El Maestro Venerable

“En el monasterio de  Kopan, en el valle de Katmandú, me dijo un Maestro Venerable: si quieres saber hasta qué punto eres feliz y no lo sabes, cómprate una libreta y apunta en ella cada noche cinco pequeños hechos agradables que te hayan sucedido durante el día. Anota sólo las sensaciones placenteras insignificantes, las alegrías ínfimas, no los sueños desmesurados. [...] El Maestro Venerable aseguró que después de un tiempo en esa libreta se habrá formado un tejido básico de actos felices, de sutiles placeres efímeros, muy consistente, que sin darnos cuenta sustenta firmemente toda nuestra vida...”

 Es muy bonito esto que he leído hoy de Manuel Vicent. Una idea así tendría que haber estructurado este diario desde el principio: anotar cinco pequeños hallazgos de cada película, cinco bonitas impresiones, cinco inesperados regalos. Ya que el cine se ha convertido en el único oasis de mis días, desmenuzarlo de esa manera, con algo de poesía. Sin embargo, me he dejado llevar por la vena vitriólica, por el patetismo intimista, por el humor mal traído. Por la crítica sesuda de quien no nació para ser crítico. Por el enredo amoroso con las actrices que finjo amar como un trastornado ¿A quién le importa si tal película me gustó mucho o poco? ¿A quién le interesan los caminos entrecruzados que me llevaron hasta ella? ¿Quién se ríe con mis humoradas sin gracia? ¿A quién pretendo impresionar con esta imitación de la mala literatura? He perdido un tiempo precioso en este diario. De haber conocido antes el consejo del Maestro Venerable, lo hubiera concebido así, como un pequeño recopilatorio de hermosas impresiones, de poderosas imágenes, de inteligentes diálogos. Y nada más.


0

Frank

            Están de enhorabuena, los amantes del cine raro, con esta película titulada Frank. Entro en sus foros gracias a mi pasaporte falsificado y descubro que allí todo es alabanza y celebración. Donde yo sólo he visto una mamarrachada y una pérdida de tiempo, con este cantante embutido todo el tiempo en una máscara de cabezudo, ellos, los indies, los modernos, los culturetas, afirman haber visto una película profunda, reveladora, de ironías y metáforas que están muy alejadas del entendimiento de la plebe. Como si esto fuera el código Enigma de los alemanes, no te jode... Donde yo sólo he visto a un grupo de frikis haciendo el gilipollas, con una música disonante y unas letras de parvulario, ellos, los profundos, los enterados, los que están a la moda y a las últimas tendencias, han visto una redefinición del pop-rock, una crítica a la industria musical, un homenaje a la creatividad de quien no se pliega a los gustos simples de la gente. Como si el susodicho Frank fuera Javier Krahe, no te jode... Donde yo sólo he visto a un anormal comportándose como el líder esquizofrénico de una banda de fumados, ellos, los alternativos, los bizarros, los buceadores de la subcultura, han visto a un provocador inteligente, a un genio incomprendido, a un terrorista surrealista con varias cargas de dinamita. Como si esto fuera un documental sobre Charles Manson y su familia,  no te jode... Donde yo me he quedado dormido dos veces, y he tenido que echar mano de la tecla wind para llegar hasta el final, ellos, los entusiastas, los entregados, los nostálgicos del arte y ensayo, celebran verdaderos simposiums en la red para desgranar hasta la última coma, hasta el último guiño, hasta la última nota dodecafónica de Frank, esa película, como si hubieran visto la nueva entrega de El Padrino, nos siguen jodiendo...




0

Louie. Liz Holtan

Se llama Liz Holtan, y ha sido enviada por los dioses para recordarme cuán desafortunado fui en la vida, pues ella es la quintaesencia de las muchachas que me volvieron loco en la adolescencia: vecinas del colegio, uniformadas de las monjas, niñas perfectas de la burguesía con pieles blanquísimas, labios de fresa y ademanes de beatas. Y la diadema... Todas llevaban diadema en el cabello, y eso les descubría el cuello, y la forma exacta de sus orejas, que nunca eran puntiagudas ni redondas, que nunca eran excesivas ni diminutas, que siempre eran el óvalo perfecto rematado por el lóbulo del pecado que a mí me trastornaba.


         Liz ha viajado en el tiempo y se ha presentado en un episodio de Louie veinticinco años después, sólo para hacerme sufrir. Busco datos sobre ella en internet y no aparece nada. Sólo un listado de sus cuestionables megaéxitos televisivos, siempre en series de segunda. Ni una fecha de nacimiento, ni un lugar de procedencia, ni un novio al que profesar desde ahora odio eterno... Nada. Ni siquiera en su página personal, que la tiene, y que es ridícula en grado sumo. Pobrecica Liz. Empiezo a sospechar que esta vez no hago literatura si digo que ella es una aparición, no sé si mariana, pero sí, seguro, liziana. Liz me ha puesto la piel de gallina durante veinte minutos. La amo. La amo locamente, al menos hasta mañana, que me despertaré y la habré olvidado. No sé si Liz es la más bella, pero sí la más esperada, la más deseada, pues llevo veinticinco años con su fotografía clavada en mi deseo. 



0

Esta no es la vida privada de Javier Krahe

            


          Todos tuvimos un disco predilecto que en la adolescencia escuchamos cientos de veces hasta dejarlo rayado. En mi caso no fue un disco -que nunca hubo tocadiscos en casa- sino una cinta de casete, el doble álbum de Joaquín Sabina y Viceversa. Con sus ritmos rockeros, Sabina cantaba cosas muy ciertas sobre el amor y la vida, o cosas que yo, al menos, con mis catorce años provincianos y merluzos, pensaban que eran muy ciertas.
              Y que lo fueron, ciertamente.
            Sin embargo, la canción que más me gustaba del repertorio, la primera de la que aprendí la letra completa, no la cantaba él, sino un amigo al que presentaba muy efusivamente sobre el escenario, un tipo de apellido muy extraño, Krahe, jamás oído por estos lares, con esa hache intercalada que parecía como de apellido centroeuropeo, o judío, o  tal vez las dos cosas a la vez. La canción se titulaba, y se sigue titulando, para nuestro alborozo melancólico, Cuervo Ingenuo, y en ella Javier Krahe, acompañado del sonido de su cazú, y de la guitarra de Sabina, ajustaba cuentas con Felipe González por habernos engañado con el asunto de la OTAN.

