El festín de Babette

El condensador de fluzo que llevo adosado a la bicicleta estática, y que sólo funciona cuando paso de doscientas cincuenta calorías, me ha llevado esta vez a la Dinamarca pre-socialista del siglo XIX. Me ha dejado, tiritando de frío, porque yo pedaleaba feliz en camiseta y en calcetines, en un villorrio perdido de la costa, donde vive una pequeña comunidad de pescadores, todos barbudos y de manos callosas. Justo cuando aterrizo allí con mi bicicleta del futuro (que escondo rápidamente entre unos matorrales), el pastor luterano, que no les dejaba ni mear tranquilos en sus patios traseros, es llamado al cielo por su dios con forma de triángulo. Tras conocer su muerte, los pobres pescadores se miran desconcertados. Algunos, incluso, esbozan una sonrisa de liberación. Ahora podrán meter mano a las viejas en los bailes de la plaza sin que nadie les de un cachete en la mano, y luego les afee la conducta en el sermón dominical. Sin embargo, cuando ya les prometían muy  felices, aparecen las dos hijas del pastor y se autoproclaman herederas del puesto, y censoras vitalicias de la moral y las costumbres.  Si antes era el ojo único de Sauron el que vigilaba los movimientos de la comarca, ahora, como si se tratara de una dinastía de inquisidores, serán las hijas del pastor, Filippa y Martine, que viven arrejuntadas en la misma cabaña de piedra y paja, las que ocupen el liderazgo moral de  la comunidad, y recriminen a los feligreses las miradas de lujuria, y las sisas veniales que hacen en la compra. Donde antes acechaba la vista cansada del pastor, ahora serán cuatro ojos, y muy sanos, y muy perspicaces, los que aborten el mal y consientan el bien. Cuatro ojos que son, además, de mujer, que es como decir de águilas, o de médiums.


            
 
            Tardo poco tiempo en enterarme de que Filippa y Martine, en sus años mozos, eran dos mujeres de muy bien ver, danesas bellísimas de la piel blanca y el cabello rubio, altivas y distantes. Después de santiguarse y de bajar la voz, los vecinos me cuentan que ninguna conoció varón, aunque fueron muchos, ilustres extranjeros incluso, los que llamaron a la puerta del pastor para pedirlas en matrimonio, imaginándolas desnudas mientras se deshacían en peticiones corteses, y en promesas de amor eterno. Vírgenes y puras, jamás abandonaron el hogar que las vio nacer, viviendo sus circadianas existencias hasta que conocieron a Babette, la refugiada francesa a la que convirtieron primero en criada y luego en cocinera. Y más tarde en amiga. No en amante, al parecer, pues las vigilantes, a la vez que vigilan, son estrechamente censuradas por el triángulo de las alturas, y él no consiente que tales marranadas acontezcan en una casa que ha de ser espejo de virtudes, y faro de comportamiento. Si alguno pensaba que El festín de Babette iba a ser la película porno de una tal Babette, prostituta francesa de altos vuelos, que se comía dos pollas al mismo tiempo mientras otras dos la taladraban por el binomio del crepúsculo, va muy equivocado.  El festín del título es el banquete que Babette regalará a sus anfitrionas en agradecimiento por su larga hospitalidad. Una cena opípara, de restaurante francés carísimo, a la que llego desfondado e inapetente sobre la bicicleta estática. Me habían vendido la película como una obra maestra del cine danés, pero yo no paro de sudar quejidos, y de contener  bostezos. Es como una de Dreyer, pero en colorines. Muy bonica, y muy prescindible. La comedia no sexual de una noche de invierno.


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Jessica vs. Mamá

            Me han vuelto a engañar con la enésima película de terror que iba a ser diferente. Esta vez ha sido Guillermo del Toro, el gordinflón que producía y publicitaba Mamá, el que ha dado falso testimonio ante el jurado de espectadores. Ahorita va a ser distinto, güey. La madre que lo parió... Estos tunantes nos pescan como truchas de escasa memoria y poco juicio. Saben que los cinéfilos somos ávidos, impacientes, que escuchamos cualquier adjetivo promisorio y nos tragamos el anzuelo hasta la laringe, aunque el gusano sea un sujeto sospechoso que ya nos sonaba de otras estafas. A las truchas nos puede el ansia, el hábito, el vacío estrecho de esta corriente monótona y fría. Este tal Andrés Muschietti que dirige Mamá es un cinéfago que ha regurgitado en la película los clichés mal digeridos de toda la vida. Los más acérrimos se conforman con esto, y dicen que no hay más cabras que ordeñar, ni más variantes que inventar. O lo tomas, o lo dejas. El pasillo que se recorre, la sombra que se desliza, la electricidad que se va, el armario que se abre, el bosque que se cierne, el científico que se inmola, el protagonista que no se entera... La misma tontería de siempre. Que da susto, sí, y que entretiene mucho, también, pero que es, aunque parezca paradójico, una pérdida de tiempo lamentable.


            
 
           Han tenido, además, estos latinos enamorados de las mujeres morenas, la desfachatez de volver negro el cabello fueguino de Jessica Chastain. Han querido afearla por exigencias del guión, para hacer de Mamá un relato más siniestro y oscuro.  Me la han convertido en rockera gótica, o algo así, estos bellacos. Pero no han podido apagar su belleza radiante de californiana criada al sol. Su piel blanquísima, de diosa hecha de mármol y de leche, relucía como nunca en contraste con ese pelo azabache y absurdo. No había oscuridad en los pasillos tenebrosos cuando Jessica vagaba por ellos. Ella, la heroína, parecía el blanco fantasma de un amor.


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El capital

Faltaba Costa-Gavras, el viejo guerrero de la izquierda europea, por darnos su versión particular de esta crisis financiera que nos está dejando el culo al aire. Lleva décadas denunciando a los poderosos en sus películas, y se ha ganado el derecho de gritarnos que advirtió esta catástrofe antes que nadie. Antes ya le había zurrado a los militares y a los curas en películas como Missing o Amen.; ahora, en El Capital, saca el cinturón de púas para zurrar a los banqueros, y completar así su trilogía personal sobre los explotadores de los pobres. Es la misma chusma que inmortalizara Ivá en su álbum de Makinavaja: Curas, guardias, chorizos y otras gentes de mal vivir.




            Si otras películas del subgénero bursátil optaron por retratar a esta gentuza de los trajes carísimos sin entrar en el intríngulis económico de los números, Costa-Gavras ha preferido hacer un poco de pedagogía con el espectador. Aunque no es un documental, los personajes de El Capital explicotean sus asuntos como si fueran radiándose a sí mismos. Te compro por esta razón y te vendo por esta otra. A muchos, por lo que leo en internet, les ha molestado el experimento. Lo consideran redundante y ofensivo, pues ellos, al parecer, ya vivían muy enterados de estos asuntos monetarios y fiscales. Lo de los fondos tóxicos es un tema que manejan con la misma soltura que las reglas del fútbol. Uno, sin embargo, como el niño más tonto de la clase, agradece este esfuerzo de Costa-Gavras por hacernos entender la materia, aunque luego la película no sea gran cosa y uno empiece a olvidarla nada más verla. Mi incapacidad para entender la economía ya es legendaria por estos pagos. Me pierdo en el parquet de la Bolsa como otros se pierden en las calles con un mapa, o en el funcionamiento del vídeo con las instrucciones a la vista. En estas películas de ejecutivos siempre hay uno que vende y uno que compra, uno que pica y uno que estafa, pero nunca sé quien es quien. Me fijo en los jetos para identificar al tiburón de mirada más fría y dentadura más afilada, pero aquí, en El capital, los actores han sido sabiamente elegidos, y todos nadan con el mismo rostro inexpresivo y asesino. El que no es más hijoputa es porque no puede, no porque sea más humano, o tenga más escrúpulos. La vida misma, en las altas esferas.


