Zodiac

Hace tres o cuatro años que dejé de ir a las salas de cine. Ahora veo más cine que nunca, en mi casita, en mi sofá, en mi televisor HD que limpio cada siete días del polvo y los dedazos. Nadie me molesta, salvo la llamada de teléfono intempestiva, o el familiar que entra para decir buenas noches. Pero son interrupciones toleradas, civilizadas, que además he ido domesticando con el tiempo. Los de casa apenas asoman la cabecita para dar la salutación, que suele quedarse en un murmullo, en un gesto mínimo. Yo les despacho con una ceja levantada, con un sonido gutural. Saben que les quiero mucho, y que el sudor de mi frente es para ellos, pero en esos trances yo no soy yo, sino el otro, y ese tipo es un completo desconocido, un intruso pacífico en el hogar. Los conocidos saben que a partir de las diez de la noche no voy a cogerles el teléfono. Y que si lo cojo, porque intuyo un asunto urgente, o una demanda de auxilio, voy a responder a todo con monosílabos, con frases muy cortas, para acortar la duración del paréntesis y regresar cuanto antes a la trama de los amoríos o de los psicópatas. A esas horas soy el tipo más parco y maleducado de los contornos. La película del día es un paraíso artificial, un Hawaii-Bombay que a veces yo me monto en mi piso, como cantaba Ana Torroja, y cualquier intromisión de la realidad es una violación del ensueño. En esas dos o tres horas que dura el embrujo procuro no existir, no saber, no ser yo mismo. Es mi tiempo sagrado, mi prescripción médica contra el hastío, y ay de quien ose violarlo, o reducirlo, o negociarlo.



            En las salas comerciales acabé harto de los doblajes insípidos, de los cubos de palomitas, de los adolescentes en celo, de las viejas sordas, de los niños que corrían, de los teléfonos que sonaban, de los tarados que no callaban, de las proyecciones que no se oían, de las distancias mínimas que te estampaban las narices contra la pantalla... Recuerdo que mi padre, el pobre, que trabajaba de negrero en un cine de León, me dijo una vez, en plena decadencia del negocio: " El beneficio ya no está en la taquilla, sino en el kiosco de chucherías". A mediados de los años noventa, estupidizados por las televisiones privadas, los espectadores perdieron la costumbre de aguantar dos horas de proyección sin montar una tertulia, sin levantarse de la butaca, sin dar por el culo al vecino de al lado. Las lenguas y las vejigas habían perdido el autodominio de los viejos tiempos. En eso sí que con Franco vivíamos mejor. Se perdió la paciencia de atender, de aguardar, de deducir. Se cortocircuitaron las meninges y se llenaron de chuches las barrigas.        




            Zodiac fue una de las últimas películas que vi en pantalla grande. Una de las últimas gotas que colmaron el vaso. La primera escena es el doble asesinato de unos jovenzuelos que están dándose el lote en el coche. Las imágenes se veían borrosas, desenfocadas, como de pesadilla de las víctimas que mueren, o de enajenación del psicópata que dispara. Pero luego salían los policías en sus comisarías, y los periodistas en sus redacciones, y Zodiac cometiendo nuevos crímenes en los andurriales de San Francisco, y a los cuarenta minutos la película seguía pareciendo la melopea de un borrachuzo. Esto ya no era cosa del flashback, ni de la narrativa peculiar de David Fincher. Algo se había jodido en el proyector de la sala. Miré a derecha y a izquierda buscando en los demás espectadores un reflejo de mi cara extrañada. La mitad no estaban en el asunto: estaban al móvil, al beso, a la metedura de mano, al recuento de las palomitas que quedaban en el cartón. La otra mitad, la supuestamente cinéfila, seguía la película como si tal cosa. Nadie carraspeaba, nadie silbaba, nadie movía una ceja. Parecían drogados, o atontados, o muñecos de cera puestos allí por la empresa para inflar la taquilla. Abandoné la sala a riesgo de perder el hilo de las pesquisas, y me topé con un encargado que pasaba por allí. Pues gracias, no sabía nada, no se preocupe, pero que sepa, fíjese usted, loco de los cojones, maniático gafudo, a ver si adelgazas, jodido tarado, que nadie hasta ahora se ha quejado. Y si no te gusta vete a casa, patético cinéfilo, y te la compras en DVD cuando salga, muchas gracias por su aviso, ahora mismo aviso al proyeccionista. 



            Regresé a la sala y a los dos o tres minutos alguien manipuló el objetivo del proyector, y las imágenes se volvieron diáfanas e inteligibles. Nadie en la sala carraspeó, ni aplaudió, ni dijo "ya era hora" o algo parecido. A todos les pareció muy normal este juego absurdo de las imágenes. Yo flipaba, pero Zodiac, con su enredo de investigaciones criminales, no te deja mucho tiempo para flipar. A la media hora, cuando todo parecía encauzado, la imagen se volvió a desenfocar. No tanto como la primera vez, pero lo justo para despertar de nuevo el mareo, el enfado, la perplejidad. Pensé en volver a reclamar, pero desistí del intento. Me iban a tomar por un loco, por un desequilibrado, por un Zodiac de León que tal vez iba a los cines con el cuchillo escondido bajo la camiseta. Solté varios tacos entre dientes y me despatarré en la cómoda butaca. A tomar por el culo la película, y el cine, y el negocio, y mis compañeros de eucaristía. Ya la vería, efectivamente, como predijo el encargado, en  DVD.


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Todas las mujeres

Hace cuatro años, en el canal de pago TNT, Mariano Barroso estrenó una serie titulada Todas las mujeres que solo vimos el Tato y yo. La serie era cojonuda, extraña, muy alejada de cualquier culebrón de los que copan el prime time. Un experimento ideal  para los paladares exquisitos de quienes apoquinamos un servicio exclusivo. Pero la audiencia, al constatar que no había tiros ni persecuciones, psicópatas ni tías en bolas, decidió pasar del asunto. La serie pasó por TNT con más pena que gloria. Creo que luego la echaron por los canales convencionales, a altas horas de la madrugada, para hacerle la competencia a los adivinos tronados y a los anuncios del Whisper XL. El año pasado, en un intento de reflotar el invento, Mariano Barroso refundió los seis episodios en una película de estreno en salas comerciales. Le salió un largometraje de hora y media que ganó por fin varios premios y alabanzas, pero que se dejó en la sala de montaje otra hora y media de espectáculo actoral, y de diálogo impagable.



             Todas las mujeres cuenta las desventuras laborales y sexuales de Nacho, un veterinario que decide robarle cinco novillos a su suegro para venderlos de extranjis, y sacarse una pasta gansa para los vicios. Descubierto en el empeño, y antes de enfrentarse a la justicia de los picoletos, Nacho, que es un tipo solitario y sin amigos, tira de agenda para solicitar ayuda a las mujeres de su vida. Por su cabaña en el campo desfilarán esposa y amantes, madre y abogadas. Eduard Fernández se come las escenas a bocados, en una representación patética del cuarentón venido a menos, del macho hispánico que se descubre derrotado por la vida. Fernández, ya lo he dicho en varias ocasiones, es un actor bestial, brutal, de los que se vacía en cada película. De los que te crees a pies juntillas en cada gesto y en cada palabra. Yo he fundado un club de admiradores heterosexuales en este pueblo de Invernalia, y de momento, conmigo, ya somos uno. Las actrices que acompañan a Fernández en Todas las mujeres también  le dan una réplica contundente. Hay entre ellas, además, para satisfacción del antropoide que ve conmigo la televisión, unos cuantos bellezones que alegran la función. Aquí descubrí a Michelle Jenner teñida de morena antes de que las marujas interesadas en la Historia la conocieran teñida de rubia. Ahí conocí a esta actriz bellísima llamada Marta Larralde que siempre anda en series que no veo, y en películas que no descargo, como si los dioses de la cinefilia hubiesen decidido mantenernos en la distancia y en la incomprensión.  Sale, también, en el remate final, Natalie Poza, que no es una actriz de alta hermosura, ni de granada sexualidad, pero sí una mujer de rostro amable, expresivo, más que atractivo, con el que uno se pasaría tardes enteras tomando el café, embobado en la conversación y en la contemplación. Max, mi antropoide, al que muchos recordarán de otros romances anteriores, se lo ha pasado pipa con el espectáculo de Todas las mujeres. Al final de la función hemos aplaudido al unísono, pero creo que no hemos valorado las mismas cosas.


