Freaks and Geeks reloaded

Uno pensaba que A., mi hijo, cuando se perdiera en el mundo de sus colegas, reservaría tiempos compartidos para seguir viendo películas. Pero no me ha dejado ni las migajas del segundero. La semilla del cine, que uno creía arraigada en él,  está desecada, o hibernada, o yo que sé. Unos días por esto y otros días por lo otro, A. se escaquea del sofá para refugiarse en su habitación, a meter goles con el Ronaldo del FIFA, a matar soldados en paisajes desolados, a contar por WhatsApp que se está rascando el huevo izquierdo y ha dejado tranquilo el derecho. Lo cuento con un poco de acritud porque llevo encima la decepción del cine solitario, pero en el fondo lo comprendo. Que tire la primera piedra el que no renegó tres veces de sus padres antes de que cantara el gallo, y comenzara la edad del pavo. No es culpa de él, como no fue culpa mía, ni culpa de ustedes, sino de las putas hormonas, que son como una pandilla de motoristas drogados recorriendo las carreteras del sistema circulatorio. Allí donde entran todo es músculo y bronca, machoterío y poca sesera. Luego hay chavales que se recuperan de la tontería y vuelven a ser reconocibles y cercanos; otros, en cambio, que ya venían tarados de serie, se quedan para siempre en el mundo de los descerebrados, y nunca vuelven a hablar como personas normales, ni a razonar como miembros de la especie. Uno, mientras tanto, en la tensa espera de los años, cruza los dedos y reza salmos en noruego a los dioses nórdicos.



            Hoy, sin embargo, por causas que todavía no me han sido reveladas, A. ha solicitado permiso para sentarse en el sofá de los cinéfilos. Quería ver los primeros episodios de Freaks and Geeks, que tantas veces le ponderé en los buenos tiempos. Algo le ha sucedido en sus convivencias del instituto que quiere verlas reflejadas en la serie de los chavales americanos. Me dio como un subidón, como una alegría, pero tuve que confesarle, antes de tenerlo atado en corto, que Freaks and Geeks, en la República de España, sólo existe en versión subtitulada. Y que él, que no ha leído un subtítulo en su vida, sólo los que ponían en las canciones de Los Simpson, podía renunciar libremente a la serie. Para mi sorpresa, se encogió de hombros y dijo que bueno, que vale, que así practicaba el inglés de sus estancias en la pérfida Albión. Está irreconocible de nuevo, pero esta vez para bien, o al menos para mi bien. Con la serie ya en marcha le he visto enchufado, atento, sonriente cuando tocaba y pensativo cuando era menester. En los planos más cortos de Linda Cardellini se podía cortar la tensión sexual en el ambiente, ambos enamorados de esta chica majísima con cara de ángel. Le han gustado las andanzas inocentonas de los freaks y de los geeks, pero flota en el aire la incógnita del retorno. Habrá un tercer episodio, pero no sé dónde, ni cuándo. Quizá mañana mismo, quizá dentro de unos meses. Para él, atrapado en el tiempo denso de la juventud, serán como años; para mí, embalado en el descenso hacia la nada, serán como segundos. 


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Infiltrados

Siempre he tenido el convencimiento, desde los tiempos escolares, desde la infancia cumplidora con los mayores, de que se me reconocían méritos que yo no tenía, y que, por contra, se me negaban cualidades que yo estaba seguro de poseer, pero que nadie sabía apreciar. Me gané fama de inteligente, cuando sólo era trabajador; de responsable, cuando sólo era obsesivo; de formal, cuando sólo era un tímido patológico. Pensaban, en cambio, que me vencía la ira cuando sólo buscaba la justa venganza; que me vencía la pereza cuando sólo era la sinrazón de persistir. Que era un incapacitado físico cuando en realidad me pasaba el día persiguiendo balones por los patios y los parques. La gente me veía como vuelto del revés, como presentado en negativo, como mal interpretado por un traductor tontaina de la realidad. Quizá por eso, porque también he sido un meritorio olvidado y un incapaz laureado, no me sorprendió gran cosa que Martin Scorsese, el genio incomprendido de las obras maestras, fuera reconocido finalmente por una de sus películas menores. Cuando mejor lo hizo, en Uno de los nuestros o en Toro salvaje, menos caso le hicieron. Y aquí, en Infiltrados, que despacha una película casi de compromiso, con una  trama liosa de policías malosos y maleantes decentes, le llueven los honores que antes le denegaron. Ni el mismo Scorsese, si uno se fija bien en las imágenes de entonces, se creía los premios cuando salía a recibirlos: se le nota la extrañeza en la cara, y el descreimiento en la sonrisilla. Porque él mismo, antes que nadie, sabía bien donde estaban sus verdaderos méritos. Siete años después, tras tomarse unos cuantos respiros, volvió a la senda de las grandes películas con El lobo de Wall Street, y de nuevo, para no romper este camino de la sinrazón y de la interpretación torcida, los encargados de premiar volvieron a negarle los galardones más altos, y los adjetivos más jugosos. 


           


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El truco final

Se me ha vuelto a quedar cara de panoli cuando termina El truco final y aparecen los títulos de crédito sobre el fondo negro de mi confusión. En este segundo intento de comprender el intríngulis de El Hombre Transportado, uno había preparado el salón para que nada pudiera interrumpir la sesión de magia con Christopher Nolan. Uno se repantigó en el sofá ya cenado y bebido, meado y cagado. El teléfono, apagado; la ventana, sellada; la familia, marginada. Rebecca Hall y Scarlett Johansson, que danzan por la película tratando de despistarme con sus encantos femeninos, visten esos ropajes del siglo XIX que me anestesian la líbido y me dejan tal como estaba, con la decadencia fálica de un jueves laborable. Nada, pues, va a distraerme del artilugio eléctrico, del personaje escondido, de la tramoya oculta bajo el escenario de los magos. Más que ojos abiertos, tengo párpados grapados a las cejas con artilugios sacados de La naranja mecánica. Me escuecen los ojos de tanto mirar sin que las córneas se lubriquen. He tomado dos cafés, dos coca-colas, un paracetamol para despejar cualquier sensación molesta de la cabeza. He adelantado una hora mis hábitos nocturnos para que el sueño, cuando llegue, lo haga ya con la película vencida, y la victoria cognitiva metida en el zurrón. Mis neuronas, esta noche, son un campo abonado para la comprensión del misterio. 



