A single man

Uno, por esas cosas del destino, no es homosexual, ni vive en Los Ángeles, ni es profesor de literatura, ni ha perdido recientemente a un ser querido en accidente de tráfico. A uno le gustan las mujeres, vive en Invernalia, es maestro de escuela, y el único ser querido que ha perdido en accidente de tráfico es Juan Gómez, Juanito, hace ya veintipico años, en aquel maldito viaje hacia Mérida. Quiero decir que George, el protagonista de A single man, más allá de las gafas de pasta, y de cierta apostura natural que en su caso seduce a los hombres y en el mío a las ancianitas, poco tiene en común con este escribano provincial de las películas. Y sin embargo, desde las primeras escenas, uno se reconoce en su melancolía, en su despertar tortuoso de cada mañana. Me reconozco en su cara de panoli legañoso, en la mueca torcida que recibe la luz del día. Esto no es la saga Crepúsculo, con sus vampiros de opereta, sino la vida real, con sus hombres-murciélago que viven más felices en la oscuridad de la noche, donde todos los sinsabores son pardos, o en el cobijo del sueño, donde las ensoñaciones pintan cuadros abstractos de significados indoloros. George entra en la ducha, prepara el desayuno, se come las tostadas, planifica la jornada que habrá de mantenerlo ocupado, pero todo lo hace con el hastío de quien se enfrenta a varias horas interminables, deberes y gente, tiempo robado y estupidez incurable. Horas infinitas hasta que llegue la felicidad del ocaso, y las ovejas vuelvan a sus rediles, y los mochuelos a su olivos, y uno, por fin, ya recogido en su batcueva, vuelva a respirar el aire renovado que dejaron las ventanas abiertas, ya solo consigo mismo, y con las películas, y con los libros, con los tormentos  que uno ha elegido libremente para flagelarse.


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Louie. Lo inconfesable.

Confiesa Louis C. K. en uno de sus monólogos de Louie (y yo, vergonzosamente, me reconozco):

"Quería preguntarles... ¿Alguna vez han hecho o vivido algo y después pensaron: "Sí, eso no se lo contaré a nadie. Eso irá a la tumba conmigo, así será". Ya sea porque era estúpido, embarazoso u horrible. Sólo pensaron: "Eso me lo guardaré. No le diré nada a nadie". Pues bien: es probable que el 40% de mi vida se componga de momentos así..."


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Juego de Tronos. La obsesión

Y concluye, ante mis ojos atónitos, ante mi estupor de invernalio, la tercera temporada de Juego de Tronos, que esto es un no parar, y un gozoso y sangriento sinvivir. Uno, cuando hace tres semanas se embarcó en este viaje, pensaba intercalar películas entre los episodios, series entre las temporadas, paréntesis que dieran de comer a este diario y me permitieran descansar de los árboles genealógicos. Pero una vez que haces pie en la tierra de los Siete Reinos ya no puedes escapar. Los universos paralelos de las otras ficciones carecen de pronto de todo interés, y se vuelven aplazables y secundarios. Termina un episodio de Juego de Tronos a las once de la noche y has de poner otro inmediatamente si quieres llegar a las doce sin comerte la uñas, sin devanarte los sesos, sin pasearte como un orate por la habitación. Son demasiadas incertidumbres que luego no me dejarían conciliar el sueño, que se infiltrarían en los onirismos para hacerme dar mil vueltas sobre el colchón resudado. ¿Quién morirá, quién se desnudará, quién perderá la chaveta o recobrará la cordura? ¿Quién soltará la frase más jugosa, la filosofía más lúcida, la ironía más inteligente? ¿Quién es, espejito, la mujer más bella de este reino? ¿Cersei la malvada, Ygritte la salvaje, Sansa la doncella, Daenerys la dragona, Melisandre la bruja, Margaery la predilecta? Ay, de mi intelecto, y de mi corazón, que no conocen un minuto de tregua desde que aquellos tres pardillos de la Guardia de la Noche salieron de reconocimiento, al inicio del invierno...


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Juego de Tronos.The decencia is coming

Introducirse en Juego de Tronos es como abrir una bolsa de pipas. Ves el primer episodio, o cascas la primera semilla, y ya no puedes parar hasta que el sueño te rinde, o la boca se convierte en un estropajo. Sin descanso, embalado como los viejos coches de Fernando Alonso, transito ya los primeros episodios de la tercera temporada, que es un mareo de nuevos personajes, de nuevas tramas, lo que le faltaba a este enredo mayúsculo que sólo en una peluquería de Desembarco del Rey, rodeado de memoriosas marujas de la corte, con sus rulos y sus tintes, podría uno aprehender y recapitular: “Éste es fulano, el hijo de mengana, que dio el braguetazo con zutana, la sobrina de perengano, y heredó los títulos de Conde de Villaleches y de Marqués de Valdehostias”.




            Y los pechos, ay, que cada vez asoman con menos frecuencia entre los ropajes. Los guionistas se nos han vuelto algo gazmoños y remolones. O quizá alguien les ha leído la cartilla desde las alturas de la HBO. Quién sabe. Es posible que los pechos sólo fueran el reclamo publicitario de las dos primeras temporadas, y que ahora, con la gente ya enganchada, con los frikis ya medio locos, los responsables de Juego de Tronos se centren por fin en lo que les interesa, que son los juegos de poder. Nosotros, como adultos hechos y derechos, aplaudimos su sensata decisión, pero no podemos evitar una leve punzada de insatisfacción, una breve inquietud de primate rencoroso, cuando termina un episodio y ninguna túnica se ha deslizado por los hombros,  ningún corpiño ha sido entreabierto con lascivia. Qué opinará de todo esto Pablo Iglesias, en la intimidad de su salón, él que es fan declarado del espectáculo, y analista político de los Siete Reinos.