Hombre blanco hablar con lengua de serpiente,
hombre blanco hablar con lengua de serpiente,
Cuervo Ingenuo no fumar,
la pipa de la paz con tú,
por Manitú, por Manitú



            Corría el año 1986, y Felipe González ya se había quitado la máscara de defensor de la clase obrera. Los que íbamos para rebeldes celebrábamos la canción de Javier Krahe casi como un himno de nuestro auténtico izquierdismo, de nuestro auténtico compromiso.

Tú, mucho partido, pero,
¿es socialista, es obrero?
¿O es español solamente?
Pues tampoco cien por cien,
si americano, también.
Gringo ser muy absorbente.
Hombre blanco hablar con lengua de serpiente...

            Por culpa de esta canción, Javier Krahe vivió un calvario personal y profesional. Los pérfidos sociatas dieron orden de que no se le contratara en ningún municipio, en ninguna fiesta del pueblo, en ningún concierto de la Casa de Cultura, y Javier, con su banda escueta de músicos muy fieles, tuvo que refugiarse en los garitos clandestinos, en los cafés nocturnos, en las catacumbas de la música de cantautor. Pero sobrevivió, y se hizo un nombre, y siguió publicando discos -ahora ya CDs- que yo compraba en mis escapadas a Madrid, porque en León, en el extrarradio provinciano, los cantautores con haches intercaladas no tenían sitio en los expositores.



            Lo vi en directo hace un par de meses, en Ponferrada, en un concierto para cien o ciento cincuenta incondicionales de la Invernalia del Noroeste. Krahe ya va para mayor, y a veces confunde las letras, y se mueve con torpeza sobre el escenario. Pero sigue siendo un descojone, y un goce para el alma, y un  privilegio para el espectador, estar allí celebrando la eucaristía de las birras y los whiskies, mientras el predica su santa palabra, su veterana sabiduría. Javier Krahe canta para disimular que en realidad es un poeta, el más eminente de la generación del 44, que nunca se estudió en los libros de texto porque los enterados confunden a los poetas con los pedantes y los plastas.

La primera vez que lo vi fue en León, en el año 90. Yo formaba parte de una pandilla universitaria recién creada, con algunas chicas de muy buen ver que todos deseábamos en la intimidad de nuestro pensamiento. Pero yo esa noche sólo tenía ojos para Javier, y oídos para Krahe, aunque el sonido de la sala fuera espantoso, y sus letras nos llegaran distorsionadas, ininteligibles, de tal modo que sólo los discípulos más avezados éramos capaces de corearlas. Así me pasé la velada, canturreando, sonriendo, ajeno a mis compañías universitarias, hasta que un momento dado me descubrí completamente sólo, abandonado a mi suerte de las canciones. Los demás estaban en las butacas de la zona en penumbra, ya emparejados y enredados en los arrumacos, ajenos por completo al hombre de la barba blanca y los ojos azules. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi pandilla, ex-pandilla ya, era un grupo impar, y de que sobraba un hombre en la cacería sexual. El más tonto, el más despistado, el que estaba a otras cosas menos trascendentes de la vida. Volví la vista hacia el escenario, fijé mi mirada en la de Javier Krahe y le dije por lo bajini: "A partir de ahora vas a tener que alegrarme muchos días, que consolarme muchas noches..." Y ha cumplido, con creces, el maestro.



1

Sheldon Cooper

¿Qué sería de The Big Bang Theory sin la presencia de ese personaje irrepetible que es Sheldon Cooper? Nada, seguramente. Una autorreferencia constante de los nerds. Una mirada permanente al ombligo científico de ese mundillo. Mucho chiste tontaco y mucha picardía baja en calorías. Pero Sheldon... En algún extra de los DVDs, los creadores de la serie recuerdan el momento en que Jim Parsons, actor hasta entonces desconocido, hizo la  prueba para el papel. Cuentan que se quedaron con la boca abierta, pensando que Jim era realmente un tipo con síndrome de Asperger, al igual que Sheldon. Cuentan que antes de contratarlo hicieron sus propias averiguaciones, para aclarar el posible equívoco. Le contrataron, sí, pero seguro que siguen sospechando algo raro. Como todos nosotros.




0

Foxcatcher

Si al inicio de Foxcatcher no nos hubieran advertido de que estábamos ante una historia real, dos horas después, al terminar la película, nos habríamos llevado las manos a la cabeza con las ocurrencias de los guionistas, que en un ataque de creatividad febril juntaron a las churras de la multinacional DuPont con las merinas del wrestling olímpico.
Lo que cuenta Foxcatcher es una cosa de ver y no creer. Es una película que te cuenta un amigo en el café y piensas que le ha echado demasiado orujo al carajillo, y que está mezclando dos películas que en realidad no guardan relación, una con los hermanos Schultz esforzándose en ganar las medallas de los Juegos Olímpicos, y otra con John du Pont, el heredero de la fortuna familiar, que preso de una locura de difícil explicación, a medio camino entre la megalomanía y la esquizofrenia, se cree capacitado para dirigir asuntos deportivos de los que no tiene ni pajolera idea. Foxcatcher es una película que al no avisado podría parecerle surrealista y excesiva, tal vez el remiendo final de un guión que nació más rico y complejo, pero que luego, cuando te quedas congelado con el final, y vienes a consultar la historia verdadera en internet, descubres que en realidad se quedó corta, y que el mismo Bennett Miller, según confiesa en una entrevista, decidió dejar muchas cosas en el tintero porque mil rótulos explicativos no hubiesen salvado Foxcatcher de la incredulidad general.  



