Agosto

            De familias mal avenidas que aprovechan una boda o un funeral para ajustar cuentas está la historia del cine muy corta de existencias. De las otras películas, con final feliz y arrumacos en el sofá, de padres finalmente amados e hijos finalmente perdonados, hay muchísimas más, infinitas más, pues ellas son la chicha del negocio, y los cineastas tienen que comer y alimentar a sus familias. Pero eso sí: el género pesimista siempre ha dado mejores películas, mucho mejores, que este otro paraíso de las nubes rosas y los cielos límpidos de amor. Sólo hay que recordar Celebración, tan nórdica, o American Beauty, tan yanqui, o la saga misma de El Padrino, tan obra maestra, que resumida en dos líneas es el drama existencial de unos psicópatas condenados a mantener una familia –famiglia- que en el fondo odian o desprecian. Los dramones donde los consanguíneos se lían a repartir insultos e incluso hostias se vuelven inolvidables porque sus personajes se comportan con una sinceridad que en la vida real, siempre coercitiva e inoportuna, casi nunca sale a la luz. Todo lo que uno se calla en los bautizos o en las comuniones, porque sería de muy mal gusto, y porque además alguien podría partirnos la cara, sale en estos guiones seguramente escritos por gente que también vivió esas convivencias, haciendo anagramas con los nombres de sus seres queridos para colocárselos a los personajes de ficción.



Este género maldito (del que Agosto, vista hoy, ya es un referente inolvidable) es una vía de escape para el espectador amordazado, un regocijo para los espíritus más cínicos y defraudados. Agosto es la confirmación, en boca de otros, de sospechas y pensamientos muy particulares.  A lo mejor es que a uno siempre le ha ido mal con las familias -la paterna, la materna, la política- y se siente reconocido en estos ambientes disfuncionales donde reinan los malvados y los estúpidos, las egoístas y las taradas. Los espectadores que viven en familias ejemplares y amantísimas piensan que películas como Agosto son un vodevil, una exageración, una ópera bufa. Que sólo en líneas genéticas muy alteradas, de mucha mutación aleatoria y mucho capricho de los cromosomas, se dan estos espectáculos de malquerencias venenosas y traumas que solidifican en la sangre. Pero están lejos, muy lejos de la realidad. Tal vez, incluso, muy lejos de su propia realidad. Mejor que no rasquen el barniz, que no limpien en profundidad, que no vayan muy lejos en sus confesiones con el señor cura. Lo normal es llevarse mal con la propia familia, porque cada uno es diferente, particular, sujeto azaroso de una combinación genética que te hace pariente, pero nunca amigo por decreto. La amistad, dentro de la familia, hay que trabajarla como cualquier amistad del trabajo o del equipo de fútbol. No hay camino andado de antemano. Unas coincidencias en la secuencia de bases no es garantía de nada. Al revés: la convivencia, por forzosa,  suele ser el principio del fin.




Escucho, mientras camino por los montes, estos versos del llorado Germán Coppini, que podrían haber sido míos si tuviera la grandeza de su poesía. Son de la canción Tendré que levantarme algún día:

Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huéspedes,
creando aureolas de fantasía..
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Her

Her cuenta la historia de un hombre del futuro cercano que, desencantado del amor de las mujeres, se enamora de OS1, el sistema operativo de su ordenador, un ente de inteligencia avanzadísima que podría jugar al ajedrez con Hal 9000 en 2001. Scarlett Johansson pone su voz sexualmente hipnótica a OS1, un hilo de dulzura y aguardiente al que ningún hombre hecho y derecho puede permanecer indiferente. Te saluda por la mañana, te lee los correos, te hace cuatro sugerencias de agenda, y ya quedas prendado de su voz para el resto del día, soñando con una mujer de carne y hueso que portara esa boca y fuera tan agradable y solícita. Ese es el gran mérito de Her: que a ningún espectador le parece ridículo que Theodore, el personaje de Joaquin Phoenix, se enamore de una entelequia construida con chips y líneas de código. Porque la soledad del personaje es mucha, y todos, salvo los muy afortunados, hemos experimentado alguna vez esa decepción profunda con la vida real. Theodore no es un tarado, ni un abducido de la existencia virtual. Theodore está enfadado con las mujeres, herido de muerte, y abandona el carbono de la carne palpitante por el silicio del diseño industrial, a ver si con ese elemento de la tabla periódica le sonríe más la suerte.





