Crimen ferpecto

Creo recordar que hace meses, en los comienzos de este blog, reflexionaba conmigo mismo, y con los cuatro gatos del callejón que entonces me leían (y que son los mismos que me leen ahora), sobre el momento oportuno de elegir una comedia para llegar a la medianoche. ¿En los días alegres, para que no decaiga el ánimo y ponerle broche a la fiesta? ¿En los días oscuros, para que uno se distraiga al menos con las ocurrencias de actores y guionistas? Conozco gente incapaz de ver una comedia en los tiempos tristes del alma, porque todo se les vuelve desolación y oscuridad, y gente, en cambio, que necesita un dramón para poner fin a los días festivos, porque quieren poner los pies en el suelo y tumbarse en la cama con el ánimo equilibrado. 



            Uno, la verdad, nunca ha sabido elaborar una teoría consistente sobre sí mismo y las comedias. Participo de ambas teorías según los caprichos insondables de mi espíritu. Vivo al albur de las emociones que surgen en el momento, como una mujer en el momento más inestable de su ciclo menstrual. Ayer mismo, sin ir más lejos, con este ánimo derribado por los suelos, una comedia en mi televisor hubiera quedado igual de inoportuna que bailar la conga en un funeral. Hoy, sin embargo, veinticuatro horas después, con el ánimo todavía sin recoger, ya convertido en charco de petróleo sobre las baldosas del salón, una comedia en la medianoche me parecía la elección más ajustada para regular mi humor, que de pronto necesitaba desfogarse y olvidarse de sí mismo. Le debía una comedia a Álex de la Iglesia, con el que últimamente estoy reanudando lazos de admiración, y entre unas cosas y otras me he decantado por Crimen ferpecto, que no la recuerdo como una gran comedia, pero sí como una película tonificante, divertida, con mucha enjundia detrás de las gracias del zangolotino Willy Toledo. Acostumbrados a la comedia romántica de los americanos, estúpida e hipócrita, donde todos hablan sin parar de la belleza interior para luego quedarse con la tía más jamona, o con el galán más apuesto,  se agradece una comedia española, esperpéntica y abrasiva,  donde el pan es pan y el vino es vino, y se pone en claro que hay feas que ni siquiera son bellas por dentro, pues tienen el alma podrida y el veneno en la punta de la lengua. Que fealdad no es sinónimo de simpatía, ni de misterio, ni de cualidades ocultas del ingenio o de la bondad. Que a veces la fealdad viene sola, cruda, sin adornos. Que la vida es muy espléndida con las mujeres hermosas que además son inteligentes y tienen sentido del humor, y muy perra, muy hija de puta, con las feas que además son estúpidas, o malvadas, o vienen al mundo con la carcasa vacía. Que las feas, y los feos, a veces sólo somos eso, gente fea, no ranas de charca que precisan de un beso para florecer, como en los american films de los cojones.


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Hannah Arendt. El experimento Milgram

En 1961, la escritora y filósofa alemana Hannah Arendt, que vivía exiliada en Estados Unidos desde los tiempos del nazismo, viajó a Jerusalén para seguir el juicio contra Adolf Eichmann, funcionario responsable de los transportes ferroviarios que llevaron a los judíos a los campos de exterminio. Hannah, judía de nacimiento, sionista militante, ex-cautiva ella misma de un campo de prisioneros, escribe varias crónicas para la revista New Yorker en las que describe a un Adolf Eichmann que no lleva cuernos, ni rabo, ni tridente. Donde el resto de periodistas ve la encarnación misma del Mal, ella sólo atisba un funcionario miserable, mediocre, incapaz de decidir por sí mismo, que se limitaba a obedecer órdenes de sus superiores, y a encomendarse al juramento de fidelidad  prestado ante el Führer. Eichmann no es exactamente un asesino, ni un psicokiller. Es uno de los altos responsables del Holocausto, eso es indiscutible, pero su labor burocrática era un engranaje más en la gran maquinaria del exterminio, una pieza sustituible, recambiable, sujeta a juicio sumarísimo en caso de rebeldía. En el juicio, Eichmann no se arrepiente de sus crímenes porque asegura no haber cometido ninguno. En su defensa alega que su trabajo sólo consistía en enviar trenes a los destinos que le ordenaban, y que los asesinos, lo mismo en Berlín que en las cámaras de gas, eran otros tipos de colmillo más retorcido.



