Turistas en mi playa V (pichaloca.com no es aquí)

Los pornógrafos que arriban a esta playa no descansan por Navidad. Es más, vienen con más frecuencia que nunca, con más exigencias, porque son hombres solitarios, acostumbrados a la penumbra, al resplandor delictivo del ordenador, y en Navidad su aislamiento físico y psicológico se recrudece. Si han de comparecer en alguna reunión familiar, lo hacen a última hora, con desgana, y después de intercambiar cuatro naderías se marchan cuando adivinan un resquicio. El ordenador les llama con voces susurradas, hipnóticas, como el ojo de Mordor concitaba al portador del Anillo. Alguno, incluso, atropellado por la impaciencia, busca sus guarrerías en plena cena navideña, con el móvil, con la tablet sobre las rodillas, al lado de la hermana fisgona o del cuñado que sonríe con malicia, porque ya intuyen de qué va la vaina.
            Yo no soy como ellos, pues soy de buscar entretenimientos más convencionales, y sólo en la soledad conquistada de la intimidad, pero yo en el blog  les escucho, y les entiendo, y les doy la absolución laica en este confesionario apto para todos los públicos. Ego te absolvo, hijo mío, y sigue pecando, que no queda otro remedio. Luego me quedo triste, y algo deprimido, porque no puedo ofrecerles los vicios que tanto anhelan, Pero la culpa es de ellos, que me confunden con otra persona, con otro proveedor, pues yo aquí sólo hablo de amores y de folleteos en poesía, o en verbo florido. De todos modos, les sigo agradeciendo que pasen por mi playa, a inflarme las estadísticas, a forzarme a escribir de vez en cuando sobre cosas que no son cine, sino asuntos muy enjundiosos de la sociología y de la posmodernidad.



Los que van detrás de algún pichaloca, o de alguna picha loca, siguen cayendo en mi blog sin darse cuenta de que aquí no hay relatos, ni fotos, ni émbolos cavernosos penetrando en cavidades. Lo que sucede es que hace muchos meses, en un intento de provocar la risa entre mis lectores -y sobre todo entre mis lectoras- titulé la película argentina El estudiante como El pichaloca encuentra el amor, pues iba de un bonaerense que se metía en las movidas políticas sólo para ligar con las universitarias más guapas, y terminaba enamorado de la más hermosa y corajuda de todas ellas. Lo de pichaloca, que no viene en el diccionario, siempre lo escuché como un sinónimo de picaflor, de rabo inquieto, pero pensé que era una palabra local, muy poco exportable, que sólo los habitantes de Invernalia y de los reinos limítrofes iban a entender. Pero se ve que no, que el vocablo, aunque no esté reconocido por la RAE, es lugar común entre los hablantes obsesionados por el sexo. Una película ramplona que despaché con unos comentarios sin sustancia, se ha convertido, gracias a la broma, en una de las vedettes más solicitadas del repertorio. En ese texto insulso terminan los que han tecleado pichaloca a secas y los que, concretando más su deseo, han escrito daniel marvin pichaloca (que no sé quién es), gays pichaloca (que me imagino muy activos), pichaloca dos negros (¿una para los dos o sendas ambas?) y, la más curiosa de todas, de origen cinéfilo desconocido, pichaloca.com porno bruce willis.
Es aquí donde tengo que hacer un alto para explicar, finalmente, el origen de tanta confusión. Llevado por la curiosidad y por la responsabilidad de conocer a mis lectores, tecleo en la barra del Chrome “pichaloca.com” y aparecen ante mí, oh dioses de los griegos, varias parejas de gays pasándoselo en grande sobre camas y jergones. ¡Existe!, pichaloca.com, y yo estoy viviendo colateralmente de su éxito, recogiendo a sus visitantes más despistados, a esos que paran en mi blog para preguntar la dirección de la fiesta y de la cuchipanda, con pollas de goma en la cabeza y paquetes de condones en la guantera, angelitos, como si yo, hasta hoy mismo, hubiera podido indicarles el camino. Acabáramos pues.



Continuará...


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Tucker & Dale contra el mal

            La tenía que haber visto ayer, Tucker & Dale contra el mal, porque la película es una inocentada de mucho reírse. Dos paletos de la Canadá profunda, que se diferencian de sus primos españoles en que siempre usan gorra de béisbol, y en que han evolucionado hacia una especie más inteligente, van asesinando, sin quererlo, por la pura mala suerte de los tropezones o de accidentes, a una panda de universitarios, con sus listillos y sus buenorras, que han ido al bosque de acampada para confraternizar bajo las coníferas. Ellos, los chicos de la ciudad, bien vestidos y repeinados, son los verdaderos psicokillers de la película, mientras que Tucker y Dale, pese a manejar motosierras y trituradoras de carne, son dos benditos que no matarían ni a una mosca de la espesura. Tucker & Dale contra el mal viene a ser el reverso cachondo de Viernes 13, de Posesión infernal, de El proyecto de la buja de Blair, ese subgénero del terror tan manido, tan socorrido, tan necesitado ya de un frescor, de la escabechina de adolescentes en las cabañas y en los parajes remotos.




            He recordado, mientras me reía como un adolescente tarado de las sanguinolencias y las muertes estúpidas, aquella noche de lunes de hace más de treinta años, en mi casa de León, cuando Chicho Ibáñez Serrador, por coincidir Mis terrores favoritos con el día de los inocentes, programó Agárrame ese fantasma en lugar de la habitual película de horror. Yo, ya lo he contado, vivía acojonado aquellas citas con el televisor, que mi padre concertaba a posta para curtirme la piel y hacerme un hombre de provecho. Luego, por la noche, tenía unas pesadillas espantosas, terriblemente vívidas. Recuerdo la noche en que aguanté el sueño hasta la madrugada para no ser suplantado por un alienígena envainado después de ver  La invasión de los ladrones de cuerpos; recuerdo haberme despedido de la vida con la certeza de ser asesinado al día siguiente camino del colegio, tiroteado por un psicópata como el que en Target disparaba contra la multitud; recuerdo la manta que me tapaba hasta el flequillo para no ver a los muertos del cementerio de Puente Castro entrando en mi habitación para comerse mi hígado crudo, arrancado de cuajo, después de ver, con los ojos medio cerrados y el gesto medio torcido, La noche de los muertes vivientes. Es por eso, quizá, que las películas que hacen humor con el terror me reconfortan el alma, y ya me seducen desde el principio, a muy poco que ofrezcan y que estén bien hiladas, porque aún guardo memoria de Abbott y Costello haciendo el indio por un castillo, o por una mansión, en aquella tonta película que me hizo reír como nunca en mi vida, no la mejor comedia de todos los tiempos, desde luego, ni la más graciosa, pero sí la que me trajo una felicidad incomparable, el alivio supremo que todavía hoy me hace suspirar de gustillo, tres décadas después.



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El nombre (Le prénom)

            Un amigo de probada cultura y de sobrada inteligencia me recomienda, en el fragor del bar de tapas, una película francesa que encontró en la tele por casualidad. Se titula El nombre, y la trae a colación porque yo, en una de mis diatribas navideñas, he cargado irónicamente contra el sagrado concepto de la familia. Mi amigo se lo pasa teta con mis filípicas, porque él, a pesar de su cultura y de su inteligencia, sigue siendo un hombre religioso, aferrado a las viejas costumbres, inoxidable al desaliento que provocan los familiares y los silencios de Dios. Él es un hombre campechano que acude sonriente a los cumpleaños de la suegra, que toma cafés con los cuñados en largas veladas de conversación civilizada. Aunque asegura que yo soy un bicho raro, la sociología moderna le señala a él como el verdadero espécimen en extinción, un curioso homínido que descubierto en su hábitat natural de la Navidad y del buen rollo fraternal, despierta el asombro, la incredulidad, como si uno se topara con un superviviente del siglo XIX, o con un astronauta extraviado en la línea del tiempo.