OS1 siempre está disponible, a un solo clic de encendido, para escuchar las penas o responder a las inquietudes. Está diseñado de tal que manera que le permite ir construyéndose a sí mismo, incorporando nuevas respuestas, nuevos matices, nuevos “sentimientos” que nadie podría distinguir de los “reales”. Es más inteligente que cualquier mujer que uno pudiera conocer en el pub, más paciente, más comprensivo. Carece de hormonas que lo trastornan cada dos por tres, de amigas íntimas que hablan en tu contra, de futuras suegras que te ven como un pelele sin futuro.  Lo puedes apagar en cualquier momento para irte de viaje o de parranda, o suspender su actividad si algún día se volviera insoportable o agresivo. Podrías, incluso, devolverlo a la tienda si las cosas salieran rematadamente mal entre vosotros. Sin juicios, sin divorcios, simplemente visitando el departamento de atención al cliente. 
OS1 es una fantasía masculina hecha realidad. Una gran historia de amor que lamentablemente está condenada al fracaso, porque la inteligencia humana tiene unos límites evolutivos, y se queda pequeña ante una inteligencia artificial que crece exponencialmente cada día, adentrándose en mundos de conocimiento donde es imposible acompañarla. Y porque, además, el amor no es tal si al final del día no se folla. A lo largo de Her, Theodore y OS1 intentarán subsanar esta dificultad con soluciones imaginativas y descacharrantes, pero al final, aunque sean unas pesadas y unas manipuladoras, unas insoportables y unas esquizofrénicas, las mujeres poseen un tacto, un olor, un cuerpo serrano que ningún sistema operativo será capaz de emular. Tal vez cuando lleguen las impresoras 3D que impriman carne y arterias, huesos y pieles, y uno pueda fabricarse a la mujer ideal sin salir de casa: una mujer de cuerpo exacto al soñado, de carácter mimético al añorado…


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Looper

Looper es una película de ciencia-ficción sobre hombres que son enviados al pasado para que su yo más joven los asesine a cambio de un pastizal que ríete tú del que guarda Bárcenas en Suiza. Un galimatías de líneas temporales y paradojas existenciales que un espectador atento puede seguir sin problemas, pero al que es mejor no investigar en profundidad. Hay que estrangular las preguntas nada más nacer para que Looper, que es una película entretenida en la que además sale Emily Blunt partiendo corazones por la mitad, se deslice limpiamente hacia su trágico e inevitable final. El mismo personaje de Bruce Willis, en su primer encuentro con su yo más joven del presente, le ordena, tajantemente, que no haga preguntas:
- No quiero hablar de putos viajes en el tiempo. Porque si nos liamos a hacerlo estaremos todo el día haciendo diagramas y te juro que es un coñazo. Así que olvídalo.




            El eje de Looper son los viajes en el tiempo, pero a mí lo que me fascina son los poderes telequinésicos de algunos de sus personajes. En el futuro, una minoría de seres humanos desarrollará una mutación que los capacitará para mover objetos con la mente, y eso los volverá tremendamente poderosos para dirigir los cotarros, y también terriblemente atractivos para atraer al sexo contrario, especialmente a las mujeres, siempre tan receptivas al macho que hace alardes y farda de capacidades. La telequinesia es el superpoder que yo me compraría de venderse en las tiendas, el que yo me implantaría de poder acceder a la terapia genética en el Centro de Salud. Chronicle, que trata estos asuntos con verosimilitud escalofriante, es una de las películas más fascinantes de la década. Otros amigos míos, en las tertulias absurdas, se decantan por la visión de rayos X, para ver a las tías desnudas, o se muestran entusiasmados con el don de la invisibilidad, que también usarían para colarse en los vestuarios y en los cuartos de baño de las féminas. Mis amigos, como se ve, son todavía más simples que yo. Me molan, estas opciones, pero puestos a escoger, como cantaba Serrat, prefiero mover objetos con la mente y hacer pequeñas jugarretas a los que me caen mal; tremendas putadas a las personas que odio desde las vísceras. Sería el puto amo del barrio, un mafioso de gafas de pasta y gesto tranquilón que esconde un demonio dentro de la cabeza. Una rueda que, ops, se pincha; un tiesto que, ay, aplasta un pie; una puerta que, caramba, golpea en las narices. Dentro de cinco años, mi hijo sería campeón de Europa con el Real Madrid si yo pudiera dirigirle el balón desde la grada, dibujando pases perfectos y golazos imposibles. Nos forraríamos, él y yo, y seríamos felices cada uno en nuestro paraíso, él en las playas de Miami rodeado de cubanas, yo en los lagos de Finlandia, refugiado en la cabaña junto a una mujer tan hermosa como Emily Blunt, de ojos azules como el agua y piel blanca indistinguible de la nieve. 


