Lincoln

“Diré, pues, que no estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra (aplausos); que no estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos... Y hasta que no puedan vivir así, mientras permanezcan juntos debe haber la posición superior e inferior, y yo, tanto como cualquier otro, deseo que la posición superior la ocupe la raza blanca.”
Septiembre de 1858, Illinois,  campaña electoral para el Senado.

            El político que pronunció estas palabras dos años antes de la Guerra de Secesión no pertenecía a los estados del Sur que luego se confederaron bajo una bandera esclavista. Este hombre, criado políticamente en el norte, moderado y sabio, padre de la patria y espejo de virtudes, era Abraham Lincoln.
            Es el mismo Abraham Lincoln que cuatro años después, ya metido hasta las rodillas en el fregado de la guerra, responde así a las presiones del ala radical de su partido, impaciente por el retraso en la aplicación de las leyes abolicionistas:
            “Querido señor: mi objetivo primordial en esta lucha es la salvación de la Unión, y no el salvar ni destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría; y si lo pudiera conseguir con la liberación de todos los esclavos, también”.



            En su última película, Steven Spielberg nos muestra a Abraham Lincoln sólo dos años más tarde, en 1864, acariciando el fin de la guerra y el inicio de la prosperidad económica. Pero este Lincoln es muy distinto del que se adivina en los escritos antes expuestos. El de la película es un hombre idealizado sobre el que se posan los ángeles y da vueltas la aureola, aunque ésta no se vea porque reluce dentro del sombrerón de copa. Siempre que el personaje de Lincoln toma la palabra, y da igual que sea un gran discurso que una anécdota del abuelo cebolleta, una música de resonancias celestiales se infiltra en la banda sonora para recordarnos que no es un simple mortal el que está rebatiendo las ideas o yéndose por los cerros de Úbeda, sino un santo de la política y del humanismo, un líder de la razón y de las buenas gentes. Un héroe americano que murió como un mártir por defender a la raza negra y que ahora inspira a los presidentes electos y a los líderes del mundo mundial.





            Hace años que uno leyó La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn y aprendió que Lincoln era ciertamente un hombre inteligente, de buen talante y progresista bonhomía, pero también un racista, un postulante de la supremacía blanca, ni por asomo el revolucionario o el visionario que nos pintan en la película. Era, no nos olvidemos, un hijo de su tiempo. Era, también, no nos sigamos olvidando, un político profesional, y el único objetivo de los políticos es ganar las elecciones, no mejorar la vida de sus pueblos. Sólo cuando el avance social se convierte en garantía de votos se decantan por la gente humilde y trabajadora. Sólo cuando hubo que ganar una guerra se acordó Lincoln de liberar a los negros, porque con ello asestaba un golpe mortal a la economía de los sudistas. La repugnancia, sincera, que el presidente sentía por el sistema esclavista no habilitaba otros pensamientos más avanzados en su modo de pensar. Sus votantes eran blancos, y los blancos, en su mayoría, recelaban de los negros. Si Abraham Lincoln se presentara a unas elecciones del siglo XXI, su ideario encajaría únicamente en un partido xenófobo de ultraderecha. Son las paradojas que surgen cuando se quieren analizar realidades de hace diez generaciones con postulados que rigen el mundo posmoderno. Cuando se hacen películas de época con el filtro ideológico que hoy en día separa lo correcto de lo aberrante. Cuando se hacen buenas películas como Lincoln que uno, sin embargo, aunque lo intenta con todas sus fuerzas, porque es de Spielberg, y actúa Daniel Day-Lewis, y se come la pantalla Tommy Lee Jones, nunca termina de creerse.


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Ali. Atrapado por el sexo

Ali no es la primera película que veo sólo porque ando enamoriscado de su actriz protagonista. Ni será la última. Ninguna referencia negativa es capaz de detenerme cuando corro en pos de una mujer amada. Ni los abucheos de la crítica ni las maldades de los cinéfilos me hacen desistir del empeño. No me detuvieron cuando me enfrenté a Los crímenes de Oxford persiguiendo la anatomía de Leonor Watling. No me salvaron del martillazo poderoso de Thor cuando me sorprendió robándole el amor de Natalie Portman. Cuando voy embobado y medio imbécil, salto al vacío y me precipito sobre películas que  de antemano sé que no van a dejarme huella ni sustancia. De gentes como yo vivió durante décadas el star system de Hollywood. Las salas se llenaban de espectadores que iban simplemente a enamorarse de sus estrellas favoritas, en citas que se repetían dos o tres veces al año porque la maquinaria de los estudios iba bien engrasada y producía películas a destajo. Hoy en día, sólo los adolescentes y los gilipollas seguimos a ciegas estos dictados impulsivos del corazón, inmaduros los unos, irrecuperables los otros.



            Ali no es una mala película. Líbrenme los dioses de tal afirmación. A ratos te pierdes y a ratos regresas, pero en ningún momento te asalta la tentación del abandono. Tiene sus gracias, sus diálogos, sus idiosincrasias ibéricas. Pero nunca la hubiera estrenado en mi salón de no ser porque vivo enamorado de Nadia de Santiago, desde aquel día que la descubrí en las páginas de Cinemanía sonriendo sobre su lote de DVDs. Sólo por ella me he dejado liar, y sólo por ella voy a conceder este aprobado benevolente y bonachón. Leo con desespero que Nadia ha vuelto al mundo de la televisión, donde las series son eternas, y vienen troceadas por la publicidad, y además no son ni chicha ni limoná. No habrá, de momento, más películas suyas. La quiero mucho, pero hasta la tele no puedo seguirla. Por encima del amor están los principios. 



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The Damned United

Kevin Keegan, el histórico delantero del Liverpool F.C., dijo una vez: 
El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada”. 
Yo tengo, además del fútbol bendito, esta suerte de las películas, como él tiene, aunque se lo callara en la famosa sentencia, la suerte de los millones y de las mujeres hermosas.  Sin las películas, uno andaría perdido por los paréntesis de la vida, por los océanos de tiempo en calma chicha que son los interregnos de los partidos. Horas como semanas, días como meses, meses como años. La cinefilia, aunque yo la inflame en estas páginas con prosas ardientes, no es la reina absoluta de mis dominios. Mi tiempo lo gobierna un duunvirato perfecto de cine y fútbol en el que ningún cónsul goza de privilegios. Ambos me entretienen por igual. ¿He dicho me entretienen? Qué verbo más torpe, más corto, más injusto con la verdadera importancia de estos asuntos. Mejor decir que me rescatan de la vida, que me la hacen soportable y a ratos apetecible. Ya dijo Bill Shankly, el entrenador de Kevin Keegan, que el fútbol no era una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Ya dijo Céline, en el Viaje al fin de la noche, que “tienes que atiborrarte rápido de sueños para atravesar la vida que te aguarda fuera, a la salida del cine, resistir unos días más esa atrocidad de cosas y hombres”.