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Donnie Brasco

¿Quién se acuerda hoy, casi veinte años después, de Donnie Brasco? ¿Quién la cita en sus recomendaciones, quien la coloca en sus listas, quién la descarga con fruición en las redes del pirateo? Apenas cuatro gatos de la cinefilia, que la recordamos con cariño. O cuatro gatos de la casualidad, que navegaban por la carrera de Al Pacino y se encontraron con esta joya tan poco publicitada. Algunos hay que le dan al play pensando que Al Pacino es el Donnie Brasco del título, y no  saben, o no recuerdan, que es Johnny Depp el personaje principal de la función, el agente del FBI que se juega el pellejo infiltrándose en la mafia neoyorquina. Esta sí que es una película de infiltrados, y no la hongkonada aquella de Martin Scorsese.




          Mira que está lúcido el viejo Al, en Donnie Brasco. Todos dando el coñazo con El Padrino, con Esencia de mujer, con El precio del poder, pero a nadie se le ocurre mencionarle aquí cuando le rinden pleitesía o le hacen la pelota. Y pocas veces ha estado más versátil, más centrado, más trágicamente patético, el maestro. Aquí no le dejaron ponerse histriónico, ni decir "Hoo-ah", ni exorbitar los ojos como un orate, y gracias estas limitaciones, reducido a la esencia apocada de su personaje -el entrañable Lefty que jamás ascendió a matón de primera- Pacino firma una de sus actuaciones más memorables. Qué tunante. Qué puto genio. Ahí lo dejo, como un mensaje en la botella, para futuros viajeros de su filmografía.





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Más extraño que la ficción

Uno de los propósitos nunca realizados en este diario es llevar un registro de las vidas soñadas junto a mujeres que son pura entelequia del papel y luego del píxel coloreado. Mujeres hermosas, virtuosas y virtuales, que salieron de las mentes calenturientas de algunos románticos incurables. No hablo, pues de las actrices de carne y hueso, a las que ya dedico un altar en el rincón más luminoso de esta iglesia, sino de los personajes que uno va descubriendo en las películas, y que poseen la belleza exacta, el talante gozoso, la sonrisa paciente. Uno, en esas vidas imposibles, se pasaría el día escribiendo poesías tontas en un cuaderno, con muchos corazones y muchos ripios, y no estas boludeces con las que entretengo los anocheceres mientras me derrito con el buen tiempo.
           Podría inaugurar este diario íntimo con Ana Pascal, la panadera de Más extraño que la ficción. Ana Pascal posee los rasgos bellísimos de Maggie Gyllenhaal; vive sola en un coqueto apartamento de Chicago; está sola, sin compromiso, necesitada de un hombre cabal y sencillo; cocina unas galletas crujientes que son la delicia de meriendas y desayunos. Ana, además, es una anarquista que no paga el 22% de los impuestos destinados al gasto militar. ¿Qué espectador no querría traspasar la pantalla, transmutar la carne por electricidad, la materia de carbono por la corriente de electrones, y vivir con Ana en ese mundo imaginario donde ella sonríe, cocina y nos rasca la espalda por las noches?




             ¿Quién no querría vivir con la otra Ana, en Los amantes del Círculo Polar, en aquella cabaña de los bosques de Finlandia? ¿Quién no querría deslizarse en Las vidas de Grace para ir a buscarla al salir del trabajo? ¿Quién no lo mandaría todo a tomar por el culo para desaparecer en Innisfree, en El hombre tranquilo, al lado de Mary Kate Danaher en la cabaña de madera? ¿Quién no acogería en su seno a la simpática Linda Ash, la prostituta de Poderosa Afrodita que cansada de su oficio buscaba sentar cabeza y aplicar sus técnicas sexuales en una monogamia siempre festiva? ¿Quién, ay, no pondría los pies en polvorosa, y los Pirineos de barrera, y viviría para siempre en la peluquería de Mathilde, en la Rue du Chátel, sólo pendiente de sus movimientos, del roce de su falda, del crucigrama del periódico, de la charla insustancial con los clientes? Yo, como Antoine, siempre quise ser El marido de la peluquera.



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El puto verano

Hoy, oficialmente, ha empezado el verano, pero el sol lleva tres semanas instalado en el cielo, y a quien no ha frito como un huevo lo tiene cocido o martirizado. Los sabios aseguran que este hijoputa, gracias a la rotación de la Tierra, se oculta por las noches, pero yo creo que su desaparición sólo es una alucinación colectiva que nos salva del castigo permanente de la radiación. Nos drogan, los gobiernos, o los dioses, a las diez de la noche, para que pensemos que vuelve la penumbra y que renacen el frescor y la brisa. La ilusión de revivir, y de hacer cosas. El sol, como enseñaban los sabios antiguos, es un astro fijo e inmutable. Copérnico y sus secuaces sólo vinieron a joder la marrana con sus falsas promesas de un sol errante y a veces escondido.  Esa bola de fuego es el centro inmóvil de nuestro universo, el horno esférico que nos abrasa con mil grados que son cojonudos para el turismo, pero insufribles para los oriundos de estas tierras desoladas. Quisiera abofetear, con mis propias manos, a las chicas sonrientes del telediario, que se ponen delante del mapa y llaman buen tiempo a esta temperatura importada del Averno. Son tan bellas, y tan mentirosas...