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Masters of sex. El hatewatcher

Leo en el blog Quinta Temporada que los anglosajones, siempre a la última en estos asuntos de la tele, y siempre tan precisos con su vocabulario, han acuñado el adjetivo exacto que define al espectador  que se traga una serie a pesar de no gustarle, sólo por el placer de criticarla después en los foros, o en las cafeterías. Tal personaje es un hatewatcher, un "espectador odiante", en la traducción imposible al castellano. Aunque parezca un término contradictorio, todos, alguna vez, hemos mantenido esa actitud disgustada y a la vez expectante ante el televisor. Ser un hatewatcher es aceptar la Teoría de la Fascinación por lo Cutre que propusiera Pepe Colubi, aunque no es exactamente lo mismo. Los hatewatchers valoran el mérito de la serie que luego critican. No les disgusta por mala, o por cutre. Sucede, simplemente, que la serie no les atrae, que no les atañe en lo personal, que la encuentran alejada de las expectativas que prometió al inicio. En cierto modo les gusta, pero no lo suficiente. Es entonces cuando deciden, en lugar de abandonarla, ponerla a parir. Y mientras se divierten escribiendo puyas, mantienen la esperanza de una mejoría en las tramas o en el dibujo de los personajes. Es lo mismo que me está pasando ahora con Masters of sex.  No es que la odie, pero ya no la amo. La sigo para luego poder  criticarla en este diario. Gracias a ella estoy rellenando muchas páginas. Es mi combustible literario de los últimos días. Soy un hatewatcher fetén. Un pecador de la pradera.


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Masters of sex. Al grano, coño, al grano

Masters of sex se nos está yendo por los cerros de Úbeda de las historias íntimas. Cuando los personajes se quitan la bata blanca y se ponen el pijama y las zapatillas de andar por casa, la serie no es mejor que cualquier culebrón de las sobremesas, con muchos te quiero mi amol y muchos embarazos inesperados y muchos lloriqueos a la hora de comer. No me interesa lo que sucede en las cocinas o en los dormitorios. Los espectadores ya habitamos estos asuntos conyugales, estas relaciones con los hijos, estas cuentas pendientes con papá o con mamá. Cuando nos sentamos en el sofá queremos imaginar vidas distintas que nunca pasan por casa, que siempre están en el trabajo o de parranda. Como las que llevan, por ejemplo, los muchachos y muchachas del El ala oeste de la Casa Blanca, que viven en los despachos o en los pasillos sin que apenas sepamos nada de sus cuitas particulares, las cuatro pinceladas justitas que los convierten en personajes creíbles de carne y hueso.




            A uno, de Masters of sex, le importa un pimiento que la doctora Johnson se lleve mal con su exmarido, o que el doctor Masters le esconda sentimientos reprimidos a su madre. Que se vayan al carajo, los guionistas, y las guionistas, con estos rellenos melodramáticos de la trama, que deberían ser boceto y se han erigido en columna y fundamento. La serie nos atraía porque en ella se narra el amanecer sexual de la humanidad, tan importante como el amanecer de la inteligencia que imaginara Kubrick en 2001. Si allí sonaba el Así habló Zaratustra cuando el mono blandía el hueso, aquí, en Masters of sex, quedaría bien un Himno de la alegría que subrayara cada orgasmo de los sujetos experimentales. Qué menos. El día que William Masters y Virginia Johnson decidieron adentrarse en el misterio cavernoso de la respuesta sexual, cambiaron el devenir de la vida íntima que deforma los colchones.  Nada fue igual desde entonces. Liberados de miedos y prejuicios, los órganos sexuales se acoplaron con otra diligencia, con otro entusiasmo, porque ya se conocían de antes, de los libros, de los gráficos, de las educaciones sexuales en los colegios. Pocas personas han traído más felicidad y sabiduría a la humanidad que Masters y Johnson. Ellos fueron los Prometeos modernos que nos entregaron el fuego sexual de los dioses. Con él encendieron la primera llama de la revolución en las camas, tan importante para la Historia como aquella revuelta de los franceses, o la invención de las máquinas de vapor. ¿Para qué, pues, perder el tiempo en estas bobadas domésticas, en estas tonterías que nos suceden a todos los demás, y que ya damos por consabidas, y por muy innecesarias? Al grano, coño, al grano.


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Don Quijotín y Sancho Panzón en la Tierra Media

Tres noches seguidas, nueve horas de metraje, cien cambios de postura en el sofá desvencijado y estrecho: eso es lo que hemos tardado Pitufo y yo en completar este viaje azaroso que nos ha traído de La Comarca al Monte del Destino. Pitufo cabalgaba en su corcel alegre de la juventud, con el arco de Legolas siempre a mano para abrirnos paso entre los orcos. Yo le seguía a duras penas sobre este pollino barrigón que se desfonda al primer trote y se asusta ante el primer Nazgûl, pero que se conoce todos los atajos de la Tierra Media, y al final siempre llega puntual a las batallas, y a los tomates. Somos don Quijotín y Sancho Panzón, cruzando las tierras que imaginara Tolkien sin tener ni puta idea de élfico, sólo castellano moderno con este acento de León. Dos rústicos salidos de este pueblo berciano de cuyo nombre no quiero acordarme, enamorado cada uno de su propia Dulcinea del Toboso. Pitufo combatía por el amor de Eowyn, hija de Theoden, guerrera del moflete infantil y la cara de muñeca, la mujer del  cabello encendido que a veces es rubio como el trigo de Rohan y a veces rojo como la sangre que gotea de su espada afilada. Uno, por su parte, siempre ha vivido enamorado de Liv Tyler, pues la conoció joven y desnudita en su primer viaje a la Toscana, en el verano más tórrido que uno recuerda en los climas y en los instintos, y le debe, por tanto, devoción eterna a esta dama Arwen de los bosques y las aguas, esta elfa hermosa, y también algo boba, que renunciará al privilegio de su inmortalidad sólo por acariciar el miembro de Aragorn, hijo de Arathorn. Ella sabrá.