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La mujer invisible

Charles Dickens tenía 46 años cuando una buena mañana entró sin llamar en los aposentos de su esposa Katherine y la descubrió desnuda en mitad de sus abluciones. No era costumbre, en la época victoriana, que los esposos se conocieran el cuerpo sin ropajes. Incluso los ayuntamientos carnales se hacían con los camisones puestos, interponiendo una doble capa de lino entre las pieles pecadoras. Así que Dickens se quedó de piedra cuando descubrió aquellas lorzas desparramándose por los costados, unas sobre otras, como jardines grasientos de un zigurat babilónico. Katherine le había dado diez hijos en sus muchos años de matrimonio, y últimamente abusaba de las pastas y de los puddings en el té con las amigas. Esta Katherine descomunal se había comido a la dulce Katherine de los otros tiempos, de cuando eran jóvenes y se perseguían por los jardines; de cuando se rozaban las manos en la intimidad del dormitorio y un escalofrío de amor les obligaba a superponerse sobre el colchón para consumar el casto acto de la procreación. 





            Aquella mañana fatal, al ser descubierta, Katherine se tapó con una toalla blanca sus ubres caídas, y sus pliegues lipídicos. Con uno de sus ojos, el del párpado más abierto, le lanzó a su marido una mirada de reproche; con el otro, el del párpado caído, le hizo una petición avergonzada de perdón. Pero ya era demasiado tarde. Todo un noviazgo de melindres y todo un matrimonio de respetos se había venido abajo en un solo segundo de vislumbre. No es que Dickens fuese precisamente un Adonis de las letras británicas, con esas barbas de orate y ese aspecto desaseado de todos los hombres decimonónicos, pero él era un hombre afamado al que las lectoras de sus folletines agasajaban por doquier. Dickens se disculpó de su esposa con cortesía, cerró la puerta, y se dijo a sí mismo que nunca más volvería a tocar semejante despropósito carnal. Hasta aquí habíamos llegado. El divorcio era imposible en la Inglaterra victoriana, pero no así la interrupción temporal de la convivencia, que en los círculos burgueses era una práctica común, y venía incluso recomendada por algunos médicos, para evitar el estrés de las esposas que reñían y de los niños que daban por el culo a todas horas. Lo habitual en estos casos era buscarse una amante con la que edificar una vida paralela, ponerle una mansión en el campo como quien ahora le pondría un piso en Alcobendas, y pasar allí los días impares de la semana para practicar el retozo sexual y dar largos paseos por la campiña británica. Los días pares, para guardar las apariencias, había que permanecer en la gran ciudad, y recibir en casa a los otros matrimonios que también fingían la felicidad del sagrado sacramento.



            De entre sus múltiples seguidoras, Dickens hizo pito pito gorgorito y convirtió en su amante a la joven Ellen Ternan, actriz de teatro aficionada que bebía los vientos por su literatura. En los retratos de la época, Ellen aparece como una mujer de rostro afilado, rasgos delicados y boca de fresa. No es una mujer fea. No, al menos, el monstruo que uno siempre espera en estos retratos del siglo XIX, con jóvenes que ya eran viejunas a los veinte años y maduritas que ya eran cadáveres antes de morir. Pero aquí, en La mujer invisible, que es la película que narra estas aventuras románticas de Charles Dickens, los productores prefirieron una belleza más rotunda, más moderna, que asegurase un mínimo en taquilla por si al final salía un muermazo de dormir a las ovejas. Como casi ocurrió. La actriz elegida para el papel lleva por nombre Felicity Jones, y han bastado sus dos primeras apariciones para que yo me olvidara del embrujo lúbrico de Rooney Mara. Felicity Jones no se parece en nada a la Ellen Ternan verdadera: sus gracias son los pomulazos, los ojazos, los labios voluptuosos. En algunos escorzos me recuerda a Charlize Theron con algún kilo de más; en otros guarda parecidos muy estimulantes con la geografía curvada de Scarlett Johansson. Véase que estoy hablando de una belleza superlativa, sobresaliente, de las de quedarte sin palabras en un blog. De las de quedarte, otra vez, enamorado de un holograma.


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Big Bad Wolves

En algún sitio leí que Big Bad Wolves era, para Quentin Tarantino, la mejor película del año pasado. Y hoy, traicionado por este domingo sin fútbol que me devoraba el ánimo, me dejé llevar por la compulsión del cinéfilo y navegué por la costa de los bucaneros para robar una copia ilegítima. De haberme parado a pensar cinco segundos, sólo cinco segundos, me habría ahorrado este mal rato de aburrimiento argumental y de snuff movie asqueante. Se me pasó, una vez más, que Tarantino es el hombre que come mierda y caga pepitas de oro. El hombre de la gran quijada siempre alimentó su cinefilia con el cine de peor calidad, con el más cutre, con el más desquiciado, con el que no tiene ni pies ni cabeza pero sirve para echarte unas risas con los colegas, o para achuchar a la novia en los momentos de gran susto. El aparato digestivo de Tarantino es único en el mundo, colocado del revés por un capricho genético irrepetible: lo suyo es comer mierda y luego defecarla en forma de platos exquisitos. A Quentin hay que seguirle en sus películas, que son casi siempre enjundiosas, y en las entrevistas, donde es un tipo original y divertido. Pero no, ay, tonto de mí, cómo pude olvidarlo, en las recomendaciones que hace para la peña, que quizá hasta vienen subvencionadas y todo. 






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Turistas en mi playa III

Pasan las semanas, y los meses, y los cinéfilos de verdad siguen sin asomarse por este blog. Sólo algún despistado que sale de la autopista principal buscando avituallamiento y termina en este villorrio apartado donde yo escribo. Conductores que echan una mirada a los textos y salen cagando hostias por donde vinieron, porque aquí no se recomiendan películas, ni hay tráilers espectaculares, ni se bambolean las tetas de las actrices más deslumbrantes. Aquí se escribe, principalmente, sobre mí, y sobre mi visión de las cosas, y eso es un tema que sólo a los grandes amigos y a los grandes enemigos podría interesar. Estos son los Diarios de mi Ombligo, y mi ombligo, además, es de los muy profundos y nada resalados, con pelusillas y porquerías de origen muy poco definido.