             Decía Woody Allen en su libro de conversaciones con Eric Lax:
           “El sol es mi cruz. Lo odio. Lo odio por la mañana cuando me levanto. Lo odio en verano. Es cancerígeno. Ayer iba caminando por el parque y había gente por todas partes, como en el cuadro de Seurat [Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte]. Pero el sol que caía de plano lo estropeaba todo”



           Me quedan, como último refugio, las sombras del salón. La quietud budista de quien sólo mueve los dedos para manejar el mando a distancia. Cualquier otro movimiento, la más leve rectificación de la postura, el más breve escorzo de un rascado de testículos, abriría en mi piel manantiales de sudor que dejarían el sofá impracticable, y yo meado encima como un bebé. Hay que resistir, todo lo que se pueda, entre estas cuatro paredes forradas de películas, con la persiana bajada, el agua helada, la voluntad rebelde. El sol no me doblegará mientras haya ficciones frescas en las que refugiarse.


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Siempre Alice

La primera media hora de Siempre Alice sólo se aguanta porque Julianne Moore, además de ser una mujer guapísima, es una actriz excelente que te deja embobado con sus florituras. Es como si llevara un interruptor escondido en su cabellera pelirroja, y pudiera transmutarse, cada vez que se arregla el peinado con disimulo, de arpía en bonachona, de convencida en dubitativa, de exultante en deprimida.




         Pero Julianne, la dulce Julianne, la pelirroja Julianne, no basta para reprimir nuestros bostezos, y asesinarnos el interés por las desventuras de Alice Howland, un interés que ya había nacido famélico y poco convencido. El drama de esta mujer aquejada de Alzheimer ni siquiera es una película: es, como mucho, un telefilm de sobremesa, y como poco, un documental sobre la aparición inexorable de los síntomas. La progresión dramática de Siempre Alice es de redacción escolar para cuarto de Primaria: primera escena, la vida feliz; segunda escena, me olvido de una palabra; tercera escena, me lío con las calles; cuarta escena, me dejo el champú dentro del frigorífico; quinta escena, consulta médica; sexta escena, marido comprensivo; séptima escena (two months later), Alice languidece en la esquina de un sofá... Y todo así. Y entre medias, bonitos planos de Alice paseando por la playa, entrañables encuentros con sus hijas modélicas, músicas celestiales que van acompañando su decadencia como querubines que la fueran sosteniendo para no caer, como en los cuadros del Renacimiento. Siempre Alice es una película blandurria, empalagosa, previsible. Ni siquiera Kristen Stewart, que es una mujer que siempre ha derretido mi deseo bañándome en aceites y sudores, es capaz de levantarme el ánimo, derrengado y deprimido en el sofá recalentado del pre-verano.




       Y digo deprimido porque en la última media hora de Siempre Alice, ya viendo sin ver, aprovecho para hacer un chequeo rápido de mis tontunas. En este rato me he confundido dos veces de mando a distancia; no he podido recordar el nombre de dos actrices que me venían al recuerdo; he hecho planes para la tarde pensando que era viernes y no jueves; me he levantado a beber agua y se me ha olvidado el botellín en la cocina. Cuatro incidentes cotidianos, frecuentes en mi vida de despistado crónico, de mentecato sin remedio. Cuatro tonterías que hoy, viendo a Alice Howland desmemoriándose en la pantalla, han cobrado una importancia inusitada. Ella -que era profesora de universidad y doctora en mil asuntos de la lingüística- empezó por no recordar un término, en una conferencia...



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Louie. Poesía masculina.

Dice Louie en uno de sus monólogos de la segunda temporada:
“Hay algo muy triste con los hombres. No podemos tener un pensamiento hermoso sobre una mujer sin que venga seguido de uno desagradable, sobre la misma mujer. No somos capaces. No podemos hacer lo uno sin lo otro. Si eres una mujer y un tipo te ha dicho algo romántico, ha obviado la segunda parte. Una que te hubiera dado asco si la hubieras escuchado. Así funciona nuestro cerebro. “Es un ángel, y quiero que se ahogue en mi corrida”. Eso es lo más próximo a la poesía en nuestros corazones.”



            Ese es el mérito de Louis C. K.: salir al escenario para decir las barbaridades que los demás hombres también pensamos, pero no nos atrevemos a confesar. Y si alguien nos afea la carcajada, decirle: "Yo sólo me reía, nada más".

            Tras el monólogo de Louie me ha venido a la cabeza, para ponerle literatura y rúbrica, aquel párrafo de Francisco Umbral en Mortal y Rosa:

            “Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: Bueno, empezamos o qué.”


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Matrimonio compulsivo

En Matrimonio compulsivo los hermanos Farrelly se nos han vuelto blanditos y muy ñoños. Debe de ser el otoño de la edad, la responsabilidad de las canas. Los personajes siguen mostrando las tetas, sacándose los mocos, comentando las idiosincrasias cansinas de sus aparatos reproductores. Después de cada tregua, los Farrelly disparan la artillería escatológica que triunfa entre los adolescentes y los adultos desnortados. Pero en Matrimonio compulsivo, para nuestro estupor, para nuestro enfado, el fondo del asunto se ha vuelto romántico y trascendente. Tontaina, diría yo. Esto ya no es cine para neuronas descarriadas, ni para cuarentones inmaduros, sino para adultos con muy mal gusto.




