Kauwboy

Me estoy volviendo viejo y sentimental. Películas que antes aguantaba con un estoicismo de macho ibérico, queriendo impresionar a mujeres que sólo existían en mi fantasía solitaria, ahora, a los pocos minutos de haber empezado,  me ponen un ahogo en la garganta, un malestar en el espíritu, una lagrimilla en el embalse ocular que espera órdenes para desaguar y regar los páramos de mi rostro.
    Kauwboy, que es una película holandesa de mucho renombre en los festivales, pero casi inencontrable en las razias de los piratas, es el dramón de un niño huérfano y el pájaro caído del nido al que cuida en el desván. Lo hace a escondidas de su padre, que anda medio loco y medio maltratador, encerrado en su mundo de viudo prematuro. Uno pensaba que en Holanda no ocurrían estas cosas, porque aquello es Europa, y la gente tiene otra educación, y otro saber estar, pero se ve que no, que en todos los sitios cuecen habas, y que el abandono infantil es una lacra que no distingue países protestantes de países católicos, territorios civilizados de tierras salvajes como la nuestra. El chaval, Jojo, viene a ser otro pájaro caído del nido, abandonado a la suerte de la vida doméstica, o de la convivencia escolar, y por eso entabla una relación tan especial con el pobre pajaruelo.
    Kauwboy está muy bien hecha, pardiez, y uno ya no está para aguantarse los sentimientos, ni para esconder las debilidades, ni mucho menos para decir que estas lágrimas traidoras no son lo que parecen. No aquí, al menos, en este blog, donde mi yo verdadero se sigue escribiendo desnudo, sin poses ni disfraces. Mañana, si algún vecino de este villorrio me preguntara por Kauwboy, volvería a mentir como un bellaco para salvar mi buen nombre: “Una mariconada, con niño, sentimental ya sabes…”



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Capricornio Uno

Uno tiene, desde niño, porque siempre lo escuchó en casa, y luego lo razonó de mayor en las películas, la convicción de que el hombre nunca llegó a pisar la Luna. Sé que ahora está de moda hacerse el incrédulo, el conspiranoico, que vende mucho entre las mujeres guapas hacerse el descreído. Uno parece más culto, más inquieto, más inteligente, y ellas, que no saben ni de qué va la vaina, caen rendidas a sus pies peludos. Pero yo, les aseguro, estaba mucho antes que estos advenedizos en la cola de la militancia: cuando allí sólo había mujeres feas, y la gente nos miraba como si estuviéramos locos, o nos hubiéramos fumado un porro.
En este club de renegados estamos convencidos de que los americanos, rezagados en la carrera espacial, dieron un golpe ficticio que hizo callar las carcajadas de todos los rojos del mundo. Había que poner un hombre en la Luna a toda costa, con la bandera de los Estados Unidos bien visible en las televisiones. Y si no podía ser en la Luna, en un paisaje parecido, construido por los de Hollywood. Nadie había estado allí jamás, así que había margen de sobra para la improvisación. Qué sabía ningún humano de las rocas, del polvo, del color verdadero de los paisajes. Es aquí donde los miembros del club nos dividimos en dos bandos: los que pensamos que alguien de la NASA vio la Base Clavius en 2001 y pensó: “Hostia, nen, aquí tenemos nuestra Luna”, y los que piensan, herejes, que todo en 2001 fue un ensayo general para el gran engaño, y que la filosofía existencial del Monolito sólo fue un mcguffin que permitió a Kubrick experimentar con las texturas del espacio. Unos piensan que fue el huevo antes que la gallina, y otros que al revés, pero todos compartimos la misma tortilla, o el mismo caldo, que los mismo da. Y ya sé, sabihondo lector, enterada lectora, que circula por ahí un mockumentary que se ríe de nosotros, uno que se titula Operación Luna  en el que salen altísimos cargos de la administración americana confesando que sí, que contrataron a Kubrick para realizar el montaje, y que no querían morirse con el peso tremendo de la mentira. Los mismos tiparracos –Kissinger, Rumsfeld- que minutos más tarde, en los títulos de crédito, se ríen a mandíbula batiente de los crédulos que picaron el anzuelo. Pero fueron pocos, muy pocos, los alegres pececillos que mordieron su truco agusanado. Los más veteranos de esta resistencia silenciosa ya sabíamos que Operación Luna era una maniobra de contrainformación. Una burda trampa para desacreditarnos ante la opinión pública y presentarnos como unos fantoches. A nosotros, con ese hueso.



Cuento todo esto porque hoy, recuperando una película de mi niñez, origen quizá de esta incredulidad astronáutica, he visto Capricornio Uno, película que narra un engaño muy parecido al cometido en 1969, pero esta vez con el planeta Marte como objetivo. Aquí no es la presión de los soviéticos la que empuja a los malvados, porque han pasado diez años desde el paseo lunar de Neil Armstrong, y los rusos ya han dado por perdida la carrera espacial. Ahora su máxima preocupación es abastecer las tiendas, combatir el frío, embotellar el vodka, y luego, con lo que poco que sobre, ir construyendo la estación espacial MIR. Los malosos de Capricornio Uno son altos funcionarios de la NASA que no quieren perder las grandes inversiones del gobierno. La Luna, en los años setenta, se había convertido en un parque de atracciones familiar, sin gancho publicitario en las retransmisiones por televisión. La audiencia ya se aburría de ver tanto Apolo alunizando y tanto astronauta dando botes a cámara lenta.  Y varios altos cargos se estaban quedando sin el momio que generaba el espectáculo. Había que dar otro golpe para rescatar la atención del público, y qué mejor producto que Marte, el planeta rojo, no de comunistas, sino del óxido de hierro, tan fácilmente reproducible en un estudio de televisión con polvo de ladrillo en el suelo y pinceladas ocre en los cielos. Capricornio Uno es una ficción entretenida, comestible, algo envejecida, que nos toca el brazo con su dedo para chistarnos: “Non e vero, ma e ben trovato”.


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Un cuento francés

            Agnès Jauoi y Jean-Pierre Bacri son dos cineastas del otro lado de los Pirineos, exmujer y exmarido residentes en París. En España sólo son conocidos por los asiduos a los festivales de cine, y por los afrancesados que sobrevivimos en provincias. Somos descendientes de aquellos que sobrevivieron a las purgas sangrientas del siglo XIX, aquellas que encabezaron los curas y los bandoleros contra nuestros indómitos tatarabuelos. Ellos huyeron de la corte de Madrid y se refugiaron en las montañas del norte, alimentados por bellas aldeanas que luego retozaron con ellos en los pajares, y se convirtieron así en nuestras recordadas tatarabuelas. De ahí venimos los renegados ibéricos que aún nos asomamos al cine francés de vez en cuando, a ver qué producen, llevados por la curiosidad de lo europeo, de lo bien hecho, y también, por supuesto, para rendir homenaje a nuestros antepasados perseguidos por el rey Deseado, ellos que soñaron con una España más culta y menos católica. Me ofendo mucho, cuando escucho la expresión gabacho, porque yo me siento gabacho de espíritu, escandinavo de vocación, español sólo por obligación.