            El nombre, dice mi amigo, va a satisfacer esa pulsión mía de lo antifamiliar, pues su esqueleto argumental es una reunión de parientes que termina, reproche a reproche, como el rosario de la aurora, que se ve que en Francia, a pesar del laicismo imperante, también rezan de vez en cuando. En pago a su recomendación, le digo que la gran película del año sobre trifulcas familiares es Agosto, una cinta biliosa, ácida, de personajes corroídos por el odio. Y es ahí, en mi descripción, donde mi amigo traiciona su propio consejo, porque arruga el morro con disgusto y me dice que no, que El nombre es otra cosa más... No hay que ser muy listo para deducir que El nombre es una película que al final, por mucha pelea que le metan sus guionistas, va a terminar en luminosa reconciliación, con brindis de champán, abrazos de perdón y juramentos eternos de comprensión. Navidad, al fin y al cabo. Una cosa de ciencia ficción que sólo las almas cándidas, y los espíritus generosos, aceptarían como una resolución verosímil de los conflictos.
            Pero todo esto, que pasa por mi cabeza en un segundo de lucidez, prefiero no decírselo a mi amigo, para no parecer un tipo orgulloso y desagradecido. Horas después, ya en casa, me enfrento a una versión de El nombre que no he podido descargar subtitulada, y al fastidio de conocer el final por anticipado, se une la molesta sensación de estar perdiéndome las discusiones en francés, porque en francés, ya lo he dicho alguna vez, todo parece más agudo, más inteligente, más cargado de razones. El francés es un idioma que se inventó para seducir, para convencer, lo mismo en el amor que en las broncas familiares. Si a mí, en la vida real, la gente me hablara en francés, yo sería un manso corderito dispuesto a cualquier cosa. Hasta católico, regresaría yo al redil de la Iglesia, si las homilías y las cartas a los Corintios las recitaran desde el púlpito en el idioma de Montaigne. Pero en mi hábitat natural sólo me hablan en castellano, y el castellano, en mi oído, resuena como un mandato, como una ofensa, con esas vocales rotundas que suenan a imperativo y a injerencia.




            Al final, en El nombre, como estaba implícito desde la víspera, todos los personajes se perdonan con efusión de lamentos y contriciones. En su francés original, los actores deben de estar muy convincentes, pero doblados al castellano suenan falsos, desganados, como guardándose la venganza para más tarde. Como sucede en las reconciliaciones verdaderas, a este lado del televisor. En mi corazón vuelve a ser Navidad.
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Marathon Man

            Después de ver Cowboy de medianoche, buceo en la filmografía de John Schlesinger para concertar próximas citas, y allí me encuentro con Marathon Man, renombrada película de la que sólo recuerdo a Dustin Hoffman corriendo sudoroso por Central Park. También recuerdo, cómo no, la famosa escena en la que Lawrence Olivier, interpretando al pleonasmo de un nazi malvado, le practica a Hoffman una endodoncia sin anestesia, no sé si para que cante el escondrijo de un dinero, o si para ajustar cuentas con su narigón de judío que no pereció en el Holocausto. Mi memoria, siempre al borde de la bancarrota, no logra ensamblar ambas escenas, la del corredor y la del dentista. La trama de Marathon Man yace bajo los sedimentos de otras mil películas que vinieron después, como una ciudad de la antigüedad que ahora, disfrazado de arqueólogo, pretendo desescombrar y sacar a la luz.




            Marathon Man, además, con sus resonancias de proeza deportiva, llega en un momento muy atlético de mi vida, lamentable para el estándar de los corredores habituales, ahora llamados runners, que devoran kilómetros como yo devoro patatas fritas, pero una experiencia inusitada en mi larga pereza de cinéfilo, y de aficionado barriguero al sillón-ball. Llevaba años, qué digo, lustros, sin caminar tanto por las mañanicas, y por las tardecicas, diez o quince kilómetros al día, desde que siendo adolescente me perdía por los montes de León para olvidar mis desamores, y para dejar caer por las cunetas los aprendizajes del colegio, inservibles ya tras los exámenes. Esta voluntad muscular, que todavía no es férrea, no surgió de un acto heroico y prudente, sino del pavor hipocondríaco que me ha inoculado el médico de las entrañas, un simpático cascarrabias que me augura desgracias metabólicas si me quedo aquí apalancado, en este sofá que me da la vida con las películas, y con el fútbol, pero que también, por sobreuso, por exceso de amor, podría quitármela, como hacen las mujeres fatales, o los hijos que van chupándonos las energías.  Llevo meses levantando polvo y barro por los montes de Invernalia, desgastando las suelas, empapando las camisetas, deshilachando los bajos de mis pantalones chandaleros. Busco en el Dustin Hoffman inicial de Marathon Man a un colega, a un compañero de fatigas, tal vez a un modelo deportivo si persevero en esta vida sana del trotamundos, pero el entusiasmo apenas me dura cuatro de sus zancadas. Hoffman suda copiosamente, y corre a un ritmo inalcanzable con  la respiración acompasada, y a mí me entra como un rubor, como una vergüenza, como un acceso de ridículo que me tuerce el humor. Palpo la barriga que sirve de pedestal al mando a distancia y me entra, finalmente, una depresión lipídica que me amarga el resto de la película. Me he desfondado en el primer kilómetro de Marathon Man. El resto, que ya no es atletismo, sino trama de espías algo viejuna, lo veo de lejos, entre brumas, desplomado sobre el asfalto.


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Cowboy de medianoche

Rescato, en estas vacaciones tan cortas como necesarias, varios DVDs siempre aplazados, de revisión obligatoria o de estreno tardío. Pero al colocarlos en el lector del portátil -ausente como estoy de mi querido salón- éste empieza a hacer ruidos raros, como de tos de abuelete, como de moto gripada, y los programas encargados de rescatar la película fallan uno detrás de otro. Error, vuelva a intentarlo, imposible acceder... Son DVDs que hace tiempo grabé sobre soporte virgen, en el viejo reproductor-grabador que ya mora en el cementerio del reciclaje, y se ve que la tecnología moderna no reconoce el formato, o que le da la risa con mis tontos remiendos, y de la carcajada se congestiona y deja de funcionar. Sólo dos películas fueron adquiridas legítimamente, y sólo ellas, como premio a mi puntual dispendio, trasponen el umbral de lo visible: la Crazy, Stupid, Love del otro día, y Cowboy de medianoche, esta tarde, un clásico incontestable al que hace años le debía una revisión, y cuya carátula conservaba, antes de abrirla hoy, su funda delgadísima de celofán, con un precio desorbitado que me ha hecho recordar los viejos tiempos de su adquisición, de cuando empezaron a venderse los DVDs en El Corte Inglés de León y a los dependientes se les escapaba la risa tonta cuando te cobraban en caja, sorprendidos de que algunos imbéciles, en esta ciudad paleta, siguieran picando en la estafa abusiva de sus precios. Desde aquel tiempo delictivo dormía su sueño el DVD de Cowboy de medianoche, en grave pecado de tardanza que aquí mismo confieso de rodillas. Aún pensé, por un momento, antes de que el menú arrancara en la pantalla del portátil: ¿y si ahora resulta que el disco está escoñado, o defectuoso, o contiene otra película? ¿A quién reclamo yo tantos años después, en El Corte Inglés, para seguir con la broma y el cachondeo? 


