Perdida

En otros blogs que hablan sobre Perdida, la película de David Fincher, los cinéfilos cuentan que les gustó mucho, que les gustó poco, que Ben Affleck sigue poniendo cara de panoli o que Rosamund Pike es una belleza extraña de porte muy fino. Otros diseccionan la trama colocando spoilers para que el lector novato no pise los charcos de la sabiduría. Algunos opinan que la complejidad del guión los mantuvo en vilo todo el metraje, y otros que tales enredos les parecieron superfluos y chapuceros. Los que se han enamorado de Rosamund Pike fundan blogs paralelos en los que ella es tema único y obsesivo, con fotos y alabanzas, con chismes y biografías.



         También hay blogueros, sobre todo los que aspiran a empuñar la cámara algún día, o que ya la empuñan en pequeños cortometrajes y proyectos, que se ponen a escribir sobre Perdida y te hacen una tesis doctoral sobre las argucias técnicas del director, y de su compadre el director de fotografía, que usaron tal lente en una escena, tal objetivo en otra, tal recurso de montaje que los espectadores legos no sabemos ver ni valorar, enfrascados en las tramas y en los escotes de las mujeres.


            Este blog, a diferencia de los anteriores, no habla propiamente de cine. Lo comento por si eres nuevo, o nueva, en este extraño lugar del ciberespacio, y buscabas una opinión fundamentada sobre Perdida, o una lista de curiosidades que luego poder comentar con las amistades. Yo utilizo las películas para hablar de mí mismo, de mi libro, de mi ombligo. En vez de llevar un diario como dios manda, contando las cosillas de mi vida gris como hubiera hecho Fernando Pessoa, yo me sirvo de las películas para soltar los dedos sobre el teclado, y dejar que la mente divague con mis asuntos. Después de ver Perdida, uno cogería el desvío de sus propios desvelos y desbarraría sobre la sagrada institución del matrimonio, que es el tema fundamental de la película. Primero tendría que hablar de él como concepto general, quizá con citas eruditas que me sirvieran de apoyo e introducción, y luego, ya entrando en harina, poner el foco en el matrimonio propio, pues uno también es hombre casado, y tiene su sólida opinión, y su larga experiencia en las trincheras. Pero cómo hablar, ay, del propio matrimonio, sin herir la susceptibilidad del otro cónyuge, que lleva veinte años aguantando mis tonterías. Cómo hablar del matrimonio sin caer en el chiste fácil, en la gracia obvia, en el chiste de Forges sobre Concha y Mariano. Cómo evitar, en la fogosidad de la escritura, que surja el ajuste de cuentas, la confesión inapropiada, la delación de una intimidad que iba a condenarme a dormir esta noche en el sofá, y a soportar varias semanas de morros y acechanzas. Tengo, pues, que detenerme aquí, y que sean otros blogueros quienes lidien con el tema. Y con Perdida. Hoy hace mucho frío en Invernalia, y quiero dormir calentito y arropado.


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La entrega

No hay mucho que rascar en La entrega, película de hampones que van robándose los dineros en los bajos fondos de Brooklyn.  Ni siquiera los pómulos de Noomi Rapace, que en otras películas me inspiran versos escritos en  sueco moreno, me han dejado hoy la visita de las musas, que los jueves, la verdad, casi nunca aparecen por este escritorio, ahuyentadas por el cansancio que flota sobre mi cabeza como una boina de contaminación madrileña.



       Al otro lado del puente que retratara Woody Allen en sus nostalgias, muy lejos de los restaurantes de Manhattan donde acechaba a sus pijas damiselas, existe un submundo de extorsionadores que guardan sus ganancias en bares nocturnos de confianza. Grandes fajos de billetes -como sólo los americanos son capaces de reunir- que son la tentación de los atracadores de poca monta, de los ladronzuelos necesitados de efectivo. De incautos que prueban suerte y después de gastarse lo robado en putas de lujo y champán del caro, son convertidos en picadillo por los dueños reales de la pasta, mafiosos del Este que torturan y asesinan y trocean los cuerpos como hacían en sus villorrios del Cáucaso con los ladrones de ganado, o con los muchachos que desvirgaban a sus hermanas.




            Uno de los que sueña con dar el gran golpe es el primo Marv, que al borde de la jubilación delictiva sueña con viajar a Europa y tumbarse a la bartola en las playas de Marbella o de Croacia. El primo Marv es nuestro añorado James Gandolfini,  y a mí se me parte el alma cada vez que entra en pantalla, comiéndose las escenas con su corpachón, con su voz cazallera, con esa mirada de cervatillo asesino que es un imposible biológico, una quimera de la naturaleza, y que él sin embargo clavaba como nadie. Fue así como Gandolfini convirtió a Tony Soprano en un tipo entrañable, en un asesino al que de un modo inexplicable, como si fuéramos cómplices de sus crímenes, o espectadores ya desalmados por la televisión, seguíamos queriendo después de partirle la cabeza a un soplón, o de apuñalar a un rival comercial en un callejón oscuro. Ningún espectador de Los Soprano quedó libre de esta molestia moral, de este prurito de vergüenza. Uno casi sentía al gusanillo de la conciencia taladrando nuestro cerebro, dándonos un mordisquito cada vez que sonreíamos, o asentíamos, o restábamos importancia a sus fieros desmanes de asesino. Nuestro deber moral era sentir repugnancia por Tony Soprano, cachalote violento que podía joderle la vida a cualquiera que pasara por allí, y sin embargo el tipo nos caía bien, y lo poníamos en los fondos de escritorio, y nos poníamos camisetas negras del Bada Bing!, y  comprábamos tazas de desayuno con su estampa gordinflona y desafiante, para conmemorarlo en cada café y en cada croissant como si participáramos en una Eucaristía de la religión criminal.


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Despachos Ovales

El azar de las ficciones me ha llevado, en las últimas semanas, a visitar alternativamente dos Despachos Ovales de la Casa Blanca, tan parecidos en su decoración como distintos en los trapicheos políticos que allí se cuecen.  En las siestas, en la hora de la modorra, porque a veces los diálogos verborreicos  de Aaron Sorkin me funden los fusibles, y me inducen al sopor de quien no se entera de nada, sigo las andanzas del presidente Bartlet, que lucha por su reelección con el vigor renovado de un joven principiante.



              Bartlet, como presidente imaginado,  es un tipo inverosímil, producto más bien de la ciencia-ficción que de la política-ficción. Bartlet es básicamente un buen hombre, un filántropo, un tipo que no duerme por las noches pensando en el bienestar de su pueblo, en las decisiones torcidas que él imaginó rectas y benévolas, y ya sabemos que los hombres así no pueden medrar en el mundo de la política, porque siempre llega el momento de apuñalar a un amigo, de firmar un pacto con el diablo, de traicionar lo que antes se juró como sagrado o innegociable. No se puede ascender en política, y mucho menos hasta la cúspide de la Casa Blanca, acarreando la pesada mochila de los principios, y Bartlet, de principios, tiene la colección entera que vendieron en los kioscos por fascículos. Sus consejeros, además, que son la chicha de la serie, son tipos de una inteligencia preclara que uno tampoco termina de creerse. Josh y Leo, C.J. y Toby, son personajes que están hechos de la misma pasta moral que Bartlet, y esa confluencia angelical de las buenas intenciones en un espacio tan reducido, y tan decisivo para la marcha del planeta, es cuanto menos sospechosa. Uno mira la caterva de asesores ministeriales que aconsejan a nuestro presidente de las barbas, y en la comparación con la gente de Bartlet casi te mueres de la risa, y del asco, porque aquí, quien no es un inepto, o una enchufada de la cuota femenina, es un sociópata de colmillo retorcido o un mentiroso compulsivo que se descojona por dentro de los votantes.