            Noto, en los primeros compases de la película, que mi inteligencia está alcanzando su velocidad punta. Que no es mucha, pero sí inusual y sorprendente. Parece ágil y despierta; chispeante, incluso, en algunos asuntos primordiales de la trama. Pero tampoco quiero engañarme, ni engañarles a ustedes: es la segunda vez que veo El truco final, y algunas comprensiones decisivas se las debo más a mi memoria que a mi inteligencia de hombre menguado. De todos modos voy avanzando, adivinando, sorteando las trampas sencillas que Nolan y sus guionistas me tienden al principio. Me siento capacitado, esta vez sí, para deshacer el nudo gordiano de la trama: la máquina de Nikola Tesla, allá en las montañas de Colorado Springs, con sus rayos eléctricos que tal vez sí, o tal vez no, o tal vez a ratos, obran el milagro de la impresión en tres dimensiones. Llego pletórico, subido de ánimo, a la parte crucial de la película. Hacía meses, años incluso, que mi cerebro no carburaba con esta limpieza, con esta eficacia.  Pero en un momento dado, al doblar la esquina de un diálogo, o de una aparición inesperada, me veo de nuevo perdido en la inmensidad del desconcierto. ¿Quién coño era, realmente, el que presentaba, el que desaparecía, el que volvía a aparecer en el escenario? ¿Quién el que moría, o el que no moría, o el que luego resucitaba? Demasiadas interrogaciones que van cayendo sobre mi cabeza como cagadas de paloma. Baldones sobre mi honor de antiguo cinéfilo espabilado. Derrotado, he venido a los foros de internet para que la inteligencia de los demás guíe a la mía por el laberinto. Pero descubro, con cierto regocijo, que la peña también camina algo confundida. Hay teorías sobre El truco final que parecen incuestionables hasta que lees otras que las refutan argumento por argumento, y así sucesivamente. Ninguno de los espectadores parece tener la razón absoluta. Pero ellos, al menos, tienen argumentos, cosa que ya no crece en mis invernaderos cerebrales. No hay más cera que la que arde, ni más sinapsis que las que conectan. 


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Antes del anochecer

El personaje de Julie Delpy en Antes del anochecer se ha convertido, como nos temíamos, en una arpía cuarentona y venenosa. Las arrugas que nueve años atrás se le formaban en la frente cuando forzaba las expresiones, ahora ya son permanentes y profundas, como surcos en el huerto donde cultiva su plantas carnívoras. Los expertos dicen que es la falta del colágeno, pero lo que asoma en realidad es el alma podrida, que se apodera de las facciones. En sus discusiones con Jesse se ha vuelto vitriólica e hiriente. Ahora que ya tiene dos hijas, y que su deseo sexual se enciende sólo una vez cada mes, el hombre del pene enhiesto se ha convertido en un estorbo, en un fastidio cotidiano. Ha tardado dieciocho años en comprender que la verborrea de Jesse sólo era la triquiñuela del macho que se pavonea. Una estrategia evolutiva que iba  ablandando su voluntad durante el día para luego acceder a su coño por la noche. Ahora que lo ha visto claro, su compañero le parece un fantoche con muy poca gracia, que sólo dice majaderías y cosas sin sentido. Le dice que ya no le quiere, que el tiempo pasa, que los sentimientos se transforman, pero en realidad ya no soporta esa polla cotidiana que busca adentrarse en la cueva de acceso restringido.



             Julie Delpy, la actriz, ha envejecido en estos nueve años lo que no envejeció en los nueve anteriores. Las dimisiones de su cuerpo han tenido que multiplicarse por dos para ponerse al día con el calendario. Las encías, que yo temía retraídas y roñosas, permanecen estables y sonrosadas, y mantienen intacto el deseo de seguir besando a tan hermosa mujer. Pero el resto de sus facciones, y de sus molduras corporales, batalla duramente por mantenerse en pie, cediendo terreno en algunas colinas estratégicas. Ocurre, además, que Antes del anochecer transcurre en el paisaje de  la costa griega, y luz del verano mediterráneo todo lo enseña y todo lo descubre, embelleciendo las juventudes y delatando las decadencias. Y así, expuesta al escrutinio inmisericorde de los fotones, sin las armas del maquillaje o de las penumbras, Julie Delpy se nos muestra tal como es, por fin terrenal e imperfecta. Sigue siendo, no obstante, una mujer muy hermosa, hermosérrima, como cantaba Javier Krahe, porque quien tuvo retuvo, y a su edad provecta de los cuarenta y pico años, otras ya se han retirado a los cuarteles de invierno para lamerse las heridas.



            El resto de la película, para quienes venían aquí buscando un análisis profundo de los diálogos, es pura cháchara que los cuarentones y vecinos de más arriba nos sabemos de pe a pa. Lo que dicen Jesse y Celine es enjundioso e interesante, no voy a negarlo, pero uno ya no está para estas sesiones de introspección. Las verdades incómodas viven encerradas en un almacén donde no pueden verse ni oírse, y estos dos plastas no hacen más que entrar allí, a revolver los trastos, como niños malcriados. Seinfeld y sus amigos, sin ir más lejos, vienen a contarnos la misma tragedia sentimental del hombre moderno, pero lo hacen con ironía, con esperpento, porque la misma vida, al final, es un sainete muy poco trascendente. Jesse y Celine son tan francos y directos que sólo pueden provocar el recelo, y el bostezo. Profesores pelmazos subidos a la tarima. En aquellas fiestas nocturnas que montaba Jep Gambardella en su terraza de Roma, Jesse y Celine serían expulsados al cuarto de hora de parloteo. A ningún decadente le gusta que le anden recordando su decadencia. El fin del amor, la pérdida de facultades, el alejamiento de los hijos... Riámonos de la vida y hablemos de fútbol, y de hermosas mujeres.