Cuando entro en las películas, salgo del mundo. Tengo esa gran virtud, o ese gran defecto. Mientras al otro lado de la ventana las gentes lloran o se malhumoran, yo me divierto con una comedia imprevista y genial. Mientras afuera se celebra la festividad pueblerina del santo con borracheras y petardos, yo, en el micromundo de mi habitación, lloro a moco tendido un dramón que venía envenenado y a contracorriente. Vivo en mi burbuja de sentimientos, en un calendario de fiestas y laburos que poco coincide con el oficial de los corazones. Sólo en días como hoy, cuando veo una película con Pitufo para celebrar que es fin de semana, dejo la puerta entreabierta para que ambos mundos se comuniquen. Pitufo es mi embajador en el Reino de los Demás. Por él todavía me intereso y me muevo, indago y me comunico. Es él quien me reconcilia con la vida verdadera, la de carne y hueso, la de piedra y cristal. Hoy hemos visto The Damned United, la crónica de los cuarenta días como cuarenta condenas que pasó Brian Clough entrenando al Leeds United, allá por los años 70. Durante hora y media se han juntado el fútbol y el cine, Pitufo y los hologramas, la vida de mentira y la vida de verdad. Ha sido como un chute de optimismo, como un canuto de felicidad. Vivo algo borracho hasta que se disipen los vapores. No estoy acostumbrado a estos jolgorios. 


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El gran salto

Liderando la clasificación de mis pecados veniales, de mis películas inconfesables, figura la quinta película de los hermanos Coen, El gran salto, que yo tengo, en opinión reafirmada esta misma noche, por un cuento modélico y una comedia imprescindible. Sin embargo, el gran público, y la gran crítica, consideran que es un entretenimiento menor y una locura pasajera. Quien esto lea pensará que se me ha ido la pinza definitivamente, o que la distribuidora del DVD me paga por hacer un poco de publicidad. Qué más quisiera yo, en cualquier de los dos casos: volverme loco del todo y abandonar para siempre estas responsabilidades que me abruman, o pagarme los cafés y las coca-colas con los cuatro chavos que me ingresarían en la cuenta corriente. Con El gran salto me surge una simpatía instantánea e inevitable. Una conexión especial con gustos que viven muy arraigados en el cerebro. Un amor a primera vista que se ha venido conmigo a través de los años, y ya vamos para veinte de matrimonio ejemplar. Ningún silencio de las filmotecas, ningún contubernio de los cinéfilos, me hará cambiar de parecer. En esta batalla estoy solo contra el mundo, dentro de un hula hoop.



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Seinfeld: una comedia sobre nada

Siempre que me preguntan, o me pregunto, por la mejor sitcom que haya visto jamás, respondo que Seinfeld. Y eso que no es, para qué mentir, una serie redonda. En sus nueve temporadas ha habido momentos tontorrones, desfallecidos, ocurrencias tan neoyorquinas que los españolitos nos quedábamos de piedra cuando escuchábamos las risas enlatadas. Pero lo bueno era tan tan valioso, tan reluciente, tan perdurable, que brillaba como el oro encontrado en una mina. Larry David y Jerry Seinfeld se aventuraron en las montañas donde nadie se había atrevido a buscar, y encontraron un filón de chistes que los hizo ricos y a nosotros felices. 


            
                Un cuarto de siglo después, nadie ha vuelto a desarrollar una telecomedia como Seinfeld, sin argumento, sin hilo conductor, un parloteo incesante sobre miserias cotidianas y asuntos sin importancia. Los grandes temas pasan por encima de los personajes como nubes o aerolitos. No hay Amor, ni Familia, ni Descendencia, ni Bonhomía, ni Destino. Siendo una comedia de amigos, casi no hay ni Amistad, pues aunque no paran de reunirse y de contarse cosas, los personajes parecen sacados de una película de Berlanga, en la que todos hablan y nadie escucha. Jerry y su pandilla son un grupo de adolescentes atrapados en cuerpos de adultos. No son estúpidos, ni parasitarios, ni malvados. Son personas de apariencia normal que desempeñan sus trabajos, que pagan sus facturas, que saludan al vecino con un buenos días o un buenas noches. Pero no busques en sus aventuras las palabras importantes, las reflexiones profundas. Ellos surfean la vida, pero no se sumergen en ella. Son narcisistas, caprichosos, superficiales. Son tipos muy parecidos a quien esto escribe, quizá irresponsables, quizá cobardicas, quizá inmaduros, que el primer día que le vieron las orejas al lobo decidieron refugiarse en la cabaña hasta nueva orden, al calorcito, al sofá, a la intrascendencia de lo banal, hasta que el tiempo escampe, o la vida nos saque de aquí a empujones.


          
                Jerry Seinfeld monologa en el primer episodio de la serie:
            "Lo juro, no tengo ni la más mínima idea de lo que piensan las mujeres. No lo entiendo, ¿vale? Lo admito, no entiendo las señales. No lo entiendo. Mujeres... ¡Son tan sutiles! Todo lo que hacen es sutil. Los hombres no son sutiles. Somos obvios. Las mujeres entienden a los hombres, los hombres entienden a los hombres. ¿Qué queremos? Queremos mujeres. Eso es. Es lo único que sabemos con seguridad. De veras. Queremos mujeres. ¿Cómo las conseguimos? Eso no lo sabemos. Del siguiente paso no tenemos ni idea. Por eso ves a hombres pitando en el coche, gritando desde las obras. Son las mejores ideas que hemos tenido hasta el momento. Pitar en el coche". 


