Bad Boy Bubby

Las aventuras del pequeño Nicolás, este joven pepero con delirios de grandeza que afirma haber estado en los conciliábulos más secretos del poder, me obliga a repensar Bienvenido Mr. Chance, la película que hace unos meses pasó por este blog como si se tratara de un cuento, o de una fábula moral. En ella, Chauncey Gardner, el jardinero autista escapado de una mansión, accedía a la estima de los más altos dignatarios de Washington simplemente por hablar de jardinería, que era el único tema que el pobre hombre dominaba, pero que los políticos confundían con sapientísimas metáforas del orden económico y social. De modo parecido, Nicolasito, que se hacía pasar por el marqués de Torneros, sin más pruebas que su verborrea y su cara de angelito empanado, llegó a codearse con alcaldes, con ministros, con reyes incluso, que nunca sabían muy bien si el chico venía de parte del novio o de la novia. La película de Peter Sellers y la realidad de Francisco Nicolás nos hablan, en el fondo, de la misma cosa, del vacío de las propuestas, de la tontuna de los gobernantes, de la ausencia de cualificación y de méritos personales como condición casi necesaria para ascender en la escala social. Y rijijijí, y rijijijá, y ríase la gente. 




            Al hilo de esta actualidad bochornosa del mentecato infiltrado, no es casualidad que la cinefilia friki haya rescatado en su foros Bad Boy Bubby, una película australiana del año 93, durísima y delirante, que en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse. Bubby es un tipo que permanece encerrado hasta los treinta años en un sótano de los arrabales de Adelaida, cuidado y custodiado al mismo tiempo por una madre tarada que lo mantiene engañado con la excusa de que en el mundo exterior flotan gases tóxicos. Bubby, no sabemos si de nacimiento, o si condenado por su aislamiento, es un pobre deficiente que se cree cualquier cosa que le digan. Temeroso del dios crucificado que decora la pared menos húmeda del zulo, Bubby se pliega a cualquier cosa que su madre considere, entre ellas, el sexo diario antes de acostarse juntos en el camastro. Ya dije que Bad Boy Bubby no era un blockbuster pensado para todos los públicos. Por un azar del destino, Bubby saldrá de su covacha para conocer mundo, sin más recursos que su ecolalia cansina. Bubby repite todo lo que oye, calcando los timbres y los acentos. No entiende nada, no responde a nada, no sabe hacer nada. El sólo escucha y repite, probando suerte como un niño de dos años. Con tan parco recurso, Bubby, al contrario que Chauncey, o que Nicolasito, no tendrá influencias en Camberra para aprobar leyes y decidir presupuestos, pero también encontrará sus admiradores, sus entusiastas, una caterva de groupies algo crédulos y fumados que verán en su desvarío vocal la señal de un elegido, de un hombre sabio cargado de razones.


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La muerte tenía un precio

Termino, por fin, la trilogía de Sergio Leone sobre la azarosa vida de los buscavidas tejano-almerienses. La muerte tenía un precio, que los más críticos con este blog habían anunciado como mi caída del caballo, como mi revelación evangélica, como el acto de contrición de mi espíritu arrepentido, ha resultado ser algo más divertida que Por un puñado de dólares, cosa que no era muy difícil, y algo menos nutritiva que El bueno, el feo y el malo, que siendo el mismo despiporre de persecuciones y tiroteos, al menos contaba con ese malote simpático que interpretaba Eli Wallach, verdadero triunfador de la trilogía completa, pues sólo el pareció entender el sentido lúdico y marijuanesco de las historias de Sergio Leone, un italiano orondo que reinterpretaba el Oeste americano bajo el sol justiciero del desierto español.




            Uno habla, por supuesto, a medio siglo de distancia, y medio siglo de empaque es pedirle mucho a unas películas que nacieron notables y novedosas, pero descabaladas e imperfectas. Leo en IMDB, para hacerle un poco de justicia a Sergio Leone, y para que no me abandonen definitivamente los pocos espaguéticos que aún soportan mis embates, que en los años sesenta, dentro de la mojigatería que Hollywood había impuesto como gusto universal, estaban muy mal vistas algunas cosas que Leone filmaba en sus películas, como mostrar al asesino y a la víctima en el mismo plano, ver morir a un caballo de un disparo, descubrir a unos machotes americanos fumándose un trujo o, lo más grave de todo, filmar, aunque fuera de modo entrevelado, la secuencia de una violación. Lo más gracioso de todo es que Leone, al parecer, no tenía ni idea de todo esto, y filmaba sus travesuras con la mayor de las inocencias. Quizá por eso, porque los espectadores no estaban acostumbrados a la violencia de sus planos, las películas levantaron tanta polvareda del desierto. Mi padre, que trabajaba en el cine de mayor aforo en León, recordaba el estreno de cada película como un acontecimiento único en la ciudad: salas abarrotadas, peleas por las entradas, listillos que se colaban, prebostes del nacionalcatolicismo que aparecían con sus señoras, o con sus amas de llaves en el caso de los curas, para solicitar un trato preferencial y gratuito en las butacas de patio. Quizá por eso, porque crecí con la leyenda de unos westerns míticos, ahora me he llevado este pequeño chasco. Mi formación de espectador posmoderno y poco inteligente no ha coincidido con la simpatía que aún guardo por estas películas, porque eran las preferidas de mi padre, y pensar en ellas es recordarlo a él, mi primer maestro en lo mucho o poco que sé de cine. 


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El amanecer del planeta de los simios

A Max, mi antropoide interior, le gustan mucho las películas de El Planeta de los Simios, lo mismo las antiguas de Charlton Heston que estas nuevas diseñadas por ordenador. Max siempre ha soñado con amotinarse, con apoderarse de los códigos secretos de mi voluntad, y para él, la saga de los simios tiene el mismo valor que el Octubre de Eisenstein para los bolcheviques: una inspiración revolucionaria, una guía práctica para sublevarse contra el ser humano que lo tiene amordazado. Siendo como soy un adulto amoral, y un futuro viejo verde, Max todavía piensa que soy demasiado humano, demasiado civilizado. Él sueña con una vida salvaje carente del super-yo freudiano, una aventura regida por los instintos más básicos en la que voy soltando hostias por doquier a los machos rivales, y tocándoles las tetas a las mujeres que más me gustan. Y es que Max, para ser un antropoide, es un libertino de la hostia. En la selva que él tanto añora, Caesar, el nuevo líder de los monos, lo tendría todo el día encerrado en la jaula de bambú, por insociable, y por rijoso.



            Para que no se pusiera muy tonto durante la proyección, hoy por la tarde, antes de ver El amanecer del planeta de los simios, le he prometido que un día de estos, tal vez por su cumpleaños, o por su santo, si se mantenía calladito y no daba mucho la barrila con sus cánticos de libertad, volveríamos a ver aquella atrocidad que perpetró Tim Burton con el mundo imaginario de sus congéneres. Dejé escrito que jamás volvería a ver semejante estupidez, pero entonces yo no sabía que la saga iba a ser relanzada pocos años después, mucho más cuidada, mucho más decente, con un líder de los simios por fin complejo y seductor, y que Max, hasta entonces falto de un líder revolucionario, iba a plantearme estas exigencias para mantener la paz de mis entrañas. La versión de Tim Burton es, de largo, su preferida. Y no por su complejidad, ni por su enjundia, que a ambos nos entra la carcajada en el sofá, sino porque en ella salía, muy corta de ropa, esa mujer -que no actriz- llamada Estella Warren, una nadadora canadiense a la que Dios dotó del rostro más sensual que vieron al norte de los Grandes Lagos, y a la que más tarde, la genética, y el ejercicio diario en la piscina, modelaron un cuerpo perfecto que lo buscas en internet y se te cae la baba sobre el teclado del portátil, provocando chispazos y cortocircuitos. 
        A Max, que siempre ha visto el mundo con mis ojos enamorados, no le gustan nada esas simias que salen en las películas, con los labios de hemisferios de coco, con la piel recubierta de pelos, con esas ubres colganderas que sólo sirven para dar de mamar a los retoños, y no para excitar al macho que vuelve de recolectar plátanos por las lianas. A Max, más allá de las preferencias particulares, le gustan las mimas mujeres que a mí, y por eso mantenemos, a pesar de todo, una entrañable convivencia en el sofá. Una convivencia que a veces, cuando las películas vienen bien dadas, y ambos salimos satisfechos de la función, se puede confundir perfectamente con la amistad.


