El muerto y ser feliz

            Alguien -creo que fue Carlos Pumares en aquel programa suyo de la madrugada-contó una vez que en la televisión de Polonia, al menos en la Polonia de los años ochenta, no doblaban las películas extranjeras, ni tenían el buen gusto de subtitularlas. Que era un tipo el que iba contando la película en off a los espectadores, una voz superpuesta que iba diciendo: “Y ahora fulano le responde que no, y mengana le dice que de eso ni hablar…” Nunca supe si esto era cierto o si era una exageración más de Carlos Pumares, que a veces se dejaba llevar por el humor del momento y recreaba la realidad a su modo irónico y punzante. Le gustaba mucho, además, reírse de los comunistas cuando cruzaba el Telón de Acero para asistir a los festivales. Quizá el narrador era un comisario político que se inventaba los diálogos para que la acción encajara dentro de los valores marxistas-leninistas. Quizá es que no había presupuesto para más, porque el resto se lo gastaba Jaruzelski en cohetes nucleares del Pacto de Varsovia. Si no era cierto lo que contaba Pumares, desde luego la anécdota estaba bien traída, porque luego supimos que lo de Polonia fue una chapuza nacional mayor incluso que la nuestra, que nos creíamos los campeones del mundo en esa materia.



            Traigo la anécdota a colación porque hoy he visto –mejor dicho, he  empezado a ver- una película que está narrada de una manera parecida, pero más idiota todavía. El muerto y ser feliz es una película española, protagonizada por actores y actrices que hablan en perfecto castellano, a los que una voz en off femenina va precediendo y prediciendo en el mismo idioma: “Fulano sacó un cigarrillo del bolsillo y le dio las gracias”. Y en efecto, acto seguido, fulano saca un cigarrillo del bolsillo y le da las gracias a la señorita. Una memez insoportable, verborreica, pedante a más no poder. ¿Por qué nos describen literariamente una plaza de Buenos Aires que estamos viendo, si la estamos viendo? ¿Para qué nos anticipan el diálogo que va a producirse dentro de cinco segundos, si lo vamos a oír? ¿Para que el espectador, arrebatado y sorprendido, exclame “qué película tan original”, o “qué guionista tan ingenioso”? Bah…






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Hombres fuera de serie

Voy devorando, más que leyendo, el libro titulado Hombres fuera de serie, que recorre el proceso creativo de las series más aclamadas en esta edad de oro de la televisión. Brett Martin, el autor, que es un tipo de pluma suelta y reflexiones inteligentes, señala en el prólogo que muchas de estas series están protagonizadas por hombres de mediana edad porque también son hombres de mediana edad quienes escriben los guiones y ponen los dineros. Hago un repaso mental de mis series predilectas y encuentro, en efecto, que casi todas tienen como protagonista a un tipo que ronda o sobrepasa los cuarenta años, afectado por algún tipo de defecto físico o psicológico, enfrentado con el mundo o consigo mismo, circunspecto y decadente, problemático y distante. Don Draper, en Mad Men; el doctor House, en House; Tony Soprano en Los Soprano, Jimmy McNulty en The Wire; Walter White, en Breaking Bad. Despojados de las tramas y de los caretos, todos vienen a ser el mismo tipo, uno que un buen día se levanta por la mañana, se descubre las primeras canas en el cabello o las primeras ralladuras en el alma –o la enfermedad inesperada que anuncia la muerte- y se pregunta: ¿y ahora qué?
Incluso en las comedias, si hago un repaso de la estantería, voy descubriendo al mismo tipo que va cambiando de nombre o de residencia: el cuarentón que trata de progresar y se ve incapaz de corregirse, porque los años lo han cincelado en piedra y ya no puede cambiar ni amoldarse. Hank Moody en Californication; George Costanza en Seinfeld; Frasier, en Frasier; Michael Scott en The Office; Louie, en Louie. Y cómo no, Larry David, mi hermano gemelo, en Larry David. Soy yo, en definitiva, el que se va buscando entre las series, a veces sonriendo y a veces reflexionando. Soy yo el que busca en ellas las piezas que me componen, para rehacer el puzzle y comprenderlo. Soy yo el que huye de la realidad y termina topándose consigo mismo en la ficción, inevitable, y muy pesado.