            Es la segunda vez que Pitufo, hijo de Álvaro, y Álvaro, hijo de Manuel, montaraces cinéfilos de las Tierras del Norte, se meten entre pecho y espalda, entre trecho y espada, esta trilogía desmesurada de El Señor de los Anillos. Pitufo tenía cuatro años cuando Frodo se deshizo del anillo en la gran pantalla, y ha recuperado las películas en DVD con un entusiasmo que a mí me desborda y me fatiga. Año y medio hará que dejé escritas mis impresiones sobre la trilogía en este blog, no del todo favorables y algo irónicas, pues ya eran dos, entonces, las veces que uno había visitado en solitario la Tierra Media, y los defectos argumentales me saltaban como garrapatas a los ojos, y las frases huecas como pirañas a los oídos. Pero cesen, aquí, por Isildur y sus descendientes, mis palabras infecundas. Siento que estas  páginas no se parecen en nada al libro inacabado de Bilbo Bolsón, donde el contaba sus aventuras de andarín infatigable y jamás se repetía, pues muchas y distintas fueron en su larga vida. Uno, sin embargo, en este humilde diario que va rellenando con píxeles y no con tinta, siempre acaba contando la misma historia del viejo sofá, de la lluvia en el cristal, de la vida real que transcurre en las calles mientras uno desperdicia la suya entre series y películas, viviendo amores vicarios y temores ajenos. No quisiera, pues, volver aquí sobre El Señor de los Anillos. No quisiera, tampoco, insistir en esta poesía grimosa del padre y el hijo que se reúnen para ver una película. Los americanos han convertido este hecho banal en  una epopeya heroica de la paternidad, en una escena capital de sus películas con música de violines y fotografía de pastel. Y es que uno, a veces, se deja llevar por estos arquetipos culturales que ha mamado desde pequeño, en la penumbra de los cines, sin creérselos en realidad.


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Juego de destinos. 360

La penúltima película de Fernando Meirelles, 360 (que aquí se tituló Juego de destinos), tiene el esquema clásico de historias que nacen independientes y luego se van cruzando, como bolas de billar que discurren libremente hasta que chocan entre sí y modifican sus trayectorias, y sus destinos. El billar y la película son como la vida misma del espectador, que es el pulular complejo de casualidades que vienen y van. La pura chiripa de personas que se conocen o nunca coinciden. Una matemática de trayectorias tan grande como el mundo mismo, imposible de calcular.




            La chispa inicial que enciende las historias es la incontinencia sexual de sus personajes masculinos: el escarceo de Jude Law, el adulterio de Anthony Hopkins, la urgencia del excarcelado, el apremio del mafioso... En Cabaret, Liza Minelli y Joel Grey cantaban aquello de que el dinero hace girar el mundo: Money makes the world go round. Y es cierto. El objetivo primero de cada mañana, antes que atisbar señoritas y soñar despierto con sus cuerpos desnudos, es ganarse el pan con el sudor de la frente, o del sobaco, para alimentarse a uno mismo, y a los hijos que necesitan el calcio y las vitaminas. El dinero es la espuela que sale del colchón y se nos clava en el culo  para levantarnos de un salto o de un quejido. 



            Sin embargo, si uno se fija bien en el número musical, observará que mientras Liza Minelli y Joel Grey cantan al poder del dinero, ella se va metiendo monedas en el escote y él en la bragueta. Cada vez que lo hacen, se sacuden con un espasmo sobre el escenario, como una maquina que se enciende, o como un durmiente que se activa. Fernando Meirelles y Peter Morgan, que un guionista inteligente y lúcido, han comprendido que el dinero hace girar el mundo, pero que el sexo hace girar a las personas. Para este short cuts que es Juego de destinos, ellos han preferido una gasolina más incendiaria que mueva el motor de sus personajes. Y no hay combustible más ardiente que el deseo sexual en la edad mediana, mucho más que el juvenil, o que el ninfómano. A partir de los cuarenta arde como la yesca, porque es desesperado, impaciente, la última traca de los fuegos artificiales. La hoguera última de las fiestas del solsticio. Juego de destinos, aunque parezca compleja y enredada, sólo es, deshuesada y resumida, el retrato triste de unos hombres que buscan las últimas alegrías sementales, antes de que la pitopausia imponga su ley, y de que las jovencitas se conviertan en sueños imposibles. Y de que las putas de postín, como estas chicas eslovacas de la película, se conviertan en un lujo inalcanzable para la raquítica pensión que nos van a dejar los gobiernos, y los hijos, en su vagancia.



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Masters of sex. Hombres y mujeres

Los guiones de Masters of sex siguen la estructura clásica del coito y el reposo. Supongo que no es casualidad, dado el tema que nos ocupa. A cada capítulo subido de tono, donde el sexo es dueño y señor del argumento, y los personajes sólo piensan en follar, o en ser follados, le sucede otro posorgásmico donde los hombres de deprimen, y las mujeres se entregan a la verborrea consabida de los sentimientos. Llevado por la curiosidad malsana, indago en los títulos de crédito y descubro que la mitad de sus guionistas son hombres, y la otra mitad, por supuesto, no iban a ser extraterrestres, mujeres. Mi primer impulso, a todas luces sexista, es pensar que las mujeres se encargan de escribir las palabras, y los hombres los jadeos. No quiero caer en este simplismo tan antiguo, y perder así a mis lectoras de un plumazo. No es que ellas sean legión, precisamente, pero las quiero mucho. Y mucho más a las más guapas. Pero Max, mi antropoide interior, que los lectores más veteranos recordarán de otros apuntes sexuales, me apremia a profundizar en la investigación. Él quiere cotejar guionistas con episodios, a ver si existe una correspondencia exacta entre los episodios de calentón y la escritura masculina, entre los episodios de culebrón y la escritura femenina. Pero yo me niego a seguirle el rollo. De ser ciertas sus sospechas, uno tendría que darle la razón, y mis lectoras saldrían espantadas hacia otras páginas más complacientes. De ser falsas, uno quedaría cubierto de gloria por haberle dado carrete. Tendría que pedir perdón, y echarle toda la culpa a este mono peludo que enreda en mis entrañas. Mi genuflexión no iba a servir, de todos modos, para conservar a las lectoras. Dejarían varios insultos en la sección de comentarios y luego me abandonarían con un bofetón, como en las películas. Rajarían de mí,  en los otros blogs, recomendándome más bien poco. Algún machista recalcitrante caería por aquí, eso sí,  a elevar las maltrechas estadísticas.

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Los miserables

No he podido con Los miserables. Hacia la mitad del metraje me he quedado traspuesto, más noqueado que dormido, y al regresar de mi viaje he sentido que mis fuerzas flaqueaban, y que mi interés se diluía en el sopor persistente de la siesta. Cantan, y cantan, y vuelven a cantar, los franceses en el lío. Cantan incluso cuando están callados, porque estoy seguro de que hasta tararean los pensamientos. Los miserables es un experimento cansino, irritante, que no es una película musical porque no concede pausa para el diálogo, para la conversación civilizada. Si todo es arroz, no hay paella. Si todo es canción, no hay película. Los miserables es un videoclip barroco sobre la vida horrible y sucia del siglo XIX, donde la gente se moría de hambre o de cualquier cosa, y las mujeres preciosas como Anne Hathaway salían muy feas en las fotos. El colmo.


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El irlandés

Adivino, más que comprendo, El irlandés, la película protagonizada por Brendan Gleeson. Su personaje, el policía Gerry Boyle, es una especie de Torrente irlandés que también se va de putas los días de fiesta, que también se toma tres copazos y varias cervezas justo antes de entrar en servicio. Si el plato preferido de Torrente era el cocido madrileño, el de Boyle es el desayuno pantagruélico de las salchichas y los huevos fritos. Ambos son gordos y cínicos, impresentables y divertidos. Aunque esto de divertido, más que afirmarlo, lo supongo, porque los chistes de El irlandés están muy apegados al terruño, y uno, desde su sofá perdido en la España interior, nota que las gracias se le escurren entre las meninges, inaprensibles y muy gaélicas. Es lo mismo que le sucedería a un habitante de Limerick, pongamos por caso, si un día viera Torrente, el brazo tonto de la ley. Este fascista del Atleti es tan español, tan celtibérico, que sólo nosotros, los aquí nacidos, nos partimos el culo con sus ridículas ocurrencias. Los irlandeses, por lo que leo, se han tronchado hasta las lágrimas con las burradas de su policía racista y pueblerino. Nosotros, desde aquí, no tanto.