            Agnès, que firma las películas como directora, y Jean-Pierre, que aparece siempre como co-guionista, tienen la extraña habilidad de escribir historias en las que uno, como espectador, queda absorbido por unos diálogos naturales, nada afectados, que pronuncian personajes como usted y como yo, de carne y hueso, recién salidos de la cama o de la compra del supermercado. Son franceses atrapados en la perplejidad de la vida, enredados en las mil revueltas de las costumbres, indecisos en el amor, perturbados por el trabajo. Los personajes de Agnès y Jean-Pierre son neuróticos de pronóstico leve que navegan con nosotros el río cotidiano de la vida. Es por eso que uno, desde su butaca, aunque esté tan alejada de París, no tiene problemas en identificarse con las cuitas de los personajes más próximos por edad, o por carácter. Ellos son como el compañero que te cuenta una neura, como el amigo que comparte contigo una preocupación. En Un cuento francés, que es la cuarta película firmada en común por la expareja, no sucede nada trascendental. Nadie muere, nadie enferma de gravedad, nadie termina en la cárcel por un delito que nunca cometió. No hay hermanos drogadictos, ni hijos parapléjicos, ni abortos traumáticos. La vida de estos parisinos es el coñazo habitual de todos los días: tres momentos fugaces de risa o de placer perdidos en la bruma gris que borra los contornos y lo enreda todo en la memoria. Como todas las películas de esta extraña semana, Un cuento francés no se puede recomendar a nadie contando lo que en ella sucede. Todo es banal, anecdótico, cotidiano. Nos lo sabemos de cabo a rabo, los transeúntes de la vida. Pero ojo: por debajo de la trivialidad nadan tiburones que de vez en cuando salen del agua y lanzan alguna dentellada muy peligrosa. Ellos rompen la paz del marasmo para recordarnos que la muerte aguarda, que la enfermedad acecha, que la soledad corrompe. Que el amor, cuando se va, te desgarra por dentro como una mordedura de escualo rabioso.



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¿Qué hacemos con Maisie?

            ¿Qué hacemos con Maisie? es otra película que reducida a su sinopsis, en la tertulia de los cinéfilos, provocará que tu interlocutor, pensando que te has vuelto un ñoño sentimental, te mirará con supina desconfianza y tardará varias semanas en volver a llamarte. Los padres que se separan, la niña que sufre, el hogar que se rompe… Historias que en la vida real, cuando afectan a  personas cercanas, te dejan triste y pensativo, pues uno también es padre, y marido, y sabe bien que sólo un arrebato, un malentendido, un hartazgo, se interpone entre el hogar aparentemente feliz y la batalla sangrienta por las custodias. Uno ve a esos hijos trashumantes, que van de padre en madre, de abuelo en abuela, y siente una pena infinita por su destino. Luego los chavales crecen, se hacen fuertes, y de todos estos vaivenes sólo les quedará una leve cicatriz en el espíritu. Ellos forjan su carácter y su destino en el grupo de iguales, con sus compañeros del colegio, con sus amigos del barrio. Es ahí donde adoptan sus roles, donde mandan o se subordinan, donde se hacen fuertes o empiezan a naufragar. Pero mientras tanto, en los hogares infelices, ellos van sufriendo, se hacen preguntas, se quedan mirando a los adultos sin comprender nada de lo que sucede.




            El gran acierto de ¿Qué hacemos con Maisie? es convertir el punto de vista del espectador en el punto de vista de Maisie, la niña que viene y va. Nunca vemos nada que ella misma no vea, aunque nuestra interpretación de los hechos sea, claro está, muy distinta. Maisie barrunta, sospecha, hace deducciones guiadas por su lógica infantil. Más que sufrir, se entristece. Siente que su vida ya no es la misma, y que probablemente nunca volverá a ser igual. Pero tiene sus juguetes, su colegio, sus amigos. El cariño incondicional de los canguros que cuidan de ella, que la tratan mejor que sus propios padres, y ese refugio afectivo, y esa inconsciencia bendita de los niños, la va salvando día a día de la pesadilla. Nosotros, en cambio, sabemos, comprendemos, se nos pone un humor de mil demonios cuando sus padres juegan con ella al tenis de los horarios. No son malas personas en realidad -la rockera venida a menos, el marchante venido a más- pero son personas que no estaban preparadas para tener una hija. Antes que ella están los viajes, los compromisos, los amoríos, los descansos imprescindibles para curarse del estrés. Quieren a su hija, pero no la quieren en sus vidas. En ¿Qué hacemos con Maisie? no hay buenos ni malos. Hasta en eso es una película ejemplar y distinta. Sobran los gritos, las músicas, los melodramas. Los maniqueísmos estúpidos de las otras cien películas que antes tocaron el tema. Aquí sólo hay adultos que no querían ser padres. Una mala tarde la tiene cualquiera.


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Prisioneros

Me restan diez minutos para terminar la película del día, y un amigo –el de la memoria indecente y prodigiosa-  llama por teléfono.
- Estoy viendo una película cojonuda que se titula Prisioneros –le digo para retrasar nuestra cita en la terraza de verano.
- ¿Prisioneros? No me suena… ¿De qué va?
- De unas niñas que son secuestradas, del policía que investiga el caso y de los padres que buscan justicia por su cuenta.
- Hostia, vaya rollo… Suena a culebrón de Antena 3 a la hora de la siesta.
- No, qué va. Esta es… distinta. Es que el secuestro… Y los sospechosos… No es lo que parece, como en los chistes.
            Uno iba explicarle, pero se quedó sin palabras. Lo cierto es que Prisioneros, así contada, en una sinopsis de revista de cine o en un coloquio de amigos, suena a película mil veces vista, a marujeo de sobremesa, a TV movie de bajo presupuesto y actores lamentables. Una trama como ésta la hemos visto decenas de veces, seduciendo nuestros bajos instintos. Yo quería decirle a mi amigo que Prisioneros era… retorcida, esquiva, afilada como un vidrio roto. Que su director no es un tipo cualquiera, sino Denis Villeneuve, un canadiense que en este blog ya tiene título nobiliario por haber dirigido Maelström, aquella película en la que salía Marie-Josée Croze desnuda, y que uno buscó incansablemente durante meses, porque estaba muy enamorado de ella. No sólo de su carne, sino también de sus ojos tristes, de su belleza afrancesada. Maeslström nació en estos escritos como un deseo erótico inconfesable, y luego resultó ser un dramón muy estimable, de mujer al borde del precipicio y visión en tonos grises de la vida. Poco antes, Villeneuve había visitado el festival canadiense de mi televisor con Incendies, un culebrón de hijos perdidos y madres  torturadas que en aquel entonces me causó una gratísima impresión, pero que ahora, para mi fastidio, y también para mi sospecha, no soy capaz de rescatar de la memoria.




Iba a contarle a mi amigo todo esto, para que entendiera que una película de Villeneuve no es cualquier cosa, y que en Prisioneros se estaba superando a sí mismo, con una trama oscura, perversa, de gentes inclasificables y amaneceres lluviosos. Un True Detective en el que vuelve a respirarse el mal en cada plano, en cada paisaje, como si los psicópatas y los pederastas sólo fueran el brazo ejecutor del mismísimo Demonio, instalado en el sur de Estados Unidos para anunciar el fin de los tiempos, o para pasar un fin de semana haciendo travesuras en el territorio de los piadosos, sólo por joder. Prisioneros, como su serie hermana, se vuelve irrespirable en algunas escenas. Hay momentos en que uno, que se ufana de ser veterano de mil desventuras, prefiere no mirar la pantalla. No por repugnancia, ni por miedo, sino por algo mucho más básico: la constatación de que el Mal existe. No, obviamente, como un efluvio de los infiernos, como una mancha de mierda en el alma, sino como una tara genética en los seres humanos, una que se complace en matar por matar, en hacer daño por hacer daño, sólo por placer, por arrogancia, por tener la mente enlodada en creencias estúpidas sobre el más allá. Prisioneros es de esas películas que también huelen, que también se palpan, como si ya no hubiera pantallas ni divisiones. Todo esto me pasó por la cabeza en un segundo, para justificar mi pésima educación de mal amigo, uno que se hace esperar y antepone el cine a la conversación. Pero era un discurso demasiado largo, y demasiado apegado a mis propias obsesiones, así que concerté una hora próxima y apreté rápidamente el play para retomar los personajes, conocer el final… y salir del laberinto.


