Louie. La timba

Mientras barajan las cartas, Louie y sus colegas le toman el pelo a un amigo gay, dominados por una curiosidad insaciable sobre sus prácticas sexuales. El amigo responde de buena gana a todas las preguntas, desde la más científica a la más pornográfica, porque sabe que en la timba reinan la confianza y el buen rollo. Louie no es, como se ve, una serie apta para todas las sensibilidades. Aunque sí para la mía, afortunadamente, criado en los barrios bajos, educado en los colegios de curas, refinado entre amistades muy poco recomendables. Para mi gusto degenerado, esos siete minutos de cachondeo son oro puro de la comedia. Ni al mismísimo Tarantino se le hubiese ocurrido un prólogo de semejante calibre.

            Me he reído tanto que luego, el resto del episodio, lo he seguido algo perdido, con los chistes del inicio rebotando todavía en mi cabeza. Tendré que volver a verlo, para retomar el hilo de la serie. Aunque aquí, la verdad, no hay mucho hilo que seguir: Louie sale al escenario, cuenta sus monólogos obscenos de la edad cuarentona, y luego, en la vida real, lidia con realidades igualmente obscenas y desoladoras, apenas pasadas por el tamiz de la ironía o de la caricatura. Louie es el vecino que le faltaba a Jerry Seinfeld en su bloque de apartamentos de Nueva York: sarcástico como Jerry, patético como Costanza, bonachón como Kramer. Hubiese encajado como un guante en aquella serie irrepetible y mítica.


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Louie. Quizá pase algo bueno...

En el primer episodio de Louie -que es este cómico pelirrojo y gordinflón que parece un hermano mío de Nueva York- Louis C.K. convierte una reflexión deprimente en un monólogo que arranca las carcajadas de su público. La otra opción del respetable, y del espectador que se descojona en el sofá, sería llorar a moco tendido. Pero preferimos sonreír, y tomarnos a chunga la fatalidad de la vida, antes de tomar la leche con galletas y abandonarnos al sueño que todo lo olvida.

            "No es divertido ser soltero a los 41. Estuve casado durante diez años.  Soy divorciado. Tengo dos hijas. Es difícil volver a empezar. Es difícil ver a alguien y pensar: "Oye, quizá pase algo bueno". Simplemente ... Sé demasiado de la vida como para ser optimista. Porque sé que aunque sea bueno, acabará siendo una porquería. Sé que si le sonríes a alguien y ellos te sonríen, sucederá algo malo. Tal vez tengas un par de buenas citas, pero luego ella dejará de llamarte y te sentirás mal. O saldrán durante mucho tiempo y ella se acostará con tu amigo, o tú con una amiga de ella, y eso será feo.  O se casarán y no funcionará. Se divorciarán y se repartirán sus amigos y el dinero, y eso es horrible. O conocerán a la persona perfecta, a la que aman infinitamente, con la que discuten bien, crecen juntos, tienen hijos, envejecen juntos, y luego ella morirá. En el mejor de los casos perderán a su mejor amiga". 




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Jessica Chastain

Releo este párrafo de Manuel Vázquez Montalbán en El laberinto griego, y el recuerdo de Jessica Chastain me asalta de nuevo, con un latido hiperbólico de mi corazón:
“Sólo cuatro, quizá cinco veces, le había dolido el pecho de aquella manera. Hay mujeres que duelen en el pecho al contemplar la contención exacta de sus carnes y basta que te miren para que la patada de plomo te rompa el esternón y una dulce asfixia impida pensar en la existencia del aire”.


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Seinfeld. El 5%

Juro que este diálogo extraído de Seinfeld -o uno muy parecido- lo he mantenido yo mismo en alguna terraza regada con cerveza, filosofando con algún amigo sobre el viejo asunto del emparejamiento.

Jerry: ¿Qué porcentaje de personas atractivas crees que hay?
Elaine: El 25%.
Jerry: ¿El 25%? Ni de coña. El cuatro o el seis como mucho. Hay una entre veinte.
Elaine: Ja, te has pasado.
Jerry: ¿Que me he pasado? Vete a la Dirección General de Tráfico y verás. Aquello es una leprosería.
Elaine:¿Lo que estás queriéndome decir es que con el 95% de la población no se puede salir?
Jerry: ¡Ni a la puerta de la calle!
Elaine: ¿Entonces cómo es que todo el mundo liga?
Jerry: Alcohol.


