La parte de los ángeles

Ken Loach y Paul Laverty son dos viejos camaradas de la lucha proletaria. En sus películas, aunque a veces les salgan unos truños de mucho bostezo, siempre defienden a la clase obrera que sobrevive en  los suburbios británicos, y denuncian los abusos del sistema que pusiera en marcha Margaret Thatcher (Maggie, para los derechistas de centro de toda la vida). Puestos a escoger prefiero el tiempo el oro y la vida al sueño, como cantaba Serrat, y entre Ken y Paul he de reconocer que a este último le tengo un poco de tirria, porque él, que ya goza del talento innato de la escritura, goza, además, del matrimonio bien avenido con esa mujer inalcanzable para los provincianos que es Icíar Bollaín. Él me la robó porque estaba en los rodajes, escribiendo los guiones, cautivándola con la palabra, soltándola chistes de ingleses y españoles en las pausas para el bocadillo, mientras que yo, encarcelado en Invernalia, sólo podía amarla a través del televisor: cuando actuaba porque me seducía con su pelo pelirrojo y sus pecas innumerables, y cuando dirigía, porque yo adivinaba una mente de inteligencia preclara que movía la cámara y seleccionaba los diálogos. Icíar, mon amour.


            La parte de los ángeles es una de las películas más inspiradas de este dúo dinámico de la canción protesta. En obras anteriores, cuando prescindían de los toques de comedia y se lanzaban directamente a la yugular del capitalismo, Loach y Laverty se revelaban como dos plastas de mucho cuidado, a los que uno aplaudía en público porque son camaradas del partido y había que defenderlos, pero a los que luego, puertas adentro, cuando la prensa de derechas se iba a ver los toros, uno echaba en cara su habilidad para dormir incluso a las ovejas. Los José Luis Garci de izquierdas, les llamábamos cariñosamente en las reuniones del politburó. La denuncia del capitalismo servida en crudo, sin aliñar, es una cosa muy sosa, muy didáctica, más propia de los documentales que de las películas que uno ve a las diez de la noche con la intención de no dormirse y seguir vivo. Hay que meterle humor a la propaganda, ironía, guasa, tías en pelotas si puede ser. Lo social no quita lo valiente. En La parte de los ángeles, Loach y Laverty han regresado al buen camino de la química exacta, aunque no hayan metido ningún desnudo que anime el cotarro. Sólo ese rostro tan bello como suburbial de Siobhan Reilly, el ángel rubio de los parados de Glasgow. La parte de los ángeles es mitad denuncia del sistema y mitad aventura de este poligonero escocés que aprende en dos días a distinguir un whisky escocés de otro irlandés. Una cosa como de realismo mágico de García Márquez que asumimos sin mayor problema porque nos lo cuentan con gracia y bonhomía. La parte de los ángeles es una película de mucha enjundia que todos los rojos del mundo -¡unidos!-  ya guardamos en nuestra videoteca revolucionaria como un tesoro del cine social. 


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The Bling Ring

The Bling Ring, la última película de Sofía Coppola, cuenta las andanzas de una pandilla de niñatas de Los Ángeles que se dedicaban a entrar en las mansiones de los famosos para curiosear entre sus pertenencias, y llevarse objetos de lujo con los que luego presumir ante las amistades. Entre pitos y flautas llegaron a robar artículos por valor de tres millones de dólares, sumando bolsos y relojes, zapatos y vestidos, braguitas y sostenes. Ellas no eran unas verdaderas ladronas que luego revendiesen lo robado a los traficantes. Para estas pijas californianas, el verdadero placer y el verdadero triunfo  radicaba en estar allí, curioseando en los vestidores, en las alcobas, en los cuartos de baño, imaginándose también ricas  y perseguidas por la prensa. Eran tan inocentes y tan bobas, que luego, cuando llegaban a casa, se retrataban con los objetos robados, y colgaban las fotografías en el Facebook para que se muriesen de envidia las amistades. No hizo falta contratar a ningún detective para resolver el caso.



            Uno lee, al terminar de ver The Bling Ring, que el vestidor de la mansión de Paris Hilton no es uno que se hayan imaginado los productores, sino el entero y vero de la heredera de los hoteles, que dio su permiso para rodar allí las escenas centrales de la película.  Una náusea de zapatos de tacón, de bolsos de lujo, de ropa interior de diseño... Uno se queda maravillado, y asqueado, ante tamaño desvarío. El bolchevique que llevo dentro se pone hecho una furia, y echa las cuentas interminables del dineral que esta megapija tiene allí almacenado. El crimen de las niñatas ya parece menos crimen, robando a quien legalmente no ha robado, pero sí acaparado, malgastado, defraudado. Hay tantos sinónimos de robar que están dentro de la ley... La misma Sofía Coppola parece quedarse estupefacta detrás de la cámara, ella que también es, aunque se gane la vida noblemente, una insigne pija de la Costa Oeste. Cuando por fin hagamos la revolución, primero tomaremos Manhattan, como cantaba Leonard Cohen, y luego nos iremos a Los Ángeles, a darle un cachete a Sofía, por no aprovechar The Bling Ring para denunciar el estado lamentable de las cosas. Después, por descontado, incautaremos el vestidor entero de Paris Hilton para repartirlo entre nuestras queridas camaradas, para que se pongan guapas y nos animen a proseguir esta larga lucha por la dignidad. A alguna no le vendrían mal estos retoques, que veo mucha cejijunta, y mucha machorra, levantando el puño a mi lado. Las rubias preciosas del pijerío siguen afiliándose, lamentablemente, a los partidos de la derecha, a ver si pescan los maromos que conducen Ferraris y alquilan chalets en Baqueira. Las incautaremos, también, cuando llegue el momento, para repartirlas entre la alegre muchachada del brazalete rojo.


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El Hobbit

Me han pillado con treinta años de retraso, las aventuras de Bilbo Bolsón en El Hobbit. De chaval me hubieran fascinado los mundos antropomórficos de Tolkien, o de Peter Jackson, que ya no sabe uno lo que pertenece a la literatura y lo que se van inventando para rellenar las películas. Los enanos, los elfos, los orcos, los trasgos... La imaginación es desbordante, desde luego, y la producción millonaria, y los paisajes neozelandeses producen escalofríos de belleza. Pero hay algo infantil en El Hobbit que me aleja de la trama y me impide seguir a A., mi hijo, en su entusiasmo. Él flipa con las peleas, con las fisonomías, con los idiomas inventados que parecen de hadas o de demonios. La imaginería de Tolkien le mantiene hipnotizado como un feligrés de la Edad Media entrando en una catedral gótica. Yo también era así, a su edad, impresionable y apasionado. Hace unos pocos meses, la trilogía de El Señor de los Anillos nos convirtió en La Pequeña Comunidad del Sofá, alegre y risueña, porque A. disfrutaba del lo lindo, y yo, que había leído los libros en la juventud, iba recordando tramas y personajes. Salían, además, hombres y mujeres, de Gondor y de Rohan, y uno al menos comprendía sus intenciones, y se recreaba en algunos bellezones femeninos que el tunante de Peter Jackson puso ahí para atraer a los papás. Pero aquí, en El Hobbit, los humanos no aparecen ni por asomo, y son el resto de homínidos de la Tierra Media los que se pelean por un puñado de oro. Hay mucho griterío, mucha persecución, mucha magia que a veces mueve montañas y a veces no es capaz de matar a una mosca. Hay muchas preguntas sin respuesta. Mucho lío.

