mundo. Pero me temo, ay, que son los jurados católicos los que se han juramentado -valga la redundancia- para darle notoriedad a esta película de pecadores de la pradera. No sé si lo ha hecho conscientemente, pero a Fernando Coimbra, el director de la función, le ha salido un remake de Atracción fatal que ha vuelto a poner sobre la mesa los peligros tenebrosos del adulterio. Un día metes la minga donde no debes y Yahvé, que andaba dormitando sobre una nube, vuelve su colérico rostro hacia ti y te arroja una desgracia de las de cagarte por la pata abajo. Puede que Coimbra sea un director laico, agnóstico, que simplemente ha escrito y filmado una historia de amores truculentos y sexualidades desgarradas, pero los creyentes en el Averno han arrimado la película a su sardina y ya la proyectan, tras santiguarse tres veces, en los cine-clubs parroquiales, en los autos sacramentales, y sobre todo, en los cursos de preparación para el matrimonio, para que los futuros esposos se lo piensen tres veces antes antes de liarla y le juren amor eterno a sus genitales santificados. Amén.


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Ex Machina

Nathan, que es el genio informático del futuro, ha construido en su mansión de las montañas el prototipo más avanzado de Inteligencia Artificial que ha conocido la humanidad. El robot, por lascivia juguetona de su creador, posee fisonomía y rasgos de mujer, y ha sido bautizado en laica ceremonia como Ava, que es un nombre muy bien escogido para ser la fundadora de su estirpe, del mismo modo que Yahvé llamó Eva a la primera mujer de nuestra especie.



               Para evaluar las capacidades cognitivas de su humanoide, Nathan ha contratado a un becario con cara de pajillero que en el primer encuentro con Ava se queda prendado de su tecnológica belleza. Su trabajo consistía en pasarle el test de Turing, que es el mismo que Rick Deckard le pasaba a Sean Young en Blade Runner para descubrir que ella no es un ser humano, sino un replicante. Pero el becario, a las primeras de cambio, empieza a tartamudear y a babear sobre el guión establecido. El cuerpo de Ava, aunque posee la formas rotundas de una mujer joven y fértil, es una carcasa traslúcida que deja ver el cableado interior y las bielas metálicas que hacen la función de huesos. Un apaño muy poco sexy, la verdad. Pero el rostro... Ay, el rostro... El tejido artificial que recubre su cabeza luce los rasgos hermosos y cuasiperfectos de Alicia Vikander, la actriz sueca que ya nos rompió el corazón en Un asunto real, y que no por ser morena, ni bajita, ni tener un aire más mediterráneo que báltico, deja de ser una suecorra de las que provocan regresiones a los tiempos del landismo, que hasta una boina y unas cejas postizas me compraría yo para perseguirla por las playas.



                      Y así, con el amor impropio que nace entre un ser humano y una robot que clama por su libertad, por su femineidad -por su sexualidad, también, pues el picarón de Nathan la ha diseñado con una vagina dotada de sensores- se monta el quilombo existencial que articula esta espléndida película titulada Ex Machina (lo que rajaría Ana Botella de este deseo contra natura; se quedaría sin frutas para hacer sus ridículas y católicas metáforas). Al final de la película, enfrentado a los títulos de crédito con mi habitual cara de panoli, con mi jeto de espectador manipulado y muy poco avezado, me ha venido a la memoria el viejo chiste de que si en una partida de póker no sabes quién es el pardillo, es que el pardillo eres tú. Y aquí, el tontol'haba, como decía el sargento Arensivia, es sin duda el espectador, y mucho más si éste hombre y enamoradizo, pues uno, arrobado en la belleza cibernética de la Vikander, conmovido por sus deseos y frustraciones de mujeroide maltratada, no presta atención a las motivaciones ocultas, a los engaños larvados, a las trampas ingeniosas que Alex Garland, director y guionista, va dejando por ahí como pequeños post-its que nunca nos paramos a leer. Y que vienen a decir, en resumen, que si a la inteligencia artificial le sumamos la inteligencia natural de las mujeres, los hombres, pobrecicos, ya podemos apretarnos los machos...