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Antes del atardecer

Nueve años más tarde, en el atardecer romántico de París, Julie Delpy sigue siendo la francesa más hermosa que pasea junto al Sena. Está más delgada que en aquel amanecer apasionado de Viena, más mujer y menos primaveral. Cuando sonríe, o cuando finge que se enfada, le salen unas arrugas en el entrecejo que delatan sus treinta y tantos veranos de estancia en la Tierra. Temo que en la tercera película, la del anochecer en la costa griega, Julie ya no sea la mujer que yo siempre amé. Quisiera equivocarme, pero esas arrugas vaticinan su próxima conversión en bruja malhumorada. Es el destino fatal de todas las mujeres, cualquiera que sea su hermosura o su talante. Es cosa de los estrógenos, y del estrés. A Julie, además, se le ven las encías cuando sonríe, y aunque eso ya le ocurría en la primera cita con Jesse, aquellas encías sonrosadas hacían juego con sus labios de gominola, y de rosa en rosa yo me perdía alegremente en su jardín. Pero los años no pasan en balde, y mucho menos para las encías, y tal vez en la próxima película, cuando Julie sonría de felicidad, yo, en mi sofá, pegue un respingo de espanto y se rompa el encantamiento que me mantuvo enamorado de ella durante veinte años. 



            Mientras yo me solazo en la belleza de Julie Delpy, los dos amantes siguen parloteando, incansables y verborreicos, sobre los avatares de la vida. Ahora tienen treinta y tantos años, viven con parejas estables, han sufrido las primeras decepciones que ya no tienen vuelta atrás. Pero siguen siendo, en el fondo, los mismos triunfadores de la vida. Se mantienen guapos, en forma, optimistas. No conocen las canas, las lorzas, las primeras averías del quirófano. Se han llevado los batacazos inevitables, pero ni uno más. En estos nueve años transcurridos desde que bailaron el vals,  han seguido follando como conejos, y no han parado de viajar por el ancho mundo, él promocionando sus novelas, ella fomentando el desarrollo sostenible en las economías tercermundistas. Son esbeltos y guays, atractivos y resolutos. No sueltan ningún taco cuando hablan, ni un triste córcholis, ni un inocente cáspita, y eso sólo se consigue desde la paz interior, desde el convencimiento de los argumentos, desde  la atalaya de saberse interesantes y guapos y no necesitar de exabruptos para llamar la atención. Uno, derrumbado en el sofá, entiende sus problemas y sus inquietudes, porque hace tiempo transitó por esa edad y sabe bien de lo que hablan: del tiempo que se acelera, del matrimonio que se fosiliza, de la batería que se agota. Pero no siento empatía por ellos: Jesse y Celine son demasiado ajenos a mi mundo, a mi experiencia. Si algún vez, en mi juventud, conocí a personas vip que se les parecían en algo, ahora viven en Madrid, o en Nueva York, triunfando con los ordenadores, o estafando a los pobres en oficinas acristaladas. Yo soy plebe, y vivo con la plebe. Aquí, en la provincia, vemos fútbol, trasegamos cañas, cultivamos la barriga, decimos "hostia" y "mecagüen la puta" a todas horas. Nuestras mujeres, las queridas y las que no, se han convertido en arpías prematuras que pierden el tiempo en Tele 5 y en la peluquería del barrio. Ningún hombre escribe novelas por aquí, ni nadie las iba a leer; ninguna mujer, preguntada a la salida del supermercado, entendería  la expresión "desarrollo sostenible". Los Jesses y las Celines, vistos desde la penumbra de mi salón, parecen extraterrestres, seres humanos de otro planeta, de otra existencia.


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Antes del amanecer

La primera vez que vi Antes de amanecer yo tenía la misma edad que sus protagonistas, y atendía sus diálogos como quien está compartiendo un café interesante con los amigos, una escapada juvenil por la noche loca de Viena. Me sentía partícipe de una película escrita para la gente de mi generación, aunque Ethan Hawke y Julie Delpy fueran guapos, cosmopolitas, plurilingües, viajaran por el mundo en aviones y trenes que pagaban sus papás millonarios, mientras que yo, en la sala de cine de Invernalia, seguía siendo feo, provinciano, únicamente hablador del castellano, y nunca hubiera viajado más allá de Barcelona, que ya por entonces parecía un territorio extranjero y mucho más civilizado.



            Mientras duró la proyección mantuve los ojos bien abiertos, y las orejas bien estiradas. Quería aprender los secretos de estos triunfadores de la vida, que estudiaban en universidades cojonudísimas, tenían examores de altos vuelos y eran capaces de superar cualquier contratiempo con una sonrisa en la cara y un morreo sin halitosis a orillas del Danubio. Hawke y Delpy, en su recorrido nocturno de la Viena enamorada,  filosofaban sobre el compromiso, sobre el arte, sobre el tránsito leve de la vida, y yo apuntaba mentalmente algunos diálogos para luego soltarlos en mis círculos ibéricos, mucho menos sofisticados por estar a orillas del Bernesga, a ver si picaba alguna chica vestida de gris. De lo que contaba el personaje de Hawke me iba enterando más o menos, pero de lo que decía ella, Julie Delpy, no entendía realmente ni papa. Porque Julie era la mujer más hermosa que yo había visto jamás, la traducción exacta de mis sueños hablados en jerga onírica, y cuando aparecía en pantalla, yo me recreaba en ese rostro que era sin duda el de los ángeles, y embelesado en sus labios y atrapado en sus ojos y cegado en su blancura, mis oídos, que se habían quedado sin sangre porque toda ella se había quedado en el corazón galopante, eran dos tabiques de hormigón en los que sus dulces palabras rebotaban.



            Hoy, casi veinte años después, he vuelto a ver Antes de amanecer. Ellos, los amantes de Teruel, siguen teniendo veintitrés años, y toda la vida de la gente guapa y bendecida por delante. Uno, en cambio, atrapado en la corriente nauseabunda de la realidad, ha superado ya los cuarenta años, y sigue siendo feo, y provinciano, e incapaz de entender dos frases seguidas en inglés, a pesar de llevar toda la vida viendo las películas subtituladas, como dicen que es imprescindible y necesario. Esta incapacidad auditiva, o quizá mental, de comprender cualquier idioma que no sea el castellano, me impide aventurarme más allá de los Pirineos, o más allá del río Miño, por temor a hacer el ridículo, o a morirme de hambre a las puertas de los restaurantes. Podría viajar a México, o a Sudamérica, a parlotear con mis primos lejanos de la lengua cervantina, pero son países donde siempre hace calor, y sobrevuelan los mosquitos, y procesionan las vírgenes y los cristos, y sólo tal vez en la Patagonia se sentiría uno como en casa, abrigado por el frío y solitario en la sociedad. 