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Rush

Cuando yo era pequeño, nuestras madres lloraban mucho con aquella canción que Roberto Carlos -el cantautor, no el futbolista- le dedicó a su madre. Lady Laura, abrázame fuerte, Lady Laura...  Nosotros, los chavales, que ya veíamos la Fórmula 1 en la tele y flipábamos con el rugido de los motores, nos burlábamos de nuestras madres cantando Niki Lauda, abrázame fuerte, Niki Lauda... Era la chorrada de moda entre los críos del arrabal, mientras jugábamos a la Fórmula 1 con las chapas de la Mirinda allá en las cuestas pronunciadas, donde  trazábamos con tiza unos circuitos de mucho mareo y luego le dábamos con tiento al bólido para que no se saliera en las curvas. Yo era muy de Niki Lauda, y en mi escudería de la naranjada él corría siempre con su cara recortada. Me hacía mucha gracia, su nombre, y además me daba pena su rostro desfigurado, y su gesto siempre hosco. Pensábamos, además, en nuestra ignorancia supina, que Niki no se comía una rosca entre las bellezas de tronío, que seguramente lo miraban un instante y salían espantadas.        




            Qué poco sabíamos del poder afrodisíaco del dinero, y de la fama, tontainas  del suburbio que aún discutíamos sobre la virginidad de María en clase de religión. El mismo personaje de James Hunt, en Rush, que es la película que ha desatado esta ristra de recuerdos, decía al principio de la película:
            "Tengo una teoría de porqué a las mujeres les gustan los pilotos. No es porque respeten lo que hacemos, correr dando vueltas y vueltas... La mayoría creen que es ridículo, y quizá tengan razón. Es la proximidad con la muerte. Cuanto más cerca estás de la muerte más vivo te sientes, más vivo estás, y ellas lo notan, lo sienten en ti".
            Es una manera muy poética de decir que las mujeres se vuelven locas con la testosterona, y que en esta predilección  llevan su cara y su cruz, su gozo y su condena, pues el mismo macho que las vuelve tarumba luego les pone los cuernos con otra mujer, o se pega una hostia mortal haciendo el imbécil con los amigos. Porque la testosterona es lo que tiene, que es eruptiva e ingobernable, y cuando fluye a chorros por la sangre te convierte en un semidiós irresponsable, que lo mismo te empuja a escalar montañas y caerte que a subirte a un Fórmula 1 y estrellarte. En los tiempos prehistóricos, la testosterona era un recurso de mucha utilidad, porque había que arrimarse al mamut, y pelearse con la hiena, y el que no iba hormonado hasta las cejas no podía alimentar a su prole. Los muy valientes eran los preferidos por las hembras, no por capricho, sino por necesidad. Bienaventurados sean, porque de ellos descendemos todos los que aquí nos congregamos, alrededor del blog. Pero ahora, en el siglo XXI, con la tecnología y los mandos a distancia, sólo hay que saber leer para desempeñarse por la vida. Ya no es necesario presumir de músculo, de velocidad, de loca impulsividad. Los hombres sosegados y tranquilos gobiernan el mundo desde sus ordenadores. Son flacuchos, gafosos, inteligentes. Hace 20.000 se hubieran muerto de hambre por las estepas. Ahora dirigen nuestras vidas a golpe de ratón, y las mujeres inteligentes y bellísimas se pirran por ellos. 


           
           Niki Lauda, abrázame fuerte, Niki Lauda... Qué gran tontería. Qué gran mariconada. Qué pensarían de nosotros, las mentes sensatas del vecindario. Que cualquier día nos iríamos a Madrid, a la Movida, a hacer la tourné con Pedro Almodóvar y Fanny McNamara. No se me va la  tontería de la cabeza, como un blandiblup con tentáculos que se me hubiera pegado a las meninges. Niki Lauda, ab... Basta. Yo venía aquí a hablar de mi blog, y de Rush, la película que ha cerrado este jueves lluvioso de la primavera. Uno esperaba muy poco de la torpeza habitual de Ron Howard, siempre tan plano y previsible, pero al final, en los títulos de crédito, cuando he leído que el guionista era Peter Morgan, he comprendido por qué Rush me ha hecho olvidar que hoy era jueves por la noche, y que yo estaba muy cansado, y muy decepcionado con el mundo. Rush es la historia del duelo personal que mantuvieron Niki Lauda y James Hunt por el campeonato mundial de 1976. El mismo año en el que Niki se pegó aquella hostia histórica en el circuito de Nurburgring, y se vio atrapado en su Ferrari en llamas durante más de un minuto, perdiendo la piel de la cara. Aunque en el hospital casi le dieron por muerto, y un cura católico (siempre sobrevolando la carroña) llegó a ponerle la extremaunción, cuarenta días después ya estaba compitiendo otra vez, el tío macho, persiguiendo el sueño del campeonato a pesar de los dolores, y del miedo a volver a estrellarse. Recuerdo aquellas imágenes de algún documental en la tele, y parece un milagro, muy católico también, que Niki Lauda saliera vivo y casi entero de aquel amasijo infernal. El accidente es, por descontado, el momento cumbre de Rush. De lo que viene antes, y de lo que vino después, prefiero no decir nada, para que no me acusen de introducir spoilers en mis soliloquios. Pero vaya por delante que es una película sobre deportistas que se odian y en el fondo se admiran, porque no habría deporte sin rival, ni victoria sin perdedor, ni gloria sin gran contrincante.

Niki Lauda: En el hospital, la parte más dura fue la aspiración. Sacar toda la porquería de mis pulmones. Una tortura. Y mientras lo hacían miraba el televisor, A ti, ganando mis puntos.
James Junt: ¿Mis puntos?
Niki Lauda: Ese cabrón de Hunt.... ¡Odio a ese hombre! Pero un día vino el médico y me dijo: "Señor Lauda, ¿Puedo darle un consejo? Deje de pensar que es una maldición tener un enemigo. Podría ser una bendición. Un sabio saca más de sus enemigos que un necio de sus amigos". ¿Y sabes qué? Tenía razón. 


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Hitchcock

De este biopic titulado Hitchcock, a uno le interesaba, por encima de todo, el proceso creativo que llevó don Alfredo a parir una película como Psicosis, que ahora nos da un poco la risa, sí, porque medio siglo de asesinatos en la pantalla nos contemplan, pero que por entonces, en el año 60, fue un acontecimiento de mucho horror y mucho patatús. Yo mismo, de pequeño, en un pase de Psicosis que programó Ibáñez Serrador en Mis terrores favoritos, tuve que cerrar los ojos varias veces, aterrorizado por las ocurrencias siniestras de Norman Bates. Después de aquello pasé varios meses acojonado en la ducha. Me negaba a cerrar los ojos cuando el champú  se derramaba por la cara, y pillaba unas irritaciones que me dejaban los ojos tan  rojos como los de Darth Maul. Pero prefería el picor antes que la oscuridad que precedía a la aparición de la silueta tras la cortina, cuchillo en ristre, moño satánico, bata de andar por casa... Cuántas veces imaginé que mi sangre se iba por el desagüe de la ducha, haciendo remolinos de color rosa...