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Tristram Shandy

Tristram Shandy es una película muy difícil de explicar, y de definir. Una comedia bizarra que despierta odios y entusiasmos, exabruptos y aplausos encendidos. Este humilde escribano la tiene por una de sus películas predilectas, tan atrevida, tan peculiar, tan a contracorriente de los usos habituales. El cine libérrimo que ya practicara Winterbottom en 24 Hour Party People, otro clásico de su cinematografía  inclasificable.
            Tristram Shandy, la película, cuenta el accidentado rodaje de "Tristram Shandy", la película dentro de la película, que es la adaptación imposible de la novela homónima, un clásico de las letras británicas que carece de narrativa lineal. Una verborrea satírica de mil páginas reconcentrada en un guión de coherencia inabordable. Un imposible artístico que convierte el rodaje en una batalla diaria, en una frustración permanente. Steve Coogan, actor por el que siento una irresistible simpatía no-sexual, interpreta tres papeles diferentes en esta locura de los planos superpuestos: el Steve Coogan ficticio que es la estrella de "Tristram Shandy", con sus problemas personales, su ego artístico, su queja continua sobre la altura de los tacones o la emotividad nula de las escenas; el propio Tristram Shandy, que en la película dentro de la película narra su propio nacimiento y las circunstancias extraordinarias que lo rodearon; y además, como el rodaje va escaso de recursos, y hay que ahorrarse dineros en los actores, el padre del propio Tristram, en las escenas atribuladas de su nacimiento. Ya les dije que era un lío mayúsculo, una película inefable, un juego de realidades y ficciones que este diario no alcanza a resumir. Sólo a recomendar. La historia de una polla y un toro...




            Y alrededor de Steve Coogan, dando por culo todo el rato, la mosca cojonera de Rob Brydon, que también se interpreta a sí mismo fuera del rodaje, y que en el Tristram dentro del Tristram es el trastornado Tío Toby, héroe emasculado de la batalla de Namur. Coogan y Brydon, en los sets de rodaje, en las trastiendas del vestuario, en las habitaciones del hotel, protagonizan un duelo de egos simulado, un cachondeo competitivo que nace de su amistad real fuera de las ficciones. Los espectadores más memoriosos recordarán que en 24 Hour Party People Brydon era el fotógrafo tocapelotas que perseguía al Tony Wilson que interpretaba Steve Coogan. Y que cinco años más tarde, en The trip, ambos actores, fingiendo que se odiaban, se lanzaban al viaje gastronómico por Inglaterra y se retaban a imitar voces de actores famosos. Hoy mismo me he enterado de que han repetido fortuna y comedia en The trip to Italy. Mi flota bucanera ya se ha hecho a la mar, y en estos momentos bordea las costas fílmicas del Tirreno...


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Kingsman

Viajaba tan mareado en esta montaña rusa de peleas y matanzas que es Kingsman, tan abrumado por los efectos especiales y las cabezas que revientan como fuegos artificiales, que sólo al final, en los títulos de crédito, me doy cuenta de que Mark Hamill -Luke Skywalker, el redentor de la galaxia muy lejana- figura como Dr. Arnold en el reparto de esta locura juvenil. ¿Y quién coño era el Dr. Arnold, me pregunto yo, a las doce y pico de la noche, con un dolor de cabeza que sólo el paracetamol y la tertulia deportiva de la radio sanarán media hora más tarde?



            Tengo que regresar a este teclado para recordar que el Dr. Arnold era el tipo que secuestraban al principio de la película, un profesor con pajarita que anunciaba a sus alumnos de Oxford, o de Cambridge -tampoco lo recuerdo bien- la venganza definitiva del planeta Tierra contra sus parásitos humanos. Mark Hamill chupa sus buenos minutos de pantalla, con varias líneas de diálogo que lo fijan claramente en el objetivo, y no puedo decir, ahora que lo veo en las imágenes de Google, que salga muy deformado o maquillado. Es él, redivivo, el hijo de Anakin Skywalker, el caballero Jedi que devolvió el equilibrio a la galaxia, aunque aquí salga viejuno y con barbita, regordete y con cara de pánfilo. Yo andaba en los subtítulos, en la tontería, en la fascinación idiota por estas peleas a cámara lenta donde los aprendices de James Bond clavan sus cuchillos, disparan a quemarropa, retuercen cuellos comunistas para salvar la civilización occidental. Las películas preferidas de Esperanza Aguirre. Y yo, engatusado por estas majaderías para adolescentes, me perdí el guiño, el homenaje, la aparición estelar del guardián de las estrellas. Así voy de perdido, y de bobo, en estos primeros calores del año, que llueven como tormentas de fuego. Y lo que me rondarán, morena. 