            Sucede, además, que la generosidad de quien redactó los subtítulos no está a la altura de su eficiencia. A veces las películas vienen directamente del DVD, o del Blu Ray, y los subtítulos fluyen como arroyos límpidos de palabras. Lo que uno lee tiene coherencia, y se corresponde con lo que cuentan las imágenes. Otras veces, en cambio, es un espíritu altruista el que cuelga su propia versión, con subtítulos cocinados en su propia sartén del ordenador, y lo mismo te encuentras un nativo que ofrece una versión modélica, que un alumno de Secundaria que está haciendo sangrías con el idioma. Esta vez, con El irlandés, me tocó la de cal, o la de arena, que nunca sé. Hay varios diálogos que son absurdos, y que no se entienden. En descargo del traductor, hay que decir que estos irlandeses de la película mascullan, más que hablan, el inglés de sus antiguos colonizadores. Mastican y escupen las palabras como chicles de sabor amargo. No sé si es su acento, o sí lo hacen adrede para burlarse de sus antiguos dominadores. Otra idiosincrasia que se me escapó.


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Frasier y Seinfeld

El primer episodio de la séptima temporada de Frasier es una obra maestra de las sitcom. Un guión redondo que va sembrando chistes y contrachistes en veinte minutos prodigiosos.  No es la primera vez que Frasier alcanza esta perfección en la sala de máquinas. A veces sus personajes ñoñean, o se enamoringan, o les da por impartir valores de 2º de Primaria. Pero otras veces, como aquí, se ponen el traje de comediantes y bordan las situaciones y las réplicas.
          




            Seinfeld, en cambio, que voy revisitando al mismo tiempo en esta nostalgia tonta del invierno, tan puntual como la gripe o como la bufanda, es una sitcom defectuosa, descacharrada, de guiones que hacen aguas por doquier. De actores que hacen de sí mismos o se descojonan de sus propias ocurrencias. Es cutre y desaliñada. No hay esquema, ni progresión. Es un desparrame, que dirían en Wayne's world. Y sin embargo, yo prefiero Seinfeld a Frasier. Mi vida se parece mucho más a esta que parlotean y desperdician en el apartamento de Nueva York. Puestos a escoger una neurosis con la que identificarme, ésta me viene como anillo al dedo. En Seinfeld yo me reconozco, y reconozco a mis semejantes. Somos así de imperfectos, y de contradictorios. Nos perdemos en los detalles tontos de cada día, como burros con anteojeras, como monos agitados en el zoo. La vida nos pasa por encima mientras diseccionamos las naderías y las gilipolleces. El fútbol y los meteoros copan el tiempo de nuestra convivencia, y todos sonreímos y desconfiamos. Huimos de las grandes palabras como del mal conjuro de un nigromante. Nadie habla de amistad con los amigos, ni de amor con los amores. Hablar de sentimientos es confesar una locura, una debilidad, una mariconería. Las relaciones personales se diluyen en una cháchara improductiva. Los personajes de Frasier hablan y hablan para alcanzar el amor o la amistad. La conversación es el instrumento civilizado con el que ellos tallan su convivencia. En Seinfeld, en cambio, la convivencia es una excusa para seguir hablando. Lo que importa es tener a alguien que te aguante el ritmo incesante de la lengua. Si callas, piensas, y si piensas, te mueres. La realidad es decepcionante y triste. La gente, estúpida y veleidosa. Nada vale nada, si lo miras con detenimiento. Jerry Seinfeld y sus amigos, aunque parezcan idiotas, han comprendido que la conversación intrascendente es un fin en sí mismo. Han encontrado el remedio casero para el nihilismo. El parloteo es un puente tendido sobre el abismo de la nada. Callarse es deshacer la ilusión, y caer al precipicio.


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La caza

Hacía muchos meses que no visitaba la Dinamarca moderna. Quizá desde aquella trilogía de Nicolas Winding Refn, Pusher, que nos mostró el lado oscuro de la Copenhague arrabalera. Últimamente sólo viajaba allí en el tiempo, al Siglo de las Luces en Un asunto real, o al XIX en Pelle el conquistador. Películas que  nos cuentan el parto doloroso del que ahora es país ejemplar y espejo de civilizaciones. Mucho ha llovido en Jutlandia desde que los curas dictaban las leyes, desde que los patrones fustigaban a su obreros. En las tierras del sur seguimos más o menos igual, con los religiosos satisfechos, y los currantes maltratados, aunque ahora nos desvíen la atención con ordenadores y tiendas de Zara. Y con playas atestadas de danesas, precisamente. Y con el derecho al voto, que no al veto. Ellos, los nórdicos, ya superaron este amargo paréntesis de la ideología medieval, y ahora nos marcan el camino. Sólo hay que seguir la Estrella Polar, y cortar varias cabezas en la travesía.



            Ya tenía ganas de regresar a la Dinamarca contemporánea, a pasear entre sus mujeres rubísimas mientras el frío me arrebola las mejillas. A sentirme danés, europeo, superior, durante dos horas de fantasía antropológica. La caza, sin embargo, que es mi reencuentro inesperado y tardío con Thomas Vinterberg,  es una película que no deja bien parados a los daneses. Ni a los seres humanos, en general, pues Vinterberg viene a contarnos que el porcentaje de gente estúpida es el mismo en cualquier sitio, lo mismo en Dinamarca que en Ponferrada, y que no hay orden social ni modelo económico que pueda remediarlo. La estupidez es una desventaja evolutiva que nos trajimos de los árboles, de cuando descendimos a la sabana y nos convertimos en bípedos, y todavía no la hemos subsanado, ni con la tecnología ni con los eones. La estupidez es el reverso oscuro de la inteligencia. Carlo Cipolla, en su libro Allegro ma non troppo, expuso sus leyes fundamentales, que aquí resumo, y que vertebran la historia de La caza.

  1. Siempre, e inevitablemente, cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
  3. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida.
  4.  Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir. 





            Vinterberg, en La caza, aventura una quinta ley que será la trampa mortal en la que caiga su protagonista: cuando uno comprende que vive rodeado de estúpidos, ya es demasiado tarde para reaccionar. El daño está hecho, y será además irreparable. Nadie quiere ver la estupidez en las personas cercanas, porque reconocerlos estúpidos sería como confesar que uno pertenece al club. Uno vive convencido de que los estúpidos, como los corruptos, o como los borrachos, moran en otros ambientes. Pero basta una chispa, un malentendido, una fantasía de la niña tonta que jura haber visto un "pito hacia arriba", para que uno se descubra rodeado de personas hostiles que ya no razonan. Las amistades y los amores, que creíamos sólidos como la roca, se disipan como la niebla barrida por una brisa. Una historia sin contrastar te convierte, de la noche a la mañana, en el enemigo público del vecindario. Los que juraban amarte, dudan; los que prometían amistad, huyen; los que vendían compadreo, desaparecen; los que apenas te conocían, apedrean tus cristales. No existe eso que llaman la presunción de inocencia. No fuera de los tribunales de justicia. En la calle, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Sobran dedos de una mano para contar las personas que nos creerían en una tesitura así. Que nos creerían de verdad, a pies juntillas; que nos mirarían a los ojos y sabrían al instante que nosotros no mentimos, y que es la niña atolondrada la que ha confundido en su imaginación el culo con las témporas. Una persona, dos, tres a lo sumo. Y tal vez las más inesperadas. La cercanía no cura del prejuicio, ni de la estupidez. Se nos caería la quijada al suelo, de la sorpresa. Que los dioses nos libren de tamaña prueba.


