Paco de Lucía: La búsqueda

Paco de Lucía: La búsqueda es el documental inacabado sobre la vida y obra del guitarrista algecireño. Y digo inacabado porque Paco se nos murió sin rematar los recuerdos, ni los aprendizajes de la vida, que aquí nos contaba desde su casa de Mallorca, o desde los hoteles europeos donde iba reposando lo que al final, quién se lo iba a decir, fue su última gira.

            Paco de Lucía habla de sí mismo con melancolía, con distancia. Dice que le gusta sentirse querido, adulado incluso, como a cualquier hijo de vecino, pero que su satisfacción profesional nunca dependió del juicio ajeno. Paco fue un perfeccionista, un maniático de la exactitud, y eso, según confiesa, le fue amargando la vida poco a poco:
            “Qué más quisiera yo que tener la mitad, ¡un cuarto!, de esa felicidad y ganas de vivir e ilusión que yo tenía cuando era un niño. A partir de que la vida me ha ido bien, del reconocimiento, de que soy famoso en el mundo, que gano dinero, que todo el mundo me llama maestro, soy un amargado. Un amargado porque ya me ha puesto en un nivel en el que, si estoy por debajo, me critican. Entonces, con el carácter mío, del carácter que imprimió mi padre en mí, de eso de la perfección y de estar siempre al nivel que la gente espera de ti, eso no es agradable. Eso es un suplicio”.


            Es una confesión sorprendente, valiente, expresada con un deje de tristeza y hastío que desarma a cualquier espectador. Paco de Lucía tiene un ego chiquitín, huidizo, difícil de alimentar. Mientras otros artistazos se refugian en el aplauso de la crítica o del público, él se derrumbaba en los camerinos, o en los sofás de su casa, decepcionado consigo mismo, incorrecto en aquella nota, desacompasado en aquel acompañamiento, torpe en algún rasgueo que sólo los muy entendidos –los muy entendidos- iban a detectar con las orejas bien abiertas.
                Tampoco cuando componía terminaba en buenas relaciones con las musas:
            “Cuando descubro algo, cuando compongo algo que me gusta, lo grabo, y me paso por lo menos un ratito en el que soy feliz. La palabra feliz está ahí. Al día siguiente, me levanto y digo, ay, vamos a escuchar lo de ayer. Lo escucho y digo: esto no vale nada. ¿Cómo ayer me gustaba esto, que hasta bailé y todo y me vio la muchacha, y de pronto hoy me parezca una mierda? A ver. Qué pasa aquí. A quién haces caso. ¿Quién tiene razón, el de ayer, o el de hoy? Ahí te pierdes”.


0

Loreak

Ane, que es una mujer vasca en miniatura, con una belleza extraña y algo marchita, recibe todos los jueves en su domicilio un ramo de flores. Loreak, en euskera, las flores, y Loreak, también, el título de la película. Ane es una mujer casada, y su marido, que está pasando la crisis de los cuarenta y sólo sueña con jovencitas tumbadas sobre su cama, niega cualquier responsabilidad en el asunto. Los ramos vienen sin mensaje ni remitente, y las empleadas de la floristería, sometidas al interrogatorio, hablan de un hombre normal, sin facciones definidas, que un día pasó por allí e hizo el encargo del envío regular.

            Así expuesta, Loreak parece la historia de un cortejo amoroso, con sus flores anónimas, su miradas escurridizas, sus encuentros casuales en la cafetería o en el trabajo, y uno, aunque la tal Ane no le ponga la libido en guardia, saca el cuaderno de apuntes para tomar nota de las estrategias cinegéticas de su admirador. Porque nunca se sabe, en este loco mundo del deseo, cuándo van a necesitarse estos saberes prácticos de la seducción. ¿Y si un día apareciera en mi vida una mujer igualita en cuerpo y alma a Natalie Portman, tan idéntica a ella, tan ella, que uno pensaría que es la mismísima Natalie refugiada en el anonimato ibérico, cansada ya de la fama, de los focos, de los hombres apuestos que nunca le hicieron reír? Dado mi nivel de inglés lamentable, yo tendría que decírselo con flores, mi amor eterno y rendido, y en Loreak, al principio, uno sueña con aprender estos recursos tan coloridos y aromáticos.


            Pero no van por ahí los tiros, ni las flores. En un giro imprevisto de la trama, un personaje principalísimo de la película muere en accidente de tráfico, y lo que antes eran loreak de amor ahora son loreak de homenaje a los muertos. La moraleja es que mientras llevemos flores a los seres queridos que se fueron, estos no morirán del todo, un eslogan que suena a campaña publicitaria de la industria floristera en vísperas de Todos los Santos. De las mujeres que quedan vivas en Loreak, unas opinan que sí y otras opinan que no, como en la canción de La Parrala, y en estas discusiones bizantinas se nos va la segunda mitad de la película, mientras yo guardo el cuaderno de caza para mejor ocasión y contengo algunos bostezos en la frontera ya fatigada de la medianoche. Loreak es muy bonita, muy delicada, y muy cursi también, como las propias flores del campo. Y además no tiene razón. A los muertos les importa un carajo que pensemos en ellos, o que los recordemos con flores. Están muertos. 

3

Monty Python and the Holy Grail

Quién nos iba a decir, hace veinte años, cuando mi generación vio por primera vez Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, que el Santo Grial que los Monty Python buscaban en la Inglaterra artúrica estaba en el centro de León, en la vieja capital de estos reinos subyugados por Castilla, a dos kilómetros escasos del cine club universitario donde nos descojonábamos con el entrechocar de cocos y las ofertas sexuales del castillo de Ántrax. Donde celebrábamos a los agricultores anarquistas de la Edad Media y aplaudíamos ese final grotesco de los bobbys británicos entrando a saco en la batalla con las porras y las lecheras.