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El ala oeste de la Casa Blanca. El paradigma

 El ala oeste de la Casa Blanca es el paradigma de lo que uno considera una serie ejemplar. De las vidas privadas de sus personajes apenas conocemos nada: no sabemos si follan mucho, si follan poco, si tienen hijos secretos, si han discutido con la parienta, si la criada les planchó mal la camisa. Sólo del presidente Barlett, pues es imprescindible para la buena marcha de los guiones, conocemos algunos asuntos de alcoba, o algunas naderías de sus aficiones personales. Del resto del elenco sólo sabemos que al empezar cada episodio están ahí, en los pasillos, en los despachos, en las tripas acristaladas de la Casa Blanca, tratando asuntos de la más alta importancia. Nos importa un bledo si cagan, si aman, si van de vez en cuando al peluquero. Todos los espectadores cagamos, amamos, vamos de vez en cuando al peluquero. Esa parte de la vida ya nos la sabemos, y es muy aburrida, y no merece la pena insistir en ella. Todo lo que tengamos en común con estos asesores presidenciales es redundancia y pérdida de tiempo. Lo interesante es verlos trabajar en una labor que nosotros jamás desempeñaremos, porque requiere de paciencia, de estudios, de sabiduría, de un buen juicio inalcanzable. De un cinismo a prueba de bomba, también. Viéndolos en acción soñamos que somos como ellos, inteligentes y abnegados, decisivos y trascendentes. Lo que nos fascina es su oficio, no su vida, que presumimos tan gris como la nuestra: las compras y la suegra, el aseo y los gritos, el mal sueño y la cara de asco.


           

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Diamantes negros

            Salen estos días, los dirigentes del Barça, muy indignados en los medios de comunicación, hablando de contubernios españolistas y de ataques a la nación catalana, porque la FIFA les ha castigado por incumplir las normas de captación de jóvenes jugadores. La reglamentación impide que los clubes contraten extranjeros menores de 18 años, con algunas excepciones que aquí sería muy engorroso enunciar. El Barça no ve ningún mal en traerse a una joven promesa africana, o asiática, para instalarla en La Masía y ofrecerle la oportunidad de alcanzar las cumbres del fútbol profesional, además de otorgarle una residencia limpísima, y una educación envidiable. La Masía, en efecto, es una institución ejemplar que todos desearíamos tener en nuestros propios ejércitos de futbolistas. De allí han salido las armas de destrucción masiva que nos han estado aterrorizando durante años: los estilistas del toque, los raseadores de la hierba, los regateadores inabordables... En eso, los culés, tienen todo el derecho del mundo a presumir, y a colgarse una medalla. Vivir en La Masía es el sueño de cualquier chaval que se cría en las chimbambas, viendo el gran fútbol europeo por la tele. Luego, con los años, los llamados a jugar en el primer equipo son habas contadas, la excepción más talentosa de los talentos ya excepcionales, pero la mayoría consigue jugar en otros equipos profesionales que también pagan buenos dineros.




            Lo que los dirigentes del Barça no entienden es que las normas existen por alguna razón, y que La Masía, por muy estimable que sea su labor, no puede ser un territorio ajeno a la legalidad, la república independiente del fútbol mundial. A estos hombres trajeados que hablan del complot judeo-hispánico, y de la perfidia internacional de Florentino Pérez, habría que sentarlos en la sala de un cine para ver esta película titulada Diamantes negros, y así comprender el quid de la cuestión. Por las calles de Europa pululan miles – y no es una exageración, miles- de futbolistas africanos, menores de edad, que fueron traídos con la promesa de jugar en los grandes equipos, entre ellos el Barça. Los ojeadores viajan a sus países de origen, de pobreza nauseabunda y futuro de muerte; allí reclutan a los más capaces en el caprichoso avatar del balompié, les sacan un dinero en concepto de gastos de viaje y de manutención, les falsifican la edad en los documentos oficiales, y luego, aterrizados en las ciudades del gran fútbol, les abandonan a su suerte si resultan no ser tan buenos como se pensaba. Si el chaval no la pega del todo torcida, y se hace con los esquemas de juego y las recomendaciones del entrenador, llegará a jugar en equipos de categoría regional que no tienen ni un duro para botas, muy lejos de los estadios con tropecientos mil espectadores y millones de vatios en los focos. Los más afortunados de esta legión africana llegarán a jugar en equipos de segunda división en Estonia, de tercera división en Portugal, ellos que soñaban con ser el nuevo Drogba o el nuevo Etoó. La mayoría, la  triste mayoría, se queda pululando por las calles, sin saber el idioma, sin dinero para regresar a sus países, dedicados al subtrabajo, a la mendicidad, a la delincuencia incluso, los más desesperados. Por cada niño ilegal que es formado en La Masía, hay otros cien que son engañados con la promesa de ser formados en La Masía. Ese es el problema, y no parece muy difícil de entender. Esa es la prohibición que los dirigentes del Barça no respetaron, y que siguen sin entender, y sin asumir, como si la cosa no fuera con ellos. Se hacen los suecos, por supuesto.



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Uno de los nuestros

Me cuesta horrores escribir sobre las películas que más amo. Siento que sobre ellas ya está todo dicho, y que mi aportación, casi siempre con un retraso de años, ya no es tal aportación, sino redundancia y píxel desperdiciado. Qué va a contar uno, por ejemplo, a estas alturas, de Uno de los nuestros, la obra maestra de Martin Scorsese. Ya hay cien libros que la explican, cien documentales que la diseccionan, cien extras en los DVDs que la destripan para nuestro asombro y regocijo. Para qué iba yo a soltar mi rollo de aspiraciones literarias, de crítica filosofante, si llevamos un cuarto de siglo admirando esta película indiscutible. En los círculos de cinéfilos todo el mundo se sabe los diálogos, imita a los actores, desgasta la palabra genio refiriéndose a Scorsese. Todos sabemos ya de su poder, y de su gloria. Pero es que resulta, además, que Uno de los nuestros, en este blog, es una película difícil de encajar. Porque uno, cuando no tiene crítica que aportar, suele aplicarse el cuento de los personajes, y extraer aprendizajes para la propia vida que luego expone aquí como un profesor de mundología. Pero en Uno de los nuestros, de estos simpáticos psicópatas de la costa Este, hay muy poco que sacar. No puedo decir: pues yo esto lo haría así, o reaccionaría de aquella manera, o si la vida me pusiera en tal tesitura… Porque estos gánsters y el público que los contempla no pertenecen a la misma estirpe, al mismo ámbito de la vida. Habría que padecer sus mismos trastornos, sus mismas vidas desquiciadas, y uno, por fortuna, todavía no ha llegado a esos límites de la sinrazón.






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The thick of it. El ministro

En The thick of it, Malcolm Tucker, el perro de guardián del Primer Ministro, reúne a los redactores de discursos para leerles la cartilla:

Malcolm: Quiero saber por qué teníamos en antena a un ministro que no se sabía sus frases.
Asesor: No fue su culpa… Le preparamos antes.
Malcolm: ¿Preparamos?
Asesor: Acaba de tener un hijo…
Malcolm: No me importa. No me importa si está cansado, parecía que no sabía de qué estaba hablando… Ya sé que no lo sabe, pero tiene que parecer que sí. 

