Caníbal

Esta película española, Caníbal, que anunciaban como terrorífica y muy particular, ya la había filmado hace quince años Atom Egoyan en las calles de Londres, que no de Granada. Se titulaba El viaje de Felicia, y el psicópata de turno era el entrañable y convincente Bob Hoskins, uno de los grandes actores olvidados cuando se elaboran  listas, o se conceden premios conmemorativos. No recuerdo si este asesino de Atom Egoyan también se comía el solomillo de sus víctimas acompañado de un buen vino, pero sí recuerdo que su afición era la cocina, y que se arrepentía de sus fechorías en el momento más inesperado de la película, así que por ahí se anda la historia. 


Y es que aparece un psicópata en cualquier película, y ya te sale, sin quererlo, un juego de asociaciones con los innúmeros malandrines que le precedieron. En la vida real, los psicópatas son un vecino de cada mil, y muchos ni siquiera asesinan: sólo te putean, o te buscan las cosquillas, o se meten a policías o a guardias civiles para dar mamporros al amparo de la ley. Son notorios, pero escasos, los psicópatas que viven a este lado de la pantalla. En  la ficción, en cambio, es como si la psicopatía fuera el mal común de los habitantes, y todo el mundo guarda ganchos de carnicero en el garaje, y cadáveres corruptos en el jardín. Es una puta locura como del fin del mundo, o como de guionistas que siempre van a lo facilón, y ya te cansan y te cabrean.  Los planos de este asesino de Caníbal masticando la carne femenina son clavados a los que retrataban a Mads Mikkelsen en Hannibal, la fallida serie que hace meses quiso hacerse un hueco en este blog. ¿Que el criminal es un sádico matamujeres y además sastre? Ahí está el villano de El silencio de los corderos para completar el árbol de referencias. ¿Que el criminal lleva años sembrando el terror en la comarca y nadie relaciona sus asesinatos? El malvado de Los hombres que no amaban a las mujeres sale a la palestra para seguir jugando a este Trivial Pursuit de los sanguinarios, muy pronto en las jugueterías, y establecimientos autorizados.


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En la casa

Por la tarde, en el sofá, postrado por un virus que me incapacita para continuar la vida civil, veo En la casa, aclamada obra del director francés François Ozon. En la casa es como una película de Woody Allen, pero sin chistes ni apartamentos de Manhattan. Monsieur Germain es un profesor de instituto que se parece mucho al director neoyorquino, en lo físico, y en los tics del personaje. Vive casado con una galerista de arte, burguesa y algo tonta, que también es un personaje habitual en las películas de mi hermano. El profesor Germain, que imparte literatura en un instituto de chavales sin futuro, vive desesperado de la incultura de sus alumnos, hasta que descubre, en una redacción sobre las vivencias del fin de semana, a un alumno de vena literaria, ocurrente y fluido, inquietante en la escritura, seductor en la cercanía del trato. Como en las películas de Woody Allen, el profesor se encapricha de su alumno y se postula como tutor particular, como mentor literario, como  guía espiritual. Una película de maestro griego y alumno efébico, pero sin túnicas ni homosexo. Para profundizar en la educación de su alumno, y enseñarle los modelos de la gran escritura, Germain le proporcionará varios libros de su propia biblioteca, entre ellos Crimen y castigo, de Dostoievski, que el alumno recibirá con cara de disgusto. Una cosa es escribir para pasar el rato y dejar patidifusas a las chavalas, y otra, muy distinta, tener que tragarse ese tocho de personajes decimonónicos acabados en "ov", o en "osky".



            Luego, por la noche, mientras los virus se baten en retirada, veo el tercer episodio de Freaks and Geeks, serie de culto sobre unos chavales de instituto americano a principios de los años 80. Viene muy recomendada, en los foros de internet, y aunque uno ya es cuarentón barrigudo, y su instituto de León en nada se parece a éste de California, me reconozco en algún personaje, y reconozco a varios tipejos con los que compartí aulas y partidos de baloncesto. Me va gustando, Freaks and Geeks, porque de vez en cuando, en esa ñoñería inevitable con que los americanos aderezan su memoria, aparecen verdades muy crudas sobre lo jodido que es crecer en la adolescencia. Y también porque sale una actriz preciosa, Linda Cardellini, que  quiere hacerse pasar por chica de instituto cuando su ficha en IMDB, y sus leves arrugas en los ojos, la delatan como una mujer hecha y derecha de veinticuatro años. 



            En el episodio de hoy, Sam, el adolescente protagonista, es obligado por su profesora de literatura a leer, también, Crimen y castigo, porque  se ha enterado de las mierdas que suelen leer sus alumnos: la novelización de Star Wars, la biografía de Samy Davis Jr., el recopilatorio de chistes de Bob Hope... A veces la realidad te sorprende con casualidades inquietantes, como cuando piensas en alguien que no has visto durante años y de pronto te lo topas por la calle. Uno se pone en guardia ante tales contingencias, y se teme lo peor del destino, o lo mejor, porque nunca se sabe con estos asuntos. Lo mismo sucede algunos días con la ficción que uno consume: ves una película de instituto francés y piensas: "¿por qué todos los profesores, los novelistas, los culturetas, recomiendan esos libros insufribles, inabordables, de rusos culpabilizados del siglo XIX ?" Y horas más tarde, en otra ficción completamente distinta, te encuentras a otro chaval de catorce años que también ha de leer la misma monserga. Un chaval muy parecido a  ti en las virtudes y en los defectos, y que odia a su profesora de literatura como tú odiabas a tu profesor de lengua española, que hablaba con la voz engolada y declamaba versos de Góngora que nadie comprendía, y que la risa nos daban, porque andábamos calientes, y nos reíamos de la gente.