            Foxcatcher sirve para recordarnos dos cosas: la primera, que es muy cierto que la realidad supera con creces a la ficción, y que muy cerca de nosotros, tal vez en el mismo pueblo o en el mismo vecindario, está sucediendo una historia increíble que necesitaría un rótulo explicativo que avalara su veracidad; la segunda, que los actores cómicos, cuando se meten en la piel de personajes inquietantes y desalmados, alcanzan una hondura de insensatez que otros actores no consiguen, tal vez porque el humor es el género más negro de todos, el que a fuerza de reírse de la gente la desnuda y la denuncia con mayor eficacia. Lo borda, el gran Carell, que ya en The Office encarnaba a un personaje que tenía muy distorsionada su autoimagen, y que se veía en proyectos que no le correspondían, y en hazañas que jamás estarían a su alcance.




            Pero ojo, con sus personajes, porque yo veo al John du Pont de Foxcatcher, o al Michael Scott de The Office, y no puedo dejar de pensar en todos los desempeños que me ocupan a lo largo de la jornada, el de maestro de escuela, el de entrenador de fútbol, el de bloguero insomne de estas ocurrencias, y un escalofrío de vergüenza me recorre por la espalda al pensar que tal vez yo mismo sea un falsario, un estúpido, un arrogante que se dice competente en estas tareas y en realidad nunca se ve desnudo ante el espejo. Ni John du Pont ni Michael Scott habrían admitido un dedo acusador, una versión disonante de su engreimiento. ¿Por qué habría de hacerlo yo, entonces, pillado en tal pecado?


0

Submarine

       Submarine es de esas películas que terminas viendo y disfrutando aunque su sinopsis te tire para atrás: adolescente pajilllero en busca de novia que se deje sobar las tetas y quizá algo más; poeta frustrado de la existencia urbana, cero a la izquierda en el escalafón de los tipos deseables; un buen chico en realidad, retraído, timorato, con intuiciones geniales sobre la vida que va alternando con cagadas monumentales, tan propias de la edad, y tan propias, también, de la incompetencia básica que ya no lo abandonará jamás. Un retrato, en definitiva, de la vida de cualquier cuarentón de ahora mismo, que tampoco nos comíamos una rosca, que también escribíamos nuestra poesía ridícula en los cuadernos del colegio, que también anhelábamos entender el mundo hasta que el mundo decidió desentenderse de nosotros. Submarine es un recuerdo de nuestro pasado poco glorioso. Un viaje poco gratificante a nuestra adolescencia aún no superada. Una comedia amarga que te amarga, aún más, la puta noche.

0

Sueño de invierno

Ahora que el frio remite y que en los campos rebrotan los vegetales, sueño con el crudo invierno que tardaré muchos meses en volver a disfrutar. Dentro de nada volverán los calores, los mosquitos, los picores. Los sofocones en el esfuerzo, las irritaciones en la piel, las noches eternas entre las sábanas resudadas...  Todavía no ha terminado del todo, y ya echo de menos el invierno que se podía combatir tan ricamente con un buen cocido y un buen abrigo.

            Es por eso que hoy, en pleno ataque de melancolía, decido ver la película turca Sueño de invierno, porque hay veces que la realidad y la ficción establecen una conexión que no puede ser casual, que está regida por algún dios que trata de decirme cosas, de revelarme un camino o un destino. Sueño de invierno, además, ha recibido la Palma de Oro en el festival de Cannes, y su director, Nuri Bilge Ceylan, es un tipo que en este blog ha dejado su huella y su debate, capaz de helarte el alma con una conversación de altísima enjundia y luego dejarte dormido con un plano sostenido del infinito anatolio. La película está rodada en Uchisar, que es un pueblo pintoresco perdido en la Capadocia. Allí la gente sigue viviendo en las antiguas cuevas de los trogloditas, como Picapiedras y Mármoles de los tiempos modernos, aunque por dentro estén adecentadas como cualquier piso de vecino, con su televisión, su conexión a internet, su frigorífico para las viandas. Los turcos del vecindario tampoco conducen troncomóviles, sino todoterrenos que los ayudan a sortear los caminos embarrados y nevados. Con ellos se trasladan a la estación de tren que de vez en cuando, muy de vez en cuando, los acerca a Estambul para realizar los trámites administrativos, o para sacar a cenar a la mujer, el día del fatídico aniversario.




            Aydin es el dueño del único hotel del paraíso, un actor ya retirado que vive del negocio turístico y del arrendamiento de sus múltiples propiedades. Aydin se levanta por las mañanas, saluda a los clientes, administra cuatro asuntos banales y se encierra en su cueva a escribir los artículos de opinión. Es la vida exacta que uno quisiera haber llevado, de rentista, en un pueblo perdido, con todo el tiempo del mundo para escribir las tonterías y ejercitar los músculos del caminar. Vivir, por fin, lejos del mundanal ruido, rodeado de perros, y de tenderos que me sirvan los productos con un buenos días o un buenas tardes. Quedo tan fascinado por la vida sencilla pero inalcanzable de este hombre, que ya no me asaltan los sueños de invierno, sino los sueños de escritor, que tenía dominados desde hace tiempo, rendido ya a mi destino. Hoy mismo, antes de ver la película, he tenido que ir al trabajo improductivo, cocinar los alimentos, barrer el suelo, fregar los cacharros, acompañar al hijo, hacer los recados, responder al correo, descolgar la llamada imperiosa de un familiar... En el tiempo que yo pierdo en todo esto, Aydin, el turco suertudo, ya le ha dado mil vueltas a su artículo, y ha salido a caminar por los preciosos montes de su pueblo a respirar el aire puro. Ya decía Michel Houellebecq que vivir y escribir eran dos oficios incompatibles. Y en esas estamos.



            Pero ay, de Aydin, porque en su casa ha encontrado cobijo una hermana divorciada que todo se lo cuestiona, que todo se lo critica, y que una mala noche, despanzurrada en el sofá mientras él escribe, se atreve a poner en cuestión esa vida idílica de escribano anacoreta:

Necla: No sé, te veo teclear toda la semana en tu ordenador, y me digo, si tú no me mostraras este diario, yo ni sabría que existe.
Aydin: Mi reino es pequeño, pero al menos, soy rey.
Necla: ¿Pero quién lee ese diario?
Aydin: Lo siento, mi querida Necla, pero no estoy de acuerdo. Para nada. A veces recibo cartas de lectores que me reconfortan en lo que hago. A pesar de todas las molestias que me tomo, como tú dices. Pienso que vale la pena. Por ejemplo, ayer…

Necla: Sí, a veces, en Internet, veo muy malos autores llevados en volandas. Todo el mundo tiene su pequeño club de admiradores. No hay que tomarse eso en serio. En todo caso, no puede ser una referencia para ti. 