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Llámame Peter (The life and death of Peter Sellers)

Nacer con un carácter especial y problemático es apostar al doble o nada de la existencia. Lo más normal es que quien así padece acabe desaparecido en el fracaso, casado con una mujer fea, empleado en un mal trabajo, apalancado en la barra del bar cuando se encienden las primeras farolas. Es la vida gris de quien no supo adaptarse a las exigencias y se perdió en sus propios laberintos. La gente que no tolera el fracaso, que no aprende de sus errores, que tiene un autoconcepto tan elevado que vive a mil kilómetros de altura de su yo terrenal y verdadero, esa gente suele estrellarse contra un mundo que está hecho para los que saben esperar, para los que miden sus fuerzas y calculan el momento exacto del provecho. Existe, sin embargo, entre este gremio de los desnortados, una minoría exigua que logra doblar sus ganancias en la ruleta, porque al nacer, adosada a su excentricidad insoportable, como en un pack de regalo de los supermercados, viene una genialidad que los hará brillar por encima de la mediocridad reinante. A su habilidad especial sumarán el ego incombustible que los ayudará a comerse el mundo a bocados, y que los condenará, también, a vivir solitarios en la montaña inalcanzable del éxito.




Este es el caso, por lo que cuentan, de Peter Sellers. En Llámame Peter -que es un biopic olvidado de altísima enjundia, con un Geoffrey Rush que no interpreta a Sellers, sino que es el mismo Sellers- descubrimos a un hombre enigmático, sin personalidad definida, que saltó la época decisiva de la adolescencia y se plantó en el mundo de los adultos con una mente infantil que no aceptaba negativas, que se encaprichaba de lo primero que veía, que premiaba y castigaba a sus semejantes con criterios que mueven a la risa o al hartazgo. Peter Sellers –para qué andarnos con rodeos- era un tipo insoportable: un padre sin criterio, un cretino con las mujeres, un déspota con sus directores, un niño eterno aferrado al cordón umbilical de la mamá. Un majadero integral que uno, desde la distancia de los mares y de los años, agradece no haber tratado ni conocido. Pero un majadero inolvidable, eso sí, un actor de registros únicos y chotaduras memorables que nos hizo, en noches condenadas al lloro y a la melancolía, ciudadanos reconciliados la risa, y con la vida. Las patochadas de Clouseau, las tontunas de Mr. Chance, las filosofías genocidas del Dr. Strangelove…


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Bienvenido Mr. Chance

Bienvenido Mr. Chance cuenta la historia de un autista analfabeto que llega a ser, por el azar de la casualidad, asesor económico del presidente de los Estados Unidos, y candidato, él mismo, a la futura presidencia. Antes de alcanzar la fama mediática, Chance era el jardinero de una gran mansión que, al morir su patrón, es expulsado a las calles de Washington con sólo una maleta por equipaje. A sus cincuenta y tantos años, Chance jamás ha pisado el mundo real, siempre preservado del ridículo o de la ignominia familiar. Todo lo que sabe de la vida lo ha aprendido a través de la televisión, zapeando compulsivamente. Chance es un panoli que no distingue la realidad de la ficción, que responde a cualquier pregunta hablando de raíces, de flores, de la caída de las hojas, los únicos asuntos que en realidad comprende y maneja. 
    Acogido en la casa de un asesor presidencial, los políticos confundirán a Chauncey con un sabio capaz de resumir, en bellísimas metáforas, la esencia pura de la economía. Descubrirán, boquiabiertos, que hay un paralelismo muy fructífero entre el trabajo de un gobernante y el de un jardinero. Hay estaciones donde se trabaja y otras donde se recoge el fruto; hay que sembrar para recoger, hay que ser pacientes y cuidadosos, hay que mimar la tierra sagrada que nos sustenta. Hay que regar el tejido industrial, abonar las inversiones, podar las empresas maltrechas... Gobernar un gran país es como cuidar un gran jardín, oficios de la misma naturaleza que exigen de quienes los ejercen una rara habilidad de cirujanos, y una santa paciencia de patriarcas bíblicos. Mirarán embobados a Chauncey Gardener sin saber que el bobo, realmente, es él, incapaz de distinguir un billete de dólar de un billete falso del Monopoly.



            Jerzy Kosinski, el autor del guión, quiso reírse del lenguaje hueco de los políticos, de su rara habilidad para hablar y hablar sin decir nada. Chauncey Gardener viene a ser la quintaesencia del político ignorante y simplón, tan sólo una leve exageración del prototipo al que solemos confiar nuestro voto y nuestras ilusiones. Nuestros políticos, lo mismo aquí que allá, lo mismo ahora que hace tres décadas, viven de pronunciar discursos que son un ejercicio sobre la nada, una disquisición sobre el vacío, una aportación sobre la perogrullez. Pero Bienvenido Mr. Chance no es sólo una sátira sobre los gobernantes: también nos advierte de que hay personas que, como Chauncey Gardener, han sido abducidas por el televisor y han perdido el contacto necesario con la realidad. Como aquella ama de casa drogadicta de Réquiem por un sueño. Como uno mismo, si me apuran, que ya pasa más tiempo al otro lado del televisor que en este otro tan soso y decepcionante. Chauncey también es la caricatura exagerada –pero sólo un poco exagerada- de los dimisionarios de la vida que hemos aprendido lo importante a través de las películas: abrir una cuenta en el banco, situar los labios vaginales, manejar con soltura la espada láser.

Uno sale a la calle después de haber visto una película y tarda varios minutos, a veces varias horas, en darse cuenta de que esto que huele y suena y te toca la espalda ya no es cine, sino tránsito de real de personas que lo miran a uno como con pena, o como con burla.  No me cuesta trabajo traspasar la puerta que conduce a las películas, pero luego, al salir del encantamiento, sufro una inercia mental que me impide conectar con el mundo. Soy como Mr. Chance cuando paseaba por las calles de Washington, armado con un mando para cambiar de canal cuando no le gustaba el paisaje o el paisanaje. Yo, como él, tardo mucho tiempo  en comprender que la vida es un canal fijo, innegociable, aburridísimo la mayoría de las veces. Como la Televisión Española de mi infancia, cuando ni siquiera cogíamos el UHF…


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El color del dinero

A Paul Newman no le concedieron el Oscar por El buscavidas, por Veredicto final, por La leyenda del indomable. Tres interpretaciones que ya son un clásico de nuestra cinefilia global, un punto de acuerdo entre los aficionados del ancho mundo,  se fueron al trastero polvoriento donde Hollywood guarda sus cagadas fosilizadas. Sería la mala suerte, o la incomprensión de su talento, o la improbable superioridad consecutiva de sus rivales. Cuando Paul Newman cumplió sesenta años, algún responsable de los premios debió de ver un ciclo suyo por la televisión, o se lo cruzó en alguna fiesta de alto copete, y recordó, como iluminado por un saber ancestral, que hubo una vez un actor mayúsculo que superó el estigma de su belleza para regalarnos actuaciones prodigiosas y personajes imborrables. En la ceremonia de 1986 le concedieron un Oscar honorífico que sabía a justicia y un poquitín, también, a penitencia.
            Justo un año después, cuando todo el mundo lo imaginaba ya satisfecho del ultraje, y dedicado a sus otras pasiones de los coches de carreras y las salsas para espaguetis, Newman, como espoleado en su orgullo, retomó el taco de billar y el papel de Eddie Felson para merecer, esta vez sí, un premio que en el fondo, lo que son las cosas, le daba lo mismo. Sólo doce meses después de recibir el premio honorífico, le otorgaron uno honorable que tampoco fue a recoger a la gala. No por ingratitud, ni por desprecio, sino porque Newman había comprendido lo irónico del asunto, y prefirió no seguir el guión de esta trama escrita por un borracho:
“”No creo que me lo dieran por esa película [El color del dinero] –declaró-, sino por el conjunto de mi  trabajo, lo cual es divertido, porque he conseguido uno por el conjunto de mi trabajo, antes de que me lo dieran por esa misma razón”.