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Las brujas de Zugarramurdi

Las brujas de Zugarramurdi es el remake vasco-español de Abierto hasta el amanecer, aquella película en la que George Clooney y Quentin Tarantino huían de la policía y se metían en un puticlub fronterizo de vampiros hambrientos. Inolvidable, aquel lap dance de Salma Hayek que nos dejó tan erectos como hipnotizados. La película de Robert Rodríguez se quedó en la pura acción disparatada, con la carnicería final de buenos y malos en el pub mexicano. Él y su compadre Tarantino no son mucho de ir dejando mensajes subliminales, o visiones personales del mundo. Lo suyo es el cachondeo, el mondongo, el cine como catarsis de la violencia y la mala baba. Álex de la Iglesia, sin embargo, que iba para Tarantino Rodríguez de nuestro cine, desliza en Las brujas de Zugarramurdi buena parte de su filosofía personal sobre la guerra de los sexos, tan antigua como la guerra del hombre contra  los carnívoros del ecosistema. Antes de que la película se le vaya de las manos, y la sacrifique en un akelarre de persecuciones y mordiscos, el director deja caer su opinión corrosiva sobre el mundo de  las mujeres: que todas tienen, en mayor o menor medida, alma de brujas. Unas en plan profesional, las de Zugarramurdi, y otras en plan aficionado, haciendo pinitos en la vida cotidiana, las de Madrid y resto de España. 



            Pero hay que aclarar algunos conceptos, antes de que  el blog que nadie leía se convierta en el blog que una vez denunciaron. Para Álex de la Iglesia, y para quien esto escribe, las mujeres no son brujas por ser  malvadas, sino por ser clarividentes. En el idioma castellano del siglo XXI, las brujas ya no son hechiceras que beben sangre de sapo y vuelan en escobas de madera. El brujerío, entendido como facultad extrema de la inteligencia, es una cualidad común  a todas las mujeres, lo sepan o no.  Bruja y mujer se han convertido en palabras sinónimas, casi intercambiables en algunos contextos. Ellas son sapientísimas, perspicaces, retorcidas. Casi de otra especie, o de otro mundo. Alienígenas, más que brujas.  La misoginia de Álex de la Iglesia es igual que la mía: no es degradante, ni injuriosa, ni machista. Es más bien respetuosa y reverencial. No odiamos a las mujeres: las tememos y las admiramos, a partes iguales. Nos superan, nos abruman, nos desnudan el alma. Nos miran del revés y nos hundimos; nos hacen un gesto y acudimos como perritos. Nos tienen en sus manos, y a sus pies, para lo que haga falta. Los hombres, en compañía de mujeres, recordamos que sólo un paso nos separa de los simios, y que viajamos por la vida con deseos muy poco sofisticados.

            En una entrevista que le hizo Joaquín Reyes en televisión, Álex de la Iglesia explicaba así la idea central de Las brujas de Zugarramurdi:
            "En la película los hombres son torpes, lerdos... En fin, nosotros, un poco... (risas compartidas). Y las mujeres son terriblemente malas. Lo que hacen las mujeres es utilizar eso. Saben cómo vamos a hacer las cosas. Saben que nos vamos a equivocar y aprovechan, y generan una estrategia para sacarle jugo a nuestros errores".



            Rescato, de esa misma entrevista, una reflexión del director vasco sobre la madurez personal. O más bien sobre la falta de ella.
Joaquín Reyes: ¿Qué queda de este Álex que hacía los fanzines?
Álex de la Iglesia: Pues ese Álex está aquí contigo. Más gordo, y sobre todo más maleado. Con el punto ése de haber tenido una vida, y cuarenta y siete años, y tal... Fundamentalmente soy el mismo. Yo no creo que haya madurez. No creo que haya un avance personal. Tú y yo no hemos madurado. Lo que sí que hemos encontrado es una manera inteligente de sacarle rendimiento a nuestra estúpida forma de ser.
Joaquín Reyes: (sonriendo mientras asiente) Lo suscribo, totalmente.



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La gran familia española

¿Dónde estabas tú, el día que Iniesta marcó aquel gol que Stekelenburg casi llegó a evitar con la manopla? Los protagonistas de La gran familia española estaban en la boda del hijo menor, Efraín, solucionando los  asuntos más acuciantes del amor. El partido, en la película, sólo es un ruido de fondo, una excusa para compartir el sofá mientras se deshojan las margaritas y se van concretando los besos o las distancias.
            La gran familia española, así, a bote pronto, sin conocer argumento ni director, sonaba a remake de La gran familia, aquella de Pepe Isbert buscando a Chencho por los mercadillos navideños de Madrid. Sonaba a película  de católicos muy de Kiko Argüello reunidos alrededor del televisor para celebrar que España, gracias al fútbol,  volvía a ser una, y grande, y libre, con el gol postrero de un medio calvo nacido en Albacete. Uno se temía lo peor, en estos tiempos donde el rojerío ha dimitido de hacer películas, y se encierra en una mudez cómplice a la hora de recibir los premios. En esta España de hoy, son los intelectuales de derechas quienes ruedan historias inspiradas en valores eternos, y ponen a caldo a los sociatas de ahora, y a los sociatas violamonjas de la II República. Eran muy sospechosas, las palabras "familia" y "española" reunidas en un mismo título, como de proyecto de José Luis Neogarci sufragado por 13TV, con Gallardón haciendo un cameo de cuñado listillo. Menos mal que era Daniel Sánchez Arévalo quien pilotaba la nave, y que este tipo, ocurrente y perspicaz, se toma la familia como lo que es, una casualidad genética que nos arrejunta con gentes que podemos amar o aborrecer, según nos vaya en ella. La familia es un punto de partida en nuestra vida personal, que muchas veces, por esas cosas de la vida, no se convierte en un punto de referencia. Una necesidad, en la infancia; un apoyo, en la adolescencia; una opción, en la madurez.