     A los cerdícolas del ancho mundo, las películas de los Farrelly nos gustaban no sólo por los chistes guarros, sino porque además, por debajo de las chorradas, del semen utilizado como fijador o del consolador esgrimido como porra, comulgábamos con la filosofía que animaba los guiones: que la gente es estúpida, y el amor una ridiculez. Sus personajes buscaban el amor como quien busca rascarse un grano, o desfogar un grito. Un imperativo orgánico que sólo el arte -la literatura, el cine, la música de los bardos- ha convertido en un asunto cuasi espiritual, cuasi divino, como si fuera el alma inexistente, y no el cromosoma cotidiano, quien se afanara en tales asuntos. Nos descojonábamos con los Farrelly porque nos reconocíamos en las cuitas de sus hombres obcecados. Cuando uno está enamorado se cree investido de un aura, de una espiritualidad, porque las drogas del cerebro trabajan a destajo para mantener el hechizo. Las películas de los Farrelly, cuando topábamos con ellas, servían para devolvernos a la biología mundana, a la realidad cruda del primate deseoso. Por supuesto que hay que emparejarse, y follar, y cuidar mucho de nuestra pareja, venían a decir los Farrelly, pero vamos a discutirlo en el barro, en la acera, en la visión desnuda ante el espejo. No en una comedia romántica como esta tontería de Matrimonio compulsivo, donde el amor -y quién no se enamoraría de esa Michelle Monaghan que parece una muñeca con sus vestiditos y su canesú- vuelve a ser un algo etéreo, inaprensible, quizá metafísico como un cuento de hadas. 


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Juego de Tronos. El visto y no visto

Tres días. Diez episodios. La primera temporada de Juego de Tronos ha sido un visto y no visto. Los desnudos integrales de Daenerys Targaryen -el primero virginal, el segundo chamuscado- han sido el alfa y el omega de este reestreno triunfal en mis pantallas. Los amigos más puristas no comprenden el entusiasmo, y me echan en cara este renovado interés por la serie. Ellos pensaban que yo había dejado Juego de Tronos por decencia de espectador culto, por aversión instintiva a la eucaristía de las hostias y las sangres. Adónde vas, me dicen, triste de ti, con cuarenta y tres tacazos a repartir mandobles. Qué hace un hombretón como tú en un sitio como éste, abarrotado de jóvenes, de frikis, de políticos con pantalón vaquero que regalan Blu-rays a los monarcas.



         Yo les he explicado, pero no les he convencido. Mi resentimiento con Juego de Tronos provenía de mis neuronas, de mi memoria flaqueante, de mi senectud anticipada. La serie me gustaba tanto -un sueño infantil hecho realidad- que no podía verla de esa manera, de Pascuas a Ramos, con intervalos de varios días entre episodios, con treguas de varios meses entre temporadas, rascándome la cabeza como un mono que siempre olvidaba quién era el hijo de fulano o la amante de mengano. Ni siquiera ahora, que gracias al privilegio funcionarial dispongo de largas horas, soy capaz de atar muchas ramas de los árboles genealógicos. Juego de Tronos, lo reconozco, es un culebrón muy sofisticado, y necesitaría, para su óptimo aprovechamiento, para su mayúsculo disfrute, de la memoria prodigiosa de nuestras madres y abuelas, que en el capítulo 500 de sus majaderías sudamericanas son capaces de recordar el linaje de cualquier personaje. Si no fuera por las cabezas cortadas o por las putas jadeantes, ellas, nuestras marujas, con sus rulos y sus batas, serían las verdaderas depositarias de Juego de Tronos. Y no los hipsters, ni los gafapastas, ni la insultante juventud. Ni los carcamales que aún disfrutamos con los dragones y las mazmorras. 


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Fuerza mayor



En un episodio de Seinfeld, George Costanza acude a una fiesta de cumpleaños donde los niños no paran de gritar y molestar. George aguanta estoicamente las travesuras  porque quiere follar esa noche, y sabe que su pareja no le perdonará un mal gesto con la chavalería. Con el objetivo casi cumplido, se declara un pequeño fuego en el horno de la cocina, y él, que es el único hombre presente en la fiesta, es también el único que sale despavorido arrollándolo todo a su paso, sillas y prometidas, globos y niños. Aunque luego buscará mil excusas para justificar su espantada, su suerte sexual queda vista para sentencia.



            Algo así le sucede al protagonista de Fuerza mayor, un sueco joven y atractivo que nada tiene en común con George Costanza. Tomas, el sueco, pasa las vacaciones en Les Arcs, Francia, la estación de esquí donde Miguel Induráin sufrió la pájara descomunal que lo dejó sin el sexto Tour. Tomas disfruta de la nieve acompañado de su bellísima esposa, Ebba, y de su pareja de retoños, niño y niña, escandinavos ideales que podrían anunciar una marca de cereales. El hotel es de lujo, la nieve de primera calidad, la armonía familiar de cuento de hadas. Pero un mal día, sentados en la terraza del restaurante, disfrutando de los incomparables paisajes de los Alpes, un alud de nieve desciende por la ladera y amenaza con enterrar las instalaciones en pocos segundos. El susto es mayúsculo. Ebba agarra a sus dos hijos y busca refugio bajo una mesa. Tomas, emulando a George Costanza, decide salir corriendo en dirección opuesta. Al final el alud se queda en poquita cosa, apenas una niebla de nieve que rápidamente se disipa. Tomas, casi silbando, regresará a la mesa como si tal cosa. Pero su suerte sexual, que es la enjundia del resto de la película, quedará sometida a intensos y filosóficos debates.



            ¿Es Tomas un cobarde, un padre irresponsable, un hombre sin agallas? ¿ O es, simplemente, un ser humano que en décimas de segundo se ve preso del instinto de supervivencia? ¿De haber contado con más tiempo para la reflexión se hubiera quedado en la terraza, protegiendo a su familia? ¿Qué haríamos, todos los padres del ancho mundo, en tal tesitura? ¿Cómo reaccionaríamos si acompañados de nuestro hijo viéramos una maceta a dos metros de nuestras cabezas, un cazador trastornado que sale de la espesura, un coche que de pronto invade la acera y se abalanza sobre nosotros? ¿Sacrificaríamos nuestro cuerpo para salvar la integridad de nuestro retoño? ¿O reaccionaríamos como Tomas, antropoides primarios y muy poco sofisticados? Las preguntas que plantea Fuerza mayor son muy jugosas; sus respuestas -crípticas, alargadas, plúmbeas en el sentido más nórdico de Bergman- ya no tanto. 