Yo era por entonces un chaval, y me alegré mucho por Paul Newman, porque él era uno de mis ídolos, de mis referentes en la incipiente cinefilia, y aquella mañana de marzo, cuando me levanté a desayunar para ir al colegio y puse la radio, di un salto de alegría al enterarme de su victoria en la madrugada lejana de Los Ángeles. El siguiente fin de semana fui al cine, y juré sobre mi biblia de apóstata que El color del dinero era una película insuperable, la madre de todos los billares. Ahora veo la película y descubro que a Scorsese, en uno de sus ataques lisérgicos, se le va un poco la mano con las bolas, con las músicas, con las gesticulaciones de los actores, y obliga a Paul Newman a componer un personaje, olvidando que los actores como Newman sólo necesitaban mover la ceja, iluminar los ojos, despegar los labios. Newman fue muchas veces grande, grandísimo, pero aquí sólo es un buen actor que sostiene el entramado de una película irregular que a veces mola, colega, y a veces produce urticaria de la que no se quita ni rascando. Qué tonto parecía Tom Cruise, y cuántas tonterías le dejaban hacer... Qué poco apetecible fue siempre Mary Elizabeth Mastrantonio, con esa cara de vieja y ese aspecto oliváceo tan poco sexy y californiano. Qué bello es, en cambio, el noble arte del billar, aunque Scorsese lo filmara como un asunto espídico, acelerado, confundiendo la velocidad con el tocino, la destreza con los hostiazos. Tres años más tarde filmaría Uno de los nuestros y todos sus pecados fueron perdonados y olvidados, como si nunca hubiesen existido. Amén.


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El gran hotel Budapest

Las películas de Wes Anderson me producen disonancias cognitivas difíciles de conciliar. El yo que aspira a la alta cultura atisba la genialidad de sus propuestas, la originalidad absoluta de sus rarezas. Este inquilino de mi cabeza presiente que Anderson es un tipo distinto a todos los demás, con maneras de narrar nunca vistas en este salón. Pero mi otro yo, el cinéfilo de bar, el que demanda cinismo y carroña, se enfrenta a sus películas agitando las piernas con impaciencia, y consultando el reloj con excesiva frecuencia. Me gustaría amar a Wes Anderson como a los malabaristas del circo o a las patinadoras de Bielorrusia, pero el esfuerzo es terrible y muy poco gratificante. No soy capaz de encontrarle una sola pega a su última marcianada, El gran hotel Budapest, que tiene la gracia de una aventura de Tintín y el desparpajo visual de un niño metido a cineasta. La trama fluye, los actores cumplen, la extravagancia no molesta... Me gustaría, de verdad, entregarme al adjetivo grandilocuente, y al aplauso sin interrupción. Pero el otro yo que habita esta pensión se iba a mosquear mucho, y me iba a boicotear los escritos.  Este otro fulano no termina de verle la gracia a estos experimentos, de acomodarse a estas sintaxis narrativas. El sentido del humor de Wes Anderson le entra por un oído y le sale por el otro culo. No le hacen ni puta gracia los chistes, y los actores le parecen amanerados y tontorrones. La paz de mi interior, la concordia de mis egos, el buen convivir de mi patio de vecinos, requiere que mi entusiasmo por El gran hotel Budapest sea reflejado aquí tibio y discreto. Como una señorita bien educada que aplaude tímidamente desde su palco.


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Oh, capitán, mi capitán

           Se ha suicidado, harto de la vida y de sí mismo, Robin Williams.
He querido poner un crespón negro en el encabezado de este blog, a modo de sentido y triste homenaje, pero mi sapiencia informática no alcanza para tanto. Hay una cosa que se llama código HTML que sólo de mirarla ya me mareo. Letras, cifras, símbolos rarísimos que insertados no sé dónde obran el milagro de los textos y los dibujos. Haría falta una carrera superior para insertar el crespón sobre la imagen ya melancólica del profesor Keating. Así que tendré que volcar mis condolencias en el texto, en el panegírico, donde soy un escribano torpe y mal entrenado. No me queda otra: ustedes que han llegado hasta aquí comprenderán, con sólo echar un vistazo, que Robin Williams, en este humilde blog de provincias, era mentor y bandera, referente y maestro.



En la web de El País han colocado diez cortes elegidos de Robin Williams, y cuando he llegado a El club de los poetas muertos, allí donde hacía la imitación de Marlon Brando para regocijo de sus alumnos, un escalofrío no de llanto, pero sí de pena, me ha subido por la espina dorsal y ha intentado extraerme las lagrimillas resecas y orgullosas. El profesor Keating preside estos escritos donde los cinéfilos vivos y muertos se congregan al calorcillo de las películas. Y no es por casualidad: Keating, en aquellos diecisiete años míos tan estúpidos y cegaratos, tan despistados e incongruentes, me recordó el imperativo vital del carpe diem; me hizo subir a la mesa para tomar perspectiva de la vida; me enseñó a desconfiar de los libros y me animó a pensar por mí mismo. Keating no me hizo más sabio, ni más provechoso, porque lo que natura no da Salamanca no lo presta, pero al menos me enseñó el camino, me ubicó en el mapa, me hizo comprender la sustancia de la vida y de la muerte. Ya sé que no fue Robin Williams, sino su personaje, el que me enseñó tales cosas, pero yo los tengo confundidos en el recuerdo, y por mí tanto monta, monta tanto. El profesor Keating, además, hablaba con tal pasión y convencimiento, que uno da por seguro que el actor también participaba de ese ideario, de esa emoción. Qué irónico que el hombre que nos enseñó a vivir se haya decidido finalmente por la huida, por la no vida.

Camino en cubierta donde está mi capitán,
caído muerto y frío.


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Joven y bonita

Antes de ver la película, uno había visto fotos promocionales de Joven y bonita en las revistas de cine, en los foros de internet, y se había quedado prendado de la chica que allí se recostaba sobre las camas, seguramente la joven y bonita a la que el título se refiría. Una actriz guapa, joven, con ese algo chic que sólo poseen las mujeres francesas. Las francesas de las películas –porque francesas reales no conozco ninguna- tienen una forma especial de dejarte enamorado y hecho una piltrafa por las esquinas. Las eslavas te dejan noqueado con sus rasgos inigualables; las anglosajonas te dejan turulato con esa autoconfianza que exudan por los poros; las españolas, cuando besan, y cuando tienen afeitado el entrecejo, también tienen lo suyo, porque al menos entiendes lo que dicen y eso favorece la conversación y el acercamiento. Pero las francesas… ¡Ay, las francesas! Te miran así como despistadas mientras sonríen, y se colocan el gorrito típico para salir a la calle, y no es un puñetazo de amor lo que te derriba, sino una pluma de ave cantora que te hace cosquillas irresistibles en el alma, y ya no puedes aguantar un segundo sin rascarte, y firmar así tu sentencia de enamorado.




            Pero uno, por muy experto que sea en estos amores virtuales, no estaba preparado para recibir la belleza inexplicable de esta actriz llamada Marine Vacth. Una cosa es verla en las fotos fijas de las revistas, donde su hermosura ya es indecible y difícil de abarcar, y otra, muy distinta, contemplarla en el movimiento propio de su personaje, hablando, sonriendo, mirando… amando también. Marine es la mujer exacta que uno dibujó cien veces en sus fantasías más locas, y cien veces desechó por ser quimérica e imposible. Y sin embargo ahí estaba, en la película, hecha piel y carne desde mis bocetos, como si un dios travieso hubiese robado mi sueño y lo hubiera hecho carne a imagen y semejanza de mi deseo. Marine es tan terriblemente hermosa, tan dolorosamente perfecta, que uno, más que admiración, siente molestias y ganas de olvidar. Termina la película, que además es oscura e hipnótica, inclasificable y extraña, y uno, cuando viene al ordenador para saber más sobre Marine, prefiere no mirar las fotografías y centrarse únicamente en los textos. Uno quiere saber quién es, de dónde ha salido, a qué dedica el tiempo libre, pero no quiere volver a recaer en su belleza.  Porque me duele mirarla. Uno, a su lado, compartiendo tiempo y especie, se siente acomplejado, disminuido, perteneciente a un subgénero humanoide que finge los comportamientos de esta otra estirpe superior. Marine Vacth me inquieta y me subyuga. Y me deprime. 