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Sperm Wars

Una reciente investigación de la Universidad de Harvard señala que hacer poco ejercicio y pasar más de 20 horas a la semana viendo televisión son hábitos que inciden en la baja producción de espermatozoides. La doctora Audrey Gaskins, que así se llama la espermatóloga jefe, aventura que esto puede ser debido al recalentamiento excesivo de los testículos sometidos a la presión del sofá. Los deportistas, explica ella, son hombres que tienen la sana costumbre de menear sus gónadas de aquí para allá, al aire libre, y las mantienen en la temperatura óptima para la producción de gametos.
            La explicación de la doctora suena convincente. Más aún: a los efectos nocivos del sofá habría que añadir el manoseo testicular del espectador aburrido o atribulado, que ya quedó dicho en este diario que es un tocamiento tan compulsivo como inocente, y muy universal, por lo que yo sé, en el mundillo de la cinefilia. En un puro horno, como se ve, viven los testículos de quienes nos hemos decantado por la vida sedentaria. Una caldera donde sólo sobreviven los espermatozoides más aptos. Quizá nuestros ejércitos sean menos numerosos que los que alimentan nuestros vecinos deportistas, allá en sus pantalones holgados y resudados. Pero estoy seguro de que nuestros combatientes son más aguerridos y eficaces. Se han criado en el infierno de nuestros barrios bajos. Son resistentes y muy selectos. Serían verdaderas máquinas de procrear si las mujeres, siempre atentas a los que corren y sudan, decidieran darles una oportunidad...



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Seinfeld. El novio religioso

Elaine llega al Monk's Cafe tristona y compungida:

Elaine: ¿Qué os parece esto? Me llevo el coche de Patty y resulta que todas las emisoras de su radio son de rock cristiano. ¿Creéis que es posible que Patty crea de verdad en algo?
Jerry: Si el coche es de segunda mano quizá ni le ha cambiado las memorias...
Elaine: [sonriente] ¡Eso! ¡Es un vago!
Jerry: Seguro que no sabe programar las emisoras...
Elaine: [más sonriente aún] ¡Sí! ¡Es bobo!
Jerry: Así que los prefieres bobos y vagos a religiosos, ¿no?
Elaine: A los bobos y vagos los entiendo.


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Amor a quemarropa

Los diálogos y violencias de Amor a quemarropa son marca de la casa Tarantino. Que la película fuera dirigida por Tony Scott es un accidente de las filmografías, porque ese guión, con esos actores ejemplares soltando los mamporros, y esa belleza de Patricia Arquette iluminando la pantalla, casi trabaja sin ayuda. El hombre del mentón prominente estaba en su salsa con los mafiosos italianos, los productores de Hollywood, los enamorados que cruzan Estados Unidos con una maleta repleta de cocaína. En el podium de sus mejores diálogos está el asunto de los sicilianos y sus moros antepasados, allá por las invasiones del siglo IX. Dennis Hopper y Christopher Walken, gracias a la verborrea ofensiva y cachonda de Tarantino, firman una escena irrepetible y mítica.



            En las entrevistas, Quentin Tarantino confiesa que Amor a quemarropa es su guión más personal. Y es de comprender: el personaje de Christian Slater, al comienzo de la película, es un cinéfilo muy parecido a él, un tipo que consume la vida en las salas de sesión continua, atiborrándose de la misma basura que alimentó sus sueños profesionales: persecuciones, balaceras, hostiazas de artes marciales... Slater, más allá de la obvia comparación con su creador, también es Mia Farrow en La Rosa Púrpura de El Cairo, Woody Allen en Sueños de seductor, Álvaro Rodríguez, incluso, en las penurias fundacionales de este blog. Personajes a los que la vida agobia, sobrepasa, no llena de orgullo ni de honda satisfacción. Dimisionarios de la realidad que siempre que pueden, cuando ya han cumplido sus obligaciones, y a nadie molestan ni perjudican, se toman la pastilla azul para entrar en el Matrix cotidiano de las películas, a vivir la vida simulada de las neuronas espejo. Benditas ellas.


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Control

Con su epilepsia, sus arrebatos de éxtasis y su lenguaje críptico y florido, Ian Curtis, el vocalista y líder de Joy Division, estaba llamado a fundar una nueva religión. Ian no era carpintero, sino funcionario de la Oficina de Empleo, pero también mataba las tardes hablando del amor y de los misterios interiores, y las gentes de Manchester, arrastradas por su aura de chico extraño, escuchaban arrobadas sus poesías enrevesadas. Ian iba camino de ser el Pablo Coelho de las Islas Británicas cuando en 1976, en el mítico concierto de los Sex Pistols que retratara Michael Winterbottom en 24 Hour Party People, tuvo la revelación que marcaría su destino: no predicaría a orillas de los lagos, ni en las bodas de los ricos, sino que agarraría un micrófono, se rodearía de músicos próximos al punk y se dejaría llevar por el ritmo hipnótico de las notas.