            Desde que trascendió la noticia, que viene avalada por documentos históricos de comprobada autenticidad, esta ciudad nuestra, con su catedral de Primera División y su fútbol de Segunda B, se ha convertido en el lugar de peregrinaje de muchos compatriotas de los Monty Python. A algunos les pilla de paso, la visita al cáliz de doña Urraca, porque vienen haciendo el Camino de Santiago para purgar las penas y así pecar a la vuelta con total tranquilidad. Pero otros, que no se han dejado seducir por la publicidad engañosa de Rita Barberá, que dice que la Sagrada Copa está custodiada en Valencia gracias a la bendición apostólica del Partido Popular, nos visitan ex profeso después de buscarnos en el mapa y confundirnos con Lyon, en Francia, o con el otro León, en México, que con la tontería del enredo felino también se están forrando con la avalancha de turistas religiosos. Sobre todo la León mexicana, porque los gringos, como cantaba Javier Krahe, siempre han confundido estos reinos con aquellas repúblicas:
Y los americanos
mandan aviones,
contra los mejicanos,
tiene cojones,
porque creen que España
está ahí abajo.
Y luego les extraña
su mal trabajo.


            León es una ciudad que se visita en una mañanica, si te levantas temprano. Admiras las vidrieras de la Catedral, contemplas el Cáliz de la Sagrada Cena a ver si un rayico de luz sale del objeto y te toca la cabeza para convertirte en inmortal, o concederte superpoderes de Indiana Jones y la Última Cruzada, y después de la mayúscula decepción, porque aquello sólo es una copa muy antigua, de los tiempos palestinos de Maricastaña, dispones de cien bares donde ahogar tu fastidiosa mortalidad en caldos de la tierra. Esos son, seguramente, los únicos Griales verdaderos que existen en la ciudad: los que están hechos de vidrio en la fábrica de Duralex, y colman las barras de las tascas, y las pilas de los fregaderos. 


2

Multiplicity

Al entrañable Harold Ramis, que se nos murió el año pasado y ya vive con los espectros que él mismo perseguía en Los cazafantasmas, todo el mundo le recuerda por esa comedia genial que es Atrapado en el tiempo, una película que se ha convertido, curiosamente, en un clásico intemporal que jamás nos cansaremos de ver, y de reír, como decía el señor Barragán. Otros recuerdan que fue Harold Ramis, en Una terapia peligrosa, quien tuvo la primera ocurrencia de sentar a un mafioso en el banquillo del psiquiatra, antes de que Tony Soprano pidiera vez en la consulta de la Dra. Melfi para dar inicio a la serie de las series.



            Para mi extrañeza de cinéfilo poco convencional, cuando se habla del añorado Harold nadie se acuerda de Mis dobles, mi mujer y yo, que en inglés lleva el más corto y bonito título de Multiplicity. Debemos de ser muy pocos los que adoramos esta comedia absurda de planteamiento singular. En ella, Michael Keaton, superado por el ritmo frenético de sus jornadas, se fabrica tres clones de sí mismo para atender sus obligaciones cotidianas: el trabajo de contratista, el cuidado de los retoños y las atenciones románticas a su exigente esposa. Mientras sus clones van a la oficina, cocinan el pavo o discuten con la parienta, él se toma unas vacaciones de su propia vida jugando al golf o navegando por la costa del Pacífico. Su dejación de funciones tendrá, obviamente, consecuencias catastróficas, porque sus clones, por muy clones que sean, tienen carácter propio, y deseos personales, y no siempre se coordinan muy bien a la hora de sustituirse.



            Multiplicity es una comedia de estilo clásico, con patochadas de slapstick, confusión de identidades y puertas que se abren y se cierran al modo Lubitsch. No es una película perfecta, porque a veces cae en el humor simplón, y su mensaje matrimonial rezuma catecismo por los cuatro versículos. Pero Michael Keaton está perfecto en sus cuatro papeles, Andie MacDowell rebosa belleza en la flor de su edad, y la idea de clonarse es tan atractiva que uno se pasa la película entera dándole vueltas. Por supuesto que estaría bien disponer de varios yos que aligeraran la fatigosa tarea de vivir. De las versiones más simples de la felicidad no nos separan varios millones en el banco, ni varias rubiazas disponibles donde elegir. A los pobres de espíritu y a los pobres de bolsillo nos bastaría con disponer de dos horas más al día, limpias de polvo y paja como deseaba Bukowski en sus diarios. Sólo con que un clon bajara al supermercado, me hiciera las comidas, me fregara los platos y me barriera el suelo de la cocina, ya tendría yo dos horas extra para ver otra película, o dos nuevas entregas de Borgen, o cuatro nuevos capítulos de Seinfeld. Podría, incluso, poner un clon a escribir este diario, y pasarle mis impresiones de espectador a través de un bluetooth, o de una conexión interneuronal, y ya sólo dedicarme al placer del visionado, sin pensamientos ni escrituras, sólo el nirvana del abandono completo, de la dimisión absoluta. 


La sal de la Tierra

La sal de la tierra narra la vida y las andanzas del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, al que Wim Wenders conoció hace años y ahora dedica este retrato conmovedor, narrado en primera persona por el propio Sebastião, que ahí sigue, vivito y coleando, ya retirado de la aventura en su granja repoblada de la selva amazónica.