            Al principio de Hitchcock uno se las promete muy felices con la función, pues todo arranca con los crímenes horrendos de Ed Gain, el interés de don Alfredo por su personalidad descompuesta, la puesta en marcha de una película atípica que ningún estudio quería financiar. En los primeros minutos vemos a don Alfredo y a su esposa Alma trabajando en la contratación de los guionistas y los actores. Mientras toman el té o podan los setos del jardín, ellos, codo con codo, van puliendo el guión, orientando la historia, buscando financiación privada... Uno asiste al espectáculo maravilloso de las mentes creadoras puestas en marcha, atando cabos, soltando lastres, dando forma a lo que en principio sólo es una idea y luego, en un puñado de meses, se transformará en una película de suave y flexible celuloide. 
      Pero a la media hora de metraje, los responsables de Hitchcock deciden romper el encanto, y se van de excursión por otros cerros más trillados. Se olvidan de Psicosis y de sus jugosos intríngulis para hablar de la extraña relación del matrimonio Hitchcock, una relación que es pura especulación, y puro melodrama innecesario, pues ni siquiera los contemporáneos, ni los más allegados a la pareja, supieron nunca qué pegamento unía a tan particular matrimonio. Ellos eran británicos, pudorosos, alérgicos a los focos. Les rodeaba el misterio, y el silencio de los pocos que quizá sí sabían. Se sospecha que dormían en camas separadas, que no follaban nunca, que Alma vivía resignada a los escarceos más platónicos que aristotélicos de su marido. Pero todo esto es melodrama, marujeo, desinterés del cinéfilo. Lo que era un making-off  interesantísimo de Psicosis, acaba derivando en un culebrón para la sobremesa, con affaires extramatrimoniales, discusiones en la cocina, ya no me quieres como antes y tal y tal... Bah.


           


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Las ventajas de ser un marginado

Tenía que haber desconfiado de una película que lleva por título Las ventajas de ser un marginado. Porque ser un marginado, obviamente, no acarrea ninguna ventaja. Lo que pasa es que me habían  hablado muy bien de esta película, otro retrato generacional de los que fuimos adolescentes allá por los años ochenta, y que también grabábamos canciones en  cintas de casete que eran testimonios musicales de nuestra personalidad. Juntábamos unas cuantas churras con unas cuentas merinas y luego nos intercambiábamos los experimentos, para que los amigos, o las chavalas, pudieran atisbar el fondo de nuestras almas, que en el trato personal de la carne siempre quedaban ocultas tras el acné y la timidez. A mí, indeciso en lo musical como en todo lo demás, salvo en mi amor por las pelirrojas, y por el Real Madrid de Butragueño, me salían unas cintas que en realidad no me definían, porque yo allí ponía de todo, desde rock duro hasta reggae, desde Mecano hasta Bruce Springsteen, y los conocidos, cuando descubrían el cacao musical que se agitaba en mi cabeza, no lograban ubicarme en ningún grupo, ni en ninguna tribu, y no me marginaban, pero se partían de la risa. 




            Me vendieron muy bien, la película del marginado, con el rollo de que el protagonista es un chaval de dieciséis años que quiere ser escritor y busca novia desesperadamente en el instituto. Y quién de entre nosotros no quería ser escritor a esa edad, y no buscaba desesperado su primer beso, con la cara de tontaina y el trauma en la cabeza. El problema de Las ventajas de ser un marginado es que este chico, aunque vaya de sufridor por la vida, acaba calzándose a dos chavalas de  mucho tronío (una de ellas la dulce Emma Watson), y eso no tiene cabida en una película que supuestamente hablaba de la soledad y la congoja. Uno buscaba la identificación con el protagonista y recibió la bofetada del macho triunfante. Al final resultó ser un título irónico, lo del marginado, pues el gachó pasa de ser  oruga a mariposa y sobrevuela como fucker habitual los guateques del viernes por la noche. Marginación fue lo nuestro, no te jode, en el instituto de los curas, que nos pasábamos la vida estudiando, y escribiendo poesías de mala calidad, y soñando con chavalas que siempre fueron inalcanzables, porque ellas, a los marginados que escuchaban a los cantautores, no les concedían ni una sola oportunidad, ni una sola ventaja. No como en las películas que hablan de California, y de los californianos.


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Freaks and Geeks. Los ochentera chavalada

A uno le gusta Freaks and Geeks porque siente una cercanía generacional con estos chavales que sobreviven en los primeros años 80. Estos geeks  que  se mueven torpemente por la vida  se parecen mucho al adolescente que yo mismo fui cinco años más tarde.  Guardamos, incluso, un parecido físico, pues los chavales de antes madurábamos más tarde, y la cara de lelos y las mandíbulas lampiñas nos duraban  mucho más tiempo. Parecíamos, y éramos, unos gilipollas integrales. Los adolescentes de ahora crecen más rápido, y mucho mejor, gracias al yogur desnatado y a la carne hormonada de los supermercados. Queman etapas en un santiamén, y pasan de ser niños a pequeños hombres en apenas unos meses, sabihondos y desenvueltos, resabiados y algo chuletas.

             

            En Freaks and Geeks, Sam Weir y sus amigos hablan de los mismos temas que nos obsesionaban a nosotros: de Star Wars, de combates entre superhéroes, de dudas sexuales que provocarían la carcajada entre los  adolescentes del siglo XXI. Yo mismo pensaba, en los albores de mi sexualidad, que la vagina era un conducto de entrada frontal, situada algo por debajo del ombligo, y que el amor, por tanto, siempre era un enfrentamiento frontal, no diagonal y angulado como luego descubrí. Toda una metáfora, me ha salido. En Freaks and Geeks, como en nuestra vida de entonces, la tecnología más avanzada es el televisor en color, y la lavadora automática. No existe internet, ni twitter, ni PlayStation.  La vida transcurría en las calles, topando con las chicas que uno soñaba, o recorriendo los parques en bicicleta. Las películas las veíamos en la tele cochambrosa, o en el cine abarrotado, y tuvimos que esperar varios años a que los VHS bajaran de precio para poder comprarnos uno, y hacernos socios del videoclub de la esquina, para rescatar los grandes clásicos, pescar las novedades que nunca estaban,  deslizar alguna guarrería en el sandwich cinéfilo de las películas decentes. Son cosas que no le cuento a mi hijo porque se partiría el culo de risa, y me perdería el poco respeto que todavía me guarda. Le he animado a que vea Freaks and Geeks conmigo, para que comprenda de dónde vengo, y a dónde voy, y cuánto ha cambiado el mundo desde entonces. Pero la serie, aquí en España, sólo está disponible con subtítulos, y los subtítulos son lectura para mi hijo, esfuerzo escolar, materia evaluable. Él desciende de la LOGSE y de sus hijas putativas. Yo me críe en la EGB, que en comparación con  lo de ahora fue como hacer una mili. Aunque éramos medio imbéciles, sobrevivimos a la tempestad. No teníamos nada, sólo tiempo, y un balón de reglamento.


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Tres monos

 Ver películas como Tres monos, del director turco Bilge Ceylan, no ayuda, desde luego,  a consolidar una clientela numerosa de lectores. Sólo los tipos muy raros, o muy turcos, o los despistados que buscaban referencias sobre Jane Goodall, podrían detenerse en los buscadores al leer un título como éste. Los cinéfilos interesados por Bilge Ceylan ya cuentan con otros blogs mejor escritos, mejor diseñados, donde el encargado redacta con mucha enjundia sobre el cine del mar Negro y le saca zumo a cada plano y a cada giro de la cámara. En esas páginas hablan de cine muy seriamente, porque allí se congregan los cineastas de verdad, y los estudiosos del séptimo arte,  y yo aquí, aunque a veces  lo parezca, no hablo de cine, sino de la vida misma, y de mí mismo mientras veo las películas. Y a quién le iban a interesar estas introspecciones en mi ombligo, de donde sólo saco pelusillas, y alguna migaja que se coló del bocadillo.