            Horas después, por la noche, con el humor ya envenenado por el contacto con los seres humanos, visito el otro Despacho Oval de House of Cards, que ya no huele a jazmín ni a buenos deseos, sino al azufre que desprende el vicepresidente Frank Underwood cada vez que entra allí para mentir a su presidente. Underwood es otro personaje que nació de la pluma de Beau Willimon sin intención de hacerlo creíble. De hecho, para zanjar cualquier duda en el espectador, Underwood a veces rompe la cuarta pared para explicarnos sus intenciones diabólicas. Underwood es un sociópata de los pies a la cabeza, un tipo sin alma, sin corazón, casi un político español podríamos decir, un animal de los despachos sin empatía alguna con las personas que le rodean, a no ser para follar, o para echarse unas risas a costa de los adversarios. Sólo con su amada esposa mantiene lo que podríamos llamar "una relación personal", porque ambos son alimañas de la misma especie, y en algún rincón de sus instintos se reconocen como miembros de la manada, y se prestan un apoyo que tiene más de lobuno que de humano. Uno, que tiene el carácter contaminado de misantropía, quiere creerse más al personaje de Underwood que al personaje de Bartlet, pero su maldad es tan pura, y su inteligencia tan demoledora, y la tontuna de sus adversarios tan inverosímil , que al final uno prefiere abstenerse de jugar a este juego tan tonto que yo mismo inventé.



            Uno, al final, en estas cuestiones del Despacho Oval, sigue quedándose con la versión ofrecida  en Veep, que es una comedia disparatada sólo en apariencia. Al igual que  Carlo Cipolla, siempre he creído que la estupidez le ha hecho más daño al mundo que la maldad, y en Veep, la estupidez es un requisito imprescindible para trabajar en la vicepresidencia del país, o en sus cercanas asesorías. Ya escribí alguna vez que en Veep te ríes mucho, pero que a veces la sonrisa se te queda congelada, pensando que los tipos que deciden nuestras vidas tal vez sean así, no malos, no perversos, pero sí infantiles, inmaduros, tan inteligentes como caprichosos, tan esforzados como inútiles, tan majos como gilipollas.


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Adiós, pequeña, adiós

Patrick Kenzie es un detective privado que se mueve por los bajos fondos de Boston presumiendo de ser un hombre con principios. Es el único agente de la ley que no se ríe cuando alguien, en el pub, en la comisaría, en la vigilancia aburridísima de un sospechoso, cuenta el famoso chiste de Groucho Marx,  "estos son mis principios, pero si no le gustan, aquí tengo otros". Los policías con los que colabora son hombres de ética flexible que se van acomodando a las circunstancias: si hay que falsificar una prueba para enchironar al culpable, se falsifica; si hay que hacer una escucha ilegal, se hace; si hay que mentir, se miente. Si hay que cagarse en el código deontológico del Cuerpo de Policía, uno se baja los pantalones y defeca alegremente sobre el documento. Y ya habrá tiempo de limpiarlo después, cuando el caso esté resuelto. Ellos están en guerra contra el crimen callejero, y la única regla que les conduce es que, en la guerra, vale todo. Pero Patrick, aunque fornica con su novia sin estar casado, y de vez en cuando suelta tacos muy gruesos que harían llorar a la Virgen María, es un hombre de convicciones católicas que no tolera según qué desmanes. Temeroso del castigo divino, que él imagina suspendido sobre su cabeza como el Ojo en el Triángulo o como el rayo de Zeus, a Patrick le interesan más los medios que los fines, más las éticas que los resultados. Él no limpia las calles de Boston para mejorar la vida en este valle de lágrimas: él busca una meta más alta, nada más y nada menos que la salvación eterna, y para alcanzar este premio gordo no valen las chapuzas ni los atajos morales. Sólo el camino recto conduce a la derecha de Dios Padre; los caminos secundarios y retorcidos, aunque transcurran por paisajes más bellos, siempre desembocan en el infierno del dolor, o en el limbo de la insustancialidad.



En Adiós, pequeña, adiós, que es una película que plantea dilemas morales con muchas aristas y muchos recovecos, hay gentes de buen corazón que pagan las consecuencias de enfrentarse a este tipo monolítico, que no duda en favorecer a los malvados si ello le cuadra mejor en su ética incorruptible. Patrick Kenzie, con su altura moral, es tan inofensivo para el crimen como una niña con piruleta. Estos tipos a los que San Pedro contempla con complacencia desde su nube, aquí abajo, en el fango de los asuntos humanos, son gentes que nadie quiere al lado cuando la cosa se pone fea, cuando hay que tomar decisiones oscuras para asaltar la trinchera del contrario. En esas situaciones ellos se rascan la cabeza, acuden a los mandamientos, y después de santiguarse varias veces entorpecen la tarea o directamente la torpedean. A ellos, en el fondo, les importa un rábano este mundo de los mortales. Que se joda la carne, como diría Andrea Fabra. Cuanto peor, mejor. El sufrimiento de los sentidos será el gozo mayúsculo del espíritu. Al fin y al cabo, dentro de cien años, todos calvos. Y ellos en el Cielo, tan ricamente, en el sofá con vistas a la Tierra, riéndose de los cínicos que se partían el culo con Groucho Marx, y que ahora viven en la sala de calderas, acarreando carbón para que los justos vivan calentitos por toda la eternidad.



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La isla mínima

Estos escritos jamás tendrán una legión de seguidores porque siempre llegan con retraso a la película en cuestión, cuando las polémicas y los chismes ya son rescoldos en la chimenea. Hace mucho tiempo que uno dejó de ir al cine porque aquí, en provincias, en los sistemas exteriores de la galaxia, no existen esos refugios de educación que sí hay en Madrid o en Barcelona, donde los buenos aficionados se repantigan en su butaca y disfrutan de la película sin preocuparse de los moscardones. En estas periferias todavía sin romanizar, los cines son como la plaza del pueblo, como la cafetería de la esquina, como el piso de estudiantes en plena fiesta del viernes por la noche. Los neuróticos no tenemos reposo posible en esas situaciones, y todo nos molesta, y nos distrae, y las películas pasan ante nuestros ojos como telón de fondo de nuestra frustración. Es por eso que uno espera impaciente los estrenos en DVD para ponerse al día, a ver si las almas generosas los ripean y los ofrecen en la red a los sedientos y a los hambrientos, para luego, si la cosa merece la pena, y uno encuentra dineros en la billetera, comprarlos a precios exorbitados en las tiendas de internet.