             Los lectores judíos del New Yorker le piden a Hannah Arendt que dé caña. Su sed de venganza demanda carnaza, sensacionalismo, adjetivos encendidos. El retrato pavoroso de un nazi que desayunara niños por la mañana y fusilara a mujeres inocentes antes de ir a cenar, para ir abriendo el apetito.  Pero Eichmann, enclaustrado en su jaula de vidrio, es un tipo que da muy poco juego para escribir crónicas coléricas, a no ser que uno se las invente. Con su calva, con sus gafas de concha, con su expresión alelada y deprimida, ni siquiera parece un nazi de verdad. No es rubio, ni apuesto. No exhibe una sonrisa desafiante de medio lado. No denuncia a gritos la conspiración judía internacional. Sólo es un burócrata eficiente, oscuro, un ser amoral que dice conocer el destino final de los trenes, pero no el de la carga humana que transportaban. Hannah, a su pesar, queda fascinada por el personaje enigmático de Eichmann. Mientras otros periodistas se limitan a insultarlo y a pedir con vehemencia su ejecución, ella trata de entender las razones del funcionario. No de disculparlo, por supuesto, pero sí de adentrarse en sus razones. Como buena filósofa, le puede más la curiosidad que el afán de revancha. En sus reportajes, Hannah trata de hacer una disección psicológica y filosófica de este mal de andar por casa que encarna Adolf Eichmann. Más aterrador si cabe que el que escupía Hitler, o el que vociferaba Goebbels, porque estos tipos eran unos sociópatas sin escrúpulos, unos dementes de la raza y de la supremacía, minoritarios siempre en la población de cualquier país, mientras que Eichmann parece un tipo normal, superado por las circunstancias, casi un cualquiera de nosotros que se viera forzado por la gran guerra.



            Pero los lectores de New Yorker no saben apreciar el esfuerzo analítico de Hannah Arendt. Decepcionados con su aparente síndrome de Estocolmo, reaccionarán furibundamente contra la escritora. La insultarán, la escupirán, la amenazarán con la expulsión inmediata de los Estados Unidos. Hannah perderá amigos de toda la vida en su empeño por comprender lo que ella llamó "la banalidad del mal". Pero no dará un paso atrás en sus afirmaciones. El tiempo, finalmente, le dará la razón, aunque ya será demasiado tarde para reanudar los lazos perdidos. Sólo dos años después, en la universidad de Yale, un psicólogo llamado Stanley Milgram, también fascinado por la figura patética de Adolf Eichmann, expondrá al mundo las conclusiones de un experimento científico titulado "Estudio del comportamiento de la obediencia". En él, un voluntario manipula una máquina que produce descargas eléctricas en un sujeto sentado al otro lado del cristal. Las descargas son ficticias, y la víctima un actor, pero eso el voluntario no lo sabe. Apremiado por la figura del investigador docente, que lleva bata blanca y parece muy seguro de lo que hace, el sujeto va subiendo poco a poco la intensidad de la ficticia descarga, aunque la "víctima" se retuerza de dolor y suplique que cese el experimento. Al terminar la sesión, cuando estos Eichmanns en potencia, que eran más del 60% de los participantes, eran preguntados por su sádica actitud con un desconocido, se limitaban a responder: "Yo sólo obedecía órdenes".


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La gran estafa americana

Después de cuatro días de abstinencia, hoy por la noche, en la previsión de un insomnio que se presumía largo y fantasmagórico, he visto La gran estafa americana, de la que había leído críticas entusiastas, y críticas atroces también. Ha levantado grandes polémicas, la true story de esta pareja de farsantes, setenteros y bailongos, que desplumaba a los inversores ávidos de rentabilidad, y a los que el FBI coge en pecado para luego redimirles a cambio de su colaboración en asuntos de más alto vuelo. Uno, en su butaca, se ha quedado a medio camino entre la admiración y el despiste. En muchos momentos de la película, cuando uno pedía que la historia se volviera clara y entendible,  el guión, de pronto, parecía ser un asunto de escasa importancia, y estos actores que son amiguetes de David O. Russell, y estas actrices que forman parte de su trupé habitual, exponían su arte dramático en escenas resultonas pero deslavazadas, como si fueran saliendo de uno en uno para configurar un gran espectáculo de variedades, allá en Las Vegas, o en París, con Norma Duval enseñando la teta ya fláccida. Me he liado mucho con la parte criminal de la historia, y además, cada vez que salía Amy Adams, con el escotazo, y esa mirada suya de  lujuria permanente,  me perdía irremediablemente en su hermosura. Porque mira que es hermosa, esta anglosajona canónica de la nariz respingona, de  los ojos aguamarinos, del cabello indescifrable entre el rubio y el pelirrojo que aquí sólo llevan algunas turistas, y algunas teñidas falsarias. Contemplo a Amy y pierdo el oremus. Me convierto en estatua de sal, ahora que vuelven a estar de moda las bíblicas narraciones. Sale Amy y me voy de la película, y fantaseo con su compañía, y a lo mejor no es culpa mía que La gran estafa americana haya pasado ante mis ojos como una incógnita simpática y poco más. Porque uno, enamorado, ya sólo tiene ojos para su amada, y el mundo entero se oscurece a su alrededor, para que ella brille en todo sus esplendor, y me vuelva turulato y me obnubile el juicio de cinéfilo objetivo.