0

Rocknrolla

            Veo Rocknrolla justo después de que termine El Intermedio. Por el programa del tío Wyo y de la bella Sandra han desfilado políticos que cobran comisiones, que destruyen pruebas, que espían a compañeros, que reciben sobresueldos, que financian los gastos de su partido con dinero salido de contabilidades ilegales. Sobre la mayoría de ellos sobrevuela una gaviota de ojete ejemplar, muy bien educada en algún colegio de monjas, que casi nunca les caga sobre el hombro. Pero en las cloacas de la política, donde se afanan los poceros y los fontaneros de los asuntos sucios, no hay nadie que esté libre de pecado. Nadie podrá tirar la primera piedra en esta competición de ladrones contra estafadores, aunque unos luchen con guijarros y otros con peñascos arrancados a la montaña.



            Decía que he visto Rocknrolla justo después de El Intermedio y apenas he notado el tránsito de lo real a lo ficticio, porque los villanos de la película, aunque parezcan una caricatura de la avaricia, encajarían perfectamente en nuestra realidad cotidiana de Mortadelo y Filemón. Lenny Cole, el malvado principal, es un abuelete con gafas de sol y andares encorvados que se parece mucho a un cacique ibérico que ahora está en la cárcel, y que nació a la vera del Mediterráneo. Uno al que siempre le tocaba la lotería, no sé si se acuerdan. Sí, él, justo él, el padre de esa niña tan mona que un día, en el Congreso de los Diputados, les grito a los parados de este país que se jodieran, por tontos y por vagos. Lenny Cole no ostenta ningún cargo público en la película, pero da de comer al concejal de urbanismo, al que además regala coches carísimos, y deja probar de vez en cuando  sus putas exclusivas. A cambio de estos favores, el concejal aprueba obras innecesarias, mastodónticas, que no responden a las necesidades reales de los votantes, pero que hacen muy ricos a los colegas de Lenny, y a Lenny mismo, por supuesto. El proyecto que anima la trama de Rocknrolla es un mcguffin que nunca se menciona, porque aquí lo importante son los mamporros y las réplicas chistosas, pero bien podría haber sido un aeropuerto en el que nunca aterrizan los aviones.




            Dice el rockero Johnny Quid al principio de Rocknrolla:
            "A todos nos gusta la buena vida. A unos el dinero, a otros las drogas, a otros el sexo, el glamour o la fama. Pero un rocknrolla es diferente. ¿Por qué? Porque un auténtico rocknrolla quiere el pack completo".

            Si admitimos el cine como droga, y la ropa del Carrefour como glamour -porque al menos riman-, yo también soy un auténtico rocknrolla. Nos ha jodido. 


0

Lejos del mundanal ruido

Hay títulos que le persiguen a uno hasta la obsesión, que llevan años ahí, sonando, rebotando, prendidos de una meninge hasta que no hay más remedio que ver la película para desprenderse de la ventosa. Lejos del mundanal ruido… Cuántas veces habré formulado este deseo sin letras cursivas, lejos del mundanal ruido, del mundanal trabajo, del mundanal gentío. Vivir en sociedad, sí, cerca de las farmacias, de los supermercados, de los restaurantes chinos, porque uno no podría sobrevivir sin estas ventajas del abastecimiento, incapaz de procurarse el sustento de la granja o de la huerta, pero lejos, muy lejos, a mil años-luz del espíritu, donde no llegue el ruido, el pelmazo, el sonsonete cansino de la civilización. No sé si me explico.




            Lejos del mundanal ruido… Uno había leído las sinopsis y sabía del mundo preindustrial, del paisaje bucólico, de la bella mujer pretendida por tres hombres enamorados. Uno leía a John Schlesinger en los títulos de crédito y se sentía seguro y confiado. Schlesinger es el responsable de Cowboy de medianoche, de Marathon Man, y además juega en casa, en su Inglaterra natal. En los preparativos uno se imaginaba de nuevo en Innisfree, cortejando a la pelirroja Mary Kate, en el rincón más bonito del mundo, tan lejos y tan verde todo. O tal vez en Sussex, en los mundos de Sentido y sensibilidad, donde las hermanas Dashwood, a cada cual más bella, esperan al galante rentista que las saque de la pobreza. Empieza la película y me las prometo muy felices en esos paisajes recobrados, ondulados, del cereal mecido por el viento, tan cerca del mar. La belleza de Julie Christie es luminosa, seductora, y no tiene nada que envidiar a la de Maureen O’Hara o a la de Kate Winslet. Estoy muy predispuesto a dejarme llevar por su hermosura, y a creerme sus desventuras económicas y románticas. Estamos, efectivamente, muy lejos del mundanal siglo, del mundanal estruendo, del mundanal progreso.




            Pero la película se me va cayendo poco a poco de los ojos. Todo es cursi, relamido, tontorrón, decimonónico en el peor sentido de la palabra. Una cosa para mujeres de la época, melindrosas, pudorosas, revestidas hasta las cejas. Un folletín para comentar en las peluquerías de aquellos tiempos, en las verdulerías del mercado dominical. Y dura, además, 157 minutos eternos, que iré sorteando con el mando a distancia hasta llegar al previsible final. Todos es muy bonito, sí, pero rancio, y viejuno, y naftalinoso, como si Lejos del mundanal ruido no sólo se ambientara en un siglo extinguido, sino que se hubiera rodado allí mismo, mucho antes del invento de los hermanos Lumière,  en una avanzadilla técnica que tal vez mereciera una investigación, y un doctorado, y un documental para el National Geographic.