            Siguen siendo los pornógrafos y los cachondos mentales los que dan algo de dignidad al libro de visitas. En ningún caso encuentran aquí lo que buscan, pero siguen cayendo, continuamente, inexplicablemente, como abejas que hacen pie en las flores artificiales. Uno cree, con toda sinceridad, que no escribe para este tipo de gente, y que merece un público más cultivado y literario. Pero se ve que no, que en el trasfondo de lo que escribo yo mismo me delato, y que detrás de mis ínfulas literarias sólo hay un primate haciéndose pajas ante la pantalla. Me ha visitado, por ejemplo, un tipo que tecleó en los buscadores "pechos de quinceañera", y es ahora cuando creo recordar que sí, que en algún texto, en alguna descripción de mis actrices amadas, utilicé esta expresión u otra parecida. No como objeto de deseo ilegal, sino como símil de pecho bonito aunque poco desarrollado. Y zas, ya tengo aquí al moscón que estaba presto a masturbarse con mi relato. Confieso mi culpa en este caso, y en otros parecidos, por haber elegido expresiones quizá poco afortunadas. Pero no en otros. ¿Cuándo he dado yo motivos para que aniden en mi bosque los que buscaban "Alberto San Juan mamada", o "tetas paz aida", o "un hombre gordo desnudo gey (sic)"? ¿Quién este fulano que insiste en buscar a su amada "niki" en mis jardines de escritor? La busca "bella", "desnuda", cometiendo "descuidos"... No tengo el gusto de conocer a la tal Niki. La única Niki que se ha pasado por estos escritos se apellidaba Lauda, y era un piloto de Fórmula 1 con el rostro desfigurado. Y nunca mencioné, en la entrada sobre Rush, que Niki Lauda fuera bello o condujera desnudo, lo cual explicaría en parte esta lamentable confusión. Este Calisto tan pesado ya debería saber que su Melibea no ronda por aquí, y que todo es un enredo sexual de los buscadores. Pero él insiste, e insiste, y me llena la página de firmas.  Se las agradezco, pero no me consuelan, estas tontas victorias.


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THX 1138

En la sociedad futurista que George Lucas imaginó para THX 1138, los humanos son como abejas obreras encerradas en un inmenso panal. Todo el mundo viste con túnicas blancas, lleva el pelo rapado y vive en minúsculos apartamentos cerca del trabajo. No tienen más objetivo en la vida que trabajar, y reponer fuerzas y energías para seguir produciendo. Para que nadie caiga en la tentación del sindicalismo y pida un día libre a la semana, o una jornada laboral de ocho horas, los mandamases del invento mantienen a la población drogada con pastillas. Los obreros han de seguir un régimen obligatorio a la hora de las comidas, y están controlados por funcionarios vigilantes que cuentan las píldoras y monitorizan las ingestas. Es así como los mantienen en un estado ficticio de placidez, en el que nada se anhela ni se desea. Cualquier desatención en el trabajo puede provocar un accidente, y los accidentes le cuestan dinero al Estado. Luego, por si las moscas, para detectar a los cripto-comunistas que se las guardan bajo la lengua y las escupen en el retrete, los obreros son electroencefalogramados en controles rutinarios o sorpresivos, para saber quién lleva las ondas cerebrales acompasadas y quién tiene la cabeza en otro sitio, imaginando liberaciones de la clase obrera y asaltos a los palacios de invierno. 



            Las relaciones sexuales están prohibidas con severísimos castigos. El sexo confunde y atonta; crea vínculos afectivos, ensueños idiotas, y la economía se resiente con tanta mandanga del corazón. Si la ciudad produjera pañales o chupetes sería otro cantar.  Los capataces cambiarían el régimen de pastillas para que los obreros follaran como locos y dieran salida con sus retoños al stock de productos. Pero en esta colmena futurista sólo se fabrican robots-policías, que van armados con picanas y tienen un andar muy torpe. Unos auténticos inútiles con cara de metal y corazón de plutonio. Bien que se rió de ellos Woody Allen en El dormilón.  Cuando les llega el apretón en las gónadas, los obreros pueden masturbarse viendo hologramas que contonean el culo y se magrean las tetas. Unas proyecciones cutrísimas, con interferencias, como aquella de la princesa Leia pidiendo ayuda a Obi Wan Kenobi en La Guerra de las Galaxias. Estos hologramas son casi como una película porno del Canal +, de cuando la gente las sintonizaba en sus televisores sin el aparato decodificador. Hay más imaginación que verdad, más vislumbre que definición. Ningún creativo de la película, ni el mismo George Lucas de las grandes visiones, pensó en algo parecido al Youporn de cuatro décadas después, tan efectivo, tan excitante, tan sencillo de manejar... 



            THX 1138, el personaje, es un obrero especializado que vivía feliz en su distopía laboral hasta que una buena mañana, por culpa de su compañera de apartamento, es expulsado del paraíso terrenal. LUH, que así se llama nuestra Eva del futuro, le cambia unas pastillas por otras para dejarlo turulato y poder acostarse con él. LUH va ciega de hormonas, quién sabe si por un error en su medicación, si por un defecto genético en su cerebelo, pero no encuentra a nadie con quien apagar su fuego interior. Como no hay muñecos hinchables a la venta, y los hologramas de hombres haciéndose pajotes son más bien lastimosos, decide liar al pobre de THX para frotar carne contra carne, pelo contra pelo. Nuestro héroe se lo pasa pipa en el primer revolcón, porque además LUH es una mujer hermosa de piel blanquísima y un mar infinito de pecas. Justo la mujer que a mí también me vuelve loco en esta distopía real del siglo XXI, donde uno vive igualmente drogado y esclavizado por el trabajo, y el pito se arrastra melancólico y mustio. Después del polvazo, THX, confundido por la experiencia, y arrepentido de haber pecado contra el sexto mandamiento, cometerá un error garrafal en el trabajo. Ipso facto será detenido y puesto en cuarentena, como un contagioso del virus de la libido. Lo desterrarán a un limbo lechoso donde vagan otras almas en pena, seres defectuosos e improductivos. No será un ángel de espada flamígera quien le enseñe el camino de la expulsión, sino uno de los robots que él mismo fabricaba, cuando era un obrero asexuado y feliz.


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Lenny

Hace cincuenta años, en Estados Unidos, y ya no te digo nada en nuestra España nacionalcatólica, los humoristas sólo podían contar chistes sobre suegras o sobre gangosos. Ninguna palabra soez estaba permitida en las ondas o en los escenarios. El sexo, como mucho, era eso, y las partes anatómicas, esto y aquello. En España bastaba con que aludieras al tema, sin mencionarlo siquiera, para que te agarrasen un par de guardias civiles, te soltaran un par de hostias en el calabozo, y te enviaran al cura castrense para ser recibido en sagrada confesión, ser absuelto de los pecados y volver al redil de los hijos de Dios. A la mañana siguiente regresabas a la vida civil con el ojo morado y el alma blanca lavada con Ariel. 


En Estados Unidos la libertad de expresión era mayor: podías usar eufemismos, circunloquios, sustituir los términos problemáticos por palabras inventadas. Pero si mencionabas la palabra prohibida, te podían caer meses e incluso años de cárcel. No te soltaban una reprimenda ni te enviaban a un pastor para aclararte las ideas. Te encerraban en un correccional para que los reclusos te pusieran el ojete a la virulé, y se te quitaran las ganas de andar tonteando con las palabrotas. Un tipo como nuestro querido Louis C. K. llevaría varias cadenas perpetuas consecutivas, y el culo más dado de sí que el coño de la Bernarda. Antes que él, en los años 60, hubo un cómico pionero en violar estas normas que ahora nos producen la risa y la perplejidad. Se llamaba Lenny Bruce, y no se cortaba un pelo cuando salía a los escenarios. Hoy en día sus monólogos serían apropiados incluso para los monaguillos, o para las amas de casa resecas, pero entonces escandalizaban a las autoridades y a los comités de buenas costumbres. Lenny decía chupapollas, y coño, y hay que joderse, y el público de los garitos nocturnos se partía el culo mientras esperaba que la policía irrumpiera en cualquier momento, si no estaba allí ya, disfrazada de paisanos que no se reían. En Lenny, que es la película que Bob Fosse dedicó a su figura, asistimos al auge y caída de este peculiar personaje. De cómo saltó a la fama con las grabaciones en disco de sus monólogos y de cómo arruinó su suerte en los enfrentamientos con la ley y en los problemas con las drogas. Lenny Bruce era un tipo impulsivo y libertino, de una lengua mordaz y de una inteligencia punzante. No era un simple provocador, ni un simple malhablado. 