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Dead Man's Shoes

Molan mucho, hay que confesarlo, las películas de vengadores solitarios, como esta Dead Man's Shoes que un amigote friki me recomendó en buena hora. La represalia paramilitar de Paddy Considine es como un Kill Bill a la británica, con justiciero de impermeable verde oliva y tomatina de hampones que podría haber servido para completar la cuarta parte de Pusher, la pirotecnia sanguinolenta de Nicolas Winding Refn. No es que a uno le parezcan éticamente aceptables estos pasotes de violencia, pero las películas, como artefactos ilusorios, sirven para sublimar nuestras inclinaciones, para dar salida a los impulsos salvajes que el antropoide interior sigue cocinando en nuestra cueva. Mejor desfogarse aquí, en el sofá, ajusticiando hologramas que son pura mentira, que allá en la calle, entre los paisanos del pueblo, que podrían partirle a uno la cara de un sólo guantazo, con esas manos callosas que tienen de tanto recoger las patatas y las lechugas. 



            Si ayer mismo, a propósito de Compliance, afirmé que todos albergábamos bajo la piel a un estúpido, a un cobarde, a un malvado, a un mezquino, tengo que rectificar públicamente, debido a las presiones recibidas por los lectores, y añadir a la lista de seres estupendos un troglodita vengador que siempre camina armado con su cachiporra, dispuesto a restablecer el orden natural de las cosas. Quienes afirman no ser rencorosos sólo practican un tipo diferente de venganza, la pasiva, la no violenta, que proviene de su desdén absoluto, de su hiriente indiferencia. Ellos moran en el palacio de la moral, en el Olimpo de los superiores, a muchos kilómetros por encima de los asuntos mundanos. Los Paulo Coelhos del mundo que predican el amor universal tienen, en realidad, el alma podrida de altanería y vanidad. Son peores que nosotros, diría yo, los australopitecos que nunca les leemos, porque el deseo de venganza es una cosa buena y natural, que arregla no pocos desaguisados, y mantiene a raya las fuerzas del mal. Hay tipejos  del día a día que, o los pones en su sitio, o te hacen la vida imposible. Otra cosa es, por supuesto, que uno, civilizado al fin y al cabo, habitante occidental del siglo XXI, vaya por ahí soltándole una hostia al primer mentecato que se lo merezca. Uno sabe que la venganza, puesta en marcha, se convierte en una espiral de desagravios que no deja de subir hasta que uno de los combatientes se despeña. Incluso los seres humanos menos evolucionados somos capaces de hacer estos cálculos, de mantener templada la ira que a veces nos sulfura las entrañas. Nosotros, con nuestros defectos, también velamos por un mundo mejor. Nuestra amoralidad no es sinónimo de barbarie.


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Compliance

Compliance es una película perturbadora que sin embargo, a los misántropos más recalcitrantes de la audiencia, nos deja muy satisfechos en el sofá, porque nos reafirma en la certeza de que poco o nada se puede esperar del género humano. Basada en unos hechos reales que luego hay que buscar por internet para creérselos del todo, Compliance demuestra que mientras las cosas van bien todo son saludos corteses y conversaciones amables, pero que cuando los asuntos se tuercen, la gente se quita la máscara civilizada para enseñar su rostro verdadero: todos llevamos por dentro un estúpido, un cobarde, un malvado, un mezquino. Sólo nos tienen que poner a prueba para quedarnos desnudos en un santiamén.



            Tres meses después de que Adolf Eichmann fuera ejecutado en Jerusalén, Stanley Milgram, un psicólogo de la Universidad de Yale, se hizo la pregunta del millón: ¿es posible que Eichmann estuviera confesando la verdad cuando afirmaba que él no era un asesino cargado de odio, sino un simple funcionario que se limitó a obedecer órdenes de sus superiores? ¿Es posible que nosotros, los que presumimos de humanidad y de decencia, colocados en el mismo papel de Eichmann, nos dejáramos llevar también por la disciplina y la sumisión? 
         Para responder a estas inquietantes cuestiones, Milgram diseñó un experimento que hizo historia en el mundo de la psicología. En dos cabinas separadas por un cristal, colocó a un voluntario reclutado de la calle, al que se le pagaban cuatro dólares más dietas, y a un tipo de la universidad conchabado con el investigador. A este cómplice se le sentaba en una especie de silla eléctrica, con varios electrodos falsos conectados a su cuerpo, y atado con correas. Al voluntario se le entregaba el manejo del aparato que producía las descargas eléctricas, que él presumía verdaderas. A la orden del investigador, debía de aplicar a la víctima una descarga inicial de 40 voltios, apenas un chispazo molesto. Nadie objetó nada. A partir de ahí, a requerimiento del hombre de la bata blanca, las descargas iban subiendo en intensidad, y aunque los voluntarios se revolvían incómodos en sus cubículos, y preguntaban continuamente por el sentido del experimento, porque la víctima -fingiendo, recuerdo- se retorcía de dolor e imploraba el final de la función, el 60% de los voluntarios llegó a aplicar el tope máximo de 450 voltios que previamente se había determinado como mortal.  Pocos eran los sádicos que disfrutaban con el sufrimiento de la cobaya, pero fueron muchos los que obedecieron las órdenes hasta el final, escudándose en que ellos, al fin y al cabo, no eran responsables del dolor, sino simples sujetos que seguían las consignas de un tipo muy sabio de la universidad. 



            Compliance, con su trama de personajes tan débiles como estúpidos, vuelve a recordarnos la triste realidad de esta tara incurable del Homo Sapiens. Pero no se vayan todavía, aún hay más: también nos recuerda que lo mismo aquí en España que allá en Ohio, cualquier mindundi al que le colocan un uniforme y un puesto de mínima responsabilidad ya se cree el rey del mambo, el sostén de la economía local, el sujeto imprescindible del engranaje comercial, aunque sólo sea, como en la película, una cincuentona que supervisa a tres adolescentes subcontratados en una hamburguesería. Yo pensaba, hasta hoy, que éste era un fenómeno típicamente español, una idiosincrasia lechuguina y absurda que tal vez venía de los tiempos de la Reconquista, de la confluencia de las culturas, de la herencia visigótica mezclada con la moruna, o alguna zarandaja por el estilo. Pero se ve que no, que es una megalomanía que afecta a los mentecatos del ancho mundo, y no sólo a ellos, me temo, sino a cualquiera de nosotros, que nunca hemos lucido gorra ni chapa, pero que sólo de imaginarnos en tal situación ya fantaseamos con pequeñas venganzas y chulerías. 