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It follows

El planteamiento de It follows, la nueva película de terror que lo está petando entre los adolescentes, y que se ha convertido en película de culto para las Nuevas Generaciones del PP, es el siguiente: como castigo por haber mantenido relaciones sexuales antes del matrimonio, un zombi invisible e indestructible te perseguirá doquiera que vayas. Sólo lo verás tú, y el mundo entero pensará que estás como una cabra. El zombi nunca tendrá el mismo aspecto: puede ser cualquiera que camine pacíficamente por la calle, un niño, un abuelete, una gorda con gafas. Un político de izquierdas con coleta. El espectro te atosigará con paso cansino, casi desganado, pero nunca se detendrá. Con esa pachorra que Belcebú le ha dado, cogerá aviones, tomará ferrys, cabalgará monturas, y un mal día, seguramente a la hora de la siesta, que es la hora de todos los inoportunos del mundo, aporreará tu puerta para cobrarse el precio de tu alma. Podrás refugiarte en las Chimbambas, o en Siberia, o en el ático marbellí de Ignacio González, pero tarde o temprano el bicho te alcanzará.




Si te coge, follará contigo como un salvaje y morirás en el acto tras el acto. Es de justicia que así sea, tras tu horrendo pecado de la carne. El único modo de escapar a esta maldición gitana, a este mal de ojo de los curas, es acostarte con otro pecador o pecadora de la pradera. Si lo consigues, el zombi dejará de perseguirte, y aunque lo seguirás viendo caminar, porque la mancha del pecado es indeleble, la tomará con tu compañero o compañera de cama y te dejará en paz. He ahí el dilema moral. He ahí, también, la oportunidad de vengarte de algún majadero –o majadera- que se ríe de ti, que no te deja en paz, que pone la música muy alta y no atiende a razones. Acércate, chaval, o chavala, que vamos a firmar las paces en mi cama… Una excusa de la hostia, el zombi, para practicar la justa venganza. Ya de arder en el infierno, arder a gusto, qué coño.


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Juego de Tronos. El reboot.

Mi relación con Juego de Tronos ha sido extraña y dispersa. Hace cuatro años, cuando anunciaron su estreno en los canales de pago, me hice el sueco de Invernalia y decidí gastar el tiempo en otras series que por entonces me absorbían la seriefilia: Los Soprano, o The Wire, que no eran moco de pavo. Mi primera impresión de Juego de Tronos fue una tontería de magos y espadachines, como de Spartacus o Conan el bárbaro, un festival para adolescentes donde se cortaban cabezas y tal vez se avistaban bonitos pechos. Mandobles y hechizos, guerreros y damiselas. Bah, me dije.


            Pero luego llegó la habladuría incesante, el ciclón de la publicidad, el no-puedes-perdértela-gilipollas, y uno, llevado más por la curiosidad que por el convencimiento, se apuntó al reestreno de la primera temporada cuando estaban a punto de empezar con la segunda. Vi los primeros episodios de una tacada y me quedé mudo de la impresión. En Juego de Tronos se cortaban cabezas, sí, y salían tías en pelotas, también, pero es que además había unos diálogos de mucha enjundia, unos actores que parecían sacados del teatro británico, unas actrices bellísimas que clavaban las maldades y las venganzas. Y la cabecera, claro, con esa música que sobrevuela el mapa de los Siete Reinos y va erizándote el vello de los brazos, y te coloca en un trance zombi que durará la hora entera, absorto, hipnotizado, ausente del mundo real y de sus estúpidos deberes. Ya no hay trabajo, ni familia, ni citas con los amigos, mientras se decide la suerte del trono forjado con espadas.



            Y así estuve, gozando durante meses de guiones y desnudos, de sentencias y violencias, hasta que llegué al inicio de la tercera temporada y me descubrí perdido en el bosque de tramas y personajes. Tuve que retomar la segunda temporada para poner al día mis laberintos, pero pronto comprendí, ay, que mis enredos también necesitaban un repaso de la primera temporada. Y ahí me dije: ¡tate! ¿Qué será de mí, si continúo esta espiral loca, esta pescadilla con cola, cuando estrenen la próxima temporada, y la siguiente, y la de más allá? ¿Será este el final de mi vida de seriéfilo, de cinéfilo incluso, absorbido ya para siempre por un serie kilométrica de interminables revisiones? "¡Nooorrrl, ten cuidadín!", me dijo el Chiquito de la Calzada que me acompaña en las decisiones trascendentales de la vida, el mismo que otras veces me grita "¡al ataque, ahora!", cuando hay que ser intrépido, o "un lago negro, o un lago blanco", cuando toca poner cara de panoli. No puedo, no puedo, me dije a mí mismo enfrentado a Juego de tronos. Tomé aire, me detuve al borde del camino, y dejé que sus temporadas transcurrieran sin mi concurso. Pero no he renunciado al empeño de poseerlas. Tengo en mi estantería todas las temporadas publicadas en BluRay, pagadas a precio de usura en las rebajas de los Grandes Almacenes. Y tengo, a partir de ahora, un océano de tiempo que rellenar, sin vacaciones y sin fútbol.
            The summer is coming...