            He regresado a Antes del amanecer por obligación, porque quería ver las dos películas posteriores que protagonizaron los mismos personajes. Jesse y Celine han crecido en la ficción al mismo tiempo que yo crecía en el mundo real, y antes de recuperarlos en los atardeceres y en los anocheceres, quería recobrarlos en el amanecer de sus primeros besos. Cuando estaban tan cerca y tan lejos de mí. No esperaba aprender nada nuevo de su juventud luminosa y exuberante, tan perdida ya en los recuerdos. Y nada, en realidad, he aprendido. Porque ahora, además, ha sido el cuarentón barrigudo quien se ha enamorado hasta las lorzas de esa joven parisina que no anda sino flota, que no habla sino canta, que no es mujer sino sueño. He vuelto a perderme la parte entera de su discurso, porque su belleza carnal me llevaba por otros derroteros menos elevados, y la parte de Jesse, que en el primer visionado aún tenía un interés y una enjundia, ahora me parece el parloteo pretencioso de un macho alfa que se va comiendo estas hembras ejemplares a bocados. Ya no tengo nada en común con estos personajes del año 95, salvo el deseo sexual del homínido que nunca descansa, y que aún sueña con mujeres veinte años más jóvenes, para cuando sea una gran literato, y cuente por centenas los millones en el banco, y acudan las chicas del cuerpo lozano a intercambiar su juventud por mis billetes.


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El club de la lucha

Cuando se estrenó El club de la lucha allá por el año 1999, los cinéfilos del ancho mundo se dividieron en dos bandos irreconciliables que todavía no han firmado la paz. Quince años después, tras varias revisiones en DVDs, ninguna tribu surgida de la diáspora se ha movido un centímetro de sus posiciones. Y eso que nadie entendió realmente la película en su momento. Los que la pusieron a parir llamaron fascistas a David Fincher, su director, y a Chuck Palahniuk, el autor de la novela, como si ellos fueran los profetas de un Cuarto Reich a punto de surgir de las tinieblas. Según estos críticos iracundos, la película era una exaltación de la anarquía, del salvajismo, del sálvese quien pueda del mamporro limpio y de la hostia que te meto. Una distopía surgida de mentes enfermizas que habían leído a Nietzsche y lo habían adelantado a toda velocidad por la autovía del Nuevo Hombre, imaginando un futuro regido por la voluntad de los más bestias, de los más insensibles al dolor propio y al sufrimiento ajeno. No supieron ver la ironía, la parodia, el cachondeo que iba implícito en el subtexto de Tyler Durden. Otros, en cambio, que realmente tenían algo de fascistillas y de chulos de barrio, saludaron El club de la lucha como una película que les daba la razón en sus postulados de matones dominantes. Estos tarados se tomaron la película al pie de la letra, sin entender que más allá de las hostias como panes, había un mensaje liberador para el hombre del siglo XXI, un atisbo de esperanza que consistía en ir aligerando el equipaje de las necesidades. Limitados por su mente simplona de neandertales del suburbio, los aduladores de El club de la lucha la vendieron como el trompetazo inaugural del próximo Apocalypsis, que ellos iban a gestionar como gorilas a la puerta de la discoteca.



            Hubo un tercer grupo, minoritario, en el que yo me incluí al instante quizá por eso, por ser minoritario, que vio en El club de la lucha una película visceral, arriesgada, adelantada varios lustros a su tiempo. No, por supuesto, la película de nazis urbanitas que los progres denunciaban, ni la apología violenta que los tontos celebraban. Nosotros tampoco la entendimos del todo, porque Fincher y Palahniuk jugaban al despiste, a la metáfora, a ponerse trascendentes y a reírse de pronto con sus propias ocurrencias, pero sabíamos que con el tiempo su mensaje nos sería desvelado. El club de la lucha, finalmente, fue la profecía oscura de los tiempos económicos que estaban por venir. El vaticinio esquizofrénico de que el tejido social, depauperado y falto de esperanzas, estaba cerca de deshilacharse y de volver a tejerse en nuevas y combativas sociedades. Lo del club de la lucha, propiamente dicho, apenas consume veinte minutos de tiempo en la película. La gente se quedó en los mamporros, y los mamporros sólo eran el divertimento para que los adolescentes inflaran la taquilla. Tyler Durden buscaba hombres dispuestos a poner la economía patas arriba, a concienciar a los ciudadanos de su locura consumista. 
           Ahora que los economistas más sabios proponen el decrecimiento como remedio a los males del mundo, que la crisis nos ha vuelto más pobres y menos dignos, ciudadanos descendidos a categorías inferiores de la vida, uno ve derrumbarse esos rascacielos del capitalismo y no puede reprimir un gustirrinín de viejo bolchevique que baja por la rabadilla y hace cosquillas en el ya mortecino perineo. Hace quince años nos parecía imposible que un grupo antisistema derribara las estructuras financieras, y resultó que las estructuras financieras se derrumbaron por sí mismas, ahítas de poder y de dinero, aunque luego nuestros políticos, con la coartada inexpugnable de las urnas, volvieran a construirlas para seguir empobreciendo nuestras vidas, y reírse en nuestra puta cara de la estulticia que nos gobierna. Fue bonito mientras duró.


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Joyce Pekar

Joyce, la mujer de Harvey Pekar en la vida real y también en las tiras tragicómicas de American Splendor, imparte un taller de literatura en el correccional de Delaware. Allí recomienda lo siguiente a sus alumnos:
            "Si no tenéis nada interesante que escribir en vuestros diarios, lo mejor es empezar a hacer todo lo posible para que vuestra vida sea digna de escribir sobre ella".
            Lo malo de escribir un blog sobre cine, y que éste tenga una mínima fecundidad, y una mínima calidad literaria, es que hay que renunciar a la vida real para entregarse a las películas y luego a la escritura. Como decía Bukowski en sus diarios, al final, de las veinticuatro horas del día, apenas quedan dos limpias, totalmente disponibles. El resto es filfa que no merece formar parte de un diario: la manutención y la familia, el sueño y las abluciones. Lo que uno tiene de distinto es que no emplea sus dos horas en los bares, en los comercios, pelando la pava en las casas de putas. Uno dedica su tiempo libre a las películas, para crear la ilusión de que cada día viaja a un país diferente, y conoce a gente variopinta e interesante. Y de esa experiencia virtual y cotidiana es de lo que uno escribe. Y no de la vida, como recomendaba Joyce Pekar. Porque la vida, a no ser que dirijas grandes películas, o folles con hermosas rubias en Montecarlo, o vivas, sin ir más lejos, encerrado en un correccional de Delaware, sólo es una experiencia insustancial y archisabida que a nadie le interesa.