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Crazy, Stupid, Love (2ª visión)

En cualquier momento del año, si escucho "25 de diciembre", se me escapa el pum, pum, pum del maldito villancico, tan machacón en los hilos musicales como en el estribillo simplón que lo estructura. Pum, pum, pum..., como martillazos que los herreros celestiales nos arrean por Navidad, a los incrédulos, y a los ateos. Hay que ser sufridos, no hay otro remedio, porque en estas fechas entrañables uno se vuelve extranjero, prisionero de un paréntesis que pertenece a la mayoría social de los cristianos, y de los hipócritas del espíritu. Pronto llegará el calor, y la playa, y el exhibicionismo epidérmico de la juventud, y ante sus cuerpos de mentira claudicarán incluso los creyentes más recalcitrantes. Esos mismos que ahora predican el nacimiento virginal de Jesús, luego, en verano, se tragan sus propios mandamientos para refocilar la vista y abjurar del amor de sus arrugadas esposas, o de sus pesadísimas novietas. Como cualquier Fausto de pacotilla, venderían su alma, ahora tan navideña, por el simple beso de una de esas beldades que se torran el torso, y a veces, incluso, en las playas más permisivas, las tetas. El espíritu de la Navidad, como todos sabemos, es un sentimiento muy pasajero, con vida de mosca o de mariposa, que sólo dura lo que dura el invierno, cuando las mujeres caminan tapadas y las erecciones masculinas pueden disimularse bajo el abrigo. Cuando la tentación carnal -verdadero demonio de cualquier religión seria- se toma un respiro y se convierte en asunto manejable que no sale de la alcoba.




            Si la película del otro día era Gente en sitios, y su título ya era un tratado de filosofía resumido en tres palabras certeras, hoy le toca el turno a Crazy, Stupid, Love, otro título magistral, y triverbal, que resume, con la ayuda de dos comas muy bien puestas, la mística estúpida y loca del amor. Porque qué ridículo, si uno lo piensa bien, es el amor, y no sólo el apareamiento en sí, que visto desde arriba, desde el techo, como en una experiencia extracorpórea de los hospitales, es una práctica torpe y sucia que valdría para un National Geographic de segunda fila. Qué distinto es lo que malhacemos, y lo que pocopracticamos, comparado con el cine porno que nos inspira, verdadera proeza de gimnastas rumanas y colosos centroeuropeos. Cómo nos seduce, pero cómo nos engaña, este género maldito que en el diario tengo prohibido, como un cura que redactara sus memorias de santidad. Pero qué ridículo es también, decía,  el amor en sus preámbulos. Qué estúpido y qué loco es este instinto reproductor que escapa a nuestra razón, a nuestro dominio,  que nos obliga a pisar discotecas, a redactar poesías, a dibujar corazones, a masturbarnos como macacos en la tensa espera del sí. A regresar a las discotecas, esta vez de maduritos con revivals ochenteros, cuando uno comprende que la carne fresca es demasiado exclusiva, y se conforma con la mojama bailonga que lleva el precio rebajado. Qué bonito, pero qué tonto, el amor de los noveles; qué necesario, pero qué chusco, el amor de los adultos. Qué gran majadería el sentimiento que nos trajo al mundo, al escribiente y a los lectores. Qué gran película es Crazy, Stupid, Love, que describe todo esto en un batiburrillo hormonal de amores agridulces. Y qué hermosa es, o dioses de la castidad, Emma Stone, esta pelirroja de la sonrisa pura que la Navidad, con su espíritu roñoso y sus zambombas horrísonas, nos tiene prohibido desear.


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Gente en sitios

            Rara es la vez que caigo en una película sin haberla sobrevolado antes, como las aves rapaces. El cine es el asunto más serio de mi jornada, casi de mi vida entera, y no puede ser tratado a la ligera. El resto del día viene impuesto, o puede ser improvisado sin consecuencias fatales. La película, en cambio, tiene que ajustarse a mis exigencias, a mis estados de ánimo cambiantes. Tiene que coronar la medianoche con el mismo brío de los ciclistas alcanzando la cima del Tourmalet. Las dos horas de la película han de equilibrar, en la balanza, las otras veintidós de tiempo perdido. Antes de embarcarme en la aventura leo las críticas, escruto los repartos, busco referencias del director o del guionista como si estuviera contratándolos para hacer un trabajo. De hecho, ellos trabajan para mí, alquilados durante dos horas en mis propios aposentos, como hacían los antiguos reyes en sus palacios con los músicos o con los bufones. A cambio, yo les sufrago las mansiones, y los cochazos, y las titis despampanantes, con el dinero que me dejo en los canales de pago y en los DVDs del centro comercial, único pagano en esta tierra sodomítica de los gratuiteros sin complejos. Rezo para que Yahvé vomite su fuego justiciero sobre ellos, y que yo, el justo Lot, sea conducido a las afueras escoltado por ángeles guardianes. Tampoco sería mala idea, para completar la parábola bíblica, que mi mujer se convirtiera en estatua de sal por mirar hacia atrás, a ver si se calla un poquito.




            Hoy, sin embargo, me he lanzado a la piscina sin haber probado el agua con el dedico, guiado sólo por este título enigmático, Gente en sitios, que viene a ser como una fórmula magistral que resume la vida misma: el devenir continuo de los humanos, la madeja inextricable de los destinos. Porque la vida es, efectivamente, despojada de adjetivos y de palabrerismos, gente en sitios. Gente que mata o que nace, gente que construye o que destruye, gente que folla o que reza el Padrenuestro. Gente en sitios, haciendo cosas. Que es, si no, esta pesada Navidad, con su barullo de compras y parabienes, de cenas y comilonas: gente en sitios, muchos desubicados del habitual, en casa de la mamá, o del cuñado, contando las horas para volver al sitio propio, al hogar donde uno puede poner los cojones encima de la mesa y cortar cualquier conversación que se pone loca o se vuelve incómoda. La Navidad viene a ser, mayormente, gente fuera de su sitio, y de ahí tanto conflicto, y tanta mala hostia a punto de explotar. Gente en sitios... Me parece cojonuda, la expresión, una cosa enigmática, pura, casi oriental, desbrozada de literatura. Luego la película no es gran cosa, una sucesión de sketches con gente rara sorprendida en lugares comunes. A veces sonríes y a veces te rascas la cabeza, desubicado y perplejo. Es difícil saber qué pretendían sus creadores con esta sucesión de surrealismos buñuelanos y tontacas que parecen sacadas de Muchachada Nui. Queda, sin embargo, un poso, un provecho, un algo indefinido sobre lo estúpida e impredecible que puede ser la gente. Hay algo muy turbio, muy negro, en Gente en sitios, y eso, en Navidad, aunque sólo para tocar los cojones, siempre se agradece.