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Javier Krahe

Quedará maldito para siempre, el 12 de julio. Hoy se ha muerto Javier Krahe, a traición, en su retiro gaditano, y el mundo, sin su presencia, se ha quedado como más mustio, como más tristón. He salido a las calles cuando el sol -ese hijoputa inmisericorde- ha tenido a bien declinar en el horizonte, y he visto a gentes que caminaban como yo, pensativas, desaceleradas, con auriculares de señor mayor puestos en las orejas. Los así afligidos íbamos musitando versos, tarareando rimas, moviendo dedos ocultos al compás de la música. Al cruzarnos nos sonreíamos, como colegas, como cómplices, como miembros de esta secta que siempre se dijo secreta y que en realidad conformábamos ciento y la madre. Lo mejor de cada casa, por otra parte. La Cofradía del Krahe, que ahora ya no adorará al hombre, sino al maestro. Nos alegraste la vida, don Javier, pero nos jodiste el día.

Y no espero un cielo o un infierno,
lo más confío en que seré algo eterno
gracias al cromosoma.

             Y eterno, también, gracias a tus canciones, mientras los discos no se rayen, y los electrones no se detengan en su danza...


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Amanece que no es poco

En los asuntos del humor uno se reconoce oveja descarriada y diablillo con tridente. Con mi cara de tonto y mis gafas de panoli, uno, donde los curas, ya era el alumno más perverso en las cuestiones de la risa, el contrabandista que introducía la revista El Jueves y señalaba las páginas más burras y transgresoras: las Historias de la Puta Mili, las correrías del Puticlub, las obsesiones del profesor Cojonciano, las cafradas ibéricas de Ortega y Pacheco... A todos mis compañeros les gustaba El Jueves, mayormente porque salían tías en pelotas y sacerdotes puestos en ridículo, pero la mayoría, almas católicas y cándidas, temerosas de Dios por el día y asustadas de Belcebú por la noche, se decantaban por el humor más blanco y simplón, que también lo había en la revista. Lo suyo eran los pecados veniales de la metáfora, de las expresiones como "mecachis", de los dardos contra el orden social que sólo hacían pupita y nada más. Los chistes de rojos, de ateos, de pornógrafos obsesionados con las tetas, los pasaban de refilón, con la punta del dedo índice, mojándolo un poquitín...



               Desde aquel entonces, mi sendero del humor corre en paralelo al del común de los mortales. Somos muy pocos, pero muy escogidos, los viandantes que vamos por este camino de baldosas negrísimas, o verdísimas, o auténticamente destroyers, según nos vaya dando el sol o la sombra, la apetencia o el cansancio. Quiero decir, en resumen, que sólo me río con cómicos muy neuróticos y perturbados, con chistes muy irreverentes o guarradas muy ingeniosas. Lo demás me arranca la sonrisa, el aplauso por las cosas bien hechas y bien traídas, pero en el fondo me deja como estaba. A las pocas horas, o a los pocos días, ya se me ha olvidado la gracia que no encontró asidero en mis neuronas podridas, y que se precipitó al sumidero donde la comedia se digiere sin dejar nutrientes ni recuerdos. Algo así les pasará a los muchos surrealismos que sazonan Amanece que no es poco, película a la que ahora rinden culto los posmodernos de la cultura, que la han descubierto en los ciclos de La 2 o en los santuarios de internet y no paran de recomendársela a las amistades. Te partes la caja, dicen, o cosas así, lo que ya anuncia que su humor discurre por valles menos escarpados y más complacientes. Si al menos dijeran "te partes el culo"...



                Yo, qué quieren que les diga, me he quedado muy frío con las gansadas que parió José Luis Cuerda, al que por otro lado admiro en su labor de tertuliano radiofónico, donde siempre atina con la maldad justa, con la ironía adecuada. Lo del maestro cantarín, los hombres hortícolas o Gabino Diego hablando en americano es material blanqueado para mis excompañeros del instituto, que llorarán de risa allá en sus chalets del veraneo, donde gastan sus muchas pelas de ejecutivos bancarios o de comerciantes sin escrúpulos. Uno, que como castigo divino se quedó en pobretón estepario, arrinconado en los salones sombríos de la ciudad arrasada, sólo se ha reído de verdad, de verdad de la buena, de la de partirse el culo y los cojones, con estas dos situaciones del surrealismo albaceteño.