            Sebastião, en su juventud, estudió para economista, y sus primeros trabajos los hizo para organizaciones que se dicen benefactoras de la humanidad pero sobrevuelan los países pobres como buitres al acecho. Sebastião iba para esbirro de los explotadores, para evangelizador del liberalismo, pero junto a su esposa Lélia tuvo una revelación, y camino de África, que no de Damasco, se cayó del caballo y decidió dedicarse a la fotografía para denunciar el mundo del hambre, de la miseria, de la explotación del hombre por el hombre. Un rojo muy peligroso al que los militares brasileños, entonces en el poder, mantenían exiliado en París para no corromper el feudalismo carioca de los terratenientes
            Sebastião viajó por el mundo durante años, con el culo siempre inquieto y la cámara siempre presta. Retrató las miserias de Sudamérica, las hambrunas del Sahel, las matanzas de Ruanda, las barbaridades de la guerra de Yugoslavia. Vio morir a niños de hambre, a mujeres de cólera, a hombres de machetazos. A europeos hechos y derechos alcanzados por los disparos de un francotirador mientras huían con sus coches. Con su apariencia de Jesucristo moderno, con el cabello rubio y la barba neotestamentaria,  Sebastião tuvo que hacer milagros para esquivar la muerte varias veces, que podía ser una bala disparada desde un helicóptero o una bacteria que esperaba agazapada en un lodazal. Después de dar tumbos durante treinta años, terminó asqueado del género humano. En un testimonio que te deja la sangre helada, porque además viene acompañado de las fotografías brutales que tomó en sus correrías, dice Sebastião:
            "Somos un animal muy feroz. Somos un animal terrible, nosotros, los humanos, sea aquí en Europa, en África, en Latinoamérica... Donde sea. Nuestra violencia es extrema. Nuestra historia es una historia de guerras. Es una historia sin fin, una historia de represión, una historia de locos."



            Con el corazón roto y el alma ennegrecida, Sebastião decidió dedicarse a la fotografía de animales, de paisajes, de lugares recónditos donde el ser humano apenas hubiera dejado huella. Descubriendo las maravillas naturales de Siberia o de Nueva Guinea se reconcilió con el planeta Tierra, pero no con sus moradores más inteligentes y devastadores. Fotografiando lo intocado en lugar de lo arrasado, Sebastião Salgado, de un modo indirecto y bellísimo, sigue denunciando nuestra maldad primaria, nuestro veneno depredador. A su última obra la ha llamado, muy propiamente, Proyecto Génesis, porque no fue hasta el versículo veinticinco del susodicho libro cuando Dios tuvo la infeliz ocurrencia de criarnos a su imagen y semejanza, y soltarnos libremente por el mundo, a señorear entre las bestias y los congéneres. 


0

Refugio, éxtasis, ensoñación...

Escribe Carlos Boyero en el periódico de hoy:
"Yo, al menos, aunque disponga de capacidad para disfrutar de muchas cosas, no he conocido nada mejor que el cine. Solo lo podría comparar al amor correspondido. Con la diferencia, de que éste, antes o después, puede acabarse, y el cine siempre estará ahí. Como refugio, éxtasis, ensoñación, droga suprema y sin resaca, entretenimiento, dicha, magia".



0

Borgen (4)

Ahora que ha comenzado la primavera en el terruño donde yo escribo, la mayoría de mis conocidos dicen preferir el sol con corrupción al frío con transparencia, y puestos a elegir entre la España casposa que ven a diario en la televisión, o la Dinamarca modélica que se adivina en los episodios de Borgen, ellos se quedan con la playita, con el chiringuito, con la cervecita en la terraza a cuarenta grados a la sombra, y que le den por el culo a los cielos grises y a las heladas del amanecer. Que España es el mejor país del mundo para vivir, te dicen sin rubor, y uno se queda mirándolos con cara de no entender nada, como recién aterrizado en una pesadilla de bobalicones. Y así nos va, claro, que cambiamos el bienestar social y la dignidad laboral por cuatro rayos de sol y una tapa de aceitunas.



            En el episodio número seis de Borgen, el presidente ficticio de Turgisia firma un contrato millonario con el gobierno danés para adquirir palas eólicas. La noticia es recibida con alborozo en la oficina de la Primera Ministra, porque eso supone miles de puestos de trabajo asegurados. Pero ay: el marido de la susodicha, que vive de sus propios recursos, tiene invertida una pasta en acciones de la compañía, y la opinión pública no vería con buenos ojos que él se lucrara gracias a un contrato firmado por su señora. Esa misma noche, en la intimidad de la alcoba, bastará una pequeña conversación para que él comprenda la gravedad del asunto, y decida vender unas acciones que iban a producirle unos réditos millonarios. Uno se imagina esta escena en la intimidad ibérica de un dormitorio presidido por la gaviota, o por la rosa en el puño, y de la risa que te entra, y del cabreo que coges a continuación, te descubres en el aeropuerto más próximo comprando un billete para Copenhague. Sólo de ida.



            Más tarde, en el mismo episodio de Borgen, nuestra querida reportera Katrine Fønsmark, que está cada día más guapa y más deseable, entrevista a un disidente turgisio que está de paso por Dinamarca. Para entenderse sin necesidad de traductores, Katrine y Bayanov emplean un inglés de pronunciación algo macarrónica que hasta yo mismo, medio sordo y medio negado para los idiomas, soy capaz de seguir en sus argumentos principales. Lo curioso del asunto es que la audiencia danesa del telediario no necesita traductores ni subtítulos para seguir la entrevista. Sólo las ancianas de la Dinamarca más profunda no van a entender las complejidades políticas de la República Turgisia. El resto de daneses, que ha sido educado en el inglés de las escuelas, en los dibujos animados con subtítulos, en las películas de la gran pantalla que jamás se doblaron, sigue sin esfuerzo estos intercambios idiomáticos que aquí en España, con nuestro nivel medio de inglés, serían el terror de las audiencias. Denmark sí que es different, y no Spain, que es más bien pathetic.


6

Interstellar (2)

Los que van por ahí rajando de Interstellar dicen que la cosa no se entiende, que la paradoja temporal no se sostiene, que las cinco dimensiones en las que sobrevive el astronauta Cooper tras caer en el agujero negro son un lío matemático del copón que nadie aprendió en el colegio, y que nadie puede aprehender ahora. Y hasta cierto punto tienen razón, los renegados, que hasta un documental han tenido que sacar en el Discovery Channel para explicar las contradicciones cuánticas y los misterios gravitacionales.