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Il divo

            Cuando los españoles nos quejamos de nuestra casta de políticos, siempre ponemos el ejemplo de esos dirigentes centroeuropeos o nórdicos que gestionan lo público con buen tino, que hablan inglés con fluidez, que poseen un porte y una distinción aristocráticas, que dimiten por pequeñas corruptelas que aquí serían irrisorias y hasta jaleadas por los votantes. Dejando aparte las honrosas excepciones que decoran cualquier oficio, los políticos, en España, se merecen todo nuestro desdén, y todo nuestro desprecio. Porque suelen ser tipos ineptos, trapaceros, vengativos, irresolutos. El que puede, roba, y el que no, mira para otro lado. Sólo los ingenuos, y los menesterosos, que jamás superan el nivel de un ayuntamiento de pueblo, o de una diputación de segunda división, trabajan por el bien del ciudadano. El resto se dedica a facilitar la vida de sus cuñados y de sus amiguetes. A construir lo que más dinero deja de mordida; a  impulsar lo que más beneficio deja en lo personal; a  que ande yo caliente, y la gente, medio imbécil, engatusada por la propaganda, siga labrándose su propia ruina con el voto.



            Hay países, sin embargo, que están peor que el nuestro.  O al menos ésa es la conclusión que uno saca de los telediarios, y de las películas extranjeras que se van sucediendo en el televisor.  La gentuza parece ser la misma en todos los sitios, ladrón arriba ladrón abajo, pero en Italia, que es adonde yo quería llegar, todo parece más desorganizado y chapucero. Más histriónico y vociferante, quizá por el carácter mismo de los italianos, que siempre nos han parecido como españoles multiplicados por dos, lo mismo para lo bueno que para lo malo. El caso es que uno, en las películas italianas, adivina un país casi sudamericano de los de antes, como bananero, o de García Márquez, donde siempre hay mayorías insuficientes, líderes corruptos, histéricos televisivos, y un obispo con mitra bendiciendo la función de principio a fin. Il divo, que es una película de Paolo Sorrentino que me apetecía mucho ver tras la La gran belleza, cuenta, en clave de humor negro, con una estética medio barroca y medio impresionista, las andanzas últimas de Giulio Andreotti, el sempiterno líder de la Democracia Cristiana que entre unos cargos y otros se mantuvo en el poder durante casi cincuenta años. No es un biopic al uso, ni un documental dramatizado. Se nota que el personaje le cae a Sorrentino como una patada en el culo. El director admira su inteligencia, su laboriosidad, su instinto de supervivencia en el laberinto italiano, pero luego, cuando saca la cachiporra,  de cínico hacia abajo  se deja muy pocos calificativos en el guión. En un momento determinado de la película, Andreotti hace memoria de su vida de gobernante, e improvisa esta carta dictada a su mujer Livia, que viene a ser como un resumen de su filosofía humana y política. Casi la confesión de cualquier político occidental y moderno. Se non è vero, è ben trovato.



            “Livia, tus ojos vivaces me deslumbraron, una tarde en el cementerio de Verano. Elegí ese extraño lugar para pedirte matrimonio. ¿Recuerdas? Sí, ya sé, lo recuerdas… Tus inocentes, vivaces y encantadores ojos no sabían, no saben, ni sabrán… No tienen idea de los hechos que el poder debe cometer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país. Por demasiado tiempo ese poder fui yo. La monstruosa e impronunciable contradicción: perpetrar el mal para garantizar el bien. La monstruosa contradicción que me convirtió en un hombre cínico que ni tú misma podrías descifrar.
            Tus vivaces e inocentes ojos no conocen la responsabilidad. La responsabilidad directa y la indirecta por toda la carnicería en Italia desde 1969 a 1984. 236 muertos y 817 heridos. A todas las familias de las víctimas les digo que confieso. Confieso que fue mi culpa, mi culpa, mi más dolorosa culpa. Lo diré aunque no sirva de nada. El caos para desestabilizar el país, para provocar terror, para aislar a los partidos extremistas y fortalecer a los de centro como el Demócrata Cristiano. Se la llamó la estrategia de tensión. Sería más correcto decir estrategia de supervivencia. […] Esto es el fin del mundo. No podemos permitir que se destruya el mundo, en el nombre de lo que creemos correcto. Teníamos un deber, un deber divino. Debemos amar a Dios grandemente para entender cuán necesario es el mal para lograr el bien. Dios lo sabe, yo también lo sé…”