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Mud

Mud es una película tan bien hecha y al mismo tiempo tan estúpida, con unos actores tan espléndidos representando a personajes tan inverosímiles e inefables, que uno, sorprendido en mitad de su propia perplejidad, seducido y distante a partes iguales, no atina a escribir nada fructífero sobre ella. Que sean otros los que iluminen a mis defraudados lectores. Ya dejé advertido que este diario no es un compendio de críticas de cine. Que sólo es el hilo conductor de mis propias verborreas, a veces sobre el cine, a veces sobre la vida, y que en ocasiones se seca como los manantiales en el verano. Películas como Mud nunca sabría si recomendarlas o si fingir que no las he visto. Me dejan la lengua paralizada, y el pensamiento atorado.


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Treme. El habitante honorario de Nueva Orleans.

A mí, que soy un español de la meseta, que sólo viajo a la playa cercana para mojarme el culo por los veranos, no se me ha perdido nada en Nueva Orleans, que está a un océano de distancia, y a otro océano todavía más ancho de cultura y tradición. Sin embargo, como si fuera un americano más de la Luisiana, sigo las andanzas de estos personajes de Treme con un interés que sigue muy vivo en esta tercera temporada. No toco en una banda de jazz, ni soy chef en un restaurante, ni regento un garito nocturno, ni pesco crustáceos con los vietnamitas, ni doy conciertos con el violín, ni investigo corruptelas policiales, ni diseño trajes para el carnaval, ni dirijo una empresa de derribos, ni escribo una ópera-jazz sobre las desgracias que provocó el paso del Katrina. No podría identificarme con la peripecia vital de ninguno de estos personajes. Pero asisto al desarrollo de sus vidas, o más bien a la reconstrucción de sus vidas, con la extraña sensación de que son vecinos míos de toda la vida. Me resultan más cercanos que la mayoría de mis familiares o vecinos. No sé si es la magia de los guiones, que es capaz de hacer universales unas preocupaciones que en principio eran muy particulares, o si soy yo, que me encuentro más cómodo en las relaciones a larga distancia que toreando las más próximas y calientes. Sea como sea, me encuentro bien entre estas gentes que un buen día me presentó David Simon. Durante el día me interesan sus trabajos y sus cuitas, y por la noche, cuando abarrotan los locales, bailo con ellos al son de la música que es el alma de la ciudad, y el alma de la serie. Conozco mejor el espíritu de Nueva Orleans, con sus negros y sus indios, sus desgracias y sus alegrías, que el espíritu de esta ciudad norteña que ahora me acoge. Sé más del Mardi Grass que de la Noche Templaria, por poner un ejemplo. Me interesa más el jazz que la música vernácula, más el huracán Katrina que el desbordamiento probable del río Sil. Vivo encerrado entre cuatro paredes y sólo me interesa lo que ponen por la tele. Lo que yo mismo me administro por la tele. Si un día me trasladaran a un pueblo de los Monegros, llevaría exactamente la misma que ahora llevo. Sólo iba a cambiar el paisaje que me rodeara en los cortos paseos. Vería el mismo fútbol, el mismo billar, las mismas películas. Me acogerían cuatro paredes distintas, pero cuatro al fin y al cabo, formando los mismos ángulos rectos. En la maleta traería conmigo los nuevos episodios de Treme, y viéndolos en el desierto de Aragón sería de nuevo un habitante Luisiana, honorario, pero seducido.


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Saving Mr. Banks

En esta cinefilia glotona que de todo consume y de todo saca provecho, uno de mis géneros preferidos es el cine que habla del propio cine. El metacine, podríamos decir, si uno se llamara Juan Manuel de Prada y escribiera prestigiosos artículos en periódicos importantes. Cuando veo una película que cuenta cómo se hizo otra película, mi alma de curioso se asoma a la ventana para no perder detalle del proceso creativo que construyó un clásico o una obra maestra. Ya he dicho muchas veces que a uno le fascina contemplar el trabajo de las mentes inteligentes, tan distintas de ésta que malescribe las soserías en el diario.