             Pero creo, sinceramente, que estas razones no justifican el ataque furibundo, el descojone que algunos han montado en los foros mofándose de las lagunas y los contrasentidos. Nolan tampoco nos explicó el misterio de la máquina clonadora en El truco final, y la película nos pareció fascinante, y algunos admiradores de Origen todavía nos rascamos la cabeza cuando recordamos la puta peonza del comienzo, que gira y gira y seguimos sin saber si servía para entrar en el sueño o para salir de él o para invocar el fantasma onírico de Marion Cotillard.



            A Nolan estas cosas le dan un poco lo mismo. A él le interesa que la historia avance, que la fantasía se desborde, que el espectador, entretenido con los juegos mentales, no se levante a comprar más palomitas si está en el cine, o a tantear el culo de la señora para el rato de después, si está en el sofá de su casa. En Interstellar, él antepone la historia de amor a cualquier cosa, el vínculo paterno-filial que no se rompe por la distancia galáctica, ni por el dislate del tiempo. Y aunque estas tonterías románticas a uno le resbalen por los ojos, Nolan es un artista del supositorio que sin que apenas te des cuenta, con un excipiente maravilloso de naves espaciales y agujeros negros, túneles de gusano y planetas extrasolares, te endilga por el culo la medicina bobalicona del everlasting love, que al final Interstellar parece Ghost pero sin tornos de alfareros, y sí con naves de la NASA de millones de dólares. Cómo será de impecable, la factura técnica, de entretenida, la aventura galáctica, de bellísima, la Jessica Chastain de mis entretelas, que ni a mear me he levantado, en las casi tres horas de metraje. Porque cuando más tedioso se volvía el asunto terrícola del polvo, y más enrevesado se hacía el intríngulis de la relatividad, apareció Jessica Chastain con su perfil de pato, con su cabello fueguino, con su bocaza perfecta de gominola de sandía, para dejarme noqueado de amor y predispuesto a creerme cualquier cosa que ella admitiera y avalara. Incluso lo del segundero en el reloj, tic-tac, tic-tac…


0

Interstellar (I)

“El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.”

Una frase así, recitada en cualquier otra película, hubiese bastado para darle al stop inmediatamente y buscar refugio en otras ficciones de mayor interés. En nuevos episodios de Borgen, por ejemplo, que está la cosa muy caliente por Dinamarca, o en más capítulos de Seinfeld, donde no hay lugar para estas cursiladas de panoli enamorada. Lo que se hubieran reído, mis entrañables amigos del Monk’s Cafe, si una novia de Jerry o una pelandusca de Costanza hubiera soltado semejante gilipollez. Se les habría atragantado el sandwich con atún, y Kramer habría caído despatarrado por el suelo. Cuánto les echo de menos…



         Pero quien suelta esta frase sobre el amor infinito es la astronauta Brand, que bajo la escafandra esconde el rostro hermosísimo de Anne Hathaway, y cualquier cosa que diga esta chica es inmediatamente perdonada en nuestros corazones. Aunque al guionista se le vaya la mano con la sensiblería, y ponga en sus labios estos truños de la metafísica romántica, ella, Anne, que sí posee verdaderamente una belleza que trasciende las dimensiones espacio-temporales, y las galaico-portuguesas también, en el mismo acto de verbalizar transustancia la porquería en flor, y la náusea en dulce trino. Y así, gracias a que la tontería nos entró por un oído y nos salió por el otro, hemos sido capaces de retomar el hilo complicadísimo de Interstellar, con sus idas y venidas por el espacio sideral, por el tiempo que se estira y se encoge al capricho de las fuerzas gravitatorias, que es física casi del Bachillerato, y que Christopher Nolan, por el bien de la taquilla, para que no se asusten los alumnos de letras, nos solventa con un papelito doblado y cuatro pinceladas que explican más bien poco.


1

Death Proof

Me preocupa que películas como Death Proof me gusten tanto. Me inquieta que un jueves por la noche, en el momento más deprimente de la semana, cuando uno sólo desea abandonarse al sueño y buscar asilo en esa realidad que no tiene culpas ni consecuencias, las barbaridades de Tarantino mantengan mis ojos tan abiertos, y mi atención tan entretenida, y mi sueño tan amordazado que ni se menea el pobre en la prisión de las meninges.
            Tarantino es un hijo de puta entrañable que saca lo peor que llevo dentro, como cinéfilo, y también como persona humana, que diría Chiquito de la Calzada. Quentin se educó con los subproductos del videoclub, con la bazofia de las televisiones, y un buen día tuvo la ocurrencia de reciclar esa basura para convertirla en películas ingeniosas de impecable factura. Es a Steven Spielberg a quien apodan el rey Midas de Hollywood, pero fue Tarantino quien realmente convirtió la mierda en oro. Una mierda que los mal-educados como él consumimos como cerdos, hozando y gruñendo en la piara. Muchos que presumimos de cinéfilos somos en realidad unos impostores. Yo era de los que hace años, en el trabajo o en la cafetería, alardeaba de ver enteros los debates de ¡Qué grande es el cine!, con José Luis Garci y sus muchachos envueltos en volutas de humo mientras filosofaban sobre los truños insoportables del cine antiguo. Yo me quedaba dormido, o pensando en otras cosas, en el sofá de la tortura, pero al día siguiente me vencía la tentación del cultureo. Yo, como el amigo Quentin, también me eduqué con lo peor de la cartelera leonesa, con lo más infecto que se alquilaba en los videoclubs del barrio periférico, y cuando veo sus películas me descubro en sintonía, y me descojono con los diálogos, y me excito con las mujeres, y me lo paso en grande con las violencias que a otros les indignan moralmente, o les hacen apartar la mirada.