            En uno de sus monólogos, Lenny, judío de origen, se queja de que ya han pasado dos mil años desde la crucifixión de Jesús y su pueblo todavía no ha sido perdonado por los cristianos. Así que decide cargar con toda la culpa, y confiesa que fueron sus antepasados directos los encargados del crimen. Y añade:
            "Qué bien que lo clavamos en aquella época. Si lo hubiéramos hecho en los últimos cincuenta años, veríamos a los niños de las escuelas parroquiales corriendo con sillitas eléctricas colgadas al cuello".

        En otra actuación, Lenny hace recuento del público asistente, y empieza a señalar a los negracos, a los sudacas, a los moros, a los borrachuzos irlandeses. No parece estar de broma, y los ánimos comienzan a caldearse. Pero justo antes de que alguien salte al escenario y le parta la cara,  Lenny se ríe y explica:
            "Lo que quería demostrar es que es reprimir una palabra lo que da poder, violencia y malevolencia. Si el presidente Kennedy saliera en la TV y dijese: “Quiero presentarles a todos los negracos de mi gabinete...” Si dijese la palabra negraco cuando viese a un negro, negro, negrata, negrito, conguito, hasta que ya no significase nada, ya nadie haría llorar a un niño de color."


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All that jazz

Dicen que antes de morir la vida entera pasa ante tus ojos, resumida en sus momentos más especiales. Un tráiler tan espectacular como innecesario para una película que ya terminó de exhibirse, y que nunca más se volverá a estrenar. A cuento de qué, este resumen, si las enseñanzas ya no servirán para vivir mejor. Para qué este volver sobre lo que ya no tiene remedio, o sobre lo que ya nunca volverá a disfrutarse. Sucede, además, que ningún muerto ha regresado del otro lado para contarnos si esta experiencia es verídica. Y en caso de ser cierta, qué tipo de película es la que se vive. Porque en esto, como en las carteleras del fin de semana, tiene que haber de todo: comedias y tragedias, melodramas y belicismos. Hay personas que viven en un estado de estupidez permanente, y su final sólo puede ser una película de Azcona y Berlanga, con mucho enredo y mucha idiotez humana sin finalidad. Otros van por la vida de chulos, soltando hostias o amenazando con ellas, y postrados en la cama sólo pueden revivir un truño de Chuck Norris, con patadas voladoras y narices partidas. Lester Burnham, en American Beauty, se reconciliaba con su odiada esposa en el ensueño que precedía a la muerte, y revivía los momentos más felices de su relación: el noviazgo, el casamiento, el nacimiento de su hija. Una comedia romántica de galanteos y pétalos sobre la cama.



            A Joe Gideon, el alter ego de Bob Fosse en All that jazz, que es un coreógrafo de éxito y un follador empedernido, se le aparecen las mujeres de su vida al pie de la cama. Desde la madre que lo parió hasta la última de sus innumerables amantes. En lugar de soltarle un sermón, o de llorar desconsoladas sobre las sábanas, le dedican unos números musicales de mucho erotismo y mucho sombrero de copa, en los que van ajustándole cuentas o deseándole suerte para el más allá.  Él sonríe complacido, y agradece el esfuerzo sudoroso de tan bellas damiselas. Incluso su hija, que es todavía adolescente, se enfundará las medias y el sombrero para demostrarle su cariño bailando. Gideon sabe que va a morir, pero no le importa, porque la Muerte está sentada a su lado, esperando el final de las despedidas, y es una joven bellísima con un vestido blanco y una sonrisa de ángel. En los descansos de las actuaciones, la Muerte conversa con Gideon, o entrevista a las mujeres que desfilan por allí, como en un talk show nocturno del que ella fuera conductora, con sofá para la cháchara y escenario para los músicos. Hay risas y confesiones, bromas y cortejos. Reina la cuchipanda en el ensueño de Gideon, mientras su cuerpo sufre y agoniza sobre la cama. Pero hasta allí abajo no llegan los dolores ni los respingos. La Muerte le ha prometido un final con beso dulcísimo, tan dulce que será él mismo quien vaya a buscarla, satisfecho ya de sí mismo y de la vida. No será ella quien tenga que llevárselo a rastras, disfrazada de negro y empuñando la guadaña.


 Antes de morir, para corresponder a sus mujeres y a sus amigos, que ahora son el público que aplaude y jalea, Gideon tomará el micrófono para entonar su canción de despedida. Una canción que llevo canturreando el día entero, porque es pegadiza y melancólica, y tiene muchas palabras en inglés que insólitamente conozco. Me gustaría cantarla también cuando llegue mi final, allá en el hospital que acoja mis últimos resuellos, y dedicársela a un público que no estará compuesto, ay, de bellas mujeres, pues ellas pasaron siempre de largo en busca de otros hombres, ni de viejos amigos, ay, pues todos se fueron perdiendo en los meandros de la vida, ni de grandes logros vitales, ay, pues siempre viví con un traje gris y un espíritu pintado de negro. Cantaré delante de los grandes cineastas, de los actores brillantes, de las actrices más guapas que llegué a conocer. De mis ídolos del fútbol, del billar, de la literatura. De todos esos desconocidos en lo personal que me han hecho realmente feliz. 

Bye bye life
Bye bye happiness
Hello loneliness
I think I'm gonna die
I think I'm gonna die
Bye bye love
bye bye sweet caress
Hello emptiness
I feel like I could die.


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Bonnie and Clyde

Detrás de un gran delincuente o de un gran asesino siempre hay una mujer que lo jalea y que lo comprende. El camino del crimen es una estrategia radical, aunque muy válida, en el amplio abanico de los cortejos sexuales. Otros construyen puentes, o meten goles, o escriben blogs en internet. La vida de los machos es un continuo pavonearse ante las mujeres, y cada uno luce las plumas que los dioses le otorgaron.  En el caso de los sociópatas, que llevan reproduciéndose desde el inicio de los tiempos, siempre hay una hija de puta o una tonta del bote que moja las bragas por ellos, y que después del crimen se despatarra en la cama para recibirlos. Todo Hitler conoció a su Eva Braun. Todo mafioso italiano tiene a su Francesca cocinando espaguetis en la cocina. Todo corrupto del PP tiene a su rubia con mechas jugando al golf con las amigas. Antes de conocer a Bonnie Parker, Clyde Barrow era un delincuente de tres al cuarto que se dedicaba a robar coches y a llevarse el dinero de las gasolineras. Bonnie era una mujer de anglosajones atractivos que buscaba emociones fuertes junto a machos pendencieros. Clyde, encoñado hasta las cejas, hizo todo lo posible para que ella nunca le dejara por otro pistolero más salvaje. De las gasolineras pasó a los bancos, de las amenazas a las agresiones, de los tiros al aire al tiro al policía. Un buen polvazo bien vale un crimen, o dos, o siete, porque ya puestos en el galanteo lo mismo le daba. La pena de muerte o la emboscada en la carretera iba a ser exactamente la misma.