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Las flores de la guerra

Hace un par de años, en Ciudad de vida y muerte, conocimos la toma de Nanking por los japoneses, y la herida que aquello abrió en el espíritu orgulloso del pueblo chino. Aunque la memoria flaquea, y todoslos salvajismos guerreros terminan por parecerse, uno guarda el recuerdo de una gran película, aunque el relato de las atrocidades fuera, como no podía ser de otro modo, maniqueo y parcial. Desde aquellas guerras chino-japonesas del siglo XX, los dos tigres asiáticos se odian como felinos, y una película que fuera china y equidistante con Nanking habría sido tan utópica como una película israelí complaciente con el Holocausto. Porque, además, el hecho innegable es que las tropas japonesas entraron en la ciudad a sangre y fuego, sin reparar en disyuntivas de civiles o militares, de hombres o mujeres, de niños o adultos. Una de las grandes atrocidades del siglo XX, que ya es mucho decir. 





            De todos modos, los gobernantes chinos no debieron de quedar satisfechos con la propaganda, quizá porque Lu Chuan rodó su película en blanco y negro y no se vio el rojo brillante de la sangre, así que dos años después, para subrayar el (según ellos) carácter intrínsecamente perverso de los nipones, le encargaron a Zhang Yimou esta otra película de mil millones de presupuesto y una estrella occidental encabezando el reparto. Los que han participado en ella se han forrado de billetes, y han conseguido el aplauso entusiasta de los prebostes del Partido. Pero la película, entre ustedes y nosotros, es una caca. Las flores de la guerra lleva el maniqueísmo hasta extremos ridículos, la cursilería hasta límites antenatresianos, la ñoñez de su historia -que aseguran verídica- hasta la arcada precursora del vómito. Tiene, además, el atrevimiento moral de sugerir que la vida de una puta vale menos que la vida de una novicia, porque estas van camino del cielo, y aquellas camino del infierno por la vía vaginal. La vía duodenal de Chiquito de la Calzada, no te jode... Las flores de la guerra es deleznable en las formas y execrable en la moraleja. Más que una película china, parece una propaganda de Vaticano Productions. Una de mártires cristianos sin leones ni romanos, pero con tanques y japoneses. A esto le llaman modernizar el mensaje.


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La ventana

Carlos Sorín -del que ahora caigo que en los títulos de crédito, y en algunos directorios muy respetables, llaman Sorin, sin acento- decide homenajear a otro maestro del cine clásico en El gato desaparece. Ahora es Alfred Hitchcock el que se esconde tras la propuesta de este thriller de los que llaman psicológicos, pues es más lo que se imaginan los personajes que lo que ven, mucho más lo que sospechan que lo que descubren.  Hay pulso, tensión, sorpresa final... Incluso un mcguffin en forma de felino muy negro y arisco. Y hay, por supuesto, actores y actrices argentinos que dan de sí lo mejor, como casi siempre, templados y naturales, tan verosímiles en el drama como en la comedia, como si actuaran sin esfuerzo, o padecieran todos de personalidad múltiple. O son muy buenos, o están todos locos. Tienen algo muy propio, muy singular, muy genético quizá. Viven en el secreto de su oficio, y lo guardan celosamente para envidia de otras cinematografías.




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Pelle el conquistador

Allá por el siglo XIX, aunque ahora nos parezca mentira, los suecos salían de su país para ganarse el pan y las habichuelas, y no para tumbarse a la bartola en las cálidas playas del Mediterráneo. Sí, amigos. Aunque ahora nos cueste imaginarlo, Suecia también fue un país pobre, como ahora lo somos nosotros. Eficientes y serios, los suecos de entonces inauguraron un período de paz duradero con sus vecinos, y aplicaron las ventajas de la ciencia moderna para acabar con la viruela que aniquilaba a las gentes, y las enfermedades que arrasaban con la patata. Víctimas de su propio éxito, el país sufrió un crecimiento demográfico que hubo que aliviar con la emigración masiva. La mayoría viajó a Estados Unidos, donde nació una próspera colonia que todavía hoy nos regala esas actrices bellísimas que nos parten el corazón y nos curan el hipo. Benditos sean por siempre sus antepasados, intrépidos cruzadores del Atlántico. 



            Otros, los menos pudientes, cruzaron el estrecho para buscar trabajo en la vecina Dinamarca, por entonces más rica y menos poblada. Pelle el conquistador cuenta la historia de un padre y un hijo que sobreviven trabajando como esclavos en una granja de vacas. Es una historia bellísima que lleva un cuarto de siglo formando parte de mis películas favoritas. Recuerdo que por aquel entonces, en 1989, compitió con Mujeres al borde de un ataque de nervios por el Oscar a la Mejor Película Extranjera, y que aquí en España, antes de estrenarse, los críticos y los periodistas se reían mucho de ella, porque decían que era un dramón muy aburrido, una cosa lacrimógena que no podía compararse con la comedia disparatada de Pedro Almodóvar. Recuerdo que Pelle el conquistador se llevó el premio entre abucheos y sollozos del personal, a las tantas de la madrugada. Al día siguiente los telediarios abrieron con la nefasta noticia. ¡Injusticia!, clamaban los periódicos de izquierdas, simpatizantes de la movida madrileña y de sus discípulos más aventajados. ¡Pierde España!, pero pierde el maricón, titulaban los periódicos de derechas, con el corazón dividido entre el patrioterismo y la homofobia. Mucha gente, en acto de venganza, no fue a ver Pelle a los cines. Los que fueron, salieron a la calle disimulando las lágrimas y la emoción, para que no les tacharan de quintacolumnistas daneses camuflados en la retaguardia española. En la cinefilia se instaló un cinismo de silencios, de sobreentendidos. Pelle estaba bien, sí, pero no había que exagerar tanto. Sólo en las tertulias de los muy conocidos se oía de vez en cuando la expresión "obra maestra", o "película cojonuda". Algunos, cuando meses más tarde la alquilaron en el videoclub, pusieron la película porno por encima, y no por debajo, como era menester habitual. Cerdos sí; antiespañoles, no.



            Todavía hoy, sólo los traidores a la patria, afrancesados y escandinavantes, ponemos el DVD clandestino de  Pelle en nuestros aparatos, para disfrutarla y sollozarla en la oscuridad de nuestras catacumbas. Es una película memorable que merece nuestro homenaje de justos derrotados. Ver a Max von Sydow guadaña en mano para defender a su hijo de las tropelías todavía me produce un estremecimiento de pena, de coraje, de entrega rendida a este actor irrepetible.  Qué grande es, Pelle el conquistador.