0

Fish Tank

       

          Fish Tank es el retrato de una adolescente del arrabal londinense, allá donde el Támesis busca ya su desembocadura en el mar. Mia es una choni de la Gran Bretaña que vive en pisos de protección oficial y sueña con ser bailarina de rap. Viste sudaderas con capucha, joyerío excesivo, maquillajes desordenados de la señorita Pepis. Hija de madre soltera y alumna ausente del instituto, vive pendiente de su ingreso en un reformatorio, aunque en el subtítulo de la película, quizá por desconocimiento, quizá porque en Latinoamérica los llaman así, dicen colegio de Educación Especial, que es una cosa muy distinta. Porque Mia, aunque sea una chica problemática y proclive a los excesos, con un lenguaje verbal de veinte tacos por minuto, no tiene ni un pelo de tonta. En el ecosistema que la ha tocado vivir, ella se desenvuelve con el instinto de un animal muy perspicaz. Una superviviente nata que no se doblegará por muchas hostias que le depare el destino, de las psicológicas, y de las físicas también.



            Resumida así, Fish Tank parecería una película de Ken Loach, con su adolescente envuelta en la problemática social de los barrios empobrecidos. Pero esta mujer que escribe y dirige el cotarro, Andrea Arnold, prefiere dejar la denuncia social como telón de fondo, y seguir cámara en mano las tribulaciones amorosas de esta vivaracha deslenguada. Una opción muy respetable que además produce una película extraña y obsesiva, como de los hermanos Dardenne.  Pero uno, qué quieren qué les diga, piensa igual que los viejos revolucionarios de Rusia, que vieron en el cine un poderoso instrumento de propaganda ideológica. Y en esta batalla presente de los ricos contra los pobres, que los parias vamos perdiendo por goleada, uno cree que películas como Fish Tank son oportunidades desaprovechadas. Loach se sirve de sus personajes para hacer lucha política, y aunque muchos llamen a eso oportunismo o manipulación,  a mí la intención me parece cojonuda, si con eso conseguimos que algún espectador tome conciencia y se repiense el voto en la mañana decisiva de las elecciones. Esto que yo denuncio en Fish Tank a otros críticos les parece cojonudo, y aprovechan su columna en los periódicos de derechas para lanzarle una puya a la mosca cojonera. Dice el crítico de cine de La Razón: “Fish Tank es como una película de Loach, pero bien hecha”. Mentira: es tan buena como una película de Ken Loach, pero sin su carga explosiva. Y eso es, realmente, lo que él celebra.


0

La teoría del todo

Las películas y la vida real se diferencian en dos cosas fundamentales. La primera es que en este lado de la pantalla no hay banda sonora que acompañe nuestras vivencias, salvo que la tragedia nos pille con los auriculares puestos, o que nos toque el gordo con la música del vecino puesta a todo volumen.



       Sucede, además, que la música de nuestra vida, siempre incidental como defendía el Dogma 95, a veces no guarda relación con el acontecimiento vivido, y puede ocurrir que el mundo se nos caiga encima mientras suena el reguetón, o ser elegidos por la mujer más hermosa mientras suena un cuarteto tristísimo de Beethoven. Digo esto porque en La teoría del todo, que es un biopic muy estimable y recomendable, la banda sonora comete el pecado gravísimo de hacerse notar, de ser detectada por nuestros oídos en los nudos trascendentales, y eso, por lo menos a quien esto escribe, le saca de la escena, de la magia del cine, y arruina esos momentos en los que Eddie Redmayne y Felicity Jones se curran sus papeles entregados a la causa.



            A por Felicity, venía yo, precisamente… Porque la otra diferencia que nos separa de la películas es que en el mundo ficticio existe una densidad altísima de mujeres hermosas, un imposible estadístico y demográfico, y muchas veces, en el papel que debería corresponderle a una actriz de hermosura limitada, incluso fea si nos atuviéramos a la esencia del guión, se cuela un bellezón resplandeciente que no concuerda con el desempeño del personaje. Uno ve las fotos de juventud de Jane Hawking, la primera mujer del científico, y descubre en ellas a una chica maja, de rasgos poco llamativos y serenos. Una británica morena de andar por casa, de las que encontraríamos a miles en el metro de Londres. Sin embargo, en La teoría del todo, interpretando su papel de esposa abnegada, se nos ha infiltrado una mujer tan hermosa que a mí me quita el habla y el sueño. En la primera escena de la película, Felicity Jones, que en este blog ya era reina y ahora es emperatriz, entra en un baile de estudiantes y queda prendada, a primera vista, de este tipejo alto y desgarbado, pelirrojo y gafoso, que más parece un lerdo que un universitario, un hermano tonto que alguien se trajo al bailoteo para sacarlo de casa. Ésa es, sin duda, la apariencia de Stephen Hawking incluso antes de enfermar, aunque todos sepamos que bajo esa fachada se esconde la inteligencia inalcanzable, y el agudo sentido del humor. En la vida real esas cosas no pasan: las chicas como Felicity Jones no se enamoran de pardillos así, no al menos a primera vista, no en una selección visual apresurada, porque la biología del emparejamiento, como la física astronómica que reveló el propio Hawking, obedece a leyes inflexibles de la naturaleza. La elección de Felicity Jones me llena de gozo sexual, y reaviva el loco amor que siento por ella, pero en la película no termino de creérmela. Lo suyo es un papelón, un recital, un trabajo deslumbrante, pero por debajo de sus sonrisas, de sus llantos, de sus miradas de gozo o de reproche, yo siempre veo a una mujer que no debería estar ahí. 


0

Homeland. 4º temporada

Cuando pasó lo que pasó en la tercera temporada de Homeland, uno dijo que hasta aquí habíamos llegado, que la trama ya no daba para más, y que la nueva ristra de episodios iba a ser una redundancia, un sacacuartos, un ordeñamiento de la teta ya vacía y escocida de Carrie Mathison.



        Pero llegaron las primeras entregas del 4.0, y la avanzadilla de exploradores nos trajo rumores de que la cosa no pintaba mal, que el conflicto había resurgido de sus cenizas, que Homeland había obrado el milagro de reinventarse y reconstruirse. El ave Fénix, allá en la embajada de Islamabad... Uno quería creerse a estos voceros de la buena nueva, como un apóstata que quisiera volver a la senda de los sacramentos, porque Homeland, en sus momentos de máxima tensión, había sido una serie de altísimo nivel, de comerte las uñas y las pipas y las puntas de los edredones. También tuvo sus personajes estúpidos, prescindibles, como la hija del sargento Brody, que ocupaba minutos y minutos de una subtrama lamentable sólo porque la niña iba para gran estrella y había que regalarle plano e importancia. Peccata minuta, en todo caso, dados los momentos emocionantísimos de la historia principal, que tenían más agujeros que el piso de Pixie y Dixie, pero que estaban muy bien puestos, y muy bien disimulados, para que los espectadores de mediana inteligencia no nos coscáramos de tales argucias.