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Por un puñado de dólares

Después de haberme metido un poquitín con El bueno, el feo y el malo, me llueven los palos de los aficionados al spaguetti western. Mira que he escrito barbaridades en este blog sobre Dreyer, sobre Kiarostami, sobre Leos Carax, pero ningún cinéfilo de alta escuela me ha recriminado nunca el pésimo gusto, el análisis superficial de tanta obra maestra maltratada. La mayoría de ellos no me leen, porque bucean en otros blogs más profundos y sesudos, donde coges una película húngara del año cincuenta y puedes tirarte un rollo de cuatro folios hablando del contexto histórico, del metalenguaje magiar, de la estructura helicoidal de la narrativa, de la psicología inconfundiblemente jungiana de ese personaje que camina en silencio por las calles de Budapest. Los cinéfilos de verdad, cuando caen por aquí, lo hacen por error, por curiosidad, porque tienen un amigo que les dijo que probaran, y cuando me leen les entra como una risa floja, como una vergüenza ajena, y ante tamañas herejías deciden callar, no mancharse, no bajar a este lodazal donde yo escribo con las tripas, sin argumentos ni perspectivas. Son tipos muy educados, muy respetuosos, que podrían dejarte en ridículo con un simple comentario didáctico, pero deciden dejarte a tu aire, y ahorrarse la explicación existencial, telúrica, cuasi religiosa, de ese monte en mitad del desierto al que Kiarostami dedicó dos minutos de plano sostenido y vigoroso.



            El colectivo de los aficionados al western, en cambio, no ha esperado ni un solo día para empezar a dispararme con sus Colts del 45. Yo paseaba tranquilamente por la calle principal y de pronto, por un quítame allá esas pajas, me he visto huyendo de la tremenda balacera. Menos mal que he encontrado refugio en el saloon, y que los borrachuzos del whisky no me han visto subir las escaleras del primer piso, donde me han acogido las tres putas de rigor: la morena, la rubia y la que lleva una cicatriz en la cara por negarse a hacer una mamada. En sus doctas manos he encomendado mi espíritu. Escribo estas líneas escondido debajo de una cama, a la espera de que los espaguéticos den conmigo y me reten a duelo cuando llegue el amanecer. Yo trataré de explicarles, de matizarles mis argumentos, pero temo que no van escucharme. Ellos prefieren resolverlo todo por la tremenda, a tiro limpio, sin escuchar al forastero que iba camino de San Antonio, a repararse las alforjas. Yo nunca dije que El bueno, el feo y el malo fuera una mala película, sino que me parecía una parodia, una cuchipanda. Una película de humor, y no un clásico venerable del género. No creo haber cometido ningún pecado mortal, ningún acto delictivo contra el Estado Confederado. Pero aquí, en este pueblo de la Almería tejana,  hace tiempo que los espaguéticos convirtieron al sheriff en comida para los pollos. Si gracias a mis bellas guardianas consigo salir vivo de la encerrona, ellos clavaran un WANTED con mi rostro mal afeitado en la puerta del saloon, para que nadie olvide nunca mi jeta. Estoy condenado para los restos.



Pero por eso mismo, porque nunca habrá perdón de los fanáticos, soy libre de volver a expresarme. Por un puñado de dólares, que es el western fundacional de Sergio Leone, ni siquiera es una película de humor: ya es, directamente, una película surrealista de Buñuel, con unos personajes de opereta, un pueblo que encoge y amplía sus distancias a voluntad del guión, y unas bandas de pistoleros que lo mismo le aciertan a un colibrí que le aciertan a un elefante, que lo mismo se lucen con una inteligencia sobrehumana que parecen los palurdos más estúpidos a este lado del Mississippi. Una película magnética, extraña, a ratos atractiva y a veces delirante, pero nunca, ay, un clásico que merezca los altares de esta inconcebible veneración. Un simpático despropósito, y poco más. Y callo, callo ya, que la puta de la cicatriz en el rostro, la más abnegada de todas ellas, me reclama en la parte superior de la cama, para calmar mis nervios, y amenizar la tensa espera.




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El baile de los vampiros

El baile de los vampiros, digan lo que digan los dinosaurios de la crítica, que se les pone morcillona con cualquier antigualla de su juventud perdida, se ha quedado viejuna, tontorrona, como una gaseosa que ha perdido las burbujas. La supuesta gracia de la película está en los tropezones, en las caídas de culo, en los encontronazos de la gente que huye por los pasillos del castillo. En las caras estúpidas que ponen los personajes cuando atisban un escote de mujer por las cerraduras. Un humor colegial, de niños de preescolar, que hace cincuenta años tal vez incendiaba las plateas, porque la gente era así de inocente, y estaba educada en otra contención de los instintos, pero que ahora te deja perplejo, e insatisfecho, añorando las cerdadas juveniles de Supersalidos, o la ironía lacerante de Louis C.K. De El baile de los vampiros sólo nos quedará la belleza, congelada para siempre en el tiempo, de Sharon Tate. Es un gozo para los sentidos, y una puñalada para el alma, porque todos sabemos de su destino fatal, de su vida truncada, en aquella mansión maldita de Cielo Drive.



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El pianista

Después de que Steven Spielberg nos legara La lista de Schindler, cualquier película sobre el Holocausto nos parece reiterativa y reducida a mera fórmula de víctimas y sicarios. Sin embargo, todos los años, como si fuera una tradición del séptimo arte,  siempre hay alguien que cuenta otra historia de nazis con cara de nazis apaleando a judíos con cara de judíos. Los más veteranos salimos huyendo de estas propuestas, a no ser que los pregoneros las anuncien con bombo y platillos. Pero siempre hay espectadores que pican en la propuesta, adictos al morbo, o que se asoman por primera vez a este conocimiento del horror. Los que estudian los índices de audiencia y las ventas en DVD saben que la estética nazi encandila, y que sale muy rentable en los shares y en las cuentas de resultados. Un miembro de las SS bien vestido, con su traje impoluto, su correa lustrosa y su gorra con calavera, produce en el espectador eso que los psicólogos llaman la fascinación por el mal. En algún rincón de nuestra psique, aunque nos produzca asco el contenido, admiramos el porte marcial del continente: envidiamos esa chulería, esa prestancia, esa absoluta seguridad en uno mismo que sólo tienen los iluminados y los fanáticos.



Más allá de estos apetitos sexuales, las películas de nazis, en los últimos veinte años, sólo han producido bostezos entre el público más exigente. Todas menos una, El pianista, la obra maestra de Roman Polanski, que nueve años después de La lista de Schindler regresó a Varsovia para contarnos la odisea de Wladyslaw Szpilman, el pianista que sobrevivió a las mil y una jugarretas del destino. La película está basada en la propia biografía de Szpilman, pero hay mucho del director polaco en esta historia, pues él mismo, con diez años, vivió confinado en el gueto de Cracovia. Polanski, al igual que Szpilman, tuvo que aunar el espíritu de supervivencia con la mayor de las potras para salir vivo de aquel infierno. Él también perdió a su madre y a varios familiares cercanos en los campos de concentración. Polanski, además de contarnos una historia muy personal, se atreve a denunciar lo que otras películas sólo dejaron insinuado: que dentro de los propios guetos hubo judíos que se hicieron de oro explotando a sus hermanos en la fe. Tipos que en el horror del presente -y en el horror de lo que estaba por venir- decidieron que había una oportunidad inmejorable para hacer negocio y engrosar los capitales. Tipejos que casi producen más asco que los mismísimos nazis, y mira que estos producen asco. Y mira que Polanski, además, en error reincidente de todos los directores, elige actores con caras de nazis para encarnarlos. No es necesario tener cara de malo para ejercer el mal. Vivimos rodeados de tipos con cara de delincuentes que resultan ser bellísimas personas, y de mujeres con cara de ángel capaces de apuñalarte por la espalda mientras se beben un gintonic. Uno ve los documentales de la Segunda Guerra Mundial y comprueba que muchos nazis convictos y confesos no tenían cara de tal. Que eran tipos nacidos en Frankfurt o en Dusseldorf con el mismo jeto que usted o que yo. Eichmann, sin ir más lejos, tenía una cara inane, trivial, como de funcionario que cuenta los minutos para dejar la oficina y tomarse el cafelito.