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Shaolin Soccer

Shaolin Soccer es probablemente la peor película que he visto en mi vida. Una pandilla de ex-monjes del kung-fu montan un equipo de fútbol para hacer frente a los Evils de Shanghai, un plantel de chinos hormonados que preside un millonario que parece sacado de Puerto Banús. Es una mierda de película. El fútbol es el cebo que nos ponen a los tontos occidentales para que piquemos como truchas. El terreno de juego es un enorme tatami donde se exhiben las patadas voladoras, los brincos imposibles, los malabarismos de chiste. Los diálogos parecen sacados de un curso para gilipollas, y la historia de amor, de un culebrón programado por Antena 3. Es tan horrible, Shaolin Soccer, que a partir de la media hora, superado ya el shock del balompedista, empiezas a sospechar que todo esto responde a una estrategia calculada, y que este tipo, Stephen Chow, responsable del invento y delantero centro de la tropa, es un cachondo mental que en el fondo nos está haciendo un favor. Uno recuerda, de pronto, la Teoría de la Fascinación por lo Cutre que nos enseñara el maestro Pepe Colubi, y comprende que Shaolin Soccer es exactamente lo que parece, una memez supina, y no una película que esconda una pretensión de seriedad o de trascendencia. Es entonces cuando quien esto escribe, acompañado de Pitufo, que se descojona a mi lado, se libera del corsé absurdo del crítico de cine y termina agradeciendo este despelote de primera categoría. Siete días después, vuelve a ser viernes. Vuelve a ser fiesta de guardar. Mi retoño bienamado; mi cine bienquerido.




            Hoy, por lo que se ve, el cine y el fútbol se van dando de la mano. Al llegar la madrugada, en el libro donde menos se la esperaba, leo esta jugosa reflexión sobre la violencia de las películas en el carácter de los espectadores. Se trata de la autobiografía de Bill Shankly, histórico entrenador del Liverpool F.C. En el primer capítulo habla de su infancia en el pueblo minero de Glenbuck, allá por los años veinte. Tras confesar su predilección por las películas de gángsters de James Cagney, Shankly, arrebatado por la emoción, se lanza a escribir una reflexión sociológica. Muchos dirán que no tiene ninguna razón. Sobre todo las mamás y las trabajadoras del magisterio. Yo estoy plenamente de acuerdo con el viejo Bill. Y que arda Troya detrás de nosotros:
            "Hay películas sobre Al Capone, verídicas, y violentas. Pero no creo que películas como ésas hagan que la gente quiera salir a disparar a la gente. Sólo eres un delincuente si has nacido para delincuente. Nadie te fabrica. A veces puedes ser conducido por el mal camino, pero al final siempre depende de ti. Nadie te convierte en un criminal si tú no quieres serlo". (Traducción libre de un "nivel medio" de inglés).


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La ventana. ¿Argentinos? No, no. Suecos.

Yo juraría que los actores de La ventana no son argentinos, sino suecos, y que ésta no es una película de Carlos Sorin, sino de Ingmar Bergman. Me han dado gato nórdico por liebre argentina. Rodada en interiores, el único campo que transita nuestro protagonista lo mismo podría pertenecer a la Pampa que a los alrededores de Malmö. De hecho, a mí este prado sin segar, con las vacas y las florecillas, el anciano y sus recuerdos, me suena mucho a Fresas Salvajes, a crepúsculos al raso donde los personajes filosofaban sobre la muerte o recordaban melancólicos la primera teta que palparon.



            Para no repetirse, Carlos Sorin ha ido a caer en el homenaje que menos le apetecía a uno. Acabé tan cansado de las películas de Bergman, en aquel ciclo de hace unos meses que casi me costó la cinefilia y la cordura, que me quedé de piedra cuando me descubrí de nuevo en la habitación descarnada donde yace un moribundo, rodeado de tictacs del reloj, de silencios espesos de las criadas. Otra vez en Gritos y susurros...  Hay planos, incluso, que parecen sacados de las películas de Dreyer (¡horror!), con esos haces de luz que entran por la ventana e iluminan el lecho donde la vida y la muerte juegan su partida de ajedrez, su pulso decisivo sobre la existencia. Muy escandinavo todo. Silencioso y tétrico. Estimulante, a veces, cuando a uno le da por pensar en su propia muerte, rodeado de quién, reposando dónde, imaginando qué cosas... Pero muy aburrido, en general, porque uno venía preparado para la cháchara de los argentinos, para el fútbol y el mate, el boludo y el pibe, y se ha visto, de pronto, en un error imperdonable de los servicios aeroportuarios, subido en un avión que despegaba rumbo a Goteborg, sin diccionario de sueco ni ropa de abrigo.


            A mi lado, para el remate final, para el colmo de Estocolmo, viajaba una actriz bellísima y rubia que se llama Carla Peterson, famosísima en la Argentina, hija de padre sueco, vikinga por medio costado, musa bergmaniana que hace el papel de la nuera medio pija y medio gilipollas. Me habría enamorado de ella si los bostezos, el cansancio, la decepción de la medianoche, no me hubiesen quitado las ganas de todo. Incluso Max, mi antropoide, roncaba de lo lindo allá en la negrura de lo sexual...           


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El camino de San Diego

La tercera película de este ciclo dedicado a Carlos Sorin ya no transcurre en el remoto sur de la Patagonia, gélido y desolado, sino en la otra punta de Argentina, en la provincia de Misiones, comarca lluviosa y selvática fronteriza con Brasil. Se parece mucho, la provincia de Misiones, a este noroeste hispánico donde yo resido, verde por todos los sitios, cálido hasta en invierno, plagado de mosquitos y de frutos tropicales. Me siento como en casa mientras veo El camino de San Diego, y ello, lejos de confortarme, me predispone en contra de la película, pues echo de menos los fríos australes, las estepas patagónicas tan parecidas al páramo leonés donde nací y me crié. Vivo exiliado en este microclima insospechado, prisionero de un trópico atrapado entre montañas que me roba el aire y me priva del frío.



            En El camino de San Diego cambia el paisaje, pero no el talante de las gentes. Estos argentinos del norte siguen siendo gentes sencillas, campechanos -ellos sí- que viven y conversan a una velocidad menguada, que trabajan en sus oficios de subsistencia y luego le dan al mate y a la conversación sobre el fútbol y las minas. Gentes que un buen día, llevadas por el impulso interior de una neura, de una pasión, de una pobreza, salen del letargo como escupidos por un volcán y emprenden el camino por las rutas interminables de las carreteras. El camino de San Diego es la ficticia road movie de un muchacho que allá por el año 2004, estando Maradona enfermo en un hospital de Buenos Aires, decide llevarle, para interceder en su curación, su Sagrada Imagen tallada en una madera encontrada en la selva. Hay que tener mucha fe para ver la efigie de Maradona sobre un trozo de raíz donde se cruzan al azar los surcos y los nudos. Pero es que Tati Benítez, el procesionante que recorre el país con la cruz a cuestas, y todos los fanáticos que como él se va encontrando por el camino, tienen mucha fe en el dios principal de los argentinos, que es el Diego, muy por encima del mismo dios que le creó. Es ésta una jerarquía imposible que sólo la religión austral puede tolerar, un misterio teológico que subyace en este politeísmo loco de nuestros hermanos de "achá".