            Saving Mr. Banks es la historia, edulcorada y muy libre, de cómo Walt Disney convenció a la escritora P. L. Travers para llevar su novela Mary Poppins a la gran pantalla. P. L. Travers, dama seria y estirada, odiaba el alegre universo de Disney y sus dibujos animados. Sus películas le parecían frívolas, comerciales, infantiles. En general todo lo americano le parecía banal y prescindible. Ella escribía cosas profundas, importantes, como un Juan Manuel de Prada con faldas que viviera en Londres y tomara el té siempre a las cinco. Ella deseaba una adaptación de Mary Poppins muy alejada de lo que luego resultó ser el clásico que todos recordamos. No quería canciones, ni dibujos animados, ni mensajes optimistas. Le horrorizaban los decorados y los diálogos. No quería, bajo ningún concepto, que apareciera el color rojo en la paleta de colores. Ella quería drama, austeridad, tonos oscuros. Saving Mr. Banks, aunque es una película bonita y de mucho provecho, es algo confusa en estas explicaciones, pues el espectador no acaba de entender que esta mujer  llegara a ponerse en manos de Walt Disney si esos eran sus planteamientos irrevocables. No quería, para empezar, a un actor cantarín y saltimbanqui como Dick Van Dyke, y abogaba por la presencia de un Richard Burton o de un Peter O’Toole que le confirieran gravedad a su personaje. Creo que no desvelo nada si digo que a la pobre señora la engañaron como a una tonta, tan lista como se creía.


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JFK

Cuando los médicos me recomendarón un mes de reclusión hogareña, mi primera intención fue enterrarme entre películas, y no salir de esta habitación para nada, sólo para satisfacer las necesidades básicas y saludar a la familia en las horas de comer. Un retiro monacal dedicado a la cinefilia y a la escritura antes de que llegara el Mundial de Fútbol, y mi clausura ya fuera completa y vergonzosa. Pero al llegar a casa me encontré con un libro gordísimo que también esperaba la oportunidad de un asueto, de un paréntesis inesperado en las responsabilidades. JFK, Caso Abierto, se titula. Lo compré hace meses llevado por la nostalgia de los océanos de tiempo, cuando uno navegaba a bordo de libros que eran como trasatlánticos interminables, y las horas parecían multiplicarse, y los ojos no se adormilaban jamás en el intento. El tiempo de lectura, ahora que me duermo en cualquier reposo, son cuatro charcos esporádicos que voy cruzando en barquitos de papel, tres páginas por aquí, cuatro páginas por allá. A los dos minutos los renglones se juntan y las palabras se intercalan, formando textos surrealistas que me inducen a la modorra instantánea. Algo de lo que después sueño  tiene que ver con esos párrafos formados al tuntún, ideas extrañas que surgen del collage que arman mis ojos.



            Leo las primeras páginas del libro y el recuerdo imborrable de JFK, la obra maestra de Oliver Stone, regresa una y otra vez.  Necesito recobrar las imágenes para que la lectura se vuelva fluida y apasionante. Es la quinta o la sexta que la veo, y no me importan sus imperfecciones, ni sus visiones subjetivas. En los ratos imperfectos me recreo en la belleza de Sissy Spacek, y en los ratos divagatorios le concedo a Oliver Stone mucho más que el beneficio de la duda. Y que se jodan, los creyentes en la comisión Warren. JFK es para mí una película fundacional, quizá el primer hito en mi formación como ciudadano interrogante y desconfiado. La descubrí con diecinueve años siendo un imberbe tontaina que aún creía en la honestidad de los gobiernos, y salí de ella convencido para siempre de la naturaleza diabólica de los gobernantes. Todo lo que he visto o leído desde entonces no ha sido más que el refrendo o el subrayado de aquellas revelaciones. Tengo cien libros y cien películas que vienen a contar más o menos lo mismo que expone JFK: que no mandan los que parecen; que la democracia es una fachada; que los mecanismos de poder son intocables; que nada ha cambiado desde la antigua Roma; que los Césares son contingentes y no necesarios. Que el poder del pueblo sólo es una bonita ilusión.




El libro que ahora me ocupa es demasiado condescendiente con la versión oficial. El autor siembra dudas en esto y en aquello, pero se nota que lo hace para cumplir el expediente, y para que los lectores avezados no lo tachen de simplón. Se nota que es un tipo políticamente correcto, centrado, centrista, que no se ha metido en este quilombo para destapar asuntos sucios del gobierno, sino para vender libros con el reclamo de una fotografía de Kennedy morituri en la portada. El tipo se nos pierde en los detalles, y se olvida de lo sustancial. Como decía X, el inolvidable personaje de Donald Sutherland en JFK, lo que menos importa es si fueron los cubanos o la mafia, los anticastristas exiliados o los camioneros de Jimmy Hoffa. La identidad de la mano ejecutora sólo es un juego de adivinación. Una distracción para el público. Lo importante es saber quién se benefició con la muerte de Kennedy. Quién pudo perpetrar algo así y luego mantener el secreto. Quiénes se forraron, quiénes medraron, quiénes consiguieron lo que con su presencia viva no podían obtener. No es difícil de averiguar. Basta con ver la película atentamente y leer un par de libros sobre el tema. No éste, precisamente, sino otros, que algún día recomendaré en un blog paralelo que verse sobre libros conspiranoicos. Cuando recobre aquellos ojos, y regresen aquellas noches.