            14 de abril… ¡Viva la República! Aunque fuera la italiana…


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La desolación de Smaug

La ilusión de las vacaciones. La insolación de este sol despiadado que te recuece los huesos dentro de la carne. La desolación de saberse uno, ya fuera de toda duda,  irreparablemente torpe y decadente. Y por la noche, como en un retruécano de palabras, La desolación de Smaug, el nuevo videojuego de plataformas imaginado por Peter Jackson, en el que uno ni siquiera tiene que manejar el mando, sólo repantigarse y dejarse llevar por la aventura. Y por la alegría contagiosa de A., que lo flipa cada vez más con sus ojos abiertos y sus piernas en tensión. Enanos persiguiendo dragones, dragones persiguiendo humanos, orcos persiguiendo enanos, elfos persiguiendo arañas… La Tierra Media de Tolkien es una escaramuza continua de  todos contra todos que se parece mucho a los partidos de fútbol que jugábamos en el recreo, 4ºB contra 4ºA y al mismo tiempo contra 4ºC, en sólo dos porterías, persiguiéndonos como tontainas con el balón en los pies, sin saber muy bien hacia dónde tirar. En la Tierra Media andan todos locos buscando anillos y espadas, armaduras y riquezas. Nosotros, tan lejos de Nueva Zelanda,  en aquel siglo XX de la Tierra Esteparia, sobre aquel pavimento de cemento que te arrancaba la piel y las postillas con sólo rozarlo,  buscábamos la gloria de un gol, de un solitario gol, en la portería que fuese, para soñar con camisetas de profesionales y besos de damiselas mientras el profesor de matemáticas nos explicaba las fracciones. Que entonces eran quebrados.



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Seinfeld y las series de televisión

Cuenta Jerry Seinfeld en uno de sus monólogos:    
"El motivo por el que vemos las series de televisión es porque terminan. Para que me cuenten una historia larga y aburrida sin ningún sentido ya tengo mi vida"

Vaya esto por Masters of sex, que amenaza con nuevos y prescindibles personajes. Por Boardwalk Empire, que empezó a dar vueltas en círculos tontos como el Ferrari de Johnny Marco. Por House, que pasó de ser serie predilecta a obligación poco satisfactoria. Por tantas y tantas series que nadie se atrevió a cercenar cuando era menester, porque seguían dando dinero, y la audiencia, engañada por la crítica, autoengañada por las urgencias, tampoco se atrevía a rechazar. 


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Un amigo para Frank

Robot & Frank es la primera película del año que veo en camiseta y pantalón corto, desmadejado en el sofá, con un humor de perros por culpa de este calor que ha llegado dando bofetones, y que amenaza con perpetuarse durante meses, como un matón de barrio que tomara posesión de sus dominios. Se me pegaba la camiseta a la espalda, y el calzoncillo, recién estrenado, se remetía entre las ingles arando las primeras rozaduras. El sudor de la frente, mezclado con la grasilla del cuero cabelludo, caía como una catarata de agua sucia por las sienes. No he parado de rascarme la decena larga de picaduras que los mosquitos ya han dejado en mis piernas. Es la primavera de los cojones, que a las gentes de bien alegra el espíritu, pero que a uno, animal de invierno por excelencia, coloca al borde de la desesperación. Ni los escotes de las chicas guapas compensan esta desdicha de los sofocones, de los insectos, de las vueltas y revueltas en la cama.
            Las películas del invierno, que uno ve con la sudadera gruesa y la sopa caliente, tienen algo de refugio hogareño, de cabaña encontrada en el bosque. El cine parece un asunto muy importante mientras afuera caen los chuzos de punta, y se congelan los charcos de lluvia. Las películas del verano, en cambio, que uno ve medio despelotado y con la ensalada poco apetitosa entre las manos, tienen algo de pasatiempo, de trivialidad, como si uno desperdiciara el tiempo que habría que dedicarle a la piscina, al ejercicio, al compadreo social en las terrazas. El cine se queda sin excusas, y uno se reconoce de nuevo ermitaño, y no hogareño; misántropo, y no distante; escondido, y no cobijado.



            Robot & Frank tampoco ha hecho gran cosa por hacerme olvidar estas comezones físicas y mentales. Su hora y media de metraje me ha pesado como tres horas de aburrimiento en la playa de la canícula. La historia de este anciano con alzhéimer al que sus hijos regalan un robot para que le haga las labores domésticas y le vigile la salud y los desvaríos, prometía enjundiosas reflexiones acerca de la soledad y la vejez. Sobre la relación problemática que nuestros bisnietos habrán de mantener con la inteligencia artificial. Pero a mitad de aventura, no sé porqué, los responsables deciden convertir la película en una trama de policías y ladrones, con el anciano saqueando mansiones y el robot haciendo de R2D2 que abre cerraduras y averigua combinaciones. Una cosa simpática, intrascendente, decepcionante en último término, en la que he descubierto, además, para completar esta desolación de esta primavera, que Liv Tyler, mi amada Liv, la elfa bellísima de mis sueños, a la que siempre escuché con la voz doblada al castellano, posee una voz de pito que me produce nuevos picores irresistibles, esta vez en el corazón, donde no llego con las uñas. 