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Boyhood

Boyhood es... la vida. El paso del tiempo. El río en el que nunca habrás de bañarte dos veces. Imposible hablar de esta película sin caer en la filosofía tontaina, ni en la cursilería de la escritura. Ni en la autorreferencia que a nadie le interesa. Imposible ver Boyhood sin acordarse de uno mismo, sin que asomen recuerdos que llevaban años recluidos en las habitaciones, jugando con sus cosas. Cómo hablar de la niñez sin caer en la ñoñez; cómo hablar de los padres, de los colegas, de los maestros que recitaban la lección elevados sobre la tarima. De lo tonto que era uno, muy por debajo de la media, tan aplicado en las aulas como estúpido fuera de ellas. Y cómo hablar luego, cuando la película avanza, de la adolescencia, si uno lleva toda la vida queriendo olvidarla. Cómo hablar de las amistades vaporosas, de las chicas inalcanzadas, de los estudios martirizantes. Del tiempo que avanzaba con pesados trancos de cemento, como en esos relojes de los hermanos Coen, cuando las agujas se detienen a medio camino del gajo y se quedan clavadas y parece incluso que van a retroceder y a condenarte a revivir lo vivido. Así fue la adolescencia de uno, sin provecho, sin moraleja, una pérdida de tiempo lamentable que nada me enseñó y en nada me curtió. Qué parecida, parece, pero qué distinta fue, en realidad, mi vida comparada con la de este chaval de Boyhood, que todo lo mira con ojos de inteligencia y en cada año que pasa se le va viendo el poso y el progreso. Qué distinto fue uno aquí, en la vida real, tan lejos de Texas, con esa mirada de pez que uno descubre en las viejas fotografías, y que no ha cambiado demasiado, la verdad: la misma expresión de despiste, la misma pinta de no haber comprendido lo fundamental. Me deja boquiabierto, Boyhood, pero me deja herido, molesto, escocido de las viejas heridas. No sé si cagarme en Richard Linklater o si convertirlo en una nueva deidad del foro, donde otros humanos ya fueron elevados a la categoría de semidioses, con sus cultos y sus vírgenes vestales procesionando ante la estatua. Bellísimas, ellas...


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Guardianes de la Galaxia

No puedo resistirme al embrujo de las naves especiales. Desde que aquella tarde de mis cinco años, en la pantalla enorme del cine Pasaje, la nave consular de la princesa Leia cruzara el espacio perseguida por un destructor imperial, he quedado comprometido con cualquier película que saque a pasear los cacharros de lejanas civilizaciones. Es una fijación infantil que se me ha quedado ahí, clavada en las meninges, como el gusto de la leche con colacao o la pulsión irrefrenable de darle una patada a los balones. Conozco a gente de mi generación que colgada de Clint Eastwood se traga cualquier cosa dirimida con un revólver, y a otros quintos, mucho menos respetables, que marcados a fuego por los Van Damme de nuestra adolescencia son capaces de encontrar sustancia en cualquier engendro de hostias con patadas voladoras. Yo, tarado por el virus de la ciencia ficción, lo que me trago sin pensar, y sin masticar, son películas de naves intergalácticas, de ovnis, de alienígenas, cualquier cosa en la que se vea un planeta distinto al nuestro, o a un ser oriundo de otro planeta pilotando su cacharro de alta tecnología.



            Muchas veces me pego un hostiazo del copón, porque las películas del espacio suelen salir rancias, si proceden del tiempo viejuno, o alborotadas, si las han cocinado recientemente en Hollywood. Hoy en día, con tanta persecución, tanto porrazo, tanto efecto especial que llena los rincones de la pantalla, a los espectadores veteranos, de cuarenta años para arriba, que hemos nacido con un procesador mental de los tiempos del Commodore, nos cuesta horrores mantenernos sobrios en el mareo, y atender a los detalles secundarios que luego son objeto de debate. Y que muchas veces son clave en el devenir de la trama. Uno, con estos ojos cansados y esta inteligencia desgastada, sólo ve el vaivén, la refriega, los rayos láser que cruzan la pantalla cada cuatro minutos. Uno parece un indio precolombino enfrentado a la sinfonía confusa de músicas y colorines. Guardianes de la Galaxia tenía todas las papeletas para provocarme el vértigo y el hastío; el vómito ácido que iba a llenar de improperios la página en blanco de este blog. Pero sus responsables, cuarentones que comprenden el hartazgo de sus coetáneos, han introducido cachondeos, músicas, referencias cinéfilas. Nos han guiñado el ojo de vez en cuando para que no nos sintiéramos abandonados en el páramo de lo moderno.  Mientras los niños se lo pasaban pipa con los hostiazos, y los adolescentes le seguían metiendo mano a la novieta, nosotros, los adultos, habitualmente sobrepasados por estos experimentos, nos lo hemos pasado mejor que ellos. Por una vez, en los últimos tiempos.


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Omar

Omar, el protagonista de la película Omar, es un panadero palestino que tiene su negocio en el lado israelí de la Barrera cisjordana, pero que se ha dejado a la novia en el otro lado, porque los hebreos, como los soldados de la RDA en Berlín, no le preguntaron a nadie por dónde debía levantarse el muro de hormigón. Nadia, que lleva el nombre bellísimo de las gimnastas, y de las rusas enigmáticas, es una chica preciosa a la que Omar no puede renunciar. Así que todas las mañanas, después del trabajo, trepa el muro con una cuerda y salta al otro lado para hablar con ella, para besarla castamente, para presentar sus respetos al hermano de la chavala, Tarek, que además es un buen amigo de la infancia.




            Omar, sin embargo, no es una película romántica. Tarek y Omar, junto con otro amigo palestino de los andurriales, conforman una unidad de resistencia que practica el tiro al blanco por las mañanas, y el tiro al soldado israelí por las noches. Una mala tarde, como las de Chiquito de la Calzada, acertarán en el pecho sin chaleco de un soldado, y darán comienzo las persecuciones, las traiciones y las torturas. El director de la función, Hany Abu-Assad, que hace diez años ya rodó una película notable titulada Paradise Now, es un tipo muy centrado que a pesar de ser palestino no toma partido ante los hechos. Él coloca a sus personajes en el paisaje y luego les da cuerda para que sigan el derrotero lógico de sus posiciones. Suponemos que él está con la resistencia, con sus compatriotas arrinconados entre el muro y la pobreza, pero no envuelve los discursos en banderas patrióticas, ni en músicas cargantes. Omar no pretende ser Rambo, ni falta que nos hace. Ningún espectador informado puede permanecer equidistante en este conflicto irresoluble, y por eso mismo no necesitamos que nos chisten, que nos subrayen, que nos señalen con el dedo. Se agradece que de vez en cuando nos traten como a espectadores inteligentes. 


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Seinfeld y la lujuria

La catadura moral de los personajes de Seinfeld queda reflejada en este diálogo. Jerry y George conversan sobre la novia del primero.

Jerry: Hay algo muy extraño en esa chica…
George: ¿Qué?
Jerry: Es demasiado buena.
George: ¿Demasiado?
Jerry: Es comprensiva, y generosa, y le preocupa el bienestar de los demás. Pero yo no puedo estar con alguien así.
George: Sé por dónde vas…
Jerry: La admiro mucho, pero no se puede hacer el amor con alguien a quien admiras.
George: ¿Y la lujuria?
Jerry: ¡Si no hay lujuria! La miro y no me la imagino echando un casquete…


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Open windows

Open windows es un curioso experimento de Nacho Vigalondo. Una apuesta que hizo con los amigos, o con la productora, para rodar un thriller con varias tramas y personajes que cupiera en la pantalla de un ordenador, a modo de ventanas que se van abriendo y cerrando. Y no le ha salido mal la película, no señor, aunque la parte final, que es curiosamente la que se escapa del artificio, de la ocurrencia, vaga por los caminos más trillados del suspense. Open windows, además, despojada de las tramas criminales, es la triste historia de un pajillero que monta una página web en homenaje a su actriz amada, con fotos y vídeos, con noticias y cotilleos, y uno siente que comprende a ese personaje, que se identifica con él, porque muchas veces he pensado que este mismo blog, con su pátina de cinefilia, con su verborrea de gafapasta, no es más que una tapadera, una excusa rebuscada para hablar de mujeres bellísimas y poner fotos de sus posturas más seductoras, actrices hermosérrimas a las que dedico prosas encendidas, y piropos cursilones, y muchas otras tonterías de variado estilo.