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El sueño de Ellis

En El sueño de Ellis, una inmigrante polaca que posee los rasgos bellísimos de Marion Cotillard llega a los Estados Unidos acompañada de su hermana tísica. Son los años veinte, y en la isla de Ellis, antesala de Nueva York, los aduaneros hacen selección de los que cruzarán la última barrera. Los enfermos y los criptocomunistas habrán de quedarse en la isla antes de ser deportados a sus países de origen, para no contagiar el tejido social de la América decente. El personaje de Marion Cotillard no tose sangre en un pañuelo escondido, ni desembarca en el muelle cantando la Internacional, pero es denunciada por un pasajero como una mujer de moral laxa, pues al parecer, en el barco, aprovechando el trepidante oleaje del Océano Atlántico, se zumbó a varios europeos que anclaron en su carne para no caerse por la borda. Es así como ambas hermanas, la casquivana y la tuberculosa, a pesar de rezar cien Ave Marías de rodillas, pues son católicas de la Polonia más estricta y devota, serán colocadas en los barracones de los que nunca habrán de pisar la Tierra Prometida. 




            Es entonces cuando Nancy Etcoff, la psicóloga que escribió La supervivencia de los más guapos, un libro que todo el mundo debería leer para cuando tenga tiempo en vacaciones, se carga de razones y vuelve a demostrarnos la veracidad de su teoría antropológica. Entra en escena Bruno Weiss, el proxeneta neoyorquino que busca muchachas desvalidas para relanzar su negocio, y a cambio de una pequeña mordida, los aduaneros harán como que han perdido los papeles, como que les falta una detenida en el recuento, y esa mujer con cara de ángel que es Marion Cotillard gozará de una oportunidad laboral en el Nuevo Mundo. Una oportunidad de diez polvos por noche y lavativas continuas del coño, eso sí, a la espera de un futuro mejor en la tierra de los sueños. Muy mal tenía que pasarlo en Polonia si esta vida es preferible a la que llevaba allí, cuestión que uno, en su ignorancia, siempre se plantea cuando ve películas de inmigrantes que llegan a América. Pues una exigua minoría, eso es verdad, terminó haciendo fortuna y comprándose una mansión, pero una gran mayoría acabó pelando patatas en los restaurantes, pidiendo limosnas en las calles, enrolándose en los ejércitos para comer un chusco de pan a cambio de recibir gentilmente un disparo en la cabeza. Cuántos viajaron acuciados por la supervivencia y cuántos lo hicieron engañados por la publicidad.

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El bueno, el feo y el malo

En IMDB.com, que es el lugar donde los cinéfilos del ancho mundo nos reunimos para consultar datos, poner calificaciones y buscar fotos de nuestras mujeres predilectas, figura, como la sexta mejor película de la historia, El bueno, el feo y el malo. Una exageración, a todas luces, ahora que por fin la he visto, o mejor dicho, que la he recobrado, porque los spaguetti westerns de Sergio Leone ya los habían pasado en el cineclub del colegio, y en las reposiciones de la antigua televisión pública. Lo que pasa es que tengo confundidas las películas de Clint Eastwood vestido con el poncho, y los silbidos musicales de Ennio Morricone que resuenan por las estepas. Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo siempre han sido, en mi parca memoria, la misma película. De hecho, miras las sinopsis, y las tres tienen la misma trama de pistoleros mal afeitados persiguiendo dólares por el fake tejano de las sierras almerienses.



           Uno siempre había pensado que los westerns de Sergio Leone eran una parodia del género, una broma que él celebraba anualmente con los amigos para reírse de las viejas películas de Hollywood. Se subían al avión, se afincaban en España, rodaban los tiroteos en el pueblo de pacotilla mientras se ponían ciegos de sangría, y luego volvían a sus casas de Italia o de Estados Unidos a esperar la lluvia de dólares recaudados. Uno ve El bueno, el feo y el malo y tiene la impresión de que todo es como de chunga, como de risa, con disparos imposibles, peripecias improbables, personajes reducidos al extremo de la caricatura. La película, no voy a negarlo, es muy digna, muy entretenida, y tiene el valor añadido de las cosas viejunas. Pero de eso, a ser la número 6 en el ranking mundial de todos los tiempos, media un abismo. La parodia del western se ha convertido, con el paso del tiempo, en el western clásico por excelencia. La culpa de esta exagerada loa la tiene, seguramente, Quentin Tarantino, que siempre habló maravillas de las películas de Sergio Leone, catalogándolas como inspiradoras de su propia obra. Pero a Tarantino, como ya dije en una ocasión, es recomendable seguirle en lo que hace, pero no en lo que dice, porque sus filias y sus fobias son muy particulares y nada exportables, y quien pretenda seguirle el rollo puede acabar tan loco como él.




            Lo que más me jode de El bueno, el feo y el malo es que he leído en IMDB que sus escenas más recordadas, la batalla sobre el puente y el tiroteo final en el cementerio de Sad Hills, están rodadas en Burgos, en el entorno del río Arlanza, muy cerca de donde yo, hace unos cuantos años, pasaba la semana más aburrida de cada verano, en el terruño de un pariente lejano donde reinaban las moscas por el día y los mozos borrachos por la noche. A ese pueblo perdido de la Castilla Profunda nunca llegaron los titiriteros de Melquíades anunciando el fantástico invento del cine, que en Macondo, meses atrás, había hecho furor entre los José Arcadios y los Aurelianos. Los Nemesios y los Tiburcios nunca supieron de la existencia de las fotos en movimiento, y cuando yo aterricé allí por primera vez, y en la hora de la comida me dio por hablar de varias películas recomendables, todos los comensales me miraron extrañados, con la cuchara cargada de garbanzos a medio camino de la boca, preguntándose qué coño era una película, y quién coño era yo. ¿A cuántos gatos había ahogado en el arroyo? ¿A cuántos quintos había arrojado al pilón? ¿A cuántas cejijuntas había desflorado en los trigales que daban de comer a los nativos? Pues a callar. Y ahí terminó mi misión evangélica entre los paganos.  Nadie sabía –y aunque lo hubieran sabido, no me lo hubieran dicho- que allí, a tiro de piedra, siguiendo la trocha que en un día explorara el tío Facundo buscando la cabra perdida, se hallaba el plató natural donde Clint Eastwood y los otros dos cowboys avariciosos se jugaron los cuartos y la vida. 


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Primer

Primer es una de las películas más fascinantes e incomprensibles que he visto en mi larga vida de culo sedentario. Su creador, Shane Carruth, es un coetáneo mío que aprovechó el tiempo de la juventud para hacerse ingeniero y matemático, no como otros, que dilapidamos los cursos escolares persiguiendo balones de reglamento y amores imposibles. La verdadera pasión del señor Carruth era, sin embargo, hacer películas, porque él nació en un parto del que se aprovechó incluso la placenta, y en el año 2004, en el festival de Sundance, presentó una película sobre viajes en el tiempo que sólo él y sus compañeros de universidad podían entender. Mientras escribía el guión, Carruth debió de pensar lo mismo que dijo David Simon cuando la HBO, decepcionada por los bajos índices de audiencia de The Wire, le recriminó la complejidad de sus tramas: 
"Que se joda el espectador medio".