            Aquel 11 de Julio por la noche uno estaba en León, en el viejo piso, acompañado de la mujer y de la madre, que ni papa de fútbol entendían, y de A., el retoño, que por aquel entonces, con once años  de vida, y el raciocinio recién estrenado,  ya odiaba furiosamente a la Selección Española, porque era el mismo Barça redivivo con tres parches del Madrid y uno del Sevilla, para disimular el chanchullo. Yo también odié de pequeño a la Selección Española, sobre todo en el Mundial del 82, porque del Madrid sólo iban Juanito y Santillana, y el resto eran vascos que nos habían ganado varias ligas en campos embarrados, para jolgorio antifranquista de mi padre, que se lo tomó como una venganza personal de los cuarenta años de penuria. En el año 82, toda España viajaba río abajo con los barcos adornados de rojigualdas, mientras que yo, con diez años, remaba contra corriente en mi pequeño bote de cartón, abanderado de la RFA de Karl Heinz Rummenigge, mi héroe infantil y teutón del Bayern de Munich. Puede que ahí empezara todo: la indiferencia por la patria, por los compatriotas, por la bandera de colores chillones. Ahí empezó mi sueño incumplido de ser rubio natural y apellidarme Rodrigorson, y haber nacido de Estocolmo para arriba, al abrigo de la nieve, y rodeado de chicas rubias.
            Cuatro años después,  porque en ella jugaban Michel y Butragueño, me sumé a la masa patriótica y amé a la Selección del 86, y luego a la del 90, porque  allí seguían los quintos del Buitre luchando contra los elementos en aguas del mar Adriático. Fue un breve paréntesis de reconciliación con España, y con los españoles. Pero en el Mundial del 94 regresé al odio exaltado, beligerante, porque Clemente había hecho limpia de madridistas estilosos, y en su ejército sólo jugaban legionarios de autonomías periféricas. Más aún le odié en el año 98, pero esta vez fueron muchos, patriotas de pro incluidos, los que me acompañaron en el odio, y se alegraron con su derrota. Volví a ser un español de verdad en el 2002, apoyando al camacho ibérico en su intento de repoblar  el Lejano Oriente. Y ése fue el final de mis sentimientos encontrados. Cuando por fin llegaron los triunfos de la Selección, me alegré por el buen fútbol, y muy poco por las banderas, indiferente ya a los patrioterismos, y sólo pendiente de la geometría pura del balón. Me bajé muy tardé de este carrusel idiota de simpatías y antipatías, y todavía siento, de vez en cuando, las ganas de subirme. 



            Al principio de La gran familia española, el personaje de Efraín asegura que todos nosotros, en nuestra vida real, estamos reviviendo una película, porque a veces la realidad y la ficción se parecen, o confluyen, o se toman prestados argumentos y desenlaces. Él y sus hermanos están reviviendo Siete novias para siete hermanos, primero porque sus padres así lo dispusieron, y luego porque la vida es irónica y caprichosa. El espectador, queda insinuado, ha de averiguar qué película es la suya. Tras los títulos de crédito, me quedó pensando largos minutos en el sofá. Mi película tiene que ser de un personaje solitario y triste, enamorado de la vida, pero no de la vida que lleva. Un inadaptado que busca en el cine la felicidad y la plenitud que la vida le deniega. De pronto recuerdo una entrada de este mismo blog: Cecilia, la protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo, es  un personaje de estremecedor parecido conmigo, aunque ella sea  mujer, y viva en una época diferente, con un océano de por medio. Me reconozco en sus nervios antes de la proyección, en la mirada ansiosa y brillante que reluce en la oscuridad del cine. Para Cecilia, como para mí, el día sólo dura hora y media, o dos horas, según la película que toque. El resto sólo es trámite, supervivencia, burocracia, decepción...


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Los climas

Es una película extraña y bellísima, Los climas. Una historia de amor y desamor que empieza en el tórrido verano de la playa y acaba en el crudo invierno de las montañas. A la sombra de las sombrillas, los amantes filosofan sobre su amor con las palabras justas, y los gestos comedidos, como si temieran que un esfuerzo superfluo desatara los chorros de sudor. No hay margaritas, en las playas de Turquía, pero ellos deshojan los pétalos con una molicie que en otras películas sería un coñazo insufrible, pero que aquí, gracias a la pericia de Nuri Bilge, exhala un vaho hipnótico, sedante, como de opio o de arrullo.  Meses después, en el invierno, en el quinto pino de la península de Anatolia, los amantes resolverán su aventura con los labios paralizados por el frío, porque cae la nieve sobre los turcos, y sobre las vidas, y es como un manto espeso que congela los sentimientos para consumirlos en mejor ocasión, cuando llegue el nuevo verano, y el erotismo de los cuerpos semidesnudos se mezcle con la trascendencia dramática del amor.




         En Los climas, Turquía parece un país de ensueño, misterioso y variado, con paisajes que van de lo verde a lo desértico, de lo alpino a lo estepario. Cada plano es una fotografía, una estampa, como si Nuri Bilge, imitando al Peter Jackson de Nueva Zelanda, nos fuera contando una historia y al mismo tiempo nos invitara a coger un avión de Turkish Airlines para plantarnos en Estambul a tiempo de cenar. Cuando los amantes no hablan, uno solaza la mirada en las tierras milenarias donde Paris buscó el amor de Helena. He de reconocer, no obstante, que a mitad de película casi me duermo, pues llegado el otoño intermedio de los climas,  los amantes se dan un respiro para beber de otras fuentes, y desaparece de la pantalla esta mujer hermosa que se llama Ebru Ceylan, de la cual yo había caído enamorado en el primer fotograma. Más tarde, en internet, descubriré que ella es la mismísima mujer del director, guionista de sus películas, directora ocasional de las suyas propias. Una belleza extraña y exótica, también la suya, como la propia Turquía que la vio nacer y desarrollarse. La hermosura de Ebru Ceylan vive a medio camino de lo asiático y lo occidental, de lo sensual y lo sexual, del cerebro y de la gónada. Ella ha sido la pasión turca de mi invierno castellano, olvidados ya los viejos recelos del moro en la costa, y de las galeras heroicas hundidas en Lepanto.