            Esta comunión sexual entre los criminales y las estúpidas es una cosa que viene de muy lejos, de los tiempos prehistóricos, de cuando el más bestia de los trogloditas cogía la cachiporra y mataba a cinco rivales para hacerse con la gacela o con la fuente de agua. Estos machos dominantes eran los únicos que sobrevivían el tiempo suficiente para dejar progenie en el mundo, y las cavernarias de la ceja única y las ubres caídas se volvían locas por sus huesos. En el mundo de los Picapiedra no había sitio para los hombres con escrúpulos, para los poetas del verso, para los inválidos de la existencia. Yo no hubiera durado ni dos veranos en aquel duelo de garrotazos. La única manera de atraer a las hembras era golpearse el pecho, rugir en voz alta y cargarse a un pichafloja que pasara por allí. Y esta predilección sigue ahí, larvada en los genes, transmitida de generación en generación por las abuelas y por las madres, dentro del ADN nuclear, o del mitocondrial, que habría que estudiarlo. Incluso nuestras contemporáneas más reacias al delito sienten temblar el pecho cuando conocen a un hombre de esta calaña. Tardan mucho más de lo que confiesan en desecharlos como candidatos sexuales. De ellos emana un magnetismo salvaje que las envuelve como un perfume y las deja turulatas. Resuenan viejos tambores orgásmicos en lo más profundo de sus cuevas. Muchos de estos sociópatas terminan fracasando en la vida, y engrosan la lista del paro o de la cárcel, pero algunos llegan a los más alto de la pirámide, y se carcajean de la gente mientras se meten el pico por el culo. Algunas se lo piensan muy mucho cuando los conocen en sus comienzos delictivos. Algunas apuestan y ganan millones. Algunas se levantan una buena mañana y se encuentran un Jaguar en el garaje.  


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Michael H.

Entrevistador: Puede decirse que esta película [La cinta blanca] es tu primera película de época, tu primera película histórica. ¿Por qué?
Haneke: Ocurrió así. Supongo que... [se ríe incómodo, y hace aspavientos] Error, error. La pregunta deja entender que mi propósito en esa película era tal. Pero no me interesa. En Cannes tampoco quiero contestar a preguntas así.
Entrevistador: Intento encontrar un punto de partida para luego...
Haneke: Ya, pero si es así, no puedo evitar caer en la trampa.
Entrevistador: [Insiste] Te preguntaré si querías sorprender a los que conocían tu trabajo con una película...
Haneke: Tampoco. No fue el caso... [Vuelve a sonreír molesto] No quiero contestar a preguntas que me obliguen a autointerpretarme. Si explico que tengo un propósito y por qué hago una película, caigo inmediatamente en ese debate.
Entrevistador: Pero la película casi podría llamarse "Una historia alemana". Habla de estigmas de antaño, de la historia...
Haneke: No, no, no vamos a ningún sitio, estamos... No, en serio. Si empiezas hablando de una historia alemana, entramos inmediatamente en el tema del fascismo, etc., etc., y quiero evitarlo.

[Silencio incómodo]



            Este diálogo para besugos se produce a los doce minutos de comenzar el documental Michael H., que prometía ser una incursión abisal en las profundidades de Michael Haneke, ese director de las películas incómodas y los significados ocultos. Yo me había colocado en posición expectante, con las luces apagadas, la cena terminada, el sueño contenido, esperando que este hombre me iluminara las meninges y me agigantara el pensamiento. Una clase magistral impartida por este tipo con cara de profesor hueso. Pero lo que prometía ser un gran polvo se ha quedado en un gatillazo tan propio de nuestras edades, septuagenaria la suya, cuarentona la mía. Tras este diálogo sé que me voy a quedar como estaba, y que las grandes preguntas que tenía guardadas van a seguir igual, incontestadas y guardadas en el cajón. El resto de Michael H. sólo es el making off previsible de los actores cantando las virtudes, y del director orquestando alguna escena en el plató. 



            De otros cineastas no me importa su opinión sobre el ser y la existencia, porque sus películas son intrascendentes, o tan transparentes que  no necesitan preguntas posteriores. Pero Haneke es el tipo que siempre te deja pegado al sofá cuando salen los títulos de crédito, reconsiderando lo que has visto, tratando de comprender la intención oculta de los personajes. Mientras uno ve sus películas se siente incómodo y provocado. Hay que hacer gimnasia mental con las partes menos usadas del pensamiento, y te salen unas agujetas que tardan días en sanar. Las imágenes regresan, los diálogos resuenan, las interrogantes se multiplican...  Haneke da mucho juego en las conversaciones de los cinéfilos, porque cada uno sale de la película con su impresión y con su razonamiento, y todos parecen válidos en este mare ignotum de sus intenciones. Llevábamos años buscando un documental como éste, que nos guiara, que nos explicara, que nos hiciera la exégesis del cineasta de Viena. La Guía Básica de Haneke. La Carta de Haneke a los Cinefilocenses. Haneke explicado para Torpes. Algo así. Pero don Michael ha preferido no desvelar, no confesar, preservar el aura enigmática de sus películas, y de su propia alma. Quizá prefiere, como buen profesor, que sigamos discurriendo sus películas para encontrar la verdad por nosotros mismos. Quizá se tira el rollo para mantener una pose y un prestigio entre los culturetas. O quizá, quién sabe, ese día le dolía la cabeza, o le caía mal el entrevistador, o perdió su equipo por goleada y no le apetecía explayarse en consideraciones. Haría falta otro documental que explicara este documental: Michael H. II: las nuevas preguntas. Y que lo vayan acelerando, que el profesor se nos está quedando en los huesos, y con la barba ya toda nívea.



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Malditos vecinos. No passar mai de llarg, i servir per quelcom

Hoy tendría que escribir sobre Malditos vecinos, la comedia gamberra con la que termina este lunes anodino y melancólico, pero estoy vacío de ideas, y harto de que nadie se pase por aquí. Los interesados en la película habrán de buscar en otros foros. Los hay muy divertidos, de mucha cuchipanda y mucho rollo juvenil, que vienen al pelo para este desmadre de los universitarios y los porretas. Yo me he quedado en blanco, y estoy más que  negro. Ninguna chispa de humor va a salir esta noche de mis dedos, que cada vez son menos eléctricos y menos hábiles, si algún día lo fueron. 
       Hay trescientos días al año en que tal soledad me la trae al pairo, porque uno está aquí para entretener las horas mientras escucha música clásica o música de jazz. En eso soy como Charles Bukowski, salvando las oceánicas distancias. Si me tumbara en el sofá con los auriculares puestos me dormiría al instante. Tengo un cuerpo traicionero que aprovecha cualquier quietud para traspasar la frontera del sueño. Es un Houdini muy hábil, y muy hijo de puta. Te despistas unos minutos y de repente ya te ha metido en el otro lado, viviendo historias absurdas, saludando a los viejos fantasmas. Una pérdida de tiempo lamentable, porque mis sueños son muy entretenidos, pero nunca ofrecen la clave de nada. Son como martillos que vuelven una y otra vez sobre los mismos clavos.