            Con Primer, desde luego, el espectador medio va bien jodido. Dos jóvenes americanos de esos que trastean con tecnologías en los garajes descubren, por pura chiripa, que han desarrollado una máquina para viajar en el tiempo, un cacharro de planchas de metal y cableados infinitos que les permitirá retroceder seis horas en la jornada para revivir los acontecimientos del día. Abe y Aaron se levantan por la mañana, ojean el índice Dow Jones, se introducen en la máquina y regresan a la misma mañana para invertir un pastizal en las acciones más jugosas. Hasta ahí, y llevamos cuarenta y cinco minutos de metraje, el espectador medio no va demasiado jodido. Al contrario, asiste fascinado a la jerga técnica aunque no la comprenda, porque sabemos que la cháchara sólo es el envoltorio pseudocientífico de esta idea genial. Los así menguados tampoco entendemos el funcionamiento de los microondas, o de los teléfonos móviles, y sin embargo les damos uso diario sin saber nada de ondas electromagnéticas. Tampoco sabíamos cómo funcionaba la hipervelocidad del Halcón Milenario, y nos quedábamos embobados cuando las estrellas se juntaban de golpe en el horizonte. El problema de Primer viene después, cuando el señor Carruth decide que hay que soltar lastre de espectadores, y empieza a jugar con las paradojas temporales, que la puta que las parió, pues Abe y Aarón pierden el control de sus intenciones, y deciden retroceder en el tiempo para arreglar asuntos de sus vidas particulares, y hay clones suyos en el espacio-tiempo que toman decisiones por su cuenta, y se monta tal tifostio de Abes y Aarones que viene y van, que uno, reducido de nuevo a la categoría de Australopithecus Rascacabecis, se pasa los últimos minutos de la película divagando sobre los resultados de la próxima quiniela, que habrá que acertar a pelo para salir de la pobreza, sin máquinas del tiempo que me trasladen del domingo por la noche al sábado por la tarde, que es cuando cierran las administraciones, con las equis y los doses bien colocados en sus putas casillas. 


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Caja de luz de luna

En Caja de luz de luna, Al Fountain, que es un ingeniero industrial al que todo le sonríe en la vida, se enfrenta al espejo una mala tarde de verano y descubre, acongojado, que le ha salido su primera cana en el cabello, justo por encima de la oreja. Al es un tipo que ronda los cuarenta años, y debería estar preparado para este desenlace fatal de la melanina, un trance que otros sufrimos a edades más tempranas, abrasados por el estrés y por la mala hostia. No voy a decir que los canosos prematuros nos alegremos de las nieves prematuras en nuestras cumbres, pero no montamos, desde luego, este dramón existencial que el señor Fountain desencadena en la película, y que sirve de hilo conductor para que los cuarentones reflexionemos sobre el devenir de la vida, y sobre la realidad lacrimosa de la decadencia. 



            Tengo que confesar que yo, lejos de entregarme a las putas y al alcohol, celebré el nacimiento de mis canas como una nueva oportunidad en el mercado de las mujeres, pues mis escarchas surgieron inicialmente en las sienes, y en pocos meses ya lucía esas patillas plateadas que algunas incautas confunden con la madurez, y con el buen juicio del portador. Empecé a notar que algunas hembras me miraban un segundo de más en las colas del supermercado, o en las barras de los bares, y aunque estas miradas nunca dieron paso a la conversación que precede a la aventura, yo me sentía, por fin, después de veinte años de espera, un hombre objeto.
            Sí, amigos, es así de triste. Para mí, que nunca fui un triunfador las canas no marcaron la frontera entre el éxito sexual y los primeros achaques de la pitopausia. Las canas dieron comienzo a mi pequeña edad de oro, de la que no he sacado gran partido, eso es verdad, porque pelean en mi contra otros graves defectos. Este blog, por cierto, tampoco ayuda mucho a tal empeño, siempre al borde de la pornografía, de la charlotada, de la exposición impúdica de mis entretelas. El aire distinguido que ahora luzco no me ha granjeado el amor de las jóvenes acomplejadas,  pero sí alguna miradita de las cuarentonas cansadas de sus maridos, a las que Max, mi antropoide, siempre antojadizo y exigente, sólo responde con un saludo educado. Él huye despavorido de las patas de gallo, de las celulitis ostensibles, de los pechos gravitacionales, aunque yo trate de convencerle de que no estamos ya para estas exquisiteces. Y es que salvando las sienes encaladas no hay mucho más que ofrecer. Con la edad mis miradas no se han vuelto más sabias, ni mis ademanes más contenidos, ni mis opiniones más moderadas. No he dominado mis impulsos, no he refrenado mis estupideces, no he sustituido la grasa por la finura, ni la torpeza por la mesura. Soy un adolescente atrapado en el cuerpo de un hombre maduro, y las mujeres más inteligentes lo saben, o lo adivinan, y me borran rápidamente de sus agendas mentales. Mis blancos cabellos sólo pueden engañar a las más bobas, a las más superficiales, justo a las mujeres que yo no deseo. Sea como sea, a mis canas les debo lo poco que conservo de mi orgullo masculino. Sin ellas ya no sería hombre, sino fantasma, pasado, premuerto. Gracias a que cada vez me salen más y más lustrosas, todavía sueño y fantaseo. Al contrario que Al Fountain, nunca lloro delante del espejo cuando descubro una nueva.


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Otra Tierra

En la película Otra tierra, un planeta idéntico al nuestro aparece de pronto en el cielo, con los mismos mares, los mismos continentes, la misma luna orbitando pesadamente a su alrededor. Los astrónomos de nuestro planeta, ahora rebautizado como Tierra 1, establecen comunicación por radio con los habitantes de la denominada Tierra 2, y comprueban, atónitos, que también las personas vivimos repetidas en el nuevo astro, con los mismos recuerdos y la misma voz que responde a las preguntas. Tierra 2, para bien y para mal, es la imagen especular de lo que ocurre en la Tierra 1, con el mismo Papa, la misma contaminación, la misma Charlize Theron dejando turulatos a los cinéfilos del ancho mundo.
            Tras conocer el hallazgo, mucha gente de la Tierra 1 vive presa de la inquietud y del miedo. La existencia de Tierra 2 implica que hace dos mil años también hubo otro Jesús predicando en otra Judea, con lo cual habría dos Hijos únicos del mismo Dios, o quizá dos dioses gobernando cada uno su dominio particular, al igual que los emperadores romanos se repartieron el Imperio de Oriente y el de Occidente. Otros piensan que los extraterrestres tal vez no sean un duplicado de nosotros mismos, sino lagartos de la serie V que han llegado hasta aquí disfrazando su nave nodriza de planeta especular, copiando al detalle lo que aquí sucede con una tecnología que no podemos ni concebir. Aquí, en España, las tertulias del TDT Party apuntan directamente a Zapatero como máximo responsable de esta clonación de los españoles, pues allí arriba, con toda seguridad, los catalanes por fin han conseguido independizarse, las mujeres abortan obligadas por el Estado, y los maricones copan los centros del poder nacional mientras se dan alegremente por el culo. Es la anti-España en el anti-Planeta, recitan a todas horas.