           Luis Ciges y Antonio Resines, padre e hijo que andan de visita por el pueblo, han de compartir cama en la única pensión que han encontrado:

Ciges: Supongo que me respetarás, ¿eh, Teodoro?
Resines: ¿Pero en qué guarradas está usted pensando, padre?
Ciges: Déjate, déjate, que un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama, ¿eh?



               Y el momento de las elecciones, claro. Que no son las generales, ni las municipales, sino las otras, las cruciales, las que de verdad rigen la vida cotidiana de nuestros pueblos y aldeas. Escrutado el voto, el señor alcalde, Rafael Alonso, se dirige a sus vecinos:

          "En resumen, hemos ganado los de siempre. O sea: yo, alcalde; de cura, don Andrés; de maestro no se ha presentado nadie, o sea que sigue don Roberto. De puta, Mercedes. También han salido cinco adúlteras, pero bueno, esto ya se lo diremos a ellas para que los maridos si quieren se enteren, y si no, pues no. Monja no hay, que no ha salido. La Cristina va a probar de marimacho unos meses, y don Cosme, de homosexual".


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White God

Escribió hace años Arturo Pérez Reverte
"¿Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: El nunca lo haría? Es cierto. Él nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector que hojea El Semanal en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro, pero es cierto. Al suyo, al mío, a cualquier perro".

              He guardado este recorte de palabras durante años, a la espera de una película  adecuada para soltarlo. Y hoy, después de haber visto White God, la ocasión la pintaban calva. ¿Para qué iba uno a lanzar su diatriba contra los maltratadores de perros, contra los abandonadores de chuchos, si un miembro de la Real Academia, todavía vivo y coleando, ha escrito un corpus entero de ladridos contra estos hijos de puta? ¿Para qué mancillar folios en blanco con mi torpe escritura, con mis insultos básicos de barriobajero, si lo que opino es exactamente lo mismo que opina don Arturo?



               "Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más  triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia".

             Decir que he visto White God es una mentirijilla dramática, un modo de resumir mi presencia nerviosa ante la pantalla. Porque cada vez que un perro estaba a punto de ser maltratado, torturado o tiroteado, he apartado la mirada, o he abierto una ventana en el ordenador para buscar gilipolleces en internet, atendiendo sólo a mi oído por si cambiaban el tercio de una puta vez. Uno, que viene de asistir impertérrito a las primeras temporadas de Juego de Tronos, con sus hombres rajados, desmembrados, desangrados a borbotones por el cuello, no puede, en cambio, resistir el menor daño que le hagan a un chucho de Budapest, aunque uno sepa que todo es ficción, y que al final de la barbarie, en los títulos de crédito, aparecerá el tranquilizador "ningún animal fue herido en la realización de esta película". Esto mío de los escrúpulos es un disparate que simplemente sucede, en el reino inextricable de mis entrañas. Y además no estoy solo: somos muchos los tipos educados y cívicos, inofensivos y mansos, que preferimos, apoltronados en un sofá, un buen desparrame de intestinos humanos antes que ver a un chucho con una espina clavada en la patita. A la espera de que un psicólogo, o un biólogo evolutivo, venga a explicarnos esta contorsión de los instintos, yo les voy contando lo que hay.


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Seriota

Ramón Colom, en su columna de la revista Fotogramas, confiesa sus penurias de espectador moderno. Son tribulaciones que hago mías.