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Carros de fuego

De Carros de fuego sólo nos han quedado los minutos bellísimos del inicio, con los atletas corriendo por la playa mientras suenan las notas melancólicas de Vangelis. Mira que dieron el coñazo en las Juegos Olímpicos de Londres, con la música de marras, pero ni aún así consiguieron que la odiáramos. Hay algo poético en ese pelotón de atletas corriendo a cámara lenta mientras la banda sonora parece llevarlos en volandas, como acariciados por el viento, como bendecidos por los dioses. Una nostalgia de la juventud perdida, de los amigos fallecidos, de los tiempos gloriosos en los que el deporte no estaba corrompido por el dinero, y sólo se corría por el orgullo de pertenecer a Dios y al Reino Unido. La última carga de la brigada atlética en Balaclava.




            Dos horas después, Carros de fuego se cierra con la misma secuencia de la playa, ahora con el reparto de actores sobreimpresionado en pantalla. Esta vez, sin embargo, el efecto poético queda diluido en nuestro largo aburrimiento. Entre playa y playa nos han contado la historia de Eric Liddell y Harold Abrahams, los corredores británicos que triunfaron en los Juegos Olímpicos de Paris. Una historia que daba para hacer un fresco histórico, un crónica olímpica, un retrato de los distinguidos caballeros que inventaron los deportes que ahora consuelan nuestros domingos, y que los exportaron por todo el mundo en gozosérrimo evangelio. God save the british. Pero Carros de fuego, para nuestro disgusto, se nos queda en una americanada de hombres que se hacen a sí mismos y superan todas las adversidades e incomprensiones de los malvados y bla bla bla...  Una britanada, mejor dicho, pues es la Union Jack la que palpita en los pechos, la que ondea en el mástil, la que se agita al viento señoreando París y el mundo entero. Ustedes me entienden. En Carros de fuego no hay comunistas, ni musulmanes, ni coreanos de Kim Jong-il que metan drogas en los botellines de agua o paguen prostitutas para entretener a los atletas en la noche de descanso. Pero sí hay franceses, ojo, que para los ingleses de la película son como la bicha, tipos retorcidos y tontainas parecidos a Pierre Nodoyuna que hacen zancadillas en las carreras y no conocen el honor deportivo de los isleños. Los carros de fuego yo no los he visto por ningún lado, pero los autos locos casi se dejaban ver por las carreteras…


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Borgen. El final

Termino de ver Borgen, la modélica serie de los políticos daneses. Nunca se lo agradeceré bastante al internauta que me la recomendó. Borgen ha coincidido en mi televisor con las elecciones municipales en la Piel de Toro, desde la precampaña electoral hasta los pactos mercantiles que ahora copan los titulares y las tertulias. Las comparaciones con Dinamarca son odiosas, sí, y además nos dejan en muy mal lugar. A la altura de una república bananera, o de una excolonia africana. Aquí sí que huele a podrido, y no en la patria de Hamlet, que a lo sumo huele a queso, o a caca limpia de sus vacas orondas.



            En nuestro país, con el fin del bipartidismo, se está hablando mucho de la "cultura del pacto", que es una cosa que nos suena a moderna, a centroeuropea, como de rubios trajeados que miden uno noventa y hablan inglés a la perfección. A democracia de gentes que se dan los buenos días, se sientan alrededor de una mesa y van haciendo un corta-pega de sus programas electorales, las propuestas que entran por las que salen. Más que a europea, la "cultura del pacto" nos suena a chino mandarino. Uno ve a estos políticos daneses de Borgen -que serán ficticios, pero que presumo no muy alejados de la realidad- y entiende porque del Rin hacia arriba todo es progreso y bienestar, zonas verdes y carriles-bici. Y no es que en España seamos gilipollas, o miembros de una especie inferior. Es que aquí, para nuestra desdicha, hay partidos con los que no puedes tomarte ni un café con leche. Y muchos menos si es relaxing, y lo saboreas en la Plaza Mayor.



A estos meapilas de los tiempos de Cánovas les hablas de las cosas que se discuten en Borgen- y que sólo los daneses muy trastornados no comparten-, y una de dos: o no entienden nada, o se parten el culo de la risa. La educación pública, la sanidad gratuita, el crecimiento sostenible, la agenda ecológica, la transparencia informativa, el laicismo del Estado, la dimisión de los corruptos... Tenemos un partido mayoritario que pone todo esto en el programa electoral y luego, nada más cerrarse las urnas, se limpia el culo con el papel que les sobró. Ellos son el ultracentro centrista de la patria indivisible, que en Dinamarca, en Borgen, serían los apestados del sistema, motivo de mofa y befa en el telediario estrella de TV1. Aquí, sin embargo, mandan mucho, y cada domingo son bendecidos en las homilías aprovechando que el Pisuerga pasa por el Evangelio. Así nos luce el pelo, mediterráneo y moreno para muchos decenios, me temo. De haberlo sabido con catorce años, en el mundial de México 86, no hubiera celebrado como un loco los cuatro goles de Butragueño. Pobres daneses, que eran mis hermanos, y yo me alegraba con su derrota. 


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Camino de la cruz

Las campanas celestiales que saludaban la muerte de Emily Watson en Rompiendo las olas inauguraron un subgénero de películas que me toca mucho las narices. Comienzan en un tono laico, ilustrado, a veces incluso combativo con la fe, y uno, seducido por el planteamiento, toma asiento para reírse de los crédulos, de los fanáticos, de los que viven pendientes del Triángulo que vigila desde las nubes como el ojo de Sauron. Pero luego, en un giro sorpresivo de la trama, porque la película está financiada bajo cuerda por el Vaticano, o porque el director es un hábil catequista que te enchufa la doctrina por el culo en un descuido de tus nalgas relajadas, la película se vuelve militante, integrista, portadora de verdades reveladas. Dios vuelve a ganar la partida con una atronadora carcajada que retumba en los cielos, y los ateos como yo, que veíamos la película sobándonos los testículos en acto reflejo, sufrimos una descarga catódica para castigar tanta apostasía, tanto regodeo en las burlas al niño Jesús, que lloraba desconsolado en su cunita.