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La mejor oferta

            En La mejor oferta, el personaje de Geoffrey Rush posee una colección privada de pinturas cuyo único tema son los retratos de mujeres. Cuando su timidez le priva del contacto carnal con las mujeres reales, él se refugia en la cámara acorazada para admirar los bellos rostros colgados de las paredes. En esa habitación él encuentra su harén y su consuelo. Se derrumba en el sofá situado en medio de la habitación y pasea la mirada entre sus amadas, soñando, quizá, que ellas también le aman. Contemplo estas escenas y no puedo dejar de pensar que yo mismo, en este salón, en este sofá, donde he construido mi refugio personal contra el mundo y contra la neurosis, también he creado un museo de mujeres hermosas e inalcanzables. Pero las mías no están plasmadas en pinturas de altísimo valor, sino en DVDs y discos duros que cualquiera puede comprar en  kioscos o grandes almacenes. Mi criterio no es coleccionar películas por la belleza de sus actrices, aunque alguna hay que no he tirado por respeto a doña Fulana, o a doña Mengana, que estaban tremendas y fantásticas. Las mujeres preciosas se cuelan en mis películas predilectas y se quedan ahí para siempre, en la estantería, en el montón, cubiertas con una carcasa de plástico para que ni el polvo ni la luz deterioren sus rasgos perfectos. Acumulando películas he creado, en cierto modo, un museo de la belleza femenina. Anglosajonas, casi siempre; españolas, si se tercia; pelirrojas, a ser posible.




            Quería reírme más, junto a A., de esta chorrada simpática que es Zombies Party, la parodia de Simon Pegg y Nick Frost sobre las películas de muertos vivientes. Pero no he podido. Las cuatro incisiones que llevo en la barriga me duelen como puñaladas cuando me agito. Mientras A. se descojonaba, yo me sujetaba la panza con las manos como una parturienta. Como si fuera a salirme un alien convocado por la risa. Lo del sofá casi ha sido tan cómico como lo de la película. 


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De óxido y hueso

En la vida real, y en la vida de las películas, hay millares de hombres dejándose la vida por un amor imposible. Persiguiendo mujeres que están predestinadas para hombres de otro calado, de otro porte. Uno mismo, sin ir más lejos, cayó en ese autoengaño durante la juventud, y ahora se compadece mucho de los que así se equivocan y se estrellan. Ascender esa empinada ladera es un trabajo interminable de Sísifo: cuando ella parece sonreírte, o hacerte un mínimo de caso, vuelves a rodar hacia el abismo. Hay que nacer en la cima para poder codearse con ellas. O esperar a que ellas se despeñen, como cabras locas o desafortunadas, y se laman las heridas en este submundo donde los cuerpos sudan, los dientes se mellan y los cabellos encanecen. Ayer, en La mejor oferta, notable película de Giuseppe Tornatore, sólo una agorafobia de manual fue capaz de poner en brazos de Geoffrey Rush, australiano feote y canijo, a una mujer de catálogo como Sylvia Hoeks, actriz holandesa de rostro virginal y cuerpo de adolescente. Hoy, en De óxido y hueso, la fallida película de Jacques Audiard, Marion Cotillard, que era la sirena más hermosa del acuario, se ve expulsada del paraíso de las mujeres completas  y busca refugio sentimental en un muchachote algo tarado que practica el boxeo tailandés en peleas ilegales. Una idea peregrina, como se ve, que el guión trata de remontar y de hacer verosímil, sin conseguirlo. La mejor oferta y De óxido y hueso hablan, en el fondo, de la caída en desgracia de dos mujeres hermosas. De diosas que se vuelven mortales por culpa de un defecto, o de una desgracia. Es la única estrategia que nos queda a los hombres grises para conquistar la belleza: sentarse y esperar.