            Pero no quisiera yo reírme del dios Diego Armando, ni de sus fieles devotos. Futbolero como soy, comprendo muy bien estas adoraciones que a otros les parecen propios de imbéciles. Yo mismo le rezo a  un santoral particular de jugadores que me han hecho muy feliz y dichoso. Santos varones que obraron el milagro de los goles imposibles, de los tantos de última hora, de los escorzos de  belleza inimitable. De los títulos teñidos de blanco que allá por abril o mayo constituían la mayor alegría del curso. A ellos, a los futbolistas, como a estas gentes que trabajan en el cine, o que escriben libros maravillosos, les debo un gratitud eterna. A veces, en los peores momentos, la alegría misma. 


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Bombón, el perro.

El secreto mejor guardado de los profetas es que a Dios, digan lo que digan, no le gustan los pobres. Su Hijo vino a la Tierra para predicar a su favor y rápidamente lo destituyeron del cargo. Le trajeron de vuelta para someterle a una estricta reeducación en el colegio de monjas, que ya existían por entonces, aunque pre-existentes más bien, y agazapadas. Dios tolera a los pobres, y poco más. Los necesita para hacer más ricos a los ricos, que son sus verdaderos hijos amados, los que recibieron un talento y lo multiplicaron por diez, o por veinte, gracias a su inteligencia y a su suerte. A su carencia despiadada de escrúpulos. Los pobres piden demasiadas cuentas, señalan demasiados fallos, reclaman demasiadas mejoras. Son unos pesados que colapsan la centralita de peticiones, y atiborran los buzones de sugerencias en los Cielos.



       Bombón, el perro, es el reencuentro de Carlos Sorín con los paisajes y paisanajes de la Patagonia. El protagonista es un cincuentón al que han despedido de su trabajo como gasolinero, y que vive en casa de su hija, sin oficio ni beneficio. Mientras busca trabajo por los villorrios, un azar de la vida le convierte en dueño legal de un dogo argentino, un ejemplar de pura raza que será reclamado para participar en las ferias caninas de alta prosapia. La suerte, de repente, le sonríe a nuestro amigo Villegas. Pero es, no nos olvidemos, la suerte de los pobres: resbaladiza y pasajera, agridulce y fastidiosa. La suerte de los perdedores nunca es una suerte completa: siempre le falta algo, o exige algo a cambio. Viene acompañada de un "si" condicional que a veces revierte en desgracia y miseria. Hay que contener los entusiasmos, y las plegarias de agradecimiento, cuando la suerte llama a tu puerta de pobre. Y hasta aquí puedo leer...



         En los títulos de crédito consta como "mochilera". En IMDB como "female hitchhiker". El suyo es un personaje sin nombre, de apenas cuatro frases, que aparece al final de la película para darle palique al bueno de Villegas mientras conduce por la inmensidad de la Patagonia. La actriz se llama Andrea Suárez. Su belleza me deja mudo y tonto en el sofá. Ella es una estrella errante en el páramo desolado. Pasado el trance, y los títulos de crédito, la busco enamorado en internet, pero Andrea, como si la hubiera soñado,  no consta en ningún registro conocido. Una sola película; un solo papel; una sola sonrisa. ¿El simple cameo de una muchacha ajena al mundillo del cine? ¿La carrera truncada de una actriz bellísima y prometedora?. Quién sabe. Todo son conjeturas. Mientras tanto, a la espera de noticias, vuelvo a retomar el Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces, polvoriento registro de las actrices bellísimas pero anecdóticas que yace oculto bajo la verborrea de este blog. No sé si abrirlo por la S de Suárez o por la A de Andrea. O por la X de las expedientes misteriosos.


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Historias mínimas

De pequeño escuchaba la expresión "allá en la Patagonia" y me imaginaba, no sé por qué, una isla remota en el Pacífico, con su cocotero y su náufrago, con su bella aborigen meneando las caderas bajo la escueta falda de hojas. Luego, por supuesto, aprendimos que la Patagonia estaba allá a tomar por el culo, pero en el otro lado del pompis, al sur de Argentina, y de Chile, donde el clima se vuelve extremo y el paisaje majestuoso. Los que no frecuentamos los documentales de La 2 nada sabíamos de sus habitantes hasta que descubrimos, hace diez años, esta joya del cine argentino que es Historias mínimas. Fue entonces cuando uno tomó la determinación, en caso de volverse rico y descubrirse libre de ataduras, de vivir allí para huir del calor y de la gente. Gracias a la película de Carlos Sorín, uno conoció a estos argentinos entrañables que viven muy lejos unos de otros, cada uno en su pueblo remoto, en su caserío de escasos pero serviciales vecinos. Gentes sencillas, que no simplonas, que hablan despacio y alegre. Que dejan entrever, en sus gestos pausados, una inteligencia profunda del superviviente extremo, del terrícola que habita en la periferia del globo y todo lo contempla desde la distancia kilométrica y filosófica. Fue un enamoramiento instantáneo, un flechazo demográfico. 



            Hoy, como entonces, he visitado la Patagonia de San Julián y Fitz Roy, y he vuelto a descubrirme, a miles de kilómetros, desde esta España convertida en zoco abarrotado e invernadero insufrible, un vecino más de esos arrabales australes, donde el viento despeja las ideas, y el frío ahuyenta a los estúpidos. He tardado casi diez años en regresar. Enredado en mil filmografías y en mil series de televisión, olvidé por completo a este director por el que sentía una afinidad especial. Un descuido imperdonable que el otro día me sacó el sonrojo cuando descubrí, en la estantería más escondida, reordenando las películas de aquí y de allá, el DVD de estas Historias mínimas que siempre tuve por una película imprescindible. Basta, pues. Que se haga justicia con este hombre. Esta semana será la semana de Carlos Sorín. El homenaje debido a sus argentinos del habla hipnótica, ingeniosos o boludos, lo mismo me da.