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Princesas

Le debía un homenaje a esta actriz mayúscula que es Candela Peña. Sus diez minutos en Una pistola en cada mano son ya historia de nuestro cine patrio. Qué digo,  ¡del cine universal! Nos dejó acojonados, a los misóginos del ancho mundo. Su personaje, como un monstruo de los cuentos infantiles, reunía en una sola carne los miedos  que nos paralizan ante las mujeres. Los hombres las amamos y las recelamos; las deseamos y las rehuimos. Son nuestro deseo contumaz,  y nuestra condena biológica. Candela sonríe al tontaina de Eduardo Noriega y nos hiela la sangre en las venas, y nos congela la alegría en el pene.



            Luego, Candela, en la ceremonia de los premios Goya que reconoció su trabajo, tuvo el valor de decir lo que había de decir. Mientras otros se escondían detrás del atril, o detrás del premio cabezón, para que la prensa de derechas no los crucificara al día siguiente -que ya ves tú, qué deshonor-, ella puso el dedo en la llaga y se fue tan fresca, dignísima y actoraza. Denunció la sanidad precaria, la escuela abandonada y se quedó tan ancha, y nos dejó tan anchos, a los socialistas de las catacumbas. Es por eso, digo, que le debía un homenaje cinéfilo a la profesional, y a la mujer. Me he decantado por Princesas, que tenía muy diluida en la memoria. Y ahí siguen, las pobres putas, sufriendo los gajes de su oficio, en esos arrabales de Madrid donde los parques son de tierra y las peluquerías escuelas de filosofía. Uno está con ellas, y comprende sus desgracias y contradicciones, pero son un poco inverosímiles, estas putas de mazapán que presenta León de Aranoa, porque siempre tienen la frase justa, la reflexión pertinente, la poesía elevada de las alegrías y las penas. Hablan como putas de la calle y también como profesoras de literatura. Algo no cuadra en el guión. Peccata minuta, en cualquier caso. Yo estaba aquí por Candela, y Candela se sale, vitriólica y sensible, llorosa y exultante, prostituta y enamorada.


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Cosmópolis. Horrópolis

Me bastan diez minutos de Cosmópolis para saber que voy a aburrirme mucho, y que tal vez no sea capaz de llegar hasta el final. Siento que mi atención se dispersa, y que mi interés inicial se difumina como un pedo fallido. Las otras películas que viven en el nido no dejan de piar, reclamando mi atención. Creo que estoy alimentando al polluelo equivocado, y la culpa del padre irresponsable me corroe por dentro. Entre malhumorado y sorprendido, asisto a esta rareza de los personajes trajeados que hablan en arameo, de las limusinas que vienen y van por la ciudad fantasmagórica. Y no me tranquiliza saber que es David Cronenberg quien pilota este avión con destino a lo ignoto. Este tipo es capaz de lo mejor y de lo peor, y esta vez, apostaría toda mi fortuna, vamos a estrellarnos contra el suelo apenas levantar el morro. Este canadiense lo mismo te regala un peliculón que te mete en un laberinto que sólo él entiende, con hombres raros, mujeres absurdas, surrealismos de Dalí o de Buñuel convertidos en narración personalísima. Otro que a veces se ensimisma con su ombligo y luego pretende convertirlo en arte y ensayo.



            De pronto, cuando mi dedo índice ya acaricia el botón de stop para dar guillotina a este despropósito del yuppi repeinado, aparece en Cosmópolis una actriz de ensueño que interpreta a su joven esposa. Me quedo paralizado de la impresión, y el dedo se queda dormido sobre el stop, aplazando su justicia para mejor ocasión. Es ahora, al escribir estas líneas, cuando averiguo el nombre de esta mujer que ya es el segundo amor de este año, y de este invierno, destronando a María Bonnevie, la sueca blanquísima de Todas las Rusias. Se llama Sarah Gadon, y es tan preciosa que parece una muñeca, de piel irreal como el plástico, de cabello imposible como una Barbie. Durante cinco minutos, vivo convencido de que Cosmópolis es una película imprescindible, una obra maestra de nuestro tiempo. Saco a David Cronenberg de la caja de cartón donde lo había sentenciado al olvido, y vuelvo a colocarlo en la peana repulida, al lado de mis santos preferidos, para honrarle con un par de salmos y varios himnos de alabanza. Es el amor que siento por Sarah, que me devuelve la fe en las causas más perdidas, y en los pecadores más reincidentes.



            ¡Pero ay de mí! A punto de empezar el segundo salmo, Sarah Gadon desaparece de la pantalla, y la realidad de Cosmópolis, ya sin la luz celestial de su presencia, vuelve a golpearme con toda su crudeza. Vuelven los tediosos monólogos sobre la naturaleza inevitable y maligna del capitalismo. Vuelve el experimento, el bostezo, la desazón de la vida sin esa mujer preciosa que me ha robado el corazón. Pasan los minutos, y ella no reaparece. Mi cuerpo se agita, se queja, se desploma. El tsunami de músculos retorcidos llega hasta el dedo índice de la mano, que es mi último bastión en despertar. Cuando lo hace, cae a plomo sobre el stop. Llevamos cuarenta minutos de metraje. Sarah no está, ni se la espera. Es el The End.


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Elena

Con Elena, que no es de Troya, ni de Borbón, sino de Moscú, completo la escueta filmografía del director ruso Andrei Zvyagintsev, muy conocido en los festivales de relumbrón, pero casi ignorado en los planetas alejados del cogollo estelar. Aquí, en las Provincias Exteriores, estas películas de los directores raros llegan con mucho retraso, pues nunca llegan a estrenarse, y es una nave pirata, muy parecida al Halcón Milenario de Han Solo, la que nos sirve la mercancía  muchos meses o años después. Es por eso que uno, cuando quiere debatir sobre ellas, se encuentra con que ya está todo dicho. Es un ejercicio de redundancia, de desahogo de los dedos, más que de aportación provechosa, lo que uno hace en este blog perdido en el espacio. Menos mal que nadie lo lee, y que quien lo lee, apenas lo entiende, pues son cosas muy particulares las que aquí se exponen, muy obsesivas y maniáticas. Y atrasadas, ya, de noticias.



            Las películas de Andrei Zvyagintsev son dramas hipnóticos, silenciosos, casi de fantasmas o de lunáticos, en los que hay que armarse de paciencia para que los personajes vayan mostrando poco a poco las intenciones y la calaña moral, casi siempre sorprendente, y muy poco compasiva. Son personajes afilados, duros, tallados por el frío persistente y por la aridez de la estepa. Son rusos y rusas que descienden de la guerra, del hambre, de la utopía fracasada. Desgraciados que ahora sobreviven en esta selva postcomunista del sálvese quien pueda. A Andrei Zvyagintsev le salen unas películas muy fatalistas, muy pesimistas, muy rusas en definitiva, del mismo modo que a Almodóvar le salen unas películas muy españolas y cañís, y a Haneke unos puzzles de centroeuropeísmo muy cerebral y cuadriculado.