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La línea del cielo

Leo esta interesante reflexión en el libro Move Up:
    “La biología determina quién eres, pero no dictamina tu destino final: es tu elección. Puedes elegir qué cultura te favorece más. […] Esta libertad sólo puede llegar si te haces consciente de que la cultura no es un destino, es una elección. Puedes elegir qué cultura te conviene más. Avanzar a veces significa irse a otro lado. Te haces consciente de que esta cultura no es lo que te conviene.”
    Horas más tarde, como si la lectura hubiera determinado la película, veo La línea del cielo, película de Fernando Colomo en la que Antonio Resines, encarnando a un fotógrafo de éxito, busca establecerse en Nueva York para trabajar en las grandes revistas. Gustavo, que así se llama el personaje, piensa que España se ha quedado muy pequeña para su ambición, para su gran talento, y cree que en Estados Unidos va a encontrar el reconocimiento internacional y el sueldo bien pagado. Él busca una cultura más acorde a su talante, a su idiosincrasia personal: un entorno más urbano y cosmopolita, más colorido y excitante. Pero Gustavo –y este es el leit motiv de la película- no ha tenido en cuenta un pequeño detalle: su dureza de oído, tan española, tan de manual, para entender el inglés endiablado que le hablan los indígenas. Ese galimatías de consonantes agarradas y vocales absurdas en el que es difícil distinguir incluso los saludos más elementales, los giros coloquiales más necesarios. Gustavo descubrirá poco a poco que no se está enterando de nada, y lo que es peor, que a medida que pasan las semanas sigue sin enterarse de nada. Sus avances académicos serán insignificantes y casi ridículos. Descubre, finalmente, como advertían en el libro Move Up, que la cultura americana no le conviene.
    “Cada vez que yo terminaba una frase, la profesora decía: “Perfecto”. Eso me animaba muchísimo. Pero pronto descubrí que Perfecto era el nombre del gallego que estaba sentado a mi lado”.



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La misantropía de Matthew Weiner

Leo en el libro Hombres fuera de serie este pensamiento atribuido a Matthew Weiner, creador de Mad Men y guionista de Los Soprano, uno de los genios de esta edad dorada de la televisión.
            “El hecho de que la gente actúe movida casi siempre por sus peores impulsos, tanto si lo hace de manera consciente como si no, era un dogma de fe inamovible para Weiner. Cualquiera que pensase lo contrario se estaba engañando a sí mismo”.

            Un misántropo más, el señor Weiner, al que habría que hacer miembro honorífico del Club Misántropico de mi pueblo, del que soy, hasta el momento, presidente, tesorero y único miembro conocido.


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A propósito de Llewyn Davis

“Los triunfadores se erigen sobre las ruinas de los fracasados”. Podría ser una frase de Séneca, o de Marco Aurelio, o de algún presidente republicano de los Estados Unidos, pero en realidad me la acabo de inventar tras ver A propósito de Llewyn Davis. La última película de los hermanos Coen me ha sacado el ramalazo sentencioso que llevo dentro, porque es una película que habla del fracaso de los artistas, y yo, desde la modestia casi humillante de este blog, también me siento un artista fracasado. Uno que hace tiempo aspiró a salir de la provincia, a ver sus textos publicados en la capital, a firmar ejemplares en el Paseo de Recoletos, a recibir un cheque mensual con los jugosos royalties de las ventas… A ser invitado, en definitiva, a fiestas de alto copete donde mujeres bellísimas de traje negro y labios rojísimos se interesaban por mi persona y me devoraban con la mirada. No olvidemos que la literatura, como la música, como cualquier actividad artística emprendida por los hombres, sólo es una sofisticada estrategia para encontrar pareja sexual. Menos evidente que los músculos, que los cochazos, que las poses de chuleta. Más insidiosa, más indirecta, más trabajada. Y no por ello, curiosamente, más eficaz. De ahí la misoginia venenosa de los artistas, en el fracaso, y también nuestro romanticismo incurable, en los ensueños. Yo nunca me quejo de no tener lectores, pero sí, amargamente, de no tener lectoras.




Llewyn Davis es un cantante folk que allá por los años sesenta malvive y maltoca en los garitos de Nueva York. Aunque uno no se confiesa lego en este género musical, porque en España nunca tuvo predicamento, y el poco que lo tuvo se lo cargó María Ostiz de un plumazo muy cursi y algo facha, las canciones de Llewyn Davis suenan bien trabajadas y bien cantadas. Se ve que es un artista valioso, con talento, que enamora a las chavalas y hace pensar a los maromos que las acompañan en los conciertos. Pero a Llewyn, como a tantos otros, le falta el empujón de la suerte, el visto bueno del cazatalentos, el padrinazgo de alguien que maneje dinero y confíe en la inversión. Llewyn es uno más en el panorama musical de su época. Un desventurado habitual en las películas de los hermanos Coen, al que la desgracia y la mala suerte persiguen por doquier, jodiéndole la vida poco a poco, mordisco a mordisco, no de un solo golpe cancerígeno o traumático, sino lentamente, casi con saña. La hijaputa de la vida… Al final de la película, mientras Llewyn ahoga sus penas en la barra del garito, en el escenario, sentado en la misma silla que él acaba de dejar, un chaval de pelo rizado armado de guitarra y armónica se labra la gloria que a él –quizá igual de talentoso- le estará vedada para el futuro. Porque sólo hay sitio para uno, en cada competencia de la vida. Lo mismo en la música que en los diarios cinéfilos o que en el lateral izquierdo de la Selección Española. El que gana necesita que los demás fracasen delante de él. Ellos formarán el trampolín humano sobre el que poder saltar y encaramarse a lo alto. Algo así decía la maestra de Billy Elliot en la película, cuando el chaval ya apuntaba maneras en la danza: para que tú triunfes, muchos tenemos que fracasar; tu éxito, en cierto modo, también será el nuestro.