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Magic Mike

Hace cuatro años que Steven Soderbergh retrató la vida cotidiana de una prostituta de lujo en The girlfriend experience, película modesta, cortísima, sin apenas recorrido, que en este blog perdido en la galaxia sí recibió sonoros aplausos. Sasha Grey, ahora reconvertida en actriz seria, bordaba su papel de mujer vestida. Sin una polla clavada en la boca y otra en el ojete, Sasha salía en pantalla de lo más natural, y de lo más convincente. Una gran actriz, después de todo. 



          Ahora, en Magic Mike, en el reverso masculino del morbo, Soderbergh nos cuenta las andanzas de un striper que menea el rabo en un local nocturno de Florida. El actor en cuestión es Channing Tatum, ídolo de las mujeres y de los homosexuales que se pirran por los cuerpazos esculpidos. Para el heterosexual que esto escribe, Magic Mike es el recordatorio hiriente de que hace muchos años abandoné mi cuerpo para dedicarme al cultivo del alma. Contemplo esos músculos que se contonean ante las mujeres alborotadas, y no puedo evitar, de reojo, con algo de asco, echar una mirada a esa barriga donde reposo el plato de la cena, a esa pantorrilla extendida sobre el puff que ya es más lípida que proteínica. A ese dibujo de mi cuerpo que es en general curvilíneo y flácido, como un muñeco de Michelín que no hubiese pegado una carrera en su puta vida. Ningún extraterrestre recién llegado a la Tierra apostaría cuatro euros galácticos a que Channing Tatum y yo pertenecemos a la misma especie animal.



            Al terminar de ver Magic Mike, como si uno viajara a la dimensión oscura de lo masculino, donde habitan los tipos fofos y decadentes, encuentro en Canal + a Louis C. K. monologando sobre los achaques que le asaltan a sus cuarenta y cinco años. Gracias a Louis, que es mi hermano de Nueva York, he transformado el bochorno y la depresión en carcajadas que retumbaban por toda la casa. Ambos somos el antídoto sexual de Channing Tatum, el lado bizarro de los hombres, la vergüenza antropomórfica de nuestro género. 
            "Y otra cosa sobre mi edad. Pongamos que estoy sentado en cualquier lado, algo que..., ja, ja. Me encanta estar sentado. Prefiero estar sentado sin hacer nada que estar de pie follando. Es muchísimo mejor que correrse. Muchísimo mejor. A mi edad, si estoy sentado, y alguien me pide que me levante y que vaya a otra habitación, primero me tiene que dar toda la información. Tiene que explicarme todo el rollo: "¿Cómo? ¿Por qué? No, pero ¿por qué?" "¡La grúa se te lleva el coche!" "Pues será mi destino". Porque levantarse es todo un tema. Antes debo decidir si de verdad quiero seguir vivo. Empecemos por ahí".




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Quiero ser como Beckham

Para celebrar el día de la raza española, Pitufo y yo, que somos españoles porque aquí nos tocó nacer, y no porque Dios nos concediera el orgullo patrio, ni la gracia rojigualda, nos damos un garbeo por la Pérfida Albión para ver una película sobre chicas que juegan al fútbol.  Él con catorce años y yo con cuarenta y uno, la combinación en una misma película de chicas y fútbol suena a gloria bendita para celebrar este viernes por la noche, este reencuentro de padre e hijo ante la presencia sagrada del Espíritu Santo, que ha dejado de ser paloma por un día y se ha transustanciado en televisor.



           Quiero ser como Beckham es la predecible historia de una chica a la que sus padres, emigrantes hindúes en Londres, no dejan jugar al fútbol porque temen que su convivencia en los vestuarios le lleve a preferir las vaginas a los penes, y les arruine el fabuloso matrimonio que tarde o temprano habrán de concertar con una familia acomodada.  Entre súplicas y amenazas, lloriqueos y cabezonerías, el caso es que al final, fútbol, lo que se dice fútbol, se ve muy poco en la película, y encima mal rodado, porque esta directora llamada Gurinder Chadha no para muy aficionada al Sagrado Deporte, y filma las jugadas como si se tratara de un episodio de Oliver y Benji, con ángulos imposibles y regates de fantasía que sólo se ven en la PlayStation. 
                  Pero si el fútbol brilla por su ausencia, las chicas, en cambio, que eran la otra pata de esta mesa peculiar, nos alegran la función y nos animan a intercambiar opiniones. A Pitufo le gusta mucho la chica hindú, quizá porque la ve bajita, modosita, más cercana a su sensibilidad de enamoradizo principiante. Yo, en cambio, que llevo más de treinta años afilando mis preferencias, me decanto por la belleza plana y algo dura de Keira Knightley. Aquí, en la flor de su juventud, antes de convertirse en un clon escuchimizado de Helena Bonham Carter, Keira luce algo hombruna y tortillera, pero con su cinta en el pelo, y su top sudoroso sobre el tórax casi impechado, luce dos fetiches sexuales que arrastro conmigo desde la adolescencia, de cuando espiaba a las chicas de las monjas jugando al baloncesto, que eran también rubias, e impechadas, preciosas bajo sus diademas en el cabello...


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El amigo de mi hermana

Si luego, después de haber visto la película, sigues soñando con la actriz hermosa que te ha robado el corazón, es que andas muy enamorado de ella. Si continua merodeando por tus fantasías como me ha sucedido a mí esta noche, ya no se trata de un amor cualquiera, de esos que yo aquí reseño por docenas, pasajeros y banales, más exagerados que otra cosa, para ir haciendo algo de literatura. Si ella se viene contigo al mundo de los sueños, estamos hablando de un amor que va más allá de la actriz, del personaje, de la entelequia catódica de una pantalla. Hay mujeres como Emily Blunt que son la encarnación exacta de un deseo, la solución matemática a una ecuación complejísima donde se cruzaban la piel y el músculo, la sonrisa y el hueso, los ojazos y el alma. Cientos y cientos de folios emborronados; cinefilias enteras de noches interminables buscándola por doquier. Y estaba aquí, en El amigo de mi hermana.
            Escribió John Keats hace dos siglos: “La belleza es la verdad, la verdad es belleza, esto es todo...”