            Somos muchos los homínidos que embobados por sus guiones, seducidos por sus imágenes, nos descubrimos sonriendo como imbéciles en mitad de los crímenes atroces, como si los códigos morales quedaran suspendidos y volviéramos a retozar en el libre albedrío de la selva o de la sabana. Recuerdo aquella escena de Jackie Brown en la que Robert de Niro, harto de escuchar la cháchara insufrible de Bridget Fonda, le pegaba un tiro en el aparcamiento del centro comercial. Y uno, que es un homo sapiens del siglo XXI, se quedó boquiabierto con la brutalidad inesperada, pero también, padre, Ave María Purísima, se quedó más tranquilo en la butaca del cine, como si le hubieran quitado un peso de encima. Aquel tiro fue como un simbolismo cumplido, como una venganza sublimada contra las mujeres que en la vida real tampoco paran de hablar, como cotorras mecánicas que llevaran pilas inagotables. Una catarsis de los instintos, que enseñaba el abuelo Sigmund.



            Uno, en Death Proof, también desea que estas chicas tan guapas cierren el pico durante un rato, porque se pasan los minutos cacareando sobre novios y sexos fingidos, sobre locales de moda y utensilios para la higiene, y uno, aunque se queda enamorado al instante de Vanessa Ferlito y sus labios de ensueño, no puede impedir que la misoginia se desborde por el torrente sanguíneo, como un veneno urticante. Hasta que aparece Kurt Russell para establecer el silencio. Con un esparadrapo en la boca hubiese bastado, pero esto, no lo olvidemos, es una película de Quentin Tarantino...


2

Christina Hendricks

Mis amigos Bizarro y Polonyi me han pedido, una vez más, que le dedique una prosa encendida a Christina Hendricks, esa actriz de busto inabarcable que interpreta a Joan Harris en Mad Men. B&P, que hacen acrónimo de petrolera británica, me aseguran que un post sobre Christina le daría a este blog un marchamo de calidad. Algo así como ponerlo bajo la advocación de una diosa de grandes pechos, para que entren más feligreses en el templo, y dejen sus velas encendidas a modo de comentarios. Se ve que doña Hendricks es para mis amigos un mito sexual insoslayable, una mujer que siempre tienen presente en su oraciones previas al erotismo. Y como a veces se pasan por estos escritos y ven que yo divago sobre el amor de otras pelirrojas menos contundentes, ellos se mosquean un poco conmigo, y me envían educados comentarios para recordarme que sin Christina se sienten desamparados, como intrusos en un templo que no rinde culto a su religión.




            Uno quisiera complacer a mis amigos Bizarro y Polonyi, que son dos de los cuatro gatos que frecuentan estos callejones, y hacer aquí una cuchipanda sobre Cristina y sus grandes méritos, que uno también tiene por mitos universales, por fenómenos golosos y gozosos de la naturaleza.  Pero los otros gatos del callejón no son gatos, sino gatas, y de garras muy afiladas además, y si yo empezara con el jolgorio de los melones o de las papayas, ellas caerían sobre mí para arañarme el espíritu, y boicotearme este blog perdido en un extremo de la galaxia, donde yo acojo a todo el mundo por igual, mientras el contador de visitas se mantenga estancado. Tengo que encontrar el tono que no moleste, el humor que no transgreda, el piropo que no rebaje, y para eso aún me quedan largos ejercicios de escritura. Ya llegará el momento de echarnos unas risas -muy respetuosas, eso sí- sobre la mujeraza que un día paseó por Madison Avenue desafiando las leyes de la gravedad.


5

Borgen (3)

Me gusta cada día más, el cinismo político que destila Borgen. Es un cinismo fino, estiloso, muy británico aunque sea danés, de sentencias que estos nórdicos sueltan sin inmutarse mientras hablan de otras cosas o sacan sus llaves del bolsillo. No hay músicas perversas, ni gestos histriónicos, que subrayen las líneas de diálogo.  Borgen es el día a día de la política danesa, y de cualquier país civilizado, y no necesitamos malos de pacotilla que frunzan el ceño para convencernos de su moral ambivalente. La política es fría y gris como los cielos de Copenhague.



       Por el Palacio de Christiansborg todavía no ha aparecido ningún político que carezca de dobleces, de intenciones calculadas y retorcidas. Ni siquiera la Primera Ministra, Birgitte Nyborg, que en el primer episodio era una pardilla de tomo y lomo, pero que ahora, a fuerza de recibir golpes bajos, en dos cursos acelerados de malas artes se ha convertido en una consumada artista del equilibrio moral.

            Con varias cervezas en el coleto, Michael Laugesen, el ficticio líder de los laboristas, se confiesa ante un asesor de campaña:
“Si hay que mearse en algo, es en esa ingenua noción de que el poder es del pueblo. Un grupo de gente privilegiada decide el destino de Dinamarca. Unos cuantos empresarios, periodistas y políticos. Mientras yo pertenezca a ese grupo, que lo llamen el poder del pueblo.



            La Primera Ministra, en su discurso de Navidad, se pone muy emotiva con el asunto de la ayuda económica que Dinamarca presta al Tercer Mundo, y que los partidos de derechas tanto le critican en el Parlamento. Habla de mortalidad infantil, de niños hambrientos, del deber moral de los países ricos... Al terminar, su marido felicita al redactor del discurso;
            -           ¿Escribiste tú el discurso?
            -           Sí.
            -           Creía que eras un cabrón cínico.
            -           Y lo soy. Pero su mujer me paga una fortuna por escribir estas mierdas emotivas. 


5

El sentido de la vida

Qué mejor día que el cumpleaños de uno para buscarle un sentido a la vida. Cuando no es 16 de marzo uno se entretiene con las películas, con el fútbol, con las mujeres amadas en secreto, y esas tonterías metafísicas apenas son el chispazo neuronal que se produce justo antes de dormir, cuando los enchufes se desconectan. Pero llega este día maldito y uno, aunque no quiera, aunque trate de evadirse en las naderías de lo cotidiano, se ve asaltado por la inquietud del futuro, por la nostalgia del pasado. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? Gilipolleces de primero de filosofía que flotan por encima de la cabeza, y que yo trato de apartar a manotazos como si fueran moscas de la mierda, o angelitos con arpa del Señor.