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Noé

Mi famélica curiosidad por Noé, la epopeya bíblica de Darren Aronofsky, saca la bandera blanca de rendición a los veinte minutos de metraje. La cosa ya pinta muy mal desde el inicio, con esos diálogos inextricables y esos parajes lunares por donde corretean los malos malosos, seguramente ateos o comunistas del Antiguo Testamento. Pero cuando entran en combate esas piedras parlantes que son primos de los Ents, uno, que ya estaba buscando la excusa definitiva para el abandono, siente un acceso de vergüenza ajena por Aronofsky, y por los creyentes que se toman al pie de la letra este cuento de monstruos para niños preescolares, y pulsa, como un ángel exterminador, el botón del stop.



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Shutter Island

Uno, de adolescente, en los viajes más disparatados de la imaginación, a veces pensaba que la vida era un teatrillo montado por mis conocidos, como aquel show televisivo que inventaron para el bueno de Truman, o como este sainete de psicópatas demenciados que le montan a Leonardo DiCaprio en Shutter Island. En mis largos períodos de aburrimiento, derrotado sobre los libros de textos gordísimos del bachillerato, yo salía flotando del mundo real e imaginaba otro, también verosímil, en el que un actor hacía de mi padre, una actriz de mi madre, una niña prodigio de mi hermana. Imaginaba que alguien les pagaba por interpretar sus papeles cuando yo estaba presente, y que cuando desaparecía en el colegio, o en los partidos de fútbol, ellos regresaban a sus vidas reales para gastarse el sueldo y mantener a sus parientes verdaderos. Y lo mismo pensaba de mis compañeros o de mis profesores: actores que fingían estar allí haciendo exámenes y explicando temarios, y que luego, cuando yo regresaba a casa, asistían a una escuela de verdad con notas verdaderas y castigos no fingidos. 



            Mi fantasía, que es anterior a las películas que luego me la recordaron,  no era ser protagonista de un programa televisivo con cámara oculta, ni estar encerrado de remate en el psiquiátrico perdido. Yo era un caso muy especial, muy secreto: un proyecto del gobierno, un experimento científico, un expediente X de los adolescentes de mi tiempo. Un bicho raro al que habían construido un entorno normal, con familia de suburbio, colegio de aluvión y amiguetes de andar por casa. Científicos camuflados entre el profesorado y el vecindario, tal vez el kiosquero de la esquina, o el viejo cascarrabias que se quejaba de los balonazos,  hacían periódicos informes de mi comportamiento que luego enviaban a Madrid, o a Houston, para que los psicólogos de bata blanca evaluaran mis progresos adaptativos. Mi excepcionalidad, según el humor con el que urdiera la ensoñación, podía ser una tara genética, una procedencia alienígena, una configuración aberrante de la estructura cerebral. Tal vez el muchacho del futuro predicho en la profecía de 2001. Un muchacho único sobre el que la ciencia terrícola había posado sus ojos curiosos, y sus instrumentos de medición más precisos. Así era como yo, que era el adolescente más gris de Invernalia, el más tímido con las chicas, el más apagado de las fiestas, el más  insustancial de las anécdotas, le daba de comer a mi raquítica megalomanía: con ilusiones estúpidas de alpiste desnatado. 


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Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! es una extravagancia francesa imposible de definir en estas páginas. Guillaume Gallienne, que es el creador y director de esta función, cuenta, en lo que supongo que es un relato autobiográfico (y digo supongo porque no sé leer la Wikipedia en francés) su tránsito tragicómico por una homosexualidad adolescente que él creía incuestionable, con burlas en los internados y humillaciones sangrantes en los vestuarios, hasta que se enamoró perdidamente de una  mujer y sus esquemas sexuales se vinieron abajo. 



            Pero ojo: Guillaume y los chicos no es la parábola de un sodomita arrepentido que un buen día, cabalgando sobre su amante, vio a Jesucristo proyectado sobre la pared y se cayó de la cama con el gusto ya virado hacia las mujeres que procrean. No es la fábula moral de un julandrón que se salvó por los pelos del pubis de caer en las llamas del infierno. Les aseguro que Guillaume y los chicos nunca será proyectada en 13 TV, o en el canal ultracentrista que lo suceda en la batalla por el poder. Guillaume Gallienne, en su película,  juguetea con su homosexualidad sin ningún tipo de rubor. Lo que ocurre es que él mismo no tiene muy claro si se trata de una preferencia libremente desarrollada, o si finge ser gay por agradar a su madre, que es una mujer muy dominante que no quisiera compartir a su chiquitín con ninguna otra rival. La película es una mezcla muy particular de excéntrica mariconada con tratamiento psiquiátrico del complejo de Edipo. Podría haber sido un drama de aúpa, si Gallienne hubiese enfocado el asunto como un relato amargo, como una denuncia dramática de la homofobia y la incomprensión. Pero este tío, al parecer, es un cachondo mental, y ha preferido reírse de quienes no le entendían al mismo tiempo que se reía de sí mismo. La película es demasiado extraña y particular para resultar redonda, pero él, Guillaume, el personaje, y él, Guillaume, el autor, bien merecen el ratito.

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Ida

Los compases iniciales de Ida, que es una pelicula polaca muy avalada por la crítica, me producen un escalofrío de terror que me sube por la médula espinal y me corta la respiración. Ida parece una película de Dreyer, y Dreyer, en este blog, es como el sacamantecas que nos aterrorizaba de niños, como el hombre del saco, como el coco que vivía debajo de nuestra cama. Dreyer es el maestro danés con el que uno suspendió todas las asignaturas de la cinefilia oficial, y se quedó si en el carnet homologado para poder opinar y escribir. Ida es una novicia de los años sesenta que pasa sus días en un convento de la Polonia profunda, como sor Citroën, vamos, pero sin risas, ni el cuatrolatas que atropellaba peatones. La fotografía de la película es de un precioso blanco y negro que pasa de los tenebrosos interiores a la luz divina que se cuela por los ventanales, y uno, aunque fascinado, se va temiendo lo peor: que Ida descubra a la Virgen en el reflejo de las cucharas, que resuciten las monjas enterradas en el huerto, que aparezca un loco por la puerta anunciando la Segunda Venida del Señor. Una cosa teológica con olor a porro, tantos años después de que Dreyer, el maestro danés, abandonara este mundo de incomprensores.