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Un idiota de viaje. La India

En el prólogo de su viaje a la India, Ricky Gervais y su socio Stephen Merchant le comunican a Karl Pilkington que su destino final será visitar el Taj Mahal. Ante su gesto de extrañeza, ellos le explican:
Merchant: Un hombre que construye un mausoleo para su esposa muerta. De tan afligido que estaba.
Karl Pilkington: ¡Culpable! Obviamente hizo algo mal cuando ella estaba viva. Esto es como regalar flores a alguien y eso. Nunca he tenido que hacerlo. Nunca me he sentido culpable.
S. Merchant: ¿Nunca has dicho: “Voy a llevarle unas flores a Suzanne”?
Karl Pilkington: Nunca, porque se pondría en plan: “¿Qué ha pasado?” Si le construyera el Taj Mahal, ya sería: “¿QUÉ ha pasado?” [Gervais y Merchant se parten de risa] ¿Por qué sintió que tenía que hacer eso?
S. Merchant: Porque la quería muchísimo. Era como un lugar santo para recordarla.
Karl Pilkington: Ya…


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The Wire en el agro ibérico

Leo en el libro Hombres fuera de serie:
“En algunos círculos, no haber visto The Wire se convirtió en una terrible infracción del protocolo social”.

            Aquí, en mis círculos de Invernalia, nadie sabe qué coño es The Wire. ¿De guaier…?  Haberla visto no es una infracción del protocolo social, pero sí la señal –una más- de que uno vive fuera de sitio, a solas en su habitación, lanzando SOSs de comprensión a través de este diario que nadie, tampoco, ni en estos círculos ni en otros, lee.


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Un idiota de viaje. Jordania

Ante las ruinas de Petra, Karl Pilkington, en Un idiota de viaje, lanza una reflexión a medio camino entre la filosofía y la tontería. Porque él es así: medio bobo y medio genio. Un tipo peculiar, inclasificable, al que Gervais y Merchant han convertido en el nuevo rey de la comedia en este salón:
            “Y era más fácil inventar cosas en aquella época, porque no había nada más. Cualquier cosa que necesitaban, lo inventaban. Quiero secarme las manos. Me acabo de lavar las manos. Invento una toalla. Todo, cualquier cosa. Es muy difícil comer esta sopa. ¡Cuchara! ¿Entiendes lo que quiero decir? No puedes… Piensa en algo ahora. Intenta inventar algo ahora, algo que necesitas ahora. Se me ocurrió hacer una tostadora transparente. Ya sabes, porque siempre estás haciendo eso. Piensas: ¿estará lista? Y no dejas de apretar el botón para ver si están hechas y acabas rompiéndolo porque lo has forzado. ¡Una tostadora transparente! Lo busqué en internet y ya estaba inventado”.
           


           Minutos más tarde, ante una las grandes puertas labradas por los nabateos en la roca, Karl Pilkington deja la comedia por unos momentos y nos sorprende con esta aguda reflexión sobre la fealdad y la belleza:

            “Es mejor vivir en el agujero, viendo el palacio, que vivir en el palacio viendo el agujero, ¿no? Rick y Steve podrán decir que soy idiota, pero creo que he demostrado lo que dije. Pero no hablaba sólo de edificios. De la vida, en general. Incluso entre una persona guapa y otra fea. De alguna manera, es mejor ser la persona fea que aprecia las cosas bonitas. Miras a las personas más guapas. Da igual que seas feo. En cualquier caso, ¿cuántas veces te miras a ti mismo? Es lo mismo. Sé el feo, mira al guapo”. 


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Un idiota de viaje

Un idiota de viaje, la telecomedia que producen Ricky Gervais y Stephen Merchant, parte de una idea que se le podía haber ocurrido a cualquiera. Pero fíjate tú, se les ocurrió a ellos, que miran el mundo de una manera muy cínica y particular. Documentales en los que el viajero habla con gusto de lo que descubre y observa son todos en nuestra parrilla. ¿Pero qué pasaría, pensaron Gervais y Merchant, si enviáramos por el mundo al hombre más deslenguado de las Islas Británicas? ¿A un tipo que habla sin filtro, sin tapujos, siempre quejumbroso y poco dado a la experimentación? ¿Qué documentales bizarros nos saldrían si el protagonista fuera echando pestes de las comidas, de los hoteles, de los comportamientos incomprensibles de los autóctonos? ¿Qué cosa extraña y fascinante produciríamos si nuestro protagonista, Karl Pilkington, amiguete y colaborador, tan británico como tozudo, enemigo de los viajes y las maletas, filósofo rotundo de lo cotidiano y lo evidente, fuera enviado a los rincones más exóticos del planeta para intentar culturizarse y hacerse ciudadano universal?  