            Yo no escribo: muevo los dedos sobre el teclado para que la realidad no se apague. Prefiero la vida al sueño, como cantaba Serrat, y lucho, a todas horas para contener sus ataques. Sentado aquí construyo diques, y cavo trincheras. Soy un soldado holandés de la Primera Guerra Mundial. Sin esta ocupación del diario me pasaría la vida durmiendo, o dormitando, o soñando que duermo. Nací cansado y estéril. Solo en las largas vacaciones saboreo el bienestar de los hombres despiertos, porque en ellas mato el sueño de tanto dormir. Lo aburro con su propio aburrimiento. Duermo tantas horas que él mismo me pide despertar, para tomarse un respiro. Pero luego, cuando  regresa el tiempo del trabajo, el muy mamón resurge de sus cenizas, como el Freddy Krueger de las películas de terror, Y es como un polluelo que no cesa de piar, como una mujer que no para de hablar, como un niño malcriado que no para de dar por el culo con el tambor de hojalata. Así que escribo, y escribo, en las horas más derrumbadas del día, cuando el cansancio traidor abre portezuelas en la fortaleza. No escribo para ser leído, sino para ordenar las ideas mientras escucho música, pero hay sesenta y cinco días al año en que me gustaría no pasar más de largo, y servir para algo, como cantaba Serrat. 

No passar mai de llarg
i servir per quelcom


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The kings of summer

Los adolescentes españoles, cuando se fugan de casa, apenas tardan dos días en regresar al hogar. Cualquier castigo es bueno si por la noche aguarda la habitación de siempre con la cama querida. Mejor la esclavitud confortable que la libertad incierta. Los adolescentes americanos, en cambio, se piran de casa y ponen a la policía en jaque durante semanas, o durante meses. Algunos no regresan nunca, y terminan enrolados en la marina mercante, o tirados en las esquinas de Nueva York, o fumando porros en las playas de Indonesia. Ellos tienen la cultura del colono, del aventurero, del tipo seguro de sí mismo que se va a comer el mundo sólo por llamarse Tim y llevar un pin de la bandera en la solapa. Pero la diferencia fundamental con los españolitos es que ellos, además, aprenden desde muy jóvenes a manejar herramientas, y eso les permite enfrentarse al mundo con una autosuficiencia desconcertante. Aquí, en España, sólo en los garajes de los moteros se ven esas panoplias de herramientas que en América son tan comunes como los frigoríficos o los televisores. Los okupas ibéricos se instalan en los pisos abandonados y no saben cambiar las bombillas, ni desatascar retretes, ni arreglar los enchufes.  En América todos los padres son unos tipos exigentes  que obligan a sus retoños, desde que son muy pequeños, a cortar el césped, a construir pajareras, a arreglar el grifo goteante de la cocina. A bucear con criterio en los intestinos de los coches, antes incluso de aprender a conducirlos. Mientras nuestros chavales juegan al fútbol y matan gatos a pedradas, los pequeños yankees aprenden las destrezas indispensables de la supervivencia. No es casualidad que allí se crearan los dibujos animados de Manny Manitas, un chavaluco de primaria que después de hacer los deberes se dedica a hacer chapuzas en el vecindario, y que mientras trabaja habla con sus íntimos amigos, el serrucho y el martillo. 




            En The kings of summer, que es la película que americana  nos ocupa en este Día de la Raza Española, un trío de adolescentes inadaptados deciden pasar el verano en un claro del bosque, aislados de las familias que los mangonean, de los compañeros que se pitorrean, de las chicas que nunca les besan. Como son americanos de Ohio y no españoles de Moratalaz, mangan unas maderas y unos clavos y construyen una cabaña funcional en un periquete. Una vez instalados, todo es coser y cantar: ellos saben encender fuego, cazar conejos, proveerse de agua, afeitarse los cuatro pelillos de la barbilla con los cuchillos. En realidad viven a pocos de kilómetros de su pueblo, pero como la película va mitad en serio y mitad en broma, los policías son un par de tontainas que siempre siguen la pista falsa. Tampoco sus padres se toman con mucha histeria la situación. Es obvio que ningún psicópata ha secuestrado a sus hijos, porque con las herramientas y las latas de conserva han desaparecido, también, los dólares que guardaban en el tarro de cristal cuando decían córcholis y mecachis. Así que los chavales tienen todo el tiempo del mundo para hacer el indio, para hacerse hombres, para fortalecer la autoestima que los hará triunfadores de la vida.  Hasta que la chica de turno averigüe su escondite y se presente allí cual manzana con dos peras de la discordia. De nuevo Eva, terminando con el paraíso. Con serpiente incluida…


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Cotton Club

Tenía doce años cuando vi por primera vez Cotton Club. Recuerdo que fue en León, en el cine Abella, que era propiedad de la empresa Fernández Arango, donde mi padre trabajaba. Los empleados recibían un sueldo de miseria, pero disponían de pases gratis que podían regalar a familiares y conocidos. Los pocos amigos que hice en la infancia los conseguí gracias a estos pases gratuitos, que además eran dobles. Otros tenían piscinas, vídeos VHS, balones de reglamento... Más tarde, en la época de las chavalas, ninguna de ellas quiso acompañarme. Mis cinefilias eran extrañas; mi conversación, lamentable; mi apariencia, de gilipollas. Pero nada de eso era innegociable. Yo lo hubiese cambiado todo por un beso. Hasta de nombre me hubiese mudado. Treinta años después seguimos igual, pero ya sin empresa Fernández Arango, sin cines de León, sin invitaciones dobles que compartir. Sin chicas guapas a las que camelar. Sin padre.




M amigos y yo flipábamos con Cotton Club porque habíamos visto los afiches en las vitrinas de Próximos Estrenos, y allí salían gángsters del sombrero borsalino repartiendo tiros a mansalva desde los coches Ford. Éramos muy jóvenes para saber quién era Francis Ford Coppola. Si nos hubiesen preguntado en aquel momento, hubiésemos respondido que el inventor de los coches, seguramente. Nada sabíamos de El Padrino ni de Apocalypse Now. Nos interesaba la película porque se veían tiros y muertos, escorzos y metralletas. Éramos así de primarios y de salvajes. Luego nos llevamos un chasco morrocotudo: Cotton Club, más que una película de cine negro, era un musical de los locos años 20, con tipos bailando el claqué, orquestas de jazz alocadas y cantantes negras desgañitándose las cuerdas vocales. Y entre canción y canción algún tiro, algún taco, muchos besos entre la pareja protagonista. Nuestra decepción fue absoluta. Los afiches nos habían engañado por completo. Fue, quizá, nuestra primera experiencia de consumidores estafados. Éramos tan jóvenes, tan niños, que ni siquiera salimos del cine enamorados de Diane Lane, que vista ahora, con estos ojos de viejo verde, es una de las mujeres más hermosas que uno recuerda. Ni un estremecimiento del escroto lampiño sacamos de aquella tarde amarga. Creo que luego nos fuimos al videoclub, a alquilar una de Chuck Norris, para matar el gusanillo. 


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Guerras sucias

            Había leído en algún sitio que Guerras Sucias era un documental de grandes revelaciones sobre las acciones secretas del ejército estadounidense. Jeremy Scahill, periodista de investigación que se juega el pellejo en las guerras más peligrosas, que mete la cámara en las balaceras o entrevista a líderes muyahidines en sus covachas, prometía dejarnos patidifusos con sus pesquisas sobre el JOSC (Joint Special Operations Command), un top-secretísimo cuerpo de élite que desayuna Navy Seals por la mañana y usa a los Rangers de mayordomos en sus campamentos. Unos soldados de la hostia, como se ve, que se dedican a realizar acciones encubiertas por todo el mundo, fulgurantes y silenciosas. En sus mapas no existen las fronteras ni los acuerdos internacionales. Tampoco existen los límites morales en sus manuales del oficio: como vemos en el documental, son capaces de asesinar a una pandilla de adolescentes sólo porque en ella va el hijo de un muyahidín, o de cargarse a dos mujeres embarazadas en las montañas de Afganistán  porque comparten tienda con el hombre objetivo. Para qué hacer distingos, si con la misma bomba, o con la misma ráfaga de metralleta, podemos acabar antes para subirnos al helicóptero y ver la Superbowl vía satélite.