            Pero Ida, por fortuna, no va a seguir esos derroteros de la evangelización cristiana. A los pocos minutos de metraje, nuestra heroína dejará el convento para arreglar sus asuntos personales en el mundo de los pecadores, antes de tomar los votos permanentes y enterrarse en vida al servicio de Jesús. Allí, en la Polonia gris y desanimada de los años 60, descubrirá que sus orígenes familiares no son cristianos, sino judíos, y que sus padres, a quienes no conoció de pequeña, fueron víctimas de la violencia nazi y de la codicia catastral de los vecinos. Acompañada de su tía, una exfiscal comunista que bebe cien vodkas al día a la salud de Stalin, Ida buscará la huella de sus padres por los pueblos de Polonia, mientras se busca a sí misma, joven bellísima de cabello ardiente, por los paisajes nocturnos de las tentaciones carnales. Uno, como espectador de edad ya casi provecta, debería enamorarse de su tía, la exfiscal morena y salada, que pica por los cuarenta años y sigue siendo una mujer de buen ver;. Pero Ida, la novicia, con su cara de virgen, su piel de alabastro, su inocencia de aldeana tontaina, parece la víctima perfecta del torvo homínido que habita en mi interior, y que la desea desnuda del hábito, y entregada a los designios del demonio.



            En Ida, además, como encarnación melódica del Belcebú que se esconde en la noche de Varsovia, suena el Naima de John Coltrane, y Coltrane, para quien esto escribe, es un profeta verdadero, un humano tocado por lo divino, y su música, por sí misma, ya justifica este rato tan agradable del sofá.


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Carmina y amén

Mientras veo Carmina y amén, que es la continuación que hubiesen firmado los mismísimos Azcona y Berlanga para Carmina o revienta, vuelvo a extrañarme de que sean los catalanes los primeros españoles que se consideren tan distintos del resto como para proclamar su independencia. Vistos desde Invernalia, los catalanes no parecen muy distintos del resto de peninsulares norteños. Tienen su propio idioma, y su propia cultura, y al Barça como ejército desarmado que les va ganando las batallas de la identidad, pero en cuestiones de carácter, de idiosincrasia, un habitante de Tarragona y uno de León podrían intercambiarse los papeles y no sentirse extraños entre el nuevo paisanaje. Los andaluces, en cambio, vistos desde la distancia de dos mesetas interminables, sí que parecen habitantes de un país diferente. La dominación secular de los musulmanes forjó allí un modo de ser diferente y difícilmente exportable. Más arriba del Tajo, la morisma sólo se aventuraba en la rapiña; más arriba del Duero, apenas quedan vestigios de su presencia. Para bien o para mal, nosotros, los del norte, seguimos siendo unos visigodos de tomo y lomo.



            Ni mejores ni peores, los andaluces parecen regirse por una filosofía distinta de la vida. Uno recuerda, de los tiempos que vivió en Toledo e hizo amistad con gentes de Granada igualmente exiliadas, que a veces coincidíamos con Los Morancos puestos en la televisión, y mientras ellos se partían el culo de risa, uno, desde su pose de castellano viejo y adusto, les miraba con cara de palo sin comprender nada. "Hostia, tú, es que lo clavan", me decían seseando o ceceando, que ya no me acuerdo. Los Morancos clavaban la idiosincrasia, claro, pero es que yo, esa idiosincrasia, jamás la vi en mi terruño de Invernalia. Los Morancos, para mí, eran como humoristas venidos de otro planeta que contaran y parodiaran las cosas particulares de allí. Del mismo modo, mis amigos, con los ojos inundados por la descojonación, me miraban sin entender mi sonrisilla claramente forzada, mi indiferencia septentrional por el humor incuestionable de Omaíta y demás fauna del vecindario. Ahí empecé a comprender que siendo compatriotas del mismo pasaporte, pertenecíamos, en realidad, a dos países muy distintos. Lo de Los Morancos, obviamente, sólo es una anécdota que yo cuento aquí para hacerme entender. Pero ustedes, que los conocen, y que también conocen las aventuras y desventuras de Carmina, me entienden.


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¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

Los jóvenes celtibéricos de hoy en día no se creen que antes de 1981, en España, nadie pudiera divorciarse legalmente de su pareja. Uno, para hacerse entender entre la juventud, tendría que explicarles lo que fue el franquismo, el nacionalcatolicismo, el ayuntamiento espiritual - y quién sabe si carnal – entre el Ejército y la Iglesia que gobernó este país durante cuarenta años. Y eso, a los hijos de la LOGSE, les queda muy lejos en el tiempo, y muy fantasioso en la imaginación.
Mientras vivió el dictador, los matrimonios mal avenidos estaban condenados a fingir la convivencia dentro del hogar, que se convertía así en cárcel y condena. Sobre todo los pobres, que sólo tenían un piso, y no tenían escapatoria posible en los chalets de la sierra, o en los apartamentos de la playa. Las mujeres maltratadas y malpegadas tampoco podían fugarse al pueblo, a casa de la madre, porque tales exilios eran una vergüenza pública, y las vecinas te señalaban, y los hombres te rehuían, y los curas te maldecían bíblicamente en los ardores de la homilía. Había que tenerlos muy bien puestos para soportar el aluvión de miradas y reproches. Las leyes, además, en los asuntos más importantes de los hijos y los dineros, estaban con los hombres, porque hombres eran quienes dirigían el país, y Jesucristo, al parecer, en un silogismo bastante estúpido, nunca tuvo apóstolas ni discípulas de gran calado.