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Las sesiones

Al mundo hemos venido a follar. Esa es la tarea principal que la naturaleza nos encomendó. Follar. Esparcir nuestros genes por el mundo, y prorrogar nuestra muerte en la vida de los hijos. El deseo sexual es el programa básico que articula nuestro disco duro. Todo lo demás, la literatura y el arte, el fútbol y la baraja, la barbacoa del domingo o el café del mediodía, sólo son el pasatiempo, el matarratos, la preparación para la batalla o la tregua concedida por el instinto. Escribió una vez Francisco Umbral:
            "Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: “Bueno, empezamos o qué”.
            Mi antropoide, como ya saben los viejos lectores, se llama Max, y vive en las cavernas húmedas de mi organismo, allá donde se confunden  las vísceras del comer con las vísceras del amor. Él viene y va constantemente, a cuatro patas, con el plátano en la mano, consultando la hora con impaciencia: "Bueno, empezamos o qué". Siento sus pasos, sus murmullos, su búsqueda incansable del tesoro, como un Gollum que viviera de okupa por mis adentros.  A todos los hombres, desde que entramos en la adolescencia, se nos encomienda el cuidado de un mono simpático y rijoso traído de África. Nadie me advirtió, ni me puso sobre la pista, pero una mañana de mis doce años, al despertar, igual que Gregorio Samsa descubrió a su escarabajo, yo descubrí a mi antropoide compartiendo la almohada llena de pelos, saludándome con una sonrisa picarona. "Bueno, empezamos o qué". 



            Mark O'Brien, el personaje real de esta historia que cuenta Las sesiones, fue un periodista y poeta aquejado de poliomielitis. Confinado a la camilla y al pulmón de acero, consiguió que la Universidad de Berkeley aceptara su solicitud de cursar estudios presenciales. Mark sentó un precedente legal que muchos discapacitados aprovecharon después. No contento con esa hazaña, a la edad de treinta y ocho años decidió dejar de ser virgen, y pasando por encima de los mandamientos de su propia religión católica, contrató a una terapeuta sexual para celebrar la caricias y el coito, en pecaminoso y enrevesado acto de joderío. Antes de morir de lo suyo, Mark O'Brien dejó escritos artículos y poemas de verbo encendido que narraban tal experiencia. Muchos le consideran un héroe, un pionero, un agitador de conciencias. Quienes esto aseguran desconocen que Mark O'Brien, como todo hijo de vecino, también llevaba un antropoide en las entrañas que le preguntaba todos los días por la hora. "Bueno, empezamos o qué". Uno muy frustrado y revoltoso, que vivía encerrado en un organismo tan paralizado que ni pajas podía hacerse, el pobrecico. Un antropoide que un día gritó basta y se hizo con las riendas de la voluntad. Mark ya no era dueño de sus deseos: era el antropoide el que hablaba por su boca, y para los antropoides no existe el infierno, ni los santos, ni los diez mandamientos que se dieron a sí mismos los antiguos. Sólo la hembra, la rama, el fruto jugoso que se deshace en la boca.


           
            Vera, la cuidadora de Mark, le cuenta sus propias aventuras sexuales utilizando un lenguaje desenfadado. Mark, tan católico, se incomoda un poco en la camilla de paralítico:
 - ¿Por qué la llamas polla y no pene?
- "Pene" suena a verdura insípida. "Polla" suena a lo que es.


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La herida

Es un hecho científico que los hombres manejamos un puñado de emociones muy básicas. De la excitación al apagón, de la alegría a la ira. Los sentimientos intermedios, que son la química compleja de los elementos primordiales, resultan demasiado complicados para  nuestro cerebro primitivo, al que le falta un brazo de cromosoma en cada neurona.  Es por eso que a los hombres casi nunca nos confunden por la calle, porque manejamos cuatro o cinco semblantes elementales que la gente reconoce con facilidad. Las mujeres, en cambio, sufren estados emocionales complicadísimos, ecuaciones de la hostia con un montón de incógnitas sentimentales. La ciclogénesis explosiva que son sus hormonas lloviendo sobre la sangre, hace que sus rostros adopten mil expresiones diferentes. Las caras de las mujeres son como los muestrarios de colores, donde caben todos los matices imaginables.
            Marián Álvarez, la protagonista de La herida, es una de estas actrices que aprendieron en la escuela dramática de las camaleonas. Su repertorio de emociones valdría para elaborar un catálogo universal de lo afectivo. Podrían poner un DVD de La herida en la próxima nave Voyager que lanzaran al espacio, para que los extraterrestres se fueran haciendo una idea de lo que se encontrarían al invadirnos. Ana, el personaje de la película, vive en una edad indefinida que va de los veinte a los treinta y cinco años. En algunas escenas parece una colegiala, una inocentona recién salida del cascarón; en otras, sin embargo, parece una mujer mayor baqueteada por la vida, con más experiencias sangrantes que pelos en la cabeza. A veces parece una mujer fea, mustia, con muy poco atractivo sexual; otras veces su rostro resplandece, y casi llegas a confundirla con una hermana agraciada de Elena Anaya. Nunca parece la misma mujer. Y no es el trastorno bipolar, ni el juego de luces que lo acompaña. Es que uno, de no haber venido ya enterado a la película, habría jurado que eran dos actrices distintas las que se alternaban el personaje, como hacía Buñuel en aquellas películas absurdas de su vejez.