De La isla mínima, que es la última gran película del cine español, ya se ha escrito casi todo, y casi todo con enjundia. Sesudos analistas y agudos lectores ya han diseccionado en ella la España Profunda, el tardofranquismo resistente, el retraso secular del campo andaluz. El tránsito doloroso y muy poco limpio de la dictadura policial a la democracia de las leyes. A casi nadie se le ha escapado que La isla mínima bien podría ser el True Detective andalusí, con esos paisajes de las Marismas que a ojos de profano medioambiental tanto se parecen a los recorridos últimos del Mississippi. Con esa pareja de detectives que se ven atrapados en un paisaje irreal, como de ensueño o de mentira, en el que las vistas son diáfanas y sin embargo nada se adivina ni se concreta. Donde los fantasmas personales se le aperecen a uno aprovechando la monotonía del paisaje. Sería muy estúpido por mi parte, y muy aburrido para el lector que ha logrado sobrevivir hasta estas líneas, volver a repetir argumentos tan conocidos.



Lo que a mí me deja La isla mínima, más allá de un gran rato de cine, y de un viaje a la España no tan distinta de hace treinta años, es un desasosiego geográfico, un prurito de vergüenza propia. Hace unos minutos que he subsanado mis ignorancias en el Google Maps, y en la Wikipedia bendita, pero en el momento de la película, mientras los detectives recorrían los canales buscando al asesino, uno, en el sofá, se revolvía intranquilo porque era incapaz de localizar en el mapa mental las dichosas Marismas del Guadalquivir. Uno sabía que estaban ahí abajo, a la izquierda, después de Sevilla, siguiendo el curso del gran río, pero luego he descubierto, perplejo, que colindan con el Parque Nacional de Doñana, que uno hacía mucho más al Oeste, casi en la raya de Portugal. Es entonces cuando me detengo en esta parte del mapa y recuerdo, pues lo había olvidado por completo, que el Guadalquivir desemboca en San Lúcar de Barrameda, que ya no es provincia de Sevilla como yo pensaba, sino Cádiz, y que la misma Sevilla, que yo colocaba casi pegada al mar aunque sin costa, está a tomar pol culo hacia el norte, a muchos kilómetros navegables del océano. Sigo navegando rumbo a Poniente, paralelo a la costa, y rememoro que en Ayamonte desemboca el Guadiana, y que el Guadiana, que yo imaginaba paralelo al Guadalquivir por la parte de arriba, viene cayendo en vertical por la frontera portuguesa, desde Badajoz mismo, ciudad que yo recordaba tan ajena al Guadiana como Santiago de Compostela al río Ebro. Y me duelen, me duelen muchísimo estas cosas, porque uno, a veces, con dos cervezas de más, o con dos siestas de menos, se pone a presumir de culto ante ciertas amistades algo garrulas, y sin embargo, en estas cuestiones de la geografía sureña, uno andaba más perdido que ellos en ciertos asuntos del filosofar.   No debo, pues, sorprenderme de que algunos amigos sureños coloquen Invernalia justo al lado del País Vasco, y de que a veces me pregunten cómo va el asunto de los etarras, como si nosotros y los vascuences compartiéramos cultura y frontera. Cómo reírme de ellos a partir de ahora, si yo mismo miro hacia el sur y no sé definir los límites, ni reseguir los grandes ríos. Ahora sé, por lo menos, dónde queda la Isla Mínima, que para más cojones no era una isla, sino un cortijo.



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Drácula

En esta noche de frío y niebla, en este winter is coming de la Invernalia perdida del noroeste, he recobrado, muy propiamente, como llevado por una congruencia del clima y del paisaje, el Drácula de Francis Ford Coppola. Porque El Bierzo, cuando queda entre tinieblas, y apenas se atisban las altas montañas que lo rodean, tiene algo de Transilvania ibérica, de tierra sombría de antiguas leyendas, tan cerca que estamos de las meigas gallegas y de las Santas Compañas. Aquí los vampiros no te chupan la sangre, pero sí los dineros cada vez que pides la ración de pulpo, o el trozo de empanada, que es un modo más alegre y nutritivo de ir robándote la vida en cada mordisco.



            Drácula, como Orígenes, también habla de la reencarnación de los espíritus, del renacimiento de las personas a lo largo de los siglos. El alma que anida en Mina Harker es la misma que prestaba vida a Elisabeta de Valaquia, la mujer de Vlad. El conde Drácula, de paseo por Londres, descubrirá, en un vuelco de su corazón sin latidos, a la misma mujer que tanto amó en su vida de vivo, ahora recauchutada en bella damisela de la Inglaterra victoriana. Y uno, que no cree en estas cosas, y que en Orígenes se enfadó mucho con su responsable por jugar al engaño con los espectadores ateos, aquí, sin embargo, puesto que de un cuento decimonónico se trata, queda arrebatado en el sofá con la bonita historia de los amantes que se reencuentran. Sucede, además, que estos lances románticos vienen acompañados por una música estremecedora que convierte la cursilada de “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte” en una frase que me eriza el vello y me pone de un romántico muy tontorrón. Embriagado por la hermosura intemporal de Winona Ryder, y por la insidia musical de esas notas susurradas por los diablillos, casi llego a creer en la predestinación de las almas, en la comunión inevitable de los amantes que verdaderamente se aman. Una gilipollez, por supuesto, cuando por fin termina la película y recobro la razón, porque yo amo locamente a Natalie Portman, que es mi media naranja, mi ausencia siamesa, mi complemento vital, y Natalie, sin embargo, nada sabe de mí allá en California, a no ser que algún allegado encuentre estos textos perdidos y se los traduzca en la bonita lengua de su lengua. De no ser así –y se me va terminando el tiempo, y la lozanía, y la paciencia- nuestro encuentro no será posible en esta existencia, y siguiendo la lógica que escribiera Bram Stoker, eso significa que en realidad no hemos coincidido nunca, en ningún pasado florido y gozoso de la Edad Media, ni del amanecer de Sumeria, y que mi alma está muy confundida, y muy errabunda, en estos asuntos del corazón.


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Turistas en mi playa VI

Uno de los pornógrafos que han caído en la órbita de mi planeta ha tecleado tiffani amber thiessen y sus curvas en el buscador de guarrerías, y yo, olvidadizo incluso en el tema de mis grandes amores, he tenido que reteclear los términos para recordar que Tiffani era la mujeraza que lucía escote y sujetador en Hollywood ending, la película de Woody AllenUn año y medio después de aquella sexualísima aparición, ya tenía olvidado el nombre de tan hermosa damisela, que en su momento refulgió en mi cielo con el brillo de cien supernovas. Aunque tengo propósito de enmienda, y recito mis pecados en el confesionario de este blog, no tengo perdón posible en el cielo de los cinéfilos. Yo recordaba su belleza, pero no su nombre, Tiffani, que es como de joya selecta, como de americana muy chic de los montes Apalaches. Recordaba su cuerpo explosivo, pero no su alma de actriz, de mujer, de ser humano. Algunos dirán que soy un cerdo machista, pero la culpa es de Max, mi antropoide interior, que cuando me echo a dormir se pone a jugar en el desván de mi memoria, y me rompe los cuadernos, y me descabala los recuerdos.



            Otro gorrino del ciberespacio, esta vez con afinidades fetichistas, ha descendido sobre mi pequeña luna de Yavin  para buscar  fotos pies synnove macody. Y yo, que no recordaba haber escrito nunca sobre pies, pues son asunto que nunca me ha puesto ni medio palote, con esa cerdería de las uñas y los olores que a otros les sube la bilirrubina, he tenido que rebuscar a Synnove para descubrir que la tal mujeraza no se llama así, sino Synnøve, con esa ø  de los nórdicos atravesada por una recta secante que es el símbolo exacto de mi corazón mediterráneo traspasado por la flecha del amor, pues Synnøve, a la que rememoro nada más verla en las Imágenes de Google, es una vikinga de rubio inconcebible y ojos azules como las aguas del mar Báltico que hacía de heroína sexual en Headhunters, aquella película de los delincuentes noruegos que por supuesto, en esta disfunción generalizada de mis neuronas, he olvidado por completo.