            Después de la muerte de Franco, aún se tardaron seis años en aprobar una Ley del Divorcio decente, amparada e inspirada por la Constitución. Los curas pusieron, cómo no, el grito en el cielo, y los militares aprovecharon el barullo para seguir amenazando con los fusiles, pero el grueso de la sociedad civil pasó de sus monsergas del fuego eterno y de la dictadura retomada. Pasaron los años y el divorcio se convirtió en un asunto tan cotidiano como el propio casamiento. Sobrevivieron, eso sí, lenguaraces y montaraces, varios dinosaurios que siguen anunciando el fin de los tiempos cada vez que una pareja decide poner punto final. Vomitan en los púlpitos, regurgitan en los diarios, rebuznan dogmas preconciliares en los canales de la TDT. Son pocos, sí, pero muy latosos, y muy influyentes, porque la derecha económica, que en realidad folla donde quiere y cuando quiere, necesita a estos predicadores del Diluvio para seguir metiendo ruido y asustando a la sociedad civil con el coco del rojerío.



            ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? es una película rodada en el interregno democrático que aún no disfrutaba de una ley del divorcio. Es el grito tragicómico de Fernando Colomo contra el retraso secular de aquella España pre-europea. Carmen Maura es una españolita a quien su marido, del que vive separado para horror de las vecinas, le chulea el dinero, el magrea el cuerpo, le mancilla la dignidad. Como el hombre no puede deshacer el nudo que Dios ató en solemne sacramento, el tipo entra y sale de su vida como Pedro por su casa, al antojo de la billetera o de la polla aburrida del puterío. Carmen Maura, al borde de la neurosis, desamparada por la ley, decide fugarse con las amigas a los garitos nocturnos, a escuchar el rock incipiente de La Movida Madrileña. Allí conocerá a un jovenzuelo de vaquero ajustado, camiseta mínima y gafas de sol permanentes con el que se alegrará el cuerpo y se refrescará el espíritu. Entre tanta chica joven, ella se convertirá en la reina de la maduras, en la más fogosa de las mujeres, porque viene de vuelta de la vida y sabe apreciar, más que ninguna chavala de las que mueven el body a su alrededor, el verdadero valor de un buen polvo sin el crucifijo preceptivo presidiendo la función.


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Apocalypse now

Llegan las ocho de la tarde y no me veo capaz de llegar al final del día. Un cansancio que no sentía desde hace meses se apodera de mis músculos y me hace razonar cosas disparatadas. Los fantasmas se cuelan bajo la puerta aprovechando que esta semana he dormido menos, que he descuidado el ejercicio, que ha regresado el tedio de las jornadas laborales. Vuelvo a ser el funcionario que llega a casa no cansado, porque eso es en la mina, o en la obra, pero sí mal dormido, mal encarado, con la libertad del verano esfumada en jirones de niebla coloreados. Y eso que ya no hace calor, y que las nubes alivian de vez en cuando esta puta insolación, ejerciendo de sombrillas las más blancas, o de regaderas, las más oscuras, que son mis grandes amigas del alma. Benditos sean los cielos encapotados, y los fríos venideros, que me librarán de esta tortura tropical, de este microclima de los cojones que vive instalado en los cielos como un OVNI portador de la catástrofe.



Son las ocho y desearía no seguir despierto, apagarme como hacía C3PO cuando quería refrescarse los circuitos. Pero no quiero dormir, tampoco. Aún me quedan cuatro, cinco horas de vida, y ya soy demasiado mayor para desperdiciar estos ratos concedidos. En el fondo estoy sano, no me duele nada, no puedo quejarme de una vida que otros menos afortunados soñarían para sí mismos. No quiero, además, tumbarme en la cama para dejarme atrapar por unos sueños que esta semana se han vuelto muy maniáticos, muy pesados, devolviéndome a los seres queridos con los rostros desfigurados y a los seres odiados con todo lujo de detalles. Mis sueños han pasado de ser un juego agradable a convertirse en un espectáculo triste y muy poco recomendable. Podría leer, pero me dormiría; podría venir al ordenador, pero me dejaría la vista; podría hacer vida social, en el bar del pueblo, pero la depresión se haría más profunda y enrevesada. Así que sólo me queda el cine. Paso el dedo índice por la estantería de los DVDs buscando una película larga, larguísima, de contenidos densos que me dejen noqueado en el sofá, no del todo vivo, pero tampoco del todo muerto.  Apocalypse Now… La he visto cuatro o cinco veces, pero eso no importa. Leo en la carátula que la versión del director se va a las tres horas y media de metraje, y eso es justo lo que necesitaba. Con eso, con la cena, con las interrupciones, y con las abluciones obligadas antes de ir a dormir, sobreviviré a este día que nació torcido y que quizás acabe en un gran éxtasis cinéfilo. Siento, además, antes de poner la película y abandonar este cuerpo derrengado, una afinidad existencial con el capitán Willard. Yo también estaba de vacaciones antes de embarcarme en esta nueva misión de la guerra contra los niños. Yo también he de remontar el río de los meses para adentrarme en una selva donde se esconden, agazapados y peligrosos, los enemigos que me acechan: el hastío, la gordura, la mala salud, la disolución progresiva del sistema nervioso. Yo no voy en busca del coronel Kurtz, pero también me espera el horror de diez meses vacíos que nada aportarán, y nada me aportarán. El horror, el horror…





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Enemy. Juan Manual de Prada: Géminis y Némesis

Casi al mismo tiempo que rodaba Prisioneros, que es una película inquietante y comprensible que fue muy bien tratada en este blog, Denis Villeneuve rodaba esta otra titulada Enemy, que es también muy inquietante y muy meritoria, pero comprensible sólo para las mentes privilegiadas, o para los espectadores con mucha imaginación. Un profesor de universidad que parece haber entrado en un laberinto personal, en una depresión de las de llegar tarde a todos los sitios y quedarse abufarrado por las esquinas, descubre, en una película alquilada en el videoclub, que existe un actor igualito que él, con los mismos rasgos, con la misma voz, con los mismos gestos que él suponía intransferibles. Nuestro profesor, que está convencido de no tener un hermano gemelo secreto, quedará obsesionado por tal coincidencia inexplicable. Descubrirá que el misterioso actor salido de su espejo también es canadiense, y que vive en su misma ciudad, Toronto, en un edificio de apartamentos de lujo. Abandonará sus propias obligaciones para indagar en la vida de este tipo que es él mismo, no parecido, no confundible, sino idéntico hasta en la forma de las manos o en las cicatrices del cuerpo.