            La película que nos cuenta su vida lleva el título de Control, porque el gran miedo de Ian Curtis era perder el control sobre su enfermedad, que lo asaltaba incluso sobre los escenarios, o sobre su vida amorosa, marido infiel que sentía remordimientos cuando se acostaba con la bella Annick. La película es solvente, fría, a ratos hipnótica, como la música misma de Joy Division, pero uno lamenta que se hable tan poco de la movida musical, de los conciertos legendarios. Que el personaje de Tony Wilson, que en 24 Hour Party People era protagonista principal, aquí sea el secundario encargado de poner los chistes y las tontacas. Anton Corbjin, el responsable de Control, prefiere irse por los cerros del amor y los celos, de los flirteos y las coyundas, y en estos dislates del corazón, Ian Curtis, el poeta, el maldito, el rockero que alcanzó la leyenda muriendo joven y famoso, pierde todo su carisma. Cuando se baja del escenario y se toma unas cervezas en el pub de la esquina, Ian es uno más entre nosotros, sus admiradores, o sus curiosos, con su matrimonio rutinario, su piso humilde, su esposa gorda e inapetente. Un Mariano más de los chistes de Forges. Nada que no sepamos ya, los mil marianos del mundo, que veníamos a Control para hacer un poco de guitarring en la intimidad, y para recordar la vieja culturilla del pop-punk británico. No para deshojar las margaritas del amor, que las tenemos ya resecas entre los viejos periódicos.   


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Woody Allen. Las distracciones

En el festival de Cannes, en el estreno de su última película, Woody Allen vuelve a hablar del sinsentido de la vida, y de su oficio de cineasta:
“Todo lo que creas en tu vida se va a evaporar. El universo desaparecerá. Todo lo que hizo Shakespeare o Miguel Ángel, todo va a desaparecer por mucho que lo cuidemos. Así que mi conclusión es que la única forma posible en la que puedes afrontarlo es con distracciones. Cuando hago cine, primero me distraigo a mí mismo, y luego se lo hago al público. Durante hora y media se olvidan de los malos humores, de la muerte… Es halagador ver a la gente reír con tu trabajo, y en mi caso es agradable mantenerme ocupado y no encarar la realidad”.




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Leviatán

Me gustan mucho las películas de Andrei Zvyagintsev, el director ruso del apellido impronunciable y las películas herméticas. Pero luego, no sé por qué, nunca las recuerdo. Sólo su ópera prima, El regreso, aquella historia del padre y sus dos hijos perdidos en los parajes de Siberia, permanece erguida en mi memoria, con recuerdos nítidos y sensaciones rescatables. En cambio, de Izgnanie y de Elena, que son dos películas a las que dediqué esforzados comentarios en este blog, no guardo apenas nada. Los argumentos se me han evaporado, los paisajes se me han confundido, los personajes se me han enredado... Sólo imágenes sueltas, y alguna mujer eslava de rompe y rasga, de las que Max, mi antropoide interior, lleva cumplida cuenta en su colección fotográfica. Cuando estas cosas pasan -y pasan cada vez con más frecuencia en mi cinefilia provinciana- sólo puede haber dos explicaciones: que la senectud olvidadiza avanza a pasos agigantados, o que yo, en realidad, por esas cosas del postureo, y de fingir una cultura distinta y elevada, me engaño a mí mismo cuando afirmo que me gustan estas películas, cuando simplemente las soporto, las transito, anhelando con el subconsciente otras películas más digeribles.




            En los paisajes desolados de Leviatán, como en cualquier película de  Zvyagintsev, reina la corrupción, el alcoholismo, el fin de fiesta de sus desgraciados moradores, que pensaron que con McDonald's llegaba la despensa llena y el rock and roll a las aldeas. Los rusos, a cambio de la televisión por satélite y de la libertad ficticia de votar, perdieron sus trabajos estables, sus pensiones garantizadas, sus servicios gratuitos. Les engañaron como a chinos, o como a indios pre-colombinos, fascinados como estaban por los colorines. Los comisarios políticos se reciclaron en caciques; los soldados en matones; los dictadores de Moscú en gánsteres de San Petersburgo. Como en la manida sentencia de El Gatopardo, todo cambió para que todo siguiera igual. Y los sacerdotes, claro, que renacieron del suelo como gusanos tras la lluvia. Fue caer la primera estatua de Lenin y ya estaban todos en sus puestos de combate, ortodoxos y pulcros, monsergando desde los púlpitos contra el atroz comunismo que los mantuvo amordazados. Ahora, salvo honrosas excepciones, callan cristianamente ante los desmanes y los atropellos. Gestionan su cuota de poder y se sienten satisfechos y magnánimos. Son iguales en todos los sitios, estos tipejos. Incluso en las tierras bañadas por el Ártico, donde los personajes de Leviatán se quedaron sin futuro.