 
               Aquí, en Elena, una mujer casada en segundas nupcias con un ricachón le sangra la tarjeta de crédito para mantener al hijo de su anterior matrimonio, un Homer Simpson moscovita que sigue produciendo hijos con su esposa sin intención alguna de buscarse un trabajo. Un jeta contemporáneo que no piensa moverse del sofá mientras mane el dinero de su nuevo padre. Vive en un apartamento de la periferia, mugriento y diminuto, con una mujer tan gorda que no cabe en la cocina estrecha, un bebé que se arrastra por los suelos y un hijo adolescente que se pasa el día jugando a la Playstation, o apaleando inmigrantes en el parque del vecindario. Una familia de ensueño. Para algunos críticos, Elena, el personaje, viene a ser una justiciera de la lucha de clases, una Robin Hood de los Urales que roba a los ricos para dárselo a los pobres. Para otros críticos, Elena es una  abuela coraje que haría cualquier cosa por mantener a su prole, incluso robar, o asesinar. Para otros, entre los que yo me incluyo, Elena es una mujer dominada por sus instintos, ciega y sorda ante los deméritos incuestionables de su hijo, un haragán que va llenando el mundo de hijos sin importarle un pimiento quién se los vaya a alimentar.  Y ojito, no se precipiten, que uno es tan rojo como el que más. Pero entre el rojerío y el humanismo simplón, hay una diferencia abismal. Una sola escena de Sergey Simpson buscando trabajo en la Oficina de Empleo me hubiese bastado para perdonarlo, y convertir a Elena en musa viejuna del postcomunismo. Pero no se ve la intención, ni las ganas. Sergey Simpson no es un proletario, ni un desclasado, ni una víctima del sistema. Es un simple vago. Un parásito social que lo mismo te crece en un barrio industrial de Moscú que en un arrabal deprimido de Madrid. No se merecen la bandera roja ondeando en el balcón. La justicia, para quien la trabaja.



           
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Izgnanie

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a enamorarme. El primer dardo que alumbra esta cueva oscura donde invernan mis instintos. Ella se llama Maria Bonnevie. Su personaje, Vera, es la desdichada mujer de un mafioso que va ajustando cuentas en Izgnanie, la película de Andrei Zvyagintsev que a ratos me atrae y a ratos me aburre, tan dilatada e interminable como esa estepa rusa donde los personajes distancian sus silencios. La película pasaría directamente al olvido si no fuera porque María, rubia como el trigo, blanca como las sábanas, delicada como las flores, llora su desdicha en planos que la retratan con un amor volcánico pero contenido. Se nota que Zvyagintsev es un tunante que también se enamoró de ella en el rodaje. Nos ha jodido. Aunque haga de rusa, María Bonnevie es una actriz sueca. Posee una belleza tan redondamente nórdica, tan remotamente vikinga, tan inalcanzablemente báltica, que sus rasgos parecen sacados de un cuento, o de una leyenda. Una dama de los bosques, o de los lagos, o de los elfos de la taiga. María es la sueca eterna, la rubia mítica. Tan irreal que parece envuelta en la niebla, en la bruma, en el sopor nocturno de una película que tal vez no existió...


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Iron Man 3

Serían una pérdida de tiempo lamentable, estas películas de Iron Man, si no fuera porque el personaje de Tony Stark lleva los huesos y la gracia de Robert Downey Jr. A diferencia de otros actores que encarnan a superhéroes del cómic, que arrugan el entrecejo y ponen gesto de salvadores de la patria, Robert Downey se toma su papel con cierta distancia, a medio camino entre la trascendencia y  la guasa. Los chavales se ríen, y los adultos agradecemos la ironía. El actor sabe, como sabemos todos, que se trata de adaptar un cómic de colorines y onomatopeyas. Zas, pum, malandrín... El asunto es pasar un buen rato con la tecnología futurista y los villanos de pacotilla, no reincidir en el heroísmo cargante de los americanos, que es el contrapunto de la maldad tontaina de los musulmanes, o de los comunistas de entonces, o de los chinos del mañana. Tony Stark no tiene nada en común con el mesianismo de Kal-El, con la depresión malsana de Peter Parker, con el afán vengativo de Bruce Wayne. Es un bon vivant al que los malos envidian las mujeres y el dinero, la mansión y la armadura.



            Iron Man 3, en concreto, sería una película olvidable si no fuera porque la he visto con Pitufo, y su presencia en el sofá convierte en veniales los pecados mortales de estos blockbusters. Cuando el acompañante disfruta, uno, llevado por la corriente de la empatía, también ve la película a través de sus ojos. Salvo que sea una mujer llorosa que celebra el enriquecimiento de Vivian Ward, la prostituta de Pretty Woman. En ese caso, uno redobla su beligerancia, y sus ganas de asesinar al primero que aplauda, como medida eugenésica, de gran alcance social. Con Pitufo, en cambio, cuando vemos estas películas de los hostiazos, uno se arranca de buen grado los propios ojos, que sólo veían esquematismo y reiteración, y toma prestada una visión más indulgente y desprejuiciada.  Con los ojos de Pitufo, Iron Man 3 es el descacharre pirotécnico de los porrazos y los efectos especiales. Los mil porqués de la trama se quedan sin respuesta, pero a uno le da lo mismo, abandonado con la sonrisa tonta a la falta de lógica.

            Con mis ojos cansados y maniáticos, hubiera dejado Iron Man 3 a la media hora de esfuerzo, consumido por la impaciencia. O no, quién sabe, porque ando muy coladito por esta actriz llamada Rebecca Hall que aquí hace de malota con sentimientos. En ese álbum de fotos imaginario donde guardo los arquetipos de las mujeres, ella tiene una página entera dedicada a su memoria. Por más que la miro y la remiro, no encuentro que a Rebecca le falte algo, o le sobre nada. ¿Y no era eso, amigos míos, la definición de lo perfecto?

           
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El estudiante

En El estudiante, Roque es un alumno de la universidad de Buenos Aires que no da un palo al agua. Alto, guapo, de mentón prominente y sexualidad desbordante, él solo quiere follar con sus compañeras más guapas. Mientras el dinero de sus padres, o el de las becas, siga manando de la cuenta corriente, él pasará los trimestres de cama en cama, de flor en flor, hasta que las asignaturas vayan aprobándose por sí solas. Dios proveerá, hermanos, es el lema que guía su desgana estudiantil, Y mientras Dios provee, él se lo pasa  en grande meneando el rabo como el perro de san Ídem.


           
         Pero nuestro héroe, que vive más feliz que la abeja Maya, se topará con un desafío vital. La chica más guapa del cotarro es, al mismo tiempo, ay, trágica desdicha, la más inteligente de todas ellas. Paula es guapa, liberal, estudiosa... Un ángel de ojos azules naufragado en el Mar del Plata. Frecuenta poco las discotecas, los botellones, las boites donde uno se expone y bichea al personal. Paula reparte su tiempo entre el estudio y el activismo político. Tiene dos lunares en la mejilla que parecen tatuados por un artista. Te mira como por casualidad mientras sonríe y mil flechas de amor desangran tu corazón. A Roque le bastan dos escarceos infructuosos para comprender que no va a conquistarla con las tácticas habituales. A Paula le repatean los tipos no comprometidos, los neutrales, los que pasan por la universidad sin tomar conciencia de la realidad, sólo pendientes de sus asignaturas, o de sus pollas inquietas. Paula odia a los tipos como Roque. Ella necesita alguien en quien confiar, sereno, inteligente, participativo. Le vuelven loca los políticos en ciernes. Sólo con ellos alcanza unos orgasmos pletóricos que se le van en verborrea sobre los impuestos.