            Hace unos meses me sulfuré por culpa de I Origins, aquella película del científico darwinista que terminaba enredado en las creencias de la reencarnación. Y ahora, casi sin tiempo para sacudirme el azufre, me llega, recién cocida en Alemania, esta hostia sacramental que se titula Camino de la cruz. La película, en sus compases iniciales, es una cosa que da mucho miedo, con ese cura preconciliar que prepara a sus pupilos para la próxima Confirmación. Entre ellos está María, la niña mártir que se va tragando las enseñanzas como Lacasitos de chocolate. Una feligresa disciplinada que emprenderá su propio Via Crucis de sacrificio y salvación... Uno quiere reírse del cura cuando suelta sus barbaridades sobre la vida y el ultramundo, pero el tono es tan crudo, y el plano es tan hierático, como de Michael Haneke o de Ulrich Seidl, que la risa se queda ahogada en la tráquea, y en su lugar asciende un regüeldo de la cena que sabe a hiel y a cosa fermentada. En la segunda escena descubrimos a la madre de María, una pirada que aún no ha salido del  Concilio de Trento y que lleva con mano férrea las riendas de su educación. Una mujer de gesto adusto que al reñir en alemán multiplica por cien su efecto acojonativo, como una guardiana nazi de los campos de concentración. Uno siente compasión por María, la pobre tontaina embaucada, y una repugnancia infinita por esta pandilla de iluminados que no ven más allá de sus alucinaciones neuronales. Llevado por el laicismo militante, uno se cree envuelto en una cruzada como las que encabezaba Voltaire, y casi le grita al televisor "Écrasez l'Infâme", enardecido por tanta majadería. Pero ojo, repito, que esto es cine sibilino y untuoso, y al final, para dejarnos mudos a los ateos, Camino de la cruz esconde una sorpresa y un giro de cámara que hará las delicias de los católicos que ya abandonaban la sala derrotados, o se levantaban del sofá para tomarse un refrigerio de vino consagrado. Nuestro gozo, en un pozo. De perdición.


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Dioses y monstruos

Tres años antes de que Ian McKellen viajara a Nueva Zelanda para disfrazarse de buhonero y darse de hostias con los Nazguls, mereció, y se le denegó, en injustísimo trato, en severísima ceguera, un Oscar como la copa de un pino - o de un Ent, si lo prefieren- por su trabajo en Dioses y monstruos. Aquejado de un derrame cerebral, James Whale, el padre cinematográfico de Frankenstein, vivía alejado de los platos, de las fiestas de sociedad, recluido en su bonita mansión de Hollywood. En su Yuste de California pintaba cuadros, recordaba batallitas, recibía pulcramente vestido a las visitas. Por las noches, tras cenar la tortillita francesa, veía las viejas películas en la televisión. Si le salía un plan, fornicaba con viejos amantes de los tiempos gozosos, o con musculosos jovencitos que buscaban un pasaporte para entrar en el mundillo. Jimmy Whale, el muy tunante, sobrevivió a varias guerras del siglo XX: al hambre galopante de Londres, a las trincheras europeas de la Gran Guerra, a las puñaladas traperas que le asestaron en Hollywood. Jimmy Whale, Jimmy Whale, se susurra él mismo mirándose al espejo, resumiendo tanta grandeza y tanta decadencia, ahora que está solo y enfermo, y que los recuerdos le asaltan en cualquier circunstancia, fantasmas vívidos y tangibles que le hablan y le reprochan. Qué grande está sir Ian McKellen en Dioses y monstruos, melancólico y vitriólico, picarón y resignado. Qué poco nos importan, esos premios anuales de la Academia, tan generosos con la mediocridad, tan cicateros con el verdadero genio. Nosotros, los descarriados, sólo encendemos el televisor para junar a las churris.


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Pedanía

Mientras espero a un amigo  para tertuliar sobre cine y mujeres, en la tele del bar están pasando una comedia de Rowan Atkinson y John Cleese. El título me es desconocido, pero luego, gracias a internet, sabré que se trata de Ratas a la carrera. Tiene pinta de ser una película mala, mala a rabiar, con persecuciones de coches, fulanos travestidos y muchos resbalones con mondas de plátano. Pero los cuatro parroquianos que están jugando al tute se parten el culo con las trapisondas. Tanto se ríen que al final, después de interrumpir la partida varias veces, deciden dejar los naipes sobre la mesa y entregarse a la carcajada sin soltar la copa de coñac. Se han perdido la mitad de la trama, y la tele, además, no tiene sonido, porque en este bar, como en tantos otros, sólo la ponen para gastar luz y atraer a los mosquitos. Pero los abueletes no se arredran ante estas insignificancias, tan propias de los señoritos de ciudad. Ellos se descojonan con los travestís, con los encontronazos, con las pechugas de las señoras. Cuando un personaje pone caras raras o se pega un leñazo, se congestionan de la risa y le pegan manotazos a la mesa. "¡Es cojonuda!", dice uno. "¡La hostia, qué peli!", le confirma el otro. Uno de ellos llega a afirmar, en voz alta, mientras se seca las lágrimas: “Es la mejor película que he visto en mucho tiempo. ¡La hostia, qué buena…"

            Y yo, que además carezco de tierras, de regadíos, de gallinas ponedoras..., ¿qué puedo tener en común con mis vecinos de pedanía? Nada, definitivamente. 