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Cuando todo está perdido

Me ponen muy nervioso, películas como Cuando todo está perdido, la epopeya de un hombre solitario que sobrevive al hundimiento de su barco en medio del Océano Índico. Como si los dioses le hubiesen cogido una manía perruna a este intrépido navegante, llueven sobre él las zozobras, las tormentas, los estropicios electrónicos que le dejan incomunicado y a merced de las corrientes. Estos seres vengativos que se esconden tras las nubes, o que nadan bajo el vientre de los tiburones, lanzan sobre él las grandes olas, las eternas canículas, las pequeñas desgracias consecutivas que le van minando las fuerzas y la moral. Quizá no son los grandes dioses quienes juegan con él, sino los retoños divinos, que utilizan al marinero como a un Madelman de nuestra infancia para ir practicando las grandes putadas que luego, de mayores, infligirán a los hombres de mar y de tierra, del uno al otro confín.




Pero Robert Redford, que para eso es Robert Redford, siempre se las apaña para salir airoso, dejando jirones de salud en cada asalto, eso sí, instrumentos imprescindibles sobre las olas, víveres de primera necesidad hundidos sin remedio. Uno contempla a estos personajes de película superando las adversidades de la mar océana, como Tom Hanks en Náufrago, o  aquel chico hindú en La vida de Pi, y se pregunta, en el rinconcito de su sofá, apretujado contra el respaldo como si estuviera realmente resguardándose de las olas, cuántos minutos –no días, ni semanas- habría tardado en sucumbir a la primera desgracia, ahogadito en el mar, incapaz de haber atado la cuerda salvadora, de haber inflado el bote salvavidas, de haber previsto un consumo racional de los alimentos, de haber conectado los mil cables de la radio, de haberse guiado por las estrellas en ese otro océano inextricable de los cielos. Uno, que nació alicorto y poco decido, más bien patoso y refractario a los saberes prácticos, no daría ni para media hora de película. La mía sería una comedia de humor negro, un mediometraje de aquellos de los de Charlot, metiendo la pata cada quince segundos exactos de guión, cayendo, resbalando, metiendo los dedos estúpidos donde nadie los metería. Un descojone para el espectador de provincias que no se creería tanta torpeza resumida en un ser humano hecho y derecho. Uno, en la comedia,  moriría cagándose en todo y cagándose por la pata abajo, paralizado por el pánico y atenazado por la presión. Como dice el gran Berto Romero, mis cinco dedos de cada mano no son tales, sino salchichas fofas recién sacadas del paquete. No hay tendones, ni falanges, ni nervios que organicen tal despropósito: sólo carne informe, blandengue, que no sabe asir ni sostener, atar ni percutir. Lo mío son los picaportes, el botón de la cafetera, el mando a distancia... Tengo que abrir una lata de espárragos a la vieja usanza, con el abrelatas diminuto y mal afilado, y ya sufro y me endemonio y me hago cortes por doquier, y maldigo tales barbaridades en voz alta que los vecinos se agolpan bajo mi ventana para gozar del espectáculo. Un cine de verano que les ha salido gratis. Qué haría uno perdido en el mar con un balandro que va deshaciéndose en cada embate de las olas... Cuánta vela, cuanta cuerda, cuánta carta marinera... Cuanto cachivache para la salvación del cuerpo y del alma. Al paso del primer buque mercante que pudiera rescatarme, encendería del revés la primera bengala de salvamento y me haría un agujero definitivo en el casco…


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El reino de los cielos

Hace unos años, en los cines-restaurantes de nuestra geografía, donde las gentes miran la pantalla mientras organizan los comestibles y rebuscan en los barriles de palomitas, se estrenó una versión de El reino de los cielos que duraba dos horas y pocos minutos. Incluso los más fanáticos defensores de Ridley Scott salimos decepcionados de la proyección. Esperábamos algo épico, grandioso, la gran película que nos aclarase el supremo pifostio de las Cruzadas. Sin embargo, el gran pifostio parecía ser el guión de la película, un enredo de personajes que entraban y salían de la pantalla sin dar muchas explicaciones al espectador. Un enorme lío de reyes, de barones, de guerreros, que lo mismo se batían en duelo que se estampaban sonoros besos de respeto.  Una trama que avanzaba a trompicones, como olvidándose cosas por el camino, como regresando a casa después de una gran resaca en las bodas de Canaán. Interpretando a Sibila de Jerusalén salía Eva Green, en la cúspide de su hermosura felina, y eso nos ponía mucho a los románticos y a los salidos del ancho mundo, pero su personaje era un dislate tal de emociones y comportamientos, que nuestra excitación hormonal se marchitaba ante la confusión insufrible de las meninges. Se le fue la pinza al bueno de Ridley, tuvimos que asumir los forofos.



            Hoy he descubierto, en este Blu Ray que compré hace poco en las rebajas, a un precio desorbitado que sólo pagan los fanáticos y los imbéciles como yo, que El reino de los cielos, en su versión primera y fetén, duraba algo más de tres horas, y que fueron los pérfidos productores y distribuidores, una vez más, los que convencieron a Ridley Scott a punta de pistola, y a fajos de mil dólares, para que cercenara su propia obra y nos la diera de comer regurgitada. Vista ahora, en su versión extendida – o mejor dicho, en su versión no disminuida-, uno entiende lo que entonces no entendió. Se hizo la luz sobre la Tierra Santa gracias a este rayico de color azul que trabaja en silencio dentro del aparato. Un milagro tecnológico de los dioses que sobrevivieron a tanto mandoble sobre el desierto. Ahora, en el Nuevo Testamento, los personajes de El reino de los cielos ya no parecen poseídos por la imbecilidad o por la locura, sino que, pérfidos o caballeros, villanos o bienhechores, dan a entender sus razones y actúan en consecuencia. Eva Green compone un personaje que ahora nos resulta juicioso, valiente, nada frívolo, y eso hace que nuestros amores cavernosos se aneguen de amor y de respeto.




            Termino de ver la película y acudo raudo a mi biblioteca, de la que me separan dos metros escasos que recorro a toda velocidad en mi silla de ordenador. Alguna caloría habrá caído en el esfuerzo, por mísera que sea. Allí languidece, sepultada por el polvo, la obra cumbre sobre las Cruzadas de Zoé Oldenbourg. Es un tocho imponente, de setecientas páginas, que recuerdo haber comprado en la opulencia de mis primeros sueldos, y haber leído en la exuberancia de mi juventud lectora. Paseo los ojos por sus páginas y es como si lo acabara de comprar. Como si hubiera soñado con una lectura que nunca se produjo. Horas de estudio se fueron por la cloaca; cientos de nombres y fechas se marcharon por el retrete nada más tirar de la cadena. Tardes enteras que pude haber dedicado a la gimnasia, a la búsqueda de mujeres, al cultivo provechoso de los champiñones, se quedaron finalmente en una sopa podrida de letras. Cerca de la página quinientos se narran los avatares reales que El reino de los cielos seguramente ha trastocado y versionado, en aras de su propia narración. Todos los personajes están aquí, en el tocho, firmando tratados y planeando traiciones: el rey leproso, Saladino, Balián de Ibelín… Los acontecimientos de la película abarcan sesenta páginas, que mañana mismo devoraré con la merienda. ¿Cuánto tiempo –ay-  tardaré en olvidarlo todo de nuevo?