           Roque necesita estar a la altura de quien ya es el amor de su vida, y para ello tendrá que subirse a la tarima, a despotricar contra el rectorado, o bajarse a los taburetes, a susurrar tácticas en los contubernios.  Ni de izquierdas ni de derechas, él está a la que salta, buscando un ecosistema en el que destacar y atraer las miradas paulinas. Al principio, impetuoso e indocumentado, Roque meterá la gamba en los debates, y elegirá mal a los compañeros de andadura. Pero va a aprender muy rápido. La testosterona que apabulla a las mujeres guapas también sirve para manejar a los hombres timoratos. Ellos le reconocerán como el macho alfa de voz poderosa y gestos enérgicos. Es ahí cuando El estudiante abandona los derroteros de la comedia romántica para ponerse muy seria, muy didáctica, y también un pelín aburrida. La última hora es casi entera para Roque, que descubrirá la otra erótica, también irresistible y orgásmica, del poder. Mientras tanto, para sollozo inconsolable de quien esto escribe, Paula pasará a un segundo plano lejanísimo y casi testimonial. Ella, la guapa inteligentísima, que fue la chispa, el estímulo, la inspiración....


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Masters of sex. El engorde

Me temo que los responsables de Masters of sex, sabiendo que han encontrado una legión de espectadores toqueteándose en los sofás, y que les aguardan muchas temporadas de contrato jugoso con la cadena, están engordando las tramas con hormonas ilegales del crecimiento. Masters of sex está dejando de ser una buena serie para transformarse en un serial entretenido. Se nota en el uso cada vez más frecuente que le voy dando a la tecla wind, con la que cerceno escenas redundantes y conflictos poco aclaratorios. Los actores de reparto se han apoderado de los minutos que antes sólo ocupaba el elenco central. Como un enjambre de moscas, se han posado sobre el pastel de nata para poner los huevos de una numerosa prole que amenaza con pudrirlo. Su zumbido empieza a ser molesto. Por allí se frotan las patitas los hijos de la doctora Johnson, la mamá del doctor Masters, la esposa anorgásmica del rector, la pitopausia acelerada del doctor nosecuántos... Unos dicen que la trama se amplía, se enriquece, toma nuevos derroteros. A mí me parece que nos están engañando, y que lo del sexo sólo era un anzuelo para sacarnos del río, y depositarnos en esta orilla mil veces vista donde nos endilgan los sentimientos de los culebrones.



            Uno vivía feliz con los cuatro personajes principales y la trama picantona de los experimentos sexuales. Con esto, y con unas cuantas pinceladas de los entornos familiares, salía una miniserie cojonuda de diez o doce episodios. Pioneros de la investigación sexual en la América de Mad Men, luchando contra los prejuicios, contra los pastores, contra la moral imperante de la sociedad pacata. Héroes de la sexualidad liberada a los que hacer homenaje con esta serie de actores solventes y actrices guapísimas. Con eso nos bastaba. Pero en Hollywood, cuando se huelen la renovación de un contrato, rápidamente entablan negociaciones para abrir el abanico de personajes, y dar cabida a una legión de profesionales que siempre han de pagar una pensión alimenticia, y el último plazo del coche deportivo. De este modo artificial, las tramas se ramifican, se dispersan, se pierden en historias accesorias que a nadie le interesaban. Dentro de unos episodios, cuando las redes sociales vayan dictando sentencia, podarán las ramas menos fructíferas con una muerte o con un exilio, e injertaran otras nuevas para ir probando suerte, hasta que dejen el tronco principal seco de savia. Falta el hijo secreto, el padre con Alzheimer, la vecina fisgona, el hermano que vuelve de Vietnam... Ya están haciendo el cásting, allá en los ocultos laboratorios de California. Masters of sex, convertida en serial, será cada peor, pero dará de comer a mucha gente, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Las series son un negocio en marcha, y no nuestra tabla de salvación.


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Código fuente.

Rescato del légamo esta película que lleva por título Código fuente. Promete una hora y media de eficaz anestesia con el argumento del viaje al pasado, la misión antiterrorista y el rostro angelical de Michelle Monaghan rogando por su vida. Ciencia ficción aderezada con explosiones y mujeres deseables. Un menú de la casa para este paladar mío tan poco sofisticado. 

De primero: sopa de...
De segundo: patatas con...
De postre: fruta del tiempo,
pan, gaseosa y vino peleón.

            Así cantaba Riki López al menú del bar Rambo. Así imaginaba yo Código fuente, alimenticia y simple, con una presentación de sopa, un nudo de patatas y un desenlace de naranja sobre plato de postre. Y la verdad es que íbamos muy bien,  pero  luego, en el segundo plato, al cocinero le da un ataque de chef, y el menú de barrio se nos convierte en alta cocina pretenciosa, y donde sólo había intriga y explosiones aparecen los sentimientos y los valores patrióticos. La ciencia ficción que nos habían prometido sólo era el excipiente de este jarabe rosáceo y urticante. Una nueva lección de valores, bah... Una gran decepción, Código fuente. Y lo que te rondaré, morena.



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Star Trek y la reina Borg

Escribe Ramón Colom en la revista Fotogramas de este mes:
"No sé si he sido inoculado con el virus de las series televisivas. Pero es que sólo hago que buscarlas, verlas, comentarlas... como he hecho toda la vida con las películas que he visto en el cine".

            Es cierto. Vivimos tiempos convulsos, y muy apresurados, los hambrientos de ficción. La cinefilia y la seriefilia se disputan nuestro tiempo a bofetadas, y tenemos que ejercer de árbitros ecuánimes y bien preparados. Hace unos años sólo éramos cinéfilos, y el tiempo para las películas era ubérrimo y exclusivo. Llevábamos una vida sencilla y monógama. Sólo amábamos a una mujer, que se disfrazaba de un DVD distinto cada noche. Las series eran la excepción, el pasatiempo, la afición secundaria que uno compartía con la familia cuando se aburría, cuando caía derrotado en los sofás de tanto ver cine en los sillones. Ahora vivimos enamorados de una mujer y de una amante, y tenemos que dividir por dos el tiempo insuficiente. Para satisfacerlas, nos hemos vuelto muy exigentes y estrictos con lo que vemos. Juzgamos con premura, desechamos rápidamente, permanecemos muy atentos a los consejos de la gente respetable. Perdemos tanto tiempo en buscar como en disfrutar, porque una buena elección es primordial para el romance. Las horas que uno pierde en comprender que una serie no merece la pena, son horas robadas a otra serie que esperaba su turno con impaciencia. Las mismas horas que antes, en los viejos tiempos, daban para ver  dos o tres películas completas. Cómo echo de menos, aquel paraíso de la vida, sin series de calidad...