  
            Si estas páginas fueran realmente lo que prometen, un club virtual para que se reúnan en él  los cinéfilos de pro, muertos o vivos, uno tendría que hablar de Tres monos como lo haría un crítico renombrado en un festival de cine europeo, alabando la fotografía, desmenuzando los ritmos, estableciendo relaciones con el contexto socio-económico de la Turquía actual. Y a uno, sinceramente, estas cosas no le salen. De Tres monos me interesa la desventura de sus personajes, y por eso se la recomiendo aquí las amistades,  porque esta familia de proletarios jodida por un político sin escrúpulos es un tema de rabiosa actualidad, aquí y en Turquía, una historia muy socialista en el fondo. Y aunque pego varias cabezadas en el sofá, y veo la película dividida en tres actos, porque Bilge Ceylan se pone muy plasta con los planos sostenidos y las composiciones pictóricas, llego hasta el final intrigado por el destino que les aguarda a estos turcos atrapados en la vida. Turcos que son como usted, o como yo, currantes que viven al borde del abismo y que un mal día tropiezan con algo o con alguien y empiezan a hacer gestos desesperados para no caerse. Cuecen habas en ambos extremos del Mediterráneo. En Turquía los hombres llevan mostacho, y las mujeres rubias parecen prohibidas por la autoridad. Hay mezquitas en lugar de iglesias, y los equipos de fútbol son más ruidosos y de peor calidad. El resto es todo lo mismo. "En las antípodas todo es idéntico/idéntico a lo autóctono", cantaba Javier Krahe.


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A puerta fría

No me gustan los vendedores. Ellos van a cursos de psicología, de cucología, de técnica de ventas, y cuando ven a un pardillo como yo entrando por la puerta de sus negocios, se lanzan en picado como lechuzas sobre el ratoncillo. Desconfío de ellos como de cualquier otro depredador de la selva urbana. Van a lo suyo, y no a lo mío, porque el cliente nunca tiene la razón, y se parece mucho a un pollo por desplumar. Sin embargo, en las películas de vendedores, cuando retratan sus vidas estresadas y deprimidas, uno simpatiza con sus dramas personales, porque los protagonistas suelen ser tipos que mienten por necesidad, que necesitan un par de whiskies antes de enfrentarse a la comedia de la ganga y del compadreo. En aquella obra maestra que era Glengarry Glen Ross, los comerciales eran unos pelmazos peligrosos cuyo objetivo era endosarle al cliente una finca de escaso valor. El espectador, sin embargo, omnisciente desde su sofá, sabía que estos tipos vivían amenazados por el despido, despreciados por sus mujeres, alcoholizados y fumados hasta el  borde del infarto. Uno acababa compadeciéndoles, y deseándoles la mejor de las suertes, a costa de estafar a los pobres incautos que preguntaban por sus productos. Una simpatía difícil de explicar, pero ustedes me entienden.



            A puerta fría es una película española que ha pasado sin pena ni gloria por los adjetivos calificativos. Las he descubierto gracias a que en ella trabaja Antonio Dechent, que es un actor por el que siento una estima especial, y al que investigo de vez en cuando, a ver en qué proyectos anda. En A puerta fría, Dechent es un vendedor como aquellos de Glengarry Glen Ross, cincuentón y amortizado, al que están a punto de despedir en la empresa porque anda desganado y no sabe inglés. Sólo la venta de cien videocámaras a los minoristas de Sevilla le salvará de la quema, y de la sustitución por una joven promesa del negocio. El problema de las videocámaras es que siendo cojonudas son carísimas, y ningún comerciante las quiere en sus escaparates, por miedo a comérselas con patatas pasados los meses. En los dos días que durará la feria comercial, Dechent bajará a los infiernos para hacer acopio de todas las triquiñuelas: mentirá, enredará, amenazará, corromperá... Y entre decisión y decisión, se meterá varios lingotazos de whisky en el bar del hotel, sopesando a los clientes, escuchando a los compañeros, preguntándose por el futuro incierto de esta perra vida que le tocó en suerte.


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Stuck in love

Stuck in love es una película sobre escritores que se enamoran de gente muy guapa y lanzan filosofías muy personales sobre la existencia. Así resumidas, las vidas de estos personajes podrían parecerse a la de uno mismo, que también escribe en este blog, y se aventura en reflexiones vitales, y se enamora todos los días de una mujer muy hermosa. 
             Fue esa similitud inicial la que me empujó a ver la película. Pero luego, minuto a minuto,  fui descubriendo que ni  mi yo ni mi circunstancia tenían nada que ver con estos fulanos. El escritor padre, Greg Kinnear, y sus hijos modélicos, la preciosa Samantha y el romántico Rusty, son escritores que escriben de verdad, novelas y cuentos que publican en las más prestigiosas editoriales de Estados Unidos. Hasta coleguean un poco con el mismísimo Stephen King, que se declara admirador del estilo familiar en un cameo telefónico. La genética les ha hecho guapos, talentosos, decididos. Lo tienen todo para triunfar. Chascan los dedos de la mano derecha y consiguen que la pareja perfecta se derrita por sus huesos. Chascan los dedos de la mano izquierda y surge el relato perfecto en sus Macs impolutos de última generación. Manejan con soltura el género de terror, la novela romántica, la literatura rebelde de la juventud... Tú les dices y ellos se ponen. Juntan las palabras con una soltura que a mí me parece arte de magia. Siendo habitantes de esta galaxia, estos escritores de Stuck in love poseen el poder de los caballeros Jedi, que hacían así con la mano y abrían puertas y doblegaban voluntades. 



    Viven, además, para romper ya del todo los paralelismos, en una casa chulísima al borde de la playa. La película está rodada en invierno, y los paisajes costeros son grises y relajantes. En consonancia con la estación, los personajes viven una pequeña crisis de sus corazones y de sus talentos, antes de que la realidad primaveral vuelva a bendecirlos con sus flores. Uno sería inmensamente feliz en una casa así, con vistas al mar, alejada varios metros de los vecinos, con el rumor de las olas arrullando a las musas. Quizá esté ahí el quid de la cuestión, y no en los genes pluscuamperfectos de la familia Borgens. Porque el murmullo permanente del mar tranquiliza los nervios, y organiza las ideas, y las hace fluir a través de los dedos con el orden exacto y la cadencia precisa. Era el agua, finalmente, y no el cromosoma.



           
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Primos

Y ya son, cuarenta y dos, las castañas. La edad me aprieta, el calor me ahoga, el domingo me deprime... Los tres jinetes del apocalipsis han decidido cabalgar juntos esta fecha nefasta, para ir de picnic con la familia ahora que luce el sol en la península, y así joderme el día cuando pasan por las cercanías. La Edad es fea, el Calor agresivo, Domingo un tipo medio imbécil... Menos mal que el Madrid-Barça es el próximo fin de semana, y que aún queda la esperanza de esa victoria en el horizonte. Menos mal que el jinete de la Derrota se quedó en casa, afilando la guadaña, o afectado por la alergia, porque los cuatro cabalgando al unísono serían como cuatro Atilas arrasando mi hierba y mi aliento. Son los cuatro jinetes de lo inevitable, de lo incontrolable, porque uno no puede nada contra el sol de justicia, contra las manecillas incansables, contra el domingo puntual, contra el partido del siglo que uno solo jalea desde el sofá, con la cerveza y las patatas fritas...