            Finalmente, para rematar el trío de bellezas que los pornógrafos buscaban estos días por mi huerto, tengo que consignar a varios salidorros que en sugestiva coincidencia anhelaban a aida folch desnuda. Del desnudo de Aida Folch se hizo aquí, en la entrada de El artista y la modelo, una alabanza algo triste y desolada, pues aunque uno se quedó prendado de su belleza morena, que ya quisiera uno para sí en el mundo de las mujeres reales, la comparaba sin querer con aquel otro desnudo de Emmanuelle Béart en La bella mentirosa, que también era artístico y sostenido, pero que además era en colorines, y menos sesgado, y encima de mujer bellísima y francesa, y el recuerdo de Emmanuelle Béart se solapaba con la visión algo más descafeinada de Aida Folch, y yo, la verdad, qué quieren que les diga, en cuestiones de sexo y de amor siempre he preferido lo francés. Llámenme gabacho si quieren, afrancesado si quieren expresarse con propiedad, pero a mí, las mujeres transpirenaicas, por el mero hecho de serlo, por muy feas que resalten a primera vista, ya me tienen ganado en el primer asalto. Me las imagino en la cama susurrándome al oído cualquier cosa, aunque sea la lista de la compra, o la Carta de San Pablo a los Colosenses, y ya me derrito del gustito.



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Teoría cinematográfica de Ignatius Farray

             Dice Ignatius Farray en uno de sus monólogos desquiciados:
            "Yo pienso que una película es mejor o peor según lo que se parezca el título de la película a lo que pasa en la película. Por ejemplo: Asalto al tren del dinero: ¡obra maestra absoluta! Es que pasa eso. Alguien voló sobre el nido del cuco... ¡Qué puta mierda! ¡No pasa eso!. Matar a un ruiseñor... ¡No pasa eso!"


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El amor es extraño

            En El amor es extraño, una pareja de homosexuales que comparten cama desde hace años contrae matrimonio en Nueva York aprovechando la nueva y tolerante legislación. Ben y George son dos señores talluditos que desean vivir su vieja relación como los dioses mandan, con todos los pros y los contras que la ley reserva al amor entre los humanos. El día de la boda, rodeados de amigos y familiares, todo es felicidad en el coqueto apartamento que  los cobija. No es que ahora, bajo el manto de la ley, se quieran más o se quieran mejor, pero de algún modo se sienten normalizados y aceptados, vencedores de un largo litigio que durante décadas defendió la dignidad de sus sentimientos, como si un asunto de culos o de coños pudiera dividir a las personas que se aman y se desean en dos clases sociales separadas.


            Pero hemos topado con la Iglesia, amigo Sancho, porque George, al que da vida este actor superlativo que es Alfred Molina, imparte música en un instituto regido por los curas católicos, y nada más regresar a las aulas tras la alegría de la boda, es llamado a capítulo por el director para ser expulsado con efecto inmediato. Era vox populi que George era una oveja descarriada, que convivía con otro hombre y que por las noches, en los arrebatos de pasión, vertía su simiente en recipientes no preparados para concebir. Los curas lo sabían, o hacían que no se enteraban, pero el matrimonio, para terror de las gentes decentes y bien nacidas, es harina de otro costal. El matrimonio es un sacramento otorgado por Dios para garantizar la procreación de nuevos católicos que abarroten las iglesias y bla, bla, bla... En esos instantes decisivos de su vida, que lo condenan de repente al paro, al apretón del cinturón, a la venta casi segura del apartamento que ya no podrá seguir pagando, George, por debajo de su semblante furioso, se pregunta cómo es posible que las enseñanzas de un hombre del siglo I, que decía ser Hijo de Dios y predicaba el amor fraternal y el perdón universal, hayan llegado tan retorcidas hasta ese despacho del instituto, tan deformadas, tan mal interpretadas por estos exégetas del alzacuellos, por estos castrados de la mente y del corazón que finalmente, después de tantos años de sonrisas, de parabienes, de hipocresías melifluas en la sala de profesores, le han dado bien por el culo, ya ves tú qué ironía.



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Mad Men. Séptima temporada.

La séptima temporada de Mad Men viene con una oferta de dos episodios por uno, como en los supermercados del barrio. En el tiempo que antes  tardaba en ver un solo capítulo, denso y nutritivo como un bote de leche condensada, ahora, gracias a la magia del mando a distancia, que es como el dedo de Dios en la Capilla Sixtina, soy capaz de embutir dos entregas en cuarenta y cinco minutos de ficción bien apretada. Mad Men, para mi sorpresa, para mi dolor, desde hace ya dos temporadas, coincidiendo con el divorcio de Don Draper y los desmanes laborales de la oficina, ha sufrido una inflación poblacional que fragmenta los guiones, dispersa las historias, desvía la atención del espectador hacia tramas que no tienen chicha ni razón de ser. Y uno, al final, llevado ya más por la obligación que por la devoción, termina harto de avanzar minutos en el contador buscando lo sustancial y lo carnoso. Mad Men, que parecía impermeable a la imperfección, ha caído en el pernicioso efecto de los papeles secundarios, que se reproducen como conejos en cualquier serie que aspire a perdurar en las pantallas.  Los actores piden más minutos, más presencia, alguna trama particular que enriquezca su personaje segundón, y los productores, que sólo buscan como inflar los episodios y las temporadas, aceptan sus propuestas casi sin rechistar, empobreciendo el producto, y jodiendo a los espectadores más fieles y puristas.



            De Mad Men, a quien esto escribe, sólo le interesan las aventuras profesionales y sexuales de Don Draper, que es como el hombre que siempre quise ser y nunca llegaré a emular, un tipo guapo, seguro de sí mismo, conquistador incombustible, atormentado por un verdadero trauma de la juventud, y no por un trauma de estos que yo a veces exhibo aquí, que casi siempre resultan ser una gilipollez. Al principio de la serie todos los personajes bailaban alrededor de Don Draper, para matizarlo, para explicarlo, para ponerle delante a un hombre con quien competir o a una mujer con quien follar. Incluso el contexto histórico de los años sesenta se nos proporcionaba a cuentagotas, en un periódico que se atisbaba, en una tele que se entreveía, como una información escueta que nos ayudaba a sentir el pulso cambiante del negocio publicitario. Ahora, sin embargo, los papeles secundarios han desarrollado sus propios amoríos, sus propios negocios,  y sus minutos inanes son como cánceres que van chupando la salud al cuerpo principal. También América se mete ahora por todos los recovecos de la oficina, con sus secretarias afroamericanas, sus creativos porreros, sus hippies infiltrados, sus feministas protestonas, en subtramas y subtextos que resultan forzados y a veces ridículos. Sería muy prolijo relatar aquí todo esto: Mad Men se ha convertido en un hervidero de personajes que no aportan nada, que sólo vienen a dar la lata, que han venido a Nueva York no para contextualizar a Don Draper, que era el debate fundamental, sino para hablar de su libro. De su prescindible y aburridísimo libro. Uno se pone a explicar todo esto y termina escribiendo el Guerra y Paz de Madison Avenue.