            Termino de ver La herida y busco la ficha de Marián Álvarez en internet. La edad real de esta actriz  suspendida en el tiempo es treinta y cinco años. Veo su fotos  recogiendo premios y galardones y no me creo que sea la misma mujer que hace media hora reía y lloraba en el televisor. A este lado de las pantallas, una luz interior atraviesa su piel, una que en la película tenía apagada y desenchufada. Marián Álvarez es una belleza de mujer. Se parece mucho, en algunos escorzos, en algunas miradas picaruelas, a ese fetiche de mis deseos que es Pamela Adlon, la deep raspy voice de Californication, que me vuelve loco con sólo escucharla. Leo, además, por si fuera poco para mi body, que Marián tuvo el arrojo, en la gala de los Goya, después de  agradecer el premio a papá y a mamá y a todo bicho viviente, de proclamar el derecho de las mujeres a decidir. No dijo a decidir el qué, pero todos los presentes, y los diferidos, la entendimos. Un ministro de la ultraderecha que lleva gafas y jura ser progresista seguro que también. 


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True Detective. La vida perdida

 En el quinto episodio de True Detective, el agente Hart se lamenta del tiempo perdido, de la vida perdida:
            "¿Sabes que son buenos años cuando estás en ellos, o simplemente los esperas hasta que te sale un cáncer en el culo y te das cuenta de que ya han pasado? Porque hay una sensación que puedes notar en ocasiones... La sensación de que la vida se te ha deslizado entre los dedos, como si el futuro estuviera detrás de ti, como si siempre lo hubiese estado".


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No es país para viejos

6 años menos tres días. Ése es el tiempo exacto que ha transcurrido desde que vi, por primera vez, No es país para viejos, mi decepción más sonada con los hermanos Coen. Recuerdo que escribí cosas por los foros, denunciando el final incomprensible, las preguntas sin respuesta, la desidia sin remaches, y que luego hube de esconderme en las cavernas mientras pasaba el temporal de las refutaciones, todas muy críticas con mi herejía. Muchos que hasta entonces ni siquiera los conocían, los llamaron maestros por haber ganado el Oscar, y se proclamaron apóstoles y evangelistas de su cine. Y yo, que durante veinte años fui su discípulo predilecto, que los acompañé en la travesía del desierto y en la pesca de almas a orillas del Misisipi, tuve que traicionarlos en el momento de su mayor gloria, como un Judas vendido por cuatro tonterías del argumento. 



            Les he seguido de lejos, todo este tiempo, viéndolos sin que ellos me vieran, disfrazado en los cines, o agazapado en los sofás. Después de No es un país para viejos nos entregaron Quemar después de leer, y los di por acabados, y por repetidos, como si ya hubieran dicho todo lo que había que decir, y estuvieran prontos a regresar al cielo de sus mansiones con piscina. Pero luego, por sorpresa, rodaron ese peliculón que casi nadie comprendió, Un tipo serio, y una fe renovada brotó en mi corazón. Un brote rojo, que no verde, de músculo cardíaco que volvía a formarse y a latir con impaciencia. Los advenedizos salieron espantados en busca de nuevos ídolos, y los viejos discípulos, que en las desventuras de Larry Gopnik recobramos las viejas esencias y los viejos guiños, fuimos saliendo poco a poco de nuestro exilio. 6 años, menos tres días, he tardado en volver a enfrentarme con los viejos fantasmas del desierto tejano, a ver si esta vez comprendía la película oscarizada. Pero ha vuelto a faltarme el aliento. Al cabo de una hora de argumento me pudo la sed, la insolación, la monotonía del paisaje, y empecé a ver espejismos donde otros siempre han visto enjundias del guión. Pero no importa. Me he sentido cómodo en esta segunda visita, ya no cabreado, sino sólo sorprendido, y expectante.  Tras un largo caminar en solitario he vuelto al redil de los Coen, a la vera de los maestros, y ellos me han acogido como al hijo pródigo que un día se fue a los otros cines, a ver otras películas.


        
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Tropic Thunder

Jack Black, Tom Cruise y Robert Downey Jr. conforman la Santísima Trinidad de las primeras cinefilias de mi hijo, al que ya nunca volveré a llamar Pitufo. El retoño se ha convertido en un chavalote de catorce años que ya no se pinta de azul con rayos UVA, ni se pone la barretina blanca para ir al instituto. A. se mosquea cuando pasea la mirada por estos escritos y lee su apelativo cariñoso. ¡Gargamel!, me llama él en venganza, porque su padre es alto y malicioso, medio listo y medio bobo, y casi siempre habla solo en compañía de los animales. Un ermitaño del pijama raído y la calvorota creciente que vive en el bosque mágico de las películas.



            Robert Downey Jr., al que coloco last, but not least, es el jeta entrañable que da vida al Tony Stark de Iron Man. Gracias a él, y sólo a él,  esta separata del caso Marvel no es una mierda de tirar por el retrete. Convocados a su ferrosa presencia, A. y yo nos hemos reído un montón de veces en el sofá de las convivencias. Hoy, en una ocurrencia genial de quien esto escribe, que de vez en cuando alumbra fuegos fatuos en el cementerio cerebral, hemos visto Tropic Thunder, chotadura del género bélico que reúne a los tres actores citados en un solo dios verdadero. La película es una memez supina que te hace de reír mucho, como decía el señor Barragán. Lo mejor, como ya sucediera en Zoolander, es que Ben Stiller, actor y director de ambos inventos, sabe que está filmando una tontería sin pretensiones. Se ríe del género bélico, del género ñoño, de los productores de Hollywood, de los actores caprichosos, de los discursos del método, de los nominados al Oscar...  Se ríe del negocio del cine. Del espectador mismo, se carcajea, por perder el tiempo en ver su película lamentable. Maravilloso, y a la vez deleznable.