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The act of killing

Hace cincuenta años, en Indonesia, tuvo lugar una matanza que se comenta muy poco en los libros de historia. Unos dicen que fueron quinientos mil, y otros que un millón, los miembros y simpatizantes del Partido Comunista que fueron asesinados en una limpieza patrocinada por los americanos, y ejecutada a partes iguales entre el ejército y las facciones paramilitares muy parecidas a la Falange. De paso, para aprovechar mejor los cuchillos y las balas, los indonesios de bien se cepillaron a buena parte de la comunidad china, que allí son como los judíos en la Alemania de Hitler, presuntos culpables de la crisis económica, del patriotismo tibio, de la ruina moral y genética de la raza.  Y ya puestos a matar, y a limpiar Indonesia de indeseables, los golpistas aprovecharon para ajustar cuentas personales con el vecino, con el tendero, con el campesino que no quería vender el huerto para que allí pusieran unos chalets y un centro comercial. Otro comunista que no deseaba el progreso económico de la nación.



            Medio siglo después, el documental danés The act of killing viaja a Indonesia no para hablar con los exiliados, con los supervivientes, con los hijos de los asesinados. Eso ya se ha hecho en otros documentales que llegan muy tarde a la denuncia. Aquí la originalidad reside en que los entrevistados son los mismos asesinos de entonces, ya ancianos y orondos.  Ahora militan en la alta política, dirigen las bandas paramilitares, aparecen  en  platós de televisión narrando la viejas carnicerías entre las carcajadas del público.  Son verdaderos héroes de la patria que no esconden sus actos, ni moderan sus verborreas. Los gobernantes les apoyan, los militares les respaldan y los plebeyos les votan convencidos de que sin ellos volverán los comunistas que violaban niñas y sodomizaban  ancianos. 
             Oppenheimer y Cynn, que son los responsables de esta peculiar idea, se las arreglan para que esta gentuza hable ante la cámara sin tapujos, quizá ignorantes de que no están hablando para la audiencia nacional, sino para un documental que será visto en el mundo entero, y que hará vomitar de asco a los que no participan alegremente de su anecdotario sangriento. O son así de chulos, quién sabe, y piensan que aquí también les vamos a reír la gracia, y a honrarles como salvaguardas de los valores eternos.



            Voy escribiendo estas cosas y de pronto me doy cuenta de que aquí mismo, en España, no hace más de treinta años, en los bares del barrio y en las cafeterías del centro,  también se formaban tertulias de falangistas que aprovechaban la partida de tute o de dominó para recordar las hazañas de la Guerra Civil. De cuando iban por las calles repartiendo hostias, por los portales haciendo sacas, por los calabozos eligiendo víctimas. De cuando levantaron este país y lo salvaron de caer en la barbarie igualitaria que repartía tierras y mandaba callar a los curas. Los tipos que yo conocí en Invernalia se parecían mucho a estos indonesios del barrigón desmesurado y la mirada orgullosa. No sé si alguno de estos parroquianos llegó a asesinar a alguien en la guerra, pero sí sé, desde luego, porque yo les oía, que les parecía de puta madre que otro más afortunado o más valiente hubiera apretado el gatillo. Y se reían, y decían "envido", y "seis doble", y el 24 de febrero de 1981 se cagaron en la democracia y maldijeron la malograda oportunidad de salir de nuevo a poner orden entre tanto socialista y tanto maricón. Creo que ya no queda ninguno vivo, pero sus hijos, como en Indonesia, siguen ensalzando aquellos tiempos de la España totalitaria. Militan en la derecha política, y salen mucho en las tertulias de la TDT, en los canales del ultracentro, diciendo que nuestra Guerra Civil fue justa y necesaria, y que los rojos fusilados bien fusilados están, y que bien anónimos deben seguir reposando en sus zanjas y cunetas. Y se ríen, y el moderador se troncha, y el público les apoya en un 80% según aparece en los gráficos, y yo me pregunto qué diferencia existe entre esta gentuza y aquella de Indonesia que en The act of killing te pone los pelos de punta. 


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Freaks and Geeks. Diálogos

En el instituto McKinley de Freaks and Geeks, todos los alumnos huyen de Gordon Crisp, un chico con obesidad mórbida que siempre huele mal, y que parece desconocer el uso de la ducha. Sam Weir, a medio camino entre la intriga y la compasión, decide aprovechar las prácticas de laboratorio para lanzar un globo sonda.

Sam: ¿Qué desodorante usas?
Gordon: Ya sé que huelo mal, Sam.
Sam: ¿Qué? ¿De qué hablas?
Gordon: Puede que huela mal, pero no soy tonto.
Sam: ¿Qué es?
Gordon: Es una enfermedad. Se llama Trimethylaminuria. Es genético.
Sam: ¿Existe una cura?
Gordon: No todavía, pero las investigaciones van progresando.
Sam: Entonces... ¿vas a seguir oliendo mal el resto de tu vida?
Gordon: Sí, pero no me importa. A la gente amigable no le importa, y mantiene alejados a los estúpidos. Mi mamá dice que es un don.



            La pandilla del moco habla sobre su futura (que ellos desean que sea próxima) relación con las chicas del instituto.