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Puro vicio

¡Puro vicio, puro vicio!, gritaban los curas de mi colegio cuando hablaban del estado general de las cosas. De la España corrompida por los socialistas, de la juventud drogada en los parques, de las iglesias desalojadas por el laicismo. De las enseñanzas que el Ministerio de Educación les obligaba a impartir, y que restaban valor y tiempo a sus predicaciones de los valores cristianos: Dios y Jesús, España y la Virgen, el Generalísimo Franco y Paracuellos del Jarama. Puro vicio, puro vicio, nos repetían a todas horas: vais a vivir en la España del puro vicio, dominados por el sexo, confundidos por el alcohol, seducidos por la democracia, abandonados a la molicie de quien sólo protesta y nada trabaja. Puro vicio, puro vicio, repetían medio locos, como habitantes de Pompeya que salieran huyendo de la lava del Vesubio.


            Puro vicio es también la última película de Paul Thomas Anderson. En ella no salen curas, ni generales, ni ministros socialistas, porque estamos en California, en los años setenta, con Reagan de Gobernador y Nixon en la Casa Blanca. Pero sí es verdad que sus personajes se parecen mucho a los que poblaban las pesadillas de mis profesores. Hay fumadores de porros, yonquis de la heroína, putones verbeneros, lesbianas descocadas, policías corruptos, adolescentes desnudas y procaces... A mis curas entrañables sólo les faltaría Alfonso Guerra diciendo aquello de que "no le quieren porque es hijo de un albañil..." Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina.

            Entre este paisanaje tan selecto -precursor del que treinta años más tarde conocería Hank Moody en Californication- tendrá que moverse el detective privado Sportello, él también porrero de lunes a viernes y cocainómano sólo los fines de semana. ¿La trama? Empieza con un secuestro, eso está claro, pero luego, a la media hora de metraje, llega el enredo, y la nebulosa, y los vapores del cáñamo. Habría que preguntarle a Paul Thomas Anderson, o al jicho que escribió la novela, de qué narices iba este experimento. Ya he confesado varias veces que este no es un blog para aclarar dudas, para desbrozar guiones, para poner luz sobre los desvaríos de directores y guionistas. Quizá porque crecí, efectivamente, en aquella España del puro vicio, y no recibí una educación sagrada y disciplinada, ahora, de cuarentón, mi inteligencia se ha vuelto lenta, limitada, muy confusa cuando la pantalla se llena de tramas y subtramas, de personajes y subpersonajes. Entre eso, y que la película está contada desde el punto de vista de un porrero, y que fue vista en la hora de la siesta ya canicular, Puro vicio se me ha ido en volutas de humo, en luces dispersas, en líneas de diálogo de significados incomprensibles. Se merece un cachete, señor Anderson. Tres Padrenuestros y cinco Avemarías...


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Louie. La cuesta abajo

Louie sigue contando sus miserias ante el público del pub neoyorquino. Si esto no fuera un monólogo de stand-up, sino un monólogo de William Shakespeare, la gente lloraría y entraría en depresión. Pero como es Louie, y Louie se ríe de sí mismo el primero, los espectadores no pueden contener la carcajada. Si Alan Alda nos explicó en Delitos y faltas que la comedia era tragedia más tiempo, Louie viene a decirnos que la comedia también puede ser tragedia más autoflagelo.

            "Ahora tengo 42 años. Así que estoy… Estoy yendo cuesta abajo. En mi vida no volverá a haber otro año que sea mejor que el anterior. Eso no volverá a suceder. He visto mis mejores años. Es exponencial. La pérdida de capacidad, agilidad y aliento es exponencial. El año pasado perdí el 90 por ciento de mi salud y bienestar. Así que tuve el 10 por ciento de lo que hice el año anterior..." 


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Mr. Turner

J.M.W. Turner fue el gran pintor de los amaneceres, de los atardeceres, de los barcos que transitaban lánguidamente el Támesis o se enfrentaban a los navíos franceses a cañonazos. En sus cuadros -que ahora, con la excusa de la película, cuestan un huevo más en las casas de subastas- los seres humanos son figuras diminutas que se adivinan en los muelles, en las bordas, en los campos de trigo, como hormigas que buscan el sustento mientras por encima de sus cabezas sucede el gran milagro de la luz, que quita y pone las formas, las siluetas, los colores. A Mr. Turner no le agradaba mucho la gente: tramitaba los asuntos imprescindibles del día -la comida, las pinturas, los escarceos sexuales con la criada- y luego, en las horas que su estudio se veía iluminado por el sol tacaño de Londres, pintaba paisajes donde los humanos sólo eran figuras decorativas como las piedras o los árboles. No los estimaba en su vida diaria, y no los estimaba tampoco en sus cuadros de paisajes bellísimos, o de naturalezas atroces.




            Un tipo difícil, el señor Turner, si nos atenemos a lo que cuenta Mike Leigh en su película. Una película de narrativa extraña, fragmentada, como si paseáramos por el museo biográfico del personaje y fuéramos contemplando, en cuadros de fino pincel, hechos cruciales o aclaratorios de su vida. No hay condenas morales, ni juicios de valor, en estas estampas coloridas del señor Turner. Ni se abuchean sus defectos ni se subrayan sus virtudes. Mike Leigh es un tipo demasiado inteligente, demasiado british, para caer en los retratos de brocha gorda que tanto gustan a los americanos. Mr. Turner sólo es, y no es poco, Mr. Turner viajando, o pintando, o gruñendo, o desfogando sus apetencias. Los americanos habrían filmado un biopic de loosers y winners con esta vida huraña y genial del pintor: una cosa moralista, pastosa, de músicas grandilocuentes. Un despelote de medios para filmar el mismo guión simplón y torpón. Gracias, Mr. Leigh. Y gracias, también, Mr. Spall, al que Cannes reconoció y los Oscars, casi siempre tan cicateros con el verdadero arte, olvidaron.


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