            Uno quería creer, digo, pero le podía la pereza, la incertidumbre, los cantos de sirena de las otras mil series que aguardaban turno en la estantería, y en los gigabytes de los discos duros. Me hice el remolón durante semanas, dudando de la propia duda, pero una tarde de domingo, la primera de este año con lluvia inmisericorde, cogí  aire y vi el primer episodio de la cuarta temporada, como acto de respeto, como bálsamo de mi curiosidad. Y entonces recordé... Yo no estaba en Homeland por el asunto terrorista, por el juego de identidades, por el ritmo cardíaco de los momentos culminantes. Yo no estaba en Homeland para aprender geopolítica, para matar los ratos, para cruzar opiniones en los foros y en los bares. Yo estaba en Homeland por ella, por Carrie, por Claire Danes, que es una rubiaza de quitar el hipo aunque tenga esa nariz rotunda que unos llaman narigón y yo llamo personalidad. Cuando el ritmo decaía, o salía la hija de Brody, o la trampa se hacía evidente hasta para el espectador más tonto, uno se refugiaba en Carrie, en su expresividad, en sus ojazos verdes, en su porte majestuoso de reina rubia de los americanos. Y tantas veces se refugió uno en su seno que al final terminó enamorándose. Aunque el seno, propiamente dicho, nos sea hurtado continuamente, quizá por imperfecto, quizá por exigencias del contrato. Quizá, quién sabe, porque es tan hermoso que los espectadores enamorados lo reclamaríamos una y otra vez, y ya sólo viviríamos pendientes de su nueva contemplación, y Homeland, la serie propiamente dicha, con su CIA y su Al Qaeda, con sus bombas y sus tiroteos, nos la iba a traer muy floja. Pero que muy floja.




0

El hombre más buscado

Sé que dentro de unos meses, antes incluso de que termine el año, se me habrán olvidado estos juegos de espías que animaban El hombre más buscado. Y eso que la película te deja el culo atornillado en el sofá, con esa historia de John Le Carré, con ese Hamburgo de la Posguerra Fría, con esa Rachel McAdams que gracias al frío germano luce dos mofletes que dan ganas de comer a besos en un preámbulo eterno del acto sexual. 



        Se me olvidará casi todo, ay, porque son muchas las películas, y muchos los años, aunque en El hombre más buscado también salga, porque últimamente la vemos hasta en la sopa, Robin Wright, y uno desearía comer sopa todos los días si Robin Wright se reflejara en ella, como una ondina de los lagos o de los estanques. Aquí hace de agente de la CIA destinada en Alemania, tan guapa como falsa, tan correcta como ladina, casi un trasunto de su personaje en House of Cards, solo que en esta ocasión, iluminada de un modo extraño y quizás intencionado, sus ojazos brillan como en ninguna otra película, con el fulgor azul de una llama de butano que tiene algo de invernal y de satánico.



            Cuando quiera recordar El hombre más buscado la confundiré con las mil películas de los espías que se acechaban por Centroeuropa. Lo único que perdurará en el recuerdo, porque está perfecto y conmovedor, y aquí nos regala su último personaje, y uno siente contradicciones y dolores cuando lo contempla semanas antes de morir, o de matarse, es Philip Seymour Hoffman. Este tipo movía una ceja o pronunciaba una palabra  y te dejaba helado, o emocionado, según lo que tocara en el momento. Y ese privilegio de la sencillez sólo la alcanzan los grandes actores. Los que no necesitan gritar, ni moverse, ni sobreactuar, porque ellos saben que en la musculatura fina y en el ademán pausado reside el secreto de la convicción, como bien saben los políticos, y los vendedores de crecepelo. Hoffman se nos fue y todavía no hemos caído en la cuenta de lo que perdimos. Lo echamos de menos, pero vamos a echarlo de menos todavía más, cuando veamos una de sus -cuesta decirlo- viejas películas y añoremos el nuevo regalo que nunca llegará.


            He recordado aquel famoso diálogo de Billy Wilder y William Wyler en el entierro de Lubitsch:
Wyler: Se acabó Lubitsch
Wylder: Peor aún, se acabaron las películas de Lubitsch




0

Los hermanos McMullen

En uno de aquellos entrañables bodrios del cine nacional y católico, un personaje de Paco Martínez Soria, que en realidad siempre era el mismo abuelete con boina, se asombraba de cómo cambiaba la gente en treinta o cuarenta años, como queriendo decir que menuda obviedad, que menudo chiste le acababa de salir para regocijo de quienes amaban el humor blanco y sencillo.




          Él no se refería al aspecto exterior de quien una vez tuvo pelo y figura estilizada y ahora peinaba calva y arrastraba barriga, sino al talante que iba modificándose según las experiencias y los aprendizajes. Quien esto escribe, sin embargo, nunca ha creído que las personas cambien gran cosa. Uno, como el caballero don Quijote, se volvió loco con sus lecturas de juventud, que no eran libros de caballerías, sino estudios sobre el determinismo genético, sobre las bases innatas de nuestra conducta, y terminó concluyendo que quien nace así se muere así, y quien nace asá se muere asá, y que la personalidad que traemos de fábrica sólo se disimula, se repinta, se amaestra como la agresividad de los leones enjaulados, pero nunca se diluye ni desaparece.