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The chaser

Si buscas su nombre en una web se llama Na Hong-jin; si lo buscas en otra, Hong-jin Na. Da igual. No quiero volverme loco con esta patronímica indescifrable de los coreanos. Bastante tuve con su compatriota Park Chan-wook, el autor de la Trilogía de la Venganza. Hong, que así le dicen los amigos, y los occidentales que vamos con algo de  prisa, es un director que ha parido un par de thrillers cojonudos. Hace unos meses, en lo más crudo del crudo invierno, descubrí por casualidad esa película de persecuciones imposibles y hostiazos como panes que es The Yellow Sea. Los canales de pago, por ser de pago, a veces te regalan estas sorpresas insospechadas, subtituladas, ininterrumpidas por la publicidad, peliculones que hay que entresacar con sumo cuidado de la basura habitual. Hoy, en el declive de los calores, en el regustín de los primeros fríos que ya demandan sudaderas y zapatillas de felpa para arrellanarse en el sofá, me reencuentro con el bueno de Hong para ver su anterior película, The chaser. Cuenta la extenuante aventura de un proxeneta al que un psicópata de Seúl va asesinando lo más granado de sus prostitutas, jodiéndole el negocio, y el orgullo de hombre protector. Otra más de psicópatas, dirá alguno con fastidio. Pues sí. Y le entiendo perfectamente. Vivimos sobresaturados de asesinos en serie. Si me tomara la molestia de contarlas, me saldrían una docena de ficciones recientes con un criminal de marras haciendo de las suyas, lo mismo en la tele que en la gran pantalla. Pero éste psicópata de The chaser es un asesino coreano, y tiene su propia idiosincrasia, y su propio modus operandi,  distinto al estereotipo yanqui que ya nos sabemos de memoria. Y uno, ante la novedad criminal, se deja llevar por el ritmo trepidante, y agota los minutos sin casi mirar el reloj, embobado por el juego de adivinar quién es quién en esta sucesión de mujeres idénticas y hombres clonados.






            ¿El colmo de los colmos? Que un detective, en el corazón de Seúl, vaya mostrando el carnet de identidad de un sospechoso coreano.
- ¿Conoce usted a este hombre? 
- A ver... Pelo negro, piel blanca, pómulos sobresalientes, ojos rasgados que casi ni se ven... No me suena, la verdad. Lo siento.



   
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The girl

Hasta ahora sabíamos, porque lo habíamos leído en los libros, y lo habíamos visto en los documentales, que Alfred Hitchcock se enamoraba sin excepción de las actrices que protagonizaban sus películas. Nos ha jodido. Todo el mundo, los contemporáneos de entonces, y los cinéfilos de ahora, caemos rendidos ante esas rubias que Hitch escogía con gusto ejemplar, mujeres enigmáticas y frías que escondían agitaciones volcánicas en su interior. Estatuas de mármol que encerraban una carne palpitante y sexual. 



            Lo que no sabíamos, y hemos conocido gracias a The Girl, es que Hitchcock alimentaba esperanzas de ser correspondido en sus deseos. Bajito y obeso, viejuno y neurótico, confiaba en la seducción de su inteligencia para que ellas, deslumbradas, se bajaran las bragas en las roulottes o en los camerinos. La última gran rubiaza a la que quiso seducir don Alfredo fue Tippi Hedren, treinta años menor que él, modelo publicitaria de Nueva York a la que contrató tras descubrirla en un anuncio de televisión. Si hacemos caso a The Girl -que dice estar basada en testimonios reales, con esa pomposidad dramática de las TV movies- don Alfredo lo intentó todo para llevársela a la cama: la seducción, la extorsión, la confesión impúdica de su amor atormentado. Lo mismo le regalaba joyas que le metía mano en las limusinas; lo mismo le amenazaba con el despido que lloriqueaba como un niño para que ella transigiera. El deseo extemporáneo de un hombre mayor, traicionado por el físico, abatido por la edad, pitopaúsico y decadente. 
            De ser cierta la historia, don Alfredo no sale muy bien parado de este acercamiento biográfico a su oronda figura. Pero quién sabe: tal vez los testimonios de sus contemporáneos sean algo exagerados. Tal vez The Girl se tome algunas licencias dramáticas para darle más enjundia al personaje. Cuesta pensar que un hombre de su posición, tan expuesto a la prensa, a la crítica, al público que lo amaba, se jugara el prestigio personal en estos lances, que lo arriesgara todo por el mísero precio de dos revolcones, por muy rubias y deseables que fueran sus actrices. Dejémoslo estar. Incurable romántico o lamentable rijoso, lo que aquí nos importan sus películas. Y algunas de sus citas memorables, como ésta que abre los títulos de crédito de The Girl:
 
            "Las rubias son las mejores víctimas. Son como la nieve virginal que nos deja ver las pisadas sangrientas".


          
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Un asunto real

En un momento de la película Un asunto real, la reina Carolina de Dinamarca, lectora clandestina de las obras que publican los ilustrados franceses, y que en su país están prohibidas por el clero, le pregunta a su amante y consejero, el doctor Johann Struensee:
            - ¿Cree usted que la Ilustración nos hará libres de la estupidez y del temor de Dios?
            - Seguro que sí. Sí.
            Dos siglos y medio después, como todos sabemos, el doctor Struensee, que era un hombre tan inteligente como cándido, se está carcajeando de su propio vaticinio allá en el Cielo de los Justos. La estupidez sigue instalada en el cerebro de los nuevos hombres, y de las nuevas mujeres, y no hay educación o cultura que remedie esta tara de la biología, este renglón torcido de los dioses. La superchería ha resistido todas las vacunas lanzadas en su contra. Muta a mayor velocidad que los virus, y adopta nueva formas con el paso de los siglos, y de las revoluciones. Los astrólogos ahora son psicomagos; los curanderos, homeópatas; los adivinos, economistas. Y los curas, curas, porque estos traductores de lo divino aguantan inmutables, con el mismo discurso, con la misma fisonomía, vencedores de todas las guerras, de todas las anticruzadas, de todos los cambios de gobierno que juraron desterrarlos. Lo mismo en Dinamarca que en España, ellos se pasan el legado de la Ilustración por el forro, y se limpian el culo con los escritos de Voltaire y Diderot, mientras se parten de la risa. Nunca han dejado de entrometerse en las conciencias, en las legislaciones, en las educaciones, confundiendo sus opiniones con la Verdad, su visión del mundo con la Ley, miopes y fanáticos, absurdos y peligrosos. Ecrasez l’infame!