Sam: ¿Así que tener novia va a ser así?  Es tu mejor amiga, es guapa, puedes decir y hacer lo que quieras delante de ella...
Neal:  Mi padre siempre dice que eso es lo que las mujeres quieren que pienses antes de casarte con ellas. Así es como te arrastran.
Bill: Es el tipo de mujer delante de la que te puedes tirar un pedo.
Sam:(sarcástico) Oh, sí, Bill, el amor es eso...
Bill: Lo es. No podrías enamorarte de alguien si no pudieses. Pensad en ello.
Neal:  Eso es cierto. Tienes que dormir con tu mujer todas las noches durante toda tu vida. Si no pudieses tirarte un pedo en la cama te pondrías físicamente enfermo.
Sam: Vamos, tíos, no puedo tirarme un pedo delante de una mujer.
Bill: ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a salir fuera cada vez que tengas que soltar uno? No ibas a dormir nunca.



            Cindy Sanders, la animadora que es el amor platónico de Sam Weir, no está, por supuesto, enamorada de él, sino del capitán del equipo de baloncesto, Todd Schellinger, un rubiales seguro de sí mismo, muy alto y muy guapo. La locura de todas las nenas. Sam echa espumarajos por la boca:

Sam: ¿Por qué le gusta a Cindy? Es un estúpido. Ni siquiera la trata bien.
Neal: Las animadoras deben salir con atletas. Es La Ley.


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Lost in translation

Una película que empieza con el primer plano del culo de Scarlett Johansson enfundado en una braguita de color rosa, estaba condenada a ser una cuesta abajo que al final nos dejaría insatisfechos, pues sólo la contemplación beatífica de ese culo plenamente desnudo volvería a complacernos como espectadores, y como homínidos. Recuerdo que la primera vez que vi Lost in translation, en una sala de cine ya clausurada de Invernalia, alguien que seguramente la estaba viendo por segunda vez gritó cuando se cortó el plano: "Ya podemos irnos. Y morirnos, también". Bromeaba, el gachó, porque no volvió a decir palabra en toda la película, hipnotizado como  todos por ese Tokio de otro planeta, por esa actriz veinteañera que nos quitaba el hipo, por ese personaje señorial que Bill Murray legó a sus discípulos diciendo "tomad y recordadlo  para siempre". Al final no hizo falta que Scarlett desenfundara el trasero para salir maravillados de la proyección. Lost in translation, que sólo los tocapelotas de guardia vituperaron y acusaron de pijismo moderno, fue una experiencia cinematográfica, más que una película. Un hito en el camino de esta cinefilia que pasa ya de los cuarenta años, y que ha visto millares de películas que darían varias vueltas al mundo. Mira que hablamos, y rehablamos, los cinéfilos de entonces,  sobre el contenido de las misteriosas palabras que Bill Murray deslizaba en los oídos de Scarlett, en esa escena final que es uno de los mejores remates de guión de todos los tiempos. Hubiéramos dado un brazo metafórico, y parte de un real, por saber exactamente que le decía. Corrieron cientos de rumores por internet, y por las tertulias de las cafeterías, porque estábamos todos obsesionados con la película, pero al final nada quedó en claro, porque en el plano decisivo los labios de Bill permanecen ocultos, y los dos actores guardan el secreto como astronautas de la NASA jamás descendidos sobre la Luna.



            Hacía años que no veía Lost in translation, y tenía miedo de encontrarle  los defectos que entonces no vi. ¿Y si fuera realmente un ejercicio de pijerío? ¿Y si estuviese vacía de unos sentimientos que yo por entonces sólo imaginé? Pero no tenía más remedio que revisitarla, en esta semana que se convirtió, casi sin quererlo, en un miniciclo dedicado a Sofía Coppola y sus extrañas películas. Mis temores eran infundados. Lost in translation emociona como el primer día. La historia de amor imposible entre Bill y Scarlett sigue arrancando sonrisas en su desarrollo, y lágrimas en su desenlace. Todos los hombres que enfrentamos la decadencia somos un poco ese Bob Harris cincuentón que ya vive al otro lado del río, desencantado de su profesión, enfrentado a la enfermedad, demasiado mayor para resucitar el Amor que mueve montañas y arranca carcajadas. Y entonces, perdida en Tokio, abandonada por un imbécil que no se merece ni el agua que bebe, aparece una veinteañera inteligente, simpática, de cuerpo de mareo y hermosura de Botticelli, y Bob Harris, aunque sepa que ese amor llega con treinta años de retraso, y que será imposible darle carrete y captura, se sentirá joven durante unos días. Quizá por última vez, antes del descenso vertiginoso. La felicidad, de nuevo, aunque efímera, y algo amarga.