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El congreso

Uno ya no está para adivinanzas tan complejas como las que se proponen en El congreso, película que la crítica especializada, siempre tan monocorde y entusiasta con las rarezas, ha elevado a la categoría de obra maestra instantánea. A los que se ganan la vida moviendo el pulgar hacia arriba o hacia abajo con las películas, como hacían los emperadores romanos con los gladiadores, les causa mucho orgullo, y también una honda satisfacción, presumir de que entienden argumentos y subtextos que el resto de los mortales, que acudimos al cine en el rato libre, en la depresión de la noche, en el olvido voluntario del mundo, no somos capaces de aprehender. Nuestras mentes llegan al rato del cine ya desgastadas con la realidad, con mecanismos oxidados que tardan demasiado tiempo en acelerar cuando son exigidos. Nos interesa más el cine que el arte, la película que la metapelícula, la sencillez que el retruécano.


            El primer desafío que nos lanza El congreso es fácil de entender, y hasta aquí los críticos y los tontainas vamos juntos de la mano. En un futuro próximo que recuerda mucho a los vaticinios tecnológicos de Black Mirror, los actores y actrices que ya no quieren seguir trabajando, que desean dedicarse por entero a su familia, que ya no soportan los aburridos tiempos de espera en los rodajes, firman un contrato de cesión de derechos con su productora y son escaneados por millares de sensores que recogen sus gestos y sus emociones. Como futbolistas de élite que prestan sus rostros y sus escorzos al último videojuego del mercado.  Mientras ellos disfrutan de la vida en sus mansiones de ensueño, o recorren el mundo bajo el anonimato del mochilero, los productores usarán su álter ego virtual para producir películas como churros, insertando los hologramas en el decorado con una perfección que no hace sospechar de las ausencias carnales. En esta primera parte de El congreso, Robin Wright, a la que ayer mismo dejé acuchillando cadáveres políticos en House of Cards, se interpreta a sí misma fingiendo que ya no desea someterse a la dictadura de los platós. Si en House of Cards mete miedo cada vez que sonríe, con ese gesto gélido de nitrógeno líquido, aquí, cada vez que expresa su alegría, uno se queda arrobadito en el sofá, como hechizado por una sirena bípeda del desierto tejano. Robin Wright es una belleza dignísima y sobria que nunca se rinde, que nunca se opera, que expresa sentimientos muy sustanciales con esfuerzos mínimos y naturales.



            Pero llega, ay, la segunda parte de El congreso, y aquí los críticos nos sueltan de la mano para dejarnos tirados entre tinieblas, mientras ellos se adentran en la exégesis de un mundo desconocido. Ellos se lo pasan pipa alabando el riesgo artístico, desmenuzando la filosofías implícita, presumiendo de comprender el onirismo barroco de este fulano llamado Ari Folman. Mientras tanto, nosotros, la plebe del sofá o de la platea, maldecimos una vez más nuestras orejas de burro, nuestra comprensión de cenutrios, nuestra falta de imaginación comparable a la de los peces. Robin Wright, ahora convertida en el cartoon de su ancianidad tras meterse una droga por la nariz (sic), realiza un viaje alucinógeno al país de los dibus, que ya no es tan divertido como en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sino la locura masturbatoria de un artista desatado. En este batiburrillo de diálogos bobos y expresionismo rococó, rodean a Robin Wright otros dibujos animados que también fueron actores en su día, gentes disfrazadas para el carnaval de Venecia, pulpos que chapotean en manantiales, caricaturas de famosos charlando en las calles de Manhattan, Jesucristo en caricatura administrando sacramentos, zepelines flotantes que anuncian películas con personajes de carne y hueso...  El congreso II quiere ser Matrix, quiere ser Black Mirror, quiere ser Mary Poppins, quiere ser Hayao Miyazaki , pero ya son las doce de la noche, y uno llega con el aliento justo, con la atención en la reserva, y se pierde inevitablemente en el laberinto. Abandono la película de mal humor, contrariado por este final decepcionante del día decepcionante, pero poco después, en la cocina, mientras tomo el vaso de leche y escucho la tertulia deportiva, me entero de que Odegaard, la futura perla del fútbol europeo, va a jugar en mi equipo del blanco inmaculado. Y camino de la cama, mientras pienso futbolísticamente en él, y sexualmente en Robin Wright, vuelvo a sonreír. 



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The way

Un investigador de la Universidad de Cardiff asegura que hoy, 19 de enero, el Blue Monday de los anglosajones, es el día más triste del año. Según una fórmula matemática inventada por él, que combina varios indicadores de la felicidad, hoy se produce la tormenta perfecta del frío invernal, de la luz escasa, de los problemas monetarios, de la certeza desoladora de que los propósitos saludables del Año Nuevo van a quedarse en nada, en otra majadería más de las fiestas entrañables, en las que mentimos a todo el mundo, y también nos mentimos delante del espejo.
            A mí me llega con un día de retraso este día de la infelicidad universal. Mi jornada aciaga fue ayer, un Blue Sunday muy particular que empezó gris y terminó plomizo, tristísimo. Busqué a Natalie Portman desesperadamente, en la hora maldita del anochecer, pero ni siquiera ella pudo levantarme el ánimo, atrapada en esa petardada incoherente de Closer. Luego leí un rato, escuché las tertulias deportivas de la noche, apagué la luz con la esperanza de disolverme rápidamente y tardé un tiempo infinito en darme cuenta de que no iba a dormir. Los fantasmas del sueño, acuciados por atormentarme, no esperaron al momento de la inconsciencia para pincharme con sus alfileres. Algún hijo de puta les abrió la puerta de mi fortaleza antes de tiempo, e irrumpieron en mi patio a eso de la una de la madrugada blandiendo sus punzones y gritando alaridos de tarados. Una hora después tuve que levantarme para echar mano del disco duro, y buscar en él una película de dudosa reputación que me dejara frito del aburrimiento. The Way llegó a mis dominios porque un buen amigo que hizo el Camino de Santiago me contó la historia del nieto de Martin Sheen, que peregrinando hacia la supuesta tumba del Apóstol se enamoró de una posadera burgalesa de rompe y rasga, y se quedó a vivir para siempre en la capital de Castilla, a la vera del Cid y de la morcilla con arroz. Su padre Emilio Estévez, y su abuelo, el presidente Bartlet, quedaron conmovidos con la romántica aventura de su vástago, y decidieron, empujados por el halo espiritual y mágico del Camino, dedicarle una película.