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Seinfeld. Ni abrazos ni aprendizaje

Hoy, en el periódico digital, recuerdan que hace 17 años exactos que se emitió el último episodio de Seinfeld. En el prólogo a los veinte momentos más descacharrantes de la serie, el autor del artículo nos recuerda que Larry David, cocreador de la serie junto a Jerry Seinfeld, mantenía un lema inviolable: " No hugging, no learning". Ni abrazos ni aprendizaje. Los personajes, durara lo que durase la serie, jamás iban a crecer ni a madurar. Larry quería hacer comedia, sí, pero de la vida real, no de los cuentos de hadas, ni de las fábulas morales. Los guiones de Seinfeld, con sus famosas chácharas sin objetivo ni progreso, iban a ser el espejo que reflejara las miserias del espectador. Del inteligente, claro, que es el único que iba a reconocerse en los personajes para reírse de sí mismo. Esa fue la distinción de la serie. Su personalidad única e irrepetible. La que hizo de ella la mejor comedia de todos los tiempos.


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Maps to the stars

Maps to the stars es el nuevo tratado de David Cronenberg sobre el alma podrida de los seres humanos. Su filmografía entera es un recorrido por las basuras interiores que no podemos reciclar: los traumas de la infancia, la taradura de los genes, las desgracias de la vida... Se nos acumulan las bolsas de mierda, y nos volvemos hediondos por dentro, y tristes por fuera. O coléricos, si la frustración estalla, o depresivos, si la rabia implosiona. Ninguna película de Cronenberg termina con un canto a la esperanza, con una banda sonora que cante a la felicidad. No hay cura posible para sus personajes. Los desdichados que caen en sus manos nacen condenados desde las escenas iniciales, y por siempre dan algo de pena, algo de cosilla, aunque luego, en este mundo cronenbergiano de excesos y salvajadas, se revelen como unos hijos de puta nada recomendables.





            Los neuróticos que pueblan Maps to the stars son personajes del mundillo hollyvudiense capaces de cualquier cosa por medrar, por triunfar, por tener las letras más grandes en los títulos de crédito. Una gentucilla que luce muy bien en las fotografías y en las alfombras rojas, pero que luego, en sus salones, en sus cuartos de baño, son mezquinos y vengativos como cualquier espectador que asiste a sus tribulaciones. A estos tipos ya los conocíamos de otras películas que diseccionaban el estrellato, pero en Maps to the stars, gracias a la mala uva de David Cronenberg, nos resultan especialmente desagradables y sucios. Unos porque Julianne Moore o John Cusack son actores cojonudos que esconden mil registros en las mangas, y otros porque Mia Wasikowska o Evan Bird ya tienen de por sí unos jetos extraños e inquietantes. También sale, en Maps to the stars, esta actriz de belleza inconcebible que es Sarah Gadon. Ella es el fantasma nocturno que atormenta al personaje de Julianne Moore. Su piel blanquísima flota en las tinieblas de la noche. Su perfidia  crece en el abominable territorio de las pesadillas. Sarah es el personaje más terrorífico de la función. Siendo tan guapa y tan mala, provoca en los hombres un miedo instintivo y primitivo. Cagadito y enamorado, me quedé.


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Tusk

Kevin Smith ya no hace películas de humor transgresor. Los tiempos salvajes de Jay y Bob El silencioso se han perdido en la lluvia como lagrimones de la risa. La juventud de Kevin, como la nuestra, ha cumplido cuarenta y tantos años, y nos ha puesto en la edad de filosofar, y de sonreír con más cinismo que alegría. Los dependientes de Clerks se han convertido en padres de familia que llegan a casa derrotados, barrigudos, sin ganas de hacer chistes sobre los obreros masacrados en la Estrella de la Muerte, ni sobre vecinos que se rompieron la espalda tratando de chuparse su propia polla.



            En Tusk, su última película, Kevin Smith quiere hacer cuchipanda del cine de psicokillers, y uno, que vive cansado de este género reiterativo que atiborra las pantallas grandes y pequeñas, agradece el esfuerzo satírico de nuestro orondo y barbudo amigo. El problema es que el Kevin adulto no ha querido que el Kevin jovenzuelo tomara las riendas de la trama, y en esa lucha interior, Tusk se  ha quedado a medio camino de todos los géneros, y de todas las intenciones. A ratos es El silencio de los corderos y a ratos es Muchachada Nui (el asunto de la morsa, si no fuera por las latitudes del animal, bien podría ser una humorada manchega de Joaquín Reyes). Cuando parece que la película se decanta por una salvajada con diálogos al estilo de Quentin Tarantino, aparece Johnny Depp haciendo una mala imitación -o un homenaje sin gracia- del inspector Clouseau, y todos los esquemas vuelven a romperse y a enredarse. Tusk se queda en divertimento, en astracanada, en película  extrañísima e intraducible. Hay que verla para creerla. No queda otro remedio. Si el aburrimiento es mucho, y la curiosidad insaciable. Y si alguien, también, quiere conocer al tipo que un día se comió a Haley Joel Osment. Con patatas y Coca-cola. Y suplemento de McNuggets.