            La película del día tenía que ser, obligatoriamente, El sentido de la vida, porque los Monty Python hablan en ella de cualquier cosa menos del sentido de la vida. Ellos sabían, porque habían leído mucho, y porque eran tipos muy inteligentes, que la vida no tiene sentido. Que sólo es un accidente biológico, un capricho de la química. Una espiral de ADN que para copiarse a sí misma ha construido nuestros cuerpos y nuestras mentes, meros vehículos de custodia y transmisión. Ya lo cantaba Javier Krahe en El cromosoma:

Porque dudo que la final de este asunto,
la cosa no se acabe con un punto
sino con punto y coma,
y no espero un cielo o un infierno.
Lo más confío en que seré algo eterno
gracias al cromosoma.



            Los Monty Python sabían que nuestra única misión en el mundo era transmitir genes. O follar, si lo prefieren. Lo demás es literatura, religión, perifollo, conversación alcohólica en el bar. Los Monty dedican noventa minutos de El sentido de la vida a reírse de lo divino y de lo humano, con números antológicos que en otros blogs están descritos con más gracia, y sólo al final deciden ponerse trascendentes. Una adusta presentadora de televisión nos desvelará, por fin, el misterio de la existencia:

            "Llegamos al final de la película. Ahora, el sentido de la vida. Nada del otro mundo: ser amable con la gente, no comer grasas, leer un buen libro de vez en cuando, pasear, intentar convivir en paz y armonía con gente de todos los credos y naciones. Para terminar, hemos incluido imágenes de penes para molestar a los censores. En fin, ya está. Pasemos a la música final."  


0

Borgen (2)

En la ficción de Borgen, la mujer del primer ministro es una compradora compulsiva que una mala tarde de invierno, en una boutique del centro de Copenhague, se queda sin dinero para agenciarse un bolso carísimo. Para evitar la vergüenza pública, decide llamar a su marido, que anda muy ocupado en sus asuntos de gobierno. La mujer le grita al teléfono y exige su presencia inmediata en la tienda. En caso contrario, porque va muy loca y muy empastillada, amenaza con montar un escándalo de padre y muy señor mío. Nuestro hombre, resignado, se planta allí con su comitiva de asesores y guardaespaldas. Sólo lleva encima una tarjeta de crédito, la que está reservada para los gastos de su cargo, pero decide hacer una pequeña trampa, una que cualquiera de nosotros hubiese improvisado allí mismo: pagar el bolso con el dinero que pertenece a los contribuyentes, y al día siguiente, cuando abran los bancos, restituir el gasto desde nuestra cuenta personal. Cualquier cosa antes de escuchar a esa loca pegando voces. Fin del problema.


Pero esto, ay, es Dinamarca, y el Primer Ministro, como la mujer del César, no sólo tiene que ser honesto, sino además parecerlo. Porque al día siguiente restituye el dinero, sí, 70.000 míseras coronas que al cambio son 9000 míseros euros, más o menos lo que aquí gastaban los impresentables de las tarjetas black en un centollo y en una buena mamada, y a fondo perdido, además. El caso del Primer Ministro es filtrado a la prensa danesa y el asunto explota justo antes de las elecciones generales. El partido liberal queda sentenciado en las urnas. Nadie ha robado nada, pero el votante se siente molesto. El dinero de la compra, al fin y al cabo, era suyo, y nadie le pidió permiso para tomarlo prestado. Los daneses, como se ve, hacen una lectura muy radical del concepto de lo público, una idea que aquí en España nos suena a chino mandarino, a cosa muy difusa y poco respetable. Allí, sin embargo, en la península de Jutlandia, la cosa pública vertebra el engranaje social, y por eso ellos están como están, y nosotros estamos como estamos. Una serie como Borgen sería imposible de rodar en España, porque nadie se creería los comportamientos honrados de nuestros políticos. Acostumbrados al latrocinio indisimulado de las comisiones, de los sobresueldos, de los pagos en B, que un alto dignatario ibérico, con el dinero de todos, y sin afán de restituirlo, le pagara un bolso de Loewe a su señora, nos parecería poco más que una travesura, el desliz inocente de un hombre detallista y muy enamorado.
           

0

Borgen

Fíjate si serán ordenados los daneses, que los tres poderes del estado -el Primer Ministro, el Parlamento y el Tribunal Supremo-, están alojados en el mismo edificio de oficinas. El Palacio de Christiansborg está construido en un islote de la idílica Copenhague, esa ciudad donde todas las calles están limpias y las bicicletas se deslizan sin peligro por los carriles sin coches. Con esta medida de concentración parcelaria, los gobernantes daneses, que son mucho más civilizados que los nuestros, le ahorran al contribuyente un montón de coronas en mensajería, en desplazamientos, en chóferes que los lleven de aquí para allá para enredar con sus asuntos.



            Como el palacio tiene un nombre muy largo y de muchas consonantes, los daneses lo abrevian llamándolo Borgen, que es como si nosotros dijéramos la Zarzu, o el Congre, apócopes que no suenan tan eufónicos, pero que tienen el matiz despectivo que sí merecerían estas instituciones desprestigiadas. El invento de Borgen, además de ahorrar un dinero a los daneses, les ahorra también un montón de juramentos cuando tienen que cagarse en las más altas instituciones del Estado, y con soltar un solo zurullo ya lo tienen todo solucionado. ¡Me cagüen Borgen!, y el Estado entero ha recibido su fecal merecido. Los daneses tienen muy poco de qué quejarse, y cuando lo hacen, lo solventan en un santiamén. Nosotros, sin embargo, que estamos condenados a quejarnos a todas horas, porque nuestro Estado es fallido y deficiente, tenemos que ir plantando un pino en cada institución, que si mecagüen la Zarzuela, el Parlamento, el Senado, el Tribunal Constitucional, y como todos los edificios están muy alejados entre sí, al final siempre hay alguno que se libra de nuestra mierda, que no alcanza para mancharlos a todos.