            Es este carácter irreductible el que determina, por ejemplo, que nos gusten unas películas y no otras, porque hay sentimientos que nos rebotan y otros que nos traspasan, intenciones que nos repelen y otras que nos seducen. Y no es cuestión de educación, ni de cultura, ni de santa paciencia, porque yo llevo décadas cultivando la cinefilia que se enseña en los manuales y sigo sin entender los truños de Dreyer, los simbolismos de Bergman, los rebaños de Kiarostami, los surrealismos de Buñuel, los delirios oníricos de Fellini. Un tipo que se lo pase pipa con la película del otro día, El arca rusa, tiene que ser, inevitablemente, alguien muy distinto a mí, dos personalidades antagónicas que se entenderían muy mal tomando un café y charlando sobre las obras maestras de la cinematografía mundial, o sobre cualquier cosa, porque estoy seguro de que tampoco nos iban a gustar las mismas mujeres, ni las mismas lecturas. Yo jamás podría entenderme con un tipo como Mark Cousins, por ejemplo, que película que alaba película que yo tacho de la lista, como un acto reflejo, como un negativo exacto de nuestra fotografía interior.



            Pero cómo defender, ay, la propia teoría de la inmutabilidad, cuando es uno mismo quien se contradice en los gustos, y ve una película que le encantó hace veinte años y ahora se espanta de ella, como si la hubieran visto dos fulanos que nada guardan en común. Es lo que me ha pasado hoy con Los hermanos McMullen, que a mis veintitrés años me pareció un sugestivo tratado sobre la guerra de los sexos, y sobre la búsqueda quimérica de la media naranja, y que ahora, sin embargo, con dos décadas más en la mochila, y en la barriga, y en el jeto arrugado, me parece una tontería simpática que se queda en la superficie del misterio. ¿Soy yo, que he cambiado, que he madurado, que he evolucionado como un Pokemon para refutación de mi filosofía?  ¿O es que el tipo de entonces no era yo, sino un becario que me sustituía en las salas de cine mientras yo estudiaba las oposiciones y veía los partidos del Madrid? ¿Vivía clonado como Michael Keaton en Multiplicity y ahora he olvidado por completo la experiencia? ¿Era mi clon quien opinaba de las películas y yo quien hacía mías sus recomendaciones? ¿Cuántas fotocopias andantes de mi persona había por el mundo en los tiempos de Los hermanos McMullen?


0

El arca rusa

           


            En The Story of Film de Mark Cousins, que es un documental del que en este blog se habló largo y tendido, aunque casi siempre fuera para mal, se mencionaba El arca rusa como una obra maestra de los tiempos modernos, una virguería estilística del director Alexander Sokurov que en un plano-secuencia de hora y media recorría siglos de historia paseándose por las salas del Hermitage, museo del que ahora mismo no sabría citar ni un solo cuadro, ni una sola escultura, tan afamado e imprescindible como aparece en las guías turísticas, y en las siestas babeantes de La 2. Sólo sé que allí al ladito, en el mismo complejo arquitectónico a orillas del Neva, empezó el sueño proletario que luego terminó en psicopatía bigotuda, y en hecatombe de los ideales.


0

Red State

Desde que aquellos dos yihadistas entraron a sangre y fuego en las oficinas de Charlie Hebdo, por las mañanas, en las radios de derechas, que son mayoría en el dial patrio, los tertulianos hablan de la superioridad moral de la civilización cristiana, en contraste con ésa otra de los musulmanes, que vive anclada en su particular Edad Media, y que produce terroristas casi como una consecuencia lógica de sus doctrinas. 




            Es un razonamiento interesado, vomitivo, de un elitismo moral que me recuerda al cura que nos daba religión en el Bachillerato, el padre Ángel, un tipo que nos aseguraba que todos los no-católicos del ancho mundo irían derechitos al infierno, por tener conocimiento de la palabra de Dios y no haberla incorporado a sus creencias, seducidos por la barbarie del Islam, por la tontuna de los hindúes, por la cachaza barrigona de los budistas.

            La película Red State nos viene al pelo para recordar que ninguna religión está libre de sus fanáticos violentos. Que en todos los credos cuecen habas, y que siempre hay un trastornado que no tiene reparos en morir empuñando un arma, pues el Cielo prometido le aguarda con sus promesas de mujeres desnudas, o de asientos VIP situados a la derecha de Dios Padre, según lo estipulado en el contrato. Estos cristianos fundamentalistas que retrata Kevin Smith en la película, que leen pasajes del Antiguo Testamento y recelan de la voluntad bonachona de Jesús, son tipos que hemos visto muchas veces en los telediarios, en los documentales, sectas dirigidas por un mesías que se atrincheran en una granja y terminan liándola parda con sus armas semiautomáticas. Uno pensaba que esta iglesia ficticia de Red State, dirigida por el predicador Albin Cooper, era una cosa muy exagerada, un poco traída por los pelos, porque el credo fundamental de estos tarados, sustentado en lecturas muy escogidas de la Biblia, es que todos los males del mundo vienen originados por los homosexuales, lo mismo la ruina moral que las catástrofes naturales, y que Yahvé los tiene por los pecadores más execrables, y exige que les sea aplicada la pena de muerte. Uno pensaba que esto era una licencia del guión, una exageración calculada, pero resulta, para mi asombro de navegante en internet, que esta gente existe de verdad, y que el mismo Jordi Évole, en un programa de Salvados, entrevistó a la familia de este predicador de carne y hueso llamado Fred Phelps. Se autotitulan la Iglesia Bautista de Westboro, y practican su apostolado veterotestamentario  allá en las llanuras agrícolas de Kansas. God hates fags -Dios odia a los maricones- es el slogan que lucen en sus pancartas cuando se presentan en los funerales para insultar al homosexual fallecido, y recordarle que el infierno es su destino ineludible.

            Pero no hay que ser un protestante de la América Profunda para caer en la tentación del homicidio. Si a los tertulianos de derechas  les dices que el catolicismo también produce sus fanáticos y sus asesinos en potencia, ellos te dicen que la Inquisición hace  mucho tiempo que dejó de existir, y que además, puestos a debatir, el Santo Oficio hizo mucho bien limpiando de rojos las tierras españolas, siglos antes de que naciera el mismísimo Marx. Pero no van por ahí los tiros. Es verdad que los católicos ultras no suelen ocupar los telediarios armados de rifles y pasamontañas, pero también es cierto que hay muchas maneras de matar, civilizadas y muy poco espectaculares. Dejar que mueran enfermos curables por entorpecer los avances en investigación; denunciar el uso del condón en países de alta mortalidad por el SIDA; rezar a Dios antes de convertir un hospital público en uno privado y empezar a racanear en la atención, en los medicamentos, en las pruebas necesarias, condenando a muerte a desgraciados y desgraciadas que en otras manos hubieran tenido mejor fortuna. Esto último ya está sucediendo aquí mismo, en las llanuras agropecuarias que llamamos Mesetas, tan parecidas en algunos paisajes a la lejana Kansas de los bautistas de Westboro.