            Un asunto real, que es una película danesa de trágicos destinos y lágrimas vertidas, quiere terminar con un mensaje luminoso, esperanzador, como si quisieran hacernos creer que algo ha cambiado desde la época del Absolutismo. Ahora, ciertamente, tenemos aviones en lugar de palomas mensajeras, y ordenadores en lugar de plumas de ganso, pero, por lo demás, las relaciones de dominación y pleitesía, de amos y esclavos, siguen siendo las mismas. Ya no les llamamos nobles, sino magnates; ya no les decimos siervos, sino empleados. Los reyes siguen viviendo en lujosos palacios protegidos por la guardia, apartados de la plebe, intocables y vagos, inútiles y campechanos. Los consejos reales, que ahora llaman parlamentos democráticos, siguen administrando los dineros para el bien exclusivo de una minoría. A los demás, como antaño, que les den por el culo. No hay diferencia alguna. Ya no hay ratas en las calles, ni niños mendicantes, ni muertos de viruela. Ahora tenemos hospitales, y cafeterías, y el fútbol que inventaron los dioses británicos nos ayuda a sobrellevar los domingos interminables. En esto hemos mejorado. Pero hemos perdido el consuelo de que los ricos se morían igual que los pobres, al mismo tiempo, con los mismos dolores, porque las enfermedades que masacraban a la gleba no hacían distinciones de clase. La Muerte era la institución más democrática de la época. Ahora, sin embargo, su guadaña se ha vuelto selectiva, y clasista. Los ricos, además de vivir mejor, viven más. Tienen sanidad privada, médicos particulares, monjitas que les atienden con voz sosegada en sus habitaciones individuales. De todo lo malo se operan primero y mejor. Pagan por el primer turno, por el primer medicamento, por el primer especialista del escalafón. Tardan en morirse mucho más que nosotros. Diez años, por lo menos. La Muerte les ha concedido el privilegio de esta prórroga. Dentro de unas décadas serán veinte años. Y dentro de unos siglos, la Muerte ya ni siquiera visitará sus fastuosas mansiones, porque ellos serán, al fin, inmortales. Habrán completado el círculo de su dominio. Serán como los dioses. 



            Alicia Vikander es la actriz que da vida a la reina Carolina. Es una mujer bellísima cuyo físico no se corresponde con los cánones escandinavos: ella es morena, frágil, con cara de niña y cuerpo de flor. Está muy lejos de la sueca ideal que puebla nuestros sueños, rubísima y rotunda. Alfredo Landa nunca la hubiese perseguido por las playas de Benidorm. Pero da igual. Alicia es la mujer más hermosa que he visto en mucho tiempo, aunque ya no sé si en semanas, o en años, pues vivo en un amor permanente por las actrices, con rostros que se cruzan, y cuerpos que se confunden, y besos que ya no saben sobre qué labios se posaron Alicia, sin embargo, va a ser un amor longevo, reposado, de los que no olvidaré fácilmente. Necesito mucho tiempo, y mucho mimo, para descifrar el enigma geográfico de su rostro. Alicia tiene el gesto del Norte, pero los rasgos del Sur. Es fría y cálida, racional y exuberante, serena y carnal. Alicia es el primer amor de este otoño, que ya empieza a demandar las mantas, las calefacciones, los arrumacos en el sofá, como un homenaje a ese paraíso invernal donde ella vive y quizá me espera...


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El ala oeste de la casa blanca. 154 ratos

Tengo desde hace semanas la intención de estrenar la segunda temporada de El ala oeste de la Casa Blanca. Pero al final me puede la pereza invencible, el terror paralizante del esfuerzo infinito  Me agobian los 22 episodios de esta tanda, los 154 del total, las siete temporadas que como siete océanos habré de navegar llevado por la devoción. Hace unos meses, cuando terminé de ver su primera temporada,  escribí en estos desahogos que El ala oeste... se había convertido en una de las series de mi vida. Pero son tantos sus capítulos, sus horas, sus noches de dedicación exclusiva, que amenaza, realmente, con convertirse en la única serie de mi vida. Tengo unas ganas terribles de volver a encontrarme con esos personajes parlanchines y lúcidos, criptosocialistas y judeomasónicos, que cada vez que abren la boca me abren los ojos y me reaniman la inteligencia. Pero tengo muchas ficciones esperando turno: antiguas y nuevas, longevas y cortas, americanas y europeas. Navego por los discos duros y me entra un ansia desesperada de estrenar, de variar, de ir dando paso. Malditos sean los dioses, que nos otorgaron más series que vidas, más deseos que años. Que les parta un rayo de Zeus por hacerse creado a sí mismos inmortales, afortunados del destino, egoístas del tiempo.


            En el periódico de hoy, como leyéndome en un espejo, Ricardo de Querol se quejaba así de su extenuante experiencia de seriéfilo:
            "Llevamos una década de la llamada segunda edad de oro de las series, y acumulamos cierta fatiga con las que duran demasiado y nos impiden dedicarnos a las nuevas. Ahora se llevan las temporadas cortas y, sobre todo, las miniseries: 3 a 10 capítulos, con principio y final, que no exigirán tu fidelidad durante meses. [...] Necesitamos series de ficción porque queremos evadirnos viviendo otras vidas. Pero algunas de esas vidas no merecen que les entreguemos tantas horas de la nuestra".

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Behind the Candelabra

Es tan dorada, tan fructífera, tan inagotable en su talento, la época actual de la televisión, que ahora recalan allí los grandes genios del largometraje cuando no encuentran financiación. Steven Soderbergh ha recurrido a los dineros de la HBO para  rodar Behind the Candelabra, el excesivo biopic del pianista Liberace, reinona de Las Vegas que sustituía a sus jóvenes amantes con la misma velocidad con que tocaba el piano en los escenarios. En esta película mariconísima y torrencial, Michael Douglas y Matt Damon se acarician el torso desnudo, se besan cálidamente en la boca, fingen que se dan por el culo en camas barrocas mientras los caniches entran y salen del dormitorio. Behind the Candelabra es la eterna historia del amante y del amado, de quien lo pone todo en una relación y del que sólo juguetea y se mantiene a la espera de una mejor oportunidad. En el fondo un drama muy clásico, aunque decorado con el exceso perfumado de plumas y satenes. Un veneno para la taquilla, que se dice. Dos ídolos de las féminas lacándose el pelo y amándose la carne con voz aflautada. Un peliculón que de momento, en nuestra machérrima piel de toro, sólo puede verse en la tele, y pasando por taquilla.



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