            Otros terrícolas, en cambio, como Rhoda, la protagonista de la película, viven fascinados con la idea de viajar a Tierra 2 para encontrarse consigo mismos, en la cafetería duplicada de la esquina, y charlar con una persona que comparta al cien por cien sus gustos e inquietudes. Para conocerse, por fin, en el sentido estricto de la expresión, sin necesidad de filosofías socráticas ni de libros de autoayuda. Algunos científicos sostienen que allí suceden exactamente las mismas cosas que aquí, en el mismo orden causal y cronológico, y que, por tanto, existe otra Rhoda que también planea el mismo viaje hacia Tierra 1, con lo cual ambas coincidirían en el trayecto, y terminarían por chocar en mitad del espacio, tal vez para morir ambas en el accidente, o para fundirse molecularmente en una sola Rhoda verdadera. Pero hay un científico que aboga por la teoría del Espejo Roto, según la cual, en el mismo instante en que nosotros los vimos y ellos nos vieron, las líneas temporales gemelas se rompieron, y cada planeta tomó sus propios derroteros. Como ya han pasado cuatro años desde el encuentro sideral, Rhoda,  arrepentida de sí misma y de su vida, sueña con conocer a la otra Rhoda que triunfó en los estudios, que conoció al chico adecuado, que no cometió el error imperdonable que cercenó sus sueños de raíz. Sueña, quizá, con presentarse en Tierra 2, asesinar a su doble afortunada y usurpar su vida como en La invasión de los ladrones de cuerpos, abandonando la triste existencia a la que ha sido condenada en Tierra 1.



            Como se ve, Otra tierra es una película de altos vuelos filosóficos, de profundos debates sobre la incertidumbre de ser uno irrepetible. A mí, personalmente, no me gustaría encontrarme con mi doble paseando por la calle. No sabría qué decirme, ni cómo saludarme. A Larry David no le gustaban estas situaciones tan incómodas, que él denominaba un "parar y charlar". Si ya es un incordio hacerlo con el vecino, o con el conocido del bar, cuánto más fastidio sería toparse con nuestra viva fotocopia, que nos conoce al dedillo, que sabe nuestras flaquezas, que podría avergonzarnos con sólo tres ágiles estocadas del florete lingual. Pero claro: si yo le rehuyera, él me rehuiría también, pues ambos seríamos el mismo tipejo acobardado y tristón,  y nos haríamos los suecos para agachar la cabeza y torcer ligeramente hacia la derecha. Y luego, con un poco de suerte, no volver a encontrarnos jamás. 


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Boogie Nights

Se ha puesto de moda, en las revistas de cine, preguntar al entrevistado por el alias que habría elegido en caso de haber trabajado en una película porno. Algunos improvisan cualquier chorrada para salir del paso, y disparan nombres sin gracia ni salero; otros, en cambio, que tal vez han leído el cuestionario con anterioridad, traen a la entrevista respuestas muy cachondas y muy bien pensadas. Yo también le dedico unos cuantos segundos a la pregunta cada vez que me la topo, como si fuera el entrevistado molón haciendo promoción de mi película, pero nunca se me ha ocurrido una gracieta que dejara sonrientes a los lectores y seducidas a las lectoras. Aunque Max -que es el antropoide que vive dentro de mí, y que los lectores veteranos ya conocen de otras historietas- desearía que me hubiese dedicado al noble oficio del bombeo seminal, uno, que es el homúnculo encargado de poner cordura en este gallinero de mis instintos, nunca se vio en semejante papel. Nunca hubo oportunidad, ni intención, ni centímetros suficientes en caso de haberse presentado la necesidad. He de confesar, para los que leen mis escritos y piensan que soy un réprobo al estilo del Marqués de Sade, encerrado en este manicomio autoimpuesto de mi habitación, que ni siquiera he protagonizado uno de esos vídeos amateur que pueblan las páginas gratuitas en internet, una de esas cutreces con polvos llenos de pelos y mondongos tapados por las sombras. Para qué, digo yo, si no hay cuerpo que enseñar, ni gimnasias de las que presumir, ni técnicas novedosas que legar a las próximas generaciones de pornógrafos. 



Con estas consideraciones he ido rellenando las escasas distracciones que permite el ritmo endiablado de Boogie Nights, la película de Paul Thomas Anderson. Es imposible no verla sin que uno se pierda en estos enredos mentales, porque las neuronas espejo no descansan mientras la película está en marcha, y contemplar las tribulaciones de un actor porno e imaginarse uno de la misma guisa forman parte de la misma experiencia, de la misma conciencia, como sales indisolubles en el magma del pensamiento. Si Eddie Adams, el chico de los treinta centímetros de Boogie Nights, encontró su apodo sonoro en Dirk Diggler, yo sigo sin encontrar el alias que hubiese hecho justicia a mis artes amatorias. Algo de un oso en invierno, quizá, por las grasas y por los pelos, pero no acabo de acertar con la sonoridad.


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Viva la libertá

            En Viva la libertá, Enrico Oliveri, que es el ficticio líder de la oposición italiana, sufre una crisis personal que lo llevará a desaparecer de la escena para refugiarse en París, de incógnito, en el apartamento de una ex amante de la juventud. Enrico, que es un político de la izquierda derrotada y derrotista, ya no sabe qué prometerles a sus votantes. Su propio discurso le suena cansino y apagado. Habla ante las multitudes o ante los miembros del partido y se le olvidan las palabras, o se le apaga la voz, desengañado de sus propios argumentos. Enrico, que ya peina canas y no tiene ni un pelo de tonto, sabe que la realidad es terca, que los votantes son volubles, que la izquierda que él representa está cargada de razones morales pero está condenada al fracaso, porque en Italia siguen mandando los curas, los banqueros, los berlusconis que siempre han sido y serán.



            Para que la opinión pública no sepa que este hombre ha desaparecido sin dejar rastro, sus colaboradores deciden llamar a su hermano gemelo para que lo suplante en las apariciones públicas, al menos durante unos días, hasta que se les ocurra una solución mejor, o el fugado regrese por sí solo al redil de los políticos abatidos. Giovanni, el hermano, acaba de salir del hospital psiquiátrico, y sufre un trastorno bipolar que trata con antipsicóticos. Aquí la película cobra vida, e interés, pues ya me estaba quedando dormido en el sofá desvencijado de cada jueves. Giovanni, en su primera comparecencia ante los medios, dice varias cosas muy bien dichas, sentencias de sentido común que, como dice Pablo Iglesias en nuestro país (y sí, hago campaña, qué pasa) no son ni de izquierdas ni de derechas, sino la respuesta honrada y cabal a las necesidades reales de la gente trabajadora, parada, subcontratada, pensionada, explotada, marginada. Aunque luego muchos de ellos -alineados, engañados, estupidizados- voten alegremente por el partido de los ricos. Uno piensa, en ese momento de la película, que Viva la libertá va a convertirse en una soflama política de mucha enjundia y mucha actualidad, tal vez el relato de la creación de un partido italiano llamado Possiamo, que subirá en las encuestas y dará mucho que hablar en los debates de la RAI 1, comandado por un supuesto loco sin coleta  que canta las verdades del barquero. Pero las intenciones de Roberto Andó, guionista y director de la función, son muy diferentes. A diferencia de sus espectadores concienciados, él prefiere centrarse en los relatos íntimos y románticos. Cuando más interesante se pone la historia del hermano loco, él decide llevarnos a París, a la ciudad del amor, para que conozcamos, y qué cojones nos importa, el pasado sentimental de Enrico el desertor. Para melancolías del amor ya tenemos las sobremesas de Antena 3. Más tarde, cuando la trama regresa a la Ciudad Eterna, Andó decide bajar el voltaje de las soflamas políticas y convierte a Giovanni en una especie de Mr. Chance a la italiana, con perogrulladas sin mostaza y accesos de imbecilidad sonrojantes.