            En realidad, Open windows se desinfla en el momento en que Sasha Grey, la ex-actriz porno, ahora reconvertida en actriz seria, se abre la bata ante la webcam y nos enseña ese bello torso que muchos ya conocíamos de su etapa anterior, de cuando se ganaba los dólares haciendo felices a hombres y mujeres, a veces en entrega individual, a veces formando parte de un equipo de generosas folladoras. Una vez que nuestra curiosidad malsana queda satisfecha, y que comprobamos que Sasha sigue siendo una mujer hermosa de complexión juvenil, Open windows baja de voltaje y deja de interesarnos un poquito. Es como esa súbita indolencia que a uno le entra después de eyacular. Uno quisiera hacerle cariñitos postcoitales a la pareja, como quiere, también, prestarle atención a la película de Vigalondo, pero el bajonazo del ánimo está fuera de nuestro control. Son fuerzas hormonales muy poderosas las que en esos momentos toman el control, y nos secuestran las intenciones que nacen puras y románticas, durante un tiempo fatídico que allí, en la cama, las mujeres se toman como un desprecio, y que aquí, en el sofá, en la segunda parte de Open windows, Nacho Vigalondo podría tomarse como un desapego hacia su original propuesta. Que no Nacho, que no, que no soy yo, sino el metabolismo, como decía Homer Simpson. Y en todo caso, culpa tuya, por haber desnudado tan pronto a Sasha Grey. 


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Dos vidas

En los comienzos de la II Guerra Mundial, a medida que iban conquistando Europa, las tropas alemanas fueron alentadas por Heinrich Himmler y sus científicos raciales a esparcir la semilla aria entre las mujeres conquistadas. El Lebensborn, que era el programa encargado de estimular la reproducción sexual de la raza pura, traspasó las fronteras de Alemania para abrir nuevos mercados promisorios. Himmler, promotor y guardián de la idea, empezó a soñar con un Imperio Mundial en el que los rubios se arracimaban como espigas de trigo en el campo. Los soldados de estirpe aria debían emparejarse con aquellas mujeres que cumplieran con el fenotipo adecuado.  Uno de los países donde las SS y los oficiales de la Vehrmacht se lo pasaron teta fue en Noruega, pues los ideólogos del nazismo tenían a las vikingas del norte por miembros de una raza pura, asimilable a la aria, incontaminada de pueblos morenos y mediterráneos decadentes. Allí, en el país de los fiordos, los alemanes establecieron varios lebensborn, que eran guarderías donde los niños nacidos del experimento eran acogidos y criados, bajo estricta supervisión de los pediatras y las matronas.



            El sueño ario de Noruega apenas duró un lustro. Previendo la derrota militar, los alemanes trasladaron los lebensborn noruegos al suelo patrio, para no perder la cosecha recogida. Después de 1945, cuando se hicieron mayores, la mayoría de estos niños abandonaron el orfanato pensando que eran alemanes de pura cepa, hijos de soldados caídos en combate, o de madres que perecieron en los bombardeos aliados. Sólo unos pocos, y unas pocas, que tuvieron acceso a archivos secretos, o que fueron advertidos por sus antiguas niñeras, llegaron a saber que en realidad habían nacido en otro país, de madres que tuvieron que desprenderse de ellos a la fuerza, y que luego vivieron con el estigma de haber procreado con el invasor. Un dramón de hijas perdidas y madres arrepentidas que haría las delicias de una TV movie de Antena 3, pero que sin embargo, porque está bien escrito, y bien interpretado, y sólo cursilea los justito, vertebra esta notable película de hoy, Dos vidas. Una película en la que además, para complicar más las cosas, aparecen agentes de la Stasi que aprovechan la confusión de identidades para plantarse en Noruega buscando a mamá mientras se ponen una microcámara en el pecho y fotografían los planos secretos del ejército noruego, que ya ves tú, vaya horda invasora. Dos vidas es un lío del copón -aunque muy bien contado, eso sí- en el que caben nazis retorcidos, comunistas muy malos y mataharis arias de una belleza incuestionable. Y todo ello en el marco incomparable de  un pueblo de los fiordos en el que uno, de ser millonario, y de manejarse bien con el inglés, se perdería alegremente para siempre, muy lejos de las gentes conocidas, y de las gentes por conocer, a miles de kilómetros de la mugre patria. Con una parabólica, eso sí, para seguir la liga española, que la noruega, por muy civilizados que estén estos nórdicos, no da para mucho. O quizá por eso. 


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Al filo del mañana

¿Y si Bill Murray no despertará todas las mañanas en Punxsutawney, en el Día de la Marmota, sino en Francia, en las playas de Calais, dirigiendo el ataque de las Fuerzas Humanas contra los alienígenas que se han apoderado de Europa? ¿Y si cada vez que los bichos lo matan en la playa, nuestro héroe, con el careto y el cuerpo desnatado de Tom Cruise, volviera a despertar en la misma mañana conservando los recuerdos y las habilidades aprendidas? Este es el punto de partida de Al filo del mañana, la nueva película de hostiazos de Tom Cruise, que le ha cogido el tranquillo a la taquilla y saca una entrega anual de sus trepidantes aventuras, como hace Woody Allen con sus correrías amatorias por Manhattan, o por la vieja Europa. 




            Los jueves por la noche uno nota que se adormece antes de tiempo, que no llega fresco a las diez de la noche, que el cuerpo, dejado a su arbitrio, se metería en la cama y dormiría las diez horas seguidas que mi voluntad le deniega. Hay que poner, pues, una película sin filosofías, sin enjundias, una baratija de colorines que me deje embobado, que mantenga entretenido al sueño como si fuera un niño tontuelo de tres años. Las películas como Al filo del mañana son películas de jueves, con sus batallas, sus persecuciones, sus tiroteos del armamento delirante. Y la cosa funciona, la verdad, aunque Al filo del mañana, así presentada, como un remake futurista de Salvar al soldado Ryan, le predisponga a uno a la pereza, a la sensación deprimente de déjà vu. Será después, al venir a este ordenador, cuando uno descubra que su guionista titular, Christopher McQuarrie, es el mismo tipo que hace dos décadas nos regaló Sospechosos habituales, y eso explica, en gran parte, que los piñazos de Tom Cruise no caigan en saco roto, y que sostengan una trama que al menos es coherente y entretenida. Uno, que se había tumbado en el sofá con complejo de culpa, con sensación de traición a la cinefilia seria y cultivada, se siente reconfortado gracias a la pericia argumental de este buen hombre, que ha convertido en digno lo que iba camino de ser otro blockbuster descerebrado. Alabado sea. 



            Al filo del mañana estaba grabada en el disco duro para verla algún día con el hijo único, el antiguo Pitufo de estos escritos. Pero Pitufo está en proceso de metamorfosis, y se parece cada vez más al archienemigo Gargamel, no en lo malvado, pero sí en lo estirado, en lo anacorético, siempre refugiado en sus dominios del bosque, con su música, con su móvil, refractario a cualquier película que proponga su padre. Es ley de vida, y dictadura de las hormonas, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Sólo esperar, y refugiarse uno en sus propias cosas. Él se lo ha perdido: la trama, que era notable, y el videojuego, que se apoderaba de la estética. Y por supuesto, a Emily Blunt, que aquí ejerce de heroína militar, verdadera Juana de Arco de los ejércitos terrícolas. 
            Yo amo mucho a esta mujer, una de las más hermosas en el Lejano País de las Anglosajonas. Cada vez que sonríe en pantalla yo me desarmo en el sofá como un Mr. Potato gordinflón. No se me cae el bigote, porque no lo tengo, pero sí esta barba desastrada de cuatro días, pelo por pelo, que luego tardo la hostia de tiempo en recolocar, mientras la sigo amando, y la maldigo por dentro. Por el rostro de Emily Blunt conquistaría uno los imperios, y escalaría las montañas a lomos de elefante. Si algún día nos lloviera del cielo una invasión verdadera, de lagartos como los de V, o de arañas tentaculadas como éstas de la película, bastaría con enviarla a ella, como embajadora de la paz, para desintegrarlos con su sonrisa. Porque es tan hermosa, y tan deslumbrante, que deja ciego a cualquiera, y funde las entrañas de cualquiera que la mire, por muy de lejos que vengan los bichos, o por muy de silicio que estén fabricados. 