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L'Apollonide

          L'Apollonide es una casa de putas que ahora llamaríamos de alto standing, con madame bien vestida en el recibidor y furcias reposando lánguidas sobre los divanes. La película, onírica y barroca, cuenta el vivir diario de este prostíbulo en el París de la Belle Époque. Allí acudían los ricachones no sólo a follar, que al fin y al cabo sólo es una gimnasia para el desahogo, sino a escaparse del mundo, y a olvidarse de sus esposas gordas y siempre malhumoradas. En L'Apollonide, los ricachones que explotaban a la clase obrera encontraban champán, sonrisas, largas conversaciones mientras acariciaban un pecho o jugueteaban con un mechón de pelo. Más importante que el sexo, era la sensación extraña de encontrarse en un lugar fuera de París, huido del tiempo, rodeado de hermosas jóvenes que parecían salidas de un cuadro impresionista, o de un cielo recién inaugurado sobre los tejados. Casa de putas, sí, pero también cápsula del tiempo, hogar de reposo, sanatorio del espíritu. Y luego a follar, claro está, cada uno con su imaginación y con su talento, que las putas de L'Apollonide además son actrices encantadoras que lo mismo bordan el papel de geishas que de niñitas con tirabuzones para los clientes más depravados. 




        Jamás he entendido la expresión "esto parece una casa de putas" cuando alguien quiere denunciar el mal funcionamiento de un hogar, o de una institución. Los prostíbulos de postín como L'Apollonide son modelos organizativos que valdrían lo mismo para un cuartel militar que para una fábrica de coches alemana. Las putas de la película son trabajadoras concienzudas, y muy solidarias con sus compañeras. Dirigidas por una madame que conoce los intríngulis del negocio, su pupilas ganan mucho dinero al mismo tiempo que seleccionan a su clientela. Son putas muy profesionales que se bañan todos los días, y se perfuman el parrús después de cada contacto. Pasan revisiones periódicas con el médico, y se dan de baja en el servicio si contraen alguna enfermedad, lavando y cocinando para las demás. A lo mejor es que L'Apollonide es un prostíbulo francés, y ya se sabe que en Francia, como en Europa, de toda la vida, los servicios públicos funcionan a las mil maravillas. Tal vez la expresión despectiva “como una casa de putas” sólo exista en nuestro idioma castellano de la chapuza nacional. Quizá los lupanares hispánicos vayan igual de mal que los colegios, o que los hospitales, siempre al borde de la crisis o del cierre porque los ricos se educan en los curas, y se sanan en Nueva York, y se traen las putas a los mismos yates fondeados. Yo soy un profano en la materia: jamás he pisado una casa de putas en territorio nacional, y tampoco en territorio extranjero, pero tengo amigos con mucho mundo que me cuentan cosas...


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Import-Export

           Como si fuera un psiquiatra vienés del siglo XXI, Ulrich Seidl ha recogido el testigo dejado por Sigmund Freud para seguir divagando sobre el sexo y la religión, que es lo mismo que divagar sobre el sexo y la muerte, los dos temas fundamentales que estructuran nuestra existencia. Con permiso del fútbol, claro está, que estructura los fines de semana y ya lo mismo nos da follar que morirnos en el sofá, porque la vida, cuando hay fútbol, queda en suspenso, seducidos por el balón que viene y va como el reloj oscilante del hipnotizador. Me gustan los cineastas como Ulrich, que van al grano, al meollo de la cuestión, aunque a veces ponga la cámara tan cerca de sus personajes que a uno le llegan incluso los olores, o las salpicaduras de alguna secreción.



               Después de terminar su trilogía Paradies, decido aventurarme en el pasillo de su filmografía anterior para descubrir nuevas historias retorcidas. Abro la primera puerta, una que pone Import-Export, y allí conozco a una ucraniana jamona (¿existen las ucranianas no jamonas?) que trabaja de enfermera en un hospital grimoso de su país, uno de paredes tan grises como el cielo plomizo del invierno estepario. A Olga, que así se llama la exsoviética de nuestros sueños, deben de pagarle cuatro rublos mal contados, porque vive en un apartamento cutre y diminuto, apenas una covacha que comparte con su hijo recién nacido y con la madre que le ayuda en las tareas. Olga, en un ataque de desesperación, decide largarse a Viena, a trabajar de lo que sea, lo mismo de actriz porno que de limpiadora rasa en un geriátrico, para enviar un sueldo digno a casa. Hasta aquí la película promete. A la jamonosidad intrínseca de Olga, como diría David Broncano, se suma la denuncia de esta sociedad opulenta que trata a sus trabajadores como esclavos, y mucho más si provienen del Este, como si fueran tontos, o apestados, o culpables de haber vivido setenta años bajo el comunismo. Como ya sucediera en su trilogía Paradies, el amigo Ulrich se cansa a los tres cuartos de hora de contar su propia historia, y deja que la cámara, ella solita, filme lo que dé la gana, mientras él duerme la siesta o juega la partida de tute en el bar. La cámara, atada a su trípode, se limita a rodar planos fijos que ya nada aportan, sólo más miserias y degradación. Un bostezo que nace de mi coxis recorre la espina dorsal y termina desembocando en mi garganta, poniendo a prueba los tornillos que sujetan los maxilares. Llego al final de Import-Export con tal desinterés que ahora mismo quiero recordarlo y ya no me sale. 