Los JOSC a veces se equivocan, porque en el fondo son humanos, y todavía no han completado su metamorfosis en robocops. Matan a un tipo inocente que se parecía mucho al señalado, o bombardean una casa que hace meses abandonaron los supuestos terroristas. Como son americanos y cojonudos se equivocan lo justito, y además nadie se entera después. Y si se entera, lo matan. Si fueran un cuerpo de élite del glorioso ejército español se equivocarían casi todas las veces, de objetivo, de fecha, de pueblo, y acabarían cargándose a su propio comandante, o pegándose un tiro en el pie. El salgento Arensivia y sus aguerridos muchachos...




            El problema de Guerras Sucias es que todo esto ya lo sabíamos o lo sospechábamos. Es como si repitiéramos curso por segunda vez y nos enseñaran las mismas lecciones y las mismas diapositivas. No es ningún secreto que los americanos son los dueños del mundo, los macarras del barrio, los chulos de la fiesta, y que siempre hacen lo que les viene en gana. Y que si alguien protesta y les pone un petardo bajo la ventana, pronto recibe la visita de unos matones superentrenados que llevan trajes de un millón de dólares y son capaces de arrancarte la cabeza de un pollazo. Scahill nos cree ignorantes de una verdad que hasta los más lerdos ya conocen. Incluso los tarados que participan en Gran Hermano conocen esta triste realidad. Scahill nos pone músicas, nos enseña crímenes, nos señala a responsables con el dedo. ¡Indignaos!, parece gritar. Pero los espectadores ya estamos hartos de indignarnos. No sirve para nada. Sólo queremos que nos entretengan, y que nos dejen tranquilos. A Scahill le agradecemos el esfuerzo y la valentía, pero nos hemos quedado como estábamos. Se ha jugado el pellejo en esos países misérrimos para nada. El día que nos demuestre, como sospechamos unos cuantos, que Al Qaeda no existe, y que sólo es un invento de los americanos para justificar sus tropelías por Oriente Medio, que nos avise. Ahí sí que abriremos los ojos, y destaponaremos los oídos.


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The normal heart

Hubo un tiempo, a principios de los años ochenta, cuando los primeros enfermos empezaron a morirse en los hospitales, que el SIDA careció de un nombre oficial. Era una enfermedad nueva, extrañísima, nunca vista en el occidente civilizado. Ni siquiera estaba muy claro su origen o su vector de transmisión. La expansión de la enfermedad cuadraba con la hipótesis de un virus contagioso, pero más allá de eso todo eran hipótesis y tinieblas. Dentro del despiste generalizado, en Estados Unidos hizo fortuna el acrónimo GRID: Gay-related immune deficiency. Una cosa de maricones, vamos. Aunque los investigadores sospechaban que el virus podía transmitirse igualmente por vía heterosexual, era entre los homosexuales donde el bicho se expandía con mayor rapidez, y provocaba las muertes más sonadas. Los médicos sabían que en África pululaba un virus similar que provocaba una muerte indistinta entre hombres y mujeres, pero tardaron varios meses en atar cabos. Unos meses fatales para la comunidad gay. El "cáncer rosa", anunció la prensa americana en sus titulares más truculentos, porque además, para más inri, a los enfermos les salían unas manchas sonrosadas en la piel que eran como una burla y un estigma, y los homófobos, y los sacerdotes, y los telepredicadores, y las amas de casa que presidían los comités de buenas costumbres, aprovecharon la coyuntura para cargar contra el pecado nefando. Llevaban siglos esperando una oportunidad así, desde los tiempos de las plagas de Egipto, y no la iban a desaprovechar. Afirmaron que era una lacra merecida, una penitencia adecuada para los renegados del Señor. Luego, para no parecer demasiado inhumanos, decían que se compadecían de los enfermos, que rezaban por ellos, que una cosa era el justo castigo y otra la caridad cristiana que ellos exudaban por cada poro. Sin embargo, cuando aseguraban tales cosas, no podían evitar un brillo maligno en los ojos que delataba su íntima satisfacción. Se les veía orondos y satisfechos. Ni un brote de verdadera humanidad crecía en sus discursos impostados. Ellos estaban a la derecha de Dios Padre, muriéndose de la risa, a salvo de este nuevo jinete del Apocalipsis que llevaba el ojete bien servido. Los maricones sufrían los tormentos del infierno sentados muy a la izquierda, allá a tomar por el culo, tan lejos que no podían oírse sus gritos de ayuda.



            The normal heart es la película, premiadísima, pero muy aburrida, que cuenta ese grito desesperado de la comunidad gay en los primeros meses de mortandad. Corre el año 1982, en Nueva York, y ya es muy raro el hombre homosexual que no tiene un amigo enfermo, o moribundo, o directamente muerto, con muchos kilos de menos y unas ronchas malignas en la piel que los especialistas llaman sarcoma de Kaposi. Los médicos no saben qué hacer con estos pacientes, más allá de administrarles aspirinas y cuidados paliativos. Unos opinan que hache y otros que be. Para aislar el virus y empezar a trabajar en una vacuna se necesitan muchos millones de dólares, que los políticos del momento no están dispuestos a soltar. Todos quieren ganar las próximas elecciones, en el ayuntamiento, en el condado, en el Estado, y saben que dedicar dinero a la enfermedad de los maricas les hundirá en las encuestas. Los americanos decentes, como los españoles decentes, son los que nunca faltan en las urnas. La chusma progresista siempre se queda en casa, quejándose de la lluvia, del frío, de la inoperancia de la democracia. El asunto del GRID es tóxico para los gobernantes. Incluso para los que son homosexuales pero viven encerrados en el armario. Piensan que por ser más ricos o más poderosos nunca les va a tocar el virus. Ellos dan por el culo con otro estilo, con otra clase. Eyaculan en rectos de alta alcurnia, garantizados de serie contra el contagio de la enfermedad. 



            Meses después, cuando los muertos ya se contaban por miles, y la epidemia acojonaba incluso a los más casos cristianos, fueron los científicos franceses del Instituto Pasteur los que dieron con el virus. Los franchutes devolvían a los americanos el favor de las playas de Normandía.
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El espíritu del 45

En 1945, al terminar la II Guerra Mundial, los británicos supervivientes le perdieron el miedo a la muerte. Los que se quedaron en casa sufrieron cinco años de bombardeos continuos; los que pelearon en Europa o en el Norte de África vieron pasar las balas a escasos centímetros del corazón. Unos y otros quedaron curados de espanto. Una vez recobrada la paz, decidieron que nada ni nadie les iba a privar de la buena vida que sin duda se merecían. Entre las ruinas de las ciudades derruidas votaron al Partido Laborista, y se olvidaron durante unos cuantos años del gran héroe de guerra, Winston Churchill, que con sus méritos y sus grandes frases seguía siendo un burgués muy proclive a los ricos y los poderosos. Las clases medias y trabajadoras decidieron montar una sociedad nueva, igualitaria, de riquezas repartidas y derechos sociales garantizados. Un socialismo estatal que regulara los excesos de la economía capitalista. Ningún ejército, ningún cuerpo de policía, ningún contubernio de lores reunidos en un castillo se atrevió a contradecir sus intenciones. El populacho venía de pelear en una guerra, y caminaba soliviantado y enardecido. Los mineros, los obreros, los ferroviarios, los estibadores, todos ellos habían aprendido a combatir y a organizarse. Tampoco eran, además, unos rojos que pretendiesen expropiar las mansiones y sodomizar a los sacerdotes anglicanos. Ellos y sus mujeres sólo pedían una vivienda digna, una sanidad universal, una escolaridad decente para sus hijos. Querían vivir bien, no hacerse ricos. 