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Somewhere

Intuyo que Sofía Coppola sabe muy bien de lo que habla cuando nos cuenta la vida de un actor millonario de Hollywood. No sé si ella ha vivido una circunstancia parecida a esta de la película,  pero a buen seguro que conoce a varios personajes como este Johnny Marco de Somewhere, actor de éxito y guaperas, divorciado y abúlico, que malgasta su tiempo libre en vicios que no le conducen a ningún lado, a ninguna certeza. Dijo una vez George Best, el delantero mítico del Manchester United: “Gasté mucho dinero en mujeres, alcohol y coches. El resto lo malgasté”. El personaje de Johnny Marco también frecuenta mujeres de infarto con las que folla alegremente, pero a las que luego no reconoce cuando se las encuentra en los saraos. También vive con un botellín de cerveza pegado a la mano desde que se levanta, y que sólo suelta para coger vasos con el mejor whisky que sirven en los locales exclusivos. Intuimos que Johnny Marco, como George Best, también dilapida sus millones en la compra compulsiva de automóviles de alta gama, aunque en la película siempre le veamos conduciendo el mismo Ferrari de color negro, un coche que viene a ser una metáfora motorizada de su vida, pues todos sus viajes, aunque el motor brame impetuoso y joven, terminan siendo erráticos y circulares.




 A medio metraje, cuando la película ya nos ha mostrado la vida de este homínido millonario, aparece el personaje de Cleo, la hija de Johnny, para poner un sol en su vida, y un sentido a tanto dislate de sexo, drogas y rock and roll. Cleo es la hija de un matrimonio fracasado que  siempre vive con su madre, pero que ahora tendrá que pasar varios días con su padre en las vacaciones escolares. De pronto vemos que la sonrisa de Johnny es otra más franca y radiante. Tenía a Cleo olvidada, aparcada en el garaje junto a los otros coches, pero ahora ha recordado que además de actor  también es padre, y que tal vez esté ahí el quid de la cuestión, el faro que le servirá para poner rumbo y salir del oleaje nocturno. 
 Uno, aunque pobre y provinciano, comprende a Johnny Marco, y simpatiza con su desdicha personal, pero es difícil extrapolar su historia a la de otros espectadores rasos. Cleo, a la que interpreta esa actriz infantil y prodigiosa llamada Elle Fanning, es una niña ejemplar que estudia sus asignaturas, lee novelas de vampiros y prepara sofisticados desayunos en la cocina. Patina como los ángeles, se desenvuelve en sociedad, es inteligente y perspicaz, educada y limpia. Jamás saldrá dando pol culo en Supernanny, llamando hijoputa a su padre porque le ha quitado el móvil mientras cenaba, o estrellando los platos contra el suelo cada vez que tocaba comer verdura. Cleo es un primor, y su padre encuentra en ella un orgullo y una satisfacción, como si se apellidara de Borbón y Grecia. Otros padres no han tenido tanta suerte, y más que un faro en la vida, los hijos se han convertido en una carga de preocupaciones. No la salvación de una vida viciosa, sino la causa de perseverar en ella.


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La gran belleza

Sentía mucha curiosidad por ver La gran belleza, porque críticos muy respetables, y amistades muy convincentes, insistían una y otra vez en que no podía postergarla. Antes de que nazca la primera imagen, leemos una sentencia de Céline que habla de la vida como un viaje, como una ilusión, como una novela en marcha que es igual de ficticia que la propia literatura. El significado no se entiende muy bien, la verdad, sobre todo si se posee una inteligencia tan poco sensible como la mía, sorda y ciega a la poesía, a la metáfora, a todo lo que no sea pura carne y duro metal. Mi cerebro es científico y frío, amasijo de neuronas que analizan la realidad pero nunca logran trascenderla. Las películas que empiezan con estas adivinanzas de literatos suelen ponerme a la defensiva. Pero aquí, en La gran belleza, no sé por qué, siento desde el inicio que me están contando algo muy bello, y también muy personal. Porque la película a veces parece real y a veces parece un sueño, y mi vida, últimamente, es una experiencia continua en la que no sé muy bien si estoy dormido y si estoy despierto, pues todo se enreda y se mezcla, y en los sueños se me aparecen personajes de la vigilia, y en la vigilia personajes del sueño, y todos me hablan del mismo tema obsesivo: la decadencia. 






    La decadencia es esa enfermedad incurable, y a la larga mortal, que en La gran belleza hace de Roma una ciudad tan triste como enigmática. La misma decadencia que paraliza la vocación literaria de Jep Gambardella, periodista de la crónica social, sesentón y bon vivant, rey de la noche romana más desenfadada, dueño de un apartamento de lujo con vistas al Coliseo donde se reune la segunda fila de la jet set a montar sus parrandas. Allí, entre bailoteos y martinis, en las sobremesas y en las sobrecenas, esta fauna nocturna filosofa sobre la vida. Todos se saben navegando en el último barco, y ya nunca hablan de los sueños por cumplir, sino de los sueños que una vez pretendieron y la vida caprichosa les regaló o les denegó. Qué mejor marco que Roma para hablar de lo que una vez fue y ya nunca será. Para dejarse llevar por la nostalgia que el alcohol inocula como un veneno. Para hablar de los viejos escritos, de los viejos amores, de los viejos amigos, ahora que todo se ha consumado, y que ya sólo queda esperar, y reírse un poco de uno mismo.