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Star Trek

Regreso, pues, con el rabo entre las piernas, a las películas, a las series, para olvidarme, y diluirme…

No ha sido feliz el retorno a las posturas forzadas del sofá. Este reboot de Star Trek que pilota J. J. Abrams es el mismo coñazo de siempre, aunque con nuevas caras y refrescantes efectos especiales. Otra vez la nave Enterprise, las peleas, las filosofías tontainas… Al menos los héroes de ahora saben correr, y no huyen de los disparos al trote cochinero de los árbitros antiguos. Las tías están más buenas, y los mozos tienen reversos oscuros de locura y arrogancia. Pero sólo son pinceladas para disimular que se trata del mismo cuadro. La saga de de Star Trek permanece secuestrada por sus propios fanáticos, y ya no tiene solución ni remedio. Su destino fatal es fotocopiarse hasta el hartazgo. Los pirados de Star Wars somos gentes más abiertas y flexibles. Cualquier cosa nos valdría en este esperanzador proyecto de la séptima entrega. Cualquier cosa salvo Jar Jar Binks, o alguno de sus acuáticos descendientes.


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Seinfeld y Geoffrey Miller

Dice Jerry Seinfeld en unos de sus monólogos:
“Las mujeres suelen quejarse de la cantidad de cosas que tienen  que ponerse para atraer la atención de los hombres: zapatos, medias, maquillaje... Pero aún es mucho peor ser hombre. Porque si eres hombre no sabes qué hacer. Por eso construimos puentes, escalamos montañas, exploramos territorios desconocidos... ¿Creen que nos apetece hacer todo eso? ¡A nadie le apetece construir un puente! Es muy, muy difícil. Diseñar cohetes, volar al espacio... Les aseguro que los astronautas, cuando vuelven del espacio y ven a su chica, van y le dicen: "¿Qué, me viste ahí arriba?"

            Viene a ser lo mismo, pero contado en clave de humor, que asegura el psicólogo Geoffrey Miller sobre el comportamiento humano. En. The mating mind, que es una de mis biblias, de mis escrituras sagradas, Miller sostiene que la creación artística es una estrategia de apareamiento, una forma de impresionar a posibles compañeros sexuales con la demostración de la calidad del propio cerebro y, con ello, indirectamente, de los propios genes. El virtuosismo es exigente desde la perspectiva neuronal, es difícil de simular y se aprecia ampliamente. En otras palabras: los artistas tienen un atractivo sexual. Y como ellos, los astronautas o los ingenieros de los que hablaba Jerry Seinfeld. O, eso espero, pues para eso escribo, los tarados que escriben diarios sobre amoríos virtuales y películas trasnochadas. La vida de los hombres es una continua exhibición de músculo o de inteligencia. Mientras nosotros galleamos, las mujeres pululan a nuestro alrededor, sopesando, evaluando, chistándonos cuando por fin han tomado una decisión.


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Seinfeld. Costanza, su novia y su tía

Ya escribí en otra ocasión que Seinfeld no es la sitcom más redonda de la historia de la televisión. Hay episodios flojos, chistes malos, secundarios sin chispa. En algunos momentos se nota el paso de los años: a veces falta frescura, agilidad, atrevimiento. Sin embargo, de tener que elegir sólo una, es la comedia que yo me llevaría a la isla desierta del desterrado. Porque sus personajes principales son tipos egocéntricos, inmaduros, neuróticos, el reflejo exacto de las gentes que yo frecuento y que yo me creo. El reflejo exacto del yo mismo que se reconoce en los diálogos, y que se descacharra de la risa. Jerry y sus amigos son tipos majos, vecinos decentes, pero el egoísmo infantil inspira cada una de sus decisiones. Y no se cortan un pelo en confesarlo, cuando hay confianza.


            George Costanza anda como loco por acostarse con su nueva novia, pero ella, recelosa, no le deja ir más allá de los arrumacos. Una noche, cuando todo parece ir sobre ruedas en el sofá, una llamada de teléfono les interrumpe para comunicarles que ha muerto la tía de la chica. Fin del rollo. Al día siguiente, George se lamenta ante sus amigos en la sauna.