          Karl Pilkington, que se presta al maléfico experimento con todas las consecuencias, no va a decir que tal monumento o tal paisaje le ha conmovido si en realidad le ha dejado como estaba. No va a hacer un halado de la gastronomía si no le gusta, de la cultura si no la entiende, de la belleza de las mujeres si no la comparte. Va a decir exactamente lo que piensa, y que las Maravillas del Mundo y sus orgullosos guardianes aguanten su vela. Y el espectador, mientras tanto, a partirse el culo en el sofá, que es lo que hago estos días cuando termina un partido del mundial y aún falta una hora para que empiece el siguiente.


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Guerra Mundial Z

            Los nazis, hay que reconocerlo, lucían una estética imperial que sale muy bien en las películas. A lo largo de la historia ha habido muchos asesinos que cometieron grandes genocidios: los mogoles de Gengis Khan; los cruzados en Tierra Santa; los norteamericanos sobre Hiroshima; los estalinistas en las anchas estapas de Rusia... Pero los nazis, fascinantes en su perversión, se han convertido en el icono indiscutible del mal. Su porte, su rubio, su gesto soberbio… Sus desfiles, sus gabardinas, su bandera roja con la esvástica… Su propio idioma, enrevesado y consonántico, que resuena en los oídos como algo gélido y amenazante. Nadie se tomaba  en serio a un dictador como Mussolini porque hablaba italiano, o uno llamado Franco porque discurseaba con esa voz de faltarle un testículo y parte del otro. Los mogoles llevaban coleta, los cruzados olían mal y los soviéticos llevaban rabos y cuernos bajo los ropajes… Y los americanos, por supuesto, hacían las películas poniéndose a sí mismos como buenos.  Nadie llama “cruzado” o “mogol” al hijoputa que nos amenaza con el dedo o con la porra, pero el insulto “nazi” nos sale con una facilidad que ya es costumbre cultural y arraigada. La palabra “nazi”, dentro de mil años, cuando la II Guerra Mundial sea un hecho tan lejano como ahora lo es la Batalla de Guadalete, formará parte de los diccionarios como sinónimo de maldad y de gran desgracia.



            Algo parecido sucede con los zombis cuando hablamos de recrear las desgracias futuras de la humanidad. Cuando todos muramos contagiados de un virus o de una bacteria, y dejemos nuestro trono a las ratas y cucarachas, las probabilidades de que nos convirtamos en unos zombis como estos de Guerra Mundial Z son mínimas. Pero existe un consenso extraño, alimentado por la cinematografía más reciente, de que así llegará nuestro final: con las calles invadidas de espantapájaros con el cerebro apagado y la carne palpitante como único alimento. Los zombis son los nazis mal afeitados y andrajosos del futuro. La panda asesina que cometerá el último y gran genocidio del planeta. Los zombis tienen esa fotogenia cadavérica que los hace carismáticos y temibles: los andares, los gruñidos, los ojos de lunáticos... Yo creo que todo esto viene del vídeo de Thriller, que hace treinta años nos dejó a todos turulatos y casi con ganas de estar muertos para poder bailar así, y no, como aseguran los entendidos, de La noche de los muertos vivientes, que es una película cutre y simpática rodada en blanco y negro. Aquellos movimientos espasmódicos de Michael Jackson y sus bailarines se nos han quedado grabados como un meme cultural. Es difícil imaginar un futuro apocalíptico en el que los muertos no se levanten de las tumbas para danzar y luego comernos. Lo más lógico es pensar que la Madre Naturaleza, cuando por fin decida exterminarnos, lo haga soltando un virus tan terrible como el Ébola, que nos haga desangrarnos y descacarnos hasta quedarnos vacíos por dentro y bien muertitos por fuera, en apenas unas horas de terrible agonía. Pero tal apocalipsis, en el cine, no quedaría bien. La tensión dramática hace obligatoria la presencia de un villano móvil que se oponga a nuestro héroe,  un antagonista que camine, que ataque, que muerda. Un virus letal es poco atacable y mal explosionable. Una película sobre el Ébola sería tan aburrida –o tan fascinante- como un documental sobre el Ébola, con sus antibióticos, sus hospitales, sus medidas profilácticas.