            Al mediodía, en buena compañía, he degustado el pulpo de la Galicia fronteriza, que no cura los males, pero los hace más llevaderos. En la ingesta todo era relativo y trivial. Con los cachelos en la boca uno se siente libre por segundos, como trasladado a otra realidad marítima y lejana. Pero luego, en la digestión, se oían de nuevo los galopares del apocalipsis. Los tres jinetes regresaban a casa para ver el fútbol, o para jugar la partida de tute, jodiéndome de nuevo la vida. No han dejado de sonar los cascos hasta las diez de la noche, porque el resonar llega a cientos de kilómetros.  A esa hora, aliviado por el silencio, he puesto Primos en el DVD  y he empezado a reírme por primera vez en el día. Con las aventuras de estos tontainas en Comillas he traspasado, sin darme cuenta, las doce de la noche, inaugurando sin ceremonias ni lamentos la castaña número cuarenta y tres. De nuevo la ficción ha venido al rescate, sustituyendo mi vida  por las vidas ajenas. En el domingo real de Ponferrada yo me hacía más viejo por momentos, y me faltaba el aire, y se eternizaba el día. En el domingo de Comillas, sin embargo, soplaba la brisa marina, triunfaba el amor, los jóvenes sonreían y afianzaban los lazos.  Mucho mejor lo suyo que lo mío. Por qué, entonces, no ser como ellos, al menos por un rato. 


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Dallas Buyers Club

No veo a Dios, por ninguna parte, sujetando a Matthew McConaughey en sus escenas de Dallas Buyers Club, que parece que se lo va a llevar una brisa de lo delgado que se quedó. Tampoco veo al Altísimo moldeando sus expresiones faciales, ni le veo manipulando sus cuerdas vocales para producir esa voz a medio camino del poeta y del borracho. No veo el aura, el brillo, el triángulo entrometido, en ningún fotograma de la película. Sólo veo a un actor de descomunal talento sacando a flote un drama algo reiterativo y aburrido. Sólo veo al hombre, y no al feligrés. Intuyo que Dios, como mucho, le protegió de los accidentes, de los resfriados, de los imprevistos del rodaje, aunque de esas tareas suelen ocuparse los ángeles de la guarda, que son como los vigilantes de seguridad en la Gran Empresa del Cielo. Pero Matthew McConaughey, cuando recibió su Oscar, no se refería a eso. Él hablaba de una relación estrecha con el Creador, de una amistad personal, de unas gratificaciones que se le debían por el esfuerzo profesional o algo así. Quizá su Amigo no estuvo en el rodaje, indicándole el camino correcto, pero sí en las mentes de los académicos cuando depositaron el voto, obnubilándoles por segundos, susurrándoles una sugerencia divina que arraigó en sus voluntades. No sé qué pensarán de todo esto sus rivales en el premio, a los que también protegieron los ángeles de la guarda, porque llegaron sanos y salvos a la ceremonia de entrega, pero que no encontraron la ayuda del susurro definitivo, del beneplácito decisivo de quien prefería al actor que encarnaba al enfermo y luchador Ron Woodroof. A poco racionalistas que sean, los perdedores de la gala pensarán lo mismo que pensamos nosotros: que si eres buen actor, interpretas a un enfermo de sida y te dejas treinta kilos de grasa en el empeño, tienes todas las opciones de ganar.


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Le Week-End

En Le Week-End, una pareja de sexagenarios británicos deciden pasar su aniversario de bodas en París, a todo trapo, sin reparar en hoteles de lujo ni en restaurantes de postín. Él es profesor en la Universidad, y lo han invitado a jubilarse tras hacer unos comentarios desafortunados. Su mujer, profesora de biología en un instituto, está a punto de abandonar la nave zozobrante de la educación. Este fin de semana en París será `probablemente el último de su esplendor económico, y tal vez sexual. Como sucede en cualquier matrimonio veterano, es obvio que ellos ya no se aman, pero siguen necesitando la compañía. El amor es un sentimiento reservado a los más jóvenes, que viven la ilusión del tiempo infinito, el placer somático del sexo, la creencia de que las personas cambian con el tiempo y se amoldan a nuestros deseos. Los jóvenes aman  porque follan mucho, y sostienen filosofías poco maduras. Los matrimonios como este de Le Week-End ya han cruzado todos los volcanes, todos los abismos, y el paisaje final es un páramo aburrido donde ya no hace ni frío ni calor. Ahora reinan los sentimientos tibios, el cariño, o el respeto, según el día o las circunstancias. Como un par de niños en vacaciones, estos británicos de parranda juegan a que se enfadan, a que se separan, a que se van con otras parejas a vivir la noche francesa, pero saben, en el fondo, aunque París les envuelva como una ciudad de luz y tentaciones, que su destino final es seguir juntos. Y más ahora, que ya no valen un euro en el mercado de las parejas, y que las enfermedades hacen cola en la puerta y ya empiezan a golpear tímidamente, toc, toc...



            Tenía razón, finalmente, Homer Simpson, cuando decía aquello de que "no estoy gordo, es el metabolismo". Leo en el periódico que unos científicos de Chicago y de Sevilla, que colaboraban en la secuenciación laboriosa de los genes, han descubierto a un hijoputa muy travieso llamado iroquois 3, o IRX3, un gen que regula la actividad del hipotálamo en el cerebro y provoca la acumulación excesiva de grasa en el organismo. Lo han detectado, como suele suceder en el mundo de la ciencia, casi por casualidad, cuando seguían la pista de otro cabronazo llamado FTO, que al final tenía coartada y era más inocente que el asa de un cubo. Un caso típico de investigación policial. Parece una buena noticia, esta detención del principal sospechoso, al que los científicos podrían desactivar con un par de fármacos bien disparados. El problema es que IRX3 es un gen muy importante, y muy laborioso, que participa en la regulación metabólica de todos los órganos vitales. Algo así como un capo de la Mafia cuyos tentáculos llegan a todas las actividades económicas. Lo paralizas de sopetón, y te cargas la economía. Los científicos del caso están seguros de que habrá una pastilla en el futuro que nos devuelva a la delgadez y a la alegría. Pero hay que ir con mucho cuidado, no sea que la pastilla nos convierta en adonis por un lado y nos joda las meninges por el otro, que ya ves tú, la ganancia. Vuelve, en cualquier caso, la esperanza. Y hago mía, para siempre, la disculpa inmortal de Homer Simpson. "No es el chorizo, es el IRX3".