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El rey de la comedia

El rey de la comedia es una de las obras olvidadas de Martin Scorsese. Nunca sale en las retrospectivas, en los homenajes, en los documentales  que le dedican en la tele. Es como una película vergonzante en su filmografía, como un experimento que le salió mal y ha quedado guardado en el desván de los malos recuerdos, cogiendo polvo. A quien esto escribe, sin embargo, que por suerte o por desgracia casi siempre nada a contracorriente, El rey de la comedia le parece una película corrosiva, inquietante, de un trasfondo moral que da para alimentar varias tertulias con los amigos, y hasta un librito delgado de filosofía. Es una fábula sobre el éxito y la fama que no ha perdido ni un ápice de interés, ni un tantico de actualidad.



            Que ya no consigne mis amores en este diario no quiere decir que no me siga enamorando. Lo hago todos los días, como un adolescente enfermizo, de las bellas mujeres que se pasan por mi televisor. Lo que ocurre es que me volví redicho, repetitivo… cargante, y dejé de escribir esas poesías ridículas que antes les dedicaba. Ustedes, los cuatro gatos de siempre, me lo habrán agradecido. Hoy, sin embargo, me he visto obligado a consignar este nuevo amor que me aprieta la garganta y me estremece las entrañas. Ella es Shelley Hack, la actriz esbelta y guapísima que torea al pesado de Pupkin en las oficinas de la televisión. La estatura exacta, los pómulos soñados, la mirada gélida. El gesto altivo, las piernas esbeltas, el talle ajustado milagrosamente a estas manos que la desean desde la distancia de los kilómetros, desde la lejanía de los años…


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Cruce de caminos

Todas las vidas humanas están interconectadas de alguna manera. Somos bolas de billar en el gran tapete de la vida, que entrechocan y se influyen. Lejanísimas carambolas pueden afectar a la larga nuestra azarosa trayectoria. La bola que nos mueve ha sido movida por otra que a su vez fue desviada por otra anterior y tal y tal y tal… Es un razonamiento escolástico que en la Edad Media buscaba a Dios como el origen de todas las cosas, el impulsor primero de la primera bola inmóvil. La cadena de acontecimientos que nos mueve es infinita e inextricable.  Haría falta un ordenador tan grande como el planeta mismo para prever todos los destinos que están en juego. El gran sueño de Laplace.




            Todo esto ya lo sabíamos antes de ver Cruce de caminos, la aburridísima película de este director tan plasta llamado Derek Cianfrance. El mismo que hace meses me arrancó bostezos del alma en Blue Valentine. Cianfrance te muestra los destinos cruzados de estos personajes como si estuviera diciéndote:  “Hosti, tú, mira, lo que he descubierto: que si alguien mata a alguien, el homicida toma caminos en la vida que antes no hubiera tomado, y eso hace que la vida de su hijo también se vea afectada y tal y tal y tal… ¿Curioso, no? Filosofía pura.” Vete al carajo, Cianfrance, y repásate Short Cuts, la obra maestra de Robert Altman, que también iba de vidas que se cruzaban, duraba más de tres horas, no tenía nada de pedante, y entretenía un huevo y buena parte del otro. Y nos regalaba, además, la visión seráfica del pubis pelirrojo de Julianne Moore, atisbo velludo y sensual del paraíso que no nos espera a los pecadores irredentos.



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The thick of it. El ala destroyer del Parlamento Británico

Llevo tres días seguidos alternando episodios de El ala oeste de la Casa Blanca con otros de The thick of it. El resultado de este cóctel es irónico y sorprendente. La serie que pretende ser realista, que es la de Aaron Sorkin, termina por convertirse en ciencia ficción de la política norteamericana, en el sueño quimérico de lo que debería ser un gobierno trabajador y respetable, pues todos los personajes, desde el presidente Barlett al último subalterno de las oficinas, son gentes íntegras, honradas, cuasi-socialistas a la europea, que tratan de convertir Estados Unidos en un país más presentable ante la Historia que lo juzgará. Buscando la verosimilitud, Sorkin encontró la improbabilidad. The thick of it, en cambio, que pretende hacer esperpento del gobierno, trazo grueso de la política, se convierte en el retrato exacto de todo aquello que imaginamos en los políticos que (no) votamos: el desprecio a la chusma, el ego subido, el cinismo por bandera, el mangoneo por costumbre, el privilegio personal por encima de cualquier otra consideración. Uno tiene la impresión de que Armando Ianucci, lo mismo en The thick of it que en Veep, ha dejado dicho a los actores que no interpreten, que no exageren, que sean ellos mismos pero imaginándose en el contexto del poder. Los personajes le han salido tan creíbles, tan diáfanos, que uno, a veces, más que reírse con la comedia, se estremece con el documental. Buscando la hilaridad, Ianucci encontró nuestra sonrisa congelada.


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Toro Salvaje

En el cine americano de los grandes estudios, antes de que directores como Martin Scorsese cambiaran las reglas de lo que se podía contar o no en las películas, Toro Salvaje habría sido un proyecto imposible, un guión no autorizado por los mandamases que hubiera dormido el sueño eterno de los cajones.  El retrato -autorretrato, más bien- de Jake LaMotta, campeón mundial de los pesos medios en los años cuarenta, no deja en muy buen lugar al personaje. En su vida personal, como si no pudiera desconectar del ring, o como si el ring sólo fuera la extensión de su carácter salvaje, Jake se comportaba como una mala bestia capaz de soltarle unos hostiazos de vértigo a su esposa o a su propio hermano por asuntos que sólo el imaginaba. Jake LaMotta, según su propia confesión, era propenso a la violencia repentina, a paranoias que lo volvían loco de celos. Un gángster del Bronx que decidió empuñarse los guantes en lugar de cargar con una pesada Thompson.
En Moteros tranquilos, toros salvajes, alguien preocupado por el proyecto le dice a Martin Scorsese que la biografía de un tipo así no le va a interesar a nadie, que no hay nada provechoso que sacar de una vida como esa: ningún mensaje moral, ningún aprovechamiento cívico, ningún acicate para la superación personal. Jake LaMotta es un personaje repulsivo que nadie querrá conocer pagando una entrada.  Un troglodita que no alcanza ni la categoría de antihéroe: un patán, un bestia, un hombre muy desconectado de la realidad. Un auténtico neandertal que por avatares de la evolución escapó de la extinción de su especie y terminó afincándose en Nueva York, en el siglo XX, desprovisto de cachiporra pero armado con unos puños igualmente demoledores.




            Pero Scorsese, como otros cineastas de su época, sabía que el público estaba preparado para asumir el lado oscuro de los seres humanos. En el cine clásico, los malos eran villanos de opereta, personajes sesgados y caricaturescos, que hacían el mal por exigencias del guión. O estaban locos, o estaban poseídos por demonio. Eran hombres y mujeres de alma negra como el carbón, sin grises ni escalas cromáticas. Así los quería el buen gobierno de las gentes, inexplicados, esquemáticos, como maniquíes sin identidad a los que vestir con la villanía de moda: el comunista y el alienígena, el sindicalista y el porreta. Simples peleles en manos de los buenos, que los zurraban sin piedad al final de las películas. Pero la realidad, obviamente, es mucho más compleja. La frontera entre los buenos y los malos es delicada, fina, sinuosa. Incluso un personaje tan repulsivo como Jake LaMotta alcanza su redención en una de las escenas finales de Toro Salvaje, cuando encerrado en una celda aporrea la pared maldiciéndose a sí mismo, arrepintiéndose de su propio carácter. Es en esa escena cuando los espectadores simpatizamos - sí, simpatizamos- con el monstruo que antes nos escandalizaba. Quien es capaz de verse a sí mismo desde la distancia y reconocer sus propios errores merece, al menos, unas gotas de compasión.