Yo, por mi parte, siempre he pensado que el Armagedón llegará el día en que el número de estúpidos alcance una masa crítica y definitiva. Dentro de unas décadas, a lo sumo de unos siglos, las personas inteligentes ya no encontrarán a nadie normal con quien aparearse, y se extinguirán lentamente en sus habitaciones aisladas del mundo. Los estúpidos sembrarán el mundo de tal cantidad de estupideces  que el mundo terminará con mil fuegos y explosiones, con mil matanzas y suicidios. Será un fin del mundo muy tonto, muy estúpido, nada comercial ni apocalíptico. Los jolivudienses se confunden de género cuando abordan estas tramas del Gran Final. El ocaso de la humanidad no será una película de terror, sino una gran comedia para descacharrarse de la risa. Diez mil millones de tontos muy tontos


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Sherlock

Llevaba varios días sin atreverme a ver otra película. El aburrimiento mortal que me inocularon Jaime Rosales y Leos Carax todavía circulaba por mi sangre, adormeciéndome a horas insospechadas del día, como un enfermo de narcolepsia que cayera redondo al recordar las escenas y los argumentos. Para sobrevivir a este mal paralizante, que me impedía encender de nuevo los vídeos y ordenadores, me he refugiado en el cochambroso apartamento del 221B de Baker Street, en Londres. Sherlock es una serie modélica, irrepetible, a la que he dedicado muy pocos esfuerzos en este diario porque es imposible escribir sobre ella sin desvelar spoilers, o sin caer en la prosa más babosa del espectador fascinado. Hay tanta inteligencia en esos guiones –intrincados, elegantes, prodigiosos- que escribir sobre tales hazañas, en estas páginas de escritura anodina y provincial, sería un ejercicio insolente que me dejaría tambaleando al borde del ridículo.



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Sueño y silencio

En Sueño y silencio, su director, Jaime Rosales, que es un experimentador del cine que a veces acierta de plano y a veces duerme a las ovejas, consigue exactamente lo que se propone: sumirme en el sueño a través del silencio hermético de sus personajes. Uno entiende, e incluso aplaude, que Rosales trate de hacer cine diferente y poco manido. La muerte de una hija pequeña, en manos de un director americano de la factoría, o de un sensiblero realizador de nuestro terruño, sería un espectáculo de pornografía sentimental difícil de ingerir: un matrimonio que se pasaría la película llorando, reprochando, ensoñando, padeciendo, gimiendo, chillando, maldiciendo, rezando... Una reacción lógica de la vida real que en el cine, no sé por qué, siempre queda melodramática y un poquitín ridícula. Un espectáculo terrible. Creo que sólo una vez me creí a pies juntillas la pérdida ficticia de un hijo, en 21 gramos, con aquella soberbia Naomi Watts que se moría de dolor entre los suspiros y la incredulidad del momento.



Rosales, en su intento por ser distinto y original, convierte a sus personajes en figuras de piedra. Huyendo del espectáculo más evidente y efectista, ordena a sus actores -que en realidad no son actores profesionales- que escondan, que tapen, que se queden mirando a la nada durante minutos que se hacen interminables para el espectador. Intuimos que hay ríos de lava tratando de perforar esas máscaras de roca para brotar con rabia fueguina de sangre y sudor. Pero o los actores son cojonudos, o Rosales, en el rodaje, les atizaba con el látigo cada vez que una emoción asomaba en sus rostros. En el duermevela que me priva de la segunda parte de la película, uno, chapoteando en el marasmo, ya no recuerda bien si la hija estaba muerta o si la habían perdido en el parque, o si la chica sólo había suspendido las matemáticas y los padres ponían cara de qué le vamos a hacer, mañana será otro día. Me cuentan que al final había unos planos muy poéticos, ensoñadores, de cine de altísima calidad, como buscando fantasmas o aventurando el milagro de una resurrección. No sé.  Mientras este cine de valiosos quilates transitaba por mi televisor, yo, en el sofá, despatarrado y con babilla en los labios, ya soñaba con el próximo Mundial de fútbol, con las tardes eternas que pasaré persiguiendo la pelota por los pastos brasileños, siempre demasiado altos y resecos…