            The Way cuenta la historia de un oftalmólogo americano al que le llaman de Francia para comunicarle que su hijo ha fallecido en la primera etapa del Camino, cruzando los Pirineos, perdido tontamente en una ventisca inesperada. Nuestro doctor, apesadumbrado por la noticia, se planta en Francia para recoger las cenizas y las pertenencias, después de haber buscado tal país extraño en el mapa. Americanos... Un gendarme católico le explicará el significado espiritual del Camino, y nuestro doctor, en homenaje al hijo fallecido, que siempre le dio la brasa con que viajara y conociera mundo más allá de los Estados Unidos, decidirá completar la peregrinación a Santiago portando las cenizas mortuorias en la mochila, que irá soltando poco a poco en cada hito del viaje. La idea es bonita y tal, pero al terminar la primera etapa del recorrido, en Roncesvalles, aparece Ángela Molina haciendo de posadera navarra con acento madrileño para decirle que ojito, que eso no es España, sino el País Vasco, y que no le gustan nada esas confusiones de los extranjeros. Y a mí, que me la trae al pairo que alguien  se declare vasco en vez de español, o catalán republicano en vez de súbdito de la monarquía, porque yo mismo me declararía finlandés en un futuro referéndum sobre nuestras nacionalidades, la escena me parece tan ridícula, tan tonta, tan incoherente con el devenir previo de la película, que me asalta el presentimiento de que The Way, por mucho paisaje bonito que nos pongan, y por mucha música medieval que nos acompañe en la caminata -que también tiene cojones-, va a ser finalmente un dislate, una bienintencionada tontería. Avanzo la película con el mando a distancia y descubro a Martin Sheen rodeado de gitanos, en Burgos, en una fiesta caló al calor de la hoguera, hablando de lo ibérico y de la idiosincrasia.  The Way es incluso peor de lo que yo me temía.  Son las tres de la madrugada cuando apago el video y cerceno la película sin terminarla. De repente siento un cansancio infinito, una pesadez plomiza en la cabeza, y regresado a la cama me duermo casi al instante, en esta noche que ya no es mi Blue Sunday particular, sino el Blue Monday del resto de los mortales. 



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Closer

Siento, de pronto, en la tarde invernal del domingo, en la melancolía que se presenta puntualmente cada siete días a tomar el café y las pastas, la pulsión irrefrenable de ver a Natalie Portman en mi televisor. Siento la necesidad acuciante de perderme en su hermosura, y esconderme del mundo para que tarden largo rato en encontrarme. Sin salir de la habitación voy a fugarme muy lejos, a un país lejano y utópico en el que Natalie me dice sí, que all right, para ir juntos de la mano y pintar la vida de colorines, yo enamorado y ella conformada, como en los anuncios cursis de la televisión, como en la vida extremadamente feliz de las películas tontainas. Igual que otros se refugian en las iconografías de los santos o en las fotografías de los familiares, yo, en las duras, y a veces también en las maduras,  me refugio en la estampa móvil de Natalie Portman y sus películas, y me redimo en su cara de niña, en su cuerpo menudo, en ese brillo que le brota de los ojos y que es como una inteligencia penetrante mezclada con una sexualidad perturbadora.


            Enciendo los aparatos y descubro que los buenos dioses, en un acto milagroso y benevolente que el otro Dios, el más poderoso, nunca me regala, han guardado Closer para mi solaz en el disco duro. Tienen que haber sido ellos, porque yo no recuerdo haber saqueado esta película en ninguna razia bucanera. Me guiarían en un momento de somnolencia, de inconsciencia, en previsión de este momento fatídico que siempre termina por llegar.  Aunque Natalie Portman es en Closer actriz principal y guapísima, el recuerdo que tengo de la película es el de una nadería sin sustancia, el de una supina gilipollez que cuenta como dos pijos y dos pijas de la City londinense se aman y se desaman con diálogos absurdos y argumentos para besugos: "No me dejas entrar en tu amor", "Me consume la soledad de no tenerte", "Necesito tu corazón para llenar mi vacío", y tonterías parecidas a éstas, que sólo se escuchan en las novelas pedantes, en los culebrones sudamericanos, a veces, también, cuando me dejo llevar por la impostura literaria, en algunos rincones muy vergonzosos de este diario.



            Como he llegado a Closer cegado por el deseo de reencontrar a Natalie, aparco mis dudas y me dejo llevar por  la inercia de mi carrera hasta el punto kilométrico de la media hora. Es ahí donde de pronto me paro, fatigado ya de seguir tanta conversación estúpida, y ya no soy capaz de avanzar un solo paso más. Closer es insufrible, petulante, fallida. La belleza de Natalie Portman no basta para reflotar este barco que naufraga haciendo glu-glú. Sé, además, porque de pronto me ha venido un recuerdo iluminado y teñido de rosa, que en la segunda parte ellas se traviste de putilla, en un prostíbulo, o en un cabaret, ya no me acuerdo, y que tal  desvestimiento, lejos de acrecentar mi deseo por ella, me la va a hacer vulgar y falsamente sexy, como una esposa en celo que buscara un polvo interesado. Natalie Portman, como cualquier amor verdadero, me gusta más vestida que semidesnuda, más insinuada que descubierta. Desnuda del todo ya no sé; es posible que ahí  claudicaran estas exquisiteces mías de amante romántico.


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Bird

En la película Whiplash mencionan dos veces una anécdota de juventud de Charlie Parker, cuando éste hacía sus pinitos en el jazz y un compañero de banda le arrojó un platillo a la cabeza para que dejara de confundir las melodías. Mr. Fletcher, el profesor hueso de Whiplash, cuenta esta historia para demostrar a sus alumnos que incluso los grandes músicos se equivocaron alguna vez en sus inicios, a veces de manera lamentable, y que lejos de rendirse y de abandonar la ambición de ser los mejores, perseveraron en el aprendizaje hasta pulir los defectos de la técnica o de la voluntad.




   Esta anécdota, apócrifa o no, aparece como un momento crucial de la vida de Charlie Parker en Bird, la película de Clint Eastwood. Tenía muchas ganas de volver a Bird, que hace veinte años me dejó indiferente y pesaroso, marginado de la corriente oficial y entusiasta de la cinefilia. Donde todo el mundo vio una obra maestra del cine contemporáneo, yo sólo encontré una película correcta, con sus momenticos estelares y sus largos ratos de argumento plomizo. Ni siquiera la música de Charlie Parker fue capaz de sacarme del marasmo, porque en aquel entonces mis gustos musicales eran más bien básicos y lamentables, anclado aún en la adolescencia de los 40 Principales, y el jazz era una música que me seguía sonando a chinos, a dislate, a baile de San Vito que forzaba a sus intérpretes a pulsar teclas y cuerdas al azar. La simpleza de mi cerebro se perdía en esos rumbos inesperados, en esos ritmos extraños, en esos retruécanos que a veces tardaban siglos en regresar a la línea melódica principal. Veinte años después, sin formación musical alguna, el jazz sigue siendo un misterio irresuelto en la enciclopedia de mis meninges, pero ahora al menos lo escucho complacido mientras escribo estas cosas tontas en el diario. Hay cosas que pueden disfrutarse sin entenderlas del todo, como este televisor que me da la vida cada noche, como este ordenador en el que desfogo mis ínfulas literarias, como esa belleza extraña de algunas mujeres que sin embargo te dejan paralizado y sin aliento. Es más: la ignorancia, a veces, añade un misterio, una mística, una seducción añadida a lo que nuestros sentidos disfrutan pero no saben desvelar.