Viva la libertá es una película fallida que me ha dejado de muy mal humor. No está la cosa como para ir desperdiciando argumentos tan jugosos como éste. La rebelión de las masas necesitaba el despelote verbal de Giovanni el loco para quemar las butacas del cine o los sofás de las casas. Así, con incendios espontáneos, podría empezar la revolución definitiva del proletariado. Ya le pueden ir dando al cobarde Andó en sus próximas películas. Menos mal que terminada la película encontré, en un canal de música, a Joaquín Sabina y a Joan Manuel Serrat cantando a la vida y a la libertad. Dos viejos rojos, estos sí, que nunca se han cansado de recitar sus versos para conmovernos la conciencia. Abren las bocas y rasguean las guitarras y tienen más razón que los santos. Que cien años nos duren.


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La mujer de rojo

Este vicio pueril de ver películas horripilantes porque la actriz de turno está más buena que un jamón empezó, creo recordar, con La mujer de rojo, allá por las navidades del año ochenta y tantos. Antes de ver a Kelly LeBrock en la enorme pantalla del cine Emperador, mis amigos y yo nos habíamos enamorado de ella en los afiches de los Próximos Estrenos, y en los tráilers que pasaban continuamente por la televisión. Allí aparecía una mujer nunca vista por estos lares, perfecta en el rostro y en el body, la anglosajona perfecta que jamás veríamos por las calles frías del villorrio. La banda sonora de Stevie Wonder, que sonaba a todas horas en Los 40 Principales, nos hacía cierta gracia, pero no mucha, y sólo tarareábamos los estribillos más reconocibles en nuestro inglés del instituto. Ai yast col tusei ailobiu, y fonéticas así. Nosotros fuimos al cine para ver a Kelly LeBrock, no para escuchar las canciones de Stevie Wonder en el caldo audiovisual donde fueron cocidas. Kelly era la estrella fulgurante del momento, la tía más buena del planeta, el sueño erótico de cualquier heterosexual criado bajo el yugo estético del imperio americano. Ella, la pobre, aunque supongo que estas ignominias iban incluidas en su sueldo astronómico, iba a ser la receptora virtual de nuestros próximos chorromocos a puerta cerrada, que diría el gran Pepe Colubi. Tal vez, con un poco de suerte, si ella perseveraba en el oficio, y nosotros manteníamos la devoción, la señorita LeBrock se convirtiera en el mito erótico de nuestra adolescencia entera y venidera. Reunía todas las bellezas necesarias para erigirse en nuestra diosa, en nuestra musa, en nuestra referencia definitiva para estos asuntos de la privacidad, como nuestros mayores se quedaron colgados de Sofía Loren, o de Ann Margret. Fuimos al cine para venerarla como a una virgen carente de virginidad, pues de rojo diabólico y fueguino vestía. 



         Luego resultó que Kelly LeBrock no salía gran cosa en la película, apenas tres apariciones en las que enseñaba piernaza y algún esbozo castísimo de su silueta pectoral. Ese malvado de Gene Wilder, que tenía pinta de ser un imbécil integral también fuera de los platós, había utilizado a nuestra amada como reclamo publicitario para hacer sus patochadas de caídas grotescas. Kelly LeBrock reducida a un macguffin, a un instrumento, a un medio divino para la consecución de un fin terrenal. Un crimen, y un pecado, y una sinvergonzonería. Nunca más volvimos a ver una película dirigida o protagonizada por este panoli del pelo rizoso y la mirada licuada. Y mira que fuimos veces al videoclub, en los años siguientes, para ver tonterías de peor calidad.



            La mujer de rojo nos decepcionó, y nos dejó una herida abierta en el corazón, Amábamos a Kelly, pero Kelly se nos había escurrido entre los dedos, como un sueño fugaz que apenas se recuerda al despertar. Nos quedó un resquemor, y una mala hostia considerable, y poco después, cuando regresó a las pantallas con aquel engendro de La mujer explosiva, decidimos boicotear del producto, y mandarla un poquitín a la mierda. Por aquel entonces ya habíamos descubierto a la artista llamada Madonna contoneándose sobre una góndola de Venecia, cantando que era una golfa de sangre muy caliente y apasionada, y no teníamos sitio en el trono para otra emperatriz más del sexo. Madonna era chapata y tendente a la grosura, pero tenía cara de adolescente lasciva, y pechos de mamma italiana, y en sus letras insinuaba unas guarrerías que nos dejaban casi erectos al instante. Kelly, mientras tanto, se convirtió en la mujer de Steven Seagal, y en la madre de sus retoños, y poco a poco fue abandonando la actuación. Luego supimos que ese tarado de las artes marciales le metió cuatro hostias en un arrebato de furia conyugal, y que la engañó varias veces con otras mujeres de postín, que hay que ver cómo estarían estas mujeres, o como iría de ciego este saltimbanqui de las hostiazas sin motivo. Kelly dejó el matrimonio, y las pantallas, y la vida pública, y han tenido que pasar treinta años para que yo la recobrara esta noche en mi salón. Vista ahora, La mujer de rojo sigue siendo una mierda de película, pero ya tiene el valor sentimental de las cosas vistas en la juventud. Sin mérito alguno, simplemente por quedarse quieta en las estanterías o en los servidores de internet, la broma sin gracia de Gene Wilder va cogiendo algo de polvo y algo de tono sepia. Ahora tendría que hablar sobre la crisis de los cuarenta años, y sobre el anhelo de las mujeres más jóvenes y lozanas, que son los temas fundamentales de la película, pero el sueño acecha, y el miedo a repetirme me paraliza. Quede aquí, pues, la tontería.


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Supersalidos

Que la vida social es una farsa ya lo sabían los antiguos griegos, y supongo que los antiguos sumerios también, como añadiría Javier Cansado. Desde que me levanto por la mañana hasta que llega la hora de la película, no dejo de interpretar este papel de cuarentón abrumado por la vida. Tengo, además, para mayor disimulo, unas sienes plateadas que los dioses me regalaron por un cumpleaños, y unas gafas de pasta que me hacen parecer más inteligente de lo que soy, y este gesto adusto que algunos confunden con la profundidad de pensamiento, y que sólo es bostezo y ganas de salir pitando de la escena. Mis poses no provienen de  la maldad del narcisista, ni del cálculo del tramposo, sino del humilde anhelo de quien desea sobrevivir sin problemas y que lo le dejen en paz el mayor tiempo posible. Un camuflaje tan inconsciente y natural como la respiración o la digestión de los alimentos.  



            Nunca salgo de casa sin llevar un juego completo de máscaras, porque cada contexto requiere de una farsa, de un papel concreto con unas líneas de guión determinadas. Las máscaras son un fastidio, y un esfuerzo, y no dejo de contar las horas que faltan para volver a guardarlas en el armario, junto a los calzoncillos y los calcetines. Sólo cuando llego al sofá nocturno puedo despojarme de ellas, y volver a ser el hombre de la expresión sincera y natural. En la soledad de la habitación nadie me observa ni me calcula. Sólo los dioses de Invernalia, a los que rezo de vez en cuando mis plegarias. Pero ellos, a diferencia del dios barbado de los monoteístas, no emiten juicios morales, ni cincelan reprimendas sobre las piedras del desierto. A solas con mi película puedo volver a ser el imbécil genuino de toda la vida. El niño, el adolescente, el inmaduro, el mentecato. Me entrego a la función diaria con el alma limpia y el corazón en la mano, como se entregan las monjas a Jesucristo, o las chavalas al chico rubio del instituto. Mis reacciones ante lo que veo son las únicas sinceras de toda la jornada. Si alguien pudiera verme por el ojo de la cerradura, accedería de inmediato al sanctasanctórum de mis verdaderos pensamientos. Otros se muestran tal como son cuando follan, o cuando conducen, o cuando toman tres copas de más con los amigos. Yo sólo soy yo mismo con un mando a distancia en la mano, y unos auriculares bien calados en los orejones. Hoy, por ejemplo, si alguien hubiera escuchado mis carcajadas mientras veía Supersalidos, habría comprendido inmediatamente que el adulto de cuarenta y dos años vive fuera de la habitación, en el pasillo, o en la cocina, preparando la comida de mañana, holograma falsario de mi triste realidad, y que es el adolescente irreductible quien se lo está pasando bomba con los chistes de guarrerías y las caricaturas de los penes. Nada ha cambiado desde los tiempos de Porky's, de cuando iba con los amigos al videoclub para echar unas risas y ver alguna teta subrepticia. Supersalidos es un Porky's más trabajado, más ocurrente, pero en esencia sigue siendo el mismo humor simplón y deslenguado, colegial y cochinoso. Nadie cambia, nadie madura, nadie se mueve ni un centímetro de sus posiciones iniciales. Sólo aprendemos a fingir y a disimular, para que nadie se ría de nosotros. Eso también lo sabían los griegos, y los sumerios antes que ellos, apunta por aquí don Javier. 