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Ascensor para el cadalso

He llegado tarde, muy tarde, a la música jazz. Este manantial de música bendita ya nunca calmará la sed atrasada. A los cuarenta años ya no está uno para iniciarse en nada, a no ser en el noble arte de rascarse la barriga. Todo lo que no fue ya nunca será. Está uno en la edad de releer, de revisitar, de afianzar las viejas querencias. Lo nuevo es resbaladizo e inaprensible. El jazz es una música difícil, amorfa en apariencia, horrísona, incluso, en algunos acercamientos, y las neuronas ya no están para estos desafíos. Pero qué placer, ay, cuando una melodía empieza a ser familiar, y uno, sin entenderla realmente, porque de música no entiende ni papa, se descubre silbándola por los pasillos, o tarareándola mientras friega los platos, y descubre que en esos ritmos sincopados está la gran música de las décadas, que no de los siglos todavía, mientras Mozart o Schubert sigan siendo intemporales.




            Uno de estos genios con los que me voy familiarizando es Miles Davis, el trompetista de los cien estilos. Hasta su biografía tengo esperando turno sobre mi mesita de noche, a ver si un día este sueño pertinaz no llega galopando sobre la primera página. Miles Davis y su banda compusieron en pocas horas la banda sonora de Ascensor para el cadalso, la película de Louis Malle. El bueno de Louis no tenía quien le pusiera música a sus imágenes, y el bueno de Miles andaba por París con varios conciertos suspendidos, así que un buen amigo común ató cabos y los juntó para la posteridad. Mientras bebían champán con el propio Louis Malle y Jeanne Moreau, Miles Davis y sus muchachos, descamisados y medio piripis, iban improvisando lo que luego terminó siendo una música mítica. La esencia de la película, en realidad, lo único realmente moderno que aún pervive de ella, que se ha quedado algo viejuna en su francesismo estilista, y en su trama criminal un poco de chichinabo. Esta música sinuosa que parece brotar de la misma noche parisina, y que acompaña a Jeanne Moreau en sus males de amor por las calles mojadas, justifica por sí sola este ratico tan agradable en el sofá. Nuit sur les Champs-Elysees… Ahora mismo, mientras junto estas letras, escucho esta pieza que huele a desamor, a prostíbulo, a París golfo y decadente. A melancolía llevada con mucho estilo. Todo muy francés, muy chic, aunque el músico responsable les naciera en Illionis.


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Filth

Llego muy desconfiado a Filth, que se anuncia como una película de humor posmoderno al estilo de Guy Ritchie. En los compases iniciales, que no son nada prometedores, aparece Irvine Welsh en los títulos de crédito, y uno, por esas cosas de la nostalgia, siente un escalofrío de bendición al recordar Trainspotting y sus locas travesuras. Me arrellano, pues, en el hueco homersimpsoniano del sofá, algo más confiado y risueño. Son las once de la noche y el sueño todavía está lejos, muy lejos, acercándose a veinte por hora por una carretera secundaria del cerebro.



            El primer chiste de Filth, acompañado de música punk y molona, es el asesinato de un chico japonés a mano de unos poligoneros escoceses, o mejor dicho, a pie, porque estos, apostados en un paso subterráneo, lo cosen a patadas mientras el muchacho se defiende haciendo escorzos patéticos de Bruce Lee, por ver si les asusta. La violencia es, a falta de otro adjetivo mejor, gratuita, y no tiene ni puta gracia. Y esto lo dice un espectador que se lo pasa teta con las películas de Quentin Tarantino. No es el asunto moral lo que me indigna, sino lo tonto de la situación, lo ridículo de la banda sonora, la gracia estúpida del pobre japonés imitando al profesor Miyagi.

            El segundo chiste es un niño malcriado haciéndole la puñeta a nuestro dicharachero protagonista, un detective que va echando pestes de sus compatriotas escoceses. El antihéroe, que es un tipo duro de gesto desafiante, le devuelve la puñeta al chaval, y por partida doble, con ambos dedos corazón señalando al cielo nublado, y además, de premio, para regocijo de los espectadores más limitados, le quita el globo de las manos y lo suelta al albur de los vientos. Un jicho, el tío. Un descojone, vamos.