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Blue Jasmine

Ya era hora de que el cine se acordara de estas mujeres ricas que han sido engañadas por sus maridos. Se merecían una película que explicara sus motivos y sus angustias.  Ellas no sabían que sus esposos eran unos estafadores piramidales de tomo y lomo, y fundían los billetes convencidas de que el suyo era un dinero muy honrado, legalmente robado a los pobres, puntualmente declarado en Hacienda. Algunas, incluso, con las migajas, pasaban la mañana haciendo obras de caridad, o visitando fundaciones antes de ir al golf, o al polo, o a las clases particulares de vela. Seguro que hay muchas mujeres así en Estados Unidos, como esta Jeanette/Jasmine que nos presenta Woody Allen en la película. Dicen, sin ir más lejos, que el personaje está inspirado en la esposa de Bernard Madoff, doña Ruth Alpern de soltera, que ahora vive de tapadillo en Connecticut, en casa de un hijo, protegida por las persianas, y por las gafas de sol cuando pasea por las calles entre los  mortales. Aquí, desde luego, en la España de la corrupción y la crisis económica, estas mujeres están  surgiendo como setas en otoño, y ocupan muchas portadas en los medios de comunicación. Ninguna se deprime, eso sí, ni se divorcia, ni busca una nueva vida en Logroño o en Palencia, en casa de la hermana menos afortunada, como esta Jasmine que trata de cambiar de vida en San Francisco. Aquí no pillan a ningún marido estafador, y al que cogen, le sueltan rápidamente, o le dan dos escarmientos en los juzgados para disimular. Como mucho, en el colmo del marxismo-leninismo, les tienen unos meses a la sombra, mientras la señora se torra las tetas en Marbella, o en Montecarlo, enchufada directamente a la cuenta bancaria en Suiza. Un cuenta, por supuesto, que ninguna justicia vaciará jamás. Las depresiones morrocotudas como las de Blue Jasmine no se ven por España. Aquí, por dinero, sólo lloran los pobres, porque los ricos, como en la mítica serie mejicana, sólo derraman la lágrima por los malos amores, y por los hijos secretos.



            Salvo una tonadillera de pelo oscuro y tez morena que afirmaba no saber la procedencia de los fajos de billetes, las demás engañadas, curiosamente, guardan un cierto parecido físico con Jasmine, aunque no son, ni de lejos, tan guapas como Cate Blanchett, que es una anglosajona perfecta del cabello como trigo, de la piel como nieve, del semblante como de hada. Nuestras ibéricas ignorantes, una infanta que me viene ahora a la memoria, y una ministra que se pone siempre demasiados rayos UVA, también son rubias, altaneras, quizá guapas en su lejana juventud. Pero son rubias del Mediterráneo, de andar por casa, con mucha mecha y mucho rubio que en realidad sólo es castaño. Ellas también se gastaban lo suyo en mansiones, en chalets, en coches de lujo, sin sospechar, aseguran, la fuente real del dinero. Porque ellas, aunque sean de derechas, y crean en el orden natural que separa las clases sociales, juran que nunca se gastarían un euro robado o defraudado. Que de haberlo sabido hubieran discutido con el marido, y se hubieran ido a casa de mamá por unos días, como símbolo de protesta. Son majísimas, solidarias, buena gente en el fondo de sus corazones. Las Blue Jasmine de la piel de toro. Dios las guarde muchos años, y a nosotros nos preserve la salud, para seguir trabajando, o no trabajando, y poder mantenerlas con nuestro dinero. Directa o indirectamente, eso es lo de menos.


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Nebraska

Las familias son un buen tema de estudio para el antropólogo aficionado pero distante. Hablo de las grandes familias que reúnen cien primos y cien cuñados al calorcillo de las bodas, y al fresquillo de los sepelios. Las grandes familias reunidas son el infierno en la Tierra para cualquier misántropo. No caben más estupideces, más engreimientos, más mentiras por metro cuadrado apiñadas en el banquete, o en la cafetería del tanatorio. A uno, cuando iba a estas cosas, siempre le ahogaba el aire, el calor, el ansia de huir. Desertor de este ejército incruento de las palabras como cuchillos, uno, en los últimos años, sabe de las grandes familias gracias a las películas  y a las series. Sobre todo de las familias norteamericanas, que uno se topa prácticamente todos los días, lo mismo en los dramas que en las comedias. Podría hacer una tesis doctoral sobre este asunto sin tocar un solo libro, ni consultar a un solo especialista. Casi podríamos decir que es mi tema, y tal, pues las he frecuentado desde la más tierna infancia, desde Con ocho basta o La casa de la Pradera. Allá en América he conocido familias de todos los colores, de todos los credos, de todas las geografías. Jamás he probado el pastel de cerezas, ni la mantequilla de cacahuete, pero sé de sobra a qué saben estos productos, porque a fuerza de imaginarlos han dejado su huella en el paladar.



            Nebraska, que cuenta las andanzas de un anciano borrachín que busca un millón de dólares ficticio, no es, pese a las apariencias, una película más del subgénero. Alexander Payne, el director, al que en este blog se le profesa una admiración especial, jamás sigue las huellas que otros han ido dejando. Lo suyo es adentrarse por los caminos personales, a riesgo de hacer el ridículo, o de perderse en vericuetos. Él es, por fortuna, un senderista experimentado, que siempre llega a la posada por el camino más insospechado, y te regala anécdotas y fotografías que otros más previsibles no lograron conseguir. Payne es consciente de que los cineastas americanos, cuando se ponen a contar el asunto de las familias, se quedan  muy cortos o muy largos. O nos presentan a gentes desestructuradas al borde de la psicopatía, o se regodean en otras que parecen imbéciles recién caídos de la nube, donde todo es armonía y buen rollo. El espectador medio no se ve representado en ninguno de los dos casos, porque las familias del cine americano son constructos del propio cine, que se han ido alejando con el tiempo de lo real. En Nebraska, Alexander Payne tira por la calle de en medio, que es la calle de lo normal, y nos presenta a una familia problemática pero pacífica en la que es muy difícil no verse reconocido,  y no reconocer a unos cuantos sujetos que forman parte de nuestra  propia parentela. Me gustaría entrar en detalles, pero no puedo. Sonrío varias veces cuando me topo con los tíos y primos que viven en Hawthorne, Nebraska. Sus eternas conversaciones sobre los coches y las distancias recorridas en ellos me traen a la memoria viejas convivencias. Se parecen tanto... Payne ha convertido su historia del terruño natal en una historia universal. En todas las familias cuecen habas, viene a decirnos, aunque allí las llamen beans, y en Invernalia alubias.


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El impostor

Hace varios años, en un maratón de publicidad que programaron en Canal +, vi un anuncio que me dejó pensativo y deprimido. Pertenecía a una campaña preventiva del atropello de ciclistas en carretera. Al principio, un grupo de pandilleros aparece jugando al baloncesto en un subterráneo de mala muerte. Un voz en off se dirige al espectador: “Cuente los pases seguidos que va a dar el equipo blanco”. Uno piensa que en la cifra radica el misterio del producto anunciado, así que sigue el balón con atención, canturreando por dentro las cifras, hasta llegar a trece. La voz en off aparece de nuevo y pregunta: “¿Se ha fijado usted en el hombre vestido de oso que cruzaba la cancha?" ¿Qué hombre, qué oso?, se pregunta uno, sorprendido. Sólo había tipos pasándose el balón, y tipos defendiendo la jugada. El narrador anuncia: “Vamos a ver de nuevo la secuencia”. Y en efecto: por allí, entre los jugadores, paseándose con descaro, aparece un tipo disfrazado de oso. El mensaje de la campaña aparece entonces en pantalla: “Es fácil perderse algo que no estamos mirando”.  Al principio pensé que me habían  tomado el pelo, y que la repetición no era tal, sino un añadido diferente. Por fortuna, lo que estaba viendo era una grabación en vídeo del programa, así que rebobiné hasta el primer pase. El oso cruzaba la escena haciendo el moonwalking mientras parecía descojonarse de los espectadores tan lerdos como yo. Cómo no pude verlo… Es fácil perderse algo que no estamos mirando.