0

Canciones del segundo piso

Citan, en la revista de cine, una película sueca del año 2000 que al parecer es una obra maestra olvidada. Se titula Canciones del segundo piso, y fue recibida con grandes aplausos y algún premio gordo en el festival de Cannes. A uno, la verdad, le huele mal el asunto, pero las películas desconocidas, cuando te las presentan así, con tanto adjetivo, y en revistas de postín, son una tentación imposible de resistir.


         ¿Y si Canciones del segundo piso fuera ciertamente una gran película que yo, en mi ignorancia, en mi desidia exploradora, he pasado por alto durante años? ¿Y si ahí, en su imágenes, en su guión, en su moraleja filosófica, encontrara yo una revelación que me iluminara las entendederas? ¿No será que mis prejuicios hacia las películas suecas  me está privando de una experiencia que habré de contar aquí con prosas encendidas, para provecho de mis escasos pero escogidísimos lectores?

          Aprovecho la ola de buen humor que me inunda tras la victoria del Real Madrid y doy comienzo a la función. Todavía no he aposentado bien el culo cuando sé, a ciencia cierta, aunque le conceda treinta minutos más de gracia, que Canciones del segundo piso va a ser un error mayúsculo, un esfuerzo intelectual de mucho sudor y mucho fastidio. Porque antes incluso de que surjan las primeras imágenes, aparece, sobre fondo negro, rotulado en blanco, el título original en sueco vernáculo, SANGER FRAN ANDRA VANINGEN, y es justo así como empezaban muchos tostones de Ingmar Bergman que prefiero no recordar, y me entra como un escalofrío, como un mal presagio, y en la primera escena de la película, que ya es una cosa rara que no termino de entender muy bien, se me cae la voluntad de persistir por los suelos. Pasan los minutos y Canciones del segundo piso se vuelve cada vez más surrealista, más incomprensible, con simbolismos que sólo los espectadores suecos, o los familiares del director, sabrán descifrar y explicarnos a los legos.


            Hay compatriotas míos que aseguran, en los foros, en los blogs, en los escritos más inteligentes y lúcidos, que ellos han entendido Canciones del segundo piso de cabo y rabo, y que se trata, aunque no lo parezca, de una radiografía social de la Suecia que entra con temor en el nuevo milenio y bla, bla, bla... Pero yo, que soy tan cortico en estas cosas de los análisis, sólo veo a tipos diciendo tonterías, a multitudes haciendo el indio, a hombres extraños -gordos, calcinados, tarados, maquillados como furcias- que vagan como anormales por las calles de una Suecia apocalíptica. Si usted buscaba una explicación coherente de Canciones del segundo piso, con toda su complejidad de cosa nórdica e ignota, éste no es su blog. Mil perdones. Le anuncio, por si acaso, que en treinta minutos de película no vislumbré a ninguna actriz sueca de rompe y rasga. Lo que ya es el colmo de la rareza, y de la mala intención.

0

Nightcrawler

Dice Fernando Savater en su Diccionario Filosófico:
            "La gente que se queda en su casa entretenida en sus cosas rara vez hace daño a nadie: lo trágico de la vida es que en casa la mayoría de la gente se aburre".
            Esto lo había leído yo en algún pensador de los tiempos pasados, tal vez Voltaire, o Heine, pero no he encontrado la cita por ningún sitio, y no he tenido más remedio que poner este pensamiento de Savater, que es un tipo que me cae como una patada en el culo, pero que me viene de perillas para poner la introducción en esta entrada.


           
           En Nightcrawler, Louis Bloom, que es un tipo savateriano incapaz de quedarse en casa, recorre la noche de Los Ángeles armado con una cámara de vídeo y con una radio que sintoniza la frecuencia policial, filmando accidentes y crímenes sanguinolentos que luego venderá a los noticieros sensacionalistas de la televisión. Otros ilustres de la noche y de las películas, que también se aburrían de la vida y se desesperaban por la falta de sueño, fundaron clubs de la lucha, como Tyler Durden, o hicieron justicia, aunque muy particular, en el lumpen de los barrios, como Travis Bickle. Pero Bloom, al que da vida un inquietante Jake Gyllenhaal que jamás parpadea y jamás sonríe con sinceridad, decide hacerse un nombre en el negocio de la telebasura. En la ficción de Nightcrawler, es el canal 6 quien más dinero ofrece por las imágenes de heridos desangrándose y muertos sorprendidos en descoyuntadas posturas, pero hay muchas emisoras que pujan por las durísimas filmaciones. La hora del desayuno es una refriega periodística en la que se sirven fiambres muy poco hechos y casquería cocinada al calor del asfalto. Mientras los niños desayunan su bol de cereales y su mazorca a la parrilla, en la tele se inducen otras conductas carnívoras del primate.


            Aquí, de momento, en la Piel de Toro, no hemos llegado a tanto, pero vamos camino de conseguirlo. Existen dos telediarios nocturnos -por así llamarlos- que dedican cinco minutos a las informaciones económicas y políticas, y que luego, antes de la hora eterna de los deportes, lo llenan todo de accidentes y explosiones, de robos y palizas, de asesinatos y suicidios. Son minutos y minutos que la publicidad nunca corta, porque es ahí donde está el meollo de la audiencia, tan parecida en voracidad a la que allá lejos, en Los Ángeles, en Nightcrawler, espera con un ojo abierto y otro cerrado la imagen que los dejará escandalizados. En España sólo vemos salpicaduras de sangre, restos humeantes, hierros retorcidos, lejanas víctimas embutidas en sacos negros. Pero queda poco para que llegue el primer "nightcrawler" de las calles madrileñas, o barcelonesas, y el productor televisivo que compre su material explícito para inaugurar un nuevo tiempo, aberrante y grotesco, en los informativos. Al tiempo.

0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com