            El tercer chiste -por llamarlo de algún modo, y aún no hemos superado los diez minutos de metraje- es el mismo detective soltando un pedo silencioso en la reunión mañanera de la comisaría, y descojonándose por dentro al ver la reacción de sus compañeros, que olisquean las heces volátiles lanzándose miradas acusadoras. Humor inglés, que se dice. La música que acompaña estas memeces no ha dejado de sonar, discotequera, popera, como de canal VH1 a las seis de la tarde. Filth, por mucho Irvine Welsh que avale sus argumentos, es un truño de mucho cuidado, ridículo y desquiciado. A lo mejor la novela es un deshueve, no digo que no, pero su traducción en imágenes es una cosa de vergüenza ajena. Son las once y diez de la noche y el sueño todavía está en las primeras curvas de su sinuoso trayecto. Ascensor para el cadalso, el clásico noir de Louis Malle, espera turno en el disco duro. Pero eso, queridos gatos del callejón, será otra película...


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The Babadook

Entre los episodios más divertidos de Los Simpson están esos en los que Homer, al borde ya del infarto o de la psicosis, y aconsejado por el socarrón doctor Hibbert, decide contener la ira que le provocan las trastadas de Bart. Éste, que es un hijoputa de mucho cuidado, viendo que su padre ya no puede reaccionar agarrándole del cuello ni soltándole amenazas, redobla sus travesuras hasta que la ira acumulada estalla en formas muy cómicas. Llevado al límite de su paciencia, hemos visto a Homer convertido en La Masa, en La Cosa, en el Jack Torrance de El resplandor. Dentro de unos años, cuando le hagan un guiño cinéfilo a esta película titulada The Babadook, veremos no a Homer, sino a Marge Simpson, transformada en una madre demenciada que ya no aguanta ni un minuto más las salvajadas de su retoño.



            The Babadook, que es el último grito de terror venido de Australia, cuenta la historia de una madre que ha de trajinar con un hijo aún más insoportable que Bart Simpson, un auténtico demente de siete años que pega a sus compañeros, escupe a su profesores, fabrica ballestas en el sótano de su casa y dice ver fantasmas horripilantes por todos los sitios. El actor, este niño llamado Noah Wiseman, o es un genio precoz, o en su vida real es igual de ahostiable que en la vida ficticia. Tan inquietante y oscuro como el niño Damien de La Profecía. La madre de Samuel, que además es viuda prematura, tiene un trabajo de mierda, y ha sido marginada por el resto de las madres temerosas, se pasará media película conteniendo las ganas de ahogarlo en la bañera o despeñarlo por la Roca Tarpeya de Adelaida, hablando consigo misma en tono conciliador y respirando muy despacio y muy profundo. Hasta que una mala noche, sin que nadie lo haya robado o comprado, aparece en la estantería el cuento de Mister Babadook, donde un fantasma peludo con sombrero de copa anuncia su pronta llegada a la casa, con presagios funestos de infanticidios sangrientos y suicidios arrepentidos. La sombra de la depresión es alargada. Y hasta aquí, queridos amigos y amigas, puedo leer...


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Zoolander

El 27 de marzo de 2009, en otro foro de cinéfilos más concurrido que éste, un yo mismo que aún no transitaba la crisis de los cuarenta escribía estas albricias y zapatetas sobre Zoolander, la tontaca de Ben Stiller sobre el mundo de la moda y sus chanantes sujetos:
            "Es una peli, que si te la cuentan, sales huyendo. No tiene ni pies ni cabeza: es ridícula, absurda, gilipollesca. Sin embargo, cuando la ves en una noche tonta, acabas riéndote como un imbécil. Zoolander no es, desde luego, una comedia de Billy Wilder (y que los dioses me perdonen por introducir aquí su nombre), pero tiene el mérito incuestionable de ser una chorrada autoconsciente de serlo. La película no engaña a nadie, no va de proyecto interesante, se parodia cruelmente a sí misma. Y esa honestidad me llega al alma. Ben Stiller podrá ser obvio, zafio, bobo, pero no es, desde luego, ningún majadero que presuma de hacer comedias con mensaje. La escena del "duelo en la pasarela" es de lo más demencial y divertido que he visto en tiempo".