         Ha transcurrido media hora de metraje y todos los espectadores, sin importar nuestra posición en la campana de Gauss de la inteligencia, avanzamos cogidos de la mano por la vía de la compresión. Sin embargo, hay algo en el tono apagado de la fotografía, en el suspense tétrico de la música, en algunos diálogos crípticos que se deslizan de vez en cuando, que nos da el aviso de que a partir de aquí, cuando la locura se desate entre los personajes, y el actor perseguido por un doble se ponga como las maracas de Machín, y las mujeres respectivas empiecen a comportarse de un modo ambiguo y sospechoso, los menos inteligentes en el país de los sofás habremos de conformarnos con asistir al espectáculo, y dejarnos llevar hasta el final del metraje suspendiendo el envío de preguntas sin respuesta. Sólo nuestros compañeros más avezados se adentrarán en los misterios de Enemy para luego explicarlos en los foros de internet, a los más incapaces, a los que hemos llegado al The End rascándonos la cabeza como monos ante un cajero automático.



            Esto de poner la tele y encontrarse con la imagen especular de uno mismo, que es sensación al principio hilarante y luego mosqueante, me sucedió durante varios años, muchos lunes por la noche, en la tertulia de Qué grande es el cine que presentaba José Luis Garci en TVE. Allí parloteaba este álter ego de la papada y las gafotas que sigue siendo Juan Manuel de Prada, un tipo que al principio me caía bien porque yo pensaba, estúpido de mi, que todos los allí congregados eran gentes de izquierdas que venían a hablar de cine y a lanzar puyas contra los sectores conservadores de la sociedad. Tuve que consultar su biografía en el internet paleolítico para saber que Juan Manuel de Prada había nacido muy lejos de Invernalia, y dos años antes, y despejar así las dudas sobre un hermano gemelo no confesado por mis padres. Esta película real basada en los hechos ficticios de Enemy me pilló en mitad de mis ínfulas de escritor, de mis sueños de literato, y Juan Manuel, que se peinaba como yo, y llevaba mis gafas, y cultivaba la misma panza, hablaba, además, con el mismo vocabulario pedante que yo también cultivaba entre mis pocas amistades, para epatar, para hacerme el listo, para quedarme más sólo que la una mientras los demás decían tranqui tronko y se hartaban de follar. C'est la vie.  



            Como soy de cortas entendederas, tardé varios meses en comprender que alrededor de José Luis Garci se congregaban los pilares culturales del aznarismo triunfante: liberales de Chicago, meapilas de sacristía, integristas de España, defensores de la tauromaquia.  Y que Juan Manuel de Prada, por ser el más joven de todos, era también el más peligroso, el más sibilino, el que servía de banderín de enganche a los pijísimos cinéfilos de las Nuevas Generaciones. Ahí terminó mi Enemy particular, mi fascinación por el personaje televisivo y literario que me había robado el éxito y la identidad. Juan Manual de Prada dejó de ser mi Géminis para  convertirse en mi Némesis, cada vez más católico y más monárquico, más redicho y más estomagante. Yo dejé de escribir porque nadie me hacía caso, y en la frustración adelgacé algunos kilos de orgullo; él, en cambio, que sigue denunciando el peligro de la antiespaña y de los rojos, de los catalanes y de los drogatas,  sigue engordando como un cura obeso, como un capitalista de sombrero de copa, como un Jabba el Hutt del planeta de los escritores anfibios. My enemy, propiamente dicho.




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Gangs of New York

Mientras los burgueses de La edad de la inocencia se ponían gotosos de tanto comer viandas, se acostaban con sus amantes sobre sábanas de seda, y viajaban por Europa para curarse el estrés cuando bajaban las acciones, unos pocos barrios más abajo, en el mismo Manhattan, los inmigrantes irlandeses y los desclasados nativos se disputaban la comida de los basureros a mamporro limpio. Aunque ellos mismos revestían sus peleas de odio religioso -católicos los primeros, protestantes los segundos- en realidad, como en todas las guerras de religión, lo que allí se dirimía era el exterminio mutuo de la clase trabajadora, para ahorrarle balas al ejército de los ricos y remordimientos de conciencia a quien tuviera que dar la orden de disparar. El lumpen que se proclamaba originario de América volcaba su odio no contra los políticos que los mantenían en la miseria, sino contra los irlandeses que bajaban de los barcos huyendo de la hambruna, y les disputaban los mismos chuscos de pan. O contra los negros, que venían huyendo del trabajo esclavo y se encontraron con un Norte donde ni siquiera existía el trabajo, o uno tan mal pagado que no daba para garantizar las dos comidas diarias que siempre tuvieron en el Sur.



            Hubo, sin embargo, en aquellas revueltas del Nueva York decimonónico, un momento mágico en el que los pobres dejaron de matarse los unos a los otros para mirarse a los ojos y reconocerse ratones en un mismo laberinto, moscas en un mismo montón de mierda. Cuando Abraham Lincoln proclamó el alistamiento forzoso en los ejércitos de la Unión, los desheredados, que habían de pagar 300 dólares de la época para librarse de la muerte en las trincheras, dijeron hasta aquí hemos llegado. Los barrios bajos de Nueva York ardieron en julio de 1863, y la marea violenta se extendió a los barrios ricos para hacer, por fin, un poco de justicia. Mientras nativos e irlandeses se clavaban los cuchillos en el mísero barrio de Five Points, el ejército yanqui cargaba contra todo bicho viviente que caminara sucio, fuera mal vestido o tuviera pinta de famélico. Los fusileros avanzaban por las calles, los barcos bombardeaban desde el puerto, y los ricachones huían de la ciudad en sus carruajes de varios caballos de potencia. Es justo en ese momento, en la refriega total de todos contra todos, cuando Gangs of New York, que hasta entonces sólo era otra película de mafiosos, esta vez armados con navajas y cachiporras, adquiere un tono poético y comprometido. Antes de lanzarse las cuchilladas decisivas, El Carnicero, líder de los nativos, y Amsterdam Vallon, líder de los irlandeses, se miran a la cara y sonríen casi imperceptiblemente: se han reconocido víctimas de la misma opresión. Fueron segundos decisivos, quizá, en la historia de Estados Unidos. El germen fallido de una confabulación proletaria que hubiera convertido al joven país en el líder del socialismo mundial. Quién sabe. Pero El Carnicero y Amsterdam Vallon, tan primitivos, tan pasionales, enzarzados además por los favores sexuales de Cameron Díaz, prefirieron seguir apuñalándose en mitad de la calle. Una lástima.


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