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Starbuck

Starbuck cuenta la historia de un masturbador compulsivo -y quién no lo fue, a ciertas edades- que decide, para ganarse unos dólares canadienses, en lo más florido de su juventud, y de su vigor sexual, hacerse donante de semen en una clínica de fertilidad. Para qué desperdiciar gratuitamente un líquido que la ciencia tiene por tan valioso y productivo. Años después, nuestro donante, que se ha convertido en un tipo calamitoso de barriga cervecera, descubrirá que la clínica de fertilidad, debido a un error administrativo, ha usado su semen para satisfacer los instintos maternales de más de 500 mujeres. Media juventud de Montreal pasea sus genes por las aulas de la universidad, por los garitos de moda, por las líneas más populosas del metro. Rubios y morenas, obesos y deportistas, heterosexuales y homosexuales, ejemplos a seguir y escorias de la sociedad... Las combinaciones genéticas, siempre azarosas, han creado una fauna de personajes que ahora Starbuck desea conocer y apadrinar en la medida de lo posible, con su gran corazón de padrazo y su tontuna de cuarentón decadente. Nuestro héroe se ha convertido en el nuevo Gengis Khan de las estepas canadienses, porque el mogol también repartió su simiente entre cientos de mujeres, aunque él disfrutara, eso sí, del contacto carnal bajo las yurtas, y no del frío borde de un vasito desprecintado.  



Varias personas me habían recomendado esta película, y ahora caigo en la cuenta de que ninguna de ellas me conoce bien: conocidos de paso, amistades periféricas, coleguillas del café... Porque la película exuda buenas intenciones, nobles sentimientos, músicas de violín en los encuentros paterno-filiales, y esas cosas, los que me conocen de verdad, saben que me producen urticaria, y me ponen enfermo, y me joden la velada que uno venía soñando desde las ocho de la mañana. Starbuck es una celebración de la paternidad, una exaltación de la procreación, una película que los vaticanistas, aunque los 500 retoños provengan del pecado onanista, recomiendan a sus parroquianos como ejemplo de fecundidad cristiana. Starbuck ama a sus hijos con tanto sentimiento porque no convive con ellos, porque legalmente no está obligado a nada, porque coleguea con ellos un rato y luego regresa a su apartamento cochambroso, a beber cervezas y a ver el fútbol por la tele. Así cualquiera. Los que tenemos hijos y al  mismo tiempo convivimos con ellos sabemos que el gozo de la paternidad se reduce al 51%, y que el otro 49 es un sinsabor, una batalla perdida, una pequeña o una gran decepción, según venga la suerte. Ser padre no es un oficio gozoso, ni resplandeciente, ni te hace mejor persona, como le pasa a este majadero de la película. Uno es como es, desde el día que viene al mundo, y ser padre no te cambia la personalidad, ni la perspectiva, ni el triste destino de la neurosis. Ser padre es una decisión responsable, y un oficio entregado, y a veces, no lo niego, la recompensa viene dada en forma de alegría súbita, de momento felicísimo pero inaprensible. Pero nunca he escuchado la música de los violines. Sólo los que pongo en el equipo de música, en mi habitación, los de Mozart o los de Schubert, cuando ya no quiero escuchar a nadie. Ni al hijo siquiera.


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Sidney

Me quedo frío, muy frío, en los desérticos calores de Las Vegas, mientras veo la que fue ópera prima de Paul Thomas Anderson. Sidney, en su arranque, parece una prima lejana de Ocean's eleven, y esas películas de estafadores me predisponen a la sonrisa y a la posición cómoda en el sofá. Los grandes robos son hechos delictivos que por supuesto no merecen el aplauso, ni la coña marinera, pero a uno, que disfruta con la ruina de los millonarios, le proporcionan un gran entretenimiento, y un pequeño consuelo de viejo bolchevique. Lo primero que hizo el Dioni a llegar a Río/ fue brindar con el espejo y decir: ¡qué tío! Pero Paul Thomas Anderson no es un tipo al que le interesen las revoluciones, ni las películas de género. Lo suyo es hacer prospecciones psicológicas de sus personajes, dejarles que hablen, que desbarren, que brote el sucio petróleo de sus mentes culpables, con oscuro pasado y cadáveres bajo la alfombra. Sidney no era finalmente una comedia, ni un thriller de ladrones sofisticados, sino la precursora dramática de Magnolia, solo que sin chicha, sin chispa, más aburrida cuanta más profundidad alcanza la perforadora.


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28 días después

Mientras veo 28 días después, la película de Danny Boyle sobre los zombis que arrasan las islas Británicas, me doy cuenta de que siempre es un virus, generalmente de procedencia macaca, el que vuelve turulatos a los muertos y los levanta en espasmos para comerse crudos a los vivos. Es una posibilidad, no cabe duda, y más ahora que andamos un poco acojonados con el virus del ébola, que en ciertos pacientes, en los casos más graves, provoca sangrados externos que provocan un terror como de película que traspasó la pantalla. Sin embargo, uno está convencido de que el apocalipsis zombi, si un día llegara de verdad para destruir la civilización, no lo produciría un virus, ni una bacteria transportada por un meteorito. Ni siquiera un producto químico de esos que echan a la bollería industrial para seducirnos el gusto y tapizarnos las arterias. De hecho, si uno mira a su alrededor con un mínimo de atención, descubrirá que la epidemia final ya está aquí, instalada entre nosotros, devorando seres humanos en progresión geométrica. Es la estupidez, queridos amigos, la que avanza imparable por los cincos continentes, y también por la Antártida, pues no me cabe duda de que allí también, infiltrado en alguna expedición científica que estudia los hielos o los pingüinos, viven hombres que portan esa tara inevitable y destructiva. 




            En los tiempos prehistóricos, la estupidez era un defecto fatal que causaba la muerte de su portador al primer encuentro con el mamut, o en la primera refriega con la tribu vecina, por olvidarse de llevar la lanza, o por empezar a reírse en medio del silencio reinante. Los genes de la estupidez no prosperaban en el acervo cromosómico del homo sapiens. Ahora, sin embargo, la humanidad se ha vuelto humanitaria, y siempre hay un cartel de peligro, o un vecino dispuesto a ayudar,  y los estúpidos sobreviven a pesar de sus majaderías para transmitir el defecto mortal a sus descendientes. Pero es que la estupidez, además, puede contagiarse por vía mental, por la mera convivencia en el bar, o por el mero contacto en el trabajo, y hombres y mujeres que antes se movían por el mundo con inteligencia y lucidez, de pronto empiezan a pensar sandeces, y a perpetrar tonterías, y se conducen como cualquier otro estúpido de los conocidos, porque los estúpidos originarios, que son mayoría, los han confundido y enredado con sus argumentos. Qué otra cosa, sino la estupidez, es la que amenaza realmente el futuro de la especie. Por qué, si no, la contaminación del aire, la basura del mar, la deforestación de la selva, el consumismo voraz, la superpoblación descontrolada. Por qué, si no, los insultos al árbitro, las películas de Antena 3, las homilías de los curas, las ministras de rayos UVA, las gentes humildes votando al PP postrados de rodillas. Sí, amigos: preparémonos. Es el fin de los tiempos. Los ángeles del Apocalipsis bíblico ya están afinando las trompetas.