        Una noche, Stefania, invitada orgullosa y desenfadada, comienza a echarles en cara su pasividad, su banalidad, su cháchara intrascendente y diletante, mientras que ella se autoproclama activista social, profesional infatigable, madre ejemplar.

    Stefania: He sufrido, me levanté de nuevo, y he aprendido muchas cosas de la vida... Bien, veo que no rebatís más.
   Jep Gambardella: No rebatimos porque te queremos. No queremos dejarte en ridículo. Pero todo este orgullo, esta ostentación de tu "yo, yo"... Estos juicios cortados con hacha esconden fragilidad y disgusto. Esconden mentiras. Nosotros te conocemos, te queremos. Conocemos también nuestras mentiras, pero por eso, a diferencia tuya, hablamos de cosas banales, de tonterías y de inmundicias. No tenemos intención de medirnos con nuestra mezquindad. 

            Dicho esto, Jep procede a desmantelar el mito viviente de su amiga Stefania. Porque en la Roma nocturna todo el mundo se conoce, y los secretos van cantando en voz alta por las calles. Stefania quedará desnudada ante la audiencia. Como roja, justita; como profesional; mediocre; como madre, una pasota. Stefania, avergonzada, rompe a llorar.

    Jep Gambardella: Stefá... Madre y mujer. Tienes 53 años y una vida devastada. Como todos nosotros. Así que en lugar de darnos clases de ética y mirarnos con antipatía, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos bajo el umbral de la desesperación. No tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía, tomarnos el pelo. ¿O no? 


3

Stockholm

Después de ver ganar a las glorias deportivas que campean por España, decido prolongar el día con una película que me seduzca hasta las doce de la noche, engañando a la depresión postcoital que sobreviene tras  las victorias futbolísticas. Elijo, entre las más de treinta películas que tengo pendientes de estreno, una española que lleva por título Stockholm. Antes de darle al play, sin más referencias que unas cuantas estrellas en las calificaciones de la prensa, me voy imaginando yo solito el argumento: un españolito sin trabajo,  joven aunque sobradamente preparado, hace las maletas y coge el primer avión de Scandinavian Airlines para plantarse en la idílica tierra de los suecos, instalándose en el piso de un amiguete de Madrid. Allí se abre paso en el mercado laboral con su inglés de nivel medio y sus ganas de comerse el mundo. Tras pasarlas canutas en los primeros meses, trabajando de cualquier cosa en bares y restaurantes, le ofrecen, por fin, gracias a la intermediación de un cliente satisfecho,  una plaza de profesor de español en un instituto limpísimo y eficiente. Allí se enamora, y es correspondido, de una suecorra preciosa de ojos azules y cabello como el oro que se troncha de risa con su gracejo mediterráneo. Se casarán, tendrán un hijo, y sólo viajaran a España una vez al año, por navidades, para hacer acopio de jamones y chorizos. Un historia típica de Españoles por el mundo convertida por fin en película de hora y media. Yo me frotaba las manos pensando que Stockholm estaba rodada en Estocolmo, y que iba a contemplar, de nuevo, esa sociedad envidiable de los escandinavos, donde el Estado cumple con sus obligaciones, los ciudadanos cumplen con las suyas y las mujeres vikingas son el sueño inalcanzable de todos los que vivimos  a tres mil kilómetros de distancia, hundidos en el sur moreno y resalao.



            Pero pasan los minutos, y se suceden las fiestas, y las conversaciones, y los escarceos sexuales entre la juventud,  y la trama de Stockholm, pese a su título, nunca sale de las calles de Madrid, ni del piso de Madrid donde la pareja protagonista hará y dirá cosas que aquí no se pueden desvelar. Desde la terraza del edificio se ve la Puerta del Sol, y el cielo gris que anuncia chubascos en la meseta. Suecia está muy lejos, al norte, riéndose de nuestra crisis económica, de nuestro incivismo social. La cosa no iba, finalmente, por ahí. Stockholm es un estudio antropológico sobre la guerra de los sexos, y hace alusión, de un modo muy retorcido, al Síndrome de Estocolmo que sufren los amantes enzarzados en la lucha. Él chico en cuestión es secuestrado por la belleza indescriptible de esta actriz que yo no conocía, Aura Garrido, que tiene un nombre como de ángel, y una hermosura que sólo se ve en los sueños de las pantallas. Ella, la chica de la película, como todas las guapas del mundo, verá secuestrada su voluntad  por las malas artes del ligón irresistible. Las mujeres como ella han venido al mundo sin un detector de cerdos manipuladores, y sucumben al primer piropo y al primer galanteo que les conduce hacia la trampa. Pobres chicas preciosas. Y pobres de nosotros también, los tipos decentes que las amamos en la distancia. Nuestro destino es no encontrarnos jamás. Ni en Madrid, ni en Estocolmo.


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