            Si Bukowski escribía con música clásica sintonizada en la radio, uno, en su humildad de escritor provinciano, escribe con la música clásica o de jazz que almacena en las carpetas ordenadas del iTunes. Ahora mismo, por ejemplo, mientras maldigo esta torpeza mía de juntaletras, suenan en mis auriculares las notas de Stan Getz al saxofón, fusionando el jazz con la bossa nova de Joao Gilberto, en estos discos que habré escuchado ya cien veces en las tardes de soledad y en las noches de recogimiento. Hoy he regresado a Bird llevado por la cita de Mr. Fletcher en Whiplash, y llevado, también, por una curiosidad creciente hacia este estilo musical. Bird sigue siendo una película demasiado larga, curiosamente muy poco musical, que a ratos te seduce y a ratos te hace pensar en la agenda deportiva de mañana, cuadrando horarios y partidos en la cuadrícula simbólica del aire. El saxofón de Charlie Parker, en cambio, ha resonado en mis oídos con otro brío, con otra enjundia, a pesar de no entender los rudimentos que distinguen al swing del bebop, conflicto artístico y principal de la película. Pero mis pies danzaban, los dedos tamborileaban, el cuello oscilaba a derecha y a izquierda, y el ratico musical me ha sentado en el cuerpo como una sopita caliente en el crudo invierno del aburrimiento. 


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Orígenes

Me las prometía muy felices en el arranque de Orígenes, porque su protagonista es un biólogo concienzudo que estudia la evolución del ojo humano, y quiere poner fin a las monsergas de los creyentes en un Diseño Inteligente de la vida: esos tipos que aseguran que la selección natural no pudo cincelar paso a paso tal maravilla biológica, y que tuvo que ser un anciano con barba el que lo creara en un sólo golpe de ingenio, allá en el laboratorio de su nube interestelar.
            El doctor Ian es un hombre metódico, trabajador, convencido de la verdad científica que predicara Charles Darwin a sus discípulos. Los espectadores que militamos en el agnosticismo, o directamente en el ateísmo, le animamos desde nuestro sofá cada vez que entra en el laboratorio y se pone a trajinar con los microscopios, como si no estuviésemos viendo una película, sino un partido de fútbol con penalti a favor. Yo, desde chaval, gracias a la labor misionera de los curas, soy hincha del Anticlerical F. C., y en Orígenes me pongo muy fanático, muy forofo, y cada vez que un personaje desliza la duda metafísica me levanto del sofá como si me levantara de mi asiento en la grada, y maldigo su nombre en varios idiomas irreproducibles, y me cago en la madre del árbitro que consiente tales triquiñuelas.



            Llegamos a la mitad de la película y nuestro equipo va ganando por goleada a los creyentes, a los curas, a los catequistas que enseñan  la Creación de los Seis Días y el Séptimo en el sofá. El doctor Ian y la doctora Karen han activado y desactivado unos cuantos genes para otorgar la vista a gusanos que no antes no veían, como dicen que hizo Jesús con los ciegos humanos de Judea. Pero ojo (y valga la redundancia): aqui hay una chica preciosa que tiene cogido a nuestro héroe por la bragueta, enviada por el diablo para tentarle y hacerle dudar de sus demostraciones,  y entre polvo y polvo trata de convencerle de la cortedad de sus planteamientos, de la existencia de un más allá espiritual  y divino que él está incapacitado para percibir. Cualquier otro hombre hubiera sucumbido a las filosofías de esta mujer perfecta de ojos magnéticos. Pero Ian, para nuestro asombro, para nuestra envidia de hombres volubles y poco voluntariosos, aguanta como un coloso de piedra las embestidas de su lengua juguetona y viperina. Si no fuera porque juega en nuestro equipo, diríamos que es un santo varón.



            Pero ay de Mike Cahill, el responsable de la función, que en el intermedio del partido recula posiciones como un cobarde en medio de la batalla, y empieza a pitarnos penaltis en contra, y a conceder goles que no son, y a sacarnos tarjetas rojas por cualquier tontería, y en un plis plas, ante nuestros ojos atónitos, el F. C. Espiritual remonta el marcador y se pitorrea de nosotros. Cahill, al que yo creía paladín de nuestra causa, saca de la chistera varios trucos de guión para hacernos creer que bueno, que en fin, que quién sabe, que tal vez es posible que los cuerpos se pudran pero las almas permanezcan. Que la duda es beneficiosa y sana, y que hay que estar abiertos a otras posibilidades existenciales, y que millones de  personas en el mundo no pueden estar tan equivocadas cuando se abarrotan los templos y dan gracias al anciano alquimista que dicen que nos creó. Nos han robado el partido, otra vez, a los mismos de siempre.


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Hermosa juventud

Se respiraba miedo en el ambiente, en la soledad oscura de mi habitación, antes de ver la nueva película de Jaime Rosales, porque la anterior, aquel experimento perturbador y solipsista de Sueño y silencio, me había dejado ronchas en la memoria, y escozores en el ánimo. Pero nada más comenzar la película aparece esta actriz llamada Ingrid García Jonsson para llenarlo todo de luz, y la torva sospecha sobre Hermosa juventud se convierte, gracias a su bellísima presencia, en un festín para los sentidos, y en un relax generalizado del cuerpo, que ahora sí se destensa sobre el sofá, y le perdona todos los pecados  a Jaime Rosales, ego te absolvo, hijo mío.

            Ingrid es una chica rubísima, guapísima, de una juventud tan exultante y tan lozana que casi te dan ganas de llorar de nostalgia, por no estar allí de nuevo para intentar conquistarla. Y aunque Hermosa juventud es una película notable y necesaria, hiriente y combativa, podría haber sido una mierda pinchada en un palo que a mí me hubiese dado lo mismo, pues sólo con Ingrid ya estaba justificado este ratico nocturno en el sofá. Esta hija improbable de andaluz y vikinga es una primavera de los arrabales madrileños que  pintó un italiano salidorro del Quatroccento. Un sol radiante de ojos azules que ha rejuvenecido los mecanismos interiores de mi televisor, que ya va para viejo, con su simple HD sin full, con su conexión inexistente a internet, con varios píxeles ya fundidos por las esquinas a los que ella, Ingrid, con el puro fulgor de su sonrisa, ha devuelto la vida por unos instantes.