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Cruce de destinos

Cruce de destinos es el intento fallido de Ricky Gervais y Stephen Merchant por demostrar que también pueden hacer películas serias. Ellos, que son dos humoristas geniales, dos santos con altar propio en este blog dedicado a predicar el evangelio, se nos han puesto muy ñoños, muy blanditos, con una historia que no resiste media hora en el sofá sin que nazca la tentación de darle al stop. En este resbalón fílmico, tres chavales crecidos en el proletariado británico se abren como polluelos a la vida, al amor, a las primeras esclavitudes del trabajo. Así contada parece una película de Ken Loach, con sus izquierdistas y sus juventudes rebeldes afiliándose al sindicato laborista,  pero estamos en otra aventura, en otra dimensión de la realidad. Cruce de destinos es más bien un british western que hubiese firmado Sergio Leone: “El responsable, el pendenciero, y el tonto del culo”. Un trío de muchachos que en estas películas de la juventud rebelde ya se han convertido en tópico, en recurso facilón, como los threesomes de las páginas pornográficas. El chico que filosofa, el que pega las hostias, y el que cuenta los chistes de coños y pollas. Los diálogos son sonrojantes, los colores pastelosos, la música para asesinar a quien decidió subrayar con ella los sentimientos. Cruce de destinos sería una TV movie de Antena 3 si no fuera porque de vez en cuando, para bajar un poco las importancias, Gervais y Merchant introducen momentos de humor que rompen la gazmoñería. Pero es un humor zafio, impropio de ellos, como inspirados en el Supersalidos de Greg Mottola, pero sin actores como Jonah Hill ni Michael Cera dándose la réplica. Ni descubrimientos como McLovin, comprándose los whiskies.



            Gervais y Merchant no necesitaban esta demostración de tonta madurez.  Ellos ya son dos tíos trascendentes cuando perpetran su humor, tan cínico y mordaz. La misantropía que destilan no está recomendada para menores de edad, ni para estúpidos del culo.  Alguien muy sabio dijo una vez que los grandes filósofos del siglo XXI iban a ser los humoristas. Tipos sagaces, muy inteligentes, que en siglos pasados hubieran escrito grandes tochos de filosofía, pero que ahora, en la época de lo inmediato, iban a diseccionar al homo sapiens delante de un micrófono, o subidos a un escenario, o rodando jolgorios para la televisión. Gervais y Merchant, en sus santas comedias de antaño, dejaron muy claro que ellos pertenecen a ese grupo selecto de sabios. En The Office, en Extras, en Life’s too short, riéndose del mundo y de sus gentes. Porque los asuntos humanos, ciertamente, iluminados con inteligencia, son cosa de mucha risa, y de no tomarse demasiado en serio. Estaban más cerca de la verdad cuando no se enfangaban con películas respetables.




            De Cruce de destinos nos quedará, eso sí, la belleza insoportable, de puro guapa y de puro imposible, de Felicity Jones, de la que un amigo, que pronto dejará de serlo, afirma que no es nada del otro mundo, una simple “cuqui” sin aditamentos. Un ciego, y un malvado, sin duda alguna.


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La boda de Rachel

Hubo un tiempo, allá por los finales del siglo XX y principios del XXI, que la cartelera se llenó de películas que llevaban la palabra "boda" en el título. Todo empezó, creo recordar, con aquella petardada de La boda de Muriel, que vino de Australia para iniciar la plaga de la tontuna mundial. Muriel era una mujer fea, gorda, también algo mema, creo recordar, pero su historia cautivó a millones de espectadoras del ancho mundo. Quizá porque la mayoría también son feas, y gordas, y bastante memas. Los americanos tomaron rápida nota del éxito, y comprendieron que ahí, en el ecosistema de la ceremonia nupcial, había un negocio que había que reflotar, un filón de dólares que nadie había vuelto a explotar desde los tiempos de Elizabeth Taylor y Spencer Tracy en El padre de la novia. La boda como expresión del amor, del orden social, del mandato de Dios. La boda como fiesta de vestidos blancos y besos virginales que puede cortarse con un casto The End justo antes de que llegue el desnudo y la ruptura del himen, para resoplido agradecido de los buenos cristianos. Yo conozco mujeres -y no es broma- que aún piensan que las bodas terminan ahí, en el baile del vals, en la entrega de sobres con dinero, y no en la cama del hotel, a altas horas de la madrugada, con el marido impaciente y borracho afanándose dentro de la vagina.




            En aquel magma infecto flotaba una película que casi pasó desapercibida para estas petardas obsesionadas con el casorio. La boda de Rachel sólo engañó a las espectadoras del primer fin de semana, que quizá la confundieron con un remake americano de La boda de Muriel, pues los títulos eran casi calcados, y además rimados. Salía, además, en el primer plano del póster promocional, el rostro desvalido y hermoso de Anne Hathaway, la niña princesa de Hollywood, y con esa pista tan obvia no había confusión posible. Pero las pioneras de la platea, boquiabiertas y decepcionadas, pronto corrieron la voz crítica entre sus amigas y vecinas. Para empezar, la tal Rachel del título no era Anne, sino su hermana en la ficción, Rosemarie DeWitt, una mujeraza que siendo bellísima tiene nariz de harpía y mirada demasiado inteligente. Una vez recompuestas del engaño, las espectadoras pensaron que en el fondo daba lo mismo, que lo importante es que había novia enamorada, y maromo marioneta, y jardín idílico, y catering preparado, y flores de cien colores exquisitamente seleccionadas por la tropa femenina. Pero la película de Jonathan Demme era diferente a las demás, impermeable a la simpleza y al trazo grueso. Los personajes de La boda de Rachel, aunque estén celebrando una fiesta que llega a buen puerto entre sonrisas y lágrimas, viven traspasados por la melancolía, por la ambivalencia de los sentimientos. Como sucede en la vida real, y no en las películas de cuento infantil, las personas que se aman también se odian en secreto, porque hay cosas que se olvidan pero no se perdonan, y cosas que se perdonan pero no se olvidan. Quedan resquemores de la infancia, encontronazos de la adultez, envidias cochinas y asuntos sin resolver. Queda la vida, monda y lironda, con toda su crudeza, y toda su belleza. En La boda de Rachel hay boda con amor, pero no hay felicidad exultante, ni levitaciones de la novia, ni trascendencias que vayan más allá de  establecerse en un nuevo marco legal. A la mañana siguiente, en uno de los mejores finales del cine moderno, la vida sigue, en lo bueno y en lo malo, aunque ahora sea con un anillo en el dedo corazón. A las bobaliconas del ancho mundo la película les pareció una estafa.


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Turistas en mi playa IV

Ha regresado a estas páginas el amante de Nikki, que sigue buscándola desnuda por internet. Ya le he dicho en varias ocasiones que se equivoca de número, que en este blog no vive ninguna Nikki, pero creo que este hombre está tonto, o sordo, o desesperadamente enamorado. Otros dos enamorados, o tal vez dos salidorros con la minga ya predispuesta para el masaje, han llamado a mi puerta para preguntar por "brie bella" y por "grecia castta", a las que no tengo el gusto de conocer, pero que deben de ser dos hembrazas de mucho relumbrón, sobre todo esta última, que tiene nombre prohibido de virgen vestal. Otro tipo, este ya pornógrafo sin discusión, ha tecleado "video porno de silvia y dani grisso", a los que tampoco conozco, y de los que ignoro qué extraño vínculo puede unirles a este blog. ¿Por qué caen aquí estos tipos del cazamariposas con forma de corazón, o con forma de glande? ¿Quién les aconseja? ¿Qué servidor redirige hacia mi diario sus búsquedas lascivas? Si algún informático está leyendo ahora mismo estas líneas, que hable ahora o calle para siempre.