"Yo he pasado de ser vidiota (coleccionista de vídeos y DVD) a ser seriota (consumidor excesivo de series televisivas). A este paso, para ver todo el material [...] necesitaremos varias vidas. [...]. ¿Deberemos suprimir el ir al cine? ¿De comer? ¿De leer? "


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Michael Clayton

George Clooney lleva tatuada la vieja maldición de los actores guapos, en una tinta invisible que un día le inyectaron en el entrecejo mientras dormía, y a estas alturas del oficio ya nunca podrá despojarse de ella. Como cualquier obrero de los platós, Clooney ha hecho mucha basurilla, mucha película prescindible, trabajos alimenticios para pagarse la hipoteca de la mansión y tener contentas a las bellas damiselas que se trajina. Pero también ha prestado su jeto, y su expresión pensativa, a grandes películas que ahora sería muy largo recordar. Si ustedes no las saben, no deberían estar leyendo este blog, sino buscando las últimas temporadas de Gandía Shore en DVD. Sólo a los primerizos con acné -esos que han caído aquí confundiéndome con un pornógrafo, con un salidorro de edad mental parecida a la suya- podría perdonarles tamaño desconocimiento de la figura de George, el Clooney, al que mi madre, que nunca estudió inglés, y que nunca fue a un colegio de pago, llama "Clus Cluni" cuando le preguntan por un actor guapo de los tiempos modernos.




          Ni siquiera Paul Newman, al que tuvieron que conceder un Oscar ya casi por vergüenza, porque se les hacía mayor y tenían miedo de que un día se estrellara conduciendo uno de sus bólidos, vivió libre del sambenito de su belleza, de sus ojos azules, de su expresión medio triste y medio rebelde, dicho esto desde mi más estricta e indudable heterosexualidad. Son las malas gentes, los tipos gordos y calvos, imperfectos y feos, los que van propalando por ahí que los actores como Clooney no son tales, sino simples acaparadores de miradas, tíos guapos que chascan la ceja y ya tienen tu atención cautivada, enamorada si eres mujer, envidiosa si eres hombre. Que lo demás viene rodado y que cualquiera con sus genes triunfaría en Hollywood y acudiría con rubias despampanantes a las fiestas locas del show business. Y pardiez que tienen razón en muchos casos -que también sería prolijo detallar- pero no en el caso de Clooney, que en películas como Michael Clayton no necesita ser guapo para que vivamos pendientes de su actuación, pues el guión de Tony Gilroy, punzante y milimétrico, ya se encarga de abrir nuestros párpados más que los de Álex en La naranja mecánica. Un actor apuesto pero sin talento hubiera convertido Michael Clayton en una película estimable y nada más. Pero George -y lo sigo diciendo desde mi más inequívoca y militante heterosexualidad- consigue que la película vuele, cale, se haya convertido en un clásico moderno. Curioseas la lista de películas que compitieron con ella en los grandes certámenes y te da un poco la risa, ahora que la perspectiva ha difuminado los fuegos artificiales, y que el calendario ha puesto a cada uno en su sitio. A ver qué actor, guapo o feo, aguanta el tipo como George Clooney en esos títulos de crédito finales, con Michael Clayton haciendo repaso silencioso de la vida y la muerte, de los amigos y los enemigos, de las traiciones y las amistades, de lo perdido y lo que resta por ganar... 


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Chained

Me hubiera gustado dedicarle esta entrada milenaria a El club de los poetas muertos, que es mi película de cabecera en todos los sentidos. Pero la efeméride me ha pillado en tránsito veraniego, en Desembarco del Rey, muy lejos del señorío de Invernalia donde guardo mis películas como oro en paño -pues ellas, en mi biografía, valen tanto como el oro. Podría descargarla, aducirán los que han llegado hasta aquí seducidos por mi prosa, o descojonados por mi tontuna. Pero es que mi DVD de El club de los poetas muertos es un objeto sagrado, una reliquia inviolable, y no puede ser sustituido por cualquier objeto equivalente, por cualquier hechicería de megabytes transportados por el aire. Sólo él contiene la Verdad que alimentaría la escritura recta y sabia. Es un Misterio absurdo que sólo yo sabría explicarme, ustedes disculpen. Así las cosas, para rellenar este vacío abrasador, he decidido hacerle caso a uno de mis lectores, a modo de homenaje extensivo a todos ellos, y he puesto en el portátil -sí, en el portátil, pues también me hallo sin televisor- esta película desquiciante titulada Chained, una ida de olla que firma la hijísima -por estirpe, y por tamaño corporal- de David Lynch. La cosa va de un psicokiller que secuestra a un niño, lo ata con cadenas en un sótano, y lo obliga, durante años, a presenciar sus violaciones, sus asesinatos, sus enterramientos con cal viva de las pobres desventuradas, para que el chaval vaya aprendiendo un oficio y se prepare para la dura competencia laboral cuando decida soltarlo. Hay que estar muy enfermo para escribir una guión así; hay que estar muy enferma para rodar una historia así. Luego, hecho el mal, y el bodrio, los espectadores vamos cayendo como fichas de dominó. "¡Hostia, una peli de la hija de Lynch! Sórdida y tal, que diría Juan Manuel de Prada en Qué grande es el cine. Voy a recomendársela al tío del blog, para que nos dedique una cuchipanda de las suyas, en plan destroyer y tal..." Pues gracias, majo, aunque yo soñara con otra película seguida de tres ceros.