            He recordado esta experiencia mientras veía el documental El Impostor. La increíble pero veraz historia del chico encontrado en Linares que dijo ser Nicholas Barclay, un chaval que había desaparecido de San Antonio, Texas, tres años antes. El desconocido de Linares era un chico demasiado mayor, ya barbado,  con cara de adulto. Hablaba con acento francés, era moreno y tenía cara de chalado. Nicholas, en cambio, en las fotografías que la familia había cedido al FBI, aparece como un niño rubio de ojos azules. Y no hablaba, por supuesto, francés. Nicholas y el impostor se parecían como un huevo a una castaña. Aun así, el desconocido, con una simple tinción de su cabello, consiguió dar el pego a la policía española (lo cual no es muy difícil). Lo más sorprendente es que luego el FBI tampoco cayó en la cuenta del engaño, y que al final, en el colmo de los colmos, la propia familia de Nicholas acogió al impostor como al hijo que creían perdido y sin embargo regresó. Al inicio del documental, uno, como en el anuncio del baloncesto, fija la mirada en los propósitos Frédéric Bourdin, el embustero, un hombre misterioso que años después, ante las cámaras, confiesa la aventura delictiva que lo llevó a suplantar  a Nicholas Barclay, buscando, según él, un cariño que siempre le había faltado en su propia familia.  El personaje es un tipo odioso, y a la vez intrigante, casi seductor. La atención queda atrapada en sus palabras, y en sus motivos. Pero Bart Layton, el director del documental, es como la voz en off del anuncio. Al principio nos dice que atendamos al impostor, y lo convierte en actor principal del drama, pero luego, hacia la mitad del documental, no suelta una pregunta que le da un giro mayúsculo a la trama: "¿No se han fijado en la familia de San Antonio que baila el moonwalking?" Y hasta aquí puedo contar. El impostor es un documental que se ve como el mejor cine. De hecho, al principio, uno piensa que está viendo un mockumentary tan habitual en estos tiempos, como el de Jordi Évole sobre el 23-F. Pero no es así: justo antes de los títulos de crédito, las imágenes de archivo nos volverán a demostrar que la realidad, cuando se enreda y se complica, supera la más descabellada de las ficciones.



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Doce años de esclavitud

Había leído críticas muy dispares sobre Doce años de esclavitud. Mientras unos aseguran que es con toda justicia la película del año, otros, sin subestimarla, afirman que el experimento no es para tanto, y que se le puede achacar una crudeza innecesaria, un metraje excesivo, un déjà vu molesto de estar viendo otra película de nazis y judíos, pero con blancos y negros en la Norteamérica del siglo XIX. Los que dicen esto último no andan muy desencaminados. Podríamos jugar a intercambiar papeles con La lista de Schindler y nos saldría una película muy parecida. El personaje de Michael Fassbender sería Amon Goeth dirigiendo su campo de concentración; Brad Pitt, el trabajador canadiense, sería el Oskar Schindler que salva en este caso a un único esclavo; las cuadrillas de negreros, las SS; la Lupita Nyong'o de la que se encapricha Fassbender, la prisionera judía de la que se enamoraba Amon con sentimientos de culpa; Solomon Northup, rizando el rizo de este paralelismo un tanto bobo, sería el Itzhak Stern que siendo prisionero lo mismo te servía para dirigir una cuadrilla de obreros que para llevar las cuentas de la hacienda. Dos genocidios que distan menos de un siglo tenían que parecerse a la fuerza. 



            Por lo demás, la película merece muy pocos peros. Ellen DeGeneres no acertó con aquello de que había que premiarla para alejar los fantasmas del racismo, aunque le saliera un chiste cojonudo. Doce años de esclavitud se sostiene, y aguanta el tipo como una campeona.  Lo sé porque no hay mejor test para una película que mis jueves por la noche, cuando el cansancio de la semana todavía no ha encontrado el ungüento del viernes sanador. Los doce años me han llevado en volandas hasta las doce de la noche, como si mi tiempo personal se hubiera detenido, y ya sólo importara el destino trágico del pobre Solomon Nothrup atrapado en la maquinaria de la economía sureña. Los jueves, a las diez de la noche, con el sueño atrasado y el mal humor acumulado,  uno está para aguantar muy pocas tonterías en el televisor. Una película que arranque mal, que se atranque al poco, que se lance a divagar sobre el ser y la nada, está condenada al apagón, y al inmediato borrado. Muchos jueves termino viendo los episodios de las viejas comedias, de Frasier, o de Seinfeld, para que el ancla se deslice a través de la sonrisa y me fije pesadamente al sofá. Cualquier cosa antes de ir pronto a la cama, en la que duermo, pero ya jamás descanso, como le sucede al agente Cohle de True Detective. Porque los sueños también me atrapan, me zarandean, me obligan a vivir una vida paralela, con las mismas preocupaciones y las mismas miserias, aunque enredadas, y cambiadas de sitio, como las fantasías de un loco.


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La comunidad

Después de ver Las brujas de Zugarramurdi, y de escuchar a Álex de la Iglesia confesando su misoginia en las entrevistas, me he reconciliado con el director que hace unos años odié y repudié. Balada triste de trompeta o Los crímenes de Oxford fueron dos películas merecedoras del fuego purificador. Un auto sacramental con hoguera en mitad de la Plaza Mayor, habría celebrado yo si me hubiesen dejado, con los DVDs ardiendo a un lado y el director, desnudo salvo un calzoncillo, crucificado al otro, chamuscándose los pies. Antes de quemar Los crímenes de Oxford, eso sí, habría que salvar ese rato en el que Leonor Watling, mi Leonor, mostraba al mundo su lozanía pectoral, y su sonrisa de picaruela. Sólo por ese fotograma de los espaguetis deslizándose por el escotamen le hubiera perdonado la vida al gordinflón.



            Como acto de reconciliación, rebusco y encuentro en mi filmoteca La comunidad, que es, de lejos, la mejor película del bilbaíno. Una lástima que al final todo se pierda en persecuciones y despeñamientos, porque La comunidad, en sus primeros minutos, llevaba camino de ser un clásico como los que filmaron Berlanga y Azcona sobre el alma profunda de los españoles. Porque es muy nuestra, La comunidad, con esa escalera de colores oscuros y ocres que podría haber pintado un Goya siniestro del siglo XXI. Vecindarios los hay en todo el mundo, por supuesto, pero éste de la película sólo existe en España, y quizá sólo en Madrid, donde los edificios de renta antigua y rancio abolengo sobreviven en el centro mismo de la modernidad. Hay una mala leche muy condensada, y muy podrida, en los diálogos. Ni uno sólo de los personajes es una persona decente. Todos van a lo suyo, a quedarse con la pasta, a traicionar al vecino, a pirarse con Curro al Caribe. Y uno, que además de misógino siempre ha sido misántropo, se reconforta en el sofá cuando ve estas películas de costumbrismo veraz, donde triunfan el egoísmo y la chapuza. No existe el concepto de comunidad, en España, porque este es el país del "que se joda" el prójimo.  Sólo aquí triunfó verdaderamente el anarquismo. El de izquierdas y el derechas. Las utopías que hablaban de esfuerzos comunes y de labores solidarias por aquí pasaron como anécdotas de la historia. Somos un país de individuos, de particulares, de insociables, obligados a vivir en ciudades. En vecindarios. Que una película española se titule La comunidad ya es, de por sí, una ironía. Aquí no hay civismo, ni educación, ni bien público. Los vecinos lo son por cercanía, no por espíritu. Cuando se cierra la puerta del piso, el vecino saludado en la escalera sólo es un ente, un recuerdo. un estorbo. Un gilipollas  que se queja de la fiesta, de la música, del taconeo de la señora. Yo pago mis impuestos, y mi hipoteca, o mi alquiler, y eso me da derecho a todo. Que se joda.