 
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Paradies: esperanza

Mientras su madre folla con negros en las playas de Kenia y su tía  predica el evangelio desde una furgoneta de Radio María, Melanie, que es la protagonista de esta última entrega de la trilogía Paradies, pasa las vacaciones de verano en un campamento para adelgazar gordos, allá en las montañas donde Heidi retozaba con Niebla. Uno, en su ignorancia, pensaba que estos remedios sólo existían en Los Simpson, en aquellos episodios en los que Bart se ponía como un barrilete y sus padres lo enviaban allí para descansar de su presencia. Pero se ve que no, que estos internados son reales, al menos en el bárbaro mundo de los anglosajones y germanos. Aunque aquí, en la película, por mor del eufemismo, los llamen "campamentos dietéticos", como si fueran celebraciones festivas de la ensalada y el yogur desnatado.



            Durante el día,  Melanie  y sus sufridos compañeros serán sometidos a todo tipo de torturas. Un profesor de gimnasia más gordo que ellos los colgará de las espalderas, los hará rodar por las colchonetas, los someterá a duras travesías campo a través... Cuando ya no puedan ni moverse, una escultural monitora les proyectará documentales sobre el autocontrol de la ansiedad, y sobre las repercusiones negativas de los alimentos hipercalóricos. Luego, por la noche, en la intimidad de las habitaciones compartidas, los chavales y las chavalas se pasarán chocolatinas de contrabando para seguir manteniendo la figura, y tirar el esfuerzo sudoríparo por la borda. Tampoco es que los guardianes pongan excesivo celo en la vigilancia. El campamento, como tal, es un timo para burgueses, un sacacuartos para padres que quieren desprenderse una temporada de sus retoños. La convivencia, en cambio, sí servirá a estas bolas de sebo para ponerse al día en los asuntos de la práctica erótica. La mayoría son clientes marginales en el comercio sexual de sus institutos, y aprovecharán su reclusión para formar una especie de "Rechazados Anónimos" donde contarán sus experiencias y sus desconsuelos.    


 
            Melanie, que  pica más alto que los demás porque después de todo es rubia y no mal parecida, aprovechará la dejadez de los vigilantes para tentar sexualmente al médico del campamento, un cincuentón de buena figura al que las rubias gorditas le ponen muy travieso. Si su madre vive obsesionada por los mandingas de piel de ébano, y su tía no conoce a ningún hombre más apuesto que Jesucristo, Melanie perderá la cabeza por esta figura paternal de los ojos azules y la mirada de verraco. La trilogía Paradies ha resultado ser, a fin de cuentas, la historia de tres mujeres que buscaban la satisfacción sexual por caminos extraños y retorcidos. Tres locuras de amor en tiempo de verano. Tres películas muy sórdidas, que diría Juan Manuel de Prada, mi némesis de la derecha rancia. Tres rarezas que empiezan muy bien y luego terminan en un largo bostezo, porque Ulrich Seidl muestra, pero no cuenta, circunvala, pero no atraviesa. Fotógrafo de lo grotesco, más que narrador de historias.



           
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Moneyball

Visto desde la distancia, desde esta Europa entregada al dios único del balompié, el béisbol parece un deporte absurdo, una pachanga que juegan cuatro gordos en un campo triangular armados de cachiporra y máscaras protectoras como de Hannibal Lecter. Me juran, los más yanquis de mis conocidos, que el béisbol es un deporte con todas las de la ley, apasionante y estratégico, con carreras y sudores que te empapan la camiseta, o el polo ese raro que llevan. A veces, ante su insistencia, en las noches más tontas del año, uno intenta seguir algún partido en los canales de pago, pero siempre me topo con figuras estáticas que parecen formar parte de un belén, o con tíos que de pronto corren en solitario como si les hubiese pegado un siroco. Hay, además, cien pausas para la publicidad, o para el comentario experto, que me acaban sacando de quicio. Se pongan como se pongan mis conocidos, el béisbol no es un deporte exportable a la cultura europea. En aquel maravilloso documental que contaba la historia del Cosmos de Nueva York, Once in a lifetime, una periodista afirmaba que el fútbol era como una obra de teatro, que se dividía en dos largos actos con un solo descanso en el medio, y que eso iba en contra de la cultura americana de los parones continuos, que los aficionados aprovechaban para hacer viajes al frigorífico. Del mismo modo, sus deportes fraccionados pueden con los nervios de cualquier futbolero europeo, acostumbrado a repantigarse en el sofá y dejar que el partido transcurra, como una ópera dramática de veintidós personajes donde está en juego el orgullo, el terruño, el vigor masculino preservado.



            Moneyball es una película sobre el mundo del béisbol, la historia real de cómo Billy Beane, mánager de los Oakland A's, creó un equipo mítico con los cuatro duros de presupuesto que el dueño le concedió. Aunque los personajes hablan de béisbol a todas horas, y uno, desde su ignorancia, y desde su desdén, no sabría distinguir a un catcher de un pitcher, Moneyball ha resultado ser una película fascinante. Un guión suculento de frases imborrables y diálogos endiablados que firma, una vez más, Aaron Sorkin. Yo amo a este tipo, desde mi heterosexualidad incuestionada. Moneyball es la lucha heroica de dos tipos,  Billy Beane y su experto en análisis  Peter Brand, por cambiar el sistema entero de ojeadores y fichajes. Donde los otros especialistas veían a jugadores desastrados y sin futuro, ellos, armados de ordenadores y de sentido común,  supieron encontrar a tipos que pedían a gritos una oportunidad.  Juntaron el buen ojo con la buena suerte y construyeron un equipo imposible, que batió el récord de victorias seguidas en las Grandes Ligas. Quien esto escribe no terminó de saber muy bien por qué ganaban tantos partidos, porque las explicaciones son dadas todas en germanía. Pero uno se deja llevar, y termina tan emocionado como el más entusiasta seguidor de este deporte de la garrota. El truco está en olvidarse de que Moneyball va sobre béisbol, e imaginar que uno está viendo a Rinus Michels implantando el fútbol total. A Arrigo Sacchi plantando la línea del fuera de juego a cuarenta metros de la portería. A Pep Guardiola ganando las Copas de Europa con un equipo quimérico formado sin delanteros. Moneyball es béisbol, pero podría ser cualquier otro deporte. Podría ser fútbol, por ejemplo.