            Ése era yo con treinte y siete tacos recién cumplidos. Casi un chaval que se reía por cualquier cosa. Que le sacaba zumo incluso a una película tan lamentable como Zoolander. Un cinéfilo mucho menos exigente que el que ahora se adueña del sofá, que tiene más canas, y más kilos, y se ríe haciendo esfuerzos con los labios. Estos seis últimos años han sido como de vida perruna: cuarenta y dos, en realidad, si los multiplicamos por siete de los humanos. En los ochenta tacos, pues, me he puesto en un visto y no visto. Quizá por eso, anciano y medio gagá, con las pastillicas y la babilla de la modorra, hoy no he sacado ni una sonrisa con Zoolander. Ni con la famosa escena del "duelo en la pasarela", que parecía una cosa de Los Morancos haciendo el merluzo sobre el Puente de Triana. O ha sido, tal vez, la derrota del Madrid en Turín, el enésimo Waterloo de nuestras huestes en los campos europeos, la que me ha tiznado el humor de negro, una suciedad de vergüenza que seguramente necesitaba un detergente más poderoso que éste de Ben Stiller y su alegre muchachada. 


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Cuadernos de cine

Yo que siempre he sido fiel a la revista Cinemanía, este mes, en el kiosco, quizá en un arrebato de cinefilia cultureta, me dio por comprar Cuadernos de Cine, la revista que es hermana de los Cahiers du Cinema franceses. La mitad de los artículos hablan de cineastas consagrados que yo ni siquiera conocía; la mitad de las recomendaciones en DVD aluden a productos inencontrables en las provincias periféricas; la mitad de las críticas usan una gramática endiablada de enigmas envueltos en un acertijo. Me he quedado como estaba. Ha sido un bofetón en toda regla. La expulsión del paraíso cinéfilo, una vez más.
            No estoy para estas alturas intelectuales. Lo mío es el chascarrillo, la crítica legible, la guía mundana. Las fotos de actrices guapísimas con escasa ropa, que en Cuadernos de Cine se ve que tienen prohibidas, como si la editaran los curas, o las tuvieran vetadas por banales, ajenas al meollo metafílmico de la captura de imágenes. Así llaman a las películas, a las pelis, en los Cuadernos de Cine: captura de imágenes en movimiento. Su reino no es de mi mundo. Regresaré al hogar más paleto y accesible de Cinemanía, donde Pepe Colubi, en su columna mensual, relata con humor sus soplapolleces de espectador cotidiano y poco exigente, tan parecidas a las mías.


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Nubes plomizas

Más allá de mi habitación, en el mundo real del tiempo atmosférico, las nubes plomizas llevan varios días instaladas en los cielos. No descargan lluvias, ni rayos, ni vientos que refresquen la sensación de asfixia. Simplemente están ahí, flotando, amenazantes, como ovnis gigantescos en las películas de invasiones. El aire del salón pesa y aprieta. Escuece al respirarlo. Sin necesidad de verla en el espejo, noto que mi cabeza abulta el doble de su tamaño natural, ya de por sí exagerado. Me cuesta mantenerla erguida, atenta, enfocada hacia las películas y las series. Se me cae hacia los lados, aburrida, o hacia delante, somnolienta. Con las nubes grises han llegado al mismo tiempo, como asociadas, o como por casualidad, las series grises, y las películas sin chicha. O quizá soy yo, que en esta enfermedad de la macrocefalia no le saco el gusto a nada. Aunque me siento delante del televisor como todas las noches, los problemas del mundo real permanecen ahí, en el primer plano de la conciencia, clavados en la frente con chinchetas que hieren y me hacen sangrar. Mis ojos y mis oídos buscan desesperados el drama, el chiste, la acción que debería curarme de la realidad, pero sólo encuentran páramos de aburrimiento, apenas tres o cuatro oasis diminutos en los que tomar sombra y respirar. 

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Mi amiga la vejiga

Es la primera vez, en tantos y tantos años de cinefilia hogareña, que reflexiono sobre la disciplina espartana de mi vejiga. No tengo memoria de que haya interrumpido jamás una ficción satisfactoria. Más aún: me ha rescatado varias veces de  películas insufribles que yo, por cabezonería, o por dignidad, insistía en terminar. Ella me ha levantado del sofá con sus pellizcos. Una fiel compañera, mi vejiga. Y una crítica excelente, además. Si ella tuviera dedos propios, y un miniportátil impermeable instalado allí dentro, escribiría con más tino y mejor juicio que este ser humano que la contiene.




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Homer loves films

Encuentro, en un episodio de Los Simpson, esta declaración de amor al cine en el personaje más insospechado: Homer Simpson
  • Homer Simpson: Las películas no son estúpidas. Nos llenan con romances, y odios, y fantasías de venganza. Arma letal nos enseñó que el suicidio era divertido.
  • Mel Gibson: No era realmente mi intención…
  • Homer Simpson: Antes de Arma letal 2 nunca pensé que podría haber una bomba en mi retrete, pero ahora lo reviso cada vez que voy.
  • Marge Simpson: Es verdad. Lo hace.
  • Mel Gibson: ¿Las películas significan mucho para ti, Homer?
  • Homer Simpson: Son mi única vía de escape para la esclavitud del trabajo y la familia. 


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