            Aunque los efectos especiales pertenezcan al siglo XXIV, y las aventuras transcurran al ritmo trepidante de la juventud deportista, las películas de Picard y compañía tampoco añaden gran cosa a la saga Star Trek. Uno, mosqueado, va leyendo las sinopsis en internet y descubre que cada nueva película es el refrito de un antiguo episodio para la tele, dilatado en minutos y recoloreado en los ordenadores. Siempre hay un klingon traicionero, un villano loco, un planeta enigmático, una explosión en el puente de mando que a todo el mundo se lleva por los aires pero a nadie mata. Se suceden las mismas conversaciones sobre los sentimientos de los androides, sobre la naturaleza imperfecta de lo humano, sobre la incapacidad de los vulcanianos para excitarse con un gang-bang de Sasha Grey con orejas picudas. Lo mismo en Star Trek: Primer contacto que en Star Trek: Insurrección, uno se entretiene pero se aburre, no sé si me explico. Es el alma infantil, que sigue flipando con las naves espaciales y con las pistolas desintegradoras, la que echa su ancla de hierro y me deja varado en el sofá, con cara de estúpido, insistiendo en películas que no me interesan gran cosa. Ni siquiera las churris del capitán Picard le ponen a uno en estado de alerta. Cómo serán de frías, de poco excitantes, siempre embutidas en esos uniformes de monjas de las galaxias, que me excita mucho más la reina de los Borg, aunque sus piernas sean ortopédicas, y su pechos consumidos, y su cráneo cableado. Aunque sea una hijaputa de mucho cuidado. Es su voz la que me deja prendado; vibra con promesas de sabiduría, de aventuras, de sexo cibernético y muy guarro a la luz de las estrellas. Sólo por ella he persistido en Star Trek, mientras mi niño interior alborotaba en el sofá con las pistolitas de los cojones. 


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Paradies: fe

Me imagino que en Austria, que es un país europeo, civilizado, un paraíso de valles y montañas donde relucen las bombillas de la Ilustración, esta misionera urbana de la película Fe provoca la incredulidad o a la risa en los espectadores. Las aventuras de esta trastornada que recorre los hogares predicando la fe en Jesucristo y la pronta llegada del Maligno, les sonará más a comedia que a tragedia, más a esperpento que a película con visos de realismo. Una broma, quizá, o un experimento callejero filmado con cámara oculta. Ulrich Seidl ha dejado pasmados a sus compatriotas, presentando a una mujer que nadie sospechaba como vecina. Anna María es una papista recién llegada del Concilio de Trento para predicar la Contrarreforma entre los rubios protestantes. Es fea, gorda, tan morena que parece sacada de cualquier país del Mediterráneo, esos territorios medievales de la playa y el chiringuito donde los curas siguen campando por sus respetos. Anna Maria es una austriaca improbable, anacrónica, camuflada entre los habitantes de Viena como una agente extranjera, como una espía de la Inquisición, como una alienígena que viniera huyendo de la nave Enterprise por propagar la creencia en un dios sanguinario, o sangrante, según ejerza de Padre o de Hijo.



            Aquí, en cambio, en nuestra Península Ibérica, campo de batalla donde se dirime la lucha entre las Fuerzas del Mal y los cristianos con guitarra, personajes como Anna María, que ven un pene y se desmayan, que contemplan un beso y se escandalizan, que descubren un rayo de sol y ven a Jesucristo cabalgando sobre él, son personas familiares, habituales, de las que hay una en cada familia, o en cada vecindario. Yo mismo conozco a alguna de estas iluminadas, que van dando la brasa por los domicilios para que los mormones y los testigos de Jehová no vayan comiendo el terreno. Viejunas que ya no se entretienen con nada, que ya no duermen las siestas, que se horrorizan con los escotes que salen en la tele, que después de comer salen a las calles a predicar la abstinencia, la castidad, la emasculación voluntaria como pasaporte directo hacia el Cielo. Se llaman Eduvigis, Conchita, Manuela, y son unas plastas de mucho cuidado. Viven aburridas, y un poco taradas. Los curas han encontrado en sus déficits cognitivos una brecha cerebral por la que colarse y seguir picando carbón. Ellas son la única clientela que todavía soporta sin pestañear sus proclamas contra los maricones, contra los abortistas, contra el lobby comunista que aún gobierna este país. Los curas las necesitan para seguir abriendo la tienda cada mañana, y ellas se entregan con entusiasmo a la labor pastoral de la barriada, mezclando churras con merinas, éticas con supersticiones, mitos infantiles con verdades reveladas. Forman parte del paisaje habitual, y ya no caemos en la cuenta de su presencia. Es por eso que Paradies: Fe, que va sembrando el escándalo allá donde se proyecta, le deja a uno frío e indiferente, como si le contaran el día a día del panadero, o del farmacéutico de la esquina. Ni siquiera en la famosa escena del crucifijo uno pestañea o se alborota: siempre me las imaginé así, en la intimidad de sus habitaciones, atacadas por un picor inaplazable, ése que las condenará al mismo infierno que habitaremos nosotros, sus víctimas del timbrazo y la cháchara incoherente.


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La próxima generación

La tripulación que comanda el capitán Picard en Star Trek VII, la próxima generación, es más presentable y atlética que aquella que dirigía el capitán Kirk. Estos tipos del siglo XXIV han pasado unas pruebas físicas para ganarse la oposición de piloto, o de ingeniero, y se les ve más ágiles y lúcidos a la hora de enfrentarse a los klingon trastornados, o al supervillano deforme de turno. Antes, en la Federación de Planetas, donde reinaba la corrupción y el enchufismo más descarado de las viejas glorias, dejaban que cualquiera asumiera el mando de la nave Enterprise. Pero ahora se han endurecido las exigencias, y sólo unos pocos elegidos patrullan la última frontera, allá donde buscan camorra las especies agresivas, o nacen brotes verdes en los planetas que se creían desolados. Para llevar a cabo esta complejísima labor del biólogo-soldado, hay que estar muy cachas, y desayunar mucho cereal con yogur desnatado. Hay que ser, además, un ser humano bello, sexualmente atractivo, pues se viaja en representación de nuestro planeta, y hay que lucir las mejores galas genéticas ante los vecinos alienígenas. Así lo exige la etiqueta, y el protocolo galáctico. En los tiempos del nepotismo valía cualquiera, con cualquier facha, adiposos y canijos, decaídas y culonas, y los embajadores vulcanianos se partían el culo de risa cuando nadie los veía. Las supernaves de la Federación le cuestan un cojón de mico a cada contribuyente, y ya no es cuestión de ir destrozando una por película, abandonadas a la lentitud mental de su capitán, a la arterioesclerosis súbita del ingeniero, al descanso para pintarse las uñas de la viejuna que se encargaba de las transmisiones.
        


 
            En estas nuevas películas del capitán Picard, cuando aparecen por sorpresa los klingon o los borgs, y disparan sus rayos láser sobre el puente de mando, estos chicarrones saltan con otra energía sobre los paneles de mando. Ya no se desparraman sobre ellos, como hacían vergonzosamente sus antecesores, enganchándose las lorzas o las uñas lacadas entre las palancas. Cuando se teletransportan sobre el planeta en cuestión, esta muchachada moderna corre con otro garbo, con otro atletismo menos sonrojante. Que en las películas anteriores una pandilla de ancianos salvara la Tierra al trote cochinero era un argumento poco sostenible. Honorífico, sí, y melancólico para los trekkies, pero vergonzoso a ojos del espectador no iniciado. En este cambio, a falta de tramas más enjundiosas, hemos salido ganando.


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