            En el folleto que acompaña el DVD de Toro Salvaje, Robert de Niro explica el suplicio que pasó para engordar los 27 kilos extras del Jake LaMotta ya retirado del boxeo:
            “ Es muy duro. Tienes que comer tres veces al día. Tienes que levantarte por la mañana y simplemente dedicarte a comer. Hay que comerse el desayuno, todas las tortitas, comerte la cena aunque no tengas hambre. Es una pesadilla.”

            Ahora entiendo el origen de esta abultada barriga que me separa del teclado. Una macrolorza mutante que, a diferencia de Robert de Niro, he criado sin esfuerzo alguno, simplemente dejándome llevar, comiendo tres veces al día y más que me pusieran, con la estricta puntualidad de quien profesara una religión nutricional. Una barriga sin billete de vuelta que jamás merecerá un Oscar de la Academia, ni un reportaje estelar en las revistas de dietética. Una barriga irresponsable, alegre, casquivana, que se come todas las tortitas sin pestañear. Es una pesadilla, sí, querido Robert, pero del otro tipo.


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Taxi driver. Bici driver

En Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind cuenta que el guión de Taxi Driver no es una cosa demencial que se le ocurriera Paul Schrader en la resaca de una mala borrachera, o de un mal desamor. Que es, realmente, el autorretrato de su propia misantropía, de su propio alejamiento cabreado del mundo. Hundido en la ciénaga de una depresión personal, Schrader se pasó semanas sin ver a ningún amigo, alimentando paranoias de una sociedad podrida, acariciando armas en la penumbra de un apartamento cochambroso de Los Ángeles. A veces, para cambiar de penumbra, se metía en los cines porno de su barrio, quizá para regodearse en la inmundicia del mundo, quizá para aliviarse sanamente de las tensiones y las malas posturas. Quién sabe. En esa época, para no morir de hambre, Schrader trabajaba de repartidor en una cadena de restaurantes del pollo frito. La empresa sería KFC, supongo yo, pero uno, mientras leía la anécdota, imaginaba que Schrader trabajaba para Los Pollos Hermanos, y que transportaba bidones de grasa con los ingredientes necesarios para que Walter White cocinara su droga cristalina. Un cruce de cables, ustedes me perdonen. Mientras repartía el pollo a los clientes, Schrader, como el Travis Bickle de Taxi Driver, vagaba por la ciudad cagándose en todo, imaginando venganzas, señalando con el dedo a los cuatro o cinco habitantes de Sodoma que iba a salvar de la destrucción total, del mismo modo que Yahvé salvo al virtuoso Lot con toda su familia.



            El anacoreta que escribe estos diarios se siente lejanamente identificado con los avatares vitales de Paul Bickle, o de Travis Schrader, que vienen a ser casi el mismo personaje, salvo en lo del tiroteo final, y en lo del pelo cortado a lo mohicano. Y digo lejanamente porque uno, a diferencia de ellos, es un misántropo pacífico, jovial, que vive encerrado en una habitación donde entra el sol por las mañanas y cantan los pajaruelos en el alféizar. No tengo armas de fuego, ni carnet de conducir, ni descuento de socio en el cine porno del pueblo, porque el sexo de los voyeurs, cuarenta años después, ya viene integrado en las mismas pantallas donde se escribe, al alcance de dos teclas y de un par de ganas. En realidad soy más tímido que misántropo, más pasota que beligerante. A mí lo que me pasa es que vivo fuera de contexto, en un pueblo de gentes agrícolas que nada saben de las películas o de las series. Les hablas de películas y sólo conocen las de John Wayne, y con los títulos mal recordados; les hablas de series y sólo recuerdan la muerte de Chanquete, o el sonsonete de Bonanza. Aquí están a la uva, a la patata, a la lechuga, alimentos que mi gordosidad añora y desprecia al mismo tiempo. No hay tertulia posible de mis cosas. Y mis cosas son el cine, y el snooker, que ya ves tú, como un alienígena de Ganímedes. Sólo este amigo de la memoria indecente, que a veces traigo a colación en el diario, y que ni siquiera vive en el pueblo, viene a rescatarme cada domingo del ostracismo, del monasterio cartujo en el que moro silencioso y me consumo.




       Mi película, si la escribiera, sería Bici Driver, la historia de un excombatiente de los grandes cines de Madrid que por motivos de trabajo ha de regresar a Invernalia, a ganarse el pan, y se instala en un hortofrutícola villorrio donde las gentes son amables pero extrañas, cercanas para comulgantes de otra religión. Mi personaje se mueve por el pueblo en bicicleta para hacer las compras, para estirar las piernas, para socializarse en los bares, y en los recorridos observa las aceras como un Travis Bickle más gordo y desafeitado. Aquí no hay proxenetas en las esquinas, pero sí algunos garrulos de habla ininteligible que maltratan a los perros y dicen “cagondiós” a todas horas; no hay drogadictos de los barrios bajos que me tiren huevos podridos al pasar, pero sí conductores incívicos que ven una bicicleta y piensan que uno es marica, o ecologista, o progre de la ciudad, y te buscan las cosquillas, y las costillas, y están a punto de tirarte al suelo en cada gracia que se les ocurre; tampoco hay prostitutas adolescentes a las que salvar, ni rubias preciosas como Cybill Shepherd a las que enamorar, pero sí hay mucha bruja, mucha arpía, alguna mujer preciosa que ya vive encerrada en su gran chalet con piscina y maromo musculoso en la garita. No odio a la gente de este pueblo, como Travis odiaba a todos los neoyorquinos salvo a Iris, pero me siento extranjero, diferente, señalado por dedos invisibles. A veces, en las tertulias con los lugareños, alguien abandona el sempiterno asunto de las lluvias y las cosechas y me pregunta, para congraciarse, o para hacerse el gracioso, por el título de alguna película.

- Are you talking to me? –le respondo con cara de sorprendido, un poco de medio lado, imitando la voz psicótica de Robert de Niro. Nadie me entiende, claro, y la pregunta queda flotando en el aire como una polilla de la ropa. El silencio se vuelve espeso. Ni ellos me preguntan ni yo me tomo la molestia de explicarles. Para qué… Tardan meses, y años, en volver a considerarme.


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The thick of it

Mucho antes de reírse de los políticos norteamericanos en Veep, Armando Ianucci ya se había reído de los políticos británicos en The thick of it. Si el pelele que se agita en Veep es la vicepresidenta de los Estados Unidos, en The thick of it es el ministro ficticio de los Asuntos Sociales, un estúpido integral rodeado de un personal incompetente en el ministerio más prescindible, más falto de fondos, más descuidado por las mentes directrices del Gobierno. El cajón desastre donde se dilucidan las políticas para los parados, para los pobres, para los tontos, para los minusválidos, para toda la chusma que el Gobierno desearía extinguida o exiliada. The thick of it, que yo desconocía hasta hace nada, es una serie que no ha sido estrenada en nuestro país, ni puede comprarse en DVDs. Sólo en los comercios on-line de países extranjeros, subtitulada en inglés para los sordos que también tienen derecho a reírse. Ni siquiera en los manantiales ilegales puede encontrarse The thick of it con subtítulos en castellano. Un alma generosa que además sabía mucho inglés tradujo, hace años, los primeros seis episodios, que son los que yo tengo, pero se quedó sin tiempo, o sin ganas, o sin vida, para traducir los otros muchos que vinieron después. Loado –o loada- sea en cualquier caso.




Ministro: A veces, ¿no te pasa?… cuando te encuentras con la gente de verdad, de la calle… ¿No te pasa que miras a sus ojos vacíos y sus bocas llenas de vulgaridades…? Ya sé que la gente como ellos piensan que la gente como yo piensa así, y por eso odio pensarlo, pero es que, joder, parece que son de otra especie. Con sus camisetas, y pantalones, y viseras… ¿Por qué llevan camisetas con cosas escritas? ¿Y por qué están tan gordos, joder?
 Asesor: Ya te digo… Y tan imbéciles. 



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