Hay otros dos tipos que han visitado mi playa buscándome a mí, y no a mis escritos. El que escribió "fotos de gordos desagradables" tal vez pensaba que yo me autorretrataba en estas páginas, pero no en el sentido literario, sino en el gráfico, como un Van Gogh aburrido antes de la fama, publicando selfies de mis lorzas extendidas sobre un diván. Se equivocaba de medio a medio, este admirador secreto, aunque le agradezco su visita. Otro cerduelo de su misma estirpe llamó a mi puerta buscando "hombres gordos jóvenes penes", expresión confusa que tal vez  quiere insultarme y halagarme al mismo tiempo, si de "hombres gordos CON jóvenes penes" se tratara, pero que tal vez es la intención criminal de un pederasta verdadero, si se tratase de "hombres gordos BUSCAN jóvenes penes", que ya no sabe uno qué pensar, con este jaez barriobajero de los lectores que asoman por aquí .  





Sólo tres sexo-exploradores han llegado hasta aquí siguiendo la pista correcta de mis intenciones.. De ellos sólo uno ha encontrado la pepita de oro, el que escribió "emmanuelle beart desnuda", francesa inolvidable de la que en estas páginas se hizo una semblanza cinematográfica y antropológica, con desnudo artístico incluido. Otro explorador probó suerte con "colegialas con uniforme de paseo muestran las tetas", y aunque se fue sin premio de mis dominios, pues no es mi estilo mostrar desnudos en este blog de ínfulas literarias, sí que conectó con lo más profundo de mi psique, con mis deseos más inconfesables, que tal vez se plasman sin yo saberlo en las líneas que voy escribiendo. El tercer hombre -que podría ser mujer, por qué no- escribió un escueto y sentido "tetas bonitas de chicas" que me ha llegado al alma, porque este blog, aunque no las muestra, sí que habla mucho de tetas bonitas, más de las imaginadas que de las contempladas, eso sí. Estos días, sin ir más lejos, me están volviendo muy loco, muy obsesivo, las miniaturas que Kate Mara esconde bajo sus vestimentas de House of Cards. En eso soy como Jepp Gambardella buscando la gran belleza. La Grande Bellezza...


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House of Cards

No he hecho más que rascarme la cabeza durante los primeros siete episodios de House of Cards, preguntándome el porqué de tanto aplauso, de tanta admiración unánime. Malvados políticos de Washington hacen y deshacen a espaldas de la prensa, de las esposas, de la ciudadanía alienada que los votó. Un argumento clásico, cien veces visto, que no terminaba de definirse del todo. ¿Sería House of Cards el triste revival de Boss, aquella serie que Kelsey Grammer no fue capaz de llevar a buen puerto, perdida en el tremendismo, en la inverosimilitud, en el desmadre criminal?  Llegué a pensar, en esta resaca pesarosa de los westerns de Sergio Leone, que House of Cards era otra parodia, otra retranca, otra broma endilgada con gusto exquisito. ¿Cómo explicar, si no, ese diálogo de Kevin Spacey con el espectador, en el que va desvelando las miserias de su alma como si fuera un personaje de William Shakespeare? 


              Sin embargo, algo me decía que tenía que esperar. Y ese algo, ahora lo he descubierto, era la música que acompaña los títulos de crédito iniciales. Una sintonía sinuosa, malvada, casi reptiliana. El presagio de una tormenta, de un crimen, de una maldad encallecida en el alma de los poderosos. Tardó ocho episodios en fraguarse, en consumarse, lenta como la serpiente que va acercándose a su víctima. Pero al fin se cayeron las máscaras, se suspendieron las ironías, se cancelaron los armisticios,  y los personajes, cuchillo en boca, como los piratas de la películas, se lanzaron a cortar yugulares de seres queridos y no tan queridos. No eran, finalmente, malosos de pacotilla, ni encarnaciones del diablo: sólo eran seres humanos muy orgullosos, y muy vengativos, que en vez de odiarse en la oficina o en la grada del fútbol, se asestan puñaladas en los pasillos donde se cuecen los asuntos mundiales. House of Cards, salvando las distancias, es el pan nuestro de cada día. No era el reverso oscuro de El ala oeste de la Casa Blanca, sino la versión envenenada de Veep: la misma bilis, la misma maldad, la misma mala hostia, pero traducida en actos por unos sociópatas inteligentes, y no por unos incompetentes entrañables.



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Bad Boy Bubby

Las aventuras del pequeño Nicolás, este joven pepero con delirios de grandeza que afirma haber estado en los conciliábulos más secretos del poder, me obliga a repensar Bienvenido Mr. Chance, la película que hace unos meses pasó por este blog como si se tratara de un cuento, o de una fábula moral. En ella, Chauncey Gardner, el jardinero autista escapado de una mansión, accedía a la estima de los más altos dignatarios de Washington simplemente por hablar de jardinería, que era el único tema que el pobre hombre dominaba, pero que los políticos confundían con sapientísimas metáforas del orden económico y social. De modo parecido, Nicolasito, que se hacía pasar por el marqués de Torneros, sin más pruebas que su verborrea y su cara de angelito empanado, llegó a codearse con alcaldes, con ministros, con reyes incluso, que nunca sabían muy bien si el chico venía de parte del novio o de la novia. La película de Peter Sellers y la realidad de Francisco Nicolás nos hablan, en el fondo, de la misma cosa, del vacío de las propuestas, de la tontuna de los gobernantes, de la ausencia de cualificación y de méritos personales como condición casi necesaria para ascender en la escala social. Y rijijijí, y rijijijá, y ríase la gente. 




            Al hilo de esta actualidad bochornosa del mentecato infiltrado, no es casualidad que la cinefilia friki haya rescatado en su foros Bad Boy Bubby, una película australiana del año 93, durísima y delirante, que en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse. Bubby es un tipo que permanece encerrado hasta los treinta años en un sótano de los arrabales de Adelaida, cuidado y custodiado al mismo tiempo por una madre tarada que lo mantiene engañado con la excusa de que en el mundo exterior flotan gases tóxicos. Bubby, no sabemos si de nacimiento, o si condenado por su aislamiento, es un pobre deficiente que se cree cualquier cosa que le digan. Temeroso del dios crucificado que decora la pared menos húmeda del zulo, Bubby se pliega a cualquier cosa que su madre considere, entre ellas, el sexo diario antes de acostarse juntos en el camastro. Ya dije que Bad Boy Bubby no era un blockbuster pensado para todos los públicos. Por un azar del destino, Bubby saldrá de su covacha para conocer mundo, sin más recursos que su ecolalia cansina. Bubby repite todo lo que oye, calcando los timbres y los acentos. No entiende nada, no responde a nada, no sabe hacer nada. El sólo escucha y repite, probando suerte como un niño de dos años. Con tan parco recurso, Bubby, al contrario que Chauncey, o que Nicolasito, no tendrá influencias en Camberra para aprobar leyes y decidir presupuestos, pero también encontrará sus admiradores, sus entusiastas, una caterva de groupies algo crédulos y fumados que verán en su desvarío vocal la señal de un elegido, de un hombre sabio cargado de razones.


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