Borgen también es el título de esta serie que viene avalada por los seriéfilos más selectos, una intriga sobre la clase política que vive el rifirrafe diario de sus socialdemócratas, sus moderados, sus derechistas que en Dinamarca llaman liberales. De momento sólo he visto el primer episodio, pero entiendo el entusiasmo que Borgen ha despertado en los espectadores más exigentes. El interés mayúsculo que también ha suscitado entre la clase política del mundo civilizado, pues son muchos los dirigentes que han confesado ver Borgen en la intimidad de sus salones, tomando notas, advirtiendo semejanzas satisfactorias o paralelismos incómodos con sus propios tejemanejes. Borgen es una fábula de apariencia muy real, muy verosímil, nada que ver con el desmadre diabólico de House of Cards, que es como ver la enésima entrega de La Profecía, ni con el buenismo santurrón de El ala oeste de la Casa Blanca, que es el sueño imposible y algo tontaina de Aaron Sorkin. En Borgen hay cinismo, dobleces, claroscuros..., políticos corrientes y molientes que se traicionan por un escaño o por una influencia, aunque ellos tengan el porte de los nórdicos, y ellas la belleza mítica de las vikingas. Nadie en este negocio está libre de pecado. Ni siquiera en el paraíso social de los escandinavos.



Por si fuera poco, en Borgen sale una actriz hermosérrima llamada Birgitte Hjort Sørensen que parece la Reina de las Nieves, la Hijísima de los Hielos. Mi amor por ella ha brotado del pecho casi al mismo tiempo que brotaban las florecillas en Invernalia. Con Birgitte voy a vivir un romance muy apasionado que durará diez episodios. Y lo que te rondaré, rubiaza.


0

Apocalypto

Nos parece muy lejana y muy salvaje, la locura de estos pueblos de Mesoamérica que practicaban sacrificios humanos para contentar a sus dioses. Y más todavía si es Mel Gibson el que mete la cámara en el altar del holocausto, allá en lo alto de la pirámide. Porque a Mel le va cantidubi la hemoglobina, el gorgoteo de la sangre que sale a chorros por la garganta. En Apocalypto no se ahorra ni un detalle de los corazones arrancados de cuajo, de las cabezas que caen rodando por las escalinatas, de los cuerpos decapitados que se acumulan en el basurero de moscas gordísimas y golosas. Es como volver a ver La Pasión de Cristo, pero esta vez con amerindios cazadores, y no con carpinteros de Judea, en el papel de corderos sacrificados. Hasta ahora habíamos visto estos rituales en las pinturas de la época, con retratos tan hieráticos y simplones que nos parecían dibujos hechos por parvulines. Y claro, te encuentras con este mondongo filmado por Mel Gibson, y a veces hasta entrecierras los ojos, de la impresión que te da.



Occidentales y posmodernos, nos creemos libres de estas salvajadas antiguas, de estos rituales sangrientos que se ejecutaban al dictado del peyote y del tambor. Pero más allá de las truculencias, y de las máscaras horripilantes que llevaban los sacerdotes, las cosas no han cambiado tanto. Las sociedades siguen estratificadas del mismo modo, con un rey sentado en su trono, unos mercaderes que buscan el máximo beneficio, un cuerpo policial que reprime cualquier protesta, y por supuesto, porque estos son como garrapatas que jamás se van de los organismos, unos sacerdotes que hacen así con la mano, o con el cuchillo, o con el hisopo, y bendicen el orden divino de las cosas. Ahora ya no aplacamos la ira de aquellos dioses extraños y sádicos llamados Yahvé o Tonatiuhtéotl, pero sí la voracidad de otras deidades que ya no tienen rostro ni personalidad: el Dinero, los Mercados, la Libre Competencia. Y para tenerlos contentos sacrificamos a los ciudadanos más pobres de nuestro tejido social. Los que mandan ya no los abren en canal sobre un altar de piedra, porque los necesitan para limpiar los retretes, y para tirar a la baja los salarios misérrimos que pagan. Ahora los van matando poco a poco, suavemente, killing me softly, como la canción. Un día les privatizan un hospital, otro les quitan un medicamento, al siguiente les aplazan una operación, al de más allá les deniegan un tratamiento, al llegar la emergencia les regatean una ambulancia, y antes de la fecha de caducidad nuestros pobres -que al final vamos a ser casi todos, ojito- mueren igualmente asesinados. Sin alharacas, eso sí. Sin sacrificios multitudinarios que lo pondrían todo perdido para los turistas. Ahora, a los parias, se nos mata silenciosamente. A plazos. En diferido. 


0

Triangle

            He tardado tres días en curar el dolor de cabeza que me provocó Coherence. Su enredo de universos alternativos me dejó las meninges turulatas, y las neuronas en grave cortocircuito. Para restaurar el sistema no he tomado analgésicos, ni he repasado las explicaciones del gato de Schrödinger. Simplemente he dejado que pase el tiempo: dormir mucho, pasear por el monte, renunciar a los acertijos. Empaparme de fútbol televisado, que es el bálsamo de los menguados, la escapatoria de los más cortos.     




            Pero hoy, tentado de nuevo por el demonio del intelecto, he tirado el tratamiento por la borda. Los designios de internet me han traído otra película de paradojas temporales, de personajes duplicados, y no he podido resistirme al nuevo desafío. Triangle, que es una película australiana de mucho intríngulis y mucho susto, una mezcla extraña entre Atrapado en el tiempo y Los cronocrímenes, me costará otros tres días de convalecencia mental. O quizá menos, porque Coherence tenía una explicación fundamentada en la física factible de los números, y uno se quedó traumatizado y triste por su falta de saberes. O más bien por el olvido de ellos. Triangle, por el contrario, es una película sobre la que nadie ha puesto luz definitiva, y mira que he buscado en los blogs de personas más leídas e inteligentes. Los contrasentidos de Triangle tienen muchos agujeros, muchas trampas, y los guionistas recurren a hechos fantasmales para solucionar las incongruencias, como si usaran parches o tiras de típex. Pero no nos importa, el chapuceo. El objetivo de Triangle no es romperte la cabeza, ni humillarte en tu butaca. Aquí lo principal es entretenerse con la multiplicación milagrosa de los asesinados y los resurrectos, como si de peces y panes se tratara. Aquí la chicha y la sustancia es contemplar, multiplicada por tres, o quizá por más, porque al final uno acaba perdido con las líneas temporales, la belleza de esta actriz llamada Melissa George. Ya de dar la castaña con un personaje que reaparece y se reduplica y se persigue a sí mismo todo el rato, quién mejor que Melissa, con su camiseta mojada, con su boca perfecta de labios carnosos y entreabiertos. 