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Holy motors

Había leído críticas muy exaltadas sobre esta película francesa titulada, de un modo extraño y muy británico, Holy motors. Los críticos de guardia peleaban entre sí por encontrar expresiones más altas que la tan manida “obra maestra”, o “película excepcional”. Y uno, que estos días andaba con prisa y bastante despistado, se lanzó de cabeza a Holy motors sin pasar el trámite obligado de una segunda opinión. Me hubiera venido bien el aviso de que esta piscina, contrariamente a lo que aseguraban, no tenía agua para amortiguar la zambullida. Porque la hostia ha sido morrocotuda. El agua que decían pura y cristalina, de un cine esencial y desatado, que manaba de las fuentes primordiales del séptimo arte y no sé cuantas gilipolleces más, no era más que un espejismo compartido por estos lunáticos que ven las películas con los ojos torcidos y el espíritu crítico vuelto del revés. Una psicosis colectiva como las que preside la Virgen María en sus apariciones, o Mariano Yojar en sus mítines multitudinarios. Leos Carax, el director, también goza del poder mesiánico de arrastrar a los críticos en los festivales, y los convence de haber convertido las heces de la mañana en vino de Burdeos. Ha sido ahora, en el sopor de la noche ya calurosa, indignado y flipado a partes iguales, cuando he descubierto que Boyero y Marchante, mis oráculos de Delfos, mis críticos de cabecera, mis guías espirituales en este asunto primordial del cine, echaban pestes de Holy motors en sus críticas, por ser película estúpida y pretenciosa. No les leí a tiempo, antes de enfrentarme al monstruo desarmado de armas y coraza. Ahora, en el insomnio, me lamo las heridas, y juro próxima venganza. Que será el desquite de no volver a ver, de no volver a tener en cuenta.


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Treme, tan lejos y tan cerca

Uno escribía el otro día sobre la extraña y cercana relación que me une a los personajes de Treme, tan alejados en lo geográfico y en lo cultural, y hoy, en el libro Hombres fuera de serie, como si el autor me hubiera leído el pensamiento, descubro este párrafo que describe a la perfección mi relación con los personajes de ficción, a los que quiero y estimo, a los que admiro y envidio, a los que sigo y esquivo.

“Todo esto conspiró para crear una nueva y extraordinaria intimidad entre la serie y el espectador. Incluso el más empedernido devorador de temporadas enteras bajaba el ritmo a medida que quedaban menos episodios, resistiéndose a decir adiós, víctima de algo muy parecido a la ansiedad de la separación. Al fin y al cabo, llegado ese momento, ya habría pasado con aquellos personajes al menos tanto tiempo como con sus propios amigos o familiares”.


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Las consecuencias del amor

Aunque el director se ponga misterioso en el tramo final, una película llamada Las consecuencias del amor sólo puede ser un drama de oscuro y terrible desenlace. Es una cosa que Paolo Sorrentino, al que le sigo debiendo esa obra hipnótica que es La gran belleza, debería tener en cuenta para próximas elecciones de títulos. El espectador avezado ya sabe que esa conjunción de palabras sólo puede desembocar en un destino trágico, y ninguna intriga de margaritas deshojadas será capaz de hacerle dudar. Cuando una belleza como Olivia Magnani, tan parecida a nuestra querida Sara Carbonero de las Españas, se cruza en la vida de un hombre que no la merece, pero que se enamora de ella sin poder remediarlo, la tragedia está servida y lista para el remate. Porque una mujer así, a los no preparados, a los ya mayores, a los que vamos por el mundo arrastrando la maleta, nos sacará de nuestra órbita sólo para dar cuatro vueltas de mareo y terminar abrasados en caída libre hacia el sol. Las mujeres hermosas, como esta nietísima de Anna Magnani de los ojazos como mares, son pertenencia exclusiva de otra clase de hombres. El bancario Titta de Girolamo, en Las consecuencias del amor, intuye que la vida se le va escurrir entre los dedos, pero no puede, como tampoco podríamos nosotros, desenamorarse a capricho. El amor por las bellezas inalcanzables es un magnetismo estúpido que tú no quieres poner en marcha, pero que se enciende a capricho, y te deja pegado a su presencia, prisionero, desesperado, enamorado. Es la maldición del instinto. El agujero negro que nos atrae y nos destruye. Dijo una vez Rafael Azcona que los años le habían traído muchos inconvenientes, pero también una gran ventaja: la dimisión de los escarceos sexuales. Ahorraba tiempo, vivía más tranquilo y trabajaba más concentrado en sus cosas. Titta de Girolamo, por desgracia, aún no había llegado a ese paraíso de plenitud desexualizada. Le faltaron un puñado de años, o le sobraron un montón de romanticismos. Y a mí, por desgracia, por lo que siento palpitar ahí abajo, todavía me queda un buen trecho de años, y un buen fardo de ilusiones tontas.



            Dice el personaje de Titta al comienzo de la película:
“Lo peor que puede ocurrirle a un hombre que pasa mucho tiempo solo es no tener imaginación. La vida, ya de por sí aburrida y repetitiva, se convierte, al faltar la fantasía, en un espectáculo mortal”.

¿Y qué son las películas, y las series, sino fantasía inyectable que se compra en las tiendas, o se consigue por internet? Sustitutos de la vida, para los espectadores sin imaginación.