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Lo mejor de Eva

Una película que se titula Lo mejor de Eva, siendo Leonor Watling la actriz que encarna a la tal Eva, se presta a varios chistes sobre tetas y culos que mejor me dejo en el tintero, no sea que caigan por aquí los pornógrafos de la 10ª Compañía Aerotransportada. No sé si Leonor Watling es realmente tan hermosa como la ven mis ojos (que opiniones he recogido de todos los colores), pero es que ella, en una coincidencia casi de realismo mágico, es el trasunto imposible de una chica a la que yo amé hace tiempo en el invierno adolescente de León. La primera vez que vi a Leonor Watling en una pantalla, comiéndose una naranja a la remanguillé en aquel camastro de Son de mar, llegué a pensar que era la misma chica, reencontrada al cabo de los años, que había dejado la provincia para hacer carrera de actriz en los madriles. Leonor y la señorita X  eran como dos gotas de agua, como dos hermanas gemelas. Al menos vestidas, porque luego, en el desnudo corporal, no me vi capacitado para comparar, ya que nunca tuve la suerte de ver a mi amada de tal guisa. Ella fue más platónica que aristotélica, más soñada que tangible. Tuve que investigar mucho en el internet cutrísimo de aquel año 2001 -sí, el de la odisea en el espacio- para comprobar que ambas no eran la misma mujer, y que yo, no sé si para bien o para mal, no había estado a unas pocas dioptrías y a unas pocas tartamudeces de enrollarme con la mujer más interesante de España, y de parte del extranjero.




           Comprenderán ustedes, por tanto, que no puedo perderme ninguna película de Leonor Watling, aunque venga precedida de críticas terribles, de luces rojas de advertencia, como esta que hoy nos ocupa, que es un thriller prometedor que luego se despeña por los acantilados del erotismo más previsible y tontorrón. Curiosamente, mientras Leonor permanece embutida en su traje de jueza implacable, la película se hace más llevadera que cuando llega el desmelene y el despelote, que es muy de agradecer, y mucho más para los espectadores enamorados de sus senos ubérrimos y exuberantes. Ay, aquel mandil en la cocina de Oxford... En Lo mejor de Eva, para contradicción de mi deseo, es más seductora la maja vestida que la maja desnuda. Será que estoy muy colgado de esta mujer, y que mi afecto por ella va más allá de lo lúbrico y lo carnal. Tanto la quiero, y tanto la respeto, que no voy a maldecir aquí su fallida película. Tengo todo el derecho del mundo a no declarar en contra de Leonor, como un marido suertudo que la acompañara de noche y de día. En lo que a mí respecta, Lo mejor de Eva, con todos sus defectos, es una puta obra maestra. Y que vengan a por mí, los puristas, que los voy a recibir a hostia limpia, como un Bud Spencer encorajinado. Al cinéfilo interior, que empezó a protestar cuando la película hacía aguas, lo tengo amordazado dentro del armario. Mañana lo dejaré suelto, para que siga escribiendo aquí sus intelectualidades que nada nos importan.


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Las dos caras de enero

En Las dos caras de enero, Viggo Mortensen, que es el marido, y Oscar Isaac, que es el aspirante, se disputan el amor de Kirsten Dunst bajo las ruinas de la antigua Grecia. El personaje de Viggo está algo mayor y decadente, pero guarda mucha pasta en la maleta de viaje. El personaje de Oscar, sin embargo, es un timador de baja estofa que vive casi con lo puesto, pero es mucho más joven y atractivo. La damisela duda, tantea, escucha las ofertas sexuales de uno y de otro. El dinero o la polla: he ahí el gran dilema que asalta a las mujeres en estos triángulos amorosos de las películas, y de la vida en general. La biología ancestral, siempre más calculadora, opta por lo primero, por aquello de la manutención y del cuidado de la prole,  pero el placer del cuerpo, siempre impaciente y protestón, apuesta en firme por lo segundo. En casos así, las mujeres lo tienen más difícil que los hombres, porque nosotros, en la encrucijada de una elección, siempre elegimos a la dama más hermosa. Ante la duda, la más tetuda, que dice nuestro sabio refranero. A los hombres la belleza interior nos la trae al pairo, y eso es una suerte a la hora de elegir, porque nos resuelve cualquier duda y cualquier dolor de cabeza, aunque luego las consecuencias puedan ser funestas. Siempre es demasiado tarde cuando echamos de menos a la chica fea y encantadora, con la que seguramente nos hubiese ido mejor en las conversaciones y en las convivencias. E incluso en la cama, pardiez, porque de noche, entre las sábanas, todos los cuerpos son pardos.


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Kramer y el matrimonio




En el primer episodio de la séptima temporada de Seinfeld, Kramer nos regala esta valiosa lección sobre lo que significa el matrimonio:

Jerry: Hoy he tenido un almuerzo muy interesante con George Costanza.
Kramer: ¿En serio?
Jerry: Hemos hablado sobre nuestras vidas, y nos hemos dado cuenta de que somos unos críos. ¡No somos hombres!
Kramer: Y luego os habéis preguntado: ¿no hay nada más en la vida? A que sí…
Jerry: Sí, exacto.
Kramer: Ya… Pues déjame aclararte una cosa: no hay nada
Jerry: ¿No lo hay?
Kramer: Definitivamente. ¿En qué estás pensando, Jerry? ¿El matrimonio, la familia…?
Jerry: Hombre…
Kramer: ¡Son cárceles! ¡Cárceles para el hombre! Es como cumplir una condena… Te levantas por la mañana: ella está ahí. Te vas a acostar por la noche: ella está ahí. Es como si tuvieras que pedir permiso para entrar al baño [pone voz de niño]: “ Nena, tengo ganas de hacer pis, ¿puedo entrar al baño?”
Jerry: ¿En serio?
Kramer: Sí, y ya puedes olvidarte de ver la tele mientras cenas.
Jerry: ¿Sí?
Kramer: Hombre, claro. ¿Y sabes por qué? Porque es la hora de la cena. ¿Y sabes lo que se hace en la cena?
Jerry: ¿Qué?
Kramer: Hablar sobre la jornada: ¿qué tal  te ha ido el día hoy? ¿Has tenido un buen día hoy? ¿O  un mal día hoy? A ver, aclárate. Pues no sé. Y tú qué tal,  qué tal te ha ido el día...
Jerry: ¡Qué bárbaro!
Kramer: Es triste, Jerry. Es un estado vital penoso.
Jerry: Ha sido una chala interesante
Kramer: Huy, aún no la valoras en lo que vale.

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