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Blue Ruin


El odio es la venganza del cobarde. Lo dijo George Bernard Shaw, a quien mi incultura, enciclopédica, sólo recordaba como autor de Pigmalión, la obra de teatro que con los años dio lugar a My Fair Lady. Famélica de saberes, mi ignorancia, supina, ha tenido que buscar a Bernard Shaw en la Wikipedia para ubicarlo en su siglo correspondiente, y para confirmar, de reojo, con una vergüenza que sólo a los íntimos me permito confesar, que George era ciertamente un escritor, y no una escritora, como George Sand, que está visto que el George, en estas cosas de la literatura, no es garantía plena de identidad sexual. Me ha ocurrido lo mismo que al pobre desgraciado de Historias Mínimas, que encargaba una tarta para el cumpleaños de Andrea, el vástago desconocido de su amor secreto, y en la misma pastelería, al ir a pagar, se daba cuenta de que no sabía si Andrea era niño o niña, y si debía, por tanto, decorar la tarta con motivos balompédicos o con una fantasía de tortuga amorosa.



          La frase de Bernard Shaw sobre la venganza la he encontrado por casualidad, mientras buscaba, infructuosamente, otra que soltaba Tywin Lannister en Juego de Tronos, una sentencia fría, brutal, muy propia de su talante, que no anoté a su debido tiempo en los cuadernos, y que ahora, justo cuando más la necesitaba, no logro recordar, ni recobrar entre las verborreas de los frikis de la serie, que llenan cientos de webs con sus teorías y entusiasmos sin concretar nada de provecho. Me hubiera venido al pelo el cinismo de Tywin Lannister para hacer un comentario sobre la película de hoy, Blue Ruin, que es una historia de venganza morrocotuda, muy a la americana, muy de Puerto Urraco, con un pobre desgraciado que para hacer justicia empieza por blandir una navajita y termina enfrascado en tiroteos con armas automáticas y la de Dios es Cristo. Como Bruce Willis en Pulp Fiction, que para liarse a hostias en el badulaque de los violadores primero le echaba el ojo a un martillo y terminaba esgrimiendo la espada del samurái.



       El odio es la venganza del cobarde... En efecto: odio es lo único que uno rumiaría si se viera en la tesitura de Blue Ruin, con el asesino de sus padres fuera de la cárcel, ufano y chulesco. Un cobarde que se encerraría entre sus cuatro paredes y se dedicaría a increpar a los dioses, y a dar de comer a la inquina. No habría películas como Blue Ruin con un tipo como yo, incapacitado para la acción. Para nuestra suerte, Dwight es un hombre aguerrido y valiente -aunque algo fondón y con cara de lelo- que se lanza a la caza del asesino antes de que el asesino venga a por él, lo que da lugar a entretenidas balaceras y matanzas en el estado de Virginia. Con tipos como yo, arrellanados en un sofá, pasados por el filtro del blanco y negro, a lo sumo saldría una película de Dreyer, o de Alain Resnais, con mucho plano fijo, mucha introspección, mucha búsqueda del espíritu humano y algunas zarandajas por el estilo.


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