George: Ya sé cuál es el problema. Me gusta demasiado, y por eso no logro dar el paso.
Jerry: La pones en un pedestal, y claro…
Kramer: Yo las pongo sobre un sofá.
Jerry: ¿Ves? Él las pone sobre un sofá.
George: Es que no soy su novio, y yo quiero ser su novio.
Jerry: ¿Irás con ella al funeral?
George: ¿Por qué? ¿Debería ir?
Jerry: ¿Pero qué dices? ¡Claro! Es la oportunidad para avanzar en tu relación. Ella llora, tú la rodeas con el brazo y la consuelas. Te conviertes en su consolador.
George: ¿Me convierto en su consolador?
Kramer: ¡Ser el consolador es total!
Jerry: La muerte de su tía es lo mejor que te podía pasar, fíjate.
Kramer: Es como avanzar diez citas de golpe.
Jerry: ¿No ves que inmediatamente te permite subir al estatus de novio? La familia está allí. Tú eres el que se encarga de todo: repartes los sandwiches, das fortaleza…
George: Pero es que el vuelo a Detroit se pone en un pico...
Kramer: Está la tarifa por defunción de un familiar…
George: ¿Qué?
Kramer: Vas a la compañía, les cuentas que se ha muerto un familiar tuyo y te reducen la tarifa un 50%. Es más, yo te acompaño, ¿qué te parece? Decimos que ha muerto un familiar mío, sacas el billete y lo pagamos a medias. ¿Vale? Yo luego me quedo con los kilómetros de regalo y tú te vas a Detroit por la cuarta parte de la tarifa.
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Amor y letras

"Nadie se siente como un adulto. Es el secreto más sucio del mundo. En esta sentencia del personaje de Richard Jenkins se resume la idea central de Amor y letras, la segunda película de Josh Radnor, jovenzuelo de verbo suelto y diálogos chisposos al que le falta la mala uva de Woody Allen, y le sobra el empalago de sus amoríos asexuados y tontorrones.
En Amor y letras, Jenkins es un profesor de universidad a las puertas del retiro que confiesa tener una edad mental de diecinueve años, y eso le provoca serios conflictos cuando ha de tomar decisiones que se presuponen maduras y responsables. Lo que no sabe es si su reloj mental se detuvo ahí porque la pila de su cerebro se agotó antes de tiempo,  o si ha terminado por mimetizarse con el ambiente estudiantil tras treinta años de docencia ininterrumpida. Uno, desde su sofá ya recalentado por la primavera, entiende de sobra al personaje de Richard Jenkins, porque padece su misma tara mental, su misma incapacidad de madurar. Yo, en concreto, me quedé en los veintidós años, y miro el mundo a través de esas gafas deformadas y falaces. Me veo en el espejo y no reconozco al cuarentón de mirada hosca que tampoco me  reconoce desde su lado de la realidad. "Hay un tipo dentro del espejo, que me mira con cara de conejo", cantaban Los Ilegales. Si aparto la mirada y me olvido del tipo,  vuelvo a ser el chico de veintipocos años que a veces acertaba de cojones y a veces metía la pata hasta el corvejón. No se ha extinguido mi amor por las veinteañeras, ni mi fervor por el Real Madrid, ni la pasión exagerada y neurótica por las películas. Aún hoy voto lo mismo, pienso lo mismo, odio lo mismo. Ninguna madurez ha venido a cambiar mis esquemas mentales. El resto es disimulo y apariencia. Apenas me recubre una fina capa de colores oxidados. Si rascas con el dedo, descubrirás que dentro sigue viviendo un chaval de mirada corta y pasiones irreductibles. En Amor y letras aseguran que todos los adultos somos así: un disimulo permanente de madurez. Una pelea de pollitos disfrazados de gallos. 




            (Y vuelvo a enamorarme, pues es imposible no hacerlo, de Elizabeth Olsen, la mujer bellísima que tiene pensión pagada en este diario. Siempre está por ahí, revoloteando a su alrededor, como una de sus musas inspiradoras. Cada pocos meses hace parada y fonda en esta mesa donde yo tecleo, y así puedo recrearme de nuevo en su hermosura. Hoy teníamos cita).