Viendo Hermosa juventud, que es un retrato afilado y seco del lumpenproletariado condenado al paro, al chanchullo, a la mitad regateada del salario mínimo, uno recuerda  frases de nuestros queridos gobernantes, siempre tan cercanos al sufrimiento de las clases populares. Uno recuerda a Fátima Báñez, actual ministra de Trabajo, llamando "movilidad exterior" al exilio forzado de nuestra juventud en Alemania, que en su mayoría  friega los platos en las salchicherías o limpia los retretes en los museos.  Uno recuerda a Andrea Fabra, la gran hijísima de don Carlos, esa rubia monísima del ultracentro alicantino que en el Congreso aplaudió con un "que se jodan" la ley que atornillaba aún más a los parados y a los trabajadores de la miseria. Uno recuerda a Esperanza Aguirre, la resalada aristócrata que tiene embrujados a los votantes de la marginación, afirmando sin rubor que en España, quien es pobre, lo es porque es un vago, porque no vale para otra cosa, porque no emprende aventuras empresariales que lo saquen de la necesidad. Uno recuerda a Dolores de Cospedal, la Cospe, la diferida, la mentirosa más guapa de los atriles actuales, diciendo aquello de "somos el partido de los trabajadores", sin que su nariz, tan respingona y bonita, creciera un solo milímetro, en clara confirmación de que Pinocho sólo era un personaje de ficción. Uno recuerda a Ana Botella, la legionaria de Cristo que se pone collares para hacer el ridículo hablando en inglés, aseverando que “el PP y la reforma laboral son la ideología que más progreso ha traído a España”, con lo que demuestra, primero, que ni siquiera se expresa bien en castellano, y segundo, que su visión de la realidad es más estrecha que la de un burro con anteojeras, y que ella sólo conoce la España caciquil que gracias a su dios generoso nunca ha conocido la penuria.  Uno recuerda, otra vez, porque esta mujer además de fea es vomitiva, y se me queda pegada en el recuerdo como una cagada de paloma en la pechera, a Fátima Báñez, disimulando su incapacidad y su papel lamentable de florero diciendo aquello de que la Virgen, en estos asuntos de la crisis, siempre echa un capote. Recuerdo, finalmente, porque estaríamos aquí hasta las tantas de la madrugada, repasando a estos genios del humor, a estos lagartos de V disfrazados de seres humanos, al jefe gallego de toda la banda, cuando decía, salivando sobre los pelillos de la barba, que “al final los seres humanos somos sobre todo personas, con alma y con sentimientos, y esto es muy bonito y me reconforta mucho”. Qué poca vergüenza. Uno se acuerda de todos ellos mientras ve Hermosa juventud, y le vienen insultos a la lengua que han de quedarse en la intimidad de mis intenciones, porque antes los escribías y eran como mucho faltas contra el honor, pero ahora te acusan de hacer apología del terrorismo, de jalear las intenciones de ETA o de la Yihad, y yo tengo un hijo al que alimentar, y un blog que seguir escribiendo para que los cuatro gatos del callejón sigan haciéndome compañía de vez en cuando. Que sea hasta aquí, pues.


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Whiplash

Un buen amigo que toca la batería en el mundillo del pop/rock, y que es espectador entendido y habitual en la Seminci de Valladolid, me recomendó, hace unas semanas, con una pasión cinéfila y musical que me empujó directamente a la libreta de anotaciones, esta película titulada Whiplash que por fin he visto hoy. Otra película -y que siga la racha- que llega al mismo tiempo a las salas comerciales que a los ripeos impecables de internet. Gracias mil, sean otorgadas, a estos amigos sudamericanos que tienen hilo directo con los DVDs de los yanquis, o que hackean con más pericia sus servidores inaccesibles, pibes intrépidos que sin embargo, a la hora de escribir los subtítulos, son un tanto parcos y pacatos, edulcorando los chupapollas, los maricones, los tu puta madre, y cosas por el estilo, como alumnos de colegio privado que tradujeran las coprolalias del lumpen estudiantil de los  institutos.


            Andrew, el personaje central de Whiplash, es un alumno de conservatorio que aspira a ser un batería de jazz memorable, recordado por los tiempos de los tiempos. Él chico es talentoso, aplicado, obstinado hasta la obsesión, hasta el desguace mental, como aquel pianista que se volvía loco en Shine para tocar las partituras imposibles de Rachmaninoff, y que luego descubrimos que era una persona real, David Helfgott, un australiano simpaticote al que daba vida Geoffrey Rush en la película. Para conseguir su sueño musical, Andrew, en la flor de la edad de sus diecinueve años, renunciará a los amigos, a las fiestas, a las diversiones que no estén directamente relacionadas con el jazz. Dejará, incluso, por falta de tiempo, en una decisión inaudita y lamentable para quien esto escribe, que se ha quedado boquiabierto y enamorado en un solo fotograma, a la chica preciosa y sencilla que bebe los vientos por él, esta actriz llamada Melissa Benoist que ya es la musa inaugural de este año 2015.


               Con la agenda limpia de amores y de festejos, Andrew sobrepasará con creces las 10.000 horas de práctica que según Malcolm Gladwell son necesarias para que las gentes talentosas, lo mismo en la música que en el deporte, alcancen la maestría y el dominio de su arte. Pero en su camino hacia la cima se topará con un maestro muy duro de roer, un verdadero hueso de las aulas musicales. Mr. Fletcher es como el padre de David Helfgott en Shine, como el sargento instructor de La chaqueta metálica, como la profesora Lydia que al principio de cada episodio de Fama golpeaba el suelo con el palo, ponía cara de vinagre y recitaba aquello de "lo vais a pagar con sudor". Fletcher es un tipo endemoniado que te grita en  la cara, que te escupe barbaridades, que te arroja instrumentos a la cabeza, que te humilla delante de los demás, que te patea el culo cuando te equivocas de nota o de ritmo, pero que luego, en la soledad de los pasillos, en el refugio de su despacho, te coge por los hombros como un padrazo comprensivo y te asegura que todo lo hace por tu bien, para disciplinarte, para que no te duermas, para que saques a la luz todo el talento que llevas dentro. Un esquizofrénico de tres pares de cojones al que sus alumnos no saben si asesinar o si agradecer infinitamente sus desvelos, y su chotadura quizá intencionada. Quién no ha tenido un profesor así, en el BUP, en el COU, en la Universidad, apretándote las clavijas quizá con menos excesos, tal vez con menos gritos, pero llegando hasta el fondo del orgullo con su punzón afiladísimo. Mr. Fletcher es el fantasma de nuestras escolaridades pasadas, de nuestras pesadillas con los libros, con los Rotrings, con los potros de saltar en el gimnasio. Un hijo de puta que con el tiempo se ha ido volviendo casi entrañable, ahora que nos hemos hecho medio adultos y medio eficientes, y que hemos prosperado gracias a la disciplina que ellos nos inculcaron, aunque entonces, en nuestra ignorancia, en nuestra rebeldía estudiantil, los odiáramos llenos de rabia, y los dibujáramos en los cuadernos dándose por el culo en la Sala de Profesores con sus compañeros del claustro. Qué jartadas a reír, que nos echábamos…



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Locke

       Ahora que se han puesto de moda los biopics sobre británicos egregios -Alan Turing, el matemático, Stephen Hawking, el astrofísico, William Turner, el pintor-, alguno puede pensar que Locke es una biografía del filósofo inglés que estudiábamos en el BUP, aquél tipo que metió la pata hasta el corvejón cuando negó la existencia de los conocimientos innatos y lo confió todo a la experiencia, a la educación, a la pedagogía machacona, cuando todas las personas informadas ya saben, gracias al avance de la ciencia moderna, que lo que Natura no da Salamanca no lo presta, y que quien viene al mundo con el cerebro desestructurado, y las perchas del conocimiento demasiado endebles, se pierde sin remedio en los vericuetos del sistema. Pero no: Locke responde al apellido de Ivan Locke, contratista contemporáneo del hormigón armado al que la vida, zarandeada un terremoto imprevisto que aquí no se puede desvelar, se le desploma como lo haría uno de los edificios gigantescos que él mismo construye. Si el otro día era Brad Pitt quien dentro de un tanque luchaba por su vida en los campos de Alemania, hoy es Tom Hardy, en esta película de un sólo actor y de un sólo escenario, quien a los mandos de un BMW también muy guerrero lucha por su dignidad en las autopistas británicas de la noche. Y hasta aquí puedo leer, y mira que me quedo parco, y que me asaltan los remordimientos de la vagancia, pero es imposible hablar de esta película sin destriparla, sin dejar malhumorados a los incautos lectores que todavía no la hayan visto. Que mi pereza en hablar sobre Locke, que a otros indignará, a ellos les satisfaga.


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