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El silencio de los corderos

A. y yo, después de varios dimes y diretes, hemos acordado ver El silencio de los corderos. He tenido que sacar lo mejor de mi repertorio dialéctico para endilgarle un thriller que para él quzá ya es viejuno y poco excitante. Sólo cuando le dije que un psicópata llamado Hannibal Lecter se comía la pantalla a bocados y sus víctimas a dentelladas, ha accedido a seguir  mis consejos. Mi hijo pasa de los premios, de los críticos, de los arrebatos muy pelmazos de su padre. Él quiere chicha, mondongo, escenas que pongan a prueba su hombría incipiente. Quiere medirse a sí mismo para luego contárselo a sus amistades, que presumen de ver cosas muy truculentas y sanguinarias en la intimidad no vigilada de sus ordenadores. Hannibal Lecter, que tiene nombre de antropófago y apellido de premio Nobel, le ha sonado a criminal prometedor, a trastornado de fechorías muy truculentas que  tal vez le causen pesadillas confusas por la noche. 



            Yo tenía diecinueve años cuando vi por primera vez El silencio de los corderos, y recuerdo que me cagué por la pata abajo, o casi, en varias escenas. Me pareció oscura, siniestra, de un grano sucio y una maldad pocas veces vista. A., en cambio, que ha crecido en un entorno visual mucho más rico y permisivo, iba pasando por las sanguinolencias con una sonrisilla irónica y una mirada de reojo hacia su padre. Debe de pensar que éramos medio idiotas, los chicarrones de antes, y que nos asustábamos por cualquier cosa. Y no anda muy desencaminado, la verdad. Hannibal Lecter, eso sí, le ha fascinado. Al terminar la película hemos puesto otra vez sus escenas estelares, allá en el manicomio y en la jaula improvisada. Las hemos visto en inglés, subtituladas, para conocer la voz original de Anthony Hopkins, y A. no ha rechistado. ¡Ha tenido que leer unos subtítulos!, y lo ha hecho de buena gana. Síntoma de que el personaje ya forma parte de su santoral. Antes de ir a dormir, mientras se lavaba los dientes ante el espejo del baño, A. ha musitado tres veces, con la voz poco cavernosa de su primera testosterona, aquello de "me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti". Espero no haber despertado en él una vocación oculta. Hoy, por si acaso, dormiré con la puerta de mi habitación trancada...


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Philomena

A poco de comenzar Philomena, el periodista Martin Sixsmith sostiene este diálogo con la hija de la susodicha en una fiesta de postín.
Kathleen: No pude evitar escuchar que es usted periodista. Conozco a una mujer que fue madre adolescente. Mantuvo el secreto durante cincuenta años. Me acabo de enterar hoy. Unas monjas le quitaron a su hijo. La obligaron a darlo en adopción. Lo mantuvo en secreto todo este tiempo…
Martin Sixsmith: Estoy escribiendo un libro… sobre la historia de Rusia. Eso es lo mío. Lo tuyo es “interés humano”. Yo no hago eso.
Kathleen:¿Por qué no?
Martin Sixsmith: Porque “interés humano” son historias sobre personas vulnerables, débiles e ignorantes que personas vulnerables, débiles e ignorantes leen.

            Uno se ríe, con la gracia, pues piensa exactamente lo mismo que el periodista. La expresión “interés humano”, que en apariencia no tiene mucho que objetar, siempre esconde argumentos simplones, sentimentaloides, de trazo muy grueso. Buenos de mazapán, malos de pacotilla, lágrimas extraídas a muy bajo precio del subsuelo lacrimal. Uno ya viene advertido de que Philomena es una película de “interés humano”, y se toma la gracia de Steve Coogan como una autoparodia del drama que vendrá a continuación. Las fechorías de estas monjas irlandesas son las mismas que aquí perpetró la difunta sor María, con el beneplácito de la autoridad competente, y uno sabe que este tema no puede abordarse desde la comedia, o desde el cinismo. Hay que arremangarse y meter la mano entre los sentimientos, como un cirujano de guerra en pleno bochinche. No queda otra. Pero Steve Coogan, en esa línea de diálogo, es como si nos guiñara un ojo y nos dijera: sabemos el terreno que pisamos, no os preocupéis. Esto no va a ser un culebrón para señoras maduritas. El tío Frears y yo no lo vamos a permitir. Habrá lágrimas, sí, pero muy escogidas, y muy traídas a cuento. Y habrá, también –eso ya se lo imagina uno solito- una buena reprimenda a la Iglesia Católica, y a su pérfida infantería de la voz calmada y la lengua bífida. 



            Pero no son tales, las promesas que uno imaginaba. Philomena es, realmente, una película de “interés humano”. Una buddy movie de mamá religiosa y periodista agnóstico que buscan al hijo perdido, o más bien traspapelado, por las monjas. Uno esperaba, al menos, un equilibrio ideológico en los diálogos. Que la anciana dijera sus tonterías y luego el hombre ilustrado la corrigiera. Pero uno se ha encontrado el montaje inverso, uno torticero, malintencionado, como de telediario de La 1 que primero pone a la oposición y luego remata la noticia con una frase contundente, y ya incontestable, de nuestro líder barbudo. Philomena es, como ya nos advertían al principio, una mujer vulnerable e ignorante, que está dispuesta a perdonarlo todo, incluso el secuestro de su hijo. Las monjas que le hicieron la vida imposible en la juventud le parecen, en el fondo, buena gente, aunque un poco particular. Martin Sixsmith, el periodista, no puede creerse tanta bonhomía estúpida de su amiga, y trata de zarandear su conciencia par que proteste, o suelte al menos algún mecachis. El espectador, obviamente, está con él, pero Coogan, el guionista, y Frears, el director, están obviamente con Philomena, a la que siempre reservan la última frase, la última sentencia, poniendo al bueno de Martin de vuelta y media, como si su pensamiento crítico estuviera pasado de moda. Es como una revancha moral sobre la Ilustración que no se entiende muy bien. Como una venganza histórica que no viene a cuento. Como si valiera lo mismo una duda razonada que la creencia ciega en lo que no se ve.  No se lo esperaba uno de este par de británicos, tan progres en apariencia. Aquí, en España, nuestros rancios católicos lo están flipando con la película. “¡Que te den por el culo, jodido agnóstico! ¡Vete al infierno con Voltaire!”, gritan exaltados en las proyecciones. Y es que hay que perdonar al prójimo como lo hace Philomena, que lo dijo Jesús. Y mucho más si las pecadoras son  pobres monjitas que sólo buscaban lo mejor para los niños, y castigar, de paso, a esas furcias que vivían acogidas en sus conventos. 


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Frasier. El colesterol

La triste decadencia de los cuarentones sin remedio vuelve a ser materia de broma en Frasier:

Daphne: ¿Qué tal con el médico? A juzgar por la sonrisa, supongo que le ha bajado el colesterol.
Frasier: Bueno... Tras varias semanas de vigilar mi dieta, tomar las medicinas y salir a pasear todos los martes... no ha aumentado.


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