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Sightseers

Hace unos cuantos milenios, cuando nuestros antepasados aún vagaban por el mundo armados de cachiporra, cualquier ofensa podía ser respondida con un garrotazo que causara la muerte del ofensor. Una mala mirada, un mal gesto, un no apartarse del camino en el momento adecuado... El mundo prehistórico era un Far West de vaqueros semidesnudos que sólo bebían agua y conducían rebaños de mamuts. En Atapuerca, separando las cuevas a izquierda y derecha, había una gran calle polvorienta donde los homínidos paseaban y se vigilaban, desenfundando sus garrotes al menor atisbo de desafío. No había por entonces música de Ennio Morricone que añadiera más tensión a la escena, pero de fondo aullaban los lobos, y los tigres con dientes de sable. Las leyes y las cárceles eran elementos disuasorios que los mesopotámicos aún no habían inventado, así que había barra libre para ejercer la venganza y el desahogo. Ningún sheriff con estrella de hueso salido de  Los Picapiedra iba a meterte en el calabozo por matar a otro fulano. Lo que luego hiciera contigo la tribu del asesinado ya era harina de otro costal.




El primer crimen que comete esta pareja de chalados en la película Sightseers, que viene a ser una versión descojonatoria del Asesinos natos de Oliver Stone, tiene algo de prehistórico y de salido de las vísceras. El muerto es un imbécil que se les cruza en el camino tres veces en el mismo día, comiendo un helado y lanzando el correspondiente envoltorio al suelo, un incauto que no sabe con qué psicópatas está tratando cuando al ser reconvenido les manda a tomar por el culo y les hace la puñeta con el dedo corazón. Cinco minutos después yacerá muerto en el asfalto del aparcamiento, atropellado accidentalmente por un coche con caravana que se da a la fuga con toda tranquilidad ¿Quién no ha soñado alguna vez con un crimen así, limpio, rápido, impune, que hiciera justicia con el dueño del bar que no nos deja dormir, con la madre del chaval que no para de molestarnos, con el dueño del perro que siempre se caga en nuestra puerta? En esos dos segundos de rabia que el hombre civilizado  tarda en presentarse, el troglodita interior sólo se detiene ante el miedo de ser delatado por un testigo, de ser castigados por la autoridad, de ser enculados en las duchas no vigiladas de la cárcel provincial. Lo único que nos separa de estos demenciados psicópatas de Sightseers es que en ellos el hombre civilizado, o la mujer tolerante, llegan mucho más tarde a la cita. Treinta segundos decisivos que la mente arcaica aprovecha para maquinar el asesinato inmediato. El comportamiento cívico es una pantomima necesaria que yo soy el primero en interpretar y en aplaudir, pero no va, se pongan como se pongan algunos filósofos, inscrita en nuestros genes. Es una pena que Sightseers no ahonde en estas cuestiones de enjundiosa antropología, y prefiera irse por los cerros de Úbeda, o por las Highlands de los escoceses, para hacer cuchipanda y gamberrada que divierte mucho a los adolescentes. Te ríes, sí, pero mucho menos que al principio, cuando la cosa visceral te salía del alma y no lo podías remediar. La sonrisita del asesino frustrado…


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Route Irish

            En Route Irish, película que toma su nombre de la carretera que une el aeropuerto de Bagdad con la capital, estos radicales británicos que son Ken Loach y Paul Laverty vienen a contarnos que la guerra de Irak fue un pretexto para que los anglosajones se forraran destruyendo infraestructuras y reconstruyéndolas después. La guerra sacrificó a millares de jóvenes soldados para aplacar la ira del dios Dinero, y convencerle de que dejara fluir los negocios con la fuerza antiquísima de su poder mesopotámico. Una mentira sangrienta y chusca, fue la guerra que volvieron a llamar santa, en la que nuestro bigotudo presidente hizo el papel de bufón mayor de la corte, con su inglés de nivel medio y sus ingles cruzadas sobre la mesa de invitados. Ansar, por supuesto, no sale en la película, porque es un personaje histórico despreciado y despreciable, pero esto lo añado yo de mi propia cosecha.




            Route Irish es cine que se agradece, que nunca está de más, pero que no aporta nada a los espectadores que ya entonces leíamos los periódicos y nos descojonábamos con la búsqueda de armas de destrucción masiva. La película de Loach  transcurre plácidamente por los caminos de la denuncia, sin dejar ninguna intriga, ninguna sorpresa. Pero no por impericia, sino porque es imposible que las haya. Para reconstruir la historia y amoldarla a su gusto ya están los tertulianos de derechas en la TDT. Los malos de Route Irish ya son malos desde el inicio, y los buenos, aunque flipen con las armas, y hagan locuras causadas por el estrés postraumático, son tipos cargados de verdad y valentía. “¡Se equivoca usted”, exclamarán indignados los que ya han visto la película. “¡Al final hay una sorpresa!”. Y es cierto, pero tal campanada no desdice en nada lo expuesto en el párrafo anterior. Como decía mi abuela, lo mismo peca el que mata que el que tira de la pata.


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