0

Turistas en mi playa VII

           Han desaparecido los pornógrafos que antaño visitaban este blog. Se han ido por arte de birlibirloque, como barridos por un dios barbudo que les hubiese churruscado en sus habitaciones, sodomitas y gomorritas, lascivos y pajilleros. En el último mes, sólo un despistado ha paseado por mi playa tecleando "concurso de tetas bonitas", que es casi una búsqueda poética comparada con aquellas que anhelaban "colegialas desnudas" o "gordos picha grande". Un deseo, además, que no anda muy desencaminado en estos parajes, porque yo hablo mucho de tetas bonitas, aunque más de las imaginadas que de las contempladas, porque de una teta bonita que se hace pública hay muy poco que decir, sólo guardar silencio y admirar, pero de una teta que no se conoce, que siempre queda oculta por exigencias del guión, uno podría escribir poesías de platónico enamorado, e incluso novelas de cursilería rancia y pasada de moda.



            ¿A dónde habrán ido a parar estos salidorros, estos erotómanos de la red? ¿En qué blogs buscarán ahora saciar su hambre y aplacar su sed? ¿Qué fue de aquel tipo que siempre buscaba a "nikki desnuda", de aquel que vivía obsesionado con "aida folch pechos", de aquellos homosexuales que siempre preguntaban por el garito del "pichaloca"? Al final se han aburrido de mis circunloquios, de mis tímidos acercamientos a los asuntos genitales, porque en este blog uno sólo juguetea con lo erótico, con la tontería masculina del qué guapa es fulana y me la tiraría y tal, pero indecencias, lo que se dice indecencias de ponerle a uno palote, he narrado más bien pocas. Este blog aspiraba a ser un refugio de cinéfilos, un oasis de literatos, y desde un principio desdeñé la narración pornográfica que tan buenos réditos me hubiera dado.



Porque ahora, sin mis amigos del papel higiénico y el lubricante, me he quedado casi sin público. La clientela que sobrevive son los cuatro amigos y familiares que leerían cualquier tontería mía con tal de no quedar mal cuando les pregunte. Lectores cautivos, que se dice. Los pornógrafos, aunque eran un público no deseado, le daban al blog un cierto empaque en las estadísticas, y gracias a ellos yo presumía de lectores ante algunas amistades femeninas. En las entradas donde yo escribía "culo" o "polla" al hilo de la película, de pronto se armaban los debates, y se animaban los cotarros, y se notaba que había un bullicio y un interés por lo que yo exponía. Llegué a cogerles cariño, a estos tipos indecentes, que siempre imaginé un poco parecidos a mí, maduritos y gordinflones, aburridos de la vida y en el fondo románticos incurables. Les echo mucho de menos, y quiero que regresen. Y si para ello hay que lanzarse al relato puro y crudo de los actos sexuales, pues me lanzo. Esto dejará de ser un blog serio, pero al menos tendré compañía. Y que salga el sol por Antequera. 


0

Amador

Amador, la última película de Fernando León de Aranoa, quiere ser el retrato tragicómico de una pareja de peruanos que viven al borde de la desesperación, en los arrabales de Madrid. Él, Nelson, lleva un negocio ilegal de reparto de flores y ella, Marcela, cuida a un anciano cascarrabias llamado Amador que da nombre a la película.

El tal Amador, aunque su hija opine lo contrario, y jamás se pase por casa a visitarlo, está en las últimas fechas. Ya no sale de la cama si no es para mear, o para tomar un baño. Allí tumbado noche y día, sin afeitarse y sin quitarse el pijama, Amador escucha la radio, ve la televisión, recibe a las putas, completa sus puzzles... Cuando Marcela le reconviene, el anciano le suelta un par de sabidurías aprendidas en los bares para salir del paso. Da un poco de vergüenza que el otrora genial guionista, don Fernando, caiga en estas simplicidades de colegial. La vida es como un puzzle en el que hay que ir colocando las piezas, y cosas así. De primero de filosofía para parvularios; de culebrón jamaicano para las marujas. De película del Oeste de bajo presupuesto donde la vida siempre está en el fondo de un vaso de whisky. 



            Es ahí, en las parábolas de la I Carta de Amador a los Corintios, cuando la película, a pesar de sus buenas intenciones, se cae sin remedio. Luego suceden cosas que no se pueden desvelar aquí, muy gordas y muy traumáticas, y uno, sin saber muy bien cómo, se encuentra repasando los conocimientos que aprendió en la tele sobre la velocidad de descomposición de un cadáver. Y aquí, en Amador, las cuentas no salen. Y mucho menos en Madrid, en plena canícula, en el extrarradio polvoriento. De Amador hemos pasado a un CSI Fuenlabrada en el que Grissom y compañía se enfrentan al extraño caso del cadáver que aguantó semanas y semanas sin pudrirse, emitiendo todo lo más un tufillo que unos ramos de rosas se encargaron de disimular. El brazo incorrupto de Santa Teresa, de nuevo. Un  milagro de la España Católica que lucha contra el laicismo voraz de Podemos. Una chapuza de guión que te corta el rollo solidario con estos peruanos exiliados. Qué nos importa ya, el devenir socioeconómico de estas pobres gentes, si vivimos pendientes de este nuevo desafío para la ciencia, de esta nueva intromisión –quizá de lo divino- en nuestras vidas de pecadores. 


0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com