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Senna

Hay algo que no funciona en el documental Senna, hagiografía, más que biografía, del campeón brasileño que se estampó contra aquel muro de Imola hace ahora veinte años. El director de la función nos recalca una y otra vez que Ayrton Senna era un hombre modélico, cristiano, portentoso piloto que no ganó más carreras porque una conspiración judeomasónica, comandada por los diabólicos franceses y su enano piloto Alain Prost, se lo impidió en los circuitos y en los despachos. Uno llega a los últimos minutos cansado de la santidad del brasileño, al que sólo Dios y su talento parecen ayudar de vez en cuando. Cuando no son los franceses que chanchullan en la FIA, son los ingenieros de Williams que inventan coches que se conducen solos. Y cuando no, son los directores de carrera, o las condiciones ambientales, o la impericia de los ayudantes.  Sólo falta un rayo de luz posado sobre el McLaren para que terminemos de comprender que Senna era el favorito de las alturas. Eso, y unos cuernos disimulados entre la pelambrera rizosa de Alain Prost, que aquí ejerce de malo maloso de la película, como un Pierre Nodoyuna de carne y hueso con algo más de habilidad y de suerte. De hecho, si uno se fija bien en las imágenes de archivo, casi se adivina a Patán sentado al lado del francés, sacando serruchos y clavos de la guantera cuando Senna les adelanta y les mira de reojo.



            Pero llegan los últimos minutos del documental y a uno se le encoge el alma, y se le aprieta el estómago. Las imágenes de archivo nos muestran a Ayrton Senna en la parrilla de salida del Gran Premio de San Marino, minutos antes de estrellarse contra el muro y partirse la crisma sin remedio. Senna, ya montado en el monoplaza, habla con los ingenieros. Corrigen esto y aquello para que todo salga bien en la carrera. Se le ve concentrado y algo triste. Luego vemos su bólido desde la cámara subjetiva, ya lanzado en la carrera: curvas y rectas tomadas justo por la trazada, a toda velocidad. Y de pronto un chasquido, y la nada. Lo siguiente son las imágenes de la confusión captadas desde el helicóptero: asistentes y médicos apretujados alrededor del cuerpo inerte. Ya no importa que Senna nos estuviera cayendo mejor o peor. Que el director del documental sea un incompetente al que los tiros le iban saliendo por la culata. Todos nos reconocemos de nuevo en la muerte inesperada. Senna llevaba más papeletas que nadie, pero en este sorteo todos llevamos lotería. Un bien día vas en el coche y… O vas caminando tranquilamente por la calle. O conversas con los amigos en la terraza. O ves tu película favorita en el sofá. Está la vida y a continuación el fundido en negro, sin apenas transición, sin tiempo para la despedida, porque después de ese fundido ya no viene ninguna escena.



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Seinfeld. La mujer sordomuda

George Costanza y Jerry Seinfeld desayunan en el Monk’s Café:

George: ¡Ay, para qué tanto esfuerzo! Cuando alguna mujer me gusta, yo no le gusto a ella. Y cuando le gusto, ella no me gusta a mí. ¿Por qué no me comporto igual con las mujeres que me gustan que con las que no?
Jerry: Bueno, sólo tendrás que soportarlo durante cincuenta años y se acabó el problema.
George: Tal vez necesite a alguien que no hable mi lengua.
Jerry: Sí… ¿Qué tal una sordomuda?
George: Pues no estaría mal.
Jerry: ¿Y dónde vas a conocer a una sordomuda?
George: ¿Sabes a lo que se reduce mi vida? A conocer a una sordomuda. 


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Hijos de los hombres

Hay quien habla de la inocencia de los niños como de un hecho científico demostrado, y se sorprende cuando alguien que trata con ellos rebate los argumentos. Estos ignorantes tratan a los niños como a querubines que sólo perpetran el mal por error o por desconocimiento. Se ve que un día leyeron a Rousseau en el instituto y se les ha quedado la monserga del insigne bobalicón. Suelen ser gentes que  tratan poco con la infancia: las tías solteronas, los jóvenes de marcha, los tontos del culo. Los que trabajamos la materia sabemos que los niños son tan caprichosos e hijoputas como las personas mayores. Porque nadie cambia, y los adultos que ahora nos amargan la vida ya eran así de niños, en los colegios, en los parques, puteando al personal con la piruleta en la mano, o con el balón en el pie. La hijaputez es una cualidad del alma que no se adquiere con la edad, en la adolescencia, como un efecto secundario de la testosterona o de los estrógenos. La hijaputez viene inscrita en los genes, en algún cromosoma de los muy importantes, y aflora nada más nacer, en el primer llanto, con el primer engaño.