          
            El equipo asesor de Billy Beane quema las energías linguales buscando jugadores nuevos para el equipo:
Especialista 1: Artie, ¿quién te gusta?
Especialista 2: A mí me gusta Pérez. Tiene un swing clásico. Muy fluido.
Especialista 3: No sé yo. No le da a la curva.
Especialista 2: Bueno, tiene que mejorar. Lo admito. Pero llama la atención.
Especialista 3: Su novia es fea.
Especialista 2. ¿Eso qué tiene que ver?
Especialista 3: Con novia fea... Le falta confianza.


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El ejercicio del poder

El ejercicio del poder es una película francesa que viene a ser como El ala oeste del Palacio del Elíseo. Hombres trajeados que nunca pasan por casa y siempre están reunidos en algún despacho, o viajando a toda hostia en coches de cristales tintados. Si en El ala oeste de la Casa Blanca los funcionarios son bonachones incapaces de robar un clip o de soltar un mal taco, porque lo suyo es trabajar hasta la extenuación por el bienestar del pueblo americano, aquí, en El ejercicio del poder, sale mucho hijoputa que dice ser benefactor de la patria y luego trabaja para las grandes corporaciones que se van a comer el Estado a bocados.
            El protagonista de la película es el ministro de transportes, un cincuentón estresado que se enfrenta, él solito, con un par de cojoncillos todavía socialistas, a la política de privatizaciones que está emprendiendo su propio gobierno. No es que sea precisamente un rojo de esos que salen en las películas de Guédiguian, pero añora la vieja grandeur del Estado francés. Teme, además, porque lo primero es seguir en la poltrona, y luego servir al electorado, que la plebe se rebele contra las medidas y la oposición suba como la espuma en las encuestas. El problema de la película, que es ilustrativa y densa, es que no hay quien se crea a este personaje. A nadie se le escapa que el presidente ficticio del Elíseo es un trasunto de Nicolás Sarkozy, el entusiasta demoledor de la infraestructura pública. ¿Qué iba a pintar, en su gabinete, un ministro de transportes como éste? A un disidente de la línea oficial le iban a dar, como mucho, una alcaldía en el pueblo más apartado de la Bretaña. No una cartera ministerial de esta importancia estratégica. La ocurrencia del guionista anima el debate, las dudas, el intercambio de impresiones. Crea una tensión dramática que te mantiene casi dos horas siguiendo los pactos y las traiciones. Pero ubica la película en el territorio de la ciencia-ficción, y no en el de la realpolitik, que era el asunto que nos atraía en un principio. El ejercicio del poder se diluirá en mi memoria como las propias promesas de los políticos, como escupitajos en la letrina.

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Frasier. El pene dubitativo

En el episodio de hoy, Frasier se reencuentra con una antigua compañera del instituto, la antigua reina de la fiesta con la que soñaban los empollones y se acostaban los quarterbacks. Lorna es una rubia despampanante, altísima, pechugona de saltarte un ojo y dejarte tuerto de amor. A sus cuarenta y tantos años, aún conserva un polvo de mareo, y un morbazo de no apartar la mirada.  En el instituto, Frasier era un empollón escuálido que no se jalaba una rosca, pero ahora es un hombre de éxito, adinerado y reconocido, y Lorna, embriagada por la fama del hombre radiofónico, le regalará los favores sexuales que siempre reservó a los deportistas musculados y a los chulos sin escrúpulos. Frasier vivirá el gozo de una noche largamente soñada, como una venganza sobre sí mismo servida muy caliente en plato frío. Pero luego, en el despertar de la cama compartida, descubrirá que Lorna es una mujer malhumorada e impaciente. Está buenísima, pero es insoportable. Desde que le crecieron las tetas  en la pubertad, vive acostumbrada a que siempre la sirvan primero, y a que le enciendan el cigarrillo nada más sacarlo del paquete, y cuando la realidad se tuerce, y el deseo se retrasa, se vuelve una mujer caprichosa e intransigente. Es el destino fatal de las mujeres hermosas que han vivido entre nubes de algodón. 


            El pene de Frasier se pasa por el forro estos defectos evidentes de su carácter. Él sólo ve a la mujer rubia del cuerpo macizo que se abre de piernas y jadea con entusiasmo. Y lo demás se la trae floja, o muy dura, según se mire. El pene es amoral e irreflexivo por naturaleza. Primero fecunda, y luego pregunta. El cerebro, en cambio, que es el guardián racional de las meteduras de pata, admitirá rápidamente que el ídolo tenía los pies de barro, y la lengua de estropajo. Frasier es un tipo inteligente que sabe que la gente no cambia jamás; la personalidad y el carácter vienen inscritos en lo más profundo de los cromosomas. Frasier sabe que la gente disimula, encubre, sonríe, pero siempre es la misma. Después del primer sexo, que será también el último, Frasier descubrirá que Lorna siempre fue así de antojadiza, aunque hace años, desde la distancia del amor platónico, no pareciera tales cosas, tan divina y turgente. Rechazado por ella en la juventud, se perdió varios polvos del siglo, pero también muchos quebraderos de cabeza. La compañía de Norma no merece la pena, y Frasier la dejará marchar entre promesas baldías de amistad. El pene, mientras tanto, montará una manifestación de protesta en los barrios bajos del esqueleto, con mucha consigna sorda que ningún otro órgano secundará. Antes, en los tiempos mozos, era el líder indiscutible de la organización. El Miembro, con mayúscula. Su voto valía doble, o triple, según la necesidad del momento. Ahora sólo es un miembro más, en el parlamento doliente del cuerpo. 



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