            En el plazo de muy pocos años, para construir este  Estado del Bienestar que ya disfrutaban los escandinavos de más arriba, los británicos nacionalizaron los recursos energéticos, las redes de transporte, los servicios postales. Crearon un Sistema Nacional de Salud y un Ministerio de la Vivienda. De la noche a la mañana, los trabajadores británicos dejaron de ser esclavos y se volvieron ciudadanos dignos. Con las necesidades más elementales cubiertas por el Estado, le dedicaron tiempo al ocio, al amor, al mero placer de vivir. El sueño duró treinta años. Los que habían luchado en la guerra o soportado los bombardeos murieron, o se hicieron mayores. Las generaciones que vinieron después no supieron valorar el esfuerzo de sus padres, y llegaron a pensar que el bienestar era una cosa que se daba por supuesta, que venía de serie en las disposiciones de la vida. Que los ricos, recluidos en sus mansiones y en sus cacerías del zorro, se habían rendido a la evidencia de una sociedad más justa y productiva. Se equivocaron de half a half. Engañados por los fantasmas del comunismo y del despilfarro, muchos incautos y muchos mamones votaron a Margaret Thatcher en el año 79 y firmaron el acta de defunción de los buenos tiempos. Maggie era el bulldog de las clases pudientes, la espada flamígera de su venganza contra los pobres. Los plebeyos llevaban treinta años jugando en el jardín trasero, y ya era hora de que alguien les pateara el culo y les dijera cuatro cosas bien dichas: que eran unos vagos, unos alcohólicos, unos piojosos, unos delincuentes. Nada más llegar al poder, Maggie sacó las tijeras del costurero y se puso a recortar como una loca. Juntó a varios lores y a varios neoliberales en una mesa del Monopoly y en un par de tardes se repartieron todos los servicios que prestaba el Estado. Para enriquecerse a costa de la chusma todo lo volvieron más caro y de peor calidad. Maggie, designada por las urnas, se partía el culo de risa en el número 10 de Downing Street. Las carcajadas podían escucharse desde el otro lado del río Támesis. Todavía resuenan, escalofriantes, entre las ruinas de los servicios públicos.
            Esto es, más o menos, lo que viene a contar Ken Loach, el bendito Ken Loach, en su documental El espíritu del 45. Imprescindible. Impagable. Dan ganas de llorar, y de liarse a hostias con unos cuantos. 


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Alabama Monroe

En la guerra sin cuartel que desde hace siglos enfrenta a los pobres contra los ricos, nosotros, los desheredados, sólo hemos podido combatir con las armas de la revolución violenta. Los derechos que hemos adquirido con el tiempo, y que ahora tratan de arrebatarnos estos hijos de puta que nos gobiernan, se lograron en el cuerpo a cuerpo de la huelga o de las barricadas. Ni una sola concesión importante fue arrancada en las conversaciones civilizadas o en los parlamentos de los burgueses.  Todo se logró asaltando palacios de invierno o tirándose al monte con las guerrillas. Como no disponemos de más medios que la cabezonería y la fuerza bruta, nosotros, el lumpen, hemos emprendido batallas que se diferencian muy poco de aquella de 2001, cuando los monos luchaban por el agua de la charca golpeándose el pecho y blandiendo el hueso.



            Los ricos, en cambio, son mucho más sofisticados a la hora de asesinarnos. Cuando deciden exterminarnos en masa, montan unas guerras de mucho ejército y mucho armamento, y en vez de bajar ellos mismos al fango de la trinchera, convencen a los pobres de su país para que peguen los tiros. Les dicen que el vecino de enfrente se come niños, o viola mujeres, o tiene una piel oscura que es síntoma inequívoco de tratar mucho con el diablo. Son muy inteligentes y muy ladinos, los ricos de cualquier época y de cualquier condición. Cuando las grandes guerras ya han producido los efectos deseados en la demografía, los ricos pasan al plan B del genocidio, y empiezan a asesinarnos con los métodos indirectos, que apenas acaparan titulares en los periódicos y menciones en los libros de historia. Le quitan un tanto por ciento a los presupuestos de Sanidad y se cargan a unos cuantos de miles de revolucionarios en potencia. A ellos la sanidad pública les da lo mismo, porque tienen sus hospitales privados para los achaques cotidianos, y los hospitales de Estados Unidos para cuando las cosas vienen muy jodidas. Para que los mataderos -perdón, los hospitales- no se queden sin clientela, le pegan un tijeretazo a las ayudas sociales, a los subsidios del paro, a los sueldos de los funcionarios. Dejan que las empresas contaminen, que los alimentos se envenenen, que  el medio ambiente se degenere. Así la gente come peor, vive peor, enferma peor. El que no se muere de un cáncer morirá poco después del hastío, o del estrés, cuando un infarto de agotamiento se lo lleve por delante. Antes habrá dejado sus mejores años en los trabajos esclavos que sostienen el sistema. Y la rueda gira, y sigue girando...




            Los ricos, para darle continuidad a este holocausto silencioso, han emprendido una guerra paralela contra los avances científicos. Los tipos de las batas blancas, dejados a su libre albedrío, y dotados de fondos suficientes, acabarían con los malestares del proletariado en el plazo de unas pocas décadas. Y eso no lo pueden permitir. Pero tampoco quieren, claro está, perderse las ventajas de los nuevos tratamientos que van surgiendo. Son ricos, pero también son humanos, y más tarde o más temprano enfermarán de los mismos males. Es por eso que de puertas afuera berrean contra la ciencia, porque aseguran que va en contra de la voluntad de Dios, pero luego, entre bambalinas, incorporan las terapias a sus hospitales privados y pagan un huevo por ellas. Entre otros asuntos problemáticos está el de la terapia con células madre. Hablan de asesinato de embriones, de genocidio de nonatos, de crímenes horrendos cometidos en la cárcel de las probetas. Pero eso lo dicen cuando el enfermo es pobre. Cuando el afectado es rico y poderoso, apelan al derecho inalienable de la curación personal. Pro-vida de los demás, en el primer caso; pro-vida de uno mismo, en el segundo. Son, como ya dije, unos auténticos hijos de puta. 



            En Alabama Monroe, que es la película que nos ocupa, la hija de la pareja protagonista enferma de un cáncer precoz que sólo las células madre podrán curar.  Aunque es hija de dos desclasados, tiene la suerte de haber nacido en Bélgica, que es territorio europeo y civilizado, y podrá acceder a la terapia sin que las tablas de la Ley caigan sobre el tejado del hospital. Pero el tratamiento será costoso, incierto, problemático, porque los avances verdaderos se cuecen en Estados Unidos, y allí, amenazados por los legionarios de Dios, los científicos sufren una zancadilla tras otra. El destino de esta niña, y de otras miles como ella, está en manos de estos pirados que blanden la Biblia como si fuera una ametralladora. De hecho, asesina con la misma eficacia. 


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