            Los niños te mienten, te enredan, te buscan las vueltas. Sólo buscan el provecho propio y sangrarte la paciencia.  Son polluelos que nunca dejan de piar. Te rodean, te persiguen, te atosigan.  Uno desearía, en los peores momentos del acoso, un mundo sin niños, un paraíso de silencio en el que las voces agudas ya no piden el turno o exigen la gominola. Un mundo parecido a este que retrata Alfonso Cuarón en Hijos de los hombres, donde los sueños de Herodes aparecen convertidos en realidad. En el año 2027 el habitante más joven del mundo tendrá dieciocho años. Ya no hay niños tocando los cojones en los hogares o en las calles. Una extraña epidemia de infertilidad dejó a la humanidad sin descendencia ni relevo. En ese Londres apocalíptico de la película, que es todo basura y soldados armados, los colegios están abandonados derruidos, los columpios abandonados, las gentes desesperadas. Medio siglo más de esterilidad global y todo habrá terminado. Las cucarachas y las ratas tomarán el relevo de la civilización humana cuando muera el último mohicano. Uno, que es monárquico de Herodes en la intimidad, sonríe satisfecho en los primeros minutos de la película. Pero luego comprende que un mundo sin niños sería la agonía insufrible de la humanidad. Mejor un holocausto nuclear instantáneo que la lenta decadencia de los viejos sucediéndose en la muerte. Ni los más acérrimos de Herodes desearíamos un mundo como ése. Nosotros sólo pedimos una contención, una educación, un poco de mano dura. Que el mito de la inocencia infantil desaparezca de los libros de texto y de las conversaciones en las peluquerías. Que regrese la jerarquía natural de las edades. Que los niños dejen ya de joder con la pelota. 


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Tierra prometida

            La versión española de Tierra prometida tendría lugar en un secarral castellano donde los ingenieros de Repsol encuentran, en el subsuelo, una reserva de gas natural de la hostia para arriba. A Villaliebres de la Sierra llegaría un Matt Damon moreno, madrileño, repeinado de gomina, un gilipollas de Nuevas Generaciones que realiza sus primeros trabajos de ejecutivo agresivo en la nueva España liberal. ¿Su misión?: convencer a cuatro paletos de vender sus garbanzales  a cambio de un buen fajo de millones, para que las perforadoras de la empresa hagan el fracking y encuentren las reservas energéticas que habrán de librarnos de la servidumbre de los moros. Esta película duraría poco más de diez minutos, justo lo que tardarían los parroquianos del bar en sellar el acuerdo con el ejecutivo, él con sus manos callosas de jugar al pádel, ellos con las zarpas brutales de sostener la azada y arrancar los tallos. Tal vez Nemesio o Belarmino pusieran algún reparo a la transacción, allá en la mesa donde dormitan la siesta junto a  las moscas, pero el pueblo unido les haría callar rápidamente. ¿Quién no iba a cambiar el páramo, el tractor, la casa de adobe, por los millones frescos que ofrece el chico sonriente de las gafas de sol y el maletín reluciente? ¿A quién coño le iba a importar un riesgo medioambiental en Villaliebres de la Sierra, si en cincuenta kilómetros a la redonda apenas queda gente? Y apenas liebres, además. No habría caso, ni película como tal. Ningún espectador iba a sentir pena cuando un escape de gas arruinara un paisaje ya arruinado de por sí.




Tierra prometida, en cambio, la película original de Gus van Sant, dura dos horas y pico porque los paletos a los que Matt Damon y su compañera tratan de convencer viven en un idílico pueblo de las montañas de Pensilvania. Un rincón encantador donde todo es verde y la gente es joven y animosa. En Villaliebres ya no hay colegio, ni campo de fútbol, ni consulta de atención primaria. Los mismos correligionarios del chaval que ahora les ofrece el dinero se encargaron de arruinarlos con los recortes. Vivían por encima de sus posibilidades, les aseguraron en la última campaña electoral. En el pueblo de Pensilvania, en cambio, tienen un centro comercial, un pabellón deportivo, un colegio recién pintado. Y unas anglosajonas preciosas de pechos triunfantes y zancadas de gacela, no como las paisanas del culo derrumbado de Villaliebres, que pasaron directamente de la niñez a esta madurez nada apetecible para el sexo. Mucho mejor la baraja, o el dominó, dónde va usted a parar. En la película americana, aunque sea aburrida, uno toma partido por los que no quieren vender sus posesiones, y la tensión dramática te va llevando hasta el final aunque bosteces de vez en cuando. Hay un edén en juego. En el remake hispánico, cuando lo hagan, nos va a importar un pimiento el desenlace. Pero a lo mejor nos reímos más, quién sabe.


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